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opinión

LA VERDADERA AVENTURA Por Mariano Galván

E

ncontrar una verdadera aventura hoy en día es todo un desafío en sí mismo. Casi todos los rincones del planeta ya se encuentran explorados. Hacia cualquier lugar que quieras ir, encontrarás una agencia de viajes que te ofrezca un paquete con mayores o menores comodidades, no importa cuán lejos esté, cuán hostil sea el clima, o cuán fino sea el aire que esconda bellezas reservadas para unos pocos. Cualquier actividad que quieras realizar seguramente alguna agencia ya la ha organizado y te la puede ofrecer, hasta puede crearte un viaje a tu medida. Hoy todo lo que hace falta es colocar el cursor sobre el viaje seleccionado, cargarlo en nuestro carrito de compras que hay al lado del formulario y listo. Nuestra aventura se reducirá a llegar con todo nuestro equipaje y que no nos roben en el camino o que la aerolínea no decida mandar nuestras maletas al otro lado del mundo. Muy lejos de la definición literal: “Hecho o situación extraña o peligrosa que vive o pre-

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sencia una persona, de resultado incierto y poco seguro. Empresa arriesgada”. En el confort de nuestros asientos y viendo los últimos estrenos de cine, contemplamos, sin darle mucha importancia, cómo la nave que nos transporta pasa fácilmente por sobre Brasil, el desierto del Sahara, la península Arábica para luego aterrizar en el sudeste asiático. La motivación y tu espíritu de superación, tus emociones, tus desafíos personales, la coherencia entre tu pensamiento y tu acción, los que construyen tu propia aventura. Pienso en los aventureros de hace unos cincuenta años atrás, que se debían ejercitar sobre las cubiertas de los barcos y soportar las penurias de la vida en el mar por casi un mes. O en los escaladores polacos que hace unos treinta años debían afrontar innumerables peripecias para organizar una expedición y conseguir el material y las provisiones. No digo que me gustaría pasar por esos mismos infortunios para llegar a mi destino pero veo con un poco de nostalgia esos viajes donde se forjaban relaciones, se conocía gente y donde nacían futuros proyectos. Hoy es tan rápido que te subes en Buenos Aires, tomas la cena, ves una peli, te duermes y luego desayunas en Nepal. Así es la vida hoy, velocidad que no deja apreciar las sutilezas del viaje. Pero lo bueno es que siempre que prescindamos del helicóptero, podremos volver al ritmo natural de las cosas y experimentar un poco de la aventura que experimentaban nuestros colegas unos treinta años atrás. Deberás cruzar ríos, superar aludes en las rutas, arriesgarte a quedarte sin combustible en el medio de la nada pero también experimentarás la riqueza cultural de las poblaciones locales y te someterás a nuevos hábitos y costumbres. Pero todos sabemos que las aventu-

ras en las montañas se reducen cada vez más, los campos base tienen más y más confort, televisores, internet, calefacción, alfombras y luces de led. No logro entender aún cómo la gente sale de ahí para intentar subir las montañas, pero la respuesta es fácil. Los sherpas montan las tiendas, fijan cuerdas y derriten agua para que esa gente que habitaba en esa burbuja se vea tentada de disfrutar de las vistas que ofrece la montaña. Porque sólo eso queda hoy, la vista desde las tiendas. La experiencia, el esfuerzo de superarse y medirse en la montaña ya ha quedado atrás. Hoy sólo importa atesorar la cumbre, ya no importa el camino, ni los principios con los que das tus pasos. Hoy sólo interesa si tienes señal desde la cumbre para poder enviar una foto selfie. Las aventuras se están terminando con los agigantados pasos que da la tecnología, con las imágenes en 3D de nuestro planeta, los drones sobrevolando los interiores de los volcanes y los helicópteros que te arrojan y te buscan en los lugares más recónditos. No digo que todo tiempo pasado fue mejor, pero miro con cierta nostalgia los mapas con inmensas zonas en blanco y dibujos en lápiz que mostraban las rutas seguidas en las montañas. Me siento un poco tramposo haciendo uso de tanta tecnología, así que me esfuerzo por prescindir de todo lo que puedo para medirme con medios justos ante los desafíos que me planteo. Quiero saber de lo que soy capaz con mis manos, con mi cabeza y con mis pulmones pero sé que la época de la exploración de las tierras y los mares ha quedado en el pasado. Ahora la aventura duerme dentro nuestro, sólo queda hurgar en los rincones de nuestro ser. Porque son la motivación y tu espíritu de superación, tus emociones, tus desafíos personales, la coherencia entre tu pensamiento y tu acción, los que construyen tu propia aventura personal. Porque la última y verdadera aventura que nos queda es apagar las luces que nos rodean y ver de lo que somos capaces de hacer con nuestra propia luz.

KÓOCH 47  

Revista de andinismo, escalada, montañismo y cultura de montaña en Argentina. Abril-Mayo 2016

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