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in tervalo Coordinación Aída Suárez

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La caminata hacia lo desconocido* Aída Suárez El Alberto es una comunidad de Ixmiquilpan, Hidalgo. Se encuentra a una hora de la capital del estado y tiene un clima semidesértico. Ahí la comunidad se ha organizado para trabajar y contar con más servicios como caminos, agua y escuelas. Pero, sin duda, es una de las poblaciones que ve emigrar a sus familias, casi todas cuentan de cómo alguien de los suyos se ha ido. En honor a ellos, en el balneario ecológico que ellos construyeron, realizan una Caminata, un simulacro de lo que es pasar la Frontera hacia los Estados Unidos, y hacen participar a los visitantes.

quiénes son porque representan a El Alberto”. Se les mira en la penumbra. Vestidos con prendas oscuras, botas y pasamontañas, los tres se apoyan en quienes se hacen pasar por “coyotes”, los que llevan por la Frontera a los paisanos. Los que ya cobraron y se saben el camino y, sin

e m b a rg o, m u c h a s ve c e s desaparecen por el riesgo de ser aprehendidos, por ser descubiertos. Aunque todo es una simulación, se lo toman muy en serio, es como un e n t r e n a m i e n t o p a ra l o s “mojados”.

El guía principal, vestido a la usanza del Subcomandante Marcos, habla con humor pero hace notar que la caminata nocturna se hace en honor, desde hace seis años, a los migrantes que se han ido a Estados Unidos. Él dice:

III

Hemos padecido miedo,

temores. Esto lo hacemos para que vean el México que existe, que muchos no ven, o no tienen oportunidad. Deberíamos ser seres humanos sin fronteras. Humildemente somos agradecidos. La caminata es en honor a los migrantes que se fueron con un sueño, hace más de 25 años. Para entonces en El

I Hace frío y la luna está llena. La lista es larguísima, unas cien personas, entre mujeres y hombres, algunos son jóvenes, tres niños y un pequeño de brazos. Pagaron su cuota con toda anticipación. Las camionetas pesadas, grandes, gringas, se apostaron frente al campamento y nos condujeron a un costado de la iglesia. La iglesia de El Alberto. Era el momento de partir. Son las nueve treinta de la noche.

Una hora de caminata, parecía más, pero nunca como lo que re a l m e nte o c u r re e n l a Frontera. *Fragmento de mi libro “Entrenamiento para migrantes. Periodismo cultural”. Lo reproduzco en ocasión del 9º aniversario de la Caminata Nocturna.

II Pasamontañas cubriendo los rostros de los guías. Un hombre y dos mujeres jóvenes. No se ven sus rostros, no tienen nombre, es más, dicen los del pueblo que “es un secreto, que nadie debe saber

Be llas y airosas

Alberto había pobreza, ignorancia, marginación, no había padres ni madres. Las condiciones eran desventajosas. Nos orillaron a la ignorancia en pleno siglo veinte. Hacemos la caminata desde hace seis años; al principio no se cobraba, 3 años y medio sin cobrar y la gente aportaba voluntariamente; ahora cada uno paga 250 pesos y se queja. Es un trabajo de 78 personas, todo un equipo; un acto responsable. Actualmente el 90 por ciento de la población es m i g r a nte , e s u n p u e b l o fantasma. Hace 15 años vivíamos en una completa marginación, hemos hecho escuelas, carretera, el balneario; el 95 por ciento ha sido construido por la propia comunidad. Esta noche caminaremos en condiciones inhóspitas, pero la naturaleza es respetuosa, no se arrepentirán.

F1, 2 y 3: Carlos Sevilla Suárez Foto de la 2: Bertha Zerón

Elvira Hernández Carballido*

Ga lería

Julia Caporal.

D.G. Enrique Garnica/2013

"Libélulas 1" Medidas 30x20. Papel de algodón. Xilografía y linóleo año 2013

lograba que ante su mirada inocente su primer dibujo planeara por el patio de su casa y fue ese vuelo el que la embelesó por siempre y desde entonces soñó que volaba libre, feliz, alocada, formal, retadora. Y fue precisamente en esa tierna edad cuando descubrió el avión de Amelia Earhart, esa inquieta y audaz mujer nacida en Estados Unidos que fue una gran aviadora. Por supuesto, el sueño no era fácil de realizar. Fue secretaria y jefa de compras del Centro Internacional de Adiestramiento de Aviación Civil. En ese escenario lleno de aviones y pilotos, hizo amistades, y seguramente con alguno de estos hombres compartió su ideal. Y fue uno de ellos el que la animó a ingresar a la Escuela Nacional de Aviación. ¿Qué puede hacer una mujer en un espacio tradicionalmente masculino? Ser ella misma, doblemente segura, triplemente talentosa, infinitamente osada y feliz. Seguramente nada se le hizo difícil ni imposible, por eso a los 25 días de haber ingresado voló sola por primera vez y el 7 de marzo de 1965 recibe su licencia. Qué grata sensación debe haber sentido al realizar un paseo por las nubes, paseo que repitió cada día de su vida con profesionalismo y pasión. En su primer año como pilota cumplió 200 horas de vuelo y en menos de un mes acumuló 370 horas. Tripuló una gran variedad de aviones y fue de las primeras pilotas en el mundo en volar Jets. Tenaz, pionera eterna en la aviación nacional, durante un año luchó por adquirir la licencia de transporte público ilimitado, reconocimiento que recibió en 1972 de manos de la SCT. Fue la primera mujer en recibirla. Se retiró en 1996, con más de diez mil horas de vuelo, cuatro años después su espíritu se fue a vivir por siempre entre las nubes de algodón que tantas veces acarició con sus aviones.

Foto: Bertha Zerón

Una mujer logró acariciar las nubes con la punta de sus dedos, aspiró el olor de un cielo azul y se tuteaba con los ángeles mientras piloteaba su avión, convirtiéndose en la primera mujer piloto en nuestro país. Su nombre: Bertha Zerón. Ella fue la primera mujer hidalguense en pilotear aviones y la primera mexicana en tener licencia de piloto aviador privado. Nació en la ciudad de Pachuca. Me pregunto si al nacer lo primero que vio fue ese cielo azul adornado con nubes blancas e iluminado con rayos tenues de un sol despeinado por el viento juguetón. Posiblemente en sus tardes infantiles ese mismo viento que levantaba su vestido de niña buena también hacía volar sus cabellos y las hojas de los árboles. El aire

Fotos: Carlos Sevilla Suárez

Al cielo por conquista… Berta Zerón

Re Veces

Enrique Rivas Paniagua

Retorno a Ítaca Leí con detenimiento cada excursión anunciada en el folleto de una tal Agencia de Viajes Quiméricos, Sociedad Anónima de Fantasía Ilimitada. ¡Por fin, algo insólito en materia turística! Deseché los tours a Comala y Macondo, porque estoy harto de las fantasmagorías y sueños macondianos que a diario padezco. También los dirigidos a visitar Jauja, Utopía, el Tlalocan o la Arcadia, quizá por demasiado idílicos y somnolientos. Pensé que la expedición a Liliput sería para enanos mentales ávidos de creerse gigantes, y no soy de esa calaña. Como nunca me han gustado los hoteles de oro, pasé por alto la excursión a Cíbola y Quivira. Tampoco me convencieron las travesías a la Atlántida, a la Torre de Babel, a la Amazonia de hembras despechugadas, al peterpanesco País de Nunca Jamás o al aliciano País de las Maravillas. Sólo un paquete, el de título más enigmático, me atrajo: “Tornaviaje a Ninguna Parte”. ¿Dónde quedaba ese sitio mayúsculo? ¿En qué novela de misterio o de ficción científica había leído su nombre? La duda aumentó mi convicción. Contraté por teléfono el servicio, pagué la tarifa en un banco y preparé maletas. Al día siguiente estuve puntual en las oficinas de la agencia. “¿Que a dónde vamos? Pues a ninguna parte”, objetó con minúsculas palabras el guía mientras me llevaba de regreso a casa.


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