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JUNIO 2015


Editorial

Esta excusa tiene la suya, nacida del vientre propio. Pongamos, la excusa de la excusa: unificar lenguajes. Mezclar la pretensión intelectual de una cursiva elegante con el grito catártico del pogo más enloquecido. Su vínculo será el recodo de este camino, abriéndose paso entre las calles de la mente, donde conviven, en dosis que suelen modificarse durante los minutos de los días, la adrenalina y el desconcierto, el temor y las esperanzas. Allí descansan las historias que vamos a intentar contar. Historias que no llevarán punto final, porque una vez provocado el arribo a la última palabra de cada una, pertenecerán a quien las haga propias. Las historias, en 27, nunca terminan: nacen una y otra vez. Mirándose de frente y sin rencores, el dos y el siete se coquetean con fruición, dibujados por trazos sutiles. De ese encuentro se desprende otro número, el definitivo y el que nos importa, ideal para cumplir con el protocolo de sumar otra excusa: 27 sirve para explicar 27. Las excusas que elegimos nos conforman y nos identifican, aportan el impulso necesario para introducirnos en el romanticismo de intentar lo que parece difícil –aunque en realidad lo sea– y vuelven apuesta la ilusión originada en el café de la esquina o en ese recital donde las cuerdas de un bajo galopan por los carriles de nuestras tensiones. Queda claro: no elegimos un número al voleo, hijo de azares inexactos. Elegimos 27, el altar inverosímil hasta donde escalaron algunos talentos inolvidables, el altar intrigante hasta donde llegaron glorias sagradas, que saltaron las fronteras del tiempo y ahora flotan en la terraza celestial de las eternidades. Ese altar escueto y exiguo –en la aspiración legendaria y ególatra de extendernos un poco más allá– consolida la última excusa: lo que para algunas figuras preponderantes significó el epílogo, para nosotros es el prólogo. Desde 27, partimos hacia algún lugar. Hasta que el punto final nos separe.

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Hacemos 27 Bobby Flores Tomás Gorrini / Dirección General Cristian GillespiMaluini / Director Editorial y Literario Francisco Bertotti / Dirección de Arte , Diseño Gráfico, Editorial y Web Ignacio Porto Daniel Stano / Dirección de Arte, Diseño Gráfico y Editorial RománGustavo Ostrowski Salamié / Dirección y Producción Fotográfica Sebastián Schachtel Juanchi Baleirón Gustavo Salamié

Colaboraron en este número: Chapa Morata

Leonardo Oyola Bobby Flores, Gillespi, Ignacio Román Ostrowski, Sebastián Schachtel, Juanchi Baleirón, Chapa LíoPorto, Trovato Morata, Leonardo Oyola, Lío Trovato, Pato Pato, Eduardo Fabregat, Carolina Miranda, Demian Rosales, Franco Spinetta,MaruEduardo Cian, Diego Blanco, Nacho Gerola, Lucila Rolón, Dany Jiménez, Pablo Colmegna, Fabregat Clemente Cancela, Heidegger II, Ariel Prat, Andrea Prodan y Litto Nebbia. CarolinaAtilio Miranda

Demian Rosales Andrés Fuschetto, NadiaMaluini Di Gennaro, Guille Llamos, Lautaro Machaka, María Fabrizio, Cristian Germán Warszatska, ToPo-Maximiliano Petta. Franco Spinetta Diego Blanco Nacho Gerola

Porque hicieron algunos aportes imprescindibles y porque queremos y los queremos, le agradecemos especialmente a las siguientes personas:

Lupita Rolón

Jiménez Hernán y “el Pela” Cirelli,Dany Camila Cieravollo, Angie, Lucía, Butti, Laura Marzoa, Nadia y Sol Di GenPablo Colmegna naro, Germán Amato, Joah, Juan Lombardero, Camila Haedo, Portugal y México, nuestras familias y los Clemente Cancela

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Atilio Heidegger Ariel Prat Andrea Prodan Litto Nebbia

27 de 27.


Prólogo Bobby Flores

Lo bueno de los discos es que jamás tienen su destino marcado. En una época tuve miles y miles de discos en mi casa y cada vez que me mudaba llenaba canastos con discos, miles, y los tiraba en las nuevas bibliotecas como iban saliendo, sin acomodarlos. Todos me preguntaban cómo hacía para encontrar los que necesitaba, entonces contestaba que aparecían solos siempre. También se terminaban acomodando solos. Usaban mi mano para trasladarse, pero a veces me sorprendían apareciendo cuando ya los creía perdidos. Es que en mi casa siempre se respetaron los discos. Ya en la casa de mis viejos, los discos de papá no se tocaban. En la mía, mis hijos saben desde que nacen que esas cosas de su padre no se manipulan, con ellos no se juega ni nada. Pertenezco, por cronología, a la generación que llegó a todo escuchando discos de rock: al blues, al soul, a la literatura negra francesa, a Edgar Allan Poe, a la pintura de Kandinski y al hiperrealismo, a Roman Polansky y a Mel Brooks. En fin, a todo se llegaba desde el rock –y al rock se llegaba desde los discos. Los creí indispensables para mi vida hasta una década atrás, cuando empecé con la compu. Hoy sé que nada es indispensable para siempre. Hasta eso me han enseñado los discos. Ahora los miro y veo fragmentos de mi vida en cuadrados, los escucho y recuerdo hasta olores entre melódicos y armónicos, los presto y es como que te doy un pedazo de mi esqueleto. A Bob Marley lo enterraron con su Gibson roja, un pote de marihuana y una biblia abierta en el salmo 23, ese que dice “El señor es mi pastor...”, en el cajón. Mi primo, el gordo, está haciendo los arreglos para que en el suyo cambien la Gibson por el segundo de Barry White. Ya estoy pensando cuál quisiera que pongan en el mío. Buenas tardes 4


Sumario

1- DISCOS Y DISCOS por Gillespi 2- GUMBO por Ignacio Porto 3- LOS DISCOS Y SUS VALORES por Román Ostrowski 4- CONFUSIÓN por Sebastián Schachtel 5- LAS 27 DE JUANCHI BALEIRÓN por Cristian Maluini / Tomás Gorrini LITTO NEBBIA por Guille Llamos 6- EL ESPÍRITU QUE ME ACOMPAÑA por Gustavo Salamié 7- UNA LUZ EN LA OSCURIDAD por Chapa Morata 8- ¿ASÍ QUE TE QUERÉS HACER EL FORAJIDO? por Leo Oyola 9- EL RUEDA LIBRE BOB DYLAN por Lío Trovato 10- ILUSTRACIÓN por Pato 11- SÁBADO por Eduardo Fabregát 12- LA DE LAS CHICAS PELIRROJAS por Caro Miranda 13- LAS PROFUNDIDADES DE UN OCÉANO LLENO DE AIRE por Demian Rosales 14- NOBLEZA DEL TIEMPO por Cristian Maluini 15- CANTO CON SIRENAS por Maru Cian 16- LA MÚSICA por Franco Spinetta 17- NIÑA DE VIETNAM por Diego Blanco 18-NÓMADES por Nacho Gerola 19- DEVOLVEME MIS DISCOS Y MI CORAZÓN por Lucila Rolón 20- LOS LINDOS PAJARITOS por Francisco Bertotti 21- DE CHORROS, TRENES Y DESAYUNOS por Dany Jiménez 22- MÚSICA SAGRADA por Héctor Yudchak 23- EL ÚLTIMO FREDDIE por Pablo Colmegna 5

24- DISCOS SEXYS por Tomás Gorrini 25-YA NO EXISTEN LOS RAMONES por Atilio Heidegger II 26- PARÍS BIEN VALE UNA MURGA por Ariel Prat 27- LA GOTA EN EL OJO por Tomás Gorrini / Cristian Maluini


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Discos y discos Gillespi

Ilustraci贸n: Pato

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En este ejercicio de pensar en discos, recuerdo una docena que me formaron musicalmente. Empecé a saber lo que me gustaba y lo que no. El primero que compré fue un vinilo de George Harrison: Electronic Sound, disco bastante experimental, íntegramente grabado con sintetizadores. La vieja disquería quedaba en la esquina de mi casa y ya era hora de tener mis propios discos para escuchar en el combinado de mi viejo. Creo que estaba terminando la escuela primaria, cuando entré al local y me dirigí a las bateas de ofertas (no tenía mucho dinero), allí encontré discos de música clásica, enganchados bailables, compilados de tangos y… ¡un disco de George Harrison! Debo reconocer que lo escuché algunas veces como fondo sonoro mientras ordenaba mi habitación. Aquellos que lo escucharon saben a qué me refiero. Es altamente denso. Según supe después, Harrison lo grabó fascinado por las posibilidades del sintetizador moog. El disco contiene las pruebas que realizaba probando cosas en el sintetizador: dos extensas improvisaciones, una en cada lado del vinilo. Los discos abren puertas imaginarias y Electronic Sound me enseñó que la música no es sólo aquella que se escucha en las radios. Existe una música que no sigue los carriles comerciales o del gusto popular. Desconocía eso en mi adolescencia. Tal fue el interés por descubrir esa música subterránea “no radial”, que descubrí a King Crimson, a Ravi Shankar y a la Mahavisnu Orchestra en ese camino. La revista Expreso Imaginario que coleccionaba mi primo Enrique resultó una fuente de información en épocas donde no existían las computadoras personales ni internet. La data recorría intrincados caminos de boca en boca y así uno se enteraba de que Robert Fripp era un guitarrista revolucionario, que hacía tal o cual cosa experimentando con pedales de efectos. Esa poca información, sumada a la escucha de los discos, nos iba formando una idea de cómo habían sido grabados o concebidos. Cuando tuve el disco Relayer del grupo Yes, me enfrenté a una música de múltiples capas sonoras. Los llamados teclados, órganos y sintetizadores que tocaba Rick Wakeman se combinaban dando texturas orquestalmente modernas. Chris Squire cumplía las veces de bajista, aunque con un sonido nasal y con presencia de frecuencias medias, algo así como una guitarra baja. Después supe que era el sonido natural de los bajos Rickembacker tocados con púa. El grupo Yes fue una escuela de audición de la música para mí: además de volar con las canciones, trataba de entender cómo estaban tocadas. A esa altura ya me sentía músico y, como un ejercicio profesional, escuchaba la música para entender de qué se trataba.

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Otro disco que marcó un camino fue Artaud, de Spinetta. Cantata de puentes amarillos era una canción tan de otro planeta que, la primera vez que la escuché, sentí una agradable extrañeza. La angustiante combinación de la guitarra acústica y el timbre de voz de Spinetta me resultó una mezcla agridulce. Cantata es una canción atípica, pasa por un sinfín de partes distintas pero pegadas. Un lindo viaje. Sin saberlo, ya había emprendido un camino en un determinado tipo de música. Por aquellos tiempos solían llamarla “música progresiva”, imagino porque apuntaba a un

Los discos abren puertas imaginarias y Electronic Sound me enseñó que la música no es sólo aquella que se escucha en las radios. Existe una música que no sigue los carriles comerciales o del gusto popular.


progreso de la humanidad hacia algo superior y no tan berreta como la música popular del momento, plagada de cantantes edulcorados con flores en la solapa del saco. La lista de discos se expandió inesperadamente. A 18 minutos del sol, de Spinetta, con su sonido ahora más jazzístico, quizás influenciado por el guitarrista inglés John Mc Laughlin, me metió en los discos de jazz. Los discos ahora se multiplicaban, entre vinilos y casetes –mis viejos me regalaron un radiograbador de casete.

Mis primeros viajes en el tren Roca hacia Plaza Constitución terminaban con la compra de casetes de oferta en las disquerías de la calle Corrientes.

Mis primeros viajes en el tren Roca hacia Plaza Constitución terminaban con la compra de casetes de oferta en las disquerías de la calle Corrientes. Existía una serie de casetes de jazz de Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Art Tatum, Max Roach, Charles Mingus y otros. Eran realmente baratos y sonaban horrible. Eran grabaciones “en vivo”, en pequeños clubes de jazz en los años cincuenta. Quizás, grabaciones piratas que el sello editaba sin pagar derechos a nadie. Compré varios de esos y me metí en el mundo del jazz. Por esos días, la guitarra era mi obsesión. Después de mucho esfuerzo había podido comprar una guitarra criolla en un viaje a Mar del Plata y solía tocar una hora al día. A la inicial formación folclórica de barrio, le agregué el cancionero de rock argentino con temas de Sui Generis, Pastoral, Almendra y Moris. Posteriormente, conocí los acordes de Bossa Nova. Ahí despegué a otros mundos. Eran los que sonaban en la música que me gustaba. Pero esos casetes de jazz inocularon una extraña sustancia en mi espíritu, cuando descubrí que existía un instrumento aún más personal que la guitarra. Unos años después tuve una trompeta en mis manos y mi vida cambió.

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#2

Gumbo Ignacio Porto

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Ilustraci贸n: Andr茅s Fuschetto


El cartel en la puerta anunciaba, casi con desgano “HOY, JAZZ, NO SE COBRA ENTRADA”; “Jacko’s” tenía una fachada como cualquier otro club de jazz de Saint Louis, una mezcla de bar y garito como la de tantos otros; la única diferencia radicaba en la música que allí se tocaba. Todos los maestros del jazz, los exploradores del sonido, todos los que vivían respirando y pensando jazz, tocaban o pretendían tocar ahí. Ilustres desconocidos se suben al escenario y sin mediar palabra, ejecutan su Arte con prodigalidad, para luego bajarse y, quizá, recibir como única recompensa algún aplauso perdido. Visto asi parece poco lo que se obtiene, pero para jugar en las Grandes Ligas, tenías que haberte templado en ese escenario. Los maestros iban a tocar, a escuchar y, de tanto en tanto, tomaban algún músico bajo su ala; o los exploradores de nuevos sonidos probaban, frente a ese exigente público sus recientes descubrimientos. Si eras silenciosamente aprobado por la gente de Jacko’s, significaba que eras bueno de verdad. Había reglas no escritas: si el bar estaba lleno, las mesas se compartían con extraños y, en caso de una mala actuación, la señal para terminar de tocar no era dada por nada mas que el murmullo constante y creciente del público. Quizá la mejor de todas esas normas fuera que dentro del bar eran todos iguales; no había famosos ni desconocidos, no existían las celebridades, por más que algunas figuras del cine solían frecuentar el lugar. La única diferencia era la de aquellos que estaban sobre el escenario y los que no. Bueno, también estaba Lennie. Lennie era la única persona en el mundo entero que dentro de Jacko’s escapaba a esa diferenciación maniquea de músicos y públicos; ya que Lennie, un negro gigantesco y bonachón, era el dueño de Jacko’s. ¿Cómo un negro, especialmente un negro como Lennie, se había hecho dueño de un bar? Eso era un misterio: algunos decían que había comprado el lugar al dueño anterior, luego de una asombrosa noche de juego; otros sostenían que el francés que había sido el anterior propietario, se lo había legado a Lennie como agradecimiento por tantos años de leal servicio. Lo importante era que Lennie era el indiscutible dueño del bar. Yo era un niño en ese entonces, trabajaba de mandadero en una farmacia y con la plata que ganaba ayudaba a que mi madre mantuviese la casa. Ella trabajaba como mucama y mis hermanos y yo crecimos como crecían todos los chicos negros de la época: entre el amor de una madre trabajadora y cuidándonos entre nosotros en la calle. Siempre que podía iba a Jacko’s a ver jazz: Lennie me dejaba entrar sin pagar, un poco porque me conocía de la farmacia y otro tanto porque le parecía simpático que un chico de 11 años sintiera tanta pasión por la música. Cuando podía ir era para mi el momento más feliz; me acercaba a la entrada, saludaba a Lennie, y me escabullía a la puerta de atrás. Él la abría y me decía “Dale Horace, antes de que te vea la gente”, yo me escabullía y me sentaba en algún rincón oscuro del salón, o a veces detrás de la barra cuando el lugar estaba repleto. Dos o tres veces por semana estaba por ahí; mamá me dejaba ir porque salía antes de la cena y le decía que Lennie me daba algo para zampar, cosa que no era cierta, pero no necesitaba comer cuando estaba allí, el jazz hacía que mis tripas dejaran de hacer ruido y no me importara nada mas. Ver a todos esos músicos tocar, hablar entre sí, hacer chistes verdes o beber era para mí como espiar a través de la cerradura en un cuento de hadas. Nadie se metía conmigo, quizá porque era un niño ni siquiera digno de su atención, o porque Lennie en alguna ocasión había puesto sobre aviso a alguno de que no se metiera con “su sobrino”; de todos modos yo trataba de pasar lo mas desapercibido posible, quería ser invisible para no perturbar la magia del lugar. Era un deleite escuchar a Fat Charlie y su trío, a Winton “The Cricket” Saunders, o a

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Lobster Jhonson. Pero de todo ese panteón de personalidades, había un héroe que los superaba a todos; ese era Gumbo Jefferson, mi ídolo. Cada vez que lo veía era como ver a Hércules para los helenos; era el que todo lo podía, dueño de lo maravilloso. Verlo tocar era una experiencia religiosa, mas que ir a misa. Lo veneraba, trataba de copiarle sus frases y modismos, su forma de caminar, si había algo en el mundo que yo quería era ser él. De todos los talentos que asistían al bar, el mayor de todos era el de Gumbo, quien opacaba a todos con su trompeta. De nombre Ralph Jefferson, lo apodaron Gumbo por comer casi sin excepción esa comida de pobres. Si para ser músico se necesita tener swing -esa mezcla entre ritmo melodía y misterio que tienen algunas personas- Gumbo ERA el swing, era la encarnación misma de la música, como si su alma fuera el jazz puro. Cuando tocaba con otros, se acoplaba perfectamente a lo que se estaba haciendo, aportando de a poco y convirtiendo lo regular en bueno y lo bello en extraordinario. Nadie entendía como era que, sin importar la calidad de la pieza, Gumbo la convirtiese en algo fuera de lo común. Pero lo que llamaba la atención de todos, más que su talento sin igual, era que, a pesar de ser magnífico, jamás hubiera podido trinfuar en la música. Rara vez lo habían llamado para sumarse a alguna banda conocida, pero esporádicamente y por poco tiempo. Había compositores que entre tragos y risas, le pedían que les “arreglara” las partituras,

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y él accedía con generosidad, mayormente mostrándole con su trompeta, ya que no leía música. Músicos consagrados iban a verlo en Jacko’s para copiarle un fraseo o algún secreto, y él, aun sabiéndolo, y cuando alguno le preguntaba que opinaba respecto de eso, esbozaba una sonrisa pícara y decía: “Tengo mucho más de donde vino eso”. Años atrás, Gumbo había logrado grabar sin éxito un long play, de título “Las estrellas son promesas esta noche”, un compendio de canciones dulzonas que intentaban sumarse a la moda del jazz romántico para señoras. Siempre creí que la falta de éxito era porque a esas canciones les faltaba el alma que el trompetista ponía en todo lo que tocaba. Después de ese intento fallido, no recibió mas ofertas importantes. Una vez hablando con Lennie, le pregunté: -¿Por qué no es famoso Gumbo?, ¿por qué no tiene una big band o toca en las radios? -Es un misterio -contestó el-, quizá sea porque tiene la cara picada por la viruela, o porque como fracasó con su disco nadie quiere apostar más por él. Pero te digo lo que pienso yo, Horace; en el bar he visto una infinidad de tipos subirse y tocar, pero jamás vi a ninguno ni la mitad de bueno que Ralph. Puede ser que lo empresarios no lo entiendan, o crean que lo que hace no se puede vender, o tal vez, tenga la maldición de los genios. -¿Cuál es esa maldición? -Lennie me estaba abriendo los ojos al porqué de la miseria de mi héroe-. -Que a los genios no se los comprende en su tiempo. De cualquier manera, mientras Gumbo quiera tocar en este lugar, lo va a seguir haciendo. -¡Así es!, ¡hasta que todos se den cuenta!. Unos años después comencé a trabajar por las noches de mozo en Jacko’s. Lennie había probado con chicas camareras, pero eso suscitó algunos inconvenientes, así que decidió que las mesas las sirviera un hombre, y como yo practicamente vivía allí, decidió darme el trabajo. De día seguía trabajando en la farmacia, y en los ratos libres practicaba con una trompeta que compré ahorrando de a centavos. En los últimos años Saint Louis había crecido muchísimo, hasta convertirse en un puerto importante, sobre todo con el afluente de inmigrantes que lo habían invadido todo: en las calles había blancos americanos haciéndose pasar por franceses, irlandeses tocando la gaita, negros bailando en grupo, o gitanos leyendo la fortuna; en poco tiempo, la ciudad se había transformado en un mosaico variopinto. Jacko’s, por su parte, se había convertido en la referencia del jazz de la ciudad, del jazz de negros, claro. Si bien los blancos habían incursionado e intentaban apropiárselo, sin éxito; recién estaban comenzado a tocarlo, convirtiéndolo en canciones melosas, dulzonas, sin swing. Y ésa era la clave: no tenían swing. Para los representantes de las discográficas era una moda, una oportunidad de hacer negocios; para sus músicos era una música hermosa que intentaban emular; mientras que para nosotros, los negros, los marginados, el jazz era una forma de vida. Claro que los blancos hacían mucho más dinero que los negros, principalmente porque los que tenían dinero eran blancos que querían escuchar música hecha por blancos para blancos. En las fiestas y conciertos tocaban todos blancos muy prolijitos, aunque a decir verdad, algunos de los nuestros habían comenzado a girar como segundos o terceros de alguna Big Band. Sin embargo, eso pasaba en las presentaciones con público, porque para las grabaciones, siempre buscaban músicos de los nuestros. Los empresarios no eran tontos, se habían apropiado, en cierta medida, de nuestros ritmos, pero había algo que no habían podido replicar, el swing. Ese concepto de difícil explicación, pero que era fácil de

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percibir; o lo tenías, o no. Y Gumbo lo poseía en cantidades exhorbitantes. Lo habían empezado a llamar como sesionista y le estaba yendo mejor, pero por algún tipo de maldición gitana, continuaba en el anonimanto. Esas lauchas seguían viniendo a ver lo de todas partes para copiarle cosas, a mí me parecían rateros que se quedaban con las monedas de un hombre rico. A esa altura ya hablaba con Gumbo con familiaridad, y en ocasiones me daba consejos con la trompeta, lo que hacía que lo tuviera en el más alto orden del corazón. Una noche, luego de una presentación, le dije mientras le servía un whisky: - Acá tenés Gumbo, cortesía de la casa. -le dije mientras le alcanzaba el vaso-. Ahí están mas de los que te vienen a copiar, ¿no te molesta?. -Gracias Horace. La verdad que no, que me copien todo lo que quieran, yo tengo más y más, ellos se quedan sólo con un pedacito muy chico de lo mío. - Pero... ¡actúan como si fueran suyas tus cosas! - Para mí era como que le estuvieran robando de los propios bolsillos-. -Ja, ja, ja, ja -Gumbo nunca perdía su aire afable- no te enojes así, si ni siquiera yo lo hago; dejalos que hagan lo que quieran, que me imiten, a mi no me molesta, ¿sabés por qué?. Me quedé un segundo, intuí que la respuesta a uno de los misterios me estaba por ser revelada ahí mismo. -Porque no pueden robar lo que no pueden poseer. ¿No te diste cuenta que mis melodías, cuando las tocan otros suenan distinto?. Les falta fuerza, profundidad. Y era cierto, la pura verdad, las cosas que le intentaban copiar sólo sonaban bien cuando las tocaba el propio Gumbo. -No tiene swing muchacho -y de un trago liquidó el vaso- y aquellos que lo tienen, saben, muy en el fondo, que ésa no es su música, que es de otro. La música de Gumbo sólo puede tocarla Gumbo. -me plameó el hombro y me dijo- Traeme otro de éstos. Ahí tenía la confirmación de mis suposiciones, nadie podría robarle a Gumbo, por eso no le importaba, porque nadie tenía eso dentro, era propiedad única e inalienable de él. De tanto en tanto llevaba mi trompeta y él me corregía cosas; siempre en el bar (nunca veía a Gumbo fuera de Jacko’s, como si fuera un fantasma condenado a habitar un solo lugar, como si no pudiese existir fuera de él). Así era mi vida, asi fue pasando el tiempo; hasta que un día sucedió algo inesperado. Un negro muy bien vestido entró acompañado de un blanco; si bien de tanto en tanto entraba algún blanco al bar, se notaba que eran músicos ya que venían con ropa humilde de calle; sin embargo este blanco tenía una rectitud anormal en su andar, mas que músico, parecía contador o abogado. -¿Por qué venís aca?, ¿no te das cuenta que ponés en juego tu prestigio? -decía el contadorcito nervioso. - Quedate tranquilo; crecí acá, es como mi casa -dijo el negro con desenfado-. El negro era Chester Goodman, a quien la disquera había bautizado Chaz “The Jazz” Goodman; y él, sin ningún tipo de humildad que le pesara en los hombros, había aceptado gustoso el apodo. Chester, como lo conocíamos nosotros, era un trompetista aplicado y timorato que en varias oportunidades se había presentado en el bar, con malos resultados. Pero el tiempo pasó y se convirtió en Chaz “The Jazz”, el primer negro en hacer discos con amorosas melodías azucaradas que las amas de casa amaban comprar; y el primer negro en participar en dos películas como el segundo de la estrella infantil de turno. Chester representaba todo lo que no éramos, o mejor dicho, todo lo que intentábamos no ser.


Si bien todos los músicos debían tocar para vivir, había en Chester uns sumisión callada pero manifiesta, una aceptación de su condición de inferior, que generaba rechazo. Nuestros músicos, luego de tocar el jazz diluido para los señores acaudalados, venían aquí a tocar lo que les dictaba su interior, a sacarse las ganas, a reivinidcarse. Chester, no; para él el jazz era una forma de ganarse la vida; no una forma de vivir. Había llegado lejos, es cierto, pero pero a costa de haber agachado la cabeza ante un amo que jamás lo aceptaría como un par. Era un saltimbanqui que los entretenía con su trompeta y sus morisquetas, con su saco blanco y sus dientes perlados. -Una ronda de lo que quieran para los músicos del escenario, invito yo -dijo cómodamente-, y un martini para mí y mi amigo el señor Fischer. ¡Hola Lennie, tanto tiempo!, veo que mantuviste el lugar, eso es bueno. -Hola Chester ¿cómo estás?, se ve que bastante bien. Sabés que acá no servimos martinis. -¡Es cierto!, ¡como pude olvidarlo! -dijo haciento un mohín entre la pena y la desilusión-. Es que hace bastante que no venía: traeme un scotch y otro para mi amigo.

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-¡Pero miren quién trabaja ahora acá!. ¡El pequeño Horace!. ¡Si que creciste chico!. Recuerdo cuando entrabas a escondidas y nos veías tocar a todos. Tomá, esto es para vos -dijo mientras me daba un dólar de propina. Ese dólar consituía en sí mismo una pequeña fortuna, primero porque era lo que ganaba en dos noches en el bar, y segundo porque nadie daba propinas en Jacko’s. -Gracias Chester, pero no puedo aceptarlo. -Sentía que aceptando ese dinero traicionaba mi forma de vivir-. -Ah...,Chester..., Si..., ahora me dicen de otro modo, pero los viejos amigos me pueden seguir llamando así. Vamos, aceptalo, ¿de qué me sirve el dinero si no puedo consentir a mis amiguitos?. -¡Mirá que ahora toca la trompeta! -Un borracho metido lo había gritado -¿La trompeta, en serio?. Bueno, un día si querés podés audicionar para tocar en mi banda, ¡te gustaría eso!, ¿eh?. El desprecio que sentía por ese tipo bullía como bronce fundido; eran fatales su arrogancia, su altanería, su saco blanco y sus dientes perlados, todo en él me generaba rechazo. -¡Mirá que está tomando clases con Gumbo! -Ese borracho merecía sufrir un castigo bíblico -¿Con Gumbo?. ¿En serio? -dijo con la expresión de quien se mancha la camisa justo antes de entrar a la iglesia-. -Yo no lo llamaría clases; más bien charlamos y le digo lo que me parece -Gumbo había aparecido de la nada, para salvarme de esa humillación sádica a la que me estaban sometiendo. -Vamos Horace, aceptale el dólar, tu mamá lo necesita y a él se le caen de los bolsillos. -¡Gumbo, Gumbo, Gumbo!. ¡Mi viejo amigo Gumbo! -Cada vez que pronunciaba su nombre sonaba como si estuviese contando el remate de un chiste-. Tanto tiempo sin vernos¡eh!. Tengo que venir mas seguido, la verdad que entre una cosa y otra el tiempo pasa y uno ya no se ve tanto con los amigos. -Será que estuviste ocupado -dijo Gumbo mientras volvía a su lugar-. -Ocupado... ¡es poco!. Me está yendo muy bien ¿sabías?. ¡Soy el músico de jazz mas prestigioso y mejor pago de la ciudad!. -Mejor pago, sí....Bueno me voy a preparar que en un rato toco. -Pensar que este tipo era mi héroe -le dijo al cada vez mas nervioso y transpirado contador-. Era como mi maestro, yo quería ser él.¿Quién hubiera dicho que el alumno superaría al maestro ¿eh Gumbo?. -Ja, ja, ja, me alegro que tengas tan buen humor Chester -Gumbo pronunció su nombre como un insulto, el aire comenzaba a cargarse de una energía estática, cada vez mas palpable-. Porque siempre serás Chester aquí, el tímido que no podía tocar jazz ni aunque la vida le fuera en ello. Nunca tuve alumnos Chester -cada vez que Gumbo pronunciaba ese nombre lo hacía con la contundencia de quien martilla un clavo en una cruz-, así que eso no; y lo otro... tampoco. Adiós. Esa última frase de Gumbo había corporizado todo el desprecio que un hombre como él podía tener; había hecho carne aquello que los dos, que todos, sabíamos, pero nadie decía. Chester era buen músico, de eso no había dudas, pero no tenía swing, y en mas de una oportunidad se habían burlado de él por eso. Decir que un músico de jazz no tiene swing, es como decirle a un corredor que no es veloz; tiene piernas, pero no puede correr; era negarle aquello que era la condición intrínseca del jazz. Él lo sabía, y lo corroía por dentro. Es cierto que varias veces había tocado en Jacko’s sin éxito, no era ni el primero ni el último en fallar en el bar; la diferencia radicaba en que los otros que habían


fallado; o bien habían desaparecido del mapa musical, o bien habían obtenido alguna que otra pequeña victoria, como grabar algún simple, o tocar en una Big Band; o principalmente, si era el caso, el respeto de sus compañeros. Lo que convertía la frase de Gumbo fuera un insulto era el hecho que, aún con todos sus logros, con todo su éxito, con todo su dinero Chester jamás había recibido el reconocimiento de sus pares. Si bien no le importaba no tocar en los bailes de negros, eso también era constante recordatorio de que “no sos uno de nosotros”. Ningún músico negro, ni de los que frecuentaban el bar ni ningún otro, le había hecho jamás un halago de ningún tipo. Gumbo volvió a su lugar, apuró el vaso y se empezó a preparar para subir al escenario. Cuando la banda estuvo casi lista, Chester, con una sonrisa de serpiente, le gritó desde su mesa: -¡Eh, Gumbo!, ¿me concederías el honor de tocar ahora con vos?, ¿quizás este discípulo tenga una o dos cosas que enseñarle a su antiguo maestro. Una de las innumerables reglas que regían en el bar señalaba que nunca se debía pedir a viva voz tocar con un músico en particular, como tampoco se podía rechazar tal pedido. Eran reglas contradictorias…, pero estábamos en un bar de jazz, no en la Corte de Justicia. Si bien todo el cuerpo de Gumbo destilaba odio, terminó aceptando el desafío. -Como quieras Chester. La banda empezó a tocar...Ninguno de los dos se apresuró, se tomaron su tiempo, y finalmente, luego de unos compases Gumbo rompió el hielo. Comenzó suavemente, como un arroyo de agua fresca y luego fue creciendo hasta convertirse en el torrente de un río caudaloso: Gumbo tocaba con la mirada fija en un punto desconocido, mientras de su trompeta manaba música como de una fuente. El instrumento emitía melodías que eran como una noche en el circo, como una reunión de amigos, una sensación como del abrazo de una madre al hijo; el olor del pasto cortado en el verano, el caramelo que te daban los domingos, era abrir un regalo de Navidad, el beso de una chica, era como jugo de fruta cuando se tiene sed. Gumbo evocaba sensasiones, recuerdo íntimos, era todo lo bello y hermoso que Dios hizo en el mundo. Llegó el turno de Chester, y sin titubear se metió en la música de inmediato. Era frío y prolijo como un cirujano, con notas cortantes que dejaban fuera lo que no servía a la canción, y lo que quedaba era justo lo que tenía que quedar; era algo parecido a las carreras de autos, era ganar a los dados, era ropa nueva un sabado de baile, era la sonrisa del triunfo... Chester construía sueños, anhelos secretos, era todas las cosas que uno deseaba en la vida; su música era la promesa de algo mejor. Gumbo arremetió con una melodía aceitosa, pegajosa, densa como la melaza, que se te pegaba en los huesos. Evidentemente, cuando quería, hacía bailar a los muertos. Chester se zambulló nuevamente, tocaba algo electrizante como un rayo, recto y curvo a la vez, desafiaba a las leyes del universo mismo, mientras dejaba hipnotizado a todo el mundo. Por momentos, verlos tocar era como ver a un toro y un torero que constantemente intercambiaban roles, se convertían en boxeadores que peleaban por el título de Dempsey, bailarinas, aves en el cielo, eran dragones que escupían fuego, eran el mar y el firmamento. El tiempo pasaba y yo no podía creer lo que estaba escuchando. Me sentía como una gota de lluvia en la tormenta. Lo que estaban haciendo era algo más que

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música, era algo... un intangible, inasible, era el pasado y el futuro, la promesa y la realización; eran todas las historias juntas. En los años que se había ausentado, Chester se había convertido en un músico formidable, con una presición fría como la escarcha, con notas limpias y melodías pulcras, era sorprendente verlo tocar; de todos modos, había algo, algo pequeñísimo que faltaba, como si lo que tocara fuera una sombra de una forma que carece de volumen, era un detalle, pero estaba ahí. Gumbo, por otra parte, tenía la abundancia que solo se veía disminuida por su falta de instrucción formal. Y, súbitamente, luego de lo que fuera mas de una hora, la música cesó. Todos los músicos chorreaban sudor y jadaeaban, incluidos el baterista y contrabajistas. El resto de nosotros estábamos en un mutismo casi religioso, entre el asombro y la incredulidad. Nadie dijo nada, el silencio cubrió todo como un manto. Chester saltó al piso, recogió su abrigo y sin mediar palabra se fue del local. Gumbo juntó sus cosas en silencio y se retiró sin hablar con nadie. Chester nunca mas volvió al bar, continuó haciendo discos exitosos y filmando de tanto en tanto alguna película. Gumbo regresó luego de unas semanas y continuó dándome consejos en el arte de la trompeta; pero jamás volvió a hablar de esa noche. El tiempo pasó y me alisté en el ejército; pero nunca dejé de practicar. En minutos voy a tocar por primera vez en un bar de New York, la verdad que estoy un poco nervioso. -¿Cómo te anuncio al público?-me pregunta el presentador -Decime Jacko.

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#3

Los discos y sus valores Romรกn Ostrowski

Ph: Francisco Bertotti

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En las siguientes líneas trataré de decir algo sobre los distintos significados y lugares que puede tener un disco en la vida de un músico. Hablo de los discos ajenos, los que otros artistas dejaron, y a los que un músico visita constantemente. En primer lugar, hay un significado frío y objetivo: el disco como material de estudio. Transcribir un solo, un arreglo, una melodía convierte a la música grabada en música escrita, y de ahí en más en material de análisis, en bibliografía musical que (si bien volverá a cobrar vida cuando quien la desgrabe la haga sonar nuevamente desde su lugar, desde su historia y desde su instrumento) tomó ya una nueva identidad para convertirse en material formativo. Pienso, no sin cierta emoción, en la mañana en que un gran maestro con quien tuve la suerte de toparme desparramó sobre la mesa cuatro o cinco partituras borroneadas que resultaron ser la transcripción del solo de “For Django”, de Joe Pass (el enorme guitarrista de Nueva Jersey). Yo era chico, todavía no entendía bien de qué se trataba estudiar jazz, pero recuerdo el efecto que me produjo descubrir que eso que yo empezaba a escuchar en los discos podía tocarlo, imitarlo, intentar entenderlo y convertirlo (con suerte) en parte de lo que ambiciosamente podría llamar “mi lenguaje musical”. Y con ese solo se iniciaba una larga serie de transcripciones y horas de estudio, de alegrías, frustraciones y sorpresas que siguen vigentes y que espero no me abandonen nunca. Apasionante tarea la de sentarse –casi a olvidarse del mundo– y reproducir un disco con el fin de transcribir un arreglo para algun grupo del que formamos parte. O transcribir un solo que nos volvió locos, ya sea para nosotros mismos o para un alumno de esos en los que nos identificamos un poco, y sabemos lo disfrutará y lo recibirá con la ilusión que también tuvimos nosotros. Hay un segundo atributo que poseen los discos: el valor sentimental. Me resulta imposible no asociar algunos álbumes a ciertos momentos de mi vida, casi como bandas de sonido de una época. Y con cada época, personas: grupos, colegas, maestros, alumnos… Discos que me hicieron conocer y que hice conocer; discos que a todo el mundo le gustaban y a mí no; que a mí me gustaban y al mundo no; que a mí me gustaban y al mundo también. Vinicius de Moraes en La Fusa es el disco de mi adolescencia. Fingerpickin´, de Wes Montgomery, simboliza el momento en que supe que definitivamente sería guitarrista de jazz. E.S.P, de Miles Davis, los años del conservatorio y (ya que estamos) el descubrimiento del quinteto que más me conmovió en mi vida. Something More, de Buster Williams, se asocia al recuerdo de uno de los grupos más queridos de los que formé parte.

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También me gustaría resaltar una condición que identifico en algunos (pocos) discos: su permanencia a través de los años. Escuchamos discos nuevos todo el tiempo y cada tanto aparece uno que nos gusta más que el resto, y durante un tiempo volvemos frecuentemente a él. Lo repetimos para conocerlo, para entenderlo, para quererlo. Sin embargo, en algún momento quedará atrás, será recuerdo musical de esa época que cerramos (seguramente reemplazado por un nuevo álbum que luego, a su vez, sufrirá el mismo irrevocable destino). Es que indefectiblemente nuestra visión musical cambia con los años, y por ende los discos que escuchamos y buscamos. Pero está esa estirpe de discos, los que desde su aparición quedarán pegados a nosotros, y nos acompañarán siempre, inamovibles. Son los que atraviesan nuestras épocas y nuestra historia.


Suelen ser pocos. En mi caso puedo nombrar For Django, de Joe Pass; Freedom in the Groove, de Joshua Redman; Speak No Evil, de Wayne Shorter; Vinicius de Moraes con Maria Creuza en La Fusa… No sé cuál es el atributo que debe tener un material para formar parte de esta especie de elite. Busco patrones o factores comunes a los álbumes que nombré y no aparecen con facilidad. Son discos muy disimiles, no tan sencillos de asociar. Pero una respuesta posible es que deben mostrar algo de nosotros. Tienen que decir algo que a nosotros nos gustaría decir, nos tienen que revelar algo que en algún punto intuíamos y que en ellos aparece plasmado. La música allí presente es parte de nuestra esencia, de nuestra identidad y cuenta mucho de nosotros. Los discos que escuchamos, reescuchamos, a los que volvemos, hablan un poco de nuestra manera de entender la música y el arte y, por qué no, de nuestra forma de ver el mundo.

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#4

Confusión Sebastián Schachtel

Escena 1 Ir a la casa de un amigo, charlar un rato, hurgar en los libros de su biblioteca, revisar sus discos; algunos que ya conozco son escrutados nuevamente como si quisiera extraer de sus tapas algo que se me escapa, los nuevos son comentados: “¡Qué bueno que editaron los discos de Nick Drake, me compré los tres! Esta escena repetida por años es ahora diferente: los libros permanecen y se multiplican, no así los discos, que fueron menguando en las casas hasta convertirse en molestias de plástico que no pueden ser reproducidas. Quedan pocas disquerías, no se venden ya reproductores de CD, las últimas computadoras no tienen ranuras donde insertarlos, hace tiempo ya que las colecciones de CD fueron perdiendo lugar en las casas. Para revisar la música nueva de un amigo habría que abrir su computadora, meterse en sus archivos, casi todos mp3 de dudoso audio. Eso sí: horas y horas de música bajada, mucha más de la que uno puede escuchar. Se consiguen casi todos los catálogos, hay abundancia, música de más. Siguiendo las leyes del mercado, esa sobreabundancia de música pareciera quitarle valor y precio, como el exceso de oferta a disposición de cualquiera. Transformará al objeto en algo menos deseado y más barato. 21

¿Es mejor ahora? No sé. El CD sigue siendo para mí un buen objeto, mezcla de portátil y buen audio. Por otro lado, este momento es glorioso para los curiosos. YouTube es una biblioteca universal en donde se esconden maravillosos tesoros vedados a nosotros por años. Es posible encontrar un recital de King Crimson del año 74, los canales por separados de Space Oddity, de David Bowie; se puede escuchar por ejemplo el canal en donde están reducidos la batería y el bajo, también el track de la voz de Bowie. Es posible gracias a Wikipedia saber que el mencionado Nick Drake tuvo una madre que


cantaba, ir a YouTube y descubrir grabaciones de ella y que tenía una voz hermosa. Eso y mucho, muchísimo más. Escena 2 En la casa de mi infancia había muchos discos, a mi viejo le gustaba el Jazz y a mi vieja la música clásica, pero había de todo: folclore, chanson, francesa, V. Parra, folck inglés… De los Beatles, dos: Rubber Soul y Revolver (¡qué bien que eligieron!). Nunca les pregunté quién los compró. Supongo que mi viejo, que también gustaba del rock and roll primigenio. Todavía los tengo. Son ediciones argentinas con tapas durísimas, bien impresas y un audio excelente. Los nombres de los temas están en español como era obligación en esa época, aunque esto daba lugar a traducciones absurdas y creativas. Los discos se rayaban frecuentemente. Sé de memoria los saltos de púa de Eleanor Rigby. Luego, en los ochenta, la calidad bajó mucho. Algunos acetatos eran muy malos y algunas ediciones nacionales muy pobres, sin la mínima información. El olor de un disco importado nuevo era exquisito. Escena 3 “Si te va bien en el colegio te regalo un disco de Los Beatles”, me dijo mi papá. Aunque me iba regular, recibo Help, Let it be y, más adelante, el Álbum Blanco, importado con las cuatro fotos y el póster con las letras, la palabra The Beatles –nombre original del disco– en relieve, una maravilla. Claramente el arte de tapa ultra minimalista hecha por Richard Hamilton contrasta con un disco heterogéneo y variado. ¿Es mejor ahora? Puede ser. El arte de tapa se completa ahora con las páginas web e incluso con aplicaciones que usan los grupos para mostrar sus ideas no musicales. Escena 4 Recupero la bandeja de Discos, la mando a arreglar, le cambio la correa de goma y anda perfecta. Compro la púa nueva. Traigo todos mis discos, los de mis viejos y hasta los de mi abuela, que estaban guardados hace años. Recupero discos que estaban olvidados, algunos de ellos no serán escuchados nunca más, pero no los puedo tirar... Otros sí los escucho, pero son pocos, siempre los mismos. El ritual de sacar el disco de la funda con cuidado, girarlo, soplarle el polvo y ponerlo en la bandeja, me produce un efecto maravilloso. Suena un poco melancólico, pero quiero a esos discos. Escena 5 “Tenemos que grabar un disco nuevo” “Estoy cansado de tocar estos temas” “Pensemos en un próximo disco” “¿Qué disco te imaginás…?” Hay algo anterior, esto es las ganas y necesidad que los músicos tenemos de agrupar nuestras ideas artísticas en una obra que la distinga de las anteriores, que tenga un nombre y una cualidad única, arte de tapa y título: EL álbum. Quizás esto vaya cambiando, de hecho los usuarios consumidores trafican la música con la libertad que los medios electrónicos permiten, se comparten folders con temas y discografías comple-

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tas. Los músicos eventualmente subimos temas a la red, pero por lo general son adelantos de una obra más grande. El ejemplo de Radiohead con In Rainbows es claro, es una manera diferente de vender un álbum, es un movimiento que parece más dirigido al marketing y a los periodistas que al consumidor. En general, un disco cierra un ciclo a la vez que abre otro. Ese movimiento es clave para la continuidad de un proyecto. Mostramos nuevas ideas y muchas veces es en las presentaciones posteriores a la grabación donde la música encuentra su sentido. Sigue siendo así a pesar de las múltiples posibilidades que da la red, y así será hasta que los músicos no encuentren más sentido en el álbum. Hace pocos días me regalaron el vinilo de Bjork, Biophilia Live, un objeto hermoso, disco triple más DVD, más tarjeta con código para bajarse el disco en formato digital para la computadora o mp3 player. Una reunión de formatos que muestra un momento de transición o la convivencia de estos. ¿Es mejor ahora? Sí, es posible. Confusión, will be my epitaph. Epitaph King Crimson

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#5

Las 27 de Juanchi Baleirón Cristian Maluini / Tomás Gorrini

Ph (Polaroid): Gustavo Salamié

A un mes del estreno de 27 es inminente cerrar la reunión acordada con Juanchi Baleirón para intentar interpelarlo con los discos que marcaron su carrera y su vida. Aunque un mes parece tiempo suficiente, no lo es tanto. Los días se consumen entre cordiales negativas: shows, construcciones en la casa, ser padre. 27 no afloja, insiste; Baleirón se disculpa. Hasta que llega el mensaje inesperado: “Puedo el jueves”. A dos días del lanzamiento, queda margen para ir a Saavedra, descubrir la decena de discos que el cantante de Los Pericos tiene en su estudio, escuchar “soy muy beatlero” como confesión inicial para justificar los muñecos de John, Paul, George y Ringo, revolcarse en la silla, juntar las manos y recuperar el olor de la casa de los viejos a través de los primeros discos que recuerda. DISCOS 1-“Al disco lo sacabas del sobre, lo olías, lo ponías y lo bancabas, le dabas chances. Te habías gastado mucha guita, los curtías y te entraba por repetición. Tengo un montón de discos que para mí son geniales, hasta los peores discos de cada banda”. 2-“La música que escuchás en la adolescencia es tuya para siempre, es un viaje a ese momento. Esos discos uno los tiene en un altarcito, están adentro de una cajita mágica. Prefiero no analizarlos”. 3-“Los discos son fotos o clips de momentos”. 4-“Con el tiempo me doy cuenta que lo que más valora uno de esos discos no es cómo sonaban, es la canción y la magia de lo que hay ahí”. 5-“Me hubiese gustado hacer Revolver, el disco más importante del rock, por lo que es en sí, por lo que trascendió en el tiempo y por lo que fue en el momento. Los Beatles se metieron a hacer quilombo, tenían espalda”. 6-“Vida y Confesiones de invierno, de Sui Generis, también me formaron, pero me los olvido”. 7-“A una isla desierta me llevo Legend de Bob Marley, Revolver y A hard days night de

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los Beatles, Pet Sounds y Preaf Sprout”. MÚSICA Y CULTURA 8-“No me engancho con el regreso del vinilo porque no vuelve nada, se acomoda en un rincón. Culturalmente las generaciones actuales escuchan la música como el orto, en aparatitos chiquititos. Vos te rompes el culo grabando con instrumentos caros, en un estudio caro, con consolas caras, con ingenieros caros y lo terminan escuchando en un parlante de un dólar”. 9-“Antes la música se escuchaba de otra manera, no era el equipo automático, no había YouTube, no había nada. Era jugársela, escuchar recomendaciones y leer críticas en revistas”. 10-“Ponerse en la vereda de defender el vinilo de una forma muy cerrada o retrogada no tiene sentido, mutó a otra cosa. Si no te adaptás, te quedás puteando en un rincón”. 11-“El Indio (Solari) es un fenómeno, una cosa de locos, no hay nada igual en el mundo. Mete más gente que Los Redondos, aunque también va más gente a los conciertos. En los ochenta, cuando te daban el diploma de rockero importante era porque habías hecho un obras: cuatro mil entradas”. LOS PERICOS 12-“Pericos es como una familia, producimos entre todos. Por encima de todo está la banda, laburamos de una forma democrática”.

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13-“No sé qué hubiese sido si venía un cantante o un manager externo. ¿Te gustaba el Bahiano?, no importa, nosotros vamos por acá y para adelante”. 14-“7 (primer disco sin el Bahiano) tiene metáforas y no metáforas que tienen que ver con la partida y la separación. En ese momento fuimos un poco crudos, estábamos muy enojados. En los reportajes boqueábamos mucho”. 15-“A veces es delicado compartir amistad y trabajo porque una pisa a la otra. Es natural que haya diferencias pero nunca pasó nada difícil, sólo cuestiones normales de decisiones grupales”. INFLUENCIAS 16-“Entre los setenta y los ochenta se hizo lo más importante del rock, fue una camada tremenda. Había una cosa demográfica, una cantidad de bandas nuevas que marcaron tanto que no se repitió nunca más. Lo que sucedió en esa época fue fundacional. De los noventa para acá hubo mucho retro, sumado a grandes canciones, grandes artistas y grandes intérpretes”. 17-“En siete años y medio los Beatles hicieron todo, tenían a los Stones en frente que acumulaban toda la mugre, se reventaban, tomaban ácido, hacían quilombo, pero también son maravillosos”. 18-“A Paul (McCartney) lo vi en el 93 y lloré, no me acuerdo nada. Me hubiese vuelto loco hablar con él. En esa época teníamos la misma compañía discográfica y Paul había dejado discos firmados. Pasé por una oficina y había cinco o seis, dije “me agarro uno”,

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me lo afané, lo tengo por ahí. Tenía una firma genérica, no decía para Juanchi con cariño”. INDUSTRIA 19-“La industria se democratizó. En los ochenta había cinco o seis estudios grandes, así que grababas con una compañía o no grababas”. 20-“Puede sonar antipático el tema de tocar con sponsors, pero en algún punto sostienen al rock; el rock también entretiene. En los setenta y ochenta el rock era una colectora de tierra cascoteadora del mainstream”. 21-“La radio sigue siendo interesante, no la alteró la televisión ni internet. Los libros siguen siendo fuertes. La música se cayó”. 22-“En Spotify si suena una canción tuya un manguito te va a venir, por lo menos es digno”. EL PRODUCTOR 23-“Elijo bandas que me encanten en el sentido de encantamiento, no importa el género. Hice punk rock, Attaque, Violadores, Iván Noble, Ciro… si tiene algo especial, me subo. Es mi segunda actividad, lo hago como un hobbie. Me gusta el desafío de decir “mirá, esta banda tiene potencial para que pegue un salto”. El motivo de mi decisión está en el desafío de que lo mío va a potenciar lo que hay”. 24-“Hay bandas independientes que convocan mucha gente. Es muy meritorio lo que hacen con sus canciones, llegan lejos. Si bien estilísticamente no es lo que más me gusta, flasheo que pase eso porque aparte sucede de boca en boca”. 25-“No soy fanático del audio exquisito. Lo que está bueno está bueno, no importa de dónde venga, ni en qué año fue, ni si es un concepto retro o moderno y actual. Importa que me lleve a una emoción”. RECITALES 26-“Me acuerdo de ver a Spinetta en Gesell, en el 82, tocando Los niños que viven en el cielo. Fue antes de la guerra, en febrero. Tremendo”. 27-“AC/DC en River fue demoledor. Fui a ver qué onda y me cagaron a palos. La energía que generaron fue impresionante”. Sábado 27 de junio, faltan cinco horas para el lanzamiento de la revista. En Palermo llueve. Presionadas por la vorágine de la cuenta regresiva, las palabras se atoran entre el gritito de una bebe del cuarto piso del edificio y alarmas de celulares. Hasta que, perdidas en el embudo confuso de cómo contar la historia, la historia se cuenta sola, como extraída de un libro fantástico. En un rato hay que ir a Crack Up a intentar explicar por qué, cuatro horas antes, la razón que posterga la finalización definitiva de la primera edición, se llama Juanchi Baleirón.

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Litto Nebbia

Guille Llamos


Durante 2005 festejamos el 40° aniversario de mi primer grupo de adolescencia: Los Gatos Salvajes. Sin duda que fue la experiencia piloto, la semilla de Los Gatos. Entonces nos presentamos por nuestra ciudad natal: Rosario. Y también por la Capital. De esas presentaciones quedó el registro de un CD doble en vivo y un DVD de las actuaciones. También un hermoso libro con la historia de la banda, realizado por el historiador Mario Antonelli, como el noble documental La Semilla. Nos llevamos la satisfacción de volvernos a encontrar con los mismos amigos integrantes de la adolescencia. Tocamos muy bien, sonamos bárbaro y además se nos unió como invitado Andrés Calamaro. Un par de años después nos metimos con el 40° aniversario de Los Gatos. Aquí también nos reunimos los integrantes originales, exceptuando el divino Oscar Moro, batero que se nos fue antes. Nuevamente nos presentamos en Rosario para una plaza llena de gente, que quedó registrado en un CD. Luego hicimos un Gran Rex que se convirtió en un magnífico DVD, realizado con cinco cámaras con un sound espectacular. Aquí también disfrutamos la reunión. Volvimos a encontrarnos con Kay Galifi, el guitarrista original de la banda, que 32 años atrás se casó y se quedó en Brasil. Y esta vez tuvimos de invitado otro rosarino: Fito Páez. En este 2015, recordando que el 27 de junio de 1965 apareció el legendario LP de Los Gatos Salvajes, pensé que debía celebrar este medio siglo de escribir canciones. Después de todo, ese álbum incluye la mayoría de las primeras canciones que escribí a mis 14 o 15 años. Pues vamos a celebrarlo. Comencé a realizar una selección de mis composiciones, sin ningún orden cronológico: solo compaginar la pura música que se me venía a la cabeza. Casi como si me sentara al piano y empezara a tocar Rosemary (1969) y al terminar me dijeras “hacé Solo se trata de vivir” (1978) y al terminar yo quisiera mostrarte y enganchar Está en tus manos (2000). De esta manera se fue confeccionando una real selección que no paró hasta llegar a 55 canciones, que se escucharán además de igual manera en cada concierto que hagamos durante todo este 2015. Entonces armé la banda, que no es otra con la que grabo hace poco más de dos años. Le sumé un bajista y necesitaba voces. Pero no exactamente un coro, sino voces que expresen para afuera los textos, los cambios armónicos que tienen las canciones. Daniel Homer se ocupa de las guitarras. Insuperable en su tarea, siempre lleno de buen gusto y a tiempo con el mejor adorno para la canción. Leopoldo Deza, compositor tucumano, es el flautista y tecladista. Lo conozco desde sus 20 años, cuando produje su exquisito disco de fusión folklórica Mate de luna. Daniel Colombres, compañero de mil aventuras, es el batero. Dicen que es el mejor batero de rock. Pero toca de todo, sólo hay que proponérselo. Gustavo Giannini, bajista oriundo de General Roca, es un gran músico y una gran persona, dedicado con gran vocación a la música. Los hermanos Nico y Tifa Corley, junto a Juanchi Granfagña, se encargan de las voces, percusiones, misceláneas de instrumentos. Se trata de Los reyes del falsete. Grandes amigos, con los que además estamos grabando un disco con otro material seleccionado de los años 50/60, a manera de continuar celebrando este Medio Siglo. Lógicamente que ellos no habían nacido cuando empezó todo esto, pero qué bueno que lo podamos compartir, que lo disfruten, que lo vivan…

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Gracias a toda la gente que nos ha seguido durante tanto tiempo. Gracias a Dios, a mi Familia, a mis Amigos, a la gente de Melopea. A todos, sin excepción. A los que se han ido y a los que llegan. Litto Nebbia Tigre Mayo de 2015


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EL ESPÍRITU QUE M

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ME ACOMPAÑA

Gustavo Salamié

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Fotografía: Gustavo Salamié


Al otro día del show, ya en mi casa, busqué el disco en mi computadora y cuando lo escuché por primera vez e investigué un poco desde dónde venía y la carga emocional que traía, me di cuenta que el disco tenía algo de mis abuelos.

No recuerdo qué edad tenía cuando mi abuela murió, creo que doce o trece años, pero gran parte de su personalidad quedó instalada en mí. Mi abuelo murió unos años antes, justo cuando estaba a punto de cumplir seis, y de él tengo algunos recuerdos. Recuerdos alegres y gestos de amor. No recuerdo haber llorado cuando ellos murieron. No sentí ni viví su ausencia como un sufrimiento ni como algo trágico. Siempre mantuve viva su esencia y así fue que crecí. Cuando vi a Sig Ragga por primera vez, sin haber escuchado una sola canción previamente, sentí una conexión muy fuerte en ese show que viví en compañía de algunos amigos (y gracias a ellos) y que género en mí una energía increíble. Al otro día del show, ya en mi casa, busqué el disco en mi computadora y cuando lo escuché por primera vez e investigué un poco desde dónde venía y la carga emocional que traía, me di cuenta que el disco tenía algo de mis abuelos. Sin antes haber escuchado esta banda, sin siquiera saber de ellos, esa energía llegó a mí como una fuente de luz, de claridad. Me emocioné. Lloré. Y comprendí de dónde viene ese amor que siento por el universo y esa sensibilidad que encuentro naturalmente en la noche. Cuando pensé en un disco importante que haya marcado diferentes momentos de mi vida se vinieron varios a mi mente. Busqué en mi adolescencia, una etapa rebelde acompañada por el punk rock, pensé en los discos que me unieron a muchos de mis amigos que hoy me siguen acompañando, pensé en aquellos discos que al parecer sólo me gustan a mi o me hacen sentir algo especial cuando los escucho y que pareciera no sucederle a nadie más, pero nunca había exteriorizado esta idea de que mis abuelos podían estar vivos en una canción o en un disco que además me hicieron conocer mis amigos casi por casualidad (¿casualidad?) y que a ellos los emociona tanto como a mí y lo reconocen como un todo. Poder compartir eso con ellos, poder sentir en silencio o en un abrazo que estamos sintiendo lo mismo y poder asociarlo con mis abuelos y trasladarlo a un espacio infinito, me hicieron ver hacia atrás y entender parte del recorrido de mi vida. Me hizo ver y profundizar el sentido de mi búsqueda y me hizo sentir que todos, así como lo hace la muerte por el resto de nuestras vidas, tenemos un espíritu que nos acompaña Información sobre el disco: Aquelarre es un disco que me hace pensar en que la gente que se muere y con la cual tenemos una gran conexión, se transforma en espíritus que nos acompañan a lo largo de nuestras vidas. Y, sobre todo, descubrí esa energía en el tema número cuatro del disco: Pensando. Pensando es una canción que empezaron a componer para el primer disco de la banda. Estuvo guardada durante algún tiempo y la retomaron en el 2012, antes de la grabación de Aquelarre. Tiene una carga emocional muy fuerte para sus integrantes porque habla de la pérdida de los padres de dos de los integrantes del grupo. Estos padres fueron muy importantes en la historia artística de Sig Ragga. La canción está cargada de esa tristeza pero también evoca otras sensaciones que fueron viviendo con el paso del tiempo. Hay un ocaso, una transición, como un puente a otra dimensión. Un amanecer donde se siente la presencia de ellos. Aquel misterio de la transformación de la energía impulsa a los músicos y a quien logra conectarse con su obra a repensar cómo leemos la muerte 32


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Una luz en la oscuridad Chapa Morata

Era el año 90 con todo lo que eso significaba para los argentinos y para una familia de clase media baja como la mía. Tenía diez u once años y la curiosidad por la música había empezado a movilizarme. Por ese entonces, el living de mi casa era como un santuario para mis hermanos mayores, que en la oscuridad y con una sola luz iluminando el ambiente pasaban horas y horas allí. Los espiaba desde mi cuarto y recuerdo ver esa luz y de dónde provenía, para mí era como un Dios, un Dios iluminado que regalaba esperanza. Ese Dios era un tocadiscos Grundig, de los años setenta, con una bandeja en la que sonaban los discos que mis hermanos hacían girar. Sonaba Charly, Los Twist, Calamaro… me volvía loco con esos sonidos.

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El living era como un espacio sagrado en mi casa. Mis hermanos, que tendrían 16 o 17 años, se habían apoderado de ese espacio de magia, de ese rincón de donde salían grandiosas canciones y siempre, pero siempre, que quería acercarme con mi hermano más chico, estaban ahí y no dejaban que nos acerquemos por miedo a que rallemos los discos o rompamos la magia de ese santuario. Lo que mis hermanos no sabían, era que cuando ellos no estaban me acercaba con mucho cuidado al living, conectaba el tocadiscos y hacía girar esos discos tan misteriosos para mí, pasaba horas allí descubriendo sonidos y estaba atento a cuando ellos llegaban para guardar rápidamente los discos y dejar todo tal como lo habían dejado ellos. Nunca me voy a olvidar del día que estaba en mi habitación y de repente empezó a llegar una música que no podía distinguir, o clasificar, no sabía si era rock, si era jazz o tango, a esa altura yo ya tenía muy incorporada la música y creía que podía distinguir esos sonidos. Recuerdo a mi hermana cantando a los gritos encima del disco y esta frase “…y esto no deja de ser una canción, desde el alma”, por supuesto estoy hablando del tema siete del disco Tercer Mundo, de Fito Páez. Carabelas nada, que curiosamente en la versión en CD llevaba el número ocho, porque venía con un bonus track. Cuando

Mi hermana llevó a su amiga al living para mostrarle el tocadiscos y hacerlo girar con su magia. Entonces la escucho pegar un grito muy fuerte: “Martíiiin, ¿vos estuviste jugando con los discos?”


Y dale alegría a mi corazón, con las voces de David Lebón y el Flaco Spinetta, retratada en el sobre interno con la foto del Diego levantando la copa en el 86, mucha emoción y energía, los colores de Latinoamérica con sus luces y sombras, imágenes oníricas en la canción que le da nombre al disco.

escuché ese disco automáticamente me voló la cabeza, no podía creer que en el rock entraran tantos colores y armonías. Desde ese día y más que nunca, esperaba ansioso estar a solas con aquel tocadiscos y como un ladrón profesional entraba al living y buscaba Tercer mundo para escucharlo una y otra vez, además de seguir descubriendo todo lo que tenía a mi alrededor. A medida que pasaba el tiempo me relajaba más y más y cada vez prestaba menos atención al regreso de mis hermanos a casa. Un día, mientras clandestinamente escuchaba ese disco, no oí llegar el auto de mi viejo a tiempo, que con sus últimos ronroneos frenaba en la puerta de mi casa. Rápidamente espíe por la ventana y vi que había llegado con mi hermana y una amiga, entonces corrí hacia el tocadiscos e intenté ordenar todo de la mejor manera, pero no encontraba la tapa del disco de Fito y terminé guardando Tercer Mundo en la primera tapa que vi, que resulté ser Signos, de Soda Stereo, otro disco que escuchaba sin parar por aquellos días. Así fue que terminé escondiendo Signos debajo de un almohadón y me escondí en mi habitación. Mi hermana llevó a su amiga al living para mostrarle el tocadiscos y hacerlo girar con su magia. Entonces la escucho pegar un grito muy fuerte: “Martíiiin, ¿vos estuviste jugando con los discos?”, obviamente en la caja de Tercer Mundo no había nada y en la de Signos estaba el de Fito, así que después de escuchar una catarata de gritos e insultos típicos de un hermano mayor y en el momento en que pensé que ya no podría escuchar más esos discos, mi hermana sonrió como asintiendo y comprendí que les encantaba que a mí me gustasen los discos que ellos escuchaban. Así fue que recibí permiso para estar allí y me dieron la bienvenida al santuario, para que a partir de ese momento, pudiera disfrutar libremente de todas esas bellas canciones y jugar a mi antojo con el Dios Grundig y todos los dioses que habitaban aquellos discos. Tercer Mundo fue un disco de quiebre para Fito y también lo fue para mí y para mucha gente de mi generación. Es un disco que contiene historias pesadas como El chico de la tapa o Yo te amé en Nicaragua, pasando por Carabelas nada, que retrata a la ciudad de Buenos Aires a la perfección y La luz de la mañana y sus calles, la aventura de dos gatos en Bode y Evelyn y el himno del disco: Y dale alegría a mi corazón, con las voces de David Lebón y el Flaco Spinetta, retratada en el sobre interno con la foto del Diego levantando la copa en el 86, mucha emoción y energía, los colores de Latinoamérica con sus luces y sombras, imágenes oníricas en la canción que le da nombre al disco. En definitiva, puedo decir que Tercer Mundo es mucho más que un disco para mí. En él están esos recuerdos invaluables de los comienzos, el descubrimiento de la vida, mis hermanos, la luz del tocadiscos en la oscuridad y una música con emoción y corazón, como los buenos discos tienen que tener. Bienvenidos a mi mundo, el tercer mundo.

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#8

¿Así que te querés hacer el forajido? Leonardo Oyola

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Ilustración: Daniel Stano


Y que a John lo mataron el día que terminaste primer grado y que pasaste a segundo. Que tu mamá se enteró por la tele y que lloró. ¡Cómo lloró tu mamá!

Amén de las películas de los dos Juanes, de esos westerns únicos en su especie que supieron hacer Ford y Wayne, de los spaghettis de Leone y Clint o del Kevin Costner que danza con lobos y que firma con sangre y pólvora un pacto de justicia; el far west para vos siempre va a ser la ele que forma el camino que recorrías una y otra vez de Casanova a Morón. Y de ahí, y en el Sarmiento, todas las estaciones hasta Moreno. En cada una de esas ciudades, en cada uno de esos pueblos del Oeste, tenés por lo menos una anécdota. Sí, sí. No te hagas el otro. Porque cuando evocás, a la hora de escribir, tus historias siempre fueron gestadas allá. Así no recuerdes bien la noche o siesta en la que empezó el coqueteo con lo que vas a contar. Así te hayas olvidado la verdadera razón por la que arrancó el tiroteo. Le escuchaste a esos primos tuyos, que tanto admirabas y que solamente en edad eran cinco minutos más grandes que vos, que usaban botas tejanas porque aquel que se las calza no corre: se para, hace frente. Te gustó pensar en eso. Y mucho. La idea de pisar fuerte. Como la imagen de esa publicidad de las botas JR en San Justo. La misma en la marquesina del local en donde estaba esa zapatería y la misma en cada una de sus bolsas: unas tejanas aplastando una serpiente de cascabel todavía viva con los colmillos y la maldad afuera más la impotencia del bicho de no poderse mover para escaparse o intentar hincar esos dientes tan filosos como ponzoñosos. Tuviste solo dos pares de botas en tu vida. Ninguna de las dos las compraste en JR. Las primeras fueron de un marrón más bien tirando anaranjado. De ese tan familiar color naranja propio de los ladrillos huecos. Te encantaba lustrarlas con pomada Cobra, neutra. Hacerlas brillar. Y, al amanecer, volver de bailar en patios o en lozas que se estaban haciendo, ahí en donde se improvisaban las jodas en tu barrio; con las tejanas cubiertas de polvo. Del polvillo que sacaban literalmente de los contrapisos pateando rocanrol. Pateando rock de pasillo. Te duraron mucho ese par... ¿o no? Poco, si lo pensás con tu edad actual. Pero en ese momento te acompañaron bastante. Cuando los tacos, las suelas y el zapatero dijeron basta; en un viaje al Paraguay encontraste a tus nuevas compañeras en el Mercado Cuatro de Asunción. Costaron sus buenos guaraníes. Negras azabaches. Con dibujos en hilo blanco y punteras de plata. Ni bien te las calzaste te supiste el Patrick Swayse del Barrio Los Pinos. Y le fuiste infiel a tu lugar yendo un par de veces al SEM de Moreno (¿la sigla era por “Sonido, Éxito & Música”?) a bailar lento americano, a jugarla de visitante demostrando tu dirty dancing. Pero no había caso. Una y otra vez necesitaste volver al pago, volver al Yesi, volver al Jesse James. En casete, tu banda –tus primos, ¿cuándo no?- te hicieron escuchar la canción con la que sabían arrancar la joda en el boliche. Más que un error en la traducción era un cambio adrede para alentar aún más la pertenencia de toda La Matanza ahí adentro: en días en los que los temas extranjeros se presentaban en nuestro idioma, el disc jockey la anunciaba como La chica del Yesi mientras Rick Springfield se ponía a contarles de un amigo y de la novia de este amigo. Nunca estuviste en el Jesse James cuando sonaba esa canción. Pero lo anhelaste tanto que pensás que así fue. Y más de una vez. Tu himno, sin embargo, te hace más justicia ahora. Y no solo por lo que te tocó en su momento. Sino por lo que te vino después. Puede que el título sea más directo. Para nada metafórico. Una sentencia y un piropo. Puede que el como se llamaban ya se empezaran a pronunciar en la radio y entre los oyentes en el inglés de su idioma original. Para cuando vos y tus tejanas entraban pisando fuerte en República de Portugal 3172; la bienvenida, la noche y la joda te la daba Cher y su Como Jesse James. ¡Dios! Esa mujer te estaba diciendo/les estaba diciendo: forajido/forajidos. Honey, are you lookin’ for some trouble tonight? Well, all right… Y a vos te hacía sonreír y hasta guiñarle un ojo. A Cher. Al cielo de Isidro Casanova.

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Y a la que fuera ese sábado la más linda del baile.

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Sabías poco de bandas. Solo nombres. De grupos y de canciones. Te faltaba vivir una vida para que llegara la discografía completa de Springsteen y de Neil Young. De los Heartbreakers tenías en esa época, solo en singular y encima tampoco era de ellos, el Rompecorazón que interpretaba Johnny Rivers; todavía uno de tus temas favoritos. Mucha Creedence, mucho Rolling… y Máicol. Y de los Beatles más que su música el único dato que retenías era que se habían separado cuando Lennon se enamoró de Yoko Ono. Y que a John lo mataron el día que terminaste primer grado y que pasaste a segundo. Que tu mamá se enteró por la tele y que lloró. ¡Cómo lloró tu mamá! Cuando tu papá esa tarde volvió del laburo, se le notaba que también estaba triste. No se dijeron nada, se abrazaron y ella volvió a llorar. Lo que te dolía y aún te duele -más cuando las causaste vos- ver lágrimas en esos ojos tan bonitos que tiene tu vieja. Querías aprender. De música. ¿O más bien chusmear? Como esas vecinas cuchicheando en las veredas. O esos vecinos haciéndose los boludos mientras paran la oreja: los denominados “huevos de heladera” porque siempre están parados en la puerta. Curiosidad y punto. Por eso en el secundario le pedías prestadas en los recreos esas revistas que compraban tus compañeras. La Pelo y la 2/20 Rocks. Ahí leíste una vez de Cher. Mucho antes de que la escucharas pasada la medianoche y más cerca de la una de la mañana en el Yesi. Leíste sobre Cher sin todavía conocerla. Y en esas páginas la presentaban como la Yoko Ono de los Bon Jovi. Que ella estaba en pareja con el guitarrista de la banda, Richie Sambora. Y que desde que se habían flechado había fricciones entre él y el cantante, Jon Bon Jovi. Y que New Jersey podría ser el último disco de la banda. Que Sambora estaba metiéndole todas las pilas al disco de su chica y a su primer álbum solista: Forastero en esta ciudad. Y que Bon Jovi, la voz de Bon Jovi, andaba laburando en la banda de sonido de una película: Llamarada de gloria. Viste con tu papá y tu hermano en VHS Llamarada de gloria. Porque era una de pistoleros. Y porque a los Oyola siempre les gustaron las de pistoleros. A tu viejo mucho no le convencieron estos muchachos… Será porque no la vieron en el cine –habían cerrado recientemente sus puertas el Sele en Camino de Cintura y las tres salas en el centro de Morón y las dos de Ramos Mejía- y él mucha paciencia no le tenía a la videocasetera. Habrá sido por eso. O porque tu viejo ya era por lo menos quince años mayor que los protagonistas. Y envejecer no le cabía ni ahí. Habrá sido por eso. Pero para el Freduli y para vos la banda del Billy The Kid de esta película eran ROCK. Y eran ustedes. Y eran de allá y de otra época pero también eran ese ahora y Casanova. ¿Emilio Estevez y Lou Diamond Phillips? Bien matanceros, carajo. ¿Kiefer Sutherland? Por ser rubio, no tanto. Pero por sus códigos, absolutamente. ¿Y Christian Slater? Conocieron a muchos Christians Slaters en Los Pinos. Como a bastantes Balthazars Gettys: pendejos demasiados jóvenes para morir. O ese otro personaje, el de Alan Ruck, que durante toda la historia quiere un apodo. Y que le explican que tiene que ganárselo. Y que cuando finalmente lo bautizan lo rechaza para conservar su nombre y apellido de siempre. Porque fue demasiado alto el costo que tuvo y que tuvieron que pagar por ese apodo. Si. Bon Jovi, la banda, aparentemente se separaba. Jon Bon Bovi, el cantante del grupo, hacía un temazo para una película que acá iban a titular como el nombre de su canción. Mientras Richie Sambora, el guitarrista de Bon Jovi, le componía para su mujer una de las marchas de Casanova. Pero antes… antes habían hecho juntos New Jersey. Y mucho más también. Allá en tu barrio había un botellero que a su caballo le había puesto de nombre Bon Jovi. Porque decía que el equino tenía mal carácter y que a veces a mitad del recorrido


Y a vos te hacía sonreír y hasta guiñarle un ojo. A Cher. Al cielo de Isidro Casanova. Y a la que fuera ese sábado la más linda del baile.

se empacaba y no quería caminar. Y eso que él era muy cariñoso y agradecido con su caballo. Y que más que considerarlo un compañero de trabajo lo trataba como si fuera familia. Que el animal era un presumido. Y que por esa actitud se llamaba Bon Jovi: porque cuando se quedaba firme en la calle sin avanzar, el botellero se bajaba del carro y riendas en mano lo retaba como si fuera un locutor frente a un micrófono de una FM anunciando un puesto de un ranking. “Bon Jovi” “Haces quedar mal al amor”. Haces quedar mal al amor. Como se conoció acá a You give love a bad name. ¿Cuantos años lo tuviste de ringtone? Esa es otra historia, ¿no? “Bon Jovi”. “Haces quedar mal al amor”. Ustedes lo escuchaban y se cagaban de la risa. Hoy te acordás de esa escena, de las veces que la viste repetirse o de cómo todos en la cuadra lo saludan a ese botellero y a ese caballo -¡eh, Bon Yoviii!- y también te sonreís. Como cuando te acordás de esa chica que tanto te gustaba y que jugaba al hockey y que no tenía nada que ver con vos. Y que así y todo coincidieron. Y que hasta terminaron escuchando New Jersey. De los dos lados del casete. Te gustaba de antes Bon Jovi. Tanto como ella. Pero no querías admitirlo en vos alta. Te daba vergüenza. Pensabas que te iban a cargar tu hermano, tus primos y el barrio. Que eso no era rock. Que esa banda era para maricones. Que el look que usaban era de putos… etc., etc., etc. ¡Que se vayan todos a cagar! Eso pensabas en silencio. Jamás te animaste a gritarlo. Vos querías tener el pelo largo con esos cortes prolijamente desprolijos, teñirte la melena coqueteando con el rubio a lo Kiefer Sutherland. Tener un tatuaje con la calavera de un toro y hasta el del logo de Superman. Flecos en camperas y en camisas. Cinturones de hebillas gruesas. Y usar las tejanas por encima del jean y no cubiertas por las botamangas. Too much para Isidro Casanova en esa época, Leíto. Los únicos que te hubieran soldadeado iban a ser el botellero y su caballo. Por ahí. La piba que jugaba al hockey, seguro. Ella si que era fan. Y estaba enamorada. Y lo sabía todo el mundo. Lo sabía todo SU mundo. Se iba de su casa y les pedía a sus viejos y hasta a su abuela seria, muy seria: “Si llama Jon Bon le dicen que ya vuelvo”. Y ya nunca más le dijo a los suyos “hasta luego”, “nos vemos” o “cuidate”. Siempre se despidió con su “ya sabés: si llama Jon Bon…”. Estás seguro de que lo seguirá haciendo aún hoy. Lo que no sabés a ciencia cierta es si se acordará de vos como vos te acordás de ella. Sobre todo de esa siesta en la que sonó la voz de Cher con el Como Jesse James que le escribieron Sambora y Jon Bon. Ella estaba acostada sobre tu pecho. Quisiste que siguiera así por lo menos lo que duraba completo el New Jersey de Bon Jovi con sus doce canciones. No hace mucho y ya con las primeras canas de tu barba te pusiste los pantalones y te compraste una muy linda edición en CD de ese disco. Ya sin el lado A ni el lado B que imponían los vinilos y los casetes. Todos los hits en la primera parte. Todos los temas que aún te interpelan en la segunda. Los que son John Wayne con lentejuelas, Clint Eastwood sin tanto polvo, Kevin Costner iluminado por una bola de espejos… Los que son la banda del Billy The Kid de Emilio Estevez. Lee la lectora láser, apretás play en la tecla del grabador, cae la púa en el primer surco del lado B y sos todos los Leonardo Oyola que fuiste en estos 27 años y en esa docena de canciones. Sabés que el viento más salvaje es el que trae el frío de un corazón que está solo de noche. Sabés que si te vas a hacer el vaquero tenés que mantenerte andando y cabalgar. Sabés que si te querés hacer el pistolero te tenés que aferrar a las que sean tus armas y hacerles creer al resto del mundo que sos el mejor. Sabés que si te querés hacer el forajido… No, el forajido no te hacés. Forajido se nace. Y vos sos del Barrio Los Pinos. Sos criado en La Matanza. En el oeste. Hincha del Brown y habitué del Yesi. Sos de los que patearon rocanrol en

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el Jesse James. Vos sos forajido. Vos sos de Casanova, carajo. Y te gusta Bon Jovi, puto. Bien que te gusta. A las personas que más amás en esta vida le dedicás “Voy a estar ahí por vos”. Literalmente. Porque vivis y morís por ellas. Porque le robarías el sol a los cielos para regalárselos. Porque vas a estar ahí por ellas, ellos, tu hijo y hasta por tu gato: this five words I swear to you… I’ll-Be-There-For-You. Hasta por tu gato, Gato. ¡Dios mío! Te gusta Bon Jovi. Vos, orgulloso hijo de Isidro Casanova. Te gusta Bon Jovi. Te gustaba ayer. Te va a seguir gustando mañana. Que se yo. No te hagas tanto drama. No es la muerte de nadie. Si hasta al Marshall Raylan Givens de Justified le gusta. Le gusta Bon Jovi y Tom Petty & The Heartbreakers. Como a vos. Los menciona, y hasta los cita, más de una vez. En un episodio el U.S. Marshall habla detalladamente del video de Voy a morir cuando esté muerto. Eso sí: Raylan usa las tejanas por debajo de las botamangas del jean. Y anda con dos bellezas, con dos flores: Winona y Ava. Pero más linda es la piba que jugaba al hockey. La que si llama Jon Bon cuando ella no esté para atender el teléfono hay que avisarle al petiso que ella va a volver. ¡Mierda que te gustaba la piba que jugaba al hockey! ¡Mierda que te gustó Justified! Eh…Te gusta Bon Jovi, Leonardo. Y New Jersey aún hoy te parece un discazo. Bueno. Nada. Eso.

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#9

El rueda libre Bob Dylan Lío Trovato

¿Cuántos caminos debe un hombre caminar antes de que lo llames un hombre? ¿Cuantos mares una paloma blanca debe navegar antes de que duerma en la arena? ¿Cuánto tiempo deben volar las balas de cañón antes de que sean prohibidas para siempre? La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento, la respuesta está soplando en el viento. Somos los que sufren, los que caminamos el camino de la incertidumbre y de la pregunta, los que padecemos la resaca del amor y el desencuentro. No sabemos qué nos depara el destino, porque nos arriesgamos y nos atrevemos a caminar más allá de la hegemonía de la lógica y de la razón, de lo tangible y lo seguro. ¿En qué momento nos enseñaron a creer que sabemos quiénes somos? Somos los que preguntan, los que soñamos que soñamos, los que volvemos a volver, los que desenterramos lo que ha muerto. Nos encontramos repitiendo historias, regresando a lugares, hurgando en los teatros, acariciando los nombres tallados en un árbol. De repente sentimos entre la piel y la carne, la sensación de no pertenecer a ningún lugar, de ser una hoja flotando en el viento, la cual se tambalea en el aire sin rumbo, sin dirección, sin destino, y anda a veces volando, a veces arrastrándose, a veces dando tumbos, como una rueda, como una rueda atada a nada.

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Despertamos por las noches, entre el sueño y la muerte, entre la mente y el alma, y anhelamos la libertad que hay en la otra orilla de los dias. De todo esto nos habla Bob Dylan, en este disco que a la vez es un libro sobre la vida y sobre la muerte, sobre el destino y sobre el amor. El Rueda Libre nos habla del tiempo, del destino, de viajes e historias, de pasados amores, de guerras, y de muchas cosas más. Nos dice que a pesar de todo lo que pensemos en las cosas, de todas las preguntas que nos hagamos, y todos los sueños que tengamos, nadie de nosotros sabe qué nos depara la ruta, qué nos planea la vida, los caminos son millones, las respuestas soplan en el viento. Por eso no lo pensemos dos veces, no nos preocupemos en vano, porque al final del viaje, todo va a estar bien. Por favor, fíjate si su pelo sigue estando largo, si se estira y cae entre sus senos, por favor mira por mí, si su pelo sigue estando largo por qué esa es la manera en que yo la recuerdo…

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#11

Sábado Eduardo Fabregat

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-Yo podría comer pizza todos los días. Marco dice eso y Martín y yo nos miramos como sabiendo que vamos a intentar discutir el asunto pero no demasiado, porque Marco es así, terminante y definitivo, y no servirá de mucho tratar de demostrarle que no hay ser humano exento de aburrirse comiendo pizza. Su convencimiento embiste contra cualquier argumento, y eso se aplica tanto a la gastronomía como a la música. Estamos en La Vía, y lo que importa es otra cosa. La pizzería de Caracas y Yerbal es la lógica parada posterior a la ceremonia de cada sábado a la mañana: ir a Disquería 43, a Alex, a Cesar Po, a ver qué llegó y para qué nos alcanzan los mangos pacientemente juntados en la semana. Esperamos ansiosos el final de la semana para sacarnos de encima la molesta carpeta de secundaria –la carpeta de secundaria forrada con fotos de la Pelo y la Expreso, la carpeta que hace que los preceptores nos miren torcido– pero sobre todo porque llega el sábado a la mañana y nos encontramos en Caracas y Rivadavia para iniciar la gira. Y porque lo que resulte inalcanzable en las disquerías puede ser hallado en la segunda estación, el domingo en Parque Rivadavia: allí donde el clavo inesperado de un sábado puede llegar a canjearse por algo valioso. O al menos valioso para nosotros. Parpadeamos al sol, entonces, flexionando los dedos por acto reflejo, calentándolos para el ejercicio de moverlos sobre la batea, prestidigitación sin conejos pero con magia. En Alex tienen por costumbre colgar cerca de la entrada los cinco o seis discos más importantes que llegaron esa semana; al entrar competimos a ver quién aguanta más tiempo la tentación, nos coordinamos para levantar la vista al mismo tiempo y que las exclamaciones hagan el resto. Queremos todo, o casi todo. Sabemos que el mejor trabajo del mundo sería atender una disquería. Compramos discos importados. Es raro: por obra y gracia del ministro orejudo, muchas veces el disco importado sale lo mismo o más barato que el nacional. Tenemos

A nosotros nos gusta decir rock argentino, lo de “nacional” es muy de los milicos, Reorganización Nacional y toda esa mierda.


todo Black Sabbath importado, y Van Halen y Led Zeppelin, y King Crimson, y Queen y Kiss. En el colegio hay boludos que dicen que tenés que “ser de Queen” o “ser de Kiss”: por eso Marco, Martín y yo somos tan amigos y por eso nos miran raro, porque ya tenemos equipo de fútbol y no necesitamos ponerle camiseta a Brian May. El disco importado, además, huele rico. Nos pegamos codazos cuando mi vieja sale con eso de que le dijeron que los discos de esos pintarrajeados vienen sellados porque “adentro traen droga”. Si nos viera abrir el Double Platinum o A night at the Opera o Master of reality y aspirar profundamente con expresión soñadora llamaría a la policía. Lo que sí traen los discos de Kiss son unos folletos y formularios para comprar merchandising, y nos da bronca todo lo que no podemos comprar porque andá a enviar unos dólares a una P.O.Box para que te manden la remera de la Kiss Army. Ningún otro grupo mete esas publicidades en sus discos. Un sábado, en la mesa de La Vía prometí que me iba a comprar el bajo hacha de Gene Simmons. Entonces: llegamos a la disquería, ahí al lado del Cine Flores, y cuando alzamos la vista identificamos inmediatamente lo que hay de nuevo, y cuánto va a rendirnos lo que llevamos en el bolsillo. En una buena semana nos podemos ir con dos o tres, una semana floja puede significar solo uno y alguno de oferta (aunque en la batea de ofertas solo encontramos a Linda Ronstadt o cosas peores, como uno de esos compilados 17 Top Hits de temas conocidos regrabados por algún don nadie: solo de vez en cuando sucede el milagro de encontrar algo que valga la pena). Cuando la semana es mala yo prefiero no ir, o pasar directamente al domingo y confiar en la mística del parque. Ahora le dedicamos más tiempo a la batea “Rock Nacional”, que antes era un par de estantes escuálidos pero desde la guerra fue ganando cada vez más espacio. Nos hace gracia que en eso de “Rock” convivan Riff, Spinetta, Manal y Serú pero también Marilina Ross, Piero y Vivencia: quizá nos pasamos de trogloditas, pero a veces le decimos a Alex (porque el dueño, claro, se llama Alejandro) que tendría que poner dos bateas distintas, una que diga “Rock Nacional” y otra de “Blandura nacional”, “Hippies apestando a pachuli” o algo así. Alex dice que es una suerte que los sábados a la mañana haya tanta gente así no tiene que escuchar nuestras boludeces. Igual este sábado yo ya sé qué es lo que me voy a llevar, y que está en la batea de rock argentino. A nosotros nos gusta decir rock argentino, lo de “nacional” es muy de los milicos, Reorganización Nacional y toda esa mierda. Y ahí, entre las canciones depresivas de Baglietto y el primero de Suéter, tan cerca del de Tantor como del de Mónica Posse, está el disco que deseo hace rato, el disco que Marco y Martín ya tienen pero que en mi caso tuvo que esperar porque primero me compré Los niños que escriben en el cielo y Alma de diamante, y dos semanas atrás tenía la plata pero estaba agotado, y la semana pasada fue uno de esos sábados horribles sin discos nuevos. Imposible no ver la tapa violeta y azul que ahora tengo en las manos, protegida por un plástico, y se la llevo a Alex para que saque de su estantería mágica, allá atrás, el sobre naranja que estoy deseando estudiar en la mesa de La Vía, tirado en la cama, en el sillón frente al Winco que algún día cambiaré por una Lenco con estroboscopio como la de Marco. -¿Esto solo, nene? –pregunta Alex, y yo respondo esto solo, Alex, con Kamikaze tengo para todo el fin de semana, sin saber aún que con Kamikaze voy a tener para toda la vida. Martín se compra Diver Down de Van Halen y No llores por mí, Argentina de Serú. Marco pregunta por el nuevo de Riff pero todavía no llegó, y se lleva solamente Mob Rules de Sabbath porque quiere comprar un par de piratas en el parque. Salimos con nuestras bolsas amarillas con el logo rojo y negro, evitamos el Pumper por si anda cerca la barra del Negro, ponemos un par de monedas en la vía del tren para ampliar la colección de medallas deformes y vamos a la pizzería, donde el tío de Martín trabaja de encargado y siempre invita el almuerzo.

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-Yo podría comer pizza todos los días –dice, repite, Marco, y finalmente lo entendemos. Porque no se trata de la pizza ni de La Vía sino de todo lo demás, de la belleza de ese momento eterno en nuestras vidas, de saber que podríamos hacer eso todos los días pero a la vez no poder evitar la melancolía de que ir el sábado juntos a comprar discos no será todos los días ni para siempre. Que dos años más tarde Marco se quedará dormido para siempre escuchando 1984 de Van Halen, y los que quedamos acá levantaremos la vista y ya no habrá discos nuevos colgados, ni estaremos juntos para celebrarlo

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#12

La de las chicas pelirrojas Carolina Miranda

Ilustraci贸n: Nadia Di Gennaro

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Ya lo sabía, mis domingos consistían en esas cosas. El olor a cuero del asiento del Taunus; las luces del túnel del Libertador que pasaban muy rápido por encima de mi cabeza; los patos chuecos del lago; el pegote en los dedos que dejaban las medialunas; la sonrisa gigante de mi abuela que esperaba de brazos abiertos al borde de la puerta; el sillón del living arrastrado hasta la cabecera de la mesa, mi rompecabezas a medio hacer, el miedo secreto al incinerador, las salidas en bici por las veredas levantadas de la calle Amenábar y clásica tristeza de saber que al otro día tenía que vestirme con ese delantal feo a cuadritos para ir a la escuela. Todo esto ocurría en mi vida los domingos de mi infancia. Y claro, como todo recuerdo especial en sí conlleva un instante aún más vívido, más determinante, donde se exprime la razón para llegar al sentir y tirar desde ahí todo por la borda. Hasta diría en este caso: todo-por-fuera-de-esa-mal-crianza-típica-de-abuelos-de-clase-media-que-ven-en-los-domingos-la-gran-oportunidad-de-despliegue-incondicional-de-amor-con-sus nietos-lejos-de-sus-padres.

Para mí todo se precipitaba cuando mi abuelo paterno Juan Carlos Miranda, un señor panzón de bigotes finos y ojos brillosos, Ahí, creo, empezó todo. Tenía alrededor de 4 años (iba al jardín), mi noción del tiem- se arrodillaba po era precaria. No conocía el concepto de horas ni relojes sino que para mí todo se ante un mueble precipitaba cuando mi abuelo paterno Juan Carlos Miranda, un señor panzón de bi- y extraía de ahí gotes finos y ojos brillosos, se arrodillaba ante un mueble y extraía de ahí una colección una colección enorme de vinilos (la cuestión era tan simple y maravillosa como esa). enorme de In situ, mi fascinación silenciosa comenzaba en las tapas. Las miraba sin tocar. Para- vinilos Fuera y dentro de este molde existía un ritual que nos tenía a mí y a mi abuelo de protagonistas. Y que con el correr de los días para mí se transformó en ese instante clave de iniciación personal. Ese donde planté mi primera sospecha espiritual, o donde quizás intuí el no ser, o sea experimenté el salirme de mí para ser parte de esa alguna otra cosa más grande. Para no dar más vueltas. Confieso ese instante o ese bautismo fueron sin dudas los bailes de rock and roll experimentados con mi abuelo todos los domingos de mi infancia.

da sobre una silla que me acercaban a la mesa para presenciar la selección, veía pasar imágenes de todo tipo. Tapas coloridas, tapas con negros sonriendo, tapas con banderas o con mujeres que les colgaban frutas, tapas de hombres con guitarras, tapas con personas que usaban el mismo traje, tapas con ilustraciones o tapas que no entendía muy bien que eran pero las recuerdo hermosas y vibrantes. Y también estaba la tapa que más esperaba ver: la de las chicas pelirrojas. Esa tapa y ese vinilo de siete pulgadas albergaban para mí el puntapié inicial del goce. En la voz de Bill Halley y Sus Cometas y en el primer tema del lado A (We’re Gonna) Rock Around the Clock, se paraba el mundo para mí. La púa hacía lo suyo y el rock and roll empezaba. El típico conteo del tema y los primeros acordes. Claro está, ahora con el correr del tiempo intuyo que mi compañero de baile tenía muy sabido mi favoritismo hacia ese sonido. No por nada era la tapa que siempre salía y se destacaba los domingos por sobre el resto.

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#13

Las profundidades de un océano lleno de aire Demian Rosales

Back: Daniel Stano

Sumergido en un tanque de agua, sale en búsqueda de una bocanada de aire. Una frágil estela de humo, que lo recubre, parece protegerlo. Muy bien no se sabe de qué, pero existe una amenaza, un peligro latente. Un engaño que se vuelve carne en cientos de puntos rojos, camuflados en aquel azul nebuloso que acompaña a la silueta negra de este hombre presentado. Si se presta atención, se puede ver en su cara una pequeña sonrisa relajada, y de sus labios, despega el humo que se eleva lentamente sobre su pelo. Tan solo basta con apretar play para que este pequeño mundo fotográfico se reformule una vez más y estalle en un millón de partes a través de los parlantes. Lo que se escucha es un ritmo cansino y decididamente hipnótico, que en ningún momento pierde el groove. Canciones llenas de texturas –propias y ajenas– con conceptos tan profundos que podría tomar una eternidad desmenuzar. Todo eso es parte de este disco y en una escala más macro, de un artista. Gustavo Cerati tomó todas sus intenciones y simplemente hizo “lo que tenía ganas”. Bajo este marco nació Bocanada. Un segundo disco que, por aquel momento, tenía más sabor a debut que a continuidad de un camino armado. En 1997, Gustavo salió de un medio lleno de ruido para descansar en otros proyectos. Luego del “Gracias Totales”, frase que marcó el cierre de la última gira de Soda Stereo, se apoyó en Plan V y Ocio, discos netamente instrumentales que sólo sorprendieron a muy pocos, ya que tuvieron una difusión intencionalmente under, que mucha gente desconoce hasta el día de hoy. Con esto nació la época de los discos “después de Soda Stereo”. Un concepto que la prensa y los fans se encargaron de destacar en cada oportunidad que tuvieron. En cada entrevista Cerati reforzaba el concepto de que iba a volver a hacer un disco de canciones, pero que aún no era el momento. Mismo caso con su compañía discográfica, ya que temía que su carrera se focalizara en esta música “electrónica ambiental”. O sea, sin canciones. Más allá de todos estos supuestos, él solamente necesitaba aire.

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Como le sucede a un nadador al salir de la pileta después de una rutina dura. Sólo quiere abandonar ese medio acuoso, en el que se siente tan protegido, para salir y respirar. Actividad que, si lo piensan detenidamente, cuesta un poco al salir del agua, por más práctica que se tenga. Tan solo le toma unos segundos componerse completamente y seguir. Durante ese tiempo se siente en cámara lenta, con una pausa marcada y una paz irreproducible a través de cualquier otro medio. Quizás fue a partir de esta necesidad de bajar las revoluciones que lo llevó a descansar y buscar paz para poder tomar un nuevo impulso en su próximo despegue. Sinceramente, por más ego que una persona pueda tener, no debe ser sencillo llevar el título de “la banda más grande de Latinoamérica” sobre los hombros. Teniendo en cuenta este tipo de cosas, era obvio que tenía que romper el marco en el que se movía. Tarea difícil de encarar, salvo por las ganas –sus ganas– de ser algo nuevo, mucho más después de tantos años de carrera. Gracias a esto, queda la sensación que su óptica se vio modificada para bien, que se amplió y pudo volver hacia atrás para crear un nuevo adelante. Aunque cueste reconocerlo, Bocanada son varios discos en uno solo. Sin caer en metáforas usadas, esta frase no se puede ajustar más a la realidad de la producción del CD. Porque Cerati repasó varios autores que escuchaba en aquel momento para definir lo que se transformaría en las primeras bases del álbum. Si bien muchos estaban contentos con el resultado, para otros terminó por dividir las aguas. El audio elegido no es el más convencional y sobre todas las cosas, es difícil de encasillar. ¿Qué es esto? ¿Pop? ¿Rock? ¿Qué hizo? ¿Qué pasó con las canciones de Soda Stereo? Sin embargo, por más interrogantes que haya podido generar, la pregunta que más se escuchó fue: Si saca canciones de otros discos para hacer el suyo, ¿cómo es posible que no sea un robo? Fácil: porque no hizo un copy-paste de la obra de otro intérprete y la renombró como propia. Sino que, como los grandes DJ’s de la primera generación del hip-hop, él tomó recortes específicos de diferentes canciones, luego les modificó tanto el tiempo como su sonoridad y luego las adaptó a sus nuevos temas hasta volverlos suyos. Por más sencilla que pueda sonar esta progresión, tuvo que realizar muchos viajes en el tiempo para alcanzar el resultado obtenido. Así fue como mientras mucha gente lo criticaba desde este franco, otros lo disfrutaban y en ese nuevo público tuvo la posibilidad de reinventarse. Así como ellos se beneficiaron al conocer un costado más maduro de Cerati. Costado que quería salir hacía tiempo, pero al que le costaba mucho despegar de la imagen de grupo que se ocupó en forjar durante años. Una situación similar le había pasado durante la época de Amor Amarillo, su primer disco como solista, concebido bajo el núcleo de su antigua banda. Por ejemplo, en una entrevista para un medio chileno, Gustavo terminaba de tocar Te llevo para que me lleves y el presentador del programa, luego de la pared de aplausos y saludos, antes de despedirlo, le pidió un tema de Soda Stereo. En pocas palabras, uno que sepamos todos. Considerando todo lo anterior, es lógico que Tabú haya sido el puntapié inicial de esta aventura. El tema es un rapto hacia un sendero desconocido, lleno de obstáculos, nuevos colores y, sobre todas las cosas, emoción. El vértigo que genera la línea de bajo, conjuntamente con la batería, toman despiadadamente al escucha para arrojarlo a otro plano. Algo que muchos no estaban acostumbrados a escuchar o esperaban del intérprete. Pero junto con Engaña y Bocanada (el tema), crean una tríada perfecta que funciona como un tráiler para lo que se puede escuchar del disco. Recuerdo bien la primera vez que me enfrenté a semejante trío. Tenía unos 12 años y, hasta ese momento, no le había prestado atención a la música nacional, sobre todo a nuestro rock. En esa época estaba más enfocado en el brit-pop, con el que bombardeaban canales como MTV o Much y las radios más populares. Este episodio se dio en la casa de mi mejor amigo, más precisamente en el cuarto que

¿Qué es esto? ¿Pop? ¿Rock? ¿Qué hizo? ¿Qué pasó con las canciones de Soda Stereo?


Me quedé atado al arte de tapa, pero la verdadera experiencia comenzó cuando la música se volvió concreta.

compartía con su hermano mayor. En un escritorio lleno de papeles, libros, biromes y ropa recién lavada, empezó a buscar algo. Con su mirada revisaba todo entre semejante desorden, como un helicóptero que sobrevuela una zona. Cinco segundos más tarde tenía el disco en la mano. Me quedé atado al arte de tapa, pero la verdadera experiencia comenzó cuando la música se volvió concreta. El tema que más me sorprendió de esta primera parte fue Engaña, que aún produce algo extraño en mí. Como si el relato de ensueño, junto con la simpleza que sugiere y una guitarra tan espiralada como un mantra, formaran parte de un todo que buscaba musicalmente pero que no sabía que existía. ¿Cómo puede ser que estaba buscando eso si ni siquiera sabía que existía? No lo sé, pero lo sentí así. Sin embargo, el conjunto de factores tocan una fibra tan profunda que parece que lo conociéramos con mucha anterioridad. Fue con estas composiciones que pude entender por primera vez a qué se referían con el concepto de “escuchar música”. Porque, en definitiva, cualquier persona que esté en plena capacidad de sus sentidos puede escuchar, pero el mensaje no le llega a todos, sin importar cual sea... simplemente no está ahí. Lejos de todo posible snobismo, hay que admitir que existe más gente que consume música en lugar de escucharla. En mi caso particular, logré superar esa barrera y junto con esto pude volverme un poco más crítico de lo que había escuchado hasta aquel momento. Ahora sí, vale aclarar que este disco no termina sólo en tres temas. Todo lo contrario, el grado de emoción y curiosidad que provocó me llevó a recorrerlo al extremo. Gracias a esto pude anclarme un tiempo en otros temas como Perdonar es divino y Verbo carne; este último, acompañado por la filarmónica en Abbie Road, es el quiebre profundo que divide la lista en dos pero que no cambia el eje del disco. Además, pude conocer cientos de bandas, canciones, instrumentos y tipos de composición, entre otras cosas. En definitiva, pude descubrir los discos dentro de este disco. Pero, sobre todo, pude entrar a su mundo, a sus diferentes discos y al fenómeno de Soda Stereo. Desconocido para mí hasta ese entonces, salvo los hits. El tema es que una vez adentro, no pude separarme más. Bocanada despierta muchas partes de mi memoria, tanto que lo podría utilizar como soundtrack para incontables momentos de mi vida. Si bien puede resultar extraño para muchos, son sentimientos que fueron cambiando a lo largo del tiempo y que, hoy en día, me han dado un margen para poder moverme en mundos más sensibles. Para poder observar, en lugar de ver; para poder escuchar, en lugar de oír, y cerrar con una verdad absoluta de una de sus canciones: darse cuenta que todos merecen lo que sueñan

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Nobleza del tiempo Cristian Maluini

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Ilustraci贸n: Germ谩n Warszatska


Aquí Al cangrejo le sobra con un rasguño de sol. Cómodamente posado, se sorprende cuando aterrizo en la orilla. Aparezco al lado del crustáceo después de quedar sepultado en una ola violenta y arremolinada. Mi amigo ocasional primero amaga un comentario, luego se arrepiente. Silencioso, voltea sus ojos gigantes y se desentiende para contemplar los muros de sales que se levantan y se destrozan en cuestión de segundos, visiblemente impresionado por el espectáculo. A mí, el impacto del golpe me provoca un intenso desaliento. La sangre adormece su tránsito por unos instantes y cede en su misión infatigable. Intento reponer algún sentido, pero arrastrarme parece una reacción heroica. Recién nomás, inmerso en la rompiente y atravesado por espumas que me empujaron y giraron y finalmente derribaron, advertí, bastante sensato, que el agua se encargaría del destino definitivo de esa voltereta. Casi inmediatamente después de ese pensamiento, caigo contra las primeras arenas mojadas, demasiado lejos de los médanos más cercanos. Exhausto, algo dolorido, cancelo mi vocación de hazaña y me desplomo. Creo que tengo margen: Para que sea de noche, falta todo el día.

El fuego, implacable, arde en la piel de lo cerca que estoy, ajeno al destino de una conversación empeñada en demorarse: es tarde y mi sombra no me dice, es tarde y mi sombra no me escucha.

Abajo La montaña es un montón de paisaje incalculable: caminos peligrosos, rocas y piedras, árboles de todas las alturas, ramas que se perdieron, manantiales exquisitos, animales ocultos, silbidos invisibles, intrigas formidables y ecos escondidos. Si hay un primer paso, es descubrir cuál es. Parado sobre pasto amarillento, fatigado por la escasez de lluvias, suspiro ante la inmensidad más apabullante. Suelto la mochila y busco entre el desorden. Saco un cigarrillo y lo clavo en la tierra. Saco el manojo de hoja de coca que junté especialmente y lo hundo también en la tierra, al lado del cigarrillo. La botella de ginebra está llena de polvo porque la mochila está llena de polvo. El sacudón la limpia apenas, aunque la pulcritud es un exceso innecesario. Tomo un trago largo, hago una pausa. Repito y realizo otra, apenas más larga. Para completar la tradición, echo el líquido restante en el tumulto de coca enterrada. Ante la cordillera, el respeto es un valor obligado: a los cerros hay que pedirles permiso. Es mediodía y el cielo se ve deslucido por la cartulina grisácea que lo esconde. Un batallón de nubes camina displicente hacia alguna parte. El frío no pregunta. Adentro A 3700 metros de altura, el oxígeno entra al cuerpo de una forma diferente porque está excesivamente agitado, ansioso, incorruptible. Cuando impone sus condiciones, en una demostración de dominio demoledor, permanece al borde de cristalizarse. Deshidratado, intento lo que no sé si voy a conseguir: avanzar algunos pasos más. Todavía sobrevengo al griterío heredado de los cerros, aunque intuyo que tengo un poco de suerte, de otra manera no se explicaría esta supervivencia. Soportar la estampida que empuja sin vacilaciones es construir una resistencia que roza la épica. Anochece. Desde acá, los astros están más cerca: son fulgores metálicos muy brillantes. Ahora Las chispitas de la fogata laten su fugacidad con resplandores minuciosos. Es una pulsión brevísima, casi irónica. De las llamaradas más rabiosamente encendidas, brotan esos diminutos ojos rojizos: chispitas. Inconscientes, saltan apuradas y se desvanecen en un estallido irremediable. El fuego desnuda su fragilidad, las chispitas se le mue-

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ren una y otra vez: a cada momento, hartas de arder o porque no pueden evitarlo. Refugiado en la fortaleza que lo dignifica, descarga voraces rugidos que mueven el pico de su incendio en múltiples direcciones. Ennegrecidas, las piedras se transforman en el cementerio improvisado para las chispitas que caen y siguen cayendo, en hileras organizadas. Primero desfilan hacia una altura escueta y luego flotan vencidas por la gravedad, hasta atornillarse una encima de la otra y formando un creciente manchón oscuro. El fuego grita su bronca parpadeando continuamente y resignado a contemplar la muerte de esos hijos casi insignificantes, que corren con más ingenuidad que valentía hacia la pared invisible que los estrella. Sentado, observo cómo la silueta cada vez más nítida de mi propia sombra se desprende de las vísceras de la gran llamarada y queda extendida en el piso de barro. Mirarme en la sombra propia, rodeado de chispitas que se autodestruyen, tal vez sirva de algo. Engañosa, ella dibuja una versión corregida de mi propio cuerpo: medio encorvado como estoy, pero notablemente ampliado. Pintada de penumbra, perpetúa su autoridad. El fuego, implacable, arde en la piel de lo cerca que estoy, ajeno al destino de una conversación empeñada en demorarse: es tarde y mi sombra no me dice, es tarde y mi sombra no me escucha. Estamos a mano. Con el fuego no: tiene planes que trascienden el rigor de mis intenciones. Encendido con la base de un tronco, algunas ramas que encontré y muchas mañas, alcanza altura y escupe fiereza, intimidante. Hasta quedarme dormido. Y transformarme en chispita

### Después Sobra sol sofocante. Sobra mar extendido. Sobra horizonte que no dice porque sigue lejos. O porque no es. Manantial de bautismo ésta luna

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La música Franco Spinetta

Introducción polenta (Color Humano dixit) Alguna vez, el escritor checo Milan Kundera, aquel de la insoportable levedad del ser, comparó al amor más puro con el amor del hombre hacia los animales. Esa reflexión leída cuando era todavía un preadolescente fue una revelación: hasta entonces nunca me había preguntado acerca del amor. Unos años después (no muchos), cuando todavía el sexo era esquivo y el amor también, la música apareció para darle peso a la levedad adolescente. Dicen los que saben que los recuerdos son mentirosos (recuerdos que mienten un poco, siempre fue así, ¿no?). Hay una especie de hilo conductor que uno mismo se va creando para ponerle coloratura a su experiencia. Este es un intento de reconstrucción, no ajustado a la mismísima realidad, pero casi.

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El comienzo. Fines de los años noventa. El auto remontaba el desierto pampeano, en uno de esos lugares en donde el cielo parece unirse en composé con la tierra (¿era realmente la tierra?). El calor espeso formaba grumos sobre la ruta y yo miraba atento en busca de que sucediera el milagro del espejismo. Estaba ávido de fantasías. En mi cuaderno iba anotando todas las ciudades por las que pasábamos con una breve y lacónica descripción, el kilometraje de la ruta y, si podía, la cantidad de habitantes de cada poblado. En la radio (ratatatá) sonaba no sé qué cuando de repente alguien anunció la presentación del primer corte del nuevo álbum de los Red Hot Chili Peppers. Un sonido podrido que emanaba un instrumento para mí desconocido estalló el parlante. Y luego otro, otro y otro, hasta que la confusión frenó en seco interrumpido por otro sonido más agudo al que se le sumó un rapeo indescifrable. Al costado pasaban a velocidad crucero las matas y el polvo desértico. Sentí una emoción flechada y anoté en el cuaderno: Red Hot Chili Peppers. La música había generado una sensación genuina hasta entonces desconocida. Necesitaba saber más. A mi pueblo todavía no había llegado el servicio de Internet y había solo una disquería que llevaba tres o cuatro años de atraso en su catálogo de discos. Le pedí a una de mis hermanas que me llevara a la Gran Ciudad a buscar el tesoro esquivo. Y allí estaba, en Tower Records, Californication. El deseo. El disco tenía varias peculiaridades que me atrajeron abruptamente. La tapa con la tierra invertida: el agua en el cielo y las nubes color fuego en el agua. La urgencia distorsionada de las guitarras y las baladas dolorosas. Pero había una cosa en particular que nunca pude descifrar: cada vez que lo ponía en mi Discman (y fueron muchas), el aparato vibraba. Ningún otro disco tenía el mismo efecto. Y la llegada de Mtv a la operadora local de mi pueblo fue una condena a horas y horas de espera para ver (una y otra vez) los videos de la banda. Delicias de la vida pre Youtube.

Hice unas pocas cuadras empapado en lágrimas y bañado en la luz anaranjada del alba. Un gato negro se me Me había picado el bicho pepperiano. Sentía una conexión directa con sus canciones, cruzó desafianaún sin entender bien qué era lo que estaban contando. Había una energía desbor- do las leyes de dante, un amor desconsolado, una cosa sexualmente heroica que me atrapaba. Estaba la suerte. preparado para iniciar el camino de la música. Ellos fueron la puerta de entrada a un camino propio que tomó rumbos diversos, pero que fue y es propio al fin. La cosa empezó con un flechazo en el desierto. No creo que haya sido casual. Mucha de la música de ese disco tiene ese espíritu beatnik de carreteras, cactus, autos y viajes introspectivos. Las primeras veces que escuché Scar Tissue pensé inmediatamente en eso: es una canción para escuchar bajo el sol en el desierto. ¡Cuando salió el video no lo podía creer! 61

Recuerdo el Aiwa con Californication sonando a fondo en la cuadra de la panadería de un amigo, mientras empinábamos los primeros Termidor ablandados con fruta. Ahí, lanzados al pedregoso terreno de la adolescencia, haciendo nuestras primeras armas de seducción, forjando una personalidad a base de intentos de adultez y caraduría. Recuerdo, también, aquellos viajes hacia la Gran Ciudad para poder escuchar en la radio que allá, en el pueblo, no llegábamos a sintonizar. Aprovechábamos el anonimato


citadino para comprar revistas porno en los puestos de la 9 de Julio, con el Walkman sintonizando invariablemente la Rock & Pop y la FM Hit, en donde sonaba, una y otra vez, Other Side. Ya había salido el siguiente disco de la banda, By the Way (2002) cuando, por si hacía falta, se terminó de sellar la conexión con Californication. Una de las noches más tristes de mi adolescencia fue cuando mi novia de entonces me partió el corazón. Estábamos en el boliche del pueblo, cuando ella –que era más chica que yo– decidió ponerle fin a la relación. Me subí al auto. Amanecía. Hice unas pocas cuadras empapado en lágrimas y bañado en la luz anaranjada del alba. Un gato negro se me cruzó desafiando las leyes de la suerte. Prendí la radio y sonó, increíblemente: “With the birds I´ll share this lonely view”. La canción sonó para mí, como un bálsamo. Dije: me los voy a tatuar. Y así fue. Desde entonces, el asterisco pepperiano está en mi omóplato derecho, gracia y obra del señor tatuador pueblerino: Pippen (por su parecido a Scottie, el ex jugador de básquet y mano derecha de Sir Michael Jordan). Creo que todos, por más o menos melómanos que fuésemos, podemos trazar una línea de vida con la música que escuchábamos y escuchamos. Como el personaje de John Cusack en Alta Fidelidad, esa gran película que todo amante de la música debiera atesorar, puedo armar mi propia historia a través de los discos y canciones que se fueron grabando a sangre, llanto y risas. Como aquella canción de Los Piojos, Muy despacito, cantada con gargantas ásperas repletas de vino y fogata, entre abrazos bañados de alcohol y promesas de amistad eterna. ¡Abajo el sol, abajo el sol, llover! Del Brillo triste de un canchero y la máquina de coser a fondo enhebrando remeras al calor de una imaginación sin límites de Daniel, y sus “¡amas de casas lavando ropa en el fondo del océano!”. O el Tabú de Cerati y las selvas abiertas a mis pies, correr hasta alcanzar senderos que se bifurcan. El gracias por venir y mi primer recital, en Obras, con mi hermana y Café Tacuba de teloneros. Aquella Bocanada fue un amor y el odio: culpa de uno de sus temas, donde parecen simularse bocinas de barcos lejanos, sufrí mi primer trastorno del sueño.

Prendí la radio y sonó, increíblemente: “With the birds I´ll share this lonely view”.

De Juan, un enigmático y huidizo compañero de la facultad que un día me apuró: “No puedo creer que jamás hayas escuchado a Pearl Jam”. Y no, no lo había escuchado. De ahí a encontrar de nuevo al esquivo amor. El “te amo” que nos dijimos con mi (todavía) compañera mientras Eddie Vedder cantaba “Pilate” de fondo en un monoambiente de la calle Pacheco de Melo. “Walks me out of town / Still one’s a crowd / Making angels in the dirt / Looking up looking all around”. De un compiladito, de los últimos que grabé, con un mensaje adentro en busca de levantar el ánimo: “No matter how cold is the winter, ther is a spring time ahead”. Y la primera visita de Pearl Jam, el heroico Ferro de 2005. El calor, una borrachera desagradable y el llanto desconsolado con Given to fly; Eddie también borracho y el abrazo final a la salida, con el hediondo olor de los baños químicos detrás. Salteando en el tiempo, el Indio en Salta 2009, Fuegos de Octubre y el descontrol de Todo un palo, tocada después de 11 años. El viaje eterno, las rutas santiagueñas y el Mundo con sus inverosímiles historias estimuladas con mate de té. El acercamiento al folklore, las frases de Atahualpa Yupanqui (“para el que mira sin

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ver, la tierra es tierra nomás”), los Orozco Barrientos y su ilusión del amor resistiendo ante los asesinos. El amigo Carnota, la zamba del carnaval del Cuchi Leguizamón, el redescubrimiento de Calamaro y la revelación tardía con Oscar Alemán. La tierra, los atardeceres pampeanos y la birra ambientadas con Color Humano y su trash rock primogénito en la Argentina. Y siempre, cada tanto, Los socios del desierto, el Flaco Spinetta, su cantata de puentes amarillos y el increíble capitán Beto, buceando en el espacio. Miles Davis, Kind of blue y mi gata buscando en el aire los acordes agudos. Todo vuelve a la frase de Dynamo: ¿Y la música dónde está? ¿En los cables? Es verdad, un corazón no se endurece porque sí. La música nos enseña: A amar. A entender. Lo más preciso y precioso es que nos hace mejores y más felices

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NIÑA DE V


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Diego Blanco

Ph. Diego Blanco

VIETNAM


Con el pavimento mojado bajo mi moto comienzo el ascenso a las montañas de Hà Giang. En mi cabeza no deja de sonar Victorialand de Cocteau Twins, entre niebla, llovizna y nubes. Una niña de unos ocho años camina en dirección contraria a mí con una canasta de mimbre totalmente cargada en su espalda. Paso a su lado y la observo; veo su rostro de frente, tres cuartos y perfil. Me alejo pensando en su cara, su gesto responsable y su edad.

Entre las arrugas de su cara y su pelo blanco alcanzo a ver su mirada, que se clava en mis ojos deteniendo el tiempo durante unos segundos.

Más adelante, entre curvas cerradas y precipicios, veo a la misma niña pero esta vez con dieciséis años, cargando la cesta repleta sobre su espalda. Sigo subiendo la montaña completamente cubierta de acordes y nubes, que se suceden con la suavidad repetitiva de la guitarra de Lazy Calm; y otra vez ella, de 33 años, caminando a un lado de la ruta con su cesta. Paso y continúo mi camino hacia la cima entre arrozales, cabañas y familias de campesinos trabajando al unísono. Ya en el descenso, veo una anciana encorvada, caminando lentamente y con cierta dificultad, cargando una cesta llena en su espalda. La observo mientras me acerco. Lleva su cabeza inclinada hacia abajo para poder soportar el peso, y su postura no me permite verle el rostro. Pero justo cuando paso a su lado, levanta la cabeza como adivinando mi presencia. Entre las arrugas de su cara y su pelo blanco alcanzo a ver su mirada, que se clava en mis ojos deteniendo el tiempo durante unos segundos. Casi puedo sentir la textura de su piel gastada. En mi cabeza, Elizabeth Fraser continúa cantando con la suavidad de las montañas, como si nada de esto estuviera sucediendo. Y entonces puedo ver: es la misma niña realizando el mismo camino de cada día durante todos los días de su vida

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N贸mades Nacho Gerola

Ilustraci贸n: ToPo - Maximiliano Petta

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De un lado hacia el otro lo cotidiano se empieza a desmembrar y todo se vuelve movimiento. Ya no arrastro mis zapatillas. Caigo al talón y antes de anclarme en el peso de la existencia me deslizo hacia los dedos, donde tomo impulso de nuevo. En la primera explosión después de los vientos me doy cuenta de que tengo que caminar, con esto en la cabeza tengo que caminar, no me puedo subir a nada más que a mí mismo. Los edificios son cada vez más chicos, insignificantes. La gente del entorno se vuelve de carne, animales que quieren gritar. Veo abismos en sus cabezas. Tantos juntos me aturden, mejor sigo en la mía. Voy hacia adentro, me lleva hacia adentro sin ninguna alternativa y todo comienza a removerse, la sangre corre tan rápido que el cosquilleo es inmenso. No sé quién sigue dando los pasos. Yo estoy en el interior, cayendo a una velocidad agradable. Este plano también es espacialmente ilimitado. Todo se volvió calmo cuando llegué a una extraña superficie, rodeado de peculiares construcciones de piedra. Me acerco un poco a los bordes de la plataforma y noto que la misma flota rodeada de un cielo totalmente nublado. La estructura se extiende hacia el otro lado, donde se abren pasillos que decido circular. Voy cruzando puertas antiguas cada vez más rápido, una tras otra. La emoción toma el control y me tengo que ayudar con las manos para no tropezar. El ritual lo andaba anticipando, se concentra y comienza a implosionar. Una tremenda sacudida me rompe todos los huesos. Salgo disparado hacia afuera. No llego a hacer pie que ya todo se volvió continuo, hay estrellas en mi frente pero también en nuestras nucas, todo conectado en la expansión, ningún punto es más parte del todo que otro, y todo lo que no es sensorial me es ajeno. No soy más que pura percepción y otra vez este tema está causando explosiones por todos lados. Caos en las inmediaciones de la vía láctea. Varias manadas de instrumentos sacándose chispas dentro de una misma pista, hasta que una toma impulso y atropella. Veo un montón de luces y ventanas. Zigzagueando manzanas, una ráfaga me lleva a buscar algo… ahí está, es mi cuerpo. Veo cemento y árboles limitados, parece que sigo por la ciudad. ¿Cómo es que estoy caminando? ¿Tenía los ojos abiertos? Pasaron bastantes cuadras, ¿habré frenado con los semáforos? Ahora el paisaje son tajos en diferentes rostros, por suerte lejos. Qué linda es esta soledad, lo único que necesitaba, así de solo. No pienso entrar en ningún lado hasta que termine. . La sinceridad te hace mudar de piel y en el proceso se genera un manto seco en tus ojos que en algún momento terminás arrancando. Ahora todo tu entorno tiene un color diferente, aparecen un montón de partículas nuevas y el horizonte se presenta sin importar para dónde gires la cabeza. Tu paleta adquiere otros contrastes. Mientras, todo se te vuelve tan nuevo y curioso que el asombro te reclama gran parte del día. Ya no hay motivos para volver, menos que menos en el atardecer. Ya no podés volver. . 71

Verano 68 continuaba como parte de la secuencia de esos días, en ese pasado no muy lejano, donde su pelo me tenía atrapado, enredado en alguna plaza esperando que ella pase. Pero el momento de escribir sobre la canción me lleva a un pasado inmediato. Todo parecía normal, otra persona. Hasta que la pálida esa desplegó una sonrisa en pocas milésimas de segundos que me frenó todos los motores. Y cuando volvieron a arrancar me encontré para el otro lado, pensando de derecha a izquierda. Todo y más


de lo que quería en una vuelta, intensa y circular, principio y fin: un círculo tan maravilloso que no dibujó ningún tipo de línea. Pero tan intenso que me quedé atrapado en él. A la mañana siguiente quería que sea un espiral. Por más que lo intentaba, no lograba recordar ni en lo más mínimo la última vez que tuve esa sensación. El más completo anonimato guarda en su interior la imposibilidad de un nuevo encuentro. Me desangré rápido y en unos días aniquilé la ilusión, la fusilé. Ahora el cadáver se transformó en una energía completamente diferente, como todo lo que vuelve después de atravesar las fibras de la tierra. Me vuelvo a encontrar como estuve, entre y después de ellas, de esos dos diminutos fragmentos significativos, con la fuente de las más espléndidas sensaciones, ajena a los fantasmas ideales, sin depositar más que en el propio trayecto. Otra vez como parte del todo, pero una parte autónoma de ese todo, donde juega mi plenitud. . Los rayos se arrastran de forma transversal y te atraviesan la mejilla desde algún costado. El dibujo de las nubes te hace entender que en ese lapso todo está afuera, ocurriendo a tu alrededor. Si no captás la rotación es porque no se encuentra en ningún sitio en particular y estás envuelto en ella. Sos literalmente esencia de ella. Circunstancia liminal, renovadamente liminal, las cuerdas están vibrando, se sacuden con intensidad. Cada una genera un eco que se expande a nivel horizontal para luego desaparecer. Las de arriba se van esfumando en simultaneidad con la aparición de otras nuevas en la región inferior. Salen del agua y se acoplan esperando su debido tiempo de sonar. Las cuerdas llegan a la altura de tu cabeza y te derraman a ese nivel horizontal. Te expandís en eco como viento. El agua corriente te arrastra en onda expansiva por sus diferentes cursos, mientras recibe los últimos roces del fuego. La oscuridad se va apoderando de todo, ella siempre vuelve con su hermosa hegemonía. Curiosa, disfrutando y apropiándose las modificaciones que generó el sol. . Los sueños se cargan en las bolsas de los ojos, tan difíciles de diferenciar de eso que le dicen realidad. Cuando nuestra única referencia es ese colapso de continuidad, esa interrupción… despierta, despierto. Pero no encuentro razones para sostener la dualidad entre estado onírico y vigilia. Si esos lugares, sensaciones y seres te nutren en todo el transcurso. Sea que sólo existan dentro de tu cabeza o estén esperando, en algún lugar lejano del universo. Que te vuelvas a dormir despertando. Te aguarden o no, existen y los visitás o creas. No menos partes del todo, ni más ni menos trascendentales que vos, ni que las partículas y entes que te rodean. Álbum: Atom Heart Mother

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Devolveme mis discos y mi corazón Lucila Rolón

Ilustración: María Fabrizio

Mi hermana y yo somos muy parecidas. No como todos los hermanos, un poco la nariz, un poco la sonrisa, un poco los ojos claros de la abuela; por fuera, nosotras somos casi iguales. Lo más extraño es que ella me lleva seis años, y una de cada diez veces nos preguntan por la calle si somos mellizas. Cada vez que voy a verla al teatro o voy a alguno de sus shows, alguien se me acerca con cara de haber descubierto 100 pesos en el bolsillo del jean y me dice vos sos la hermana de Marina. Sos igual. A veces, ni siquiera lo dicen con tono de pregunta. Sos igual sos igual. Mi hermana es preciosa, parece una diosa griega y pop tallada en miniatura pero, debo decirlo, para mí es algo fastidioso que seamos tan parecidas, especialmente porque yo soy la más joven y claramente debería ser obvio. Convengamos que seis años es mucho tiempo. En seis años te recibís de cualquier cosa, seis años duraban los gobiernos, imaginate un pibe de primer grado o un noviazgo de seis años, todo un récord. Encima yo no tengo hijos y ella tiene tres, al último todavía no lo parió.

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Dormimos juntas hasta que ella se fue de casa, cuando tenía 23. A pesar de que, por épocas, la diferencia de edad nos hacía enemigas mortales, desde chiquitas tuvimos una buena relación y yo siempre quise ser, más que su hermana, su amiga. Nos mudamos diez veces, pero el último departamento de la calle Rivera es, en nuestra historia familiar de alquileres esporádicos y garantías falsas, nuestra verdadera casa, el único lugar al que le decimos casa cuando contamos cosas del pasado. Teníamos las dos camas, una pegada a la otra, un mueble blanco lleno de sus cosas del colegio y fotos y grasadas, y ella un día trajo un teléfono chiquito y transparente para colgar en la pared, con el cable bien largo, con el que reventábamos las cuentas de la familia hablando pavadas con amiguitas, incluso cuando nuestros papás empezaron a ponerle candado.


A medida que fui creciendo fueron apareciendo nuestras diferencias. A mis 14 años, ya no me convencía escuchar a Bryan Adams, o a Mariah Carey o a Silvina Garré. Así que, tuve que avanzar por mi cuenta en el camino de darle satisfacción a los gustos musicales. En la pared de la cabecera de las dos camas, de golpe, habíamos iniciado una guerra. De su lado, había algunas fotos de los chicos lindos de la época, como Rob Lowe. Alguna foto con amigas. Una de la perra, Hita. Del mío, había nefastos collages de rock que me armaba con las páginas de las revistas. Las pegábamos a la pared con cinta scotch y mi mamá siempre se estaba quejando porque cuando nos tuviéramos que mudar -era obvio, para ella, que así sería- íbamos a tener que pintar todo de blanco.

Fui perdiendo el entusiasmo de un reencuentro posible con Luzbelito, hasta que el día menos pensado, sola en mi cuarto, con el aburrimiento que arrastran las tardes adolescentes, escuché música en el pasillo del edificio.

Pero el tiempo hizo lo suyo y cada una levantó su estructura musical a su estilo. Cuando pienso en influencias, me gusta viajar en el tiempo hasta esa época en la que le revisaba los discos para encontrar algo que me conmoviera. Así entendí que ella escuchaba mujeres porque eran sus maestras involuntarias en su pasión por aprender a cantar. Mujeres con la capacidad de pegar un grito del espacio y desarmarte en partículas al instante, o de susurrar un lamento y partirte los huesos como si fueran yuyos secos. Así canta mi hermana. Así es como conozco todas las canciones de Aretha Franklin y de Etta James. Me sé, además, de memoria la obra completa de Los Miserables y las siete versiones que Four Non Blondes hizo de su one hit wonder Whats up. Con arreglos y todos los coros. Con su mejor sueldo, mi hermana compró una bandeja negra de cinco discos, que enchufó a un amplificador y a dos parlantes majestuosos. Era toda una aventura darle play sin saber qué había adentro. Podía pasar cualquier cosa: un tema de Moris pegado a uno de Celine Dion, uno de Los Piojos antes de uno del musical Rent, uno de los Redondos y atrás mi hermana diciéndome que las canciones de los Redondos hablan todas de droga. Para ese entonces, yo tenía solo cinco CDs y ocho cajas de zapatillas Toppers llenas de cassettes grabados. De los cinco discos, Luzbelito era mi preferido porque era el primero que tenía en los dos formatos. Darle play pausa play rewind pausa play anotar la letra y la nota en una hoja y darle pausa otra vez para seguir así hasta el infinito, era mi pasatiempo adolescente. Lustré ese disco todos los viernes durante años, limpié ese círculo plateado con la delicadeza de una geisha tantas veces que no entiendo cómo yo misma no le saqué hongos. Una tarde, volví corriendo del colegio, desesperada por cantar a los gritos Cruz Diablo. Revolví mis cosas y no lo encontré. Abrí la bandeja y tampoco lo vi entre los discos que reposaban listos para girar. Estaba sola. No había celulares. Andá a saber dónde estaba mi hermana. Agarré la pila de discos suyos y los tiré sobre mi cama. Agarré los míos y empecé a abrir las cajitas, una por una, con la esperanza de que estuviera intercambiado por error. No aparecía. Cuando volví a ver a mi hermana, dos días después, me dijo que, efectivamente, le había prestado un disco de Gloria Estefan a una amiga, y que mi Luzbelito estaba adentro. Sin querer, sin querer. Y que se había peleado para siempre con su amiga así que no se lo pensaba pedir. Lloré y le escupí un rap de puteadas dignas del mejor conurbano. Mi cajita vacía de los Redondos se convirtió en obsesión: no tenía amigos que escucharan esa banda ni que tuvieran amigos que escucharan esa banda, no tenía Internet para bajarme el disco ni grooveshark para escucharlo cuando quisiera ni plata para correr a una disquería de Cabildo y comprarme otro. Cuando la psicóloga me pregunta cuál fue la primera vez que me partieron el corazón yo no puedo evitar recordar esta escena. Pasaron dos años, como me sabía el disco de memoria, me dediqué a comprar más casetes con temas inéditos. Aparecieron bandas nuevas en mi camino y me volví a ena-

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morar. Fui perdiendo el entusiasmo de un reencuentro posible con Luzbelito, hasta que el día menos pensado, sola en mi cuarto, con el aburrimiento que arrastran las tardes adolescentes, escuché música en el pasillo del edificio. Tuve que bajar el volúmen de la mía para escuchar mejor. Reconocí un par de acordes y salí corriendo, con las llaves en la mano, a recorrer los siete pisos para descubrir de dónde venía. El núcleo del sonido estaba, al fin, en el segundo piso. La acústica de las baldosas de cerámica hacía que la música retumbara como en la mejor iglesia. No tenía la menor idea de quién vivía ahí. Mi único vecino joven estaba en el último piso y sólo escuchaba fútbol. Decidí acurrucarme en las escaleras y simplemente escuchar. No me levanté cuando se apagaron las luces automáticas. Luzbelito iba soltando sus canciones y yo las iba cantando todas como si fueran mantras revitalizantes. ¡Qué ganas de abrazarme con alguien que tuve! Me fui cuando el disco terminó.

Me quedé dura durante unos segundos, el tipo abrió más la puerta y me preguntó si me sentía bien. Yo tartamudeé porque no sabía cómo explicarle que me estaba salvando la vida.

No se lo conté a nadie, especialmente, porque me daba vergüenza reconocer que no tenía el valor de tocarle el timbre y pedirle prestado el disco a quien fuera. Y porque me parecía algo de loca confesar que me pasé los siguientes meses echada sobre las escaleras del segundo piso cada vez que escuchaba que Luzbelito empezaba a sacudir el edificio. Hasta que un día, no sé si habré estado demasiado perdida en esas canciones o qué, pero la puerta del departamento se abrió de repente, y las luces del pasillo se encendieron cumpliendo con su sistemita automático. ¿Qué hacés acá?, me preguntó un hombre grande, tendría más de cuarenta años y todavía no me parecían tan cercanos; estaba en bermudas y remera, y un nenito que le llegaba a las rodillas se le asomaba por detrás. Me quedé dura durante unos segundos, el tipo abrió más la puerta y me preguntó si me sentía bien. Yo tartamudeé porque no sabía cómo explicarle que me estaba salvando la vida. No recuerdo cómo se dieron las cosas, pero al final se lo dije. Le conté todo, a él y a su hijo, mientras tomábamos la merienda en el living de su casa. Me miraba con ojos de compasión y un poco de superado, hasta que me invitó a volver en dos días. No me dijo para qué y tampoco le pregunté. En mi casa, jamás supieron de mi amistad clandestina con el vecino y su hijito. Si nos cruzábamos frente a otros, nunca nos extendíamos en hablar de nada. Él tampoco se lo comentó a mis papás. Luzbelito siguió perdido en la discoteca de la ex amiga de mi hermana, camuflado en una caja de Gloria Estefan. O tal vez tiraron esa porquería y la encontró algún otro distraído. Entre mis discos, recuperó su lugar cinco años después, por la gestión de un novio romántico. Ya no tengo bandeja y dejo que se acumule el polvo entre la pila de cajitas más de lo que debería. Pero conservo en el primer cajón de mi escritorio algo mucho mejor. Por un ataque de timidez extrema, no volví al segundo piso a los dos días. Si tenía que salir a la calle, me aseguraba de no cruzarme al vecino ni de casualidad. Me animé a tocarle el timbre una semana más tarde. Nadie atendió. Del otro lado de la puerta aguardaba un silencio sospechoso. Intenté mirar por la ranura y vi la luz de la tarde desparramada sin obstáculos por el living vacío. Me prendí del timbre sin pudor, una, dos, tres veces. Nada. Empecé a transpirar, sentí cómo la culpa me iba aflojando las piernas. Me odié por saberme tan cobarde y le pegué a la puerta como si me estuviera pegando a mí. De repente, vi subir las escaleras, corriendo, a la encargada. ¿Qué pasó?, me gritaba en la cara y otra vez no supe qué contestar. Respiré hondo y pregunté por el vecino. Me dijo que se había mudado el fin de semana y que en el departamento no vivía nadie más. Una bola de angustia me cerró la garganta. La encargada me pedía explicaciones. Y como si alguien me hubiera dado play a mí, empecé a rogarle que tenía que encontrarlo, que era urgente, que por favor, él tiene algo mío y me lo tiene que dar, es muy

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valioso, por favor, por favor, me lo tiene que dar, es mío, me lo tiene que dar, no paraba de repetir yo, mientras me ahogaba en lágrimas, como si fuera cierto. La encargada se tocó el bolsillo de arriba del guardapolvo celeste y me dijo pará. Debe ser esto, me dijo después, y sacó unas llaves y abrió la puerta y la luz me dio directo en los ojos vidriosos y la encargada fue a la cocina y trajo una bolsa y debe ser esto, me dijo. Tres casetes grabados de Pescado Rabioso, Jorge Pinchevsky, The Clash, Manal y los Beatles. Y uno de 120 en el que me grabó Luzbelito solo, creo que dos veces, o las que entraban hasta que se acabara la cinta. La última vuelta está cortado. Todavía suena muy bien.

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LOS LINDOS

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PAJARITOS Francisco Bertotti

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Ph: Francisco Bertotti


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DE CHORROS, TREN


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Dany Jiménez

Ph: Francisco Bertotti y Gustavo Salamié

NES Y DESAYUNOS


Creo que fue a comienzos de 1979 que mis viejos decidieron una jugada importante, que para ellos fue un ejercicio de liberación (y que entendería varios años después) y para mí, como hijo único, una nueva aventura, aunque más tarde ayudaría a definir mi identidad: los tres nos mudábamos del porteño barrio de Almagro a un extraño paraje que ya por aquellos tiempos era Gregorio de Laferrere y que aún hoy considero tiene otro huso horario. Pero no hay un elemento revelador o un argumento místico en la movida. Dejamos una austera casa de alquiler cerca del Hospital Rivadavia y nos fuimos a un caserón de fondo extenso, bien del conurbano, que habían podido comprar con un crédito bancario que cancelarían allá por 1984. Día que la vi llorar a mi vieja por primera vez en medio de la Plaza de Mayo, al salir del banco con la escritura arrugada en la cartera. Para ellos era el sueño de la casa propia. Un progreso. Una sonrisa sanadora en medio de una vida de tragedias familiares que dejaré para otro momento. Aunque ya era un niño de ocho años inquieto, que se acomodaba lentamente al ritmo del Gran Buenos Aires, viajaba semanalmente una hora en el 88 al conventillo de la calle Loria, donde nací, a visitar a mi Tía Nenina, hermana de mi mamá, que vivía todavía allí con su hijo Julito. Un loquito hermoso que cometió el pecado de creer que podía acariciar la belleza y se subió a un buque pesquero a recorrer el mundo y se fue antes de los cuarenta a manos del SIDA.

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Y los amigos de Julito eran unos fumones amantes del rock nacional y adherentes al PI (el recordado Partido Intransigente del Bisonte Oscar Alende) que se juntaban a escuchar discos en la casa de un tal Fabián que vivía frente al conventillo. Ahí lo vi por primera vez. Y, como muchos, ingresé e Breakfast in America inevitablemente por la portada: una camarera entrada en kilos (que supone la Estatua de la Libertad y de hecho se llama “Libby”) sonríe, mientras sostiene en una mano una pequeña bandeja con un vaso de jugo de naranja y el menú de un bar –con el nombre del disco– en la otra. Detrás, aparece la ciudad de Nueva York hecha con cajas de cereales y un SUPERTRAMP esfumado en la parte superior. Imposible olvidarla. Con unos gigantescos auriculares Pioneer y sentado solo en el sofá de Fabián (con los años entendí que mi soledad se debía a que se iban a fumar porro a la terraza y regresaban sonrientes y cariñosos) me maté varios sábados seguidos con el vinilo de Breakfast in America; una y otra vez. De principio a fin. Y me enamoré de las canciones. Todas. Hasta que las visitas al conventillo mermaron. Fabián se rajó a Brasil de apuro y yo me empecé a convertir en un amante de la música como jamás imaginé, si bien estaba a kilómetros de una fuente cercana de recursos. Pero lo que en realidad extrañaba era el disco de Supertramp. Necesitaba la cadencia vodevilesca inicial de “The logical song”, la dulzura de Rick Davies en “Oh Darling” (que increíblemente nadie nunca relacionó con el tema de los Beatles), la luminosidad de “Goodbye stranger” y la suave y firme voz de Roger Hodgson en “Child of visión”. Aunque había un par de problemas: yo era un nene de diez años sin dinero ni idea de cómo funcionaba el planeta. Y mis viejos estaban tan lejos de la música pop como un esquimal de Negroponte. Entonces comencé mi campaña de desgaste. Me cruzaba con mi mamá en la cocina y le hacía el gesto de la camarera de la tapa. Sonreía y levantaba estúpidamente una mano con un vaso de jugo. Después empecé a dejarle papelitos con el nombre del disco dentro del horno o entre los perfumes del baño. Y así estuve un buen tiempo, para siempre recibir como respuesta un desconcertante “¿qué querés, hijo?”, que desarmaba cualquier ataque posterior. Hasta que me di por vencido. Diez años después de todo aquello, la vida me encontró ya recibido de Perito Mercantil (algo que hasta el día de hoy sigo sin saber qué es) y en mis primeras vacaciones sin mis padres. Un par de semanas en un camping de Mar de Ajó con dos compañeros de quinto año de la secundaria no era una llamada a la adrenalina, pero para un adolescente con ganas de beberse el universo no dejaba de ser un buen plan. La libertad siempre ha sido un buen plan. Pasamos quince días muy divertidos donde aprendí a respetar la bebida y a gustar de los besos que dejan marcas, sin el cepo del horario o la policía del aseo cerca. Durante las noches de fogón cada tanto me llegaba una guitarra y me animaba con la primera estrofa de “Lord, is it mine”, que aún hoy me emociona al tocarla. No tanto por el tamaño de la canción (es la balada certera de Breakfast in America) sino por lo parecida que me sonaba. Pensarme un segundo como Davies o Hodgson no dejaba de ruborizarme como un tonto en silencio. Hasta que venía un pirata del asfalto con una cerveza y un tema de los Redondos y adiós al esbozo de folk progresivo. La tarde de la partida tomamos un micro hasta Dolores, donde debíamos abordar el tren de regreso a Buenos Aires cerca de la medianoche. Al llegar a la estación nos madrugamos que el próximo tren a Constitución salía a las 8:30 de la mañana. Había que pernoctar ahí. Entre el temor a ser robados y el lógico cagazo de tres pibes que no habían salido de la seguridad de su barrio, nos tiramos al piso con las mochilas de almohada, montamos guardia y apenas dormimos una hora. Un ojo abierto, otro cerrado. Hasta que amaneció. Con la luz del sol nos animamos a asomar la cabeza después de una noche muy fría y nos pusimos de pie. Y entonces aparecieron. La calma de la mañana de sábado en el campo se vio interrumpida por una frenada brusca. En la puerta de la estación, un jeep acababa de aparcar y de milagro no llevarse

Me cruzaba con mi mamá en la cocina y le hacía el gesto de la camarera de la tapa. Sonreía y levantaba estúpidamente una mano con un vaso de jugo. Después empecé a dejarle papelitos con el nombre del disco dentro del horno o entre los perfumes del baño.


“Vieja, vení”. Volteé y el chorro me hizo un gesto con la mano. “Vieja, vení… elegite uno”.

puestos un par de maceteros grandes. Era imposible no notarlo ya que además era el único auto estacionado en todo el lugar. Y naranja. De él descendieron dos tipos de unos 35 o 40 años que parecían apurados. Llevaban puesta la clase de prendas que uno no tiene juntas en su placard. Es decir, una campera de cuero, una camisa de vestir, una gorra de beisbol y unos pantalones de jean. Había cosas que no concordaban. Me acerqué torpemente simulando fumar un cigarrillo y noté que en los asientos del jeep había más ropa, unas diez cajas apiladas y varios pares de zapatillas muy caras sueltas en el piso, además de notar rastros de vómito en los pantalones y los sacos de los dos visitantes. No había dudas. Se trataba de dos chorros que venían en pleno raid delictivo y que (no se necesitaba ser un genio para saberlo) habían azotado unas cuantas casas de la Costa Atlántica. Aceleradamente empezaron a descargar las cosas para subirlas al andén en cuanto llegará el tren, sin molestarse nunca en abrazar la discreción. Entonces los oí recriminarse entre sí por algo que había pasado en Pinamar y que tenían como primera parada Constitución, y de ahí a… ¡Laferrere! Bingo. Mis dos compañeros y yo permanecimos dentro de la estación, cerca de la pared, para no cruzar miradas ni molestar su operativo de traslado. Y aunque juro que lo evité, no pude dejar de quitarle los ojos al que llevaba la última caja. Por el esfuerzo que hacía se trataba de algo muy pesado y le costaba moverla. Entonces dio unos pasos por el salón hasta que la caja cedió y se abrió por abajo, cayendo al piso una docena de cassettes. Robados. Quizá involuntariamente y al notar su clara inutilidad, me acerqué a él y lo

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ayudé a juntarlos y meterlos en la caja, sin tratar de mirarlo a los ojos o realizar algo que resultara sospechoso. Le di la espalda rápido para volver a la pared junto a mi mochila, cuando me dijo: “Vieja, vení”. Volteé y el chorro me hizo un gesto con la mano. “Vieja, vení… elegite uno”. Confundido por la oferta, avancé despacio y pregunté temeroso: “¿Cómo…?”. Señaló con la cabeza hacia abajo y repitió: “Elegite uno”. Reconozco que la situación era extraña, poco convencional. Y que tal vez debería haber agradecido con la cabeza y negarme a semejante acto de corrupción delictual. Pero la música ya formaba parte de mis días y la sola idea de poder sumar un cassette más a mi otrora orgullosa colección de unos 150, silenciaba mi sistema de moral. “Bueno”, le solté, y me asomé a la caja. Adentro había centenares de cassettes, desordenados, de todo tipo de artistas: clásicos de Mozart, Charly García, Yes, los Stones, Duran Duran, Eric Clapton y hasta una serie de importados de música disco sin abrir. Pero hubo uno que acaparó toda mi atención. En la cima, sobre todos los demás, con la portada hacia arriba y como si alguien lo hubiera colocado en una vidriera, Breakfast en America. Allí estaba la gordita simpática de la tapa elevando su gracioso vaso de jugo de naranja en plena estación de trenes de Dolores, en medio de un robo de verano con destino al tercer cordón del conurbano. “Este”, dije y metí la mano. “Listo, nos vemos”, me tiró sin mirarme y siguió empujando la caja hasta que apareció su secuaz y entre los dos la cargaron hasta al andén. Confieso que no pensé ni por un segundo en el pobre dueño del disco, que tal vez en ese momento estuviera peleando por su vida en algún hospital de Pinamar. Evité hacerlo. En cambio, no dejé de examinar la famélica lámina interior del cassette hasta que arribamos a Constitución. El nombre de los temas (en inglés y en español), el del productor (Peter Henderson), la fecha de edición (marzo de 1979) y no mucho más. Pero yo estaba feliz. Había esperado casi una década para tener ese disco. Ahora era mío y lo podía escuchar cuando quisiera. Y jugar armónicamente con el contrapunto vocal de


Hodgson y Davies en “Goodbye stranger” y elevarme hasta el orgasmo con el magnífico y diáfano comienzo de “Gone Hollywood”. Recuerdo pocos viajes en mi vida que me hicieran sentir tan poseedor de algo tan vital para mi existencia como aquel. Cuatro años más tarde, con 22, tuve mi primer roce con los medios al aceptar con la prepotencia de un periodista aún imberbe un contrato chino con Editorial Perfil para trabajar como fotógrafo de las primeras ediciones de la Revista Caras. Empleo que después de haber estado apostado todo un invierno desde las 5 de la mañana hasta las doce del mediodía en el aeropuerto de Ezeiza, a la caza de personalidades con una mini cámara vergonzosa, una tarde se terminó. Y lo que más extrañé de aquel primer conchabo serio, que más que una oportunidad era un suplicio, fueron los viajes en colectivo. Me levantaba en la casa de mis viejos, en Laferrere, a las 3:30 de la madrugada y me tomaba tres bondis para llegar al aeropuerto. Una locura total que hoy no haría ni bajo punta de pistola. Y cuando conseguía sentarme ponía play en mi walkman gris y salía “Take the long way home”. Pocas veces una canción se asemejó tanto al amanecer del obrero. A las primeras luces del día, al bautismo milagroso del alba, a la bendición de las semillas en el campo verde y fértil. Aún recuerdo el brillo del primer sol pegándome en la cara

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por la ventana y puedo sentir esa armónica recién levantada acariciándome contra el vidrio, semi-dormido, un poco congelado y entrecerrando los ojos. Dos décadas más tarde de aquel extraño incidente en Dolores, el periodismo y la música me dieron una profesión y ayudaron a cumplir algunos de mis sueños de adolescente: logré tocar en Obras (lo hice con Kapanga en 2011) y desarrollé mi carrera profesional en los medios que alguna vez deseé, donde compartí pluma con periodistas, escritores y lúcidos cronistas de la realidad como Oscar Jalil, Claudio Kleiman, Osvaldo Bayer, Pablo Plotkin, Alfredo Rosso y muchos otros a quienes admiro en silencio. Hasta que en abril de 2008, cuando creía que ya que todos los círculos estaban cerrados, me avisan de Página12, diario para el que escribía en aquel tiempo, que tenía una entrevista telefónica con Roger Hodgson. El cantante de Supertramp se presentaba en Argentina, y como yo hacía gran parte de las notas en inglés para el Suplemento No, me la dieron. No puedo negar que al enterarme me corrió un frío muy particular por la espalda. Iba a hablar con uno de los tipos que me calentó el alma aún en los momentos más tranquilos y al mismo tiempo me llevó a ser cómplice no interesado del único robo que participé en mi vida. Esperé la llamada nerviosamente hasta que nos conectaron. Y no pude evitar, antes de empezar con las preguntas, contarle de forma breve mi particular historia con Breakfast in America. Al terminar, se hizo un silencio breve en la línea, hasta que Roger musitó muy dulcemente: “Oh… what a sweet story… No one ever told me something like that… thank you very much”. Para ser sincero, no guardo detalles de la nota. De hecho, ni siquiera fue publicada. Se fue a ese remoto lugar desconocido donde yacen las crónicas jamás aparecidas y el amor no correspondido. Y supongo que está bien. Hasta que quizá me encuentre en unos años a un envejecido Rick Davies desayunando en la mesa de al lado en un parador misionero, en pleno enero, al pie de las Cataratas del Iguazú.

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Música Sagrada Héctor Yudchak

Back de portada: Daniel Stano

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Año 1974. Muere Juan Domingo Perón y la Argentina vive una etapa convulsionada que tendrá un oscuro final. Mi cumpleaños número trece me permite juntar unos pocos pesos que decido destinar a la compra de un par de discos. Eran épocas de plena exploración del rock más allá de la frontera de Los Beatles y un amigo que ya transitaba hace algún tiempo ese camino me señala dos LPs: el contundente Led Zeppelin III y una extravagancia: Tales From Topographic Ocean, de Yes. El álbum de Plant, Page & Cía. me impactó de inmediato (escúchese el primer tema, Inmigrant Song y se comprenderá rápidamente el concepto) y no dejé de “pasarlo” una y otra vez, los días subsiguientes y por un buen tiempo. Quedaba el enigmático disco de Yes. El arte de tapa era impresionante, obra maestra de Roger Dean, un sugestivo paisaje arqueológico. Disco doble, además. Sólo cuatro extensas canciones, basadas en una autobiografía del yogui Paramhansa Yoganadam. Cada una de estas “suites” nos habla de un concepto central: la creación del universo, la importancia de la memoria histórica, el recuerdo de las civilizaciones del pasado y el continuo renacer del Hombre. Casi nada. Intenté entenderlo y disfrutarlo, pero no pude. Sólo escuchaba los primeros instantes del tema The Ancient, Giants under the Sun, porque me sonaba familiar ya que Canal 13 lo utilizaba en las promos de la serie Kung Fu… El resto del material era impenetrable. Seis meses después, decidí que si había gastado la mayor parte de mis escasos ahorros en ese disco, ameritaba hacer un nuevo intento. Probablemente, el haber seguido entrenando mi oído con nuevas músicas facilitaría mi tarea. Y se hizo la luz. “Cuentos (o Relatos) de los Océanos Topográficos” me cautivó. Los cuatro temas que integran el disco me subyugaron. Comencé a entender y a disfrutar de esa complejidad rítmica, de las cambiantes atmósferas musicales, de ese entramado de sensaciones que parecen llevarte de viaje por el tiempo y el espacio. Un inusitado despliegue de imaginación artística. Cada nueva escucha me reveló nuevos misterios y lo sigue haciendo, una pila de años después. Soy un apasionado melómano, la música forma parte de cada instante de mi vida y son muchos los discos que amo profundamente y sigo disfrutando a pesar del paso del tiempo. Obras como “Abbey Road” de Los Beatles, “Selling England by the Pound” de Génesis, “Wish you were here” de Pink Floyd, “Trilogy” de Emerson, Lake & Palmer, “Instituciones” de Sui Géneris y otros…, pero la experiencia de “Tales From…” es distinta. Se trata de una ceremonia que debe llevarse a cabo sólo en las condiciones adecuadas. Preparo el ambiente apropiado. Libre de distracciones. Respiro profundamente. Cierro los ojos. Suenan las notas iniciales de su primer Movimiento y estoy en las delicadas manos de Jon Anderson, Steve Howe, Chris Squire, Rick Wakeman y Alan White. Música sagrada. No me despierten, por favor. 91


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El último Freddie Pablo Colmegna

Meses antes de morir y en un estado muy avanzado del SIDA, Freddie Mercury dejó hasta lo último de su talento para grabar Innuendo, el último álbum de Queen con el cantante británico en vida. El disco fue una despedida a lo grande para la banda, con temas en los que Mercury pareció despedirse de todos. El álbum además contó con una particular historia que lo relaciona con la tapa de un libro de Julio Cortázar. Farrokh Bulsara se está muriendo. Entre corte y corte de grabación de los temas, el cantante de 45 años sabe que no puede mantenerse en pie por largo rato. Toma entonces un trago de vodka y se da fuerzas a sí mismo. Sale a escena de nuevo a grabar y deja todo de su cuerpo, todo de su arte, todo de su magia, todo de una voz que no va a volver pero que quedará para siempre. Está pálido, flaco. Tan flaco que su rostro toma un aspecto cadavérico y sus pómulos resaltan pidiendo a gritos escaparse de su piel. Farrokh Bulsara es Freddie Mercury. Cuatro años antes de su muerte fue diagnosticado con VIH, el virus del terror en los años ochenta. La enfermedad se lo devoró rápidamente. Ni los medicamentos ni la tecnología ni su fortuna lo pudieron salvar. Se cree que en 1987 Freddie recibió el diagnóstico, pero que el problema ya estaba desde hacía tiempo antes. No pudo salvarse físicamente. Se salvó cantando. Se salvó haciendo lo suyo. Es 4 de febrero de 1991. Faltan 9 meses y 20 días para que Freddie Mercury se muera producto de las enfermedades oportunistas que genera el SIDA. Sale a escena el disco Innuendo. El decimotercero de la banda británica Queen y el último de Freddie en vida. Innuendo es un canto de despedida. Es Mercury cantando como nunca, es la banda unida como nunca sabiendo que ya no quedaba mucho más. Los médicos de Mercury pensaban que no llegaría con vida a 1991. Freddie sabía de esto y así se grabó Innuendo. Tras el diagnóstico positivo de VIH en abril de 1987, el

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cantante sólo confió la desagradable noticia a tres personas: su pareja, Jim Hutton; su ex novia de juventud y amiga de toda la vida, Mary Austin y el mánager de Queen, Jim Beach. La banda se enteraría tiempo después, pero la apariencia física de Freddie cada vez que salía ante los medios de comunicación a escena y la baja de Queen de los escenarios desde 1987, hacían evidenciar lo que cada era más obvio. Algo le pasaba al británico en su salud y éste se encargaba de mantener el silencio a rajatabla con el exterior. “Freddie quería grabar la mayor cantidad de canciones posibles, sabía que tenía poco tiempo y quería terminar su vida grabando. Todos los días esperábamos la llamada en el teléfono avisándonos de que Freddie podía grabar ese día. Así hicimos Innuendo”, ha confesado alguna vez Brian May. Además, en el documental “Days Our Live” que armó la BBC para homenajear el 40 aniversario del grupo, tanto Roger Taylor como el propio May admiten que la banda estuvo más unida que nunca en ese disco, que la voz de Freddie sonó increíble y como ya había pasado con el álbum anterior, The Miracle, en 1989, todos los temas del disco (menos uno) aparecen en los créditos como compuestos por los cuatro miembros del grupo, independientemente de quién los hubiese firmado originalmente (la excepción es All God’s People, de las sesiones de Barcelona en 1988 compuesto por Freddie y Mike Moran). Esta fue una brillante idea de Freddie y un acto muy generoso por su parte, cuando se sabe que él ha compuesto el grueso de las canciones de Queen. De esta manera se evitaron los eternos problemas en muchas bandas a la hora de los créditos por la composición de las canciones. Las letras del disco son una clara señal de despedida constante de Mercury. Innuendo, el primer single del disco, es un tema de seis minutos que comienza en 5/4, un tempo atípico para la escena musical del rock y del pop mundial y luego pasa a 3/4. Además es una canción que incluye guitarras flamencas a cargo de Steve Howe, guitarrista de Yes. A algunos les hizo acordar a Bohemian Rhapsody con su mezcla de ritmos, compases y puesta en escena. Innuendo fue un éxito a nivel mundial, alcanzando primer puesto en los rankings de Gran Bretaña, Portugal y Sudáfrica. Otras letras como “I’m going slightly mad” muestran a las claras el momento de salud que estaba pasando Mercury, pero los platos fuertes en cuanto al contenido emocional se producen primero en “These is a days of our lives”, un tema cuya letra fue compuesta por Roger Taylor y en donde en el videoclip se puede ver a un Freddie en condiciones realmente complicadas en cuanto al avance de su enfermedad, por su delgadez corporal y su palidez en el rostro. En el final de este videoclip se encuentra el instante en el que para muchos Mercury se despide de todos, cuando mirando fijamente a la cámara dice “I still love you” mientras su rostro parece demostrar la tranquilidad de una persona que ha dejado todo hasta lo último por su vida. “Show must go on” es el cierre perfecto para el disco. Es la última canción y es la culminación ideal para la carrera de la banda para muchos. Lo cierto es que en los últimos tiempos esta frase ha sido usada de manera repetida en muchos sectores mediáticos y hoy es conocida por casi todos. Para varios fans de Queen esta es una de las mejores interpretaciones de la historia del conjunto. 93

Hay un detalle que une al disco Innuendo con Julio Cortázar. Sí, creer o reventar. Dos íconos de la cultura mundial se unieron a través de un pintor en común: J.J Grandville. Jean Ignace Isidore Gérard era el nombre real de este caricaturista francés que vivió entre los años 1803 y 1847. Grandville se basó con un estilo surrealista en realizar caricaturas satíricas trabajando en periódicos y revistas francesas. Lo cierto es que la tapa de Innuendo y el video del tema que inicia el disco incluyen varios dibujos de Grandvi-

El instante en el que para muchos Mercury se despide de todos, cuando mirando fijamente a la cámara dice “I still love you” mientras su rostro parece demostrar la tranquilidad de una persona que ha dejado todo hasta lo último por su vida.


lle. Pero lo más curioso es que la tapa del disco de Queen tiene la misma caricatura del francés que años antes, en 1967, Julio Cortázar, apasionado por el surrealismo, había utilizado para la tapa de su libro La vuelta al día en 80 mundos. Freddie Mercury siguió grabando temas que luego sirvieron para el último disco de estudio de Queen, Made in Heaven, grabado en 1995, cuatro años después de la muerte del cantante. Lo concreto es que la salud del británico empeoraba cada día más. Los últimos meses los pasó encerrado en su casa de Kensington, Londres, y ahí murió el 24 de noviembre de 1991, tras haber anunciado al mundo que padecía de SIDA sólo unos días antes. La causa del deceso fue una bronconeumonía pulmonar, una enfermedad oportunista a la que el virus facilita su ingreso. Meses antes de su final, Innuendo fue el último gran trabajo de unas de las mejores voces y una de las mejores bandas que ha dado el siglo XX. Para muchos fue la despedida ideal del grupo británico, a lo grande. Para otros dejó la amarga sensación de saber que se podría haber disfrutado de Mercury y de Queen por muchos años más Agradecimientos a Maxi Castanheira por la información facilitada sobre el disco y la banda.

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#24

Discos Sexys Clemente Cancela

Tomás Gorrini

Ph (Polaroid): Gustavo Salamié

La charla estaba pautada a las cinco de la tarde en un modesto bar del pintoresco barrio de Florida. Es inimaginable que un lugar de casas bajas, vecinas barriendo las hojas que caen de los incontables árboles que emergen uno al lado del otro, esté a diez cuadras de La Panamericana, una de las avenidas más bulliciosas y transitadas del país. Allí, el único ruido que vibra es el viento.

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“Dale, uno de esos, por favor”, se superpone al último aliento del mozo que se acerca para ofrecernos un licuado a base de jugo de naranja y frutos del bosque. Clemente Cancela no repara que es invierno y deja el cortado en jarrito para los cagones, para mí. Pide algo para la cabeza, “no sé, boludo, me está matando” y rápidamente se mete en aquel disco de Kiss que le había llamado la atención en una disquería de la galería París, en Caballito: “La música me vino por imágenes y la que más recuerdo es la de la tapa del disco Desenmascarado (Unmasked), porque era una historieta. Más de grande empecé a escuchar a Kiss, pero ese disco me quedó por sus dibujos”. El licuado rojizo acababa de llegar, mientras intentaba recordar el primer disco que recibió: “El primero que llega a mis manos es el de la banda de sonido de la película de los Cazafantasmas. Después, cuando tomé la comunión en 1987, pedí un radiograbador y el casete de Europe: La cuenta regresiva (The final countdown), que ya era rock rock. Yo te avisé de los Cadillacs, True blue de Madonna. Ahí empecé a querer la música”. Todos nos acordamos del primero. El mío fue Circo Beat, de Fito Páez. Creo que, también, fue un regalo. No lo tengo bien presente, pero sé que fue ese. Y uno está orgulloso de haberlo pedido, comprado o robado, más allá de lo que luego disparen los parlantes. La charla se distendía y los recuerdos se volcaban arriba de la mesa. El ejercicio de hacer memoria, muchas veces, nos avergüenza. Resulta inevitable olvidar los peinados que nos hacían nuestras viejas, la ropa que elegíamos con la mejor dedicación, los progra-


mas de televisión que paralizaban nuestras vidas, las ridículas películas que mirábamos una y otra vez. ¿O acaso alguien creció viendo a Fellini? T: ¿Cuáles son las bandas que te marcaron hasta el día de hoy? C: Mi primer gran fanatismo fue Depeche Mode. Al día de hoy lo sigo manteniendo. En ese momento sabía que había una banda que se llamaba Sumo, pero no lo tenía muy en claro. Pero a Depeche lo descubrí a tiempo. Con los Doors me volví loco, pero un compañero de colegio me prestó un casete de hits de bandas que la estaban pegando en ese momento y ahí escuché por primera vez a Pearl Jam, Nirvana, Red Hot Chilli Peppers. Y me volví realmente loco. A su vez, yo iba al club Ferro y todos los pibes de ahí escuchaban a los Rolling Stones, entonces ya los tenía calado T: ¿Cómo era ser adolescente en los noventa? C: La década del noventa fue el mejor momento para escuchar las bandas que venían a la Argentina. Desde los Stones, pasando por los Ramones, hasta los Guns N´ Roses. Me llevaron, también, a querer tocar, y con los chicos del barrio armamos una banda: Los Curanderos. Yo tocaba el bajo y hacíamos música de acá, Fun People y Los Brujos; y hip-hop. Tocábamos en varios lugares que ya no existen: Teatro Del Plata, Heaven & Hell. Después, de más grande, me junté con un amigo y hacíamos música tipo Smushing Pumpkins. Nos llamábamos I Love You. Y después dejé. Me dí cuenta que mi camino con la música iba por otro lado. T: ¿ Cómo vivías el fenómeno Redondos-Soda Stereo? C: No le daba mucha cabida a las bandas que eran demasiado grandes. Me gustaba ir a lugares chicos. Iba mucho a Cemento. Encontraba mucho mejor plan ir con un par de

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amigos, tomarme el 103 o el 2, llegar a Cemento, y volver a pata. Eso para mí era una excursión increíble. T: ¿Tenés algún disco que te haya acompañado a lo largo de tu vida? C: Tengo varios; los dos primeros de Fun People sin dudas: Anesthesia y Kum Kum. Trance Zomba de Babasónicos, también. Fun People era como una escuela de vida. El otro día fui a la marcha de Ni Una Menos y pensaba: yo vengo acá por una conciencia que se me despertó gracias a Fun People. No me la enseñaron en el colegio. Me la enseñó el rock. Los tipos ya tenían una postura muy clara sobre los derechos de la mujer, sobre la elección de tu propio cuerpo. Me acuerdo hasta el detalle que en el pogo, el cantante pedía que el tipo grandote no le pegue a los más chicos. Yo ahí encontraba un lugar dónde identificarme. En la escuela, el más poronga era el que jugaba mejor a la pelota. Tengo otros discos que los escucho hasta el día de hoy, y me transportan a momentos de mi vida en que seguro algo me pasaba. ¿Qué?, no tengo la más puta idea, pero algo me pasaba: Never Mind de Nirvana, Ten de Pearl Jam y el Álbum Blanco de los Beatles. T: ¿Qué te significan los discos como objeto? C: Un recuerdo gigante. Hace un tiempo quise deshacerme de muchos, pero hay algunos que quiero conservar. No sé cuantos debo tener; con cinco años de radio recibí muchísimos, es como un sueño cumplido. El objeto me conecta con un momento. Es un viaje en el tiempo, es agarrarlo y volar hasta ahí. El disco de la banda de sonido de Pulp Fiction, por ejemplo, me lleva inmediatamente al cine Trocadero.

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Clemente hace Gente Sexy, su programa de radio desde hace cinco años, hoy en Rock & Pop. La carga de llevar el slogan más pesado de la radiofonía argentina por 30 años no le pesa, sino que la disfruta: donde el rock vive. T: ¿Sos consciente del lugar en dónde estás trabajando? C: Sí, obvio. Yo trato de transmitir un poco el amor por la música y la curiosidad. Me gustaría que la gente escuche la música sin prejuicios, más allá de la radio o de quién hace el programa. Me parece que es el mejor mensaje, porque si escuchas con prejuicios, te perdés de muchas cosas. T: Si tu vida fuera un programa de radio: ¿qué tema elegirías para la apertura, el desarrollo y el cierre? C: Uy, qué hijo de puta. ¡Qué hijo de puuuta! A ver, dejame pensar. Para la apertura pondría Enjoy the silence, de Depeche Mode. Atravesaría el programa, mi vida, por Estranged, de Guns N´Roses y Boxing Bear, de Fun People. Y el final, ya me mataste hijo de puta, Runaway, de Kanye West. El licuado llegaba a la parte más angosta de esos copones de moda. El cortado había desaparecido hace rato y la soda también. Aquel mozo ya no pasaba más, sólo levantaba los restos de conversaciones que fueron. La charla no necesitaba más preguntas. Una foto y volver a casa. Pero necesitaba saber una cosa más sobre discos. Por lo menos cinco; cinco que Clemente Cancela se llevaría hasta el fin del mundo: Kum Kum, Infame, III Communication, Álbum Blanco y Greatest Hits Vol. 1, de Queen. Búsquenlos. Son insoportablemente sexys.

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#25

Ya no existen Los Ramones Atilio Heidegger II

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“Hay que aprender a soltar” es el grito de guerra de moda entre los muy cagones. Al menos dos generaciones de cobardes que no pueden hacerse cargo de nada. Portadores de tristezas de cotillón, falsos melancólicos perpetuos, eternos incomprendidos de plástico. Maricones y mariconas que no sienten, se alimentan el ego. Que no sienten, se encaprichan. “Hay que aprender a soltar” dicen los muy eunucos, los muy castrati, los muy sin huevos. “Hay que aprender a soltar” dicen las muy vacías de ovarios, las muy frígidas del alma. Testículos y pedazos de ánima capados y secuestrados por psicoanálisis de supermercado, dónde sale mucho aquel viejo producto que ahora está tan de moda: la neurosis. Fobia: la nueva excusa de los histéricos. Histeria: la vieja excusa de los muy cagones. Nadie se hace cargo. Nadie se hace responsable de lo que piden sus tripas. Nadie quiere querer. Nadie aguanta un “te quiero”. Nadie aguanta un “te amo”. Es grasa. Grasa como un Renault 12 celeste con colita anti estática flúor y calco de “El Bosque no para”. Jóvenes no tan jóvenes, protegiéndose de no caer en las viejas trampas, negociando a cambio su humanidad. Convertidos en pálidos, pecho fríos, intelectualoides indie, pletóricos de Youtube, stand up, poesía de dudosa procedencia y charlitas chotas por celular. Todo un imaginario a favor de una legión de pelotudos fríos como el culo de una monja en agosto. Se van a morir. De una manera u otra, se van a morir. Y no nos van a dejar nada, nada útil, nada para educar a los que vienen, nada para hacer un engrudo que nos mantenga al menos soñando. Sigan, sigan cuidando su “libertad individual”, sigan sin entregarse. Porque soltar, es sacarse de encima, porque soltar es no entregar, es no dar un carajo. Sigan anhelantes de aventuras que no van a cumplir porque mañana se tienen que

Ph: Gustavo Salamié


levantar tempranito para cuidar sus papelitos protagónicos como jóvenes y pujantes profesionales –todos prescindibles. Se van a morir cadetes o se van a morir gerentes, se van a morir igual de grises. Sigan buscando consoladores descartables tan etéreos, livianos, nerviositos como ustedes mismos, tan solo para pasar un rato. Para dejarlos ir sin siquiera un magullón, sin mácula, sin que les hayan dado si quiera algo digno. Porque placer se consigue, pero mañana nada queda. Porque si no duele un poco, no hay contraste. Porque si no duele un poco, no es ese sentimiento transformándose en mundo que nos contó Miguel. Sigan así nomás. Sigan así, que por culpa de ustedes no nos va a quedar ni una canción como la gente. Ni un disco que se pueda escuchar entero una y otra vez. Nada que alegrarse si suena en la radio. Nada, nada, pura caquita vacía como ustedes. Por las dudas, mientras tanto, acopio temas de los Ramones. De esos que dicen Baby i love you, de esos que no se ponen colorados por rogar I wanna be your boyfriend o I want you around…

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#26

París bien vale una murga Ariel Prat

Ilustración: Lautaro Machaka

Escuchar este disco hoy después de diez años, no es para mí un simple ejercicio de placer, sensación que aún permanece de todos modos, porque no deja de ser un trabajo colosal para mi punto de oído. Grabado entre París y Buenos Aires, fue en aquellos días punta de lanza del sello Mañana, regenteado por Edu Makaroff, cuyo catálogo posee una buena cantidad de música argentina de excelente nivel hasta hoy. Arranca con ese homenaje gutural a nuestra “oculta” afroargentinidad, que se llama “Guariló”* y es en uno de los temas donde aparece la escuela de percusión dirigida por el visionario Dani Buira: La Chilinga. Imperdible viaje de primera en recuerdo a aquellos que vinieron de los barcos encadenados y no por placer del viajero.

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En medio, se suceden una a una, las perlas que anuncian el tesoro de la murga ignorada y marginada a la hora de esparcir existencias culturales en nuestra pretendida y sarmientina Europa Latina. El disco no deja de ser un hilo musical y textual, que une sabiamente a los orígenes con lo actual sin abandonar los márgenes. Hace centro en el cuero de la historia. “La catarsis del tango”, que es la murga para el viejo maestro, va llegando y es ahí entonces donde mi placer al escucharlo se convierte en orgullo y parte, porque coincidiendo en París por una gira juntos, se me invita a participar como intérprete, autor** y hasta como bombista murguero en el tema 12, Así me gusta, que es la pista en donde pierdo orgullo por rubor, ya que lejos estoy de ser un correcto percusionista murguero siquiera y más teniendo en el mismo disco, las expertas manos de uno que fue creciendo desde las nieblas quemeras de Parque Patricios hasta alumbrar más allá de sus esquinas y me refiero a Alejandro Caraballo. Su aporte en el material es fundamental, ya que los


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anteriores trabajos de Juan Carlos Cáceres adolecían de falta de percusión murguera real que diera lustre a su prédica. Incluso hay una anécdota que marca a fuego Murga Argentina en su formato, fuera de que el arte y el diseño son una barbaridad de ingenio y originalidad***. En medio de una gala con motivo de la presentación del sello Mañana (en la que estuve invitado también al escenario, ya con el disco terminado), Makaroff trajo muy contento el monstruo del diseño para que lo veamos todos. Casi de inmediato, me percato de que en la portada, el percusionista que aparece está tocando un tambor de estilo brasilero. ¡Justo en un disco bautizado “Murga Argentina”! Me sentí medio el escupidor del asado. Según el azorado músico devenido en productor, el trabajo ya estaba en imprenta. Salió así. La edición posterior en Argentina, esa sí, salió con un bombo de murga criollo como debe ser. Tan errado no estaba. Para mí, sigue siendo un disco de culto y sobre todo de justicia. Hoy, a la distancia en tiempo y en espacio, retomo el contacto y no puedo dejar de emocionarme, ya sea por placer, por el recuerdo vivido o por el aprendizaje vital que mi historia de artista no olvida, al reconocer lo que me produjo participar en tan maravilloso trabajo. Pero también, la conciencia de que en estos días, el querido e imprescindible “Gordo Cacerola”, profesor de bellas artes y artista plástico genial devenido en trombonista agitador y uno de los fundadores de la primera versión de “La cueva”. Creador de “Tango negro”, bailado en todas las milongas del mundo, con su mensaje de rebelión histórica ante el parte “oficial” que negó y “desapareció” a una fundamental parte de nuestra raíz como nación, pelea por su vida en su casa de las afueras de París. Que “La Retirada” con la cual el disco se termina, sea ojalá aquello que pregona en cada barrio la murga argentina, que es la promesa de volver en otro carnaval… sólo un hasta luego nomás *Guariló o Bariló. Grito onomatopeya que utilizaban los que tocaban sobre el toque de candombe afroargentino: “zum zum zum guariló”, casi una clave. **Tema 10: “José Mármol y Tarija” (Cáceres-Prat). *** “Les asocies reunís” (Gerard Lo Mónaco, Emma Giuliani y Elodie Chavelme) Disco: Murga Argentina, Juan Carlos Cáceres (Mañana 2005. CNR en Argentina) *** Nota del editor: Juan Carlos Cáceres falleció el último 5 de abril en la ciudad de Périgny (Francia). Tenía 78 años. 103


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La gota en el ojo Andrea Prodan

Cristian Maluini / Tomás Gorrini

Ph (Polaroid): Gustavo Salamié

Pianos, violines y bandoneones enfrentan sus nostalgias a través de deliciosas piezas tangueras de colección. La confitería tiene decorado retro, música de Buenos Aires y un tano de expresiones grandilocuentes como actor protagónico en un rincón. Todo Mundo está frente a la plaza San Telmo. Es viernes y hace mucho frío. Escoltado por Chaplin y Cortázar, Andrea Prodan se entusiasma cuando recupera elementos útiles para contar su historia, la que constituyó este personaje entrañable que lleva puesto un pullover tejido con sutileza artesanal y zapatitos negros de cordones gruesos, la del porteño por adopción que esa misma noche se escapa a su refugio cordobés para reencontrarse con la naturaleza y la del hombre que cierra los ojos y viaja al 22 de diciembre de 1987, cuando su hermano, un tal Luca, apareció tendido con “una sonrisa de buda”, según definió Ricardo Mollo, y Sumo se extinguió para siempre. A pesar del humor y la alegría que lo definen, no logra evitar emocionarse. “La muerte de Luca me tomó totalmente por sorpresa. Estaba en Roma, en medio de una película que fue la más importante de mi vida, y lo más loco era que Virna Lisi hacía de mi madre. Obviamente, le regalé el disco de Sumo donde está la canción que le escribió mi hermano. Yo estaba en crisis, porque no estaba preparado para mi primer protagónico. El peso de la película, los productores y una actriz muy forra, que la fucking quería matar, me tenían muy mal, muy nervioso. Me retiré de la grabación y me dirigí hacia la habitación del hotel. Estaba enloqueciendo, pensaba que me iban a llevar a una clínica, me encontraba muy mal y no quería ver a nadie. En medio de esto, a eso de las once de la noche, sonó el teléfono y no quería atender. Sonaba y sonaba,

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hasta que sentí que tenía que contestar: –Hola. –Hi, bro?

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Era Luca. Hacía como tres meses que no hablábamos: che, ¿todo bíen? No, todo mal. Le quería contar lo que me estaba pasando. Yo tampoco estoy bien, me dijo. Y, para mí, eso fue absolutamente increíble. El siempre estaba bien, era el que ayudaba y escuchaba. Me comentó que estaba mal por algo de la banda, no quería salir más a tocar. Estaba muy cansado, y me preguntó cuándo nos podíamos ver. Y ahí le digo: mirá, vos sabés que estoy haciendo una película, tengo un contrato acá durante 16 semanas y esto recién empieza. Me es muy difícil viajar ahora y dice: no, no, no te estoy diciendo ahora, pero tenemos que vernos. Y le dije que iba a hacer lo imposible para viajar en navidad. Dale, después de la peli te venís. Cuelga. No sé bien por qué, pero tenía ganas de decirle: che, te amo. Pero mirá si le vas a decir te amo a un hermano mayor… andá a cagar. Al otro día los directores me dieron el permiso para viajar a Argentina. Pasé por la casa de Susan Sarandom a visitar a su hija, que es mi ahijada. Me muestran unas fotos y suena el teléfono: “Andrea, Mikela”. “Qué hincha pelotas”, pensé. Atiendo y me dicen “Andrea, ven a casa”. Y yo la puta madre, se murió mi padre. Bajo, me supo a la Vespa, llego a mi casa, subo por las escaleras, entro y veo a mi papá y a mi mamá sentados. “Murió Luca”, dijo mi hermana.


–¿Qué pensabas de él cuando llegó al país? –Yo estaba preocupado. Solía mandarse muchas cagadas, odiaba los documentos, no pagaba impuestos, no pagaba cuentas, iba en auto sin tener registro de conducir, chocaba, era un personaje realmente libre pero un problema especialmente para la cultura británica, donde quieren que todos se porten muy bien. Luca era un vivo bárbaro, se hacía el inglés cuando quería, que lo hablaba perfecto, para obtener lo que quería y lo que necesitaba del estado. Después se zarpaba mal, era un tano vivo. –Era bien argentino… –El argentino es más bohemio; Luca era más bohemio. El italiano era más facho y hoy sigue siendo muy facho. Así que cuando Luca se viene a Argentina estábamos todos preocupados por su futuro, acá no conocía a nadie excepto a Timmy, que era un amigo de la infancia. Por otro lado, nos relajamos un poco porque mis padres habían vivido un largo período de grandes preocupaciones que tenían que ver con las drogas y con la cárcel, mucho quilombo que Luca armaba. Mi hermana Mikela era muy generosa con él, intentaba ayudarlo, pero era difícil. Luca era muy cabeza dura, hacía lo que quería. Además era una persona muy orgánica, le encantaba usar las manos para hacer cosas, cocinar, no era un tipo que se duchaba todos los días, pero tampoco era sucio, era muy natural y fanático de los pájaros, sabía todo sobre los pájaros europeos, tenía libros, dibujaba, anotaba. En Córdoba encontró pájaros que no había visto en su vida, después empezó a embolarse, no sabía qué hacer. –¿Qué representaba Luca? –Luca cae en Argentina como un asteroide, había sido atrapado en una espe-

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cie de burbuja temporal muy poderosa y de miedo y todo lo que es una dictadura. Acá ya estaban acostumbrados a esa sensación de miedo donde la cabeza piensa una cosa y la boca tiene que decir otra, eso ocasionó un problema muy grande en el argentino, por eso tanto psicoanálisis. Por afuera tenés que decir una cosa y llega uno al que le chupa altamente un huevo todo eso, que se la re banca y dice lo que piensa, hasta de los músicos locales. Cuando algo no le cerraba lo decía y para los músicos no era placentero. Siempre fue así, pero acá se apoderó del rock. –¿Cuáles eran los discos que compartían? Tocábamos el Álbum Blanco, de los Beatles, con instrumentos, éramos chicos. De grandes escuchábamos Iceland, de King Creamson, Unknown Pleasures, de Joy Division y London Calling, de The Clash. –¿Qué canción de Sumo te identifica? –A mí siempre me encantó Night and day y después podría ir La gota en el ojo, esa simpleza absoluta, esos bajos de Arnedo… qué se yo, me gustan todos los temas. Hasta Hello Frank, que es una boludez, una improvisación absurda. Me recuerda a Luca, porque él era así, un improvisador. La mayoría de todas las letras las escribía así, en el acto, por eso Sumo está tan vivo, porque te das cuenta de que estaba pasando algo en el acto.

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