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cuando busco a mi niño interior solo consigo un columpio vacío. @vforte

Andrés Cárdenas Matute @a ndrescardenasm

Director

Tomás Guerrero @ango_char ango Begoña Salas @begocontoma te

Ilustración

Camilo Pazmiño

Diseño y Diagramación


Hacia el abismo

Sobre Prisioners de Denis Villeneuve

Adrián Massanet

Hace unos meses se estrenó, sin pena ni gloria, sin apenas publicidad a pesar de su buena acogida en diversos festivales, el quinto largometraje del canadiense Denis Villeneuve, Prisoners (2013). Se trata de un filme raro, esquivo, arriesgado, poco o nada amable con el espectador. Pero también es una película más que notable, fascinante y perturbadora, ascética y casi litúrgica en su puesta en escena. Prisioners golpea con toda la contundencia de que es capaz el talento de sus creadores contra la sociedad del bienestar, subvirtiendo la mentalidad burguesa del primer mundo, anclada en la comodidad y en la mentira, para regalarnos dolor, clarividencia y verdad. Late en lo más profundo de la secuencia de Prisoners, ante todo, una desgarradora verdad que solamente algunos directores como Michael Haneke, Paul Thomas Anderson o Enrique Urbizu son capaces de capturar en una pantalla. Comienza Prisoners con placidez. Casi con felicidad.


Un padre de familia, tosco, temeroso de Dios, pero tenaz y protector de sus seres queridos, visita a otro padre de familia. Tiene lugar una comilona, unas copas entre los amigos adultos y unos juegos triviales entre los hijos de ambas familias. En la trastienda de las imágenes flota el fantasma del paro, de las estrecheces económicas y del incierto futuro de los trabajadores que salen adelante como ‘buenamente’ pueden. Pero se instala lo agradable: la amistad, el juego, la distensión. De pronto, la tragedia golpea con toda la aridez de la realidad más incontrolable y el infierno se adueña de la vida de las 2 familias que se van a enfrentar, durante los próximos días, a una de las situaciones más terribles que puedan imaginarse: la desaparición de las 2 niñas pequeñas. Con impresionante humildad, con la mirada encharcada de compasión, Villeneuve va construyendo con la puesta en escena la sensación de que estamos en un mundo peligroso y hostil en el cual nadie está a salvo de los monstruos. Y lo hace sin alardes ni efectismos, sin buscar la complicidad ni el placer del espectador, sino proponiendo un viaje hacia los abismos no físicos sino morales y hasta espirituales del hombre moderno. Porque la secuencia de Prisioners, en su estrategia narrativa, se construye alrededor de la certeza de que la línea que separa víctima de verdugo es muy fina, de que la ley y la justicia no son capaces de ofrecer una estructura ni un amparo a los horrores del mundo. Sobre todo el horror de amar y que por amar nos vemos impelidos a cometer actos atroces. El espejo que es esta película, tanto en la figura del padre desesperado como en la del detective atormentado, nos incomoda y nos estremece, pero también nos despierta y nos conmueve. La ejemplar iluminación del célebre Roger Deakins traza los claroscuros y las angulaciones casi ‘pesadillescas’ de este abismo moral que significa vivir en una sociedad que cuando no nos deja maniatados, nos provee de las herramientas adecuadas para destruirnos unos a otros. Al mando de la nave, Villeneuve despliega una experta dirección de actores y un preciso empleo de la cámara y del sonido, con el objetivo de provocar un estado de ánimo específico en el espectador: el de un aplastamiento anímico insoslayable. Prisoners es un filme que roza la maestría. Entre lo que busca y lo que encuentra no hay apenas diferencia. A nadie puede dejar indiferente esta hermosa, catártica y terrible experiencia cinematográfica, que camina al lado de Aflicción (Paul Schrader, 1997) o Winter’s Bone (Debra Granik, 2010), con las que forma una suerte de triada en la que se entrelaza el frío de la nieve con una despiadada visión de la soledad y la lucha de hombres comunes contra sí mismos, del machismo destructivo, de la violencia como generadora de extremo dolor pero también necesaria cuando las circunstancias nos empujan a ella.


Leer es transitar

SobreTránsitos de Alberto Fuguet Antonio Díaz Oliva

Termino de leer Tránsitos (una cartografía literaria) y lo dejo en mi velador de noche. Ahí está: es un libro grande, incómodo, tiene 538 páginas, te obliga a una lectura autista, a encerrarte en tu cuarto, a pensarlo dos veces si antes de salir lo llevas o no en la mochila. Lo curioso –lo que sucede al adentrarse en lo último de Alberto Fuguet– es que el libro engaña. Intimida, sí, pero se lee rápido. Uno entra y sale de sus páginas de la misma forma en que todos los días uno abre y cierra pestañas y revisa páginas web. Transitar, entonces. Ese parece ser finalmente el mensaje del título: leer es transitar. Leer es saltarse páginas y es retroceder y avanzar sin pedirle permiso al libro. ¿Mejor empezar por ese gran perfil, al final, sobre el escritor uruguayo y maldito Gustavo Escanlar? ¿Saltarse ‘Otras divisas’, el apartado del libro donde hay entrevistas a Mike Patton, un texto sobre el ravotril y otro en inglés? ¿O leer –y discutir– con Fuguet sobre por qué Canadá, la última novela de Richard Ford, no es tan buena pero aun así nunca debemos darle la espalda a nuestros héroes literarios? ¿Sorprenderse al encontrar nombres nuevos y atípicos al mapa del escritor chileno como Clarice Lispector, Edward Said y Walter Benjamin? ¿Una vez más revisar sobre el taller que hizo con José Donoso y la ya famosa anécdota de cuando fue expulsado? Hace un tiempo que ese verbo –transitar– recorre las novelas y cuentos y artículos de Alberto Fuguet. No sólo porque Fuguet, como se sabe, lleva viajando desde chico: desde que pasó de la soleada California al Chile de Pinochet. También porque su pasaporte está lleno de sellos literarios y cinematográficos y acá se nota. Pero hay algo más: detrás de toda esa acumulación, de esas referencias y de la idea central de su obra –que los libros y las películas pueden salvarte–, hay años de lecturas que están llevando a Fuguet, que cumplió cincuenta años hace poco, por una nueva etapa. O una vida. Tránsitos es una nueva vida.


Hace unas semanas, leyendo Aquí y Ahora, el libro que recopila cartas y e-mails que entre 2008 y 2011 Paul Auster y J. M. Coetzee intercambiaron, me topé con la siguiente cita sobre las tres etapas por las que cualquier escritor –o artista– pasa. Dice Coetzee:

En la primera encuentras, o buscas, una gran pregunta. En la segunda trabajas para responderla. Y luego, si vives lo suficiente, se llega a la tercera fase, cuando la pregunta te aburre y es necesario buscar en otra parte. De nuevo: Tránsitos como la tercera vida de Fuguet. No es solo un libro que recopila artículos y ensayos y textos breves y otras piezas de no-ficción. Es también una suerte de catarsis. A Fuguet –consciente de su lugar en el mapa latinoamericano literario, pero no por eso menos inquieto– cada vez le importa menos la intelligentsia y lo que cierto mundillo literario diga de él. O sí, aún le importa, pero por lo menos se ríe. “La piel se ha endurecido; lo que me hizo llorar y aterrarme al leer las críticas de Mala onda ya no me duele. ¿No les gustó Aeropuertos tanto? Bien. ¿Les gustó Missing más? Genial. ¿Creen que maduré? Falso: uno nunca madura, jamás. A lo más pule algo, y gana algo de experiencia y comete menos errores”. Recuerdo que hace unos seis años un profesor – también novelista chileno– dijo que no toleraría textos fuguetianos. Esa palabra usó: tolerar. No solo eso: en la segunda clase habló en contra de los escritores que usan su vida como material literario. “A nadie le importa”, dijo. Esa misma tarde me salí de ese curso. Pienso en eso mientras regreso a ciertos pasajes de Tránsitos, un libro que además contradice la idea de ese profesor/escritor del cual escapé: la mejor literatura proviene de la intimidad, de lo personal y de cómo nos leemos. Regreso a esas partes en que Fuguet le responde a sus detractores y, en ese acto liberador, asume una nueva vida: “Mi mundo es pequeño, por la puta. Pero al menos gira”.

REVISTA ACHE (suplemento) 2  

Revista de cine y literatura hecha en Ecuador.

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