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DOI: 10.14643

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Ignoramos si el virrey de Aragón, gran condestable de Nápoles y príncipe de Paliano, se mostró complaciente con la fanfarronería que el marqués de Pescara y del Vasto se expresaba en cierta carta que llegó a sus manos a finales de noviembre de 1679. De genio destemplado y atrabiliario -al menos así era tenido en la intimidad doméstica1-, a buen seguro que a Lorenzo Onofrio Colonna le resultaron extrañamente familiares las bravatas con las que su joven sobrino acompañaba las acostumbradas cortesías epistolares. Ufano y desinhibido, el marqués se confesaba dispuesto a tomar «espada y un broquel y una daga» para desafiar a «todos cuantos… en el mundo» osaran hacer «burlas conmigo» sobre su abuela «en tocando» a su pleito. Ofuscado por demostrar su arrojo ante uno de sus parientes de mayor rango, concluía anticipando los frutos de su lance de honor, asegurando que aún cuando las «cuchilladas» quebrasen su espada tomaría la de su secretario para concluir su particular pendencia2. Forjado en la violencia, no en vano desde su infancia era instruido en el manejo y la destreza de las armas, se le habituaba a vestir arnés de justa y de parada y a montar en ambas sillas, el caballero difícilmente podían olvidar el significado simbólico del acero, cuyo sonido, fragancia y tacto tan familiares le resultaban. La espada ropera (de «duelo y de ceñir») que todo noble incorporaba obligado a su vestimenta diaria -como reconocimiento de su derecho consuetudinario a portarla- era mucho más que un arma imprescindible de autodefensa. Era el atributo más icónico de su naturaleza privilegiada, el que junto a su «vestir “compuesto” y lucido» inmanente a la calidad de su persona3, acreditaba su alta condición social, la que en definitiva se asociaba al secular ejercicio de las armas, génesis de su posición estamental y de una tradición belicosa que se había reconducido, no sin notable resistencia, hacia un nuevo modelo de caballería cortesana4. Aquella irrenunciable seña de identidad, visible y reconocible en cualquier caballero -incluso como sucedía en el caso de los de la Orden de Santiago al asociarse la

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P. , «Reprobates and Courtiers: Lay Masculinities in the Colonna Family, 15201584», en Florence and Beyond. Culture, Society and Politics in Renaissance Italy. Essays in Honour of John M. Najemy, eds. D. S. Peterson y D. E. Bornstein, Toronto, Centre for Reformation and Renaissance Studies, 2008, p. 300. 2 Madrid, 25 de noviembre de 1679, British Library, Add. Ms. 16539, ff. 7r-7v. Debo la noticia de esta referencia a la generosidad de Felipe Vidales del Castillo. 3 Véase Fernando , Palabra e imagen en la corte. Cultura oral y visual de la nobleza en el Siglo de Oro, Madrid, Abada Editores, 2003, p. 75. 4 Pedro M.ª , El sueño caballeresco. De la caballería de papel al sueño real de Don Quijote, Madrid, Abada Editores, 2007; Jesús D. , Ciudadanía, soberanía monárquica y caballería. Poética del orden de caballería, Madrid, Akal, 2009. Para una visión general del fenómeno de la violencia europea en el período comprendido entre la Francia merovingia y la Guerra de los Cien Años, véase Warren C. , Violence in medieval Europe, Londres & Nueva York, Routledge, 2014.

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cruz o «lagarto» a la espada que «roxea por la sangre de los moros»5- era para la condesa de Aranda la que había otorgado fama a los nobles hispanos. En Lágrimas de nobleza (Zaragoza, 1639), doña Luisa de Padilla refería «aquella loable costumbre» de los «antiguos Caualleros Españoles… de tener la mano todo el tiempo que dezían el Euangelio en la empuñadura de la espada, para dar a entender estauan dispuestos a la defensa dél»6. Tal hábito o usanza lo exhibían en otros escenarios y circunstancias, como recordaba el conde de la Puebla de Montalbán, a propósito de una célebre multitudinaria pendencia que tuvo lugar en palacio en el invierno de 1635, cuando señalaba que durante los saraos palatinos «entre señores… se estavan mostrando las espadas»7. En este sentido, los lances de espada, con los que demasiado a menudo solventaban los nobles sus disputas de honor, remiten a la extraordinaria vigencia de sus ancestrales rituales de violencia. Sus códigos de honor, profundamente vinculados al ejercicio privativo de la fuerza, eran totalmente refractarios a cualquier legislación promulgada con el fin de erradicarlos o siquiera desmocharlos, como sucedió en buena parte del viejo continente8. La violencia física, ya fuera la ejercida de manera más brutal e irracional, y la simbólica, en los términos en que fue definida por Bourdieu en paralelo al concepto de «hegemonía cultural» de Gramsci, fueron el haz y el envés de una misma realidad, compleja y poliédrica, que sin duda se convirtió en una de las señas de identidad de la cultura nobiliaria europea de la Edad Moderna. Las sociedades europeas del Antiguo Régimen estaban profundamente familiarizadas con todas las formas y expresiones posibles de violencia, que se proyectaban sobre muy distintos escenarios, escalas e intensidades. Desde el espacio público hasta la relativa intimidad del ámbito doméstico, el abuso de la fuerza, el fanatismo y la intimidación seguían siendo parte de una realidad universal que extendía sus tentáculos sobre todos los ámbitos del espectro social9. Sin embargo la generalización 5

Juan Benito , Tratado de la nobleza y de los títulos, y ditados que oy día tienen los varones claros y grandes de España, Madrid, 1595, fol. 87r. 6 Luisa M.ª de , condesa de Aranda, Lágrimas de nobleza, Zaragoza, Pedro Lanaja, 1639, pp. 116117. 7 Declaración del conde de la Puebla de Montalbán, 23 de diciembre 1635, fol. 18v, incluida en la Causa criminal sobre el desafío del primer marqués del Águila con D. Juan de Herrera, Archivo Histórico de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, Fondo Archivo Ruiz de Arana, L397-C5, fol. 18v. Mi gratitud con D. Francisco Rosales Martín, archivero de la Real Maestranza, por darme a conocer el fondo y facilitarme una copia de la documentación. Gracias a la exhumación de esta relevante fuente documental preparamos un estudio sobre uno de los procesos más controvertidos de violencia nobiliaria cortesana del Seiscientos. 8 Stuart , Blood and Violence in Early Modern France, Oxford/Nueva York, Oxford University Press, 2006. Claude , Honneur, morale et societé dans l’Espagne de Philippe II, París, CNRS, 1984, y del mismo, La loi du duel: le code du point d’honneur dans l’Espagne des XVIe-XVIIe siècles, Toulouse, Anejos de Criticón, Presses Universitaires du Mirail, 1997; Victor G. , The duel in European history: honour and the reign of aristocracy, Oxford University Press, 1986; Irina , Ritualized Violence Russian Style. The Duel in Russian Culture and Literature, Stanford, Stanford University Press, 1999; Pascal , Hervé y Pierre , Croiser le fer. Violence et culture de l’epée dans la France moderne (XVIe-XVIIIe siecles), Seyssel, Champ Vallon, 2002; y Marco , Il sangue dell’onore: storia del duello, Roma y Bari, Laterza, 2005. 9 Tomás , «Vida cotidiana, disciplinamiento social y cambio histórico en el Antiguo Régimen», en Identidades y fronteras culturales en el mundo ibérico de la Edad Moderna, eds. J. L. Betrán, B. Hernández y D. Moreno, Universitat Autònoma de Barcelona, Servei de Publicacions, 2016, pp. 299313. Véase también M.ª José de la , «Conflictividad, criminalidad y violencia en la época moderna: aproximación histórica desde la perspectiva integradora de la vida cotidiana», en La vida cotidiana en el mundo hispánico, ed. M. Peña, Madrid, Abada Editores, 2012, pp. 159-176.

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de los conflictos bélicos en la Europa altomoderna que había focalizado la violencia más cruenta y brutal sobre amplias zonas geográficas del continente, algunas de ellas sistemáticamente expuestas a los horrores de la guerra10, se produjo en paralelo a un paulatino descenso de la violencia interpersonal, fenómeno que experimentaría un lento e inexorable retroceso a lo largo de los siglos XVI-XVIII, como han demostrado recientes estudios11. La historia de la violencia y del crimen en la Edad Moderna se ha asentado con fuerza en las últimas décadas hasta consolidarse como una de las corrientes más destacables y activas de la historiografía internacional12. Más allá del interés que ha suscitado el fenómeno de la violencia para la «nueva historia política», especialmente en el proceso de las revoluciones y rebeliones modernas13, en el que una parte significativa de la nobleza europea tuvo un papel protagonista como es bien sabido, otras formas de violencia cotidiana como el extenso catálogo de «excesos» protagonizado por nobles aún permanece como un espacio de estudio de los marcos de análisis de la historia cultural y de la historia social. Precisamente la dimensión nobiliaria de la violencia permite explicar la supervivencia de unas prácticas privadas en una cultura que como la cortesana de los siglos XVI-XVIII había procurado hacer de la contención y la prudencia un paradigma que halló en el estoicismo su máxima expresión14. Los nobles continuaron defendiendo la legitimidad del recurso a la guerra privada como un derecho irrenunciable de su cultura, conservando atávicas prácticas y costumbres como el duelo y haciendo del furor un rasgo definitorio de su egregia condición15.

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Sobre el impacto de la «guerra total», en la Europa moderna, véase Lauro , Un tiempo de guerra. Una historia alternativa de Europa, 1450-1700, Barcelona, Crítica, 2013. 11 Para un visión global sobre el fenómeno remitimos al reciente balance de Tomás , «Los impactos de la criminalidad en sociedades del Antiguo Régimen: España en sus contextos europeos», Vínculos de historia, 3, 2014, pp. 54-74. 12 Sin pretensiones de exhaustividad citamos algunas de las contribuciones más relevantes. Véanse: Pieter , A History of Murder. Personal Violence in Europe from the Middle Ages to the Present, Cambridge, Polity Press, 2008. Allie y Erin Felicia , eds., Beholding Violence in Medieval and Early Modern Europe, Londres & Nueva York, Routledge, 2012; Jonathan , ed., Aspects of Violence in Renaissance, Londres, Ashgate, 2013. José I. , Juan E. y Tomás , eds., Furor et rabies. Violencia, conflicto y marginación en la Edad Moderna, Santander, Universidad de Cantabria, 2002; Juan José ed., La violencia en la Historia. Análisis del pasado y perspectiva sobre el mundo actual, Universidad de Huelva, 2012. 13 John H. , Roland , Marc , J. W y Lawrance , Revoluciones y rebeliones de la Europa moderna, Madrid, Alianza Editorial, 1972; Francesco , Espejos de la revolución. Conflicto de identidad política en la Europa Moderna, Barcelona, Crítica, 2000; Alain y Alexandra eds., Soulèments, Révoltes, Révolutions dans l’Empire des Habsbourg d’Espagne, XVIe-XVIIe siècle, Madrid, Casa de Velázquez, 2016. 14 Véase Adolfo , «Estoicismo: una ética para el noble en la Corte», Librosdelacorte, 6:5, 2013, pp. 171-173, y del mismo «Deber de sangre, rigor estoico y crítica política en ‘The Revenge of Bussy d’Ambois’ (1610)», en La cultura de la sangre en el Siglo de Oro: entre literatura e historia, eds. D. García Hernán y M. F. Gómez Vozmediano, Madrid, Sílex, 2016, pp. 291-323. 15 Al respecto véase Francesco , La biblioteca di don Ferrante: duello e onore nella cultura del Cinquecento, Roma, Bulzoni Editore, 1982; para una aproximación multidisciplinar a la expresión cultural de la violencia nobiliaria (historia, filología, literatura), véase también David y Miguel F. , eds., La cultura de la sangre en el Siglo de Oro..., op. cit.

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El efecto civilizador que sobre la nobleza se ha venido atribuyendo a la corte y a la sociabilidad cortesana en su conjunto desde la aparición del pionero ensayo de Norbert Elias -modelo no obstante cuestionado en el sólido y documentado análisis de Jeroen Duindam16- tuvo un efecto limitado y desde luego no desterró por completo tradiciones seculares de violencia, que a pesar de su carácter delictivo continuaron gozando de una amplia proyección y vigencia. Los extravagancias, atrocidades y demás excesos cometidos por los nobles, en un contexto de relativa tolerancia, se habían convertido a mediados del Seiscientos en un elemento recurrente de la literatura de avisos. Jerónimo de Barrionuevo denunciaba precisamente en sus conocidos Avisos que la salida del rey a cazar lobos a Colmenar dejaba huérfana a la corte, al quedar en ella «a tantos que hacen más daño, como va de lo vivo a lo pintado»17. Dentro y fuera de la corte, los excesos de los nobles se habían convertido en objeto privilegiado de escándalo. El atrabiliario marqués de Palacios, mayordomo del rey, que trataba con «grandes agravios, vejaciones y supercherías» a los vecinos de su villa de Buenache se vio en cierta ocasión en serio riesgo cuando estos cercaron su casa con intención de prenderle fuego y matarle. «La verdad es que hoy», denunciaba Barrionuevo, «los señores más parecen lobos que no pastores, habiendo de ser al revés, amparando la miseria de tantos»18. El juicio sobre este suceso no puede resultar más expresivo de la percepción general de impunidad que existía sobre la destemplada violencia que ejercían los titulados. La nobleza de sangre se mostró especialmente beligerante frente a la imposición de vetos y limitaciones a sus seculares privilegios y tradiciones. Los nobles se movían entre la más férrea contención de sus furores y pasiones y la desinhibición que a menudo dejaban aflorar sin mesura para deleite -o pasmo- de sus pares, como le sucedió al marqués de Valenzuela, que había vivido amancebado «escandalosamente» con una «moçuela» hasta que fue censurado y apercibido. En el otoño de 1627 se le ordenó cesar su relación y separarse de ella. La manceba fue conducida al convento de Recogidas de Granada para ser recluida en él por orden del arzobispo de Granada, decisión que no acogió de buen grado don Antonio de Córdoba que con algunos criados «la quitó a cuchilladas de poder de ministros eclesiásticos», desafuero que le supuso ser confinado en la fortaleza de Torrejón de Velasco19. Resistencia y desacato a la autoridad, además de alboroto y ejercicio arbitrario de la fuerza eran acciones habituales en una nobleza que solía exhibir su fuerza frente a unos oficiales de justicia a los que negaba cualquier autoridad. Disciplinados desde la puericia en el autocontrol de las emociones y la expresión de templanza y sosiego en situaciones límite, como vemos los nobles no siempre se mostraron dóciles en la aceptación de imposiciones ni lograron acompasar sus pasiones a los distintos escenarios y circunstancias. La violencia más irracional y colérica, expresada 16

Sobre la obra de Norbert , La sociedad cortesana, México, FCE, 1982; véase Jeroen , Myths of Power. Norbert Elias and the Early Modern European Court, Amsterdam University Press, 1994. 17 Madrid, 15 de febrero de 1655, Jerónimo de , Avisos (1654-1658), ed. A. Paz y Meliá, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello, 1892, I, p. 236. 18 Madrid, 17 de enero de 1657, ibíd., III, p. 167. 19 Autos contra el marqués de Valenzuela, Granada, 17 de octubre de 1627, Archivo Histórico Nacional, Consejos, legajo 12445-1

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a través de actos impulsivos, se presentaba con harta frecuencia cuando mediaban asuntos de precedencia y cortesía o se conculcaban los principios básicos del honor. La cultura nobiliaria, sustentada sobre el prestigio del honor y de la honra, exaltaba el uso privativo de la violencia para la reparación de las ofensas y agravios. Guiada por un obsesivo espíritu vindicativo, la vigencia del código de honor que impulsaba a los nobles a responder a una afrenta mediante el recurso legítimo a la fuerza, y a través de la principal práctica ritualizada de violencia (duelo, riepto o desafío), pese a ser una acción punible, continuaba estando profundamente arraigada entre la nobleza señorial e incluso cortesana20. La nobleza de corte, la que atendía a diario al rey y su familia en palacio desde sus responsabilidades en el servicio palatino doméstico, bajo el estricto código que imponían las severas etiquetas del ceremonial borgoñón, la misma que se recreaba en sus huertas y jardines y se deleitaba con la música, la pintura y la poesía, cohabitaba con sus pares en un universo menguado en dimensiones como era el áulico pero dilatado en honores y favores. La convivencia entre familias e individuos que representaban linajes de solar, sangre y riqueza muy dispar no resultaba fácil. La habilidad para conducirse con artificio en cámaras, antecámaras, patios y salones era un valioso recurso para sortear las profundas diferencias que separaban entre sí a nobles de muy distinto origen y rango. Empujados a disputarse el acceso a la gracia, la frágil cohabitación se quebraba por una simple disputa de precedencias o por un uso arbitrario y deliberado de las cortesías. Quizá «uno de los más notables y singulares casos que se an oydo ni visto ni escrito en chrónicas»21, como recordaba Gascón de Torquemada, refleje como pocos el irredentismo de una nobleza que continuaba reclamando su derecho al legítimo ejercicio de la violencia incluso en los sagrados espacios del rey. El 20 de diciembre de 1635, y mientras se representaba una comedia en el Salón Dorado del Alcázar en presencia de los reyes, el marqués del Águila y don Juan de Herrera se desafiaron públicamente por un lance de honor. La pendencia se produjo en medio de una concurrida audiencia y en ella se vieron involucrados numerosos titulados y caballeros. Empellones, «ruydo y abraçarse unos con otros y agarrarse de las guarniciones de las espadas y de los braços», insultos, ofensas, agravios e incluso «espadas desnudas», desencadenaron una singular riña tumultuaria22 resuelta al cabo con un draconiano proceso que acabó con el castigo de varios magnates y una sentencia de pena capital en rebeldía para los principales autores que, tras haberse fugado, a los pocos meses se convocaron mediante carteles de desafío que aparecieron por media Europa para retarse en el cantón suizo de Altdorf conforme «a los fueros y leyes antiguas de los caballeros de Castilla»23.

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Véase Scott K. , Honor and violence in Golden Age Spain, New Haven & Londres, Yale University Press, 2008. 21 Jerónimo , Gaçeta y nuevas de la Corte de España desde el año de 1600 en adelante, Madrid, Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, 1991, p. 383. 22 Declaración del conde de Cantillana, Madrid, 22 de diciembre de 1635, incluida en la Causa criminal sobre el desafío del primer marqués del Águila con D. Juan de Herrera, Archivo Histórico de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, Fondo Archivo Ruiz de Arana, L397-C5, fol. 4v. 23 Véase Santiago , «‘Por estar tan acostumbrados a cometer semejantes excesos’: una aproximación a la violencia nobiliaria en la corte española del Seiscientos», en Nobilitas. Estudios sobre la nobleza y lo nobiliario en la Europa Moderna, dirs. J. Hernández Franco, J. A. Guillén Berrendero y S. Martínez Hernández, Madrid, Ediciones Doce Calles, Fundación Cultural de la Nobleza Española, Fundación Séneca y Ediciones de la Universidad de Murcia, 2014, p. 295.

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Aquel suceso que desde luego nada tenía de excepcional en la corte española -salvo por la singularidad que le otorgaba el número y la calidad de los señores involucrados en él- evidencia hasta qué punto estaban dispuestos a llevar sus querellas los nobles. El marqués del Águila y Herrera representan la resiliencia de una cultura que se negaba a renunciar a los principios sobre los que había erigido su estatus privilegiado. Ecos, en definitiva, de una Europa caballeresca y galante que porfiaba en la preservación del mismo lenguaje simbólico de sus antepasados en el que había sido educada. En la cultura nobiliaria, bizarría y fiereza eran a menudo expresiones asociadas a la extravagancia, la rareza y el exceso, vicios aparentemente ajenos a la prudencia, la discreción y la contención que se reivindicaban como modelos de imitación para la nobleza que reclamaba su espacio en las principales cortes europeas. La propia sprezzatura, como sublimación de la ciencia cortesana, permitía la ocultación o disimulación de las pasiones y emociones humanas. El propio Castiglione, pionero en la definición del canon cortesano, distinguía a «los animales brutos» por su «nobleza y coraçón», de otros como el león o el águila, pues guiaban sus actos por puro instinto con un «presto y furioso movimiento, sin palabras, ni otra señal de cólera»24. En 1621 el franciscano Bartolomé de Molina proponía a don Juan Álvarez de Toledo y Monroy, quinto conde de Oropesa, «Príncipe de gloriosa memoria» por sus «virtudes y santidad» como «espejo de todos los grandes Señores del mundo». En el Breve tratado de las virtudes del conde, dedicado a su yerno don Duarte de Braganza, primer marqués de Frechilla, menudean las noticias sobre la personalidad del aristócrata que renunció a sus títulos, a los sesenta y nueve años de edad, en favor de su nieto y sucesor, para ingresar en un convento fundado por él. Sin duda, una de las más extraordinarias y deliciosas es la que evocaba un suceso que le había acontecido al conde al salir de una iglesia, cuando «al baxar por las gradas» un hombre se topó con él «y con enfado y cólera» le «dio un empellón». Don Juan, recordaría haberse quedado «un poco parado mirándole», confesando que en medio de una gran agitación sintió «pelear en mi coraçón, por una parte el mal hábito que yo tenía de vengarme, con el ansia y cólera que allí me tomó», y «por otra el temor de Dios» y el «propósito» que había tomado «de perdonar injurias». El venerable conde refrenó su furia innata generando «tanta violencia y fuerça» interior «que me rebentó el coraçón en el cuerpo y caí muerto allí», aceptando aquel trance como una suerte de «martyrio»25. Su nieto, el sexto conde de Oropesa -de breve existencia, pues apenas sobrevivió a su abuelo unos pocos meses-, parecía haber heredado de su egregio abuelo santidad y cólera a partes iguales porque aunque apodado «el Santo», era de natural «colérico», hasta el punto de que «le temblauan pies y manos de cólera quando se enojaua», si bien transitaba de la ira a la «blandura y risa» en apenas un instante26. En esta extraordinaria evocación del misticismo nobiliario se porfiaba sobre la idea del sufrimiento. Sofrenar la furia intrínseca que nacía del legítimo deseo de vengar las ofensas sometía al noble a una especie de tormento, de aflicción, a la manera en que los 24

Baltasar , El Cortesano traduzido por Boscán en nuestro vulgar castellano, Amberes, Philippo Nucio, 1574, fol. 77r. 25 Bartolomé de , Breve tratado de las virtudes de don Iuan García Áluarez de Toledo Monroy y Ayala, Quinto Conde de Oropesa, y Deleytosa, Madrid, Viuda de Cosme Delgado, 1621, fol. 39v-40r. 26 Ibíd., ff. 39v-40r y 154r-v. Sobre el conde, véase Igor , «Del caballero confesional al noble santo: el V conde de Oropesa (m. 1619)», en Identidades confesionales y construcciones nacionales en Europa (ss. XV-XIX), coords. J. I. Ruiz Rodríguez e I. Sosa Mayor, Madrid, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá, 2012, pp. 149-168.

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santos afrontaban sus tentaciones. Se expresa una violencia retórica a través del ejercicio de la contención de unas pasiones e instintos brutales que, no obstante, podían ser templados a través de un riguroso auto-disciplinamiento, como se recordaba en el citado tratado cuando se mencionaba que tanto el abuelo como su nieto se mortificaban a diario; el primero con una cruz colgada al pecho con clavos, y el segundo dejándose arrastrar por el suelo en alguna ocasión con una soga al cuello de la que tiraba un religioso. Educados en una cultura que se sustentaba en buena medida sobre la experiencia cortesana de los viejos caballeros, cuya vida se convertía en una suerte de espejo en el que mirarse, los nobles disponían de instrucciones, relaciones y avisos con numerosos ejemplos y retratos en los que hallar un referente27. Junto a la prudencia y la discreción, virtudes siempre alabadas en la nueva caballería de corte, la disimulación28 otorgaba grandes ventajas a quien sabía administrarla con sabiduría. Precisamente esa sprezzatura estaba presente en uno de tantos avisos, que de mano probable de caballero, aseguraba que «el saber sufrir y dissimular quando conviene realza la prudencia porque los impulsos del primer movimiento no obligan a despeño desesperado a quien es discreto»29. Si concedemos credibilidad a la denuncia que expresaba Manuel de Faria e Sousa en sus notas a la edición madrileña del Nobiliario del Conde de Barcelos de 1646, hacía tiempo «que pocos [caballeros] deste nuestro Siglo se hallarán de quien se pueda dezir con verdad que fueron buenos», entendiéndose por tales, en primer lugar, al «buen Christiano», y en segundo lugar, al «valeroso, magnánimo i liberal i bienhechor, virtudes de que resultó la Nobleza». Para Sousa no cabía atribuir «grandes obras» a quien «fuere arrebatado de excesiva cólera, porque los hombres valerosos muy de espacio se arrebatan deste furor, antes se muestran con un sosiego nobilísimo en la mayor causa de inquietud»30. Precisamente lo que se esperaba de un noble era que fuese capaz de gobernar su furor, nacido de una cólera «arrebatada», doblegándolo y estorbando las ocasiones en las que se tornaba irracional e indómito. Los escenarios más propicios para semejantes demostraciones de ira y ferocidad eran, sin duda, la milicia y la guerra. Era allí donde la nobleza de sangre, como insistía la condesa de Aranda, se perfeccionaba, adquiriendo «heroycas virtudes» y «haciendo noblemente sus obras con afecto y veras», al modo del «gran Rey Godofredo de Bullón… que teniendo el cuerpo pequeño, y no robusto, le dio esta virtud tales fuerzas que jamás golpe de su espada dio en vacío ni dexó de lleuar cabeça, brazo, o medio cuerpo de sus enemigos»31. En atención a que «las armas preceden a todo», incluso a los oficios de corte, como recordaba el conde de Portalegre a su primogénito, un titulado debía atender por encima de todo a procurarse un destino provechoso en la «milicia de tierra… con gran sueldo» como «general de la cavallería o coronel de infantería española». En la guerra, don Juan 27

Para todo lo relativo a vidas de corte como espejos de caballero, véase Fernando , Corre manuscrito. Una historia cultural del Siglo de Oro, Madrid, Marcial Pons, 2001, especialmente el capítulo «Vidas de palacio. Las biografías manuscritas como manual de corte», pp. 215-239. 28 Cfr. Fernando , Pasiones frías. Secreto y disimulación en el Barroco hispano, Madrid, Marcial Pons Historia, 2005. 29 Avisos políticos, históricos y morales, Biblioteca particular, Madrid, olim ex libris Luis Martínez Kléiser, capítulo «Sufrimiento» sin foliar. Sobre el citado texto, véase Fernando , Papeles y opinión. Políticas de publicación en el Siglo de Oro, Madrid, CSIC, 2008, p. 76. 30 Pedro , Nobiliario del Conde de Barcelos Don Pedro, hijo del rey Don Dionís de Portugal. Traduzido, castigado y con nuevas ilustraciones de varias notas por Manuel de Faria i Sousa, Madrid, Alonso de Paredes, 1646, pp. 696-697. 31 Luisa de , op. cit., p. 292.

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de Silva aconsejaba «caminar de buen semblante al peligro» y «poneros al frente a los peligros en los quales habéis de ser el primero sin desordenaros ni hazer desatinos» 32. Probablemente cuando escribió aquello tenía muy presente el modo en que perdió el brazo izquierdo tras recibir un arcabuzazo combatiendo al lado del rey Sebastián en los llanos de Alcazarquivir durante la aciaga jornada del 4 de agosto de 1578. Aquella honorable manquedad fue para el conde un signo distinguible de bizarría que sin embargo no le sirvió para verse reconocido como esperaba33. El furor nobiliario en los campos de batalla europeos encontró su particular reflejo en una literatura épica sedienta de héroes modernos. El bisoño almirante de Castilla, que se batió exitosamente contra las tropas francesas del príncipe de Condé durante el socorro de la plaza de Fuenterrabía en 1638, pronto fue objeto de loas y encomios. Quien nunca hasta entonces había tenido ocasión de demostrar su valentía recibió las alabanzas de Calderón de la Barca en forma de Panegírico. Don Juan Alonso Enríquez de Cabrera y Colonna aparecía como el «noble despreciador de riesgos tantos», el «héroe invicto» que recibía la «obsidional corona… diadema a todas preferida» que permanecía «guardada en el templo de Marte, donde yace/ más verde cuanto más ensangrentada»34. Las mediocres rimas de Díez de Lugones continuaron alimentando la epopeya del magnate castellano, quien «vestido de amor bizarro/ se va a morir por su Rey/ entre riscos y peñascos» y «osadamente arrojándose» entre los franceses y «su gente», en el frenesí del cruento combate, «atropellados de cauallos, y otros sin braços la cabeça abiertos» y otros «tripas y güesos descubiertos», franqueaba la plaza, «gozoso y aplaudido» cual «Invicto Achiles»35. La memoria del viejo almirante fue recuperada casi tres décadas más tarde por Juan de Ovando Santarén, quien al dedicar a su hijo don Juan Gaspar Enríquez de Cabrera sus Ocios de Castalia en diversos poemas, reservó un romance póstumo al héroe de Fuenterrabía, en el que aparecía nuevamente retratado como un «Joven Alcides» que siega cuantos «nuevos cuellos» brotan de la Hidra de Lerna. Las rimas iban acompañadas, como se aprecia a continuación, de una excepcional estampa, sin embargo tosca en su diseño y dibujo, obra de Alonso de Oviedo, en la que puede reconocerse al almirante con los rasgos musculados que remiten a la poderosa presencia de Hércules/Alcides, cubierto con la piel del león de Nemea y blandiendo una maza de madera ante la amenazante Hidra36:

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Fernando , Imagen y propaganda. Capítulos de historia cultural del reinado de Felipe II, Madrid, Akal, 1998, p. 231. 33 Fernando , «Corte es decepción: Don Juan de Silva, conde de Portalegre», en La corte de Felipe II, dir. J. Martínez Millán, Madrid, Alianza, 1994, pp. 474-475. 34 M.ª Soledad , Literatura y propaganda en tiempo de Quevedo: guerras y plumas contra Francia, Cataluña y Portugal, Madrid & Frankfurt am Main, Iberoamericana-Vervuert y Universidad de Navarra, 2011, pp. 63-64 y 167-188. 35 Alonso , Rinde a la dézima mvsa, y qvarta gracia de la Ilustrísima Señora doña Francisca Luisa Fernández Portocarrero, Marquesa de Villanueva del Fresno y Balcarrota, señora de la villa de Moguer, hija única, y vniuersal heredera del Séneca Español inuicto en mar y tierra, el señor don Alonso Fernández Portocarrero, Marqués del mismo Estado, y Capitán General que fue de las Galeras de Portugal, afecto consagrado a su grandeza en humilde Panegyrico a la victoria insigne de Fuenterrabía, conseguida por el Excelentísimo señor don Juan Alfonso Enríquez de Cabrera Almirante de Castilla, Madrid, s.n., 1638, ff. 3 y ss. 36 Málaga, Mateo López Hidalgo, 1663. Estoy en deuda con Fernando Bouza por facilitarme la noticia de esta obra.

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Alonso de Oviedo, Retrato alegórico del Almirante de Castilla, grab. calc. Biblioteca Histórica Universidad Complutense de Madrid, BH FLL Res. 1036

Resonancias muy similares pueden hallarse en encomios como los que le fueron dedicados al duque de Béjar con ocasión de su inmolación ante las murallas de Buda. Fue abatido de varios mosquetazos cuando encabezaba temerariamente uno de los grupos de vanguardia que iniciaban la expugnación de la ciudad otomana el día del Carmen de 1686. La osada muerte del joven aristócrata, malogrado a los veintinueve años de edad, alimentó presto la fama póstuma del joven aristócrata, ora pintado como un Héctor renacido, ora como un nuevo Cid37. Sin embargo la recurrencia a este tipo de héroes de la mitología

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Emiliano , «La creación de una memoria cristiana y guerrera. El caso del X duque de Béjar (1657-1686)», Tiempos Modernos, 31:2, 2015, pp. 369-392.

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clásica o incluso de la épica castellana medieval no era excepcional38. Hasta el desventurado don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, émulo en «osadía» de Faetón, comparecía ante al sayón que le degolló en la Plaza Mayor de Madrid el 21 de octubre de 1621 resplandeciendo «más en la priuación que en la priuança». El otrora todopoderoso favorito del duque de Lerma, cual «Hércules fuerte» caído en desgracia, como le recordaba el poeta Juan Ruiz de Alarcón, representaba en el postrero acto de su descomedida vida la mayor demostración de funesta bizarría jamás vista y que le otorgaría inmortal fama. Su ejecución, aventada en multitud de relaciones breves impresas y manuscritas, se convirtió de inmediato en una suerte de martirio que le otorgó presto la condición de «apóstol y romano». Don Rodrigo, como el santo que se encamina sereno hacia el martirio, era capaz de semejante demostración de arrojo y templanza. Con su atroz muerte expiaba sus graves pecados de vanidad y opulencia. Cinco años más tarde aún permanecía muy vivo el recuerdo de aquel suceso, como recordaría conmocionado Cassiano del Pozzo, autor del Diario del viaje su viaje del cardenal Barberini a Madrid, cuando tuvo ocasión de contemplar la pintura de la decapitación del apóstol Santiago del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, probablemente la de Juan Navarrete el Mudo, que tanta semejanza guardaba en lo infausto, salvando las distancias, a la «tragedia de don Rodrigo Calderón» 39. A este breve e incompleto bestiario caballeresco podrían sumarse muchos más nobles cuyas acciones y conductas resultaron, por su naturaleza «excesiva», singulares. Locura, extravagancia o intemperancia fueron también atributos de una nobleza que hizo de la excentricidad un signo reconocible de su identidad. Determinados comportamientos extravagantes y atrabiliarios, especialmente aquellos que por resultar tan excesivos diferían del ideal de vida y costumbres de un titulado, solían ser atendidos entre la displicencia y la reprobación. Como ha mostrado con brillantez el doctor Felipe Vidales del Castillo en el magnífico trabajo inédito que ha dedicado al VII marqués del Carpio cuyo estudio sobre su biblioteca ha merecido el Premio de Bibliografía de la Biblioteca Nacional de España 2016-, la fama de excéntrico que acompañó toda su vida a don Gaspar de Haro condicionó en buena medida su carrera política. Consagrado como el prometedor heredero político del valido del rey, el primogénito de don Luis de Haro parecía no obstante estar «hechizado» por «espíritus» que «le conjuran en secreto». A pesar de estar matrimoniado con doña Antonia María Luisa de la Cerda, una de las mujeres más bellas de la corte, Jerónimo de Barrionuevo, en sus Avisos, lo presentaba viviendo en mocedad con «mil desórdenes, en particular de mujeres, que piensan le tienen hechizado»40. Libertinaje, lujuria, rareza y excentricidad retrataban al joven aristócrata que en febrero de 1662, como ha demostrado con solvencia el doctor Vidales, fue falsamente involucrado en una tentativa de regicidio en el Buen Retiro. Aquella conjura política, orquestada por el duque de Medina de las Torres -su acérrimo adversario en el camino hacia el favor de Felipe IV- en la que se vio envuelto en buena medida por su propia torpeza, le alejó de cualquier posibilidad de disputar el valimiento vacante tras la reciente

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Véase, entre otros, Frank , La poesía épica del Siglo de Oro, Madrid, Gredos, 1968; Elizabeth B. , Myth and Identity in the Epic of Imperial Spain, Columbia-Londres, University of Misouri Press, 2000; y María José y Lara eds., La teoría de la épica en el siglo XVI (España, Francia, Italia y Portugal), Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2010. 39 Véase Santiago , Rodrigo Calderón. La sombra del valido. Privanza, favor y corrupción en la corte de Felipe III, Madrid, Marcial Pons & Centro de Estudios Europa Hispánica, 2009. 40 Jerónimo de , op. cit., I, pp. 80 y 259.

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desaparición de su padre41. En marzo se decía que entre sus deudos, el duque de Cardona había suplicado al rey clemencia para que aminorase la condena y a lo sumo le enviase a la «casa de locos de Toledo con un capirote»42, argumentando que sus actos sólo eran el resultado de una naturaleza inestable y extraviada. Más allá de certezas y de alguna que otra falsedad sobre su poliédrica personalidad, buena parte de estos estereotipos sobre excesos y desvaríos acabaron prefigurando la imagen de Carpio. Probablemente el noble más célebre de la historia, el hidalgo manchego al que Cervantes otorgó sin saberlo ni pretenderlo fama universal, representa la sublimación genial de la locura y la furia nobiliarias. Don Quijote es, sin lugar a dudas, el paradigma del caballero afable y pacífico, inofensivo incluso cuando en su desvariada conducta manifestaba una apacible e inocua «locura furiosa», tan alejada por otro lado de la consagrada por el héroe de Ariosto43. Cuán lejos del feroz mentecato marqués de Barcarrota que, entre otras muchas demasías, conversaba con las figuras de los tapices de su casa, personificadas entre otros en un tal Arenés, al que destinaba toda su ira y sus cuchilladas, y que fue objeto de un proceso en 1689 -exhumado en un reciente artículo por Fernando Bouza44- que acabó incapacitándole para gobernar sus estados por contravenir su indecoroso comportamiento el canónico ethos nobiliario. La historia de la nobleza ibérica y, por ende, la europea, no puede entenderse sin atender a la significación alcanzada por una cultura ancestral de violencia que se erigió durante siglos en un símbolo inequívoco de su identidad privilegiada y singular. La nobleza porfió a lo largo de toda la Edad Moderna en la preservación de conductas, prácticas y usos privativos propios que no solo se manifestaron contrarios a la configuración de la potestad regia, sino a los modelos propios de prudencia/discreción/templanza de los que se había dotado la nueva caballería cortesana. La nobleza ibérica altomoderna bien podría singularizarse a través de un extenso «bestiario» caballeresco por el que desfilasen tanto quijotes, hércules, santos y mártires, como déspotas, lujuriosos, dementes, felones, adúlteros y montaraces. Al fin y al cabo, la continua y «perniciosa tolerancia»45 de las autoridades hacia sus prácticas y rituales de violencia había acabado por acostumbrar a los nobles al «exceso»46, contribuyendo asimismo a fortalecer un imaginario nobiliario en el que el uso arbitrario de la fuerza se perpetuaba como práctica identitaria de una comunidad política y cultural privilegiada. A pesar de los numerosos llamamientos al «sosiego nobilíssimo», como el preconizado sin éxito por Faria e Sousa, para caballeros valerosos que no se arrebataban ante el furor, la violencia nobiliaria, en sus distintas manifestaciones, dispuso de suficiente margen para expresarse con relativa libertad en amplios espacios y escenarios de la Europa moderna. 41

Felipe , El VII Marqués del Carpio y las letras, especialmente el capítulo «Algo de pólvora, ninguna prueba y muchos testigos falsos. La conjura del Retiro (1662-1663)», tesis doctoral inédita, Universidad Complutense de Madrid, 2016, pp. 101-118. 42 Jerónimo de , op. cit. IV, p. 440-441. 43 Antonio , «Don Quijote, loco entreverado con lúcidos intervalos», en España y América en una perspectiva humanista. Homenaje a Marcel Bataillon, dir. Joseph Pérez, Madrid, Casa de Velázquez, 1998, p. 40. 44 Véase Fernando , «Titulado furioso y ejercicios indecentes. Violencia y locura de un aristócrata de la frontera (1686-1703)», Ler história, en prensa. Estoy en deuda con el profesor Bouza por haber tenido la gentileza de franquearme el contenido de su texto inédito y compartir conmigo sus valiosos comentarios sobre estas páginas. 45 Consulta del Consejo de Castilla al rey sobre la amistad del almirante de Castilla con doña Josepha Renate, Madrid, 4 de mayo de 1648, Archivo Histórico Nacional, Consejos, legajo 7146-6, sin foliar. 46 Consulta sobre una pendencia entre los duques de Aarschot y Veragua, Madrid, 21 de enero de 1647, ibíd., 7159-10, sin foliar.

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No siendo posible alcanzar a todos los escenarios y realidades, las contribuciones reunidas en este número monográfico empero conforman un conjunto nada despreciable de perspectivas diferentes de análisis sobre la significación de la violencia en la cultura nobiliaria europea de la Edad Moderna. Lecturas a escalas y dimensiones muy distintas, cuyo objetivo principal ha sido ofrecer una visión que en términos generales cubriera algunos de los horizontes de reflexión más destacados sobre un fenómeno que, como hemos visto, especialmente para el caso del mundo ibérico, renovó su visibilidad durante los siglos XVI y XVII. Abre el dosier el texto de Adolfo Carrasco Martínez, que se ocupa de profundizar sobre las distintas interpretaciones (y repercusiones) morales y políticas que la recuperación historiográfica de la inmolación de Catón el Joven (46 a. C.) tuvo en el humanismo tardío y en el barroco europeo, especialmente en la configuración del ideal nobiliario a partir del florecimiento del estoicismo. A pesar de que a partir del siglo XVIII, y muy especialmente de la Revolución francesa, la figura del prócer romano acabó erigiéndose en arquetipo de héroe republicano, jacobino y popular, durante la Alta Edad Moderna preservó la imagen del sabio íntegro defensor de la libertad pública frente a la tiranía de César, una suerte de «quintaesencia del aristócrata… frente al expansionismo de la monarquía absoluta», como nos recuerda el autor. A pesar de que su atroz muerte le alejaba de los cánones del ideal del héroe cristiano, un fascinado Montaigne sólo veía belleza en la escena en la que Catón, «todo ejemplo de virtud», se evisceraba a sí mismo con saña y «harto más furioso». Siendo tan severa la censura eclesiástica y civil contra el suicidio, la ejemplaridad de Catón solo hallaba un escollo, insalvable sin duda, para convertirse en un modelo perdurable de ética nobiliaria, la elección del método de su martirio. El suicidio, que ya había sido definido en el Concilio de Arlés (año 452) como furor diabolicus, esto es, la máxima expresión de violencia autoinfligida, arrebataba a priori a Catón la condición de héroe para una aristocracia que parecía más acomodada a la ética aristotélica. El ensayo de José Antonio Guillén Berrendero se centra en la conflictividad ocasionada por el uso de la heráldica en la Castilla altomoderna. Esta problemática, asociada a la representación de lo nobiliario en sus múltiples formas y manifestaciones, fue objeto de atención tanto por parte de la literatura jurídica y de la tratadística heráldica del período como de la abundantísima documentación generada por la litigiosidad nobiliaria. Siendo el blasón la máxima expresión visual de un linaje, cualquier violencia física o simbólica que atentase contra su integridad se consideraba un ataque a la propia identidad de la estirpe. Los escudos de armas eran exhibidos en lugares públicos como signos visuales reconocibles de posesión, dominio o jurisdicción. Como máxima representación simbólica del honor y la reputación de un linaje, la defensa de su visibilidad e integridad era una cuestión prioritaria para los intereses de cualquier familia o casa. Velar por su preservación, evitando cualquier intervención que alterase, ocultase o simplemente reemplazase sus cuarteles y coroneles por los de otros, era una empresa que estaba a la altura de la propia relevancia de la estirpe. Retirar o picar escudos era, en definitiva, una práctica violenta que alteraba el secular orden nobiliario y suponía la deshonra para la familia objeto del ultraje.

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Por su parte, las páginas de Antonio Terrasa Lozano nos adentran en el fenómeno de la violencia banderiza en Mallorca, endemismo, por otro lado, que compartía el reino con el resto de territorios de la Corona de Aragón durante buena parte de la Alta Edad Moderna, ajenos a la aparente sofisticación de la civilización cortesana. Las represalias contra mujeres de la nobleza, ya fueran objeto de violación, rapto o asesinato, y los saqueos y destrucciones de propiedades eran actos que se enmarcaban en el escenario habitual de enfrentamiento entre parcialidades. Precisamente, su condición de miembros de una determinada familia, al margen de su condición femenina, les convertía en objetivo de la violencia más brutal e irracional. Las agresiones físicas, crímenes infamantes y afrentosos, pretendían extender la deshonra a toda la casa. Cualquier atentado físico o simbólico contra una casa nobiliaria, ya fuera ejercido contra sus propios miembros (familia y criados) o sus propiedades, entendidos como un todo, buscaba no solo dañar el «cuerpo natural», sino debilitar el «político». El texto de Terrasa nos conduce hasta las estrategias de aquellos nobles montaraces e indómitos que se avenían a apaciguarse entre sí transitoriamente, ante el arbitrio de las autoridades, firmando términos de paces y acuerdos que solo contribuían a reducir la intensidad de una conflictividad latente que resucitaba cada vez que los distintos elementos identitarios que conformaban los linajes, entendidos como «comunidades imaginadas», ya fueran los miembros de la familia, sus criados, símbolos, propiedades o residencias, se veían amenazadas o atacadas. Trascendiendo la mera violencia criminal, João Paulo Salvado y Susana Münch Miranda nos presentan un singular estudio de caso que nos sitúa al mismo tiempo en distintos planos de análisis. El asesinato del conde de Hallweill en los bosques de Viena, en agosto 1696, del que se acusó al marqués de Arronches, Charles-Joseph de Ligne, embajador extraordinario de Pedro II de Portugal en la corte cesárea -en lo que parece ser una pendencia deudas de juego- generó una gran conmoción a finales del siglo XVII. Más allá del interés que el caso ha suscitado en los estudios sobre las relaciones internacionales entre el Sacro Imperio y Portugal -entonces consolidadas por el parentesco entre el emperador Leopoldo y Pedro II (cuñados)- especialmente las conferidas a la inmunidad diplomática y a la inviolabilidad del embajador, Salvado y Miranda señalan la excepcionalidad que representa el hecho de que aún hoy no se tenga una versión fidedigna de lo sucedido, debido a la multitud de relatos conservados y a que la investigación criminal no llegó a concluirse, entre otros motivos, por qué el embajador huyó. Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes que exhuma el ensayo es que durante el largo proceso que condujo en Lisboa la Mesa da Consciência e Ordens, y que finalmente en 1699 concluyó con una condena in absentia del marqués, el rey barajó la continuidad de la Casa de Sousa. El extravagante comportamiento del marqués en Viena previo al incidente, incompatible con su ilustre condición nobiliaria y con la alta responsabilidad diplomática que se le encomendó, había puesto en una situación crítica a los Sousa, que se preciaban de presidir la cúspide de la Grandeza de Portugal, cuya conservación biológica parecía haber quedado, sin embargo, asegurada en 1694 con el nacimiento de Luísa Antónia, única hija de los marqueses. La posterior revocación y anulación de la sentencia, alejó la condena sobre Arronches, afanado en reivindicar su inocencia -como hizo publicando su Apologia (1697)- pero no le acercó a su total rehabilitación. El mantenimiento de su exilio italiano, al que le abocaron las fuertes presiones de los suyos, fue la mejor opción para una casa cuya supervivencia política dependía de su capacidad para recobrar el favor del rey y restaurar los vínculos de lealtad con la Corona. El matrimonio entre la heredera de los Sousa y el príncipe don Miguel, hijo legitimado de Pedro II, (origen del ducado de Lafões) dos años más tarde, supondría, como apuntan los

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autores, la consagración del triunfo de la disciplina de la casa aristocrática sobre los intereses del individuo. El broche final a este dosier llega de la mano de Jeremy Roe cuyo artículo nos conduce al contexto en el que se forja la retórica marcial de un Felipe IV como alegoría emblemática de una «España Invicta». Sus páginas se centran en cómo los medios visuales, apoyados en una variedad de textos literarios y paratextos, fueron empleados para definir y difundir una identidad política para Felipe IV y «España» en el mundo hispánico. Se profundiza sobre el significado de estos discursos e iconografías hegemónicas del poder, de su recepción, circulación, emulación e incluso de contestación en los territorios de los Habsburgo, como ocurrió en este último caso con la serie de catorce grabados de John Droeshout incluidos en la Lusitania Liberata de Sousa de Macedo publicada con ocasión de la proclamación del duque de Braganza como D. João IV. Los retratos marciales de los soberanos españoles como personificaciones alegóricas de una «España Invicta» y belicosa -se nos recuerdan, por ejemplo, el Carlos V en Mülhberg o el Felipe II ofreciendo al cielo al infante don Fernando, ambos de Tiziano, o el perdido Felipe III y la expulsión de los moriscos de Velázquez- o las numerosas series de los monarcas en armadura son también representaciones de violencia destinadas a significar la autoridad real. Todos ellos forman parte de una tradición que se vinculó al programa decorativo impulsado por el Rey Planeta para el Salón de Reinos del Buen Retiro, en el que se exaltaban los triunfos militares de la Monarquía Hispánica. Aquella retórica marcial había encontrado su más elocuente manifestación en la temible «furia española». El propio Rey Católico, imaginado por Caramuel como «Sol esplendíssimo de España», aparecía representado abatiendo y cobrándose a todos sus enemigos, ya fuesen «Martes fortísimos», ya «altísimos como Saturno». No cabe mejor modo de concluir esta presentación que haciéndolo expresando mi agradecimiento a los autores de los textos que conforman este dosier por la extraordinaria disposición con la que acogieron la iniciativa y por participar en ella47. Mi deuda de gratitud se extiende igualmente a la dirección, secretaría, editoras y consejo de redacción de Atalanta. Revista de las Letras Barrocas por la ayuda dispensada a esta coordinación científica durante todo el proceso de recepción y evaluación de los originales, así como en la posterior edición del monográfico.

Santiago Martínez Hernández (coord.)

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Algunos de los trabajos aquí reunidos se enmarcan en el proyecto de investigación MINECO HAR201231891 «Excesos de la nobleza de corte: usos de la violencia en la cultura aristocrática ibérica del Seiscientos (1606-1665)», financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad. Se recogen los resultados de investigación avanzados en distintas jornadas científicas que se celebraron fruto de la colaboración entre investigadores de varios proyectos y grupos de investigación afines: seminario de investigación Violencia y conflicto en la cultura y las prácticas nobiliario-cortesanas del Seiscientos, bajo la dirección de Adolfo Carrasco Martínez y Santiago Martínez Hernández, Universidad de Valladolid, 5 de mayo de 2014; y el VIII Seminário Permanente « “As nobrezas do Sul da Europa: modelos, práticas, estructuras e sistemas de represetação nos séculos XV-XVIII”»: Y tienen los Señores por grandeza celebrar su furor…» Crime, excesso e violência na cultura nobiliârquica da Europa moderna, bajo la coordinación científica de J. Figueiroa-Rego, Antonio Terrasa Lozano y Santiago Martínez Hernández, Centro Interdisciplinar de História, Culturas e Sociedades, Universidade de Évora, Évora, 7 de mayo de 2015.

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El suicidio de Catón el Joven fue un potente símbolo político y moral. El último defensor de la República romana contra la tiranía de César pasó a ser un héroe republicano y un modelo de sabio estoico gracias a Cicerón, Séneca, Plutarco y otros, aun cuando estos mismos autores no escondieron las contradicciones éticas y políticas de su comportamiento. Este Catón complejo es retomado por Michel de Montaigne, quien abrió un debate que se extendió a lo largo de los cien años del Barroco. ¿Fue un héroe moral o un fracasado político? ¿Era Catón un espejo de las noblezas europeas? Toda esta intensidad se pierde en la Ilustración, a partir de la tragedia de Addison Cato. A tragedy, que reformula el mito para que luego lo hagan suyo los patriotas norteamericanos y los jacobinos franceses. Palabras claves: Catón el Joven, Michel de Montaigne, mitos políticos, estoicismo barroco.

Cato the Younger’s suicide was a powerful political and moral symbol. The last champion of the Roman Republic against Caesar’s tyranny turned into a republican hero and an exemplary stoic sage by Cicero, Seneca, Plutarch and other writers, even though all of these did not hide political and ethical contradictions of his behavior. This complex Cato is taken up by Montaigne, who opened a discussion which extended along Baroque age. Was he a moral hero or an unsuccessful statesman? Was Cato a mirror to European nobilities performance? This intense debate was vanished during the Enlightment, since Addison’s play Cato. A tragedy, which redefined Cato’s myth to provide a strong model to American patriots and French jacobins. Keywords: Cato the Younger, Michel de Montaigne, political myths, Baroque stoicism.


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L

a imagen del suicidio de Catón el Joven (46 a. C.) ha perdurado. Conmueve, sorprende, o simplemente produce curiosidad. Heroísmo o desesperación, la decisión de quitarse la vida por no doblegarse ante la victoria de César contiene un gran potencial simbólico que fue percibido

desde el mismo momento de producirse1. No se le escapó al propio Julio César, tan sensible al poder de los gestos en la comunicación política, y tampoco a Cicerón, quien se apresuró a iniciar la leyenda de la inmolación de su amigo. En los siglos XVI y XVII el sacrificio de Catón revalidó su interés por causas diversas y coincidentes, como el reverdecimiento del estoicismo, las relecturas del legado clásico que se superponen unas a otras en el seno del movimiento humanista, o los giros experimentados por el pensamiento político y las distintas teologías cristianas. Pero lo más relevante es que, lejos de la unanimidad, la cultura del humanismo tardío y del barroco encontró en la dramática escena de Catón, arrancándose la vida un material de discusión sobre su sentido político y su licitud moral, un Catón conflictivo y polémico, vinculado al elitismo aristocrático. Con la llegada del siglo XVIII se produce una quiebra de este marco interpretativo, pierde intensidad la controversia y se empieza a construir un nuevo Catón que, a cambio de perder matices y contradicciones, gana en poder icónico hasta transformarse en un símbolo político republicano prerrevolucionario y, lo más sorprendente con respecto a la tradición, en un héroe popular. Este trabajo se centra en el Catón más rico y controvertido, el que arranca de Montaigne y se prolonga en el Seiscientos, que recoge todos los claroscuros contenidos en la tradición romana. Sin embargo, para otorgar al análisis una mejor perspectiva y confirmar cuánto pueden variar los significados de las alegorías ético-políticas, se comienza con unas páginas dedicadas al Catón ilustrado y revolucionario2. En ellas se evidencia la desconexión que se produjo a partir de 1700 y sirven, además, para tener conciencia de todo lo que perdió Catón en el curioso tránsito que hizo posible que un 1

Este trabajo es uno de los resultados del proyecto de investigación MINECO HAR2012-37560-C02-02. El análisis de las alegorías o mitos político-éticos del mundo clásico que son usadas frecuentemente en la Edad Moderna debe insertarse en la relación que se establece en esa época con el pasado, que no es simplemente la búsqueda de ejemplos sino algo más complejo. Sobre ello, es necesario referirse al insustituible trabajo de Reinhart Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Paidós, 1993. El empleo político de esos mitos, aun cuando lo ético esté de una u otra manera implícito, ha sido objeto de recientes reflexiones muy sugerentes y que insisten en la complejidad del tratamiento de personajes y acontecimientos cuando se actualizan; véanse, entre otros: Giovanni y Jacques eds., Political uses of the past: the recent Mediterranean experiences, Londres, Frank Cass, 2002, y Francesco , «Usos de la historia en los conflictos políticos de la Edad Moderna», Magallánica. Revista de Historia Moderna, 3:6, 2017, pp. 1-17. 2

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aristócrata romano, estoico y que terminó su carrera política con un sonoro fracaso, se erigiese en bandera de los whigs moderados, de los patriotas norteamericanos y los jacobinos.

El 14 de abril de 1713 se estrenó en Londres la obra Cato. A tragedy, escrita por Joseph Addison. El éxito fue rotundo, y debe destacarse que coincidieron en el aplauso los líderes whigs y tories3. En el escenario del Royal Theatre de Drury Lane los espectadores pudieron seguir los dramáticos acontecimientos después de la victoria de César sobre Pompeyo en Farsalia, la retirada de los restos del ejército senatorial a Útica, la batalla de Tapso y el suicidio de Marco Porcio Catón el Joven, el último defensor de la república, quien optó por quitarse la vida antes que someterse a la tiranía cesariana. El éxito del Cato de Addison se extendió tanto al Continente como a las colonias norteamericanas, y se prolongó tras las revoluciones americana y francesa, hasta llegar a los años veinte del siglo XIX, si consideramos en su estela la tragedia Catão, de Almeida Garrett (1822), en plena revolución liberal portuguesa4. Realmente, como suele ocurrir con este tipo de creaciones duraderas a partir de un personaje histórico literarizado, hay una gran distancia entre el Catón whig, el mártir patriótico que arraigó entre los independentistas norteamericanos, o la perfecta alegoría de la virtud revolucionaria que hallaron en él los jacobinos. Pero a pesar de las distancias entre unos y otros Catones setecentistas, su matriz está en Addison, pionero en el proceso de reconfiguración de un viejo mito ético y político. El personaje teatral de 1713 está en la base de la alegoría por la cual iban a competir el republicanismo 3

Christine D. y Mark E. «Introduction», a Joseph , Cato: A Tragedy, and Selected Essays, Indianapolis (Indiana), Liberty Fund, 2004, p. XIII. Prueba de que Addison quería hacer confluir las sensibilidades de las dos grandes tendencias políticas en la Inglaterra del momento es que la primera impresión de su tragedia está prologada por Alexander Pope (tory) y cuenta con un epílogo de sir Samuel Garth (whig). 4 João Baptista , «Catão», en Obras, II. Primeiro do teatro, Lisboa, Imprensa Nacional, 1845 (4ª ed.). Del sentido político liberal de la obra nos habla el hecho de que los portugueses que hubieron de huir del país cuando en 1823 se consumó el fracaso de la revolución, la representasen en el exilio de Plymouth en 1828. La opinión de que su Catão era una imitación de la obra de Addison provocó que Garrett, en el prefacio a la segunda edición impresa, tratara de evidenciar las diferencias; sin embargo, reconocía que «apezar de tanta disparidade, tem elle expressões, versos inteiros de Addison. E porque não, se ellas são bellos?», en João Baptista «Préfacio da segunda edição», op. cit., pp. 11-14. Un análisis de la obra, en comparación con el texto de Plutarco y el de Addison, en José , «A tragédia de Almeida Garrett: colheita em Plutarco», en Caminhos de Plutarco na Europa, Coimbra, Imprensa da Universidade de Coimbra, 2008, pp. 137-149.

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clásico, el democratismo radical y hasta el liberalismo. Lo importante de la tragedia de Addison es que rompió con la larga tradición renacentista y barroca de Catón y, reinterpretándolo en el contexto de la Inglaterra del final de la Guerra de Sucesión, tuvo la habilidad de transformarlo en símbolo de virtud contra la corrupción política y modelo de reverencia a la ley. Por eso gustó a whigs y tories al unísono en ese momento concreto. Para llevar a cabo esta operación, el escritor inglés hubo de limar las aristas del Catón del siglo anterior, hasta conseguir una versión estilizada, o simplificada, si así se quiere decir, una adaptación que rehuía gran parte de las contradicciones en las que se habían recreado los autores humanistas y barrocos. Resolviendo ante el público la compatibilidad entre el código ético personal y las exigencias de la política, Addison estaba ofreciendo un Catón de superficie tersa que clausuraba la conflictividad del personaje y facilitaba la identificación de los espectadores con el héroe en lucha permanente contra la tiranía5. Addison recondujo el radicalismo de Catón, tanto en términos políticos como éticos, o mejor dicho, sustituyó su extremosidad privada y pública por una integridad política derivada de su severidad personal. La intención de mostrarlo menos violento y menos contradictorio con la moral cristiana, en congruencia con el moderantismo propio de un whig templado y piadoso como era Addison6, se evidencia en cómo escenifica su suicidio, punto álgido de la historia de Catón, centro de todas las discusiones políticas y éticas que tradicionalmente había alimentado y, en fin, el detonante de su fama. Es muy significativo que sea ahí donde Addison se aleje más de Plutarco, cuya Vida de Catón era una de las fuentes canónicas del relato7. La tensión de la noche final de Catón y su muerte atroz según Plutarco se convierte en Addison en un tranquilo tránsito a la inmortalidad que confirma el sereno coraje y el amor incondicional a la libertad de su protagonista. El acto final de la tragedia incorpora una didascalia muy clara acerca de ello: el actor en el papel de Catón debía aparecer ante el público sentado en actitud pensativa, sosteniendo en un mano el Fedón de Platón, con la daga posada en una mesa

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Julie , Cato`s tears and the making of Anglo-American emotion, Chicago, Chicago University Press, 1999, pp. 48-60. 6 Ibíd., pp. XII-XVII, donde se explica la carrera política de Joseph Addison, en particular su labor como publicista del ideario whig moderado. 7 La relación de Addison con el texto plutarquiano ha sido estudiada por Philip A. , Plutarch and his romans readers, Oxford, Oxford University Press, 2014, en particular el capítulo titulado «Cato the Younger in the English Enlightenment: Addison’s rewriting of Plutarch», pp. 305 y ss.

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cercana8. Así pues, se trataba de presentar a Catón reflexionando con calma sobre la inmortalidad del alma y con el instrumento que le podía otorgar, no una muerte dolorosa, sino la liberación de la tiranía. Las palabras del personaje corroboran esta imagen de entereza y ecuanimidad cuando se declara doblemente armado, con el libro y la espada: el primero le promete la inmortalidad y el segundo es la llave que le franqueará el acceso a ella9. Después de dialogar con su hijo Porcio, Catón se retira a dormir. Luego, solo sabemos lo que ocurre porque se escucha un gemido contenido (groan es el término usado por Addison), y Porcio, alarmado, abandona la escena para enterarse de qué ha sucedido. A su vuelta, informa a los otros personajes de que su padre se ha arrojado sobre la daga. Entonces se abre el fondo del escenario y vemos a Catón sentado y moribundo, capaz aún de levantarse para decir unas palabras finales a sus hijos y amigos, bendecir los enlaces de sus hijos Porcio y Marcia y, por fin, desplomarse sin vida (la didascalia simplemente indica que Catón dies) 10. He aquí una noble, aséptica y decorosa muerte, sin sangre, sin gritos, un tránsito sosegado y contenido en el cual la solemnidad neutraliza el dolor. Nada más alejado del relato de Plutarco, dramático, visualmente impactante y, lo que tiene mayor relieve por contraposición, pasional e intenso en cuanto a las actitudes que exhibe Catón, como veremos a continuación11. Abandonando la truculencia y la crispación derrochada por Plutarco, e incluso podría decirse que escamoteando el mismo hecho del suicidio, Addison lograba reconfigurar un héroe cuya inmolación resulta atractiva y admirable. La grandeza de Catón, hasta entonces polémica y aterradora, por obra de Addison se tornaba serena, dulce, moralmente indiscutible y psicológicamente al alcance de la mayoría; ni truculenta ni aristocrática. Estos últimos rasgos fueron, quizás, los que propiciaron la popularización del Catón addisoniano, modelo que el autor inglés desarrolló en sus ensayos posteriores, aparecidos en varios

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Joseph , op. cit., V-I, p. 88; la nota didascálica dice textualmente: «Cato, solus, sitting in a thoughtful posture: in is hand Plato’s Book on the Immortality of the Soul. A drawn sword on the table by him». 9 Ibíd., V-I, vv. 21-26: «Thus am I doubly armed; my death and life, / My bane and antidote, are both before me: / This in a moment brings me to an end; / But this informs me I shall never die. / The soul secured in her existence, smiles / At the drawn dagger, and defies its point». 10 Ibíd., V-II, vv. 1-37 (la conversación con Porcio y la salida de escena de Catón); V-IV, vv. 66-68 (Porcio anuncia que Catón se ha arrojado sobre su espada); V-IV, vv. 77-99 (las palabras finales de Catón). 11 , Catón el Joven, en Vidas paralelas, Madrid, Gredos, 2008, VIII, pp. 47-120; la narración de la muerte de Catón, en LXIV-LXX, pp. 112-118.

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periódicos -sobre todo el Spectator y el Freeholder-12. Pero seguramente sea mejor prueba del eco en la opinión pública de este Catón estilizado y asequible la larga serie de artículos periodísticos escritos al alimón por Thomas Gordon y John Trenchard, bajo el seudónimo Cato. Estas Letters of Cato, de un whigismo moral y político más marcado que el de Addison, denunciaban la corrupción política y de las costumbres13. Si el Catón de Addison caló en la opinión pública inglesa porque era un buen ciudadano y un celoso defensor de la libertad contra cualquier ramalazo tiránico del poder, se explica que fuera tan calurosamente recibido en las colonias norteamericanas. Sin embargo, allí actuó como abono sobre el sustrato prerrevolucionario. Al mismo tiempo que se incrementaban la tensión política y los agravios fiscales, el Catón escénico confirmó los peligros de las arbitrariedades del gobierno metropolitano y la necesidad de dar un paso adelante para preservar la libertad. No solo el Cato fue muy representado, sino que su estela puede seguirse en una serie de dramas históricopolíticos populares, casi un subgénero teatral surgido en los años previos al estallido de 177614. La polarización de bandos e ideas, necesaria para movilizar a la población colona, encontró combustible en el esquema de abstracciones absolutas enfrentadas en la tragedia Cato: Inglaterra era César y los colonos podían ser, si tenían voluntad y arrojo, Catón. Recuérdese que el protagonista de Addison no es en ningún caso un revolucionario, pero el contexto norteamericano obró la transformación y le añadió el perfil patriótico. Catón encajó en el naciente patriotismo americano, el sentimiento de pertenencia a una comunidad diferenciada y ultrajada. El héroe de Útica contenía esos ingredientes, y estaba dotado del fatalismo necesario para asumir los riesgos de la incierta aventura que se avecinaba. Jefferson, Adams, Franklin y sobre todo 12

Ensayos en los que aparecen referencias a Catón, en Joseph , op. cit., Selected Essays, pp. 101-252. 13 Las Letters of Cato aparecieron en The London Journal entre 1720-1723, hasta la muerte de Trenchard. Una edición anotada es John y Thomas , Essays on Liberty, Civil and Religious, and Other Important Subjects, ed. Ronald Hamowy, Indianapolis (Indiana), Liberty Fund, 1995, 2 vols. Acerca de la posterior influencia de las cartas en las colonias británicas, véase Heather E. , John Trenchard and Thomas Gordon’s works in Eighteenth-Century British America, Nueva York, University Press of America, 2007. 14 Son las denominadas liberty plays, entre ellas: la trilogía de Mercy Otis Warren (The Adulateur, 1773; The Defeat, 1773; The Group, 1775); dos obras de John Leacock, The Fall of British Tiranny y Liberty Triumphant, ambas de 1776; y otras dos piezas de Hugh Henry Brackenridge, The Battle of Bunker Hill, de 1776, y The Death of General Montgomery in Storming the City of Quebec, de 1777. Sobre este teatro patriótico y revolucionario, véanse: Jeffrey H. , Drama, theatre and identity in the American new Republic, Cambridge, Cambridge University Press, 2005; Heather S. , Early American theatre from the Revolution to Thomas Jefferson. Into the hands of the people, Cambridge, Cambridge University Press, 2003.

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Washington, lo hicieron suyo, lo incorporaron a su imaginario político y, más concretamente, incluyeron en el naciente lenguaje revolucionario y nacional elementos de la retórica addisoniana15. En la Francia ilustrada la influencia del Cato de Addison fue menor que en el mundo anglosajón, aunque la obra fue traducida y sirvió para llamar la atención acerca de las posibilidades del héroe remodelado. Por sus propios caminos, los intelectuales franceses más radicales, y sobre todos ellos Jean-Jacques Rousseau, vieron en Catón el Joven la quintaesencia del republicanismo en pleno proceso de dejar de ser un idealismo filosófico-político para materializarse en un proyecto nuevo de organización social y moral. Puede afirmarse que Rousseau estaba fascinado por el mártir de Útica, lo que no quiere decir que se rindiese sin más ante su conducta, sino que encontró en su comportamiento una proyección de algunos de los problemas centrales que nunca dejaron de preocuparle16. Para Rousseau, Catón había intentado unir virtud con acción de un modo verdaderamente admirable no tanto porque hubiese vivido siempre conforme a sus principios morales, cuanto porque se había sacrificado por el bien de la comunidad. En el Discurso sobre economía política lo deja muy claro, cuando justifica su preferencia por Catón frente a Sócrates:

La felicidad del primero [Sócrates] será su virtud, mientras que el segundo [Catón] buscará la suya en la de todos. Nosotros seríamos instruidos por uno y guiados por el otro, lo cual bastaría para decidir la preferencia, pues nunca hubo un pueblo de sabios pero es posible lograr que un pueblo sea feliz17.

Admiraba a Catón porque era un prototipo de individuo consciente de su misión, que entiende su vida pública como continuidad de su vida privada; por eso se inmolaba, por el pueblo. Roussseau no podía admitir la soledad electiva catoniana de raíz estoica, y la transformaba en devoción a la causa pública. De hecho le pasaba con Catón lo

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En general, sobre la influencia del Cato de Addison en los líderes de la revolución americana, véanse Forrest , «Foreword», en Joseph , op. cit., pp. VII-X, y Christine D. y Mark E. , op. cit., pp. XXII-XXIII. Acerca del papel que juega el héroe romano en las ideas y el lenguaje políticos de George Washington: Paul K. , The invention of George Washington, Berkeley, University of California Press, 1988; y Jeffry , The political philosophy of George Washington, Baltimore, John Hopkins University Press, 2009. 16 Nathaniel , «Cato the Younger in the Enlightenment», Modern Philosophy, 106:1, 2008, pp. 60-82. 17 Jean-Jacques , Discurso sobre economía política, Madrid, Maia, 2011, p. 44.

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mismo que con el estoicismo en general, pues si bien siempre le atrajo la psicología moral de la Stoa, que producía sujetos seguros de su virtud, no entendió nunca que en lógica estoica esas felicidad y libertad interiores, hallazgos del sabio, incluyesen un indiferentismo elitista con respecto a los asuntos de la comunidad18. La incompatibilidad del origen estoico de la conducta de Catón con su proyecto de redención colectiva e igualitarista obligó a Rousseau a sacar al héroe de su dorado aislamiento aristocratizante y convertirlo en un modelo de ciudadano que, paradójicamente, defiende la libertad muriendo por el Estado: «[Catón] defendió el Estado, la libertad y las leyes contra los conquistadores del mundo y finalmente dejó la tierra cuando ya no vio patria alguna a la que servir»19. Lo cierto es que, al forzar la imagen de Catón con objeto de compaginar la virtud personal con el servicio a la comunidad política, los escritos de Rousseau transmitieron una metáfora útil a los revolucionarios. Como parte de la relectura apasionada que la Revolución francesa hizo de la Antigüedad clásica, Catón fue elevado a santo de la fe republicana, junto con Cicerón, Bruto o Casio. De su popularidad nos habla su nombre en una calle de París y su imagen en los juegos de naipes20, epifenómenos de una asimilación de eso que se ha denominado acertadamente el «espectro de Catón»21 y que acomodó la admirable república romana dentro del imaginario jacobino22. Para los jacobinos, con especial intensidad a partir de 1793, la Roma republicana era una especie de confirmación fatalista de su propia aventura en el momento liminar. Los héroes sacrificiales del epílogo republicano, como Catón o Bruto, les resultaban fascinantes y cercanos por cuanto su aparente derrota contenía grandeza y un dramatismo capaz de tornarse en victoria. Las menciones a Catón en los discursos parlamentarios y en los

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Christopher , Philosophic pride. Stoicism and political thought from Lipsius to Rousseau, Princeton, Princeton University Press, 2012, pp. 200-202. 19 Jean-Jacques , op. cit., p. 44. 20 Nathaniel , art. cit., p. 77; Michel , «La Révolution française et l’Antiquité», Cahiers de Clio, 100, 1989, p. 34, donde se dice que, desde la ejecución de Luis XVI, la baraja francesa sustituye los tradicionales reyes por legisladores y héroes republicanos como Bruto, Catón, Solón y Rousseau; las reinas por las virtudes (Unión, Prudencia, Justicia y Fortaleza); y sus caballeros -valets- por cuatro capitanes ejemplares, que son Aníbal, Mucio Scévola, Horacio (el adversario de los Curiacios) y Decio Mus. 21 Jean-Christian , «Le spectre de la République romaine», en Révolution et République. L’exception française, ed. Michel Vovelle, París, Kimé, 1994, pp. 14-26. 22 Marisa , Choosing Terror. Virtue, friendship, and authenticity in the French Revolution, Oxford, Oxford University Press, 2013; Jacques , «Lecture politique de la reference à l’Antiquité sous la Révolution française», Historia et ius. Rivista di storia giuridica dell’età medieval e moderna, 3, 2013, pp. 1-14.

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artículos de la prensa de Desmoulins, Marat o Robespierre fueron frecuentes, jalonando la retórica demagógica, radical y tremendista inseparable del proyecto rupturista del jacobinismo23. En definitiva, el Catón revolucionario es reducido al amigo del pueblo, el líder de la colectividad que, al sacrificarse por la causa de los ciudadanos, está legitimado para ejercer con mano de hierro la fuerza del Estado redentor24. Era la metáfora del hombre verdadero cuyas decisiones correctas conducían los destinos de la revolución, sin preocuparse por su propia catástrofe ni por la colectiva. Ahí estaba lo más atractivo para Rousseau y los jacobinos, que este Catón reunía superioridad moral con superioridad política, de lo cual derivaba una legitimación extrema: la capacidad de autoinmolarse (la perfección moral) corría paralela a su legitimidad para exigir sacrificios similares a la ciudadanía (la perfección política), todo en aras del bien superior social -encarnado en el Estado- que despreciaba a los individuos situados al margen de la voluntad colectiva. En resumen, desde el Catón de Addison al jacobino, pasando por el republicano clásico y el norteamericano, la figura del patricio romano experimentó una profunda transformación con respecto a su tradición previa. Héroe republicano, patriótico, popular o revolucionario, cualquiera de estas modalidades supuso una ruptura radical con la cultura humanista y barroca que había mirado a Catón de una manera muy diferente, mucho más matizada. Tal cambio implicó una estilización de la memoria catoniana, una operación de poda de algunos rasgos que hasta entonces habían merecido más atención y, a mi juicio, una relectura simplificadora de las fuentes romanas que crearon el mito ético y político. Por un lado fue necesario desconectarlo de su condición aristocrática originaria para presentarlo como un modelo ciudadano y popular; por otro lado, hubo que retocar la estampa de la muerte para eliminar el horror del modo de quitarse la vida y la desesperación que flota en sus últimos momentos, además de verificar un sutil desplazamiento de la atención desde su muerte a su trayectoria anterior en defensa de la ley y el Estado; y, en definitiva, se tuvo que reducir su determinación estoica, disminuir la rígida interpretación de los principios de la Stoa por alguien que mantuvo abierto hasta el final un conflicto entre doctrina y vida. Solo así fue posible alumbrar el Catón ilustrado y luego construir el revolucionario. Solo así el de Útica dejó 23

José Antonio , «Liberté, Égalité, Antiquité: la Révolution française et le monde classique», en L’Antique et le Contemporain: études de tradition classique et d’historiographie moderne de l’Antiquité, Besançon, Institut des Sciences et Techniques de l’Antiquité, 2009, pp. 207-248. 24 Nathaniel art. cit.

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de ser paradigma de la contradicción entre ética y política y se convirtió en lo inverso, es decir, un tipo moralmente superior porque era asimismo modelo político. El tributo que hubo de pagar Catón por alcanzar la gloria popular, patriótica y revolucionaria, fue subordinar su densidad moral a la eficacia política. Como se desprenderá de las páginas siguientes, en el cambio de sentido dieciochesco el mito catoniano perdió matices y riqueza. Retrocedamos ahora al humanismo tardío y al barroco para recuperar esa variedad de rasgos, para poner de manifiesto que el Catón anterior fue mucho más complejo y discutido, más controvertido y, en cierta forma, más fiel a las fuentes originarias romanas -Cicerón, Séneca, Plutarco, también Salustio-. En torno a 1600 la muerte de Catón alegoriza muchas cosas al mismo tiempo: por un lado, es el paladín de la libertad frente a la tiranía, el sabio valeroso que traslada a la vida pública su integridad ética, el solitario admirable frente a la maldad del mundo, la quintaesencia del aristócrata que marca su propio territorio ético y político frente al expansionismo de la monarquía absoluta; pero también es el político derrotado por la realidad, alguien cegado por su orgullo que se precipita a la autodestrucción, una víctima de sí mismo incapaz de entender que en política lo bueno y lo malo cambia de lugar con frecuencia; y, desde una perspectiva religiosa, es un ejemplo de virtud incompleta -por humana- a quien le faltó la iluminación de la fe para rematar su vida como un verdadero santo. Todas estas valoraciones, derivadas directamente de lo que los clásicos habían dicho de Catón, proyectaban problemas y dilemas contemporáneos. De ahí el interés por el personaje que aflora en textos históricos, políticos, teológicos y filosóficos, y la atención no menor que le prestan los artistas de la pluma y del pincel. Como certeramente sintetizó Cristóbal Suárez de Figueroa, «todo es uno: quedar Catón vencido o vencedor en el conflicto farsálico»25. ¿Su derrota es su victoria? En resumen, lo que atrae de Catón es su extremosidad, su dramatismo, su radicalismo y el modo terrible que eligió para quitarse la vida, todo ello alojado en el eje controversial de la cultura europea del momento: la difícil conciliación entre la ética y la política. Desde el punto de vista de la mentalidad nobiliaria, determinante en esta discusión, la coherencia entre lo que piensa Catón, lo que dice y lo que hace, es lo digno de admiración, una congruencia extrema de

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Cristóbal Tomás Iunti, 1621, f. 70r.

, Varias noticias importantes a la humana comunicación, Madrid,

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molde estoico; indefectiblemente, en términos políticos, el problema era la discutible eficacia de esa integridad ética frente a la irresistible lógica del poder.

Mas para que Catón pueda él solo ilustrar todo ejemplo de virtud, parece que su buena fortuna hizo que le doliera la mano con la que se asestó la puñalada, para que pudiera hacer frente a la muerte y apercollarla, reafirmando su valor en el peligro, en lugar de entibiarlo. Y si me hubiera correspondido a mí el mostrarlo en su situación más grandiosa, habríalo presentado desgarrándose las entrañas todo ensangrentado, más que empuñando la espada como hicieron los escultores de su época. Pues aquel segundo suicidio fue harto más furioso que el primero26.

Con estas palabras Montaigne se confesaba fascinado por la terrible manera de morir que se dio Catón. Era en esta parte final de la narración de Plutarco en la que fijaba su atención el ensayista, cuando Catón, sabedor de que la causa republicana estaba irremediablemente perdida, rechazó la clemencia de César y decidió quitarse la vida. Catón buscó la soledad para coger la espada y clavársela en el vientre, a la manera romana, pero solo logró producirse una profunda herida, por haberse lesionado un brazo golpeando a un esclavo que había tardado en traerle la daga. Alertados por sus gritos, los que le acompañaban le auxiliaron y lograron salvarle la vida vendándole el abdomen. Sin embargo, el resoluto patricio, con sus propias manos, abrió la herida y se arrancó los intestinos27. De las «dos muertes» de Catón, la primera frustrada y la segunda atroz y definitiva, Montaigne elegía la última, la más violenta y dolorosa, la que producía horror simplemente con imaginarla. En un ensayo anterior, «De juzgar la muerte del prójimo», Montaigne se había servido de Catón como punto de partida para dudar sobre la validez de los juicios que emitimos acerca del comportamiento de los otros. Escéptico, ponía en cuestión la ejemplaridad de las conductas ajenas y del hecho mismo de pronunciarse a favor o en contra de lo que los demás habían hecho:

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Michel de , «De juzgar la muerte del prójimo», Ensayos, eds. Dolores Picazo y Almudena Montojo, Madrid, Cátedra, 1993, II, XIII, p. 351. 27 , op. cit., LXIII-LXXII, pp. 110-119.

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no tengo yo ese defecto tan común de juzgar a los demás según yo soy… y creo que concibo mil modos de vida opuestos; y al contrario de lo normal, acepto más fácilmente la diferencia que el parecido entre nosotros […] y por lo tanto que no me pongan ejemplos comunes.

Un poco más adelante sentenciaba: «que me den la acción más pura y más excelsa [de los antiguos] y yo hallaré con toda seguridad cincuenta intenciones viciosas». Para Montaigne, el problema no estaba tanto en la ejemplaridad de las acciones en sí, cuanto en nuestra capacidad de interpretarlas, pues «nuestros juicios están también enfermos y siguen la depravación de nuestras costumbres». Pero de los escrúpulos hacia las vidas supuestamente singulares se salvaba Catón, «verdaderamente un modelo elegido por la naturaleza para mostrar hasta dónde pueden llegar el valor y la firmeza»28. Catón era, para Montaigne, una alegoría atemporal, que podía abstraerse de su contexto histórico. En consecuencia, si la historia no era más que un extenso catálogo de formas de la volubilidad humana, los casos de constancia, como Catón, no solo escaseaban porque rompían la mediocre dinámica histórica, sino porque, y es lo más importante, porque la misma virtud de la constancia se situaba por definición fuera de lo temporal, o dicho de otra manera, el ser constante, como Catón, vivía en una «armonía de sonidos que no puede desmentirse», mientras que «para nosotros, por el contrario, son precisos tantos juicios particulares como actos realizamos»29. Algo parecido, aunque en un registro y con un fin diferentes, es lo que había hecho Dante al colocar a Catón como guardián del Purgatorio, ornado con las cuatro virtudes cardinales. Con ello afirmaba la posibilidad de que un pagano pudiese alegorizar la virtud pura y, sobre todo, aludía a la capacidad de actuar desde la libertad contra el pecado. El Catón dantesco, por su contexto y por el simbolismo que asume, es una construcción absolutamente descontextualizada del histórico, por su apariencia física y su actitud de maestro moral que enseña el camino de la purificación 30. En Monarquía, Dante perfila ese Catón-idea cuyo comportamiento «demostró cuánto vale

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Michel de , «Del joven Catón», op. cit., I, XXXVII, pp. 292-294. Michel de , «De la inconstancia de nuestros actos», op. cit., II, I, p. 12. Sobre la «ahistoricidad» de la virtud según Montaigne, como por ejemplo la constancia de Catón, véase: Sébastien , «La constitution des Essais de Montaigne sur la base de la critique de l’historiographie: le règne de l’inconstance et la fin de l’exemplarité», Réforme, Humanisme, Renaissance, 70, 2010, pp. 159-160. 30 Dante , «Purgatorio», Divina Comedia, ed. Abilio Echeverría, Madrid, Alianza, 2015, I, 31136, pp. 213-216. 29

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esa libertad, prefiriendo morir libre a vivir sin libertad»31; esto es, su suicidio debía ser entendido como una enseñanza válida para toda época. Luego si Catón es una idea, o está definido como abstracción de la virtud, tiene sentido que la escena del suicidio descrita por Plutarco no le despierte admiración ni espanto a Montaigne, sino una fascinación que le lleva a elucidarlo como signo. Aquí su perspectiva es visual, incluso podría decirse que estética32, porque lo que le interesa es la representación de la desmesura; el juicio que merezca la decisión de Catón, sus motivos, y si hemos de aprobarla o censurarla, son cuestiones remitidas al lectorespectador. Sin embargo, la propuesta de Montaigne tiene más alcance aún. En primer lugar, porque ya es un juicio en sí poner el centro de atención en la «segunda muerte», que es precisamente la más discutible en términos estoicos, susceptible de ser interpretada como hija de la desesperación o la enajenación. Montaigne conocía bien el sentido estoico del suicidio, como lo refleja en otro Ensayo: «dicen los estoicos que para el sabio es vivir conforme a la naturaleza el dejar la vida, aun cuando esté en plenitud, si lo hace oportunamente […] Para evitar una muerte peor hay quien es de la opinión de dársela voluntariamente»33. En el caso de Catón, la «oportunidad» de matarse, y la voluntad de hacerlo «para evitar una muerte peor», dos aspectos estoicos que Montaigne toma en consideración, entraban en eventual conflicto con el modo en que lo lleva a efecto. Esta postura estaba respaldada por la famosa carta de Séneca a Lucilio donde se explicaba el sentido estoico del suicidio, instrumento al servicio de la libertad del sabio. Según Séneca, «el sabio vivirá mientras deba, no mientras pueda». Y si la vida no es un absoluto, tampoco lo es la muerte, pues lo importante es discernir entre «morir bien o mal». Por eso el suicidio no es más que un medio de morir bien, nunca una forma de escabullirse de un final doloroso o violento. En ningún caso el estoico se ha de regodear, de manera enfermiza, con el espectáculo de la muerte propia, ni buscar la manera más dramática de arrancarse la vida. Aconseja: «si se nos da opción entre una muerte dolorosa y otra sencilla y apacible, ¿por qué no escoger esta última?».

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Dante Monarquía, ed. Laureano Robles y Luis Frayle Delgado, Madrid, Tecnos, 2009, II, V, p. 57. 32 Claire , «Les deux meurtres de Caton: idéal éthique ou esthétique? Réflexions sur l’heure fatale dans les Essais de Montaigne», en L’instant fatal. Actes de colloques et journées d'étude, ed. JeanClaude Arnold, 3, 2009, pp. 1-11. 33 Michel de , «Una costumbre de la isla de Ceos», Ensayos, II, III, pp. 32 y 36.

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Sencillamente, Séneca admite el suicidio porque defiende la capacidad del sujeto de decidir sobre la propia existencia: «¿Te agrada? Sigue viviendo, ¿no te agrada? Puedes regresar a tu lugar de origen». Pero la naturalidad no implica trivializar la opción de la muerte voluntaria, pues «para ningún otro asunto es tan necesaria la preparación». Y termina la carta exhortando a Lucilio «a morir de la forma que te agrade, si puedes; pero si no, de la forma que te sea posible, y que eches mano de cuanto tuvieres a tu alcance para quitarte la vida. Es vergonzoso vivir del robo; por el contrario, morir mediante un robo es magnífico»34. En todo caso, Séneca aprueba el suicidio de Catón en tanto que elección moral consecuente y razonable; de ahí que el modo de matarse le interese como signo y no como acto en sí: «arrebata a Catón la espada, defensora de la libertad, y le habrás despojado de una gran parte de la gloria», como si a Sócrates le quitas la cicuta35. En cambio, Montaigne, al focalizarse en la atrocidad de la muerte, al invitar a recorrer el camino que va desde lo estético a lo ético, abría un debate sobre el (los) sentido(s) de lo visible. ¿Era un gesto heroico y fructífero? ¿Era un error o un acto condenable? ¿Era admirable aunque inútil? Al valorar el suicidio de Catón en sí, Montaigne estaba restituyéndolo en forma de problema a su contexto cultural romano, en el cual la visibilidad de los actos, el resultado de las decisiones, era parte determinante de su sentido. Los romanos consideraban que los hombres públicos habían de exhibir al ojo de la ciudadanía la mayor parte de sus actividades para que todos pudieran comprobar que su comportamiento nunca se separaba del decoro. De esta consideración no estaba excluido algo tan grave como el suicidio que, no olvidemos, era familiar al modo de pensar romano antes de que el estoicismo arribase; por eso debía ritualizarse, para que cobrase eficacia -elocuencia- ante los demás. Es decir, el hecho adquiría su pleno sentido como práctica visible o, como diría Foucault, como «estética de la existencia»36, porque no se trataba simplemente de interpretar lo acontecido contemplándolo, sino que lo que sucedía verdaderamente era lo que se veía. Desde lo que podríamos denominar «ángulo de estética existencial», el caso de Catón era

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Lucio Anneo , Epístolas morales a Lucilio. Madrid, Gredos, 1986, I, LXX. En Ep. LXX, 11, sobre la forma de quitarse la vida, dice: «Busque la salida por donde le guíe el impulso: bien sea que apetezca la espada, o la cuerda, o algún veneno que penetre en las venas, prosiga hasta el final y rompa las cadenas de la esclavitud». Sobre el suicidio, véase también la Ep. LXXVII. 35 Lucio Anneo op. cit., XIII, 14. 36 Michel , Historia de la sexualidad. Vol. 2: El uso de los placeres, Madrid, Siglo XXI, 1993, p. 15, donde usa este concepto en referencia al mundo griego, pero creo que puede trasladarse, casi con más exactitud, a la cultura latina.

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problemático, se tuviera o no en cuenta el relato de Plutarco, porque determinadas prácticas del estoicismo originario habían de desarrollarse en la intimidad y la mentalidad romana dudaba de la dignidad de refugiarse en la privacidad para actuar moralmente. Por eso algunas recomendaciones de Séneca, de Epicteto o de Marco Aurelio podían resultar chocantes a sus compatriotas, y no me refiero al llamamiento a la vida retirada, que se entendía muy bien en el contexto romano, sino a vivir en soledad la experiencia filosófica37 o de esos ejercicios espirituales característicos del estoicismo que conducían a la felicidad38. Séneca, por más que en algún momento censurase la falta de visión política de Catón39, lo presenta como una síntesis entre el sabio estoico y el modelo de romano puro. Heroísmo y decoro unidos por el preceptor de Nerón mediante una interpretación simbólica de la descripción ecfrástica del suicidio: «¿Por qué no he de presentártelo leyendo en aquella noche postrera el libro de Platón, con la espada junto la cabecera? Estos dos instrumentos se habían procurado en el trance supremo: uno para animarse a morir, el otro, para poder realizar su propósito». Y, tras una reflexión en voz alta en la que, espada en mano, Catón justifica lo que va a hacer por la defensa de la libertad, sigue Séneca la narración del momento supremo:

A continuación infirió a su cuerpo una herida mortal, que los médicos vendaron; mas, teniendo menos sangre, menos fuerzas, pero el mismo valor, irritado ya no sólo contra César, sino contra sí mismo, rasgos con sus inermes manos la herida y expulsó -que no exhaló- aquel su noble espíritu, desdeñoso de toda prepotencia 40.

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Si bien es cierto que casi todos los testimonios sobre las costumbres de Catón lo representan siempre dentro de las normas del decoro romano, hay un detalle en De finibus que apunta a esas prácticas estoicas algo heterodoxas para la mentalidad romana; al principio del libro III, Cicerón relata un encuentro con Catón, que estaba «sentado en la biblioteca [de la villa de Lúculo], rodeado de un montón de libros de los estoicos». No era infrecuente que Catón estuviera absorto entre libros, añade Cicerón, pues hasta en la curia senatorial era habitual verle leyendo «sin detraer nada al servicio de la república». Lo que realmente llama la atención de Cicerón es cómo lee Catón a los estoicos, pues «parecía devorarlos, si es que puede emplearse esta expresión para una ocupación tan noble», y dónde lee, en el depósito lleno de estanterías al que solo solían acceder los esclavos para entresacar los rollos que se solicitaban. La escena es altamente significativa porque Cicerón acababa de escribir un largo alegato en defensa de la cultura romana frente a la griega que daba arranque a este libro III, precisamente para poner distancia con el estoicismo. Véase Marco Tulio , Fin. III, 7-8. 38 Pierre , Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Madrid, Alianza, 2006. 39 Insta a Lucilio a que tenga a Catón como modelo de sabio, en Lucio Anneo op. cit., XI, 10. 40 Ibídem, XXIV, 6 y 8, respectivamente.

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Esta es una muerte estoica y también patricia, pues el fallo con la espada y el modo en que completa su decisión, son pruebas de constancia, de una resolución valerosa más allá del dolor y la crueldad. En otra carta a Lucilio, Séneca alegoriza aún más la muerte de Catón y pinta como un acto heroico, sin ápice de espanto, cómo se quita la vida con sus manos: «contempla a Marco Catón aplicando sus manos purísimas a aquel su augusto pecho y ensanchando las heridas que en él no habían calado muy hondo»41. Podría decirse que, con estas pocas palabras, Séneca completaba una construcción visual del suicidio catoniano que armonizaba la pureza estoica con la tradición romana republicana. Montaigne tenía en cuenta estas versiones del suicido de Catón, aunque es evidente que es del relato de Plutarco del que saca más partido. Plutarco, que no era estoico y además se manifestó en muchos de sus escritos muy crítico con las doctrinas de la Stoa, siembra de claroscuros su biografía de Catón. Los detalles que va deslizando sobre su tendencia a caer en la ira, a dejarse llevar por la embriaguez, a conducirse en público de manera un tanto estrafalaria, daban al lector la imagen de un patricio que, si bien profesaba casi con fanatismo la doctrina estoica, sin embargo contenía en sí rasgos contradictorios con sus principios, especialmente una inquietante propensión a perder el control de sí mismo42. Catón aparece no tanto un ejemplo de estabilidad, sino un caso de tensión entre lo que se quiere ser y lo que se es en realidad. El desasosiego que trasluce la biografía alcanza el clímax en la narración de los prolegómenos de la muerte y el suicidio mismo. Está claro que, una vez alcanzado el refugio de Útica, Catón es consciente de que ya no tiene más salida que acabar con su vida, pero Plutarco deja en duda si esta resolución proviene de sus convicciones o si es la consecuencia de una ofuscación; en todo caso, da la impresión de que su decisión, sea cual sea su causa, le produce un progresivo alejamiento de los acontecimientos y con ello de la realidad. Esa separación del mundo, estoica o no, viene marcada por su preocupación por facilitar la

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Ibíd., LXVII, 13. En Ep. LXX, 19, alaba su entereza por atreverse a cumplir su designio del modo en que lo hace: «… Catón, quien arrancó con la mano el alma que no había podido expulsar la espada». Hay otro pasaje suyo, mucho más largo que los anteriores, en el que deja aparte esa perspectiva que más arriba hemos denominado de «estética existencial» y adopta una argumentación dogmática centrada en los conceptos estoicos de unidad de la virtud, determinismo de la ley natural y el sumo bien, en Ep. LXXI, 817. 42 , op. cit., I, pp. 48-49, y VI, pp. 52-53.

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salida de los «trescientos», los últimos soldados que le habían acompañado, sus deudos y su hijo varón, la obsesión de que su gente no le siga en la inmolación proyectada43. Una vez lograda la soledad y tras rechazar la clemencia de César, Plutarco relata las últimas horas de Catón, cuando esos rasgos oscuros de su carácter se acentúan. Lee el Fedón, «el diálogo de Platón que trata del alma», pero estalla colérico cuando no le traen la espada, hasta el punto de lesionarse la mano derecha al golpear impaciente a un servidor «y a grandes gritos» manifiesta el temor de que su hijo y sus esclavos «trataban de entregarlo inerme en manos de su enemigo». A la ira y el miedo se suma la soberbia: «nadie me amonesta y corrige por haber tomado alguna desacertada disposición»44. Por fin, su obstinación se abre paso entre el Fedón y la espada. Se clava el arma, pero, al tener la mano contusionada por su rapto de cólera, no logra el golpe mortal deseado, cae y el ruido alerta a los poco fieles que le acompañan en la habitación contigua. «Viéndole bañado en sangre y que tenía fuera las entrañas», aunque la herida no es mortal, el médico le cose, «pero luego que Catón volvió del desmayo y recobró el sentido, apartó de sí al médico, se rasgó otra vez la herida con las manos, y despedazándose las entrañas, falleció»45. ¿Es esta la muerte serena de un estoico? En todo caso, la narración deja espacio al heroísmo, o al menos a una lectura política de la eficacia de su suicidio, como refleja César con admiración e incomodidad a la vez: «¡Oh Catón, te envidio la gloria de tu muerte, ya que tú no me has querido dejar la de salvarte!»46. En resumen, la lectura atenta de Plutarco, que Montaigne lleva a sus últimas consecuencias, prepara una materia prima crítica sobre la personalidad de Catón, sus decisiones y el modo de sacrificarse. Eso es lo que aprovecharán los autores posteriores. Ética y estética de la existencia, estoica y romana, quedaban abiertas a las inquietudes del lector moderno, como el pionero Montaigne.

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«Así es que un hombre que muy de antemano tenía resuelto quitarse la vida, se tomaba por los otros los mayores trabajos, cuidados y afanes, para poder, después de haberlos sacado a todos a salvo, sacarse a sí mismo de entre los vivientes, pues era bien clara su decisión de darse la muerte, aunque él no lo dijese», Ibíd., LXIV, p. 112. 44 Ibíd., LXVII, p. 116. 45 Ibíd., LXX, p. 188. 46 Ibíd., LXXI, p. 119.

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Poco más o menos al mismo tiempo que Montaigne escribía sus reflexiones sobre Catón, el piacentino Lodovico Domenichi dio a la imprenta su Dialogo della vera nobiltà. Volpone y el propio Domenichi, los interlocutores, pasean entre las ruinas de Roma, restos de una grandeza cuya contemplación invita a reflexionar sobre el pasado, «mentre io guardo con gli occhi la superbia degli edifitij e delle cose antiche e contemplo con l’animo la nobiltà degli animi romani». «Roma fu già una gran cosa e hora è un’ombra», sentencia melancólico Volpone, y lleva la conversación al tópico de la caducidad de los monumentos como metáfora de la finitud de las glorias pretéritas y el recuerdo de la nobleza de los espíritus que los construyeron. ¿También se ha perdido la nobleza que dio vida a esos espacios hoy decaídos? El coloquio deriva enseguida a la elucidación de dónde reside la verdadera nobleza, y ambos amigos coinciden en señalar que «la vera nobiltà non nasce altronde che della virtù istessa», como lúcidamente entendieron los romanos. En particular fueron las doctrinas estoicas importadas desde Grecia sobre las que se apoyó la identificación entre nobleza y virtud individual, mezclándola con la conciencia cívica de su propia tradición, siguen conviniendo los dos amigos. El resultado fue esa grandeza de ánimo que vivificó a la República romana a través de sus más destacados personajes. Entre ellos, hoy todavía recordado, dice Volpone, se encuentra Marco Porcio Catón, estoico y romano47. El diálogo de Lodovico Domenichi revela dónde se situaba en la segunda mitad del siglo XVI la discusión en torno a la idea de nobleza y cómo se recurría a determinadas personalidades del pasado romano para representarla. Catón era uno de esos modelos de nobleza virtuosa por su vida y por su muerte. Sin embargo, Domenichi llevaba la asociación entre la idea de nobleza y la más pura virtud personal a un extremo discutible, por cuanto Catón era inseparable de la controversia sobre la licitud del suicidio, y aquí pesaba mucho la censura cristiana contra el pecado de quitarse la vida, que de forma muy concreta San Agustín había dirigido contra Catón. El obispo de Hipona, tras una condena general a quienes se suicidaban48, había considerado que Catón era aún más culpable que otros precisamente por tratarse de alguien «considerado Lodovico , Dialoghi. D’amore, della vera nobiltà, de’ remedi d’amore, dell’imprese, dell’amor fraterno, della corte, della fortuna et della stampa, Vinegia, Gabriel Giolito de’ Ferrari, 1562, pp. 44, 46 y 59, respectivamente. 48 , La ciudad de Dios, Madrid, Gredos, 2007, pp. 126-127. 47

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un hombre sabio y honesto», por lo cual su decisión anulaba para los cristianos la aparente ejemplaridad de su comportamiento49. Pero es que, aparte de la autoridad agustiniana, el paradigma que definía el concepto de nobleza en el contexto de Domenichi se basaba en la Ética a Nicómaco y, en general, nadie solía salirse de las categorías aristotélicas50. Así se manifestaba en esos mismos años el humanista Alvar Gómez de Castro en la dedicatoria al IV duque del Infantado de su traducción del Enquiridión de Epicteto, donde reconocía que, si bien el estoicismo venía «mui a propósito de la naturaleza y condición del ánimo que Vuestra Señoría tiene», en el fondo lo más apropiado a la condición nobiliaria era la ética aristotélica, por sí y también por su compatibilidad con lo cristiano -con la idea de inmortalidad-. Gómez de Castro presentaba ante Infantado un Epicteto con las aristas del rigor estoico algo pulidas y lo adaptaba a la realidad aristocrática. Entendía imposible pedir a un noble que siguiese el principio estoico de supresión de cualquier pasión o emoción, cuando el decoro nobiliario incluía una exhibición graduada de afectos en los diversos ámbitos donde operaba51. En su caso, Domenichi estaba reinstalando a Catón sobre los conceptos de virtus y libertas, y lo actualizaba como símbolo ético-político. El Catón constante, defensor de la constitución republicana y referente del patriciado senatorial, se resumía en su filiación estoica, como había hecho Cicerón a partir del mismo momento de que se tuvo noticia de lo acontecido en Útica. En De officiis el Arpinate había formalizado el arquetipo representado por Catón: «Como la naturaleza había dado a Catón una extraordinaria gravedad, que él mismo había robustecido con una indomable constancia y había permanecido siempre firme y tenaz en su propósito, él tenía que morir antes de

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Ibíd., I, 23 y 24, donde además señala la distancia entre Catón y Job, y afirma que «el suicidio de un ser humano constituye un terrible crimen». Sin embargo, el hecho de que Domenichi vinculase el concepto de virtud nobiliaria a la vieja filosofía estoica encontraba, al mismo tiempo, cierto respaldo en otra parte de La ciudad de Dios, donde san Agustín concedía a Catón reconocimiento como político porque, comparado con su antagonista Julio César, la virtud de Catón era de mejor fibra, dado que «no se contenta con el testimonio humano, sino con el de su propia conciencia», en V, 12; la cita textual, en p. 371. Pero, en todo caso, el suicidio constituía un reproche general a su comportamiento. 50 Adolfo , «Herencia y virtud. Interpretaciones e imágenes de lo nobiliario en la segunda mitad del siglo XVI», en Las sociedades ibéricas y el mar a finales del siglo XVI. Tomo IV: La corona de Castilla, eds. Ernest Belenguer Cebrià, Luis Ribot García y Adolfo Carrasco Martínez, Madrid, Sociedad Estatal Lisboa’98, 1998, pp. 231-271. 51 Alvar , «Carta dedicatoria del maestro Alvar Gómez a don Íñigo López de Mendoza, duque del Ynfantazgo», en Epicteto, Enquridión, BN, Ms. 9227, ff. 283r-340v (es una copia con letra del siglo XVIII); las citas textuales, en f. 288v. Véase, además: Adolfo , op. cit., pp. 268-270.

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ver el rostro del tirano»52. Gravitas romana junto a firmitas y constantia estoicas adquirían sentido moral y valor político concreto, contra el proyecto cesariano. De aquí en adelante la altura ética de Catón ni siquiera pudo ser negada por un fiel a Julio César, como Salustio, y menos aún por los dos grandes poetas de la época de Augusto, Horacio -rendido sin reservas- y Virgilio -con matices y obviando la conflictividad política-. Todos pasaban de puntillas sobre el espinoso asunto de si su integridad ética y su defensa hasta el autosacrificio por la república lo convertían en un modelo de estadista virtuoso en tiempos del principado augústeo. En todo caso, sabemos que la vida virtuosa y la muerte heroica de Catón se convirtieron en tópicos de las escuelas de retórica, pero no está claro si esos ámbitos educativos fueron verdaderos focos de republicanismo latente o mera añoranza del pasado frente a los nuevos tiempos monárquicoimperiales53. Otra cosa sucede con Séneca en tiempos de Nerón. De constantia sapientis es su texto que más sutilmente indica cuánto hay en Catón de héroe moral y cuánto de modelo político. En el arranque del diálogo Catón es un tipo ético, a quien «los dioses nos lo han entregado como un modelo inequívoco de hombre sabio, más que Ulises y Hércules» y su papel político derivaba de esa excelente fibra moral, como último defensor de la libertad, pues «ni Catón vivió más que la libertad, ni la libertad más que Catón»54. Era la constancia estoica lo que había aplicado a la política, lo cual era tan problemático como digno de encomio. En las Epístolas Séneca volvía sobre ello, la estrechez admirable del camino político del estoico: «nadie vio cambiar a Catón en tantos cambios de la República; se mostró el mismo en toda situación […] mientras unos se inclinaban hacia César y otros hacia Pompeyo, solo Catón formó también un partido en favor de la República»55. Aquí encajaba el suicidio, acto glorioso por la virtud que lo guió, no por el modo de producirse, pues «toda acción, asociada a la 52

Marco Tulio , Sobre los deberes, Madrid, Tecnos, 1989, p. 58. Un recorrido pormenorizado por la discusión en torno a la figura de Catón desde el mismo momento de su suicidio hasta el final del imperio, en Robert J. , The legend of Cato Uticensis from the First Century B. C. To the Fifth Century A. D. With an appendix on Dante and Cato, Bruselas, Latomus, 1987, pp. 11-35. 54 Lucio Anneo , Sobre la firmeza del sabio, en Diálogos, ed. Carmen Codoñer, Madrid, Tecnos, 1999, II.1, p. 34, y II.2, p. 35, respectivamente. La segunda cita, completa: «Enfrentándose con la ambición, mal multiforme, y con la inmensa pasión del poder que el orbe entero dividido en tres no podía saciar, frente a los vicios de una ciudad en decadencia, inclinada a hundirse por su propio peso, se mantuvo él solo y mantuvo el Estado que se derrumbaba en la medida en que podía detener el proceso la mano de uno solo, hasta que retirándose se entregó como compañero de una catástrofe largo tiempo retenida extinguiéndose al mismo tiempo que aquello que era ilícito dividir». 55 Lucio Anneo op. cit., CIV, 30. 53

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virtud, recibe el esplendor que en sí no tiene»56. Héroe estoico completo, «un hombre libre (…) que no se abate mientras todo se hunde»57, el Catón senequiano confirmaba la incompatibilidad de vivir felizmente en medio del poder, algo que el propio Séneca estaba comprobando en cabeza propia al tiempo de escribir estas páginas. Los lectores modernos de Séneca entendieron ese problema irresoluto que estaba en Catón y siguieron dándole vueltas. Es el caso del dramaturgo inglés George Chapman que retoma el Catón senequiano en su Caesar and Pompey (1612?)58. Aun cuando por el título parece un drama histórico entre los dos grandes antagonistas de la crisis republicana, en realidad es Catón el verdadero protagonista de la obra. A Chapman le interesaba -casi puede decirse le obsesionaba- ese héroe noble que derivaba en tragedia política una opción moral y por ello, en la primera edición impresa, apareció debajo del título una reveladora frase: «only a just man is a free man». Su Catón es el único hombre libre en medio del derrumbamiento general, político-bélico y de conciencia, el individuo que, sin miedo, sostiene en público sus principios mientras que todos los demás, por mezquindad, temor o ambición, juegan a decir una cosa y hacer otra. En la escena II del acto I, ante César y Pompeyo, Catón denuncia las malas intenciones de uno y la debilidad del otro59. La soledad que aureola al héroe es el rasgo distintivo de un Catón que, esté o no en escena, siempre flota en los diálogos de los otros personajes60. Chapman se esfuerza por representar la perfección estoica en Catón, el hombre sabio que se conoce a sí mismo y, desde ese autoconocimiento, desprecia el 56

Ibíd., LXXXII, 13; en 12-13, Séneca confronta la muerte de Catón con la de Bruto, para poner de manifiesto que un mismo acto, el suicidio con la espada de un hombre de Estado, puede resultar admirable o execrable; en Catón, es la elección de un virtuoso; en Bruto, la desesperación de la derrota precipita a un fin miserable. 57 Ibíd., XCV, 71. 58 La fecha de escritura no está clara. 1612-1613 es la data que propuso Parrott en 1910 a partir de indicios y es la que cuenta con más partidarios entre la crítica; algunos especialistas, sin embargo, retrotraen la redacción a 1604-1605. Tampoco están claras las cosas en cuanto a las fechas y lugares de la representación de la obra y nada sabemos de la circulación del texto; de hecho, Parrott estima que muy posiblemente nunca llegó a estrenarse, y otros han apuntado a su escenificación limitada a la modalidad de closet dramma, frecuente en la primera época estuardiana. La primera impresión de la obra data de 1631, tres años antes de la muerte de Chapman, con una reimpresión en 1653 en la que se menciona que había sido puesta en escena por los King’s Men en el teatro de Blackfriars. Véase George Chapman, The plays and poems. The tragedies, ed. de Thomas Marc Parrott, Londres, George Routledge and Sons Ltd., 1910, pp. 655 y ss. Sobre la doctrina estoica expresada en el teatro de George Chapman, véase Adolfo , «Deber de sangre, rigor estoico y crítica política en The Revenge of Bussy D’Ambois (1601), de George Chapman», en La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, eds. David García Hernán y Miguel F. Gómez Vozmediano, Madrid, Sílex, 2016, pp. 291-323. 59 George Caesar and Pompey. A Roman tragedy declaring their warres, Londres, Thomas Harper, 1631, I, ii. 60 Derek , «Decision and Character in Chapman’s The Tragedy of Caesar and Pompey», Studies in English Literature, 1500-1900, 7:2, 1967, p. 278.

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mundo61. Consciente de que no puede cambiar las cosas, no por ello abandona sus convicciones, sino que las sostiene contra todo y contra todos en espera del único final lógico. Finalmente, en cumplimiento de la lógica que ha expresado con sus palabras y su comportamiento, se suicida. Su muerte es un triunfo de la libertad, según las últimas palabras que pronuncia: «Just men are only free, the rest are slaves»62. Imposible no ver en la escritura de Chapman sus propias impresiones sobre los acontecimientos todavía frescos en la memoria inglesa del trágico final del conde de Essex (1601), la añoranza del viejo idealismo caballeresco isabelino, ahora arrinconado por el nuevo rey Jacobo y definitivamente enterrado por la muerte inesperada del heredero Enrique Federico (1612), a quien se habían encomendado como postrera esperanza los últimos nobles y poetas essexianos, entre los cuales se alienaba el propio Chapman63. Fuera de la teatralización épica, en el terreno de la literatura moral, cabía hacer similar elogio de la muerte de Catón, como consecuencia moral y no por cálculo político. Es el punto de vista de Melchiore Zoppio, que afirmaba la razón del suicidio «non tanto per sottrarsi a Cesare, quanto per obedire i decreti di stoici, i quali ci seguiva, e per autenticare la chiarezza del suo nome con qualche notabile risolutione»64. Y lo mismo defiende, décadas más tarde, Cosme Gómez de Tejada, cuando narra sus propias reflexiones en soledad, acompañado de los libros de Séneca -sin que le falte la cercanía de las Escrituras y los Santos Padres-, y concluye que la virtud de Catón se mostró más pura ante las adversidades, cuando el romano perseveró «en pie resistiendo sus golpes [de la Fortuna], y a vezes acometiendo quando assí convenía»65. A pesar de estas medidas alabanzas al comportamiento ético de Catón, el suicidio fue, sin duda, el gran obstáculo para su consagración completa como héroe moral en una cultura sacralizada. El jesuita Denis Pétau trataba de salvar este escollo recurriendo a la vía de la abstracción, esto es, sustituyendo el Catón histórico por una estilización Allen , «Stoicism achieved: Cato in Chapman’s Tragedy of Caesar and Pompey», Studies in English Literature, 1500-1900, 17:2, 1977, pp. 295-302. 62 George , op. cit., V.ii, 176. 63 Una introducción al círculo del príncipe de Gales y en particular por la presencia en él de antiguos essexianos, en Malcolm , «Prince Henry and his world», en The lost Prince. The life and death of Henry Stuart, ed. Catharine MacLeod, Londres, National Portrait Gallery, 2011, pp. 19-31. 64 Melchiore , Consolatione di Melchiore Zoppio, filosofo morale, nella morte della moglie Olimpia Luna, Bolonia, Giovan Battista Bellagamba, 1603, p. 179. El texto es un diálogo sobre el sentido de la muerte entre el propio Zoppio y su mujer difunta, Olimpia, escrito bajo influencia de Séneca y de Boecio. 65 Cosme , León prodigioso. Apología moral, entretenida y provechosa a las buenas costumbres, trato virtuoso y político, Madrid, Bernardo de Villadiego, 1670, p. 280. 61

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simbólica; solo forzándolo así podía alabar su muerte estoica sin que chirriase demasiado66. Como mucho, al carecer de la iluminación de la Revelación, podía adjudicársele el valor ético de la constancia, en cuanto la ética era una forma de sabiduría limitada por ser humana y no divina, como le concedía el capuchino Yves de Paris; pero su suicidio era un gesto de desesperación que denotaba imperfección moral67. Había quien arremetía contra el prestigio que el suicidio de Catón venía gozando desde la Antigüedad. Era una ligereza pensar así, fustigaba Jacques Esprit, moralista de formación oratoriana. Como la de Sócrates, de Cicerón, o de Séneca, la de Catón fue una muerte forzada, llena de orgullo y de desesperación. Lo más interesante de la opinión de Esprit es que criticaba a Montaigne por afirmar que un horrible atentado contra la propia vida como el que había perpetrado Catón era algo admirable, y seguía diciendo que en este sentido los estoicos verdaderos habían sido mucho más prudentes que el ensayista bordelés al considerar la licitud del suicidio solo cuando no había otro remedio y nunca como un acto bello en sí68. Pesaba demasiado, como se ha dicho más arriba, la autoridad de San Agustín en lo referente a quitarse la vida. Valga como ejemplo lo que el jurista Juan Enríquez de Zúñiga escribe sobre la muerte de Catón en su Historia de la vida del primer César (1633), obra inspirada en los textos de Plutarco. Hay aquí un interesante excurso donde se contraponen los juicios favorables emitidos por Cicerón y Séneca, a lo que se dice en La Ciudad de Dios. En apariencia Enríquez de Zúñiga se colocaba en una posición de equidistancia, porque reza textualmente: «no disputemos ahora, por no detenernos, si fue digna de alabança o vituperio la determinación que Catón tuvo de darse muerte». Pero se cubría las espaldas añadiendo que se refería al plano moral, pues «hablando como christianos no ay argumento»69. 66

Denis , Parerga quaedam, hoc est Ciceronis paradoxa et eiusdem alia graece reddita, Parisiis, apud Sebastianum Cramoissy, architypographus regis et reginae regentis, et Gabrielem Cramoissy, 1649, p. 4. 67 Yves de , De l’indifference, en Les oeuvres françoises, ed. padre Alphonse de Chart, París, Emmanuel Langlois, 1680, pp. 53-55; la primera edición es de 1638, tomo II. 68 Jacques , La fausseté des vertus humaines, París, Guillaume Desprez, 1678, II, cap. XIII: «La mort de Caton d’Utique», pp. 223-239; las críticas contra la postura de Montaigne, en pp. 228-229. 69 Juan , Historia de la vida del primer César, Madrid, Viuda de Juan González, 1633, ff. 92v-94v.; la cita textual, en f. 93v. Otro autor de esos mismo años, Diego López, opinaba algo parecido, pues si bien Catón «fue de buenas costumbres y de buena vida, todo lo echó a perder matándose en Útica», dado que «al matarse mostró grande cobardía, y ninguna puede un onbre hazer mayor que matarse», y por si ello fuera poco, remachaba trayendo a colación a San Agustín, que «abomina desta muerte», en Diego , Comento sobre los nueve libros de los exenplos y virtudes morales de Valerio Máximo, en que se explican istorias, antigüedades y el sentido de lugares dificultosos que tiene el autor,

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El Tableau de l’inconstance et inestabilité de toutes choses, de Pierre de Lancre70 (1607), contiene uno de los más tenaces alegatos contra el comportamiento moral de Catón. De Lancre, un fiel defensor de la política de Enrique IV, intencionadamente consagró esta obra a justificar la constancia de los franceses frente a las acusaciones de volubilidad e hipocresía que contra ellos habían lanzado otros -y en particular el reproche que pesaba sobre el rey francés por cambiar de confesión para acceder al trono-. Por elevación, De Lancre trataba de demostrar que solo era posible atribuir la constancia a Dios, mientras que todos los hombres eran inconstantes. En el texto, durísimo, se dedicaba el segundo discurso, un largo capítulo de más de cuarenta páginas, a demostrar que Catón de Útica había sido el ejemplo más evidente de inconstancia e irresolución conocido. La constancia catoniana, tan defendida por los antiguos y sobre todo por Séneca, escribe, solo lo fue en apariencia71. La verdadera causa era su cerval animadversión contra César, por eso le contradice siempre ante el Senado y por ello se une a Pompeyo, a pesar de despreciarlo. El odio ciego a Catón le impide valorar la prudencia de César y le lleva a actuar contra la República que dice defender. Así, poseído por un rigorismo nocivo, sigue De Lancre, desemboca en la decisión de suicidarse, para sustraer a su enemigo César la posibilidad de castigarle o perdonarle. Es el egoísmo lo que motiva su acto, no su deseo de eludir la fortuna adversa. Está huyendo de la Providencia, que le había señalado el camino con el resultado de la batalla de Farsalia. «Miserable constance, si elle ne s’acquiert qu’endurant la mort de ses propres mains», porque a diferencia de Catón el hombre virtuoso no desea la muerte, sino que la espera72. Es un error morir por temer a la muerte, es un acto contra la naturaleza, o como poco, una muestra de inmadurez. Por ello es condenable, porque su aparente heroísmo no es más que desesperación y temor. Curiosamente, en ningún momento de su feroz alegato, De Lancre menciona que el suicida hubiera sido educado en la doctrina estoica, ni se denuncia que su idea sobre la muerte por mano propia

y ansí mismo de muchos oradores y poetas, Sevilla, Francisco de Lyra, 1632, ff. 57v, 65r y 289r, respectivamente. 70 Pierre de , Tableau de l’inconstance et inestabilité de toutes choses, ou il est monstré qu’en Dieu seul gist la vraye constance à la quelle l’homme sage doit visser, París, Veue de Abel L’Angelier, 1610 (segunda edición corregida y aumentada respecto de la 1ª de 1607). 71 Ibíd., «Consideration sur l’inconstance de Caton. Discours II», f. 192r y ss. Los argumentos clásicos que habían exaltado la constancia de Catón, en ff. 193r-195v. 72 Ibíd., f. 198r, y la cita textual en ff. 200r-202v.

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perteneciese a la Stoa. Solo cita la versión de Séneca del hecho y hay una referencia a Zenón de Citio. En todo caso, al negar que el suicidio se debiese a su virtuosa constancia, De Lancre estaba refutando tanto los fundamentos éticos como el comportamiento político de Catón, una enmienda a la totalidad de su comportamiento. Posición semejante, cronológicamente cercana (1609), es la de monseñor Bonifacio Vannozzi, funcionario pontificio, cuando rebatía que ese suicidio contuviese fortaleza de ánimo y, menos aún, que pudiese estimarse un gesto verdaderamente estoico: «l’ammazarsi non fu attione da stoico, come professava Catone, ma da vile e codardo»73. Ya antes de decir esto había acusado a Catón de no haber entendido el sentido profundo del estoicismo, porque su acto evidenciaba incapacidad para soportar el dolor, y ni siquiera había ayudado a la república que pretendía defender74. Tal manera de ver las cosas es compartida por Fernando Matute y Azevedo, jurisconsulto madrileño que desarrolló una amplia carrera en la alta administración de Nápoles, donde dio a la imprenta en 1632 un Triumpho del desengaño. La estrategia de Matute consistía en darle una vuelta a las palabras de Séneca en su Epístola 14 y a De beneficiis sobre la actuación de Catón en el juego mortal entablado entre César y Pompeyo, porque ¿qué sentido tuvo intervenir en la guerra civil entre los dos antagonistas, «donde ya no se trataba de libertad de la patria sino de sujeción por manos i tiranía de César o de Pompeyo»? 75. Catón confundió la ética personal con el deber político y con ello no solo transgredió la ley de Dios, sino que quebrantó la ley que dicta la preeminencia del bien de la comunidad -al rehusar la clemencia de César-. El error político de Catón consistió en no entender que el juego del poder había cambiado de reglas y que ahora el buen sentido prescribía la aceptación del triunfo de César. Y remataba con una advertencia contra «estos Catones, que con título de cuerdos, de modestos i devotos, quando entran en el Senado llevan veneno encubierto i dan 73

Bonifatio , Della suppellettile degli avvertimenti politici, morali, e chirstiani, vol. I, Bolonia, Heredi di Giovanni Rossi, 1609, p. 338. (Avvertimento 1096). 74 Ibid., p. 245: «Sono alcuni che danno elogio di fortezza a Catone per esserci procurata la morte di propia mano, e sopportatola costantemente. Ma altri, che l’intendon meglio, lo biasimano. La fortezza consiste in non haver paura della morte e riceverla intrepidamente dataci da altri, senza potervici noi opporre. Catone fu troppo stoico, tuttavia merita biasimo, perche non seppe sofferire il dolore, che è impresa da huomo forte nè seppe imitar Socrate. Et non solo non giovò Catone con quel suo esempio alla Republica, anzi le nocque gradissimamente, privandola d’un egregio cittadino e facendo a se stesso gravissima inguria. Onde v’è chi lo danna come delinquente e come mal cittadino». (Avvertimento 736). 75 Fernando , El triumpho del desengaño, contra el engaño y astucia de las edades del mundo, para todas profesiones i para todos estados, que va dirigido a Iob como a exemplo de paciencia y padre de desengaños, Nápoles, Lazaro Escorigio, 1632, p. 11.

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consejos doblados, que una parte llevan el acíbar dentro de sí, i por la parte de afuera un oro de buen gobierno»76.

«Ahí tienes a nuestro Catón: no lo aprecias tú más que yo. Y sin embargo él, con su mejor intención y su mayor buena fe, perjudica algunas veces a la república, pues interviene como si estuviera en la república ideal de Platón y no en la del fango de Rómulo»77. Este juicio de Cicerón sobre el comportamiento político Catón, escrito después de que ambos se hubiesen enfrentado en el Senado por el caso Murena y mucho antes del suicidio de Útica, fue recuperado en el siglo XVII porque servía a los intereses de quienes pretendían poner de manifiesto que el último héroe republicano había mostrado excesiva rigidez con respecto a los asuntos públicos. «[Catón] parlava nella feccia del popolo di Romolo, come s’egli fosse stato senatore nella republica di Platone», sentenció Ludovico Zuccolo en 1621, para a continuación valorar negativamente las consecuencias de esta actitud, pues con ello «lasciò piuttosto cadere in servitù la patria che far prova di sostenerla con dipartirsi in qualche parte dal rigor delle leggi per acommodarsi alla indignità del tempi»78. Catón era, pues, exponente de cómo la falta de flexibilidad, esto es, la carencia de prudencia, convertía al más virtuoso en inadecuado y peligroso para el bien público. Lo repetía en 1645 el jurista granadino Francisco Bermúdez de Castro en su Hospital Real: «Ninguno (dice Tulio) quiso más a Catón que yo, pero con aquella bondad tenía gran constancia de ánimo y con severidad hizo más daño a la República que provecho. Dava su voto no como hombre que governava a Roma en las hezes de sus vizios, sino como si leyera la Política de Platón en ella»79. Lo inapropiado de esa manera áspera de conducirse en política, detectada por Cicerón en Catón, cobraba sentido pedagógico en el contexto de la cultura política de la

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Ibíd., p. 656. Marco Tulio , Cartas. I: Cartas a Ático (cartas 1-161D), Madrid, Gredos, 1996, p. 115. 78 Ludovico , Considerationi politiche e morali sopra cento oracoli d’illustri personaggi antichi… nelle qualli, con insegnamenti di Aristotile, con autorità di Cornelio Tacito e d’altri scrittori politici, si discorre di varie materie pertinenti al governo degli Stati, alla introdutione de’ buoni costumi e alla cognitione dell’historie, Venecia, Marco Ginami, 1621, Oracolo LXVIII: «Che l’huomo savio si acommoda ai tempi, ai luoghi, ai negotij», p. 278. 79 Francisco , Hospital Real de la corte, Granada, s.i., 1645, f. 72v. 77

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prudencia barroca. Por eso es lógico que Apollinare Calderini, haciendo una conexión un tanto sorprendente, contrastase un Catón severo con un Giovanni Botero agradable y sutil80. Si la razón de Estado boteriana era sobre todo arte de la prudencia, ahí estaba el episodio catoniano para certificar adónde abocaba la ausencia de esta habilidad -que no virtud-. En ciencia política pura, esto es, ajena a consideraciones morales, Catón era un caso palmario de análisis desenfocado de la realidad. Así lo exponía Christoph von Forstner, para quien estaba muy claro que el patricio romano no había percibido hasta qué punto el sistema republicano estaba agotado y por ello carecía de sentido aferrarse a él más que a la propia vida. En ese momento la libertad era irrecuperable («imposible esset recuperare libertatem»81), y por ello el gesto trágico fue inútil; por el contrario, César había entendido que la degeneración de la República obligaba a intervenir para salvar el Estado82. Von Forstner, jurista, diplomático al servicio de los duques de Würtemberg y comentarista de Tácito83, estaba defendiendo la realpolitik en un momento particularmente delicado para ese pequeño ducado, inmerso en la Guerra de los Treinta Años, y advertía del peligro de los catones idealistas cuando se trataba de salvar el Estado. Pero quizá sea Virgilio Malvezzi quien aplique con mayor profundidad el método estrictamente político a la conducta de Catón. En su temprana obra de 1622, los Discorsi sopra Cornelio Tacito, Virgilio Malvezzi ya evaluaba su suicidio al margen de causas morales y lo abordaba simplemente en los términos de la lucha por el poder. Según ese criterio, la muerte de Catón era una muerte política, o dicho de otra manera, un fracaso político causado por decisiones erróneas derivadas de un análisis equivocado de la realidad. A Malvezzi no le importaba la muerte física -esto es, el Catón simbólicoy por eso eludía entrar en la controversia sobre el suicidio. Lo que le interesaba era la muerte política, de la cual la física era una mera constatación, un deceso que ya se 80

Apollinare , «Proemio», Discorsi sopra la ragion di Stato del signor Giovanni Botero, Milán, Giovan Battista Bidelli, 1615, s. f. 81 Christoph von , Ad libros sex priores Annalium C. Cornelii Taciti notae politicae, quibus pleraque omnia, quae reliquis quoque Taciti libris continentur, suis quaque locis explicantur. Ad serenissimum principem Ioannem Cornelium, Venetiam ducem, adiuncta est in fine, eiusdem oratis habita Venetiis in excellentissimo collegio, mense iulio ann. MDCXXV, Patavii, apud Paulum Frambottum, 1627, p. 2. 82 Ibíd., p. 3. Para señalar cómo una misma acción política podía resultar acertada o equivocada -o inútil, como la autoinmolación de Catón-, en función del momento político, Forstner recurre al conocido paralelo entre Lucio Junio Bruto, que depuso a Tarquinio el Soberbio y fue el artífice del advenimiento de la República, y su descendiente Marco Bruto, líder de la conjura contra César, pero incapaz de restaurar un gobierno republicano que ya estaba agotado. 83 Michael , Stato e ragion di Stato nella prima età moderna, Bolonia, Il Mulino, 1998, p. 210.

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habría producido anteriormente por su falta de sagacidad y de prudencia84. Más a fondo trata Malvezzi la figura de Catón en su comentario a las vidas de Alcibíades y Coriolano de Plutarco, último escrito cuando había retornado a Bolonia después de una intensa experiencia en la corte madrileña al servicio del conde duque de Olivares. En la biografía de Coriolano, el patricio romano que tomó las armas contra su patria por su profundo desprecio a la plebe y a los comportamientos demagógicos de los otros aristócratas85, significativamente, Malvezzi aventura que quizá el más correcto paralelo de este contradictorio militar no fuera con Alcibíades, sino con Marco Porcio Catón. Catón, al que juzga Malvezzi el mayor héroe de la Antigüedad -exactamente el que más posibilidades tuvo para serlo, matiz importante86-, comparte muchos rasgos con Coriolano: ambos son soberbios y están ofuscados por un orgullo sin mesura, se oponen al designio popular, su trato es áspero y seco, sin cortesías; y lo que más los une es que mueren víctimas de un rigor autoimpuesto que en términos políticos resulta inapropiado. Coriolano y Catón dicen defender, por encima de su propia vida, la forma política de la república, pero se convierten en verdugos de sí mismos, aislados del Estado que quieren defender87. El análisis de Malvezzi, brillante y original, es siempre político, vaciado de la fibra moral que habitualmente se conectaba con la trayectoria pública de Catón. Pero no fue el escritor boloñés el primero en vincular a Catón con Coriolano, porque el obispo Jean Pierre Camus ya en 1609 los había colocado a los dos como ejemplos históricos de adónde llevaba el gran defecto -y pecado- de la obstinación (opiniastreté), que inhabilitaba para la vida pública88. Catón y Coriolano quedaban varados en el fango de la política. Sin embargo, aunque pueda parecer que esta forma de análisis político puro, tacitista o con las categorías de la razón de Estado, apuraba las posibilidades contenidas en Catón, ello no es así. Usando la imagen ciceroniana del principio de este epígrafe, Catón podía limpiarse el barro de la política, al menos, de dos maneras, por cierto, muy alejadas entre sí: una, relegando su figura al territorio de los modelos personales, algo 84

Virgilio , Discorsi sopra Cornelio Tacito, Venecia, Marco Ginami, 1622, p. 86. Adolfo , «Virtuosos y trágicos: la figura de Coriolano y la ética nobiliaria en el siglo XVII», en Nobilitas. Estudios sobre la nobleza y lo nobiliario en la Europa moderna, dirs. Juan Hernández Franco, José A. Guillén Berrendero y Santiago Martínez Hernández, Madrid, Doce Calles, 2014, pp. 91-112. Virgilio , Delle vite d’Alcibiade e di Coriolano, Ginebra, Pietro Chouet, 1656 (1ª ed. en Bolonia, Heredi Dozza, 1648). 86 Virgilio , op. cit., 1656, p. 275. 87 Ibíd., pp. 417-418. 88 Jean Pierre , Les diversitez, París, Claude Chappellet, 1609, II, ff. 392-393r. 85

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más retórico que otra cosa; y la otra, en el campo de la pura propaganda, al servicio de la causa republicana. En cuanto a Catón como modelo de estadista, la operación consistió en resaltar la virtud más obvia del romano, su constancia, y convertirla en atributo político al mismo nivel de la prudencia: Así actuó Jean Chokier, en la estela de De oficiis de Cicerón, cuyo aserto de la constancia como virtud política se ilustraba con las personalidades de Sócrates, Mucio Scévola, Helvidio Prisco, Tomás Moro, Reginald Pole y, por supuesto, Catón89. En todo caso, nótese que la lista de nombres contenía perfiles de varones constantes en su actuación pública, pero de escaso éxito, medido en clave de poder. En el fondo se trataba de presentar un político que al mismo tiempo era un ser virtuoso, algo que intentó el cronista Pellicer con respecto al conde duque de Olivares. Su Constancia christiana necessaria en un valido, en un año tan comprometido como 1638, lanzaba el mensaje de que Gaspar de Guzmán era un estadista constante frente a los golpes de la veleidosa Fortuna. La verdad es que no quedaba claro si el texto pretendía mejorar la imagen de Olivares ante la opinión, o si estaba dirigido a galvanizar los ánimos del propio valido, porque el núcleo central de lo expuesto por Pellicer estaba claramente dirigido a él, y Catón era convocado como ejemplo de alguien que supo «vencerse a sí»90. Más interesante a la hora de configurar un hombre público estoico porque no se dirigía a un individuo concreto, sino a los publike men, es el ensayo de John Ford, A line of life. El título alude a la línea de la vida impresa en la mano de cada uno que indica su destino, una manera de entender la existencia de influencia estoica, como estoicas son buena parte de las ideas del texto. Ford proponía a Catón, siguiendo la carta 98 de Séneca, como prototipo de hombre sincero, incorruptible y severo consigo mismo, un bonus civis que sería también un good statist, capaz de «recreate the minde, not to informe knowledge in practice, but to conforme practice to knowledge»91. Una bella manera de resolver, al menos sobre el papel, el problema de la supervivencia del sabio estoico en el ambiente hostil del poder, como les había tocado sufrir a Catón y a Séneca.

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Jean , Thesaurus politicorum aphorismorum in quo principum, consilianiorum, aulicorum institution proprie continetur una cum exemplis omnis aevi quibus inserta notae sive etiam monita, quae singular singulis aphorismis non minus venuste quam opportune respondent divisis in libros sex, Roma, Bartolomeo Zanetti, 1610, pp. 244 y ss. 90 José , La constancia christiana, necessaria en un valido, Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1638. La referencia a Catón, en f. 9v. 91 John , A line of life pointing at the inmortalitie of a virtuous name, Londres, N. Butler para W. S., 1620, pp. 44 y 56.

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La otra manera de salvar la memoria catoniana fue erigirlo en héroe republicano, como por ejemplo hizo la cultura política veneciana. Ahí es donde deben ubicarse tres libros del abad Vincenzo Sgualdi, de la congregación benedictina casinense, centrados en Catón como modelo de «governo aristocrático», «vero e perfetto esemplare della virtù», y poseedor de un «zelo ardentissimo della comune libertà»92. El Catón del piacentino Sgualdi es, pues, paladín de la libertad, estoico y prototipo del buen gobierno aristocrático, características que se proyectan sobre la idea que de sí misma tenía y quería proyectar la elite senatorial de la Serenísima93. La asimilación entre estoicismo, republicanismo y forma de gobierno aristocrático a la veneciana es el logro de Sgualdi, como un tejido -la metáfora es suya94- de conceptos políticos y morales cosidos con los hechos históricos pero sin que estos se perciban en sí sino en función del sentido que quiere otorgarles. Así, la muerte de Catón, que no se cuenta en sus detalles más truculentos, se transforma en un tránsito hacia la inmortalidad, un ejercicio supremo de libertad y un ejemplo para los verdaderos republicanos95. Más allá de esto, Sgualdi construye una idea utópica de república estoica en la isla de Lesbos, una verdadera cosmópolis de hombres sabios inspirada en la República pensada por Zenón de Citio96, cuyos habitantes intemporales son los héroes de la Stoa griega y romana y, entre ellos, el Uticense. Es este, pues, un Catón político configurado con intención propagandística y de ahí que sus perfiles sean nítidos y luminosos, que no haya lugar a las dudas acerca de la pureza admirable de su conducta y que busque identificarse con el patriciado veneciano.

Vincenzo , L’uticense aristocratico, overo il Catone, Módena, Bartolomeo Soliani, 1647, pp. 12, 15 y 19, respectivamente. Véase también: Vincenzo , Aristocratia conservata, overo del decemvirato di Lesbo libri quattro, Venecia, Il Sarzina, 1634; Vincenzo , Republica di Lesbo, overo della ragion di Stato in un dominio aristocratico, Bolonia, Nicolò Tebaldini, 1640, que es en realidad una reescritura del anterior. 93 Sgualdi por ello fue premiado por la República con la ciudadanía veneciana y un nombramiento de consultor del Estado. De hecho, para la publicación sus obras fue decisiva la intervención de Giovan Francesco Loredan y la Accademia degli Incogniti. Sobre todo ello, véase Luca , «Repubblica e virtù, Utica e Lesbo: Vincenzo Sgualdi nel pensiero politico del secolo barocco», Annali di Storia moderna e contemporanea. Nueva serie, 1, 2013, pp. 49-72. 94 Vicenzo , op. cit., 1647, p. 10: «emulando il più industrie arazziere ... stender su’l telaio delle mie carte l’orditura del meglio .... per tesservi sopra con colorate fila di varij concetti, un drappo d’effigiato lavoro...». 95 Vincenzo , op. cit., 1640, p. 137, y Vincenzo , op. cit., 1647, pp. 77-78. 96 Michel , The Stoic Idea of the City, Cambridge, Cambridge University Press, 1969; John , «Stoic cosmopolitanism and Zeno’s Republic», History of Political Thought, 28:1, 2007, pp. 128; G. R. , «The cosmopolitan ideas of Epictetus and Marc Aurelius», Phronesis, 13, 1968, pp. 183-195. 92

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Contemporáneamente a este Catón patricio, en Inglaterra se yergue otro Catón también republicano, pero nacido en el seno del puritanismo político. Es obra de Thomas May, cuya versión de la Farsalia de Lucano, en 1626, seguía la estela de otras traducciones al inglés97 pero era la primera que reducía el fin de la república romana a una radical colisión entre la tiranía monárquica y la libertad. May, adoptando lo que podría denominarse un punto de vista catoniano extremo, incluía a César y a Pompeyo, las dos cabezas sediciosas, en el bando «of the Prince», frente al partido de los ciudadanos; esos eran los verdaderos antagonistas: «In one the greatness of private citizens excluded moderation; in the other, the vast strenght and forces of the Prince gave him too absolute and determined a power»98. Ambos Catones, el de Sgualdi y el de May, hijos de culturas políticas tan diversas, se anuncian precedentes del Catón ilustrado y revolucionario del XVIII que supo ajustar Joseph Addison. Su Catón escénico fue un prototipo de mito político bien estilizado, luego desarrollado a fondo por whigs, patriotas norteamericanos y revolucionarios franceses. El coste de este diseño consistió en hurtarle matices, traicionar los claroscuros que con lucidez había redescubierto Montaigne y que tan fecundos se revelaron a lo largo del siglo XVII.

, Joseph, Cato: A Tragedy, and Selected Essays, Indianapolis (Indiana), Liberty Fund, 2004. La primera es parcial, se debe al dramaturgo Marlowe y fue publicada tras su muerte: Lucan’s first booke, translated line for line by Chris[topher] Marlowe, Londres, P. Short, 1600. Parece más probable que May se basase en la traducción del poeta y marino Arthur Gorges, primo de Walter Raleigh y amigo de Francis Drake: Lucan’s Pharsalia. Containing the civill warres betweene Caesar and Pompey, written in latin heroicall verses by M. Annaeus Lucanus, translated into English by sir Arhur Gorges, knight, Londres, T. Thorpe, 1614. 98 Marco Anneo , Pharsalia, or the civil warres of Rome, betweene Pompey the Great and Iulius Caesar. The whole ten books englished by Thomas May, esquire, Londres, Thomas Jones, 1631; la cita textual, en «To the right honorable William, earle of Devonshire», s. p. Acerca de Thomas May, véase David , «Lucan, Thomas May, and the creation of a Republican literary culture», en Culture and Politics in Early Stuart England, eds. Kevin Sharpe y Peter Lake, Stanford, Stanford University Press, 1993, pp. 45-66. 97

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RECIBIDO: MAYO 2017 APROBADO: JULIO 2017 DOI: 10.14643/52A

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El artículo propone un análisis, desde la historia cultural y de la idea de nobleza, de las repercusiones que las violencias cometidas contra la heráldica nobiliaria supusieron en la Edad Moderna. Se parte del hecho de considerar que el blasón es un retrato de las cualidades del noble y una Gracia del soberano. Por lo tanto, todo ataque contra la heráldica sería un ataque contra el orden social. Se toman algunos ejemplos para reforzar este argumento. Palabras claves: Nobleza, idea de nobleza, heráldica, reyes de armas.

This article aims at analyzing the consequences of the violence committed against the nobility heraldry during Early Modern age through the perspectives of Cultural History and the concept of nobility. It assumes the fact that the coat of arms is regarded both as a portrait of the noble and act of mercy of the King. Therefore, all the offenses against the heraldry would be considered as an attack against the established social order. Some all examples are analyzed to support this assertion. Keywords: Nobility, concept of nobility, heraldry, Kings of arms.


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uitar, sustituir o alterar un escudo de armas constituía un momento inicial

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de ruptura con el pasado o de inicio de una nueva coyuntura política, matrimonial y de dominio de un determinado territorio1. En 1685, al finalizar el conflicto de Castilla contra Portugal tras la sublevación de

1640 contra Felipe IV, se ordenaron quitar todas las armas del reino luso de los escudos reales de Castilla, con el objetivo de evitar que los «portugueses no tengan motivo de reparo ni queja se quite del Escudo de mis armas, las de Aquella corona y no se pongan en la nueva moneda segoviana que se está labrando»2. Se confirmaba de este modo la «desconexión» efectiva del reino agregado en 1581 por Felipe II tras el conflicto que comenzó en 1640. Esta circunstancia era muy habitual en el régimen político cuando se substituía un soberano por otro o cuando caía una dinastía por otra y no suponía un atentado contra la honra de unos frente a otros. Sin embargo, y en el ámbito de la nobleza, los atentados contra la heráldica, más allá de suponer un ejercicio de laesa maiestatis cuando se alteraba el orden de un blasón certificado por el soberano y/o se ponían y quitaban los coroneles con cierta arbitrariedad, deben ser tomados como una perversión del orden social que encierra el blasón como discurso y retrato. En los turbulentos años del liberalismo español del siglo XIX, concretamente en 1855, Francisco Piferrer escribía en la introducción a su Tratado de la heráldica y el Blasón una frase que bien parece sentenciar y presagiar el talante de la impostura nobiliaria que presidía todo el siglo XIX; dice Piferrer, «¡Todos iguales! ¡Qué idea tan sublime y deslumbradora, pero qué idea tan engañosa e irrealizable!»3. Esta aseveración, más allá de la crítica a su tiempo, hay que ponerla en relación con otra serie de problemas de índole conceptual que parecen atraparnos a todos cuando se habla de nobleza -mejor dicho de lo nobiliario- durante la Edad Moderna. Ser reconocido como propietario de un blasón de armas era una condición fundamental para formar parte del sistema del honor en el mundo moderno en toda Europa. En el caso castellano, además, era una manifestación inequívoca de implantación territorial, poder simbólico y privilegio, de tal suerte que todos los excesos 1

Este trabajo forma parte del proyecto Heraldry, Honour, and customs: The Council of the Military Orders and the crimes of the Knights of Military Orders in the Spanish Monarchy. Financiado por el Deutscher Akademischer Austauch Dienst dentro del programa Research Stays for University Academics and Scientists (DAAD) 2017, en la Universidad de Münster. (Ref. 91674457). 2 ARCHV, Cédulas y pragmáticas, caja 16, 4, Expediente por el que se establece la retirada de las armas de Portugal del escudo real, f. 5r. 3 Francisco , Tratado de heráldica y Blasón, Madrid, Ramón Campuzano, 1855, p. 3.

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cometidos, ilegítimamente, contra el símbolo heráldico, constituyeron una suerte de violencia contra la nobleza. En los nuevos tiempos de la modernidad, las formas de la violencia nobiliaria no parecían ya destinadas a las luchas faccionales sino a otras formas de enfrentamiento relativas al poder local, a litigios territoriales o a conflictos de precedencias en el siempre complejo laberinto de la corte. La práctica política de la nobleza situó en los blasones una forma de conservar su memoria, garantizar su asentamiento territorial y perpetuar una cultura política basada en la idea de lo «análogo»4. El orden y régimen visual de la nobleza y del honor en la Edad Moderna estaba compuesto, esencialmente, por los blasones, armerías o escudos. El célebre tratadista Moreno de Vargas, miembro de la oligarquía local de la ciudad de Mérida, escribía «ansí se ponen escudos y blasones en las portadas y entradas de las casas, solares y palacios» y, tomando el mundo romano como ejemplo, afirma «siguiendo la costumbre de los Romanos […] ponían estatuas y insignias […] para honor suyo y demostrar que eran nobles los señores dellas»5. No sólo se está hablando de distintas formas de representación de la honra, sino que se está poniendo el acento en enfatizar la importancia de la permanencia visual en el territorio. La iconografía de la honra es, por tanto, un espacio de culto y construcción de la memoria individual de cada uno de los nobles. Es, también, un escenario de la memoria colectiva de la nobleza pero es, sobre todo, una muestra de una realidad sistémica y antitética contra lo efímero. Así, la iconografía nobiliaria es un régimen conmemorativo del rango y de la reputación social. Es una producción simbólica sobre los signos del dominio, consiguiendo que en la representación de los mismos, se sumen elementos estilísticos, expresiones legales y variantes en la representación6. De este modo, la manera en que los individuos son representados busca resaltar las formas de lo cotidiano, mediante la exhibición de perfiles que constituyen en sí mismos el edificio de la preeminencia, pues como ya indicaba Moreno de Vargas, en lo relativo al uso de las armerías «finalmente ponen y

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Para una visión general sobre la nobleza en la España moderna se recomienda la consulta de la obra de Enrique , La nobleza en la España moderna: cambio y continuidad, Madrid, Marcial Pons 2007. Siguen siento útiles del mismo modo, la obra de David , La nobleza en la Edad Moderna, Madrid, Itsmo, 1992, y desde una renovación metodológica, la obra de Adolfo Sangre honor y privilegio. La nobleza española bajo los Austrias, Barcelona, Ariel, 2000. 5 Bernabé , Discursos de la nobleza de España, Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1622, f. 112r. 6 Sobre el concepto de representación, ver Hanna E. , El concepto de representación¸ Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1985, o el artículo ya clásico de Carlo , «Représentation: le mot, l´idée, la chose», Annales, 6, 1991, pp. 1219-1234.

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han puesto las armas en otras muchas partes, y el arbitrio bueno de los nobles, como es en los reposteros»7. Se trata de formas exhibitorias que determinan la posición y llevan implícitas la potencia expresiva de lo exterior convertido en rango político y criterio de distinción. La heráldica se usaba para confirmar y justificar la nobleza e incluso la posesión de determinados territorios y los derechos jurisdiccionales sobre éstos. El 25 de agosto de 1637, en el furor de los actos positivos de nobleza, se presentaba un informe sobre Juan Gamiz Ordóñez y Carrillo en el que se resaltaba no sólo su parentesco con Diego Ordóñez, que fue alférez de don Alfonso XI de Castilla, sino la presencia territorial en la villa de Priego. Acompañaban al informe los escudos de la familia Ordóñez en su rama andaluza y en la navarra8. La consideración inicial que el autor del informe alega para justificar su posición y petición, se centra en decir que la nobleza «[…] esencia que los nobles dexan a sus descendientes y con ella la obligación del valor, justa cosa es que tengan entera noticia de aquellos de quien les viene»9. En este caso se pone de relieve la forma en la que los territorios se vinculaban a personas y a blasones, como podemos ver en la inacabada obra de Argote de Molina, Nobleza de Andalucía. Es por lo tanto el blasón un ejercicio discursivo esencial que viene a distinguir al común del único, a un yo que es a su vez un legado familiar y político que debe ser respetado. Un blasón es un medio de imagen parangonado en el propio retrato pictórico, como afirma Hans Belting10. En este caso no se vincula únicamente con un cuerpo, sino que el blasón remite a un concepto social, el de noble, de donde podemos colegir que una violencia contra estas figuras, se convierte en un atentado directo contra el propio noble y la familia poseedora del título. Hay por lo tanto una relación entre el cuerpo, el concepto y la cultura nobiliaria en sus diversas formas de representación y la tipología de espacios de exhibición de un blasón. La nobleza usó los blasones como imagen conceptual y fisionómica de la idea de virtud y por ello es fácil apreciarla tanto en las arquitecturas, los complejos funerarios, los útiles cotidianos y en los más variados materiales domésticos (reposteros, vajillas,

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Bernabé , op. cit., f. 113v. AHN, SN Luque, c. 194, d. 330-333, Informe presentado por Juan de Gamiz Ordóñez Carrillo para justificar su nobleza y la posesión de la villa de Priego de Córdoba (Córdoba), como descendiente de Diego Ordóñez como alférez mayor de Alfonso XI rey de Castilla., s.f. 9 Ibídem, f. 2r. 10 Hans , Antropología de la imagen, Buenos Aires, Katz, 2007, p. 143. 8

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etcétera). Durante la Edad Moderna, la heráldica y lo nobiliario establecieron una relación innata que derivó en profundos problemas y conflictos, pero además permitió también identificar los usos del honor y de la dignidad. En ellos lo visual y lo escrito se convirtieron en prácticas notables y recurrentes que ofrecieron una descripción detallada de los elementos basilares de la condición de noble (memoria, familia y servicio). De este modo, si durante el siglo XVI se produjo una polémica sobre el valor de la imagen y la capacidad de lo visual como herramienta de autoridad, esto, en lo referido a la nobleza y lo heráldico, terminó por ser una forma de comunicación basada en la combinación de distintos artefactos culturales relacionados con el poder y la dignidad del representado o de lo expresado. En el caso de la nobleza cabe hacer una pregunta liminal, ¿ofrece lo visual una interpretación de lo individual y lo colectivo que la idea de nobleza lleva aparejada? Y, en relación a esto, ¿es la violencia contra los blasones un ataque a lo nobiliario? En primer lugar habría que resaltar que la iconografía de la nobleza tiene varias formas de expresión. La cosmogonía nobiliaria aglutina en su seno lo escrito, lo oral (la palabra) y lo visual. Se trata de tres niveles perfectamente interrelacionados sin que aparentemente exista una primacía de uno sobre otro. En tanto que realidad sistémica, lo nobiliario desarrolla una cultura de la imagen que afecta por igual a todos sus escalones jerárquicos y que responde tanto a intereses concretos como a una tradición visual en torno a la idea de nobleza y a la representación del poder. El primer nivel se corresponde con la representación del poder encarnado por el individuo singular. En segundo lugar nos encontramos con el valor colectivo de los signos del poder nobiliario y, finalmente, en un tercer nivel, se resaltan los elementos esenciales de lo coyuntural, o lo que es lo mismo, se subrayan los aspectos circunstanciales que dignifican o dan sentido a un individuo y a su representación ad hoc en un determinado momento. Por lo tanto la iconografía de lo nobiliario tiene una lectura en el tiempo largo y otra en lo instantáneo. En este sentido, la iconografía nobiliaria representa una suerte de vinculación entre lo impreso y manuscrito (el papel) y el lienzo o la piedra. Se recurre para ello a la codificación de un lenguaje de formas en las que los espectadores-lectores terminan por relacionar todos los detalles de la representación en una jerarquía interesada del detalle. Esta mirada, obviamente, debía de ser difundida, explicada y formaba parte de la

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cotidianeidad de las personas. La construcción de la imagen del honrado, del noble en definitiva, venía determinada por la asunción, por parte de éstos, de todos los elementos propios de lo nobiliario junto con aquellos individualizados en su persona y que, obviamente, no podían pertenecer a otro individuo, de tal forma que tanto los retratos, los libros iluminados y, sobre todo, el blasón, evidenciaban la belleza de lo noble con una intensa actividad decorativa y performativa. En el caso de la heráldica, se recurre a una codificación de sus formas de composición, pero también se intenta plasmar la representación de los valores nobles (virtud, fortaleza, templanza, honor, excelencia). Esto se puede entender que era común a todos los representados, fueran titulados o no, y se acentúa significativamente en el caso de los retratos de caballeros de hábito o en las certificaciones de nobleza. En el caso de los primeros hay que destacar el papel de «marca de fama» que representa una cruz, muy por encima de otras consideraciones sobre la facilidad o dificultad de adquirir un hábito, y en el de los segundos, el valor de «marca de singularidad» que representa la posesión de un blasón iluminado y sancionado por el poder regio a través de sus agentes. En tanto que «las imágenes, -como indica Marín- por las que el poder es representado, vienen a sustituirlo, son testigos de su existencia»11 es lógico que la eficacia de lo visual12 terminara por configurar algunas realidades en las que la fuerza de los hábitos resultara definitiva para valorar la «voz i pública fama» del representado. Las armerías son, en este sentido, el principal vector de identificación de lo nobiliario. Lo son en tanto que sirven para distinguir, pero también para «diferenciarse entre sí y conocerse vnos a otros»13. Los blasones, como vemos, se colocan en todos los niveles de representación del noble y poseen una evidente visibilidad que torna la lectura de la representación en un conjunto sacralizado de signos evidentes de prestigio. El 2 de agosto de 1581, el jurisconsulto del Colegio de notarios de Milán, don Mario Marcelo Rincio, reconocía la condición de duque de don César Aliprando y, con ello, sancionaba las armas de la familia, indicando que podía hacer uso de las mismas14.

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Louis , Le protrait du roi, Paris, Minuit, 1981, p. 11. Fernando , Imagen y propaganda. Capítulos de la historia cultural del reinado de Felipe II, Madrid, Akal, 1998, p. 65. 13 Bernabé , op.cit., f. 101v. 14 ARCHV, Pergaminos, carpeta 18-1-1, Testimonio Notarial del colegio de notarios de Milán (Italia), reconociendo la nobleza y antigüedad de la familia Alioprando a petición de César Aliprando, con el título de duque, s.f. 12

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Se iniciaba de este modo una relación directa entre la casa, el blasón y el retrato de las virtudes del linaje que está encerrado en esta construcción simbólica que es un blasón. Los usos simbólicos de la heráldica, la composición de los cuarteles y otros elementos del arte del blasón han sido ampliamente difundidos y analizados por genealogistas, historiadores y heraldistas. En nuestro caso, queremos abordar el estudio de la violencia contra la nobleza reflejada en los «excesos» cometidos contra los blasones, entendidos éstos como un retrato elástico, como modelo vivo del retrato físico de una familia nobiliaria. Esteban de Garibay en su Compendio historial de las chrónicas y universal historia de todos los reynos publicado en 1628, en el que trata sobre el asunto de las armas y la heráldica influido por Barthélémy de Chasseneux,15 indicaba la necesidad de que todos los nobles fuesen conocedores de saber ordenar sus escudos de armas e insistía en la intrínseca unión entre éstos y la heráldica como saber necesario 16. Para Garibay, las armas y divisas heráldicas de los nobles son obligaciones básicas, puesto que fueron concedidas por varios motivos. El primero como prueba de nobleza o bien conforme a la necesidad de reconocerse en la batalla, o por memoria de servicios virtuosos; otra razón como señal inequívoca de nobleza e hidalguía y la última como trasunto de las hazañas del linaje17. Años antes, hacia 1579, Sancho Busto de Villegas, tratando del mismo asunto y con la misma influencia del nobilista francés y de Valera, indicaba que: […] La primera causa dixe que por ser dadas por el Príncipe […] La segunda causa es por ser ganadas en la guerra […] La terçera causa es por causa de deuoçión.[…] Veniendo a tratar de la quarta causa de las armas que son de nominaçión, de las quales la manera dellas es muy ancha y de algunas muy baxa. Así como de algunos que se llaman de Ençinas y traen una ençina (tachado: o más) o de Buey y traen un buey y del Castillo y traen un castillo y de otros semejantes y porque mi voluntad es de dar en xemplos de yllustres y de nobles porné aquí algunos 18.

15

Nos referimos a la obra de Barthélémy de , Catalogus gloriae mundi, laudes, honores, excellentias ac preeminentias omnium fere statuum, Lugduni, G. Regnault, 1546. 16 Esteban de , Compendio historial de las chronicas y universal historia de todos los reynos, tomo qvuarto, Barcelona, Sebastián de Cormellas, 1628, f. 78r. 17 Ibídem, f. 79r. 18 Sancho , Nobiliario, eds. José Antonio Guillén Berrendero y Manuel Amador González Fuertes, Murcia, Editum, 2014, pp. 103-107.

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Insistía Busto en que las armas eran una suerte de representación sobre determinados actos, calidades y concepción de nobleza, de suerte que los atentados contra las armas podrían ser tratadas como injurias contra la propia consideración de la nobleza. El propio Busto, en el capítulo XIII de su obra, alude a este hecho: Dize Casaneo en su Catálogo Glorie mundi, si alguno estorvare que otro no ponga sus armas en algún lugar público pudiéndolas poner porque no aya la honrra en ello que él puede y deue auer en poner allí sus armas, no creo que en esto naçe actión de ynjuria anque lo aya hecho con yntinçión de le ynjuriar. Esto es quando el tal ynpedimiento es hecho antes que ponga sus armas en lugar público porque después de puestas en algún lugar bien creo que si las quitase que le ynjuria porque más feo es echar el huesped que no dexalle de reçebir, como se dirá en el capítulo veynte y nueue deste libro de dos que tuvieron este mesmo debate en una misma ylesia sobre el poner de sus armas y tumba para hazer las obsequias porque uno que quedó viuo después de muerto otro noble hizo raer la zona que los hijos deste defunto avían puesto jurídicamente. Zona es una çinta de anchura de un xeme que ponen alderedor de alguna capilla o ylesia en que ponen las armas de aquél cuyas honrras hazen u obsequias. En lo qual le ynjuriaron porque no solamente padeçe detrimento más quítole su deliberaçión disminuyendo su dignidad, con el qual caso le ynjurió. Y lo mismo a de ser hecho de aquel que quitó o rayó las armas de más de otro pintadas en algún lugar porque en ello le ynjurió o dio causa de ynjuria si al que la puso no pudo ser defendido que las pusiese allí más si las puso pudiéndole ser vedado que no las pusiese contra voluntad de alguno, pudieron ser quitadas o rraýdas por aquel contra cuya voluntad se pusieron o por mandado de aquel que pudiera defender que no se pusiesen las tales armas. Y en este caso no ay causa de ynjuria. Y assímismo si alguno usase de honrra que no le es devida puédele ser ympedida la tal honrra por aquel que en su honrra es perjudicado, assí como en la postura de ymágines en un mismo lugar o en alguna cosa de otro o assí como en el poner de las armas porque si alguno pone o haze poner sus armas o pintar en cosa litigiosa del contrario pueden ser quitadas y arrancadas con autoridad de el juez y nenguno que es despojado ponga su título o cosas en heredamientos ajenos. Sin autoridad de juez ya ninguno conviene poner sus armas o ynsignias o señales en las cosas que otro tiene 19.

La legislación sobre el uso de las armerías era bastante rígida en el caso castellano y la pérdida de las mismas estaba sujeta a multitud de entornos legales pero es la autoridad de Bártolo de Sassoferrato, en su De insgniis et armiis, la referencia absoluta

19

Ibídem, pp. 236-237.

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de todos los nobilistas castellanos de la Edad Moderna20. Busto era consciente de la abundancia de pleitos y problemas políticos, protocolarios y legales que se derivaban de poner y quitar las armerías de sus lugares de exposición, Dize y cuenta Lactançio en el libro primero que los hombres ynventaron las ymágines para tomar de la contemplaçión dellas plazer y de aquí vemos que si algunos de alguna casa o linaje antiguo que ven las ymágines de sus mayores o las armas pintadas o esculpidas en algún lugar público, que si alguno las quisiese quitar de allí y poner las suyas de nueuo, anque edificase alguna obra por el juez le puede ser vedado de su ofiçio porque no es lícito raer las armas que de antiguo están puestas y poner otras de nueuo […] En la Chançillería de Granada acaeçió otro caso semejante que como una capilla antigua en la qual estauan las armas del fundador viniese a ser della patrón un desçendiente por la línea femenina y el tal patrón quisiese quitar las armas antiguas, quexándose dello los parientes del fundador por la línea paterna fue mandado que no se tocase en las armas antiguas sino que las dexasen donde estauan21.

La belleza icónica de los blasones los convertía, en verdad, en su exhibición pública y privada. La necesidad de ordenarlos correctamente aparece ya en la primera Ley heráldica dictada en 1480 por los Reyes Católicos sobre la prohibición del uso de las armas reales por otros individuos y se continuó con las pragmáticas de Felipe II de 8 de octubre de 1586 sobre el uso de los coroneles por personas que no fuesen titulados o las sucesivas reformas y ordenanzas sobre el papel de los Reyes de Armas y sus atribuciones para ordenar y reglamentar la heráldica22. En general todas las leyes insistían en la correcta distribución del blasón atendiendo a la llamada ciencia heroica o del blasón. En este sentido, más allá de los minutarios de los Reyes de Armas, casi todas las familias nobles estaban preocupadas por el correcto uso de sus armerías a fin de evitar conflictos con las autoridades locales, con otros miembros del linaje o el ya mencionado y recurrente conflicto de las precedencias heráldicas o, cómo no hablar de los que 20

Bártolo de , Bartoli, Interpretum ivris coryphoei in institutiones et authenticas, commentaria. Eiusdem tractatus XXXIX, Basilea, Jeronimo Froben y Nicolas Episcopo, 1562. 21 Sancho , op. cit.., pp. 221-222. 22 Sigue siendo válido para todas estas cuestiones el texto de Vicente , Fundamentos de Heráldica (ciencia del Blasón), Madrid, Ediciones Hidalguía, 1975, especialmente las pp. 203-205.

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ocurrían en la propia constitución de los mayorazgos. En este sistema, el saber heráldico se convirtió en una forma adicional de gobierno del linaje y del honor. ¿Supone un acto de violencia contra la nobleza transformar, trastocar o retirar un blasón? La respuesta es un claro y rotundo sí. Ya hemos demostrado la importancia del blasón como elemento esencial de la identidad nobiliaria y como rasgo natural e inherente a su cultura. En este sentido, las «violencias» contra las armerías constituyeron, por frecuentes, un factor siempre de desestabilización en lo local y afectaban por igual a titulados o pequeños hidalgos de las oligarquías urbanas. El 2 de abril de 1699, Juan Lanz de Cassafonda escribía a la X duquesa de Béjar sobre la intención de los monjes dominicos del convento de Santo Domingo de Plasencia de quitar el escudo ducal de la tribuna de la Iglesia. El motivo parecía ser que un capitán llamado Francisco Panyagua de Loaysa había comprado un espacio en la iglesia del convento para erigir una capilla. Este hecho obligaría a retirar las armas ducales del lugar en el que estaban desde el siglo XVI. Además, las armas ducales serían sustituidas por las del capitán23. El conflicto de la familia de Béjar con Plasencia y sus iglesias parece extenderse desde el siglo XVI, pues también tuvieron un semejante asunto con el convento de San Vicente en 152024. Pero como hemos dicho anteriormente, este hecho no era patrimonio exclusivo de la nobleza titulada. En 1597 se iniciaba un pleito entre el convento de San Agustín de Salamanca y la madre de don Francisco de Leiva porque los monjes retiraron las armerías familiares de la capilla funeraria que la familia Leiva poseía en dicho cenobio25. Caso semejante lo encontramos en el testimonio sobre el problema de quitar las armas del duque de Béjar, don Juan Manuel López de Zúñiga, en el convento de Santa Cruz de Valladolid por parte de las monjas del dicho cenobio y las quejas del noble26. AHN, SN, Osuna, c. 256, d. 1243, Carta de Juan Lanz de Cassafonda a [María Alberta de Castro Portugal Borja], [(X)] duquesa de Béjar, por la que le advierte que la comunidad del Convento de Santo Domingo de Plasencia (Cáceres) va a retirar de la tribuna de la iglesia un escudo de la casa ducal, f. 1r. 24 AHN, SN, Osuna, c. 301, d. 69, Escritura de transacción entre Álvaro López de Zúñiga Guzmán, II Duque de Béjar y el prior del Convento de San Vicente de Plasencia sobre poner el escudo de armas del duque en dicho convento y capilla mayor. 25 AHN, SN, Osuna, c. 309, d. 16, Pleito seguido entre el Convento de San Agustín en Salamanca (Salamanca) y Francisca de Leiva, madre de Rodrigo Nieto de Fonseca, por haber quitado el escudo de la familia de la capilla donde está enterrada su familia. 26 AHN, SN, Osuna, c. 316, d. 92-93, Copia de un memorial que el [XI] duque de Béjar, [Juan Manuel López de Zúñiga Mendoza Sotomayor], remitido al rey de España, [Felipe V] quejándose de que las monjas del Convento de Santa Cruz de Valladolid (Valladolid) habían tapado los escudos de armas de la 23

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En el año 1722 el duque informaba de cómo se habían retirado las armas de su familia y que se había blanqueado la pared en la que se encontraban. Ante esto, el duque alegó el agravio que significaba al considerarlo una desposesión de su honor, ya que el duque, «[…] aprecia mucho por ser aquella comunidad tan venerable y por qué semejante memoria es testimonio de la piedad de sus progenitores[…]»27. La buena disposición ducal se manifiesta en la petición que le hace a Felipe V para que éste obligue a las monjas a la restitución de las armas de Zúñiga en el lugar en que se encontraban anteriormente. El 7 de febrero de 1553 se litigaba un pleito entre Gutierre de Carvajal, obispo de Plasencia, contra la ciudad de Béjar por la «destitución no autorizada» de las armas arzobispales por las ducales. El pleito se litigó en la Real Chancillería de Valladolid, en la escribanía de Granado28. Esta tipología de excesos nobiliarios contra la heráldica, eran habituales y suponían, sin ninguna duda, un evidente desdoro al orden social; la alteración en el uso y ubicación de los escudos heráldicos. El 22 de abril de 1598 el alcalde mayor del Adelantamiento de Burgos informaba sobre la oposición del concejo de la Villa de Monasterio de Rodilla a colocar las armas de la familia Velasco en la Casa Consistorial. Este hecho, harto frecuente en la pleiteante Castilla, debe ser interpretado como un ejercicio de «violencia» contra la propia dignidad ducal y los espacios jurisdiccionales de la familia Velasco en su territorio29. Un «espejo de la verdad» del honor de los hombres y sus familias. Espacio en el que lo colectivo que está representado en la idea de linaje se substancia en la impronta de lo individual. Ambas dimensiones, son las que justifican la creación del blasón y la defensa del mismo por parte de la ley. Las representaciones visuales del honor mantienen un diálogo con el pasado y con la pervivencia que representa el linaje. Constituye un artefacto eminentemente práctico en el proceso de conversión del discurso y la idea de honrado en imagen. Conforma, casa de los Zúñiga para poder pintar la iglesia de dicho convento. Incluye una carta original de las monjas de dicho convento al duque de Béjar sobre que no fue su intención hacer mal en quitar los escudos de armas. 27 Ibidem, f. 2v. 28 ARCHV, Registro de ejecutorias, caja 778, 9, Ejecutoria del pleito litigado por Gutierre de Carvajal, obispo de Plasencia (Cáceres), con Francisco de Ribera, alcalde mayor, Lope de Valmaseda y Francisco Martín, vecinos de Béjar (Salamanca), sobre la destitución no autorizada del escudo de armas del obispo de Plasencia por los del duque de Béjar, f. 1r. 29 AHN, SN, Frías, c. 371, d. 23, Informe del alcalde mayor del Adelantamiento de Burgos, sobre la oposición del concejo de la villa de Monasterio de Rodilla a que se ponga el escudo de armas de los Condestables de la casa consistorial.

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por lo tanto, un alegato que ya, durante la segunda mitad del XVII, tendió a colocar en primer término la cuestión de la combinatoria de la sangre y de la individualidad en el frontis para conseguir eso que Moreno de Vargas llamaba en 1621 «la perpetuydad de la nobleza»30. Para el autor, el entorno de lo nobiliario y de sus símbolos está dominado por un modelo de representación en el que el atesoramiento de méritos individuales era la base sobre la que se proyectaba la imagen de la auténtica nobleza y de la justicia distributiva que enmarca a su juicio el sistema del honor, en el que el soberano es cabeza de la Gracia. Era esta una polémica más que habitual, sobre todo cuando se daban las violencias contra el patrimonio cultural de la nobleza. El V duque del Infantado pleiteaba contra la ciudad de Granada por un intento de usurpación y retirada de sus armas heráldicas de la puerta de las Casas de la Carnicería por parte de Antonio de la Fuente y Vergara y de Juan Baptista de Baeça, a la sazón veinticuatros de la ciudad Nazarí. El primero fue procurador por la ciudad de Granada en las Cortes de Madrid del año de 1584. Este pleito tuvo además otros agentes implicados y pasó a ser ampliado por don Gabriel Roca y Contra Pancorbo. El resultado, tres vías de pleito: Audiencia, Consejo y la ciudad contra el duque por poner sus armas en la puerta de las Casas de la Carnicería, que estaba situada en la Plaza Bib-Rambla de aquella ciudad31. En la alegación presentada por don Íñigo Hurtado de Mendoza se detallan las tres vías que siguió el duque. En la primera de las alegaciones, se indica que «[…] los reos que confiessan auer quitado y hecho quitar el Escudo de Armas que los Mayordomos del Duque pusieron en el antepecho del suelo»32. El problema fue la sustitución de estas armas por las de Felipe II, siendo que el duque solicitaba la restitución de las propias. No podemos determinar a ciencia cierta la fecha de la misma, pero debe ser más o menos hacia las últimas dos décadas del siglo XVI. Los argumentos de los oficiales ducales para defender la posición nobiliaria se basaban en criterios tanto de derecho consuetudinario como de derecho positivo. Así, el primer argumento consistía en tratar de reforzar el derecho basándose en la propiedad de aquel suelo: 30

Bernabé , op. cit., f. 58r. AHN, SN, Osuna, c. 287, d. 131, Alegación impresa del duque del Infantado en el pleito con la ciudad de Granada (Granada), sobre la colocación del escudo de armas del duque en la puerta de la carnicería de la plaza de Bibarambla. s.a. 32 Ibídem, f. 3r. 31

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[…] y que siendo que el sitio y lugar suyo, pudo poder en el sus armas, no recibe duda para lo qual bastaua la costumbre destos Reynos, pues vemos que generalmente se ponen sobre las puertas de las casas, y sobre las ventanas, en reposteros, fuentes de oro y plata en taças, en sobre mesas, en paños de camas y en las demás partes y lugares ad libitum voluntatis, las quiere poner y según el derecho pudo el Duque poner el Escudo por ser cosa propia suya 33.

Esta era una de las principales ventajas de los hidalgos a fuero de España, el poder portar y colocar sus armas en los lugares indicados o elegidos por ellos mismos, y que estaba ya razonada por Barthélémy de Chasseneux en su Catalogus gloriae mundi, laudes, honores, excellentias ac preeminentias omnium fere statuum, (conclusión II&13) o por el propio Bartolomeo Cepolla en su tratado De Servitutibus... cuando afirma que «Na autem usufructuarius, vel inquilinus possi in domo usufruturaria, vel conducta facere depingi insígnia sua, quae vulgo arma dicuntur?»34. Quitar las armas de un noble era injuria, mucho más aún cuando se trataba de un Grande de Castilla. La familia Mendoza alegaba servicios en la ciudad de Granada desde tiempos remotos y habían obtenido «grande veneración, teniéndoles sumo respeto y reuerencia»35. El alegato a la política del afecto fue algo recurrente en toda la Edad Moderna; de modo que este «hermoso amor» de la ciudad de Granada hacia los Infantado se convirtiera en un argumento de fuerza por parte de los agentes ducales no es una cuestión meramente formal; constituye una de las bases esenciales sobre las que se construyó toda la teoría nobiliaria castellana del siglo XVI. Una de las formas básicas de poseer armas son las que se conceden por razón de la persona, de donde podemos colegir que un atentado contra las armas ducales era una injuria personal, como por otra parte se encontraba ya perfilado en la obra de Gregorio López Madera, que también es referida por los agentes del duque. Parece que la obra del jurista madrileño constituye la primera fuente de autoridad referida por el noble. Las armas del soberano podían colocarse en todos los espacios que fuesen regios, siendo imposible colocarlas en los edificios que no fuesen propiedad de la corona.

33

Ibídem, f. 3v. Bartholomaei , Tractatur de Servitutibus tam Urbanorum quam Rusticorum Praediorum, Lausannae-Genevae, Marci Michaelis Bousquet & socior, 1745, p. 210. 35 AHN, SN, Osuna, c. 287, d. 131, op. cit., f. 3v. 34

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El alegato prosigue centrándose en el hecho de la posesión indiscutible que el duque del Infantado tenía sobre las citadas casas de la Carnicería y la gravedad del delito cometido por los denunciados al retirar las armas ducales. El cabildo de Granada tomó las riendas del pleito contra el duque y asumió toda la responsabilidad en la eliminación del blasón ducal y su sustitución por las armas reales. En la segunda parte de la alegación, el duque solicitaba la restitución de su blasón. Demostrada la irregularidad de haber retirado las armas, se trataba de justificar la obligación de volver a colocarlas en su lugar, ya que la ley indicaba que había una exigencia de restituir las armerías cuando eran borradas o eliminadas por otros36. La cita de autoridad la representaba uno de los comentaristas y receptores de Bártolo, el jurista Giacomo Menochio en su De arbitrariis iudicum quaestionibus et causis, publicado en Venecia en 1576. Las referencias a la autoridad intelectual de escritores como Bártolo, Cepolla, Menochio o Chasseneux eran lugares comunes en toda la teoría nobiliaria europea de su tiempo y su permanente recurso venía a reivindicar el peso que la tratadística nobiliaria tenía a la hora de solventar los casos prácticos de conflicto social provocados por la nobleza. Este punto resulta altamente interesante para comprender el uso y difusión por Europa de los textos jurídicos basilares en todos los conflictos. Además de estos autores, la tratadística jurídica castellana fue rica al abordar el asunto central de cómo solventar los problemas heráldicos. Juan Arce de Otálora en su Summa nobilitatis hispanicae et inmunitatis regiorum tributorum, publicado en Salamanca en 1570 abordaba ya este tema de forma muy directa, al igual que la obra de Juan García de Saavedra, Tractatus de Hispanorum nobilitate et exemptione, sive Pagmaticam Cordubensem, publicado en Madrid en 1622. Pero las propias autoridades y las Chancillerías pronunciaban también sobre estos usos particulares, como podemos encontrar en la obra de Manuel Fernández de Ayala Aulestia, Práctica y formulario de la Real Chancilleria de Valladolid, publicado en Valladolid en 1667. Igualmente ocurre con las Glosas que a la II Partida realizó Gregorio López Madera37. En la siguiente tabla resumimos algunos de los principales motivos que podían acaecer contra un blasón y sus propietarios. Del simple borrado por acción u omisión de 36

Ibídem, f. 8r.

37

, Segunda Partida, ed. Gregorio López Madera, Madrid, Boletín Oficial del Estado, 1985,

[ed. facsímil].

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unas armas en una capilla, cuadro, etcétera, hasta su sustitución por otras, pasando por el violento picado; hecho este último que siempre ocurre en coyunturas de conflicto local o político38. TIPOLOGÍA DE LA VIOLENCIA CONTRA LAS ARMERÍAS TIPO DE VIOLENCIA Borrado.

AFECTACIÓN Honra,

reputación,

CAUSAS/RESOLUCIÓN pérdida Reales

Chancillerías, Autoridad

influencia, conflicto.

Real.

Picado.

Honra, Damnatio memoriae.

Gracia del Rey.

Substitución.

Deshonra, Damnatio memoriae.

Decisión jurídica, Gracia Real, conflicto.

Tabla de elaboración personal

La dignidad, el honor y el poder fueron los asuntos centrales dentro del análisis de las distintas formas de comunicación del individuo noble durante la Edad Moderna. Los excesos cometidos contra estos tres elementos constituían un arsenal de situaciones de violencia o proto-violencia contra la nobleza. En estas demostraciones de ofensas, los aparatos visuales y simbólicos del honor se convirtieron pronto en los objetivos más destacables y visibles para evidenciar y constatar la pérdida de prestigio o de honra de un linaje. Como es sabido, durante la Edad Moderna, para la nobleza, lo visual y lo escrito se tornaron prácticas notables y recurrentes, pues ofrecían una descripción detallada de los elementos basilares de la condición de noble. De este modo, si durante el siglo XVI se produjo una polémica sobre el valor de la imagen y la capacidad de lo visual como herramienta de autoridad, esto terminó por ser una forma de comunicación basada en la combinación de distintos artefactos culturales relacionados con el poder y la dignidad del representado o de lo expresado. En primer lugar, habría que resaltar que la iconografía de la nobleza tiene varias formas de expresión. La cosmogonía nobiliaria Siempre resulta adecuado para la tipología procesal en Castilla ver la obra de Richard L., , Pleitos y pleiteantes en Castilla, 1500-1700, Salamanca, Ediciones de Castilla y León, 1991. Filemón , «Cartas ejecutorias. Aportación a la Diplomática judicial», Estudis Castellonencs, 6, 1994-95, pp. 1445-1453. 38

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aglutina en su seno lo escrito, lo oral (la palabra) y lo visual. Se trata de tres niveles perfectamente interrelacionados, sin que aparentemente exista una primacía de uno sobre otro. En tanto que realidad sistémica, lo nobiliario desarrolla una cultura de la imagen que afecta por igual a todos sus escalones jerárquicos y que responde tanto a intereses concretos como a una tradición visual en torno a la idea de nobleza y a la representación del poder. Así, como indicaba Gutiérrez de los Ríos en 1600, «deve pintar a las personas de manera que nos parezca que están hablando y con espíritu, y que las demás cosas nos engañen pareciéndonos verdaderas»39, de donde es fácil colegir que los atentados y violencias contra estos símbolos constituían todo un arsenal de futuros conflictos a dos niveles. En una primera instancia, en tanto que la imagen se corresponde con la representación del poder encarnado por el individuo singular, todo atentado contra él debe ser asumido como una falta que se ejerce sobre el propio individuo y su familia. En segundo lugar, y dado el valor colectivo de los signos del poder nobiliario como significantes del orden social y del poder regio, las violencias contra la heráldica suponen, además, una forma de menoscabo del reconocimiento de la potestas regis. Finalmente, y en un tercer nivel, las violencias contra los signos heráldicos pueden significar un factor de interpretación de los elementos esenciales de lo coyuntural. Todo ello ocurre porque la ideología sobre el honor y sus compactas estructuras de representación y las leyes que lo protegen y amparan deben ser interpretadas según un lenguaje emitido tanto por la labor de los representados como por los que aportan opiniones sobre los representados y, finalmente, por los agentes administrativos que son los encargados de dar naturaleza legal al sistema. De tal forma que, en la dialéctica de la representación iconográfica del honor, más allá de determinadas contextualizaciones, se recurre a una economía de la palabra y de los signos entre los que cabe destacar palabras que terminan por ser categorías de lo nobiliario: «personas principales», «varonía continuada», «blasón», «privilegio», «común opinión», «verdaderamente», «fiel» o «pública voz y fama», términos todos ellos que aparecen en las certificaciones de nobleza castellanas y que son representados en la heráldica familiar. Se trata de categorías sociales que se ven amenazadas cuando se comete una usurpación heráldica o 39

Gaspar Madrigal, 1600, p. 158.

, Noticia general para la estimación de las artes, Madrid, Pedro

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un mal uso de las leyes heráldicas y es ésta una realidad profundamente europea, lo que convierte el régimen heráldico en una suerte de orden y agresiones contra los símbolos. La posesión de una armería nos habla de un ideal de belleza, de calidad, honra y fama. En Castilla, en los entornos urbanos más o menos poblados, el valor del blasón era percibido no ya como un horizonte utópico, sino como un factor de singularización. Las armas reales, las de los titulados, y las de los miembros de los otros estratos nobiliarios eran la base para el prestigio. En una certificación de un Rey de Armas podemos encontrar alusiones directas a la ascendencia del individuo, muestras de sus virtudes y justificación de sus hechos vitales, lo que terminaba por conferirle el privilegio de gozar de un determinado blasón. Lo mismo ocurría con las ejecutorias de hidalguía castellanas. En éstas, el beneficiado se hacía representar en la misma ejecutoria junto con el resto de su familia y en muchas ocasiones con todos los beneficiados con las armas y, en la sentencia, se le vehiculaba a poder usar sus armas con completa libertad, lo que era entendido como un privilegio de forma directa. Del mismo modo, en esta tipología documental, era frecuente encontrar la figura del soberano representado en un grabado que era antecedente de la sentencia40. Al tratarse de un instrumento derivado de un proceso administrativo-judicial, el valor del documento escrito y la fuerza de lo visual se tornaban en categorías de un discurso sobre el honor en el que aparecían inmersos distintos agentes y un buen número de signos que nos hablan también de un gusto nobiliario por la distinción como marca de honor. Pero durante el siglo XVII los blasones y las leyes heráldicas se convirtieron en una utopía defensiva frente a los embates de una sociedad abiertamente crítica con algunas formas de ennoblecimiento. De esta forma los textos iluminados de la nobleza castellana ofrecían formas icónicas de interpretación de lo nobiliario con un carácter de servicio ad hoc para el individuo, y eran muestras de la especificidad y singularidad de un conjunto de «únicos» que les permitía y obligaba a ser representados. Es necesario analizar la violencia contra lo visual-nobiliario como un conjunto abierto y como una parte significativa en la reivindicación de la identidad nobiliaria. Por ello es preciso ver, en las distintas representaciones de sus blasones, un retrato centrado

40

Para un estudio detallado sobre las ejecutorias de hidalguía desde el punto de vista diplomático ver Elisa , «La Carta Ejecutoria de Hidalguía: un espacio gráfico privilegiado», En la España medieval, 1, 2006, pp. 252-276.

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en la significación del rango dentro de un discurso sobre las distintas formas de clasificación social y los atributos de cada grupo. La máxima que preside el conocimiento y las consecuencias negativas que se derivaban de los ataques contra la heráldica hay que interpretarlas más allá de la economía de la Gracia. Debemos relacionarlas con un sistemático ataque contra alguno de los elementos constitutivos del ser noble y sus usos en el nivel local. Más allá de la agresión física o discursiva contra unas armas, la crítica a un blasón es una evidente muestra de una práctica política de desprestigio tanto del individuo representado como de los autores que crearon el blasón. Es una destrucción-ataque de la dimensión cualitativa que representa un escudo y de las personas representadas. La violencia contra la heráldica también terminó por configurar un conjunto de variables discursivas. Si un blasón apela a un determinado modo de ser noble en el que se potencia la idea de calidad que incide en el conocimiento colectivo, la violencia contra las armerías también conforma una suerte de cultura del deshonor. Resulta evidente que, bajo esta premisa, todos cuantos eran beneficiados con un hábito o una armería estaban inmersos en una idéntica retórica sobre la idea de virtud como valor nobiliario esencial, en tanto que, «sin virtud no puede haber honra»41. Rades de Andrada resumía una tendencia válida sobre la memoria viva de lo que la idea de nobleza representaba y que podemos leer en todos los símbolos visuales sobre la nobleza castellana durante los siglos modernos y que nos pueden hablar perfectamente de la gravedad de cualquier acto «violento» contra los blasones, pues la nobleza era [nobleza es] aquella que se adquiere por herencia de padre y abuelo en cuanto a las preeminencias, o por estudios y grados en buenas ciencias, o por títulos y dignidades de emperadores, reyes, príncipes, duques, ricoshombres, condes, marqueses, barones, almirantes y otros que hay en cada tierra o por servicios muy notables hechos a emperadores, reyes y otros príncipes que pueden dar nobleza civil y política42.

Es, pues, un respeto a un «orden visual» que está vinculado con otro de carácter político, el que hace que las violencias contra la heráldica supusieran un riesgo social, 41

Juan Benito , Tratado de nobleza e de los títulos e ditados que oy dia tienen los claros y grandes varones, Madrid, por la viuda de Alonso Gómez, 1591, f. 1r. 42 Francisco , Que cosa sea nobleza, manuscrito hacia finales siglo XVI, BNE, MSS/8631, fols. 91-97v.

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sobre todo porque lo visual-nobiliario debe entenderse más allá de los hechos puramente administrativos y otros mecanismos de ennoblecimiento, para ser interpretado como un aspecto esencial de la construcción del «yo» y del «ser» noble dentro de la constante presencia de la identidad nobiliaria como forma de expresión social del valor y mérito personal en una sociedad en abierta mudanza. El siglo XVII fue, en líneas generales, un periodo de esplendor de lo nobiliario y de sus signos de expresión; por ello la representación y confirmación de los mismos, más allá de la legitimación que suponían, exigía de una protección más que evidente. El objetivo final de la heráldica, como definición de la nobleza y su salvaguardia por parte de las leyes, era eliminar el peso que lo efímero barroco tenía, para coadyuvar mediante su protección a construir una imagen que presentaba un claro y abierto poder, no ya porque se refiera a un poder concreto, sino para resaltar la potencia expresiva de determinadas imágenes43. La cuestión reside en legitimar la fuerza de la producción escénica de los preeminentes y reputados socialmente en busca de una trascendencia que, quizá, sea contrarreformista44 pero que, en cualquier caso, pretendía resaltar los horizontes de la recepción como formas para-documentales que dominan el tiempo largo de todas las edades del hombre. Con todo ello se conseguían efectos retóricos de persuasión, formas evidentes de poder y determinaciones que afectaban al ámbito de lo jurídico y sometían las estrategias informativas que se elaboran sobre lo nobiliario y el honor de la nobleza en una suerte de acción y reacción en las que, como hemos visto, estaban inmersos todos los agentes sociales de su tiempo. No es la heráldica una suerte de revival de bizarras formas de la ética caballeresca, sino todo un arsenal de definición de lo nobiliario y de su defensa como garante del orden social. Se trata de un completo lenguaje visual, sistematizado y codificado por los Reyes de Armas y por la fuerza de una legislación que intenta controlar la manifestación pública de la honra, lo que permitía su uso como herramienta de construcción de una identidad que no traspase los límites del imaginario. Es una forma de eternidad que tomaba lo individual para sumar signos de prestigio mediante la efectividad testimonial de lo temporal y que obligaba a su conservación.

43

Sobre este asunto ver Georges , El poder en escenas. De la representación del poder al poder de la representación, Barcelona, Paidós, 1994. 44 Fernando , Barroco. Representación e ideología en el mundo hispánico (1580-1680), Madrid, Cátedra, 2002, p. 165.

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Todo ello se puede resumir en un hecho contra-factual. Imaginemos el retrato realizado tras la concesión de un hábito o una certificación de unas determinadas armerías, o los retratos escritos referidos a determinados individuos, como virreyes45, gobernadores u otros miembros del entramado burocrático de la monarquía; el atentado contra estos elementos supondría una perturbación bastante elocuente del honor, además de cuestionar las variadas formas de textualidad subalterna, de «artefactos ideológicos». La heráldica y la violencia contra ella durante la Edad Moderna proponen una hermenéutica del hecho nobiliario basada en una cosmovisión del sistema del honor y sus formas de adquisición y exhibición, dentro del marco social que evidencia las variadas formas de conflicto y consenso que se dieron en Castilla durante los siglos XVI y XVII. Linajes, armerías y oficios se convirtieron en rasgos identificativos de lo nobiliario. Por otro lado, la tremenda operatividad social que adquirieron éstos durante la Edad Moderna estaba reflejada en la inmensa proliferación de textos impresos y manuscritos que se escribieron y que ponen en relación la teoría intelectual sobre la nobleza con la práctica. En definitiva, el discurso sobre la violencia heráldica y su defensa se articula siguiendo un patrón clásico, en el que el honor es el valor supremo y se extiende tanto a las familias como a los miembros de ellas debiendo ser protegido, por leve o banal que pueda parecernos a los ojos del siglo XXI, de una «infamia» contra un blasón, porque todos los nobles, todas las casas nobles, usaban sus armerías como señal, […] tiene la muy noble familia de Prieto su casa solariega en el valle de Barriedo, cerca de la Villa de Celaya […] que con razón podemos llamarla, madre de la nobleza de España[…] Las que vsan los Prietos, según el Licenciado Francisco Cascales […] vn escudo partido en pala a la mano derecha, vna aguila roja en campo de oro; y a la izquierda, vna torre sobre ondas de mar y dos leones asidos a ella, orlado todo con ocho aspas de la manera que aquí se ve 46.

45

Ángela , A invenção de Goa. Poder Imperial e conversões culturais nos séculos XVI-XVII, Lisboa, 2008. Y su texto «Nobres por geração. A consciência de si dos descendentes portugueses na Goa seiscentista», Cultura, 24, 2007, pp. 89-118. 46 Rodrigo , Noticia de las antiguas y nobles familias de Prieto, Cortes y Estrada y de las armas que vsan, circa 1650, BNE, Ms. 11468.

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La nobleza y su representación heráldica en el territorio instituían, desde el siglo XV, una conquista visual del territorio urbano y jurisdiccional. Constituía tanto una práctica habitual como una perspectiva de explicación de su cultura política. No importa ahora lo racional o irracional de las construcciones heráldicas, las armerías nobiliarias durante la Edad Moderna y en el ámbito castellano formaban una noción de libertad y de privilegio muy determinada, por ello, los ataques directos contra las armerías eran también una forma «violenta» de perversión del orden. No solamente las arremetidas eruditas de tal o cual nobilista, sino los más feroces ataques y agresiones con la pica sobre la piedra eran, en sí mismas, una forma de reescritura del poder en el territorio y en el orden político. Por todo ello, la heráldica no sólo es reflejo de un complejo lenguaje compositivo, sino que es irradiación de la gramática social y de las razones del linaje.

Frías, c. 371, d. 23, Informe del alcalde mayor del Adelantamiento de Burgos, sobre la oposición del concejo de la villa de Monasterio de Rodilla a que se ponga el escudo de armas de los Condestables de la casa consistorial. ——, Luque, c. 194, d. 330-333, Informe presentado por Juan de Gamiz Ordóñez

Carrillo para justificar su nobleza y la posesión de la villa de Priego de Córdoba (Córdoba), como descendiente de Diego Ordóñez como alférez mayor de Alfonso XI rey de Castilla. ——, Osuna, c. 287, d. 131, Alegación impresa del duque del Infantado en el pleito con

la ciudad de Granada sobre la colocación del escudo de armas del duque en la puerta de la carnicería de la plaza de Bibarambla.

78


——, Osuna, c. 301, d. 69, Escritura de transacción entre Álvaro López de Zúñiga

Guzmán, II Duque de Béjar y el prior del Convento de San Vicente de Plasencia sobre poner el escudo de armas del duque en dicho convento y capilla mayor. ——, Osuna, c. 309, d. 16, Pleito seguido entre el Convento de San Agustín en

Salamanca y Francisca de Leiva, madre de Rodrigo Nieto de Fonseca, por haber quitado el escudo de la familia de la capilla donde está enterrada su familia. ——, Osuna, c. 316, d. 92-93, Copia de un memorial que duque de Béjar, remitido al

rey de España, quejándose de que las monjas del Convento de Santa Cruz de Valladolid habían tapado los escudos de armas de la casa de los Zúñiga para poder pintar la iglesia de dicho convento. Incluye una carta original de las monjas de dicho convento al duque de Béjar sobre que no fue su intención hacer mal en quitar los escudos de armas. ——, Osuna, c. 256, d. 1243, Carta de Juan Lanz de Cassafonda a [María Alberta de

Castro Portugal Borja], [(X)] duquesa de Béjar, por la que le advierte que la comunidad del Convento de Santo Domingo de Plasencia (Cáceres) va a retirar de la tribuna de la iglesia un escudo de la casa ducal. Cédulas y Pragmáticas, caja 16, 4, Expediente por el que se establece la retirada de las armas de Portugal del escudo real. ——, Pergaminos, carpeta 18-1-1, Testimonio Notarial del colegio de notarios de Milán

(Italia), reconociendo la nobleza y antigüedad de la familia Alioprando a petición de César Aliprando, con el título de duque. ——, Registro de Ejecutorias, caja 778, 9, Ejecutoria del pleito litigado por Gutierre de

Carvajal, obispo de Plasencia (Cáceres), con Francisco de Ribera, alcalde mayor, Lope de Valmaseda y Francisco Martín, vecinos de Béjar (Salamanca), sobre la destitución no autorizada del escudo de armas del obispo de Plasencia por los del duque de Béjar.

Segunda Partida, ed. Gregorio López Madera, Madrid, Boletín Oficial del Estado, 1985.

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, Filemón, «Cartas ejecutorias. Aportación a la Diplomática judicial», Estudis Castellonencs, 6, 1994-95, pp. 1445-1453. Georges, El poder en escenas. De la representación del poder al poder de la representación, Barcelona, Paidós, 1994. , Hans, Antropología de la imagen, Buenos Aires, Katz, 2007. Fernando, Imagen y propaganda. Capítulos de la historia cultural del reinado de Felipe II, Madrid, Akal, 1998. , Sancho, Nobiliario, eds. José Antonio Guillén Berrendero y Manuel Amador González Fuertes, Murcia, Editum, 2014. , Vicente, Fundamentos de Heráldica (ciencia del Blasón), Madrid, Ediciones Hidalguía, 1975. , Bartholomaei, Tractatur de Servitutibus tam Urbanorum quam Rusticorum Praediorum, Lausannae-Genevae, Marci Michaelis Bousquet & socior, 1745. Adolfo, Sangre honor y privilegio. La nobleza española bajo los Austrias, Barcelona, Ariel, 2000. , Barthélémy de, Catalogus gloriae mundi, laudes, honores, excellentias ac preeminentias omnium fere statuum, Lugduni, G. Regnault, 1546. , Esteban de, Compendio historial de las chrónicas y universal historia de todos los reynos, tomo qvuarto, Barcelona, Sebastián de Cormellas, 1628. , David, La nobleza en la Edad Moderna, Madrid, Itsmo, 1992. , Carlo, «Représemtation: le mot, l´idée, la chose», Annales, 6, 1991, pp. 1219-1234. Juan Benito, Tratado de nobleza e de los títulos e ditados que oy dia tienen los claros y grandes varones, Madrid, por la viuda de Alonso Gómez, 1591. , Gaspar, Noticia general para la estimación de las artes, Madrid, Pedro Madrigal, 1600. , Richard L., Pleitos y pleiteantes en Castilla, 1500-1700, Salamanca, Ediciones de Castilla y León, 1991. , Louis, Le protrait du roi, Paris, Minuit, 1981. , Bernabé, Discursos de la nobleza de España, Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1622.

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RECIBIDO: ABRIL 2017 APROBADO: JULIO 2017 DOI: 10.14643/52B

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En este artículo se analiza la violencia banderiza en la que se vio envuelta la nobleza de los reinos levantinos de la Monarquía española en clave simbólica, como una manera de, más allá del ataque físico, dañar el cuerpo político del rival. Desde esta perspectiva, la agresión se concebía en términos totales, dirigida contra las comunidades imaginarias que constituían las Casas nobiliarias y los linajes, contra sus elementos constitutivos. De esta manera, se propone una visión de la violencia nobiliaria coherente con las últimas interpretaciones sobre los imaginarios que sustentaban las prácticas nobiliarias en el siglo XVII. Palabras claves: violencia nobiliaria, comunidad imaginada, dos cuerpos del noble.

This article analyses the factional violence that was present in the Mediterranean kingdoms of the Spanish Monarchy from a symbolic point of view. I argue that the violence against noblemen and noblewomen, their houses and other symbols were a way of attacking their natural but also their political bodies. This form of total violence -physical and symboliccontributed to include the imagined communities that were noble households in the field of the inter-aristocratic struggle in 17th century. Keywords: noble violence, aristocrats’ two bodies, imagined communities.


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I

El 24 de mayo de 1619 tuvo lugar uno de los asesinatos más sonados de los muchísimos que en el siglo XVII se cometieron en el Reino de

Mallorca2. La tarde de aquel día se disponía a bajar de su coche, para entrar en su casa de Ciutat3, el caballero y oidor de la Real Audiencia de Mallorca, don Jaime Juan de Berga, cuando dos hombres emboscados le dispararon, causándole gravísimas heridas que le causarían la muerte al poco de haberse producido el atentado, con tiempo sólo para darle la extremaunción4. Aquel crimen dio lugar a una oleada de investigaciones y detenciones de tal envergadura que no hicieron sino aumentar el escándalo; muchas personas principales fueron interrogadas y se descubrieron numerosas tramas y ramificaciones que confluían y partían del asesinato del oidor de la Real Audiencia5. Pero, en realidad, aquel atentado mortal no había sido sino uno más de los episodios que jalonaron la historia de sangre derramada en el fragor de las luchas banderizas mallorquinas que los estudios especializados hacen remontar a finales del siglo XIV. Sin embargo, éstas, sin duda, conocieron un recrudecimiento a partir de los violentos enfrentamientos entre Torrellas y Puigdorfilas en el siglo XVI, que en el XVII derivaron en la guerra entre Canamunt y Canavall6, los bandos en los que se encuadraban las facciones nobiliarias por entonces enemistadas. En este último contexto es en el que ha de inserirse el asesinato del oidor don Jaime Juan de Berga. Al mismo tiempo, estos ciclos de violencia exacerbada que asolaron durante la Edad Moderna, siguiendo las inercias medievales, al Reino de Mallorca han de ser considerados como parte de la endémica presencia del bandolerismo nobiliario en los 1

Este artículo ha sido escrito en el marco de los proyectos de investigación: MINECO «Elites financieras y burocráticas de la Monarquía Hispánica: redes de solidaridad nobiliaria, patronazgo y estrategias de familia (1621-1725)». Ref. HAR2015-69143-P, y POSTORY: Historiadores, Mnemohistorias y los artesanos del pasado en la era posturística, EACEA-1572-2013; así como en el ámbito del CIDEHUSUID/HIS/00057/2013 (POCI-01-0145-FEDER-007702). 2 Sobre el significado, en el contexto de la violencia extrema en la Mallorca del siglo XVII, de la muerte de Jaime Juan de Berga y de los procesos subsiguientes, véase el clásico Aina , Canamunt i Canavall. Els conflictes socials a Mallorca en el segle XVII, Palma, Editorial Moll, 1981, pp. 113- 127. 3 Ciutat de Mallorca fue el nombre utilizado para referirse a la ciudad de Palma entre los siglos XIII y XVIII. 4 Álvaro , Cronicón Mayoricense, Palma, Ayuntamiento de Palma, 1984, p. 369. 5 Aina , op. cit., p. 114. 6 Jaume , Els bandolers a Mallorca (ss. XVI- XVII), Palma, El Tall, 1997, pp. 39- 40.

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diferentes reinos y señoríos que componían la Corona de Aragón, de la que tampoco era exclusiva pues, de una u otra manera,

este fenómeno se observaba en todo el

Mediterráneo occidental cristiano7. Como se ha señalado, por el contrario, el fenómeno del bandolerismo nobiliario y de la violencia banderiza había sido erradicado en Castilla llegado el siglo XVII8. Allí, a partir del siglo XVI, cuando fueron quedando atrás las guerras civiles del siglo XV, acabaron para siempre las coaliciones nobiliarias9 y surgieron otras formas de resistencia basadas más en la violencia simbólica que en la física, propias, usando la terminología de Norbert Elias (1969), de una sociedad cortesana10. De esta manera, los enfrentamientos entre facciones nobiliarias y sus desafíos a la Corona se tradujeron en desacatos como los matrimonios no autorizados por el rey11, los conflictos de precedencias o las huelgas de Grandes12 que dejaron de acudir a la corte para servir al rey para demostrar su descontento por determinadas decisiones políticas, como tan frecuentemente sucedió durante, por ejemplo, la privanza del conde-duque de Olivares. Pero en ciertos territorios de la Corona de Aragón, donde la corte, con su capacidad de dispensar mercedes, quedaba lejos, se mantuvieron las tradicionales formas violentas de lucha tanto entre las facciones nobiliarias entre sí como en sus desafíos a la autoridad real. Territorio especialmente alejado del modelo de sociedad cortesana, descrito con tanta fortuna por Norbert Elias, lo constituía el insular Reino de Mallorca, escenario del asesinato del oidor Jaime Juan de Berga en 1619, donde ni la existencia de una corte 7

Braudel en su clásico sobre el mundo mediterráneo (1949) dedicó un epígrafe a las relaciones entre bandolerismo y nobleza italiana, donde señala varios casos entre los que cabe destacar el del duque de Montemarciano, nada más y nada menos que un Piccolomini, que acabaría siendo ejecutado en Florencia en marzo de 1591. Fernand , The Mediterranean and the Mediterranean world in the age of Philip II, Londres, The Folio Society, 2000, II, pp. 345- 346. 8 Santiago , «“Por estar tan acostumbrados a cometer semejantes excesos”: una aproximación a la violencia nobiliaria en la corte española del seiscientos», en Nobilitas. Estudios sobre la nobleza y lo nobiliario en la Europa Moderna, dirs. Juan Hernández Franco, José A. Guillén Berrendero y Santiago Martínez Hernández, Madrid, Sílex, 2014, pp. 255-297. Para una bibliografía sobre el bandolerismo valenciano y catalán remitimos a Ibídem, n. 66. A ella podemos añadir, para el caso de Mallorca, Aina , op. cit., y Jaume , op. cit. 9 Para las coaliciones nobiliarias tardomedievales véase, por ejemplo, Dolores Carmen , «Las confederaciones nobiliarias de Castilla durante la guerra civil de 1465», Anuario de estudios medievales, 18, 1988, pp. 455- 467. 10 Norbert , La sociedad cortesana, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1993. 11 Para un ejemplo de este tipo de desacatos a la autoridad real, véase Santiago , El marqués de Velada y la corte en los reinados de Felipe II y Felipe III. Nobleza cortesana y cultura política en la España del Siglo de Oro, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2004, pp. 177- 178; y para las formas que adquiría la violencia nobiliaria en Castilla, Santiago , op. cit., 2014. 12 Concepto brillantemente acuñado, como se sabe, por Gregorio , El conde-duque de Olivares. La pasión de mandar, Madrid, Espasa Calpe, 1936, pp. 129-131.

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virreinal próspera o políticamente influyente podía paliar la lejanía del rey Católico y su providencial gracia. Si el asesinato de don Jaime Juan de Berga suscitó una reacción más contundente de lo habitual, aunque fallida, por parte de las autoridades reales, no fue porque constituyera aquella muerte violenta un hecho extraordinario, sino por su carácter especialmente subversivo y por el desafío a la autoridad que suponía el asesinato de un oidor de la Audiencia de Mallorca, creada hacía relativamente poco en virtud de la Real Pragmática otorgada por Felipe II en Aranjuez en mayo de 1571 13. A todos los efectos, el juez Juan de Berga representaba la justicia del rey. Como señalaría el virrey don Juan Francisco Juan de Torres en el edicto que promulgó dos meses después del crimen, el 1 de agosto de 1619, quienes habían maquinado, cometido y colaborado en el asesinato del juez eran culpables de «lo detestable crim y delicte de lesa Magestat» y, por tanto, debían «ser tinguts, y tractats per rebelles y traydors a sa Magestat, y de ser punits y castigats ab les penes de tals, que son de la vida, confiscació de bens, y de ser inhabils ells, y tots sos descendents pera qualseuol dignitats, carrechs, y officis [...]»14. Del proceso por el asesinato de Berga resultaron dos condenas a muerte, la de uno de sus autores materiales, el conocido bandolero Antonio Gibert, alias Treufoch, y la de un joven caballero vinculado a una de las familias más señaladas de las banderías nobiliarias de aquel momento, don Jerónimo Pedro Cavallería, uno de cuyos hermanos había sido condenado a muerte por el occiso oidor de la Real Audiencia por otro homicidio. Treufoch fue detenido el 9 de agosto, su sentencia de muerte fue publicada al día siguiente y ejecutada el día 14. El reo fue conducido, desde la cárcel hasta el lugar de la ejecución, en un carro tirado por dos caballos, desnudo hasta la cintura, asistido por cuatro padres jesuitas. En el mismo carro había un pilón y un brasero encendido y los instrumentos necesarios para atenacearlo, siguiendo lo que dictaba su condena. Pero ese suplicio le fue perdonado a petición de los jesuitas y por gracia del virrey. Frente a la casa de don Jaime Juan de Berga se le cortaron la mano y la oreja derechas, pero se le perdonaron el resto de mutilaciones previstas en la condena (la de la mano izquierda frente al Palacio Real, sede virreinal, y el ser arrastrado por un caballo hasta la plaza de Santa Eulalia, lugar dispuesto para su ejecución) para que llegara vivo al patíbulo. Fue 13

Para la Real Audiencia de Mallorca véase Josep , El sistema de gobierno en el Reino de Mallorca (siglos XV- XVII), Palma, El Tall, 1996, pp. 215- 239. 14 Edicto Real publicado en el apéndice documental de Aina , op. cit., pp. 282-284.

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finalmente degollado y descuartizado, siendo colocados sus cuartos en distintos lugares públicos para que sirvieran de ejemplo y su cabeza puesta en la llamada Torre dels caps [de las cabezas], en la cuesta de la catedral. El 7 de noviembre fue sentenciado a muerte don Jerónimo Pablo Cavallería, condena que fue ejecutada el día 15. Se le sacó a la vergüenza vestido de luto y conducido a un no menos enlutado cadalso instalado en la plaza de Santa Eulalia. Allí confesó públicamente sus delitos y se le dio garrote. Tras su muerte su cabeza fue colocada en la Torre dels caps15. Las violentas y atroces ejecuciones de Treufoch y de don Jerónimo Pablo Cavallería ilustran el fenómeno, magistralmente descrito en 1975 por Michel Foucault en su estudio sobre la genealogía de los sistemas penales, del castigo ejercido sobre el cuerpo en el transcurso de lo que llamó el espectáculo de los suplicios16. En el estadio punitivo anterior a los contemporáneos sistemas penales, el cuerpo constituía un elemento esencial de este ceremonial17, que debía ser público y físico. Porque el crimen, tal y como se concebía en la Edad Moderna, previamente se había cobrado siempre dos víctimas: la que lo sufría en primera instancia y el soberano, cuyas leyes y voluntad el delito desafiaba abiertamente. El delito suponía un desacato físico a la autoridad real y, por tanto, por la fuerza física, de modo brutal, atroz, debía ser restablecido el orden que el infractor había subvertido. El suplicio fiero e inhumano, tenía, por tanto, una función jurídico-política pues constituía un ceremonial para restablecer o sanar la soberanía menoscabada. Frente al crimen que había osado desafiar a la autoridad del soberano, la ejecución mostraba la fuerza real invencible18. Sin duda el potencial subversivo, que en ningún caso podía esperar clemencia, estaba, si cabía, mucho más presente en los casos de crimen de lesa majestad como el que cometieron los asesinos del oidor de la Real Audiencia de Mallorca. Tanto Treufoch como Cavallería fueron torturados y ejecutados, con las diferencias a las que obligaba su distinta condición social, por el asesinato de Juan de Berga y por la traición que

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Para ambas ejecuciones seguimos el relato recogido, a partir de documentación de la época, en la decimonónica obra miscelánea de Álvaro , op. cit., pp. 369- 374. 16 Michel , Vigiar e punir. Nascimento da prisão, Lisboa, Edições 70, 2013, p. 42. 17 Ibíd., p. 53. 18 Ibíd., pp. 58-59. La dimensión social del conflicto del que eran síntoma los delitos venía determinada también por la conmoción que era capaz de generar (Tomás , «Los impactos de la criminalidad en sociedades del Antiguo Régimen», Vínculos de Historia, 3, 2014, pp. 54-74). A sanar dicha conmoción social acudía también el castigo real.

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supuso matar a arcabuzazos a un juez real. Para el ensañamiento con que después eran tratados, castigados, los cuerpos de los asesinos, normalmente despedazados y expuestos públicamente, Foucault halla una explicación en la clásica teoría de los dos cuerpos del soberano que felizmente acuñó Ernst Kantorowicz en 195719. Siguiendo la nomenclatura kantorowicziana, Foucault sugiere que el castigo, la violencia ejercida sobre el cuerpo del infractor, hace que éste se desdoble al igual que la soberanía hace que el del rey se duplique en una naturaleza política -su condición real, eterna- y otra natural -su contingente cuerpo mortal-20. Así, una vez castigado el cuerpo natural, el cadáver que albergaba ya sólo vida simbólica -la del crimen- era despedazado y repartido entre distintos lugares emblemáticos vinculados a las personas o instituciones que habían sido menoscabadas por el crimen punido. Estas consideraciones sobre la bicorporalidad y su relación con la violencia ejercida por quienes castigan en nombre del rey nos ponen en grado de explicitar ahora la hipótesis que guía este artículo. Como se ha mostrado en algunos trabajos, la teoría de los dos cuerpos, además de al rey, es igualmente aplicable a los nobles de la Edad Moderna21. Partiendo de esta premisa, vamos a sostener que, del mismo modo que la justicia penal moderna pretende castigar en el cuerpo físico también el político de los condenados, la violencia procedente de otras instancias distintas a la real, ejercida contra los nobles (instigada y ejercida en muchos de los casos por otros nobles) se encamina también a dañar a ambas instancias corporales. Es decir, que los atentados y las agresiones producidas en el contexto de las guerras y luchas nobiliarias banderizas que se vivieron en los territorios de la Corona de Aragón durante los siglos XVI y XVII no fueron actos violentos que se agotaban en sí mismos o en las lógicas de ataque y represalia contra el enemigo, sino que también estaban dotados de carga simbólica. No sólo pretendieron aquellos ataques matar o agredir físicamente, sino que también fueron una forma de intentar destruir simbólicamente a las víctimas en lo que les confería identidad: su Casa y su linaje.

19

Ernst H. , Los dos cuerpos del rey. Un estudio de teología política medieval, Madrid, Alianza, 1985. 20 Michel , op. cit., p. 37. 21 Sobre los dos cuerpos del noble, siguiendo la fecunda teoría de Kantorowicz, véase Antonio , «Legal enemies, beloved brothers: high nobility, family conflict and the aristocrats' two bodies in early-modern Castile», European Review of History, 17:5, 2010, pp. 719- 734 y La Casa de Silva y los duques de Pastrana. Linaje, contingencia y pleito en el siglo XVII, Madrid, Marcial Pons y CEEH, 2012, pp. 97-126.

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La violencia banderiza de los reinos de la Corona de Aragón, como ha demostrado la ya abundante bibliografía, comprende y responde a una gran variedad de realidades y fenómenos, a veces interconectados, tales como las guerras privadas entre señores, disputas intercomunitarias, resistencias locales a la jurisdicción señorial, luchas de facciones y venganzas familiares, aristocráticas o no22. En estas páginas no se discutirán ni distinguirá entre las causas de los fenómenos englobados en la violencia banderiza, sino que vamos a centrarnos tan sólo en el significado simbólico de la práctica de dicha violencia a través de varios ejemplos extraídos de los múltiples casos de extrema agresividad que se produjeron en dos reinos mediterráneos de la Monarquía Católica en el siglo XVII: el de Mallorca y el de Valencia23.

Resulta ya un tópico historiográfico señalar que, llegado el siglo XVII, los linajes y las Casas24 se habían convertido en elementos indispensables de encuadramiento de la nobleza. Cada gran linaje se subdividía en ramas mayores y menores, todas ellas unidas, en el plano práctico, por una serie de intereses comunes, y en el teórico por la vinculación a un antepasado, más o menos mítico, común. En un mundo determinado por lo que Duby calificó de «estado mental dinástico»25, antepasados comunes, en muchos casos orígenes reales, un solar conocido, servicios prestados por sus miembros a los reyes y a Dios a lo largo de la historia constituían los elementos de lo que se ha llamado, siguiendo el concepto acuñado para las naciones por Anderson (1979) 26, la 22

Xavier , Els bandolers (s. XVI- XVII), Vic, Eumo, 1991, p. 14. Sobre violencia nobiliaria en el reino de Valencia véase, por ejemplo, Jorge Antonio , «Consideraciones sobre el desenlace del proceso de pacificación de la nobleza valenciana», Studia historica. Historia moderna, 23, 1997, pp. 211-252 y «Violencia nobiliaria y orden público en Valencia durante el reinado de Felipe III: Una reflexión sobre el poder de la nobleza y la autoridad de la monarquía», Estudis: Revista de historia moderna, 20, 1994, pp. 105-120. 24 Los conceptos de Casa y linaje, aun en la documentación de la época, a veces parecen confundirse, aunque se refieren a realidades distintas aunque cercanas. En líneas generales, podemos entender el linaje como el conjunto de personas descendientes por parte paterna o materna de un antepasado real o mítico común. La Casa haría referencia a un señor, a su cónyuge, sus hijos, su eventual parentela dependiente (padres, hermanos, familia política, tíos, sobrinos...) y criados. De entre la abundante bibliografía sobre el tema véase, por ejemplo, Enrique , La nobleza en la España moderna. Cambio y continuidad, Madrid, Marcial Pons, 2007, pp. 116-117. 25 Georges , «Lineage, Nobility, and Chivalry in the Region of Mâçon during the Twelfth Century», en Family, and Society. Selections from the Annales, Économies, Societés, Civilisations, eds. Robert Forster y Orest Ranum, Baltimore y Londres, Johns Hopkins University Press, 1976, pp. 16-40. 26 Benedict , Imagined communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, Londres y Nueva York, Verso, 1991. 23

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comunidad imaginada de las Casas nobiliarias27. Todos los miembros de una Casa nobiliaria, vivos y muertos, constituían un cuerpo político unido por intereses dinásticos y por una serie de elementos simbólicos, imaginarios, que representaban su unidad. De la misma manera que todos participaban del mismo capital simbólico, un ataque a cualquiera de sus miembros o sus símbolos constituía un ataque al conjunto, a la Casa, que no podía quedar sin respuesta -violenta y simbólica a la vez, en el contexto de exacerbado conflicto banderizo en el que nos centramos en estas páginas-. Una primera evidencia de la conciencia de que nunca se consideraba que era atacado sólo un individuo, sino toda su Casa -el cuerpo natural no podía separarse del político en estos casos-, lo que obligaba a todos sus parientes a responder al ataque actuando contra el agresor y contra miembros de su propia Casa, la hallamos en las prevenciones virreinales que se repiten en varios reinos y en distintas cronologías para tratar de evitar las venganzas contra individuos que no tenían las manos manchadas de sangre. En la madrugada del viernes 20 de enero de 1595 atracaba en el puerto de Palma La coltellera. Llevaba a bordo a don Fernando Zanoguera, que venía a tomar posesión de su cargo como virrey y capitán general del Reino de Mallorca28, vacante tras la muerte en septiembre del año anterior de su antecesor, don Luis Vich y Manrique. Poco tiempo después de su toma de posesión, que tuvo lugar el 30 de enero, el 16 de marzo de 1595 publicó un pregón general divido en 98 capítulos que recogían las disposiciones tomadas por los anteriores virreyes29. Y, precisamente, el capítulo XXII30 se dedicaba a prevenir esta materia. Bajo el título de «Contra los que pendran venjançe de parents del offenedor», condenaba, por ser un crimen grave y contrario a todo derecho natural, y extraño a la razón, que los inocentes recibieran daño por los crímenes cometidos por los culpables, con la pena de muerte o de galera a quien asesinara o hiriera por venganza a los padres, hijos, hermanos, tíos, sobrinos, primos hermanos u otros parientes y amigos (es decir, a los miembros de sus Casas) del autor o autores de sus agravios. Nada alteró la proclamación de estas medidas y las prácticas que pretendían abolir siguieron

27

Sobre las Casas nobiliarias como comunidades imaginadas, seguimos a , op. cit., 2012, pp. 45-66. 28 Tomás , Virreyes de Mallorca, Palma, Francisco Pons, 1959, p. 43. 29 J. Alfredo , «Los pregones del virrey D. Hernando de Çanoguera (1595- 1604)», BSAL, 40, 1984, pp. 203-242. 30 Los 98 capítulos del edicto publicados en íbid., pp. 209-242. El número 22 se halla en la página 217.

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plenamente vigentes durante toda la centuria e, incluso, acabarían obligando a afinar el alcance de la culpabilidad en las prácticas vindicativas contra «inocentes». En 1671, el mismo año de su toma de posesión como virrey de Mallorca, don Juan Francisco Cebrián, conde de Fuenclara, publicó su propia colección de «Edictes Reals». El número XXIII, titulado igual que el XXII de su antecesor Zanoguera, reiteraba la condena a quienes atentaran contra parientes de quienes les hubieran agraviado a ellos o a sus deudos, ampliando el radio de culpabilidad, más allá de los autores materiales de la venganza, a aquellos que hubieran ordenado y/o colaborado en el atentado31. Aquello que la autoridad real se veía obligada a considerar como violencia injustificada contra inocentes, desde la óptica del imaginario social de la época, no era sino un acto de justicia particular contra los cuerpos políticos que participaban de la misma naturaleza que los agresores de los que pretendían cobrarse venganza. Cuando, por ejemplo, un noble mataba a arcabuzazos al hermano del asesino de su propio hermano, no se trataba del asesinato de un individuo particular, sino de la venganza que una Casa nobiliaria llevaba a cabo contra otra que previamente la había agredido. La propia autoridad real, representada en los territorios de la Corona de Aragón por virreyes salidos de las filas de la nobleza, era perfectamente consciente de ello, aunque debía obviar tal realidad en su afán por pacificar aquellos reinos y evitar el mayor número posible de ajustes de cuentas que escapaban a la acción de su propia justicia. De las contradicciones que generaba tal realidad no escapaban ni las propias disposiciones emanadas por la autoridad real. Si por una parte se pretendía castigar como algo injusto las venganzas ejercidas sobre parientes o miembros del linaje y la Casa de agraviadores, por la otra se pretendía, o, al menos, se tomaba en consideración la idea de combatir a los cabecillas de las banderías estableciendo una especie de cordón sanitario que afectaba a todos sus parientes. El 7 de mayo de 1624 un anónimo autor elevó unos apuntes para la «Pragmática que se ha de hacer» en el Reino de Valencia32. Allí se sugería, entre otras medidas, que se tomara en consideración la conveniencia de incluir, en la futura pragmática, «la expulsion de los deudos de ambos sexos y en que grados y a que distancia y si convendria poner la inhabilitacion y privacion de officios y honras»33.

31

Edictes Reals Fetas per lo Illustrissim Señor Don Iuan Francisco Cebrian, conte de Fontclara, virrey, y capita general en lo present Regna de Mallorca, Mallorca, Raphael Moge y Thomas, 1671, p. 14. 32 ACA, Consejo de Aragón, leg. 583, núm. 7. 33 Ibíd.

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Pero lo cierto era que, pese a las amenazas reales, las violencias cometidas en el fragor de las luchas banderizas barrocas acababan envolviendo a todos los miembros de las Casas y linajes enfrentados. Un caso paradigmático lo constituye lo ocurrido tres años después de la llegada del virrey Zanoguera a la capital del Reino de Mallorca, en un episodio que constituyó el pistoletazo de salida para el recrudecimiento de las violencias de las distintas parcialidades que ensangrentarían la isla durante todo el siglo XVII. En marzo de 1598 don Nicolás Rusiñol, que había pretendido la mano de doña Isabel Anglada, que por entonces tenía 17 años, se sintió ofendido cuando los Anglada rechazaron de plano el matrimonio de la pareja. Como venganza, Nicolás Rusiñol difamó a su fallida prometida, «parlant mal certes paraules»34. También fue gravemente infamada la madre de doña Isabel, doña Juana Gual Anglada. Aquellos no podían ni iban a ser considerados sólo insultos contra doña Isabel y su madre doña Juana, sino que eran también, y en este sentido serían interpretados, un ataque contra su linaje todo. Así lo reconocía la propia autoridad real. En la colección de edictos del virrey Zanoguera antes mencionada se reservaba un capítulo específico para tales crímenes, el número LXXX, bajo el epígrafe «Contra los qui se jactaran de haver besat o tingut acte desonest ab alguna dona»35. Allí se afirmaba que quien tal hacía, cometía un crimen porque con ello lo que pretendía era infamar a las agraviadas, pero también a sus maridos, padres, madres, hermanos y otros parientes36. Es decir, a sus Casas. Y en aquel caso concreto, sería toda la Casa Anglada la que respondería al ataque. Días después del insulto se produjo un casi literal choque de Casas. Un nutrido grupo de miembros de la familia Anglada, («Luis Anglade, Francesch Anglade son germà, Miquel Anglade del carrer de San Jaume, fill de Juanot Anglada, Pera Anglade, fill de Juanot Anglade, Pera Anglade fill de Pera Honofre, Miquel Anglade fill de Miquel, Pera Antoni Anglade fill de Bernadí y Juanot Anglade, Miquel Vivot, Nicolau Tugoras, Pelay Berart, D. Arnau Moix y Gregori Fuster y Juan Vallés criat de Pere Fuster Vivot»37) que incluía a hermanos, primos y demás parientes de doña Isabel, salió en busca de los Rusiñol, a los que encontraron en el Borne (Martín Rusiñol y su hijo Nicolau el ofensor, Joanot, hermano de Martín, Nicolau Rusiñol de Defla, Miquel Juan 34

Seguimos para estos hechos la relación anónima reproducida en Álvaro pp. 341- 342. 35 J. Alfredo , op. cit., p. 234. 36 Ibíd. 37 Álvaro , op. cit., p. 341.

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, op. cit.,


Español, Francesch Comelles, Jerónimo Pont y Jordi de San Juan), y les persiguieron hasta la plaza de la catedral, donde mataron a Juanot Rusiñol, el tío de quien había insultado a Isabel Anglada, y a Jordi de San Juan. Los supervivientes se refugiaron en la catedral, donde el virrey estada escuchando un sermón. Los Anglada se acogieron al sagrado del convento de Santo Domingo, dando comienzo a los consabidos enfrentamientos entre el virrey y las autoridades eclesiásticas que culminarían con la aceptación de que el sagrado les había valido a los Anglada. Sin embargo, Juanot Rusiñol y Jordi de San Juan no fueron los únicos que pagaron por el crimen cometido por un miembro de su Casa. Mientras los Anglada se hallaron refugiados en el convento de Santo Domingo negándose a entregarse a los hombres del virrey, éste castigó en su lugar a dos mujeres de la Casa de Anglada en su representación. Doña Juana Gual Anglada fue encarcelada y doña Isabel Anglada, la principal ofendida por los insultos de los Rusiñol, fue puesta bajo arresto en casa de doña Beatriz Fuster. Aquellas prisiones, que duraron «molts dies»38, hasta que llegaron órdenes del rey al virrey para que las liberara, no suponían ninguna voluntad política de dejar impune el crimen infamante que había a la postre causado los asesinatos de los Rusiñol. Si en calidad de miembros de la Casa de Anglada aquellas señoras sufrieron encierro, el virrey Zanoguera no dejó de perseguir a quienes las habían insultado gravemente. El 27 de abril de 1600, dos años después de aquellos aciagos acontecimientos, emitió un pregón donde recordaba las palabras «molt infamatories» y en perjuicio de la honra de doña Juana Gual y doña Isabel Anglada, de las que acusaba tanto a Martín como a su hijo Nicolau Rusiñol, por cuya captura o información que la facilitara ofrecía 1000 libras en moneda de Mallorca por cada uno de ellos39. Las mujeres de las Casas sufrieron, y sin duda ejercieron, la violencia banderiza por tener un cuerpo político vinculado a sus linajes. Son extraños los casos en los que mujeres nobles se ven envueltas en episodios de violencia, como instigadoras o víctimas, sin que haya un nexo directo con su condición de miembros de una determinada Casa nobiliaria. En una relación titulada «Exemplar de delitos atroces» cometidos por bandoleros en el Reino de Valencia40, compuesta en algún momento entre 1620 y 1650, se cuenta el caso de una «muger de calidad» que vivía con poco 38

Íbíd. Archivo del Reino de Mallorca (ARM), AH, 431, f. 190. 40 ACA, Consejo de Aragón, leg. 582, s.f. 39

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recato y que decidió vengarse de su cuñado, que no le permitía la comunicación con su hermana por su «liviandad». Para su empresa se valió de un cabecilla de los bandos que azotaban el reino. Este, concertado con ella, asaltó al cuñado en un camino y le cortó las narices y una oreja que, envueltas en un lienzo, fueron la prueba que pudo ofrecer a la furiosa señora quien, para recompensarle, medió para que pudiera acceder a un «galanteo illicito» con otra «muger de calidad» a cuyos marido y cuñado mató también más tarde el galán. La falta de detalles y datos concretos no permiten aventurar si intereses familiares guiaron estos asesinatos, aunque bien pudiera ser cuando tantos parientes acabaron muertos a manos del diligente sicario. Por lo general, los atentados contra mujeres de la nobleza respondían a la lógica de las represalias dentro de las guerras de banderías entre Casas rivales. Esto explica el asesinato de doña Magdalena Despuig, quien el 10 de julio de 1652 fue muerta a tiros en el camino de Palma a Puigpunyent41. El caso sin duda respondía al ciclo de las muertes acordadas comenzado en Mallorca a principios del siglo XVII, con los asesinatos por encargo en 1615 de mosén de Santacilia y el ya mencionado del oidor Jaime Juan de Berga en 161942. Los nobles contrataban a partidas de bandoleros para que acabaran con los señores de las parcialidades contrarias. Doña Magdalena había sido tiroteada por su condición de miembro del poderoso linaje de los Despuig. La misma lógica emana de lo ocurrido la noche del martes 13 de febrero de 1601, cuando «alguns fills de perditio induits de maligne esperit» entraron en la casa del predio de Jerónimo Pont, ciudadano de Mallorca, también en el término de la villa de Puigpunyent, e hirieron de un arcabuzazo a su viuda, Elisabet Pont43. Sin embargo, las mujeres eran susceptibles de sufrir en sus cuerpos naturales ataques horrendos para mancillar también el honor de sus linajes. La noche del domingo 2 de julio de 1595 una partida de bandoleros, con «diabolich atraviment» entraron en la casa principal del predio mallorquín de Son Arrosa, propiedad de la viuda Santa Juana, de donde se llevaron violentamente a su hija doncella, doña Beatriz Santa Juana. Cuando el virrey Zanoguera promulgó un pregón el 4 de julio declarando el crimen y ofreciendo una recompensa por los secuestradores, nada se sabía de su paradero44.

41

Álvaro , op. cit., p. 410. Jaume , op. cit., p. 31. 43 Archivo del Reino de Mallorca (ARM), AH, leg. 431, f. 208. 44 Ibídem, f. 113. 42

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El 14 de enero de 1660 fue atacado por 10 hombres un predio del término de Manacor, al este de Mallorca. Tras el asalto violaron a todas las mujeres que hallaron, lo que obligó a una salida del virrey de Ciutat en persecución de los delincuentes45. El asalto a las propiedades y viviendas, con el rapto o violación de las mujeres que en ellas vivían, tenía un doble impacto simbólico. Por una parte, la agresión sexual suponía una afrenta irreparable en el honor de las familias. Por la otra, el asalto a las propiedades suponía un ataque directo contra el símbolo más tangible de la ideología nobiliaria: la casa física46, muchas veces situada en el solar original. Todos los grandes tratadistas coincidían en señalar la importancia que el solar tenía como elemento simbólico. Siendo intangible la condición nobiliaria, y por lo tanto susceptible de olvidarse de su origen con el transcurrir de los siglos, según decía Moreno de Vargas, «introduxeron los hombres vna cosa [...] durable, que la conservasse y perpetuasse: y esta fue el solar y la casa en que vivieron»47. Así pues, además de imagen hipertangible del poder territorial y riqueza de una Casa, sus casas físicas y solares eran símbolo acreditativo de su antigüedad y de su propia nobleza. Tomarlas con violencia era un ataque directo contra todos los miembros de las Casas a las que pertenecían. Los asaltos a casas debieron ser, sin duda, muy numerosos, habida cuenta de que los virreyes se molestaron en mencionarlos en los edictos que promulgaron. Así, entre los capítulos promulgados por el virrey Zanoguera en 1595, hubo espacio para un capítulo dedicado a castigar las agresiones en el interior de las casas, que merecerían la galera temporal o perpetua o la muerte natural en función de la gravedad de los daños causados48; proclama que se repetirá en los capítulos publicados por el virrey Cebrián en 167149. De tal gravedad se consideraba este tipo de asalto que, en una carta del rey a su lugarteniente general de Valencia, datada hacia el año 1623, se le señalan los delitos en relación a los que se debería abstener de ejercer su derecho de perdón, entre ellos el de «escalar casas, offender dentro de ellas a los que viven, que en Valencia llaman trencament de Alberch»50.

45

Álvaro , op. cit., p. 420. Jaume , op. cit., p. 31. 47 Bernabé , Discurso de la nobleza de España, Madrid, Antonio del Ribero Rodríguez, 1659, p. 23. 48 J. Alfredo , op. cit., p. 217. 49 Edictes Reals, p. 13. 50 ACA, Consejo de Aragón, leg. 583, núm. 7/13. 46

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Pero, obviamente, no se limitaron a las casas solariegas los ataques contra símbolos y emblemas representativos de las Casas nobiliarias. En septiembre de 1653 el virrey de Mallorca, don Vicente Ram, conde de Montoro, escribió un informe51 sobre el hostigamiento al que un joven y rico «ciudadano» de Mallorca llamado Antonio Comellas sometía en la villa de Santa Margalida a don Ramón Zaforteza, II conde de Santa María de Formiguera. Los pleitos entre la villa y el conde habían sido constantes, agudizados desde que en julio de 1645 hubiera solicitado a Felipe IV la concesión de la jurisdicción civil plena, el mero y mixto imperio sobre Santa María de Formiguera52. Queriendo Antonio Comellas hacer alarde de su control sobre varias partidas de bandoleros y «hombrear»53, según el informe del virrey Montoro -y probablemente respondiendo, en realidad, a la hostilidad que en la villa había contra el conde-, intentó matarlo en varias ocasiones. En una de ellas maquinó una trampa para acabar con él delante de toda su familia. Propuso Comellas a sus hombres ir a hacer carreras con sus caballos a unas tierras cuya jurisdicción reclamaba el conde, frente a su casa, para obligarle a salir a impedírselo y poder así ejecutarlo. Sin embargo el plan se frustró por haber salido el conde de caza, lo que obligó a Comellas a cambiar de estrategia: dispuso a varios de sus hombres emboscados en varias partes por las que suponía que regresaría don Ramón Zaforteza, pero aun así se salvó éste por volver «por otro camino jamas ussado por el y entro en su cassa por una puerta falssa de corral, o, caualleriza54». Tras otros intentos de atentar contra la vida del conde, acechando Comellas y uno de sus hombres «las bentanas de cassa el Conde teniendo encaradas las armas a ellas», se produjo el ataque simbólico contra la Casa de Santa María de Formiguera. Viniendo una tarde la condesa acompañada de sus criados -es decir, con hombres que lucían emblemas de su Casa-, pasó frente a la morada de Antonio Comellas «por ser camino». Entonces salieron todos los «bandidos» y poniéndose en hileras portando sus pistolas y sus tabaqueras, obligaron a la condesa de Santa María de Formiguera a pasar entre ellos «y de los Humos del tabaco con alta alteración suya y poco respeto y reuerencia de ellos»55.

51

Seguimos la versión de dicho informe publicada en Aina Ibíd., p. 314. 53 Ibíd., p. 316. 54 Ibíd. 55 Ibíd., p. 317. 52

97

, op. cit., pp. 315-318.


Las agresiones físicas no excluían las simbólicas, de la misma manera que se podían cometer atentados simbólicos contra los cuerpos políticos de la nobleza sin que siempre se siguiera el uso de la violencia convencional. Todo formaba parte del mismo ataque, de la misma forma de agresión en el combate en el que se veían envueltas las facciones que se enfrentaban en las luchas banderizas, un combate en el que tanto interesaba matar al cuerpo natural como herir al político del enemigo.

A medida que la espiral de violencia iba en aumento en los años que siguieron al asesinato del oidor Jaime Juan de Berga, muchas eran las voces y las presiones locales para que se lograra la pacificación entre los bandos enfrentados, ante los nulos resultados que, en este sentido, ofrecían los esfuerzos de los sucesivos virreyes. Pero un hito en este clima de violencia extrema lo supuso la llamada Pau General de 1632 que, si bien no logró el final de la conflictividad banderiza en el Reino de Mallorca, sí que supuso una, al menos temporal, reducción de su intensidad y frecuencia. Dicha paz fue solemnemente firmada, ante quien la había auspiciado, el obispo Juan de Santander, por los caballeros alineados en los dos grandes bandos de Canamunt y Canavall en el convento de San Francisco el 11 de octubre, antes de que lo hicieran sus huestes, y los líderes bandoleros, en el convento de Jesús, casi extramuros, 19 días más tarde. Los términos de la paz general56 de 1632 resultan altamente ilustrativos de las lógicas en las que seguían envueltos los nobles de la Monarquía alejados de la sociedad cortesana, sus formas de lucha socio-política y el acceso a la gracia real. En su preámbulo se lamentaban los muchos y graves «homicidios, desassosiegos, e inquietudes», en «deseruicios de la Magestad Diuina, y humana», causados por la división y «encendida enemistad general» de la nobleza del reino, dividida por «tantos bandos, dissensiones, y disgustos». Para poner fin a tantas calamidades, el obispo de Mallorca había logrado que se firmara aquella paz general y universal cuya única cláusula establecía que todos los caballeros que la suscribían (50 caballeros y una viuda de las familias que llevaban décadas divididas en los bandos de Canamunt y Canavall: Verí, Brondo, Zaforteza, Villalonga, Rusiñol, Desbrull, Salas, Cotoner, Exeló, Desmás y Dameto, por una parte, y Fuster, Burgués, Santacilia, Moix, Gualm Sureda, Gual, 56

Seguimos la versión de la misma publicada en ibíd., pp. 286-287.

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Anglada, Pacs, Español, Tugores, Suñer, Valero, San Juan, Quint, Desbanc, Berga y Morla, de la otra) perdonaban a sus ofensores. Pero no solo perdonaban las violencias sufridas personalmente, sino también «qualesquier injurias, agrauios, y homicidios» cometidos contra «nuestros deudos, amigos, y valedores», es decir, cualquier agresión física y simbólica contra ellos y sus Casas. Aquella paz firmada entre los más conspicuos miembros de las familias que habían teñido con la sangre de los suyos y de sus rivales las calles, caminos y predios del reino, expresaba claramente cuál había sido la naturaleza de aquellas violencias, que se basaban en las muertes de los cuerpos naturales y el agravio de los políticos, menoscabando los símbolos que constituían su imaginario más preciado, el de sus linajes o Casas. Una vez acordado el perdón mutuo, salvado el honor y, por tanto, sanadas las heridas infligidas a sus cuerpos políticos que recibían por su pertenencia a una Casa determinada, los señores podían perdonar los asesinatos de sus más cercanos parientes, como hizo a los pocos días de firmada la paz general, en señal de buena fe, doña Margarita Verí. Mediante un acto notarial, fechado el 15 de octubre de 1632, esta señora perdonó a don Pedro de Santacilia el asesinato de su marido, el caballero don Pedro Antonio Zaforteza. Y pese a que afirmó hacerlo «por amor de Dios, y no por otro respeto humano», lo cierto es que semejante tipo de perdones sólo tuvieron lugar en cumplimiento del pacto suscrito por las principales Casas del reino, cuando la obligación de perdón impuesta por el Cristianismo no podía confundirse con negligencia a la hora de defender y vengar a todos los miembros y elementos que constituían las comunidades imaginadas de aquellos linajes.

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RECIBIDO: ABRIL 2017 APROBADO: SEPTIEMBRE 2017 DOI: 10.14643/52C

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The murder of Ferdinand Leopold von Hallweil in August 1696, in the Vienna Woods, drew a great deal of attention, because the suspected perpetrator was the Portuguese ambassador, Charles-Joseph of Ligne, second marquis of Arronches. Building on the existing literature and on unchartered sources, this article examines how the Portuguese royal court handled the case both on the political-diplomatic level and on the judicial front, looking into the conflicting interests and values that were weighed and the solutions designed to minimize reputation damages to the Portuguese crown and to the House of Sousa, as well. It argues that both formal and informal mechanisms of punishment were put in place to restore political and social order. Keywords: theory and practice of diplomacy, criminal jurisdiction, household discipline, Leopold I, count Hallweil.

El asesinato de Fernando Leopoldo de Hallweil en agosto de 1696, en los bosques de Viena, tuvo un gran impacto en la opinión pública, al ser considerado el embajador portugués, Carlos José de Ligne, segundo marqués de Arronches, principal sospechoso del crimen. Gracias a la documentación de archivo, este artículo tiene por objeto analizar el modo en que el escándalo fue tratado en la corte portuguesa, tanto en el ámbito político y diplomático como en el judicial, y atendiendo a los intereses y valores contradictorios que entraron en juego en el conflicto para minimizar el daño ocasionado a la reputación de la Monarquía portuguesa y de la Casa de Sousa. Con este caso se demuestra la combinación de mecanismos formales e informales de castigo para restaurar el orden político y social perturbado con ocasión de este suceso. Palabras claves: teoría y práctica de la diplomacia, jurisdicción criminal, disciplina de la casa, Leopoldo I, conde de Hallweil.


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O

n 13 August 1696 Ferdinand Leopold von Hallweil, Chamberlain of the Emperor, was found lifeless in the Vienna Woods, his head pierced by a bullet. Rumours quickly spread across the city that the perpetrator of this atrocious act was Charles-Joseph of Ligne, the

Portuguese ambassador to Emperor Leopold I, with whom the victim had last been seen. Reacting to this rumour, a Viennese mob harassed the ambassador and his servants, threatening to take justice into their own hands. Fearing for his life, Charles-Joseph took refuge in the Trinitarian monastery before secretly fleeing Vienna on 15 August, bound for Italy1. Detained two days later in Schottwien (south of Vienna), he was released the next day upon an express order of the emperor and resumed his flight to Venice. Count von Hallweil’s murder constitutes a singular criminal case, and one that stirred a great deal of attention in the late seventeenth century, reaching far beyond the Viennese and Lisbon courts. Given that its suspected perpetrator was a Portuguese ambassador, the case had the potential to have repercussions on several levels. First, at a time when the theoretical framework of international relations was still in a formative phase, it raised concerns about the extent of a diplomatic envoy’s inviolability and specifically his exemption from criminal jurisdiction in the receiving state. Second, as war loomed large in Europe in anticipation of the dispute over the Spanish throne, it had the potential to jeopardize the recently resumed diplomatic relations between the Holy Roman Empire and Portugal, a repercussion that both states sought to avoid. But the singularity of this criminal case stems also from contradictory written accounts about it, with the result that the case remains unsolved to this day. The numerous variations existing in the narratives can be attributed not only to the unclear circumstances of the case, but also to the absence of a full judicial enquiry for reasons related to the theory and practice of diplomacy. Together, these conditions provided a fertile ground for multi-layered views, where the conflicting interests of the parties involved played out. Despite its high profile, this murder case seems, however, to have received no attention in scholarship on the theory and practice of diplomacy. With the exception of

1

S. Münch Miranda acknowledges a fellowship at the Instituto de Ciências Sociais, University of Lisbon (2016-2017). J.P. Salvado acknowledges the support of a post-doctoral grant funded by the Fundação para a Ciência e a Tecnologia (POPH/FSE (EC) SFRH/BPD/88967/2012), as well as the support from the project CIDEHUS-UID/HIS/00057/2013 (POCI-01-0145-FEDER-007702), FCT, COMPETE, FEDER, Portugal 2020.

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Portuguese scholars, who have examined the case within the context of diplomatic relations between Portugal and Austria, studies on diplomatic immunity in the early modern period make no reference to it2. However, a recent study, which touches upon the topic of the ambassador’s inviolability, while focusing primarily on the written tradition pertaining to this case, has brought new information and insights to light, mainly from German-language sources3. Building on the existing literature and on unchartered sources, this article examines how the Portuguese royal court handled the case, both on the politicaldiplomatic level and on the judicial front, looking into the conflicting interests and values that were weighed and the solutions designed to minimize damage to the reputation of the Portuguese crown and the House of Sousa. We also examine how the ambassador’s family dealt with the case and the efforts made to ensure the family’s continuity. Given its singular features, this case study not only provides an opportunity to examine the practice of diplomatic immunity, but also contributes to a better understanding of how both formal and informal mechanisms of punishment were applied in order to restore political and social order in the early modern period4. Archival sources were extensively used to unravel the political and judicial handling of the case, with the bedrock of this article constituting, on the one hand, diplomatic correspondence held in Lisbon and Vienna and, on the other hand, the judicial proceedings of the Board of Conscience and Military Orders (Mesa da Consciência e Ordens). It should be noted that although the original court proceedings have been lost, a complete copy is extant in a codex currently held in the Ajuda Library (Lisbon)5. This copy also includes a translation into Portuguese of information gathered by the imperial authorities on Count von Hallweil’s murder, which was conveyed to Lisbon in October

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Luís Ferrand de , «Missões diplomáticas portuguesas em Viena de Áustria nos fins do século XVII», Revista de História da Sociedade e da Cultura, 1, 2001, pp. 13-24; Susana and Tiago C.P. , A Rainha Arquiduquesa. Maria Ana de Áustria, Lisbon, Círculo de Leitores, 2014, pp. 78-87; Linda and Marsha , The History of Diplomatic Immunity, Columbus (OH), Ohio State University Press, 1999. 3 Manfred , «Konkurrierende Gerechtigkeitsvorstellungen. Der portugiesische Botschafter und das Spiel um die Öffentlichkeit. Ein Mordfall in Wien, 1696» in Justiz und Gerechtigkeit. Historische Beiträge (16.-19. Jahrhundert), eds. Andrea Griesebner, Martin Scheutz and Herwig Weigl, Vienna, Institut für Geschichte, 2002, p. 285. 4 On the notion of royal justice and the use of both formal and informal forms of punishment in early modern Portugal, see António Manuel , La Gracia del Derecho. Economía de la cultura en la Edad Moderna, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1993, pp. 203-273. 5 Lisbon, Biblioteca da Ajuda (BA), 51-VI-34, ff. 21-72.

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1696. As such, this article also sheds light on previously unknown enquiries conducted in Vienna at the time. This article comprises four parts. The first one places the Portuguese embassy to Vienna in the context of the political relations between the Holy Roman Empire and Portugal and covers the events of August 1696. The second focuses on how the Lisbon court handled the case both on the political-diplomatic and the judicial front. The third part reflects on the informal mechanisms of punishment applied by King Pedro II of Portugal and the former ambassador’s family, while the fourth and final part contains the conclusion.

After several decades of diplomatic relations being suspended owing to the events culminating in the imprisonment and death of Duarte of Braganza (1605-1649), the establishment of new family ties linking the Austrian Habsburgs to the Braganza dynasty in the 1680s favoured a gradual rapprochement between the two dynastic states6. It was in 1687 that Leopold I and King Pedro II of Portugal became brothers-inlaw following the latter’s marriage to Maria Sophia, Princess of the Palatinate-Neuburg and sister of the Empress Eleonore Magdalena7. King Pedro took the initiative to further this rapprochement by deciding in 1694 to send an extraordinary embassy to Vienna. In doing so, he may have been yielding to Queen Maria Sophia’s pleas for a renewal of diplomatic relations with the Holy Roman Empire. The queen argued that the empress had promised that a Portuguese ambassador would receive the ceremonial honours and precedence commonly accorded to the Spanish ambassadors8. Still seeking to secure international recognition for the Braganza dynasty, the Portuguese king could not

6

On this episode, set against the backdrop of the Portuguese War of Independence from the Spanish Habsburgs, and the role played by Emperor Ferdinand III, see Luís Ferrand de , op. cit., pp. 1324. 7 See Josef Johannes , «Beau-Père de l’Europe: Les princesses dans la politique familiale et dynastique de Philippe-Guillaume de Neubourg», XVII siècle, 243:2, 2009, pp. 267-279. 8 BA, 51-IX-8, f. 373. On the ceremonial honours accorded to the Spanish ambassadors in Vienna, see Leopold , «Diplomatisches Zeremoniell am Kaiserhof der Frühen Neuzeit: Perspektiven eines Forschungsthemas» in Diplomatisches Zeremoniell in Europa und im Mittleren Osten in der Frühen Neuzeit, eds. Ralph Kauz, Giorgio Rota and Jan Paul Niederkorn, Vienna, Verlag der Österreichischen Akademie der Wissenschaften, 2009, p. 49.

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forego the symbolic distinction that this promise entailed. The devastation of the Palatinate by French troops during the Nine Years’ War and a Portuguese offer to mediate the conflict between France and the emperor provided the pretext for the embassy, as can be concluded from the instructions given to the embassy9. Yet it seems that King’s Pedro decision was influenced mainly by the anticipation of a European military dispute over the Spanish throne and its potentially disruptive effect in the Portuguese territory. As the aim, by then, was to break out of the French orbit, resuming diplomatic relations with the emperor was a logical decision, given that, for dynastic reasons, the Austrian Habsburgs were expected to contend for the Spanish throne10. Charles-Joseph of Ligne seemed an obvious choice to represent the Portuguese king at this extraordinary embassy, given the conditions of the receiving state and the special position the Austrian Habsburgs continued to hold in the hierarchy of European dynastic families. Born in the Spanish Low Countries in 1661 to Claude Lamoral (16181679), third Prince of Ligne, and Clara Maria von Nassau-Siegen, Charles-Joseph became a member of the Portuguese aristocracy by his marriage, in 1684, to Mariana Luísa de Sousa, granddaughter of the first Marquis of Arronches and successor of the House of Sousa11. His illustrious ancestors and the well-attested connections to the Spanish royal household certainly had a bearing in King Pedro’s choice. In addition to being a Prince of the Holy Roman Empire and Grandee of Spain, Charles-Joseph’s father had an impeccable cursus honorum in the service of the Spanish Habsburgs. This included a general captaincy of the Spanish cavalry in Flanders (1649-1669), embassy to Charles II of England (1660), vice-regal governorship of Sicily (1670-1674) and governorship of the Duchy of Milan (1674-1678). This family background allowed Charles-Joseph to benefit from an aristocratic education, which at the time was considered to provide the best skills and competences for a diplomat, including a cosmopolitan outlook and elegant manners12. From a young age, he had learnt to speak

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BA, 51-IX-8, ff. 373-377v., instructions given to Charles-Joseph of Ligne on 2 October 1694. As part of this Portuguese mediation, an ambassador was also sent to Paris in the same year. 10 S. and T.C.P , op. cit., pp. 80-81. 11 On the House of Sousa, see Nuno Gonçalo , O Crepúsculo dos Grandes: a casa e o património da aristocracia em Portugal, 1750-1832, Lisbon, Imprensa Nacional-Casa da Moeda, 1998, pp. 345-347. 12 Heidrun , “Le Parfait Ambassadeur”: The Theory and Practice of Diplomacy in the Century following the Peace of Westphalia, Oxford, University of Oxford, Unpublished PhD thesis, 2006. Following this perception, the Portuguese monarchy in the second half of the seventeenth century predominantly appointed noblemen to diplomatic posts: see Nuno Gonçalo and Pedro

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several languages -Italian, French, Spanish and Latin- proficiently, while he later also studied Philosophy and Mathematics at the famous College of Nobles in Parma13. Furthermore, he enjoyed privileged connections to the Lisbon court through the House of Sousa, his wife’s family. These factors combined, therefore, to account for his diplomatic appointment. By then, the House of Sousa had two representatives well placed in the royal government. Both Henrique Sousa Tavares, the first Marquis of Arronches and grandfather of Mariana Luísa de Sousa, and his brother, Luís de Sousa, Archbishop of Lisbon, were members of the Council of State and, as such, in a position to influence high politics. Yet their opinions on the matter diverged. While the former firmly opposed Charles-Joseph’s appointment for reasons relating to the unresolved issue of the House’s succession, the archbishop was clearly in favour of it14. And these opposite views were mirrored, albeit for different reasons, in a rift that divided the counsellors of state in the voting session. Indeed, the appointment of the second Marquis of Arronches was not unanimous and was only narrowly secured thanks to the votes of counsellors with an anti-French positioning and with the express support of the queen15. In October 1694, Charles-Joseph of Ligne received detailed diplomatic instructions, as well as letters addressed to the emperor and the empress16. On 16 November 1695, the second Marquis of Arronches arrived in Vienna, with a retinue of roughly eighty people, thirty-six horses and six carriages. Initially he remained incognito in the outskirts of the city, while accommodation befitting his status and the size of his household was being prepared. Such accommodation was found in a

, «La Diplomacia Portuguesa durante el Antiguo Régimen. Perfil sociológico y trayectorias», Cuadernos de Historia Moderna, 30, 2005, p. 37. 13 On the College of Nobles in Parma, see Hilde de ed., A History of the University in Europe: Universities in Early Modern Europe, 1500-1800, Cambridge, Cambridge University Press, 2003, II, p. 319 and Paul F. , The Universities of the Italian Renaissance, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 2011, p. 126. 14 At the time, the House of Sousa’s succession rested on a daughter, born in June 1694. See António Caetano de , História Genealógica da Casa Real Portuguesa, Coimbra, Atlântida, 1953, XII, p. 338. 15 Portugal, Lisboa e a Corte nos reinados de D. Pedro II e D. João V. Memórias Históricas de Tristão da Cunha de Ataíde, 1.º Conde de Povolide, ed. António Vasconcelos de Saldanha and C. Radulet, Lisbon, Chaves Ferreira, 1990, p. 133. Queen Maria Sophia’s involvement had an ulterior motive because of her plan to marry her elder son, the future João V, to one of the archduchesses. She had little success, however, in persuading her husband to include any marriage plans in Ligne’s diplomatic instructions. See S. and T.C.P , op. cit., pp. 82-83. 16 BA, 51-IX-8, ff. 373-377v, Vienna, Haus-, Hof- und Staatsarchiv (HHStA), Staatenabteilung (StAbt), Portugal, box 2, 2-5, f. 16.

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spacious and sumptuous palace near Kärntertor, one of the gateways to the capital, where he went to live on 23 February 1696. Written records refer to the great opulence of the palace’s twelve rooms, richly decorated with furniture and tapestries from the House of Arronches17. Once settled, and before his public entry, Charles-Joseph made efforts to obtain a private audience with the emperor. In granting this audience on 27 March 1696 the emperor fulfilled the promise to accord the Portuguese ambassador the same honours as the Spanish because «the Queen of Portugal was the sister of the empress»18. This was a clear sign that Vienna was willing to resume the diplomatic dialogue with Portugal. Charles-Joseph’s public entry took place on 13 April 1696 and was marked by splendour and magnificence, leaving a strong impression on the Viennese19. This positive perception, however, was shattered four months later in the wake of Count von Hallweil’s murder. Causing uproar in Vienna, this high-profile case attracted much contemporary attention and reverberated long after the events of August 1696 took place. The case was unprecedented, with the annals of diplomatic history containing no prior records of an ambassador allegedly perpetrating a capital offence during his mission. The high social rank of both parties involved, as well as the setting of the events -the imperial Court of Vienna- and the unclear circumstances surrounding them were further reasons for numerous accounts of the events occurring between 10 and 18 August 1696 to be circulating. Such narratives were used, more or less explicitly, by the parties involved to voice their claims and interests or to underscore their role in the events. A close examination consequently unveils contradictory facts and information, while the historical tradition has introduced further creative variations. The information known to be factual does not allow us to reach a definitive conclusion on either the material or moral author of the offence, even if the tradition set forth in the Austrian sources insists on the ambassador’s culpability20. As our aim is to understand how this case was perceived and handled by the Portuguese authorities, we have followed the information gathered by the imperial authorities and conveyed to the Portuguese royal court by 17

Lettres Historiques, contenant ce qui se passe de plus important en Europe, The Hague, Chez Adrian Moetjens, X, p. 47. 18 HHStA, Obersthofmeisteramt Ältere Zeremonialakten, box 18, no. 15, f. 33. 19 A week later, Charles-Joseph gave the empress and the King of the Romans gifts of fine pieces of china from the Queen of Portugal. Lettres Historiques, op. cit., X, pp. 48-56. 20 Manfred , op. cit., pp. 285-310.

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October 1696, given that the case prosecuted in Lisbon and its outcome rested upon this21. On 12 August, after two days without news from his first-born son, Johann Sebastian, Count von Hallweil, begged the emperor to press the Portuguese ambassador for an explanation. He knew that his son, Ferdinand Leopold von Hallweil, had left Vienna very early in the morning of 10 August in the company of Charles-Joseph of Ligne. They had been headed for the Vienna Woods, a favourite hunting destination among members of the imperial court, in an open carriage driven by the ambassador himself, who subsequently returned to Vienna without the count in the afternoon. According to an explanation given by the ambassador at a party that same evening, Ferdinand Leopold had encountered an acquaintance near Gablitz and had moved to the latter’s carriage with the intention of travelling to Baden22. Clearly accusing the ambassador of wrongdoing, on the grounds of a large gambling debt that the former owed his son, Johann Sebastian’s pleading set a chain of events in motion. The same day Leopold I requested three of his privy counsellors (Ferdinand von Dietrichstein, Ferdinand Buonaventura von Harrach and Franz Ulrich von Kinsky) to ask CharlesJoseph what had really happened on 10 August. The latter repeated his version of events, both orally and in writing23. On 13 August, the Privy Conference (Geheime Konferenz)24 met to discuss the case, while the Supreme Court of the Government (Regiment) of Lower Austria25 ordered a search in the Vienna Woods, where the body of Ferdinand Leopold was subsequently found sometime in the afternoon. As the suspected offender was an ambassador, the imperial court faced a dilemma, as echoed in the discussions that took place in the second Privy Conference the following day26. Two conflicting opinions were voiced regarding the central issue on whether the emperor should order a full enquiry into Count von Hallweil’s killing. On the one hand, Franz Ulrich von Kinsky argued for a judicial investigation on the grounds that the 21

BA, 51-VI-34, ff. 21-72. Translation-related problems in identifying names, institutions and officials have been partially resolved by resorting to the literature. 22 Baden bei Wien is located in the vicinity of the Vienna Woods. 23 See Manfred , op. cit., p. 286; BA, 51-VI-34, f. 23v. 24 On the Privy Conference, see Stefan , Die Geheime Konferenz unter Kaiser Leopold I. Personelle Strukturen und Methoden zur politischen Entscheidungsfindung am Wiener Hof, Frankfurt, Peter Lang, 2001, pp. 214-219 and Michael , Austria’s Wars of Emergence, 16831797, London, Routledge, 2013, pp. 43-44. 25 «Tribunal do Regímen da Áustria Inferior» according to the translation. BA, 51-VI-34, f. 23 v. 26 See Manfred , op. cit., 286.

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ambassador’s immunity could not extend to a case in which a capital offence had been committed and that therefore fell under the emperor’s jurisdiction. On the other hand, Ferdinand Buonaventura von Harrach contended that foreign diplomatic representatives were fully exempt from criminal jurisdiction, which meant that, in this instance, the King of Portugal would be the ambassador’s only judge. These opinions embody two distinct doctrinal strands on the boundaries of diplomatic immunity, which jurists and theorists of diplomacy were still debating in the late seventeenth century. Kinsky’s arguments reflected the more restrictive line of reasoning of those wanting to protect the state’s exclusive sovereignty and jurisdiction, both in criminal and civil cases. Grounded in Roman law, this meant that it fell to the sovereign to enquire, prosecute and punish offenders, including, if appropriate, diplomatic representatives. Since the sixteenth century, however, most European dynastic states had routinely granted diplomatic agents exemption from criminal prosecution, based on principles of natural law and political expediency, and this was the position voiced by Count von Harrach27. The novelty of the situation in this case meant, however, that the historical and contemporary examples put forward by the latter did not present a clear-cut solution for the dilemma the counsellors faced. Indeed, there was no known record of an ambassador being suspected of committing a capital offence and, as such, no legal precedent to serve as a guide. The predicament the counsellors faced was mirrored in Harrach’s side comment that he wished that Charles-Joseph of Ligne would secretly leave Vienna without being hindered28. It should come as no surprise, therefore, that the meeting of 14 August was inconclusive regarding the course of action. Although Kinsky’s opinion may have garnered support among other counsellors, no-one was willing to advise the emperor to order a judicial enquiry without first consulting legal scholars29. Meanwhile, the imperial court’s priority became to ensure the safety of the ambassador and his family. Even before the discovery of Hallweil’s body, feelings against Charles-Joseph of Ligne were already running high among Viennese aristocracy and the populace, thus

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Linda and Marsha , op. cit., 1999, p. 149. Rosanne van , «Immunity, Diplomatic» in Max Planck Encyclopedia of Public International Law, ed. Rüdiger Wolfrum, Heidelberg and Oxford, Max Planck Institute for Comparative Public Law and International Law and Oxford University Press, 2015 (online edition). 28 See Manfred , op. cit., p. 289. 29 Ibídem, pp. 285-288.

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prompting the emperor to order a guard to secure the ambassador’s residence on 14 August30. In the text of the decree, Leopold I carefully stressed that he sought to provide protection and not to place the ambassador in custody; this would have represented a breach of his immunity, as the emperor hastened to clarify to all foreign ministers accredited to the Court of Vienna31. The ambassador was nevertheless advised to refrain from asking for an audience and from attending the imperial court chapel while the circumstances of Hallweil’s killing remained unclear. This measure was designed to avoid open conflicts in view of the general uproar against him. The following day, however, the case took a definitive turn. When Maximilian Adam von Waldstein, Vice-Hofmarschall (vice lord steward) of the imperial household, called on the Portuguese ambassador on 15 August to convey the contents of the emperor’s decree, he discovered that the Marquis of Arronches had secretly left Vienna during the night, leaving the legation in the capable hands of its secretary, Alexandre da Costa Pinheiro. According to the information sent to Lisbon, Charles-Joseph of Ligne was subsequently apprehended in Lower Austria (Schottwien) on the night of 17 August by a magistrate acting on behalf of the Regiment and who was allegedly tracking down another person suspected of involvement in the killing32. The Marquis of Arronches’ detainment, however, was short-lived, lasting only until the morning of 18 August, when a courier arrived with the express order for the magistrate to release him33. Written records in Austrian sources concur with this narrative on most points, with the exception of the parties -principal and agent- involved in detaining the Marquis of Arronches. Responsibility for this is routinely ascribed to the victim’s family, who sent the captain of a night’s watch (Rumorhauptmann) in pursuit of the ambassador. This notion owes much to a letter written by Johann Sebastian von Hallweil to a cousin

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For the original Latin version of the edict, see Des Herrn Ferdinand Leopolds Grafen von Hallewiel etc. der Röm. Kays. Majest. Kammer-Herrns Ertödtung, 1696; a Portuguese translation is included in BA, 51-VI-34, ff. 24-25. 31 On this initiative of the emperor, referred to in a letter written on 15 August 1696 by the English minister at Vienna, Robert Sutton, Lord Lexington, see The Lexington Papers or some account of the Courts of London and Vienna at the Conclusion of the Seventeenth Century, ed. H. Manners Sutton, London, John Murray, 1851, p. 217. 32 The suspect in question was an unidentified man, referred to in the sources as a «man in a blue cloak». 33 Charles-Joseph of Ligne left Vienna disguised as a Trinitarian friar. When he was found in Schottwien, he was in the company of two other men, also dressed as Trinitarian friars. BA, 51-VI-34, ff. 26v-27.

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on 22 August 1696 and that reached a wide audience after being printed as a pamphlet34. It seems clear in any case that, as the order for the ambassador’s release indicates, the initiative cannot be attributed to the emperor. As Ferdinand Buonaventura von Harrach implied on the meeting on 14 August, this was an honourable way out of the predicament faced by the imperial government35. Not only could Leopold I claim to have fully respected the personal inviolability of the ambassador, as proposed by the ius gentium, but this solution also indirectly resolved the problem of deciding who had jurisdiction to hear the case. In addition to resolving this jurisdictional dilemma, Ligne’s fleeing from Vienna also had an important benefit for Leopold I’s political-dynastic agenda, which was driven by concerns regarding the Spanish Succession. Indeed, the extinction of the senior branch of the Habsburg dynasty had been looming large since the 1660s and, as the senior member of the Austrian branch of the dynasty, the emperor had claims to the Spanish throne and its extensive empire36, as captured in the fact that he had groomed his second son, Archduke Charles, to succeed Charles II of Spain by giving him a Spanish education37. Owing to Portugal’s geographical position, having this country as an ally in the likely event of an armed conflict for the Spanish throne was deemed instrumental for this claim, which is why Vienna was already planning in 1695-1696 to send a diplomatic representative to Lisbon. Hence, Ligne’s secret escape from Vienna did not jeopardize the recently resumed diplomatic dialogue with the Portuguese royal court, although it certainly put the plan of sending an ambassador to

34

This letter, together with the imperial edict of 14 August 1696, was printed under the title Des Herrn Ferdinand Leopolds Grafen von Hallewiel etc. der Röm. Kays. Majest. Kammer-Herrns Ertödtung, 1696. On this tradition, see Manfred , op. cit., pp. 290-291. 35 Count von Harrach may have played a significant role in crafting this solution. See Manfred , op. cit., p. 305-306. According to Ligne’s version of events, he exchanged correspondence with influential members of the imperial court before fleeing Vienna. Apologia in favor dell’eccellentissimo signor prencipe siniscalco di Ligne, marchese d’Aronchez, ambasciator di Portogallo à Vienna, s.l., s.a., p. 9. 36 See Jean , Léopold I.e 1640-1705. Fondateur de la puissance autrichienne, Paris, Presses Universitaires de France, 2004, p. 408; and Friedrich , «La Guerra de Sucesión española en el Sacro Imperio», in La Guerra de Sucesión en España y la Batalla de Almansa: Europa en la encrucijada, ed. Francisco García González, Madrid, Sílex, 2009, pp. 95-108. 37 Frank , Der Wiener Kaiserhof. Eine Kulturgeschichte von Leopold I bis Leopold II, Gernsbach, Katz Verlag, 2008, pp. 59-60.

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Lisbon on hold38. In October 1696, Leopold I formally put the hearing of the case and the administering of justice into the hands of the King of Portugal39.

A few days after Count von Hallweil’s body was discovered, the shocking news reached the Court of Lisbon by way of an express courier sent by the emperor and that caused great consternation40. After King Pedro II’s initial reaction in a letter to Leopold I, the next few weeks saw information being exchanged with Vienna through The Hague, and the mediation of Francisco de Sousa Pacheco, the Portuguese envoy extraordinary to the States-General41. As Sousa Pacheco regularly corresponded with Alexandre da Costa Pinheiro, the secretary of the Portuguese legation still in Vienna, and with the Secretary of State, Mendo de Fóios Pereira, it was through him that the Court of Lisbon heard of the initiatives taken by the Austrian authorities. In September 1696, an enquiry (devassa) was underway with the purpose of gathering evidence for King Pedro II. The searches included the investigation aimed at hearing three servants of the Portuguese ambassador; this process, however, was halted by Costa Pinheiro on the grounds that it constituted a violation of the legation’s diplomatic immunity42. Moreover, the negotiations for the Peace of Rijswijk provided added opportunities for an indirect exchange of information between the two courts, with Dominic Andreas von Kaunitz, Minister Plenipotentiary of the Holy Roman Empire, and Francisco de Sousa Pacheco discussing the case on several occasions, as can be inferred from the latter’s correspondence43. Given that Vienna lacked a permanent diplomatic representative in On Leopold’s plan in 1695-1696 to send a diplomatic representative to Lisbon and how this culminated in February 1699 in the appointment of Charles Ernest, Count von Waldstein, see S. and T.C.P , op. cit., p. 91. 39 BA, 51-VI-34, ff. 21v-22v, letter of Leopold I to King Pedro II of Portugal. 40 This is mentioned by the Portuguese diplomatic representative in The Hague in a letter sent to the Secretary of State, Mendo de Fóios Pereira: Lisbon, Arquivo Nacional da Torre do Tombo (ANTT), Ministério dos Negócios Estrangeiros (MNE), bk. 800, f. 47-47v. On the consternation felt in Lisbon, see Portugal, Lisboa e a Corte, p. 135. 41 Although no copy of this first letter sent to Leopold I was found in the Portuguese archives, it is mentioned in other sources: Portugal, Lisboa e a Corte, p. 135. On Francisco de Sousa Pacheco, see Isabel , «A Diplomacia Portuguesa e a Guerra de Sucessão de Espanha» in O Tratado de Methuen (1703), Lisbon, Livros Horizonte, 2003, p. 64; on Kaunitz, see Jean , op. cit., p. 396. 42 ANTT, MNE, bk. 800, ff. 51-52, letter to Mendo de Fóios Pereira, The Hague, 16 September 1696; BA, 51-VI-34, f. 28-28v. 43 See Karl Otmar Freiherr von , «Kaunitz, Dominik Andreas, Freiherr, seit 1682 Graf» in Neue Deutsche Biographie, Berlin, Dunker und Humblot, 1977, XI, p. 373. 38

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Lisbon at the time, Kaunitz probably received instructions to obtain updates from Sousa Pacheco on how the case was being handled by the King of Portugal44. Meanwhile, after his release on 18 August, the Marquis of Arronches took refuge in Venice, from where he sought to clear his name, seemingly by writing to the Court of Lisbon, as well as to other European sovereigns and ambassadors, telling his version of the events45. For the Portuguese central government, the abrupt ending of Arronches’ embassy was undoubtedly a setback to its aim of resuming a diplomatic dialogue with the Holy Roman Empire. With the death of Charles II of Spain expected at any moment, it was also becoming clear to most European states that France’s claims to the Spanish throne and its vast empire were irreconcilable with those of the Holy Roman Empire46. War in Europe was, therefore, looming large and Portugal feared France’s military strength. Not surprisingly, preparations for funding a defensive war got underway as early as 169747. Because of the potential political implications of such a war, and since the reputation of the Portuguese crown was at stake, King Pedro II was outraged when he heard about the case, and made sure to convey his feelings of intense indignation about Charles-Joseph of Ligne to Vienna a few months later48. When the emperor’s formal request for justice reached the Royal Court of Lisbon in late October 1696, the case was treated with the utmost seriousness and handled on three separate levels: political, judicial and diplomatic. Preliminarily, some words must be said about the nature and number of the documents that had been received from Vienna by that point. First, there was a letter from the emperor to King Pedro II dated 8 October 1696, in which as well as asking for justice for the Hallweil family, Leopold openly accused the Marquis of Arronches of foul play49. The second item consisted of a copy of an undated letter written by Wenzel Felix von Hallweil, the victim’s brother, to the emperor. He, too, unequivocally pointed 44

ANTT, MNE, bk. 800, ff. 47-47v, 91v-92 and 114. Apologia in favor dell’eccellentissimo signor prencipe siniscalco di Ligne, pp. 10-11. This statement was also made by António Caetano de , op. cit., 1953, p. 337. 46 This perception became obvious in the framework of the Peace of Rijswijk, signed in September 1697. See Linda and Marsha , A Question of Empire: Leopold I and the War of the Spanish Succession, 1701-1705, New York, Colombia University Press, 1983, pp. 9-23. 47 See João Paulo , «O estanco do tabaco em Portugal: contrato-geral e consórcios mercantis, 1702-1755» in Política y Hacienda del Tabaco en los Imperios Ibéricos (siglos XVII-XIX), ed. Santiago de Luxán, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2014, pp. 141-142. 48 Portugal, Lisboa e a Corte, p. 135; ANTT, MNE, bk. 802, f. 39, letter from Francisco de Sousa Pacheco to Mendo de Fóios Pereira, Vienna, 3 May 1698. 49 BA, 51-VI-34, ff. 21v-22v. 45

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to the Portuguese ambassador as the culprit in the killing, while also requesting payment for the gambling debt owed by Ligne, as well as compensation for personal items belonging to the victim and that were found to be missing when the body was discovered50. A brief account of the main events occurring between 12 and 20 August was the third and final document, and this would later be at the core of the prosecution51. Dated 30 September 1696, and comprising fifteen articles, the account summarizes the results of enquiries carried out by the Supreme Court of the Government (Regiment) of Lower Austria and the Criminal Court of the City of Vienna (Stadtgericht), as well as other steps taken by the imperial authorities52. It should be stressed that, for easily understandable reasons, a copy of the actual judicial enquiries, upon which the account was based, was never sent to Lisbon. According to some contemporary legal scholars, carrying out a criminal enquiry already violated the immunity of ambassadors, which is why it can reasonably be assumed that the imperial court would have avoided any official admission that such enquiries had ever taken place53. Hence, the evidence gathered in Vienna was presented to the King of Portugal in the form of an account ‘offered’ by the victim’s father as part of his efforts to obtain justice and payment of the gambling debt. The emperor’s formal request for justice immediately triggered a political debate in the Council of State. Although the minutes of the meetings of this institution, which played a central role in the Portuguese government, are not extant today, the general terms of the debate and the arguments put forward can be deduced from the memoirs of a well-informed aristocrat54. The debate centred on the offences alleged to have been committed by the former ambassador and on the judicial instance that should examine

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According to an attached list, the personal items in question comprised four buttons of gold, each with an embedded diamond; a diamond and ruby ring; another set of rings with eighteen small pink diamonds; a dress sword; a seal stamp and a small metal box, and a purse that the victim used to carry money and that was found empty. Although undated, the letter was undoubtedly written after Charles-Joseph’s secret escape from Vienna on 15 August. BA, 51-VI-34, ff. 29-30v. 51 BA, 51-VI-34, ff. 23-29, «Breve relação do facto sucedido na morte feita a Leopoldo Ferdinando, conde de Hallweil, com algumas circunstâncias». 52 The Portuguese translation referred to these judicial instances as the «Tribunal do Regímen da Áustria Inferior» and «Correição da cidade de Viena» respectively. 53 This point was made by Grotius. See Manfred , op. cit., pp. 288 and 305. 54 On the Council of State, see Nuno Gonçalo , «Identificação da Política Setecentista. Notas sobre Portugal no início do período joanino», Análise Social, 35:157, 2001, pp. 961-987; and Maria Luísa Marques da , O Conselho de Estado no Portugal Restaurado: teorização, orgânica e exercício do poder político na corte brigantina, 1640-1707, Lisbon, Faculdade de Letras da Universidade de Lisboa, Unpublished Master’s Thesis, 2011.

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the evidence and decide whether there were grounds for an indictment. According to the Count of Povolide, two positions emerged during the debate, with a tension resonating between two distinct jurisdictions, as well as contrasting perceptions on the offences and corresponding penalties. On the one hand, some counsellors took the view that the case should be examined by the Board of Conscience and Military Orders (Mesa da Consciência e Ordens), which comprised an ecclesiastical court with exclusive criminal jurisdiction over the knights of the three military orders (Avis, Christ and Santiago)55. The former ambassador was, indeed, a knight and commander of Santiago, a status that assured him of ecclesiastical privilegium fori. Under Canon law, moreover, capital offences were not punishable with the death penalty, which is why this view embodies a more accommodating position for Ligne. Not surprisingly, this stance was backed by the two counsellors of state from the House of Sousa (Henrique Sousa Tavares, the first Marquis of Arronches, and his brother, Luís de Sousa, Archbishop of Lisbon), with the support of the Secretary of State, Mendo de Fóios Pereira. Opposing this interpretation, other counsellors voiced the opinion that the case should be examined by the High Court of Appeal in Lisbon (Casa da Suplicação), a position grounded in the political and institutional implications of the case56. In their view, handing it over to an ecclesiastical court entailed risks since the latter’s specific procedures and softer penal provisions could weaken the meting out of justice and thus had the potential to damage the Portuguese monarch’s reputation vis-à-vis the emperor. Reasons of state were, therefore, put forward to support the notion that Ligne’s privilegium fori could not be invoked and hence that the case should fall under civil jurisdiction. Within this line of reasoning, a more extreme view emerged, suggesting that the actions of the former ambassador had been harmful and were not compatible with his diplomatic status: he had put himself at risk of being punished by the emperor and thus of damaging the reputation of his sovereign, which is why prosecution for an offence against the king’s majesty should not be dismissed. Regardless of their views, all the counsellors were aware of the legal and judicial ramifications of the issues at

55

On the Board of Conscience and Military Orders, see António Manuel , As Vésperas do Leviathan. Instituições e poder político. Portugal, século XVII, Coimbra, Almedina, 1994, pp. 251-255. 56 The High Court of Appeal in Lisbon also held jurisdiction of first instance in special cases. See António Manuel , op. cit., 1994, pp. 228-236; José , «Os poderes do centro. Governo e administração» in História de Portugal. O Antigo Regime, ed. António Manuel Hespanha, Lisbon, Círculo de Leitores, 1993b, IV, pp. 169-171.

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stake and understood the paramount importance of asking for legal advice. As a result, the final decision was postponed for a few months57. Responsibility for hearing the case was ultimately placed under the jurisdiction of the Board of Conscience and Military Orders by royal decree of 4 March 1697. The reasons for this decision, although not contained in the decree, were in line with the legal doctrine as far as the status of the person involved was concerned (rationem personae). First, the Marquis of Arronches’ privilegium fori could not be derogated because of the jurisdictional autonomy enjoyed by ecclesiastical institutions, of which he, as a commander of a military order, was a member. Furthermore, under a rule enshrined in the codification of Portuguese law and provided they had sufficient income, members of military orders were exempt from temporal jurisdiction in criminal cases58. It should be noted, however, that, as grand master of the three military orders, the monarch held some degree of influence over the judicial instance that was to examine the case. Indeed, when King João III assumed perpetual control of the mastership of the three military orders in 1551, he entrusted its government and jurisdiction over its members to the Board of Conscience, which from then on became known as the Board of Conscience and Military Orders59. As well as being a large and complex institution responsible for overseeing all ecclesiastical affairs under the patronage of the king, the Board was an ecclesiastical court of first and second instance60. Within its organizational structure, judges handled cases of first instance (juízos), while appeals were heard by five senior judges, specializing in either canon or civil law and who sat on its governing body -also called Board (Mesa)- by appointment of the monarch61. As the grand master of the orders, the king served as the final instance 57

Portugal, Lisboa e a Corte, p. 135. Although no documents pertaining to the legal advice are extant today, they were certainly asked for, as stated by the Count of Povolide. 58 Ordenações Filipinas, book II, tit. 12, § 1-2. On the jurisdictional privileges of the Church, see also António Manuel , op. cit., 1994, pp. 325-343; and idem, Poder e Instituições no Antigo Regime, Lisbon, Edições Cosmos, 1992, pp. 43-44. 59 On the incorporation of the mastership of the three military orders in the Portuguese crown, see Fernanda , As Ordens Militares e o Estado Moderno. Honra, mercê e venalidade em Portugal, 1641-1789, Lisbon, Estar, 2001, pp. 38-53. First established in 1532, the Board of Conscience’s task was to advise the monarch on matters regarding his «conscience». In time, it came to oversee all ecclesiastical affairs under patronage of the king. See José , «A administração central da coroa» in História de Portugal. No alvorecer da modernidade, 1480-1620, ed. Joaquim Romero Magalhães, Lisbon, Círculo de Leitores, 1993a, III, p. 87. 60 On the complex organizational structure of this body, whose personnel amounted to about fifty people in the seventeenth century, see José , op. cit., 1993b, pp. 168-169. 61 «Regimento da Mesa da Consciência e Ordens», 23 August 1608 in Collecção Chronologica da Legislação Portugueza, 1603-1612, ed. José Justino de Andrade e Silva, Lisbon, 1854, I, pp. 231-244,

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of appeal62. According to the text of the decree, the Board had to examine the documents sent from Vienna to decide whether there were grounds to prosecute the former ambassador for Count von Hallweil’s murder63. Shortly after receiving the royal decree, the governing body of the Mesa dispatched the documents to the Judge of the Knights, who was to examine them closely64. On 16 March, this judge ruled that charges could not be brought against Charles-Joseph of Ligne on the grounds that the papers from Vienna did not comply with the legal formalities. Indeed, as previously noted, an account of the evidence, instead of the actual judicial enquiries, had been sent to Lisbon, with the aggravating circumstance that this account had been compiled by an interested party (in other words, the victim’s father). Furthermore, given that only vague evidence could be drawn from the papers presented by Leopold I, the judge declared there to be no legal basis for prosecution65. Although grounded in law, this conclusion was not acceptable from a political point of view as it entailed the risk that the justice dispensed by the King of Portugal could be interpreted as dismissal of the case without proper examination. Although the extent of King Pedro’s interference in the matter cannot be determined, the course of events over the following months suggests that the Board was requested to find an alternative solution, and specifically one that would buy time and also accord more with the political interests at stake. Having examined the appeal, the five senior judges of the Mesa overturned the earlier ruling on 18 May 1697, holding there to be sufficient indicia pointing to the Marquis of Arronches’ complicity in Hallweil’s killing. Consequently, the proceedings were sent back to the first instance (Juízo dos Cavaleiros), from where they were remitted to the promotor fiscal (prosecutor) of the military orders for prosecution. On 20 May 1697, the Judge of the Knights issued an order to arrest the Marquis of Arronches. By that time, however, the latter was in Italy, and so the whole process was delayed by the legal formalities required to be met for a prosecution in absentia.

maxime p. 231. For a list of the members of the board, see Maria do Carmo Mesa da Consciência e Ordens, Lisbon, ANTT, 1997, pp. XIX-XLVIII. 62 See António Manuel , op. cit., 1992, p. 44. 63 BA, 51-VI-34, f. 21. 64 This happened on March 10. BA, 51-VI-34, f. 21v. 65 BA, 51-VI-34, ff. 30v-31v.

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and Anabela

,


Meanwhile, diplomatic efforts were also undertaken to uphold the king’s reputation in the international setting. These included King Pedro’s decision in early March 1697 to send Francisco de Sousa Pacheco on a special diplomatic mission to Vienna to express both consternation about the Hallweil incident and gratitude for the protection granted to the Portuguese legation by the emperor66. As Pacheco, however, was also instructed to remain in The Hague until the conclusion of the Peace of Rijswijk, his journey to Vienna was postponed for several months. While still in The Hague, Pacheco was again called to deal with the case on a diplomatic level. Around August 1697, a diplomatic representative of the Holy Roman Empire asked him whether there was any truth in the news that the Marquis of Arronches had been acquitted and was again in the king’s good grace. This question did not take Pacheco by surprise since he had been made aware of an apologia for the Marquis in a pamphlet commissioned by the latter’s brother, the Marquis of Moÿ67. Undated and written by an anonymous author, the pamphlet circulated in Europe in French, Latin and Italian and, from its contents, clearly seems to have been part of the efforts designed to restore the honour of Charles-Joseph of Ligne68. Although undated, it must have been prepared and published sometime between the first ruling (14 March 1697) and the overturning of this ruling (18 May 1697)69. Sousa Pacheco must have reassured his interlocutor that the case was still under judicial examination in Lisbon. In February 1698, he finally left The Hague, bound for Vienna, where he arrived in early April. Once there, he fulfilled his diplomatic mission in audiences granted by the emperor, the empress and the King of

66

HHStA, StAbt, Portugal, box 2, 2-5, ff. 23-24; S. and T.C.P , op. cit., p. 86. 67 ANTT, MNE, bk. 800, f. 101v. Procope Hyacinthe of Ligne, Marquis of Moÿ, was residing in Paris at the time. This coincides with the place of publication attributed by the French National Library, based on typographical material of the French version of the pamphlet. Apologie de Mr. le Prince-sénéchal de Ligne, Marquis d’Aronchez, Ambassadeur de Portugal à Vienne: lettre d’un de ses amis, [Paris], s.a. 68 The Italian version is entitled Apologia in favor dell’eccellentissimo signor prencipe siniscalco di Ligne, marchese d’Aronchez, ambasciator di Portogallo à Vienna. A copy of the Latin version was published by António Caetano de Sousa, Provas da Historia Genealogica da Casa Real Portugueza, VI, Lisbon, Na Regia Officina Sylviana e da Academia Real, 1748, pp. 212-220. 69 Doubts have been expressed about the date of the pamphlet. According to the French National Library, it was printed in 1696, which is clearly impossible, while the Portuguese National Library does not provide a specific date, stating only that it was printed in the 1700s. Further evidence dating the pamphlet to spring 1697 is the fact that D. Luís de Sousa, great-grand uncle of Charles-Joseph of Ligne, is referred to as Archbishop of Lisbon. Had the pamphlet been published later, he would undoubtedly have been referred to as Cardinal (Cardinal-Archbishop of Lisbon), to which dignity he was promoted in June 1697. See António Caetano de , op. cit., 1953, p. 324. Although not resolving these dating discrepancies, Manfred Zollinger was the first to point them out. See Manfred , op. cit., p. 307.

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the Romans. Although he also carried instructions to pay Arronches’ gambling debt, he was informed upon enquiring into the matter that this had already been settled70. The prosecution in absentia of Charles-Joseph of Ligne came to a close on 4 July 1699. To circumvent the fact that the evidence submitted had been in a non-judicial account, the prosecutor argued that the indicia presented were notorious, constituting proof of the former ambassador’s culpability. He thus accused Ligne of being both the moral author and material co-author of Hallweil’s killing, as well as of having committed theft and treason (laesa maiestatis)71. Based on four testimonies collected in Vienna and conveyed in the account, the prosecutor took it as proven that the former ambassador had planned the killing with an unidentified man (referred in the sources as «the man in a blue cloak») because of a 51,000 Rhenish guilder gambling debt72. One of the testimonies placed both men in Gablitz on 9 and 10 August 1696, while the ambassador’s material participation was assumed on the basis of a bloodstained shirt sent to the laundry by a servant of the legation on 14 August. For the crime of treason, the prosecutor relied on the undisputed fact that Ligne had abandoned his post (desertion), while the charge of theft hinged on Count von Hallweil’s missing personal belongings. It should be noted that, with these latter charges, the prosecutor was already going beyond the boundaries set by the Royal Decree of 4 March 1697, which ordered the Mesa merely to examine Arronches’ possible involvement in Hallweil’s murder. Following the conclusion of the prosecution, the Judge of the Knights ruled on 17 September 1699 that Charles-Joseph of Ligne was found guilty on all charges. With regard, however, to the charge of treason, which he nevertheless took as proven, the judge declined jurisdiction73. Arronches was thus convicted and sentenced to permanent exile in Portuguese India74. 70

ANTT, MNE, bk. 802, ff. 39-43, letter to Mendo de Fóios Pereira, 3 May 1698; Idem, ff. 43-44, 17 May 1698. See also S. and T.C.P. , op. cit., p. 86. It is reasonable to assume that the debt was paid by the family of Arronches’ wife during 1697. 71 BA, 51-VI-34, ff. 46-47. 72 The testimonies were taken from Francisco Gruner, the innkeeper of Gablitz; an unidentified washerwoman who usually collected laundry from the embassy; Martin Febal, resident in Vienna; and Gerard Haas, tailor, also resident in Vienna, near St. Ulrich. BA, 51-VI-34, ff. 23v-28v. 73 The hearing of cases of treason fell exclusively under civil jurisdiction. The penalty for desertion included death, confiscation of assets and the stripping of all honours. See Ordenações Filipinas, liv. 5, tit 6; Joaquim Caetano Pereira e , Classes dos crimes por ordem systematica, com as penas correspondentes, Lisbon, Na Officina de J.F.M. de Campos, 1816, p. 65. See also António Manuel , História de Portugal Moderno. Político e Institucional, Lisbon, Universidade Aberta, 1995, pp. 266-268. 74 BA, 51-VI-34, ff. 62-65v.

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This sentencing was followed by an appeal lodged at the Mesa on 8 November 1699, in which the prosecutor requested that Arronches should also be stripped of his knighthood and commandery75. On 4 February 1700, however, the five senior judges of the Mesa changed the course of justice by overturning the verdict in first instance on the grounds that the submissions that had been presented as proof of culpability were not in fact notorious76. Not only, the senior judges stated, were the witnesses unreliable, but their testimonies had been presented in a non-judicial form and their evidence was not corroborated by other witnesses. As such, therefore, they fell under the legal principle of testis unus, testis nullus. Not being notorious, the facts presented were thus no more than circumstantial evidence. Furthermore, Arronches’ flight from Vienna could not be taken as a presumption of guilt in view of the threat the Viennese mob posed to his life. The senior judges also dismissed the charge of treason, given that the king had not ordered them to examine the circumstances of Arronches’ abandoning of his diplomatic post. Lastly, they rejected the charge of theft77. Three and a half years after the incident, therefore, the Marquis of Arronches was acquitted of all charges and, from a judicial point of view, the matter was considered closed. By then, as this verdict indicated, the Court of Lisbon no longer feared the international consequences of such a judicial decision. The news of the acquittal, together with the reasons for it, circulated widely and fairly accurately in European gazettes between April and May 170078. How the news was received in the imperial court is not known; in view, however, of the international juncture, it seems clear that the matter had by then already lost much of its relevance. In early February 1699, the death of Joseph Ferdinand of Bavaria, the designated heir to the Spanish throne, had cast the European balance of powers into disarray. In the turmoil of events, having Portugal as an ally became even more important for the Austrian Habsburgs’ dynastic interests in the Spanish throne. Indeed, on 17 February 1699, Leopold I had appointed Charles Ernest, Count von Waldstein, as extraordinary

75

BA, 51-VI-34, ff. 68-69. On the Roman-canon law of proof, see John , Introdução Histórica ao Direito, Lisbon, Fundação Calouste Gulbenkian, 1979, pp. 716-718. 77 BA, 51-VI-34, ff. 69-72. See also António Caetano de , op. cit., 1953, p. 337. 78 Lettres Historiques, April 1700, XVII, pp. 463-466; Historische Remarques der neuesten Sachen in Europa, Hamburg, 11 May 1700, p. 138. 76

123


ambassador to the Court of Lisbon, and his instructions, drafted in June that year, clearly point to the Arronches’ affair being considered closed79.

Charles-Joseph of Ligne died in Padua on 20 January 1713. For reasons undoubtedly relating to the outcome of the judicial process he did not return to Portugal after his acquittal. It seems clear that, soon after the 1697 verdict was announced, Ligne set out to restore his honour in the eyes of the public, and in this he was backed by the Marquis of Moÿ (his brother), his wife and the Archbishop of Lisbon. The apologia published that year, in the form of a letter from a friend to an unnamed ambassador, clearly marked a stepping stone towards his rehabilitation. In addition to publicizing that the suspicions against him had been dismissed, the pamphlet proclaimed his innocence by presenting his version of the events of August 1696, while also insinuating that the culprit was a Polish nobleman who had held a grudge against Count von Hallweil because of a gambling debt. However, this attempt at rehabilitation was short-lived as the first ruling was overturned in May 1697. While the judicial proceedings were pending, a rather strange confession by a Pole, named John Mustriki, in Messina in January 1697 presented an alternative account of events. Following a request by Ligne’s wife, this confession was attached to the case records on 6 March 1699, given that it met the requirements of the law. In it, John Mustriki confessed to being one of the material authors of the crime, which had allegedly been ordered by an unnamed nobleman of Vienna and had resulted in the killing of four people: Count von Hallweil, his companion, a coachman and a servant80. However, the verdict of 17 September 1699 rejected this confession as evidence. The Judge of the Knights instead favoured the argument put forward by the prosecutor and deemed the account of Mustriki to be unlikely, given that the emperor’s letter and the account sent from Vienna mentioned only the discovery of Hallweil’s body. 79

HHStA, StAbt, Portugal, box 2, 2-5, ff. 40-50, 27 June 1699. S. and T.C.P. , op. cit., pp. 90-92. 80 According to Mustriki’s account, he and his companions buried three bodies, leaving Count von Hallweil only half-buried, supposedly because the many tree roots made digging hard. BA, 51-VI-34, ff. 53-62. A copy of this confession was published by António Caetano de , op. cit., 1748, pp. 220229.

124


Whether Mustriki’s confession was truthful or commissioned by Arronches cannot be ascertained. In any case, what mattered most for Charles-Joseph of Ligne was the image projected to the public. By February 1700, the grounds for his acquittal were based on «there [being] no proof» against him, which ultimately also meant that his innocence had not been proven. Furthermore, the authorities and public opinion in Vienna still regarded him as being guilty of murder. At this point, therefore, Ligne was left with no arguments for sustaining his innocence. Consequently no further attempt to restore his honour was made81. Within this line of reasoning, it seems plausible that his exile in Italy may have been voluntary. Perhaps more importantly, however, his choice to remain in Italy would seem to have been the logical outcome of his falling out of the king’s favour. Although European gazettes stated otherwise, the Portuguese sources do not confirm that Charles-Joseph of Ligne was recalled to the royal court after his acquittal in 1700. António Caetano de Sousa, who wrote an in-depth genealogical history in the 1730s, states merely that Ligne was granted permission to return to Portugal and retire to his household82. Indeed, it seems highly unlikely that King Pedro would ever have welcomed him at court since the whole incident had been a source of deep irritation and embarrassment. From the monarch’s perspective, his reputation had been put at risk by Ligne’s private behaviour, and such lack of judgement of a diplomatic representative was not acceptable. Hence, still outraged, King Pedro decided to bar Arronches from court, thus signalling that the latter had fallen out of favour. Ligne’s exile should lastly also be understood in the light of the typical household discipline of the aristocracy that bound the members of the House of Sousa83. For Henrique de Sousa, the old Marquis of Arronches and head of the House, it must have been clear that both his grandson-in-law’s behaviour and King Pedro’s disposition towards him had the potential to harm the family’s hopes of advancement, for which royal favour was paramount. This was especially important in the early 1700s, when the continuity of the House of Sousa, which claimed to be the oldest of all the Grandees,

His supporters were by then either too old (Luís de Sousa, his wife’s great-uncle) or facing financial problems (Procope Hyacinthe of Ligne was facing insolvency) to continue to advocate his cause. For Luís de Sousa, who died in 5 January 1702, see António Caetano de , op. cit., 1953, p. 324. 82 See António Caetano de , op. cit., 1953, p. 338. 83 See Nuno Gonçalo , op. cit., 1998, pp. 51-199; Nuno Gonçalo , Elites e Poder. Entre o Antigo Regime e o Liberalismo, Lisbon, Imprensa de Ciências Sociais, 2003, pp. 83-103. 81

125


was far from ensured. Indeed, the succession rested on Charles-Joseph’s only surviving daughter, born in 1694, and her marriage prospects depended heavily on a regular presence at court. Guaranteeing a good match for his great-granddaughter, Luísa Antónia de Sousa, was certainly a major concern for Henrique de Sousa; as such, Ligne’s exile was thus a convenient solution. It seems reasonable to assume, therefore, that the old Marquis of Arronches would have refrained from any attempt to bring Charles-Joseph back to Portugal. His strategy proved effective when, on 30 January 1715, Luísa Antónia married Prince Miguel, a legitimized son of King Pedro II. This alliance with the royal family elevated the House of Sousa to the ducal dignity (Lafões)84.

On the grounds of its singularity, this criminal case has been used here as a lens to observe how both formal and informal mechanisms of justice and punishment were applied to restore political and social order. From the outset, the legal problems raised by a capital offence allegedly committed by the Portuguese ambassador set the boundaries within which the case could be handled by its judge, King Pedro II, and, as such, also heavily constrained its final outcome. Following the emperor’s request to dispense justice, Pedro II handed the case to the Board of Conscience and Military Orders for judgment, as was his duty, even though the lack of a full judicial enquiry into the events that occurred in Vienna, for reasons related to the ius gentium, was clearly a hurdle. The overturning of the first verdict by the Mesa in 1697 and the subsequent reexamining of the case by the Judge of the Knights therefore served political purposes. The main concern was to ensure that prosecution was ongoing, while efforts were also being made on the diplomatic front to appease the relationship with the Holy Roman Empire. Ultimately, the acquittal on 4 February 1700 acknowledged the formal flaw already identified in 1697. In addition to taking political and judicial aspects into account, King Pedro’s handling of the case also reflected reasons relating to the continuity of the House of Sousa. Although the Marquis of Arronches’ flight from Vienna could have constituted a 84

See António Caetano de p. 346.

, op. cit., 1953, p. 338, and Nuno Gonçalo

126

, op. cit., 1998,


crime of treason (desertion), the monarch clearly had no interest in prosecuting him for this offence, given that, if proven, it would mean confiscation of assets, stripping of rank and perpetual dishonour for the entire family, an outcome that was certainly not in the king’s mind. That this protection implicitly extended to the House of Sousa, one of the oldest in the aristocracy, should be seen in the light of the notion that the king’s justice was designed to restore and protect the natural order of society. Although Arronches may have been formally acquitted of Hallweil’s murder, the fact remains that, prior to the incident, his behaviour in Vienna had been incompatible both with his noble status and with his being a diplomatic representative of the King of Portugal. This could not be allowed to go unpunished. Consequently his recklessness was informally penalized by his not being granted access to the royal court; a punishment that was not, however, extended to his family. Dependent on the monarch for its continuity, the House of Sousa had little option but to comply with the king’s decision. As for Charles-Joseph of Ligne, faced with the outcome of his trial in absentia, he must have acknowledged that remaining in Italy was the best solution for his family. Thus discipline in the aristocratic household prevailed.

Lisbon, Biblioteca da Ajuda (BA), Codices 51-VI-34 and 51-IX-8. Lisbon, Arquivo Nacional da Torre do Tombo (ANTT), Ministério dos Negócios Estrangeiros, books 800 and 802. Vienna, Österreichisches Staatsarchiv, Haus-, Hof- und Staatsarchiv (HHStA), Obersthofmeisteramt Ältere Zeremonialakten, box 18. Staatenabteilung, Portugal, box 2.

127


Apologia in favor dell’eccellentissimo signor prencipe siniscalco di Ligne, marchese d’Aronchez, ambasciator di Portogallo à Vienna, s.l., s.a. «Apologia pro Illustrissimo Principe Senescalo de Ligne, Marchione de Aronchesio, regis lusitaniae apud imperatorem legato. Epistola unius ex ejus amicis, ad legatum» in António Caetano de Sousa, Provas da Historia Genealogica da Casa Real Portugueza, Lisbon, Na Regia Officina Sylviana e da Academia Real, 1748, VI, pp. 212-220. Apologie de le Prince Sénéchal de Ligne, Marquis d’Aronchez, Ambassadeur de Portugal à Vienne: lettre d’un de ses amis, [Paris], s.a. Collecção Chronologica da Legislação Portugueza, 1603-1612, ed. José Justino de Andrade e Silva, Lisbon, 1854, vol. I. Des Herrn Ferdinand Leopolds Grafen von Hallewiel etc. der Röm. Kays. Majest. Kammer-Herrns Ertödtung, 1696. Historische Remarques über neuesten Sachen in Europa des 1700 Jahres, Hamburg, Peter A. Lehmann, 1700. Lettres Historiques, contenant ce qui se passe de plus important en Europe, The Hague, Chez Adrian Moetjens, 1696 and 1700, vols. X and XVII. Ordenações Filipinas, Lisbon, Fundação Calouste Gulbenkian, 1985, vols. 2 and 5. Portugal, Lisboa e a Corte nos Reinados de D. Pedro II e D. João V. Memórias Históricas de Tristão da Cunha de Ataíde, 1.º Conde de Povolide, eds. A. Vasconcelos de Saldanha and C. Radulet, Lisbon, Chaves Ferreira, 1990. , António Caetano de, Provas da Historia Genealogica da Casa Real Portugueza, Lisbon, Na Regia Officina Sylviana e da Academia Real, 1748, vol. VI. ——, História Genealógica da Casa Real Portuguesa, Coimbra, Atlântida, 1953, vol.

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RECIBIDO: ABRIL 2017 APROBADO: SEPTIEMBRE 2017 DOI: 10.14643/52D

131


132


A study of the visual representation of the martial political identity of Philip IV, through an analysis of palace decoration, festivals, book illustrations and prints. Keywords: Philip IV, visual culture, political identity.

Un estudio de la representación visual de la identidad política marcial de Felipe IV, a través del análisis de la ornamentación palaciega, festivales, ilustraciones de libros e impresos. Palabras claves: Felipe IV, cultura visual, identidad política.


«… pongamos ahora a contemplar a España: de yerro es esta ilustre Provincia, toda es Marcial, y bellicosa…»1. «Sepan pues todos los Principes del Mundo, que aunque sean Martes fortisimos, aunque sean altisimos como Saturno, aunque sea cada uno dellos un Iupiter en fortuna, y riquezas: si se apartaren del Sol esplendissimo de Espana, se abatiran aunque les pese: quando llegaren a hazerle oposicion, llegaran al Perigeo de su periodo, al lugar mas infimo de su infortunio»2.

Juan , Ἡσπανο-σθημα. Declaracion Mystica de Las Armas de España, Invictamente Belicosa, Brussels, Lucas de Meerbeque, 1636, p. 24. 2 Ibíd., p. 58. 1

134


J

uan Caramuel Lobkowitz’s Declaracion Mystica de Las Armas de España, Invictamente Belicosa3, published in 1636 and dedicated to the Cardinal Infante Ferdinand, gives voice to a renewed confidence in Spain’s military capacity following the dedicatee’s victory over the

Protestant forces at Nördlingen in 1634, as well as the successful defence of Louvain in 1635 where Caramuel participated as military engineer4. The symbolic importance of Nördlingen and its victorious general was made wholly apparent in 1635 in the elaborate arches and stages adorned with portraits, historical scenes, allegory and heraldry created in Antwerp under the direction of Peter Paul Rubens to celebrate both the victory and authority of Habsburg rule, that of both the Austrian and Spanish houses5. Caramuel echoes the paeans of the previous year with an extensive literary arsenal of religious, classical and historical tropes in his Declaración of Spain and its king as an unrivalled military power. He also included engravings of the arms of eleven of the kingdoms that formed the Spanish Habsburg European territories6. Three years later Caramuel would use the printed image with greater immediacy in Philippus Prudens, Caroli V Imperatori Filius Lusitaniae, Algarbiae, Indiae, Brasiliae, & c. legitimus Rex demonstratus7. On this occasion the bellicose authority of España was represented with an elaborate astrological allegory (Figure 1)8. The title-page, designed by Quellinus the Younger, shows the violent confrontation arising from the Spanish 3

The research presented here was started while working on the research project Excesos de la nobleza de corte: usos de la violencia en la cultura aristocrática ibérica del seiscientos (1606-1665) MINECO HAR2012-31891. It has since been developed as part of a research project being undertaken at CHAM, FCSH, Universidade NOVA de Lisboa, which is supported by a Postdoctoral fellowship grant from the Fundação para a Ciência e a Tecnologia-FCT (SFRH/BPD/101729/2014). 4 Víctor , «Juan de Caramuel y su “Declaración mystica de las armas de España” (Bruselas, 1636)», Archivo español de arte, 320:80, 2007, pp. 395-410, p. 398. See also: Inmaculada and Víctor , «Symbolical Explanation of the Coats of Arms According to Juan De Caramuel (1636)», Emblematica: An Interdisciplinary Journal for Emblem Studies, 16, 2008, pp. 223251. 5 See: Jan-Gaspar , Pompa Introitus Honori Serenissimi Principis Ferdinandi Austriaci Hispaniarum Infantis S.R.E. Card..., Antwerp, Jan Van Meurs, 1641 [1642]; John , The Decorations for the Pompa Introitus Ferdinandi, London, Phaidon, Corpus Rubenianum Ludwig Burchard, 1972, XVI. 6 , art. cit., pp. 397, 401, 405. 7 Antwerp, Baltasar Moretus, 1639. 8 The italicised España is used to refer to the entwined notions of the Spanish Habsburg monarchy and its territorial empire. The complex issue of the significance and evolution of early modern notions of nationhood and national identity cannot be addressed here, but the study that follows indicates how this was addressed in visual terms and reference is made to relevant studies of early modern Hispanic political discourse below. For critical reflection on the theme of national identity see the landmark study: Benedict , Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, London, Verso, 2006.

135


domination of Portugal, the former represented as a lion suppressing the latter, depicted as a dragon, with one clawed paw. In its other paw the lion holds a sword ready to unleash a deadly blow, while two cherubs descend to confer the laurels and palm of victory. Caramuel’s assumption of preordained victory would be contested over the following thirty years on the battlefield, in diplomatic negotiation, and, as the final section of this article addresses, in both visual and literary culture. Nonetheless, Philippus’ title-page is one of the most succinct visual representations of España as bellicose and martial. The representation of Spanish Habsburg authority in terms of a martial rhetoric and violence in Declaración and Philippus, examples of what Fernando de la Flor has referred

to

as

«la

exposición

infatuada

de

una

expresiva

violencia

o

“furia Española”»9, exploited a central tenet of the political discourse of Spanish Habsburg authority, which had in turn been long been represented in literary and visual media10. While bearing in mind de la Flor’s discussion of the «fracturas and dialecticas profundas» that gradually evolved a critique of this martial discourse it is important not to disregard the latter solely as bombastic rhetoric, and the aim of this article is to analyse a series of visual representations of this political topos. Drawing on historical studies on the ideological use and significance of visual culture the task of this article is analyse how visual media, supported by a variety of literary texts, was used to define, and above all disseminate, an authoritative martial political identity for both Philip IV and España across the Spanish Habsburg territories. To achieve this attention is shifted from the study of the sources for and the significance of this iconography of power, to a consideration of its reception, circulation, emulation and even contestation. In this way valuable insights are offered into the ways visual media were key components of the cultural networks through which political power was represented and consolidated. The present study, as a foundation for a broader study of visual culture and the construction of baroque political identity in Portugal and Spain, addresses the combined

9

Fernando , Barroco: Representación e Ideología en el Mundo Hispánico, 1580-1680, Madrid, Cátedra, 2002, p. 191. See also: Fernando , «En las fronteras del “planeta católico”: Representaciones barrocas del estado de guerra permanente en la totalidad imperial hispana», Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas 106, 2015, pp. 9-51. 10 See for example: Fernando , «The language of triumph: images of war and victory in two early modern tapestry series», in Festival Culture in the World of the Spanish Habsburgs, eds. Fernando Checa Cremades and Laura Fernández-González, Farnham, Ashgate, 2015, pp. 19-40.

136


representation of three fundamental visual themes: martial portraits of the king, allegorical personifications of España, and representations of violence intended to signify regal authority. Caramuel’s Philippus is a key example of this rhetorical strategy: emblematic violence and the allegorisation of España are represented together on the title-page, while portraits of Philip II, III and IV in armour conclude the series of the kings of Portugal included in his book11. Philippus is returned to in the final section of this study, prior to which the exemplary precedents for this visual strategy are examined with reference, firstly, to palace decoration at the court of Philip IV. Consideration is then given to the reception of the political dimensions of visual display at Philip IV’s court as evidence, not only of how these images were interpreted, but also for the dissemination of this iconography of authority. Historiographical discussion of the iconography of power focused on palace decoration has been developed by work on festivals and emblematics and in the penultimate section attention is turned to the dissemination and emulation of the court’s visual culture at two contemporaneous festivals, one held in Salamanca, the other in Lima. A key aspect noted at these festivals is the representation of the threefold political iconography -portraiture, allegory and representations of violence- in different cultural registers to a more diverse public then. To conclude this article further attention is paid to the cultural register of visual representations, as well as the wider circulation of the aforementioned three elements of marital imagery, by considering the use of book illustration and prints to challenge and contest claims to authority and hegemony. The two core themes of this study, political identity and visual culture, are terms whose use can belie the complex historical issues they encompass. The historiographical and methodological issues raised by both themes, as well the relationships between them, have been discussed by a range of scholars, yet regrettably this extensive literature and critical issues raised cannot be pursued here12. Instead the 11

On these portraits, which had been used in de A. , Anacephalaeoses Id Est, Summa Capita Actorum Regum Lusitaniae (1621), and the fact that the Infante Cardinal is also included see: María Inmaculada , «Caramuel, Felipe IV y Portugal: genealogía e imagen dinástica en el contexto de la pérdida del Reino», in IV Congresso internacional do barroco ibero-americano. (Ouro Preto, 2006), Coimbra, Universidade de Coimbra, 2006, pp. 554-568. 12 For a succinct overview of identity as a subject of historical study see: David , José María , Pedro , «Introdução» in Repensar a identidade: o mundo ibérico nas margens da crise da consciência europeia, Lisboa, Centro de História de Além-Mar, 2015, pp. 9-16. With regard to the ideological discourse that shaped political identity in seventeenth-century Iberia the following studies should also be referred to: Ana Cristina and Antonio Manuel

137


illustrative and contrasting case studies studied are intended to contribute a deeper understanding of both terms and also signal issues for critical reflection in future studies. Before proceeding further, it should be made clear that political identity is used in two senses, firstly in a very literal sense to refer to the political dimension or significance of the public image of Philip IV as constructed through diverse media, ranging from clothing to ritual, and painting to poetry. As Fernando Bouza’s statement, «hubo más de una imagen del poder y más de un discurso de imágenes», indicates baroque political identity was multifaceted, whereby the bellicose claims espoused by Caramuel and the imagery addressed below are just one facet of the political identity constructed for Philip IV; other facets to consider would be the king’s devotion and piety, his intellectual pursuits and also his passion for hunting, some of which are touched on below13. Nonetheless, by focusing on martial concerns and authority a framework is provided to consider a second sense of political identity, which is how the king, in person and image, represented various interrelated collective political identities, of monarchia, patria and imperio, referred to here as España, a term frequently employed with this semantic range, as the sources discussed below indicate. Attention is turned to this second notion of political identity by addressing the threefold iconography of power set out above, yet it should be noted that Elena Santiago has indicated that images of España was by no means solely identified with martial issues 14. Nonetheless, the focus on this martial theme offers a valuable focus to consider the historiographical complexity of political identity, for example analysis of the dissemination and circulation of imagery highlights how political identity was a cultural phenomenon

, «Identidade Portuguesa», in História de Portugal: volume 4, o antigo regime, ed. José Mattoso, Lisbon, Círculo de Leitores, 1993; Anthony , Spanish Imperialism and the Political Imagination: Studies in European and Spanish-American Social and Political Theory 1513-1830, New Haven, Yale University Press, 1990; Francesco , Espejos de La Revolución: Conflicto E Identidad Política en La Europa Moderna, Barcelona, Crítica, 2000; Diogo , Cultura Política No Tempo Dos Filipes, 1580-1640, Lisboa, Edições 70, 2011; Thomas , The Renaissance of Empire in Early Modern Europe, New York, Cambridge University Press, 2014; Jodi , Monarchy, Political culture, and drama in seventeenth-century Spain, Aldershot, Ashgate, 2006. Discussion of the political identity has also been implicit in studies of painting, festivals and print culture, and key studies are cited below. 13 Fernando , «Por no usarse: sobre uso, circulación y mercado de imágenes políticas en la alta edad moderna», in La historia imaginada: construcciones visuales del pasado en la Época Moderna, eds. Joan Lluís Palos and Diana Carrió-Invernizzi, Madrid, Centro de Estudios Europa Hispánica, 2008, pp. 41-64, p. 45. 14 Elena , «Grabadores flamencos en el Madrid de Felipe IV», in Tras el centenario de Felipe IV: Jornadas de Iconografía y Coleccionismo, eds. José Manuel Pita Andrade, Ángel Rodríguez Rebollo, Madrid, Fundación Universitaria Española, 2006, pp. 183-206, pp. 187, 195-6.

138


beyond the confines of erudite discourse. Finally, it should be added that this study focuses on the opening decades of Philip IV’s reign, a period when, with the guidance offered by his valido the Count-Duke of Olivares, considerable efforts were made to establish Philip’s political authority, not only through the policies pursued, but also with the construction of an elaborate image of power and political identity for the king. The use of the term visual culture must likewise be briefly addressed. The entwined issues of political identity and visual culture alone have an extensive bibliography, some of which is cited over the course of this essay, and again the state of research in this area cannot be addressed here. Visual culture is used primarily to refer to visual representations in a variety of media. Broader questions on what these images inform us about modes of seeing for example are touched on, above all, with regard to questions of reception, but cannot be examined in depth15. However, the term culture is not simply an appendage, and a concern of this article is to examine how media were employed across cultural networks in which ideological concerns were a key dynamic and texts were a key medium in defining and disseminating the visual. With regard to the latter point the discussion below illustrates the relevance of Clifford Geertz’s discussion of the significance of rites surrounding the figure and authority of the monarch. The dissemination of regal imagery accompanied by festive rituals clearly indicates how the «the character of a sovereign», in this case martial, could be connected to a realm that spanned several continents, whereby this discussion provides a framework for a deeper study of the relationship between political identity and visual culture16.

The scholarship on palace decoration at the court of Philip IV provide an essential foundation for the themes addressed in this study. The rich variety of visual and material culture displayed in Philip IV’s various residences stands testimony to the

15

See for example the chapter «Voir le portrait du roi» in Diane , Pouvoirs Du Portrait Sous Les Habsbourg d’Espagne. Paris, CTHS, 2011, pp. 277-322. 16 Clifford , «Centers, Kings, and Charisma: Reflections on the Symbolics of Power», in Local Knowledge: Further essays in interpretive anthropology, New York, Basic Books, 1983, pp. 121-146.

139


diverse facets of political identity17. The Salón de Reinos (Hall of Realms) is the paradigmatic example of the use of visual media to construct a martial political identity for Philip IV. Its decorative programme has as its primary focus the image of Philip IV, his father, Philip III, and his heir Baltasar Carlos, each portrayed on horseback in military costume18. The presence of the King’s respective wives in contrast underscores the continuity of the Habsburg line, a recurring theme encountered in the portrait series and works with nuptial themes found in the Alcazar for example19. The allusion of these equestrian portraits to classical and renaissance precedents of military triumph, albeit subdued with Velazqueño naturalism, was made explicit, firstly, in historical terms with the twelve paintings of victorious battles, and then through the allegorical allusion offered by Zurbarán’s paintings of the deeds of Hercules20. A further allegorical element was the inclusion of twelve rampant lions, holding a torch and a shield, which Ángel Aterido’s suggests may have been intended as a reference to the throne of Solmon21. Finally, the authority of Habsburg rule was evoked in the twenty-four escutcheons of the Iberian, European and American Kingdoms that made up Philip’s empire, and which it befell to him to defend. The extensive analysis of this programme by Brown and Elliott has established our understanding of the programme, and subsequently further insight has been offered

17

Significant publications on this theme include: Bonaventura , El Escorial como museo: la decoración pictórica mueble en el Monasterio de El Escorial desde Diego Velázquez hasta Frédéric Quilliet (1809), Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona, 2002; Svetlana , The Decoration of the Torre de La Parada London, Phaidon, Corpus Rubenianum Ludwig Burchard, 1971, IX; Steven , Philip IV and the Decoration of the Alcázar of Madrid, Princeton, Princeton University Press, 1986; Jonathan and John , A Palace for a King: The Buen Retiro and the Court of Philip IV, New Haven, Yale University Press, 2003; El Palacio del Rey Planeta: Felipe IV y El Buen Retiro, ed. Andrés , Madrid, Museo Nacional del Prado, 2005; Diane , op. cit.; Angel , «Felipe IV, Velázquez y el Alcázar de Madrid. Recapitulación y nuevas vías de estudio a través del coleccionismo regio», Goya: Revista de arte, 359, 2017, pp. 93-113. 18 and , op. cit., pp. 149-202. José «La Reconstitución del Salón de Reinos, Estado y replanteamiento de la cuestión», in El Palacio del Rey Planeta: Felipe IV y El Buen Retiro, ed. Andrés , Madrid, Museo Nacional del Prado, 2005, pp. 91-167. 19 See for example the series of portraits hung in the South Gallery and Gilded Hall in the Alcazar, and the depiction of the Exchange of Princesses recording the 1615 ceremony marking the arrival of Isabel de Bourbon and the departure of Anne of Austria, the wives of Philip IV and Louis XIII respectively. See , op. cit., pp. 47, 125-135, 146. 20 and , op. cit., pp. 163-170; , op. cit., pp. 148-167. 21 Op. cit., 113-114. The shield was adorned with arms of Gerónimo de Vilanueva, see: Ángel , «Conjuntos iconográficos del Alcázar en tiempos de Felipe IV», in Tras el centenario de Felipe IV: Jornadas de Iconografía y Coleccionismo, eds. José Manuel Pita Andrade y Ángel Rodríguez Rebollo, Madrid, Fundación Universitaria Española, 2006, pp. 305-336, p. 312.

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by Álvarez Lopera, Kagan and Marías22. Kagan took up the claim made by Brown and Elliott that the Hall of Realms should be read as a Hall of Princely Virture, which he refers to as a speculum principum, thereby focused on the first sense of political identity, that of Philip IV, and developed this idea by proposing that it may also be read as a speculum republicae, which in turn offers a basis to consider the second broader sense of identity discussed above23. Marias subsequently pursued this line of argument further to consider how the contemporaneous policies of the Count-Duke of Olivares and the historiography of Tamayo de Vargas likewise informed this series 24. The reading of the series as a speculum republicae primed with allusion to Olivares’ policies, signals how the two senses of political identity discussed above were entwined. There was no explicit allegorical representation of España, but it may be argued that, the space of the hall itself adorned with the arms of its realms may be read as symbolising a collective, political unity. While a martial political identity was the unifying theme of the Hall of Realms, articulated in the equestrian portraits of the kings in armour, the scenes of warfare and mythological struggle, the values professed are the virtues of the general, be that the king or his subalterns, rather than the violent suppression of revolts as alluded to in Quellinus’ title-page25. Indeed, as Marias comments Maino’s Recovery of Bahia, the only painting featuring Philip IV, albeit in effigy, is a keynote of this series, and he states that its principal theme is «la clemencia católica frente a la impía herejía rebelde», a sentiment later echoed in Faria e Sousa’s sonnet on Velázquez’s Surrender at Breda, the source for the three political topoi cited in the title of this article 26. Indeed, in Velázquez’s painting, as well as Maino’s, along with Pereda’s Relief of Genoa, Zurbarán’s Defence of Cadiz and Leonardo’s Surrender of Jülich the scenes take place following the cessation of hostilities with the respective general’s re-establishing peace. Closer scrutiny of the other six paintings (Cajés’ Capture of St. Martin is lost) 22

Richard L. «Imágenes y política en la corte de Felipe IV de España: nuevas perspectivas sobre el Salón de Reinos», in La historia imaginada: construcciones visuales del pasado en la Época Moderna, Madrid, Centro de Estudios Europa Hispánica, 2008, pp. 101-120; Fernando , Pinturas de historia, imágenes políticas: repensando el Salón de Reinos, Madrid, Real Academia de Historia, 2012. 23 and , op. cit., pp. 156-163; , op. cit., p. 116. 24 For a summary and conclusion to his line of argument see , op. cit., pp. 32 and 68. 25 and , op. cit., p. 180 and ss.; See also , op. cit, pp. 195-6, who interprets this as evidence of a tendency to suppress representations of warfare in visual imagery. 26 , op. cit., p. 62. See also: , op. cit., pp. 310-316; Manuel de , Fuente de Aganipe O Rimas Varias ... Divididas En Siete Partes, Madrid, Juan Sánchez, 1646, vol 1, f. 76v.

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underscore Kagan’s emphasis on their subject being a celebration of the general, whose aim was the virtuous conclusion portrayed by Velázquez and Maino27. Indeed, violence is all but suppressed, the vague furore of battle is as a rule relegated to the mid-ground and beyond, only revealing itself with the corpse and mortal skirmish seen in the foreground of Carducho’s Battle of Fleurus28. Violence is enacted in seven of the ten paintings of Hercules with their emphasis on supernatural strength, but it is muted and Zurbarán’s characteristic use of intense chiaroscuro above all highlights the hero’s body performing an emblematic range of valiant postures. Brown and Elliott argued that the choice of Zurbarán’s «imposing but rigid style» for this series, developed in his work for religious patrons, makes sense from both a formal and conceptual perspective as it clearly facilitates a reading of the paintings in an allegorical sense, as celebrating the combined martial triumph of king, España and his loyal servants29. With regard to the depiction of violence a striking contrast is offered by the corpus of paintings by Titian and Rubens which were a centrepiece in the Salón Nuevo (New Room) of Philip IV’s principal royal residence in Madrid, the Alcazar. The decoration of the New Room brought together a more eclectic range of subject matter; Brown and Elliott again identify this within the tradition of the Hall of Princely Virtue and highlight how work on the New Room forged the conceptual foundations for the Hall of Realms30. A key aspect of this eclectic display is that it indicates other facets of regal authority, such as regal magnificence and wisdom, yet as studies of this room have discussed the martial image of the Habsburg monarchs was a core concern31. Titian’s Charles V at Muhlberg and the Portrait of Philip II after Lepanto laid the foundations for the decorative programme, and were complemented by Velázquez’s Expulsion of Moriscos, depicting Philip III, and finally Ruben’s equestrian portrait of Philip IV 32. All these paintings were concerned with the monarch as defender of the faith. While, the 27 28

and

, op. cit., p. 175; , op. cit., p. 28.

, op. cit., pp. 115-117.

29

Op. cit., p. 170. Op. cit., pp. 161-163. 31 , op. cit., pp. 32-117; Matías , Sansón y el León: Peter Paul Rubens, Madrid, División Espacio Arte, 2004, pp. 81-136; Ángel , «Aportaciones de Felipe IV a las Colecciones Reales de pintura», in Tras el centenario de Felipe IV: Jornadas de Iconografía y Coleccionismo, eds. José Manuel Pita Andrade y Ángel Rodríguez Rebollo, Madrid, Fundación Universitaria Española, 2006, pp. 95-154, pp. 96-109. 32 , op. cit., pp. 44-45, pp. 48-49, pp. 52-54. Peter , Titian: the complete paintings, Ghent, Ludion, 2007, pp. 222, 368; Francis , Portraits I, London, Phaidon, Corpus Rubenianum Ludwig Burchard, 1971, XIX, pp.150-154. 30

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victories won by Charles V and Philip II were renowned historical events Velázquez and Rubens had to employ allegory in the absence of comparable feats. Rubens painted Divine Justice accompanying Philip IV, while Faith bestowed the victor’s laurels on the king with one hand while planting a cross in Philip’s Iberian territory on a globe held aloft by two cherubs33. The inclusion of such allegorical elements is rarely encountered in images of Philip IV as indicated by other portraits of the king, such as the Frick collection’s portrait painted by Velázquez in 1644 at Fraga during the military campaign Philip IV led against the French; Maino’s use of the picture within a picture motif in the Hall of Realms mentioned above is another rare occurrence of the recourse to allegory34. However, the combination of allegory was addressed in a still more direct manner by Velázquez, whose Expulsion of the Moriscos depicted España «as a majestic matron, in Roman Armour… holding a shield and darts in her right hand, and in her left, some ears of grain»35. In the absence of this painting it is hard to gauge the full significance of this allegorical figure, yet it is a singular instance of the combination of the two senses of political identity, King and Patria, discussed above. The decoration of the New Room, which evolved into the Hall of Mirrors in the mid-1640s, underwent continual modifications throughout the reign of Philip IV. For the purposes of this paper attention is concentrated on the years prior to 1638 when it began to be formally used. In 1636 an inventory was made of the room’s contents, which provides a valuable source to contrast this room to the Hall of Realms36. Furthermore, a range of documentary sources testify to the evolution of the initial programme for this room from the early years of Philip’s reign, and these demonstrate how the room’s martial theme was given central prominence from the outset37. As has been said other themes were also foregrounded such as the exemplar of regal magnificence evoked in Domenichino’s painting inventoried in 1636 as Solomon and

33

, op.cit, p. 152. See also, Simon , Rubens y España: Estudio Artístico-Literario Sobre La Estética Del Barroco, Madrid, Cátedra, 1990, pp. 144-153. 34 and , op. cit., pp. 193-200; , op. cit., pp. 122-125. Closer study of printed imagery is also required as indicated by the title-page to Vincencio Tortoretti, Capilla Real, Madrid, Martínez, 1630, cited in , op. cit., p. 210. 35 Antonio , Vidas, Madrid, Alianza, 1984; , op. cit., pp. 53-54. On the iconography of Spain see: , art. cit., pp. 103-4. 36 , op. cit., pp. 189-192. 37 In addition to those quoted by Orso see his publication of the 1636 inventory: , op. cit., pp. 187189.

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the Queen of Sheba offering her Treasure38. The painting no longer exists but it is recorded as being of the same size as the portraits of Philip II, III and IV indicating the prominence given to this subject. As Rodríguez argues the painting was intended to allude to Philip’s emulation of Solomon’s wisdom and justice, yet the painting may also have acquired a subtext regarding the payment of tributes and taxes: Kings I:10 continues stating that the Queen of Sheba «gave the king a hundred and twenty talents, and of spices a very great store, and precious stones», and further details on the sources of Solomon’s material magnificence are later given; as Elliott and other historian have commented fiscal matters were a pressing issue for Philip IV and his valido39. With regard to this study a series of scenes of violence underscored the martial image of both monarchy and nation discussed above. The intention to develop this allegorical dimension of the programme can be dated to prior to 1626 when Titian’s four Furias were recorded as on display in the room, having been moved from the king’s bedroom40. The cultural and specific political significance of these dramatic paintings of the punishment of those that challenged Jupiter’s authority has been discussed by Falomir and Rodríguez amongst others as an allegory of regal power, and this will be returned to below with regard to the reception of this programme and the values it espoused41. An issue that merits greater scrutiny is the combination of these paintings with other classical subjects, as well as biblical ones, that together underscored a political message. Two paintings by Rubens, Samson breaking the jaws of a lion and David Killing a bear, clearly complemented the theme of the punishment administered to the Furias42. Likewise, Camilo Procaccini and his assistant’s Samson defeats the philistines, Ribera’s Jael and Sisera, and the fifteenth century Queen Tomyris with the Head of Cyrus, in the style of the Master of Flemalle, echoed this concern43. However, violence was not treated unequivocally, and the programme seemingly included two juxtapositions. Firstly, the pendant Ribera produced to his 38

, op. cit., pp. 55 and 190. , art. cit., p. 103. See also: Virgilio , «Acerca de los recursos de la iconografía regia: Felipe IV, de Rey Sol a nuevo Salomón», Norba: revista de arte, 12, 1992, pp. 163186. On Spain’s financial situation see, John , Count-Duke of Olivares: a statesman in the age of decline, New Haven and London, Yale University Press, 1988, pp. 233-234, 237-238. 40 , op. cit., p. 45; , op. cit., pp. 233-235. 41 , art. cit., pp. 108-109; Miguel , Las furias: alegoría política y desafío artístico, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2014, pp. 63-67. 42 , op. cit., p. 57. 43 Respectively: , op. cit., pp. 46, 55, 58-9. On the latter painting see: Elizabeth , Subjects from History II, London, Phaidon, Corpus Rubenianum Ludwig Burchard, 1997, XIII, pp. 19-20. 39

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painting of Jael, Samson and Deliliah, seemingly contrasts the administration of justice with a scene of betrayal and deception of virtue. A second painting by Procaciani was Cain slaying Abel, which it might be proposed was intended to be thematically contrasted to Rubens’ Reconciliation of Jacob and Esau44. Regrettably, it is beyond the scope of this article to examine this series of thirty paintings in detail. The size of the paintings clearly suggests a hierarchy of significance, as mentioned above the depiction of Solomon is recorded as being the same size as the portraits of the kings, and a second prominent image, this time focused on violence, albeit self-inflicted in a gesture of courage, was Rubens’ Gaius Mucius Scaevola before Porsenna, which is recorded as a painting «larger than those of the Furias»45. Again Rodríguez is insightful on the contemporaneous significance of this image referring to the reference made to this legend in an emblem by Hernando de Soto entitled «Scevolas produce España»; he concludes that its intention was the «exaltación del poder y la valentía de España»46. The latter image was perhaps intended to remind Philip’s generals’ of the valour expected of them, or else to remind courtiers of the valour exercised in their name, which suggests a clear parallel to the Hall of Realms; a contemporaneous dimension was added to this moral example with the inclusion of a portrait of the Cardinal Infante and a representation of the battle of Nördlingen. However, setting aside these positive virtues the most striking feature of the New Room was undoubtedly its emphasis on the punishment of the enemy, wrongdoers and heresy. By invoking Philip’s forbears, celebrated as defenders of Catholicism, along with allusions to both the wrath of both Jupiter and the Old Testament Divinity, exercised by his chosen servants, the image of both Philip IV and España was figured in unequivocal and intransigent terms.

Attention must now be turned to evidence for the wider circulation of the threefold configuration of political identity discussed here. To do so the final two sections address evidence for the use of these iconographical elements across Europe and as far afield as 44

, op. cit., pp. 55-56. Ibídem, pp. 56, 190. 46 , art. cit., p. 108. 45

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Lima, but firstly the question of the reception of the imagery discussed so far should be considered. Carducho in his Diálogos de la pintura provides a point of departure for this issue, with his advice on the decoration of a royal palace:

Si fueren galerías Reales, sean historias las que se pintaren, graves, majestuosas, exemplares y dignas de imitar, como son premios que grandes Monarcas han dado a los constantes en el valor y en la virtud, castigos justos en maldades y traiciones, hechos de Héroes ilustres, hazañas de los más celebres Príncipes y Capitanes, triunfos, victorias, y batallas […]47.

Regrettably, Carducho is silent on the exemplary nature of the New Room. The all too brief description he gives in Diálogos is comparable to the more detailed description written in 1626 by Cassiano dal Pozzo: both authors are primarily concerned with the images as artworks, their subjects and artists, rather than their ideological message48. However, the Hall of Realms did prompt a number of literary works, and although of varying literary quality they give an indication of spectators’ reception of the three visual elements discussed above as figuring the martial political identity of Philip IV and España. The majority of the poems published in Elogios al Palacio Real de Buen Retiro are concerned above all with adulation of the Count Duke of Olivares and expressions of admiration for the Buen Retiro, whereby scant insight is offered to why the historias in the Hall of Realms would be «dignas de imitar»49 by loyal spectators. However, the final two poems, which are considerably longer provide more insight into the ideas associated with the building. Antonio Pellicer praises the importance of the Palace with its Salon as a monument ensuring not only «La Felizidad de España» but also capable of making «un orbe felize» for the «agasajos le ofreces / Al Monarca mas sublime». He continues with reference to the challenge posed by the Dutch rebels, but declares Philip’s capacity to suppress revolt:

Vicente , Diálogos de la pintura…, Madrid, Martínez, 1633, ff. 108v-109r. For a translation of the relevant passages from the works of both authors see, , op. cit., pp. 187189. See also: Enriqueta , «Cassiano dal Pozzo on Diego Velázquez», The Burlington Magazine, 112: 807, 1970, pp. 364-373. 49 Elogios al Palacio Real del Buen Retiro: escritos por algunos ingenios de España, ed. Diego de , Madrid, Imprenta del Reyno, 1635. See also: and , op. cit., pp. 149-150. 47 48

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A quien el Cielo, absolute Triunfador de sus Paises Ha de mirar, sugetando desobediente cervizes […]50.

In the final panegyrico José de Pellicer does state that the Buen Retiro is where «el govierno se respire en ocio facil» away from «lo severo del Palacio», but he qualifies this as a well-earned rest from the battlefield:

En tanto que vuestras hazes triunfan siempre victoriosas de reveldes i Neutrales… En tanto que al Olandes Sus designios desleales, El miedo emienda […]51.

Evidently, Philip’s role in suppressing his enemies was considered a primary one and similar sentiments are expressed in Obras varias al Real Palacio del Buen Retiro, consisting of a number of poems by the Portuguese poet Manuel Galhegos. For example, in verse XIV of the Sextas rimas he refers to the palace as a triumphal arch for the victories over Philip’s enemies, as well as suggesting that the lead shot fired by his foes would serve to cover the palaces rooves52. Galhegos’ opening Silva Topografica also provides an extensive ekphrasis of the Hall of Realms in which the fiery gaze of Philip IV’s portrait and vigour of his steed are singled out, and considered as follows:

Si assi le viera el Belga en la campaña al imperio de España se rindieran la turbas rebeladas, en rayos de decoro fulminadas53.

50

Ibíd., p. 46. Ibíd., p. 58. 52 Manuel de , Obras varias al Real Palacio del Buen Retiro, Madrid, María de Quiñones, 1637, ff. 20r-v. On Galhegos see: Heitor , Manuel de Galhegos, Um Poeta Entre a Monarquia E Monarquia Dual E a Restauraçao, Anadia, Cisial, 1964; Edward , «Review of Manuel de Galhegos, Um poeta entre a Monarquia Dual e a Restauração by Heitor Martins», Hispanic Review, 36:2, 1968, pp. 194-198. 53 Ibíd., ff. 2v-3r. 51

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The allusion to Philip as victorious general representing the «imperio de España» is underscored when attention is turned to the battle paintings in which: […] aprenden los humanos sentidos quanta gloria, y quanta horibile y celebre vitoria la hispana gallardia gozó en el campo […]54.

Galhegos briefly discusses the Hercules series and also includes a reference to the iconography of the Furias; his claim that Philip earns «laureles de Esmeralda» on the battlefield is argued by invoking the Gigantomaquia, yet Galhegos states that Jupiter would await Philip’s help, thereby further indicating the prescience of the political message of the Furia series55. Silva Topografica continues by citing a series of other works in the Palace, and the choice of works is both striking and relevant to the discussion pursued here, as they are all scenes centred around violence: Rubens’ Death of Seneca, Guido Reni’s Tarquin and Lucrecia and then two paintings by Velázquez, an Apollo and Marsyas and the Joseph’s Bloody Coat brought to Jacob56. His choice of artists was seemingly intended to indicate how Philip’s court painter rivalled celebrated artists from Italy and Flanders, and a similar concern was stated by Faria e Sousa in his introduction, which claims that the Buen Retiro, «dexando atras las memoradas viñas, con que Italia nos acusava de incultos; y haziendo que España saliesse de la barbaridad Gotica, en que hasta aora vivio…»57. However, besides such issues of cultural supremacy Galhegos’ selection serves as reminder that a significant number of scenes of violence were a recurring theme in this palace, ranging from Ribera’s series of the Furias to the diverse scenes of classical Rome, including depictions of gladiatorial combat58. Attention so far has been devoted to the elusive meaning of these paintings, which Úbeda de los Cobos has 54

Ibíd., f. 4r.

55

, op. cit., f. 3r. Varia Velazqueña: Homenaje a Velázquez en el III Centenario de su muerte, 1660-1960, ed. Antonio , Madrid, Ministerio de Educación Nacional, 1960, II, p. 31, footnote 23 refers to Elias Tormos suggestion that this refers to a lost painting by Velázquez, but no evidence has since been found to pursue this further. 57 , op. cit., p.v. 58 , op. cit., pp. 169-239. 56

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referred to as too ambiguous to identify with specific themes such as Neostoic values, yet Galhegos’ ekphrasis of these paintings, as with the portrait of Philip IV, highlights how their moral example was articulated in terms of an emotionally charged spectacle, for example on Veláquez’s Tunic of Jose he states: […] en essa table, donde lastimoso el patriarca Iacob gime en colores y explicando en matizes sus dolores fúnebre llora […]59.

The poetic response to the Hall of Realms, to which might be added Lope de Vega and Zarate’s poems on the equestrian portraits of Philip IV, as well as Quevedo’s Al retrato del Rey nuestro señor hecho de rasgos y lazos, con pluma, por Pedro Morante, which all likewise address the King’s marital qualities, signal how portraits and secular history paintings and portraits were conceived with similar goals as to those described by the Counter-Reformation theorist Paleotti for religious paintings, they should: «stimulate the senses and excite spirituality and devotion»60. Central to the visual rhetoric Paleotti proposed was the concern to «delight, teach and move» all classes of spectators, from painters to the pious, and the learned to the lower strata. In the secular images discussed here, addressed to a learned public, the concern was to inspire respect, loyalty and varying degrees of awe for Philip as a ruler, as well as a desire for vengeance on heretics and enemies alike61. Carducho makes little reference to the emotional content of paintings or scenes of violence but he does refer to both with regard to a play by Lope de Vega, praising both the spectacle of theatre and its emotional content:

Yo me hallé en un Teatro, donde se descogió una pintura suya que representaba una tragedia, tan bien pintada, con tanta fuerça de sentimiento, con tal disposición y dibujo, colorido y viveça […] 62. 59

op. cit., f. 8r. , Laurel de Apolo con otras rimas, Madrid, Juan González, 1630, ff. 116r-118v; Francisco , Obras varia, Alcalá, María Fernández, 1651, pp. 56-57; Francisco de , Parnaso Español, Madrid, Pablo de Val, 1649, pp. 5-6; Gabriele , Discourse on Sacred and Profane Images, Los Angeles, CA, Getty Research Institute, 2012, p. 310. 61 , op. cit., p. 309. 62 , op. cit., f. 61v. 60

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He goes on to describe how an act of violence, performed offstage, prompted one ingenuous audience member to raise a cry for help. Naturally, Carducho distinguished between and enjoyed both the art and illusion of theatre, but his works indicate that he was attentive to the emotional charge of the latter. It may be argued that he and Pozzo amongst other spectators would likewise have attended to the emotional charge of the paintings they observed. Naturally, foreign visitors may have been resistant to the «fuerça de sentimiento» of the New Room, but loyal courtiers may well have viewed its furias and other scenes of violence in terms akin to those expressed in Quevedo’s Jura del Serenissimo Principe Don Baltasar Carlos in which he invokes the figure of Jupiter and the war waged against the giants, with reference «al monstruo de Stocolmia que tirano / padecerá castrigo» 63. He concludes with an image of the violence that would be wrought on the battlefield:

Padrones han de ser Rhin y Danubio De tu venganza en tanto delincuente; Rebeldes venas les será diluvio: Cuerpos muertos y arneses, vado y puente. Rojo en su sangre se verá de rubio El alemán, terror del Occidente: Tal gemirán las locas esperanzas De quien no teme al Dios de la venganzas64.

Although this poem is addressed to Baltasar Carlos, the poem was to be read at court, and the subject is evidently the martial political identity of the Habsburgs, which is addressed with awe and fear in order to, as Paleotti suggested, «stimulate the senses and excite… devotion». With regard to a theme such as vengeance, also encountered with explicit reference to Philip IV in Quevedo’s Exortación a la Magestad del Rey N.S. Phelipe IIII, para el castigo de los rebeldes, poetry is both a rich but problematic source, above all 63

op. cit., pp. 15-21. For a discusssion of this poem see María de la Fe , «El poema de Quevedo a la jura del príncipe Baltasar Carlos y las relaciones de la época», in La fiesta: actas del II Seminario de Relaciones de Sucesos (A Coruña, 1998), A Coruña, Sociedad de Cultura Valle Inclán, 1999, pp. 351-358. See also: Pablo , Francisco de Quevedo: (1580-1645), Madrid, Editorial Castalia, 1998, pp. 627-629; , op. cit., p. 63, footnote 2. Another examples of Quevedo’s poetry using the same imagery as the New Room is his Celebra el esfurço de Quinto Mucio, despues llamado Scevolla, op. cit., pp. 4-5. 64 , op. cit., p. 18.

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with regard to the elusive question of emotional responses to artworks. A wider range of textual sources needs to be consulted, as is signalled by a letter which offers a comparable perspective on the strong feelings generated by the enemies of España and the need for justice to be administered, albeit randomly65. The author refers to the loyal Portuguese supporters of the Philip that fled to Madrid following the acclamation of John IV stating:

Aqui se nos han venido un conde de Taroca, y un fulano Barrabás y otros locos lunares de sí mismos, S.M. los ha recibido bien por gusto del Conde, y si fuera por el mio, ya ellos estuvieran ahorcados por leales y traidores… 66.

Attitudes to and the significance of violence for a Golden Age public requires further study above all from sociological and anthropological perspectives that looks beyond the court and across the empire. However, with regard to this article the literary sources discussed here indicate how representations of political identity employed an emotional register and that their reception evoked emotions of awe, fear and vengeance and not solely reflection on erudite or artistic issues. To explore this further attention must be now turned away from the court and painting to another area of visual culture, festivals, which as will be seen opens up a new perspective on the cultural reception of political identity across the empire.

Attention will now be turned to ephemeral festive displays of the martial authority and vengeful jurisdiction of Philip IV, which indicate how political identity as represented in court circles in painting and theatre, as well poetry and political discourse, was a broader cultural phenomenon, which addressed a distinctive public than that of the court and to do so employed distinctive cultural registers. The two case studies chosen here took place in Salamanca and Lima. While their distance from the court is of particular interest, it is not the intention to consider these as isolated examples. They need to be contrasted to festivals organised in other locations including Madrid. Although this can 65

Ibíd., p. 5. , Cartas de Algunos PP. de la Compañía de Jesús, Madrid, Imprenta Nacional, 1862, IV, p. 329. 66

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only be briefly addressed here, with regard to the theme of martial political identity, the celebrations held for the 1625 canonisation of Santa Isabel of Portugal provide an interesting point of departure, being contemporaneous to the start of work on the New Room and the jubilant response to the military successes of 1625. Relaçam Das Festas Que a Real Villa de Madrid Fez Á Canonizaçao de Sancta Isabel Rainha de Portugal, Molher Del Rey Dom Dinis records the following epigram being included in the celebrations.

Guerra en vastas regiões faz nossa felice Espanha em três de cabeça abazo se vay a enemiga esquadra. Que assi como três Coroas prinicpais tem seu Monarcha a tantas há respetado a favor da Raynha Santa67.

Further study of this festival and other celebrations of the canonisation above all in Madrid, Rome and Lisbon remain to be undertaken, but this example highlights a key aspect of festivals, which is the possibility of contrasting contemporaneous celebrations of the same event, as is undertaken here, with festivities held for the birth of Baltasar Carlos, along with his baptism and juramento. The two case studies examined here form part of a series of celebrations held in a range of cities68. A preliminary study of three other accounts indicates one challenge to the study of these festivals, which is the contrast between the official festival account, either in prose or verse, and the briefer relación. Many of the accounts catalogued by Alenda y Mira are the latter category, which provide scant mention of the events’ visual dimensions. For example, three accounts of the celebrations for the birth of Baltasar Carlos held in Madrid betray little concern for any artistic contribution, save a passing

67

I have not been able to consult the original text yet, but this is cited in: Ana Isabel «“May de Lisboa e dos Portuguezes todos”: imágenes de reinas en el Portugal de los Felipes», in Las relaciones discretas entre las Monarquías Hispana y Portuguesa: Las Casas de las Reinas (siglos XV-XIX), coords. José Martínez Millán, Maria Paula Marçal Lourenço, Madrid, Polifemo, 2009, p. 1774. 68 Jenaro , Relaciones de Solemnidades y Fiestas Públicas de España, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1903, I, pp. 261-276; see also: , op. cit.

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reference to pyrotechnic displays69. Instead their concern with the people in attendance, the order of precedence and other formalities indicates the priorities for those readers who could not attend. However, a second example of a public festival of direct relevance to this study is the «fiesta agonal» held for the second birthday for Baltasar Carlos. José de Pellicer’s Anfiteatro de Felipe el Grande provides a valuable source for the literary celebration of political identity, yet it is also a testimony to a different facet of court spectacle, in which the king would literally perform the role ascribed to him in the various visual and literary sources discussed above70. In this festival, which was staged as an imitation of classical Greek and in particular Roman precedents, emulating the aforementioned paintings of classical scenes decorating the Buen Retiro, the highlight was when Philip IV became the focus of the event. After a Jarama bull had defeated both a lion and a tiger, Philip shot the animal. The symbolism of this act was celebrated in numerous poems, such as Quevedo’s epigram in which the symbolism granted to this display echoes the concerns for justice and vengeance depicted in the palace decoration: […] señor, monarca, ibero, al ladrón te mostraste justiciero, y al traidor a su rey castigo fuerte. Sepa aquel animal que tuvo suerte de ser vestido a Jupiter severo, que es el león de España al verdadero […]71.

In addition, this festival highlights how the king’s political identity also involved a performative element. Further study of this aspect of the regal image in the context of re-enactments of classical celebrations needs to be undertaken72. The symbolism of the King’s hunting skills, as celebrated in Velázquez’s Tela Real, offers a further line of 69

Francisco Bernardo de , Relación Verdadera de Las Grandiosas fiestas que se hizieron en Madrid al Bautismo del Príncipe Nuestro Señor, Barcelona, Esteban Liberòs, 1629; Juan , Relación Verdadera, que trata de la insigne Fiesta, que los Alguaziles de Corte hizieron a Su Magestad, por el Nacimiento del Príncipe... Baltasar Carlos Domingo: Con un Romance al mismo Nacimiento, Madrid, Juan González, c. 1629-1646; , Relacion Venida de Madrid, del Iuramento del Principe en siete de Março 1632, Barcelona, Esteban Liberòs, 1632. 70 Alfonso , «Ruiz de Alarcón y las fiestas de Baltasar Carlos», Revue Hispanique, 36, 1916, pp. 171-176. 71 , Anfiteatro de Felipe el Grande, ed. José de Pellicer, Madrid, Juan González, 1632, f. 18r. 72 For discussion of the use of politically charged spectacle at the court of Philip IV, see , op. cit., pp. 67 and 74 and ss.

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enquiry. However, still another approach is offered by the two festivals discussed below: at both of them members of the royal family, in one case the king himself, participate, albeit in symbolic form, in battles. Whether in person or as an iconic image these examples reveal how the static presence conveyed in paintings and the decorum of the court was on occasions set into motion. A key point of relevance raised by all these displays is that they were addressed to a wider public, one portrayed in Velázquez’s Tela Real. While as a text Cristóbal de Lazarraga’s Fiestas de la Universidad de Salamanca, al nacimiento del Principe D. Baltasar Carlos Domingo Felipe was clearly addressed to a literate audience the diverse aspects of the festival ranging from the popular bull fighting and firework displays to erudition and poetry indicate that the festival itself addressed a broader audience73. An insightful contrast is offered by the account of the festivities held at the University of Coimbra for the birth of Baltasar Carlos which was published in Latin and suggests the event was conducted in a much more exclusive manner74. Of course it must be noted that festival accounts were intended to record the event for posterity, as well as communicate these displays of loyalty back to the court and a wider public, whereby these texts need to be read carefully as sources and where possible contrasted with archival sources for the events organisation75. While bearing in mind these issues Lazarraga’s descriptions of the visual components of the Salamanca festivities, signal how the celebrations would have appealed to a diverse public, and this is especially apparent with regard to the dissemination of the theme of martial political identity as the following examples demonstrate. Lazarraga’s detailed description of a pyrotechnic display, the «Castillo de Fuego» introduced the theme of martial political identity into this festival narrative. A simple ideological narrative provided the basis for this display: the successful defence of a castle against four «Turcos» by a figure of Victory, bearing in her right hand a «tarjeta» inscribed «BALTASAR CAROLUS HISPANIARUM PRINCPEPS» and in the other

73

Cristóbal de , Fiestas de la Universidad de Salamanca, al nacimiento del Principe D. Baltasar Carlos Domingo Felipe, Salamanca, Jacinto Tabernier, 1640. 74 Augustissimo Hispaniarum Principi Recens Nato Balthasari Carolo Dominico Philippi ... III Lusitaniae Regis Filio... Natalium Libellum, Coimbra, Gomez de Loureyro, 1630. 75 For discussion of the issues related to this study of visual culture, see the essays published in Fernando and Laura , eds., Festival Culture in the World of the Spanish Habsburgs, Farnham, Ashgate, 2015.

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hand a flag with the royal arms on one side and those of the university on the other76. In contrast to the New Room this allegorical representation was clearly intended to be intelligible to a broader audience in the very different physical conditions of the event, and its semantic and visual clarity was underscored by the pyrotechnic display: «ocho ruedas de cohetes, y veinte bombas chisperas, con quatrocientos troneros en los lienços, y en ellos setenta y dos truenos encordelados… una viva imagen de un asalto»77. The final part of Lazarraga’s account is a compilation of the poems written for the literary competition that was the final part of the festival. While Baltasar Carlos was the principal subject, the festival itself was a further source of inspiration: and the poems offer an indication of how spectators understood the spectacle. The «Castillo de Fuego» clearly provided inspiration for the otavas by Juan Gómez de Ulloa, entitled, El Tormes al Principe nuestro señor. He claimed the crown prince was born to be «Emperor of the world» and predicted his future victories, with a clear allusion to the aforementioned pyrotechnics:

Y en el ardiente fuego de tu guerra Abrasaras turbantes Otomanes: No mira alvergue el sol, ni el cielo encierra Region inhabitable, que no ganes, Y sujetando las lucientes zonas, Oro te faltarã para coronas78.

Gómez de Ulloa, thereby confirms the intended message of the firework display. As has been said this awe inspiring spectacle was clearly addressed to a broad public, who were also treated to gifts of money and sweets during the bull fighting79. In contrast to these popular displays, the visual centrepiece of the festival, like the sermon and literary competition, was articulated in an erudite visual language that echoed the visual display of palace decoration. Lazarraga provides a detailed description of the decoration of the university colleges’ altars and above all the «Parnaso» staged in the «Patio de las escuelas». In addition to the depictions of the Immaculate Conception and Queen of Angels on the Altars of the Colegios Mayores of Cuenca and Oviedo

76

, op. cit., p. 40. Ibíd., p. 41. 78 Ibíd., p. 216. 79 , op. cit., p. 264. 77

155


respectively, the Capilla Real de Escuelas was hung with Royal portraits. Although no specific information is given on their appearance, the Otava de Dr. Francisco Sanchez Randoli referred to all the Habsburg kings, who he claimed the Young prince would emulate:

Tendra el valor de Carlos Quinto en todo Siendo azote al herege, y Otomano, Imitara pudencia, zelo y modo Del Segundo Filipo, y a su mano Asistira la religión del Godo Tercer Filipo, y su deseo Christiano Del quarto que oy govierna, la justicia 80.

Whether this is another case of the author making an explicit reference to the actual visual display is not clear, yet his verse indicates the various religious values identified with the Spanish monarchy. A more detailed discussion is then given of the Parnassus, which provided a clear statement of the martial political identity. It consisted of a «teatro quadrado de quinze pies cada lado», with four pilasters on each side, accompanied by statues. The first of which is discussed in the most detail: «imitada de bronce, que en su traje mostraba ser nuestra Espana por tenerle militar, y belicoso, qual acostumbraron pintarla los Romanos, armado el medio cuerpo…»81. In addition, the figure was adorned with a helmet, three darts or short spears held in the right hand and tall shield in the left. The latter was decorated with a royal sceptre and a crown was added to the helmet thereby underscoring España’s monarchical status. Lazarraga continues by offering the following interpretation of this figure: […] la fortaleza, constancia, fidelidad, y fuerças invencibles desta nación, y celebran sus historias el imperio, y Monarquia, que tiene en la mayor parte del Orbe, y para dar a entender, que fue, y es madre de Reyes, y senora de todo el mundo 82.

80

Ibíd., p. 214. Ibíd., p. 71. 82 Ibíd., p. 72. 81

156


He also notes that this sculpture was accompanied by a line from Claudian’s poem Laus Serenae (In Praise of Serena), lines 50 to 85 of which consist of a paean to Hispania. The chosen phrase from line 66: «Haec generat, qui cuncta regant», «Spain gives us men to govern and direct all this», pays tribute to the Emperors and generals born in Spain that had shaped the Roman Empire. Thereby, both the classical costume of this allegorical figure and its epitaph emphasise Spain as an Imperial power that emulated classical Rome. The fact that Lazarraga gave an especial emphasis to this figure suggests this was a key focus of the display, or else the element he wanted to draw his readers attention to. The other three statues were Minerva, described more succinctly, and then two figures representing the royal house of Spain and France. The former was adorned with an imperial crown, a cross and a sceptre and had the following epitaph «Imperii, & religionis domicilium». The figure of France was decorated with a military habit and royal Crown, scpetre and lance, and the following text «sceptris insignes convenere domus». Neither of these texts, have been traced to a classical source so far. Four figures decorated with a classical Greek costume completed the allegorical display: Peace, Happiness, Good Fortune (Buen Sucesso), were accompanied by «un muchacho con vestidura militar… victoria». The arms of the king and university crowned this display. A close reading of the sermon and the other poems composed as part of the celebrations cannot be undertaken here, but with regard to the focus of this article this festival provides evidence of the circulation of the martial political identity of the monarchy in two distinctive registers; as an element in an erudite classicised display of allegory and portraiture, and then the more dramatic firework display of warfare. Further study of the latter element of festivals remains to be undertaken, above all with regard to celebrations of the monarchy, but as this next example indicates such dramatic performances permitted striking visual representations of the ideological concerns traced here83. Fiestas que celebro la Ciudad de los Reyes del Piru, al nacimiento del Serenissimo Principe Don Baltasar Carlos de Austria nuestro señor... consists of sixteen silvas by Rodrigo de Carvajal. His composition has been the subject of a literary 83

For a discussion of other examples see: Laura , «Negotiating terms: King Philip I of Portugal and the ceremonial entry of 1581 into Lisbon», in and , op. cit., pp. 87-113, pp. 89-95.

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analysis, which has highlighted how the poem was intended to provide a further literary dimension to the celebrations it recounted, which is an issue that will be returned to below, but attention must first be addressed to the account given of the visual representation of martial political identity84. Carvajal’s account of the numerous processions and spectacles held during the festivities cannot be done justice to in this text and a selection of key examples are discussed. Silva IIII recounts an ephemeral display of mythological characters and scenes, including Andromeda and Perseus, Ganymede and the rape of Europa amongst others, a spectacle which concluded with their being burnt. However, the silva also records that the Royal Palace was adorned with «estampas… de la prosapia de Austia verdadera», portraits of Charles V, Philip II, Philip III and Philip IV85. The portrait series included other family members and the ties between Spain and France were celebrated with a portrait of Louis XIII. Charles V was also represented in person in a comedia, which is recounted all to briefly, in contrast to the detailed accounts of the bullfighting86. A lengthier account is given in silva IX of a re-enactment of the battle of Troy, in which Philip’s portrait would feature once more. The scene was set with a «tela de torneo» representing Troy. Then following a parade of musicians a triumphal carriage entered, adorned with «jaspar, marble and gold» and an armed portrait of Philip IV, referred to as follows: «Que a sus vassallos provocó a decoro / Mas o lealtad de España»87. The author notes, that as is usually done in Madrid the royal effigy was accompanied by a guard of archers and halberdiers, as well as portraits of the Conde de Benavente and the Count Duke of Olivares. The performers then made their way onto the stage, but before the performance began the squadron of Greeks brought in a carriage pulled by two gryphons on which was the world, including a representation of Potosi, from which arose a marble column with the nest of a Phoenix, which in turn bore a likeness of Baltasar Carlos. The explanation given for this «emblema misterioso, y cierta profecia» is:

84

Rodrigo de , Fiestas que celebro la Ciudad de Los Reyes del Piru, al Nacimiento del Serenissimo Principe Don Baltasar Carlos de Austria Nuestro Señor..., Lima, Geronymo de Contreras, 1632. See also: José and Belén , «La poesía de Rodrigo de Carvajal y Robles: ensayo de relección», Castilla: Estudios de literatura, 26, 2001, pp. 83104. 85 , op. cit., f. 19r. 86 Ibíd., f. 40r. 87 Ibíd., f. 46r.

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De que el mundo seria En la prudencia, y prospera fortuna, De la paz, y la guerra Un fénix sin igual, solo en la tierra88.

Following this celebration of the new-born prince the events of the battle of Troy were re-enacted as «Una Guerra mortal de sangre y fuego»89. The startling richness of this festive display can only be briefly alluded to here. The representation of the battle of Troy ends with Menelaus and the Greeks paying homage to the «estampa refulgente del Rey de las Españas» foretelling of the still greater victory that was to come of Philip’s own deeds, which would in turn provide an example for his son to learn valour and the virtue of defending the Militant Church90. On this occasion in Lima there was no allegorical representation of Spain, however the ideological message articulated through portraiture and the spectacle of Philip’s victory at Troy was underscored by a still more striking event. The «fiesta de los Plateros» was interrupted by an earthquake. Carvajal refers to this as:

un felize anuncio del espanto, Con que el Nuevo Español, en viva Guerra, Hará temblar la tierra Hasta que toda al estandarte santo Del Romano Pontifice se humille, Y a la insignia de Christo se arrodille91.

Although the concerns of the monarchy and empire are reduced to the immediate ones of New Spain, the interpretation of this seismic event in terms of the martial political identity discussed above is a striking reminder of the centrality of this ideological concern, which was also echoed in silva XI. Here Carvajal recounts a procession that includes a pyrotechnic display on the one hand reminiscent of the fiery

88

Ibíd., f. 48r. Ibíd., f. 47v. 90 Ibíd., f. 54v. 91 Ibíd., f. 37r. 89

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castle seen in Salamanca: two castles with the battlements filled with «dogmatizadores insolentes, de setas, y heregias por castigar alli sus rebeldias»92. However, the principal focus of the display was a procession of five carriages adorned with awe inspiring images: a crocodile, two elephants towing a whale and a ship later compared to a Dutch vessel, two dragons accompanied by other monsters including a hydra, the «feroz gigante», Prometheus, and finally Turkish corsairs93. As the silva continues the impressive incendiary display of this castle of heretics and these five spectacular carriages, is referred to as representing Baltasar Carlo’s destiny s as «fuego de la heresia y de la infernal secta»94. Carvajal’s poetic account of the festival is insightful both as a source for the festivities and the reception of their intended significance. Nonetheless, both Carvajal’s poetic figures and the fact that the publication was paid for by the City of Lima indicate that he was concerned with presenting the festival as a singular event and therefore worthy of being recorded for posterity, which in turn was related to a concern to promote the patronage and loyalty of the authorities and population of Lima, who paid for this publication. Fortunately, Carvajal’s account can be contrasted with that found in Juan Antonio Suardo’s Diario de Lima, which has regrettably only recently come to my attention; this source may offer a different perception of events 95. However, the veracity of Carvajal’s account is not a primary issue, as it may also be read as a node in the cultural network through which the political identity of Philip and the Spanish Habsburgs was constructed and disseminated, and what is of especial interest in his account is that it was mostly probably intended to be read at court. Lazarraga’s account of the Salamanca festival was dedicated to the Count-Duke of Olivares, which provides the clearest indication that albeit in verbal form the spectacle of the Salamanca festival was intended to be “witnessed” in Madrid. The fate of Carvajal’s Fiestas is less clear. It escaped the notice of Nicolas Antonio, but it did catch the attention of José de Pellicer, who included it in the catalogue of «grandes varones

92

Ibíd., f. 61r. Ibíd., ff. 61r-62r. 94 Ibíd., f. 62v. 95 Juan Antonio , Diario de Lima, de Juan Antonio Suardo (1629-1634), Lima, C. Vásquez L., 1935. Cited in Francisco ’s introduction to Rodrigo de , Fiestas de Lima por el Nacimiento del Príncipe Baltasar Carlos, Sevilla, Escuela de Estudios HispanoAmericanos, 1950, p. xvii. 93

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destos tiempos que han hecho memoria en sus escritos de los de Don Ioseph Pellicer»96. Pellicer’s reference to Carvajal perhaps was an acknowledgment of the latter’s praise of Pellicer as a poet, far better suited to praise his own brother Juan Pellicer, who took part in part the Lima celebration in the «fiesta de los Plateros»97. It was perhaps Juan Pellicer who told his brother about this publication or even sent him a copy of it, and Carvajal may likewise have included his references to the Pellicer brothers as a strategy to encourage the circulation of his book at court. To what extent the citizens of Lima were successful in communicating their display of loyalty to Philip IV and his heir to the court is not clear, but the expenses incurred, as well as the commission of a poet to undertake the task of recording the event for posterity, indicate that they were keen to ensure that even in Lima there was a speculum of the King’s majesty, and with it a celebration of his martial triumphs as exceeding that of the capture of Troy.

To conclude this study two final examples are examined as a postscript on the circulation and critical response to the political identity of Philip IV and España in visual culture. The frontispiece, title-page and illustrations by John Droeshout to Antonio Sousa de Macedo’s Lusitania Liberata and the anonymous print La rencontre et combat des ambassadeurs d'Espagne et de Portugal, arrivé à Romme, l'an 1642 demonstrate how the threefold iconography of martial political identity discussed above, the combination of portraiture, scenes of history and allegory, also provided a framework to contest the authority of Philip IV and his polices 98. Not only do these images indicate two different strategies to challenge the visual construction of Philip IV’s political identity, they also offer further insight into the range of cultural register addressed in visual culture; Droeshout’s images on the one hand were intended for erudite courtly readers as part of a text published in Latin, while the satire of the French

96

Nicolas

, Bibliotheca hispana nova, Madrid, Joachim de Ibarra, 1783, I, p. 292; José , Bibliotheca Formada de Los Libros, I Obras Publicas de Don Ioseph Pellicer de Oussau,y Tovar, Valencia, Jeronimo Valiagrasa, 1671, f. 164r. 97 , op. cit., f. 88v. 98 Antonio Lusitania Liberata, London, Richard Heron, 1645; La rencontre et combat des ambassadeurs d'Espagne et de Portugal, arrivé à Romme, l'an 1642, Paris, Jean Boisseau, c. 1643.

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print, with is comic vernacular poem, was clearly intended to reach a wider audience, although it by no means eschewed artistic skill and the language of painting. Caramuel’s Philippus provides a point of departure. As stated above it employs a series of royal portraits along with the eloquent allegory of Spanish authority depicted on the title-page. There is no allegory of España included in Caramuel’s work, but a very passive, although armed, Lusitania is included in the front matter of the book99. The year following the publication of Philippus the Portuguese declared John Duke of Braganza king and thereby Portugal’s independence from Spain. Over the coming decades Portugal effectively challenged the passivity of Caramuel’s allegorical image of Portugal. In addition to this in the discourse that accompanied the outbreak of war Caramuel’s Philippus prompted a number of critical responses which he in turn replied to as the war of restoration was fought with pen as well as sword 100. None of these publications employed imagery save what is perhaps the best known response to Philippus, Sousa de Macedo’s Lusitania Liberata, which included a striking series of fourteen engravings prints made by John Droeshout. The direct contestation of Philippus is eloquently demonstrated in the allegorical title-page, in which the now crowned dragon is shown to be victorious over the lion (Figure 2). As Lilian Almeida makes clear the Latin inscription above highlights how justice is exercised in this struggle, and this is underscored below with the allegorical figure of Justice101. With regard to the second standing figure Rodríguez Moya identifies it as representation of Victory and Fraga as Peace102. The interpretation of the text accompanying each figure remains to be resolved. Rodríguez Moya identifies this as one phrase, but this overlooks the possibility that «Justus ut palma», which accompanies Justice, refers to the first part of Psalm 91:13 «iustus ut palma florebit / The just shall flourish like the palm tree», but the second line «Oppressa Crescit» has not so far be traced to the bible or any other source. Closer scrutiny of this title-page in the context of a construction Portuguese

99

, op. cit., 1639. The image is actually reused by Caramuel, on this issue see footnote 10. For a succinct survey of these publications see: , op. cit., pp. 557-558. See also the doctoral thesis by Joana , Three Revolts in images: Catalonia, Portugal and Naples (16401647), (unpublished), Barcelona, Universitat de Barcelona, 2013, pp. 215-217. 101 Lilian «A Lusitania Liberata ou a restauração portuguesa em imagens: análise iconológica do conjunto das gravuras da obra de antónio de sousa de macedo», Talia Dixit: revista interdisciplinar de retórica e historiografía, 6, 2011, pp. 85-119, p. 92. 102 Inmaculada , «Lusitania liberata. La guerra libresca y simbólica entre España y Portugal, 1639-1668», Imagen y cultura, 1, 2008, pp. 1377-1392, p. 1382; , op. cit., p. 216. 100

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political identity must be postponed for the present to focus on the elements that directly contest Philippus. Lusitania Liberata likewise employed a series of portraits, although not of all the kings of Portugal, in order to underscore his arguments for the legitimacy of John IV. Portugal’s first king Afonso Henriquez and also a scene of the miracle of Ourique signal John’s emulation of the creation of the Portuguese monarchy by restoring it, in addition to this John I of Portugal is depicted103. However, it is three portraits of John IV that are of particular interest as two of them underscore a martial political identity. The first, the book’s frontispiece (Figure 3), is a bust portrait of John IV in armour framed by a uroboros inscribed aeternitas. Beams of divine light illuminate John IV’s features signalling the celestial source of his authority, which is underscored by the inscription of Pslam 84:12, “Justice hath looked down from heaven”. The motto that completes this emblematic representation of the king reworks Martial’s epigram “To Caedicianus, on a likeness of Marcus Antonius Primus, a topos of early modern kunstliteratur, to encourage the reader of his book to look beyond the king’s likeness, and by reading Sousa de Macedo’s book, examine his deeds in liberating Portugal from Spanish rule104. The title-page offers a succinct allegory of these deeds that unequivocally contests Caramuel’s title-page to Philippus, but John IV’s deeds are illustrated more explicitly in two contrasting images. Firstly, on page 560 John is shown in ceremonial robes crowned by justice and peace, thereby indicating that he has instituted an ideal of good government (Figure 4). Then, on page 650 he is shown riding a rearing horse, evidently marshalling his troops on the battlefield105. In this latter image (Figure 5) the ideal goal of the title-page and the coronation portrait, John IV’s establishment of justice and peace, was clearly to be won on the battlefield; in the mid-ground with the furore of war and its victims, the pose of the horse and the decorative device of canons, halberds, standards and powder kegs highlights his readiness for war. Sousa de Macedo also contested Caramuel’s use of the image of Lusitania106, again an emphasis is placed on more noble, pious and imperial values. The canon on 103 104

, op. cit., pp. 58, 93, 143. , Epigrams, Book 10, n. 32. Bohn's Classical Library (1897). On the literary currency of

Martial’s epigram with regard to writings on art see: John , Only Connect: Art and the Spectator in the Italian Renaissance, Princeton, Princeton University Press, 1992, pp. 108-112. 105 Ibíd., pp. 560, 651. 106 This image is briefly discussed by Luís Reis , Ideologia politica e teoria do estado na Restauração, Coimbra, Biblioteca Geral da Universidade de Coimbra, 1981, I, pp. 143-144, footnote 2. It

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which Lusitania was sat in Carmuel’s image is exchanged for a globe, her armour remains, but her spear is replaced with a sceptre. In the other hand she still holds the cross, but this is now adorned with the arms of Portugal. A Cherub’s trumpet issues an inscription with the first part of Pslam 18:5 «Their sound hath gone forth into all the earth». The caption to the image. «Ausa mea est pietas divinae insistere dando ut mihi regna Deus, sic regna Deo» underscores the claim that Portugal’s independence and rule over its empire is done in the name of and under the protection of God. It is beyond the scope of this essay to examine these images in relation to the arguments set out by Sousa de Macedo in his text, nonetheless considered solely in visual terms it is evident that the representation of the political identity of Philip IV and España provided a framework to both contest Spanish hegemony and forge a political identity of Portugal and its new king. I want to conclude by examining one final print, La rencontre et combat des ambassadeurs d'Espagne et de Portugal, arrivé à Romme, l'an 1642, which was published in 1642 and offers a visual account of the conflict that broke out on the streets of Rome between the Spanish and Portuguese Ambassadors (Figure 6). Spain’s efforts to deny Portugal an opportunity to engage in diplomatic negotiations regarding its claims as an independent kingdom, or even be recognised in a diplomatic capacity, as was the case in Rome, have been discussed by a number of scholars107. Rather than the events themselves, of which diverse accounts were written and published, it is their visual representation, which remains to be studied in detail. A preliminary analysis of this print is offered as a contestation of the iconography of Spanish political identity, rather than its role as reportage. The image combines two modes of representation each associated with a distinctive cultural register. Firstly, the decorum and compositional strategies associated with the painting of historical subjects, and secondly caricature. It is the language of history painting that defines this print and it does so as a victory, first and foremost a French victory. In relation to this it should be noted how this courtly, erudite mode of representation is underscored by the inclusion of a poem, emulating the

is not found in all edition of Lusitania, and the British Museum catalogue entry for item 1871, 1209.175 states it was placed opposite page 1. A survey of the existing editions is currently underway. 107 For example: Eduardo , A missão a Roma do Bispo de Lamego, Coimbra, Coimbra Editora, 1947. See also: Thomas , Spanish Rome 1500-1700, New Haven and London, Yale Univeristy Press, 2001, pp. 197-199; , op. cit., pp. 212-215.

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examples of poetic discourse addressed above. However, this image is clearly unlike the victories seen above, as it has no general and is not concerned with the art of war, but rather the bravery and violence of the French noble who stands in the foreground sword in hand, and the valiant page, identified in the key, who appears to be about to stab the fallen Spaniard. The page’s youth underscores the cowardice of the Spanish soldier. The representation of the Spanish soldier on the far left as fearful and inept, his smoking pistols suggest he missed his target and is about to pay dearly for his error, clearly contests the martial discourse studied above. Above it was stated that this was a French victory, but it is also a Spanish defeat, and to articulate this the decorum of victory as seen in the Hall of Realms is eschewed and instead an explicit act of violence is used to underscore the defeat suffered by the Spaniards. Besides this focus on violence the genres of history painting and portraiture are subverted with the use of satire, which introduces a comic popular register into these courtly genres. In terms of composition the attention to the architectural details of buildings as well as the contrasting depiction of the rearing and dead horses underscores the veracity of the event for French spectators and this also emulates the language of history painting. Yet once again this formal language is used to attack; in this simultaneous narrative composition the Spanish ambassador appears twice, first fleeing his carriage and secondly being arrested, a double ignominy. The use of such compositions had become rare in painting, but was exploited as in prints such as Jerome Nadal’s Evangelicae historiae imagines, which also provides a precedent for the depiction of historical subjects using a letter key such as this one. The inclusion of portraiture in history paintings, is also subverted, rather than images of generals we have a satire of fearful nobles, opposed to the bravery of a French page and Portuguese bishop108. The identification of the Spanish with what were by then anachronistic ruffs and comic moustaches was a staple of contemporaneous French satire, however, what is singular about this particular print is the way that satire is deployed as a contrast to the decorum of historical subjects109. The comic gestures of the Spanish contrast to the serious demeanour of the French assailants who are depicted as effective soldiers in 108

Jerome , Evangelicae historiae imagines, Antwerp, Martin Nutius, 1593. A valuable introduction is offered to this Corpus of imagery in: Véronique , «El traje español en el grabado francés de 1630 a 1715: entre sátira y realidad», in Vestir a la española en las cortes europeas (siglos XVI y XVII), eds. José Luis Colomer and Amalia Descalzo, Madrid, Centro de Estudios de Europa Hispánica, 2014, II, pp. 341-362. 109

165


convincing naturalism. Needless to say the claim of Portugal is also made, with the Bishop of Lamego entering the fray sword in hand, but as his mid-ground position indicates this image is primarily about French superiority. There is no image of the king of any of the nations involved, but attention should be drawn to the roundel inserted in the building overlooking the arrest of the Ambassador. In addition to the letter key this image is accompanied by a poem that offers an explanation of the event, which denigrates the Spanish as going against the interests of the Church and public peace. However, it also refers to a lack of respect for «un lieu si plein de sainteté / Aux yeux du grand Pontife…», which suggests that the portrait included is intended as a representation of the Pope Urban VIII or perhaps Cardinal Barberini, whose authority, as was demonstrated by the arrest of the Spanish Ambassador, prevailed110. Allegory is absent from this image, and it may be argued that the directness of this image is due to this event providing a rare opportunity to challenge Spain in the privileged language of history. However, to fully gauge the significance of this print it should not be considered in isolation, but rather in the context of the anti-Spanish propaganda deployed in Rome, as well as France and elsewhere in Europe. As Thomas Dandelet commented the celebrations held in 1638 for the birth of the future Louis XIV depicted France as Hercules defeating Geyron, the monster that the hero killed in Spain, as a clear reference to French superiority over its rival111. Recontre reiterates the message of that allegory but this time in terms of history, whereby these two images clearly reveal how the iconography of political identity became a focus to contest to rival ideological positions. Lusitania Liberata and Rencontre… were evidently produced with very different goals in mind. While Sousa de Macedo would have expected his book to be read at courts across Europe, as well as Madrid, the French printmaker was working with a Parisian public in mind, which documents how the visual representation of Spanish political identity was contested in contrasting cultural registers112. What is clear from these two examples is that the hegemonic discourse, both visual and textual, established across the Spanish Habsburg territories provided a key foundation for such 110

, op. cit., pp. 198-199. Ibídem. On urban culture of Rome with a specific relationship to Rencontre: see: John M. , «Carriages, Violence, and Masculinity in Early Modern Rome», I Tatti Studies in the Italian Renaissance, 17, 2014, pp. 175–196. 112 On the question of audience see: , op. cit., p. 350. 111

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contestations. As the discussion above has indicated there is still considerable work to be undertaken on the nature of the visual discourse on political identity, but by focusing on the threefold iconography studied here it is apparent that the significance of representations of political identity need to be understood in the context of the cultural networks that mediated the exemplary message of the court across the empires and also reflected the images back to their iconic subjects, creating diverse artistic and festive speculae that ensured loyalty to the king. Numerous lines of enquiry may be researched to develop a deeper understanding of this issue; examining the whole reign of Philip IV, analysing other media, studying other areas of conflict such as Catalonia and Naples, and addressing other facets of the regal identity are clearly central113. However, in addition to this and with regard to this final example an issue that also merits closer scrutiny is the way in which the courtly register was transformed into imagery and spectacle that was capable of moving spectators to feel a sense of loyalty, a desire for vengeance and in some cases a justification for and motive for revolt and violence.

113

See for example, , op. cit., pp. 323-478. With regard to issues of the use of visual media in political and social conflict two important recent contributions are: Cristina , Imatges d'atac: art i conflicte als segles XVI i XVII, Barcelona, Edicions de la Universitat de Barcelona, 2011; Soulèvements, révoltes, revolutions Dans l’empire des Habsbourg d’Espagne, XVIe-XVIIe siècle, eds. Alain Hugon and Alexandra Merle, Madrid, Casa de Velázquez, 2016.

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Figure 1

Title-page to , Juan, Philippus Prudens, Caroli V Imperatori Filius Lusitaniae, Algarbiae, Indiae, Brasiliae, & c. legitimus Rex demonstratus, Antwerp, Baltasar Moretus, 1639. Biblioteca Nacional de Portugal, RES. 1638 A.

168


Figure 2

Title-page to , Antรณnio de Sousa de, Lusitania liberata ab injusto Castellanorum dominio: Restituta legitimo Principi, Serenissimo Joanni IV, London, Richard Hearne, 1645. Biblioteca Nacional de Portugal, res-785-a.

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Figure 3

Frontispiece portrait of John IV, in , Antรณnio de Sousa de, Lusitania liberata ab injusto Castellanorum dominio: Restituta legitimo Principi, Serenissimo Joanni IV, London, Richard Hearne, 1645. Biblioteca Nacional de Portugal, res-785-a.

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Figure 4

Allegorical portrait of John IV, in , Antรณnio de Sousa de, Lusitania liberata ab injusto Castellanorum dominio: Restituta legitimo Principi, Serenissimo Joanni IV, London, Richard Hearne, 1645, p. 560. Biblioteca Nacional de Portugal, res-785-a.

171


Figure 5

Equestrian portrait of John IV, in , Antรณnio de Sousa de, Lusitania liberata ab injusto Castellanorum dominio: Restituta legitimo Principi, Serenissimo Joanni IV, London, Richard Hearne, 1645, p.651. Biblioteca Nacional de Portugal, res-785-a.

172


Figure 6

La rencontre et combat des ambassadeurs d'Espagne et de Portugal, arrivé à Romme, l'an 1642, Paris, Jean Boisseau, c. 1643. Bibliothèque Nationale de France, département Estampes et photographie, RESERVE QB-201 (36)-FOL.

173


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RECIBIDO: ABRIL 2017 APROBADO: OCTUBRE 2017 DOI: 10.14643/52E

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Ed. Luis Gómez Canseco

Jesús Botello López-Canti

Eds. Fausta Antonucci y Anna Tedesco

María Inés Zaldívar Ovalle

Antonio Sánchez Jiménez

José Palomares

Eds. Ignacio Arellano y Jesús Menéndez Peláez

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Ed. Luis Gómez Canseco (Madrid, Real Academia Española, 2015)

A las numerosas y solventes ediciones de que está siendo objeto la obra de Cervantes en los últimos años, en el ámbito de las efemérides de algunos de sus títulos más significativos, viene a sumarse esta de sus comedias y tragedias, al cuidado de Luis Gómez Canseco, catedrático de la Universidad de Huelva. Publicada dentro de la colección Biblioteca Clásica de la RAE, supone la continuación del volumen dedicado a los entremeses, que vio la luz hace cuatro años. Se presenta dividida en dos tomos, el primero de los cuales contiene el texto anotado de las ocho comedias que, junto con los entremeses, da a la estampa Cervantes en 1615, al que se añade el de las tres piezas que, fechadas entre 1580 y 1586, se han conservado de forma manuscrita: El trato de Argel, Tragedia de Numancia y La conquista de Jerusalén por Godofre de Bullón. Esta última, descubierta por el profesor Stefano Arata en los fondos de la Biblioteca del Palacio Real de Madrid hace más de dos décadas, y atribuida con fundamento a Cervantes, se incluye por vez primera en una edición conjunta del teatro cervantino. La labor de edición y anotación de los textos ha corrido a cargo de los profesores Luis Gómez Canseco, Sergio Fernández López, Alfredo Baras Escolá, Valentín Núñez Rivera, José Manuel Rico García, Ignacio García Aguilar, Adrián J. Sáez, María del Valle Ojeda Calvo y Fausta Antonucci. El texto crítico de las comedias de 1615 se ha basado en el cotejo de numerosos ejemplares de la edición impresa, además de tener en cuenta todas las ediciones posteriores con valor filológico. Por su parte, el de las obras manuscritas se ha elaborado a partir de los escasos testimonios existentes, uno solo en el caso de La conquista de Jerusalén. Con respecto a los criterios de edición, se ha optado por modernizar ortografía, acentuación y puntuación siempre que los cambios no afectasen a la materialidad fonológica de la lengua, y se han simplificado igualmente las formas que obedecen a costumbres tipográficas o de escritura. Por último, la ajustada anotación a pie de página, suficiente para una comprensión adecuada de las obras y su contexto, cuenta con llamadas a las abundantísimas notas complementarias que,

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siguiendo las normas de la colección y al igual que el aparato crítico, figuran por separado, en el tomo segundo. Este acoge, en primer lugar, el estudio de las obras editadas. En su trabajo «Cervantes y el teatro», los profesores Gómez Canseco y Ojeda Calvo ofrecen una visión de conjunto de la dramaturgia cervantina: cronología y composición, obras perdidas y posible reescritura de algunas de ellas, dificultades de representación ante la irrupción de Lope y su arte nuevo, temas y conflictos esenciales, etc. Se hace especial hincapié en las aportaciones del teatro de Cervantes dentro de su época, en su decidida voluntad de innovación frente al teatro clasicista, puesta de manifiesto en rasgos como la fusión entre comedia y tragedia, el empleo del elemento espectacular, la utilización de recursos cómicos variados, la presencia del enredo y la intriga, de juegos metateatrales o de desenlaces inesperados; siempre, eso sí, dentro de un concepto de dramaturgia diferente al de la comedia lopesca, revestido de un fuerte carácter didáctico y moral. En «Lecturas cervantinas», encontramos un estudio particular de cada una de las comedias, elaborado por sus respectivos editores, que ponderan muy justamente los diversos abordajes críticos de que han sido objeto; y en «Historia del texto», a cargo de Marco Presotto, un repaso por su transmisión impresa y manuscrita. Estos trabajos dejan paso a continuación al «Aparato crítico», fruto de un ingente y arduo proceso de cotejo y selección de testimonios, que es sólo una versión reducida del completo, accesible en la web de la Biblioteca Clásica de la RAE (BCRAE), y a las ya mencionadas notas complementarias. Los Anejos, por su parte, incluyen materiales de diversa índole: así, «Las tramas en bosquejo», como puede deducirse, es un resumen del argumento de cada pieza; «Versos en cómputo» contiene su esquema métrico; «Cervantes entre actores», texto firmado por Debora Vaccari, analiza los papeles de actor correspondientes al Trato de Argel y La conquista de Jerusalén que se conservan en el manuscrito 14612/8 de la Biblioteca Nacional de España, de especial interés a la hora de fijar la cronología y fases de composición de la segunda de ellas; y en «Siglos en cartel», Martina Colombo y Beatrice Pinzan trazan una historia de las representaciones del teatro cervantino, algunas de cuyas obras se están incorporando todavía a la escena. Cierran el volumen una rigurosa y actualizada bibliografía, que reúne todas las referencias citadas tanto en la edición como en el estudio y anejos, y un muy útil y exhaustivo índice de lugares anotados, que recoge tanto voces y conceptos como dichos, refranes y fuentes en general.

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Esta espléndida y monumental edición, que ocupa desde ahora un lugar esencial dentro de la inabarcable bibliografía cervantina, es fruto del proyecto internacional de investigación «Cervantes. Comedias y tragedias» (FFI2012–32383) del Ministerio de Economía y Competitividad, dirigido por el profesor Gómez Canseco, que ha tenido por objeto el estudio y edición crítica de un conjunto de obras aún no lo suficientemente atendido dentro de la producción cervantina. Hay que destacar, finalmente, el patrocinio de Obra social la Caixa, y la contribución del Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, que se ha encargado de la revisión global del texto.

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Jesús Botello López-Canti (Madrid-Frankfurt, Iberoamericana-Vervuert, 2016)

La trayectoria investigadora de Jesús Botello, actualmente profesor en la Universidad de Delaware, está marcada por el interés hacia la figura de Cervantes y la literatura de caballería, como lo prueban sus artículos «Barataria, un cruce de caminos: entre la oralidad y la escritura» (2010) y «Don Quijote cita el Amadís de Gaula: la creación de una mitología caballeresca» (2014), entre otros. En esta línea se encuentra el libro Cervantes, Felipe II y la España del Siglo de Oro, en el que Botello lleva a cabo una relectura de la producción literaria cervantina a la luz de las decisiones políticas de Felipe II (1527-1598), uno de los monarcas claves en la historia de España y en la vida y trayectoria literaria de Miguel de Cervantes. Ante todo, este trabajo, que genialmente ha salido a la luz en el año en que hemos conmemorado el IV Centenario de la muerte de Cervantes, contribuye al mejor conocimiento y valoración de la obra del escritor alcalaíno, habida cuenta de que la mayor parte de la crítica cervantina había centrado su atención en Carlos V en detrimento de su hijo Felipe II. El libro consta de cinco capítulos, sin contar la introducción y el apartado final de conclusiones. En el primer capítulo, titulado «Obsesiones filipinas: la representación textual de Felipe II en el corpus cervantino», Jesús Botello desarrolla las dos etapas que, según él, podrían distinguirse en la visión que de Felipe II ofrece la obra de Cervantes: la primera etapa, que se extendería hasta el año 1598, corresponde a una imagen positiva del monarca en los textos cervantinos (de ahí que esta etapa haya sido calificada de «laudatoria») y en ella podrían incluirse, entre otras composiciones, la «Elegía a Diego de Espinosa», la «Epístola a Mateo Vázquez» o La Numancia; la segunda etapa, que abarcaría desde 1598 hasta 1615, es catalogada como «crítica» por ser tal la postura que Cervantes adopta en los textos de este período ante la actuación del Rey Prudente, postura de la que es clara muestra el soneto «Al túmulo del Rey Felipe II en Sevilla». En cuanto a las posibles razones que explicarían este deterioro en la valoración del monarca por parte de Cervantes, Botello señala la derrota española en la Armada Invencible, el saqueo de Cádiz en 1596 por los ingleses o la implicación del Rey en el asesinato de José de Escobedo, entre otras.

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Los restantes capítulos del libro se centran en Don Quijote de la Mancha con el propósito de iluminar determinados aspectos y episodios de esta celebérrima obra a partir de la personalidad y la acción política del Rey Prudente. Así, en el segundo capítulo, titulado «Don Quijote, Felipe II y la tecnología de la escritura», se interpreta la obsesión enfermiza de Don Quijote por los libros de caballería como un ataque de Cervantes a la escritofilia de Felipe II, que estaba provocando una burocratización cada vez mayor de la administración española. El tercer capítulo, «Oralidad y utopía en Barataria», plantea que, tras la eficaz actuación de Sancho Panza (hombre iletrado, representante de la cultura oral) al impartir justicia en el ejercicio de sus funciones como gobernador de la ínsula Barataria, se encubre la crítica de Cervantes al lamentable estado al que Felipe II, obstinado en someterlo todo a la escritura, había llevado a la justicia española, burocratizándola en exceso; de esta manera, el escritor alcalaíno se hacía eco de las denuncias que, al respecto, habían vertido algunos contemporáneos suyos en una serie de tratados, como el Memorial de la política necesaria (1600) de Martín González de Cellorigo (1559-1633), la Restauración política de España (1619) de Sancho de Moncada (1580-1638) y el Arte real para el buen gobierno (1623) de Jerónimo de Zevallos (15601641). En el cuarto capítulo, titulado «Don Quijote, el ciclo Amadís-Esplandián y Felipe II», Jesús Botello, en primer lugar, relaciona la decadencia que sufren, como caballeros andantes, Amadís de Gaula (en el cuarto libro de Amadís de Gaula, 1508, y en Las sergas de Esplandián, 1510) y Don Quijote (en la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, 1615); en segundo lugar, defiende que la visión paródica que el ingenioso hidalgo traslada del mundo de la caballería responde al deseo de Cervantes de plasmar el fracaso de Felipe II en su intento por restaurar en la época la caballería de cuantía. Finalmente, en el quinto capítulo, «De las reliquias a la cámara de las maravillas: El Escorial y la cueva de Montesinos», se establece un paralelismo entre Felipe II y Don Quijote: ambos son de carácter melancólico, deseosos de tranquilidad, de ahí que el primero decida retirarse a El Escorial y el segundo bajar a la cueva de Montesinos; en relación a esto último (la aventura de Don Quijote en la cueva), Jesús Botello ofrece una interpretación, según la cual las maravillas que el hidalgo contempló allí serían un trasunto de las maravillas artísticas atesoradas por Felipe II en El Escorial, fruto del afán coleccionista del monarca. En conclusión, en Cervantes, Felipe II y la España del Siglo de Oro estamos ante un libro que, además de constituir una valiosa y original aportación no solo para los cervantistas sino también para cualquier apasionado del escritor alcalaíno, confirma cuán

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enriquecedor es, para el anรกlisis e interpretaciรณn de cualquier obra literaria, acudir al contexto histรณrico en el que esta se gestรณ.

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A cura di Fausta Antonucci e Anna Tedesco (Firenze, Leo S. Olschki Editore, 2016)

La Comedia Nueva e le scene italiane del Seicento recoge todos los ensayos que dieron vida al Convenio Internacional sobre el teatro español en la Italia del siglo XVII que se celebró en la Università Roma Tre en enero de 2015. El propósito que movió a la Dra. Fausta Antonucci y la Dra. Anna Tedesco a organizar el evento fue el de reunir a hispanistas, italianistas, musicólogos y estudiosos de teatro para analizar y reflexionar tanto sobre la presencia de la Comedia Nueva en los textos italianos del Seicento como sobre la intensa relación entre España e Italia en aquella época. El Convenio quiso ser también un homenaje a aquellos especialistas italianos del sector, cuyas investigaciones han venido constituyendo un punto de referencia imprescindible a lo largo de los últimos cuarenta años. Lorenzo Bianconi, Silvia Carandini y Maria Grazia Profeti han conseguido documentar ampliamente el influjo de la dramaturgia española en la italiana, atribuyendo así a la Comedia Nueva los méritos que la crítica del siglo XIX le había negado tras la ruptura con la España dominadora. Benedetto Croce sostenía que los españoles eran los responsables de la decadencia cultural italiana por el uso excesivo de «barroquismos» y artificios. Este volumen es, sin duda, una lectura recomendada para quien estudia el teatro del siglo XVII, especialmente las relaciones entre los españoles y los italianos. Antonucci y Tedesco, respectivamente catedrática de literatura española en la Università Roma Tre y catedrática de historia de la música en la Università di Palermo, representan la excelencia en los estudios del teatro aurisecular. Cuentan con numerosas publicaciones de relevancia; por citar algunas, Fausta Antonucci ha realizado las ediciones de La dama duende (1999 y 2005) y de La vida es sueño (2008) de Calderón de la Barca, de Peribáñez y el Comendador de Ocaña / Peribáñez e il commendatore di Ocaña (2003) y El perro del hortelano / Il cane dell'ortolano (2006) de Lope de Vega, sin contar los artículos sobre el barroco español y la monografía El salvaje en la Comedia del Siglo de Oro. Historia de un tema de Lope a Calderón (1995). Anna Tedesco es también una famosa musicóloga y es autora de «Scrivere a gusti del popolo». L'Arte Nuevo di Lope de Vega nell'Italia del Seicento (2007), Teatro del siglo de oro y ópera italiana del Seiscientos: un balance

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(2012), «Applausi festivi»: Music and the Image of Power in Spanish Italy (2012), «È dell'opera il fin la meraviglia». Il meraviglioso e l'opera del Seicento oggi (2016), además de brillantes estudios sobre el dramaturgo y libretista Giacinto Andrea Cicognini y la ópera italiana. El libro que las dos catedráticas proponen es el resultado de las fructuosas pesquisas llevadas a cabo por ellas y por un nutrido grupo de importantes investigadores, los cuales han querido hacer balance del teatro español en la Italia del siglo XVII mediante un estudio del contexto, de los géneros, de la relación entre comedia y música y, finalmente, de las reescrituras de los dramas españoles por mano de los autores italianos. Los apartados que componen La Comedia Nueva e le scene italiane del Seicento son cinco y permiten un enfoque gradual de la cuestión. En el primero Bianconi, Carandini y Profeti trazan un balance del teatro áureo en la península italiana, recopilan un detallado estado de la cuestión, describen la manera de hacer teatro de los italianos en España y viceversa, haciendo hincapié en la relación que había venido creándose entre las dos culturas, gracias al intenso intercambio entre las compañías teatrales. Se ha documentado bien la presencia de Alberto Naselli, de Tristano y Drusiano Martinelli y de Stefanelo Bottarga en los corrales de la época. Algunos expertos en este campo como María del Valle Ojeda han demostrado la permanencia en España de las máscaras italianas durante el Barroco (Ganassa y Bottarga). En Italia se registra la existencia de compañías españolas en Nápoles y en Milán, las cuales gozaban de éxitos por los bailes, las zarabandas y la puesta en escena. El segundo apartado va enfocando la práctica teatral en algunas ciudades italianas del Seicento: Génova, Roma, Nápoles, Andria y Florencia. La ausencia de Milán se debe a la fuerte presencia de los españoles, quienes la gobernaban todavía. El tercer apartado empieza con la presentación de la Officina degli Incogniti de Venecia y sigue delineando las características de los géneros dramáticos y de la contaminación que se producía entre ellos. Los españoles daban mucha importancia a la representación, mientras que los italianos apostaban por la eficacia del texto. A partir de los años Treinta del siglo XVII, la puesta en escena va cobrando relevancia también en Italia a causa de la influencia española. Además, viene a perderse la división entre comedia y tragedia: el término commedia adquiere el significado de dramma, tal y como en el teatro áureo. El cuarto apartado es el más técnico desde el punto de vista musicológico y en él se

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analizan las figuras alegóricas presentes en las piezas españolas e italianas y se describe el importante papel cultural que tuvo el virrey de Nápoles, el marqués Gaspar Méndez Haro y Guzmán. Fue él quien contrató a Alessandro Scarlatti para que compusiera en 1683 las músicas de L'Aldimiro y La Psiche, dos óperas que se inspiraban respectivamente en Fineza contra fineza y Ni amor se libra de amor de Calderón de la Barca. El quinto y último apartado trata de i rifacimenti, es decir de las reescrituras de los dramas auriseculares en italiano. Es el capítulo más filológico de todo el volumen, puesto que se hace un análisis de los textos desde el punto de vista estructural y estilístico, aportando también informaciones sobre los autores italianos más salientes de la época, como Matteo Noris, Andrea Perrucci, Andrea Cicognini, Carlo Celano, Ludovico Adimari, Antonio Salvi y Pompeo Colonna. Se observa que había unas estrechas correspondencias entre las piezas españolas y las italianas. Sin embargo, es preciso tener en cuenta que a menudo los italianos experimentaban, transformaban il rifacimento en un drama musical y sentimental, por ejemplo, incluyendo el dialecto del Sur de Italia en los parlamentos, matizando los temas que no siempre gozaban de buena recepción (el honor), manipulando la intriga a través de la creación de nuevas escenas o personajes y ajustando el léxico a la Commedia dell'Arte. En resumidas cuentas, y para terminar, las autoras de este libro desean ofrecer al lector un interesantísimo panorama del teatro en la Italia del Seicento, de la relación que había con España y de cómo la Comedia Nueva inspiró a los dramaturgos italianos. Se proporcionan nombres, ciudades, datos históricos, informaciones filológicas, piezas, análisis de los textos y de las técnicas compositivas. Se deja espacio a preguntas y a dudas que despiertan aún más la curiosidad en el lector. En conclusión, se recomienda la lectura de La Comedia Nueva e le scene italiane del Seicento a todos los que quieran acercarse y ampliar el conocimiento en este ámbito, del cual hoy en día tenemos noticia precisamente gracias a los especialistas que han redactado dicho volumen, quienes han estado trabajando para arrojar luz sobre una etapa fundamental del teatro italiano.

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María Inés Zaldívar Ovalle (New York, IDEA, 2016)

Esta obra de Zaldívar Ovalle (Santiago de Chile, Facultad de Letras en la Pontificia Universidad Católica de Chile) expone la relación que don Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache escribió ya lejos de Lima tras su virreinato entre el 18 de diciembre de 1615 y el 31 de diciembre de 1621, cargo que abandonó al fallecer Felipe III. Esta edición crítica se convierte, pues, en el número 31 de la Colección «Batihoja» del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA) y sexto texto de la Serie «Estudios Indianos». Al marcharse de Perú, el ya citado redactó, según dejaba fijado una cédula real, esta extensa Relación en la que daba cuenta del estado en que se encontraban las provincias ahora en manos de su sucesor, el Señor Marqués de Guadalcázar, don Diego Fernández de Córdoba. Asimismo, la presente edición recoge la posterior Sentencia del Consejo Real de las Indias de 1626 y la transcripción de un breve mensaje enviado por Esquilache a su antecesor el Marqués de Montesclaros al inicio del corpus, a la que le sigue la extensa respuesta de este último al príncipe de Esquilache. La editora del volumen ha fijado el texto que nos lega siguiendo el manuscrito base, el más antiguo hallado e incluido en Historia Jurídica del Derecho i Gobierno de los Reinos i Provincias de el Perú. Tierra firme y Chile, copia de 1674 conservada en la Universidad de Sevilla. A él le antecede, a su vez, un estudio preliminar extenso, útil y detallado en el que describen y analizan las características de la Relación, aportando su contextualización histórica, social y literaria. La precisión del resultado y su detallismo convirtió al texto de Francisco de Borja y Aragón en ejemplo y modelo seguido por relaciones posteriores, claridad que emerge también de esta edición del texto original. Además, es un trabajo no solo con valor literario, sino también histórico, ya que el redactor relata las obras realizadas durante su virreinato y describe la marcha de las instituciones y organismos coloniales durante un periodo de tiempo acotado y explícito, habiendo en ella también tiempo para la crítica, la justificación y la defensa personal. Ya en la época del documento, este destacó por su volumen y su estructura inédita, la cual dotaba a esta cuenta de especial claridad. Así pues, la edición de Zaldívar, primera completa de este texto hasta la fecha, recoge sus 197 párrafos que fueron estructurados

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según una serie de unidades temáticas o de contenido, siendo cuatro los grandes bloques temáticos. A saber, el Gobierno Central (del párrafo 1 al 83); la Guerra (84-97); Gobierno Eclesiástico (98-117) y, por último, la Hacienda (118-197). Esta estructura se convierte en un ejemplo claro de la intención del príncipe por simplificar y esclarecer el discurso imperial. Siguiendo la organización del príncipe poeta, se estudian en las palabras preliminares cada apartado en el mismo orden, teniendo en cuanta los comentarios de Esquilache, así como las condiciones reales e históricas de lo narrado por él, enmarcando o contextualizando no solo la obra en su conjunto, sino cada apartado en particular. Así, por ejemplo, aporta datos concretos sobre los tipos de impuestos vigentes, del estado de las órdenes monacales del Perú, de las disputas por el poder entre el Estado y la Iglesia o de los conflictos bélicos marítimos y terrestres contrastando siempre la información histórica con lo expuesto por Esquilache en su Relación. Tras una breve introducción al texto, ofrece Zaldívar una síntesis de la vida y obra del príncipe. Examinada su ascendencia, se centra en su labor diplomática y en la poética siempre en consonancia con las condiciones históricas y sociopolíticas de sus años. Igualmente, se incluyen durante este recorrido múltiples textos circundantes a la Relación o la vida de su autor. Interesante es también el sexto apartado de este estudio, el titulado «¿Virrey y poeta?, ¿Textos político, texto literario? Consideraciones finales» en el que Zaldívar reflexiona sobre la naturaleza de la Relación, la Sentencia y el texto de Montesclaros, ya que, aunque se trata de literatura colonial, cuesta clasificarlos dentro de ella debido a su hibridez. Añade que, al ser el autor príncipe y poeta, las aproximaciones a esta Relación pueden ser diversas y no solo historiográficas, ya que se entrevén ciertos juicios con valor político y subjetivo, posiblemente resultado de que el receptor -la Corona Española- modifica la narración y el tono y por consiguiente, el texto adquiere valor filológico, analizable, pues, su valor estético. De este modo la editora estudia la vinculación entre la prosa política de Esquilache y el verso lírico y cómo la oscilación entre un tipo textual y otro, así como su condición de escritor o artista y de noble político, crean un texto en tensión cuyo propósito último y bien logrado es justificar su virreinato. En conclusión, diremos que la aproximación de Zaldívar a la Relación es interdisciplinaria, ofreciéndonos un texto acabado al que le precede una extensa nota sobre los entresijos de la edición, los diferentes manuscritos encontrados y su cotejo con las ediciones impresas junto a una serie de copias facsimilares que nos permiten ver el estado de los distintos textos del siglo XVII. Así, tras la clausura de las palabras

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preliminares los textos que se trascriben son los siguientes: Billete que escribió el príncipe de Esquilache al marqués de Montesclaros, pidiéndoles que por escrito le diese relación del estado en que dejaba el Reino del Pirú: y lo que a él le respondió; en segundo lugar, la Relación que el príncipe de Esquilache hace al señor marqués de Gualdalcázar sobre el estado en que deja las provincias del Perú, siendo esta, obviamente, la más extensa de las tres y, por último, la Sentencia. El trío de textos viene acompañado por un exhaustivo cuerpo de notas al pie que añaden información contextual, lingüística y textual útiles y en ocasiones muy necesarias para el correcto entendimiento de estos textos. Se indican igualmente las variantes léxicas, estilísticas o formales que presenta este manuscrito con respecto al resto de ellos, siendo los textos cotejados para esta edición los que se citan a continuación: Ms. Biblioteca de la Universidad de Sevilla, Fondo Antiguo, Ms. A331/181 de la colección del Marqués de Risco (Relación); el Ms. Archivo de la Real Academia de la Historia, Ms. 9/4799 de la Colección Muñoz (para el Billete al Marqués de Montesclaros y Relación); el Ms. Biblioteca Nacional de Madrid, 3078 (Relación); el Ms. Archivo General de Indias Escribanía, legajo 1187 (Sentencia) y el Ms. Archivo General de Indias, «Memoria y relación cierta de algunos excesos que el príncipe de Esquilache virrey del Perú ha hecho en el tiempo de su gobierno», Audiencia de Lima, 96. El resultado: la fijación de un texto imprescindible de forma impecable y que todavía hoy es una de las mejores manifestaciones de la labor política de Esquilache, la cual tuvo como objetivo primordial la homogeneización ideológica del Perú. En adición, el trabajo que hace Zaldívar con la Relación de Esquilache aporta al estado de la cuestión un texto limpio, cuidado, una edición crítica de fácil manejo y de indispensable consulta.

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Antonio Sánchez Jiménez (Madrid, Cátedra, 2016)

La Leyenda Negra es un concepto que arrastra tanta controversia como puede suscitar cierto escepticismo. Su alto grado de politización -prácticamente desde su acuñación a finales del siglo XIX- complica, además, de forma particular el objeto de estudio. Esto se hace evidente en gran parte de los trabajos -tanto dentro como fuera de la academia- que se han dedicado a disertar sobre este asunto en la pasada centuria, ya para hacer apología patria, ya para culpar a la nación de sus males, ya para desmentir el fenómeno antihispánico. No obstante, salvando hábilmente estos escollos metodológicos, Antonio Sánchez Jiménez se suma al debate con una propuesta que no solo rehabilita la noción de Leyenda Negra, sino que, aplicándola a la construcción de la identidad nacional, arroja nueva luz sobre esta cuestión, relevante tanto en la época como para la crítica que se ocupa de ella en la actualidad. La complejidad de tal planteamiento requiere de gran discernimiento conceptual, rigor histórico y despliegue metodológico, características que, sin duda, se cuentan entre las virtudes de este estudio. Es por ello que Sánchez Jiménez dedica primeramente un amplio espacio a precisiones

terminológicas,

conceptuales,

histórico-críticas

y

metodológicas

(Introducción y cap. I). En estos capítulos se introducen las tesis, así como las claves analíticas que se van a desarrollar luego, y se contextualiza el trabajo dentro del panorama crítico, cargado de tanta polémica como sensibilización política. El autor divide su repaso de la trayectoria de esta tradición a partir de la forma y el enfoque político-ideológicos que proporcionó el concepto de Leyenda Negra, distinguiendo seis momentos clave para su desarrollo, ya por circunstancias del momento, ya por avances críticos: estas etapas serían el ambiente intelectual que siguió a la pérdida de las últimas colonias, el periodo de reivindicación patria de la posguerra franquista, los nuevos aires crítico-ideológicos de la década de los sesenta, la apropiación estadounidense del caso español en el contexto de la guerra fría, el V Centenario del descubrimiento de América y el momento actual, delimitado en las dos últimas décadas.

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El autor se aparta de esta tendencia general -que, como señala, se mantiene en el siglo XXI- y se sitúa en la senda de los estudios imagológicos, que arrancaron con Chaunu en los sesenta para el estudio de los estereotipos nacionales, y que han ido ganando terreno en los últimos años. Esta metodología aborda las imágenes nacionales generadas dentro o fuera del seno de la comunidad, no como trasuntos de la realidad, sino en su valor estructural y simbólico, reconociéndolas como figuras de pensamiento más allá de posibles instrumentalizaciones propagandísticas. Esta perspectiva proporciona los postulados de los que parte Sánchez Jiménez y con los que articula su estudio, prestando especial atención al efecto que tales paradigmas gnoseológicos tuvieron sobre la Leyenda Negra y a la imagen nacional de los mismos españoles. Para defender esta tesis, la mirada crítica del autor advierte, en primer lugar, que tras la vaga realidad que parece designar la expresión ‘Leyenda Negra’ se halla un conjunto de estereotipos que se define por su sistematicidad, adaptabilidad y pervivencia. Estos rasgos no solo justifican el uso de esta polémica expresión, sino que, efectivamente, constituyen el eje de articulación de la identidad nacional en el siglo XVII. Como prueba este estudio, tanto las acusaciones que integran la Leyenda como los argumentos que se esgrimieron en defensa del carácter hispano bebieron en una misma serie de estereotipos que se organizaban de forma conjunta, orgánica y autónoma. Este sistema de prejuicios se vio, sin duda, favorecido por factores políticos, religiosos y sociales que se mantuvieron más o menos constantes durante siglos. Ya desde mediados del Cuatrocientos, como documenta Sánchez Jiménez, la presencia española fuera de las fronteras peninsulares suscitó hostilidades. Estas -acrecentadas durante la época imperialse irían cifrando en acusaciones que, a base de generalizarse, acabarían configurando los estereotipos de la Leyenda Negra hispánica. No obstante, la clave de su sistematicidad radica en los modelos taxonómicos en los que se cifraban los caracteres nacionales, según teorías geográficas y climáticas que estaban muy extendidas en la época. Este modelo gnoseológico contribuyó a la organización sistemática de estos prejuicios en base a un triple criterio político, moral y racial, en el que se pueden ver sintetizados los ocho prejuicios en los que Sánchez Jiménez desglosa la Leyenda Negra: codicia, astucia, soberbia, crueldad, lujuria, barbarie, sangre semita y fanatismo. Esta separación, si bien metodológica -pues todos están hasta cierto punto relacionados-, se apoya en evidencias textuales de diverso tipo que el autor incorpora en su estudio, ya de forma breve y panorámica en la introducción -para

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documentar las fuentes de las acusaciones-, ya por extenso y con un enfoque más específico en los capítulos que dedica al análisis de los textos literarios -en los que la Leyenda se revela como eje de articulación de las reflexiones sobre el carácter nacional. Varias son las implicaciones de esta tesis, con las que Sánchez Jiménez contribuye de forma decisiva al debate crítico sobre la naturaleza de la cultura barroca, en discrepancia con la idea -o la teoría- del monolitismo de la cultura barroca. En primer lugar, el autor sostiene que el discurso nacional de los escritores del barroco español aprovechó el sistema de acusaciones y prejuicios -la Leyenda Negra- en el mismo grado que sus detractores, contestándolos o transformándolos a través de una serie de estrategias tan diversas como originales. De esta forma, Sánchez Jiménez arguye que la identidad española no emanó exclusivamente de un centro de autoridad nacional, sino también de la resistencia a las imágenes negativas -de otredad- de que se sirvieron otros centros europeos para definir su esencia patria frente a la hegemonía hispánica. Y esta batalla la libró cada autor según su propio ingenio y desde sus posiciones ideológico-políticas particulares, muy motivadas, a su vez, por las circunstancias inmediatas al momento de composición y publicación. Por otro lado, de lo anterior se deriva que el discurso nacional-identitario tiene entidad autónoma más allá de instrumentalizaciones propagandísticas, siendo empleado tanto para fines apologéticos como críticos. Es más, este mismo discurso pudo llegar a ser utilizado de forma irónica e, incluso, escéptica, como sugiere -con prudencia- Sánchez Jiménez, abriendo una interesante línea de investigación, de relevancia tanto histórica como actual. El caso más llamativo que el estudioso reseña es el de la novela corta «La desdicha por la honra» (cap. IV), de Lope de Vega, en la que rasgos raciales y disfraz se tornan conceptos de límites mordazmente borrosos en los avatares del protagonista. Estas tesis se desarrollan y argumentan en los capítulos que dedica al análisis de los textos, que se dividen atendiendo a varios criterios, principalmente genéricos y temáticos. Los focos de atención se centran en el teatro y en poesía y prosa políticas (caps. II y III) -y de forma puntual en el ámbito novelesco (cap. IV)- de los que se extraen numerosos ejemplos que atestiguan la dinámica de apropiación, contestación y manipulación de las imágenes negativas de la Leyenda Negra para reconducirlas en pro del carácter nacional español. Estas estrategias son concomitantes entre los diversos escritores más representativos, si bien el planteamiento y la forma de llevarlas a cabo está condicionada tanto por el contexto histórico-político como por convenciones genéricas.

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Los textos que recoge y con los que estructura su argumentación pretenden ser representativos de la época del barroco. No obstante, en el ámbito teatral -espacio particularmente fecundo para la exploración y difusión de ideas nacionales- se advierten estas estrategias ya desde el Quinientos. Es así que el capítulo dedicado al género dramático reúne el mayor número de casos, desde Torres Naharro hasta Lope. El vasto volumen de ejemplos se ve delimitado por varios criterios que se aplican especialmente al corpus lopiano, reuniendo temáticamente obras sobre la presencia española en el extranjero (Italia, Flandes y el Nuevo Mundo), así como menciones aisladas en obras de diverso asunto. Si bien este criterio está claramente expuesto y justificado en el caso de Lope, no ocurre así en el de Cervantes. Especialmente tras la lectura del estudio completo y de la constatación de la importancia de la gallardía como contracara de la acusación de arrogancia, uno se pregunta por qué «El gallardo español» no se analiza. La deducción lógica es que la identidad y carácter españoles en esta pieza sean irrelevantes para Cervantes, según concluye Sánchez Jiménez a partir del análisis de los dos textos que analiza. Y es que el estudioso incluye en su corpus de ejemplos textos que apoyan su tesis, así como textos en los que los epítetos nacionales funcionan al margen de la Leyenda Negra. Este sería el caso de La España defendida de Suárez de Figueroa, al que recurre igual tal vez que los dramas cervantinos- para que sirva de contraste y ratifique su análisis. Pese al interés que suscita este planteamiento, tal vez se echa de menos una mayor elaboración con respecto a las razones que diferencian los tratamientos nacionales, en tanto que informados por la Leyenda o no, así como sus implicaciones -sobre todo a efectos nacional-identitarios en la epopeya de Suárez de Figueroa. Otra cuestión en la que no se ahonda mucho -tal vez porque quede lejos de los propósitos de este estudio- es en la dimensión semántica de los conceptos que conforman la Leyenda Negra. Por citar algún ejemplo, no queda siempre claro si soberbia y arrogancia hacen, según el autor, referencia a un mismo pecado o hay matices -y, si los hay, hasta qué punto operan a nivel estructural. El autor los utiliza, en principio, como sinónimos. No obstante, la duda se genera sobre todo a partir de algunos de los textos ilustrativos, como el de Francisco de Cascales (p. 272), en los que soberbia y arrogancia se aplican a caracteres nacionales de manera distintiva. En cualquier caso, queda una línea de indagación abierta para lo que podría ser un interesante estudio histórico-semántico de

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los prejuicios de la Leyenda, en relación también con las estrategias de respuesta de los escritores de los Siglos de Oro, así como el paso de ambos al Romanticismo. En definitiva, Sánchez Jiménez pone a disposición del lector un panorama cabal sobre lo concerniente a la Leyenda negra hispánica: reseña la particular trayectoria crítica a la que la politización de este concepto desde finales del XIX sometió al objeto de estudio, delimita de forma neutra y objetiva dicho objeto de estudio y establece las bases metodológicas idóneas para su estudio, y reivindica la relevancia de la Leyenda negra, en tanto que influyó a la configuración de la imagen del carácter nacional. De este modo, se revela que la construcción de la identidad nacional en el barroco español no responde a fines meramente propagandísticos, sino que halla su origen en la resistencia a ciertas generalizaciones negativas extranjeras sobre el carácter español. Se redimensiona así el mismo concepto de identidad en el barroco, que no se puede entender fuera del contexto internacional europeo, en cuyo marco y en encendido diálogo se negoció.

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José Palomares (Madrid, Editorial Agustiniana, 2016)

No es fácil abordar el estudio de un poeta desde una perspectiva diacrónica. Localizar su huella a lo largo de la historia es una tarea exhaustiva, que exige rigor en la búsqueda de resultados y un profundo conocimiento de la tradición artística y literaria. Un trabajo de tal magnitud filológica es el que se ha propuesto llevar a cabo José Palomares en su obra Fortuna de fray Luis de León en la literatura española (siglos XVI-XVIII). Palomares es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Jaén y trabaja como profesor titular de Lengua y Literatura Españolas en la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía. El libro que ha publicado en la Editorial Agustiniana y aquí reseñado se origina gracias a la revisión y adaptación de la primera parte de su tesis doctoral titulada Distinto y junto. Fortuna de fray Luis de León en la literatura española. Ensayo de interpretación de un clásico. El volumen, que el profesor Palomares presenta como una introducción a la presencia de fray Luis de León en la historia de la literatura española, se divide en tres grandes capítulos: el primero, se ocupa del contexto de fray Luis; y el segundo y el terceto, tratan la influencia del poeta en el siglo XVII y XVIII respectivamente. El capítulo que da comienzo a dicha obra, titulado «Y por tu senda agora…El contexto de fray Luis de León», estudia el único retrato contemporáneo de fray Luis del que disponemos, elaborado por Francisco Pacheco en su Libro de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones; el posible influjo de fray Luis de León en san Juan de la Cruz y las discusiones críticas en torno a esta relación; la asimilación de la ideas lingüísticas del agustino por fray Pedro Malón de Echaide; y el paralelismo poético, moral y teológico que se da entre fray Luis y Benito Arias Montano. En el siguiente capítulo, que se titula «Un ingenio que al mundo pone espanto. Fray Luis de León y el siglo XVII», Palomares trabaja la impronta de fray Luis en la teología áurea y muestra su magisterio en una gran cantidad de autores menos conocidos que se declararon discípulos suyos. Seguidamente dedica unos epígrafes extensos a las lecturas que de fray Luis realizaron Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Francisco de Medrano, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Tirso de Molina y Calderón de la Barca. Así, con respecto a Cervantes, analiza

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las afinidades temáticas, como la vida retirada y la dignidad de la poesía, y las formales, como la claridad, la armonía y el ritmo, que lo relacionan con el profesor de la universidad salmantina, deteniéndose en profundidad en La Galatea y en Don Quijote; de Lope repasa hondamente la huella luisiana de su lírica, una marca que también observa en la poesía de Francisco de Medrano, distinguiendo lo que toma de Horacio y de fray Luis, algo sumamente complejo en una lírica tan horaciana como la del Siglo de Oro español de la que también participó el poeta agustino; a Góngora y Quevedo también los incluye como poetas que beben de fray Luis, además somete a examen el sentido y la forma de la editio princeps de las poesías luisianas llevada a cabo por Quevedo en 1631; y, finalmente, atiende a un aspecto muy poco trabajado por la crítica: las lecturas que de fray Luis hacen Lope, Tirso y Calderón por medio de su teatro. En el tercer y último capítulo, «Del gran León el gusto y la belleza. Siglo XVIII», Palomares nos ofrece un recorrido de fray Luis por la poesía neoclásica a través de Gaspar Melchor de Jovellanos y Juan Meléndez Valdés, destacando el acercamiento de los versos de ambos poetas a fray Luis gracias a sus coincidencias biográficas con este; Nicolás Fernández de Moratín y Leandro Fernández de Moratín, padre e hijo toman al maestro humanista como modelo de claridad y pureza; fray Diego Tadeo González, que calca el léxico y la sintaxis luisiana; José de Cadalso y el Conde de Noroña, que se apropian del tono pindárico del agustino; León de Arroyal, José Somoza y Manuel José Quintana, que componen odas atendiendo muy de cerca a fray Luis. En este tercer capítulo aún queda espacio para que Palomares señale la recepción de nuestro autor en la narrativa de José Francisco de Isla, Pedro Montengón, José de Cadalso y Luis Gutiérrez, y en el teatro de Nicolás Fernández de Moratín y Gaspar Melchor de Jovellanos; y cómo el Diccionario de Autoridades, La Poética de Ignacio de Luzán, las Exequias de la lengua castellana y la Oración apologética por la España y su mérito literario de Juan Pablo Forner y la Retórica de Gregorio Mayans instituyen a fray Luis de León como auctoritas, reafirmándolo como modelo literario y lingüístico. Asimismo, acentúa cómo la publicación en 1761, por parte de Gregorio Mayans, de las Obras propias y traducciones del poeta agustino, primera edición desde la princeps de Quevedo en 1631, fue decisiva para la difusión de la obra luisiana en el siglo XVIII. En definitiva, José Palomares nos brinda un estudio muy cuidado, fruto de una paciente labor de investigación, donde repara no solo en quién lee a fray Luis, sino también en cómo y en qué se lee del belmonteño. Este trabajo nos permitirá conocer mejor la suerte de la obra de fray Luis de León en la historia de la literatura española a la vez

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que acercarnos a las producciones de autores consagrados con una nueva mirada que advierta el legado de fray Luis en las mismas. El profesor Palomares promete un segundo volumen que continúe con la interpretación e influencia de fray Luis de León en la literatura española y que llegue hasta nuestros días; anuncia que dedicará un espacio a su recepción en la pintura y en la escultura; y adelanta, además, que se detendrá en el estudio de fray Luis como figuración tematológica en el teatro del XIX y del XX. De esta manera daría a conocer el resto del trabajo de su tesis doctoral. Hasta entonces seguiremos inmersos en las páginas de un libro imprescindible para comprender el papel que jugó fray Luis de León en la literatura española de los siglos XVI, XVII y XVIII.

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Eds. Ignacio Arellano y Jesús Menéndez Peláez (Nueva York, 2016)

La imagen de la autoridad y el poder en el teatro del siglo de oro (2016) es un ambicioso estudio en la que han colaborado el equipo GRISO y la Fundación Valdés Salas que se inauguró con un congreso bautizado con el nombre de la obra, organizado por el Seminario de Estudios Medievales y del Siglo de Oro-Fundación y Aula Valdés Salas / Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO)-Universidad de Navarra en 2015. Los tres bloques fundamentales en los que se centra son, como bien delata el título, la autoridad y el poder, no como simples conceptos, sino que los propios personajes que se relatan en las páginas de estos artículos son ya una declaración de poder y valores. Se describen reyes y reinas, damas, nobles de la alta sociedad que ejercían su poder desde diferentes perspectivas a través de las miradas de autores como Lope de Vega, Luis Vélez de Guevara o Cervantes, entre otros. Asimismo, desde los primeros puntos del índice encontramos diferentes definiciones de poder como línea transversal que une y aporta coherencia a las páginas de este trabajo. Por otra parte, no solo se centra en el estudio de los personajes masculinos, sino que Ignacio Arellano en «Amor, deber y poder: El rey don Alfonso el Bueno de Pedro Lanini Sagredo» centra su atención en la mujer y en su relevancia, a pesar de que, por lo general y en especial en la época que hacemos mención, la sociedad no le otorgaba a la figura femenina la notoriedad que merece. Grandes autores como Calderón de la Barca apuestan por el honor, valor y poder en sus escritos, dando también su función a la mujer como mediadora en las acciones bélicas gracias a la humanidad que muestran ante los hechos; esta vía calderoniana desemboca «hacia la verdadera civilización y progreso» como diría Enrique Rull. Desde otras perspectivas, se amplía información con teatro jesuítico, hagiografía literaria y hechos históricos ocurridos, que hace que esta amalgama de artículos tenga sentido en su conjunto, desembocando esta temática, en muchas ocasiones, en la riqueza artística que la iconografía hagiográfica generó en nuestro barroco y cuya relevancia continúa hasta nuestros días. Se completa un concepto tan amplio como el del poder, con la propaganda que ejerce este tipo de teatro sobre el público infantil, y en el que estuvo inmiscuida la Compañía de Jesús. El teatro jesuítico pretendía abarcar todas las escalas

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sociales, por ello, empezaban las representaciones desde la escuela a los que se unían los familiares, teniendo en cuenta el fuerte impacto que esta metodología tendría sobre el público. Autores como Julián González-Barrera, Enrique Rull, Sara Santa Aguilar y Ana Suárez Miramón han dedicado sus capítulos al poder de la honra, al propagandístico del teatro, al de las armas en la dramaturgia de Calderón y la riqueza en las bodas de Camacho y de Daranio en obras de Cervantes. Este bloque temático va a ser el hilo conductor de La imagen de la autoridad y el poder en el teatro del Siglo de Oro. No podemos hacer una clara partición de los capítulos que se integran en la obra, puesto que una parte está dedicada al poder en todas sus acepciones, otra al amor y otro conjunto de apartados tienen una tendencia más proclive a los enfrentamientos históricos reales de estos siglos. Se relata además el marco legal vigente en tiempos de Lope de Vega, una demostración más de la investigación de sucesos reales que han hecho los autores que han colaborado para crear este proyecto. Es una obra que aporta información de diversas índoles, que mezcla realidad y ficción, literatura y veracidad en una serie de capítulos que tienen como punto de unión el poder. Esto se reafirma mediante las continuas alusiones a sucesos acaecidos entre los siglos XVI y XVII, como la paz de Münster, las conflictivas relaciones entre la monarquía hispánica y la república. En muchas ocasiones, los sucesos reales políticos y religiosos se llevan a escena en el teatro, con el que el público se sentía identificado. Esta obra muestra campos interesantes de investigación en muchos aspectos que aún están por descubrir del teatro del Siglo de Oro. Se trata de una obra relevante para especialistas de la literatura, pues la lectura de la obra requiere de un cierto conocimiento de autores, movimientos y personajes destacados. En definitiva, se trata de un volumen recomendable y de gran interés para el profesional de la literatura. Aporta una nueva mirada teórica a una época de costumbres, tradiciones y cultura sin límites, que como vemos nunca dejará de ser investigada. La imagen de la autoridad y el poder en el teatro del siglo de oro nos ofrece un conjunto de ensayos sobre el teatro de esta época de dimensiones inabarcables, proponiendo, así, una amplia gama de temas universales aunados por diferentes autores. La pluralidad temática presentada en las páginas de esta obra da una idea a los lectores del excelente panorama histórico y cultural del Barroco.

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Atalanta vol 5, nº 2, 2017  

Revista digital semestral editada por la Editorial de la Universidad de Sevilla y en colaboración con el Departamento de Literatura Española...

Atalanta vol 5, nº 2, 2017  

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