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teatro

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Amanda y Eduardo

Armando Discépolo sea tal vez uno de los mejores autores teatrales argentinos. La especificidad de su lenguaje y la estructura perfecta de sus obras, las hace el recipiente ideal para meter mano y hacer teatro, en el sentido más clásico y bien entendido del término. El desafío es dar en el blanco del espíritu del autor. La puesta de Amanda y Eduardo -con adaptación y dirección de María Laura laspiur- va en esa dirección: captura matices del texto respetando

el pulso propio que marcan las palabras, sin apurarlo, tomándose los tiempos de un bandoneón estirado que alarga la nota hasta llegar al silencio. Tranquilo, seguro, indudablemente local y con la historicidad propia que le da la distancia del tiempo en que fue escrita. Si el problema de clases es una de sus capas de lectura, la decisión espacial resuelve –en la pequeña escala del teatro en que se presenta- muy sintética y simplemente

el tema: la clase baja siempre quedará inevitablemente por detrás de la alta. Cuidada estéticamente, la puesta va al grano, a los hechos que desencadenan el desastre, y tiene la virtud de no irse por las ramas y estar interpretada por un parejo elenco. En ese punto, la Flora de Cecilia Sgariglia arrima el lenguaje con fuerza y precisión al universo propiamente discepoleano: su particular registro actoral la mueve a piacere por la tragedia sin perder el humor que late en la obra, la actriz degusta las palabras como si fuesen propias. Es que es allí es donde puede encontrarse a Discépolo, tanto en un piso de Montevideo y Arenales como en una ratonera de Cochabamba y Pichincha. La inevitable tragedia argentina, qué le vamos a hacer. Vera Czemerinski Autor: Armando Discépolo. Adaptación y dirección: Maria Laura laspiur. Con: Piero Anselmi, Paula Cohen Noguerol, Lucía Díaz, Mayra Mucci, Magdalena Pardo, Cecilia Sgariglia, Nicolás Van De Moortele. Domingos 20 hs en Tadrón Teatro, Dir: Niceto Vega 4802. Entradas $ 180 / $ 150.

La Ponedora, el último milagro Desde los orígenes existió una conexión entre el teatro y la religión. Relación fundante para ambas disciplinas, disolver el vínculo fue parte de los desafíos que tuvieron con el correr de los siglos y la progresiva desacralización social y del Estado. En La Ponedora, el último milagro se realiza el procedimiento inverso: el lazo vuelve a ser protagonista pero, esta vez, para ser repensado. Entonces, la puesta en escena episcopal funciona como evidencia del artificio teatral, del milagro del arte y de la idea del teatro como credo. La escena ocurre en la oscura sacristía de una parroquia en Ayacucho, un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Los fieles se exilian a nuevas creencias con métodos más modernos y evidencias más efectivas de su poder sagrado. Entonces, la cúpula del estado eclesiástico local desespera y se habilita lo que parece imposible: acudir a la madame del burdel del pueblo para pedirle su milagro, la presencia en la iglesia de Iris,

una mujer que pone huevos en su prostíbulo y convoca a centenares de paisanos con “su acto”. Una obra sobre el milagro de la fe y la necesidad de creer. Pero también sobre el cambio de los tiempos y cómo la inmediatez y los resultados más allá de promesas, junto con un discurso punitivo y represor, convirtieron a la iglesia católica tradicional en un anacronismo. La Ponedora, el último milagro es una declaración política, aunque por momentos alejada del verosímil y tomándose poco en serio a sí misma, que vale la pena ver para hacer consciente qué hay de religioso en el teatro y cuánto de teatro en la religión. Julieta Bilik Dramaturgia y dirección: Ana Lucía Rodríguez. Interpretación: Martín Tecchi, Santiago Fraccarolli, Verónica González, Rocío Saldeña, Josefina Barrionuevo y Homero González. Sportivo Teatral, Thames 1426; viernes, a las 23hs; $150.

Revista Llegás. Edición 220.  

Edición 220 de la revista Llegás a Buenos Aires.

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