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Rafael Reyes-Ruiz

A la entrada nos recibió una mujer de edad mediana vestida en un finísimo kimono de seda azul cielo, quien nos condujo silenciosamente a través de un gran salón que estaba casi a oscuras, hasta un comedor con puertas deslizantes de madera pintadas con figuras de komainu, los míticos leones-perros que resguardan la entrada de los templos sintoístas.

tipo de trabajo en sí: después de dos años en la compañía haciendo labores que se me ocurrían eran solo piezas en un rompecabezas, no estaba seguro de que se esperaba de mí. En la calle corría una brusca brisa de otoño con rastros de frío. Después de un preámbulo en que le reiteré a Ogawa que estaba muy agradecido de trabajar con él, le recordé los términos de mi contrato de la manera más diplomática que pude. Ogawa se detuvo por un instante y me dijo que no me preocupara, que él era hombre de su palabra y las horas extras eran por un tiempo limitado, hasta que lográramos nuestro objetivo. Carraspeó un poco y agregó que debería tener paciencia, que las cosas poco a poco tomarían su forma, que en su debido tiempo vería el panorama total. Quise pedirle que me explicara mejor, pero sabía que era inútil; Ogawa me diría lo mismo usando otras pala-

bras o conjurando otra metáfora; ya lo había hecho antes y sospechaba que lo haría de nuevo. Sentí un vahído en mi estómago y no supe que más decir. Ogawa me tenía en sus manos. No estaba en posición para pedir explicaciones o negociar de alguna manera. Roxana estaba embarazada, y aunque su padre nos había enviado una buena suma para ayudarnos con los gastos adicionales —y lo haría otra vez si fuera necesario— dependíamos de mi salario para sobrevivir. Ogawa extendió su brazo hacia delante para que prosiguiéramos y me dijo que «apreciaba mi comprensión», una frase que usaba con frecuencia en situaciones como esta, y ante la que no podía mas que asentir con la cabeza, más por educación que por otra cosa. Para entonces había anochecido por completo. Me di cuenta que no sabía donde estaba exactamente; que si tuviera que regresar a casa dudaría que camino tomar. El barrio por donde transitábamos era una zona industrial de calles estrechas a la que habíamos entrado después de cruzar un puente sobre un canal, cerca de la estación de Sakuragicho. Ogawa miró su reloj y dijo que debíamos apresurarnos. Después de varias calles donde habían fábricas pequeñas de materiales eléctricos y repuestos automotrices alojadas en construcciones que parecían como barracas militares, llegamos a una calle angosta que desembocaba en un viejo muelle destartalado que parecía abandonado. A la izquierda se veía una antigua y elegante casa de estilo japonés tradicional de madera oscura a la que se llegaba por un sendero de grava bordeado por sauces y cerezos. A la entrada nos recibió una mujer de edad mediana vestida en un finísimo kimono de seda azul cielo, quien nos condujo silenciosamente a través de un gran salón que estaba casi a oscuras, hasta un comedor con puertas deslizantes de madera pintadas con figuras de komainu, los míticos leones-perros que resguardan la entrada de los templos sintoístas. Cuando la mujer anunció nuestra llegada hubo una conmoción de voces de bienvenida y venias formales. Mi primera impresión fue de que la mayoría de los allí congregados eran burócratas o ejecutivos 25

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Revista Kantō número 8  

Kantō, es una revista digital editada por hispanohablantes que residen en Japón. Arte, Cultura, Literatura, Comunicación.

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