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G R AT I S A F I C H E R É C O R D S P E L O TA N A C I O N A L

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N° 2 - 2008 - Bs.F. 10

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OLIMPICAS

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• editorial Interpretar y batear Todos tenemos derecho a tener una opinión. La democracia es así. El béisbol también. En este segundo número de OLÍMPICAS logramos reunir a un incalificable ramillete de escritores que le dio una vuelta de tuerca a la movida béisbolera nacional desde sus respectivas querencias. Por muchas razones fue necesario distanciarse de la manufactura clásica del discurso sobre la pelota; esas cosas del béisbol local abordadas por quienes están metidos en el camerino viendo por dónde tejer una buena historia. No es menos, en modo alguno, la faena. Hay cualquier cantidad de interpretaciones, “somos intérpretes de las interpretaciones”, decía Montaigne, y sobre la pelota rentada local hay miles. Cada quien es un exégeta del béisbol. Obvio. Pero, ¿Qué hay en La otra costura del béisbol en Venezuela? Un poco más de béisbol que usted no halla en las páginas deportivas dominantes. Cabe recordar, y en honor a las rotativas, que ofrecemos dos valiosas piezas de colección escritas en su momento en el diario El Nacional, por el dramaturgo José Ignacio Cabrujas. Siga al turno y verá. Más allá de la reedición de la relación amor-odio Cabrujas-La Guaira, fue necesario hurgar un poco más allá en otras estancias. Y es que hay algunas animadversiones, cuya mejor manera de evitarlas, es mirándolas de frente. Es el caso del eminente sicólogo Leoncio Barrios, quien logró una nota de antología. Formado culturalmente de espalda al plato —entiéndase el cajón de bateo— Barrios descorre el velo de la atmósfera prejuiciosa que lo llevó a la indiferencia total con el béisbol. Otro vuelo mágico es el elaborado por el politólogo Ángel Oropeza; de cómo la vida está simbolizada en el arte del béisbol. Todo un privilegio. Y no menos privilegio es publicar el primer capítulo de Sandy Koufax y yo, de Humberto Acosta, palabras mayores en el oficio. Las reflexiones que ofrecemos al lector de OLÍMPICAS, permiten seguir alimentando el acervo peloteril local, en el área de la palabra escrita. Énfasis como la de los escritores Luis Felipe Castillo y Salvador Fleján, así como Adriana Villanueva, Karl Krispin, Garcilaso Pumar, Alexis Correia, René Rincón, Gonzalo Jiménez y Luis Ernesto Blanco, tocan un tejido insuperable, que nos obliga a citar al escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá, quien en su emblemático libro Peloteros, nos suelta está perla, inherente a la isla, y por qué no, a Venezuela: “El Caribe es una sucesión de soledades, que sólo se superan mediante las herencias coloniales, tales como el azúcar, el disparate y el béisbol”. Ramón Navarro Director

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Nº 2 | 2008

UNA VISIÓN TEMÁTICA DEL DEPORTE

Director-Editor Ramón Navarro rnavarro@olimpicas.com.ve Jefe de Redacción Ángel Arráez aarraez@olimpicas.com.ve Colaboradores Humberto Acosta Ángel Oropeza Leoncio Barrios Adriana Villanueva Alexis Correia Gonzalo Jiménez Luis Felipe Castillo Luis Ernesto Blanco Salvador Fleján Karl Krispin René Rincón Garcilaso Pumar Fotografía Henry Delgado AFP Diseño FS Imagen y Comunicación Ilustración Eduardo Sanabria (EDO) Infografía Alejandro Colmenárez Preprensa e impresión La Galaxia

La otra costura de la pelota 10

Las otras leyendas del béisbol venezolano Ni peloteros ni franquicias: sólo mitos Alexis Correia

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El repertorio de Chávez Alexis Correia

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De cómo la vida imita al béisbol Buena parte de nuestra cotidianidad se explica con la pelota Ángel Oropeza

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Crítica de la razón fanática Garcilaso Pumar

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Ediciones Olímpicas C.A RIF J-29594830-1 Av. Francisco de Miranda, Edif. Canaima, piso 5, Ofic. 301. El Rosal - Chacao (0212) 9535635 (0412) 3162515 (0414) 3389017

La lección de Tirahuequito

Depósito legal: pp200802DC3063

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Publicación de circulación bimestral. Los editores de Olímpicas no se hacen responsables por los comentarios emitidos por sus colaboradores 6 OLIMPICAS

René Rincón

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El béisbol entre las redes Luis Ernesto Blanco

El embrujo del poder criollo Gonzalo Jiménez


• contenido

4 Editorial

54 Crónicas 62

Soy magallanero, no fanático Karl Krispin

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Epistolario Carta a Padrón Panza José Ignacio Cabrujas

82 Me libro

El universitario, un ágora Adriana Villanueva

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La auténtica antípoda está en juego Leoncio Barrrios

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El poder negro como salvavidas Salvador Fleján

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Con vacilaciones, euforias y mucho desasosiego Luis Felipe Castillo

Sandy Koufax y yo Humberto Acosta

86 Consumo

90 Ojo olímpico

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• presentación

Breviario cerca de la almohadilla La calle te lo dice todo: política, publicidad y béisbol. Y no cualquier calle. Nos referimos a la urbanidad criolla, esa urbanidad que ha crecido jalonada por muchas centellas sociales. Uno enciende la radio y escucha a un político. Te aborda él como si fuera una deidad. Te sientas a ver televisión, con su inflamable carga de impunidad, y te aborda un anuncio y ¡dale que se impone la moda¡ Sales a la calle, supongamos que a comprar algo en esos mercaditos express de la época, —para no remover el marroncito— e inmediatamente sintonizas con el comentario del momento: “Caracas anda bien, pero el agua le sienta mal”. “Los Tiburones se merecían a Phil Reagan”. “Tremendo batazo el que dio Richard Hidalgo”. Así, con esa curiosa urdimbre de fascinación por el análisis, es como se construye una pasión. Es nuestro out 28, fuera de la común regla, eso sí, de textos inéditos en su mayoría, que articulan una visión distinta a la acostumbrada. Sí, una mirada periférica, cargada de miradas encendidas. Para ser más directo, tiene usted en sus manos la posibilidad de una catadura. Agotando el campo de lo posible, ofrecemos una pequeña muestra de ese colosal entusiasmo que despierta el béisbol en nuestro país. OLIMPICAS

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多Una pelota en estadios vetustos, de baja calidad y sin grandeligas? Numerosos mitos urbanos y fatalistas circulan alrededor de la Liga Profesional: la realidad, sin embargo, se pinta en matices intermedios y concesiones necesarias ALEXIS CORREIA

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FOTO: HENRY DELGADO

LAS OTRAS LEYENDAS DEL BEISBOL VENEZOLANO OLIMPICAS

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La fantasía sexual perfecta: una final Caracas vs Magallanes en el nuevo Estadio “Vitico Davalillo” de Montalbán, donde caben 50 mil perso-

nas cómodamente sentadas, con techo corredizo para las lluvias, estacionamiento, mall y hotel de cinco estrellas en las adyacencias; Johan Santana poncha a Bob Abreu para el out clave del juego decisivo (o el “Comedulce” la saca de jonrón para dejar a los Navegantes en el terreno, según el polo magnético que corresponda). “Toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”, nos respondería Calderón de la Barca. Nuestra realidad béisbolística es un poco más gris. Salir del estadio a las 11:00 de la noche nos hace pensarlo cuatro veces antes de comprar una entrada, y es probable que los nueve bateadores del lineup de nuestros equipo sean totalmente distintos según el mes en que nos encontremos: octubre para novatos, diciembre para estrellas, y en febrero, cuando le toca al campeón asistir a la Serie del Caribe, es probable que sólo sobrevivan los veteranos sin contrato en las Mayores. ¿Pero acaso es todo tan malo? Junto a las leyendas doradas que construyen los héroes de nuestra pelota, conviven, cual urracas, leyendas negras de decadencia.

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las otras leyendas del béisbol venezolano

Primera leyenda Los grandeligas ya no vienen a jugar acá Sentencia fatalista sollozada principalmente por nostálgicos ubicados cronológicamente alrededor de la crisis de las cuatro décadas, sobre todo fanáticos del Caracas, quienes nunca se pudieron recuperar del despecho de no ver más uniformados de leones en sus años de madura plenitud a peloteros tan singularmente carismáticos como Omar Vizquel y Andrés Galarraga. Sin ponerse en plan de optimista dotado de anteojos con lentes pintados con motivos florales, esta leyenda es sólo una verdad a medias, y matizada. La institución del Clásico Mundial de Béisbol a partir de 2006 —a pesar de todas las críticas que levanta este torneo en su vano intento de imitar al Mundial de Fútbol—, de algún modo, ha sido una de las causas que ha revitalizado el interés de los grandeligas venezolanos en mantenerse activos en las ligas caribeñas, que se desarrollan durante el receso peloteril del invierno estadounidense. Hay una lección que ha dictado un portento de todos los tiempos, “Vitico” Davalillo, y que no pierde vigencia: para el béisbolista es mejor estar en competencia casi todo el año, en vez de tomarse unas larguísimas vacaciones que le oxidan. Para el pasado noviembre de este 2008 —a poco menos de dos meses del fin de la ronda eliminatoria—, seguramente bajo el incentivo del próximo Clásico Mundial de marzo de 2009, era posible observar una Liga Venezolana de Béisbol Profesional en la que figuraban en los rosters un elevado porcentaje de “caballos”: entre otros, José Castillo, Marco Scutaro y Franklin Gutiérrez en los Leones, Pablo Sandoval, Jesús Flores, Freddy García y Yusmeiro Petit en Magallanes, Gregor Blanco, Oscar Salazar y Luis Hernández en Tiburones, y un largo etcétera. Por supuesto, hay ausentes, sobre todo los que ganan los mayores sueldos y lucen status supremo en Estados Unidos: Johan Santana, Carlos Zambrano, Miguel Cabrera, Magglio Ordóñez… Hay que tomar en cuenta, sin embargo, que muchos de los mejores grandeligas venezolanos de la actualidad son lanzadores, la especialización más delicada del béisbol en términos de exigencia física en un sector muy puntual de sus anatomías, lo que dificulta su inclusión en la LVBP. Pero allí está el caso de Francisco “K-Rod” Rodríguez, récord de salvados de todos los tiempos en las Mayores en una sola temporada —se dice fácil—, quien ha manifestado que jugará siempre en Venezuela firme el contrato que firme en el Norte. De manera que quien no encuentre un nivel elevado en la liga venezolana es porque no quiere ver. OLIMPICAS

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FOTO: AFP

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las otras leyendas del béisbol venezolano

Segunda leyenda Hay que expandir la liga Quizás sí… pero pensándolo mucho antes. Las autoridades de la LVBP se han mostrado extremadamente cautelosas en cuanto a extender el negocio a regiones que llevan tiempo pidiendo un jugoso stand en la gran feria de la pelota nacional, como los Andes y Guayana. A la larga, parecen haber tenido la razón, sobre todo si se compara con el ejemplo reciente del baloncesto o el fútbol venezolanos; el balompié ha sido el caso más caótico, con una expansión absurda de 10 a 18 equipos en primera división que hoy hace aguas. Aunque es cierto que parece haber talento nativo de sobra para armar 10 novenas en vez de 8, lo más sensato es esperar. Bravos de Margarita todavía debe consolidarse en su nueva sede, luego del patético nomadismo del desaparecido Pastora; y Caribes de Anzoátegui, que viene de una truculenta disputa accionaria, también debe cimentarse como un equipo capaz de ganar temporadas, y no sólo rondas eliminatorias como hasta ahora. Cuando Caribes y Bravos ganen una final a casa llena en Puerto La Cruz o Porlamar, hablemos de otra expansión.

Tercera leyenda Los estadios no ofrecen comodidades La construcción de nuevos estadios de béisbol pensados para aficionados del siglo XXI, con centros comerciales anexos, restaurantes y palcos VIP para celebridades (un renglón actual de ingresos clave para los presupuestos de equipos de Grandes Ligas), es la gran deuda tanto para las autoridades gubernamentales regionales y nacionales como para los propietarios de equipos. Ninguna novena es propietaria de sus instalaciones, ni parece asomar iniciativas para alcanzar esa meta ni tan utópica. Es absurdo que para un juego entre Caracas y Magallanes en la capital del país sólo puedan entrar 20.000 personas, cuando por lo menos 50.000 estarían dispuestos a pagar entrada. Sin embargo, también es cierto que es más cómodo ir hoy a un estadio que hace una década. La mayoría de los equipos trata mejor hoy a sus aficionados y les estimulan a acudir al béisbol como un espectáculo familiar. Año tras año, la LVBP aumenta sus cifras de espectadores, aunque por supuesto, tendrá un tope que no podrá rebasar: el aforo de estadios vetustos. OLIMPICAS

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FOTO: AFP

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las otras leyendas del béisbol venezolano

Cuarta leyenda Caracas y Magallanes, y lo demás es monte y culebra” Cierto… y falso. Es verdad que Leones y Navegantes han ganado 26 temporadas entre ambos (43% de los títulos en juego), y que la experiencia de un choque entre ambos equipos sigue siendo algo sin punto de comparación para aficionados y peloteros. También es verdad que, en los diarios de circulación nacional, generalmente sólo se leen crónicas in situ de los partidos que se juegan en el Universitario de la capital; y que la LVBP comenzó siendo un espectáculo exclusivamente caraqueño en 1945. Sin embargo, de las últimas 10 coronas, sólo dos han sido ganadas por Leones y Magallanes. Novenas como Tigres de Aragua (cinco títulos desde 2003) y Cardenales de Lara han levantado una bandera de competitividad y buena gerencia. Pero queda por hacer, sobre todo en el espacio simbólico: así como se han editado infinidad de publicaciones de béisbol venezolano en años recientes –ver desplegable- es necesario que se eleven voces que narren la vivencia del béisbol en Barquisimeto, Puerto La Cruz, Maracay o Porlamar, que en absoluto es inferior a la vivencia del Universitario de Caracas (sempiterno templo lírico de la mayoría de las crónicas que leemos).

Quinta leyenda Los importados son malos Probablemente es cierto (siempre extrañaremos a Luis Tiant, David Seguí y Pete Rose), pero en gran medida porque los peloteros venezolanos son cada vez mejores, y no sólo como campocortos, sino en todas las especializaciones del béisbol: lanzadores, receptores, bateadores de poder, infielders, jardineros y etcétera. Es cierto que la mayoría de los pitchers abridores siguen siendo extranjeros —como ya dijimos, es la posición más delicada en el campo—, que muchas veces están pasados de edad y de regreso de alguna ilusión cortada en Grandes Ligas, pero la tendencia es a que cada vez la importación pese menos en las novenas venezolanas. En dos platos: para sobresalir en esta liga, un extranjero debe ser excepcional. Uno de los posibles desafíos futuros de la LVBP podría ser el de servir de vitrina a peloteros de destinos poco convencionales que busquen proyección de cara a las Grandes Ligas (más talento de Colombia, Holanda, Brasil, incluso de Cuba vía convenio, etc). OLIMPICAS

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FOTO: AFP

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Sexta leyenda Las compañías cerveceras se adueñaron del béisbol Esta sentencia forma parte de la satanización de la empresa privada que suele extenderse periódicamente en ciertos rincones ingenuos de la opinión pública. Pero una verdad es indiscutible: el béisbol, y en general toda industria deportiva contemporánea, necesita de la iniciativa privada para no sufrir pérdidas excesivas, con los pro y los contra que ello implica. La mera venta de entradas es hoy una fuente totalmente insatisfactoria de ingresos para los equipos. Tampoco hay que darle mucho crédito a opinadores agoreros que claman por una mano peluda y conspiratoria del negocio de la cerveza que controla, en la sombra, todo lo que ocurre en el país, por ejemplo, la integración de la selección que asistirá al Clásico Mundial. En todo caso, recuerde: consuma alcohol con moderación.

Séptima leyenda Somos vasallos de las Grandes Ligas En general, es cierto: las novenas de las Grandes Ligas deciden la cantidad de partidos (y hasta de lanzamientos) que disputarán sus fichas predilectas cuando incursionan en el béisbol caribeño, y eventualmente les prohíben jugar en Venezuela. La Serie del Caribe pierde mucho polvo de escarcha debido a la inminencia del spring training gringo. Los peloteros que ya no tienen contrato en las Mayores y que aquí juegan con total libertad suelen tener o exceso de años o escasez de talento. Sin embargo, la relación de la LVBP con las Grandes Ligas debe ser vista más como una cooperación mutua que como la dictadura de un “imperio” foráneo. Ellos nos limitan o nos “quitan” a nuestros peloteros, pero aportan su conocimiento formativo, la rigurosidad de sus estructuras organizativas y el estímulo para los jóvenes que empiezan • OLIMPICAS

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• biografía sintética

La soportable levedad del Presidente Anhelo inalcanzable, ese el de pelotero grandeliga, no obstante, el Mandatario no parece desligarse del devenir de la pelota criolla. Cada vez que puede se explica en clave de béisbol | ALEXIS CORREIA El béisbol siempre le ha definido hasta la médula: un deporte en el que no compete el factor cronómetro y en el que prevalecen la astucia, la estrategia y la anticipación de la conducta del adversario. Libros como Chávez nuestro (de Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez) y Hugo Chávez sin uniforme (de Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka) documentan dos momentos cruciales en la vida del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela desde 1999: el 16 de marzo de 1969, cuando el barinés Hugo Rafael Chávez Frías contaba 14 años de edad, la radio le informa el fallecimiento en un accidente de aviación en Maracaibo, junto a otras 153 víctimas, de su alter ego beisbolístico: el lanzador grandeliga Néstor Isaías “Látigo” Chávez Silva (apenas 21 años); en su diario personal, el niño Hugo, tremendamente deprimido, revela que ha compuesto una oración religiosa dirigida a Dios y al “Látigo” que recita todas las noches, y en la que jura que él llegará a triunfar como pitcher zurdo en las Mayores. El serpentinero de la mano izquierda 20 OLIMPICAS

es siempre una rareza, una excentricidad, y sinónimo de desconcierto para el toletero rival. Segundo instante clave: a finales de 1971, cuando el “Zurdo Furia” —así le apodaban sus compañeros de la promoción de los “Doctores” en la liga de la Academia Militar de Caracas— ya ha decidido dejar de lanzar hacia la primera base de la vocación de pelotero para encarar frontalmente y para siempre la caja de bateo de las inquietudes castrenses, políticas y nacionalistas, visita a los 17 años la tumba del mirandino “Látigo” Chávez en el Cementerio General del Sur y se disculpa por haber cambiado ¡su plan de vuelo vital. “Este béisbol ya no es nuestro, es de los norteamericanos, de la misma manera que la música que ponen en la radio ya no es el folclore venezolano”, vuelve a escribir a finales de los años 70 en su diario personal, algo decepcionado con el devenir de la liga profesional del país. Incluso con estos sentimientos, el presidente Hugo Chávez nunca ha podido darle la espalda a lo que acontece en

la LVBP y al béisbol venezolano en general —el político siempre se siente atraído hacia el vértigo de unas gradas llenas e hipnotizadas, y con frecuencia crueles y cambiantes—, pero sobre todo a sus idolatrados Navegantes del Magallanes, el equipo de Isaías “Látigo” Chávez. Las referencias a la pelota —antes que nada, a la ideología de un tipo de pelota que sólo puede ser comprendida en un salpique de parajes caribeños, y que no es exactamente igual al deporte original que se juega en Estados Unidos— siempre están presentes en su discurso, y quizás la más emblemática de ellos es el lanzamiento denominado “Rabo e’ cochino”, por su desplazamiento errático en forma de espiral. Ha sido sentenciado por el umpire de la Historia: sin béisbol, no es posible comprender lo que sucede hoy en Venezuela, ni la manera de hacer política de Hugo Chávez Frías, que quizás pudo haber elevado a 233 la cifra de venezolanos en las Mayores, pero prefirió seleccionar, en un terreno mayúsculo, otro repertorio de pitcheos imposibles de predecir •


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El sicólogo y analista político, profesor de la Universidad Simón Bolívar, hace una analogía entre lo humano y las leyes naturales de la pelota. Sin ser un sistema modélico en cuanto a las estructuras del conocimiento, surge un dato razonablemente seductor: la vida imita el béisbol | ÁNGEL OROPEZA

En el béisbol como en la vida Los que conocemos y amamos el béisbol, sabemos que se trata de mucho más que un juego apasionante. El béisbol, el más cerebral y complejo de los deportes de conjunto, esconde implícito en los fundamentos del juego una particular y muy profunda filosofía de vida y de las cosas Y yo creo firmemente que si el béisbol pudiera hablarle a los venezolanos de hoy, algunas de sus sabias enseñanzas se pudieran convertir en guías prácticas de acción, tan necesarias como útiles en nuestra accidentada e incierta cotidianidad, la cual, ayuna de claridades y preñada de confusiones, necesita de luces que le ayuden a orientarse en medio de la opacidad de los tiempos que nos corren. Sólo a manera de ejemplo, revisemos algunas de las cosas que los venezolanos de hoy tendríamos que aprender de ese viejo e ingenioso maestro, si pudiéramos tener la fortuna de invitarle a un café para escuchar sus juiciosos y agudos pareceres. Le oiríamos decir como éstas:

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El béisbol, como todo deporte, no se puede jugar solo. Siempre hace falta el otro, porque si no, el propio yo –el que no es “el otro”- estaría incompleto. No hay posibilidad alguna para aberraciones tales como “equipos únicos” o “partidos únicos”. Todo equipo, así como todo partido, necesita del otro y no puede prescindir de él. Los que practican el béisbol, a pesar de sus naturales y deseables diferencias, que son además las que hacen al juego interesante, se reconocen recíprocamente como parte de una misma familia, la familia del béisbol. Y como comunidad familiar, comparten algunos valores y actitudes, entre los cuales está la convicción de que el adversario es para ganarle, para competirlo y para aprender de él, pero nunca para destruirle, porque sin el otro no hay juego, y si no hay juego no hay vida. En el béisbol, como en la vida, lo determinante y definitivo no es el tiempo, sino lo que hagas o dejes de hacer. No es un juego de


tiempo prefijado, donde –si estás arriba en el marcador- puedes abstenerte de seguir atacando y entretenerte con el resultado, para dejar pasar el tiempo. En el béisbol, las aventuras no vienen constreñidas por un tiempo rígido, al cual debes someterte de manera hierática y rigurosa, sino que surgen en cualquier momento, por muy inesperado y hasta sorpresivamente tardío que pueda parecer. ¡Cuantos juegos se han resuelto a la hora de recoger los bates! ¡Cuántos malos fanáticos han recibido la inolvidable lección de abandonar el estadio antes del último out, decepcionados por el quehacer momentáneo de su equipo, para luego descubrir, camino a sus casas, a través de la radio o —peor y más doloroso aún— en la prensa del día siguiente, que su casi-seguro derrotado había dado vuelta al marcador o dejado en el terreno al contrario! En el béisbol, como en la vida, quien determina el resultado no es el tiempo transcurrido, sino la calidad de lo que hayas hecho o dejado de hacer. En el béisbol, si te sacrificas, te aplauden y hasta puedes ser la figura estrella de la jornada, aunque no hagas nada más. Para ser el héroe no hace falta ser el mejor, ni el más famoso, sólo que hagas tu trabajo, y que muestres solidaridad con tus compañeros. Cuando todos lo hacemos, el equipo triunfa. Y eso, tanto en la pelota como en la vida, es impelable. En el béisbol siempre tienes una segunda oportunidad. Es un juego tan generoso, que siempre regala a sus actores, especialmente a aquellos que han cometido algún error o cuyas pifias —incluso las mentales— han

sido muy caras para su equipo, un chance para redimirse. Así, quien parecía el villano del partido en un 5to inning, al final puede salir del dogout aclamado por los vítores del público. Sólo los malos fanáticos, aquellos que no conocen de verdad todo lo que se mueve en un juego de pelota, son capaces de pitar a un jugador por una falla, sea ésta un costoso error o un lamentable ponche con las bases llenas para el último out de la entrada. Por alguna extraña razón, que es casi una ley natural, el juego le va devolver a ese jugador el chance de remediar esos fallos, y hacerlo bien esta vez. Al igual que la vida, el béisbol nos enseña a no desesperarnos ante los fracasos, a no creer que los errores nos convierten automáticamente en malos jugadores, y a pensar que las segundas oportunidades existen, justamente como reto para —aprendiendo de las equivocaciones y desaciertos—, prepararnos para enfrentarlas y aprovecharlas a nuestro favor. El hecho que el béisbol sea un juego que reta constantemente las reglas del determinismo, y que sea un paradigma de lo que constituye una actividad humana sistémica —donde todos los factores interactúan entre si en una relación de mutua interdependencia, en la que la acción o inacción de cualquiera de sus componentes afecta y distorsiona al conjunto—, es lo que soporta aquella famosa frase del “yankee” Yogy Berra, de que “el juego no se acaba hasta que se termina”. Incomprensible y hasta ilógica para muchos, sólo los amantes y conocedores de la pelota entienden la veracidad y justicia de esta celebérrima sentencia. En el béisbol nada es OLIMPICAS

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Si todos habláramos béisbol, si todos pensáramos béisbol, seguramente seríamos menos rígidos y menos inclementes para con nosotros mismos y con los demás”


en el béisbol como en la vida

FOTO: HENRY DELGADO

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Una de las claves para ganar en el béisbol es ser lo suficientemente inteligentes para no contradecir al “librito”, pero sin nunca aferrarse a él”


en el béisbol como en la vida

FOTO: HENRY DELGADO

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El béisbol, al contrario de lo que pudieran pensar quienes no conocen el juego o asisten a él por primera vez, es un juego de acción constante, lo que no significa que sea de constante movimiento”

seguro, ni siquiera una apreciable disparidad en el marcador. Ni quienes dominan la pizarra pueden estar confiados en su triunfo, como tampoco quienes sufren estar perdiendo pueden contar de antemano con una segura derrota. El béisbol, como la vida, no es para quienes se derrumban antes de tiempo, para quienes renuncian a la lucha sólo porque están debajo o porque las cosas no resultan como se quisiera. Es, como la vida, el juego de la eterna esperanza, donde —sin importar la diferencia en el score— ni las victorias ni las derrotas pueden ser proclamadas antes de tiempo. Una de las claves para ganar en el béisbol es ser lo suficientemente inteligentes para no contradecir al “librito”, pero sin nunca aferrarse a él. Son igual de malos los managers que se saltan a la torera las sugerencias del intrigante “libro” —ese que todo el mundo conoce, del que todo el mundo habla, pero que nadie ha visto o leído—, como aquellos que son incapaces de independizarse de él. En el béisbol, como en la vida, la clave está en la flexibilidad y la constante adaptación a las circunstancias, sin nunca olvidar el norte. Y justamente la inteligente flexibilidad y la sana adaptación son tanto los principales indicadores de crecimiento como los mejores sinónimos de madurez —de nuevo— tanto en

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el béisbol como en la vida. El béisbol no es un deporte violento. Al menos no al estilo de otros, como el fútbol, el rugby o el hockey. Aquí la violencia no es permitida. Hay juego duro, sí, pero no juego sucio. Si el pitcher golpea a alguien, así sea de manera involuntaria, es sancionado al permitirle al bateador golpeado la obtención de la primera almohadilla. Pero si el golpe al bateador es intencional, el pitcher —y en ocasiones hasta el manager— es expulsado del juego. La violencia en el béisbol, como en la vida, nunca resuelve nada. Es tan inútil como indeseable. El béisbol, al contrario de lo que pudieran pensar quienes no conocen el juego o asisten a él por primera vez, es un juego de acción constante, lo que no significa que sea de constante movimiento. La tensión en el campo, una vez iniciada la entrada, es permanente, y cualquier descuido puede resultar costoso. Puede que en ocasiones los jugadores, a excepción del lanzador y del catcher, parezcan inmóviles: lo cierto es que están preparándose para cualquier movimiento, tan repentino como imprevisto. En la pelota, al igual que en la vida, para estar en acción no hace falta estar moviéndose todo el tiempo. De hecho, la hiperactividad y el exceso de movilidad, muchas veces sin orden ni concierto, atentan contra las acciones eficaces, esas que van dirigidas a objetivos


en el béisbol como en la vida y que construyen resultados deseados. Así como el béisbol refuerza y premia a quienes luchan, es implacable contra los timoratos y sumisos. No acepta las “abstenciones”. De hecho, uno de los axiomas sagrados de la pelota, y que repite como advertencia permanente desde el chamo pre-infantil hasta el consagrado profesional, es aquella de “al que no hace, le hacen”. El béisbol castiga a quienes le juegan con mezquindad. Y es tanto su vocación en contra de la mediocridad y el conformismo, que no acepta empates en el marcador: hay que jugar, no importa cuánto y hasta cuándo, pero hay que llegar a una definición. Todo lo anterior es apenas un vuelo rasante sobre la superficie del juego. Suficiente para despertar la curiosidad y el asombro sobre todo lo que tendría el viejo béisbol que enseñarnos a los venezolanos de hoy. Pero una de las lecciones más hermosas y singulares que nos regala este deporte tiene que ver con el promedio de bateo de los jugadores. Un bateador de 300 puntos es considerado una estrella del juego. Tanto es así, que conectar para 400 de promedio es tomado como una hazaña de proporciones casi épicas. Batear para 300 significa que de cada 10 veces al bate, el bateador logra conectar incogible en tres oportunidades. Pero, si lo ponemos al revés, resulta que un jugador es considerado un fuera de serie, si apenas falla… ¡7 de cada 10 oportunidades que le toca hacer su trabajo! ¡Y pensar que hay gente que se desespera, se frustra, y hasta se juzga con implacable severidad cunado comete algún error, o falla en algunos inten-

tos! Nadie en el béisbol espera que tú falles menos de 6 veces cuando intentas batear en 10 oportunidades. La sabiduría del juego es, de nuevo, un recordatorio para la vida, y un mensaje para aquellos que maximizan sus errores y se desaniman ante los intentos fallidos. Si todos habláramos béisbol, si todos pensáramos béisbol, seguramente seríamos menos rígidos y menos inclementes para con nosotros mismos y con los demás, porque entenderíamos que más importante y realista es mantener un buen promedio, que pretender la ilusión imposible de batear para 1000 puntos, y desmoralizarnos ante la convicción de que no todo lo que deseamos es alcanzable. En el béisbol, como en la vida, sería muy fácil batear si uno supiera qué nos tiene preparado el pitcher, y adivinar con certeza cuál es el lanzamiento que viene. Pero justamente allí está el mérito, y allí el secreto de por qué el béisbol, como la vida, es un juego tan apasionante e impredecible. Porque la idea es pararte allí en el home, y –sin saber qué es lo que viene- hacer lo mejor que seas capaz. Y no vale llorar ni lamentarse porque el lanzamiento no era el que tú esperabas, o porque es muy difícil saber qué es lo que viene. Tu labor es enfrentarte a la incertidumbre –la del béisbol y la de la vida- e intentar batear lo mejor que puedas. Aunque algunos del otro equipo te quieran convencer que no lo hagas, que no vale la pena, lo cierto es que si no lo intentas, —si no le tiras— nunca vendrán las victorias: porque no hay nada más triste que un ponche cantado. Tanto en el béisbol como en la vida •

La ventana cabalística En nueve meses surge una criatura. En nueve entradas se define un juego de béisbol. Se podría aseverar que el béisbol es un eneágono, por ser éste un polígono de nueve lados. Para los hebreos el nueve simboliza o simbolizó la verdad, aunque para los japoneses es una fatalidad, y a los chinos le sienta bien el nueve. Recordemos que para los anglosajones el gato tiene nueve vidas. Y nada es casual; out 27, fin de la jornada; 2 más 7= 9. Nada “nueve” bajo el sol.

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Crítica de la razón fanática Todo parece indicar que el béisbol da para todo, porque este deporte se puede analizar desde una óptica filosófica, religiosa o social y concluir que faul atajado es ao. Y no lo discuta usted. | GARCILASO PUMAR

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ierto es que no hay ejercicio más ridículo que tratar de explicar la sinrazón mediante la razón; y dado que el fanatismo es, primero que todo y antes que nada, un ejercicio irracional, pues el fanático es un individuo sumiso y servil ante los designios de su objeto de deseo; vacuo resulta tratar de explicar esto racionalmente. Sin embargo, la condición más evidente del fanatismo es la negación constante de la irracionalidad envuelta en el hecho mismo de ser fanático, de modo pues que todo fanático recurra necia e insistentemente en racionalizar su fanatismo. El fanático deportivo, tampoco escapa de esto. Excelentes intentos se han hecho en esta dirección, entre estos hay que destacar para ejemplificar, la teoría tribolica de Rodrigo Blanco —con tu permiso Rorro— a través de la cual se explica que en tiempos remotos el hombre poseía tres 30 OLIMPICAS

bolas, evolución mediante, quedó, tal y como lo conocemos hoy día, reducido, en el común de los caso, a solo dos; razón esta que lo hace perderse en la locura ante cualquier cosa que se juegue con pelota. El béisbol, por su parte, está cargado de gestos que parecen reforzar ampliamente la teoría: todo bateador que se respete, al llegar al plato y como ritual de intimidación, se agarra las bolas como diciéndole al pícher “esa que me falta te la voy a sacar del parque”. El pícher, por su parte, antes de cada lanzamiento (momento de mayor tensión en el juego) manosea la pelota una y otra vez como si se tratara de algo que una vez fue suyo (suerte de sucedáneo de aquella tercera bola arrebatada por la arbitraria evolución), si un ataque de maldad y picardía lo invade, en primitivo ritual es capaz hasta de escupirla. Los fanáticos en las gradas, apaciguaran la tensión manoseando, de cuando en cuando, sus testículos


1 para asegurarse de que aún los tienen; aquellos que lo observan por la televisión, máxime si están solos, recurrirá al antiquísimo ritual del rascarse las bolas. Tan extraordinaria teoría, sin embargo, entra en contradicción con un importante requisito positivista en el hecho de no ser universalizable: los fanáticos del deporte no son tantos; además, la teoría parece obviar el hecho de que las mujeres también son fanáticas, y cuando son fanáticas de la pelota, lo son de manera peligrosamente furiosa. Como quien esto escribe, es fanático de la pelota, también me he encontrado con el deseo de sensatizar mi insensata pasión por el béisbol, a despecho claro, de encontrarme con el fracaso que produce el tratar de razonar la sinrazón. Sin embargo, y con la ayuda de otros tantos como yo, he llegado a la conclusión de que el béisbol es la representación más acabada y perfecta de lo que la vida humana es.

No hay tiempo predefinido, hay un recorrido espacio temporal Las cinco entradas completas que ha de durar inicialmente un juego de pelota para tener la condición ontológica de juego legal, nada tiene que ver con un límite temporal, todo lo contrario, es una condición esencial mínima, esto es: un juego de pelota, para ser tal tiene que durar por lo menos cinco actos que deben ser completado por los dos equipos y ser ganado por alguno de los dos. Como si dijéramos, un ser humano, para ser tal, tiene que satisfacer la condición mínima de ser-en-el-mundo una conciencia, del tiempo, calidad o cualidad de este ser-en-el mundo —con la venia de Heidegger y Aristóteles— poco puede decirse hasta que haya terminado. En el transcurrir de un juego de pelota, las OLIMPICAS

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Hay una característica temporal, única del béisbol y de la vida: el ritmo de las emociones. Los momentos más emocionantes se suceden cuando no está sucediendo nada”


crítica de la razón fanática

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Los colectivos humanos —y los clubes de pelota son precisamente colectivos humanos— desarrollan ciertos hábitos que norman su vida según su creencias”


crítica de la razón fanática

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configuraciones y posibilidades son infinitas, es un acontecimiento en pleno desarrollo —como diría Walter (no Benjamin sino Martínez)— que incluso puede llegar a no concretarse. Pero hay una característica temporal, única del béisbol y de la vida: el ritmo de las emociones. Los momentos más emocionantes se suceden cuando no está sucediendo nada. Esto es, justamente, cuando se está en la nada, que, pese de que muchos cerebros chatos que siguen creyendo que la nada nada es, es el limbo en el que habita potencialmente toda posibilidad, o sea, lo inmediatamente previo a que suceda cualquier cosa. Pero cuando las cosas pasan, en el béisbol y en la vida, devienen, con sus singularidades claro está, en tres grandes formas: como sucesos de poca monta o irrelevantes, por ejemplo, un faul ao cerrando el noveno y sin hombres el base, cuando el equipo está perdiendo por más de 6 carreras. Nadie, ni si quiera el propio jugador recordara eso. Los relevantes: un hit abriendo inning o un ponche para sacar el cero con hombre en posición anotadora, sucesos que concursan por una plaza perecedera en nuestra memoria. Y los momentos trascendentes: que son pocos, pero son. Son, aquellos que rompen para siempre el sentido externo del tiempo —Kant dixit— en un antes y después irreversible configurando eso que llamamos historia. Un no hitter, un Grand Slam para dejar en el terreno al equipo contrario o una remontada extraordinaria. A esto hay que añadir, para redondear la idea, que, en el béisbol como en la vida, hay nombres que, fortuita y circunstancialmente, se encuentran vinculados a esas grandes hazañas: los que alcanzan su lugar en la historia; y otros, los 36 OLIMPICAS

héroes, cuyos nombres están reincidentemente vinculados a estas: Babe Ruth, Ted Williams, Roberto Clemente por solo —mezquinamente— nombrar algunos.

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La condición gregaria en perfecta armonía con la condición individual Al igual que la historia de la vida humana, el béisbol es un juego de equipo, pero es, al mismo tiempo, un juego de hazañas y responsabilidades individuales. Por eso no es de extrañar, que en un “juego” aparezcan nociones tan complejas, pero a la vez tan comunes, como las de error, selección, robo, muerte y sacrificio. La historia del béisbol se construye, al igual que la historia humana, en una constante tensión entre el individuo y su colectivo. No por nada, en el béisbol no solo se premia, más allá de los logros que alcance el equipo, el desempeño personal, sino que, además, el tema de los numeritos personales es absolutamente cardinal. Hay que verle la cara a un evento que combine mejor el gregarismo con la virtud individual que aquel toque de Vitico en el noveno… el Vic, vino de la banca -seguramente con un par ya entre pecho y espalda- en un moribundo noveno inning con dos aos y perdiendo cinco a tres, rápidamente lo montaron en dos strikes,


crítica de la razón fanática pero, cuando ya todo el mundo estaba recogiendo para irse, Davalillo, sorprendió a todos con un toque patentado por él: “dragó” la bola –que es como irse con ella– y llegó a salvo a la primera. El resto de la historia es harta conocida: los Dodgers remontaron el juego y terminaron ganando seis a cinco. El equipo entero fue el que ganó, eso es la absoluta verdad. Pero sin la virtud de Vitico para leer, solucionar y reconfigurar un momento, los Philies se hubieran llevado esa serie de campeonato, por allá por 1977.

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Las reglas en el béisbol, como en la vida, se dividen en tres grandes grupos Las escritas, que son, stricto sensu, las que le dan su condición de juego; las del terreno y las no escritas. De las escritas, que son que jode, me limitaré a decir que es condición necesaria de todo juego: un juego, en realidad, es una especie de cálculo que posee unas reglas de entrada, un conjunto de reglas de transformación de esas reglas, que, a su vez, permiten crear nuevas reglas. Para las dudas, cómprese usted cualquier introducción a la lógica matemática y vera que tengo razón. Los seres humanos, desde nuestro software de homo sapiens hemos estado descubriendo y desarrollando (jugando) el cálculo vital

construyendo y reconstruyendo sobre él nuevas reglas que nos van haciendo la vida más fácil. Si bien esas reglas (las escritas) son de carácter universal, las del terreno son, por así decirlo, de carácter particular. Como si dijéramos, si bien es cierto que hay un cálculo vital que rige la existencia del hombre, también es cierto, que los colectivos humanos —y los clubes de pelota son precisamente colectivos humanos— desarrollan ciertos hábitos que norman su vida según su creencias. En dos platos: la vida está condicionada por un aparato biológico que norma su actuar diario y consecuente, también surge entre los hombres que habitan una determinación espacio temporal, un conjunto de normas, acuerdos y creencias que solemos llamar cultura. Las reglas del terreno, se me antojan, muy parecidas a ese imaginario. De las no escritas, hay que escribir corto, porque se me acaba el espacio. Habría que comenzar por decir que todo cuanto hay que saber del béisbol está escrito en un “librito” que nadie jamás ha visto ni leído y jamás existió y nunca existirá. Una especie de biblia de arena -al estilo borgiano- donde se va constantemente almacenando todo el conocimiento del juego. Pobre de aquel, que, durante el juego o en una acalorada discusión, diga o haga algo que contradiga a la imaginaria entidad. Pero, más allá del librito, en el béisbol, como en la vida, existen un conjunto de reglas que conforman eso que llamamos aparato moral. Normas que frente a otros y frente a nosotros mismos –como exigiría Sócrates- rigen nuestros comportamientos. He aquí la razón de la sinrazón, o como llanamente escribiera alguna vez Adorno: por eso nos gusta el béisbol • OLIMPICAS

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LA LECCIÓN DE 38 OLIMPICAS


F. Machado, el famoso jardinero número 9 de la Cervecería Caracas, murió a los 89 añós el pasado 25 de octubre. Fue un fanático consecuente hasta la temporada pasada cuando se le vió en el Estadio Universitario.

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la lección de tirahuequito ¿Conocemos cuál fue el aporte de nuestras glorias deportivas? El lanzador CUBANO Luis Tiant, el periodista Herman “Chiquitín” Ettedgui y el historiador Javier González analizan las causas y consecuencias del desconocimiento de los béisbolistas de antaño | RENÉ RINCÓN | NUEVA YORK

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oche histórica en el gramado del estadio Universitario. En pocas ocasiones o quizá nunca antes, se había logrado reunir a tantas ilustres glorias de nuestro béisbol. Era la noche del 12 de Enero de 1996, cuando la Liga Venezolana celebraba el quincuagésimo aniversario de su fundación y previo a un choque entre Navegantes y Leones, se realizaron los actos festivos en el centro del diamante. En el terreno se confundían en abrazos Jesús Marcano Trillo, David Concepción, Luis Leal, Romero Petit, Benítez Redondo y Urbano Lugo, entre muchísimos otros. Cerca del montículo, me tocó presenciar una experiencia que me ha llevado a reflexionar desde ese entonces. Un caballero de avanzada edad, elegantemente vestido, con saco, corbata y sombrero, se le acercó a Antonio Armas y le dio un afectuoso saludo. Al despedirse, un joven pelotero le preguntó al jonronero quien era ese señor, a lo que Armas le respondió, con tono regañón, “Oye vale pero cómo no vas a saber quién es ‘Tirahuequito’ Machado”. Al fallecer Félix “Tirahuequito” Machado el pasado 25 de octubre, se evidenció 40 OLIMPICAS

una vez más la falta de reconocimiento que se merece un protagonista de altura del deporte venezolano y sobretodo en el béisbol. Estos hechos originan las siguientes interrogantes ¿Por qué no conocemos a nuestras leyendas? ¿A qué se debe que conozcamos a peloteros como Babe Ruth, Mickey Mantle o Joe DiMaggio y tengamos escasa noción de las carreras de Vidal López o Camaleón García? Javier González, historiador del béisbol venezolano, al ser consultado sobre la reacción a la muerte de Machado señaló: “Las –esqueléticas— reseñas publicadas en la prensa nacional sobre el fallecimiento de uno de los jugadores de béisbol más emblemáticos del país en la década de 1940, como lo fue Félix “Tirahuequito” Machado, confirma lo que he venido diciendo en estos últimos diez años; es evidente que nuestra educación, en especial la enseñanza de nuestra Historia, no considera importante a aquellas figuras que no provengan del ámbito político o militar. Lo cual ratifica que hay un total  divorcio entre lo que el pueblo siente suyo y el Estado considera nuestro. Machado fue una figura

muy popular y representativa de la Venezuela de los años cuarenta. ¿Cómo es posible que las nuevas generaciones no tengan conciencia de que cada generación tiene su ídolo y que, por lo tanto, debemos conocer la obra de esas personas? Uno de los aspectos más cuestionables de la educación en Venezuela ha sido, desde hace muchos años, la enseñanza de la Historia, pues ésta está fundamentalmente dirigida a los acontecimientos políticos y militares, en consecuencia, la inmensa mayoría de los venezolanos desconoce la trayectoria de aquellas figuras de corte civil no vinculadas a las áreas antes mencionadas, como los deportistas, por ejemplo, que, de una u otra forma, han contribuido con la elaboración del retablo histórico de la sociedad.” Explicó González Con el fin de informarnos sobre la falta de conocimiento sobre nuestros héroes deportivos, Herman “Chiquitín” Ettedgui, quien ejerce el periodismo desde 1936 y quien fue el primer Presidente del Círculo de Periodistas Deportivos de Venezuela, nos relató la siguiente anécdota: “Durante una elección para el Salón de la Fama del Deporte Venezolano deci-


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la lección de tirahuequito dimos ofrecerle la oportunidad a jóvenes periodistas para que formaran parte del proceso de selección. En aquella reunión, uno de los muchachos preguntó ¿Quién es Balbino Inojosa? Y Abelardo Raidi le contestó “Un jugador de béisbol”. Minutos más tarde al repartirse las planillas de votación, el joven sorprendido debido a que a él no le entregaron su tarjetón, preguntó: ¿Y por qué a mi no me dieron mi planilla para votar? y Abelardo le respondió “Aquel que no conozca quién es Balbino Inojosa no tiene derecho para elegir miembros al Salón de la Fama” El historiador González en relación al poco espacio dedicado por la prensa nacional a la muerte de “Tirahuequito” opinó: “En descargo de los periodistas responsables de esas reseñas, también debemos decir que es prácticamente imposible en nuestro país obtener información de figuras como Machado por no existir bibliografía al respecto, consecuencia inequívoca de la carencia de una visión holística de la Historia. Hay dos sugerencias claves; una a corto plazo, y otra a largo plazo. En la primera estaría el desarrollo inmediato, por parte de entes públicos y privados, de una colección bibliográfica contentiva de la vida de nuestros más destacados deportistas en los últimos 90 años (partiendo de la del torero Eleazar Sananes “Rubito”, 42 OLIMPICAS

quien fue el primer gran héroe sin charretera que tuvimos los venezolanos). Paralelamente a esa colección impresa, se debería poner tanto en TV como en radio una serie de micros consagrados a resaltar hechos y hazañas en la historia deportiva del país, mezclando lo individual (la vida de Vidal López, por ejemplo) con lo colectivo (el triunfo de nuestra selección en Serie Mundial de Béisbol Amateur, celebrada en La Habana, en 1941). Creo que ha llegado el momento de trabajar en la realización de una Gran Enciclopedia del Deporte en Venezuela, que contenga biografías y temas”, apuntó el historiador. El periodista deportivo que ejerce sus funciones en las salas de redacción de nuestro país jamás ha contado con publicaciones que registren los hechos históricos del deporte nacional, por lo tanto se le dificulta conocer y a la vez enaltecer las hazañas del pasado. La falta de documentación es enorme y prueba de ello, se evidencia en el libro “50 Años del Deporte en Venezuela” publicado por el Círculo de Periodistas Deportivos en 1993. Se trata de una cronología de los hechos más relevantes del deporte nacional. El texto es una respuesta a la escasa información disponible en las redacciones deportivas de los medios. El periodista Eleazar Díaz Rangel escribe en el prólogo del libro:

“Los periodistas están obligados a apoyarse en sus archivos personales, según la o las especialidades con las cuales trabajan ordinariamente. Sin embargo, a juzgar por lo que uno lee, escucha y ve en prensa, radio y TV, entre nosotros no parece un hábito generalizado. Muchos periodistas parecieran trabajar con datos al día, aunque es evidente que otros lo hacen apoyados en sus archivos. Si esta falta de hábito debe atribuirse a la formación autodidacta, también las escuelas de comunicación social, donde se han formado las nuevas promociones de periodistas, tienen un alto grado de responsabilidad. El CPD ha querido contribuir a llenar ese vacío con esa cronología del deporte venezolano. Ahora las secciones o espacios podrán documentarse mejor, fundamentar informaciones o mostrar antecedentes que permitan explicar mejor lo que sucede hoy”. “Es imposible pensar que las autoridades gubernamentales de Venezuela tengan conciencia de la trascendencia social e histórica de aquellas figuras que han enaltecido el orgullo patrio en un determinado momento”. La afirmación realizada por Javier González evidencia fallas graves. El Gobierno y sus dirigentes suelen acordarse de nuestros héroes deportivos en actos populistas como la tradicional Misa del Deporte, que se celebra anualmente en la iglesia La


Divina Pastora o en Inauguraciones de competencias deportivas para fotografiarse junto a ellos, mientras estas glorias enfrentan adversidades como la extrema pobreza o el alcoholismo. Ante el desconocimiento de sus hazañas, la falta de memoria o el trato indigno de los funcionarios de gobierno, es el propio deportista quien lanza un grito de auxilio. Al consultar a una leyenda del béisbol como el cubano Luis Tiant, quien a sus 68 años de edad se mantiene con opción de entrar al Salón de la Fama de Cooperstown, notamos que el jugador profundiza aún más sobre este asunto al denunciar que existen peloteros que ni siquiera reciben una pensión por sus años de servicios y por consecuencia viven ahora como mendigos. “Mantengo comunicación con dirigentes de la Asociación de Peloteros para crear un fondo de protección a los béisbolistas retirados. Cuando uno se pone viejo, nadie se ocupa de uno. Es una falta de respeto el estado de abandono que atraviesan los peloteros en nuestros países”. Tiant, estrella de Grandes Ligas y de la pelota venezolana, ha advertido en innumerables ocasiones que en caso de ser seleccionado para llegar a Cooperstown, que por favor lo hagan mientras esté vivo, ya que considera indigno rendir homenajes o reconocer trayectorias a las personas una vez que han fallecido •

El ejemplo de Ray Un joven latino, oriundo del Bronx, ha convertido su experiencia personal en un medio de comunicación que les ofrece a los niños la oportunidad de conocer la historia de las leyendas del béisbol. Ray Negrón fue sorprendido por George Steinbrenner, el propietario de los Yankees, dañando una de las paredes del Yankee Stadium. El dueño del equipo en vez de castigarlo le ofreció la oportunidad de ser bat boy del club. Allí nació una carrera en el mundo del béisbol que lo ha llevado a ocupar un cargo ejecutivo con los Yankees. Negrón es el autor de tres libros, uno de ellos bestseller de la lista del New York Times. Sus libros son historias para niños que relatan la vida de figuras como Lou Gehrig, Babe Ruth o Jackie Robinson, lo cual sin duda es un aporte único para conocer sus trayectorias. Es el tipo de gesto que con gusto debe imitarse en nuestro país. OLIMPICAS

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Información de los equipos, blogs, sitios para comentarios y venta de artículos en línea son algunas de las posibilidades que ofrece Internet para cautivar a los fanáticos de la pelota criolla | Luis Ernesto Blanco

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“si se hiciera un partido para invitar a los fanáticos de los leones del caracas y del navegantes del magallanes que han ratificado su condición a través del facebook, no cabrían en el universitarIO”

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esde la masificación de Internet, el béisbol venezolano se vive diferente. No es que la emoción de estar en el estadio en un partido de su equipo favorito haya sido reemplazada por el ingreso a un portal. Tampoco es que la audiencia televisiva haya mermado. Lo que ocurre es que con la llegada de la web a nuestra cotidianidad, la militancia por la divisa se ejerce las 24 horas al día porque el parque de pelota se instaló en los hogares del fanático. Como buen estadio de béisbol, la pasión no es ajena y todas las instancias del juego –de hecho, de todos los juegos- están al alcance de la mano y la más rebuscada estadística puede ser usada para justificar una postura en una acalorada discusión, las cuales quedan registradas en los “blogs” de los especialistas y las participaciones de los lectores. La presencia en Internet del béisbol venezolano se aproxima a una década. Es mucho lo que se ha avanzado tanto en diseño, contenido y facilidades para el usuario, y aunque los sitios oficiales todavía están lejos de mostrar todas las prestaciones de las páginas de equipos de grandes ligas, logran mantener el interés de sus fanáticos. De nada sirven todas las mejoras gráficas y de otras


batazos de banda ancha prestaciones si el contenido de la página no es bueno. La información de un sitio web debe ser actualizada permanentemente, y si de béisbol se trata, con mucha más razón porque los seguidores solo tienen 24 horas para disfrutar una victoria o justificar una derrota, antes de que el próximo juego deje en el pasado la información de ayer. Todos los equipos mantienen disciplina a la hora de la actualización, sin embargo el tema de la respuesta al usuario que escribe a los contactos sigue siendo una debilidad generalizada debido en parte a la falta de personal. “Nosotros procuramos hacer las actualizaciones prácticamente en tiempo real. Una vez que termine el juego, ya tenemos la crónica del partido”, dice José Daza, coordinador de la página web de los Tigres de Aragua, www.tigresdearagua. net, quien se esmera en mantener información actualizada para los ocho mil visitantes que en promedio reciben a diario. Para Antonio Calderón, jefe de prensa de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional, cuyya web es www.lvbp.com la situación es similar. Los casi 6 mil visitantes que entran a portal oficial de la liga de béisbol encuentran actualizaciones todos los días. Además de la pizarra con el avance de los juegos (que también mantienen todos los equipos) y las estadísticas actualizadas de todos los conjuntos, se pueden ver entrevistas y notas de interés para el visitante. “El fanático quiere ver información, de su equipo, de los jugadores que están encendidos, del campeonato en general, y nosotros tratamos de dárselas. Incorporamos otras novedades como el reportaje especial, donde entrevistamos a esas personalidades de los equipos que están más allá del diamante.” Pero no solamente son las páginas oficiales de los equipos o la de la liga, la información del béisbol en Internet está en todas partes. Sitios como www.el-nacional.com y www.eluniversal. com dedican desde hace años secciones especiales para el seguimiento de la temporada. Apalancados en el tráfico de sus portales matrices, cuentan con OLIMPICAS

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“Una búsqueda en Google con la expresión “leones del caracas” + blog, recuperará más de 22 mil páginas distintas. La mayoría de ellas son de fanáticos y algunas de periodistas que recurren a los blogs para contar lo que no cabe en el espacio de su medio impreso”

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una mejor cobertura, ya que se apoyan en el personal que labora para el medio impreso y no tienen la limitación de uno o dos periodistas para cubrir los cuatro partidos y el resto de las noticias que se dan a diario. Si se hiciera un partido para invitar a los fanáticos de los Leones del Caracas y del Navegantes del Magallanes que han ratificado su condición a través del facebook, no cabrían en el Universitario. Con más de 30 mil fanáticos registrados cada uno en sus grupos más numerosos, estas novenas lideran –como era de esperarse- la presencia del béisbol criollo en lo que a redes sociales se refiere. Además del intercambio de fotos y videos, todo fanático tiene algo que decir ante la decisión del manager de sacar o dejar un lanzador; de ordenar o no un toque de pelota. Y en Internet, todos lo dicen. Ya sea que es un eslabón más de la larga cadena de participaciones en foros abiertos como el de las redes sociales, o creando y promocionando un blog como los que abundan en la red, la web es el sitio perfecto para que un fanático se exprese. Una búsqueda en Google con la expresión “leones del caracas” + blog, recuperará más de 22 mil páginas distintas. La mayoría de ellas son de fanáticos y algunas de periodistas que recurren a los blogs para contar lo que no cabe en el espacio de su medio impreso. Desde análisis muy bien justificados hasta insultos viscerales se encuentran en los blogs y foros que tratan el tema de la pelota criolla. Esa posibilidad de participación también la ofrecen las páginas oficiales de los equipos, como un valor agregado para sus usuarios registrados. La otra forma que tienen los dirigentes de grada de saciar su deseo de controlar el juego es a través de los juegos inspirados en las ligas de fantasía que comenzaron en Estados Unidos. Desde la temporada pasada en el portal www.eljonronero.com se ofrecen varias modalidades de participar y probar los conocimientos y la suerte. El juego consiste en armar los roster con peloteros de la liga y sumar puntos dependiendo de su actuación en los juegos reales. Más de 30 mil fanáticos ya están jugando en este sitio que tiene como modelo de negocio la publicidad “y en corto plazo esperamos obtener ingresos de los consumidores directamente”, señala Oswaldo Lafee, gerente general de eljonronero.com. Más allá de la web, la plataforma es usada por grupos de amigos y ambientes de trabajo a fin de


batazos de banda ancha competir por un premio para el que obtenga los mejores resultados al final de la temporada. Si bien el negocio que genera el béisbol venezolano a través de Internet es bajísimo, es algo que paulatinamente ha mejorado. Con respecto a la publicidad en los sitios, páginas como la de los Navegantes del Magallanes comercializan un banner por 8 mil bolívares durante un año completo. Además, equipos como los Tigres de Aragua han mantenido la confianza en su boutique en línea, la cual existe desde hace cuatro temporadas. Aunque son parcos a la hora de dar cifras, están muy satisfechos por el rendimiento que ha tenido la tienda. “El crecimiento supera 100 por ciento en estas cuatro temporadas y se ha registrado compras en todas partes del mundo”, afirma José Daza. Mientras tanto, en el mundo del béisbol de grandes ligas el volumen de negocio que significa Internet representa buena parte del negocio. Según cifras del portal www.internetretailer. com, durante la temporada de 2008, más de 24 millones de entradas se vendieron a través del portal de Major League Baseball, www.mlb.com. Por otra parte, la venta de mercancía es un negocio que supera los 3 mil millones de dólares y ha mantenido una rata de crecimiento interanual de 7 por ciento desde 2005. El negocio incluye fundamentalmente la venta de uniformes, gorras y otros souvenirs del equipo como muñecos, barajitas y objetos de colección. Todo eso sin contar la venta de publicidad en línea, así como lo referente a las transmisiones del juego en vivo a través de Internet. Las perspectivas son de crecimiento sostenido. Las cifras de mlb.com así lo confirman: más de 70 por ciento de sus registrados tienen entre 19 y 45 años; más de 91 por ciento son graduados de bachillerato y casi 80 por ciento tienen un ingreso superior a los 40 mil dólares al año. En Venezuela, según datos de www. tendenciasdigitales.com existen más de 5 millones de usuarios, de los cuales 62% tiene menos de 24 años y alrededor de 30 por ciento se considera usuario avanzado. Unos numeritos nada despreciables para apostar al éxito futuro del negocio online • OLIMPICAS

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El embrujo del poder criollo Históricamente, el béisbol venezolano es famoso por su cosecha de campocortos. No obstante, los jonroneros locales también han suscitado idolatrías de similar calibre | GONZALO JIMÉNEZ

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a culpa quizás sea de los griegos, pues ¿quién recuerda el nombre de todos los tripulantes del Argos? Suele evocarse a dos, Jasón y Heracles. El resto es olvido. De Jasón se retiene la astucia y la perseverancia. Pero de Heracles todo es memorable. Entre los muchos héroes que la mitología griega legó a Occidente, quizás Heracles (también conocido como Hércules) sea quien mejor personificó el ideal de la fuerza y el poder muscular. De los mitos helénicos viene la fascinación que despierta el individuo que supera obstáculos sobrehumanos y, apoyado en su fuerza y poder, es capaz de destacarse del colectivo. Muchas disciplinas olímpicas son réplicas de esa aspiración griega de honrar al individuo con virtudes hercúleas. Pero en otras culturas este anhelo está presente. Por ejemplo, allí está en el País Vasco el deporte rural llamado Harri Jakoseta, que consiste en el levantamiento de piedras extraídas de las canteras. Sólo así puede entenderse que en un país como Venezuela, en el

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que el béisbol es el deporte rey, el campocorto es la posición que ha brindado más leyendas en el campo de juego y en el que la astucia caribe viene implantada casi como un chip subcutáneo en casi todos los peloteros, sea el jonronero criollo quien ejerce un embrujo colectivo en el corazón del fanático. Los sluggers del béisbol venezolano son una raza aparte, pues simbolizan la fuerza y el poder individual. Son el hombre que, él solo, puede cambiar el destino de un juego con un batazo de cuatro esquinas. Hay ciertas cualidades prometéicas en el jonronero, a quien se le disculpa que se ponche mucho o que no firme autógrafos con tal de que mande la esférica a los bleachers o la bote del estadio. La emoción de un jonrón es de las más genuinas que hay en un campo de juego y el slugger es el tótem que preside esa emoción. Miles de venezolanos se han rendido, cautivados, ante este rito. La siguiente enumeración no pretende ser totalizadora sino sólo busca pasar revista a aquellos nombres esenciales para ensamblar el arquetipo del slugger criollo.


Dalmiro Finol

Para ser leyenda le bastaba haber sido titular del infield del equipo venezolano en la serie mundial de béisbol de 1941. Pero este segunda base zuliano entró en los anales cuando conquistó el liderato de jonrones en la primera temporada de béisbol profesional venezolano, en 1946. Logró siete batazos de cuatro esquinas, en una campaña memorable por la presencia de peloteros de poder como Vidal López, Roy Campanella, Marvin Williams, Parnell Woods y Guillermo Vento. El siete parecía ser el número de suerte de Finol, pues en tres campañas diferentes llegó a conectar esa cifra. “Entonces los jonrones no eran tan largos como ahora y el mayor número de turnos que (Finol) tuvo en una temporada fue de 171”, señala la revista Nuestro Béisbol. En la década de los años 40, Finol fue el hombre de poder por excelencia, que todavía “halaba” la bola hacia su banda cuando jugaba partidas ya retirado y le picheaban bajito y pegado a las rodillas, que era el lanzamiento favorito del zuliano para mandarla a las gradas.

Vidal López

El último lanzador y cuarto bate. Un pelotero con madera de grandes ligas que no llegó a la Gran Carpa porque el béisbol profesional estadounidense todavía estaba segregado. Las leyendas se agolpan sobre el “muchachote de Barlovento” (Río Chico, 1918), quien generalmente ocupó el cuarto turno en los equipos en los que militó en Venezuela, México, Cuba, República Dominicana y Puerto Rico. Vidal López, poco conoci-

do por las nuevas generaciones de aficionados al béisbol, pero cuya vida está hecha de material para llenar varios documentales. Fue uno de los primeros ídolos populares que tuvo la pelota criolla, fama apuntalada, en parte, en su poderío con el madero. En 1947 fue campeón jonronero con seis vuelacercas, título que repitió –compartido con Howard Easterlin– en la campaña 194950. Los nueve jonrones de aquella justa fue el mayor número que logró un venezolano en el estadio Cerveza Caracas, ubicado en San Agustín.

Vidal López junto a Lázaro Salazar

Luis “Camaleón” García

Hubo una época en la que Luis “Camaleón” García era sinónimo de poder y era el terror de los lanzadores. Las estadísticas son contundentes, mucho más pues fueron acumuladas en dos eras: OLIMPICAS

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Baudilio Díaz

Luis “Camaleón” García cuando jugaba con los Petroleros de Poza Rica

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la del estadio Cerveza Caracas y luego cuando la pelota se trasladó al Universitario. García despachó ocho jonrones en tres campañas en el antiguo stadium y en el nuevo también conectó ocho vuelacercas; de hecho, los 11 bambinazos que obtuvo en el campeonato rotatorio fueron durante mucho tiempo una marca récord para los venezolanos. Nacido en Carúpano en 1929, García fue uno de los mejores segunda base que ha tenido el Magallanes y se le recuerda por ser el primer venezolano en batear más de 10 jonrones en una temporada. Al igual que Vidal López, “Camaleón” tampoco jugó en Grandes Ligas, pese a que recibió una bonificación de 10.000 dólares para desplazarse a Estados Unidos. Dicen que no se adaptó, aunque “Camaleón” jugó 12 temporadas en México y en nueve de ellas bateó 300, lo que habla de la madera de slugger de la que estaba hecho como pelotero activo.

De Baudilio Díaz se recuerda el mostacho, la peculiar interpretación que las Grandes Ligas hicieron de su nombre (Bo) y la insólitamente trágica manera en que falleció. Fue quizás uno de los peloteros más queridos por la fanaticada de los Leones del Caracas, equipo con el que pasó a la historia al conectar 20 jonrones en la justa 1979-80. Los 20 vuelacercas de Baudilio –basta su nombre de pila para que se sepa de quién se está hablando– son el equivalente criollo de los 61 jonrones de Roger Maris con los Yankees de Nueva York en 1961: una cifra que permanece en el tiempo, inalterable, sobre la que pareciera que no hay manera de superarse. Este receptor mirandino borró de los récords al magallanero Bob Darwin (19 jonrones en 1972-73) cuando bateó tremendo estacazo contra Aurelio Monteagudo para alcanzar el número 20. Bastó esta temporada para que Baudilio Díaz alcanzase la inmortalidad.

Antonio Armas

Rubén Blades lo mencionó en la canción “Decisiones”, del disco Buscando América. Todavía hay gente a la que se le cae la cédula evocando su dicción en la cuña del Banco de los Trabajadores de Venezuela. En fin, Antonio Armas (Puerto Píritu, 1953) –Tony para la Major League Baseball– es el slugger venezolano por excelencia, la baza contra la que han de medirse todos los jonroneros por venir. Al igual que Mickey Mantle, las lesiones lo afectaron en toda su carrera (llegó a perder 302 juegos por esta razón a lo largo de 14 temporadas en Grandes Ligas) pero esto no fue obstáculo


el embrujo del poder criollo

para ser líder en el campeonato de jonrones en 1981 (con los Atléticos de Oakland) y para repetir este logro en 1984 (ahora con los Medias Rojas de Boston) cuando también comandó los departamentos de impulsadas y hits de extrabases. Este poder en EE UU no fue más que una extensión de su desempeño en Venezuela: es el segundo mayor jonronero del

béisbol local (con 97 estacazos) y ocupa el segundo puesto del mismo rubro en la Serie del Caribe, con 11 jonrones.

Baudilio Díaz, David Concepción y Andrés Galarraga

Andrés Galarraga

Lo que fue Antonio Armas en los años 80 es lo que fue Andrés Galarraga en la década siguiente; aunque quizás sea “Camaleón” García el pelotero al que más se le parece: ágil fildeando, bateador por igual de hits y de jonrones. El Big Cat quedó campeón jonronero de la Liga Nacional en 1996, con 47 batazos de cuatro esquinas. Y en los dos años siguientes despachó 41 y 44 bambinazos, respectivamente. De hecho, ocupa el puesto 44 en la clasificación de jonrones en Grandes Ligas (con 399 bambinazos). Su lucha con el cáncer conmovió a todos los venezolanos y confirmó un hecho: Galarraga suscita idolatrías no sólo por su poder el madero sino por su conducta ejemplar fuera del estadio • OLIMPICAS

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Los editores de OLIMPICAS, movidos por la necesidad editorial de rescatar dos invalorables textos del desparecido intelectual venezolano, -dirigidas a otro desaparecido- hacemos público estas dos cartas que en su momento, temporada 94-95, radiografiaron la auténtica agonística del fanático y el equipo. Y aunque Tiburones de la Guaira pelea ferozmente posiciones cimeras en la tabla de clasificación en la presente campaña, el gesto de José Ignacio Cabrujas por expresar un sentimiento, su brillante disertación como fanático herido, sigue siendo una de las piezas más valiosas de todo cuando se ha reflexionado sobre el béisbol venezolano.

CARTA A PADRON PANZA JOSÉ IGNACIO CABRUJAS Estimado señor Pedro Padrón Panza: Como no tengo el gusto, si es que así pudiera llamarse, de conocerlo personalmente, me veo en la obligación de dirigirle esta carta donde le informo sin otros particulares de mi drástica desafiliación afectiva en lo tocante al club Tiburones de La Guaira, del cual es usted propietario o al menos accionista principal si debo creer en las páginas deportivas de éste y otros diarios. Expresarle semejante desamor, señor PPP, me llena de amarga tristeza porque durante muchos años he sido tiburonero raigal, es decir, miembro altivo y alguna vez orgulloso de ese exclusivísimo grupo 54 OLIMPICAS


• epistolario

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de personas que sintieron como propia la divisa de La Guaira en el Campeonato de Béisbol Profesional a lo largo de muchísimas temporadas, con el tiempo, cada vez más frustrantes, exiguas e incluso ridículas. Tan legítimo resulto en la mencionada pasión deportiva, distinguido ciudadano, que nunca me importó pertenecer a esa minoría más o menos nostálgica ni saberme miembro de una divisa con moderada incidencia en la vida social venezolana. He sido hasta hoy guairista de cepa y si dejo de serlo después de dolorosísimas reflexiones es por culpa suya y de nadie más: por su absurda manera de conducir este equipo y por su risueña vocación de perdedor, que para decirlo de manera franca, me tiene ya hasta el cogote.      Verá usted, señor Padrón Panza, y de paso el lector que se detenga en esta carta: desde mi adolescencia durante el ya aúreo gobierno del dictador Pérez Jiménez hasta el sol de este día, he rechazado con verdadero denuedo todo lo que ha sido mayoría o causa popular en la reciente historia de Venezuela. Jamás cruzó por mi cabeza, la idea de pertenecer al partido Acción Democrática que es como pertenecer al Caracas o al partido socialcristiano Copei que es como pertenecer al Magallanes, prefiriendo por el contrario mi inscripción y el agobio consecuente en el casi extinto Partido Comunista de Venezuela, que era como pertenecer al Deportivo Vargas. Simpaticé con el MIR. Fui a la cárcel por culpa de Pedro Duno. Elegí como profesión el teatro, pudiendo haber sido un próspero o al menos confortable abogado del bufete Mendoza, Parra y Asociados de donde me expulsaron por extremista conceptual. Descarté de mi vida a Celia Cruz y a la Sonora Matancera aún a riesgo de que se pusiera en duda mi virilidad cuando escuchaba a todo volumen la Sonata Primavera de Beethoven. Soporté y aún soporto el desprecio intelectual de José Balza por haber escrito unas cuantas telenovelas desafiliadas de un verdadero destino intelectual. Detesté el pisillo de chivo y la abominable manera de preparar el arroz en Ciudad Bolívar. Jugué fútbol. Actué en innumerables dramas, con apenas seis personas en la sala. Voté de manera quinquenal por Wolfgang Larrazábal, Jóvito Villalba, Luis Beltrán Prieto, José Vicente Rangel I, José Vicente Rangel II, Teodoro Petkoff I y Teodoro Petkoff II y si bien en las últimas elecciones consigné mi papeleta por el doctor Caldera, ello debe interpretarse como un azar de vida referido a la proverbial honestidad de este ciudadano y nunca como la convicción de que con este gobierno lograremos salir adelante. ¿Qué otra cosa podía ser quien tanto ha errado, tanta traición ha cometido y tanto tumbo ha dado señor Padrón Panza, sino fanático de Los Tiburones de la Guaira?      Así, temporada tras temporada “hinché” por el equipo para decirlo de manera argentina, hasta este último ciclo donde ya no es posible continuar engañándonos ni hinchar ni desinflamar. Tengo la impresión, señor Padrón Panza, de que se conforma usted con la negligente idea de participar con los suyos en un campeonato de béisbol, a fin de hacer bulto y justificar el calendario. Casi podría jurar que en la pared de su escritorio debe reposar, a manera de cartelillo, ese patético lugar común olímpico según el cual “lo importante no es ganar, sino competir”. Ello puede ser cierto, aunque desabrido, en el caso de la garrocha o en los trescientos metros estilo 56 OLIMPICAS


• epistolario mariposa, pero nunca en el béisbol, entre otras razones porque el béisbol no es olímpico ni elegíaco, sino el producto de una apasionada relación cervecera que comienza en el campo y termina en la tribuna. Nadie, al menos nadie digno, siempre y cuando no se trate de un pesimista esencial, acude al Parque Universitario con la intención de ver a su equipo cometer chambonadas seriales y fuerza es reconocer, señor Padrón Panza, que la conducta de Los Tiburones a lo largo de la estación 94-95 ha sido un verdadero bochorno, un out por regla perpetuo, ya no deportivo, sino incluso ético. Usted ha convertido a los herederos de lo que fue mi divisa primigenia, esto es, el glorioso Deportivo Vargas, en un equipejo resignado que sale al campo con la derrota en la frente y el caos en su destino. Llamar a estos borregos, Tiburones, no sólo es una grave ofensa zoológica, si se toma en cuenta la ferocidad y destreza de tales peces, sino una innecesaria injuria al portentoso escualo, orgullo de la fauna marina. Ni a boquerones llegan, los pobrecillos, a la hora de un rolling o de un simple tiro a primera cuando batea un gordo. ¿Cómo puede La Guaira, una ciudad de conflictos, cuna de la insurrección de Gual y España, aceptar resignada que su linaje histórico sea representado en términos de béisbol por semejantes aguafiestas?      Años atrás, señor Padrón Panza, leí unas declaraciones suyas que en el momento me parecieron afortunadas y hasta encomiables. Planteaba usted allí la necesidad de convertir a Los Tiburones de La Guaira en un equipo futurista, ajeno a la comodidad del status e integrado por jóvenes prospectos locales sedientos de gloria y con ganas de comerse el mundo. Era, no sólo una manera de reducir la importación de gringos de medio pelo a 170 bolívares por dólar, sino el orgulloso entrenamiento práctico de quienes, al menos a mediano plazo, podían convertirse en verdaderas estrellas del béisbol profesional. Más que un acto de patriotismo, palabra que detesto como pocas, me pareció una decisión luminosa, de moderado nacionalismo y hasta raigal. Pero los años pasan severos, señor Panza, y el resultado es miserable, con la posible excepción de Café Martínez, un jugador de relativo genio, aunque inclinado a la pose y a la barahúnda tormentosa.      El equipo, señor Padrón Panza, si cabe esta palabra, sale a perder como el partido URD y como todo lo que resulta barato, desechable y aprovechado desde el punto de vista económico. No habiendo en Venezuela el exilio de la Segunda División, que debería ser el purgatorio de quienes así se desempeñan poniendo cara de risueños, el asunto está mandado a hacer, esto es, invertimos poco, reducimos los costos al mínimo funcional, bajamos hasta la calidad de los uniformes, contratamos a unos espontáneos que de otra manera estarían jugando en el equipo del Guaicaipuro de Oro, y participamos de la rentabilidad del campeonato tan sólo porque un documento nos hace dueño de la divisa y sus símbolos. Sin ánimo de ofenderlo, señor Padrón Panza, a mí, eso me parece cicatería y no gerencia.      Años atrás, algunos amigos con los que comparto la afición al béisbol, se burlaban de mí al saberme tiburonista. Hoy en día, ni eso. Hoy en día eluden el tema, tosen y me hablan de basket-ball, aunque noto que de

José Ignacio Cabrujas

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cuando en cuando, se dan codazos e intercambian guiños maliciosos. He terminado por convertirme en un damnificado deportivo que ni siquiera puede reconocer con el dolor del caso, que su equipo perdió tal o cual juego, tal o cual campeonato. Mentira. Los Tiburones ya no pierden juegos. Pierden ciclos. Pierden meses. Pierden etapas y hasta eras. Los Tiburones de hoy y de ayer y de antier, existen en el campo sólo por una condición reglamentaria, esto es que un partido de béisbol sólo puede jugarse si hay dieciocho personas a razón de nueve por equipo, sin incluir al manager que en el caso de La Guaira es apenas una abstracción carente de contenido y hasta de existencia. Así, Los Tiburones, conciben el Campeonato de Béisbol Profesional, como una rutina de calendario mediante la cual deben presentarse aquí y allá con la intención de que Magallanes, Zulia, Caracas o Aragua, consigan su clasificación. No estamos en presencia de un equipo sino de lo que en términos de póker se denomina un “comodín”. Los Tiburones de La Guaira son en la actualidad el “joker” de la temporada, la divisa que le permite a un manager como Pompeyo Davalillo planificar la temporada del Caracas, diciendo: —Muchachos, tenemos dieciocho juegos contra La Guaira, es decir, tenemos ya dieciocho puntos conseguidos y en el más pesimista de los cálculos, diecisiete. Se me ha ido en esta carta, señor Padrón, lo que es la vida, una última militancia. Ya no soy nada y eso hace de mí un hombre libre. Pero irremediablemente solitario. Porque del Magallanes, nunca. Y del Caracas, menos. Del Cabimas, ¿tal vez?

ESTIMADO PADRÓN PANZA JOSÉ IGNACIO CABRUJAS

Comenzó el nuevo campeonato de béisbol profesional, señor Padrón Panza, y como yo renuncié en carta pública a la simpatía de su equipo, Los Tiburones de la Guaira, me di desde agosto a la vana tarea de sentir afecto por otro conjunto tal como suele sucederle a los separados matrimoniales tras un par de semanas de reacomodo y reencendido vital. Amar es una tarea ansiosa, agobiante. Amar es un estrés: esto lo dice el popularísimo Erich Frohm y lo refrenda mi desdichada vida. No sé si a usted le ha pasado, si forma parte de su experiencia vital, pero querer a alguien, simpatizar, animar el sentimiento, resulta sobre todo una fatiga. Se abandona la gente entre sí y al cabo de algunas semanas, dos a lo sumo, cuando la soledad muerde, hay agobio y necesidad de emprender vida de otra manera, 58 OLIMPICAS


• epistolario

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Pedro Padrón Panza

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tal como acaba de sucederme y le venía diciendo con el novedoso Pastora, la franquicia ideal, casi perfecta, para olvidar a los maltratados Tiburones e iniciar una existencia más dichosa o cuando menos esperanzada. Pero El Pastora, ­ay de mí!, es un anticlima, querido Padrón Panza. El Pastora no es del todo. El Pastora carece de legitimidad. Salen al campo y miran estupefactos las luces, como si las luces constituyeran una novedad en sus vidas; suena el himno y no saben qué hacer con las gorras; los pitchers patean demasiado la lomita, a la manera de quien se pregunta, ¿esto es una lomita?; se comportan como yuppies ilusos carentes de pasado, y utilizan un nombre de tradición deportiva aunque fracasada a la manera de la legendaria Green Sport carbonatada. Pastora, en la Venezuela de hoy, es como llamarse Habana en Miami. Si, pero no. Comprendemos, pero no sentimos.      Los vi salir al campo Padrón y me sentí ruborizado porque en mi caso, apostarle a El Pastora es como entregarle el futuro amatorio a una doncella: algo que un hombre de cincuenta y ocho años no debe permitirse, meramente por sentido del ridículo. Me vi a mí mismo en la tribuna detrás de la línea de primera, que es donde me gusta sentarme, celebrando un batazo del abridor de Pastora o una sucesión de strikes a cargo del lanzador, y llegué a sentirme obsceno como un fauno haragán en cualquier aprés-midi de julio. Hace unos meses, Padrón, descubrí a una libretista de TV que, de gustarle el béisbol, sería la perfecta postulante del novedoso equipo pastoreño. Alguien que cree en el futuro individual. Alguien que en lugar de llamar ricos a los ricos y pobres a los pobres, los denomina “targets”. Alguien que se quiere marchar a Canadá, y en el ínterin le falta el respeto al doctor Caldera como si faltarle el respeto al doctor Caldera fuese una rutina de amanecer virado. Demasiado medio ambiente para un escéptico funcional que es lo que soy yo en mis fondos. Demasiada confianza en el porvenir. Demasiado comienzo. Como Capy Donzella, que no tuvo jamás la oportunidad de olvidarse de sí mismo, ¿me explico? Como Trino Mora. Demasiado empezar.      Era, pues, un vacío, querido Padrón Panza, y días después, presenciando en televisión un juego Caracas-Magallanes, por cierto animadísimo, sentí en mi interior la posibilidad de adherir mis sentimientos al primero de esos equipos. Después de todo, nací en esta ciudad engorrosa. Después de todo, el más elevado de mis ídolos deportivos, la gloria de mi adolescencia, fue, es y seguirá siendo el excelso, el histórico —como dicen los fanáticos de la ópera— Chico Carrasquel. Pero en mi caso, hombre de los cincuenta, aporreado en los sesenta y echado a perder en los setenta, amigo Padrón Panza, Chico fue un héroe radiofónico antes que un atleta real o mensurable en el caso de que a los jugadores de béisbol se les pueda llamar atletas. Ciertamente lo vi jugar una docena de veces en el estadio de la Cervecería Caracas, y aprecié el dechado de sus lances, pero ninguno de ellos, ninguna realidad de guante específico y disparo a home, tuvo la impronta, el delirio estremecido que Buck Cannel construyó vocalmente en torno al portento de Sarría. ¿Qué le voy a hacer, Padrón? A mí, este país me lo enseñaron por radio. Chico fue en el estadio de los


• epistolario White Sox, como la muerte del General Gómez, como el 18 de octubre del General Medina, como la caída de Rómulo Gallegos, como el asesinato de Delgado Chalbaud, como el golpe cívico-militar que derribó a Pérez Jiménez: cosas que se sintonizaron y nunca se vieron. Chico, desde luego, vestía la camiseta local, aquella que lo enredaba a sus orígenes en el equipo caraquista. Pero Chico nunca fue el Caracas. No faltaba más.      Tampoco me seduce el Caracas, estimado Padrón Panza. ¿Cómo decirle? Es un equipo obvio. Es como reconocer que el caudillo Alfaro es mejor político que Alvarez Paz, o que la política económica de Miguel Rodríguez era superior a la de Matos Azócar: una injusticia razonable, pero al fin y al cabo, una injusticia. Usted, no, Padrón Panza. Usted era lo adecuado, la medida tenaz de un perdedor metódico, como suelo definirme en la vida, la sistemática socarronería del inolvidable Musiú La Cavalerie.      No voy a cometer, señor Padrón, la necia jactancia de sugerir que mi carta anterior, publicada en las postrimerías del campeonato anterior, sirvió para algo o creó en el team guaireño alguna conciencia de mejoría deportiva. Pero sí voy a decirle que en esta expulsión béisbolística privada y en este vacío vital que intranquiliza a la nación a raíz del karmático gobierno del doctor Caldera, la única cosa que en Venezuela se ha recuperado son Los Tiburones de La Guaira. Aquí se ha caído todo, amigo Padrón: el poder adquisitivo, la confianza, la libido, la cultura, la importación de pasitas, el futuro institucional y la fe en nosotros mismos. ¿No le estoy diciendo que la libretista de TV antes citada anda implorándole una visa de residencia a los canadienses? Pero hay una excepción, y sería yo un canalla si no lo reconociera: contra todos los vaticinios, contra todas las voces agoreras, incluida la mía, Tiburones de La Guaira ha vuelto a brillar en el parque como en sus mejores tiempos. Un milagro, Padrón Panza. Un verdadero milagro. Salen y ganan, pero mejor aún, salen y se afanan. Salen y son.      Imagínese entonces, querido Padrón, cómo me puedo sentir en este momento después de la metida de pata que cometí el año pasado al desafiliarme públicamente del equipo y escribirle a usted unas pesadeces dictadas por la desilusión y el temperamento. El corazón se me vuelca en la pantalla del televisor, porque al estadio no puedo ir, no vaya a ser que me abucheen los leales, o me arrojen merecidas latas de cerveza. Me siento mortificado, Padrón, renegado de mí mismo, pero sin rumbo. Fly. Me siento, fly.      Y ahora no sé qué hacer, Padrón, porque me agarraron entre primera y segunda cuando me quería robar la base y no entendí la seña del coach. Me he quedado sin equipo. He pasado del activismo a la teoría, y lo que es peor a la melancolía.      De todas maneras, Padrón Panza, reciba mis más calurosas felicitaciones por este fénix de Los Tiburones.      Y si me permite un consejo de mentiroso observador imparcial: cuide el pitcheo.   Att:      José Ignacio Cabrujas.      Un ex tiburonero que no sabe cómo volver sin lucir oportunista •

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• crónica

Ser magallanero KARL KRISPIN

E

n 1971, yo era lo que podría considerarse un fanático irreductible de los Navegantes del Magallanes. Tenía dos años sabiéndome de memoria el line-up del equipo, escuchaba los partidos por radio en la noche, tenía mi cachucha con la M del equipo y en las caimaneras que organizábamos en el Colegio Humboldt jugaba en uno de los fields con un

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mascotín de primera base. El año anterior, en 1970, se habían producido en mi corta vida de aficionado dos acontecimientos de primera línea: Había asistido al legendario Yankee Stadium de Nueva York a un partido entre los Mellizos de Minnessota y los Yankees, con victoria para estos últimos. Durante el partido el público había ovacionado al mítico Mickey Mantle a quien se le realizaba un homenaje ese

día. También recuerdo que uno de los jugadores fue el cubano Tony Oliva. La casa de los Mulos de Manhattan tuvo para mí, un niño de diez años, un recuerdo imperecedero y ahora que ha sido arrollado por la voracidad inmobiliaria sólo atino a recordarlo pulcramente con la nostalgia de que siga de pie en mi memoria. Ese día agregué a mi afición la del equipo niuyorkino, lealtad que como en el caso de los Nave-


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• crónica gantes resiste a cualquier conmoción y derrumbe. El segundo acontecimiento fue que en ese mismo año, mi equipo no sólo se alzó con el campeonato de la liga profesional venezolana sino que conquistó, por primera vez para un equipo del patio, la Serie del Caribe capitaneado por el célebre Carlos “Patato” Pascual. La virtud de su hazaña nacional vino además por el hecho adicional de que despachamos a los Tiburones de la Guaira en tres partidos sin derecho a réplica ni pataleo. Un clásico 1, 2, 3. En consecuencia las dos preseas hacían de mi equipo un tolete arrollador y victorioso. Lo veía entonces como el dream team, a resguardo de cualquier cosa medianamente parecida a la derrota. Vino el campeonato del año siguiente y en 1971 ninguna fisura era capaz de siquiera rasgar el inmenso monumento que yo había hecho de mi equipo. Participaba abiertamente en discusiones con mis compañeros, muchos de los cuales eran de los Tiburones. Magallanes será campeón, me repetía como Billo Frómeta llegó a componerlo. Por supuesto el equipo llegó al Play Off pero esta vez no logramos 64 OLIMPICAS

siquitrillar a los Tiburones como hacía un año. Fueron siete difíciles y disputadas batallas. El último partido ya dividiría las aguas. Tanto los escualos como los navegantes estaban parejos en el número de victorias y derrotas. El partido lo televisaron y se desarrolló en el Universitario. Me senté a verlo con una entrega a la vez beatífica y agitada. Esa noche se escribiría la verdad. El partido fue cerrado. Aquello parecía más una justa de ajedrez que un lance de pelota base. Los Tiburones eran Home Club y en el noveno inning iban arriba 4 a 3. Magallanes embasa a 3 hombres. Hay dos outs y el turno del bate le corresponde a Ray Fosse, cuarto bate de los Navegantes. Si Fosse la hubiese sacado de jonrón, la historia habría sido otra pero a Ray Fosse lo poncharon igual que a mí porque esa noche mi desilusión fue tan grande que mi madre tuvo que llevarme a comer hamburguesas al término del partido para que se me pasara el bajón. Lo cierto es que ese día también me retiré de la afición activa, me olvide del róster, de los numeritos de los bateadores y de seguir los partidos. Ese día pasé a la reserva pero con mis símbolos

intactos. El lector habrá advertido lo qué quise decir con mi corta vida de aficionado. Una cosa es esa y otra, muy distinta, haber renunciado a mi condición de magallanero. En el contrato social rousseauniano que suscribimos con el equipo la diáspora podrá existir pero la disidencia jamás. Somos una suerte de rosacruces sin misterios y con la única condición de reconocer nuestra pertenencia. Ese cordón umbilical no se corta nunca y cabría decir, parafraseando a Rómulo Betancourt, que magallanero es magallanero hasta que se muera. Puedo haber dejado de ver los partidos, no saberme los nombres de los jugadores, ignorar por completo quién es el manager del equipo pero siempre tengo la necesidad de medio asomarme a las páginas deportivas, que reconozco que no leo con ninguna constancia, para saber qué será de la vida de Magallanes. Algunos partidos por supuesto que he seguido viendo después de aquella Noche Triste como la de Hernán Cortés, en que íbamos por la conquista y nos emboscaron aquellas aletas que naufragaron el navío. Intento por lo menos no perderlo de vista aunque nos hayamos separado durante mucho tiempo. Nunca he dejado de averiguarlo y basta que aparezca un leonino a ufanar números para que yo desempolve el campeonato de 1970 y le recuerde que


fuimos los primeros en conquistar el Caribe. No en balde lo llevamos en el escudo. Y lo que sigo admirando de la membresía es que la afición magallanera es francamente abierta y policlasista. Tenemos uno que otro aficionado francamente impresentable como aquel que ni nombro por temor a que siga empavando al equipo como lo ha hecho desde que comenzó a gritar sus tropelías inaguantables. Pero, en honor a la verdad, ser magallanero, verdadera cuestión existencial, es como ser venezolano en la comodidad de ver a todo el mundo con los largavistas de la fraternidad. Los Navegantes son el partido deportivo de béisbol más democrático que existe y, a las pruebas me remito: Hasta toleramos al que te conté como uno de los miembros de la cofradía. Desde la distancia, desde 1971, año cismático, veo que la afición es más divertida siendo magallanero. Me lo confesó una vez una caraquista: Ser magallanero parece que se disfruta más. Y así es. Aunque lo diga una oveja separada del rebaño. En mi época de niño y adolescente, por ejemplo, los fanáticos contemporáneos a mí de La Guaira me daban la impresión de que se agregaron al equipo porque iban a la playa en el Litoral y parece que eso pegaba con ser guairista. Muchos ni siquiera sabían dónde estaba la sede de su equipo.

Me lo confesó una vez una caraquista: Ser magallanero parece que se disfruta más. Y así es. Aunque lo diga una oveja separada del rebaño. Las Águilas del Zulia son un equipo relativamente nuevo y su afición tiene la soldadura regionalista, cosa que nos suena a Arameo a los caraqueños y a los caraqueños magallaneros en particular para quienes el hecho de que el equipo tenga su sede en Valencia es completamente irrelevante. No pasa lo mismo con los Cardenales o los Tigres. Sus seguidores ondean las banderas locales. Magallanes es un equipo nacional. Magallanes, me perdonarán la exageración, es Venezuela porque sus fichas están en todo el país sin apego a un peaje municipal. No olvidemos que Magallanes nació en Caracas y su mudanza ha sido un mero accidente logístico. Con estos nuevos equipos surgidos en los últimos años como el extinto Pastora, los Caribes de Anzoátegui o los Bravos de Margarita, sencillamen-

te ni los entiendo y me pregunto ingenuamente si cuentan con una feligresía entregada a sus hurras. No es fácil construir lealtades. Por lo menos en los terrenos del deporte en que la historia y sus años agregan un lustre irrenunciable. En cuanto a los Leones, hay que respetar al adversario siempre porque en las gozosas oportunidades en que los obligamos a recluirse en su cueva, lo disfrutamos doblemente por esto de saber a quien nos enfrentamos. En cuanto a la filosofía del ser caraquista, para evitar problemas inter eclesiásticos, me doy de baja en la resolución de este imponderable. Sólo asomo tímidamente el hecho de que a diferencia de nuestro equipo, blindadamente identificado como la Monada Suprema de Leibniz, en alguna tristemente clasificable oportunidad, los Leones y los Tiburones se unieron en un raro apelativo conocido como los Tibuleones, hecho que desdice toda identidad. A pesar del retiro y de los años, es inevitable dejar de ser magallanero y de proclamar una vez más en esta fiesta imparable aquello de que Magallanes para todo el mundo, aunque vayamos ya para seis largos años sin obtener un campeonato. Tal vez, un día de estos, quizás hasta desempolve mi gorra y regrese al estadio a volver a escuchar aquella sirena inigualable que daba cuenta de que íbamos adelante • OLIMPICAS

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• crónica

En el Universitario ADRIANA VILLANUEVA

E

n el año 2004 mi amiga Carola se hizo fanática de Caribes de Oriente. Esta licenciada en Letras después de una vida decretándose Magallanera, cuando el presidente Chávez usó su fanatismo por la novena turca como propaganda política, dijo: ìHasta aquí me trajo el ríoî, y rompió en pedacitos su carnet. Y aunque su primo José Ignacio Cabrujas dejó testimonio que cambiar de equipo no es fácil, Carola encontró en la exclusiva afición de Caribes de Oriente el perfecto objeto de su peculiar fanatismo peloteril, porque vamos a estar claros, mi amiga sabrá mucho de estructura dramática, pero es incapaz de distinguir al sior, como ella llama al campo corto, del tercera base. No quiero a esa camaleona en mi casaî, exigió mi marido al enterarse del cambio de equipos. Lo conozco, el padre de mis hijos es incapaz de tomar en serio a quien abandona una afición de toda la vida, como no toma en serio

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a un niño que siempre va por el equipo que está ganando. Si Carola hubiera traspasado su afecto a otro equipo, digamos, a las Águilas del Zulia, él tan sólo se habría reído: ìesa amiga tuya si tiene cosasî, pero ¿a Caribes de Oriente? ¡Aaaay Caribes de Oriente! El equipo de Puerto la Cruz en el año 2004 fue el Némesis del fanático de mi marido.  Para entender semejante conflicto habría que remontarse a principios de la temporada 2003-2004 cuando por primera vez en mucho tiempo la novena de los escualos prometía dar la batalla. El pequeño Ozzie cumpliría cuatro años, iba siendo hora de llevarlo al Universitario para oír el grito de guerra: ì¡Ehhh, La Guaira!î al ritmo de los tambores de Naiguatá. Traté de darle largas al asunto, sé de niños que sus padres los llevan tan pequeños al estadio, que se aburren y terminan odiando al béisbol. No quería que eso le pasara a Ozzie, soñaba con que su primer juego fuera un evento inolvida-

ble y sabía que para ello tenía que distinguir un foul de un jonrón. Además, durante años los Tiburones no habían hecho sino romperle el corazón al fanático de mi marido, me negaba a que el pequeño Ozzie sufriera el desasosiego del despecho deportivo. Cuando en noviembre de 2003, los Tiburones por fin mostraban los colmillos a sus adversarios, el fanático de mi marido desempolvó el bate de Mickey Mouse para enseñarle a su hijo cómo no quitarle la mirada a la bola si la quería sacar del parque. El pequeño Ozzie resultó un alumno tan entusiasta que su padre planificó su primera ida al estadio, sólo para hombres, un momento Master Card, para ver a los Tiburones comerse en salsa a los Cardenales de Lara. Quería que fuera una sorpresa, pero olvidó decírmelo a mí y yo le había ofrecido a Ozzie ir al cine ese sábado en la tarde. Entre cine y béisbol, el pequeño escogió el cine, y su padre me hizo una acusación impía: ìSi al niño no le gusta el béisbol, es culpa tuyaî.


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• crónica Traté de convencer a Ozzie que dejáramos el cine para otro día, pero fue inútil. Para colmo, esa tarde los Tiburones blanquearon a los Cardenales. Durante semanas pensé que mi matrimonio había llegado a su fin porque mi marido no hacía sino recriminarme el desperdiciar una oportunidad dorada de llevar a nuestro futuro grande liga al estadio. Fue necesario que Los Navegantes no clasificaran para el round robin y que La Guaira eliminara a Los Leones, para que el muy rencoroso padre, recuperara su sonrisa y la intención de ir con su hijo a ver en acción a su equipo del alma.

II

Del primer intento de llevar al pequeño Ozzie al Universitario, el fanático de mi marido aprendió una lección: no dejar a su mujer por fuera. Y pensar que nuestro noviazgo tuvo como escenario el palco arriba de primera base del Universitario. Eran los años 80, década en la que vivíamos con la entrañable seguridad de que cada cinco años habría elecciones presidenciales y que los Tiburones de la Guaira darían la pelea hasta el final. Después de un largo noviazgo con una chica 68 OLIMPICAS

indiferente al béisbol, mi ardiente enamorado no podía creer que había encontrado en esta estudiante de Artes a una novia que sabía que un wild pitch no era un cocktail de ron, y además, era aficionada a los Tiburones de la Guaira. Y yo, después de varios pretendientes que se negaron a llevarme al estadio, por fin encontré en este ingeniero civil a un hombre que se regocijaba en ser bañado de cerveza bajo el grito delirante de: ì¡Tiburones, eh!î.  Eran los tiempos de Ozzie Guillén, Luis Salazar, Café Martínez, Norman Carrasco, Raúl Pérez Tovar, Aurelio Monteagudo, Alfredo Pedrique, Luis Mercedes Sánchez, y del inolvidable Gustavo Polydor. Nos sentábamos rodeados de amigos anónimos con los que celebrábamos milagrosas atrapadas contra la pared y jonrones con las bases llenas. Sin olvidar a Jerónimo, el cervecero que dejaba descansar su caja en el piso para comentar una jugada. En la mitad del partido siempre se colaba en el campo un fanático al que apodaban ìPañuelitoî, porque agitaba un pañuelo blanco animando a los fanáticos de los Tiburones.

Los años pasaron, la liga venezolana se expandió de 6 equipos a 8. Los Tiburones de la Guaira en los años noventa no vieron luz. Nos casamos, nacieron nuestros hijos, el romance del noviazgo se transformó en la cotidianidad del matrimonio, murió primero Perucho y después Peruchito Padrón: dueños y almas de los Tiburones; el virus de la política infectó a los venezolanos con la llegada a Miraflores de un presidente magallanero que promete quedarse en el poder durante más de veinte años; y así, poco a poco, dejamos de ir al Universitario.

III

Estadísticamente las probabilidades estaban a nuestro favor, de la serie de once juegos Tiburones-Caribes, sólo ganamos dos, no podíamos perder tanto con los indios orientales. Por eso, con la confianza de que ese sábado de enero terminaríamos con la mala racha que nos había convertido en la sopa de Caribes y pasaríamos a la final por primera vez en catorce años, decidimos que ése era el día señalado por los dioses para llevar al pequeño Ozzie al estadio. Y aunque sonaba tentador tener la tarde libre para ir al cine a ver una película francesa, por nada del mundo me quise perder la primera visita de mi niño al Universitario; además, quería sentir al estadio rugiendo: ì¡Se va, se va, se va!î.


Dicen que la política no se debe mezclar con los deportes porque los envilecen, pero en ese año de una Venezuela polarizada ni el béisbol se salvó. Ningún funcionario de alto perfil del gobierno se atrevía a pisar un estadio nacional porque se arriesgaba a una pita. El presidente Chávez, aficionado a la pelota, trató de superar este despecho invitando a los equipos de béisbol profesional a jugar en Fuerte Tiuna, y creó ligas paralelas que no terminaron de arrancar. Pero al sintonizar cualquier juego de pelota nacional, entre las voces de los locutores narrando una atrapada asombrosa o una bola que caía de piconazo, se oía clarito el rugido: ìSe va, se va, se vaî, y no precisamente refiriéndose a una bola de jonrón.

IV

A las cinco y media de una oscura tarde de enero, me encontré sentada con mi hijo y mi marido en el palco de tercera base, el de los visitantes a la hora de jugar Los Tiburones en el Universitario. Fueron los únicos asientos que conseguimos. Entramos en el segundo inning y ya La Guaira iba perdiendo cuatro carreras por cero, no habíamos terminado de sentarnos cuando un bate quebrado rozó nuestras cabezas. Como ahora soy madre y no novia, pregunté aterrada: ì¿Aquí estamos seguros?î El fanático de

“Dicen que la política no se debe mezclar con los deportes porque los envilecen, pero en ese año de una Venezuela polarizada ni el béisbol se salvó.”. mi marido me tranquilizó: ìSiempre que no bateé un zurdoî. A nuestros amigos de entonces no los vimos, ni al cervecero Jerónimo, ni a Pañuelito que fue reemplazado por un tiburón igualito a los muñecos de Disney. A mi marido estas ausencias no lo afectaron, en cuestión de minutos entabló amistad con un gordito sentado en frente a nosotros con una novia gordita con cara de fastidio. Una fila más abajo, un musculoso seguidor de Caribes de Oriente se volteaba para comentar los aciertos y metidas de pata de los managers. Y en la fila de atrás, un joven papá le explicaba a su bebé cada una de las jugadas.  Los refrescos y cervezas ya no se vendían en botellas sino en vasos de cartón. Extrañé las arepas del Morocho, las cotufas de bolsita, y a los vendedores ambulantes ofreciendo: ì¡Papita, maní, tostón!î.

A lo largo del estadio, muchachas uniformadas ofrecían mini pizzas Papa Johns. Entre refrescos y pizza, el pequeño Ozzie a cada rato preguntaba: ì¿Los tiburones van ganando?î La barra escuala aupaba a su equipo y los tambores de Naiguatá no pararon de sonar. Las consignas políticas tampoco faltaron, en varias oportunidades se oyó el canto de: ìSe va, se va, se vaî, pero donde estábamos sentados nadie quiso cantar, sólo un señor de bigotes que molesto gritaba: ì¿Es qué acaso son chavistas?î No, sencillamente en ese instante viendo como un equipo pasaba a la final y otro tenía que guardar sus esperanzas para el próximo año, engavetamos la política por un rato. La Guaira perdió esa tarde 8 a 6, según el fanático de mi marido la diferencia se llama Magglio Ordóñez: ìVe un huequito y pone la bolaî. Lo que si quedó claro es que los Tiburones ese año fuimos la sopa de Caribes. Al día siguiente, al perder en diez innings con los Tigres de Aragua, quedamos eliminados. De más está decir que mi amiga Carola andaba emocionadísima con el pase de Caribes a la final, estaba segura de que iban a ganar: ìEn Venezuela estamos demasiado acostumbrados a matar tigresî. Pero ese año los Tigres no se dejaron caribear y quedaron campeones de la temporada 2003-2004 • OLIMPICAS

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No Hit, no Run LEONCIO BARRIOS

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e béisbol no sé nada. Soy una de esas rara avis en Venezuela a las que ese deporte o juego no le despierta sentimiento alguno y que se entera de que la temporada está ocurriendo por ser víctima de las colas alrededor del stadium los días de juego o por la venta desenfrenada de artículos POP de los equipos que se despliegan por los alrededores de la ciudad universitaria de Caracas. He ido solo dos veces a un stadium de béisbol: la primera, en los años setenta a un concierto de Theodorakis en el que los estudiantes de entonces, al caer una tarde y bajo una hermosa llovizna, cantamos el himno del “si podemos” (aunque nosotros no pudimos y ahora, décadas después, Obama y los suyos descubren ese canto al optimismo) y bailamos la danza de Zorba sintiéndonos felices por el mundo en que creíamos. OLIMPICAS

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• crónica La segunda vez que fui a un stadium sí fue a ver el propio partido de béisbol: no recuerdo si era entre los Atléticos de Oakland y los Angelinos –creo–, que para mí era un tal sin sentido que era lo mismo si me hubieran dicho que era entre las Águilas del Zulia y los Bravos de Atlanta. Estaba en una dimensión desconocida. Fue en el stadium de Oakland, California. Allí fui de “asomado” u obligado como parte de los compromisos culturales de una pasantía académica en la Universidad de San Francisco donde me entrenaba en investigación sobre comportamientos de riesgos y SIDA. Resulta que el Coordinador de las pasantías era un hombre normal, un fanático del béisbol y del fútbol americano y por la pinta que tenía me imagino que votaba en esa época por Reagan y más adelante por Bush y Mac Cain, el asunto es que muy cortésmente invitó a todo el grupo de pasantes a ver un juego de béisbol. “nothing is more American”, dijo en su afán por mostrarnos facetas de su país. Pero tanto el compañero chino, como los dos de Zambia, la de Ucrania, las tailandesas y yo pasamos el tiempo comiendo cotufas, tomando colas o budwisers mientras contemplábamos las estrellas del cielo californiano y nos 72 OLIMPICAS

deslumbraba la emoción de nuestro profesor que se confundía con la de la fanaticada. A la salida comentamos entre nosotros que no entendimos nada de aquel juego, más allá de que un equipo había ganado por no se cuántas carreras. Comprensible en ellos y ellas que venían de otros mundos, pero no en mí, proveniente del mero

Caribe. Rara avis, decía. Por eso, una de las deudas de vida que tengo conmigo es ir a un juego al stadium cerca de mi casa, entre el Caracas y el Magallanes. Por curiosidad antropológica me lo he planteado pero tanta intelectualidad no motiva nada y la postergación se ha impuesto siempre. Me detengo en las razones concientes de mi apatía beisbolera. Pienso que un pequeño grupo de pretensiosos de mi generación, los que llegamos a la juventud en los setenta militando en la izquierda y leyendo a Marx, Martha Harnecker, Fromm y Marcuse y que

entre los muchos errores y limitaciones que se nos impusieron, una fue considerar al béisbol como vulgar, demasiado popular, demasiado divertimento, demasiado “opio del pueblo” para que nos interesara. Los discursos de Fidel, El Ché y Teodoro ocupaban nuestras mentes y las carreras las pegábamos no practicando béisbol sino corriendo para que la policía no nos alcanzara en las manifestaciones. Pero recuerdo que entre el grupo de camaradas habían unos que vivían en Propatria y en Lídice y ellos los fines de semana si corrían en el campo de béisbol. Pensando en esto y para que se den cuenta de la magnitud de los barbarismos de aquella época, les cuento que a otros compañeros y compañeras de la universidad -más clasistas, diría yo- la salsa les resultaba imbailable. Los Bee-Gees, Aretha Franklyn y los Beatles, por supuesto, le parecían lo propio para mover el cuerpo lentamente. Con marihuana y LSD esa música daba más nota y siendo en inglés, más. La música de la Billo, de los Melódicos o de las Estrellas de Fania que empezaban a brillar entonces, les resultaba un poco vulgar, chabacana, de abajo. El


béisbol era como la Billo. Nada que ver con ellos y a uno se le pegaban esas pretensiones. Pero mi beisbolfobia posiblemente tiene raíces más profundas y particulares: las encuentro en mi infancia. La familia me transmitió que el deporte, las habilidades físicas eran deleznables frente al esfuerzo intelectual. Antagonismos tan absurdos que uno no entiende. Apenas se me permitieron metras y un poco de perinola, pero por supuesto, sin mayor acierto. De lo que no escapé fue de “guataco por las orejas” y “fusilao” que me hicieron ver estrellas y no eran del béisbol, precisamente. Tal era la torpeza de las estrictas normas en mi familia que ni a nadar aprendí porque “me podía ahogar”. Prohibido también leer suplementos de Superman, El Llanero Solitario y mucho menos de Archie con la carga ideológica que tiene. Mejor Julio Verne, Charles Dickens y hasta “La Madre” de Gorki antes de los doce, pero con esos autores no se aprende a ser deportista ni a sentir pasión por esas actividades. Jugar en los pasillos no me era permitido, menos en la planta baja. Por eso: ni un bate, ni una pelota, ni un hit, ni un homerun. Aunque si, alguna vez en vacaciones casa de los primos jugamos béisbol pero nadie me quería en su equipo: todos mis lanzamientos eran “bombita”

“La familia me transmitió que el deporte, las habilidades físicas eran deleznables frente al esfuerzo intelectual”. como que lo llamaban asíy cuando me tocaba el bate yo salía corriendo antes de que la pelota llegara para que no me fuera a pegar. Los términos que más oí las pocas veces que jugué pelota eran algo así como “faut” y “out”. Me acuerdo clarito, todavía me retumban en los oídos porque después me sacaban del juego y por defensa propia me quedé “out” del béisbol para siempre. Por eso, cuando el Presidente Chávez le habla al país en términos beisbolísticos soy uno de los que no entiende nada, aunque confieso que tampoco entiendo otras muchas cosas que no son de béisbol. Quizás lo poquísimo que tengo de cultura beisbolera se lo debo a la Billo`s oyendo a Cheo García cantando Magallanes para todo el mundo (y que en justicia sea decirlo fue uno de los primeros ejercicios de tolerancia que vi en mi vida: millares de venezolanos y venezolanas bailaban esa guaracha siendo del Caracas y la gozaban igual. Baile es

baile y a gozar se ha dicho, pensarían). También en la prensa he aprendido el nombre de los equipos y el de algunas glorias nacionales que triunfan en las grandes ligas, pero ni por curiosidad paso del titular, igual que hago con las de noticias de economía: me son incomprensibles. Lo mismo podría decir de las noticias sobre política nacional pero esas sí las leo porque me emocionan como a otros las del béisbol. También me gustan las noticias de sucesos, los obituarios y las sociales: por esas ventanas veo las tragicomedias nacionales. Reviso, eso si, el cuerpo de Deportes, página por página, porque siendo el más leído en cualquier periódico, allí suelen publicar avisos -distintos a la publicidad- que pueden ser de mi interés. Obviamente, no participo en las escasas conversas que escucho sobre “el juego” porque en mi mundo cotidiano de eso no se habla, aunque en este país pareciera imposible no oír o tener que decir algo sobre el béisbol, las misses, la violencia, el petróleo y Chávez. Aún cuando no queramos y por más resistencia que opongamos, el tema nos atrapa. De hecho, sin saber nada de béisbol estoy escribiendo sobre él para que ustedes sepan porqué no sé. Es una forma de reconocer que en este país hay temas que nos circulan por las venas y el béisbol es uno de ellos • OLIMPICAS

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En mi familia han existido dos tradiciones que se han mantenido inmutables al paso del tiempo. Una de ellas tiene que ver con reunirse los 31 de diciembre, comer hallacas y tomar ponche crema. La otra es odiar profundamente a los Leones del Caracas. Desde que tengo uso de razón soy magallanero. Esa condición ha sido connatural en mí tanto como el hecho de ser feo. Pero todo tiene sus orígenes y mi bautizo de fuego como fanático de los eléctricos ocurrió un lejano sábado del año 76. Mi padre, magallanero rabioso, al igual que mi abuelo, me llevó a presenciar un CaracasMagallanes en el Universitario. Nunca había asistido a partido de béisbol alguno y mi educación sentimental en materia de pelota provenía netamente de la televisión. No es fácil, a los 10 años de edad, enfrentarse a un mundo al que sólo has visto en una pantalla en blanco y negro. Era como si de pronto salieras al jardín de tu casa y tuvieras que enfrentarte a los enemigos de Ultramán. A mi padre le revendieron unas locaciones detrás del home a precio de Yankee Stadium. Rápidamente me percaté de que andábamos en territorio enemigo. En aquella época el merchandise no andaba muy avanzado y los únicos productos que podían conseguirse a las afueras del estadio se limitaban a unos banderines

artesanales y unas gorras excesivamente grandes para mi cabeza. Armado con mi estandarte bucanero me sentía seguro en medio de aquella jauría de leones. Pero aquella sensación no duraría demasiado. Una pandilla de niños-leones sentados dos filas atrás de nosotros había hallado el blanco perfecto para distraerse en los entre innings del partido. El blanco, ni qué decirlo, era el niño magallanero sentado dos filas más abajo. Las hostilidades comenzaron desde el mismo primer inning. Chapas de cerveza, cotufas voladoras y hasta una naranja marrasquino pasaron silbándome las orejas. Las acciones en el terreno de juego tampoco obraban a mi favor: la batería leona estaba dándose banquete con un pitcher zurdo y descontrolado que los navegantes habían montado en la loma. En medio de aquel vendaval de objetos voladores y carreras en contra, mi fe estuvo a punto de quebrarse. Mi padre, viendo mi desazón, echo mano a una frase filosófica de un famoso catcher que luego me ha servido de mantra para los avatares de mi vi-

da futura: “el juego no se acaba hasta que se termina”, dijo y siguió sorbiendo su cerveza. Y el juego no se acabaría sino hasta la entrada del noveno. Antes, en el séptimo de la suerte, los Navegantes habían hecho un milagroso rally e igualado las acciones. Eso pareció enfurecer a los niños-leones que iniciaron un ataque aéreo masivo en mi contra. Pero finalmente llegaría la justicia poética de manos (los bates, más bien) de la mítica dupla Parker-Page, mejor conocida como el “Poder Negro”. La temible pareja había tenido una mala tarde pero el momento estaba servido para lavar las afrentas. Un doble de Page al rincón de los músicos y un laberíntico jonrón del coloso Parker por el left pusieron punto final al juego y al bombardeo felino. Mientras subíamos las escalinatas rumbo a la salida, mi papá me alcanzó su vaso de cerveza casi intacto. Bastó una seña pícara en dirección a los niños-leones por parte del viejo para saber que aquel líquido frío y amarillo también servía para lavar otro tipo de afrentas • OLIMPICAS

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FOTO: AFP

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Con vacilaciones, euforia y mucho desasosiego LUIS FELIPE CASTILLO

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r al Estadio Universitario o verlo a través de la TV de inmediato me trae recuerdos de infancia y algunos más recientes. Para mí el Universitario es la suma de momentos de asombro, vacilación,

desasosiego y euforia. Lo que he visto ocurrir en él aparece en mis conversaciones, recuerdos y sueños. Así, son muchas las oportunidades en las que de golpe y sin esfuerzo vienen a mi mente imágenes en las que unos hombres,

quizás demasiado crecidos para estar ‘jugando’, se ven envueltos en una disputa que sólo a un enfermo de béisbol le parece crucial. Mis vivencias no son exclusivas. Más aún, me siento afortunado al haberlas experimentado rodeado OLIMPICAS

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• crónica de personas para las que el béisbol es parte importante de sus vidas, a juzgar por los gestos de alegría y tristeza que también mostraron, sentimientos que me hacen creer que esas cabezas pueden hallar tranquilidad si logran evocar esos hechos que las conmovieron. A principios de los 70 los Rojos de Cincinnati y los Piratas de Pittsburgh realizaron un juego de exhibición en el estadio de Los Chaguaramos. Vi entonces a la Gran Maquinaria Roja -que contaba, entre otros, con Johnny Bench, Joe Morgan, David Concepción, Pete Rose, César Gerónimo- y a los Campeones de 1971, los mismos que sin piedad habían castigado a Dave McNally, Pat Dobson, Mike Cuéllar y Jim Palmer, pitchers de los Orioles que ese año habían alcanzado récords de 21-7, 20-8, 20-9 y 20-9, respectivamente. De ese partido, el disputado por Cincinnati y los Piratas, viene a mi mente la pelota que con furia picó entre el center y el rightfield y se estrelló contra uno de los tubos de la cerca que delimita el terreno. Al pasar el corredor por segunda base me llamó la atención su manera de avanzar. Era única, hoy diría que esencial: estaba compuesta por una mezcla de decisión y furia. De inmediato vino el deslizamiento a salvo en tercera. La gente se levantó, eufórica, y consideró, sin dudas, que esa tarde en el 78 OLIMPICAS

“Mi equipo y yo, por días, seríamos objeto de burla. A mitad de partido, tratando de escapar de esa sensación de desastre que crecía con cada pitcheo” Universitario había valido la pena. Hoy escucho de nuevo los aplausos. Y veo el número 21 a las espaldas del jugador. Minutos antes de que éste se parase en la pizarra del estadio había una luz encendida al lado del nombre de Roberto Clemente. También a comienzos de los 70, concretamente el 14 de noviembre de 1971, Luis Tiant, para ese entonces con La Guaira, lanzó un No hit, No run contra el Caracas. Es famoso el gesto de Tiant dirigido a la tribuna que se encuentra sobre el dogout de los Leones. Con el índice de su mano derecha deslizándose por el cuello le apunta a los fanáticos de su antiguo equipo (había lanzado para ellos las últimas cinco campañas) que ese día ya pasaba a ser de completa humillación y que era también su venganza. La foto de Tiant y su dedo como navaja la vi al día siguiente, en los diarios.

Desde donde me hallaba, en los bleachers, no pude detallar la seña del lanzador que pocos meses antes había sido despedido por el Caracas. Siempre supe, al llegar al noveno inning, que el emergente Alberto Cambero, y el primero y segundo bate, César Tovar y Víctor Davalillo, serían retirados. El cubano había estado imponente. Su particular giro en el montículo más su determinación y vergüenza y su afán de resarcimiento le dieron mayor potencia a su recta y mayor radio de acción a su curva, que apenas fueran conectadas. Cambero, no obstante, generó cierta ilusión al batear con fuerza una línea que terminó en el guante del leftfield. Pero Tovar y Davalillo fallaron con rollings al cuadro. Mi equipo y yo, por días, seríamos objeto de burla. A mitad de partido, tratando de escapar de esa sensación de desastre que crecía con cada pitcheo, mis ojos se detuvieron en muchas ocasiones más en los detalles del parque que en las incidencias del juego. Ese domingo, perdido, mientras me preguntaba cómo enfrentaría a la mañana siguiente, en el colegio, a los parciales de los Tiburones, me fijé por primera vez en un letrero escrito con brocha en la pared de la zona de foul del jardín derecho: sobre un tubo se indicaba, con mala ortografía, que de la toma sólo se podía obtener “Agua susia”, oscura, como


FOTO: HENRY DELGADO OLIMPICAS 79


• crónica los días que vendrían. En estos momentos Omar Vizquel tiene 41 años, pero a comienzos de 1994 apenas alcanzaba los 26. Ya era un shortstop de Grandes Ligas, ya había obtenido su primer Guante de Oro jugando para los Marineros de Seattle, ya estaba claro que la tradición venezolana en el campo corto continuaría con él, que el heredero de Aparicio, Concepción y Enzo Hernández tenía nombre. Lo que nunca le habíamos visto realizar a Vizquel fue lo que esa noche hizo frente a un rudo batazo de Luis Raven, entre tercera y short. Allí y ante un salto de la pelota y teniendo presente que la situación era comprometida aun corriendo el slugger magallanero, decidió tomar la bola con la mano limpia y doblar al otro jugador que se dirigía a la intermedia. Después declararía: “No lo pensé. Lo hice, nada más.” A partir de entonces veríamos por años esa jugada en los engramados perfectos de la Liga Americana. Más tarde, Derek Jeter confesaría que en una oportunidad intentó imitar a Vizquel y su lance imposible y estuvo jugando dos semanas con la mano derecha adolorida. Esa noche de comienzos de 1994 el Caracas ganó su tercer encuentro de esa primera final disputada contra Magallanes. Sin embargo, perdería el campeonato. Ese fracaso me pesó más que una derrota electoral. 80 OLIMPICAS

Estos recuerdos son y no son míos. Son míos porque estuve presente, y sufrí o gocé los hechos que le dan forma. No son míos porque la afición al béisbol es algo que se comparte” Desde niño me he preguntando quién podrá sacarla del Estadio Universitario. Por supuesto, he visto conexiones inmensas, descomunales. Recuerdo una de Armas contra Antonio Castillo. Con ese jonrón los Leones terminaron de dominar un encuentro que habían comenzado perdiendo 6-0 en el primer inning. Cuando la bola fue conectada sólo alcancé a mascullar (yo que además de caraquista soy caraqueño) una expresión maracucha: Veeeeerrrrgaaaaa. El batazo fue enorme, potente. Sonó como si John Bonhan abriera un concierto de Led Zeppelin con un estallido de percusión. No obstante, la pelota ‘sólo’ alcanzó la mitad de las escaleras. Otro estacazo gigantesco se lo vi dar a Luis Salazar. Las víctimas: Amalio Carreño, y el Caracas, otra vez. Cuando la pelota pa-

só por la preferencia de la izquierda y superó en altura a las torres de alumbrado, me dije: La sacó, la metió en El Guaire. Pues, tampoco. Cayó, justamente, en la boca de acceso a las gradas. Por eso, cuando, en enero de 2006, los Tigres de Aragua parecían cabalgar directo al título de la Liga, y Miguel Cabrera la llevó hasta el penúltimo escalón, entre center y left, me quedó claro lo que hay que hacer y tener para impulsarla más allá del breve muro que pone fin a la estructura del estadio. Ya antes lo apunté: estos recuerdos son y no son míos. Son míos porque estuve presente, y sufrí o gocé los hechos que le dan forma. No son míos porque la afición al béisbol es algo que se comparte con otros que también han jugado, solos, en el algún rincón de su casa paterna, otros que, como yo, han memorizado alineaciones y repertorios de pitcheo. Sé que estas personas existen, están por ahí, aun cuando no puedo dibujar sus rostros. Para ellos escribo. Y como ellos aguardo con ansias tener una conversación futura y fortuita en la que, por ejemplo, alguien comente que la noche en que debutó Enzo Hernández creyó ver a Luis Aparicio desplazarse alrededor de segunda, hasta que Delio Amado León o Carlos González lo sacó de su error •


FOTO: HENRY DELGADO OLIMPICAS 81


Humberto Acosta. Sandy Koufax y yo. Caracas: Los libros de El Nacional. 2004. 192 pรกginas. Extracto de la pรกginas 15-20.

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• me libro Topps 1962

Sandy Koufax y yo expresa muchas cosas para Humberto Acosta, probablemente, la mente más versada sobre el lanzador zurdo de los Dodgers de los Ángeles, y cronista del béisbol de acerada punta. Y es que “El brazo izquierdo de Dios”, como lo apuntó en una ocasión Sport Illustrated fue siempre un referente indiscutible, un mandamiento insobornable, una poética del lanzamiento, en la sólida formación del autor.

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enía algo más de 11 años cuando conocí a Sandy Koufax. A los abastos y bodegas de Caracas, y a los que se encontraban entre la Calle Real de Prado de María y la esquina donde se cruza la avenida Roosevelt con los Samanes en los linderos de El Cementerio, había llegado las barajitas del béisbol de las grandes ligas de la firma Topps correspondientes a 1962. Así que al salir todos los mediodías del salón del 5º grado A de la escuela Gran Colombia, nos deteníamos en el primer abasto o bodega que halláramos en el camino a casa. En realidad no era un encuentro fortuito. Muy bien sabíamos dónde estaban todos y cada uno de ellos. El paquete costaba 25 centavos de bolívar y traía cuatro barajitas impregnadas de una dulce fragancia a chicle bomba, que cada vez que volvemos a percibir, nos conduce al umbral de nuestra infancia. En uno de esos sobres apareció Sandy Koufax. Mi adicción a las barajitas de béisbol se remonta a dos o tres años anteriores a su aparición. Al principio fue como coleccionar aquellos cromos de aviones y barcos, de animales de todo de todo género, o con la vida heroica de Simón Bolívar que tanto me fascinaban. Eran un sendero hacia el conocimiento a través del esparcimiento y la diversión, y con las del béisbol, empecé a descubrir su antepasado. La imagen del jugador llamaba la atención por encima del significado de sus logros. Por ejemplo, aquella de Hill Mazeroki, el segunda base de los Piratas de Pittsburg. Que el lado izquierdo de su rostro estuviera inflado por una bola de chicle o de tabaco dentro de la boca, resultó más emblemático que su jonrón mitológico en el cierre del noveno inning del séptimo juego de la serie mundial de 1960 para derrotar a los Yanquis 10 a 9. Lamentablemente, la inocencia de aquella empresa recopiladora, terminó dándole paso a la codicia. Nunca supe ni me preocupé en conocer el valor que podían tener en moneda alguna de aquellas piezas. Daba lo mismo si era la de Mickey Mantle o la de Andy Carey. Lo único que importaba era tenerla. Como si tratara de las acciones de una poderosa transnacional subastadas en las Bolsas de Nueva Cork o Tokio, hoy los precios de las barajitas en dólares, suben y bajan. Algunas rayan en la obscenidad, mientras que el “¿la tienes?” devino en el “¿Cuánto vale?”, o en el “te la compro”. Conservo muy pocas de aquellas barajitas. Me sobran dedos para contarlas. Una de ellas es la Sandy Koufax 1962. ¿Puede creerse que el valor que tiene para mí podría contabilizarse o tocarse con las manos? La barajita de Koufax es la número 5 de la colección. Todavía resulta una imagen extraña aunque con el tiempo hemos descifrado su enigma. Está con el uniforme blanco y azul rey que los Dodgers de Los Ángeles utilizan como home club. Sandy está parado a un lado de la jaula de bateo y hay en él cierta incomodidad ante la cámara fotográfica que su mirada delata. Como si tratara de eludir el lente viendo sin ver hacia un punto lejano. La barajita es vertical y la toma está hecha de abajo hacia arriba. Su mano derecha está en la cintura, en una pose

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que luego descubriríamos tan característica de su personalidad como su recta de humo o su maligna curva. Sin embargo, Koufax no fue el primer pelotero de quien tendría memoria. Meses atrás, de la mano de mi padre Manuel Acosta, conocí el estadio de béisbol por antonomasia para los caraqueños: el parque Universitario. Nunca había estado en uno. Resultó un momento de euforia que no olvidaré jamás. Entramos por la puerta de las gradas que está detrás del jardín izquierdo y desde donde la grama del campo adquiere un aspecto de inmensidad sólo limitada por las rayas de cal que parten del home hacia los postes de foul. Jugaba el Caracas con el Pampero y los Leones ganaron 7 a 4, un marcador que también guardé por siempre en la memoria. Era un sábado por la tarde y años después supe la fecha exacta: 28 de octubre de 1961. Mi papá estuvo muy cerca de tomar una pelota bateada de jonrón por Pastor Romero para el Pampero y yo pasé medio encuentro siguiendo cada movimiento del número 2 que custodiaba el leftfield del Caracas a pocos metros del sitio donde estábamos sentados. Se llamaba Víctor Davalillo. En aquella ocasión me hallaba muy lejos de imaginar que buena parte de mi vida la pasaría en ese lugar. Asimismo, poseía algunas nociones de quiénes eran y de lo que representaban Alfonso Carrasquel y Luis Aparicio, Luis Camaleón García y César Tovar, Babe Ruth y Roger Maris, y los Yanquis de Nueva Cork me infundían respeto y admiración. No obstante, si alguien o algo tiene el mérito de ser responsable por incentivar en mí el gusto por el béisbol con sus equipos transformados en altares y sus jugadores elevados a deidades que adorar, no es otro que Mauricio Blanco, mi compañero de cuarto grado en la escuela Gran Colombia. La fidelidad a las causas y a las franelas deportivas forman parte del legado familiar, pero todas las mañanas antes de ingresar al salón de clases, Mauricio me ofrecía un relato voluntario y pormenorizado de lo sucedido en la víspera con los Leones del Caracas. ¿Cómo podía ser tan meticuloso un niño de apenas 10 años de edad? Se esmeraba en destacar las virtudes del tercera base, el diminuto y vivaz Pompeyo Davalillo, las de César Tovar y de Víctor Davalillo, quienes asomaban como las estrellas más refulgentes de la siguiente generación. Una predicción que se cumplió al pie de la letra. Mauricio se empeñaba en resaltar a un veterano que hoy lanzaba y mañana aparecía en los jardines de nombre Emilio Cuece. Al cuarto bate de la alineación, un outfielder fortachón llamado Jim King cuyos batazos permanentemente amenazaba con sobrepasar las cercas. Me contaba de Jim Pendleton, otro importado que disparaba sus últimos cartuchos como aquellos tres jonrones dominicales en el Universitario ante los Rapiños de Luis Aparicio, una demostración de poder que sacudió los límites de mi incipiente imaginación beisbolera. Las narraciones de Mauricio se hallaban impregnadas de un manifiesto interés proselitista: reclutarme a la legión de fanáticos del Caracas. Sólo que su poder de convencimiento era socavado por los mismos Leones. Transcurría el campeonato 60-61, uno de los peores en los anales de la divisa capitalina. El Caracas finalizó en el último lugar con una desoladora marca de 20 victorias por 31 derrotas. Aún

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• me libro así me confundí para siempre entre sus fieles. Mauricio desvió luego nuestra atención hacia un acontecimiento que tuvo influencia decisiva en la afición por el juego. Mickey Mantle, especialmente Roger Maris habían emprendido una implacable persecución al récord de 60 cuadrangulares de Babe Ruth. Desde el preciso instante en que adquirí conciencia de lo que esa empresa podía significar, los días sólo comenzaban después de averiguar qué había ocurrido con los dos toleteros de los Yanquis la tarde o noche anterior. No muchos fanáticos han tenido una iniciación en el béisbol tan emotiva y convincente como para no dejar de prestarle atención a este deporte por el resto de sus días. Esa campaña de 1961 fue la primera que seguí con el esmero prestado a cada una de las siguientes y el guiño de Mantle y de Maris desde el escenario de las grandes ligas tuvo su efecto. Sólo que el favoritismo por ellos duró poco. Justo hasta la parición de Sandy Koufax. El rastro de Mauricio Blanco lo perdí cuando salimos de la Gran Colombia. Únicamente supe que se fue a estudiar al liceo Aplicación en El Paraíso mientras yo partí hacia el Pedro Emilio Coll en Coche. El tiempo demostró, una vez más, cómo los hechos simples terminan siendo trascendentales. Es probable que de no haber sido por él, el béisbol no hubiese adquirido la importancia que tuvo en mi vida. Del mismo modo, pertenezco a esa generación que inició su culto por el béisbol de las mayores obsesionada por una deuda eterna: ¿Quién es el pelotero más completo, Mickey Mantle o Willie Mays? Sólo por sus nombres perfectos parecían destinados a la grandeza. Pero nuestro gusto se desvió por alguna razón a la lomita del lanzador y por extensión a Koufax. ¿Qué determinó en el caso de Mays y de Mantle esa deslealtad con el par de dioses del jardín central, y en consecuencia con el emblema secular y divino del juego, el jonrón? Quizás porque acababa de presenciar a José “carrao” Bracho ganar 15 juegos para el Oriente y a Bo Belinsky ponchar a 156 bateadores con el Pampero en el campeonato 61-62, ambas cifras récords para el béisbol profesional venezolano. O tal vez porque en aquella temporada de 1962, Koufax parecía una combinación de Bracho y de Belinsky. Antes de lastimarse el dedo índice de su mano izquierda a mediados de julio, ponchó a 18 bateadores de los Cachorros de Chicago para igualar una marca que ya compartía con Bob Feller, dejó sin hits ni carreras a los Mets de Nueva Cork, en ocho comienzos entre junio y julio tuvo una efectividad de 0.53 con 77 abanicados en 67 innings y en la mitad de la campaña era el líder de la Liga Nacional con 14 victorias, 209 ponches y efectividad de 2.12. A mi edad no tenía una idea clara del significado de los números, aunque me decía, que lo que ocurría con Koufax era trascendental. Fue una intuición alimentada por la leyenda en la parte posterior de la barajita de Topps: “Nunca ha lanzado un inning en las Ligas Menores. Está con los Dodgers desde 1955. En 1959 empató el récord de Bob Feller, ponchando a 18 en un juego. Tiene una bola de fuego enceguecedora. Rompió un récord de 58 años en la Liga Nacional ponchando a 269 en 1961.” ¿Será que así fue comenzó todo? •

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SIETE RECONOCIDAS MODELOS VISITARON LA SELVA AFRICANA DE BOSTWAANA Y POSARON EN LOS MÁGICOS ESCENARIOS DE ESTA REGIÓN FRENTE A LA CÁMARA DE PETER BEARD PARA LA REALIZACIÓN DE LA EDICIÓN 2009 DEL CALENDARIO. ELLAS SON: EMANUELA DE PAULA, MARIACARLA BOSCONO, LARA STONE, MALGOSIA BELA, ISABELI FONTANA, DARIA WERBOWY Y RANDAL MOORE.

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• consumo

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• ojo olímpico

FOTO CORTESÍA: ASDRÚBAL FUENMAYOR PÉREZ


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