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MATERA Issn: 2145-9746

Tenemos Pelo $5.000


MATERA 3


Morocco Josef Von Sternberg (1930) Es una historia de amor y de pasiones, entonces se podría pensar que nada tiene que ver con pelo. Hasta que llega esta escena. El legionario Brown está visitando a la cantante donde ella vive y hace calor. “Se puede oler el desierto esta noche”, le dice. Toma un abanico, se sienta junto a ella y comienza a abanicarla. Y sucede algo extrañísimo: las ondas de aire le mueven el pelo a Marlene Dietrich y es como ver una estatua de una diosa griega llorando. Algo perfecto, inalcanzable, se vuelve humano con la brisa. Su humanidad, como la de Sansón, estaba en su pelo. Ella se sonríe como disculpándose por todo, divertida. Disculpándose de aún sentir, después de tanta desilusión. Pero es claro que no es la sonrisa, sino el pelo moviéndose lo que convence al legionario Brown de que tienen una pequeña oportunidad de ser felices. Por eso la besa.


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Unisexual Alain de Beaufort Mi pelo lo tusaban en la barbería que quedaba en la plaza de Suba hasta que tuve quince años. Se llamaba La Barbería Italiana, tenia tres sillas y dos barberos copropietarios, Don Floro y Don Tiberio. Ambos eran igual de toscos y amargados, pero por 600 pesos no esperaba que me dieran consejos sobre como curar mi caspa. No era del todo una experiencia desagradable. Había Memín y Kalimán y la conversación entre ellos era una escuela de vulgaridad a años luz de mi estado en esa época. Sobra decir que no eran italianos, no sé de dónde eran, quizás de Suba. Vivía con mi mamá en la cima de la colina de Suba en una quinta llamada El Néctar. Cuando era bien chiquito, ella me ponía una totuma en la cabeza y cortaba alrededor. Lo que para algunos era un chiste, para mi era una realidad. A los seis me emancipé y empezó la tradición mensual de bajar la colina, tusarme, tomarme una Malta Cerbunion mientras miraba las partidas de tejo y luego subir de vuelta con una cantina llena de leche recién ordeñada de donde Doña Elsa. Dejarme crecer el pelo no era una opción: primero, porque el colegio no lo permitía; segundo, porque mi pelo era indomable. Se había intentado de todo para sacarle carrera, una vaina llamada lechuga, brillantina, limón, hasta había dormido con una media velada en la cabeza, pero mi pelo siempre cogía para arriba y a los lados. Muchas veces me quedaba mirando a Valentín, el jardinero, que tenía el pelo ondulado y peinado hacia atrás. Se la hacían unos churruscos como alas sobre las orejas. Hubiera dado mi álbum de chocolatinas Jet completo por tener el pelo como él. Un sábado mi mama me bajó en el Montero porque tenía que hacer una vuelta en el Davivienda. Paró frente a la Barbería Italiana, pero estaba cerrada con un anuncio de la muerte de Don Tiberio Campos. “Ay bueno, siquiera me acompaña al banco y lo cuida mientras entro de volada. Si se acerca el chupa me pita”, me dijo mi mamá. La semana siguiente la barbería seguía cerrada. 6


Pasaron las semanas y un casco capilar empezó a invadir mi cabeza, la versión lisa de un afro. En el colegio me decían Cusumbo y me cogían a calvazos a cada rato. Mi mamá se ofreció a cortarme el pelo y me tocó inventarme que había otra barbería en Niza que cobraba mil pesos. Ella, que para ciertas cosas era muy austera y para otras, como viajar, era súper frívola, me dijo que eso era mucha plata para una tusada. Igual, después de hacerse rogar me dijo que bueno. Todos mis compañeros iban a salones de belleza unisex. Los que tenían papás más chéveres iban a Unicentro, los demás iban a algún establecimiento cerca de sus casas. “¿Juan Pa? ¿Cuanto vale un corte de pelo en Unicentro?”, le pregunté un día a mi amigo en el bus. “Está en diez mil, creo”. “¡Uish!” dije yo. Con mil pesos no me alcanzaría ni para un saludo. En esos días, Valentín me había dicho que le había tocado empeñar el reloj Casio que mi mamá le había traído de Orlando para comprarle el uniforme de colegio a su hijo. Agarré mi walkman y le pedí a mi mama los mil pesos. Ella marinaba un conejo para hornearlo al día siguiente. “Sáquelos de mi bolso”, dijo ella. “Y pilas le roban ese cacharro por andar de fantoche”. La casa de empeño quedaba junto a la estación de Texaco. El tipo que me atendió lucía dientes de oro, esclavas de oro, anillos de oro, y una cadena de oro con una cruz y su signo zodiacal, virgo, de oro. Me dio cinco mil por el Walkman, con tres meses para reclamarlo. Con seis mil pesos no me alcanzaría para Unicentro, pero seguro sería suficiente para el salón en La Campiña, Doris Unisex. Un día había visto unos beegees saliendo de ahí por lo cual asumí que tendrían una sensibilidad juvenil. Cuando llegué no había nadie. “Buenas”, dije. De atrás se asomó una chica con rayos en su cabello. Estaba lavando unas tazas de tinto en un pequeño lavamanos. “Sigue”, dijo secándose las manos. “¿Vienes para un corte?” “ Sí. ¿A cómo es?”, le pregunte. “A cinco mil pesos”, me respondió. “Siéntate y te voy lavando el pelo mientras Jairo vuelve que está al lado”. 7


Me sentí estremecer. “¿El lavado de pelo cuesta más?”, le pregunté. “No tontín, eso viene incluido”, me dijo riéndose. “Relájate, estas muy tenso. Escúrrete un poco”. Una vez posicionado, el agua empezó a correr, pero no tocó mi pelo. Ella esperaba a que estuviera en la temperatura indicada. Mientras, cantaba “No Controles” de Las Flans. En esa época tenía una saludable obsesión con el onanismo. Ejercía esta practica un promedio de catorce veces por semana. Mi pubertad latente era soberana y hubiera sido iluso de mi parte intervenir en su desarrollo. La sola noción de que un miembro del género opuesto fuese a masajear mi cuero cabelludo era una ignición sobrecogedora para que el 98% de mi sangre se concentrara en mi área pélvica. Y de repente comenzó: el agua tibia corría por mi pelo y sus dedos facilitaban su pasaje. Exprimió sobre la palma de su mano una porción generosa de champú y empezó a masajearme metódicamente de la sien a la nuca. Yo tenía puestos unos pantalones de pana con prenses que ocultaban cualquier inflamación genital. Sin embargo, en el momento de levantarme nada ocultaría mi lujuria. Tenía 5 minutos para pensar en vómito, diarrea, remolacha, y cualquier cosa asquerosa para contrarrestar mi protuberancia. No sé en qué momento cerré mis ojos, pero de repente me encontré en un jardín edénico. Una versión idílica de mi, con abdominales y piel trigueña andaba entre los nardos y las orquídeas aspirando profundamente los aromas. Frente a mí, una versión idílica de la chica con los rayos me esperaba en cuatro. De hecho, era una versión extremadamente compuesta, ya que no me acordaba bien de su apariencia. “¿Quieres que te ponga acondicionador?”, me preguntó. Mientras me metía los dedos en las orejas para sacar la espuma, yo, en mi jardín edénico se lo metía como mi imaginación virgen asumía que se hacía. “¡China! ¡Me gané el chance!”, dijo un tipo bigotudo. “Usé el número del taxi que nos llevó a Corferias para el concierto de Miguel Mateos”. “¡Que chimba, Jairín!”, dijo La China. Jairo entró masticando una empanada hawaiana. “Trescientos cincuenta mil pesitos. ¿En qué nos los vamos a gastar?”dijo. 8


La China me secó el pelo y yo me acomodé mi protuberancia. “¿Tonces qué sardino?” dijo Jairo. “¿Qué corte quiere? ¿El Champiñón? ¿El John Jairo? ¿El Julio Cesar?” Me pasó a su silla. Jairo era un cuarentón con una candonga en la oreja izquierda y un chaleco negro de cuero sobre una camisa Rathzel. “Quiero que me lo corte como Elvis Presley”, le dije. Jairo se puso las manos sobre la cintura y se mordió el labio inferior. “¿Sabe qué? “, me preguntó. “¿Qué?”, dije. “¡Dejémonos de vainas!”, dijo él. “¡Plop!” dije. Jairo me tusó, pero me dejó un mechón largo el cual estilizó con medio pote de gel. Luego me lo solidificó con la secadora. Me echó talco y me pasó la brocha quitapelos. “¡El biz-co-cho!”, exclamó y se toteó de la risa. Me paré y me quedé mirando casualmente a La China mientras sacaba la plata. Era chaparrita y tenía un bocio rubio abundante con raíces negras. Si me hubiera permitido comérmela gracias a un milagro, yo no hubiera titubeado. Pero me hubiera dado oso de que nos vieran en Unicentro. Llegué a la casa y mi mamá tenía la comida lista: arroz con pollo y jugo de mora. Estaba exquisito. No me dijo nada de mi pelo esa noche, pero al otro día me dijo que parecía el pájaro loco. No tenía gel, entonces mi pelo se había auto estilizado. Me pareció que me veía del putas. No volví a Doris Unisex porque mi mamá no me soltaba el dinero, pero encontré una barbería en Cota que tusaba por 800 pesos y aprendí a pedir qué corte quería. Nunca supe si La China era Doris, ni qué hicieron con la plata del chance. Eventualmente el salón de belleza dejo de funcionar y abrieron un almacén de detalles, llamado TQM. Ahora me cortan el pelo junto a la librería de St. Mark’s en Nueva York. Es un lugar japonés llamado Hochi Coupe y se demoran casi una hora en sacarme capas con unas tijeras especiales. El resultado es el famoso peinado talco y me cuesta 40 dólares, que no es tan caro para esta ciudad. Me lavan el pelo también, pero ya no me estremezco. Me echo una cera de Bumble & Bumble cada mañana después de ducharme. Mis amigos me envidian mi cabellera voluminosa y abundante. 9


PeluquerĂ­as de Chapinero

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Ciclo de vida Liliana Vélez Jaramillo Iba sentada en el último vagón y sentía cómo mis ojos dormitando se me cerraban y la cabeza se balanceaba con fuerza de atrás para adelante y de adelante para atrás. Sólo adquiría conciencia de mi desgonzadés cuando un pelito se me enredaba en los tornillos de la ventana y entonces cuando la cabeza se iba para adelante -tín- se me arrancaba, y me tocaba levantar la mano para rascarme el punto de dolor. Entre sueños recordaba los pelos de mis amigas, todos con sus luces, brillantes y rubios. Los viernes en la noche parecía una propaganda de Pantene Pro V, todos se veían sedosos, hidratados, largos, alisados, cada mecha en su lugar. El sábado aunque nos habíamos descerebrado la noche anterior, ellas habían tenido los cuidados necesarios para no untarlos de aguardiente o, en su defecto, vómito. A pesar del guayabo, en la tarde nos reuníamos en el centro comercial de moda, donde pasábamos horas destrenzando las memorias de la noche anterior, tomando capuchinos en las mesas de afuera del Pome. Ese día me gustaban más sus pelos. El secador del día anterior estaba menos acentuado porque la almohada los había aplastado: no les levantaba frizzies por la carrera, ni en la línea de pelo alrededor de la cara. Se veían un poco menos artificiales. El domingo también las veía, así fuera día familiar, porque todas terminábamos en el club social almorzando con nuestras familias. Nos juntábamos todas a la hora del salpicón para darnos un baño en las termales. Ahí, sus pelos ya no eran tan iguales: unas se hacían cola de caballo, otras moña, otras media cola, otras se dejaban unas mechitas sueltas a los lados de la cara, otras con peinado de lado, se veían más despejadas y un poco mayores con su pelo cogido. Me fascinaba el cuidado que tenían en las termales. Algunas se ponían un gorro de caucho y otras simplemente se lo recogían y no se metían más que hasta abajito de la clavícula. No querían mojarse ni un pelo para que los minerales no reaccionaran con los tratamientos leave-in y el sun-in que se habían aplicado religiosamente esa mañana. 12


Lunes, primer día de la semana, era, como siempre, una pesadilla. Yo era de las más bajitas y a las que alcanzaba a ver durante la formación en orden de estatura en el rezo de la mañana tenían el peinado del día anterior, como si no se lo hubieran soltado. “Estás talco”, les decía. “Tal como ayer”, y nos íbamos riendo a clase. Los martes unas ya se hacían una cola bien pegada a la frente, tanto que llegaban ojirasgadas y otras a las que no se les ensuciaba tan rápido, sin importar las ondas que el caucho, bamba o caimán habían marcado, lo dejaban suelto y se veían bien con su toque hipposo. El miércoles… bueno, el miércoles dependía de si hacía sol o si llovía. Si hacía sol, olía a fritanga, y si llovía, olía a perro mojado. Ya los pelos después de tantos días despedían su olor pidiendo a gritos una lavadita. El jueves, todas llegaban con el pelo opaco y menos oloroso que el miércoles. Le decíamos Brownie a ese día, porque todas se echaban polvo talco en la cabeza, este les daba un poco de volumen y aplacaba la grasa. Este era el día en que todas llegaban sin tarea, pero en el que con seguridad habían sabido explotar su creatividad, se veían bucles, trenzas talanqueras, french twists, togas, capules globo y así ya no estuvieran de moda, algunas aparecían con copete Alf. El viernes, llegaban al colegio con el pelo hecho pasta, el salón olía a diablos y me era difícil poner atención, por andar tratando de respirar en la manga de la camisa del uniforme. Además la vibración de la rasquiña frenética y constante llamaba mi atención por el rabillo del ojo. Ese día, por lo general Carito, Cami y Cla llevaban carro, ahí se embutían y se íban a la peluquería y nuevamente el ciclo comenzaba.

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Por un pelo Camilo Calvetti

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Dos hermanas Giuseppe Pitré (1875) He oído contar que había una vez dos hermanas. A una le fue mal, la otra se hizo duquesa y tuvo una hija fea. La hermana pobre tenía tres hijas que se ganaban la vida con sus manos. Un día ya no pudieron pagar la renta y tuvieron que irse y vivir en la calle. Por casualidad, un sirviente de la duquesa las vió y le dijo a su ama, quien, gracias a la insistencia de este buen hombre, les dio un pequeño cuarto en el establo. En las noches, por lo general, las muchachas se hacían afuera para trabajar a la luz de las lámparas para ahorrar el aceite de su propia linterna. Pero su tía, la duquesa, era una tirana y no quería darles ninguna comodidad. Entonces hizo apagar las lámparas, para que las muchachas tuvieran que hilar bajo la luz de la luna. Una noche, la menor de las hermanas decidió seguir trabajando hasta que la luna desapareció, y mientras hilaba, se levantó siguiendo la luz de la luna. De repente, mientras caminaba, se soltó una tormenta y debió refugiarse en un amplio monasterio, donde vivían doce monjes. Apenas la vieron, le preguntaron “¿qué haces acá, hija mía?” Ella les contó toda su historia y el mayor de los monjes volteó a verla y le dijo “¡Que te vuelvas aún más hermosa de lo que ya eres!” Y el segundo dijo “¡Cuando te peines, que caigan joyas rojas de tu cabello!” Y el tercero: “¡Cuando te laves, que salten muchos pescados y anguilas del agua!” Y el cuarto: “¡Cuando hables, que rosas y flores salgan de tu boca!” Y el quinto: “¡Cuando comiences a trabajar en algo, que lo termines en segundos!” Y el sexto: “Que tus mejillas sean rosadas como manzanas”. Por fin, le mostraron el camino a su casa y le dijeron que sólo se volteara al pasar la mitad. Así lo hizo y al darse vuelta, se volvió más hermosa que nunca. Apenas llegó a su casa, lo primero que se le ocurrió fue ir por una vasija para lavarse. De inmediato, aparecieron peces y anguilas como recién pescadas. Su madre y hermanas estaban sorprendidas, y ella tuvo que contarles todo. Luego le peinaron el 18


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cabello y recogieron las piedras preciosas y se las llevaron a su tía la duquesa, que quedó sorprendida al verlas –y ella también quiso oír toda la historia. Cuando la duquesa se enteró de lo sucedido, decidió que su hija hiciera lo mismo, para hacerla más hermosa. Esa noche la hizo sentar en el balcón y cuando la luna comenzó a desaparecer, le ordenó irse detrás de ella. La muchacha comenzó a caminar y llegó al monasterio de los doce monjes. Apenas la vieron, la reconocieron y el primero en hablar fue el monje más viejo. “¡Que te vuelvas aún más fea de lo que eres!��� Y el segundo: “¡Cuando hables, que salgan cosas sucias de tu boca!” Y el tercero: “¡Cuando te peines, que caigan muchas serpientes de tu cabello!” Y el cuarto: “¡Cuando te laves, que salgan muchos gusanos!” Así la despidieron. Al regresar a casa, la duquesa se alegró de verla, pero se asustó al ver que era más fea que antes. Quería saber en dónde había estado, y cuando la hija habló salió un olor tan horrible que su madre casi se muere del hedor. Dejemos a la duquesa y a su hija y volvamos a la doncella. Un día, mientras estaba en la puerta de su casa, pasó el rey y apenas la vio se enamoró de ella y quiso tomarla como esposa. Se lo dijo a su tía, la duquesa, y se casaron de inmediato. Al día siguiente partieron al país del rey, acompañados por la duquesa. Al llegar a cierto punto, el rey quiso adelantarse y preparar a su pueblo para conocer a su esposa. Pero apenas se fue, la duquesa le sacó los ojos a la doncella y la echó en una cueva. Luego puso a su hija en su lugar en el carruaje y continuó el viaje. Al llegar al país del rey, el rey quedó aterrado al ver la doncella que pretendía ser su esposa. Al hablarle, recibió como respuesta un vaho de aire putrefacto. Luego se volteó a ver la duquesa y le preguntó “¿qué pasó?” Ella intentó engañarlo, diciendo que una bruja en el camino le había echado una maldición a la doncella. Pero el rey no le creyó y ordeno que las encarcelaran. 20


Ahora regresemos a la pobre doncella en la cueva. Afortunadamente, un viejo que pasaba por ahí escuchó sus gritos de ayuda. Al acercarse y ver su condición, la llevó a su casa. Una vez ahí, la doncella mandó al hombre a vender los diamantes que salían de su cabello y a comprar dos canastas. Al regresar, las llenó de rosas y le dijo al viejo: “quiero que vayas bajo el balcón del rey y proclames tan duro como puedas que estás vendiendo rosas a cambio de ojos”. El viejo así lo hizo y apenas comenzó a proclamar, fue llevado ante una dama que le dio un ojo a cambio de las rosas. El viejo le llevó el ojo a la doncella, que quedó encantada y se puso su ojo de vuelta. Al día siguiente sucedió lo mismo, y así la doncella recuperó su vista. Como habrán adivinado, la dama que hizo el intercambio de los ojos era la duquesa que trató de engañar de nuevo al rey con las flores. Le dijo que las flores salían de su hija. Pero apenas se acercó a la hija, el hedor seguía igual. Cuando la doncella recuperó la vista, hizo un bordado con su imagen y lo puso a la venta en una planicie frente al palacio real. El rey, que pasaba por ahí, vio el retrato y entendió. De inmediato hizo traer al viejo para que le dijera quien había hecho el bordado. El viejo le contó lo sucedido y le trajo a la doncella. El rey la reconoció y, después de oir lo sucedido, la llevó a su palacio donde hizo echar a la duquesa y a su hija a una caldera de agua hirviendo. Después vivió feliz y contento con la joven reina.

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Necesidades básicas Manuel Kalmanovitz G.

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La señora necesita ir a clases de pintura. Materiales de pintura también, para esas clases. Porque ¿qué va a hacer llegando a clase de pintura sin materiales, sin pinceles, oleos y una superficie donde ponerlos, ya sea lienzo o madera o plástico? ¿Ah? ¿Qué se supone que haga? ¿Ver a las compañeras pintar? ¿Ver las flores que están en la mesa del centro, esperando a ser pintadas, y tratar de grabárselas en su mente? ¿Acaso espera que sea más agresiva? ¿Que llegue sin nada y se lo rape a otra señora más viejita que ella, con más artritis que ella, con una o dos cataratas, con el colon irritable e irritado? No, para eso no la criaron. Así no la educaron. Hay gente que sí. Que le rapa un pedazo de lechuga a otra, que le saca un ojo al otro, que defeca en la entrada de un edificio después de robarse el contador del agua. Hay gente así, claro. Pero ella no es una de esas gentes. 22


Piensa que, igual, esa gente debe sentir una gran libertad. Imagínense. Robarse un contador del agua y defecar al pie del mismo, como había pasado en un edificio conocido. ¡Qué desatados! ¿Cómo era posible? ¡Qué librepensadores y librehacedores que podían ser algunos! Pero ella sabe que pedir eso es demasiado. Sólo quiere dinero para sus clases de pintura y para los materiales. También para las clases de danza. Esas satisfacen tanto sus necesidades estéticas como las corporales. Así se mantiene bien, flexible, con alegría de vivir. Y lo demuestra en cualquier ocasión, agachándose y tocándose los dedos de los pies. En las clases han estado aprendiendo a bailar el tango. Su pareja es un hombre mayor y sospecha que se ha metido a estas clases no por razones estéticas o de salud, sino por soledad. Por tener a quien agarrarle una nalga, cosa que a ella no le molesta demasiado. Que coja lo que quiera, si yo apenas la uso para sentarme. También necesita plata para ir a la peluquería de vez en cuando. “No quiero verme como un monstruo”. Esto cabe pensarlo mejor. Porque la diferencia entre ir y no ir a la peluquería, para los ajenos, no es tan grande. Es decir, no es la diferencia que hay entre la monstruosidad y la normalidad, si consideráramos la normalidad como lo opuesto a monstruosidad. No, no es tanta. No es, digamos, como la diferencia entre un niño que por algún capricho genético o por radiación o por algún elemento químico nació con un cuerno en medio de la frente y otro niño común y corriente. Porque esa diferencia puede ser tremenda. En épocas menos civilizadas, un niño así lo matan. Lo queman. O, al menos, lo molestan mucho. Le dicen “Cornudo”, “Belzebú”, “Unicornio Azul”. Pero no es el caso con la señora. No es que su falta de peluquería vaya a hacer que la quemen viva. No es que la vayan a apedrear o a linchar. No, nada de eso. Si acaso le dirán “vieja despelucada”, “vieja loca”, cosas así. Si no va a la peluquería, esta señora se ve, simplemente y qué pena la obviedad, menos peinada. Hemos preparado, para hacer más claro este punto, un par de ilustraciones que muestran cómo se ve cuando va al peluquero y cuando no. Las hemos titulado ilustraciones 1 y 2 y están en la página anterior. 23


Como pueden ver, es prácticamente la misma persona. Sólo que en la ilustración se ven como unos rayitos, unas líneas, saliéndole del pelo. Que son un símbolo de despelucamiento y desorden, aunque también, viéndolo bien, pueden ser leídos como señal de una especie de brillo diamantino relacionado con un ingenio poco común. Aunque no es el caso con la señora que nos ocupa. Pero sigamos. Al analizar esto fríamente podemos ver que tiene algo razonable. Obviamente no es un monstruo. Es una persona normal. Pero que tiene cierta autoestima, misma que puede derrumbarse al no visitar al peluquero con cierta regularidad. Entonces puede que lo diga porque, al no ir al peluquero, como le ha pasado antes, comience a verse a sí misma como monstruo. Que se vea en el espejo y vea un horror. En ese sentido ir a la peluquería es una necesidad sicológica y no física. No es que se vaya a transformar en un monstruo, que le salgan agallas a los lados del cuello, o un cuerno como al niño que antes quemaban en la hogera y que ahora lo molestan diciéndole ”Unicornio Azul”. Con respecto a esto, entonces, concluímos que sí, que es una necesidad válida. Y bueno. Llegamos a su última necesidad, y acá ya no podemos estar de acuerdo. Necesita plata para poder comprarle regalos de cumpleaños a sus amigas, dice. Entre las amigas que se reúnen periódicamente siempre hay alguna que cumple años y todas lo celebran. Acá, lo recomendable es que no ande con esas señoras. ¿Qué clase de amistad es esa? Si sólo le hablan esperando ese regalo de cumpleaños. Pareciera que le aguantan su pobreza, su despeluque y sus exhibiciones de danza únicamente esperando un chal, una bufanda, un cenicero. Recomendamos que se consiga amigas verdaderas, desinteresadas. De pronto entre sus compañeros y compañeras de danza. De pronto la relación con el señor que le coje la nalga pueda florecer, volverse algo hermoso. Aunque si insiste en seguir con las mismas amigas, puede empezar a regalar esos bodegones que pinta. Así no se le acumulan tanto.

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Peinados MarĂ­a Margarita JimĂŠnez

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PeluquerĂ­as de Chapinero

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Dibujar pelo

Jorge Julián Aristizabal, Pestañas I, II, III (2004). 213 x 92cms. Grafito en papel.

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En una clase de arte que se llamaba “Dibujo del cuerpo” poníamos como primer ejercicio dibujar pelo. Cada estudiante debía llenar su pliego de papel con dibujos de las cabelleras de sus compañeros, como en un inventario de peluquería antigua, y cada uno a su vez serviría de modelo mientras dibujaba. Hablamos de identidad, que el pelo es el atributo más inmediata y radicalmente manipulable que tenemos, el más variable. Todas las descripciones verbales que hacemos de alguien empiezan por el pelo, y se acompañan de gestos con las manos que señalan el largo, o el espesor. Las clases altas dicen “pelo”, las más populares dicen “cabello”, y a ambas les espeluzna la otra forma de decir. Las primeras se burlan del que dice “cabello”, pronunciando “etsageradamente” la “ye”. Y las segundas se figurarán que el “pelo” es o bien una cosa “púbica” o una cosa de “animales”, cosas ambas de las que quieren estar bien distanciados. En realidad el pelo es un término más genérico para todo tipo de producción capilar, y el cabello se referiría específicamente al de la cabeza, ¿no? En todo caso el ejercicio no consiste sólo en dibujar pelo, como en genérico, sino en dibujar completa la cabellera del compañero. Y sólo la cabellera, sin orejas, ni cara, ni nuca. Parece fácil dibujar pelo, la línea del lápiz se comporta como tal (o viceversa). A veces tratamos de quitar un pelo de un papel y nos damos cuenta de que es un ligero trazo de lápiz involuntario. Cuando dibujamos pelo, como dice alguien, la línea es materia y tema a la vez. Pero la cosa es que la cabellera no es unidimensional ni plana, sino que tiene cuerpo y volumen, entonces la dificultad está en que hay que representar también esta ilusión. Ninguna otra parte del cuerpo presenta esos contrastes o cambios de luz y sombra en espacios tan pequeños (exceptuando tal vez la oreja). No se trata entonces sólo de delimitar gráficamente el espacio que ocupa, ni de rellenarlo a la loca que “porque es pelo”. Idealmente, las líneas dibujan, además de cada pelo, la forma de la cabeza que lo sostiene. Alberto Durero, el gran artista del Renacimiento germánico, era, entre otras cosas, un prodigioso dibujante de pelo; un gran estilista, 33


dijéramos. Cantidades de retratos en pluma, punta de plata, tinta, carboncillo, tiza, pincel y grabados en madera y metal son testimonio de su arte. Ya se trate de sensuales bucles en las melenas de virginales gorditas o de las hirsutas barbas de graves ancianos, del estudio de un negro o de los crespitos de los querubines, que no importa realmente quién es ninguno, constituye un verdadero deleite contemplar los recorridos capilares de sus retratados, abriendo cualquier libro monográfico de este pintor. ¿Tendrá que ver con eso de que los historiadores llamen lineal al Renacimiento? Sus autorretratos son pródigos en este sentido. Es evidente su belleza física y su vanidad, que se manifiesta en sucesivos autorretratos desde los trece años hasta el final de su vida, en una época en la que este género es nuevo. En ellos, además de sus elegantes ropajes de últimas modas venecianas, despliega su larga cabellera rizada y dorada con una finura inusitada, que enmarca su adusto rostro del todo alemán. En el más famoso, Autorretrato con pelliza, de 1500 (Alte Pinakothek, Munich), absolutamente frontal, simétrico, y con cánones correspondientes a imágenes tradicionales de Cristo, la textura del pelo se prolonga hacia abajo en el cuello y las solapas de su chaqueta, forrados en piel de animal. Ampliamente reproducida está la anécdota del encuentro en Venecia de Durero con el maestro Giovanni Bellini, mayor que él, quien le pide que le muestre los pinceles especiales con que pinta el cabello. Durero le muestra sus pinceles normales, iguales a los que usa el propio Bellini, a lo que éste le insiste que no, que se refiere a aquellos con los que hace varios pelos de una sola pincelada. Durero entonces se pone manos a la obra y realiza una de sus dichosas cabelleras crespas, ante los ojos descrestados del pintor veneciano. Como descrestados quedamos nosotros aún hoy día, contemplando su cuadro más famoso, y uno de los retratos de animales más populares de la historia del arte, La liebre, de 1502 (Albertina, Viena). Acuarela aplicada con un finísimo pincel y matizando ocres, cafés y grises, cubre un dibujo previo, produciendo la sensación de pelo más provocativa y táctil. Y las orejas, y los bigotes, todo muy impresionante. Como para rematar el relato de lo que parece bordear por todos lados el fetichismo capilar, hay que contar aquí, sino dónde, que 34


El rizo de Durero.

después de su muerte, a Durero se le cortó un rizo de su cabello, que hasta hoy se conserva, igual de mono que hace 500 años, en la Kupferstichkabinett de la Akademie der bildenden Künste de Viena como una reliquia histórica, con la lista completa de sus propietarios a través del tiempo. 35


Pero bueno, qué Durero, si aquí tenemos también artistas y obras de pelos. Por ejemplo Giovanni, por la época en que nos pusimos a vivir juntos, estuvo haciendo durante largo tiempo unos dispendiosos dibujos con el pelo de su perro, que se le caía por montones, y que Giovanni disponía con pinzas sobre un papel pegajoso. Imágenes cotidianas con temas de casa, de ciudad, de familia, de competencia deportiva, y una de unos lobos compitiendo por comida. La motivación tenía que ver con enrarecer estas imágenes idílicas con algo de patología, o algo así como sublimar la enfermedad, no sé; el hecho es que el contorno de las figuras se hizo materia pilosa. Lo paradójico es que el medio utilizado lo hizo eliminar por completo la consabida línea peluda, y en cambio ésta se hizo grácil y elegante, por decir lo menos. Con todo, el artista más de pelos de Colombia tiene que ser Jorge Julián Aristizábal. Como Durero, dibuja animales y dibuja pelo, pero ya no como parte del cuerpo ni como cabelleras autónomas, sino pelo genérico, aunque sí bien organizado y uno por uno. Liso, ondulado o rizadito cubre formatos verticales de más de dos metros, como tapices tejidos que en algo recuerdan a Olga de Amaral, pero esta vez en sorprendentes trazos tupidos de carboncillo o grafito. Y se llaman “Piel”, como para sentirnos allí más en contacto. En formatos igual de grandes pero en sentido horizontal, están también las “Eyelashes”. Con muy buena punta del lápiz, cada pestaña cae de un solo trazo vertical, o en curva hacia la izquierda y se desvanece hacia el extremo, creando entre todas un suave cepillo peinado y que casi peina a su vez los ojos que lo miran. Ciertamente los pelos, más que cualquier otra parte del cuerpo, nos recuerdan lo animal, sobre todo lo mamífero. Tal vez por eso nos atraen y nos repelen tanto al mismo tiempo. Juan Mejía

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III Stephen Crane (*)

In the desert I saw a creature, naked, beastly Who, squatting upon the ground, Held his heart in his hands, And ate of it I said, “Is it good, friend?” “It is bitter –bitter,” he answered; “But I like it “Because it is bitter “And because it is my heart”.

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III Stephen Crane

En el desierto vi una criatura, desnuda, bestial, que, acurrucada en el suelo, sostenía su corazón entre sus manos. y comía de él. Le dije “¿está bueno, amigo?” “Es amargo – amargo”, respondió. “Pero me gusta “Porque es amargo, “Y porque es mi corazón”.

(*) Del libro The Black Riders and Other Lines, publicado en 1895.

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Peluditos Paola Gaviria (Powerpaola)

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Vaqueros calvos No hay vaqueros calvos en las películas. Simplemente no los hay. Hay alguna gente calva, claro. De vez en cuando se los ve por ahí. Pero no son los vaqueros. Son los mineros que buscan oro, o los vendedores de whisky, o los gerentes de banco. Son todas las profesiones que uno se imagine paralela a la de los vaqueros, menos la de los vaqueros. Es paradójico que no haya más vaqueros calvos porque se la pasan andando con sus sombreros a caballo. ¿Qué importa si debajo de un sombrero hay pelo o no pelo? Da lo mismo. En un plano general, viendo al vaquero en el horizonte, sólo vemos su silueta sobre el caballo y, encima de su silueta, el sombrero a contraluz. Podría ser calvo y se vería igual. Pero sucede que las películas de vaqueros no son sólo sobre actividades de vaqueros. Son también sobre la esfera opuesta a esas actividades tan difusas y difíciles de calificar y cuantificar de los vaqueros, esas actividades que se realizan al aire libre, que son casi siempre entre hombres, y que tienden a terminar en muertes y cavilaciones. La esfera opuesta es la de la casa y el hogar. Es decir, la de la mujer y la familia. Y muchas veces las películas hablan de la relación que esa gente tan libre, la que anda a caballo con el sombrero puesto, tiene con el mundo casero y familiar, un mundo que les es ajeno pero al que añoran pertenecer, así en algunos casos les resulte imposible. Sólo ahí importa la calvicie de los vaqueros. Ellos entran a la casa y se descubren la cabeza. Puede ser señal de galantería o de vergüenza por saberse seres medio bárbaros y sanguinarios. O puede ser también sólo por costumbre. El caso es que al llegar a una casa decente, se descubren la cabeza (en un bar no hay necesidad, porque el bar es una extensión de la calle y descubrirse ahí sería una muestra de debilidad). Y al descubrir su cabeza, es importante que tengan una cabellera. Ahí la cabellera les devuelve la humanidad perdida. Parecen civilizados no sólo por el pelo, sino por llevar los sombreros en la mano, que es una señal de respeto. Es la iglesia verdadera del vaquero, la 42


Ward Bond, descubriéndose en The Searchers (1956)

casa. Tiene esa cosa inalcanzable que hay en las iglesias, esa perfección de un Dios siempre digna de respeto. Al mostrar el pelo vemos que además de su rol social, de su actividad diaria misteriosa de vaqueros, son personas. Los vemos existiendo más allá de esa imagen de sí mismos que han creado. Y vemos también que ellos saben que ese rol que asumieron no los explica totalmente; que no se agotan ahí. Sólo los vaqueros más bestiales –los de las películas italianas de vaqueros– se niegan a quitarse el sombrero al entrar a una casa. Pero ahí ya hablamos de otro mundo. Ahí hasta los vaqueros calvos son posibles. En la realidad, cuando rodó The Searchers, en 1956, a los 48 años, John Wayne ya era calvo. Hay una foto de él recién salido de una piscina, donde se ve que además de panzón y sin pelo, tenía la cabeza perfectamente ovalada. Ahí uno entiende que no hubiera vaqueros calvos. Porque además, si los matan, no tendrían cabelleras que cortarles. M.K.G 43


Llanto de barbudo

En la calle hablaba una pareja, conformada por una muchacha y un muchacho que, además de muchachez, tenía barbudez. El muchacho de gran barbudez, iluminado por las luces de los autos que pasaban no tan velozmente, lucía contrariado. Lloraba, incluso. Lloraba su llanto de barbudo, que resultó conmovedor, hasta para quienes lo vieron pasajeramente. Conmovedor hasta para los pasajeros que viajaban en los autos iluminadores. ¿Fue por las luces que pasaban? ¿Por el contraste de la liquidez acariciadora y acuática de la lágrima perdiéndose en la carraspez de la barba? Lo imaginaron aclarando su garganta, componiéndose, limpiándose la lágrima como si no hubiera salido de adentro suyo, mirando al cielo a ver si llovía, a los autos a ver si lo habían salpicado, a los árboles a ver si le habían mandado una hoja traicionera, un pedacito de mugre. Pero no, lloraba por la muchacha o por la situación. Lloraba por las luces que lo iluminaban y por la barba que tenía. Lloraba porque el 44


mundo quiso producir a un barbudo llorando, que es un espectáculo inesperado. Él lo sabía también y eso lo enfurecía porque no quería ser espectáculo así. Un muchacho con barba quiere ser espectáculo sólo por su barba misma y nada más. Lo demás es interferencia y distracción. Como una persona brillante no quiere ser admirada por sus cejas o sus uñas. Pero ahí estaba, siendo espectáculo por su barba y sus lágrimas, por ambas cosas existiendo sobre su rostro a la vez. Sentía que el dolor y la indignación lo estaban rompiendo, abriéndole una grieta que él trataba de cerrar sin éxito. Y por esa grieta salía el agua salada. El barbudo lloraba en la calle y cualquiera que lo viera podía darse cuenta que no era nada personal, que se había convertido en una grieta por la que salía el llanto del mundo entero.

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Cactus peludos Giovanni Vargas

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Alumnos de la asignatura Palabra e Imagen de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia dictada por Zenaida Osorio. 11 de febrero del 2010.

Pelos y ciudad

Carolina CortĂŠs

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PeluquerĂ­as de Chapinero

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Meditaciones sobre pelo Natalia Valencia

El pelo como ruptura temporal Cuando Mme. Arnoux regresa años después a ver a Frédéric, cuando él ya es maduro y ella ya es vieja, el amor revive en el encuentro, el esplendor de lo vivido se reactiva. Juntos vuelven a habitar una cápsula de tiempo pasado, haciéndola presente. Ese momento suspendido se quiebra cuando Mme. Arnoux se descubre el pelo. Este ya es blanco. Frédéric al verlo siente una punzada en el corazón; la burbuja colapsa y la vida real se reestablece. La verdad de sus vidas divergentes con el paso del tiempo se hace evidente. El amor se queda entonces contenido en el mechón de pelo que Mme. Arnoux se corta y le entrega a su antiguo amante, antes de partir definitivamente. (La educación sentimental, Gustave Flaubert, 1869)

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El pelo como escudo contra el paso del tiempo Patsy Stone dice tener 39 años, pero en uno de los capítulos de la segunda temporada, nos enteramos que tiene 47. Se ha hecho muchas cirugías y es el perfecto ejemplo de una “cuchibarbie” o “cuchacha”. Sus canas están cubiertas de tinte rubio, su piel está estirada y su peinado se levanta como un caracol en su cabeza. Es una borracha y drogadicta que cae dormida en cualquier parte, pero de alguna manera su pelo logra mantenerse siempre en alto. Es casi como si tuviera una estructura de metal por dentro. Es el último bastión de la lucha del culto a la belleza, que no oye relojes avanzar, ni pelos caer, ni arrugas resquebrajar la piel. Patsy es como la protagonista de Sunset Boulevard también, siempre diosa en su propio reino, en donde su peinado de caracol se mantiene impecablemente estático, en una gloria atemporal. (Absolutely Fabulous, Jennifer Saunders, 1992) El pelo como estatus La madre aristocrática de dos amigas mías las obligó a pintarse el pelo de rubio desde que tenían 15 años. Ella no oía lo que otras madres de la época, que los tintes para el pelo pueden ser terriblemente maltratantes y tóxicos –y más en adolescentes. Ella sólo necesitaba que ellas fueran rubias como ella, blancas y también flacas, para que consiguieran un marido muy regio y de buena familia, y para que, sobre todo, no se fueran a quedar solteronas, porque “qué diría la gente”. Por eso les pagaba inyecciones de mesoterapia para reducirles las caderas. Pero el verdadero colmo fue cuando obligó a su nieto a cortarse el pelo un día, porque iba pareciendo un indio y no un niño divinamente, como realmente era. Pero el pelo largo del nietecillo era nada más y nada menos que una ofrenda a los dioses hecha por su padre que tenía creencias chamánicas. Una ofrenda que quedó botada en el piso del salón de belleza del Country Club. (Historia de la vida real, circa 2008) 53


El pelo como espacio de venganza La verdad es que al final la chica me cae bien. Años después me quedé en su casa en la playa y todo. Pero aquel día, qué insufrible estaba. Y peor de insufribles mi amiga y yo, que nos creíamos las justicieras de la belleza y le pegábamos chicles en el pelo a todas las que nos cayeran mal y cuyos peinados despreciáramos. Pero en últimas, ese día ella se lo merecía. ¿A quién se le ocurre estar en las drogas un martes en un restaurante de comida fusión? Peor aún, teniendo ella semejante mata de pelo y teniendo nosotras tantos Chiclets Adams en la cartera… Era un placer implantar las bolitas de chicle en ese matorral crespo y ella tan ebria que no se daba cuenta. Era como hacer un árbol de Navidad. (Historia de la vida real, circa 2005)

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Peluquerías que debían existir


Fotonovela

Mira cómo se me mueve el pelo cuando me concentro.

No, no veo nada distinto. ¿Cómo así que no ves nada? Mira. ¿No ves que cuando me concentro puedo mover las orejas y, con ellas el pelo? Eso no es tan común. Es una de mis cosas especiales.

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Tú cuando te concentras apenas logras arrugar el ceño. De pronto sea por tener el pelo tan liso. O por ser un…

No hables así de mi. Ni menosprecies mi pelo. Puede que no pueda moverlo, pero es sano y manejable. A veces siento que podría morirme del aburrimiento contigo.

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Drama capilar Luisa Roa Todo empezó cuando el copete Alf estuvo de moda. El requisito fundamental para este peinado era tener el pelo liso, de modo que se pudiera enredar en la base y el resto saliera disparado en punta como el del marciano que vivía en la casa de los Tanner. Cuando veía esos copetes me sentía impotente: mi pelo es crespo, así que de entrada no cumplía con la primera exigencia que la moda me imponía. Claro, lo intenté muchas veces, pero siempre fue en vano. Una vez, le pedí a mi abuela que me cortara un capul. A pesar de lo absurda que le pareció mi petición, lo hizo y, como era de esperarse, resultó mala idea. Quedó un pedazo de pelo que sobresalía hasta la mitad de mi frente, crespo y muy corto. Mis familiares se burlaron y fue el tema de conversación durante un mes. Mis tías me aconsejaron que para conseguir mi objetivo debía hacerme la toga, una práctica precaria para alisar el pelo que consistía en envolver mechones alrededor de un tubo de papel higiénico. Al tratarse de un procedimiento muy engorroso desistí. En verdad, yo estaba esperando otra cosa; me había imaginado que finalmente, con mi nuevo corte, ingresaría a las hordas de jovencitas que caminaban por las calles orgullosas de lucir un copete hecho con esmero cada mañana, alto y tieso por el exceso de gel, lleno de nudos en su nacimiento, como una pequeña telaraña que prometía una vida más feliz. Finalmente sería reconocida por otros, ya no me quedaría sentada en las fiestas esperando a que alguien me sacara a bailar. Todo el asunto fue vergonzoso, tuve que salir a la calle con una pinza que sostenía mi pelo hacia atrás, para entonces un peinado raro. Estaba lejos del tan anhelado copete. Y aunque uno a veces se obstine en pensar que todo es para siempre, el tiempo pasó y el copete Alf desapareció sin dejar ni un pequeño vestigio en los peinados venideros, pero mi pelo seguía siendo crespo. Ante el problema que me imponían la genética y mi fenotipo, incursioné en una peregrinación por las peluquerías de la ciudad con el propósito de encontrar un estilo apropiado, del que no 58


tenía la menor idea cuál podría ser. Nombres como Ambos, Él y ella, Encuentros, Estilos, Carrillo’s y Norberto, aparecieron en mi búsqueda. Sentada en una silla de salón de belleza, con una bata amarrada al cuello, el pelo mojado y frente a un espejo que reflejaba a un peluque59


ro confundido que no sabía por dónde empezar, mis expectativas se iban marchitando. Salía de las peluquerías sin un estilo definido y con un corte improvisado. Afortunadamente, cayeron en mis manos algunos discos de metal y con este género encontré la admiración por las cabelleras abundantes que se agitaban sin pudor en bares y conciertos. Fue un tiempo muy feliz, breve pero feliz. En las carátulas de los discos, los músicos de mis bandas favoritas posaban con el pelo suelto: crespo, liso y ondulado, seguros de sí mismos y sus peinados. Mis amigos y yo mirábamos con aprobación nuestras cabelleras, inocentes de que en un futuro algunos se quedarían calvos y esos pelos brillantes y agarrados al cuero cabelludo acabarían en un sifón. Con el tiempo me di cuenta de que no era una metalera de corazón, los bares de metal me parecían aburridos y me cuestionaba el hecho de pensar si lo que me impulsaba a escuchar metal sería mi dímela capilar. Llegaron los afterparties y nuevamente mi pelo y yo nos enfrentábamos a esa carrera de los estilos y las modas. Un día me llené de valor y decidí cortarme el pelo y teñirlo de color rosa. Le conté mis deseos al peluquero, le indique el tono más apropiado. La decoloración fue dolorosa, pensé que lo perdería todo. Tuve la certeza de que nuevamente había fracasado en mi empeño por tener un estilo apropiado. Por supuesto, fracasé. Mi pelo no era color rosa, ni siquiera se acercaba, más bien parecía un costal chamuscado por el sol. Tuve que andar con ese amasijo sobre mi cabeza un buen tiempo, y el tema de la raíces se volvió tedioso: a medida que crecía, el pelo tenía una franja amarilla y otra negra. Llegaron consejos capilares de todas partes: amigos, conocidos, familiares y gente entrometida que pensaba que mi pelo les concernía directamente. Mi pelo siempre fue un problema para mí, era como si tuviera una vida paralela a la mía. Siempre íbamos en direcciones opuestas: yo intentaba domesticarlo y él se negaba a ser predecible y aburrido. Después de cortes, tintes, planchas, secadores y decolorantes, sobrevivió y llegamos a un acuerdo: yo lo dejaría crecer tranquilamente y él se mantendría bien agarrado a mi por un buen tiempo. 60


El diablo y el crespo J.D. Anderson *

Una fría noche invernal, un Bramín maduro cruzaba una pradera camino a casa. El viento soplaba aguda y fríamente y el viajero, de nombre Sibu, temblaba en todas sus extremidades. De repente, a la izquierda del camino, vio un fuego que ardía alegremente y, alrededor, un grupo de gente que disfrutaba su calor. ¡Qué tentación calentarse entre buenas compañías antes de seguir el viaje a casa! Se acercó y, al sentir la alegre influencia de las llamas desde lejos, gritó incautamente “Tapai, Tapai”, que significa “me calenté, me calenté”. Desafortunadamente, las criaturas alrededor del fuego eran fantasmas malignos, horribles, distorsionados y sonrientes, enemigos jurados de la humanidad que gritaban palabras obscenas con el acento nasal típico de su raza. 61


Además, uno de ellos se llamaba Tapai, y la congregación fantasmal quedó perpleja al oír a un mortal usando familiarmente el nombre de su camarada. Amenazaron con matarlo fulminantemente. El Bramín, aterrado, buscó su hilo sagrado, pero se le había caído. Trató de repetir los nombres sagrados de los dioses, pero su memoria estaba paralizada por el miedo. Finalmente, alcanzó el hilo y arriesgándose, dijo valientemente que conocía a Tapai bastante bien, ya que Tapai y sus ancestros de tres generaciones habían sido esclavos de su familia. “Bueno”, gritó Tapai. “Si puede decirme los nombres de mis ancestros, me comprometo a ser su sirviente”. A lo cuál el sagaz sacerdote respondió: “¿cómo puede esperarse que me sepa los nombres de todos los esclavos de mis ancestros? Pero los tengo consignados en un libro en casa”. Así, se le permitió partir bajo la condición de que regresaría al tercer día para contestar el reto de Tapai. De lo contrario, no sólo él sino su familia perecerían en las manos de los bhutas comehombres. El Bramín fue a casa, a salvo de momento, pero lleno de pesimismo sobre el futuro. Durante dos días miserables, el abatido sacerdote no podía ni comer ni dormir y su esposa e hija y niño pequeños compartían su ansiedad. A la tercera noche, cuando su familia dormía, el miserable hombre salió a colgarse en la selva antes que enfrentar a sus fantasmales enemigos. Pero en el árbol que escogió para suicidarse, había dos siluetas oscuras. Tembló y se quedó quieto, pero escuchó. Eran Tapai y su esposa. Y esta última, con verdadera curiosidad femenina, le preguntaba a su esposo los nombres de sus antepasados. Por supuesto, Tapai tenía que responderle, igual que cualquier esposo presionado por su esposa. Recitó el siguiente verso: Haramu,/ Y su hijo Chharamu,/ Y su hijo Apai,/ Y su hijo Tapai. Así era el verso que el Bramín se aprendió y volviendo a tientas a su casa, entre el bosque oscuro, enfrentó la vida con nueva confianza. La siguiente noche fue a la cita fantasmal y el desafortunado Tapai lo siguió a casa, convertido en sumiso esclavo. Pero había una condición: Tapai haría todos los trabajos que le encargaran del amanecer al atardecer. Pero debía mantenerse ocupado

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todo el tiempo. Al principio, parecía una condición fácil de cumplir. Le ordenaron al bhuta construir un palacio, levantar un noble templo, excavar un tanque, buscarle un esposo a la hija del Bramín, etc. Pero los deseos humanos y su ingenio tienen límites e incluso el Bramín, a pesar del lujo que ahora lo rodeaba, era un mortal apurado y perplejo. Parecía estar cerca de morir de pura preocupación y ansiedad, cuando su esposa lo rescató. Arrancó un pelo crespo de las cejas de su marido. “Dale esto a la criatura”, le dijo, “y pídele que lo enderezca”. El pobre demonio, por primera vez, no supo qué hacer. Jaló el pelo, lo planchó y lo mojó. Pero todo fue en vano. Apenas lo soltaba, se encrespaba de nuevo. Finalmente, al nochecer, el buen Bramín liberó a Tapai, como Próspero liberó a Ariel, y luego él y su familia vivieron felices de ahí en adelante.

* Esta historia originalmente apareció en Sajher Bhog de Rai Sahib Dinesh Chandra Sen (1919) y Anderson la recontó en 1920 a Folk-Lore: A Quarterly Review of Myth, Tradition, Institution, and Custom. Nosotros la encontramos en el excelente archivo de cuentos populares de D.L. Ashliman en http://www. pitt.edu/~dash/folktexts.html y la tradujimos. 63


Rock’n’Roll Hair of Fame Andrés Felipe Uribe Cárdenas

Ana 64


Johnny 65


Bruce 66


Sebastian 67


Jerry 68


Gloria 69


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Luis Fernando Roldán. ‘Gravedad’ (2002). Pelo de pincel de maq


quillaje, bala calibre 22 encontrada, goma, grafito y papel

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Un pelo en la sopa Carolina Sanín Me salió un pelo en la sopa cuando ya me había tomado la sopa. Y a mí la sopa ni me gusta. La sopa era verde y de ningún color, estaba hecha de cosas y no mostraba cosa alguna. Quizás llevaba zanahoria, apio, papa, pollo, pasto, leche, sangre, gomas verdes de osito. Todo estaba licuado y ya no estaba. Debe ser para eso que la sopa existe: para dar a las cosas un porvenir de unión, indiferente. Para ser un resultado. Y yo me la tomé. Me metí la sopa, y al final quedaba el pelo. Y es como un milagro que la cuchara lo haya esquivado a lo largo de la sopa, una y otra vez, y que el ojo también lo haya esquivado. Y eso que el pelo era lo único largo, lo único que podía verse en esa crema de un color y una consistencia, de tantas formas o quizás de puras sobras. La sopa debía ser algo así como el olvido. Un pelo es una línea. Y este pelo no estaba en la sopa propiamente, sino más bien en el plato, acostado sobre la porcelana blanca, en el fondo vacío, vaciado. Al final de todo, el pelo me hacía recomenzar; igual que la sopa, devolverme a inventar qué era lo que había. No era ni rubio ni moreno, ni liso ni rizado, ni fino ni grueso, sino como un pelo cualquiera, un pelo soñado o demasiado conocido. Tal vez venía de un muerto. O de un doliente. Y esa sopa de pelo, en la que me zambullí, quizás me contagió de un mal. Quién sabe si el pelo estaba sucio o limpio. Estaba sucio de sopa. Había sido lavado por la sopa. Tenía caspa, traía pelos de piojo, fue acariciado ayer por una mano, cuando vivía encima de una cara. O se soltó de una peluca que un hombre se puso para ser una mujer. O llevaba años solo, vagando sin saber, lombriz y raya, igual de vivo y muerto que cuando andaba acompañado y con cabeza. O era mío y lo dejé caer para probarlo y que luego descansara.

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Peinados de moda.

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Cinco piezas fáciles A de B.

El Champú de Lola Cuando estudiaba Bacteriología en la Javeriana compartía un apartamento en Teusaquillo con otras dos Bugueñas. Angie estudiaba Comunicación Social también en la Javeriana y Lola estaba haciendo su maestría en derecho penal en el Externado. No éramos mejores amigas pero nos la llevábamos bien. Hasta que un día fuimos a ver Iron Man 2 en el Centro Andino. Lola acababa de recibir un giro de su familia y después de la película se metió al Fedco y se compró un champú alemán de manzanilla de veinticinco mil pesos. Angie y yo quedamos escandalizadas pero nos guardamos nuestros comentarios hasta que Lola se metió a la ducha en el apartamento para lavarse el pelo. “Ve, ¿y ahora es que se cree demasiado refinada para el Sunsilk que compramos la semana pasada en el Febor?”, dijo Angie. “Mejor se hubiera gastado esa platica en un salón de belleza, porque ese champú no le va a quitar la horquilla”, dije yo. 80


Nos reíamos malosamente cuando Lola salio del baño rodeada de una nube de vapor y seguida por una exquisita fragancia que impregnó el apartamento entero. Llené mis pulmones del olor y al exhalar una sensación de bienestar y placer me invadió. Todos los años de rigor y carencia estudiando en Bogota se desvanecieron y un gran optimismo me invadió. Me desperté temprano la siguiente mañana igual de contenta. Tenía clase a las diez pero no podía esperar para lavarme el pelo con el champú de Lola. Dejé el agua corriendo hasta que se calentó. Nuestro calentador tenía por lo menos treinta años. Me desvestí y me senté sobre el inodoro para orinar. Revisé el agua con mi mano y me metí. Ya estaba mojada cuando descubrí que el champú no estaba ahí. Me dio una piedra…

Cucas Peludas Crecí mirando la colección de Playboy de mi padrastro Alfonso. El siempre pensó que las tenia bien escondidas en un baúl cubierto de cojines en su estudio. Las revistas tenían por lo menos treinta años, pero yo tenía doce años y para mi no podían ser mas relevantes. 81


A los dieciséis empecé a tener éxito con las chicas. Era el capitán del equipo de baloncesto y ese año fuimos campeones de la UNCOLI. Carolina Hertz, la vieja mas buena del colegio se bajó del bus conmigo dizque para estudiar para un parcial de cálculo. Nos metimos a mi cuarto y nos empezamos a rumbear. Yo pensé que no pasaría de eso pero ella me puso su mano sobre su cuca y un tremendo escalofrío recorrió toda mi espalda. No tenía ni un solo pelo. Desde ese momento, consciente e inconscientemente comencé a buscar a una mujer con la cuca peluda, como las playmates de los setenta y ochenta. Me acosté con mujeres mayores, prostitutas, lesbianas confundidas y todas se afeitaban. Desde luego lo disfrutaba, pero sentía que no estaba explotando el potencial absoluto de mi lujuria. Luego conocí a Estella, la nueva empleada de mi tía Laura. Acababa de llegar de Ubaté y mi tía no hacia mas que gritarle. Desde el momento que salió de la cocina cargando una bandeja con dos vasos de jugo de tomate de árbol lo supe. Ella era la que había estado buscando. No fue fácil. Estella era muy devota a la Virgen del Socorro y no era ninguna brutita como pensaba mi tía Laura. Pero me tome mi tiempo y poco a poco me gané su confianza. Un viernes me ofrecí a acercarla a la autopista para que agarrara su flota, porque iba a visitar a su taita. Me detuve frente a un Popsy y la invité a comer helado. “¿Tienes novio?”, le pregunté. “No”, me dijo. “Me gustas mucho”, le dije “Usted también me gusta”, me dijo. Entonces nos dimos un beso sentados en una banca. Ella es mucho mas bajita que yo. Me tocó casarme con ella para poder verle la cuca, pero no me decepcionó y sigue siendo hoy, después de 9 años de casados, fuente de inmensa excitación. Mi familia dejó de hablarme por mucho tiempo, pero Estella empezó a retoñar en una flor de belleza exuberante. Abrió una sala de depilación con las técnicas mas avanzadas y pronto pude renunciar a mi empleo en Citibank. Ninguna de sus clientas sabe que ella tiene la cuca peluda.

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El Copete Alf Las niñas de mi curso en octavo escuchaban a Las Flans. Ellas competían por tener el copete Alf mas grande del salón. Tatiana Lombana se llevaba el primer premio, pero se pasaba todo el día manipulándolo con los dedos o con un cepillo especial. Yo sabía para ese entonces que era gay y la idolatraba. Pero me comportaba como todo un varón. Ella pensaba que yo le estaba cayendo cuando me le acercaba a hablarle en el recreo y le ofrecía Gudiz. Cómo me gustaban los Gudiz. Le pedí su número telefónico y la llamé durante la telenovela. Ambos nos pusimos a verla haciendo comentarios sobre las decisiones de los protagonistas. Era inverosímil que la gente en la vida real tomara decisiones tan erráticas. Pero ahí estábamos, ella tragada de mi y yo encantado con su estilo. 83


La Rapada Despu茅s de una jornada infructuosa de buscar empleo, Marcelo se sent贸 frente a un computador en la biblioteca p煤blica de Williamsburg para revisar su correo electr贸nico. Tenia siete mensajes, seis de 84


los cuales eran notificaciones de Farmville en Facebook. Estos los mando a la basura sin abrirlos. El sexto mensaje era de su hermana Adriana anunciándole que su padre había muerto. Corrió sus dedos por su largo pelo lacio. Sintió su corazón esperando una decisión de cómo proceder emocionalmente. Su corazón había sido entrenado a no proceder sin antes consultar con su cerebro. Era un mecanismo de defensa implementado por los golpes de la vida, pero Marcelo no podía decidir. Se quedó sentado frente a la computadora hasta que la bibliotecaria le notifico que tenía que irse porque ya estaban cerrando. Afuera caía una nieve incipiente y decidió que tenía hambre. Se dirigió al chino que quedaba junto al apartamento donde se estaba quedando. Pidió el especial del pollo al estilo General Tso. Era el único comensal en el restaurante. Esto no le sorprendía porque la comida siempre lo dejaba acelerado y ansioso, pero se ajustaba a su presupuesto. Su padre, el Dr. Martín Paniagua, fue rector del Gimnasio Pontifico del Opus Dei por más de 25 años. Su relación con él siempre le había producido una sensación de aceleramiento y angustia también. La última vez que lo vio había sido tres años antes, dos días antes de viajar a Nueva York. Fue la primera y última vez que le alzó la voz a su padre. También fue la última vez que lo cogieron a correazos. “Si no se corta ese pelo olvídese de que tiene un padre”, le dijo. “¡Jamás! Yo soy metalero y me gusta bolear la mecha”, dijo Marcelo. Una semana después había partido para Nueva York para quedarse con su novia metalera en Brooklyn. Ella tenía doble nacionalidad y trabajaba en un bar de metal. El tiempo pasó y el pelo le siguió creciendo. Cuando le llegó hasta la cintura se encontró sin novia, sin trabajo, sin papeles y con una depresión profunda. Tomó el tren G a Queens, se transfirió al N y se bajó en Jackson Heights, en el barrio de los indios. Buscó la dirección que le habían dado. Ahí un tipo llamado Sudani le ofreció quinientos dólares por su pelo. Marcelo aceptó y al dia siguiente compró un pasaje a Bogota para poder asistir al funeral de su padre.

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Rasta la Vista, Conquista En Los Andes todos pensábamos que Juaco seria el próximo Bill Gates. No sólo era el man más pilo de la facultad de ingeniería industrial, sino el mas excéntrico. Mientras su compañero promedio se vestía con mocasines de Addax, medias de rombos de Lanosos, Pepe Jeans, camiseta de U2 Rattle and Hum y un saco de hilo amarrado en la cintura, él llegaba a clase en su pijama Pat Primo con un saco de lana y unas botas Machitas, su pelo lacio sobre su cara. Por lo general, almorzaba con Jorge y yo en un ejecutivo junto al Teatro de la Calle del Agrado. Nosotros estudiábamos Antropología 86


pero éramos unos vagos que casi nunca íbamos a clase. Un dia Juaco nos pidió un favor mientras llegaba nuestro seco; pollo con champiñones. “Oiga! quiero hacerme el rasta como el guitarrista de Rage Against the Machine”, dijo Juaco. “Del putas, güevón”, dijo Jorge. “Marica, pero tiene el pelo demasiado liso”, dije yo. “Pues necesito que uno de los dos le pregunte a Connie como se hizo el rasta porque esa nena tenía el pelo mas liso que yo”, dijo Juaco. Llegó la comida. Se veía bien, una buena presa, champiñones en abundancia y una ensalada de espinaca tierna con rábanos tajados. Por cinco mil pesos, era una ganga. “¿Y por qué no le pregunta usted?”, dijo Jorge. “Es que la otra noche me la encontré en Music Factory. Yo estaba medio peado y me puse pesado. Creo que le agarré el culo y los de seguridad me sacaron de las mechas”. “ Mucha bestia. Si esa vieja es reclave”, dijo Jorge. Una hora después Jorge y yo teníamos clase de etnología con Connie. Ella se sorprendió al vernos. Connie era la más pila de la Facultad de Ciencias Sociales. Cuando el profesor empezó a hablar de las vacas sagradas en la India le escribí una nota y se la puse sobre su cuaderno lleno de apuntes. Mi cuaderno estaba lleno de mamarrachos. En la nota le preguntaba cómo se había hecho el rasta. Ella leyó la nota y siguió tomando apuntes. Yo me quede mirándola. Era la primera vez que la veía con ojos de lobo. Inicialmente su fijación con las 1280 Almas me había dificultado visualizarla sin ropa. El baterista de esa banda me había robado una novia y por ende detestaba su música. Pero ahora veía su piel tersa y bien mantenida. Estaba medio gordita pero tenía curvas y siempre olía a rico, como a patilla. Podría decirse que era una Drew Barrymore criolla. Gracias al interés de Juaco había decidido caerle. Después de clase ella me dijo que estaría feliz de ayudarme a hacerme el rasta. Yo le dije que listo y Jorge, que estaba parado junto a mi, me pegó un gato durísimo. “¡Ábrase!”, me gritó emputadísimo. 87


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PeluquerĂ­as de Chapinero

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Sexapiloso Catalina Holguín El pelo era parte de su sexapil. Un pelo sexapiloso entrapado de cera, igual que los bigotes. Pero a ella no le molestaban los bigotes de S., ni el pegote en la almohada. Dormían en hoteles. Fuera su esposa sería otro el pedo del pelo: le preocuparía el manchón de grasa sobre el tablero principal de la cama matrimonial y sentiría ganas de llorar al imaginar el fanstama de su cabeza sobre el tablero. Recuerda las dos marcas redondas sobre el tablero de la cama de sus abuelos, dos manchas claritas trazadas por años de fricción de las cabezas contra la madera pintada con laca oscura. Bueno, pero dormían en hoteles. Iban de día, tenían tres hoteles georeferenciados alrededor del estudio de grabación, y un simple mensaje de texto era suficiente para ponerla a hablar un poco más rápido. Pero no mucho. Ni mala actriz que fuera. Él en cambio era pésimo actor. Solo que no era actor. Quería serlo y podía llegar a ser agobiante con sus dos anécdotas refritas sobre esa vez en Cartagena cuando estaba de sacamicas del director de casting de alguna producción extranjera, cuando el jefe se vio corto de personal y le pidió que se parara ahí en una esquina, se quedara mudo y fuera protagonista (sólo un extra realmente) de aquella memorable escena cuando... Algo. No lo recuerda. La anécdota continúa con alguna detallada descripción sobre las comilonas después de rodaje en las que protagonistas y extras y personal de rodaje comulgaban con las estrellas de Hollywood. S. sí que era mal actor y no alcanzaba a mandar su mensaje de texto cuando ya tenía enchufado un cigarrillo entre los labios, entre murmuros se despedía de sus compañeros de trabajo diciendo que tenía que hacer alguna vuelta de banco, y se escapaba casi a saltos calle abajo. Era obvio que tenía una moza, pero nadie se preocupó por averiguar su identidad. S. podría ser un don nadie, y podría darse todos los aires de sofisticación que quisiera con su bigote de los años treinta, pero nadie, al menos ella no, podía decir que no fuera un caballero. Comía callado. Y si alguien la pusiera contra la pared—y ese 90


momento iba a llegar—y la hiciera confesar sus verdaderos sentimientos tendría que verse en la penosa obligación de declarar sin muchos aspavientos que efectivamente su marido, ese vendedor de zapatos paisa que supuestamente secretamente coleccionaba hormas de zapatos, no era tan rico como ella había pensado en un principio cuando se casaron, ni tan excéntrico como ella quiso que fuera, y si era culto no lo podía afirmar porque el tipo hablaba más bien poco; así que, contra una pared, con un cuchillo al cuello y la muerte en calzoncillos llamándola con un gesto perverso y raquítico, ella tendría que decir que S., en medio de sus ínfulas de actor, era un tipo sensacional y ella lo adoraba. Años después llegaría ese momento y ella haría lo propio y se largaría con S. dejando dos hijos con el vendedor de zapatos. Pero cuando S. la presionaba y le preguntaba si lo amaba, y la miraba a los ojos mientras se acomodaba de nuevo el pelo engominado en el tocador del cuarto de hotel, ella entonces, incapaz de decir lo que realmente sentía, le respondía con un risa perfectamente calculada: “el día que te quites ese bigote, te dejo”. 91


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Joaqu铆n G贸mez

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Había dos muchachas que se mechoneaban. Gritaban, gruñían, el pelo se arrancaban. Un hombre miraba como divertido, como orgulloso, por saberse el motivo. El pelo volaba los gritos subían y todos los veían al lado del río.

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Índice Morocco (Joseph Von Sternberg) 2–5 Unisexual (Alain de Beaufort) 6–9 Peluquerías de Chapinero 10-11; 30-31; 50-51; 88-89 Ciclo de Vida (Liliana Vélez Jaramillo) 12-15 Por un pelo (Camilo Calvetti) 16–17 Dos hermanas (Giuseppe Pitré) 18-21 Necesidades básicas (Manuel Kalmanovitz G.) 22–24 Peinados (María Margarita Jiménez) 25-28 Pelucas Ospina (Lucas Ospina) 29 Dibujar Pelo (Juan Mejía) 32–36 III (Stephen Crane) 38–39 Peluditos (Paola Gaviria) 40–41 Vaqueros calvos (MKG) 42–43 Llanto de barbudo 44–45 Cactus Peludos (Giovanni Vargas) 46-47 Pelos y ciudad (Carolina Cortés) 48–49 Meditaciones sobre pelo (Natalia Valencia) 52–54 Fotonovela 56–57 Drama Capilar (Luisa Roa) 58–60 El diablo y el crespo (J.D. Anderson) 61-63 Rock’n’Roll Hall of Fame (Andrés Felipe Uribe Cárdenas) 64-69 Gravedad (Luis Fernando Roldán) 70-71 Sin título (Nicolás Consuegra) 72–75 Un pelo en la sopa (Carolina Sanín) 77 Cinco piezas fáciles (A de B) 80–87 Sexapiloso (Catalina Holguín) 90–91 Sin título (Joaquín Gómez) 92–93 Mechoneo 94-95 Revista Matera. No.3. II semestre 2010. Issn: 2145-9746 Matera se publica en Bogotá, Colombia, dos veces al año. Su director y diagramador es Manuel Kalmanovitz. Escríbanos a la calle 62 #9-23 o al email revistamatera@gmail.com.



Revista Matera 3: Pelo