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DÍSERES Director general: Rosendo Arróniz Martínez

Edición y redacción: Adriana Erandi Irene Guijosa Corrección de estilo y redacción: Sergio Miranda Bonilla

Contenido EDITORIAL ................................................. 5 ESPACIO ESENCIAL

Diseño editorial: Juan Pablo García Pulido

Medio ambiente................................ 7 Estilos de vida, justicia y medio ambiente Ana Isabel Ascencio Pedraza

Auxiliares: Jael Jezabel Mexicano López Daniel Arróniz Rábago

Sociedad.......................................... 8 Jacinta. Una lucha inconclusa Leopoldo Maldonado Gutiérrez

Ilustración: Juan Pablo García Pulido Administración: Carlos Arróniz Rábago Ventas y relaciones públicas: Ciro Nájera Contreras Sergio Velázquez Gallegos Distribución: Christopher Chávez Comité editorial: Pablo Campos Macías, Libertad Castro Muñoz, German Estrada Laredo, Guillermo González Hernández, Ma. Teresa González Pacheco, David Herrerías Guerra, David Martínez Mendizábal, Isabel Montes Del Valle, Ciro Nájera Contreras, Jorge Olmos Fuentes. Colaboraciones especiales: L. Alfonso Reyes Zubiría, Ana Isabel Ascencio Pedraza, Leopoldo Maldonado Gutiérrez, Juan Manuel Torres Delgado, Felipe Martínez Arronte, Ricardo Domínguez Camargo, Tarik Torres Mojica, David Herrerías Guerra, Adriana E. Karszenbaum G., Sara del Carmen Mendoza Cruz, Lucía Serra Estudillo. Acércate a nostros: (477) 7-13-21-76 | diseres.posdata@gmail.com DÍSERES® es una publicación bimensual, gratuita, de contenido original y genuino. Los artículos, así como la publicidad, son responsabilidad de su autor o de la empresa anunciante, según corresponda. Se autoriza la reproducción del Tema Central para beneficio social. El uso no autorizado de los artículos escritos por los colaboradores especiales queda prohibido. Impresa en los Talleres de Gesta Gráfica Impresores: Oaxaca No. 304 Col. Bellavista, C.P. 37360. Tel. 7-13-21-76 Nextel 72*793087*2. Tiraje: 5000 ejemplares. León, Gto., México.

EL TEMA Realidad.......................................... 10 Aprende a vivir bien y sabrás morir mejor Adriana Erandi Irene Guijosa Dialéctica......................................... 13 Pensar en la muerte Juan Manuel Torres Delgado, Felipe Martínez Arronte, Ricardo Domínguez Camargo, Tarik Torres Mojica Ilustrado...........................................20 Ya se está despidiendo David Herrerías Guerra

JOLGORIO El último tirón..................................21 Mercedes Sosa: La cantora que reverenció a la vida con su canto Adriana E. Karszenbaum G. La nata y la crema...........................22 Aberraciones Sara del Carmen Mendoza Cruz La pizarra.......................................25 La nata y la crema..........................26 Nebbia Adriana Erandi Irene Guijosa El último tirón.................................27 Taller de danza para el alma: un practico encuentro con la oración Lucía Serra Estudillo


editorial Hablar o escribir sobre tanatología es muy difícil. Los estudiosos del tema aún discuten qué es la tanatología y su sentido. La definición etimológica nos dice que es “el estudio sobre la muerte”; viene de las palabras griegas “thánatos” (muerte) y “logos” (tratado, estudio). Paradójicamente, esta definición etimológica nos deja más fríos que un cadáver. Para muchos autores, la tanatología  es una  verdadera ciencia, ya que, según la filosofía escolástica, ciencia es el “conocimiento de las cosas por sus causas”, y descubrir las causas de la muerte y encontrar el sentido de morir son la materia propia de la tanatología. Además, como toda ciencia, tiene su objeto formal y material: ambos son, en este caso, el enfermo terminal. Otros afirman que, más que ciencia, la tanatología sigue el método de estudio de una disciplina científica, porque basa sus conocimientos en la observación, descripción, investigación, información y organización. Tanatológicamente hablando, todo lo que le atañe gira alrededor del enfermo terminal; se analizan sus reacciones a partir del momento en que conoce su diagnóstico, tanto físicas (observables) como mentales (no observables) y todo lo que tiene que ver con su conducta emocional, mental y psicológica: sus percepciones, sus pensamientos, sus recuerdos, sus sentimientos. Hay quienes prefieren decir que la tanatología es ciencia, pero no “una” ciencia, porque es también sabiduría y experiencia; la definen como “un campo de reflexión, investigación y experiencia, que no se limita a ser una ciencia natural ni una ciencia humana, pudiendo –según los casos– ‘hacer ciencia’, ser sabiduría o guiar

la experiencia. Es un campo multidisciplinar e interdisciplinar unificado por una perspectiva sobre el mundo y sobre el hombre: la perspectiva de la muerte y el morir”. Para otros, la tanatología es el arte de curar el dolor de la muerte y el dolor de la desesperanza, que son los dolores más grandes que el hombre pueda sufrir. Así, sería arte en el mismo sentido que la medicina, que es “el arte de curar”. Finalmente, muchos profesionistas optan por referirse a la “especialidad” o “subespecialidad” en tanatología, porque ésta involucra al enfermo terminal o en fase terminal y a quienes le rodean: familia, amigos, médicos, enfermeros, ministros religiosos, trabajadores sociales, abogados, etc. Por lo que habrá algunos médicos o ministros religiosos que puedan ser tanatólogos, al igual que enfermeros y otros que trabajen en diversas disciplinas científicas. Para cualquiera de los casos, la tanatología exige un estudio especial, profundo, serio, científico, que prepare al profesionista propiamente como tanatólogo, aunque hay quien afirma que la tanatología “es un campo que va más allá de cualquier saber especializado”. En este número, Díseres expone varios elementos a considerar en torno a la muerte, su sentido, su valor y su dignidad. Esperamos que éstos nos ayuden para afrontar situaciones significativas en nuestra vida, lo cual abonará para construir nuestro camino en paz. L. Alfonso Reyes Zubiría* *Médico. Presidente de la Asociación Mexicana para el Estudio y la Prevención del Suicidio y del Suicida A.C. AMEPS

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Estilos de vida

justicia y medio ambiente Ana Isabel Ascencio Pedraza*

Ante el escenario de crisis que experimentamos hoy en el planeta, parecería que preocuparnos por el medio ambiente es un lujo. Frente a las condiciones de miseria y exclusión que hoy viven muchos hermanos, frente a la reciente gran catástrofe financiera y la consecuente pérdida de empleo, frente al hambre y la falta de oportunidades, ¿qué lugar puede tener el medio ambiente? El discurso sobre el desarrollo sustentable se ha banalizado a tal punto que se ha estereotipado a una persona ecologista como aquella preocupada por los pájaros y las especies exóticas, que separa la basura y consume productos orgánicos (aunque estos hayan        sido pro­d u­­­cidos del o t r o l a d o del mundo). Es necesario que mire m o s m ás a fondo para darnos cuenta de que los diferentes escenarios de la crisis que vivimos tienen que ver con la estructura económica en el que se ha movido el mundo occidental desde la Revolución Industrial y el paradigma de “progreso” que individualmente se ha buscado. La búsqueda constante del crecimiento económico lleva implícita la sobreexplotación de

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los recursos naturales, es decir: por una parte, la destrucción ecológica y, por la otra, los conflictos políticos y sociales por el control de los mismos. No hemos entendido que utilizar más recursos de los que necesitamos genera condiciones de exclusión y agotamiento de la biocapacidad de la Tierra. Desde esta perspectiva, responder a la pregunta ¿qué tengo que ver yo con los grandes problemas que hoy enfrenta la humanidad? Tendría que pasar por la reflexión sobre mi propio estilo de vida. En otras palabras, tendríamos  que   cuesti­onar  qué   implicaciones tiene  para  otros   y para la naturaleza    vivir  como vivimos,    comer lo  que comemos transpor tarnos como lo hacemos, generar el nivel de consumo y desperdicio que generamos (por más que separemos la basura), y cuestionarnos también si es posible buscar alternativas para alcanzar una vida plena y posibilitar que los otros la tengan.

*Ingeniera Mecánica Eléctrica, con especialidad en Métodos Estadísticos para las Ciencias Sociales. Actualmente imparte la materia Calidad de Vida y Desarrollo Sustentable en la Ibero León. Contacto: ascencioana@yahoo.com.mx

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Jacinta. Una lucha inconclusa Leopoldo Maldonado Gutiérrez*

El caso de Jacinta Francisco Marcial, Alberta Alcántara Juan y Teresa González Cornelio, mujeres otomíes falsamente acusadas de secuestrar a seis elementos de la extinta Agencia Federal de Investigaciones, visibiliza la situación alarmante en la que se encuentra el sistema de justicia mexicano y cómo sus deficiencias se agudizan en los casos de personas que sufren con mayor crudeza fenómenos de exclusión, como las mujeres, los pueblos indígenas y las personas en situación económica desfavorable. La no observancia de las garantías mínimas del debido proceso –en específico de la presunción de inocencia– es una muestra clara de un aparato judicial autoritario, alejado de los estándares internacionales de derechos humanos, cuyo uso desviado criminaliza muestras de protesta colectiva, discriminando y victimizando a grupos en situación de vulnerabilidad. Sin embargo, muchas lecturas más se pueden hacer a partir del injusto encarcelamiento de estas tres mujeres, y tienen qué ver con los mecanismos sociales de exclusión/segregación que predominan en nuestra sociedad. Además de los ampliamente conocidos y discutidos elementos objetivos que evidencian la marginación de distintos grupos sociales, tales como la desigualdad de ingresos y goce

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de prestaciones sociales, persisten aquellos de índole subjetivo que versan sobre las representaciones simbólicas, estereotipos, estigmas y tradiciones que porfían prácticas discriminatorias. En la Primera Encuesta Nacional sobre Discriminación, realizada y publicada en 2004 por la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación y SEDESOL, aparecen datos inquietantes sobre los patrones culturales de exclusión que padecen distintos grupos  históricamente   vulnerados.  Los   resultados arrojan que el 40% de los encuestados manifestó que estarían dispuestos a organizarse para evitar que un grupo de indígenas se establezca en su comunidad, mientras que uno de cada tres mexicanos expresa que para que los pueblos originarios salgan de las condiciones de pobreza en las que perviven, necesitan dejar de comportarse como indígenas. Dentro del mismo estudio podemos encontrar que predomina una cultura marcadamente machista: 40% de los mexicanos asevera que las mujeres deben avocarse a tareas y labores “propias de su sexo” y, más grave aún, uno de cada cuatro afirma estar de acuerdo con que las mujeres son violadas porque provocan a los hombres. Datos igual de sintomáticos podemos encontrar en el caso de personas con preferencias

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sexuales distintas a la heterosexual, adultas mayores y discapacitadas. Lo aquí esbozado es preocupante, en virtud de que el Estado elude la responsabilidad de implementar medidas efectivas que desmantelen el sustrato cultural de la discriminación, a la vez que reconfiguren las condiciones materiales que aumentan la inequidad. Por un lado, corresponde a quienes detentan el poder público generar procesos encaminados a la creación y consolidación de instituciones que tutelen efectivamente los derechos humanos, sobre todo de aquellos individuos y colectivos que no acceden de manera plena y equitativa a la justicia formal y sustantiva. Empero, previamente se requiere voluntad por parte de los actores estatales, materializada en políticas públicas socialmente dialogadas. Es imperativo partir de la naturaleza pluricultural y pluriétnica del país, mediante consensos que reviertan –en el plano, social, cultural, educativo y económico– la reproducción de estereotipos y la consecuente normalización de la exclusión de millones de personas dentro del imaginario social. Como se plantea implícitamente líneas arriba, no se puede prescindir de la participación de la sociedad

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civil. Es un derecho y una necesidad que se construya ciudadanía a través de mecanismos de supervisión civil en diversos rubros, como el acceso a la justicia mediante la formulación e implementación de planes educativos y culturales basados en la tolerancia y respeto a las diferencias, entre otras iniciativas. De lo anterior, el caso de Jacinta es paradigmático. Además de develar una situación de injusticia estructural, imprime esperanza a nuestro caminar en razón de que corrobora que la acción colectiva dirigida hacia objetivos concretos puede abatir algunas dinámicas de opresión. Aunque evidentemente es una victoria pírrica, falta mucho por hacer: se necesita replicar y ampliar experiencias de lucha de talante plural para evitar que existan más Jacintas. Por lo pronto, queda pendiente seguirnos articulando para lograr la liberación de Alberta y Teresa, así como la reparación integral de los daños. * Abogado del Área de Defensa Integral del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, A.C. Contacto: defensa2@centroprodh.org.mx

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Aprende a vivir bien y sabrás morir mejor Confucio Quizá parezca soso mencionar que todos los seres vivos tenemos un fin. Es algo que sabemos desde pequeños: cuando íbamos en los primeros años de primaria empezamos a comprender el ciclo de la vida en las plantas, en los animales y en los seres humanos. Digamos, entonces, que el fin que físicamente conocemos como muerte es el complemento de aquello que nos produjo e inició la vida.

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Hemos oído que para que haya fruto la semilla debe de morir… Incluso en México celebramos como una de las tradiciones más arraigadas y con mayor colorido a nuestros difuntos en su día, y hasta nos burlamos de la muerte cuando escribimos calaveritas. Pero a pesar de saber algo que es natural, quizá nunca estemos lo suficientemente preparados para poder afrontar la muerte de una persona. Y es justo

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en ese proceso de la pérdida, del duelo de un ser querido,  que puede surgir una  inmensidad  de sentimientos encontrados, frustraciones, enojos, arrepentimientos o recuerdos que, más que aliviar, aviven un dolor que no podamos curar porque ha muerto una persona significativamente especial para nosotros. En nuestro número sobre estrés (Díseres, año 2, número 9, julio–agosto de 2009), se mencionaba la muerte de la pareja (padre o madre) como la situación que mayor carga de estrés produce, dándole un valor de 100 puntos, mientras que la muerte de algún miembro de la familia equivale a 60, y la muerte de un amigo cercano a 30 puntos. Entonces, si de alguna manera todos tenemos presente que llegará un momento en el que no vamos a existir más o en el que abandonaremos nuestra casa, nuestras pertenencias y a nuestras personas queridas, ¿cómo podemos llegar a vivir una tranquilidad interior y física para poder irnos verdaderamente en paz, a pesar de las circunstancias de cada muerte?, y ¿cómo pueden los familiares y los amigos más cercanos superar el dolor de la pérdida de una persona?

Definición Justo para comprender, acompañar y sanar –personal y familiarmente– el proceso de la muerte es que surge la tanatología, dedicada precisamente al estudio de la muerte, como lo explica el Dr. Reyes Zubiría en nuestra editorial por su definición etimológica; también se le puede entender como “la ciencia encargada de encontrar sentido al proceso de la muerte, dando razón a la esencia del fenómeno” (Behar, 2003). La tanatología es una disciplina que, en las últimas décadas, ha ayudado en el proceso de muerte de las personas, haciéndolo mucho más llevadero tanto para quien muere como para quien sigue en la vida, ofreciendo así herramientas que nos ayudan a comprender y sobrellevar mejor los procesos naturales, de los cuales ninguno que se diga vivo está exento. Una de sus principales exponentes ha sido la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, quién además es considerada fundadora de la nueva tanatología,

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aunque históricamente el término de tanatología se le atribuye al médico ruso Elías Metchnikoff desde 1901.

Historia Desde hace siglos se ayudaba a los enfermos, a los pobres y a los peregrinos en condiciones graves a través de los hospicios –que son los antecesores de la tanatología como la conocemos hoy. Entre sus iniciadores se encuentran San Jerónimo, San Juan de Jerusalén y Vicente de Paul. De ahí surgió el término hospice, y de los primeros en fundarse fue el de la Madame Jeanne Garnier, en Francia durante 1850; la idea primordial de estos lugares era ayudar a los viajeros peregrinos y enfermos, al mismo tiempo que servir. En 1960 se crearon en Inglaterra y después en Estados Unidos; con el tiempo, los servicios se fueron modificando hasta dar asistencia en la casa del enfermo, haciendo un verdadero trabajo en equipo con los médicos, las enfermeras, los voluntarios y los religiosos, involucrando a la familia y al paciente. La finalidad de un hospicio actualmente es “tratar la enfermedad en el contexto del paciente como una persona involucrada y con su consentimiento” (Sherr, 1992), “elevando al máximo la calidad de vida del enfermo en fase terminal” (Behar, 2003).

Actualidad Cuando hablamos de una nueva tanatología hacemos referencia a la revaloración de ideas, conceptos y acciones que las personas involucradas (médicos, enfermeros, psicólogos, terapeutas, religiosos, amigos, las familias y el mismo paciente) logran realizar –como proceso- para ayudar a tener una buena muerte. La situación era distinta entre 1930 y 1950, cuando la muerte era confiada a los hospitales –según Behar–, y esto en gran medida por los horrores que se vivieron después de las guerras mundiales. En ese contexto, la muerte quedó reducida a un evento más de las personas, donde estaban de por medio los avances o cuidados médicos para que la vida se prolongara aún cuando las condiciones del paciente no fueran ni las más adecuadas ni las más dignas; y donde la muerte, más que un hecho natural, era considerada un fracaso médico. Esto

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dio pie a que Kübler-Ross, en su labor médica, se diera cuenta de la trascendencia del proceso de la muerte para los humanos, de ahí también que su enfoque haya originado los nuevos conceptos –y por ende los métodos– de la tanatología. Para Kübler-Ross, la tanatología es “la instancia de atención a los moribundos”, la cual “procura hacerlos sentir que son miembros útiles y valiosos de la sociedad, tratando de que vivan gratamente sin dolor y respetando sus exigencias éticas” (Behar, 2003). Reyes Zubiría (2009) afirma que “el objetivo principal de la tanatología es siempre curar el dolor de la muerte y el dolor de la desesperanza, que son los dolores más grandes que cualquier hombre pueda sufrir”. Para esto, la tanatología se ramifica con otras disciplinas como la filosofía, la medicina, la psicología, la antropología, la sociología y la pedagogía, pudiendo abarcar de esta manera el tratamiento de su paciente, entendiendo desde cada una de ellas la situación concreta de cada enfermo.

Enfermos terminales El quehacer de la tanatología se enfoca y procura a los enfermos crónicos y en fase terminal. Reyes Zubiría (2009) define al enfermo terminal como “el paciente al que no se le da más que seis meses de vida cuando mucho, y al que quizás le convengan más los cuidados paliativos que los terapéuticos; como un desahuciado, y con mayor razón, alguno que esté inconsciente, en coma, o moribundo”. También explica que, tanatológicamente, la expresión de enfermo terminal significa un concepto del todo diferente: es una persona que padece una enfermedad por la que posiblemente (ni siquiera probablemente, aunque esté hospitalizado o encamado) vaya a morir, en un tiempo relativamente corto (según el punto de vista del enfermo o de su familia, y no bajo el del equipo de salud) y que conoce su diagnóstico. Enfermo en fase terminal es, tanatológicamente, el enfermo terminal bajo el punto de vista de la medicina. En palabras de Reyes Zubiría, “la tanatología humaniza la labor del equipo de salud con el paciente”, porque al paciente se le trata y se le concibe como persona y no como un número, un caso o un expediente. 14

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Es importante tomar en cuenta la situación emocional que provoca una enfermedad terminal en las personas que la padecen: marginación, vulnerabilidad, soledad, truncamiento de metas, alguna discapacidad, el propio dolor que causa la enfermad y, en conjunto –como consecuencia de las anteriores–, una alta probabilidad de sufrir depresión y ansiedad, lo que a su vez los va aislando de su contexto en la parte final de su trayecto. Estos son factores con los que se habrá de trabajar para brindar una ayuda que realmente apacigüe lo que inquieta o mortifica al enfermo.

Cuidados paliativos Los cuidados paliativos son definidos por la OMS como “Los cuidados apropiados para el paciente con una enfermedad avanzada y progresiva donde el control del dolor y otros síntomas, así como los aspectos psicosociales y espirituales cobran la mayor importancia. El objetivo de los cuidados paliativos es lograr la mejor calidad de vida posible para el paciente y su familia. La Medicina paliativa afirma la vida y considera el morir como un proceso normal. Los cuidados paliativos no adelantan ni retrasan la muerte, sino que constituyen un verdadero sistema de apoyo y soporte para el paciente y su familia” (Levin, 2004). De ahí que los equipos de trabajo sean tan multidisciplinarios cuando se realizan los cuidados paliativos: se cuenta con la asesoría de un médico, quien lleva el caso del paciente, los enfermeros, algunos voluntarios que ayudan en las labores de la familia o, incluso, directamente con el enfermo; también está la gente que va acompañando al paciente y a la familia en el aspecto espiritual, en la pérdida de la persona y en el duelo, en la función de un tanatólogo o un terapeuta. Los cuidados paliativos se pueden ofrecer dentro de los hospicios, que son las instituciones dedicadas especialmente a esto, y se pueden solicitar también a domicilio. Es importante tener presente que los cuidados paliativos “están dirigidos a enfermos cuya expectativa no es la curación, entendiendo que el objetivo prioritario de éstos, es la atención integral para mejorar la calidad de vida del paciente, alcanzar una muerte digna y un duelo sin problemas” (Behar, 2003).

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Problemática de salud Contextualizando la información sobre la tanatología y su relación con la vida cotidiana, la OMS define a las enfermedades crónicas como “enfermedades de larga duración y por lo general de progresión lenta. Las enfermedades cardíacas, los infartos, el cáncer, las enfermedades respiratorias y la diabetes son las principales causas de mortalidad en el mundo, siendo responsables del 60% de las muertes. En 2005, 35 millones de personas murieron de una enfermedad crónica, de las cuales la mitad eran mujeres de menos de 70 años de edad”. En la actualidad se pueden agregar a las circunstancias de muerte los fallecimientos relacionados con acciones criminales; además, los accidentes automovilísticos provocan en México 55 decesos diarios y 20 mil por año, por lo que nuestro país ocupa el séptimo lugar a nivel mundial por esta causa de muerte, según el asesor de seguridad de la OMS Roy Rojas Vargas. Las enfermedades cardiovasculares (como el infarto de miocardio y el accidente cerebrovascular) cobran 17 millones de vidas al año, según lo declaró la OMS el pasado 28 de septiembre, Día Mundial del Corazón. Así, a las muertes inesperadas, las enfermedades crónicas, y el estado de los pacientes en fase terminal, se suman los cuidados paliativos, la ayuda tanatológica brindada, la legislación de cada sociedad referente a la muerte y, sobre todo, la educación sobre el proceso de pérdida, de duelo, de la misma muerte –lo que se conoce como educación tanatológica– para acompañar a quien lo necesite. La muerte como tal es un proceso que de un tiempo para acá ha dejado de ser –y de estar dentro del imaginario social– como un hecho propio de las personas mayores, de los ancianos; la muerte y su concepción ya no están en nuestro futuro remoto: ésta aparece en nuestra realidad y cotidianeidad.

inevitable, sino que seremos capaces de tener plena conciencia de lo que sucederá y de la manera en que deseamos que ésta suceda, sin referirnos a la eutanasia. A final de cuentas, y como lo dice Kübler-Ross (1975), “el objetivo de la tanatología es fomentar y desarrollar holísticamente las potencialidades del ser humano, para enfrentar con éxito la difícil tarea de contrarrestar los efectos destructivos de la cultura de la muerte, mediante una existencia cargada de sentido, optimismo y creatividad, en la que el trabajo sea un placer y el humanismo una realidad”. Fuentes: • Behar, Daniel (2003). Un buen morir. Encontrando sentido al proceso de la muerte. • Castro, María del Carmen (2007). Tanatología. La familia ante la enfermedad y la muerte. • Kübler-Ross, Elisabeth (1975). Sobre la muerte y los moribundos. • Levin, Roberto (2004). Cuidados paliativos: Guías para el manejo clínico. http://www.paho.org/Spanish/AD/DPC/NC/palliative-care-01.pdf. • Lommintz, Claudio (2006). Idea de la muerte en México. • Poch, Concepción y Herrero, Olga (2003). La muerte y el duelo en el contexto educativo. Reflexiones, testimonios y actividades. • Revista Díseres, año 2, número 9, 2009. • Reyes Zubiría, L. Alfonso (2009). Tanatología. Manuscrito presentado para su publicación. • Sherr, Lorraine (1992). Agonía, muerte y duelo. •http://www.radiotrece.com.mx/2009/09/21/es-mexico-septimo-enmuertes-por-accidentes-viales-oms/ • http://www.revista.unam.mx/vol.7/num8/art62/int62.htm • http://www.who.int/topics/chronic_diseases/es/ •http://www.who.int/mediacentre/events/annual/world_heart_day/es/ index.html

No sabremos en qué momento llegará la muerte por nosotros; aún y cuando padezcamos alguna enfermedad crónica existen las muertes inesperadas. De lo que sí podemos estar seguros es de que mientras mejor estemos preparados, con información adecuada para esa situación que a todos, en diferente momento, nos llegará, podremos visualizar nuestra muerte no sólo como una parte de la vida que es

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PENSAR EN LA MUERTE Enfoque filosófico Aprender a morir es aprender a vivir Juan Manuel Torres Delgado* El temor a la muerte, señores, no es otra cosa que considerarse sabio sin serlo, ya que es creer saber sobre aquello que no se sabe. Quizá la muerte sea la mayor bendición del ser humano, nadie lo sabe, y sin embargo todo el mundo le teme como si supiera  con  certeza que es el peor de los males. Sócrates    

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Con este texto, el filósofo griego, sin nombrar el término tanatología (estudio interdisciplinario de la muerte y el moribundo, especialmente de las medidas que se aplican para disminuir el sufrimiento físico y psicológico de los usuarios en fase terminal), nos coloca frente a la perplejidad que provoca la muerte del otro, del otro que es amigo, el hermano, el padre, o incluso, otro radical. No cabe duda de que la muerte es algo importante en la vida. Un principio primario y fundamental es morir con dignidad, es decir, morir sin sufrimiento y persistir


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en las relaciones significativas. Necesitamos aprender a morir y a dejar morir, ya que cada muerte es única, como lo es el modo de la presencia de cada persona. Al tratar de cancelar el hecho de la muerte, los individuos niegan las formas de enfrentarse a ella, hay un doble vínculo de negación de la muerte, que es una situación en la cual la persona se enfrenta a mensajes contradictorios. La muerte es un absoluto misterio, se devela y se revela. Y como todo misterio nos llena de miedo porque es, quizá ahí, donde se esconda lo trágico. La forma en que las personas esperamos morir depende de muchos factores: origen, creencias, lugar de vida, entorno social, mitos, etc. Por lo tanto, la muerte digna o apropiada para una persona puede ser inadecuada para otra. Sin una visión clara de la muerte, no hay orden, no hay sobriedad, no hay belleza. La muerte es nuestro único adversario que vale la pena. Sabemos que es absolutamente cierto que habremos de morir y también que es absolutamente incierto cuándo y cómo. Angustiosas interrogantes existenciales que conducen a estupor, miedo, tristeza, rabia, frustración, desesperanza, impotencia, culpa, ideas suicidas, etc. El hombre muere y con ello muere todo proyecto; la muerte no sólo es física, se mueren sueños, objetivos, ideales. La muerte, o el anuncio de la misma, no sólo nos invade de curiosidad, sino también de sufrimiento y angustia. A partir de que nacemos estamos ya muriendo. La muerte anuncia nuestra última posibilidad. Si vamos a morir ¿cómo vale la pena vivir, si es que la vale? ¿me dejo caer ante tal abismo o saboreo la vida como si fuese mi último platillo antes de ir a la horca? Martin Heidegger, Jean Paul Sartre y Emmanuel Lévinas se van a ocupar de este para qué en la vida, si “somos para la muerte”. ¿No será acaso que el mismo ser para la muerte se disloca a ser para la vida? La muerte en su más amplio sentido es un fenómeno de la vida. La vida debe comprenderse como una forma de ser a la que es inherente un ser en el mundo. Ante la muerte sólo queda vivir, es la muerte la que le da verdadero valor a la vida. Es necesario darnos cuenta ante la muerte de que el sufrimiento existe y que se puede transformar en una experienEL

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cia de plenitud. Mantengamos una comunicación con nosotros mismos y con los demás, donde nos expresemos con todo nuestro ser, lo más compasivos y libres de apego que podamos.

Corolario: Todo ser vivo está destinado a morir en un futuro incierto. La muerte seguirá siendo una paradoja… Muerte: no sé qué eres, no sé qué nombre tienes, si eres existencia o vil proyección de mi ser, de mi posibilidad de existir, de mi ansiedad de vivir, de la locura por atarme a esta vida. Como cita Germán H. Pastorini en su texto Tanatología sobre “un viejo manual occidental sobre la muerte y el proceso de morir”, que ha inspirado el título de esta colaboración, ‘Aprende a morir y aprenderás a vivir. Nadie aprenderá a vivir si no ha aprendido a morir’. *Coordinador de la Maestría Administración Educativa y Licenciatura en Educación, Universidad De La Salle Bajío. contacto: jtorres@delasalle.edu.mx

Enfoque médico

Felipe Martínez Arronte** Yo haré todo lo posible por ayudarte a aliviar cada uno de tus síntomas, pero principalmente te ayudaré a que vivas hasta que mueras. Dra. Cicely Saunders Uno de los objetivos de la tanatología es trabajar para que el paciente terminal tenga una calidad de vida al final de la vida, y esto se va a lograr a través de los cuidados paliativos, que son aquellos cuidados activos que se brindan a una persona que no es susceptible de tratamiento curativo y en un tiempo relativamente corto llegará a su muerte. Estos cuidados consisten en aliviar cada uno de los síntomas de la persona y dar atención en los problemas que presentan tanto el paciente como su familia, en sus esferas física, emocional, mental, social, ocupacional y espiritual. Los cuidados paliativos reconocen a la muerte como un proceso natural que no se adelanta ni se retrasa. Esto último indica que los cuidados paliativos no están a favor ni de la eutanasia ni de la distanasia, y en cambio apoyan

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a la ortotanasia que significa “muerte correcta” y le permite a la persona que ejerza sus propias decisiones, rodeado de sus seres queridos en el lugar que haya elegido para vivir sus últimos momentos y aliviado de todo sufrimiento.

Dolor total Para aliviar el sufrimiento del paciente tenemos que conocerlo, apoyarlo y acompañarlo, identificando sus necesidades con la finalidad de tratar su dolor físico con los tratamientos adecuados, y tomando en consideración todas las alternativas existentes en la actualidad para aliviarlo completamente, ya que en el 90% de los casos es posible el alivio del dolor físico y en el 10% restante, contamos, en caso necesario, con la aplicación de la sedación del paciente siempre y cuando éste lo acepte y lo amerite. Es también importante conocer si cursa con depresión o con angustia consecuencia de sus miedos, o si se siente solo por incomunicación entre él y su familia, o con el equipo de salud. Por lo tanto, tenemos que darle impor tancia a sus necesidades psicosociales, lo que se va a lograr a través de la participación de un equipo interdisciplinario. El equipo de salud tendrá que acercarse al paciente estableciendo una relación de confianza, proporcionándole seguridad y dándole toda información que necesiten él y su familia, con una comunicación abierta, clara, oportuna y veraz, además de la ayuda terapéutica que le permita expresar su sufrimiento a través de sus emociones. Aquí se tiene una gran tarea: que no se sientan solos ni el paciente ni sus familiares.

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Necesidades del paciente moribundo El paciente moribundo es aquella persona que, por la evolución de su enfermedad, se encuentra profundamente débil, encamado ya la mayor parte del tiempo, con dificultad para los movimientos que le exacerban el dolor, problemas para pasar alimentos y medicamentos por trastornos por la deglución, por lo que en estos momentos el equipo de salud tendrá que dirigir su atención hacia un mayor acercamiento, donde la tecnología tiene su lugar pero con ciertas reservas y sin abusar de ella.

¿Qué es lo que necesita realmente el paciente? Un confort total: que se le permita sentirse cómodo físicamente, emocionalmente, socialmente y espiritualmente y que, a su vez, se encuentre libre de preocupaciones. Tenemos que respetar sus deseos y permitirle morir en paz y tranquilidad con el ambiente que haya solicitado el propio paciente. Es muy importante estar atentos ante la presentación de cualquier síntoma que se pudiera manifestar en las últimas horas y evitar que interfieran con su calidad de vida en los últimos momentos, y no olvidar que cómo muera el paciente quedará en la mente de los sobrevivientes. En este siglo XXI en el que han cambiado los objetivos de la medicina, que ya no son curar y prolongar la vida de los pacientes, sino trabajar por la prevención de las enfermedades, lo más importante es lograr que todas las personas lleguemos, en su momento, a una muerte digna. Para ello están la tanatología y los cuidados paliativos. **Presidente de la Asociación Mexicana de Tanatología. contacto: philipe_ger@yahoo.com.mx

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Enfoque tanatológico

Ricardo Domínguez Camargo*** La muerte es la muerte en todas partes. Es el reconocimiento de nuestros propios límites, lo que nos permite el sentido de la libertad y que tendría por ende que darnos la intensidad con que tendríamos que vivir la misma vida. La tanatología, por tanto, se define como la disciplina que estudia la muerte y el sentido de ésta atendiendo los aspectos biológicos, psicológicos, sociales y espirituales a través de un manejo racional e integral que pueda ser congruente con la realidad y con los valores de cada individuo. La muerte es uno de los tres momentos más importantes de la vida humana, el primero sería el nacimiento mismo, el cual reviste una condición casi milagrosa y representa para todos la esperanza cargada de futuro. El segundo momento es la sexualidad, que implica la propia reproducción humana, siendo éste la expresión del amor, el cual abarca y ocupa al ser humano en su sentido de vida. El último momento es la muerte, objeto de estudio de la tanatología.

y autorreproches. Entendemos por muerte no esperada aquella que conocemos como muerte súbita, muerte por accidente, muerte por asesinato, muerte masiva o muerte por suicidio. En la muerte no esperada, los síntomas son más dolorosos y el duelo requiere de más tiempo para elaborarse. La tercera muerte es el olvido, es aquella que sucede cuando nadie te recuerda, cuando el sentido de trascendencia se ha perdido y no existe ni un solo testigo vivo de la existencia. También se le ha llamado muerte total: es, por ejemplo, cuando alguien trata de recordar el nombre del bisabuelo o del tatarabuelo y no conoce de él ni su nombre ni su historia; tal olvido representa una de las preocupaciones persistentes en el hombre desde tiempos remotos. Preocupación que lo ha llevado a dejar alguna huella o alguna constancia de su existencia. En conclusión, el que es ayudado tanatológicamente tendrá como tarea esencial el reconocimiento de que la muerte ha sucedido. El abordaje

La muerte puede llegar de múltiples formas o de tantas maneras como personas existen. Uno podría morirse tres veces en una misma vida. La primera muerte es cuando, a pesar de estar vivos, estamos muertos psicológicamente, social o emocionalmente; es cuando en vida caemos en el infierno de la depresión, en el aislamiento o en la pérdida del sentido de la vida misma. Cualquiera podría observar en los autobuses o en el metro a las personas que, en su rostro y en sus gestos, hacen elocuente la muerte misma. Una segunda muerte es la biológica, la cual puede suceder de manera esperada o inesperada. La muerte, cuando es anunciada, proporciona la bondad de prepararnos, de resolvernos, de ayudarnos a cerrar círculos, de decir adioses, de concluir pendientes; sin embargo, la muerte que avisa nos cobra la factura de sus bondades, traducidas en un sufrimiento largo, incluso económico. La muerte repentina generalmente es compleja, es difícil elaborarla o entenderla, deja en los sobrevivientes una secuela de culpa, frustración, enojo

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tanatológico implica la facilitación en ésta primera tarea, en la cual el profesional acompañará tanto al doliente como al enfermo terminal en ir magnificando la realidad de la muerte sin un plazo fijo, sino en un ritmo propio de cada persona.

y sublimación; es una verdad de la que huimos pero a la que, en ocasiones, retamos con la máscara de la valentía o tratando de transformarla en nuestra aliada poniéndole nombre, santificándola y creándole un estatus, inclusive, superior a Dios mismo.

La segunda tarea tanatológica es el manejo de las emociones derivadas, ya sea de la pérdida de la salud o de la pérdida del ser querido. Manejar las emociones precisa reconocerlas: a veces será la tristeza, la ira, o el miedo y otras tantas. El abordaje tanatológico consistirá precisamente en generar la situación propicia y la confianza necesaria para poder abrir libremente las emociones, dejando atrás la contención o la represión, que en éstos casos alarga el proceso del duelo.

En todo caso, la muerte, como símbolo, ha estado presente en diversos momentos de nuestra historia como nación: el siglo XIX fue una realidad que nos alcanzaba por medio de enfermedades, intervenciones extranjeras y guerras civiles; era la penuria que vemos retratada en Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno. A inicios del siglo XX, la lucha revolucionaria significó una muerte por ideales, para unos cuantos, y un final absurdo, incomprensible, para un pueblo que fue víctima de hambrunas, levas y revanchas entre grupos de poder; ahí está Los de abajo, de Mariano Azuela. Ya entrado el siglo, la vida y la muerte se jugaba en los azares de las buenas o las malas decisiones de los gobernantes en turno: era la muerte por represión, por venganzas o por fatales y absurdas equivocaciones de un sistema de justicia que tenía –y parece que sigue teniendo– la discrecionalidad por signo. La muerte por represión es la que se encuentra reflejada en la obra de José Revueltas y que sobrepasó los límites de la ficción el 2 de octubre de 1968, en Tlatelolco; la muerte por venganzas, la de los personajes de Juan Rulfo en El llano en llamas y en Pedro Páramo; la muerte tragicómica  y por equivocaciones, retratada a manera de caricatura en Dos crímenes, Las muertas y Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia.

Otra tarea significativa implica la restitución del vínculo perdido. Es decir, establecer una comunicación nueva y diferente en relación con la pérdida del ser querido. Isabel Allende, en su libro Paula, que lleva el nombre de su hija, describe el proceso sufriente de muerte, y al final escribe: “…adiós Paula mujer, bienvenida Paula espíritu…”, evidenciando magistralmente cómo inicia un nuevo vínculo de comunicación con su hija. Así, el doliente deberá regresar a enfrentar su vida en ausencia del ser querido. ***Psicólogo. Miembro de la Asociación Mexicana de Tanatología A.C. contacto: neopsic@yahoo.com.mx

Enfoque cultural

“Muerte: Cesación o término de la vida; en el pensamiento tradicional, separación del cuerpo y del alma; ...destrucción, aniquilamiento, ruina”; éstas son algunas de las definiciones que aparecen en el Diccionario de la Lengua Española. Como puede observarse en la definición, la muerte es explicada como un fenómeno biológico y, además, como un hecho cultural-simbólico. La muerte, para los seres humanos, no es un simple suceso biológico; es un símbolo y, como tal, cada cultura ha llegado a entenderla y vivirla de varias maneras.

Octavio Paz, en su Laberinto de la soledad, afirma que nuestra muerte tiene un sabor agridulce: “... la muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable”. Las palabras de Paz son actuales a pesar de haber sido escritas hace casi 50 años: el México de inicios de siglo XXI poco a poco ha parecido renunciar a la esperanza del cambio para darle paso a la resignación y la penuria: ahí está la muerte que nos amenaza por medio de la pobreza, la inseguridad, la violencia, la crisis económica, la corrupción, el desempleo y la desigualdad social.

¿Cómo explicar la muerte en México? Tal vez la palabra complejidad sea la más adecuada para explicar nuestra concepción de la muerte: es aniquilación

Ante una realidad como la que nos ha tocado vivir, ¿hay otra manera de entender la muerte? Me parece que sí: no obstante lo terrible de los sucesos recientes,

Tarik Torres Mojica*

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tenemos ante nosotros la posibilidad de replantear nuestras vidas y buscar la manera de redefinirlas partiendo de nuestras tradiciones y experiencias adquiridas. Nuestra muerte no puede ser siempre terrible y fatal; así lo entendió José Gorostiza en su poema Muerte sin fin; en su estrofa final leemos: “Desde mis ojos insomnes/ mi muerte me está llamando,/ me acecha, sí, me enamora/ con su ojo lánguido./ ¡Anda, putilla del rubor helado,/ anda, vámonos al diablo!”; de esta manera, Gorostiza nos señala una muerte que deja de ser una fuerza siniestra e impersonal y se transforma en vitalidad y cálida compañía. *Maestro en Letras Modernas. Colaborador de diversas publicaciones; investigador y docente en el área de la cultura y las artes. Contacto: st7376@prodigy.net.mx

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Mercedes Sosa: la cantora que reverenció a la vida con su canto Adriana E. Karszenbaum G.*

Que no calle el cantor porque el silencio cobarde apaña la maldad que oprime, no saben los cantores de agachadas no callarán jamás de frente al crimen. Horacio Guarany Mercedes Sosa nació hace 74 años bajo la andariega luz de su querida tierra tucumana y yo crecí rodeada de sus canciones. Con sus tonadas, cuyas letras las tomó de diversos autores, le cantó a la vida y le pidió a Dios que la guerra no le fuera indiferente; le dio voz a todos los sobrevivientes enmudecidos y a todos los fantasmas de este mundo rapaz: campesinos, obreros, intelectuales, científicos, a los chicos de la calle, a los pueblos originarios de América Latina y del mundo. Su historia, relatada a través de su inigualable voz, es la historia de sus luchas. Luchó por el amor en el mundo, la paz, la dignidad, la justicia, la libertad y la igualdad. Fue un pájaro libre construyendo sueños libertarios para la “patria morena” latinoamericana. Cantó lo que sintió, sin una palabra de más, hasta el final. Sufrió censuras y exilios. Ella misma fue una sobreviviente de esa Argentina gobernada por dictaduras asesinas cómplices de los rapaces de adentro y de afuera. Supo “honrar la vida”, que no es lo mismo que vivirla. Se nos fue “La Negra”, pero en la inmortalidad y encanto de su voz nos deja esperanza ante la desesperanza, creencia frente al desencanto de un futuro de igualdad de todos los seres humanos. Su voz fue la del pueblo, inmersa en el relato de identidad argentina y latinoamericana. Para vos, “Negra” querida, mi humilde homenaje. Maestra en historia por la Ibero México. Docente de la Ibero León e investigadora.

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El último tirón

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Díseres, a través de la obra de siete escritores regionales, concede a cada pecado capital una perspectiva literaria. En esta sexta entrega presentamos la lujuria.

Aberraciones

Sara del Carmen Mendoza Cruz*

–¿En dónde está tu novio ahora? –me pregunta.

-No está mal, pero podrían vernos.

–Se fue a la playa, lo extraño –contesto.

Río nuevamente. Él está satisfecho. El abuelo entra a la habitación y anuncia:

Se acerca a mi hombro. La poca luz de luna que entra por la ventana es obstruida por sus cabellos disolutos y su perfil cincelado. –Tu novio enano –insiste. –¡No le digas así! –¡Enano! Me provoca. Lo lanzo a la cama de un solo movimiento del brazo. Me echo a él con rapidez, aprisionando su cuerpo bajo mi cuerpo, haciéndole sentir el relieve de mi piel bajo la inoportuna ropa. Le busco la boca y le quito la inocencia sin más ceremonias. No entreabre los labios y se mantiene petrificado bajo mi aliento; su silencio me grita que le de explicaciones, y por toda respuesta rozo sus labios con mi lengua y descabalgo. -¿Qué te pasa? –exclama, azorado. Yo río. Me he sentado en el sillón mecedor frente a la televisión, y viajo en los recuerdos, regodeándome en un silencio de incertidumbre. Voy sumergiéndome entre las imágenes de colores imaginarios de la televisión, y vuelvo al día y a las tierras lejanas donde él, a horcajadas en el lodo con un palo en la mano, picoteaba un cadáver de babosa. Muchos años atrás. -¿Qué te pasa?– gritó ¿Por qué aplastas al gusano? Me veo riendo. Malicia, siempre malicia. Siempre ahí destrozando su candidez, yo como nadie, y él, a pesar de todo, satisfecho de lo que he provocado. Atravieso la puerta de luz y regreso al presente, a mi sillón. El ambiente tenso se ha resquebrajado cuando él dice:

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-Acérquense al árbol. Se va a empezar el intercambio. -Ya vamos –respondemos al unísono. El abuelo carraspea sin olérselas, y sale. Me incorporo y hago como que veía las fotografías de la cómoda del cuarto, las que ya tantas veces había repasado en el aburrimiento de las tardes de fin de semana. Son ahora tan interesantes… Él se acerca por detrás y me sorprendo de cómo no se ha reflejado en el espejo de la cómoda. Él nuevamente invade mi cuello y se arrastra hasta mi boca. Me vuelvo y le robo la palabra por segunda vez. Ahora introduce su lengua inexperta y sus manos corren por mi cintura. Le dejo hacer y me apodero de su cuello. Cinco segundos, tal vez. Diez, quizás, mientras le exploro por completo y sigo sin conocer nada de él. Lo siento pequeño y deseoso: es todo mío. Salimos del cuarto hacia el salón donde la familia se encuentra. Voy mareada y encandilada, pero sonriente. Ah, el intercambio. Los demás aplauden y se obsequian con risas y abrazos. Llega el turno de él, y me obsequia. Aplausos, y hago mi anuncio: –Para mi primo Alejandro –digo, y le extiendo la bolsa decorativa, y mis brazos para que se acurruque en ellos. –Feliz Año Nuevo. El abrazo es revelador y desesperado. Nos hemos mirado cuando nos separamos. Enseguida tengo que irme. Antes de salir tras mi familia, me alcanza.

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La nata y la crema


–Explícame– dice, sonrojado, furioso, rendido. –¿Qué fue eso? Me tomo mi tiempo en contestar. Suspiro y lo digo: -Sólo un impulso. –¿Nada más? –me preguntan sus ojos–, ¿no me deseas, no vas a permitirme entrar en ti?... ¿No me amas? -¿Y tú?– quiero hacerlo sufrir. Él reflexiona por unos momentos, la boca media abierta, los ojos perdidos en los míos: –También un impulso. -Adiós– digo. -Adiós, prima. Sonrío. Contoneo las caderas y salgo por la puerta. Estudiante de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Universidad De La Salle.

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La nata y la crema

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te presenta las siguientes actividades a través de:

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La pizarra

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Nebbia Con motivo de la 37ª edición del Festival Internacional Cervantino, que se llevó a cabo del 14 de octubre al 1 de noviembre del 2009 en Guanajuato capital y en León como sedes oficiales, en las siguientes publicaciones realizaremos breves reseñas sobre eventos que trae consigo uno de los festivales más importantes en el ámbito cultural. Para dar inicio, hemos elegido una puesta en escena que combina de manera excepcional el teatro con el circo, titulada Nebbia (“neblina”, en italiano), escrita y dirigida por Daniele Finzi Pasca, traída desde Quebec, invitado de honor. En Nebbia aparecen claramente las diferentes tonalidades de la niebla, que a su vez se funden con los colores que pintan, iluminan o ensombrecen los sentimientos más profundos, aquellos que nos hacen ser y que nos mueven. El acompañamiento musical de cada escena permite transmitir completamente el sentimiento que vive cada personaje: desde unos primos que cuentan su llegada a un pueblo, extrañando a su familia y a su abuela –a la cual se encuentran estrechamente ligados–, acompañados por el mar, su oleaje, la niebla, un farolito y sus recuerdos; hasta el cuarto de una carnicería donde una bella joven realiza movimientos acrobáticos en la mesa donde se corta al animal; o la sutileza en la movilidad de un contorsionista sorprendente y las acrobacias desde un trapecio; los saltos de mujeres y hombres enmarcados por fondos de colores donde a su vez nadan peces; el giro de platos sobre palos representando una cosecha; la lluvia de colores de pelotas sobre una marimba y pequeños objetos volando sobre un horizonte blanco. Una de las virtudes más sobresalientes de esta obra es que la creación de atmósferas, de sentimientos y emociones es constante, lo cual permite al espectador crear lazos de afinidad con los personajes y con la historia de cada uno. Es una obra sencillamente humana, que toca, que mueve, que conmueve. La composición de la puesta en escena es alegre, divertida, emocionante, ingeniosa, llena de risas, lo mismo que melancólica, con cierta carga de tristeza y de añoranzas. Sin embargo, hay un factor común: el acompañamiento, la solidaridad que se da entre los personajes y que luego, casi por añadidura, se da del público hacia la obra.

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La música y letras creadas por Julie Hamelin son exquisitas, llenas de ternura, de alegría, de nostalgia que se entrelaza con la recreación de escenarios a través de luces, colores y movimientos. La finura, destreza y ligereza de los actores se demuestran en escena y, además, enlazan de manera natural la relación entre el teatro –con la actuación– y el circo –con el malabarismo y las acrobacias–. Nebbia es un espectáculo que no tarda mucho en ganarse a los espectadores; la sencillez y el carisma de sus personajes logran una conexión directa con los asistentes. Las risas y la admiración de niños y de adultos son evidentes, logrando un sólo público. Y ya para el final, la despedida es lo que más duele, incluso para quien está arriba del escenario; la vida con todos sus matices también trae momentos tristes como la despedida de seres queridos, precisamente –y a propósito de nuestro tema central– la muerte. Al final, de manera conmovedora y alegre, todos los espectadores se unen para decir adiós no sólo a los actores, sino a los personajes que dan vida a esta obra. Nebbia, neblina en italiano, es una co-producción Suiza-Quebec de Teatro Sunil y Cirque Éloize que se estrenó en diciembre de 2007, donde participan acróbatas sudamericanos, músicos europeos y cirqueros de Montreal, que gozan mezclando su disciplina con el teatro popular italiano (http:// festivalesguanajuato.blogspot.com/2009/09/connebbia-cirque-eloize-hara-un-cuento.html#). Para obtener mayor información recomendamos visitar http://www.cirque-eloize.com/en/shows/ nebbia/.

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La nata y la crema


Taller de Danza para el Alma: un práctico encuentro en la oración Lucía Serra Estudillo*

Me encontraba tras la ventana circular de una ca­ pilla en una comunidad indígena, meciendo mis manos en el aire, jugando con la luz que me regalaba la noche. Estaba en grupo de oración, teníamos los ojos cerrados, y sentí el mayor deseo de mover más mis manos y dejarlas libres al aire, sentí que maripositas en el estómago invadían todo mi cuerpo. Le di una respuesta inmediata: Hola, hola Señor, Dios, ya te encontré. Y ahí estaba yo, bailando y orando, ¡pero qué maravilla!, por primera vez la oración la había vivido en todo mi cuerpo, alma y mente. Ese día comencé una nueva ruta en mi vida. Encontré a través del movimiento una conexión sincera con el alma, con la mente: con Dios, en comunidad. Cinco años después de esa danza tras la ventana, José Luis Serra S.J., conocido como “El Gordo Serra”, me invitó a organizar un taller de danza en oración; con entusiasmo y motivación de trabajar el arte en comunidad y con un sentido de conocimiento interpersonal y de contacto con Dios, comencé a generar una lluvia de ideas que fluyó como si las palabras esperaran ser plasmadas desde hacía mucho tiempo atrás. Y así nació. El taller de Danza para el Alma actualmente se imparte con dos intenciones diferentes: el autoconocimiento a través del movimiento, y el orar a través de la danza. Juego, interpretación, imaginación y relajación están en cada sesión. En los talleres se le permite al cuerpo reconciliarse con el interior por un proceso individual con ayuda de la propia imaginación. Al buscar un contacto con Dios a manera de oración, se genera un espacio de creación de movimientos con símbolos personales, que conectan esa comunicación al hacerla motora, sin ser mecánica. Ésa es la idea, conservar la esencia del movimiento y la posibilidad de entender que todos somos bailarines y podemos usar esta casa para comunicarnos con él, reconocerlo dentro de cada uno y saberlo presente en comunidad.

Los talleres de Danza para el Alma intentan plasmar la reflexión danzada, así gráficamente se capta el proceso de oración. El impacto del color y la sensación de texturas permiten abrir los sentidos y reconocernos vivos. Esta liberación del cuerpo propicia que la imaginación tenga contacto con el interior y con la adoración al Grande, al Creador de este complejo invento llamado vida. Danza para el Alma tiene una filosofía concreta; la llamé AmArte: “Amarte a ti mismo a través del arte, escuchar al Dios que danza y manifiesta su grandeza a través del movimiento interno expresado en movimientos reales. Encontrarme, encontrarte, encontrarlo en las manos al aire, el cuerpo en libertad, la mente en paz. En comunidad”. El juego está presente como herramienta de libertad, conectando con una sensibilidad sensata la creatividad individual y social, mejorando la convivencia y la comunicación de los participantes. La pintura y el dibujo crean simbolismos propios que se plasman para gritar un sentimiento, promoviendo la armonía y belleza de la vida. Los colores se conectan con los sentimientos permitiendo que el cuerpo se equilibre, reflexione las vivencias y de una manera plástica se manifieste la oración. El contacto con diferentes texturas de la naturaleza con imágenes guiadas, impulsa a experimentar diversos movimientos en el cuerpo. He ahí el ritual a la vida en épocas de crisis de fe. En un espacio danzado, donde es más fácil sonreír y llorar, tocar y ver a Dios con auténtica interiorización. A partir de danzar, encontré el Orar. *Comunicóloga. Facilitadora del taller Danza para el alma A.M.S.I.F. León contacto: delfínconalas1@hotmail.com

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TANATOLOGIA / No. 11 Nov - Dic 2009