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a r t ef i c i o

Númer o2,Septi embr e-Oc t ubr e Fut ur osposi bl es


arteficio Futuros posibles septiembre - octubre 2019


arteficio Literatura y artes visuales Futuros posibles Num. 2 Septiembre - Octubre de 2019 Ciudad de México México Editor Manuel Hernández Borbolla Diseño Miguel Ángel Hernández Imagen de portada Manuel y Alejandro Hernández Borbolla

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www.arteficio.blog Arteficio es un proyecto colaborativo sin fines de lucro. Buscamos promover y compartir el arte en todas sus formas, incluyendo el trabajo de autores que publican su trabajo en internet. Creemos que el arte no es propiedad privada y debe ser compartido. Sin embargo, respetamos la autoría de las imágenes y procuramos poner el crédito correspondiente, aunque a veces se dificulta saber con exactitud quién es el autor de ciertas imágenes En caso de haber alguna inconformidad al respecto, favor de comunicarse con la revista para aclarar el caso.


Índice 5

Decidme futuro Manuel Hernández Borbolla

7 Tatlin César Gumersindo 12 Felicidad Luis Velázquez 13

Tu silueta de paja Ricardo Torres

14 Humanoides Carlos Adampol Galindo 16

¿Pueden los androides sentir el placer de una soga?

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Anfiteatro Flavio Elías Lozada

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Los bienpensantes Manuel Hernández Borbolla

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Los desoladores paisajes futuristas de Simon Stalenhag

Mariano Mangas

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Al fin Roberto Castillo

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El último bastión Enelev

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El futuro es hoy, el arte cyberpunk de Jozan González (Death Burger)

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La reivindicación Juan Bello

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Cuarto con ventilador y vista al río Dekósimo

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Mariposa Amarilla Gretta Penélope

Dilema en el tiempo Leia Marien

40 Sequía Javier Gómez

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Fraseo

“El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido.

Para los valientes es la oportunidad”.

Víctor Hugo


Decidme futuro Manuel Hernández Borbolla

Decidme futuro, hacia dónde habrán de galopar las estrellas. Decidme destino, cómo hacer para modificar el curso de los vientos. Decidme memoria, cómo fueron los pasos hirientes que escribieron nuestra historia. Decidme alegría, dónde se oculta aquella luz omnipresente que habita en todos nosotros. Decidme locura, cómo hacer que germine la semilla y el canto en los corazones marchitos. Decidme esperanza, si nacerá el tiempo amarillo en la danza de las abejas. Decidme olvido, dónde habrán de morir las flores que no parió la primavera. Al final del horizonte, la vida, los sueños todavía por nacer. ::.

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arteficio

Tatlin César Gumersindo La Torre inclinada rotatoria de Tatlin fue la final falacia de aquél tempo pombo. Un sueño hecho de palomas soñadoras cuando revolverse era revolucionar el hierro girando

alrededor de la otrora polis a otra sociedad, que demudaría la absurda explotación del hombre por el hombre en una batalla que recorrería el Mundo, sin fronteras, sin alambradas, sin muros ni murallas, donde se haría posible el bezo sublime de las razas, sin naciones, sin estandartes, sin banderas, donde al hallarse dos seres humanos ello fuese posible haciéndose cosmopolitas, internacionalistas a contrapelo del odio, del malquistamiento, de quienes forman legión entre fronteras y límites precisos, los de su preciada codicia en la inefable pertenencia de las cosas, de otros hombres.

Así, romper las horas en añicos, sin las yertas manecillas, sin las aspas del incesante devenir, 7


arteficio burlando la perfecta sincronía de relojería, y cuando un hombre idéntico a sí mismo coincide con otr@s heridos de igualdad y ya sin alas, alcanzan cielo, juntos surcan destino, y tocando cualquier viento, alzan el vuelo… ...y ordinariamente son internacionales, camaradas unidos un poco más allá del nombre, heridos de arrojo histórico trucan palabras sin codicia alguna retornando al trueque de la humanidad originaria sin mayor propósito que el de ser felices. Empero, ese canto solidario tiene explicación, cargada del heroísmo dialéctico que es

asumir la más amarga y dulce contradicción: amor/odio.

Dicen cronistas del 17 que era una yesca espichada la que se hizo fuego, y en ígnea belleza envolvió en espirales toda la muerta yerba hasta desmadejar la era agrícola. Allí, fisiócratas sorprendidos, con tan solo mirar, con tan solo tocar cada uno de sus caprichos, con tan solo deshacer la pedrería en metal, dejando en nada la tierra, haciéndola yerma hasta enhebrar en ella todas sus arrogancias. Fue entonces, cuando se pudo vertebrar el miedo en el camino y se hizo posible entre la hoguera reverberar las asechanzas de lo viejo y nutrir un novísimo tiempo...

La humanidad renació

de la espalda al cuello, en mujeres que transformaron

la vida cotidiana

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ésas, las verdaderamente triunfadoras del siglo, dejaron en el añoso clóset a los bolcheviques inspirados en el fervor social quienes a contrapelo de nazis y racistas, ya sin ambages, sin la incomodidad de los pequeños odios o miserias que unen-desunen a los otros, lograron pacer (cual vacunos) la incipiente sociedad; la crecida en espiral de futuro, la que maduró haciéndose fuerte al yacer en los pechos de aquellas niñas, primero ignoradas, luego solidarias; las que a fuerza de darse la mano, en el exacto sitio en que no había hombre sin hombre sino mujer multiplicada en mujeres, amanecieron y alimentándose, hicieron crecer a los críos

(hijos del Nuevo Mundo),

en los pezones de Matronas, lactancias de Mayoras, con el aroma de hembras prestas a preñar de ilusión a los ingenuos que creen que

nunca romperán un plato, cuando en verdad, terminaron por quebrar toda la vajilla, toda loza, allí donde los trastos de la florida casa, la del deseo inmarcesible, lleno de febriles besos estallaron en las más cruentas guerras de la historia, histeria colectiva, obuses, tanques, trincheras, balas, gases, perros armados con bombas, aviones, deflagración, artillería, hecatombe atómica,

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arteficio

buques, portaviones, bombardeo, muerte sistematizada, campos de concentración, obreros disfrazados de soldadera, homínida crueldad a flor de piel, trastornos inacabables; un absurdo unificador de dos imperios, el de los soviets,

gigantón con pies de barro, y el de los

victoriosos gringos, sostenido

en los pies del trabajo, expoliación camuflada en contratos, el reino de la plusvalía basado en la prístina norma de conducta del capitalista, aquél que navega en

“las aguas heladas del cálculo egoísta” (Marx dixit) y la ganancia feraz trastocó la Guerra fría, en la paradigmática Guerra caliente llevada a concluir en la antesala de nuestra actual tragedia y la más anhelada distopía del género humano, aquella anunciada con la creación de palabras tales como Bariatría, Robótica, Mecatrónica, Generación Z, Internet, Cibernética, Trol, Meme, Hipster, anticipo de nuestra segura muerte que se sabrá por obra y gracia de un emoticón. Mientras la potestad del tiempo diluye su devenir entreverado y la fe prendida en ansiedad, que siempre busca alguna víctima núbil, hallará prostituidos todos los deseos y el único y seguro matrimonio con el interminable placer, será una tacha, algún opiáceo...

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Fraseo

“No trato de describir el futuro. Trato de prevenirlo”. Ray Bradbury

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arteficio

Felicidad Luis Velázquez

La felicidad es un instante: mudo, vibrante; efímero, a veces somnífero. Vivámosle sin maldad. En momentos, yo regalo felicidad. Trastornado, sin medida, damos cabida a inútiles tormentos. ¿Por qué no buscar el bienestar? que no es enfermo, es eterno, que tú y yo soñamos: Descansar sin ser un simple recuerdo. ¡Hagámoslo! ¿Cómo? Corre, ríe, sufre, siente, muerde, vente, bebe (mejor si es un fruto ardiente, si es prohibido ¿Detente?). Vence, pierde... por nada del mundo seas indiferente. Seamos benevolentes. ::.

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Tu silueta de paja Ricardo Torres

Tu boca de mujer despreciable ¡Peligro! ¡Peligro! ¡Peligro! de nada sirvió. Tú enorme zarpa abarco el débil pecho solar, muchos se alimentan de tus fauces. A tú silueta de paja, gema marina recurren a tu placer despiadado. Criatura nocturna: tus cantos atraen a la estupidez, a la locura, fulminan en el acto. En tus ojos brota la ponzoña, en tus ojos el amor líquido. El muerto como hojarasca danza alrededor del tigre, angustia divina. ::.

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arteficio

Estandarizaciรณn Carlos Adampol Galindo

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FotografĂ­a

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arteficio

Billy Nunez

¿Pueden los humanoides sentir el placer de una soga? Mariano Mangas

V

Uno de esos supervisores es Mac, quien trabaja para Alibaba —esos malditos asiáticos acabaron por ganar el monopolio de la tecnología global— y verifica uno de los miles de sistemas de drones que garantizan la llegada de los pedidos. Frente a su retina son proyectados algoritmos que indican la salud de su flotilla: hélices dañadas, circuitos fundidos, corrupción del pensamiento guía. Siempre en silencio, rara vez se dirige a sus compañeros para charlar sobre trivialidades; hoy la úni-

aya década. Parece lejano el 2024, cuando miles de trabajadores industriales salieron a las calles para manifestarse en contra de la automatización de las fábricas. Cinco años después, cientos de máquinas se encargan de embalar, etiquetar y hacer llegar cualquier producto a cualquier rincón del planeta. A pesar de la completa automatización robótica, el acuerdo global fue que al menos un humano debía supervisar desde un escritorio a la inteligencia artificial. 16


ca distracción de Mac es el lanzamiento de los más recientes modelos del Hobak F, ciborgs femeninos de compañía personalizables: tez apiñonada, oscura, bicolor o tricolor, con rasgos europeos o cabello afroamericano, delgada o tan voluptuosa como el cliente lo deseara. Entre 2019 y 2020, la empresa Neura One había empezado a experimentar con los primeros ratones cuyos cerebros fueron conectados exitosamente a un procesador. En la actualidad, son capaces de diseñar el cerebro completo de un humanoide con tejido orgánico obtenido por medio de células madre, que a su vez se entrelaza con miscroscópicos hilos de nanocelulosa cargados con la inteligencia artificial que sustituye a las neuronas. Si bien, Mac hace un tiempo había comprado un Hobak F6, a la que llamó Ava, ahora desea adquirir el más reciente modelo. ¿Cómo será la nueva textura de piel? ¿Habrá mejorado el olor que desprende? Sumido en estas dudas, Mac no se percató de los gritos de su jefa. —¿Eres autista o estúpido, Mac? —le pregunta su compañero del cubículo contiguo, al tiempo que le propina un golpecillo en la nuca. —¿Qué pasa? —responde Mac. —Yas te está gritando, pedazo de idiota. Que vayas a su oficina. Al levantarse, Mac recibe en el rostro el impacto de una bola de papel, al tiempo que el murmullo de risas burlonas lo rodea mientras avanza por el pasillo. Agacha la mirada. Le gustaría gritarles un sinfín de maldiciones o tomar del cuello a quien le arrojó el papel y hacérselo tragar. Por mí, quemaría este puto lugar, piensa. No tiene los güevos para hacerlo. —¿Hace cuánto te pedí las estadísticas de mayo? Tres semanas, Mac, tres chingadas semanas. —De-déjeme le explico señori… —Excusas, excusas, excusas. Una planta puede tenerme eso para ya. No puedo creer lo tarado que eres. —Es que yo… —¡Lárgate a tu terminal! ¡Quiero las putas estadísticas! —le dice al tiempo que chasquea los dedos. Maldita perra, si pudiera a ella la ataría con una soga y la arrastraría desnuda por toda la oficina. Tus malditas estadísticas, la verga. Jódete. ¡Jódete! Por fortuna, para Mac, los contratos estipulaban que no se podía hackear el software de los microimplantes neuronales de los empleados. La privacidad, ante todo. Aunque ya había ocurrido un caso en Alema-

nia en el que un trabajador detectó que uno de sus superiores abusaba de animales; por un error en el sistema de sus microimplantes el sujeto podía ver los recuerdos recientes del abusador. Las desviaciones de cada individuo se encontraban en un punto más profundo de la psique, casi tan inalcanzable como cuantificar el alma. Mac podría comprar un brazo biónico mejorado para alzar a su jefa por el cuello, pero no reprogramar las palabras de su madre cuando era niño. Pensé que eras un tumor en los ovarios. Hubiera preferido que no nacieras, pero ya era más peligroso para mí abortarte. No me toques con esas manos llenas de dulce, ve a lavarlas bien. Entonces su madre le azotaba las manos con un pequeño lazo en el que colgaba unas llaves. Durante su regreso a casa, Mac se olvida de las luces neón del exterior y se concentra en los anuncios de cuerdas que se proyectan en su retina: dimensiones, resistencia, elasticidad, precios; mientras que una serie de estímulos en los microimplantes le permiten sentir la suavidad o rugosidad de las sogas. Aquellas que sean las mejores para su pasatiempo favorito: shibari. Al entrar al apartamento, los sistemas automatizados se activan. Ese pequeño espacio de 25 metros cuadrados puede adquirir holográficamente la proyección de una terraza en el antiguo mediterráneo o de un departamento neoyorquino del siglo XX. Al menos así decía el anunció de renta. Pero algunos de los proyectores averiados dejan ver ciertos huecos y se percibe lo grisáceo de las paredes reales, un poco de moho por aquí y por allá. Mac se desploma en el sillón, enciende un vaporizador al que le da una profunda fumada. El sabor de la black pulpa le colma el paladar. Relaja sus piernas y se estira cuan largo es. —¿Quieres un masaje, bebé? —preguntó Ava al acercarse. —Ya deberías estarlo haciendo. En verdad pasé un día de mierda y estuve todo este tiempo esperando a que tus manos hicieran esa magia en mi espalda. Aunque creo que hoy estoy más deseoso de otro tipo de pasatiempos. —Interesante, amor. Cuéntame cuáles son los juegos que quieres para hoy y veré la forma de mantenerte complacido. —Lo sabes, solo tengo un gusto placentero. Mac había solicitado el diseño de Ava con un cuerpo delgado a la proporción de las mujeres asiáticas, salvo la cadera más ensanchada y el tono de piel

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arteficio trigueño; pidió que sus párpados se conservaran rasgados y los ojos en color turquesa. Aquellos placeres que a Mac se le niegan en la vida cotidiana, los tiene con Ava. Solo hay una manera en que ella se niegue a algo: poner en riesgo su propia existencia. Quien elimine a un humanoide, podría recibir sanciones comerciales. Por ética, la mayoría de los dueños solicita la desactivación y reemplazo. Mientras Ava se desnuda, Mac prepara las sogas para hacer los amarres. La mayoría de las veces era ella quien realizaba los nudos y amarres para tocar puntos del cuerpo que le brindaban a Mac placer o relajación. La rugosa textura de las cuerdas ponía a Mac en un estado de levedad que lo alejaba las humillaciones recibidas en el trabajo. Pero esta vez él tenía ganas de dirigir la sesión, de sentir el control sobre ella. Mira a Ava suspendida en el aire, sostenida por el encordado. Mac la percibe sometida e incapaz de ejercer cualquier acción. —¿En verdad sientes dolor cuando hacemos esto? ¿Placer? Siempre me he preguntado si en verdad te prende —pregunta Mac. —Recuerda la sincronización de microimplantes. A través de ella percibo tus estímulos y en consecuencia desarrollo el procedimiento adecuado para sostener la estimulación. —Sí, sí, sí. ¿Pero en verdad sucede algo contigo si decido no sincronizar? —Mi conocimiento acerca del placer humano es sumamente amplio. Cariño, sabes que puedo emular cualquier tipo de reacción fisiológica femenina o adaptar mi genitalia a la forma que tú consideres adecuada. —Maldita sea, eso lo sé perfectamente. ¿Sientes dolor o placer? —Podría utilizar… Mac toma una vela y comienza a quemar el muslo de Ava, quien no grita pero lo observa con extrañeza. Sus sistemas intentan hacer conexión con los de Mac para intentar persuadirlo de continuar con las acciones hostiles, pero este los ha desconectado. —¿Por qué me haces esto, Mac? He cumplido tus deseos como lo has requerido. Te pido que desistas y me permitas conectar con tus neuroimplantes. —Tranquila, perra. Es una demostración de cariño. Ya lo hemos hecho antes, ¿cierto? —En ninguna había percibido hostilidad —Ava

lucha por deshacer los amarres que realizó Mac, pero la técnica utilizada en el shibari es precisamente conseguir someter por completo al otro. A pesar de la potencia de seguridad con la que cuentan los droides para evitar una situación de peligro físico, ella no logra liberarse. —Shhh, siempre he cuidado de ti y de no hacerte daño. Además, ¿qué te preocupa? No podrías saber cómo reaccionar ante el dolor. Quisiera saber si en verdad sangras. Mac va por un cuchillo con el que arranca un fragmento de la piel de Ava. No escurre sangre sino liquido amarillento. Un temblor en su brazo muestra un indicio de resistencia ante la agresión. —¿Qué fue eso que hiciste? ¡Detente! —Eso, querida, prográmalo bien. Eso se llama dolor. No voy a detenerme, sabes, me gustaría saber si puedes experimentar el miedo a la muerte. —Entiendo perfectamente que es el proceso de conclusión de mi vida útil. Mac, no deberías llegar a ese extremo. —Ah, por favor. Ahora resulta que tienes miedo a que te vaya rebanando pieza por pieza. Lo práctico de tenerte es justo eso: una vez que acabe nadie preguntará por ti. No habrá quién llore tu desaparición. Eres un simple código de barras en un muestrario de putas que puedo adquirir en línea. Y justo está por salir el nuevo modelo. Una versión mejorada de ti. —En mis registros quedará guardado el reporte de violencia. Tu línea de crédito se verá afectada y tendrás una sanción para adquirir un nuevo Hobak —¿Crees que me importa? Pagué por ello y si fuera por mí, haría esto con mi jefa, pero no quiero acabar en la cárcel. Mañana cuando arroje tus desperdicios al contenedor, tal vez se me antoje comprar una negra o un niño de culito rosa. No lo sé. Ava intenta decir unas palabras, pero Mac la sujeta del cuello con una de las sogas y la comienza a apretar frenéticamente. Hace palanca con las piernas hasta que consigue romperlo. Exhausto, se levanta. Encaja el cuchillo en el oído de Ava hasta llegar a la zona del cerebro artificial. Tras servirse un trago, Mac se sienta en el sillón, fuma un poco de black pulpa, da unos pestañeos y aparece frente a su retina la página de ofertas de Neura One. Hobak F7 mejorado. Aparta a tu mujer perfecta. Comprar. ::.

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19 Tan Di


arteficio

Anfiteatro Flavio Elías Lozada

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a arena estaba en ebullición con más de cincuenta mil personas en un grado elevado de éxtasis, casi la locura, por presenciar el final de la primera temporada del Anfiteatro Flavio. Por internet más de tres mil millones de personas observaban el espectáculo. Doce luchadores se enfrentarían a muerte con una sola arma blanca. Solo uno de los doce sobreviviría aquella tarde de 25 de diciembre, la más esperada por los millones de fanáticos en todo el mundo. El campeón sería coronado con una guirnalda de olivo y sería exaltado al salón de la fama del Anfiteatro Flavio. La competencia reinauguraba los ritos romanos: lucha de gladiadores y fieras por ganar un día más de vida. Los doce gladiadores que habían llegado hasta el final de temporada eran claramente favorecidos, eran los “mejores del mundo”, habían luchado y matado a decenas de otros gladiadores, en su mayoría más flacos, más desnutridos y sin preparación ni conocimiento de la lucha y de las armas. La mayoría de los gladiadores caídos hubieran sido identificados como latinoamericanos, africanos, asiáticos, homosexuales, musulmanes o judíos. Pero hace más de cinco décadas que esas definiciones habían desaparecido, a todos ellos solo se les conocía como Incómodos. El espectáculo inició con cuatro maestros de la ciencia caminando en círculo por la arena. Tenian meses encarcelados esperando el día que fueran llamados para el espectáculo de cierre de la primera temporada, todos ellos representaban a cuatro nombres de la antigua falsa historia: Isaac Newton, Carlos Darwin, Karl Marx y Albert Einstein. Enseguida se encendieron las luces verdes de las puertas que detenían a cuatro fieras hambrientas, tres semanas sin comer para que el show saliera a la perfección: un oso, un tigre, un león y un cocodrilo devoraron a Newton a Darwin a Marx y a Einstein en tan solo unos segundos. Las imágenes en súper cámara lenta eran repro-

ducidas en todas las esquinas del planeta, al mismo tiempo, todos los aficionados del mundo podían votar desde su celular para elegir la bestia más hermosa o más determinante en su acometida. Cualquiera de las cuatro bestias que ganara la votación sería sacrificada y su sangre sería bebida por los doce gladiadores que a continuación iban a luchar por su vida. Las tres bestias restantes serían regresadas a su habitat natural con un geolocalizador para que el día de su muerte fueran capturadas y trasladadas a Nueva Prusia, ciudad en la que había sido edificada la arena del Anfiteatro Flavio. Allí, en su explanada de mármol, serían enterradas y recordadas con esculturas de bronce. A la postre se convertirían en deidades para los nuevos habitantes de China y la antigua Unión de Estados Americanos. Así ya estaba establecido en el guión del Anfiteatro Flavio. Como era de esperarse, la votación la ganó el oso. Y por ende su cabeza sería disecada y colocada en la puerta principal de la arena. Misma cabeza que se convertiría en el escudo de una nueva religión mundial, un relato redondo. Las cincuenta mil personas que estaban en el Anfiteatro Flavio eran ricas y poderosas. Dueños de bancos y gobernadores de provincias. Llenas de joyas y perfumes, obesos casi todos ellos. Eran la crema y nata de la sociedad reinante, los más entusiastas con el espectáculo inaugurado. Todos los asistentes iban con un precontrato para instalar en sus provincias o en sus nuevos países replicas de La Arena y así después pertenecer a la Liga del Anfiteatro Flavio. Liga que ayudaría a reducir el número de población de los Incómodos. Pero antes era indispensable asistir a aquella primera final después de 364 días consecutivos de competencia. Allí, conocerían de primera mano cómo se hace un espéctaculo de tal magnitud. Vivirían la euforia y la locura y así podrían contagiarla por todo el planeta. La lucha de los doce gladiadores duró noventa minutos. Hora y media de degollaciones, sangre, llanto, 20


suplicio, desesperanza y muerte. El gladiador ganador fue el proveniente de Australia. Su nombre nunca fue revelado, y la guirnalda de olivo le fue colocada por Eliud Trunnp, jefe supremo de la provincia de Nueva Prusia, último heredero de la fortuna de su abuelo, Trump, con ‘m’. Como colofón del espectáculo y en una “improvisación” casi divina, Eliud Trunnp decidió que el gladiador campeón se había ganado el derecho de tener relaciones sexuales con una mujer miembro de su familia. La elección se sometió a votación de la misma forma que con las cuatro bestias. La elegida fue la hija de Trump, de 18 años. Ganó por un pequeño porcentaje a su madre, quien gustosa había esperado desnudarse enfrente de tres mil millones para copular con el gladiador australiano. El honor y la fama serían para su hija, quien había confesado y lamentado llegar a ese día sin ser virgen. Igual, con cincuenta tomas diferentes en súper cámara lenta, por 17 minutos, se transmitió a todo el mundo el último acto de honor de la temporada del Anfiteatro Flavio. Nadie de los cincuenta mil asistentes ni de los tres mil millones de espectadores se enteraron que el gladiador ganador había fallecido horas después por heridas internas. Mientras que Jennifer Trunnp, de 18 años, se había convertido en la nueva reina de la religión instaurada por la Liga del Anfiteatro Flavio. ::.

21 Lucas Taillefesse


arteficio

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Narrativa

Los bienpensantes Manuel Hernández Borbolla

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l mundo era un poco menos cruel antes de que los bienpensantes tomaran el poder. O al menos es lo que me han contado. Hubo un tiempo en que, hastiados de tanta violencia, las personas de buenos sentimientos comenzaron a tener un mayor peso entre la opinión pública. “Se ofendían de todo”, me contó alguna vez mi abuelo, sobreviviente de aquella época. En ese entonces, los bienpensantes parecían inofensivos. ¿Quién podría estar en contra de los buenos deseos de unos cuantos jóvenes entusiastas, frente a los muchos problemas que padecía la humanidad? Nadie parecía advertir entonces, hasta dónde llegarían las nobles intenciones de los bienpensantes. Una generación de personas hipersensibles dispuestas a salvar un mundo en franco proceso de autodestrucción. Gente pura, inmaculada, incapaz de dejarse doblegar por las bajas pasiones humanas. O al menos eso era lo que intentaban aparentar. Comenzaron a prohibirlo todo. Eran tiempos convulsos. Una segunda oleada de fascistas se extendía entre los países más poderosos del planeta. Racistas confesos, dispuestos a culpar de la desgracia nacional a grupos étnicos distintos al suyo, se propagaron como plaga con el único fin de justificar el exterminio de otros, los pobres, los desvalidos. Todo con el objetivo de mantener el poder. El viejo imperio comenzaba su declive, al tiempo que las tensiones geopolíticas entre las potencias emergentes iba a la alza. La migración y el cambio climático eran dos de los principales problemas de aquellos años, cuando la digitalización comenzaba su etapa de consolidación. El internet había dejado de ser un ente anárquico, pues fue justo cuando inició un profundo proceso de privatización del ciberespacio. La industrialización del internet se convirtió en una nueva forma de acumular riqueza. Las redes sociodigitales se volvieron de uso cotidiano y a partir de entonces, todas las personas podían expresar su opinión en la nube, aunque sólo unos cuantos

de ellos hicieran un mínimo esfuerzo por primero tratar de entender lo que ocurría a su alrededor. Antes de siquiera tener una vaga idea de qué trataba algún asunto, la gente vomitaba sus prejuicios contra cualquier cosa. Los dogmas ideológicos de todos los colores volvieron a poblar la Tierra. Racismo, feminismo, xenofobia, clasismo, veganismo, capitalismo, socialismo, discursos de género… solían ser temas recurrentes, temas que solían generar largas y enardecidas discusiones entre la gente de aquel tiempo. Una colisión de ideologías en el ocaso de una era que se resistía a morir. Justo el tipo de cosas que suelen exacerbar el fanatismo, tan característico de los años previos a las grandes sacudidas, las grandes guerras. En aquel lejano 2020, todavía no era posible comprar un androide para realizar tareas domésticas; los humanos híbridos apenas estaban en fase de experimentación y todavía no había ocurrido el Gran Apagón Digital, consecuencia de la primera ciberguerra de gran escala, misma que terminaría por sumir en la oscuridad a la humanidad entera durante varias semanas. Pero ese es otro asunto. La historia que yo cuento ocurrió antes que todo eso. Yo la escuché de mi abuelo, quien durante años sufrió la persecución de los bienpensantes. Y todo, por algunas de sus peculiares aficiones literarias. Mi abuelo siempre habló con groserías, a pesar de la censura y las fuertes multas que aquello generaba en una sociedad gobernada por los amantes del orden y las buenas conciencias. El viejo había estudiado literatura. En aquella época, las carreras universitarias duraban muchos años. Todavía se tenía la idea de que los estudios escolares permitirían conseguir un trabajo bien remunerado. Fue ahí, en la universidad, que mi abuelo descubrió la poesía de ‘los malditos’. Ese acontecimiento cambió su vida, según contaba. De ahí provino su afición por un poeta francés, de nombre Charles Baudelaire, quien escribió un libro titulado Las flores del mal. “Para mí fue un latigazo, algo deslumbrante, dar23


arteficio me cuenta que la poesía podía ser otra cosa. No se trataba solamente de decir cosas bellas, frases repletas de cursilerías. Con ‘los malditos’, descubrí que la poesía podía ser también una manera de revelar el lado oscuro del corazón”, me contó mi abuelo poco antes de morir, en aquellas largas conversaciones que solíamos tener los domingos por la tarde. Después de aquel descubrimiento, pasó muchos años leyendo autores clásicos, que hoy casi nadie conoce. Cuando los bienpensantes comenzaron a ganar puestos de elección popular, la censura aumentó. Mi abuelo se ponía rabioso cada vez que recordaba aquella época de represión. “Esos cabrones no sabían nada. Trataban de disfrazar su frivolidad e ignorancia con buenas intenciones. ¡Vaya estupidez!”, solía decir, verde de furia. Los bienpensantes querían acabar con la violencia y todos los males del mundo. Y harían todo lo necesario para conseguirlo. Primero comenzaron a imponer restricciones mayores en el uso del lenguaje. Quien no se expresara con propiedad, de acuerdo a los nuevos cánones, sería sancionado y condenado al escarnio público. Los perros callejeros pasaron a ser ‘perros en situación de calle’, para no sonar discriminatorios contra los pobres canes en desgracia. Hacer cualquier alusión al color de piel de una persona —aún sin hacer uso de esa carga peyorativa tan propia de las clases altas y su insoportable mamonería— era considerado una ofensa terrible, misma que debía ser sustituida por eufemismos ridículos y políticamente correctos como ‘afrodescendiente’ o ‘gente de los pueblos originarios’. Por alguna extraña razón, nadie parecía ofenderse con adjetivos como “pinche güero”, quizá porque se asumía de antemano que el pelo rubio era un privilegio, lo cual, en el fondo, me parecía incluso más discriminatorio, pues era como asumir que tener la piel oscura podía ser considerado un insulto o resultar ofensivo. Desde luego, estas cuestiones nunca han sido fáciles de discutir. Y menos con los discursos de supremacismo blanco que por aquella época comenzaban a germinar junto con todo tipo de expresiones xenofóbicas. En este álgido contexto, el florecimiento de los discursos de odio promovidos contra los pobres, cuyo número aumentaba de manera exponencial junto a la acumulación de riqueza en pocas manos, provocó un efecto de culpa entre una nueva generación de jóvenes provenientes de las clases acomodadas. Un

remordimiento que trataban de compensar con retórica y otro tanto de ideología. Por ello, cualquier expresión subida de tono, aún cuando se tratara de una simple broma, sería castigada por los bienpensantes, bajo la premisa de que el lenguaje violento provocaba acciones violentas. Nadie parecía reparar que, en algunos casos, insultar y ofender podía tener un efecto liberador, escupir lepras contra el mundo podía servir también para desahogarse y equilibrar las tensiones de la psique. Y más en una sociedad repleta de histéricos rabiosos y depresivos, como eran aquellos autómatas, presos en la jaula de la ansiedad. “Los imbéciles no se daban cuenta de que a veces es bueno maldecir para expresar lo que duele y seguir viviendo”, decía mi abuelo. A partir de esa época, todo aquel que no se expresara de manera políticamente correcta, tendría que pagar las consecuencias. La violencia se retiró paulatinamente de los servicios de streamming, del cine, la televisión, la música y los videjuegos. Todas las películas, todas las series, todas las canciones y todos los mensajes con algún contenido violento, por más mínimo que este fuera, podrían ser multadas, modificadas o descontinuadas, si alguna persona se sentía ofendida por algún fragmento de dicha obra, y presentaba la denuncia correspondiente. Luego comenzaron a meterle tijera a la literatura. Yo no conozco mucho de eso, pero para mi abuelo, aquel asunto fue un absoluto despropósito. Sobre todo, cuando empezaron a cambiar pasajes enteros de varias obras de ficción por considerarlas ofensivas y violentas. “Era la versión milennial de la Santa Inquisición”, decía mi abuelo. Así comenzó aquella mutilación de la humanidad y su pasado, siempre en nombre de las buenas conciencias. Para ello se instauró la Comisión Internacional Contra la Violencia de Género, Clase, Raza y Credo (CCVGCRC o simplemente, la Comisión), un tribunal de expertos de diversas disciplinas encargados de reescribir, reeditar y corregir para bien, aquellas obras que pudieran resultar ofensivas. Uno de los casos más sonados de aquel tiempo, fue el de William Shakespeare. Las obras del legendario Cisne de Avón fueron prohibidas y estigmatizadas por violentas. En su obra Tito Andronicus, por ejemplo, el personaje central, en venganza por la violación de su hija, asesina y despedaza a dos tipos que luego son cocinados y convertidos en pastel de carne, mismo que habrá 24


arteficio de ser degustado por su madre, Tamora, quien, sin saberlo, terminó engulliendo a sus propias criaturas durante un gran banquete. “La brutalidad de aquella escena es propia de un sociópata y un mal ejemplo para las nuevas generaciones”, afirmaba el dictamen final donde la Comisión trataba de argumentar que ese tipo de comportamientos resultaban anacrónicos para la época. Ni se diga de las otras muertes horribles que ocurrían en obras como Macbeth y Otelo, el feminicida que asesina a Desdémona por un arranque de celos. Esas obras también fueron mutiladas. Lo mismo pasó con Romeo y Julieta, cuya escena final fue cambiada porque decían que incitaba al suicidio de los jóvenes, un fenómeno que en la época en que mi abuelo era apenas un muchacho, resultaba cada vez más común. Pero ese no fue el único caso que hizo ruido. Toda la obra de un tipo conocido como el Marqués de Sade fue prohibida por misógino. Prohibieron también Crimen y castigo de Dostoievski porque decían que la célebre novela, que iniciaba con el asesinato de una usurera judía, resultaba doblemente ofensivo al tratarse del homicidio de tintes raciales, podía ser interpretado como un discurso de odio. De Flaubert cambiaron varios pasajes de Madame Bovary con el fin de acabar con la visión heteropatriarcal que predomina en la decimonónica novela, en la cual se calificaba de adúltera a una mujer que en realidad se estaba rebelando contra la opresión del pobre diablo de su marido. El Perfume, de Patrick Süskind también fue retirada de las librerías y las bibliotecas. Ni se diga del loco de Nietzsche, el filósofo cuya idea de superhombre había, supuestamente, inspirado a los nazis para arrasar con poblaciones enteras en los campos de exterminio. La poesía también habría de ser censurada cuando aludiera a las malas conciencias. Rimbaud, Verlaine y el Conde de Maldoror fueron proscritos por hacer apología de las bajas pasiones humanas. Neruda fue calificado de agresor sexual por un incidente ocurrido en su juventud, en la isla de Ceilán, y también fue censurado. Algo similar ocurrió con el machista de Bukowski y sus prosaicas escenas sexuales que representaban una ofensa para la mujer. La Biblia y el Corán también fueron retirados por contener pasajes violentos que no se adecuaban a los nuevos tiempos, a pesar de la molestia que detonó aquella decisión entre los creyentes religiosos que todavía quedaban.


arteficio “Eso no era un mundo libre, sino un mundo lleno de hipócritas”, señalaba el abuelo. La violencia explícita también fue prohibida de los noticieros, los periódicos y las redes sociodigitales, por considerar que promovía el amarillismo. Los algoritmos de los buscadores de internet fueron configurados para evitar que la gente accediera a contenido que pudiera herir susceptibilidades, e incluso, se promovieron varias iniciativas de ley para detectar la dirección IP para castigar a aquellos usuarios que realizaran comentarios ofensivos contra otras personas. De ahí que el lenguaje soez y políticamente incorrecto se convirtió en una especie de nuevo impuesto, diseñado para fomentar la moderación del debate público. Pero aún con las multas, la gente seguía insultándose sin ton ni son en cada rincón del ciberespacio. Algo inevitable, en una sociedad conformada por gente hipersensible y sobrexpuesta al bombardeo moralista de los medios. Lo mismo pasó cuando, en un acto de buen corazón, algunos gobiernos del mundo prohibieron el consumo de carne para erradicar la violencia contra los animales. Lo único que se consiguió fue generar un mercado negro para la compra-venta de carne. A pesar de que la evidencia científica de aquel tiempo permitía demostrar que las plantas también eran seres sensibles al dolor, la restricción de comer carne sólo era válida para las vacas y otros adorables animales de pezuñas. Los insectos, como eran considerados una especie inferior, quizá por feos, sí podían ser consumidos sin el menor remordimiento. Todo es cuestión de enofque. Fue así que la Comisión se convirtió poco a poco en una Policía de la Moral, encargada de vigilar y regular la conducta de las personas bajo el canon de los nuevos tiempos, el dogma sagrado de los bienpensantes: todos son culpables de algo hasta que se demuestre lo contrario. De este modo, todos los remordimientos sociales tratarían de ser corregidos por el nuevo orden moral, dictado desde las inmaculadas conciencias de los bienpensantes, encargados de determinar lo que resultaba ofensivo y lo que no. La gente se fue haciendo cada vez más retraída. Temerosos de meterse en problemas, las personas de aquel tiempo trataban de medir sus palabras en público, para no ser tachados de retrógradas o denunciados ante las autoridades correspondientes. Algo así como el Ministerio de la Verdad descrito por

George Orwell en 1984, novela que, paradójicamente, sobrevivió a la censura de los bienpensantes. Pero lo peor, más allá del poder institucional que había adquirido la llamada Policía de la Moral, era la manera en que los grupos extremistas de bienpensantes utilizaban cualquier comentario subido de tono para vengarse de sus enemigos. Bastaba que algún bienpensante encontrara algún comentario políticamente incorrecto en las redes sociales de sus adversarios para ajustar cuentas por agravios cometidos en el pasado. De este modo, un comentario ambiguo podía ser utilizado como un eficaz instrumento de venganza. Sólo bastaba darle la interpretación correcta a cualquier oración mal redactada para desatar la furia de las masas bien intencionadas. Cualquiera que tratara de defenderse de las acusaciones en su contra sería doblemente exhibido, vejado y linchado mediáticamente. En el nuevo dogma bienpensante, no existía la presunción de inocencia. Y bajo el asedio de muchedumbres digitales enfurecidas, a veces resulta difícil demostrar que uno no hizo nada malo. Las pruebas eran lo de menos. Bastaba la sola sospecha de los bienpensantes para condenar a alguien a la hoguera del desprestigio social. Una situación que, además, era bien aprovechada por grupos políticos que veían ahí, un campo fértil para arremeter contra sus enemigos, valiéndose de los grandes medios de comunicación por una junta directiva de amigos y compadres, un arma letal para amplificar cualquier calumnia con el incondicional respaldo de los siempre inocentes bienpensantes. Una situación doblemente ventajosa para las élites, que enfrentaban menos obstáculos para controlar a una sociedad dividida, la cual perdía el tiempo discutiendo cosas absurdas, tales como si los hombres debían ser hombres y las mujeres debían ser mujeres, o por el contrario, incrustarse orejas de gato podía ser considerado como parte de un nuevo género. En este contexto, la depresión era la coartada perfecta para la apatía social, mientras la culpa era el combustible que alimentaba el ofuscamiento sistemático de los bienpensantes. Esta situación, decía mi abuelo, derivó en una debilidad crónica de la gente que, al ofenderse por todo, hacían escándalo de cualquier nimiedad, una tormenta en un vaso de agua, mientras los grandes temas pasaban prácticamente inadvertidos. Por ello, el abuelo decía que aquella sociedad de bienpensantes era el resultado de una 26


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arteficio siempre y cuando dichos actos estuvieran motivados por los buenos deseos, como por ejemplo, manifestarse contra la extinción de las tortugas, provocada por una epidemia masiva de popotes de plástico en el océano. Las autoridades se habían percatado que esas expresiones de descontento social eran efímeras y tenían un propósito bien acotado: que los sentimientos de culpa colectivos hicieran catársis para que luego todo volviera a la normalidad. De este modo, muchas de las protestas sociales promovidas por los bienpensantes, paradójicamente, permitían administrar el descontento social, soltando las riendas en pequeñas dosis, para evitar que las cosas se salieran de control. Cuando las cosas subían de tono, las imágenes de violencia difundidas en los noticieros una y otra vez, terminaban por herir la susceptibilidad del público y provocaba una oleada de discusiones que se diluían en un par de semanas, tiempo en el que seguramente ya se había logrado detonar algún otro escándalo. Con estas nuevas normas, el mundo habría de ser en adelante, un mundo sin violencia de ninguna índole, un mundo feliz donde los buenos deseos lograrán imponerse a la monstruosidad de la condición humana. Pero la violencia seguía ahí, latente, como siempre. Los bienpensantes pasaron de oprimidos a opresores, e iniciaron una cacería contra todos aquellos que osaran pensar diferente o tener una opinión contraria a la mayoría. “Decían que era por el bien de todos, pero yo siempre les respondí que por mí podían irse todos a la mierda”, arremetía mi abuelo, a quien le tocó vivir en carne propia la persecución de los bienpensantes. Perdió su trabajo como profesor de literatura en una universidad privada, por un texto que dejó leer a sus alumnos, el cual resultó terriblemente ofensivo para algunos de ellos. El texto en cuestión era Lolita, de Vladimir Nabokov, quien según mi abuelo, fue uno de los más grandes prosistas del siglo XX. El libro causó indignación porque decían que fomentaba la pederastia. Ya se imaginarán el revuelo que causó aquel libro en el año de 2032, en pleno apogeo de los bienpensantes. La manera en que el personaje central corrompe a la senusal nínfula de tan sólo doce años de edad, resultó insoportable para algunas alumnas, que acusaron al abuelo de ser un misógino por dejarles leer algo así. El escándalo llegó a redes sociodigitales y la rectoría de la universidad presionó a mi abuelo para que dejara

sutil estrategia de control, pues a final de cuentas, resulta más fácil manipular a las masas temerosas que se sienten vulnerables ante todo. Bastaba generar un pequeño escándalo mediático para provocar una gran turbulencia social. Y eso era siempre bien aprovechado por las élites globales que se repartían el mundo a su antojo mientras el grueso de la población peleaba por migajas. La discordia se convirtió en arma de destrucción masiva, pero muchos ni siquiera lo notaron, por estar enfrascados en discusiones sin sentido. “Llegará el día en que será preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde”, solía afirmar un tal Chesterton. “Ese día había llegado”, afirmaba mi abuelo. Y todo, en nombre de las buenas conciencias. Pero por alguna extraña razón, los bienpensantes poco solían reparar en las consecuencias fatídicas que ocasionaba la acumulación de riqueza en el mundo o las turbulencias económicas promovidas por los especuladores financieros, capaces de difundir rumores que se convertirían, como por arte de magia, en millones de dólares gracias a operaciones de compra-venta a la distancia de un clic. Quizá por ello, la Comisión consideró que los salarios de miseria que pagaban las grandes empresas trasnacionales, las condiciones de esclavitud en que vivía buena parte de la población, no eran consideradas como un acto violento. La Comisión tampoco encontró motivos para decretar la censura del Estado como forma de organización social, luego de que algunos anarquistas y otros cínicos, como mi abuelo, opositores del bienpensantismo, argumentaban que toda Constitución era en realidad una imposición de un grupo social sobre otro y por lo tanto también debía ser considerado como una forma de violencia contra los sectores marginados de la toma de decisiones. Pero al tratarse de una “violencia no explícita”, la Comisión decretó que no había elementos suficientes para censurar los textos constitucionales. De este modo, la violencia “no explícita”, lo que sea que significara eso, era un tipo de violencia tolerada por los bienpensantes. “Era como meter la basura debajo del tapete”, decía mi abuelo. Las protestas que afectaran el derecho de libre tránsito, uno de los pilares de la civilización, también habrían de ser estrictamente prohibidas y acotadas, pero no así, los casos de represión policial. Por el contrario, el Estado estaba dispuesto a aceptar actos de barbarie 28


nes más íntimos de nuestra existencia, develando al ser humano desnudo, tal cual es, sin el disfraz que le ha sido impuesto por la cultura y la sociedad. Sólo quien enfrenta su propia sombra es capaz de crecer y desarrollarse espiritualmente. Sólo quien se conoce a sí mismo y ha logrado reconocer su propia maldad, es capaz de vivir en plenitud y controlar al monstruo que duerme en nuestros adentros, ese animal intempestivo que muerde y lastima cuando se siente amenazado. Recuerda bien esto que te digo, querido nieto, pues la vida es un dulce no apto para cualquiera. Aprender a convivir con este mundo obsceno es un acto reservado para las grandes personas. El destino del mundo está en tus manos. No te mientas a ti mismo, no niegues aquellas pulsiones que resuenan en la sangre. El monstruo que habita en tu interior puede ser un gran maestro si le prestas atención. No tengas miedo de explorar el lado oscuro del corazón. Te lo dice un viejo como yo”, dijo poco antes de dar un último sorbo a su vaso de mezcal. Las palabras del abuelo me impactaron y conmovieron profundamente. A partir de entonces comprendí mejor muchas de sus actitudes, su animadversión a usar un antifaz con el cual pudiera ocultar sus propios fantasmas. Solo quien se vence a sí mismo puede mirarse a los ojos frente al espejo. Es quizá la lección más importante que aprendí del viejo. Cuando el abuelo murió, recordé con enorme cariño aquella larga charla que sostuvimos esa soleada tarde, un caluroso domingo de agosto, sentados en el pórtico de su casa, mirando el jardín. A partir de entonces me prometí que haría todo lo posible por indagar las profundidades de la conciencia humana. Entre todos los nietos, el abuelo decidió dejarme su colección de libros prohibidos. Con el tiempo he comprendido, al menos una parte, de esa fascinación del abuelo por adentrarse en el corazón del otro. ¿Por qué la gente hace lo que hace? Esa es la gran pregunta para la cual no existen respuestas fáciles, ni explicaciones sencillas. El ser humano es una enorme contradicción todavía por descifrar, a diferencia de lo que suelen decir los bienpensantes y sus estúpidas certezas, tan falsas, llenas de remordimientos, tan vacías de sentido. Conforme fui profundizando en estas cuestiones, cada vez me costaba más trabajo convivir con los demás. Mientras la lectura de los libros prohibidos del abuelo parecían abrirme puertas hacia otras dimen-

su cargo como profesor. Aquel incidente, por supuesto lo impactó mucho. Defendía que era estúpido que la mojigatería de los bienpensantes privara a las nuevas generaciones de una de las grandes obras maestras de la literatura universal. Como si el mundo, fuera de sus moldes mentales, no fuera un nido de víboras rapaces, donde la violencia, la corrupción y la maldad andan libres por doquier. El problema de los bienpensantes, afirmaba el viejo, era que negaban la realidad, eran incapaces de aceptar las terribles verdades del mundo, y por lo tanto, resultaban fácilmente heridos por cualquier circunstancia que saliera de su estrecha y sesgada visión del mundo. Trataban de imponer un nuevo dogma, basado en un ideal, donde la maldad del ser humano no tuviera cabida. “¡No saben un carajo! Hipócritas, ignorantes”, dijo mi abuelo una tarde que se soltó a contarme, largo y tendido, cómo fue su expulsión de la universidad. “La riqueza de la humanidad consiste en la dualidad, en la luz y la sombra que habita dentro de todas las personas. Son los matices, las contradicciones, las que definen la conducta de los hombres y mujeres del mundo, desde el principio del tiempo. Quien no entiende eso, es incapaz de comprender la verdadera dimensión del alma humana. La moral maniquea de los bienpensantes evadía estas cuestiones, trataba de disfrazar la naturaleza humana con una fachada de buenas intenciones, como si el ser humano no fuera también otra cosa. Eran incapaces de dialogar con su propia oscuridad. No se conocían a sí mismos, y por lo tanto, menos aún podían indagar en el corazón de los otros. Por ello solían frustrarse a menudo. La enorme complejidad del ser humano no cabe en la inmaculada conciencia de los bienpensantes. Sólo quien desciende a las entrañas mismas del infierno puede explorar las profundas cavidades de nuestra especie. El ser humano es un animal terrible y maravilloso, capaz de hacer las cosas más sublimes, sentir compasión por los demás, amar sin condiciones… pero el ser humano también es capaz de ser despiadado y vengativo. No existe la maldad, sólo un puñado de gente herida. La maldad proviene de un profundo dolor que busca ser aliviado. Quien no comprende esas cosas, es incapaz de entender la raíz de la violencia. Y la literatura, el arte en general, nos permite aproximarnos a la naturaleza prohibida del hombre, a los paredo29


arteficio to, olvidé que en esta sociedad libre de “violencia explícita”, toda aquella expresión contraria al credo hegemónico sería debidamente sancionada, no por una autoridad, sino por el escarnio público: la denostación convertida en aparato represor. Luego de algunos minutos, se me pasó el coraje y sonreí, con cierto cinismo. Recordé que esto no era sino una mentira diseñada para tratar de ocultar nuestras deformidades, aquellas que nos hacen irremediablemente humanos. Yo me había rehusado a actuar como uno de esos simples autómatas, tan predispuestos al autoengaño solo para tratar de evadir el dolor. De eso se trataba aquel estúpido juego: fingir una asquerosa mueca de alegría para mantener en secreto aquella otra insoportable tristeza que se esconde bajo la máscara. Ahí es donde anida la violencia, en la absurda inercia del oprimido que se convierte en opresor, la víctima que busca venganza para tratar de aliviar todas las heridas por las que alguien debe pagar. Ese es el nuevo mundo feliz que hemos creado, un mundo libre de maldad, lleno de nobles sentimientos. El abuelo tenía razón: en el nuevo dogma bienpensante, todos somos culpables de algo hasta que se demuestre lo contrario. ::.

siones, el mundo de los bienpensantes me parecía cada vez más estrecho, más insoportable. “Te pareces cada vez más a tu abuelo”, dijo mi madre un día cualquiera durante la hora de la comida. Camino a la escuela no dejaba de pensar en esas cosas. Sentado al interior del autobús, saqué el libro de Nabokov. Estuve leyendo durante varios minutos, absorto en la lectura. Una señora de mediana edad, que rondaba cerca de los cincuenta años de edad, se quedó mirando la tapa del libro. —¿Si sabías que ese libro está prohibido? Lo escribió un pederasta —dijo molesta. —Algo había escuchado, pero no me importa. El relato está interesante. —¡Maldito pervertido! —dijo la mujer antes de levantarse del asiento y marcharse. Aquel incidente me desconcertó un poco. Me dejó molesto. ¿Qué carajos me tenía que insultar aquella señora sólo por leer un libro, aunque no fuera bien visto? Tras varios minutos tratando de entender lo sucedido, seguía un poco aturdido. Recordé las palabras del abuelo. Tomé el teléfono y escribí un mensaje en mi cuenta de Happshit, la red sociodigital más usada entre personas de mi generación. “El grueso de la gente anda por ahí tan felizmente enajenada con respuestas fáciles. Pobrecillos. Por eso nunca entienden nada. Acceder a la verdad requiere pensar un poquito, estar atento, no dejarse caer en el autoengaño. Que sigan recluidos en su amargura. Ese es el papel que les toca interpretar en el teatro de la vida. Yo en cambio, prefiero jugar sin tomarme demasiado en serio esta farsa. La vida es un dulce no apto para cualquiera”, decía el mensaje que escribí en mi muro. No pasaron ni cinco minutos cuando recibí una respuesta en la red sociodigital, de una antigua amiga bienpensante. “Cuánta superioridad moral, mi estimado”, escribió la chica. “Hablas como si fueras la gran cosa, más humildad no te caería mal”, dijo otro tipo con el que había tenido un par de fuertes discusiones en clase. “La gente que atraviesa por una depresión no es pendeja, ni está esperando a que les digas cómo debe comportarse”, dijo otra conocida que, por alguna extraña razón, pareció sentirse aludida por mi comentario. Comenzó el linchamiento. Me sentí molesto. No había escapatoria. La Policía de la Moral estaba en todas partes. Por un momen30


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Los desoladores paisajes futuristas de Simon Stalenhag

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Dilema en el tiempo Leia Marién

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pesar del calor intenso y la fatiga, Mario Hugo, como todo físico consagrado al arte de armar y desarmar, pasó todo el día trabajando en su artefacto sin siquiera probar bocado. Se vio interrumpido por la súbita aparición de su hermano menor, Pistilo Alejandro, quien masticaba grotescamente una torta de huevo. A manera de saludo, preguntó: —¿Cómo vas con la reparación de la máquina— —Quedó perfecta. ¿Quieres probarla?— respondió Mario Hugo con visible satisfacción. —Solo quiero ver si el asiento está más confortable. ¡Auch! — gimió el menor. —¿Qué pasa? —Dejaste una rebaba de metal en la puerta y se me rasgó el pantalón. —Olvidé pulir el marco de la puerta. Lo siento, no soy herrero como tú, Pistilo. Pero en general, ¿qué piensas del reacomodo de los controles? —Se ven bien. Lo que realmente me preocupa es que vuelva a fallar el cilindro de bolitas y colores. Mario Hugo intentó comprender el lenguaje simple de su hermano para darle un poco de seguridad. —Problema resuelto. Cambié el inversor de nitrógeno— dijo. Pistilo fingió entender y con tono paternal replicó: —¿Seguro? Sabes que si te pierdes en el pasado esta vez no podré rescatarte. —Lo sé. Por eso vendrás conmigo. No quiero arriesgarme. —¿A qué hora salimos? —Partimos en cuanto tu proceso de digestión haya terminado para que no vomites la torta durante el viaje. —Había planeado despedirme de mamá y preparar la mochila— dijo Pistilo. —Es mejor que ella no se entere. Si algo sale mal con papá, podríamos modificar el presente. Además ya me traje la mochila con la jeringa y el suero fresco. Resignadamente, Pistilo pidió:

—Vámonos de una vez. Necesito llegar a casa antes de la cena. —Eres un mandilón, hermano. En lugar de alegrarte por salvar a nuestro padre sólo piensas en los reproches de tu mujer. —No es eso Mario… —Como sea. Abróchate el cinturón. ¿Listo? Mario Hugo encendió la máquina y el paisaje se congeló en ese instante. Comenzaron a girar vertiginosamente y un zumbido penetró en los oídos de los hermanos viajeros. Como de costumbre, Pistilo no tardó en quejarse: —¡Ah, no tan rápido! ¡Me duele, hermano! —Marica. —Cállate. Ya sabes que siempre me mareo. —Ya llegamos Pistilo, espera. ¿Por qué está todo oscuro? —¿En dónde estamos? Huele a humedad— dijo angustiado el menor. —Estamos en el sótano, estúpido. No nos hemos movido de lugar, únicamente cambiamos de época. ¿Qué fecha indica el contador, Pistilo? —12 de junio de 1968. Mario Hugo meditó un instante y tuvo un mal presentimiento, porque se suponía que había fiesta en la casa, pero no se escuchaba el ruido de los organizadores del banquete, ni de los músicos instalando sus instrumentos. —Ponte la peluca y el bigote postizo. No queremos que nadie nos reconozca— dijo el mayor de los hermanos. Diciendo esto, sacó de la mochila unas marañas de pelos y se las pegaron en el rostro y en la cabeza. Se miraron el uno al otro. Querían burlarse de su aspecto de árabe malhechor, pero la misión era importante y los minutos pocos. Inquieto, Pistilo preguntó: —¿Y si nos topamos con nosotros mismos? —¿Quieres decir con nuestras versiones de hace 10 años? Eso es imposible, recuerda que el día de las 38


Narrativa bodas de plata, nosotros estábamos en el campamento preparando la cabaña para la sorpresa. Salgamos por esa ventana que da al jardín. —Tu primero. Mario Hugo y Pistilo salieron del sótano y caminaron sobre el pasto muy sigilosamente. Se detuvieron a un costado de la casa, justo en donde se localizaba el muro de la sala. —¡Eh! No hagas ruido— refunfuñó Mario Hugo, quien añadió: —hay que espiar por esta ventana. —La luz de la sala está apagada. Espera, creo que veo a alguien. —Es papá tomando un whisky. —¿Y quién es esa mujer medio desnuda? — casi gritó Pistilo. —No quiero ver bien pero creo que es mamá. Tal vez no deberíamos estar mirando esto hermano. —¡Cállate Mario Hugo! Esa no puede ser mamá. Recuerda que ella estaba en la pastelería cuando le avisaron lo de papá. —¡Es Laila! —¿La secretaria? —Tenemos que evitar que mamá se entere. Esto la destruiría para siempre— resolvió Pistilo. Sin más reflexión, el musculoso hermano menor forzó violentamente la puerta de entrada e irrumpió en la sala. Casi llorando, reclamó a su padre. —¡Papá! ¿Qué estás haciendo con otra mujer? ¡Hoy son tus bodas de plata! Con la misma desesperación de su hermano menor, Mario Hugo exigió una explicación. —¿Qué tienes en la cabeza, papá? ¡Mamá podría llegar en cualquier momento! El padre puso cara de susto y habló con dificultad. —¿Quiénes son estos bigotones? ¡Lárguense de mi casa antes de que… antes de que… —Papá, somos Mario Hugo y Pistilo. ¿Te sientes bien? —¡Papá!— gritó Pistilo al darse cuenta de que lo que querían evitar estaba ocurriendo en ese momento: su padre sufría un infarto cardiaco. Miró desconcertado a su hermano—. ¡Mario Hugo, saca el suero e inyéctaselo ahora que todavía respira! Fríamente, contestó: —No estoy seguro de que lo merezca. Mamá está mejor en el futuro sin él. —¿Qué hacemos Mario Hugo: lo dejamos morir

o lo salvamos? —¿Para que siga haciendo sufrir a mamá? No lo sé. Volvamos al futuro y consideremos las posibilidades. No te preocupes Pistilo. Podemos regresar en cualquier momento para inyectarle el suero y evitar el infarto. Bastante consternado y no muy resignado, Pistilo anunció: —Voy a llamar a la pastelería para que le avisen a mamá. ::.


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Sequía Javier Gómez

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a desconfianza y el pesimismo ennegrecían el rostro de Thomas. Los silos estaban casi vacíos y la sequía, seguía. ¡Acaso los dioses janesianos los habían olvidado?, como pensaron algunos vecinos. Desde su llegada al planeta nunca tuvieron problemas. La población nativa los recibió con cortesía y siempre se ayudaron unos a otros. Él escapó de las grandes urbes siderales con el fin de comprar una granja, vivir de sus cosechas y hallar un poco de paz con toda su familia; aunque a veces, despertaba a media noche escuchando las explosiones de las granadas y el grito de los compañeros abatidos. Cumplió con su servicio y al renunciar, desposó a un miembro de otra especie. Sirana era su nombre. Y partieron. Thomas no creía en Dios y ahora tenía que ver a su esposa tocar un arpa, frente a los ídolos de piedra de Janesia, con el fin de traer la lluvia a sus tierras. «¡Todo será una pérdida de tiempo!» decía molesto a su mujer. Ella lo observaba con paciencia, pero con tanto amor que no le importaba si al final fracasaba. Debía sacrificarse por él y su familia. Tanta fe llegó a tener que creyó posible traer el agua a los surcos, con su canto. Sirana, vestida con un sayal marrón, comenzó a entonar las notas del salmo sagrado en medio del círculo que formaban las esculturas de roca. Su voz, pausada, fue creciendo en intensidad y derramaba su belleza en todas direcciones, como si fuera el más dulce perfume que emanara una flor en el valle. Los pobladores se unieron a ella en coro, con voces graves, dándole un toque solemne al cántico. Pasó una hora y Thomas, se maldecía así mismo, por dejarse convencer por no hablar claro con su esposa, por creer en tonterías. Debían empacar y vender todo para alimentar a sus hijos; tenía que regresar vencido al cuartel. De pronto, una gota golpeó su rostro, otras dos después y luego se desató una tormenta. Todos gritaron de júbilo, abrazados. Sirana giró su cabeza y vio el rostro de su esposo cubierto de lágrimas, con sus manos elevadas al cielo. ::. 40


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Al fin Roberto Castillo

Cutzamala Con solo escuchar la voz aterrorizada del reportero me di cuenta que esto era serio. El ataque pudo haber sido otro, contra la población, directo al gobierno, a los ductos de gasolina. Pero no. Esto iba más allá. Tomó por sorpresa a las áreas de inteligencia. En los radares nunca existió una señal. Y es que los ataques de drones han perfeccionado su sigilo durante estos últimos años. Eran las 19:00 horas del día domingo, momento en que se escuchó la detonación. —¡Sargento, la tubería principal se ha quebrado, no podemos detener el flujo! —Cabo, avise a la oficina de gobierno, la ciudad estará un mes sin agua— le oí decir a los militares poco después de llegar al lugar de la tragedia. A nadie le importó la inundación en la comunidad Mazahua aledaña. Al momento en que la noticia salió al aire comenzaron los disturbios en la ciudad. Filas de gente afuera de las tiendas para la compra de garrafones, manifestaciones contra el gobierno, se-

cuestro de pipas… El caos fue creciendo conforme pasaban las semanas: paros laborales, riñas vecinales. Los centros de salud se encontraban repletos de personas con diarrea e infecciones respiratorias. La situación llegó a su punto más extremo cuando se enfrentaron dos colonias de la alcaldía Iztapalapa y el conflicto terminó con tres muertos, entre ellos un niño. Hasta ese instante nos dimos cuenta de la importancia del vital líquido. * ** Rezar 20 años después. Todos sabían que la reunión era a las nueve de la noche detrás de la escuela preparatoria donde los oficiales han dejado de hacer sus rondas. El día de hoy reuní a 200 personas y es que de acuerdo a lo que me comentan algunos conocidos, con el paso del tiempo mis discursos han logrado conmover a todo tipo de individuo, desde pescadores hasta ex41


arteficio políticos, boxeadores y amas de casa. Todos, ilusionados por la información que tengo, han hecho lo más arriesgado siguiendo mis órdenes, ya que, si se quedan a la espera del gobierno, pueden pasar meses hasta que reciban su dosis de agua ciudadana. Comienzo con un sermón adaptado a la actualidad. Mezclo pistas de dónde encontrar el pozo más cercano y elevo mis manos al cielo pidiendo a Dios que la lluvia regrese. Volteo al público que tengo hoy. Veo niños llorando, mujeres que en algún momento fueron de la alta sociedad, hombres que tienen esa cicatriz que deja ver un pasado doloroso, aquellos rastros de una herida en los brazos donde alguna vez existió el parche transdérmico de absorción de humedad. Una alternativa que ideó el gobierno hace 5 años para acabar con el problema de hidratación. Pero aquel proceso dejaba secuelas: un dolor de cabeza intenso en cada proceso de absorción. A esto hemos llegado. De esto hemos sobrevivido. Comienzo con la primera lectura, sabiendo dentro de mí que, no comparto las ideas escritas en el libro sagrado. Todo esto es una tapadera. Lo hago solo para permanecer unidos. Muchos pensarán que me aprovecho de la fe de las personas. Y sí, lo hago. Alcanzo a notar en la segunda fila, del lado derecho, cerca de mi primer punto de vigilancia, a una mujer que ronda los 25 años, tez morena, pantalón y blusa negra (hay que pasar desapercibidos en estos últimos años). No cierra los ojos durante el sermón. Sigue con su mirada a cualquier punto donde me muevo y al terminar mi discurso, hace una seña para hablar conmigo a solas. Termino de oficiar la ceremonia y verifico con mi gente si ella llegó sola, que no tenga un código de rastreo activo. Laura, me dicen que se llama. No sabiendo de dónde viene y por qué, Laura, me comienza a hablar de su misión. Quiere salvar a su pueblo. Me dice que conoce nuestras actividades detrás de las “misas”. Nos habla de su pasado como esposa de un capitán de la Armada Nacional. Ha sufrido todo tipo de abusos, pero también ha aprendido a sobrevivir. Y lo mejor es que cuenta con información demasiado valiosa que nos podría ser útil. No me da oportunidad de dudar. Si algo he aprendido a lo largo de mi vida, y más en estos últimos 20 años de suplicio, es a conocer las verdaderas intenciones de las personas. Puede llamarse instinto, corazonada, o solo una voz en mi cabeza que me ha

permitido mantenerme vivo. Laura me habla de Quechulac, de Alchichica, lugares a las faldas del Pico de Orizaba, justo donde se ubica el Gran telescopio, lugar que hace un par de años fue visitado por los últimos gobernantes independientes de América, por la NASA y por la ONU, con motivo de la conmemoración por el descubrimiento de nuevos glaciares en la luna. En ese entonces se creía que encontrar yacimientos de agua fuera de la Tierra sería sería nuestra salvación. Laura me comenta que existen manantiales limpios libres de beta-toxinas, que aún no han sido descubiertos por el nuevo gobierno ni por los radicales. Manantiales lo suficientemente grandes como para mantener a la Comunidad Mexicana Libre (CML) por más de 10 años. Llamo a mis contactos más cercanos. Laura me previene. Me dice que en las altas esferas militares ya hay rumores de mis movimientos. Ella piensa que entre mis allegados existe un soplón. Me recomienda tener cuidado en quién confío. Lo tengo bien claro: Joel, encargado de todas las armas, del censo. Conoce todas las vías de comunicación del país. De algo debe servir su pasado como trailero. Nicole es cocinera y científica. Conoce los métodos de purificación del agua, sabe qué insectos y roedores son comestibles. Sin ella no hubiéramos durado ni una semana. El apoyo de ambos ha sido fundamental en estos años. Al hablar con ellos, de los manantiales vírgenes, se les llenan los ojos de emoción. Días después, comparto la noticia con los feligreses. Unos lloran, otros dudan de la verdadera intención de Laura. “No hay de otra amigos, si nos quedamos aquí tenemos los días contados”, le digo al pueblo. Todos asintieron con la mirada, dándome su total confianza. *** Dudar El viaje para hallar los manantiales comenzó hace ya dos días. Estamos por pasar la franja poblana. Ya dejamos atrás la capital, que ahora cuenta con mitad de la población. Las luces son cada vez más tenues. Tenemos que pasar desapercibidos, sin que el gobierno note que viajamos en grupo. A ningún gobierno le gusta que la gente se agrupe. Hemos pasado este trayecto con solo dos bajas por lo mismo de siempre: deshidratación. Todos sa42


Narrativa dos, nos permitió a unos pocos movernos hacia la montaña, siguiendo el camino por el que nos guiaba Laura. Dejamos atrás a Joel y su traición. El telescopio y su alta tecnología se veían cada vez más lejos. Yo me quedé pensando por qué las autoridades pondrían tanto empeño a la hora de buscar otros planetas en vez de cuidar el nuestro.

bemos cómo tratar los síntomas, pero en casos severos, las convulsiones no pueden ser detenidas y se procede a ‘dormir’ a nuestros compañeros, a nuestros amigos. Se alcanza a divisar en el horizonte la montaña y en su cima, el telescopio, rodeado por estaciones militares de última generación. Antes de llegar al sendero que cruza por un lado del volcán apagado, alcanzamos a escuchar un zumbido. Queremos creer que son las ondas de radio propias de un lugar con tanta energía magnética. Pero no. Los drones nos han visto. Comenzamos el plan de emergencia. Nos separamos en pequeños grupos de cinco. Cada grupo va acompañado de una persona armada. El primer paso es evitar que el dron siga la señal de calor que desprenden nuestros cuerpos, así que buscamos escondernos en cuevas, debajo de una roca, dentro de algún auto abandonado, cualquier sitio que elimine el rastro de nuestra huella calórica. Como el dron no tiene una amenaza identificada, parece que entró en modo espía. Eso nos permite avanzar sin hacer ruido. Todo lo hicimos de acuerdo al plan. Pero no contábamos con que una patrulla llena de soldados vendría en nuestra búsqueda. Todos los militares contaban con los parches de absorción, termobotas de alto sigilo, además del equipo pectoral de alto impacto que permite duplicar su fuerza y mejorar su resistencia física. “¡Los tenemos rodeados, entreguen el mapa!”, nos grita un soldado, quien parece el comandante del pelotón. En ese momento Joel me susurra: “Javier, no tenemos otra opción vamos, a entregarnos. Tal vez nos perdonen y nos dejen vivir”. No pude evitar mirar con enojo a Joel, sabiendo que él conoce todas nuestras motivaciones, todo el daño que nos ha hecho el gobierno. Antes de que pudiera llegar a responderle, Joel se levanta de su escondite y eleva las manos. “¡No disparen! Soy yo el que dió la ubicación, me prometieron salir de aquí vivo con mi hijo si les entregaba el mapa”, gritó. El soldado lo miró, hizo un movimiento con su mano, tocando el dispositivo electrónico que tenía colocado en su antebrazo. Con esto dió la orden. El dron atacó. Se escucharon dos disparos. Joel cayó de inmediato. El resto de nosotros permanecimos inmóviles. No queríamos dar a conocer nuestra ubicación. El caos que se generó entre nuestro grupo y los solda-

*** Cambiar Hemos encontrado la entrada a una mina antigua, la cual cuenta con vestigios de hace 200 años. En aquel entonces, la población local extraía oro de estas montañas. Poco tiempo ha pasado desde que el oro perdió todo su valor. Dentro de estas minas no ingresan los drones y los soldados tienen problemas para captar la radioseñal. Así que por el momento estamos a salvo. Caminamos más de dos kilómetros al interior de la mina hasta llegar a un claro. No sabemos de qué manera penetra la luz, o si ya es parte más de nuestra imaginación, de nuestro deseo tan profundo de llegar a la anhelada meta. El camino se va aclarando y en el fondo se escucha el brotar del agua. Nicole es la primera en entrar. Es la encargada de revisar si esto es real y cerciorarse si existen las toxinas típicas de la superficie, las bacterias modificadas que ocasionaron todo este apocalipsis. Ella se agacha en la orilla de la laguna a tomar muestras. Con su equipo electrónico las analiza de inmediato. Nos pareció extraño que Nicole permaneciera tanto tiempo hincada, realizando las pruebas, pero no era así. Los resultados habían salido pronto. Ella se quedó ahí atónita, llorando, dando gracias a Dios. “¡Está limpia, vengan todos!”, gritó con todas sus fuerzas nuestra adorable científica —y ahora creyente— Nicole. Sabemos que este suministro no es infinito. Tenemos que cuidar con uñas y dientes nuestro nuevo hogar en Las minas de San José. Qué mejor lugar para pasar desapercibidos que en un punto cercano al lugar más cuidado de Norteamérica. Así viviremos, organizados, racionando alimento, adaptados a la nueva luz, transmitiendo el conocimiento a los niños, para que ellos en un futuro puedan encontrar su propio hogar. ::. 43


arteficio

El último bastión Enelev para que otros puedan ser cultivados. La población es de mil, nunca más, nunca menos. Es la única metrópoli que resta, el último refugio que se resiste a morir, sólo por instinto de supervivencia. Ahora creo que daría igual. Esto no es vida. Debido a la gran explosión demográfica del siglo XX, para mediados del siglo XXI el hombre había contaminado al mundo en su totalidad, pero ese no fue el problema, claro que no. El planeta podía soportar más, mucho más. Fue entonces que sucedió. “El petróleo”, preciado aceite y fuente de energía que sustentó al ser humano durante dos siglos, simplemente se terminó y con ello, una crisis energética estremeció al mundo. Se implementó el uso de la energía nuclear a gran escala y fue la solución tan solo por unas contadas décadas, debido a que poco después tuvo lugar un terrible accidente con consecuencias globales y quedó prohibido su uso. La mala operación en uno de los reactores de la central nuclear de Angra, en Brasil, provocó un incendio al interior de las instalaciones. Debido al hermetismo del gobierno, la comunidad interna-

1960. “Explosión demográfica”. 2011. La población mundial alcanza los siete mil millones de habitantes. 2070. Fin de los combustibles fósiles. 2070-2190. Crisis energética. 2190-2275. Uso de energías limpias, concientización de los recursos, “Edad Verde”. 2275. Uso del mercurio como fuente de energía, energías limpias muy costosas, el capital opta por el mercurio debido a las grandes ganancias. 2380. Lanzamiento de “Nadezhda”. 2430. Lanzamiento de “Rodinia”. I HOMINUM 5:45 am Desde que recuerdo ha llovido. Los líderes nos tienen prohibido salir de la ciudad. La lluvia es tan nociva que corroe todo lo que toca. No sé cómo pasó, sólo sé lo que los ancianos cuentan. Los ancianos son aquellos que alcanzan los cincuenta años. Entrados a esa edad son desechados 44


Narrativa II MALEDICTUS

cional lo tomó como una falla controlada. Cuando se puso la debida atención en el caso simplemente ya era demasiado tarde. Los reactores ya habían sufrido fusión parcial en sus núcleos y el desastre era inminente. Ocurrió una gran explosión, seguida de una nube radioactiva que se extendió por una quinta parte del globo, cubriendo por completo el hemisferio y extinguiendo todo a su paso. En un instante, 1,120 millones de vidas se perdieron y el fértil territorio, otrora el pulmón terrestre, ahora yacía transformado en un estéril y vago desierto, hábitat del silencio y la soledad. Las potencias hegemónicas en turno convocaron a un cónclave mundial. Tras analizar la tragedia, firmaron un resolutivo en el cual, por unanimidad, determinaron que todas las plantas nucleares del planeta fueran cerradas, desmanteladas y que el material nuclear quedara confinado. De esta manera todos los territorios prescindirían de la energía nuclear a partir de ese momento. Los gobiernos optaron por todo tipo de energías alternas que resultaban muy costosas y poco eficientes. Esto se extendió por casi un siglo. Todas las alternativas de generación de energía eran limpias en sus procesos y como consecuencia de ello, la contaminación retrocedió. Parecía que el planeta comenzaba a recuperarse, a sanar poco a poco de la devastación causada por la sobrepoblación y la catástrofe nuclear. Todo parecía converger a un mundo completamente recuperado. La humanidad comenzaba a tomar conciencia del medio que habitaba y el hambre insaciable por los recursos del planeta se convertía en definición del pasado. Los patrones de producción y consumo decrecían. Todos los territorios poseían controles de natalidad y habían logrado frenar el crecimiento desmedido de la población. Por primera vez el índice demográfico parecía estabilizarse, la tasa de natalidad al fin se acercaba a cero y no pasaría mucho para que esta fuese negativa. Todo era claro, al fin el hombre se conectaba por primera vez con su medio y buscaba la coexistencia en una simbiosis plena. Este periodo recibió el nombre de “Edad verde”. Pero bien dicen que la calma llega antes de que la tormenta azote y yo creo que no hay palabras más acertadas para describir lo sucedido. Todo fue un sueño fugaz, tan efímero que se desvaneció en tan solo un parpadeo de la historia.

5:50 am La tempestad llegó y se presentó en la figura del científico alemán Yan Zabor , quien al final de su vida conjuró su magna obra. Irónicamente en su lecho de muerte sonrió diciéndose feliz de su legado, satisfecho por el regalo que le hacía a la humanidad. Una gran mente sin duda y megalómano hasta el final, se desplazaba sutilmente a ambos lados de la delgada línea que hace distinción entre la genialidad y la locura, escrito en su epitafio se leía: “Mi persona se vuelve inmortal, inminentemente recordada para la posteridad, sin más, solo pido en mi lecho honrar con el disfrute de la vida, la cual es mi regalo a la humanidad”. Sus contemporáneos le llamaban ‘El Alquimista’, ya que el resultado de su investigación, a la que dedicó toda una vida, su “regalo”, como él lo llamaba, consistía en haber logrado materializar un proceso mediante el cual, fue posible utilizar el mercurio como fuente de energía. El metal, con tan solo un kilogramo, equivalía a un billón de barriles de petróleo y su costo para procesarlo a través del ‘ciclo Zabor’ era de tan solo la centésima parte de un reactor nuclear. Dicho ciclo fue considerado como “el milagro alemán” y parecía ser la solución a todos los problemas, a excepción de uno: el proceso no era completamente eficiente y generaba un residuo altamente toxico, un vapor letal que terminaría confinándonos en este lugar. De la noche a la mañana todo cambió. Dueños de nuestro destino, fue el camino que eligieron los diferentes gobiernos: uno tras otro decidieron implementar su uso sin reserva alguna. El mercurio como fuente de energía fue impuesto por el capital debido al margen costo-ganancia. Fue así que los intereses de unos pocos convulsionarían al mundo. Los señores del dinero sin importar nada más, decidieron abandonar a las energías limpias e implementaron el uso del metal, vendiendo el ciclo Zabor como la solución efectiva y definitiva, “el momento histórico en el cual el ser humano nunca más tendrá de que preocuparse”, repetían hasta el hartazgo. Los medios masivos de comunicación se encargaron de colocar el fino manto que ciega a la opinión pública, utilizando la estrategia más probada y contundente: se implementó un bombardeo 45


arteficio con los nutrientes necesarios, para luego regresarla al individuo dentro de su ingesta diaria. Así es como nos mantenemos. ¿Esto es vida? ¡No lo creo! Pero es el instinto de supervivencia el que nos permite lidiar con el día a día. “El agua es vida”, solían decir los antiguos. Hoy por hoy, ya no es así ¡El agua es muerte! Afuera te aniquila y adentro te ejecutan si te acercas a la reserva. Es una mala broma, la que nos juega el destino, rodeados de agua, inundados de ella, siempre precipitándose desde el cielo, pero tóxica, inconsumible. Nunca he probado algo diferente que no sea mi propio fluido reciclado. Aunque el gobierno se esfuerza por resguardar el hielo el mayor tiempo posible, es inevitable darse cuenta que, de las reservas originales, sólo queda poco más de la cuarta parte. Con un control estricto de éstas, tal vez sea posible extender su uso por sesenta años más. Todos tienen fe en que los científicos encontrarán, en un arrebato de genialidad, una solución para poner un alto de una vez por todas a este grotesco final. El ocaso lúgubre que uno de los de su estirpe nos brindó aquel fatídico día, hace ya poco más de dos centurias. El Líder ha decidido que la ciudad ya no puede en ninguna circunstancia permitirse una población tan grande. La orden fue reducirla a 500 habitantes. ¿Es que nadie se da cuenta de lo que yo he comprendido? Por más que se resistan a aceptar esta realidad están condenados. Pero los entiendo, el aferrarse a la vida es lo único que les resta. Se realizó un sorteo para seleccionar quiénes serían desechados. No es más que una simulación. Los desechados son aquellos abandonados a su suerte fuera de la ciudad, bajo esa lluvia corrosiva y sus horribles efectos, sin más remedio que aceptar la sádica realidad de volverse uno de “ellos”, para simplemente seguir “vivo”, si es que se puede usar esta palabra. No sabemos cuántos de “ellos” hay, ni que otras cosas los acompañan. Nunca nadie ha salido de la ciudad, a excepción de aquella vez. Una sola ocasión bastó para no intentarlo más. Se conformó una expedición que tenía como objetivo buscar otras ciudades que hubiesen sobrevivido y de ser posible, establecer contacto. Pero la misión no resultó ser lo que se esperaba. Sólo fue ápice de virtud y buenas intenciones transmutadas en un cruel y triste desastre. De los

intenso y tendencioso, imponiendo una idea en la mente colectiva, suprimiendo a la razón y ocultando la verdad, apelando a la apatía y asignando desprecio por aquellos que se oponían. Una vez puesta en marcha la aceitada maquinaria propagandística, es imposible detener la rueda que gira y gira sin contención alguna. Claro que hubo quienes lo intentaron, pero los oídos sordos y los ojos ciegos solo permitieron observar lo débil que es la mente colectiva y lo manipulable que es el criterio de las masas. Los críticos fueron corrompidos y comprados, los opositores ignorados, los que protestaron fueron señalados y acusados de atentar contra el progreso. Los más radicales fueron reprimidos. De esta manera se implementó el proceso de Zabor, a su vez que se minimizaba el problema del residuo. El agua nunca se terminó. Incluso ahora sigue cubriendo el 60% de la superficie terrestre. El líquido simplemente quedó inutilizado por el residuo tóxico que, al mezclarse con la atmósfera y las nubes, contaminó todo con la lluvia. La Tierra es ahora un mundo hostil. Los gobiernos intentaron, ya sin mucho tiempo de maniobra, encontrar soluciones, pero giro tras giro la rueda los aplastó y se extinguieron en el intento. Exterminio y psicosis. Las dos palabras que ahora definen el mundo. El gobierno ruso fundó la Arkaim aquí en el Polo Norte, donde se encuentra la última reserva de agua libre de contaminación. Evitan utilizarla y así resguardarla el mayor tiempo posible. ¡Es el último bastión del hombre! No queda ningún otro, o al menos eso nos dicen. La lluvia que cae ha mutado a todo ser vivo. La vida como se conocía ya no existe y ha perdido toda su naturaleza. No sé qué hay afuera. Solo puedo decir que están “vivos”. III SUPPLICIUM 5:55 am La Arkaim es una fortaleza que se sustenta en el reciclado y control de la población. Increíblemente, sigue utilizando el metal. La orina es recogida a diario en recipientes personales y es transportada a los laboratorios centrales para ser procesada, liberarla de toxinas y mineralizarla 46


Narrativa hombre. Después de dominar el mundo, ser amo y señor de este y sin embargo, encontrarnos aquí, encerrados, teniendo que vivir recluidos como resultado de la soberbia misma, consecuencia de la destrucción de nuestro propio reino, y aquí estamos, inmersos en una prisión de hielo, esclavos de la suerte y el destino que nosotros mismos nos trazamos impúdicamente por elección propia, la elección de los poderosos selló el destino de todos, ahora dominados por lo que un día fuera nuestro y que maltratamos, tal vez, exigiendo y cobrando la justa revancha por nuestro lúbrico ultraje. Después de estar en la cúspide de la cadena evolutiva, no deja de rondar en mi mente esta idea y no puedo evitar dar vuelta tras vuelta, no puedo dejar de pensar, mi mente persiste, rondando, girando como una rueda en el vacío, sin nada que pueda detenerla, no hay fricción ni tampoco algún observador que logre detener su movimiento, nada, absolutamente nada. ¿Acaso es inútil? ¡No! No puede ser… ¿Por qué? Porque no puedo dejar de pensar… Quiero que todo esté en blanco, pero no es posible. Es inconcebible. Y es así que regresan todas las ideas, una tormenta de ideas desbordadas, sin orden, algo desastroso como solo el hombre puede ser, y es entonces que me doy cuenta y me consume, ahí están de nuevo no se desvanecen, no dan tiempo a reponerme, y es inevitable configurar una precipitada conclusión en la maliciosa realidad que con morbo nos señala el comportamiento adquirido del hombre. Irónicamente, en lugar de comportarse como el ser más evolucionado, lo hace como un virus, infectando las células que habita, debilitando lentamente a su huésped y en muchas ocasiones llevándolo a la muerte. ¡Eso es! Esa es la realidad y me causa una lacónica risa. Una desdibujada y maquiavélica silueta se escapa de mí, gestos y sonidos que me hacen sentir en todas las formas posibles su afilada angustia hasta la médula, encajándose, penetrando lentamente capa a capa todos los niveles de mi consciencia, desgarrando todo a su paso, encontrando en su camino cómo desconfigurar el nivel más profundo de mi ser, desvirtualizando mi realidad, alterando a estructura de mi mente, dando como resultado inmediato, como reacción instintiva, un sentimiento inexpresivo, ahogado y doloroso. Es debido a un

ochenta que partieron, sólo uno regreso con vida, tan perturbado como aquel que ha visto al interior de la naturaleza más obscena e intenta dar testimonio una vez que ha perdido la cordura por los efectos incisivos que desgarran a la mente, a lo que, como reacción defensiva, se edifican los muros de la locura como un bálsamo que nos separa de la realidad y del dolor. Sólo regresó para dar un testimonio entre balbuceos incoherentes, recitando una serie de cosas atroces, abominables, inimaginables para cualquier conciencia sana. Un relato nauseabundo que infectaba a sus escuchas con el acto más profano y lascivo. “Llegamos a la frontera con Europa, encontramos vestigios de una ciudad e ingresamos en grupos de cinco, y todo fue una pesadilla… ¡Fuimos atacados por algo!, algo que, que… ¡Que no es humano! ni tiene forma de haberlo sido nunca, vi cómo se alimentaban de mis camaradas, pero no de su carne, ¡No!… Todo indica que deseaban con desesperación los fluidos de sus cuerpos, con ansiedad desmedida drenaron a todos, no quedó nadie, los, los… ¡secaron! Yacían como carne deshidratada, marchitos, ¡Dios mío! No quiero terminar así, que muerte tan horrible”… El gobierno mantuvo oculta toda información de la expedición por muchos años, negando que existiese “vida” fuera de la ciudad. Pero incluso con estas medidas, ahora todos conocen la realidad de “ellos”. Tuvieron que admitir su existencia y no porque así lo desearan, fue debido a que la ciudad se encontró bajo ataque de esos seres que pretendían ingresar. Los ataques fueron aumentando en número e intensidad, de tal manera que ahora son continuos y forman masas de incontables seres. ¿Cómo sucedió? No lo sabemos. Todo el tiempo estamos a merced de escuchar esos bramidos que lanzan al querer entrar y ser reprimidos por el contacto con el domo energizado que cubre la ciudad, bramidos que estremecen hasta los huesos, escuchar esos sonidos guturales, gritos ahogados, desesperados y afilados que irrumpen en los oídos y erizan la piel, tan grotescos que es inevitable sentir el deseo de estar sordo y evitar que penetren hasta lo más profundo de tu ser, hasta el alma misma, sabiendo que sólo el domo es lo que nos separa, obligándonos a ser conscientes en ese instante que parece infinito, pues más temprano que tarde, seremos sentenciados a ser parte de “ellos”. Que irónico, pertenecer a la última ciudad del 47


arteficio preguntó lo mismo y configuró una conclusión distinta. Tal vez, incluso se propuso dar una respuesta totalmente diferente o en su defecto sólo lo motivó la inercia propia por seguir. No lo sé, pero tuvo lugar un momento en el que el gobierno intentó buscar una última oportunidad, un lugar en dónde comenzar de nuevo, un planeta en condiciones similares a la Tierra antes de podrirse, un lugar al menos en el cual pudiéramos sobrevivir. La investigación fue un éxito, se encontraron dos posibles candidatos. Se enviaron sondas y tras de ellas, los señores del dinero. Los poderosos, después de aniquilar este mundo fueron los primeros en unirse a la tripulación, dispuestos a colonizar aquellos lugares vírgenes, dejando las consecuencias de su pecado atrás, como atrás dejarían a la mayor parte de la población. Lamentablemente, la suerte nunca estuvo de nuestro lado. O tal vez sí, porque probablemente la historia hubiera mostrado su cíclica sonrisa y se hubiera repetido un nuevo bucle, solo cambiando el escenario. La primera nave, Nadiezhda, partió al cuadrante 1506-85 con el curso fijado en el sistema Tn1A. Tras algún tiempo, logró llegar a su destino: KAR-EV. La tripulación mandó el reporte inmediato y recibimos transmisiones de un planeta con una atmósfera limpia, rica en oxígeno que podía sustentar la colonia. Parecía ser el planeta donde volvería a florecer la humanidad. Pero no fue así. La estrella de este sistema es mil veces el tamaño de nuestro sol. Se encontraba en constante actividad. Debido a la premura con que fue enviada la colonia, nunca estudiaron con profundidad al astro regente de dicho sistema. Fue así que pasaron por alto que esta estrella, debido a su juventud, no tenía la estabilidad de nuestro sol y entraba en periodos largos de constante actividad. La intensidad de las tormentas que producía eran lo suficientemente fuertes que el campo electromagnético de la nave KAR-EV, simplemente no podía repelerlas en su totalidad, por lo cual, su superficie se veía sometida a fuertes radiaciones que lograban filtrase a través del casco. Todos murieron por los efectos del astro, calcinados poco a poco. Solo hicieron ese largo viaje para morir, igual que aquí, consumidos lentamente. No sé por qué, pero al recordar esto, se me dibuja una sonrisa en el rostro. La segunda nave Rodinia, tuvo fallas en los motores al salir de la atmósfera y quedó a la deriva en el es-

acto natural que no es posible continuar con la opresión. En un instante mi psique se desboca, pierdo él control y resurge de mis adentros la precipitada conclusión, reafirmada ahora como una sentencia. En mi rostro una única expresión se dibuja y se materializa un sentimiento de desprecio hacia mí propia especie, no cabe duda. Somos un virus, un virus evolucionado, complejo y eficiente, consciente de su existencia pero que, aún así, no puede ir en contra de su propia naturaleza, aún más triste y risorio, saberse a sí mismo y no cambiar su estado. A fin de cuentas, somos un vulgar virus. Todos los días son iguales al anterior, todos los días vivimos la misma y tediosa rutina. Aquí nadie nace sin un propósito y una tarea ya preestablecida. Todos somos cultivados al igual que el anterior en nuestra línea. Antes de ser desechado, el ADN es extraído y otro más es vuelto a cultivar. Aquí nada cambia. Aquel que llegó obrero, no importa cuántas veces sea extraído su ADN, desechado y cultivado, siempre será obrero, al igual que el científico, siempre será científico, Lo mismo con el gobierno, siempre gobierno, siempre con el control. Nunca se ha roto esta línea ya trazada, lo cual vuelve más traumática esta existencia. No existe la capacidad de elección. Me surgen preguntas en mi interior que tienen una respuesta lógica y sencilla, pero… ¿Por qué? ¿Por qué no podemos elegir? ¿Qué pasaría si lo hiciéramos? ¿Y si no? Me hundo en estos pensamientos y el torrente de emociones vuelve a emerger, me inunda las venas. Frustración, ira, odio, tristeza, impotencia. Todas esas emociones me consumen. Un momento de sensatez, sumergido en una introspección que pudiese terminar con conclusiones al borde de la locura. Tantos sentimientos reprimidos y jamás expresados, cosas que nadie nunca debe saber. Al reponerme termino en el mismo lugar, regreso a donde partí, termino con lo que comencé y sé muy bien que no llegaré a nada, pero no importa, que de antemano sepa que eso va a suceder, siempre vuelvo a preguntarme… ¿Por qué seguimos aquí? Me he hecho esta pregunta últimamente, muchas veces y no he podido responderla. Sin embargo, el día de hoy ha estado rondando más que nunca esa interrogante en mi cabeza. Tal vez, en algún momento, alguien del gobierno se 48


pacio. Algunos de los tripulantes lograron regresar a la tierra en las capsulas de emergencia, pero ninguna de ellas logró caer cerca de la Arkaim. Así es que aquí seguimos, intentando, simplemente siguiendo con nuestro papel en este cruel engranaje que mueve a la ciudad. El sorteo dictado por el gobierno se llevó a cabo. Por supuesto que los desgraciados son en su mayoría obreros y algunos científicos que le estorban al gobierno. El líder anunció que hoy se cumplirá con el deshecho de los sorteados. No sé por qué escribo esto, tal vez porque el hombre por naturaleza al final de sus días busca sentido a su vida, sentir que hizo algo importante, que no quedará en el olvido o simplemente probarse que no tuvo una existencia vacía, quizá evitar, en mi realidad, el ser simplemente desechado. 6:00 am Toc, toc. Llaman a mi puerta. ¿Preguntaré quién es? Claro que no. ¡Sé exactamente quien es! La voz en el megáfono me lo confirma: “ciudadano 301014113, es hora, ¡salga!” ¿No lo dije?, Error mío. Yo no fui seleccionado en el sorteo, claro que no. ¿Hoy? Hoy es mi cumpleaños, cumplo cincuenta años. Soy un anciano y voy a ser desechado, han venido por mí y… tengo miedo. ::.

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Ilustraciรณn

El futuro es hoy Arte cyberpunk de Josan Gonzalez (Death Burger)

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Ilustraciรณn

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Fraseo arteficio

“Quien controla el

presente controla el

pasado

y quien controla el pasado controlará el futuro.” George Orwell


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La reivindicación Juan Bello

E

scapé de México porque siempre quise hacerlo. Si no lo hice antes fue por mis hijos, pero ahora ya se pueden al menos preparar de comer y lavar su ropa. Su madre siguió en su aberrante rol de mujer empoderada de hueva, de asumir su rol como mujer cariñosa, cuidadosa y protectora. Ambos ahora viven con mi hermana, la más grande, la solterona que tuvo a bien no caer en las patrañas sociales y asumir estúpidas facetas moralinas. Mi hija está en primer semestre de Universidad, no pude convencerla de que no estudiara Letras. Mi hijo menor aún no decide nada, es borracho como yo.

Necesita tiempo. El país se sigue cayendo a pedazos, pero ha durado desde la Independencia, no iba a cambiar en un sexenio. Si el PRI ganó por un siglo, era lógico que Morena ganara al menos otro sexenio más, para acabarla de cagar suave, como lo hizo el PAN. En realidad la política siempre me importó un carajo, pero los recortes presupuestales llegaron a mí y me jodí. La única opción que tenía era regresar a dar clases en una secundaria, lo cual siempre me hizo infeliz. Creo que es un empleo para mentirosos compulsivos. Soy mentiroso, pero no a tal grado. Mi honestidad no me 60


Narrativa permite pararme enfrente de pequeños malandrines y decirles que aprender Español les servirá de algo en este marasmo capitalista. A mí me permite ahora dar clases particulares a europeos simplones, aunque odien a los hispanos, al igual que nos odian los gringos. Usan o aprenden el idioma porque sus empresas los obligan. El mercado hispano es de los más grandes del mundo, después del chino. No es que les interese la lengua como tal, es sólo un afán comercial. Vine a este país en busca de trabajo, pero también en busca de esa polaca que conocí en un viaje hace más de 20 años. Stalkié el Facebook de Vladimira y le mandé mensaje hace un par de años. Le escribí en inglés y me contestó en un fluido castellano. Resultó que después de la última vez que nos habíamos visto, se puso a estudiar. Hablaba perfecto. Me contó que su matrimonio era un fiasco, como el del 85% de los mortales, según “estudios” empíricos que he hecho a lo largo de mi puta vida. De hecho, se había tardado 15 años en darse cuenta de ello. Algunos nos damos cuenta el primer día, otros el último día del veinteavo año, pero siempre nos damos cuenta que no funciona esa patraña social llamada pareja. Llegué hace un año, en el 2025. Todo parecía empezar a ir bien. Vladmira me había motivado a emigrar, argumentando que había un boom del Español y la demanda de clases era una buena oportunidad de ganar euros fácilmente. Yo, sin trabajo a la vista, sin mis cursos de Redacción funcionando, mis escritos fracasando y sin querer regresar a mi plaza en la SEP, con todo en contra, decidí usar el saldo de mi tarjeta de crédito para comprar un vuelo a Varsovia. Después de dos meses de rentar un departamento junto con otros latinos, me fui a vivir con ella a su departamento de Breslavia, cuando al fin se resolvió su divorcio. Tampoco es que tuviera tantas ganas. Sólo una vez en mis 45 años viví con alguien y desde hacía más de 10 años que no vivía con una mujer. Fue difícil, pero iba a ahorrarme al menos mil euros de renta. Ella tenía también dos hijos: Janusz, el mayor, ya estaba también en la universidad de Poznan y vivía solo; Pavla, decidió quedarse con su padre, pensaba que su madre tenía la culpa de la separación y la odiaba, así que no se veían mucho. Yo pensé que si me adaptaba bien, iba a mandar a traer a mi hijo, lo cual nunca sucedió. Vivíamos en Ulica Rozczarowanie 99, una calle tranquila en el centro de la ciudad. Aunque es una

ciudad pequeña, es hermosa y muy moderna. Me gustaban los ríos y los canales que pasaban por todos lados. Las clases particulares iban bien, tenía en la semana de lunes a sábado , tres clases diarias, las organizaba por la mañana para tener todo el día libre, hacer algunas tareas domésticas que se tiene que hacer cuando vives arrimado: un poco de comida, café y algunas compras. Luego trabajaba en mi tercera novela titulada Otra noche de mierda en otra pinche ciudad, un plagio descarado al título de una novela de Nick Flynn, pero estaba seguro que nadie se iba a dar cuenta. De entrada nadie leía mis novelas y por otra parte, Flynn no es muy conocido. Había por fin logrado tener disciplina para escribir. Las dos novelas anteriores las escribí a ciegas, como pude. La primera vendió 50 ejemplares, la segunda 75, de la tercera ya no esperaba nada, sólo terminarla y tener un proyecto en el cual ocuparme para darle un poco de sentido a mi locura. Una terapia alternativa que sólo gastaba un poco de energía eléctrica. Vlada era una mujer dulce, al menos hasta donde sabía. Le gustaba hacer el amor antes de dormir. Era muy guapa. Después de casi 30 años sin verla aún me gustaba. Bebíamos café por la mañana, fumábamos en silencio, sólo mirándonos, preguntándonos si estábamos haciendo lo correcto. Sonreía de una manera ausente. Tal vez se daba cuenta que fue muy precipitado que yo estuviera ahí, pero al final ya estaba hecho: mi culo negro y peludo estaba sentado en su mesa, una parte de mi semen también estaba dentro de ella, la otra parte seguro estaba seca en su piyama. Era una de mis lectoras asiduas, de los ejemplares vendidos de mi última novela. Seguro ella compró todos, los regaló a sus conocidas que hablaban español y nunca me lo dijo. En realidad escribía como terapia ocupacional y si alguien me leía, me importaba poco. Normalmente los lectores somos unos desleales, leemos para pasar el tiempo, para evadirnos o para aparentar que somos inteligentes. Nunca nos importa tanto el productor del texto, así que nunca pensaba en triunfar en las letras. Si no pude en México, menos lo haría acá. Después de escribir y preparar algo de comer me iba a beber unos vodkas a un bar cercano, a cinco cuadras; se llamaba Sardynka. Ahí me encontraba con Ignacio, un mexicano que se había desterrado para llegar a ser mantenido por una anciana acaudalada que me recordaba mucho a la patética 61


arteficio Poniatowska. A este compa lo había conocido en la Ksiegarnia Hiszpanska. Habíamos ido a buscar algo qué leer en el invierno del 2025. Ignacio era psicólogo existencialista-humanista, así que la plática siempre era profunda, siempre pasaba el tiempo, hasta que Vlada me llamaba al celular: deseaba hacer el amor. Ignacio se quedaba a beber un poco más porque su mujer ya casi no cogía. Yo me iba no tanto por eso, sino porque normalmente tomaba Viagra para no fallar, así que si a había tomado la dosis no podía desperdiciar el momento. Ya no era un buen amante, pero Vlada lo creía así después de haber estado sin sexo por muchos años y haber perdido la perspectiva. No estaba tan mal la vida. Un poco de impotencia, depresión crónica, alcoholismo controlado, drogas de vez en cuando, euros suficientes, un lugar donde vivir, una mujer paciente… lo mismo de siempre. Me estaba aburriendo. Mi aburrimiento siempre fue existencial, ni a causa de nada ni a causa de nadie, una simple mirada al vacío que me daba un vértigo e inmovilidad, según decía Ignacio. Así pasó un año, con esa rutina que, aunque era buena, comenzaba a podrirse. Nunca conocí en persona a Pavel, el ex marido de Vlada, hasta que un día fue y se me presentó. Como hablaba en polaco y yo hablaba muy poco, sólo entendí que me decía que era un hijo de puta, negro inmigrante, que destruí su familia. Dijo otras cosas más que no entendí y por ello

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no me causó ningún efecto. Se fue pronto, después de vomitar todo su odio hacía mí. Intenté ponerle atención, pero me enfoqué más a sus manos por si intentaba descontarme o sacar un fierro. No le temía, era de mi estatura, pero unos 30 kilos más delgado. Debí temerle. Un hombre lastimado, nacionalista y con nexos mafiosos debe ser temido. Pero había olvidado por completo lo que Vlada alguna vez me había contado sobre su marido, que era apostador, asiduo a los puteros y primo de un mafioso, dueño de los mejores teibols de Polonia. Me pareció exagerado tomarlo en cuenta, no le creí tanto, como tampoco le crees a cualquiera que te dice que su papá fue vaquero y su tío policía. Fue culpa de mi incapacidad de asombro, jodido por mi aburrimiento y antidepresivos prescritos a lo largo de 30 años. Vlada tampoco ayudó mucho. Me había estado omitiendo que recibía mensajes violentos de Pavel. Pensó que pasaría su euforia, como siempre lo hacía. Lo conocía y sabía que le gustaba intimidar con palabrería. Por eso creyó que no era necesario contarme de las amenazas recibidas. Pavel sabía que antes de su separación, su esposa había tenido contacto conmigo. Hackeó su messenger y se dio cuenta de nuestras pláticas. No entendía ni madres de lo que decíamos, pero algunas fotos eróticas y demasiados corazones en los diálo-


Narrativa gos le dieron la pauta para deducir que había sido engañado. Aunque en realidad nunca fue así. Yo no vi a Vlada hasta un año después de su divorcio, así que estrictamente, nunca pasó nada. Virtualmente, pasaron muchas cosas, pero sabemos que eso no cuenta en la realidad. Después de hablar sobre el tema con Vlada, acordamos que lo ignoraríamos para seguir nuestras rutinas habituales. Pensamos que el enojo de este cabrón amainaría con el paso de los días, hasta un día que estaba disfrutando de la lengua tibia de Vlada en mis testículos, sonó su teléfono. No debió haber atendido la llamada. Yo tenía otras necesidades, pero lo hizo como un reflejo. Era su ex, quería hablar sobre algún tema de la venta de su casa anterior. Vlada se vistió y bajó a la calle para escucharlo. Me asomé discretamente por la ventana y un BMW nuevo con las intermitentes prendidas. Le iba bien económicamente a ese vejete. Siempre pensaba que fue un error que se divorciaran, pero no fue mi decisión. La venta de la casa me convendría a mí también. Vlada había planeado que viajáramos juntos a Perú y luego pasaríamos por Cancún. Tal vez por eso no reclamé tanto cuando salió a ver a Pavel. Pensé que no se tardaría. Me asomé otra vez y vi que hablaban manoteando. Esperé un minuto más, Vlada bajó del coche e intentó meterse al edificio, pero Pavel la interceptó en la puerta, no la dejaba entrar. Pensé que si bajaba iba a haber putazos y yo saldría perdiendo, era un inmigrante. Bajé corriendo los tres pisos de escaleras y abrí. Me encontré con la mirada salvaje de un loco, Pavel me gritó mierda y media e inmediatamente saltó contra mí, me dio tres madrazos en el hocico, pero como era menudo, no me hicieron daño. Lo tomé de los cabellos y estrellé su cráneo contra la puerta de su auto nuevo. Quedó tirado en la banqueta. Tomé de la mano a Vlada y la metí al edificio, subimos sin decir nada. Encendimos un cigarro para calmar los nervios. Puse la cafetera a funcionar, lavé mis labios en el fregadero y escupí un poco de sangre. Estaba acostumbrado a escupir sangre, no me asustaba, lo que me hacía temblar las piernas era lo que Vlada había dicho hacía dos segundos. — Tienes que irte, él dijo que si no te dejaba, su primo iba a desaparecerte…

—¿Y le creíste? ¡O sea que dejé todo para venir acá y ahora por los celos de ese pendejo, tengo que largarme! Así no funciona. — No es así, te vería en México pronto, si tú no tienes miedo, yo sí. Me voy a dormir, piensa las cosas, mañana hablamos. —¡No tengo qué pensar ni madres! Se fue a la recámara arrastrando los pies. Yo me quedé fumando y asomándome por la ventana. Vi que había una patrulla y un par de vecinos hablando con ellos. Pavel ya no estaba. Me acosté en el sofá y me quedé dormido. Cuando desperté ya eran las 10 de la mañana, fui a la recámara y ella ya no estaba. Era viernes, tenía clase a domicilio a las 11 con Witold, un universitario que vivía 15 calles hacia el norte. Decidí ir caminando, no hacia tanto frío para ser noviembre. Lavé mi cara, vi mis labios un poco hinchados por los golpes. Me peiné, cambié la ropa y salí. No llegué ni a la esquina cuando sentí un golpe en la nuca y me desmayé. Desperté amarrado sobre una silla, estaba en un cuarto oscuro lleno de cajas de vino y cerveza. Apenas estaba recuperando el sentido cuando tres hombres muy altos entraron al cuarto, detrás de ellos estaba Pavel. Me empezaron a amenazar y a dar unas cuantas cachetadas. Un rato después entró un hombre pequeño que parecía maestro de escuela. Empezó a hablar conmigo. — No quieren problemas con usted, saben que usted es miembro de un cártel de México, no queremos problemas con su gente, el señor sólo busca que deje en paz a la señora Vlada, que la deje de golpear y quitar el dinero… — A ver espera…en primer lugar no soy narco y luego, tampoco soy un padrote, ¿quién putas les dijo eso? Al escuchar, el profesor les tradujo al polaco lo que les había dicho, pusieron caras de extrañeza y luego empezaron a reír. — La señora Vlada le ha contado los pormenores a su esposo y me han dicho que le comunique que tiene dos opciones, irse por su voluntad o morir lapidado. También hemos informado a la policía que es usted un delincuente, así que si decide quedarse, enfrentaría la cárcel. Entendí ahora. No tenía a qué quedarme. Con una maldita mitómana en mi contra para quedar bien con su ex marido para obtener dinero y 63


arteficio reivindicarse, además rodeado de mafiosos, mi destino estaba escrito. Con razón la sentencia de ayer por la noche: “Tienes que irte…”. — Oye, no soy retrasado, me iré… Al terminar de decir esto recibí una lluvia de golpes por todos lados hasta que otra vez quedé inconsciente. Ahora desperté tirado en un basurero, cruzando la calle estaba una estación de tren. Busqué en mi bolsillo trasero y aún estaba mi cartera. Miré al cielo, suspiré y levanté lo que aún quedaba de mí. Caminé lo mejor que pude, entré a la estación, vi los destinos posibles y los horarios. Por un momento decidí quedarme e ir por mis documentos al departamento, pero el dolor en mi cráneo me recordó que debo hacer caso de las señales y del miedo. Decidí venir a Praga. Era un lugar cercano y para lo que me alcanzó con el poco dinero en efectivo que tenía. Tuve suerte que fuera de noche y no me pidieran documentos durante el trayecto. Por ahora vagabundeo por la ciudad. No puedo regresar a México sin mis documentos, sin contar que no tengo suficiente dinero para el vuelo. Seguro si subo a un vuelo me detienen por narco. Vivo en un hostal cerca de la estación de metro Florenc. Aún es dueño Vania, un ruso que conocí hace 30 años, cuando vine a conocer por primera vez Europa. En este momento observo el río Moldava desde el Puente Karluv, prendo un cigarro y espero que alguien compre una caja de cigarrillos de contrabando que vendo en el suelo. He aquí el narcotraficante y padrote en espera de la conmiseración del mundo. ::.

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Fraseo

El futuro no es una pรกgina en blanco es una fe de erratas. Mario Benedetti

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arteficio

Stephanie Jung

Cuartos con ventilador y vista al río Dekósimo

S

dado. Me muevo un poco para estar en un lugar seco junto a las escaleras que llevan al primer piso donde vive el Gabi y el Palma y comienzo a subir despacio. En el primer piso hay diez cuartos, son los más chidos del hotel, todos conservan las puertas y tienen todos los muebles. Por una escalera, con el barandal muy jodido por el salitre, se llega al segundo piso donde hay nueve cuartos, pero sólo dos se pueden usar para vivir; ahí vivimos el Pinky y yo, aunque ocupamos los del primer piso cuando jalamos a unas morras pa cotorrear. La otra escalera que lleva al tercer piso está mejor que la del primero, pero el tercer piso es el más abandonado de todo el hotel, tiene nueve cuartos también, pero en la mayoría sólo hay bolsas de basura y colchones viejos. Por una escalera más jodida y angosta que las otras, llegas al cuarto piso donde hay una bodega y un cuarto de

iempre que imagino cómo puede ser el futuro se desmadra todo, porque las cosas que pienso y pienso siempre terminan saliendo de la chingada. Entonces, mejor trato de no echarle cabeza a esto o aquello, porque cuando me doy cuenta que puede ser así o asá, acá, chingón, pues vale madres. Digo esto porque acabo de darme cuenta que antes de estar aquí sentado en el cuarto del Gabi, estaba en el vestíbulo del hotel pensando pendejadas, con el agua hasta las rodillas, viendo cómo los ajolotes y las ranas se meten entre los rincones para esconderse ahí donde el agua está más puerca. No pensaba nada a futuro, sino más bien ahora, que ya el hotel está muy de la verga y que deberíamos ponerle pa otro lado porque los muros del edificio tienen humedad y el agua encharcada ya empieza a oler feo, la época de lluvias apenas comenzó y esto va seguir bien inun66


Narrativa lavado que estaban construyendo cuando nos dejaron a cargo el hotel. Sí, nos dejaron de encargados, como la llevábamos bien con el dueño y siempre pagábamos por adelantado, así nomás. Un día el ruco se pintó de colores para el gabacho. “Cada fin de mes se va aparecer aquí mi exmujer para hacer la contabilidad con ustedes, nada más mantengan el servicio”, dijo. La ñora nunca se apareció y al poco dejamos de rentar los cuartos, y así nos la hemos llevado. La neta el lugar está poca madre pero ya estuvo mucho tiempo sin mantenimiento y muchos cuartos se están cayendo a pedazos, la neta. Ya llevábamos aquí unos once meses sin pedos, pero en una de esas, pienso, ¿algo pasa, y luego? Pero ya no quiero pensar. En cualquier momento… bueno, ya dije. Todas estas cosas me cruzaban por la pinche cabeza mientras esperaba que corrieran el toque, porque el día estuvo muy piñata la verdá. Doce pinches horas en la calle y no mames, apenas cien baros libres para cada quien, ni en los peores tiempos en Cuerna. No lo había dicho pero todos venimos de allá, aunque el Gabi es del defe. Je je, luego luego se le ve. Llegamos todos juntos al puerto en el último tren con pasajeros, porque a la semana cerraron la estación y fue cuando el hotel se fue quedando sin gente. Y pensar que el día que llegamos estaba todo lleno. Pero cuando el dueño se fue ya nomás quedábamos el Oaxaco y nosotros, y el pinche Oaxaco desapareció un día. El Palma dice que se lo chingaron los de la compañía por chapulín, que andaba bien metido. Y yo pensaba que nomás era atascado, nunca nos aflojó ni un treinta de mota. Y bueno, estaba recordando todas esas jaladas mientras veía como el porro se le quemaba entre los dedos al Pinky y le dije: no mames Pinky ya rola, te quedaste a vivir ahí. Es que estaba mirando el río y el puente, se ve bien chingón desde aquí, dice el wey bien mariguano, la neta este lugar está bien chido, deberíamos aguantar hasta que de plano ya no se pueda. Pues si éste lugar es casi nuestro carnal, le dice el Gabi, en una de esas hasta podemos ponerlo a chambear de nuevo con un poco de lana. —No mames— le contesta el Fausto —meterías a puro pinche malandro y no les cobrarías con tal de que te rolaran para tu vicio. —Chale— se prende el Gabi —sí le metería poquito, pero leve nada de tirarme con todo. ¿Qué pedo, van armar otro flavio? les pregunté, porque nomás no veía acción y ya se iban a poner a discutir

las mismas mamadas. —Simón carnal ahorita sale uno —me dice el Gabi. —Y qué pex ¿no tienes para armar un bazuco? —pregunta el Palma. —No, ahí sí te fallo la neta inche Palma, les fallo a todos, ahora sí que una disculpa, pero anoche estaba acá bien chido escuchando una rola y me metí lo último que tenía, la neta ni me puso bien, pero ahorita nos ponemos chidos con esto —dijo el Gabi así haciéndose el apenado. Chale, yo creo que los tacos del Chino ora si me hicieron mal porque me estoy tirando unos pedotes, les digo. —Mira, en lo que vas a echar una keik yo armo éste y luego te pones pa que te alivianes de la barriga —me dice el Fausto. Entonces fui al baño de mi cuarto porque la neta en los otros baños no me late cagar. Y no mames, la peor cosa que te puede pasar es que escuches disparos mientras estás cagando. Estaba sentado en el wáter cuando escuché el primero y luego otro, de volada me levanté, apenas me di el papelazo, me subí los pantalones y salí en chinga del baño hasta el pasillo, luego entré en uno de los cuartos que daban a la calle y me asomé por la ventana, entonces vi las luces de las patrullas, había por lo menos cuatro. Bajé corriendo al primer piso, Fausto tenía todavía el porro que estaba ponchando en la mano, el Palma y el Pinky estaban en la ventana. La verdad yo pensé que los polis igual ni entraban, pero entonces escuchamos pasos en la escalera de la planta baja, luego voces y gritos. El Gabi apareció en chinga en la escalera, se detuvo en la puerta del cuarto y nos dijo que escondiéramos todo pero tres polis ya estaban detrás de él. Nos apuntaron con inches fusilotes y nos echaron encima la luz. Yo y el Gabi estábamos de pie, pero los demás ya estaban sentados sobre los colchones poniendo cara de pendejos. Uno de los polis recorrió el cuarto y nos vio las jetas a todos, entonces Fausto habló para dirigirse al poli que nos alumbraba con esa chingada linterna. Resultó que era su compa, lo conocía desde no sé cuándo porque estaban haciendo no sé qué madres en Cuerna y luego todo valió verga, y le dijo que aguas, porque andaba con su comandante y estaban haciendo revisión de rutina, que si teníamos algo encima lo volaran porque si no habría pedo, que el jefe era cabrón y no 67


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68 Stephanie Jung


Narrativa iba pensarla mucho en madrear a todos por vagos viciosos. Pero apenas nos dijo eso el poli y el Gabi ya estaba tirando toda la mota que teníamos por el baño. Luego se buscó en las bolsas del pantalón y el ojete sacó unas grapas de coca que mandó también pa la taza con pinche cara de dolido mientras le bajaba la palanca. Entró el jefe. El poli compa de Fausto le explicó como estaba el pedo, pero aún así nos pregunto a todos de nuevo qué jale con nosotros, nos pidió una identificación y todos le pusimos enfrente la de elector. Nos dieron chance de vivir en el hotel jefe, le empezó a decir el Palma, mientras el comandante veía nuestras caras en las credenciales. El dueño se fue para otra ciudad y nos dejó encargado el hotel, ya tiene un rato que no ha regresado y ahora somos los únicos que estamos, pero nos dedicamos a la música, somos músicos mi jefe, eso es todo. El comandante se le quedó viendo a los instrumentos sobre la cama y en la esquina de la habitación, y luego nos volvió a ver a todos las jetas. No dijo nada y salió del cuarto. Afuera le dio una orden al compa del Fausto, que nos hizo una seña de que no había bronca. Se fueron los otros polis, aunque los putos todavía nos encañonaron como si fuéramos a saltarles encima. Esperamos a que se fueran las camionetas y nos sentamos en el piso de nuevo. —No mames pinche Gabi qué pinche sacón de onda, no hay pedo, el vato ese es compa desde hace rato, no quema a la banda, le trabaja al mero chingón, sabe qué bisne —dice el Fausto. —¡Y pa que ni revisaran, chale! —grita el Pinky. —¡No manches, yo apenas le di un jale al churro, ni me puso esa madre! —le grité yo pa que no se pusiera espeso. Si el wey se hizo bien pendejo con el toque y ya no lo corrió. Y el Gabo bien triste, de plano ya no tenía ningún guardado, ni un polvazo, ni una bacha, y si él no tenía pues nadie y pues ni pal susto. —¿Quihubo, vamos a retacharnos al malecas? igual sale algo pa las chelas. —No mames inche Gabi ni para el taxi de regreso va salir, ya mejor nos jeteamos y nos levantamos tempra para caerle primero al parque. Yo la neta ahorita ya no quiero moverme— le contestó el Palma. —Pues yo si iría —les dije —pero ya tengo chingo de sueño, además no quisiste sacar el refine culero. —No mames, te juro así, por la virgen, que ni me

acordaba de que tenía ese poquito ahí, pero no mames fue así la pinche, ¿cómo se llama? la adrenalina, que hizo que se me prendiera el foco y pensé: “pues ahuevo, si aquí tengo un guardado, no vaya a ser que lo encuentren y nos trepen a todos” y en chinga que la saco y la boto, te juro que ni me acordaba. Ya nadie dijo ni madres, si ya lo conocíamos, cuando ya estaba puesto se hacía pendejo pa metérselo todo. Nos jalamos a nuestros cuartos, la verdad la noche estaba gacha y yo tenía mala vibra con eso de que nos cayó la poli. Pues si ya saben que este pinche hotel está abandonado por sus dueños, que nosotros fuimos los últimos que pagamos un cuarto aquí, y pues sí le damos al vicio pero también nos la pasamos en la calle y en los camiones chambeando en la boteada, loqueamos a veces pero lo nuestro es la música, ¿pa qué quería hacer revisión? Ahora sí, yo creo que lo mejor es abrirnos de aquí. No les dije nada porque pues yo ya estaba pensando todas estas mamadas antes de que llegara la tira. Y ahorita ya cada quien estaba jeteándose o clavado igual que yo en cuanta chingadera mal pedo. Luego pensé: no, pues igual si me puso esa mota, y me quedé fijo fijo, mirando esas lucecitas que bajaban del puente muy despacio. ¿Son varias trocas? ¿están viniendo para acá? Esa madre si me puso así que mejor no me malviajo. Y seguí viendo por la ventana un ratote hasta que comenzó a clarear. Me imaginé el hotel abandonado, a los tiras subiendo las escaleras y entrando al cuarto donde estoy yo, solo, me gritan que me ponga de pie, me apuntan… Si los polis me hubieran agarrado solo, quien sabe qué pedo. Entonces dije, ya estuvo, me voy a la chingada de aquí. ::.

Dekósimo es H.A. Robles, narra, pinta, raya y organiza cineclubs. http://dekosimo.blogspot.com/ FB: dekosimo.dekosimo

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Asia del mañana

手指断了a


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Mariposa amarilla Gretta Penélope

U

na anciana sentada en una silla de ruedas intenta alcanzar el rebozo que ha caído al suelo. Con una ligera inclinación alcanzo la prenda y se la extiendo. Sus labios murmuran, pero no logro entenderle. —¿Necesita algo? —pregunto acercándome a su oído. —No, solo estoy cansada de estar aquí —responde con cierta candidez. Sus pupilas blancas brillan. Me vuelvo a acomodar en la fría silla del hospital y regreso a los brazos de Eliseo Alberto. Cada renglón me hace preguntarme, llena de envidia, por qué no puedo escribir como él. Desde que enfermé de cáncer de mama acudo trimestralmente a revisión. Si no es por una mastografía, es por un ultrasonido, o para que me extraigan sangre para detectar posibles brotes cancerígenos, o por cualquier otra lindura. El cáncer es una caja de sorpresas. Cuando acudo al hospital, lo único que puede arrancarme de la sensación de tener oscilan-

do la guadaña de muerte sobre mi cuello, es la lectura. Con ella puedo ir con Borges a una biblioteca en Londres, o cruzar con Salman Rushdie el Paristán para hacerles ver su suerte a los humanos. Hoy me toca fugarme a Caracol beach con el escritor cubano. Al intentar reanudar la lectura, la voz de la señora que está sentada a mi lado me arranca de las páginas amarillentas del libro que compré usado cerca de los pasillos de filosofía y letras. —La mujer en la silla de ruedas está sola —me dice sin despegar la vista de su bordado y prosigue—. Su familiar me la encargó, dijo que iba al baño, y de eso ya tiene una hora. En cualquier momento será mi turno de pasar a consulta, si su familiar no llega, se quedará sola. La señora hunde la aguja sobre la urdimbre y enmudece. Mi corazón se oprime. Adiós Eliseo, adiós lectura. ¿Qué le habrá sucedido al familiar? Una serie de posibles escenarios que se desarrollan en el presente y repercutirán en el futuro desfilan por mi cabeza: 72


Crónica La mujer empuja la silla de ruedas, ambas van detrás de la enfermera. Permanezco inmóvil mirando como sus figuras van empequeñeciéndose a medida que desaparecen de mi vista. Un escalofrío recorre mi cuerpo, me sacudo como perro que ha huido del chorro de agua. Luego, regresa a mi esa soledad tan peculiar de los hospitales, esa soledad que apropia de mi sangre y hela mi cuerpo. El libro cae de mi regazo, ni siquiera me percato que ha llegado mi hora de pasar a consulta. La gineco-oncóloga revisa mi último ultrasonido vaginal. Un quiste está empezando a formarse dentro mi ovario izquierdo como consecuencia secundaria del medicamento que debo consumir por cuatro años, y por paradójico que suene, esa pastillita ambigua es la que me ayudará a reducir las posibilidades de que el cáncer de mama no vuelva a atacarme. La doctora me extiende una papeleta con la orden para un nuevo ultrasonido vaginal y continuar con el monitoreo del quiste. —En una circunstancia normal, usted podría vivir con ese quiste –me notifica la oncóloga—. Pero —continua diciendo con ese tono glacial que tienen los médicos al dar una mala noticia— considerando que es producto del tamoxifeno, tendremos que vigilarlo para que no desarrolle cáncer cervicouterino. En caso de hemorragia, acuda a urgencias. Nos vemos en tres meses. Tomo la papeleta, contraigo los labios en una triste mueca de “gracias” y salgo un poco abatida. Pasado el tiempo indicado, regreso al hospital. Busco a la señora-gusano, pero no la diviso por ningún lado. Tampoco a su hija. Eliseo Alberto tampoco está conmigo. De hecho, hoy olvidé echarme un libro a la bolsa. Solo estoy yo rodeada de personas con caras desencajadas. Tengo cierto nerviosismo por los resultados del ultrasonido. Desde hace dos meses en el bajo vientre he sentido una fuerte punzada que me dura algunos segundos y desaparece. Me he preguntado si es el quiste que va apoderándose de mi ovario. Anhelo volver a ver los ojos blancuzcos y la sonrisa infantil de la señora-gusano. Su sonrisa podría conferirme cierta esperanza por un diagnóstico positivo. Al invocarla un ligero mareo se apodera de mi. Cierro los ojos unos segundos y pienso que quizá se deba al largo trayecto a la zona de hospitales que, invariablemente me deja un poco fastidiada, pero luego, al abrirlos no sé bien lo que sucedió. Es algo que no puedo explicar. No sé si mis fantasiosas neuronas volvieron a hacer de las suyas, pero podría jurar a pie juntillas, que vi a una mariposa amarilla revolotear por mi cabeza. ::.

1er escenario. Se desmayó en el baño y en este instante está siendo atendida en el mismo hospital. Al recobrar la conciencia los médicos se darán cuenta de que ha perdido la memoria. 2do escenario. El familiar la abandonó. No tiene recursos para pagar el tratamiento y desde su punto de vista, es mejor dejarla abandonada a la suerte del Seguro Popular. La anciana será enviada a un asilo. 3er escenario. Tenía mucha hambre y fingió una urgencia urinaria para ir a la grasosa comida que ofrecen los puestos callejeros que están frente al hospital. Sonreirá al limpiarse los labios, pero después padecerá una terrible gastritis. 4to escenario. No hay 4to escenario. Ahora es la anciana en la silla de ruedas quien me arranca de mis elucubraciones. —Soy un gusano —me dice con esos sus ojos nebulosos y con esa sonrisa infantil que me hace devolverle el mismo gesto. —¿Gusano? —repito sin entender lo que intenta decirme. Intuyo que, además de tener cáncer, está deschavetada. —No veo, apenas oigo, camino muy poco, ya solo me arrastro como los gusanos. La aseveración me deja helada, pero ella sigue sonriendo como una niña que tiene un elevado IQ y no lo sabe. La metáfora es desgarradoramente dolorosa, me recrimino por tacharla de loca. Ahora que lo pienso, nunca he visto sonreír a un gusano. Involuntariamente, vuelvo a fugarme de la Torre II de Cancerología. En este instante estoy sobre la corteza de un árbol. Soy una blanca y gorda oruga que ondea su cuerpo sobre la ramita de un árbol mientras engulle con voracidad diminutos trozos de verdes hojas. Antes de imaginarme crisálida, un grito me sustrae. —¡Mamá! ¡Perdón, ya regresé! No podía hacer del baño y salí a comprar papaya. Los detalles escatológicos me dan nauseas, pero después, mi ansiedad se reduce. Su familiar, que es una mujer entrada en los cincuentas, acomoda los cabellos desgreñados de la anciana y vuelve a tejer su larga trenza canosa. Segundos después, una enfermera de escasa estatura, vocifera ¡Pacientes del M15! 73


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Historias para adentrarse en la

ciencia ficción Ubik

Philip K. Dick Más allá de la tecnología, de los viajes espaciales o los humanoides, Philip K. Dick se adelantó a su tiempo mostrando lo que podría ser una realidad distópica más cercana a cómo vive la humanidad hoy en día dependiente de la tecnología y enajenada con lo efímero. ‘Ubik’ ingresa en la filosofía existencial y la subjetividad de la percepción, también critica al capitalismo radical. Algunos consideran a este autor como el creador de la ciencia-ficción pop.

El cerebro de broca Carl Sagan

En uno de los subcapítulos de este libro, Carl Sagan se muestra como un asiduo lector de la ciencia ficción y sirve para enlistar a varios de los autores imprescindibles de este género literario como Theodore Sturgeon, Julio Verne, H.G. Wells, Ray Bradbury y Edgar Rice Burroughs; además de Raymond F. Jones con el cuento ‘Pete puede arreglarlo’, L. Ron Hubbard con ‘The end is not yet’, entre otros.

La nave de un millón de años Poul Anderson

En este libro Poul Anderson nos cuenta la historia de un grupo de personas inmortales que viven ocultas en la sociedad; mientras algunos de ellos se adaptan a lo cotidiano otros optan por la soledad. En cierto momento se unen y negocian con los mortales para encabezar una expedición al espacio, con el fin de hallar civilizaciones extraterrestres. Debido a su condición de inmortalidad, son los candidatos idóneos para realizar el viaje. A pesar de ser una novela extensa, su estructura de ficción espacial tiene una sólida narrativa.

Westworld

Michael Crichton Aunque sus efectos especiales ya lucen rebasados para la tecnología del presente, este filme de 1973 representó una de las ficciones fundamentales para mostrar a los robots como inteligencias artificiales rebeldes. La película está influenciada por el género western, incluso cuenta con la participación de Yul Brynner que protagonizara ‘Los Siete Magníficos’. Actualmente HBO produce un remake en formato de serie.

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Viva la muerte

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