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alí aquella mañana de clima incierto dispuesto a recorrer los escasos 20 kilómetros que separan Bruselas de La Hulpe sin advertir que algo extremadamente inusual, casi sobrenatural, estaba a punto de ocurrir. Aún parpadeaban en mi mente las salvas de imágenes y frases con que los medios de comunicación rendían homenaje a uno de los genios más universales de la literatura. Hablaban de su realismo mágico y de cómo algunos sucesos narrados por él, a fuerza de ser fantásticos acababan por engancharte a la más cruda realidad. Recordé entonces la leyenda, quizás real, que cuenta que el castillo de La Hulpe junto a un obelisco artificial, diez metros más alto que el original de París, y a un templete situado en una

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loma de este incomparable parque Solvay, forman exactamente el triángulo equilátero de la francmasonería. Me sobrecogió pensar que en aquellos mismos parajes, quién sabe si en aquel mismo castillo podrían haberse desvelado y transmitido de hermano a hermano algunos de los secretos mejor guardados por la logia. Seguramente no era ajeno a ello el impulsor de todas esas transformaciones, Ernest-John Solvay, que con tanto mimo diseñó cada unos de esos elementos y cubrió el parque de especies exóticas, lo adornó con la creación de Belvédère y su extraña escalera, y todo, para donarlo al Estado belga tras su muerte ocurrida en 1972. Descubrí entonces que aquel paraje tan lleno de historia albergaba en la actualidad la sede de la fundación Folon, dedicada a la obra de uno de los artistas belgas más celebrados. Una

fundación que aún hoy organiza visitas guiadas por la obra y el atelier del pintor y dibujante, a través de un gigantesco libro que él mismo presenta... a pesar de haber fallecido en el año 2005. Pero ninguno de estos hechos me causó tanta sorpresa como la que me provocó el visionado de las fotos que había realizado a lo largo del día por el parque Solvay y la Forèt de Soignes, a la que pertenece. No podía dar crédito a lo que mis ojos habían interpretado de una simple excursión por uno de los destinos turísticos más visitados y más aclamados de los alrededores de Bruselas. ¿Habría sido la sobreexposición a la luz? ¿Quizás mis ondas mentales habían alterado la lectura magnética de mi cámara digital? ¿Existiría en realidad esa energía esotérica a la que aluden tantos escritos masones? Claro que no. ¿O sí?

ACENTOS número 7  

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