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                                www.revistacajamuda.net                                             Nº 1  / 2010    ROTA LA TECLA ESCAPE "Al viajar contactamos otras culturas y eso nos ayuda a cambiar". Eslogan turístico malvado y mentiroso. Nada, en un viaje, es útil en la vida diaria. Cada conocimiento adquirido en un viaje es inoperante en la vida diaria. Se regresa de viaje y se regresa al Hartazgo Multimediático. Mi mundo es sedentario, hiperactivo, abúlico y chiflado. Tengo como destino navegar hasta la hernia de disco y si me explota la cabeza, las manos siguen tipeando. Éxtasis de la nada o desconcierto supremo del clic. Odio mi computadora: tedio que crece junto a su dependencia. Escapar a esta histeria reclamó una medida extrema: viajar de mochilero por América Latina. Creí que funcionaría como contrapunto al narcotismo informático pero no es más que una moda impuesta por niños de clase media. Su imaginario izquierdista es desubicado. Recorrer el continente con pocos recursos tiene algo cheguevarista sin coherencia temporoespacial. Reivindicar la cultura aborigen sólo por mirarla de cerca, entre libros de Galeano y cookies Chips Ahoy!, se estanca en su contradicción radical. ¿Quiénes son los mineros sin pulmón del Potosí? Afiches tridimensionales para la indignación histórica. Un indio aculturado, de ojitos tristes y sabios, es un guión rentable. América Latina es una puesta en escena eficaz. Irse de mochilero a Europa destiñe el idealismo guerrillero. La pobreza de los pueblos vecinos, en cambio, es consecuente al vagabundeo. Credibilidad narrativa perfecta para quien busque ser testigo de la historia. Aunque una mística cheguevarista en 16:9 no alcanza para explicar el fenómeno. Que niños aburridos se carguen mochilas y empiecen a viajar, requiere de dos cosas más. Primero, huir de la leucemia digital a través del simulacro de aventura. Excitante deriva hacia lo incivilizado. Peligro mortal inofensivo y revitalizante. Respiro ante la monotonía de la interfaz. Segundo, la comunidad mochilera. Chicos de igual condición socioeconómica fabricando diversión. A lo largo del viaje nos juntamos y creamos un envolvente energético particular. Todo alocado y pre-nostálgico, idéntico a un egreso colegial. Grandilocuencia histórica, escape tecnológico, efervescencia social: conjuro del Hartazgo Multimediático. Por eso existe el viaje mochilero. Pero los mochileros no simpatizan con estas causas. Emprender un viaje con carácter de travesía reclama trascendentalismo. Búsqueda interior. Metamorfosis de la personalidad. Esta taradez de el-viaje-que-me-cambia-la-vida se remonta a la épica homérica y se actualiza en las Road Movies. Ser otro al regresar es una esperanza desesperada, reconocimiento discreto de lo insufrible que es ser uno mismo. Proyectarse como un personaje en arco de transformación es una tentación ayudada por la condición itinerante del viaje. A mayores lugares visitados, mayor intercambio cultural y mayor crecimiento interior. A mayor despojo y mugre en el pelo, mayor espiritualidad. Claro que este viaje se hace con dinero y exige consumo. Que los hoteles se cambien por hostales piojosos, los aviones por colectivos destartalados, no significa nada. Es un viaje ostentoso y de lógica vacacional. Apto para una clase media que gracias a la incomodidad del recorrido se sacude un poco de sedentarismo y abundancia. Los riesgos de que te coma un tigre o te explote un volcán son nulos.

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www.revistacajamuda.net                                             Nº 1  / 2010    Basta para creerse en el vórtice de la aventura usar un transporte tercermundista o compartir el baño en un hostal. Manía de confundir subdesarrollo con exotismo. Ningún pueblo acá es un paraje perdido y misterioso. Toda latinoamericana tiene internet y está aggiornada para que firuletes indígenas convivan con espasmos publicitarios. Lo más gráfico es la autoconciencia de los espacios turísticos; permiten su acceso pagando una excursión. Obra maestra del conductismo. Espacios monumentales donde la experiencia mochilera llega a su furor: apoteosis entre naturaleza, cultura y espiritualidad. Las ruinas del Machu Pichu activan la compulsión por sacar fotos y descubrirlas antididácticas sería abominable, negación rotunda de su razón de ser. ¿Y el indio, que hace siglos montó este decorado sin creerlo decorado? Ahí está, maniquí que miramos curiosos y que ellos nos miran resignados por la infinita circulación. Simpatía forzada por el encuentro trascendental para nosotros y por la changa turística para ellos. Lo que se aprende queda reducido a un catálogo de objetos, comida, vestimenta y alguna que otra festividad. Con quienes, sin embargo, se acelera el viaje, es con los amigos mochileros. Mismo código y misma ansiedad. Si en la vida diaria salimos de joda para combatir un estado depresivo generalizado, durante el viaje hacemos lo mismo. Traslado de la diversión. Cualquier pueblito o hostal es un boliche ambulante y las presiones humanas se descomprimen por el contacto fugaz. El mochilero aprovecha al máximo la insignificancia del mochilero; su colega no forma parte de lo cotidiano ni lo formará jamás. Hipersociabilidad justificada en su efervescencia. Todos interactúan felices con todos porque los humanos son una tranquilidad holográfica. El entorno cultural del viaje termina siendo como un Blue Chroma; interesa la experiencia y luego aquello que la contiene y da lugar. Cualquier viaje, en definitiva, será una sobreestimulación que olvide el entorno. El turista lleva el estigma de la no-pertenencia. Percibe todo sin internalizar nada. Está de vacaciones y las vacaciones son el paréntesis de lo cotidiano. Fragmento prestado. Fatalismo de la ligereza. Pero si a este deambular se le agrega un plus espiritual, como en los viajes mochileros, estamos sin duda ante el engaño de las Road Movies. ¿Aprendizaje, descubrimiento, ampliación del campo perceptivo? Por supuesto que no. El viaje es la excepción del tiempo y del espacio. Sus experiencias no son trasladables. Cada actividad de viaje es consustancial al acto de viajar. La vida diaria se preserva en una monotonía inquebrantable. Quien vuelve de un viaje sufre la adaptación inmediata de su entorno para ser el mismo paralítico que partió con ansias de renovación. Yo volví al embrujo del monitor. Sufro bulimia digital. Mi autoestima depende de un blog. Tengo paranoia comunicacional. Mis venas son un cable lan. Y ser mochilero no sirvió de conjuro. ¿Entonces qué? ¿Cómo escapar del Hartazgo Multimediático? No hay forma de escapar. Sólo resta prender fuego la mochila de viaje y soportar la adicción informática imaginando que la muerte es lo más parecido a estar off-line.

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