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6 SEPTIEMBRE 2016

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6ÂŞ ediciĂłn Miedo

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Editorial E

n el instante previo a la explosión no hay emoción a mayor distancia, menos probable: la paz inconsciente que antecede al miedo origina la potencia del impacto. Una caravana de electricidad visitante destruye la paz y funda el nuevo orden de vida, sometida a intenciones ajenas. A punto de reventar, las vísceras resisten convulsionadas. El miedo satura glóbulos sanos, implanta microbios, contamina salivas, cocina una salsa que cierra todas las salidas y arrasa con las ilusiones. Enfrentado, pierde dominio y retrocede, aunque cada desacople lo alimente a retomar el control con más fuerza. Cuando es relevado por carne fría, deterioro maquillado y palidez quebradiza, al grito del miedo lo calla una mordaza.

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Hacemos 27 Tomás Gorrini, Director Cristian Maluini, Editor Francisco Bertotti, Diseño Gráfico y Web Daniel Stano, Diseño Gráfico Gustavo Salamié, Fotografía

Colaboraron en este número: Ariel Scher, Julián Marini, Luciano Lamberti, Cecilia González, Tomás Downey, Franco Spinetta, Ignacio Montoya Carlotto, Sebastián Pandolfelli, Guille Llamos, Kike Ferrari, Marián Benítez Weisz, Raymundo Lagresta, Ro Cazado, Caro Morando, Walter Lezcano, Juan Battilana, Telémaco, Sofía Iezzi, Raymundo Lagresta, Hernán Vargas, Mika Borgia, María Paz Moltedo, Sutsely Kanashiro, Lio Wain, Pato, Patricia González López, Jade Sivori, Lele Moon, Francesca Cantore, Anneta Expamde, Azul Zorraquin, Ezequiel Scher, Flavia Cifrodelli, Cami Camila, Maru Cian, El Waibe, Tab Cuzca, Felipe Romero Beltrán, Ignacio Porto, Andrés Fuschetto, Diego Flores, Gema Polanco, Lua Manguito, Nicolás Garibaldi, Ja Ant, Flavia Schreiber, Leo Luján y Sofía Martina.

Les agradecemos especialmente: A Butti. Al Francés. A Hello Doris. Museo Sitio de Memoria ESMA. Viktoria de Venus.

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PRÓLOGO p. 10 1· LA HIJA DE EMMA p. 12 2 · DOS NOTICIAS p. 20 3 ·TELARAÑAS p. 28 4· EL ESPÍRITU ETERNO p. 31 5 · LA MUERTE TIENE FORMA DE PERRO p. 45 6 · LA LONA VERDE p. 52 7 · ESTRELLAS FUGACES p. 56 8 · BIFAZ p. 62 9 · EL GUISO p. 66 10 · PIEL DE IRMA p. 75 11 · CUANDO APAGO LA LUZ p. 88 12 · PRESENTO A MI FAMILIA p. 90 13 · MIEDOS DE FÚTBOL p. 94

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14 · LAS COSAS QUE NO SE TOCAN p. 96 15 · DEL INSTANTE ETERNO DE LA PERCEPCIÓN p. 99 16 · LOS PLANETAS p. 106 17 · TODO FUEGO ES POLÍTICO p. 110 18 · CADENA DE INFIDELIDADES p. 112 19 · UN SOLO CUERPO p. 115 20 · NO ME IMPORTA LO QUE DIGAN p. 126 21 · EL SENTIDO DE PERTENENCIA p. 130 22 · DIRECTAMENTE PROPORCIONAL p. 135 23 · LA FORMA DEL MIEDO p. 141 24 · UN SUSTITO p. 144 25 · MATAR UNA AVISPA p. 151 26 · LOS NUDOS p. 154 27 · LA ENFERMERA NOCTURNA p. 158

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Prólogo Por Ezequiel Fernández Moores

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or el deseo de escuchar a las sirenas, nos cuenta Pascal Quignard, el marinero “Butes” se tiró sin miedo al mar. Pero no siempre sucede. Otro escritor, Hanif Kureishi, dice que su protagonista en “Intimidad” advirtió un día que había perdido la mitad de la vida especulando sobre cosas que, luego, jamás sucedieron. El miedo. A Mike Tyson, a los 21 años campeón mundial más joven en la historia de los pesos pesados, le dijeron que el miedo “es el principal obstáculo al aprendizaje. Si dejás que se convierta en una bola de nieve –le advertía Cus D’Amato– crecerá y terminará matándote. Será un fantasma que te perseguirá hasta el último día. Porque el miedo –seguía Cus– lo sienten todos, el héroe y el cobarde. Había pues que disciplinarse “para ser héroe”. Había que controlar las emociones y la fatiga. Y así controlar el miedo. Activar el mecanismo de supervivencia. Si lo haces –insistía D’Amato– “la adrenalina te acelera el corazón. Y podrás saltar hasta quince metros, como hace el ciervo cuando ve al león”. Paradójico, Iron Mike, el Hombre de Acero que congelaba con la mirada asesina y noqueaba en los primeros rounds, estaba esa noche en el Luna traspirando y miedoso porque sabía que fallaba el sistema de traducción simultánea. Le tenía miedo al stand up. Trabajo desde hace años en el periodismo deportivo y hasta escribí un libro sobre la vida de un boxeador (Ringo Bonavena). Me sirvió para comprender mejor a ese deporte. A ese “diálogo de cuerpos”, como lo llamó una vez Norman Mailer. A boxeadores que, mucho más que a los golpes, tienen miedo a la derrota. A la humillación del nocaut. Se lo cuenta, como nadie, Floyd Patterson, un gran pesado estadounidese de los años 60, al escritor Gay Talese. Era tal el miedo de Patterson de tener que salir a la calle después de alguna derrota que hasta compraba barba, bigote, anteojos oscuros y sombrero para ocultarse de la gente. El periodista Ulises Barrera me contó que Bonavena, un bravo, mordió a rivales acaso por miedo al sentirse inferior. Como le sucedió al propio Tyson cuando le sacó parte de la oreja a Evander Holyfield de un mordiscón. “Todos saldrán con sus dos orejas”, nos dijo Tyson a los espectadores la noche del Luna Park. Muhammad Alí, el deportista icono de todos los tiempos, sufría con las películas de miedo. No tuvo miedo para enfrentar a Foreman más grande y más joven en Zaire. Ni para decir que no combatiría en Vietnam. Su gesto dio coraje a millones. El deporte suele ser un mundo de “machos”. Imposible admitir miedo. No hay lugar para los débiles. Recuerdo siempre el caso del arquero alemán Robert Enke. No quiso admitir sus depresiones por temor a que le quitaran una hija que había adoptado. Temía también que, si admitía depresión, perdería su puesto de titular en la selección alemana. Y que se reirían de él. Terminó suicidándose. El fútbol valora al que tiene “lo que hay que tener”. Es el título de un libro de Norman Mailer. Mailer hablaba de los “huevos” de los primeros pilotos que quebraban la barrera del sonido. Se entrenaban obligados a aterrizar en un portaviones en plena noche. Era un punto en medio de la oscuridad. Los que fallaban, era porque no tenían

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lo que hay que tener. Los deportes (disculpen, pero recuerdo que soy periodista deportivo y que veo al deporte como un escenario formidable para hablar de la vida) han cambiado. Sus protagonistas arriesgan más. Hay más tantos, más acción y más emociones que en los muchos e insoportables cero a cero del fútbol. Esos otros deportes también tenían muchos momentos aburridos. La tele los obligó a cambiar en nombre del espectáculo. Y mejoraron. Se vio en los últimos Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Básquet, vóley, hockey, rugby ofrecen hoy más dinámica y posibilidades de cambios en el marcador. Los cambios reglamentarios obligaron a esos deportes, y a sus equipos, a sus técnicos y a sus jugadores, a arriesgar, a atacar, a jugar mejor. ¿Por qué no lo hacían antes? ¿Por qué amaban defenderse? ¿Por qué no les gustaba atacar? ¿Elegían por gusto el pase poco comprometido a otro más arriesgado? No creo. No lo hacían porque tenían miedo. El fútbol sabe que la tele lo necesita, que no le puede imponer cambios tan fuertes como sí lo ha hecho con los demás deportes. Y ahí sigue entonces el fútbol por la vida. Dándose el lujo de jugar noventa minutos para terminar cero a cero. O, peor quizás, de que un equipo casi no cruce mitad de cancha en los noventa minutos y gane en el descuento con un gol en offside. Hay excepciones, claro, pero el fútbol puede ser tan injusto como la vida. Y el fútbol es ante todo miedoso. Como también suele serlo la vida.

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La hija de Emma Tomรกs Downey

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Lio Wain


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obre una repisa, en el pasillo que termina en mi habitación, hay un portarretratos con una foto de la hija de Emma. Es flaca, alta y pelirroja, el pelo por los hombros; usa lentes y sus ojos parecen color miel. No sé su nombre, Emma lo mencionó el primer día pero no entendí. Casi todos los alumnos de intercambio se alojan en el campus, pero las habitaciones son compartidas. Creí que acá me sentiría más cómodo. Es un barrio residencial típico, un destilado de la esencia de Londres. Todas las construcciones son iguales, una al lado de la otra; las puertas pintadas de rojo, blanco, celeste o azul. En cada frente, un cuadrado de tierra con algunas plantas. Como todas, la casa de Emma también tiene un pequeño jardín al fondo, al que da mi cuarto, que a pesar de estar a la altura del suelo es como un sótano. La cocina está subiendo las escaleras y arriba hay dos pisos más. Al segundo no subí nunca. En el primero está el único baño; y al lado, la habitación de la hija de Emma, justo sobre la mía. La puerta está siempre cerrada, llegué hace dos semanas y aún no la conocí. Estoy cursando algunas materias de la carrera de Literatura Comparada en la Universidad de Londres. La principal es Literatura Inglesa III, donde vemos a los poetas románticos. Coleridge, Shelley, Keats, Wordsworth y otros. Disfruto mucho leerlos, pero cuando intento traducirlos los arruino. Los sonidos se empastan, el ritmo se pierde. Todo lo que tienen de etéreo se vuelve obvio y pesado. Me levanto siempre alrededor de las nueve. Emma deja la mesa servida para que me prepare el desayuno; siempre hay café, té, yogur, cereales, pan, manteca y frutas. A veces algún budín con pasas, que no me gustan pero pruebo igual para no parecer desagradecido. Almuerzo siempre en el comedor de la universidad y para las cenas me preparo algo rápido. Puedo usar la cocina hasta las ocho y lo hago siempre cerca de esa hora, cuando los platos de Emma y su hija ya están enjuagados y en el lavavajillas. Las aulas donde se dan las clases suelen cambiar, y me pierdo en los pasillos de la facultad. Todos saben adónde ir, qué tienen que hacer. Los veo caminar decididos y no me atrevo a preguntar. Hay veces en que ni siquiera sé en qué edificio estoy. Después, si llego tarde, mis compañeros se dan vuelta para mirarme y los profesores hacen una pausa, molestos. La casa es demasiado frágil, con un solo golpe podría atravesar una pared. Los muebles son antiguos, las puertas y ventanas tienen marco angosto, con molduras y cristales muy finos. Nunca dejo nada abierto por miedo a que el viento lo cierre. En todos lados hay objetos delicados; figuras africanas, animales tallados en madera, pájaros de cristal. Tengo que moverme con cuidado, como alrededor de un dominó. Aunque el primer día le dije que no era necesario, Emma lava la ropa que dejo en el cesto y después la cuelga en el jardín. Yo la busco cuando está seca. En la soga siempre hay cosas de ellas, pero nunca ropa interior. Esa ausencia me inquieta más que la posibilidad de encontrar

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algo que no debiera ver, indica que son tan conscientes de mi presencia como viceversa. Yo también lavo mis calzoncillos a mano. Los cuelgo en mi cuarto, junto a la estufa. Por las noches, la hija de Emma se mueve en su cama como si estuviese afiebrada, el crujido es tan leve que apenas siento el aire vibrar. Si no puedo dormir, ensayo las conversaciones que algún día vamos a tener. Dentro de mi cabeza, el inglés suena perfecto y fluido, pero cuando trato de susurrarlo lo pronuncio como un bruto, con la fonética del español. Hi, how are you? It’s funny, right? We’ve been living under the same roof for almost a month and we hadn’t seen each other before… Lo ensayo en voz baja, en mi habitación. Pero las palabras me traicionan, dicen cosas que no pretendo. Funny puede traducirse como gracioso o como anormal. Lo ideal, si supiese fingir, sería actuar sorprendido, incluso hacerme el idiota, como si no supiera o no recordara que Emma tiene una hija que duerme todas las noches justo sobre mi cabeza, a menos de tres metros de distancia. Los extranjeros no son bienvenidos en la facultad, todo funciona de determinada manera y a los ingleses no les gusta las alteraciones en su rutina. Lo único que sé hacer con esa desconfianza es imitarla, y sospecho de mí mismo como del resto de los estudiantes de intercambio. Hay dos que me molestan más que el resto, una italiana y un japonés. Llegaron al mismo tiempo que yo y se hicieron amigos enseguida, o quizás son pareja. Los veo en la cafetería, en las aulas, en los pasillos. La italiana sabe que es linda, y que los demás también lo saben. El japonés se viste de manera extravagante, usa sombreros y camisas con estampados psicodélicos. Si alguien los observa, ellos sostienen la mirada.

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Aún no vi a la hija de Emma; ni siquiera de espaldas, o a través de una ventana. Cada día que pasa me pone más nervioso, creo que se esconde de mí. Uso la cocina lo menos posible y como en mi cuarto. Pensar en la posibilidad de cruzármela camino al baño me dan ganas de hacer pis. Aguanto todo lo que puedo y me asomo a la escalera, escucho. Si la casa está en silencio, subo amortiguando mis pasos. Los metros desde el último escalón son una pequeña tortura; en cualquier momento, ella podría abrir la puerta y mirarme como a un intruso. Dentro del baño, no me relajo, trato de apurarme; pero si escucho pasos afuera espero hasta que se alejen. Siempre limpio la tabla del inodoro con un trapo y desinfectante, con mucho cuidado de no dejar una gota de más, una mancha. Cuando salgo, su habitación está siempre ahí. Una vez toqué el picaporte con la yema de un dedo y luego lo limpié con mi remera, creyendo, en mi estupidez, que podrían detectar mi huella en el bronce. A veces me llevo la foto a mi habitación. Está sola, en un campo, o en uno de esos parques de Londres que parecen llegar hasta el horizonte. Tiene puesto un vestido amarillo. Sus brazos son finos y largos. Los huesos se marcan, filosos, debajo de la piel. Como está de frente, sus ojos parecen mirarme; y aunque sus facciones no se distingan demasiado, adivino un gesto de desprecio. Cada vez son más espaciados mis encuentros con Emma. Cuanto más quiero saber de ellas, más se ocultan. A veces escucho ruidos y abro apenas la puerta de mi cuarto, me asomo pero nunca hay nadie. La última vez que la vi fue un sábado a la mañana, hace dos o tres semanas. Apareció un momento en la cocina mientras yo me preparaba el desayuno. Dijo good mor-

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ning, everything okay? Asentí y ella sirvió agua caliente en su taza, dejó caer un saquito de té y aspiró el vapor como si se alimentara del aroma. Me hubiese gustado que se sentara un momento conmigo, poder hablar con ella y jurarle que mis intenciones son buenas, pero cuando levanté la vista ya no estaba. En medio de la clase un profesor dijo una palabra que no conocía. Elated. La anoté en mi cuaderno y no pude dejar de mirarla. Quería entenderla por sí misma, aún sabiendo que era absurdo. Sobre el final, escuché una explicación a medias sobre un trabajo que hay que entregar la semana que viene. El profesor preguntó si alguien tenía dudas pero no levanté la mano. A la noche, ni bien entré a mi cuarto, abrí el diccionario. “Exultante, lleno de dicha”. Ayer escuché la puerta a las once de la noche. Creí que era Emma pero distinguí los pasos de dos personas que fueron hasta la habitación de su hija. Me asomé a la escalera y vi luz en el espacio entre el piso y la puerta cerrada. Escuché una risa, luego una voz. No pude distinguir si la visita era hombre o mujer y volví a mi cuarto. La conversación me llegaba filtrada por la casa. Me paré sobre una silla para acercar el oído al techo, pero no conseguí entender. Recordé el verso de Coleridge: But whispering tongues can poison truth. Pensé que quizás hablaban de mí y no pude dormir en toda la noche. Hace dos días que falto a mis clases, ahora sé que al mediodía Emma o su hija vuelven a almorzar. Escucho los pasos en la cocina, en la escalera. Deben pensar que no estoy; porque salgo de mi cuarto solo cuando es necesario, y si no hay nadie. Me quedo en la cama como si estuviese enfermo, quieto, sin hacer ruido. Solo pienso y miro el techo. Las ventanas tienen cortinas pesadas, las acomodo con cuidado para que no entre nada de luz. Por momentos la imagino, con los ojos abiertos pero a oscuras. La escucho, descalza, sobre la alfombra de mi habitación. Escucho con tanta intensidad que hasta puedo distinguir cada fibra rozando los dedos de sus pies. Luego siento su cuerpo en la cama, conmigo. Es tan liviana que solo percibo su respiración. A veces está desnuda, su piel tibia cerca de la mía; otras lleva un camisón de seda que fue de su madre o de su abuela. Se queda quieta, sin tocarme. Solo respira y susurra it’s okay, it’s mine, i want it. Me cubro con el edredón y trato de no hacer movimientos bruscos. Ni siquiera lo notarían en el caso, muy improbable, de que abrieran mi puerta por alguna emergencia; como un incendio o un intruso. Sobre el final contengo el aire, tenso las piernas y levanto las sábanas para no mancharlas con mi eyaculación. Cerca de la casa, como en todo barrio de Londres, hay un bar. Queda frente a un parque. Los martes hay un pianista que toca jazz. Estoy sentado en un banco, del otro lado de la calle. La música se escucha lejana pero nítida. A veces vengo a tomar aire, a mirar a la gente que pasa. Suelen entrar mujeres y algunas son pelirrojas, altas y flacas; pero hasta ahora no vi nunca a la hija de Emma. Aunque sus facciones, para mí, sean una foto borrosa, la reconocería por cómo camina, por su presencia. Espero hace más de una hora. Algo en la música, una nota a destiempo, me hace intuir algo difuso. Miro a la calle en ambas direcciones, seguro de que va a estar ahí, pero no hay nadie. Me levanto y camino, doy un rodeo largo. Cuando llego a la casa, miro las escaleras; todas las luces están apagadas y la idea de subir me paraliza un momento, solo

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puedo escuchar mis propios latidos. Pero no me atrevo y bajo a mi cuarto corriendo. El piso de madera cruje. Me siento en la cama y respiro. Cierro los ojos e imagino, lleno de vĂŠrtigo, la puerta de la habitaciĂłn de la hija de Emma, el sonido del picaporte, el resorte que se comprime retirando el pestillo. Levanto la cabeza y me sobresalto al ver un movimiento de reojo, mi reflejo en la ventana.

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Dos noticias Kike Ferrari

Anneta Expamde

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“O medo é uma brecha que fez crescer a dor”. Lenine

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entate nomás, dice.

La silla es acolchada pero aún así me duele todo el cuerpo, este despojo en lo que se transformó mi cuerpo, cuando apoyo las nalgas enflaquecidas en el asiento. No nos presentamos nosotros, ¿no? Me dicen el Tigre. Es un placer conocerte, creeme. Sobre el escritorio, frente a mí, humea una tasa de café. Ahí tenés azúcar, si querés. La lengua bífida de algo que –a falta de otra palabra mejor– podríamos llamar terror, me recorre la espina dorsal y un escalofrío crece en mi cuerpo golpeado y débil. Por un momento cierro los ojos y me pregunto si no tengo más que temer del humo que sube desde la tasa de café que de las descargas eléctricas. Querés un cigarro, pregunta ahora. Son cubanos. Me los manda un camarada de la Fuerza que está infiltrado en el PC. Años lleva metido ahí. Siento crecer el miedo. Un miedo que trasciende el dolor, si es que hay algo que pueda ser más fuerte que el dolor. De alguna manera esta charla casual, la silla acolchada, la tasa de café y el tabaco, anuncian algo que solo puede ser peor. Eso aprendí en mis semanas acá: las cosas solo pueden empeorar. Prende el habano y repite el convite. El sabor ocre llena la oficina. El deseo de fumar es tan fuerte que tengo que usar lo que me queda en el depósito del tanque de combustible de mi voluntad –que no es mucho, que es casi nada, que tendría que guardarlo para mejores causas– para no tirarme al piso y gritar que sí, que claro que quiero, que me muero por paladear esa maravilla de tabaco. No, le digo. Y no digo más. Quizá lo conocés. Vos venís de las FAR. Y antes de la Fede, ¿no? Se ríe. Sí, lo tenés que conocer. Nos trae cigarros de Cuba y vodka de Moscú. La cagada es cuando lo mandan a Alemania o Checoslovaquia. Vuelve a reír. Odio esa risa como nunca odié nada antes. La odio más que la mano que maneja las pinzas que me arrancaron dientes y uñas. Trato de irme, de recordar a Marianita en la hamaca de la plaza Martín Fierro, su pelo lacio al viento, los ojos achinados como los de su mamá y esa risa hermosa y pura que podría dibujar de memoria. Seguro. Seguro lo conocés, dice.

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Y dice un nombre. Un nombre que conozco, claro. Total, agrega. Me pregunto si me habrá dicho el nombre para que sepa que van a matarme. O si están por soltarme y la información está envenenada. Me hundo en el vértigo. Conozco al compañero cuyo nombre acaba de ser dicho de la militancia, pero sobre todo lo recuerdo un poco pasado de vino, cantando canciones de la Guerra Civil española, acompañándose con una guitarra, en un asado en la casa de la Tana. Pensar que entró al Arma porque quería ser músico, para meterse en la Banda. Ahora se la pasa cantando canciones de Quilapayún entre los bolches, dice. No puede ser, me repito, me está haciendo la cabeza. Se ríe de nuevo, estruendosamente, una carcajada profunda y grave que termina en tos. ¿Seguro no querés? Bueno, tomate el café aunque sea, que se te va a enfriar. Niego con la cabeza. No les puedo dar nada. No puedo ceder nada. Nada. Nada. O todo va a ser cuesta abajo como en una pendiente, lo sé. Él también lo sabe. Por eso hace otro silencio larguísimo mientras fuma y me deja hundido en mis dudas, mis demonios, mis miedos, entre el penetrante y perfecto aroma del tabaco mezclado con el del café. Miro alrededor buscando una salida que sé que no existe, solo por la costumbre, para seguir con la guardia alta, para no abandonar la guerra. Los perros mean en los árboles, nosotros combatimos. Bueno, igual no te traje acá para que fumes y tomes café. Bah, para que me desprecies la invitación, en realidad. Es otra cosa, como te podrás imaginar. Pita una vez más y el aroma ocre vuelve a llenarlo todo. Se me hace agua la boca. Trago saliva y me paso la lengua por la llaga que son mis encías. Allí, donde solían estar mis dientes. Tengo dos noticias, dice. El miedo es un huracán que lo arrasa todo. Querría abrazar a mi vieja y llorar dos semanas seguidas. Mi vieja, pienso, que estará en la cocina de su casa, tomando mate, suponiéndome muerto. Espero. Espero que me imagine muerto. Que no imagine esto. La parte de esto que se puede imaginar. Una buena y una mala. Pero esperá, se interrumpe, primero te quiero mostrar algo. Saca unas fotos del cajón del escritorio y me las alcanza. Son pedazos de cuerpos. Una

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mano, la mitad de debajo de una pierna, dos orejas y algo que parece ser un ojo. Estaban vivos, cuando se los sacamos, dice. Y da cuatro nombres. Los nombres de cada uno de los miembros última de mis células. Tres de ellos coincidieron que vos sabías dónde estaba la guita, dice y hace una pausa para fumar. Se pone de pie y me da la espalda. ¿Es el cansancio, el dolor o el miedo lo que me mantienen en la silla en la única posibilidad que voy a tener de atacarlo –a él, a cualquiera de ellos– desde atrás? No tengo tiempo de contestarme porque ya está otra vez de frente con una botella en la mano. ¿Whisky?, ofrece. Y sin esperar mi respuesta sirve dos vasos. Vacía el suyo de un trago. La piba fue la única que no te batió. Pero porque no tuvo tiempo, la verdad. A los muchachos se les fue la mano. El vaso de whisky sobre el escritorio, al lado del café enfriado me llama. Sacudo la cabeza. Me imita. Es que estaba muy buena, dice con una media sonrisa entre canchera y cómplice.

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Bueno, te decía que tengo dos noticias. Nueva interrupción. Otero, grita. A sus espaldas se abre una puerta y entra uno de los tipos que me estuvo dando máquina. Es canoso, alto y flaco. Tiene la camiseta manchada de sangre seca. Algo raro, no sé bien qué, pasa en uno de sus ojos. Señor, dice. Y se para junto a la puerta sin cerrar. Ustedes se conocen, ¿no? Es el que más se ensañó con mis huevos. Aprendí a saber cuándo es él, aunque me tengan vendado, porque le gusta poner la radio en una estación de música del litoral mientras te labura. Y cantar canciones de la hinchada de Boca. Qué haces, me saluda Otero como si fuéramos vecinos. Le decía acá al pibe, sigue el tipo al que llaman el Tigre y me señala con la pera, que tenemos dos noticias para él. Justo estaba por contarle de que se tratan. Otero no puede evitar una sonrisa en la comisura de los labios y el miedo al dolor vuelve como un latigazo. La buena, dice el Tigre, dirigiéndose de nuevo a mí, es que no te vamos a torturar más. Se acabó la máquina para vos, pibe. Ya nos dimos cuenta que no vas a hablar y que tenés dos pares de pelotas. Por eso te decía hace un rato que es un placer conocerte. El coraje es una cualidad que yo respeto donde la veo. Hay una nueva pausa. Es como si las tuviera cronometradas. El tiempo suficiente para que los dispositivos del miedo se activen y volver a sentir la lengua bífida y el escalofrío. Lástima, dice, que acá el coraje no te vaya a servir para un carajo. Porque la mala noticia, pibe, es que tenés visita. Y entonces la veo aparecer en el marco de la puerta, veo la mano de Otero sobre el pelo lacio, veo los ojos achinados que heredó de su mamá. La escucho decir hola, pá mientras esboza pese a todo esa sonrisa que yo podría dibujar de memoria.

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Telarañas Sebastián Pandolfelli

María Ibarra

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uando era chico, le tenía terror a las arañas. Cada vez que me cruzaba con algún bicho de esos, me invadía una sensación inexplicable. Era cuestión de ver las ocho patitas, fueran peludas o no, de un arácnido, y empezar a temblar, respirar agitado, sentir cómo se aceleraba el corazón, cómo se me desparramaba la adrenalina por el cuerpo. A veces, la escena terminaba en llanto y con algún adulto intentando matar al pobre bicho. Pero ya siendo un poco más grande no podía continuar soportando aquel sufrimiento. Tenía unos nueve o diez años cuando decidí enfrentar el problema. Estaba en el colegio, sentado en mi pupitre pensando en alguna boludez, probablemente en las figuritas de los Transformers que me faltaban para llenar el álbum de Cromy, o en el muñeco nuevo de He-Man que me iba a comprar mi abuela, cuando entró la de biología y sacó unos frascos con bichos. En uno de los frascos había una araña negra y amarilla, del tamaño de un Bon-o-Bon. Los fueron pasando de mano en mano y todos hacían comentarios y jugaban. Casi me desmayo, pero suspiré, me mordí los labios y agarré el maldito tarro de vidrio. La bicha se movía desesperada de acá para allá en el reducido y resbaladizo espacio. Movía esas patitas asquerosas como tratando de decirme algo. La miré soportando con estoicismo todas las sensaciones físicas que me abrumaban. “¿Te pasa algo?”, creo que me preguntó mi compañero de banco. “No, no, estoy tratando de hipnotizarla”, dije con aire burlón, para disimular y eché una carcajada nerviosa. No quiero ni pensar en lo que hubiera pasado si reconocía mi temor frente a aquella sarta de energúmenos. Las cargadas con toda esa impune y filosa crueldad infantil, hubieran destruido mi ya devaluada imagen. En general estaba entre la media, no era ni popular, ni ultra ñoño. Y lo mejor era pasar desapercibido. Aunque cada tanto recibía unos golpes o me robaban la cartuchera y había que bancar esas cosas que ahora los psicoanalistas

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modernos llaman “bullyng”, que en nuestra infancia eran lo más normal del mundo. Unos días después de ese primer paso, decidí buscar una araña en casa y atraparla. No solo quería enfrentar al miedo, sino superarlo. Sabía dónde encontrar alguna. Siempre estaban llenando de telarañas la parte de atrás del taparrollo de la cortina de mi pieza. Trepé al escritorio invocando al poder de Greyskull y usando el mango del plumero como espada, empecé a remover las telarañas. Ahí nomás apareció una de patas flacas. Me asusté y reaccioné automáticamente pegándole una estocada con el palo. La maté sin querer. Bueno, tenía que seguir buscando. Mientras revisaba los rincones más insólitos de la casa, intentaba analizar el por qué de tanto miedo a esos bichos y no pude encontrar ningún indicio. Tal vez influyó un poco el haber visto la película “Tarántula” en la tele blanco y negro de mis viejos, en alguna Trasnoche Aurora Grundig. Ahora, a un millón de años luz y con unas cuantas páginas leídas sobre filosofía de cotillón, podría decir que quizá la raíz del tema apareciera al mencionarle a un adulto el comienzo de la historia de Spiderman. El pobre Peter Parker es picado accidentalmente por una araña venenosa. El adulto en cuestión, algún boludo a pilas, por hacerse el canchero me dijo: “Si te pica una araña venenosa te morís”. Ahí nació el trauma. Seguí viendo los dibujitos del Hombre Araña sin ningún problema, pero cuando se me presentaba un artrópodo de ocho patitas en la vida real no podía evitar la reacción. Entonces, según descubro al escribir estas líneas, el miedo real, el miedo de fondo de esa cuestión, era miedo a la muerte. Ese miedo a la muerte también lo enfrenté en más de una oportunidad, pero ahí siempre salgo perdiendo.

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El problema con las arañas, lo solucioné. Aquel día seguí buscando y atrapé una bastante grande en el jardín de casa, una pollito, marrón y peluda. La molesté con un palito hasta que salió de su escondite y ahí en un acto de valentía pleno de estupidez, en una milésima de segundo, pegué un manotazo, la agarré, la retuve entre mi índice y mi pulgar, la miré fijo y le dije: “No te tengo más miedo”, y la metí en un frasco. Después le acondicioné una prisión más grande. Casi le armé un terrario, con pasto y ramitas y algunos otros insectos para que tuviera cierta vida social. Al tiempo hizo una tela entre las ramitas y se fue comiendo a los otros bichos. Ahí empecé a cazar moscas y dejárselas para que las atrape. Fue mi mascota, o algo así, como un mes. Un día se murió. La verdad es que me importó muy poco. Era cuestión de hacerle frente. Cuando lo hice, se acabó el tema. Tiré todo a la mierda. Mi aracnofobia estaba completamente desaparecida. Ahora me causa gracia cuando alguien chilla por una araña y en general soy el que va y la mata. O a veces, pleno de misericordia, la atrapo y la suelto en otro lado. El miedo a la muerte ya es un tema un poco más complejo. Como había comentado, a la huesuda le hice frente en más de una oportunidad. La vi de cerca y salí corriendo. Se llevó amigos, y tenemos una relación de amor-odio bastante fuerte. La vida teje redes circulares y a veces te podés quedar pegado como en las telas de araña.

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El espíritu eterno Luciano Lamberti

Lele Moon

Flavia Schreiber

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as sido elegido presidente de la Nación Argentina. No fue, la tuya, una elección reñida. Ganaste por casi un setenta por ciento sobre los nimios y risibles porcentajes de tus oponentes, hombres y mujeres de larga data en la vida política, carreras portentosas y pasado militante, que habitualmente desfilan por los programas de las nueve brindando opiniones sobre casi cualquier tema, sobre todo de aquellos denominados “candentes” (la inseguridad, la inflación, el desempleo, la educación) con impostadas posturas de responsabilidad republicana. Miembros de partidos tradicionales, tus oponentes, han sido revolcados en el fango, y salen a las ocho de la noche a aceptar su derrota, en búnkers desolados y tristes. Vos, en cambio, sos joven. Una cara nueva, como dicen. Cuarenta y nueve años y excelente estado físico, capaz de derrotar en un partido de squash a un oponente diez o quince años menor. Los trajes te sientan bien, las mujeres no dejan de echarte miradas penetrantes y deseosas que te cortan el aliento. El futuro se abre ante vos como una hermosa flor amarilla. Los analistas políticos, los encuestadores, los periodistas que conducen los programas de las nueve, y para quienes tu triunfo era virtualmente imposible, se rascan ahora la cabeza como chimpancés confundidos. ¿De dónde salió?, se preguntan. ¿Cómo hizo? Entonces comienzan a girar los proyectores y la luz irreal de tu biografía se imprime en el aire. Nacido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, hijo de comerciantes humildes, fuiste, de pequeño, un pasable deportista, que jugó al tenis y al fútbol con resultados más bien mediocres, pero un estudiante destacado, no solo por tus notas sino por ser el líder de las agru-

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paciones que ganaban una y otra vez las elecciones. Medalla de oro en la universidad. Mejor promedio. En esos años conociste a quien sería tu mujer, te casaste y tuviste dos hijas. En el 92 abriste un estudio junto a ella, donde ejerciste como abogado laboralista con tendencias izquierdosas, según te acusaban, y poco después te postulaste como intendente para tu pueblo, perdiste y al año siguiente te volviste a postular y esta vez ganaste y desde ahí tu carrera no se detuvo. ¿Cómo lo hizo, doctor?, te preguntan una y otra vez en los programas políticos. Arremangándome, decís. Y es verdad. Un lugar común y una verdad grande como un avión. Arremangarse es el secreto de tu éxito. Tu lema de campaña. La clave de tu imagen. Camisas a rayas, subidas hasta los codos. Un gesto que decía: soy el hijo de la clase media argentina, estoy dispuesto a trabajar por ustedes, no tengo ningún as bajo la manga, me siento parte del pueblo, los amo, amenmé. En los estrados a los que subiste, en diferentes provincias y ciudades y pueblos que recorriste durante tu campaña (y donde indefectiblemente tenías encuentros sexuales con las amas de casa que iban a admirarte, a las que calentabas como animales drogados, a pesar de salir en las fotos con tu mujer y tus hijas o precisamente por eso), te bastaba arremangarte frente a todos para volverlos locos. Vamos a trabajar, compañeros. Vamos a hacer de este país un lugar mejor. Arremanguemonós, decían los afiches que cubrían la ciudad de Buenos Aires. Y la foto de medio cuerpo mostraba tus fuertes antebrazos. Era como estar desnudo. Una entrega inconmensurable, un sacrificio. Les recordabas algo muy profundo, algo elemental y primitivo para lo que no tenían palabras, pero sí admiración y votos y relaciones sexuales de parado con las buenas amas de casa que se aburrían en el interior. Pero la verdadera explicación es otra. Vos lo sabés, o lo intuís. La explicación se le escapa a todo el mundo, como si hubiera en el fondo, una cuestión sobrenatural involucrada, algo del orden del destino, una llamada de Dios. Ahora sos presidente y todo es como un sueño. A veces quisieras tomar whisky hasta que te estalle la cabeza. A veces dudás de todo. Pero está sucediendo, sucede ahora, y es como si le pasara a otro. Otro se abraza, esa noche, a sus amigos y conocidos y asesores de campaña. Otro es el que sale, a las once, a dar un discurso que habla de futuro, de cambio, de un nuevo comienzo. Somos nietos de inmigrantes que se arremangaron para levantar este país, decís, y procedés a hacerlo, en medio de la ovación general. Otro se emborracha con tu mujer, sentado en el living de su casa, y hace el amor con ella. Otro se despierta al día siguiente y se mira al espejo y sos vos, el presidente. El teléfono comienza a sonar. Decís: ya voy a despertarme, ya voy a sentir que salgo del agua, pero la sensación de irrealidad sigue ahí. La sensación de que estás cumpliendo el plan de un, como lo llaman los alcohólicos recuperados, Poder Supremo, Dios, el Karma, tu Sagrada Voluntad, lo que sea. Es lo que sucede en los meses siguientes, en los que estás ocupadísimo. Especímenes de toda calaña se

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te acercan, como viejas caricaturas políticas de los años 60, ansiosos por recibir una tajada en el asunto, pero los podés detectar a gran distancia y darlos vuelta para que no se lleven lo que han ido a buscar sino lo que vos necesitás, satisfechos y engañados como princesitas. El jueves a la mañana te reunís con el cardenal de Buenos Aires. El jueves a la tarde, con el gobernador. El viernes: con un embajador venezolano. Reuniones y reuniones y reuniones. Llegás a tu casa y le susurrás a tu mujer que vas a cogértela como solo un presidente es capaz de hacerlo, pero después de cenar y de contarle un cuento a tus hijas te quedás dormido en la cama con la corbata floja alrededor del cuello. Y esto es solo la preparación, te dice tu asesor. Tu asesor, tu mano derecha, tu segunda esposa, como lo llamás (a veces pensás que es la primera, en realidad) es también parte de la razón por la que se produjo el milagro. Geniecito de 28 años, te vio arremangarte una vez y dijo: ahí. Eso. Ahora te indica con quien podés jugar un partido de golf, con quien es recomendable tomar un trago fresco en una terraza, a quién necesitás y a quién vas a necesitar en el futuro. No quiero pasar la Línea, le decís vos, cuando insiste con eso. Es una vieja disputa, Oliveiro fuma y niega con la cabeza. No hay tal Línea, te dice. Ya estás dentro de la Línea hace tiempo. Es la política. No, no señor, le decís. Cuando pasó lo de los barrenderos… Y dale con los barrenderos. …estuve de este lado de la Línea. Y te puedo citar, no sé, seis casos más. Dejate de joder con esa mierda. Ahora que te juntás con el Presidente Saliente, dice Oliveiro, él te va a tomar toda la Línea. ¿Cuándo? El sábado por la mañana. La reconcha puta de la. Pero el Presidente Saliente no quiere negociar nada. Lo único que parece querer es descansar. Dormir y dormir por el resto de su vida y luego morirse y seguir durmiendo, o por lo menos esa fue tu sensación general del encuentro. Era un día espléndido de agosto y el viejo te esperaba en la galería de su residencia de Olivos, tomando café en una mesa llena de diarios, vestido con una especie de pijama y pantuflas. Te señaló los diarios y dijo: Mirá lo que dicen esos alcornoques (el ex presidente es de usar esas palabras), siempre con lo mismo.

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Aceptaste café negro con dos de azúcar y hablaron un poco de tu sorpresiva campaña, como no podía ser de otra manera. El viejo te hacía preguntas pero enseguida se las respondía a sí mismo y apenas podías meter un bocado. Había gobernado el país por dos mandatos consecutivos, y tenía un montón de anécdotas ridículas con otros presidentes latinoamericanos, con el de Estados Unidos y hasta con el Papa, que escuchaste sin interés. Después se prendió un cigarrillo y se levantó con visible esfuerzo para que pudieran caminar por el hermoso parque de Olivos. De inmediato apareció una de las mucamas con un vaso de whisky escocés, y el Presidente Saliente te preguntó con un gesto si querías uno, a lo que respondiste que no, que muchas gracias. El ex Presidente sonrió como para sí mismo y te señaló la pileta. Nadaban grandes peces de colores, en la pileta. El agua estaba limpia pero oscura, y los peces se divisaban, allá abajo, como relámpagos estivales. El viejo tomó un puñado de alimento que llevaba en el bolsillo de su pijama y lo arrojó al agua. Los peces se arremolinaron en el lugar, sus escamas coloridas brillando en la hermosa mañana, y por alguna razón eso te dio asco y casi arcadas. Así es la cosa, dijo el Presidente Saliente, señalando con el vaso de whisky a esos peces. Uno les tira comida y ellos se pelean por el mejor pedazo. Si hay uno que necesita más, tendrá que luchar por conseguirlo. No sé ni lo que digo, dijo, se tomó el whisky de un saque, y casi al instante la mucama que le había traído el primero apareció al lado de ellos, como si estuviera esperando ese momento, y se lo cambió por el segundo. El viejo la miró irse con una sonrisita verde.

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Me la culié un par de veces. Todas quieren culiar con el presidente. No saben por qué. Pero hay que hacerlo, es una cuestión patriótica. El ex Presidente se prendió otro cigarrillo y te dijo, como si continuara con un pensamiento ya desarrollado, que sí, que todo era cuestión de confiar en el Espíritu Eterno. ¿Ah? ¿Una especie de metáfora? ¿Algo que ver con el Poder Supremo que te había llevado hasta allí? El viejo te apoyó una mano que temblaba en el hombro. Era como si no fuera capaz de hacer otro paso, y pensaste por un segundo, sintiendo su horrible aliento, que se desplomaría allí mismo, pero te miró con sus ojos vidriosos y dijo: Suerte, hijo. Ya vas a entender todo. Vas a entender el… corazón de este país. O mejor: el estómago. O mejor: las entrañas de este loco país. Se quedaron un momento callados, mirándose. Miraste las venitas rojas del cansacio en sus ojos, la nariz colorada, la mano temblequeante como la de una abuela con alzheimer, su espalda cada vez más curva. ¿Cómo dijiste?, te preguntó él. No, yo no dije nada. ¿No dijiste nada? No. Ah. El ex presidente caminó unos pasos hundiendo las pantuflas en el cesped. No te preocupes. Vos no te preocupes. Todo va a salir muy bien, te dijo. El señor D. te va a ayudar en lo que precises en tus primeros meses. Apoyate en él. No conozco al señor D.. Es un asesor… informal, dijo el ex Presidente. Trabaja en cuestiones informales, pero que son las más importantes. Eso, hijo. Las más importantes. No va a meterse nunca donde no lo llamen. Es muy discreto. Muy leal. Muy caballeroso. Tiene, no sé, años trabajando en ese puesto. Y aparece cuando lo necesitás. Apoyate en él. Todo ese día, al siguiente, y en la semana, la reunión volverá a tu pensamiento. Se lo contás una noche a tu mujer, en la cama, agregando que estás empezando a pensar que todo esto puede ser más complicado de lo que creías, pero ella te dice que no seas mariquita, que se casó con

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un hombre y no con una nenita. Esas palabras te dan un poco de miedo, sobre todo porque no creías a tu mujer capaz de pronunciarlas, pero de todas formas le hacés caso y te olvidás del asunto y cogés con ella como solo un presidente en uso de sus funciones es capaz de hacerlo, y te dormís desnudo y abrazado a ella, y soñas con el señor D.. Es un hombre pequeño, de tez blanca salpicada de pecas, edad indefinida, sombrero de ala oscuro y traje. Está metido en la pileta de los peces hasta las rodillas, y mientras lo mirás se va hundiendo hasta que solo queda su sombrero flotando en el agua. Te levantás ese día con la sensación de que algo anda mal, no podrías identificar qué, pero es como si te estuvieras hundiendo en esa pileta de agua musgosa donde nadan los peces de colores, no hay nada de malo con esos peces, son encantadores y poseen grandes bocas carnosas y succionadoras como sopapas que evocan vagas ideas de felación y vedetes de los años 90. El mar y una tabla de tergoporl y vos, encima, rodeado de las grises aletas de tiburones. Poco antes de la entrega de mando ves a D.. Es apenas un segundo. Cruza por enfrente del auto que maneja uno de tus asesores, pero lo reconocés porque es idéntico al del sueño, sencillamente. Y desde ese momento te parece estar viéndolo en el borde de tu campo visual todo el maldito tiempo, es como un chiste, cada vez que tus ojos se enfocan en, como se dice, la lejanía, aparece el traje gris oscuro y el sombrero de D.. ¿D?, dice Oliveiro. Me parece que debía estar (gesto de alzar un vaso con dos dedos). No sería raro. No insistís. Oliveiro también es un pez de ancha boca carnosa y succionadora. No entiende lo que pasa, y como no es la solución al problema es parte del problema. Pero D. está ahí, rondándote, quizás cuidándote. Quizás cuidando a los demás de vos. Alguien de la SIDE, seguramente. Una de esas personas esquivas a la atención pública. Alguien que vive solo en un departamento perfectamente ordenado, rodeado de monitores y teléfonos celulares descartables, haciendo planes. O un viejo (D. es viejo) que lleva a sus nietas a la plaza pero no tiene problemas a la hora de estrangular a un enemigo en un baño público. Puras pavadas, pero los peces siguen ahí y el día de la ascensión, cuando salís al balcón de la Casa Rosada para saludar a la gente con la mano en alto, las multitudes en las que se destacan los grandes carteles con la palabra ARREMANGÉMONOS, lo descubrís de pronto entre las pocas personas que te rodean en el balcón, parado como quien no quiere la cosa unos pasos a tu derecha, mirando hacia adelante. Por un instante se te corta la respiración, olvidás el discurso que tenías preparado para arengar a esas multitudes, un agua fría te crece en los calzoncillos, tus testículos helados se encogen, te sentís paralizado como en esos sueños donde debés huir de un agresor invisible por largos corredores, te tambaleás un centímetro sin abandonar tu sonrisa característica y una sombra negra, la del agua donde nadan los peces de bocas seductoras, te envuelve y te penetra y se va. Ya todo está bien. Nadie se dio cuenta. Cuando volvés a mirar, el señor D. ha desaparecido, quizás fue una alucinación producto de los nervios y el estrés en todo ese momento,

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deberías consultarlo con un médico pero es demasiado pronto para llamar a los médicos y que esos cuervos de la prensa se enteren y comiencen a hacer sus porquerías. Mejor pararse frente a la multitud y arremangarse las mangas de tu camisa, ante la ovación general. Cinco días después, el señor D. entra a tu despacho sin pedir permiso ni anunciarse, se detiene frente a tu escritorio y te mira fijamente con esos ojos claros enmarcados en grandes cejas que los vuelve profundísimos, sin bordes, sin un límite preciso. Su entrada, por razones que no acabás de entender, no parece una violación a tu investidura presidencial, sino todo lo contrario: es más bien humilde, como la que haría un viejo criado de película. El señor D. ha cerrado la puerta tras de sí y se ha acercado, con el sombrero en la mano, con pasos medidos, prolijos y eficientes, para decirte: Buenos días, señor Presidente. Creo que ya nos han presentado. Vengo a acompañarlo a su encuentro con el Espíritu Eterno. No sabés cómo responder. El señor D. no es alguien que haga chistes. No es alguien que hable por hablar, sin pensar en lo que dice, ninguna de sus palabras son inútiles, ninguno de sus actos carece de un propósito definido. No mueve un músculo de la cara. No parece respirar. Te levantás, entonces, y lo seguís. De pronto eso te parece lo más lógico. El señor D. te guía con un gesto hacia la habitación contigua, llena de bustos de los ex presidentes, que a veces te gusta recorrer para imaginar cómo eran, cuáles eran sus conflictos y su Línea, si es que hubo tal cosa, y cuántos los vasos de whisky reales o imaginarios que tomaban por las mañanas. Ahí están Urquiza, Mitre, Sarmiento, Roca, Sáenz Peña, Yrigoyen, Perón, Aramburu, Illia, Lanuse, entre otros menos conocidos como Derqui o Victorino de la Plaza. Todos fundidos en hierro negro, mirando la nada de la Historia con sus ojos vacíos. En el medio de la sala, sobre el piso lustroso de madera, hay una alfombra de dos metros cuadrados, que el señor D. se apresura a quitar, enrollándola con un gesto rápido, como si fuera parte de una rutina y que revela una sólida escotilla de madera, con remaches a los costados. Parece pesadísima pero el señor D. la levanta sin esfuerzo y ves los escalones que descienden hacia lo profundo. Desde el fondo, allá abajo, llega un ruido constante que semeja al zumbido de una vieja heladera. Recordás haberlo oído, en los primeros días de trabajo. Se lo preguntaste a Oliveiro, incluso. Shhh, le dijiste, interrumpiéndolo mientras te pasaba los detalles de tu primera conferencia de prensa. Shhh, escuchá eso. Ahí. ¿Lo escuchás? Sí, lo escucho. ¿Pero qué mierda…? ¿De dónde viene ese ruido?

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Escuchame, me cago en Dios, que esto es importante. Te escucho, pasa que no puedo dejar de pensar en ese ruido. Me taladra la mente. Claro, claro, dijo Oliveiro. Ahora entendés de dónde había venido. Todo ese tiempo ahí, debajo de tus pies. El señor D. se incorpora y te invita a bajar, con un gesto muy medido, cosa que hacés, no sin antes un momento de duda en el que pensás que: a) estás internándote despacio en el reino de la locura absoluta, cruzando una línea mucho más peligrosa que las que habías cruzado hasta ese momento, y b) quizás esto sea peligroso; quizás, sino es solamente parte de tu mente, un invento que la fiebre de estos agitados primeros días de gobierno encendió en tu interior, sea una trampa de alguno de los partidos tradicionales para dañar a tu persona. Lo hacés, de todas formas, porque ya estás hasta el cuello en el agua oscura, mirando de cerca los peces de colores, y descendés despacio escalón tras escalón, unos quince, sintiendo el brusco descenso de la temperatura. La habitación no es muy grande y está atiborrada de caños que parecen ductos de ventilación y van a dar a una especie de cápsula vidriada, en cuyo interior descansa el cuerpo momificado del General Juan Domingo Perón. Te acercás unos pasos, te inclinás, le mirás la cara. ¿Esto es…? ¿Es real? Sí, señor. Claro que sí. Pero está muerto. Está… conservado. En una semivida, dice el señor D.. Recién entonces reparás en lo que rodea a esa cápsula. Hay una computadora antigua, de los años 60, que ocupa toda una pared, adosada a monitores modernos que registran las pulsaciones y la actividad cerebral del ex presidente. Los caños metálicos, serpenteantes como gusanos, van a dar a la parte trasera de la cápsula. ¿Es…? No, dice el señor D.. Es solo su cuerpo. Lo que vive en él es el Espíritu Eterno. No te atrevés a preguntar siquiera qué es eso, seguro de que vas a obtener una respuesta evasiva, quizás proveniente de la propia ignorancia del señor D., aunque en rigor de verdad no parece capaz de ignorar nada. Quizás no es conveniente que vos sepas demasiado. Mejor así. Peces de colores, de grandes bocas succionadoras. Solo los presidentes, y yo por supuesto, tenemos acceso a esta parte de la Casa Rosada, dice

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el señor D.. Mi trabajo es mostrárselo y propiciar la comunicación entre ustedes. ¿Propiciar la comunicación? Como respuesta, el señor D. pulsa una serie de botones de aspecto antiguo que hay en un panel gris. Se oye el crepitar de unos parlantes en lo alto, un acople y después una respiración calma, como la de alguien que duerme. Cada vez más jóvenes, dice una voz. El cuerpo momificado del General Perón no se mueve, y la voz sale de los parlantes como si proviniera de muy lejos. Se oye un bostezo y después gritos, gritos de puro dolor que te hacen retroceder unos pasos. El señor D. te sostiene del brazo. Es común, dice. Es el dolor de la muerte. No se asuste. Ya se le pasa. Vienen cada vez más jóvenes, dice la voz en los parlantes. ¿Cuántos años tiene, hijo? El señor D. te alienta a responder con un gesto. Casi cincuenta, señor.

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Muy joven, sí. ¿Cuál es su rango militar? No tengo, decís. Mmmj, dice la voz. Ya lo sospechaba. Por su forma de pararse, nomás. ¿Y sos del partido? ¿El partido? ¿Sos del peronismo? No, señor. Tengo mi propio partido. Se llama Arremangémonos. La voz vacila, mmm, mmm. ¿Arremangémonos? ¿Qué clase de pavada es esa? Es un partido nuevo, explicás. La gente estaba harta de los partidos tradicionales. Harta de los partidos tradicionales. Las cosas que uno tiene que oír, dice la voz. En fin, hijo. Te deseo mucha suerte. Se lo agradezco, señor. Espero no necesitarla. La voz se ríe, se ahoga, tose, vuelve a reír. Ahora tengo que decirte el secreto. No se lo podés contar a nadie. ¿Estamos de acuerdo? Por supuesto, decís. Ha pasado, hijo. ¿Qué ha pasado? De gente que lo contó. O que lo iba a contar. Y fue su fin. Entiendo, señor. Acercate, hijo. El Espíritu Eterno te susurra el secreto. Retrocedés unos pasos. Sentís un bloque de hielo que crece en tu estómago. Y después el piso mojado, vos metido hasta las rodillas en el agua y los peces que pasan a tu lado acariciándote. Quisieras no haberlo oído, porque nada será igual de ahora en adelante. Estás perdido. Frito, frito. Eso es todo, hijo, dice el Espíritu Eterno. Vaya, vaya. Ya lo voy a mandar a llamar. Tenemos

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mucho de qué hablar. Muchas decisiones para tomar. Muchas personas para convencer. El trabajo es tanto, y los días son tan cortos. ¿No es cierto, hijo? Sí, señor. Tan cortos, tan cortos, tan… la voz se fue apagando. Se oyó la respiración del principio, luego un ronquido profundo y casi animal. El señor D. pulsó nuevamente los botones y los parlantes se apagaron. Después subieron los escalones y emergieron al salón de los bustos. Mientras el señor D. cerraba la puerta y desenrollaba la alfombra que la cubría, te quedaste ahí de pie, bajo la mirada de todos esos ex presidentes. Vos esos era uno de esos, ahora. No se haga problema, señor, dijo D.. Ya se va a ir acostumbrando. De acá a unos meses le va a parecer lo más normal del mundo. El ex Presidente se había hecho adicto a bajar esas escaleras. Pasaba horas ahí, con su botella de whisky. No decís nada, una vez más. Vaya que lo deben estar esperando, te dijo D., señalando la puerta de tu despacho. Es verdad, ahí están Oliveiro, con cara de pocas pulgas, y su secretaria. Te saltan encima apenas entrás, con miles de cuestiones de agenda, pero levantás una mano y les decís que ne-

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cesitás estar solo un segundo. Cuando se van, cerrás la puerta con llave, caminás hasta el pequeño bar que hay en una de las esquinas y te servís una medida de whisky. Abrís las cortinas que dan a la calle y prendés un cigarrillo. Has cruzado una Línea que ni siquiera sabías que existía, una Línea profunda como la herida provocada por un accidente, para recalar en el otro lado, donde todo tiene bordes difusos. Lo único real son los peces de bocas carnosas en el agua oscura, y la presencia en todas partes del Espíritu Eterno. Eso sí. El zumbido que emiten los caños, allá abajo, y que ahora nunca podrás dejar de escuchar. Te levantás para servirte otro whisky, doble esta vez, y sin hielo, y mientras lo tomás tirado en el sillón, con los ojos cerrados, sos como un barco que se aleja de la costa en un hermoso día de verano, viendo los pañuelos blancos que se agitan y las gaviotas que giran en círculo cerca del sol. Sos una gaviota, pero también el barco, el cielo y el mar.

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La muerte tiene forma de perro Cecilia Gonzรกlez

Francesca Cantore

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esde chica he sido cobarde para algunas cosas. Nunca disfruté los juegos mecánicos de las ferias. La rueda de la fortuna me asustaba. Subir, bajar, sentir el vértigo, las alturas, marearme. No. Jamás intenté siquiera subirme a la Montaña Rusa. No me atrae la adrenalina. El columpio y el sube y baja fueron mis juegos extremos en mi infancia en México. En la adolescencia vi algunas películas de terror, pero la pasé mal y muy pronto renuncié a ellas. Por miedo. Soy muy impresionable. Hoy ni siquiera puedo ver los avances de una peli o escuchar o leer algún cuento de terror porque es casi seguro que esa noche no podré dormir y dejaré la luz encendida. A veces hago alguna excepción, a sabiendas de que pagaré las consecuencias. Al dolor le tuve miedo siempre. Tengo un umbral bajísimo. Mi cuerpo no soportaría un tatuaje, por ejemplo. Un aborto me provocó el peor dolor físico de mi vida. Inolvidable. Es una de las (importantes) razones por las que no quise volver a pasar por la experiencia de un embarazo. Había que parir y parir duele. Paso. Una noche de parranda en Buenos Aires, un nuevo miedo apareció en mi vida. Mis amigos y yo habíamos organizado una cena en casa de Katja, la eslovena, y Ariel, el cubano. Como yo andaba en plena experimentación gastronómica, preparé un pescado al horno con trigo burgol, uno de los platillos mediterráneos que me habían enseñado en la escuela de cocina. Llegaron varios invitados, entre ellos mis amigas Silvana y Albertina y una pareja de españoles. Cenamos, brindamos, cantamos… lo de siempre. Ya de madrugada, los españoles propusieron seguir la parranda en su casa, que era cerca. Katja y Ariel se quedaron pero el resto teníamos pila para más fiesta. Después de caminar algunas calles de Recoleta, llegamos a un amplio departamento. Al entrar, me tumbé en un sofá. Agotada, con los ojos cerrados, escuchaba cómo los demás preparaban tragos, las charlas, las risas, hasta que empecé a sentir que algo me tapaba la garganta. No podía respirar. Creí que era por la posición en la que estaba acostada, así que me levanté. Lo que sentí entonces fueron los lagrimales descontrolados. De mis ojos brotaban cascadas, aunque no estaba llorando. Levanté los brazos para hacerles señas a mis amigos mientras caminaba hacia el balcón para tratar de tomar aire. Creyeron que bromeaba, pero muy pronto se dieron cuenta de que no podía ni hablar. En el balcón sentí el viento frío en mi rostro pero seguía sin poder pasar aire a mis pulmones. Mis amigos ahora sí se asustaron y en pocos minutos organizaron la ida al hospital más cercano. Ya en la calle, contrariando las normas porteñas, logramos que un taxista subiera a cinco pasajeros. En medio de una sensación de desvanecimiento, me dio un ataque de risa mientras asomaba la cara por la ventanilla izquierda del asiento trasero. Risa de nervios. Solo recuerdo que entramos corriendo al hospital y ya no supe más de mí.

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Cuando desperté estaba acostada en una habitación, vestida con una bata, conectada a un tubo de suero y con un respirador cubriéndome el rostro. Una enfermera estaba por sacarme sangre. “Bebí vino”, le dije, con un susurro apenado. “No te preocupés, este no es el control de alcoholemia”, me respondió con una sonrisa tranquilizadora. Como no tenían camas suficientes, me trasladaron en ambulancia a otro hospital que estaba a una cuadra. Ambulancia para una cuadra. Estaba aprovechando bien la prepaga que había contratado apenas una semana antes. Sola, en la nueva habitación, todo me parecía absurdo. Había salido muy temprano de casa con la idea de pasar un buen rato con mis amigos y ahora estaba en una cama de hospital sin saber bien por qué. El desconcierto obedecía, en parte, a mi nula experiencia en internaciones y enfermedades. Siempre he sido muy sana. Después de que los médicos me estabilizaron, los españoles y Silvana pasaron a despedirse. Albertina, siembre leal y solidaria, se quedó toda la noche en la sala de espera. Adentro del cuarto yo empezaba a padecer la resaca de alcohol y de la impresión por lo que había pasado. Tenía mucha sed. Al amanecer una médica me dio el alta y me ordenó unos análisis. Albertina me acompañó a mi casa y dormimos hasta tarde. Al despertar, me contó que todos se asustaron porque la doctora les dijo que, si llegábamos unos minutos más tarde, me hubiera muerto por la falta de aire. No acusé recibo de sus palabras. No quise asimilarlas. Las ahuyenté como a una mosca molesta que zumba al lado. Silvana llegó después a casa para sustituir a Albertina. Querían turnarse para cuidarme pero les dije que se fueran, que ya estaba bien, que no se preocuparan.

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Todavía era la época en que no pedía ni aceptaba ayuda. No sabía. Dudosas, mis amigas se fueron por la noche. Aunque era domingo, llamé a mi sicólogo y, sin contarle lo que había ocurrido, suspendí la sesión del día siguiente. Me acosté y apareció la angustia. Lloré toda la noche. Me sentí sola, frágil, asustada. La muerte había estado cerca, era algo concreto. Daba miedo. Para peor, una semana después el sicólogo me regañó por haber cancelado la terapia sin explicarle el (grave) motivo, por haber echado a mis amigas y por no saber pedir ayuda, por seguir fingiendo que podía sola contra el mundo. Todo mal. Como castigo, me cobró igual la sesión a la que había faltado. La teoría inicial fue que había tenido un grave episodio de alergia. Ahora tocaba descubrir a qué, porque yo nunca había sido alérgica a nada. Mis amigos y yo sospechábamos del pescado que había cocinado esa noche. Para no especular, tuve que someterme a un examen. Un médico me pinchó los dos antebrazos y formó ordenadas hileras con muestras mínimas de pelo de gato, ácaros, pelo de perro, huevo, pescado, plumas, polen, hongos, polvo, leche, mariscos, nueces, almendras… La prueba no dejó margen de duda: solo uno de todos esos pinchazos provocó una erupción rojiza e inmediata en mi piel. Antes de darme su diagnóstico, el médico tomó sus precauciones. Serio, casi tenso, me preguntó si tenía mascotas, si me gustaban los animales. “No, no me gustan los animales, tampoco las plantas…”. Ni los bebés, le iba a decir, pero me interrumpió y suspiró tranquilo: “Qué bueno, porque hay gente a la que le digo que es alérgica a algún animal y empieza a llorar. Bueno: sos alérgica a los perros, así que evitá acercarte a ellos, tené siempre un antialérgico a mano. Si te vuelve a pasar tomate una pastilla, tratá de calmarte y ve de inmediato a un hospital”. El perro de pelos letales era de los españoles. Lo habían traído de Cuba, su destino anterior, y acostumbraba dormir en el sillón en el que yo me desplomé la noche casi fatídica. Así me enteré, a los treinta y tantos años, de que era alérgica a estos animales. El doctor me explicó que todos los seres humanos padecemos algún tipo de alergia, pero muchas veces no nos enteramos porque no se manifiesta de una manera evidente, como había sido mi caso. Ese día nació mi miedo a los perros. Desde entonces, cada vez que veo a un perro por la calle me cruzo, me bajo de acera, me escondo o me detengo hasta que se aleja. Antes solo los ignoraba. Ahora grito si alguno se me acerca. Me asusto si escucho ladridos. Yo, caminadora compulsiva de ciudades, aprendí a caminar en zigzag para evitar a estos animales. Mis vecinos ya saben que no comparto ascensor si hay algún perro. El único defecto que le encontré a Estambul, una ciudad de la que estoy perdidamente enamorada, es su inmensa población de perros callejeros. La paso mal cuando llego a casa de amigos nuevos que tienen que encerrar a sus perros porque yo no avisé de mi

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alergia, ni ellos de sus mascotas. Descubrí que la alergia a los gatos tiene mejor prensa porque la de los perros es casi desconocida y provoca una frecuente y fastidiosa incredulidad. Y en Tinder, cuando veo fotos de hombres abrazados a sus perros en la cama, los descarto porque esa cama es un lugar vedado para mí. Podría morir y no precisamente de amor. Cuando viajo a México –voy una o dos veces al año– me quedo con Gaby, una querida amiga que hace de la recepción de sus amigos un arte. Me cuida y yo ya he aprendido a dejarme cuidar. Hace un par de años me dio una pésima noticia: había adoptado un perro. Después de pensarlo mucho, creí que era tiempo de enfrentar mi miedo. Antialérgicos en mano, volví a su casa. Pero Gaby me mintió. No tenía un perro. Era un monstruo negro y gigante que se me abalanzó en cuanto entré. Se paró en dos patas y me arrinconó contra la pared. Inmóvil, cerré los ojos, grité y sentí pánico. Mi amiga se rió del espectáculo y los días y viajes siguientes se dedicó a encerrar a Cuco en la habitación si ella no estaba, a agarrarlo si yo tenía que ir a la cocina o al comedor, a retarlo si se me acercaba. “No podemos ser amigos, Cuco”, le decía yo si me miraba con la esperanza, inútil, de que jugara con él. Es el único perro con el que he logrado convivir. Me cuesta. En cada viaje, cuando llego a casa de Gaby entro tensa pero con el paso de los días me relajo. Cuco me cae bien porque alegró la vida de mi amiga pero yo sigo teniéndole miedo a él y a todos los perros, así que Gaby lo aleja lo más que puede de mí. En el fondo, lo sé, mi miedo real es a la muerte. Quizá algún día lo resuelva.

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La Lona Verde Franco Spinetta

Juan Battilana

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alaba bien hondo el frío. Las manos inmóviles en los bolsillos, gamulán y bufanda, exhalando vapor en cada respiro. Era de noche y caminaba por el borde de la vía abandonada con dirección a la Lona Verde, donde me esperaban unos tragos de vino barato, trucos, cuarteto de Rodrigo, muchos pitos y ni una teta (real). La caminata por entre la bruma invernal, el silencio y las luces amarillas humeantes de pueblo componen una poesía nunca escrita. Empujé la puerta de hierro y vidrio. Adentro hacía más frío que afuera, pero los muchachos ya estaban templados por el alcohol. El equipito de música sonaba grumoso al mango y los cds giraban a la vista, sin tapa. El Loco Diego me dio la bienvenida desde la barra, donde ya me esperaba el vaso de tinto. Un trago largo y me froté las manos sin quitarme el gamulán. La Mona ya empezaba con su habitual imitación de la Mona Jiménez: un baile cuartetoso coordinadamente descoordinado. Imposible de reproducir: brillante. Él me llevaba ventaja: ya estaba en pedo. Con la camisa abierta, los pelos de la cabeza le llegaban hasta el pecho. Flaco, petiso, descuajeringado. Me senté en una mesa del rincón, frente al televisor mudo clavado en el canal Venus, donde chicas inalcanzables desataban proezas sexuales. Con un mazo de españolas en la mano, empecé a mezclar despacio, dándole cada tanto un sorbo al tintillo. Ignacio llegó con la cara roja del frío, tentador para el cachetazo a mano abierta. Entró recobrando el aliento de la caminata

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y la puerta se le escapó en el empujón: el pedazo de hierro golpeó contra el marco haciendo temblar la vidriera entera. El Loco Diego, famoso por su capacidad de transformarse en otra persona en cuestión de segundos –luego nos enteraríamos que era esquizofrénico–, lo miró detenidamente logrando que se apagara la música y se produjera un silencio sepulcral. Ignacio respiró, una, dos veces; el hiato parecía interminable. Hasta que el Loco Diego largó una carcajada larga que puso al mundo de nuevo en movimiento. Arrancó el cuarteto a fondo, y la Mona tiró su pase mágico para poner al pueblo otra vez en la órbita planetaria. El resto de los parroquianos debatía cuestiones profundas del ser, como corresponde. Sin desatender la tevé y su función continuada de porno, claro. El viejo Modesto y el Oveja Sarmiento levantaron una apuesta a los gritos: “¡20 pesos, un truco!”. Ignacio me miró y yo no lo dudé: teníamos tinto, unos mangos extra, y la posibilidad de llevarnos el pozo para seguir la noche. Levanté la mano aceptando el desafío. Modesto movió las sillas de caña barnizadas y puso una mesa de laca símil mármol turquesa en el centro del bar. Chifló pidiendo los porotos y un vaso más. “A cuenta de la victoria”, se agrandó. El partido arrancó con prudencia. Como peleadores expertos que eran, nos midieron en los primeros rounds. Enseguida entendieron que Ignacio era más conservador y yo un frenético, ciego y mandado. Un mentiroso. Sin embargo, estábamos con el culo encendido: ligábamos acorde a nuestra absoluta falta de sexo. El resto miraba el partido con cierto desdén y casi nada de entusiasmo. Ni una apuesta se levantaba en las mesas circundantes. Llegamos al límite de las malas casi sin chistes. Había empezado a dudar de la leyenda de ese Modesto gran jugador, de quien se decía que tenía una libreta con todos los resultados de sus contiendas y sus rivales vencidos. El partido estaba una buena a 14 malas a favor de ellos cuando Ignacio cantó un envido sin muchas ganas, mal actuado, como quien no quiere la cosa pero recontra cargado. Tenía 33 de oro. Había repartido yo y la mano la tenía el Conejo. –¡Envido! –contestó Modesto. –¡Falta envido! –se precipitó Ignacio. La jugada, arriesgada para la altura del partido, captó la atención y los borrachines se amucharon alrededor de nuestra mesa. La Mona abandonó su baile para levantar apuestas antes de que la dupla rival diera su respuesta. En cuestión de segundos habían juntado más de 100 mangos. La agitación subía de tono, con acusaciones cruzadas de borrachera prolongada. El Loco Diego subió la apuesta y puso 50 a favor nuestro, quizá abonando una reconciliación con Ignacio, que le había arrimado el bochín a su hermana y desde entonces la cosa estaba tirante. La presión se nos fue a las nubes. Ya estábamos jugados. Ignacio movió apenas su boca para evitar reírse. Quiso demostrar que estaba muy seguro de su victoria, esa que se cuentan por años y años: el día en el que destronamos a la vieja dupla Modesto-Sarmiento. Nos esperaba una gira por los clubes del resto del pueblo, en búsqueda

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de nuevos desafíos truqueros. El grito de “¡quiero la reputa madre!” empastado y bordó del Conejo hizo que se me fruncieran las gambas. Vi cómo se movían sus labios y la incontinencia salivosa salpicaba la mesa formando en mi imaginación un 33 que nos cagaría la vida. O al menos ese momento. “¡33! ¡Y de mano, carajo!”, completó Sarmiento y la Lona Verde estalló. Me quedé perplejo pero entendiendo en cuestión de segundos la maestría de generar expectativas, el manejo preciso de los tiempos y del público, la especulación de la apuesta para financiar los vinos de las próximas dos o tres horas. El arte de dos borrachines insondables. Ignacio se tomó la cara y no salía del estupor. Se nos terminaba la noche y teníamos que patear la vuelta sin un peso en los bolsillos. Todo por las putas cartas. Traté de hablarle en medio de los gritos que retumbaban en la Lona Verde, pero mi mirada se trasladó imantada al fondo donde estaba la barra: el Loco Diego estaba quieto, callado y sus ojos verdes cambiaban con velocidad al rojo de la furia. Había perdido 50 pesos y nosotros éramos los culpables. –Boludo, despabilá ya, ¡ya! Diego… ¡Diego nos mata! –le grité a mi amigo. –¡Y encima me comí a su hermana! –confesó idiotamente a los gritos Ignacio, mientras el Loco manoteaba el Tramontina para cortar fiambres que tenía en el mostrador y lanzaba un grito gutural de mamut enardecido. Solo atinamos a correr. Diego iba detrás armado con un cuchillo jurándonos todo tipo de muertes indeseables. Corrimos por la misma vía por la que habíamos llegado al bar, ahora sin poesía de farolas humeantes y bellos inviernos pueblerinos: un loco suelto estaba dispuesto a saciar su frustración por el dinero mal apostado y el orgullo familiar perdido a cambio de un par de puntadas en nuestros cueros. Esa noche fuimos velocistas olímpicos. Lástima que nadie nos tomó el tiempo. Corrimos hasta que dejamos de escuchar los gritos del Loco Diego. Corrimos hasta dejar el miedo atrás.

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Estrellas fugaces Ignacio Montoya Carlotto

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Guille Llamos


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uno de esos ciudadanos del mundo que ha parido la bien argentina tierra salteña, Timoteo “Dino” Saluzzi, lo he escuchado decir más de una vez en sus conciertos que “la música es un milagro”, y no se refiere a lo extraordinario de su fenomenal hechura o ni siquiera cómo el hombre ha descubierto desde mucho ya cómo hacer del silencio, con sonidos y silencios, un latifundio que no existe en la naturaleza, algo que quizás se pueda atribuir como el mejor –sino el único– invento de la humanidad. Dino se refiere en sus dichos a la intención de comprender la música como un ser vivo, cual una criatura especial y única que se da en aparecer dichosa solo cuando un instrumento infla el pecho, o cuando una bordona tensa su alma interna en el temple justo y ahí se queda un rato mágica y única. Porque hacer la música, hacerla como el amor se hace, no es insertar una afinación correcta en una métrica estable, ni tampoco es, sabiendo los artificios de la profesión, acomodar sonidos en escalas temperadas y realizar arquitecturas numéricas que den como resultado una prolija producción de reglas y estilos, no: la música es (según Dino y muchos más) un milagro, que como buen milagro, es cuanto menos esporádico, que es tan esquivo y tan melindrosamente selecto con sus receptores, que facilita con su sola visita, un equilibrio al mundo. De pronto puede darse a ver o mejor dicho darse a oír, ante el mayúsculo y mejor de los intérpretes o ante un acalorado beodo en una peña pampeana, a veces es extrovertido ese don y aparece en lugares concurridos a la certera cuenta de la oportunidad mejor del músico, y otras es introvertido y solo y se da en el cuarto más rehuido de un estudiante de música para alentarlo a más. Así es por esto que quienes entienden y saben del don lo sienten cuando está, lo ruegan para los conciertos mejores y las grabaciones oportunas, lo pedimos, si… pero no hay recetas, así de huidizo/a es y sabemos a nuestro pesar que ahí descansa su mayor encanto, día a noche cientos de miles de músicos en el mundo afilan su espíritu y entonan sus dedos pidiendo por eso que pasa cuando la música pasa. Lo realmente extraño sucede luego de que sucede, cuando ha entrado la música como un sopor por sobre uno de nosotros y ha levantado los dedos de los lugares incorrectos y se la ha demorado las notas adelantadas para que estén perfectas, ha estado en la garganta del cantor entonando y tensando, en el ritmo mejor y ha reposado en la concentración del que oye, ahí la tenemos sublime e indiscutible. Siempre queremos que vuelva, se torna ya como una droga que no se compra en ninguna tienda. Todos los músicos del mundo pensamos que hay unos pocos músicos que invariablemente llevan el don a su lado, que en todas y cada una de las veces que recorren los teclados, entonan las frases o plasman pentagramas futuros ahí está… pero no, todos los músicos también sabemos que no es así, aún los que siempre esperan pacientemente con todo su talento de prosa y de pluma, con sus miles de horas de práctica en taburetes incómodos, perpetuamente han de depender de esa merced esporádica y socialista como no hay otra, que aflora sin razón aparente, es el día y la noche de hoy y la de mañana de mañana donde cada artista enfrenta ese miedo, el miedo no ser rozado ni siquiera por la cola lejana de la estela de esa estrella fugaz que es la música.

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El guiso Ignacio Porto

AndrĂŠs Fuschetto

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brió los ojos. La mirada acuosa le daba una sensación de irrealidad.

El olor a excremento y el aire viciado no la dejaban despertar del todo. El calor perpetuo y embotante le apretaba la cabeza. Esa vieja cocinaba siempre para su hermano. Siempre él, siempre. Sentía lástima por él, por su degeneración en eso que vivía en la inmundicia. Sentía envidia de que pudiera saciar su glotonería. Fue a buscar más leña fuera; la noche la trató con odio. Tenía que alimentar con madera el horror que bullía adentro, no hacerlo significaba una muerte. El frío la invitó a rendirse; los ruidos involuntarios de dentro le pidieron quedarse. El cuerpo de Johannes, su hermano, había adquirido proporciones enormes. Comía todo el día un guiso gris que la mujer le daba. Al principio ella también lo había comido, pero pronto, cuando recuperó sus fuerzas, ese alimento le fue negado. La niña hacía los quehaceres que la mujer le daba: recoger la leña, buscar ciertas bayas o plantas; todas iban a parar a la marmita siempre hirviendo. Ese objeto parecía contenerlo todo y devolver pequeñas porciones de esa totalidad inexplicable en forma de cuenco. El niño comía ese guiso todo el día; a veces la mujer le daba dulces caseros que ella misma preparaba; pero no a Margarete, nunca a ella que recibía cortezas de árboles o pedazos de fruta. Roía los huesos que le tiraban como un animal; sorbía con avidez esa limosna ósea. Con el rigor del hambre y el trabajo, el cuerpo de señorita que estaba empezando a florecer se convirtió en algo indefinido y nervudo. Mientras tanto, su hermano ganaba en volumen y flacidez. Su cuerpo, que estaba casi inmóvil por orden de la mujer, tenía la piel blanda sin forma: parecía un gusano de los que se encuentran en la humedad bajo los troncos podridos. Ya no recordaba hacía cuánto tiempo estaban allí, en medio de la nada con esa mujer. Ella los había encontrado perdidos y fugitivos, y sin hacer preguntas los había recibido en su hogar. Los alimentó y los trató amablemente, hasta había tratado un corte en el pie de Johannes que supuraba y tenía olor fétido. Ahí fue cuando le indicó reposo a su hermano, y le tocó a ella el compensar las atenciones recibidas con trabajo.

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Johannes tenía que permanecer dentro recuperándose, parecía que el corte era grave y profundo, y solo las atenciones constantes de la mujer podían evitar la gangrena. La niña trabajaba desde que se levantaba hasta el ocaso, cumpliendo todas las tareas que la señora le daba, aún las que no entendía; especialmente esas. Margarete había encontrado a la dueña de la casa cantando canciones que no comprendía; en ocasiones la había visto susurrándole cosas a una bellota, o hablándole a la oscuridad. Esto le daba una profunda necesidad de fuga, pero ¿dónde iría? ¿Cuál sería el camino a cualquier lugar? Lo que fuera su hogar ya no existía; para ninguno de los dos. Y la inmensidad de todo lo que no conocía la ataba a allí, a ese fuego con ese guiso gris siempre burbujeando. Una noche de verano la mujer le dio un palo a Margarete y le dijo: –Esto es una vara de sauco, ve al arroyo y golpea suavemente las piedras que encuentres que te llamen la atención, bebe el agua de ese arroyo. Pasa ahí la noche. Mantente en silencio. Y por ningún motivo vuelvas a la cabaña hasta que el sol esté en el cielo, ¿comprendes? Con la vara nada te pasará. Duerme tranquila entre esos árboles, que llevas mi vara y este es el bosque que yo habito. La joven intuía que había algo superior y oculto en todo eso, pero hizo lo indicado de todas formas. A la mañana siguiente volvió y encontró a su hermano durmiendo mucho después de lo habitual. La mujer no estaba, le tocaba a ella reanudar los quehaceres de la casa. Su estómago le pidió alimento. En un rincón estaba el guiso caliente, el olor le abrió más el apetito. Se acercó a la marmita, las burbujas subían pesadas, el hambre le atacó el cuerpo. Un solo cuenco, nadie lo notaría. Uno solo para calmar ese casi dolor. Mientras se disponía a servirse escuchó a su hermano entre sueños, vio su cuerpo gelatinoso temblar involuntariamente. No. No sería como él. Además ELLA sabría. Era su guiso y su casa. Decidió mascar unas bayas y dedicarse a las tareas de siempre.

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Las estaciones se fueron sucediendo; Johannes había ganado en volumen y tamaño, su rostro cambiado de ojos enrojecidos, la respiración fuerte y dificultosa. Su expresión perdida solo ganaba conciencia cuando ELLA lo llamaba. El pelo ahora en todo el cuerpo del varón le daba un semblante extraño. De él manaba un olor acre y fuerte. Ya solo contestaba con gruñidos, y evitaba siempre los ojos de Margarete. Comía con voracidad, sin miramientos por ningún tipo de pudor. Cuando lo dejaban solo en la cabaña, Margarete se acercaba y a escondidas lo veía olisquear el aire como buscando algo y sollozar. Las indicaciones nocturnas que Margarete recibía eran ya casi diarias, una más incomprensible que la anterior: silbarle a un árbol, o quedarse inmóvil junto a una piedra, o aplaudir en un pozo, Margarete las hacía todas; si bien tenía ese frío en el estómago era cada vez menor, como si se hubiera acostumbrado a estar sola en el bosque. Una noche, aburrida e intrigada, decidió volver a la cabaña para ver qué sucedía allí. Despacio, y sin hacer ruido, se acercó: ni el vuelo de una mariposa hubiera pasado más desapercibido; parecía que las acciones incomprensibles habían dado fruto. La luz interior se volcaba por la única ventana hacia el suelo. Contuvo la respiración y miró.

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En la pared vio el movimiento acompasado de un monstruo hecho de sombras. Una araña humana ocupaba la sala, se movía sin ir a ningún lugar, emitiendo sonidos inentendibles, como una invocación. No entendió o no quiso entender. Volvió al arroyo, y entre el silencio de afuera y el silencio de dentro, trató de no pensar. A partir de esa noche su hermano comenzó a estar fuera parte del día, y llegaba solo por la noche a la casa, justo cuando Margarete debía partir. Un atardecer, mientras la joven preparaba leña para el fuego nocturno, escuchó a su hermano venir a lo lejos, éste siempre entraba rápido sin dar cuenta de ella, pero esta vez se detuvo un instante a verla. Soltó un gruñido en forma de saludo y continuó. Margarete pronto notó que la mirada de saludo y reconocimiento de Johannes era distinta, algo en él había cambiado. Una suerte de hechizo urdido con mucho más que un guiso controlaba a su hermano. Un ser que solo existía cuando ella no estaba, poseía la casa y dirigía las acciones de todos. No eran ideas suyas, no. Tenían que salir de ahí ya mismo. La señora los había recibido con candor; pero ahora una nube de intenciones les impedía irse. Johannes tenía una fijación inexplicable con la mujer, ¿cómo era que su hermano no la veía por lo que realmente era? La marmita era una boca horrorosa; Margarete sabía de su siniestra promesa. Había que salir. Ya. Ayer. La noche anterior su hermano la abofeteó por susurrarle la idea. Él estaba perdido. Ella se largó a lo desconocido. El hambre y el cansancio no eran peores que los que había sufrido en la cabaña; la joven estaba al fin libre de ese frío que atenazaba su estómago; sola con su propia vida. Vagó siguiendo el vuelo de las aves, o el movimiento de algunos animales. Una mañana, mientras se acercaba a un arroyo, escuchó una canción incomprensible. Agachada en la orilla estaba ELLA.

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Tomaba pedruscos y los examinaba, tirando con desdén los que no quería; mientras, la canción que no tenía melodía ni sentido marcaba el ritmo de sus movimientos. Margarete tomó una gran piedra que encontró cerca y como una brisa se puso tras ella. El bosque que llevaba dentro no eran solo pájaros y castores: en esa orilla su bosque interior fue lobo y trueno. Y aquella mujer que invocaba al monstruo de sombras cesó. Manchada con el resultado de su violencia, Margarete huyó. Vivió en el páramo un tiempo impreciso, como infinito. Una tarde, mientras deambulaba por senderos intuidos, se topó con la casa. Allí estaba, igual que la última vez La recordaba más grande y sombría; con la luz del sol filtrada entre las hojas, parecía más bien un esqueleto tambaleante entre los árboles. Entró. Encendió la lumbre. Un poco sin desearlo y otro poco queriéndolo con todo su cuerpo, tomo posesión de la cabaña. Se sentó en una silla y miró la marmita tirada; lo que fuera que tuviera dentro estaba ahora desparramado en el piso; seco y endurecido el guiso que supo contener al mundo ahora parecía piedra. Vacía pero no rota, la gran olla tenía dentro preguntas que responder; esa boca negra parecía pedir que la volvieran a usar. Salió a la puerta y gritó algo indefinido, algo que había aprendido viviendo entre los árboles y los pájaros. Mientras miraba el fuego se escuchó un rumor a lo lejos. Su hermano no tardaría en llegar. Por primera vez desde que habían sido expulsados de la casa que los vio nacer se atrevió a llamar a su hermano como lo hacía cuando niños.

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Piel de Irma Juan Duacastella

Felipe Romero Beltrán

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o venía trabajando hace ya un tiempo en la fiscalía, haciendo visitas a domicilio a personas con libertad condicional o temas similares, gente que tenía prisión en suspenso, o que debía realizar tratamientos o tareas comunitarias a cambio de no ir en cana, una especie de psicólogo puerta a puerta para los que habían salido de la cárcel, o para los que habían zafado de ir. Era un buen trabajo para un pibe recién recibido como yo. Me la pasaba en la calle lejos de mis jefes, podía leer todo lo que quisiera en los viajes en colectivo por la ciudad, escuchaba la radio y usaba el tiempo a mi antojo. Además, me daba un cierto roce con el mundo del hampa que, a mi edad y siendo hasta entonces un poco verde, me hacía sentir parte de algo serio y peligroso que de algún modo me envanecía. Visitaba cárceles y comisarías, iba a la casa de tipos que me contaban cómo ejercían su arriesgado empleo de piratas del asfalto, o pibes que me enseñaban su colección de fierros como si se tratara de un álbum de estampillas o monedas antiguas. También atendía un montón de casos menores basados en tonterías, peleas entre vecinos, problemas de convivencia que iban creciendo hasta llegar a un paroxismo ridículo que finalizaba con la intervención del 911. El caso de Irma era uno de estos. Había sido denunciada por golpear a su vecina con un zapato y, leyendo el expediente, me enteré de que durante la audiencia oral la vecina agregó que estaba segura de que Irma había matado a su gato con veneno aunque no podía probarlo. A mí todo esto me divertía. Era una viejita de ochenta años que vivía sola en un ph al fondo, en el barrio de Almagro y, en atención a su edad, me fue indicado que la visitara cada quince días.

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Tengo que decir que estaba en una época un tanto insalubre de mi vida. Recién separado, deprimido, con problemas para encontrar un espacio para ver a mi hijo, básicamente dueño de un desorden generalizado que incluía falta de sueño, algún vínculo conflictivo con los excesos semanales y problemas de alimentación. Era medio un despojo, pero como era joven, podía lavarme la cara a la mañana, excederme con el café y los puchos que me arruinaban el estómago y salir a laburar con ojeras y despeinado, como si nada. El asunto es que venía con la guardia baja, mal dormido y a los apurones cuando llegué a lo de Irma. Apenas ingresado a su casa me di cuenta de que había algo raro en el ambiente, y una pequeña alarma se encendió dentro de mí, como un latido sutil de desconfianza. No eran solamente los muebles viejos, ni la ostensible capa de polvo que cubría todo. Tampoco la oscuridad del lugar o la falta de aire. Había entrado a varias casas de viejitos que habitaban en las mismas condiciones y no me generaban la sensación de incomodidad que estaba sufriendo en ese momento. Era algo más, algo que flotaba en el aire, un peligro tácito que no podía descifrar. Por suerte Irma había tomado rápidamente la iniciativa en la conversación y creo que no la abandonó nunca más. Así que mientras yo trataba de adivinar por dónde venía esa sensación, Irma caminaba y hablaba sin parar, a los gritos, golpeando con los puños la mesa, insultando a su vecina y a la justicia. Era notable, caminaba como una ciega por un living sobrecargado de sillas, banquitos, mesas ratonas, veladores de pie, revisteros, paragüeros. En zig zag iba y venía y yo estaba quieto, observando todo con un poco de intriga pero también algo divertido hasta que me vino la idea de que lo que me incomodaba era una especie de error en la matrix, una extrañeza del tiempo, como una pequeña falla en el funcionamiento del universo dentro de ese living. Parecía que todos esos objetos estaban así dispuestos, en el mismo exacto lugar, mudos desde hacía cientos de años. Que todo estaba intacto, literalmente, o al menos inmóvil. Daba la sensación, en definitiva, de que el tiempo se había detenido en algún momento en esa casa y que Irma había sido incapaz de ponerlo de vuelta en marcha, como un viejo reloj que tiene demasiadas piezas para intentar repararlo. Volví a mirar a Irma, esta vez a los ojos. Miré el empapelado amarillento y raído de la casa, los cientos de mueblecitos que interrumpían el paso y sentí miedo por primera vez en el día. Era el decorado de una película de terror. Las cosas se complicaron más cuando le dije a Irma que tendría que verla cada quince días. Se puso a gritar de nuevo, indignada porque lo consideraba una afrenta a su moral, ¿cómo iba a ir la justicia a controlarla en su propio hogar? ¿Y la fulana de al lado, que lleva tipos distintos todas las noches, y tiene un montón de gatos que invaden su patio, y hace ruidos y empuja muebles que hacen chillar el suelo a cualquier hora de la madrugada? ¿A ella no la van a investigar? ¿Y las macumbas que hacen, los gritos y las burlas que sufría a diario?

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Era un discurso que podía seguir horas y horas sin extinguirse. Yo estaba sentado en un sillón, calladito, Irma caminando a gambeta viva entre los muebles de su living, hablando de su vecina, de su honor manchado y de la vergüenza que sentirían sus padres si se enteraban de eso. A mis pies tenía dos perros pekineses del demonio que me taladraban los oídos con unos ladridos afilados como navajas. Mentalmente me imaginé tomando carrera y cruzando a los perros hasta la vereda de enfrente de una patada. Para cortar con el malestar que se empezaba a hacer un poco aterrador, le propuse a Irma que se sentara y me contara el problema desde el inicio, lo cual era un modo bastante habitual de mover el eje de la discusión: darle al damnificado la posibilidad de contar su visión del asunto, oportunidad que muchas veces no había tenido frente al juez y que sirve, como cualquier relato, a modo de ordenador mental. Pero Irma contragolpeó. Primero me obligó a tomar un mate horrendo, repleto de yuyos y azúcar que fue directo como un río de lava hasta mi estómago ya dañado por libaciones de la noche anterior. Por un segundo flasheé que me iba a envenenar onda Yiya Murano, pero enseguida me di cuenta de que tampoco iba a poder negarme a tomar ese mate así que lo bebí con los ojos cerrados, sufriendo. Luego Irma se puso a contar la historia de su vida, una historia desordenada y repleta de reivindicaciones sobre sus padres, a quienes mentaba con nombre y apellido completo, golpeando el puño sobre la mesita ratona con fuerza: el señor Esteban Reimis, mi padre, un verdadero caballero ¿entendés? (golpe a la mesa), me educó bien no como esa fulana de al lado (golpe), una verdadera atorranta maleducada (otro golpe), y yo me sobresaltaba con cada puñetazo mientras me negaba en vano a aceptar otro mate. Por lo que pude entender de la charla, el padre de Irma había sido militar, pero además un eximio cazador y deportista, que había entrenado a Irma con puño de hierro en todos los deportes llegando a ser ella campeona “de bicicleta, de vóley, de lanzamiento y de karate”. Dos o tres veces me señaló: mi madre me educó como mujer, pero mi padre me educó como hombre. Y acá estoy, ochenta años sin un solo problema con la justicia hasta que aparece esta meretriz de al lado y me denuncia. Y ahí arrancaba de vuelta con todo el discurso. Yo aprovechaba esos largos monólogos para ojear un poco el living, que tantas cosas tenía para curiosear. Había fotos de quien seguramente era su padre: un hombre alto y flaco, barbudo, que vestía trajes de montar y chaqueta cazadora; fotos de su padre en uniforme militar, de joven, con su madre, esas fotos con fondo blanco y gris que parecen pintadas; otras donde estaban caminando del brazo en la rambla de Mar del Plata. Y además había una multitud de adornos curiosos, como pequeños cañones de bronce sobre pies de madera; o mangrullos militares tamaño maqueta, pequeñas torres de observación; y decenas de esas estatuas de corte naif que representan a niños vestidos de marineros, que caminan del brazo de niñas con hoyuelos y sonrisas bondadosas; niños que tiran de una bomba de agua mientras otros sostienen el balde y sonríen; niños que ensayan una pose de tímida ternura mientras enseñan sus mejillas rosadas. Detrás del living se veía un arco que iba hacia la cocina y un pasillo que llevaba a lo que supongo que eran las habitaciones. Una pequeña puerta, en el living, llamaba mi atención poderosamente. Era una de esas puertecitas que están camufladas en la pared y mantienen el mismo

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empapelado que el resto de la sala, de manera tal que a primera vista es difícil distinguirlas. Volví a enfocar mi mente en Irma. Mi plan en ese momento era seguir escuchándola con la mente en blanco un rato más y luego ensayar una decorosa retirada, pero justo en el momento en que estaba evaluando esa chance, mi estómago comenzó a hervir. Era ese mate espantoso. Sentí la náusea subir por mi esófago ardido, incontenible, y me di cuenta que era imperioso correr al baño para evitar una desgracia. Levanté la mano para interrumpir a Irma pero no podía siquiera hablar. ¿Qué me pasaba? Hice un gesto y apunté hacia donde creía que estaba el baño, ya no me importaba lo que pudiera pensar Irma. Llegué de milagro al inodoro con el tiempo justo para iniciar una serie de vómitos imparable y caudalosa. Jamás me había pasado algo así. Pensé que Irma iba a golpear la puerta para ver qué me sucedía pero jamás lo hizo. Yo continuaba con mis evacuaciones; era como si todo mi ser quisiera escapar por mi garganta; estaba claro que algo malo me pasaba. En una pausa entre los vómitos, mientras me secaba el sudor helado con un poco de papel, escuché que Irma se reía y el miedo me sacudió el cuerpo una vez más. ¿Se reía de mí? Al rato escuché otras voces y me di cuenta de que estaba viendo la televisión. Debía ser eso. Tenía que ser eso. No te persigas, me repetía. Pero no podía abandonar el baño. Empecé a sentirme afiebrado y no paraba de transpirar. No sé cuánto tiempo estuve ahí pero fue muchísimo más de lo normal, lo suficiente para que cualquiera se preocupara y preguntara si estaba mal, si necesitaba algo. Pero Irma no hizo nada. De fondo seguía sonando la televisión y cada tanto soltaba una carcajada estrepitosa que sacudía las paredes. Después de un tiempo considerable que yo calculé fácil en más de media hora logré salir del baño, pálido, temblando, sudoroso y mal abrigado. Para mi sorpresa, Irma dormía en el sillón con la televisión apagada. Entendí que debía irme lo más pronto posible y agarré mi mochila para encarar hacia la puerta. Los pekineses me rodearon el paso gruñendo. La puerta estaba con llave. ¿Qué hacía? No quería despertar a Irma por ningún motivo. Busqué con la mirada y vi el portallaves colgando al lado de la puertita empapelada del living que antes había llamado mi atención. Esta parte es difícil de explicar sin que me juzguen mal. Quisiera transmitir la sensación del momento. Irma dormía en el sillón, roncando atronadoramente como la directora de la película Matilda. Yo estaba un poco mareado y descompuesto, con esa languidez post vómito que es muy parecida a la borrachera. Los pekineses rascaban la puerta secreta y me miraban con ojos de muñeco invitándome. No me pude contener. Adentro había un pequeño estudio con un escritorio antiguo y una biblioteca polvorienta que me impulsó a dar un paso más. En la pared donde estaba la puerta, la que miraba de frente al escritorio, había una serie interminable de cabezas de animales: jabalíes, llamas, pumas, ciervos, carpinchos, nutrias, castores… jamás había visto tantos animales así. En una de las paredes laterales había también exhibida una colección de escopetas, rifles, fusiles, pistolas y como sea

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que se llamen, cualquier cantidad de armas. Caminé delante de las paredes como un zombie, leyendo las pequeñas esquelas que indicaban la procedencia de cada objeto, estaba en trance, sería el malestar mío o el veneno que Irma me había puesto, o las drogas de anoche que revivían en mi organismo, pero no podía dejar de mirar cada objeto hasta el más mínimo detalle. Y la voz dentro de mí que otra vez me decía que estaba mal, que tenía que irme, que no tenía permiso, que estaba en peligro. Sobre el escritorio había un portarretratos familiar donde se veía al padre de Irma sonriendo, con un revólver en la mano, a la madre con expresión de haber llorado hace poco, y a la pequeña Irma vestida completamente de varón, con pantalones cortos, camisa y corbatín, sosteniendo un rifle que la superaba en altura. Era todo muy extraño y dejé que el tiempo se me fuera revisando obsesivamente cada detalle, cada foto, cada libro de esa habitación prohibida. Había pasado un rato largo cuando escuché cómo Irma se levantaba del sillón y el terror se apoderó de mí completamente. ¿Qué haría? No podía explicar por qué aún estaba ahí, y no llegaba a tiempo para volver al baño y fingir que nunca había salido sin que me viera. La escuché farfullar algo e insultar a sus perros mientras avanzaba hacia la habitación donde me encontraba. Miré hacia todos lados y en un lapsus de desquicio tomé la única decisión posible y me encerré dentro del ropero justo antes de que Irma abriera la puerta. El ropero tenía muchos abrigos colgados, abrigos de piel y de cuero, y un orificio con rejilla para dejar salir el aire y la humedad. Por esa rendija pude ver a Irma que daba una vuelta por toda la habitación, rodeando el escritorio, como controlando que nada estuviese fuera de lugar, que todo estuviese como ella lo había dejado, como sus padres lo habían dejado. Que todo estuviese muerto, pensé desde el ropero. Finalmente salió y escuché su voz del otro lado, en el living, su voz que no paraba de insultar, a los perros, a la vecina, a lo que sea. Era evidente que no le llamaba la atención mi ausencia y decidí que probablemente con la siesta se había olvidado de mi visita. Eso me tranquilizó por un momento aunque ahora la duda era cómo iba a hacer para retirarme de su casa sin que me viera. El plan que esbocé en las siguientes horas que estuve en el ropero era esperar a que Irma volviera a dormirse o se fuera de la casa en algún momento y ahí tomar la llave de la pared y correr hacia afuera, al pasillo del ph, y luego a la calle. La última chance que se me ocurría era salir de la cocina hasta el patio y de ahí caminar por la medianera hasta donde pudiera. Mientras tanto, adentro del ropero empecé a tener cada vez más frío, tenía solo una camisa y debajo una remera, había entrado a su casa apenas pasado el mediodía y mi reloj decía que eran ya más de las cuatro. Además me sentía afiebrado y tiritaba sentado, abrazado a mis rodillas, preocupado de vuelta por mi salud. ¿Estaría en verdad envenenado? ¿Y si la vecina decía la verdad? ¿Si Irma había matado a su gato con veneno, podría haber hecho lo mismo conmigo? No recordaba a Irma haber tomado del mate que me sirvió pero… traté de apartar esas ideas que no me convenían para nada. Además yo mismo había tenido una noche repleta de motivos para estar descompuesto. Pero no podía eludir el frío que aumentaba y después de un rato de castañear los dientes descolgué un abrigo del ropero y me lo puse. En la total oscuridad no pude elegir bien pero parecía ser de mi talle y además era abrigado. Ya solucionado ese

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tema me acerqué a la rendija de espionaje y vi que la puerta que daba al living seguía abierta. Cada tanto veía a Irma ir y venir, hablando con nadie y dándole patadas a los pekineses que la hacían tropezar. Conforme avanzaba la tarde me di cuenta de que la situación lejos de mejorar empeoraba. Irma estaba entrando en una especie de brote. La veía cruzar brevemente por la puerta del estudio, iba hablando sola, en voz alta, hablándoles a sus padres de a ratos, como si realmente estuvieran allí, fantasmales, en algún rincón de la casa, rezando el rosario a los gritos por momentos, insultando a la vecina con la mirada perdida. Yo me sentía agotado, me dolían las articulaciones, el cuello, me ardía la frente y tenía la garganta seca. Empecé a dejar de prestar atención a lo que hacía Irma y a dejarme llevar por la fiebre, sentado en el fondo del ropero, con la cabeza entre las rodillas, abandonado un poco a mi suerte. Cuando me desperté habían pasado un par de horas porque se notaba que afuera era de noche. La fiebre había bajado un poco y sentía que mi lucidez volvía. Estaba empapado dentro del abrigo que me había robado así que se me ocurrió cambiarlo. Antes de llegar a eso, me asomé por la rendija y miré por unos minutos con la intención de saber qué hacía Irma, pero no logré verla; aunque afinando el oído, después de un rato de calibrarlo con los ruidos de la casa y los pekineses que rasqueteaban el piso al andar, descubrí su voz que daba vueltas murmurando por algún rincón de la casa. Intenté descifrar lo que decía pero era imposible. Lo más perturbador era que parecía estar hablando con alguien. Esto pensaba mientras me disponía a elegir un abrigo mejor, tocando con la mano las diferentes texturas que colgaban de las perchas, hasta que llegué a los que parecían hechos con alguna piel de pelo muy suave, y por un segundo el miedo me dio un respiro para imaginarme vestido con un tapado de esos. Afuera Irma seguía con ese ritmo de palabras que parecían responder a una conversación y yo descolgué una de las pieles, aunque para mi decepción era muy pequeña para ponérmela. En verdad parecía más una bufanda que un tapado, o una de esas pequeñas capas de piel que se llevan sobre los hombros. En ese momento la voz de Irma aumentó su volumen y sucedió algo que me heló la sangre y que jamás olvidaré: escuché la voz con la que conversaba. Juro que intenté pensar que era la televisión, como una última chance de donde agarrarme para no perder la compostura. Pero la voz subió su volumen y repitió claramente la misma frase: hay alguien en la casa. Enloquecí. Abrí la puerta del ropero y salí al estudio, la luz amarillenta de lámpara colgante me hizo pestañear por un segundo, tal vez la fiebre o las horas quieto me hicieron tambalear. No me importó nada más, caminé hacia el living como un poseso y llegando a la puerta que salía del estudio me encontré frente a frente con Irma. Nos miramos en silencio un segundo, pensé que Irma iba a gritar pero en lugar de eso me miró fijo, asombrada, como recalculando algo que no podía entender, y antes de que pudiera decirle nada o incluso correr, se dejó caer de rodillas y rompió en llanto, desesperada, tratando de abrazar mis piernas. Entre lágrimas y mocos, mientras tiraba de las botamangas de mi pantalón, entendí que decía: no me dejes por favor, fui buena hija, no me dejes.

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Tuve un segundo para verme en el espejo, llevaba la chaqueta militar que su padre usaba en la mayoría de las fotos, y con la poca luz y la barba yo mismo me sentí parecido. En la mano, apretada con toda la tensión del miedo, tenía aún la piel que había tomado del ropero. Era la piel de un gato atigrado y gordo. Me deshice de su abrazo con un movimiento de las piernas y tomando la llave de la pared me dirigí hacia la puerta y salí por el pasillo hasta la vereda. Dejé de correr muchas cuadras después y tiré la piel del gato en un contenedor de basura.

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Presento a mi familia Patricia González López

Jade Sivori

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l miedo no es joda. Estuve veinticuatro años sin vivir, fue por miedo. Si el miedo paraliza es porque te saca de tiempo. O estás colgado del pasado o comiéndote las cutículas por el futuro; es decir, estás entre dos irrealidades. Si tenés miedo, solo tenés miedo, por más que hagas otras cosas en simultáneo: comer, beber, hablar, chatear, bailar. Pero además, el miedo tiene hijos, una familia de palabras que “le salieron” torcidas: inventar, mentir, envidiar, comparar, celar. Y hasta donde sé, el miedo no toma anticonceptivos así que puede seguir pariendo las actitudes y realidades más temerosas hasta que le agarre la menopausia (y siga teniendo relaciones pero sin riesgos de reproducción de la especie). Mi primer miedo fue a seguir siendo pobre. Este primer tramo tuvo varios condimentos, por ejemplo, la aceptación-no aceptación de mi historia por miedo a la discriminación; mi vida era como una pieza de sushi mojada en salsa de soja; pero agria y fea. En el jardín no decía que mi familia era de Paraguay, decía que yo era bilingüe, y enseñaba palabras en guaraní que no sabía. Tampoco decía que era guaraní, sino que era inglés, no vaya a ser que no me aceptaran mis compañeritas de preescolar del General Las Heras. Fui creciendo, el miedo a seguir siendo pobre mutó en pensar a mis ocho años en ahorrar guita para comprarme una casa. Quería actuar en las novelas de moda porque además de la fama, me imaginaba que las actrices ganaban más dinero que mamá, por ejemplo, que era empleada doméstica, cosa que no decía, salvo a la gente que me conocía bocha. No vaya a ser que no me aceptaran. Fui creciendo, empecé a salir con pibes, y mi familia, mi barrio, jamás eran tema de conversación. Una vez un novio que tuve me dejó porque sintió que “no podíamos hablar de todo”. Me preguntó de qué trabajaba mi vieja y no le respondí por vergüenza. Eso fue un poco antes de cumplir veinticuatro.

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En ese punto, en mis orígenes, siempre reinaba la invención, la hija mayor del miedo, melliza de la mentira, claro está. Mamá siempre trabajó “en una fábrica” (no limpiando en una fábrica). Yo vivía en el oeste, a veces en Ituzaingó, a veces en Morón, a veces cerca de Padua (no en Los Aromos, Libertad, Partido de Merlo: calle de tierra, sin gas natural, agua de pozo). No invitaba a mis amigos a casa porque “estaba en obra” (no sin terminar, sin ducha, sin mochila en el inodoro, sin comodidades). De chica, en algún momento viví en Capital (no en la villa Cildañez, a metros de la avenida Escalada, frente a la autopista y el 141 a varias cuadras, para llegar al jardín). El miedo nubla la vista, para adentro y afuera. Todo pasa a ser increíble, nuestras partes piolas, las partes piolas de los otros, no confiás o pensás que todo puede ser mentira a la vez una misma es una mentira, atajada, contenida, densa, pesada, delirante. El olor a miedo se siente. Dicen que el olor a chivo, el olor a pata, es por el miedo a los demás; creo que no fui tan miedosa como otras personas que he conocido, pero sí identifiqué mis miedos cuando largué los peores olores. Y el miedo, en este sentido, repele. Mis miedos, mis olores y yo tenemos un diálogo psicobiofisiológico donde nos vamos contando lo que pasa. Y todo esto tiene, tuvo un denominador común, que es una profunda infelicidad. El querer agradar se huele y no agrada, el querer retener se huele y no retiene, el querer ser y no ser se siente y aleja, no cierra por ningún lado. No cerramos por ningún lado cuando tenemos miedo, no abrimos por ningún lado cuando tenemos miedo. Fui creciendo, en la misma medida el miedo a no ser querida, y su hija comparación. El miedo se ramificó y empezaron a surgir más específicos. Miedo a ser descartada, entonces celos. Miedo a no ser atractiva, entonces envidia. Miedo a no saber coger, como si alguien supiera cómo se hacen esas cosas. El miedo me llevaba de un tirón al cordón umbilical y andaba ahí, doblada en el vientre de mamá, llorando, con algún drama: “por qué no le caigo bien a fulanito”, “por qué no me quiere menganito”. Pero la tragedia siempre es culpa del que se miente, y el que se miente lo hace porque, en general, le da miedo asumirse. Cuando empecé a hablar de mi vida sin miedo, cambió la historia. No en el sentido de “mi vida ha cambiado” como un milagro sino que todo se fue haciendo más fácil, más tranquilo, más real, de a poco, a paso firme. A medida que las “declaraciones” sobre mi vida “sin tapujos” iban aumentando me iba sintiendo más liviana, menos atajada, con menos miedo. Eso a la vez trajo un cambio de frecuencia y movimientos tectónicos con grupos de amigos, distancias que lamenté hasta decirme ¿por qué quiero ser parte de este grupo de mierda? La onda empezó a ser “mi historia es esta” y hubo personas que se fueron, otras que se quedaron, otras que me quisieron más. A mí también me empezó a caer mal la gente: ahí entendí que todos somos alguna vez pelotudos para alguien, y que no está mal que suceda; que cayéndole bien a todo el mundo me comí varias pestes. También entendí que podía enojarme y expresarlo, ya no tenía miedo de parecer mala o quedar mal. A la vez la presencia de ciertos amigos fue afianzando este cambio, fue transformando el contexto y las situaciones que venían hacia mí como los sanguchitos de miga de Pappo. Por ejemplo, desde que expresé malestar a mi grupo de amigos del colegio por un cumpleaños al que no vinieron, nunca más faltaron, y no solo eso sino que yo tampoco falté a los de ellos y nos vimos más seguido, empezamos a ser aún más amigos. Y el miedo ahí era que no caiga bien mi enojo, dejar de ser la persona más buena del mundo. Y por supuesto, en el terreno de las relaciones amorosas, también se va sorteando a la fami-

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lia del pavor. ¿Cómo coger bien con alguien que te gusta más o menos? Imposible, el monstruo de la vagancia, la falsa onda aflora y se come a todo buen polvo posible. Estar solo con quien me hace explotar las tetas, cambia el miedo por una performance intachable. No tener pánico a lo poco, a lo mucho, a que alguien te guste, a que te deje de gustar te hace más libre. Como dice un amigo “lo que pasa, pasa y está bueno que pase, lo que no pasa es necesario que no suceda”. Esa es una de mis oraciones para fumigar el miedo. Aunque también puede pasar que eso que creíste aprendido se te ponga enfrente para mostrarte que no. Mi último novio, al que más amé y el que más me enfermó (o nos enfermamos), fue la última gota del vaso del terror. Tenía tanto miedo de perderlo que precipité la pérdida, entre otras culpas compartidas, por supuesto. Mi miedo fue tan poderoso que creó realidad. El miedo no te deja huir. Para superarlo, hay que enfrentarlo mano a mano, no con una trompada, más bien con una caricia. Pasando del enrosque a la acción. Y ahí viene el relax, el perfume a todo bien con todo el mundo sin caretearla. Se gasta menos energía, no hablás con gente que no te cabe, te ahorrás simulación, pose, actitudes de mierda, citas frustradas, fracasos amorosos (hasta ahí, hacemos lo que podemos). Y supongamos que atravesamos el miedo, y el resultado final sea que mejoremos. Porque en definitiva, el miedo impulsa, a estudiar en mi caso, a escribir, hacer nuevos amigos, gustar de mejores personas, de ser transparente, pase lo que pase. Después vienen otros miedos y no está mal. Seguro que si se cambia de miedo se cambia de aprendizaje. Porque claro, cuando empieza a ir todo bien, arrancan los miedos del éxito, con la familia del autoboicot, incredulidad, la culpa. Cambia el miedo a ser una perdedora por el miedo al brillo. Dicen que cuando tenemos miedo movilizamos todos los músculos del cuerpo, como al tener un orgasmo. Y después de años sin hacer ejercicio, si tengo algo de tonicidad, es por mis años de temor. Ahora el miedo caducó. Hay que cambiar de emoción, propongo.

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ibeyra nunca entendió por qué tardó en saberlo tantos años, tantos partidos, tantos centros cruzados y tantos buenos o malos goles. La verdad: no se dio cuenta ni el día en que sintió que su corazón subía escalones hasta latirle en medio de las orejas porque los contrarios tenían un córner a seis minutos del final. Tampoco aquella vez en que sospechó con terror y sin fundamentos que el mejor pateador de penales de su equipo iba a errar un penal que, por cierto, no erró. No. Cibeyra recién advirtió todo un domingo de muchas nubes mientras aceleraba los zapatos sobre una vereda del barrio. En la mitad de la cuadra, pasó cerca de dos hombres que no lo miraron y a los que ni miró. Fue un cruce mínimo, que alcanzó para que escuchara como uno le decía al otro lo siguiente: “Me da un miedo bárbaro el clásico de hoy”. Entonces Cibeyra se quedó parado, quieto como solo se está quieto por una revelación o por un calambre. Acababa de descubrir que el fútbol, la más profunda de sus pasiones, le había dado miedo toda la vida. Caminó hasta un bar en el que, entre conmociones, casi pidió el tercer café antes que el segundo. Cibeyra estaba aturdido: se sabía un individuo corriente, que salía cada mañana a andar el día sin que lo condujera el heroísmo pero, a la vez, sin que lo gobernara el temor. Repasó una existencia: la suya. El fútbol lo deslumbró desde chico y fue ese deslumbramiento el que le colocó los miedos más viejos: miedo a que no lo llevaran a la cancha, miedo a que una tormenta frustrara la fecha, miedo a que cambiara de camiseta el mejor jugador de su equipo, miedo a que su equipo tuviera un destino triste. La madurez no le quitó ganas. Pero, según se admitió Cibeyra tragando un café más, tampoco le fugó los miedos: miedo a que se le desvanecieran los recuerdos de la primera tarde en que pisó una tribuna, miedo a ver el partido al lado de un estúpido, miedo a que su padre no lo acompañara más, miedo a que a sus hijos, nada menos que a sus hijos, no les fuera a gustar el fútbol. Cibeyra se confesó que en los tiempos más próximos el fútbol le había seguido provocando alegría, vibración, hasta fe. Y también miedos nuevos: miedo a que sus hijos (que se volvieron hinchas de fútbol) sufrieran más de la cuenta, miedo a no poder pagar la entrada, miedo a aquello en lo que el fútbol se fue convirtiendo, miedo a que al mal juego solo lo continuara el mal juego, miedo a que le rompieran la cabeza, el cuerpo o todo el resto, miedo a estar seguro de que la gloria o el honor ya no importaban, miedo a que el negocio acaparara tanto como para volverlo testigo no de un partido sino de eso mismo, de apenas un negocio. Pagó los cafés, se levantó y salió caminando. Pese a todo, se sentía más calmo. Al cabo, ese día le había permitido conocer más de sí mismo. “Uno es quien es –se dijo–, con su historia, sus amores, su fútbol y sus miedos”. Luego apuró el paso. Es que llegaba la tarde y ya le avanzaba el miedo de perderse, justo él, el clásico de ese domingo.

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Las cosas que no se tocan Julián Marini

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uando naciste en una casa donde se habla de OVNIS como de pagar impuestos, de angelología como de futbol, o porqué los muertos te usan como whatsapp para comunicarse con los vivos al mismo nivel que en otros hogares se charla sobre la última tira de PolKa, el ítem “miedo a lo sobrenatural” está superado. Cuando niño uno no tiene miedo a otra cosa que no sea lo sobrenatural. No tiene miedo a perder el trabajo, a chocar el auto, a que lo roben, a no pagar la hipoteca, que el monotributo se venza, que llegue la factura de gas, que Quilmes pierda la categoría, que Braña se lesione. Mucho menos a la muerte. Es algo muuuuy lejano. De hecho uno tiene más miedo a asustarse, que a lo que le pueda pasar en sí con lo que le tiene miedo, ¿se entiende? ¿No? Bueno, tengo que entregar esto cuanto antes. Si quieren un día nos tomamos un café y les explico. Como bono contribución, les dejo un “Listado de miedos infantiles”: le).

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Payasos (culpa de IT, el Payaso Asesino. Era una araña mutante extraterrestre, pone-

2. Vecina jorobada con poderes mágicos (culpa de abuela que la odia. No devolvió tupper). 3. El Señor de la Bolsa (te lleva, y te come. Una suerte de linyera caníbal inmortal. Culpa del capitalismo. El Señor de la Bolsa es la pobreza. No quieren si quiera sientas misericordia por ella ¿Lo sobrenatural? Es inmortal y caníbal). 4. Valerina amarilla (según la propaganda el trapo toma vida y baila como poseída por la cocina).

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5. El Coco/Cuco (un ente maligno que se esconde en la oscuridad ¿te daña? Nadie lo sabe. Pero asusta). 6. El Mostro de la Ducha (si en tu casa había ducha con cortina, es probable entraras al baño tirando patada de karate para matar al “Mostro de la Ducha”. Nunca encontramos su cuerpo. Pero creemos se regeneraba cada vez que tenías ganas de hacer pis o caca). Prosigo. Entonces, suprimido el miedo a lo “sobrenatural” y con la falta de miedo a “lo concreto” por decirle de alguna manera, típica de la infancia. ¿A qué se le teme? ¿A qué? ¿Eh? Me gustaría saberlo. Aquí la respuesta: a una compleja combinación de ambos terrores, ¡lo mágico y lo real! Algo así como tenerle miedo al cine de Leonardo Favio. Miedo a Gatica o al enano Carmen de “Soñar, Soñar” tal vez. Ser hermano mayor te adosa ciertas responsabilidades, una de las más importantes es tener miedo a todo antes que tu pequeño cofrade de sangre. Entonces, cuando la hermana Mariana temía a las cucarachas voladoras, yo debía explicarle que no eran mostros, sino más bien animales, insectos. Podía tenerle asco, pero no merecían terror. Podía matarlas fácilmente con una chancleta u ojota de goma. Con el tan humano e inconsciente miedo a la oscuridad, lo mismo: “Maru, no seas boba. Si apagás la luz no pasa nada. Mirá, voy a apagar el velador, y no va a pasar nada”. Aunque yo aún no lo supero, y como mínimo dejo el monitor prendido. Es que tengo miedo de despertarme y aparecer en otra dimensión. Sucede que si abro los ojos y no encuentro una referencia de lo cotidiano, dudo de mi existencia, y de la existencia de la realidad. Y pienso a) me morí b) nunca estuve vivo c) soy producto de la imaginación perversa de alguien más. Como buen hermano mayor, cuando la hermana Mariana llegó, yo ya había temido a todo. Era una suerte de súper héroe o amuleto protector para ella. Inclusive en el mar, que sin duda es un lindo ejemplo de esa combinación de lo mágico y lo real. Ella sola no se animaba ni a la orilla, de mi mano iba hasta que sea tan profundo que apenas podíamos hacer pie con la puntita del dedo gordo. Podría asegurar, la hermana Mariana lo mismo, que nuestra infancia fue feliz y sin sobresaltos. Con excepción de dos episodios realmente traumáticos: 1) 1994, Maradona fuera del mundial de USA. Lloré desconsolado una semana. Maradona era muy importante para mí. Era casi un familiar que no veíamos en persona porque vivía lejos, pero que en casa todos queríamos entrañablemente. 2) 1996, la llegada de “El Hombre del Rifle”. Me arrastró hasta el living y me pidió me asome a la ventana. Me preguntó si veía algo,

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le dije que nada. Entonces suspiró “se fue. Siempre hace lo mismo”. ¿Quién? ¿Quién se fue? ¿Quién hace siempre lo mismo? “El Hombre del Rifle”. Me reí nervioso. ¿Qué es el hombre del rifle? “El Hombre del Rifle es el Hombre del Rifle. Nos mira por las ventanas, todo el tiempo. Y espera que no nos demos cuenta. Nos apunta con el rifle, y nos quiere disparar”. Imposible. El Hombre del Rifle no existe. “Sí que existe. Pasa que cuando lo queremos mirar, se esconde. Por eso no lo ves. Él no quiere que sepas que está. Quiere que le tengas miedo para siempre”. Los argumentos de la hermana Mariana parecían sólidos. Por lo menos para mí, que tenía 10 años. Una especie de perverso nos vigilaba con el único cometido de infligirnos terror. Quizás nos quería mutilar, quizás nos quería matar, nada de eso era lo importante. Lo que nos aterraba era su presencia, ahí, expectante, en todas las ventanas, como un ninja siniestro, como un espía perfecto. Era el monstruo definitivo, si tomabas el valor para enfrentarlo se escondía, si lo ignorabas igual seguía ahí. Era una condena terrorífica. Nunca terminaba, siempre empezaba. Desde aquel episodio las ventanas ya no fueron lo mismo para mí. Me ponían nervioso. Prefería bajen las persianas, o las tapen con cortinas espesas. Eso pedí para mi pieza: cortinas azules, bien pesadas. Y eso pedí para el resto de la casa, pero mi influencia solo comprendía mi cuarto para los adoradores de la magia blanca y las ciudades intraterrenas por los que fui criado. La escena se repetía regularmente: Hermana gritaba “corré, corré, ahí está. En la ventana del living”. Yo pasaba a toda velocidad, y sin mirar. Una vez que me encargaba de chequear que estuviera todo bien, le daba la señal y ella hacía lo mismo: corría sin mirar, a toda velocidad. Intentamos explicarlo, intentamos compartirlo. Pero fue en vano. Todos miraban, y el Hombre del Rifle nunca estaba. Al menos por un tiempo los aterrorizados siempre éramos dos. Esporádicamente se sumaba un primo, pero de puro hipster nomás. Le cabía la tendencia. Nunca sintió miedo real al Hombre del Rifle. Lo confesó de grande. Siempre lo supimos. Los años pasaron, y la hermana Mariana se dedicó a crecer. Al llegar a la adolescencia se enamoró de un artista plástico, aprendió a tocar la batería, armó su propia banda, y al cabo de un tiempo se llevó todo de la casa de los viejos. No puedo decir que se convirtió en una desamorada, o una de esas personas que se olvidan de su familia, pero sí era evidente cierta habilidad para el desapego que yo no compartía. Ella llama una vez por mes para preguntar cómo anda todo, y sus apariciones físicas se limitan a ciertos cumpleaños y fiestas de fin de año. Hay solo una cosa que puedo reprocharle a mi hermana, y lo voy a hacer por el resto de mi vida, con sus respectivos resentimientos y su respectiva bronca: 20 años después de aquel nefasto episodio inicial de la ventana del living, me dejó solo. Cuando recuerda aquel momento, sonríe como idiota y exclama “qué chiquitos que éramos, qué salames”. Claro, ignora por completo que al día de hoy que cuando busco departamento descarto los muy luminosos de manera inmediata. Ni hablar de las casas con puerta balcón, o los balcones franceses. Prefiero ambientes cerrados, sin aberturas. Apenas puertas para entrar y salir. Pero ninguna ventana. Porque ella lo habrá olvidado, pero para mí... él sigue ahí. Expectante, pendiente, como siempre. Con sus mirada horrible. Esperando me distraiga, para apuntarme, para llamar mi atención...

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Los planetas Walter Lezcano

Sofía Iezzi

“Satellite’s gone up to the skies thing like that drive me out of my mind”. Satellite of love, Lou Reed

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icaela levanta el pan de su hamburguesa y lo pone a un costado. Luego abre un sobrecito de mayonesa y lo vacía en la carne. Sobre esa pasta amarilla comienza a colocar las papas fritas. De a una a la vez. —¿Qué hacés?— le pregunta el padre. Ella vuelve a colocar el pan. Presiona. Después agarra la hamburguesa y antes de darle el primer mordisco escucha otra pregunta: —¿Quién te enseñó eso? Micaela da un bocado grande para llenarse bien la boca y no hablar. Se mete algunas papas fritas más. Le cuesta masticar. Abre bien los ojos. Le da unos sorbos a la gaseosa y eso mejora las cosas. Con la mano derecha se golpea el pecho.

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Una vez que logra masticar se coloca los auriculares. Mira en su celular qué canción poner. Se decide por Civil War, de Guns ´N Roses, su último descubrimiento. Sube el volumen. Vuelve a la hamburguesa. Sus ojos se dirigen hacia la entrada del Mc Donalds. Le parece lindo el chico que acaba de entrar. Parecido a un compañero de colegio con el que se acostó hace poco. Este chico tiene la ropa sucia, una gorra negra con visera azul y la piel tan marrón como la fuente donde apoya la hamburguesa. Lleva unas tarjetitas en la mano. Las va dejando en las mesas y pide plata. Está por dejar en la mesa de Micaela pero el padre le dice algo y le hace una seña con la mano para que siga de largo. El chico se detiene en los ojos de Mica. Ella le sonríe. Él también y muestra los dientes amarillos y cariados. Emilio estudia a su hija como quien trata de entender un idioma desconocido. Tiene ganas de preguntarle algo del colegio, de sus amigos, si tiene novio, en definitiva, cualquier cosa de su vida, pero ve que ella se encierra en el celular y se pone los auriculares. Él todavía no le dio ni un mordisco a su Angus Bacon. No tiene hambre. Apenas si probó dos papas fritas demasiado calientes. La acidez le incendia el esófago y el reflujo le llega hasta la garganta. No quiere demostrar la resaca frente a su hija. De todas formas, ella lo sabe perfectamente. Emilio se pasa la mano por la boca del estómago. Eso no lo calma pero no puede evitar ese movimiento. —No, no, disculpá, no tengo un peso. Le dice a un pibe sucio que iba a dejar en la mesa unas estampitas de San Expedito y del Gauchito Gil. Tiene a su hija enfrente y Emilio no sabe cómo acercarse a ella. Decide ir al baño. En una de esas tiene suerte y vomita. Eso lo ayudaría con su acidez. Cuando se queda sola, Micaela tiene una idea: se le cruza por la cabeza que sería bueno alejarse un poco de ese tipo que dice ser su papá y al que no quiere ni respeta. Es insoportable. Se acuerda que en la billetera tiene algo de plata. Decide ir detrás del pibe sucio con las estampitas y juntos salen del Mc Donalds. —Lindo tu celu. ¿Qué música tenés? —De todo. Ahora estoy a full con los Guns —dice Micaela. —¿Y eso con qué se come? —¿No conocés a los Guns ´N Roses? Es una banda vieja de afuera. Hacen rock. Cantan en inglés.

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—No, a mi cabe la cumbia, nena. —Ya te dije: Micaela. Tengo nombre. Yo a vos te digo Gastón. —Uh, guacha, no te enojés. Micaela. ¿Así te gusta? —Aprendés rápido. —¿Te puedo decir Mica? Ella sonríe. Le gusta cómo suena su nombre en la boca de ese chico que apenas conoce. Emilio sale del baño con la misma acidez de antes. No pudo vomitar. En la mesa no hay nadie más que su Angus Bacon. Cree que Micaela fue al baño. Susurra: qué pendeja de mierda. Pasa el tiempo y Micaela no aparece. Emilio va al baño de mujeres. Golpea la puerta. Sale una señora con una nena de la mano y lo mira con desprecio. Él intenta explicar que busca a su hija pero la señora no lo escucha y apura el paso. En seguida aparece un hombre de seguridad y le pide que se retire del local. Marca su número y la llama. Varias veces. Micaela no atiende. Emilio se enoja. La putea. A ella, a la madre que acaba de morir, y a todos los habitantes del planeta tierra. “¿Quién me mandó a coger a esa mujer”?, se pregunta Emilio mientras vuelve a marcar el número. Cruza la calle con el semáforo en verde. Un auto frena y falta poco para que se lo lleve por delante. El conductor se baja del auto y quiere empezar una pelea, pero Emilio se deshace en disculpas. Finalmente, el conductor vuelve a su coche, baja la ventanilla y le hace fuck you. Se pregunta si habrá vuelto a su casa o a lo de una amiga. ¿Micaela tiene amigas, tiene novio?, piensa sin ninguna respuesta a la vista. Emilio llega a su casa y entra a los gritos, enojado, molesto. Nadie responde. Silencio. Uno de esos silencios fuertes y demenciales. —Entra viento, Gastón. —Sí, en esa parte las chapas están puestas para el ojete. —Tengo frío. —¿Querés esta colcha? —Dale. —A esta hora se pone bravo. —¿Vos no tenés frío? —No, ya me acostumbré. ¿Tenés wifi en el celu? Por acá agarra joya. —Sí. ¿Vos tenés Face? —Más vale. ¿Qué te pensás? Agregame, Mica. —Mejor vamos a mirar unos videos que me descargué el otro día. —Haceme un lugar ahí. Ya no hace el intento de llamarla. Mira su celular y controla que el teléfono de línea tenga tono. También está la computadora prendida. En una pestaña tiene abierto el Facebook y en otra el Twitter. Micaela no aparece conectada en el chat, ya le mandó varios mensajes por inbox, ni twitteó nada. Su último twitt fue durante el almuerzo en el Mc Donalds: Comiendo

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con el diablo jejeje #papánoesunídolo. A Emilio le duele esperar. Es una forma completamente nueva de dolor. Ya vomitó varias veces pero la resaca no le da respiro. La panza le molesta de una manera insoportable. La acidez continúa su ebullición y ya le pica la garganta. Tose. Se hace un té con miel y limón. Lo toma frente a la ventana que da a la calle. Es de noche. —No, pará. —La punta nomás, Mica. —Subite el pantalón, ¿querés? Ya te pajié. No jodás. —Con la punta de la lengua un ratito. Yo te fui a comprar los patys. ¡Y hasta te cociné! —¿Eso qué tiene que ver? Ya te dije que no me agarrés de la cabeza. —Metétela en la boca, no seas forra. —No, Gastón. Acostémonos, ya fue. —¿Me la mostrás? Un segundo aunque sea. —Sos re gomoso, Nene. Bueno. —¿Le puedo sacar foto? —No que es un quilombo. Después ni sé qué hacés con eso. —Una sola y queda para mí. —Ya está, Gastón, no rompas. Vení a acostarte. —Todavía no tengo sueño. ¿Querés gilada? —No te vayas a ir, eh, no me dejes sola. —Es un rato y vuelvo. Emiliano se limpia la boca con el dorso de la mano. Mira en el fondo del inodoro. Se pone de pie y va hacia la heladera. Hay Seven Up y un sobrecito intacto de Alikal. Primero se toma el Alikal. Luego la Seven Up con muchísimo limón. La sensación es la de apagar un volcán. Bien. Se pone contento. No mucho. Se tira en el sillón que también es su cama porque la que era su habitación se la dio a Micaela. Le viene a la cabeza esa primera noche juntos bajo el mismo techo. Ella se fue a acostar sin cenar. Él tenía una resaca demoledora, parecida a esta. Fue hace poco. Esa vez el tiempo pasó entre el silencio de ella y los intentos de él de sacarle alguna que otra palabra. Mira su celular para ver la hora y no sabe si ir a la comisaría, esperar o mudarse y olvidarlo todo. —Cualquiera. ¿Qué vas hacer, Mica? —No sé. —Mirá que yo no quiero bardo, eh. —No te va pasar nada. —Qué no pasa nada. En esa página dice que estás desaparecida, boluda. Qué carajo te pasa. Flashiaste re mal. Si sabía no te traía. ¿De qué te reís?

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—De nada. Me imagino a mi viejo entrando al face y armando esa página de mierda. Buscando fotos mías. El zarpado una vez me agregó y no lo acepté. —Mi vieja ni sabe usar el celular. Si me mandaba yo la aceptaba. —A mi vieja yo también… —Uh, no llorés ahora, boluda. La mayoría de los contactos que Emilio tiene en Facebook comparten la página. En Twitter, donde solo sigue a jugadores de fútbol y periodistas deportivos de cierto renombre, pide que lo ayuden con su búsqueda. Y casi todos lo retwittean. Incluso lo hacen algunos desconocidos. Cosa que agradece dándoles un fav. No sabe qué más hacer. Ya no le duele la panza. Apenas si siente unas punzadas en la nuca. Y pasa esto: se sienta sin fuerzas en el sillón y se queda dormido. En ese momento comienza a sonar su celular. Es el productor de un noticiero que vio el retwitt de un periodista y entró a la página “Buscando a Micaela”, se interesó y quiere sacarlo al aire para que cuente su caso. Pero Emilio ya no escucha el celular.

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Todo fuego es político Flavia Cifrodelli

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“¡ e asfixio! ¡Dios! Pienso en mi cara, se está quemando, ahora, mi cara ¡Dios!”. Terrorismo de Estado disfrazado de motín. El humo empieza a salir del Penal de Devoto. El infierno que siempre supo ser la cárcel, se volvía literal en el Pabellón Séptimo. “Una explosión y los colchones se prenden fuego y nos quemamos vivos”. Ese 14 de marzo la sorpresiva requisa había sido aún más violenta que las habituales. Entre golpes y disparos de gases y balas, los presos quedaron amotinados detrás de colchones, almohadas y sábanas, que brindaron un escenario óptimo para la rápida propagación de un fuego poco accidental. “Quiero salir, quiero escapar, las puertas siguen encerrojadas”. Los que para la sociedad parecen no tener derechos ni merecerlos, se quemaban o asfixiaban adentro del penal. Afuera, el Servicio Penitenciario Federal no permitía el ingreso a los bomberos y negaba el asesinato colectivo más importante ocurrido en una cárcel argentina. “El pabellón, en un segundo se nubló todo y ya no vemos nada más”. La noche anterior, una acción tan rebelde como no apagar la televisión al ser indicado por un penitenciario, desató las primeras discusiones que serían mortalmente castigadas con la vida de muchos otros. “Pruebo trepar hasta un ventanal buscando el aire y me balean fiero”. La sangrienta dictadura militar que atravesaba el país en el año 1978 otorgaba un marco de violaciones sistemáticas a los derechos humanos a lo largo de todo el territorio y explicaba, en cierta forma, la impunidad de quienes dispararon a los que asomaban entre las rejas buscando aire libre de

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humo y garantizaron que las condiciones sean inmejorables para que la masacre se concrete con la mayor eficacia posible. “Viejita, amor, hijas y amigas, buscan noticias en la puerta, ahí fuera”. Mientras parientes y allegados buscaban algún dato certero en la calle y los penitenciarios aseguraban que el incendio se encontraba bajo control, las horas pasaban entre llamas y desesperación en el séptimo piso del penal de Devoto. En el sexto y el octavo, los demás internos se tiraban agua para suportar el calor que brotaba de del techo y el piso sin entender qué ocurría ni poder evacuar. Este infierno, que nada tenía de encantador, iba a dejar un saldo de sesenta y cuatro presos muertos por quemaduras, asfixia, disparos y golpes. “Tiempo después, escucho aún el ruido de loco de los paloteros. Buscan así baldosas flojas donde escondemos tesoro y miserias”. El sonido de la requisa buscando túneles u objetos en el piso del pabellón, nunca se deja de escuchar. Tampoco ese silbato que hace correr a todos con las manos en la cabeza cada diez días para revisarles hasta los genitales con la violencia explícita de quienes sienten como propiedad la vida y la dignidad ajena. “¡Pobrecito! Pobre ‘el cebolla’, no pudo más, se degolló por miedo”. Ciertos códigos tan bien justificados por semejantes hechos de violencia institucional, postulan morir en las propias manos, antes que en las del Servicio Penitenciario. Y otros, sin duda, mueren de miedo. “Nadie es capaz, ¡no pueden borrar mis recuerdos! Nadie es capaz de matarte en mi alma”. Pero la memoria es el único paraíso del que no pueden expulsarnos. La memoria como trinchera. La memoria hasta el alma, como forma de amor y de lucha, garantiza un sitio libre de censura donde las armas no se logran imponer. “¡Y así te dan! ¡Así te quiebran! Así te dan por culo allí, sin más”. Los predicadores del olvido, los propagandistas de la indiferencia y el terror, cargados con odio, harán todo para que no quede nada. Con el miedo como estandarte, y la represión y la violencia como principales herramientas para sostener ese poder a costa del sufrimiento ajeno. Dueños de la verdad, o eso creen, no tienen ni la más remota idea de la resistencia que de esta forma están creando. “Por esa vez la Vieja Cosechera vino por mí y no quiso besar mi vida”. Los pocos sobrevivientes, marcados en cuerpo y alma por el fuego, al apagarse el incendio fueron de nuevo golpeados y torturados brutalmente por el personal carcelario. Algunos allí cayeron. “Estoy herido, estoy quemado. Voy en camilla por el Salaberry. Voy a tratar de hacer conducta aquí, para rajar antes que mis pulmones”. Finalmente, fueron atendidos en el hospital. Las fuertes quemaduras, la asfixia y la demora en la atención vencieron en los cuerpos de algunos que no pudieron contar su historia. “Si va a pasar algo conmigo quiero que sea en libertad, ¡allá afuera!”. El adentro nunca deja de mostrar su cara más cínica y dolorosa. La muerte o la vida, que pasen afuera.

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“¡Y nada más! ¡Irme y nada más! No quiero ver más gruesa del llavero”. Los medios de comunicación llamaron al hecho “Motín de los Colchones”, transmitiendo las explicaciones del personal de la unidad, que culpaba a los propios internos del penal del incendio y de las muertes provocadas, a raíz de un amotinamiento como manera de reclamo. “Ni mirar la pared si el pasarela grita, para tapar los quejidos y lamentos”. En épocas de torturas deshumanizadas y aparatos represivos ilegales en el poder, cada grito esconde algo. Los utilizados para encubrir el sufrimiento del otro lado de la pared, son golpes de miedo a cada cabeza que entiende en qué oscuro agujero está metido. “¡Ya nunca más! Y nunca ya voy a olvidarte, Pablo, nunca”. El tono grave y la voz baja del Indio Solari al finalizar la canción, con la intensidad de quien perdió allí a un amigo, deja erizada la piel de quien haya prestado atención. El relato de Horacio, que es llevado en esta letra a muchos otros, no deja de doler de injusticia en el medio del pecho. El miedo a la impunidad tiene la particularidad de recordarte a cada momento las condiciones desiguales e injustas en las que se ejerce esa violencia. El miedo a que te torturen y maten en una dictadura se acrecienta para quienes, castigados por la ley y la sociedad, no tienen más defensa que esconderse detrás de un colchón prendido fuego. Treinta y seis años después del hecho, la Justicia declaró que se trató de un delito de lesa humanidad, imprescriptible, que debe ser investigado, gracias a la lucha de sobrevivientes y profesionales que se dedicaron a combatir la impunidad en un contexto tan poco visibilizado. Mientras el Nunca Más no sea un hecho concreto, mientras no se repare tanto dolor, mientras en las cárceles se sigan cometiendo abusos de poder y prácticas ilegales y mientras las personas privadas de su libertad estén privadas de muchos otros derechos a la vez: el fuego de la Masacre de Pabellón Séptimo seguirá quemando.

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Cadena de infidelidades Raymundo Lagresta

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Azul Zorraquin


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oy Jaime Jiménez Jaureguiberry y siempre me pregunté: ¿a dónde van los sueños? Esas historias invisibles, fantasmas sin dueño y pensamientos imposibles que nacen en las almohadas. Ahora lo sé. Después de ciertos eventos siniestros comprobé que no se esfuman. Almohadones, cojines y cuadrantes, todos son emperadores poderosos y crueles. Nadie lo sabe, pero la almohada es un portal inmenso de energía. Todos creen que al levantarse, el fluir de la conciencia queda oculto en algún rincón del pensamiento y que, paulatinamente, se evapora como agua hirviendo. Lo que todos ignoran es que dentro de las almohadas existe un cableado invisible de energía que retiene información. Esta importantísima metadata es liberada a través del contacto con la cabeza humana. Cualquier cabeza humana. Así, se adentra en el cuero cabelludo; traspasa los tejidos y se aloja nuevamente en el pensamiento, luchando contra el olvido. La magnitud de la energía es exorbitante y llega para recordarnos que ni los peores sueños pueden ser olvidados. Antes de llegar a esta teoría que suena delirante, le fui infiel a Judith. Conocí a Dalila en una plaza del microcentro porteño y le hice el amor en un telo barato de la calle Talcahuano. Algunas semanas después, soñé con sus tetas rebotando en el ascensor de una torre sin pisos. Después nos besamos en un escenario incierto, contra el alambrado de un campo donde los únicos espectadores fueron los sauces llorones. Esa misma noche, Judith durmió, accidentalmente, sobre mi almohada. Inmediatamente lo supo; mi almohada también me fue infiel. Judith me dejó. Mi compañera de vida, la mujer que había elegido para ser madre, se esfumó como el humo del cigarrillo que estoy fumando, en la terraza de este décimo cuarto piso que será el último escenario que habite mi carne antes de caer.

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Un solo cuerpo Diego Flores

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scuchaba el sonido pegajoso de la panza pegándome en el culo, un ritmo intenso y lento mezclado con olor a vino y a pija. Me acuerdo de esa pija, llena de pelos largos y duros de la que emanaba un olor horrible. Qué suerte, pensaba a veces, que me la hace chupar poco. Yo se la chupo mal a propósito, la mayoría de las veces ni se da cuenta y larga unos gemidos de placer que se mezclan con espasmos y baba espesa producto del vino. A veces se aburre y me da vuelta, me baja la tanga desesperadamente, baja la cabeza también y me babea, me busca la concha pero no la encuentra porque me la quiere chupar parado. Entonces se enfurece con su torpeza y me pega un empujón, una cachetada o una patada y me tira en la cama. Hay veces que ni siquiera me resisto. Me doy lástima, pienso que me acostumbré tanto a que me viole que hay instancias en las que hasta me río y lloro y siento que todo el mundo, todo, es una enorme bola de mierda. Pero contaba que casi siempre lo que hace es: me pone en cuatro y me coje rápido, acaba enseguida y se queda medio dormido, casi ni guasquea. Entonces se corre para atrás y yo a veces ni lo miro, ¡bah!, le miro la verga, una verga chiquita y mojada con leche y flujo vaginal. Una chota bien de mierda, un tremendo pito corto. Y me pregunto cómo esa cosa insignificante puede hacerme tan mal, cómo ese pedacito de carne media morada pueda hacerme tan mal. Como es que por las noches el ruido de la cama perdure como el tic tac de un reloj en mi cabeza. Siento el sonido del catre como si fueran puñaladas en mis oídos. Trac trac trac trac. Y la panza del diente. Y esos gemidos y ese ahogo y esas paletas separadas y los ojos llenos de vino y esa verguita, ese palito mínimo que lo hace sentir tan hombre. El Diente Melgarejo es el que me viola, él es la pareja de mi vieja y además un puntero del barrio. Es decir que tiene poder, tiene algo de guita, un Gol que tuneó para salir a enrostrar,

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unas trolas laburando para él, faso, merca, pibes laburando para él y además una pija enana. Y lo sabe. Y le duele y me odia porque sabe que sé que tiene una pija minúscula. Me empezó a abusar cuando mi vieja llevaba a Camila, mi hermana menor, a la escuela. Aprovechaba ese lapso de tiempo para volver del piringundín donde paraba y se caía. Entonces de repente o me agarraba por la espalda o me besaba el cuello y me decía que me quería, que me quería a mí más que a nada y que me estaba enseñando para que otros no me lastimen, para que aprenda a no sufrir, me decía el hijo de mil puta. Entonces me tapaba la boca y me llevaba a la pieza; prendía la radio para tapar mis gritos. Lo hacía una, dos o tres veces por semana. En la radio sonaba un programa que me gustaba, que yo escuchaba a esa hora cuando el Diente no me violaba, cuando todavía era una adolescente que se sentaba a estudiar y creía en salir del barrio marginal donde vivíamos. El programa que escuchaba lo conducía un pibe que hablaba con la voz aflautada, muy de nene corte adolescente pero era un fuego. Me gustaba esa radio. Pasaba unas cumbias que me encantaban y cada tanto metía Silvio Rodriguez o Sabina y me quedaba escuchando las letras y me emocionaba porque las entendía y creía conectar con ese guachito con voz de vértigo que me enamoraba. Pero, a veces, cuando el pibito hablaba, Melgarejo me metía la verga en la boca mientras yo lloraba. Mientras se me caían las lagrimas y el tipo me empujaba más y más la poronga en la boca con intenciones de que me ahogue, pero no le daba. Y esa voz y esa radio y esa canción de La Nueva Luna me parecieron repugnantes. Se hizo tan cotidiana la situación de que el Diente me abuse que había veces que me iba de ese lugar horrible escuchando la radio, mientras se mezclaban los sonidos de la cama, los espasmos de Melgarejo y la voz aflautada del pibito. Me asustaba saber que me estaba acostumbrado a ese ritual, a llorar, a ser penetrada. Entonces, en mi silencio, en mi congoja, en mis gritos pequeños de dolor, a veces una frase que emanaba de esos parlantitos me rescataba, me salvaba y me llevaba lejos de ese cubrecama sudado y ese olor horrendo. Hubo un día. Ese día. Un día que puedo traer siempre, que no se va jamás. Una fecha inclaudicable. El día que me explotó el mundo en la cara fue cuando el Diente cayó borracho a casa. Apareció en un horario que no era habitual, mi vieja había salido a comprar unas giladas con Cami. Él entró y así como cayó me arrastró y me llevó a la pieza. Yo me resistí más que nunca, como intentando preservar nuestro secreto, porque no sabía qué hacer. Yo me quería quedar con toda mi vergüenza, comerla. No quería que nadie más supiera lo que me hacía el Diente. Resistí, pero su cuerpo pesado pudo más. Prendió la radio, sonaba “Carito” de Los Palmeras. Me acuerdo que me desesperé cuando escuché que se abría la puerta de casa, el Diente me apretó la boca fuerte y me empezó a cojer más rápido, como si quisiera apurar su crimen pero no se detuvo. Hasta allí llegaba su impunidad. Decía que la puerta se abrió y escuché un silencio, después mi mamá le gritó a Cami que vaya a casa de los vecinos, que ella tenía que hacer. Yo escuché cómo mi hermanita respondía y salía corriendo, seguramente saltando con esas trenzas que le quedaban hermosas. Nuevamente se hizo un silencio, se escuchó ruido a platos, mientras el diente lanzaba el ruido horrible y espasmódico de concreción final. Me acabó en el muslo. Yo me quedé tirada, esperando que sucediera algo. Lo que pasó fue que Melgarejo salió de mi habitación con el cinturón a medio abrochar, tambaleando, abrió la puerta de entrada y se perdió en la tarde. Cuando salí de la pieza mi vieja estaba con la cabeza gacha, la busqué con la mirada y le dije “mamá”, en ese mismo acto ella sobreactuó un giro, me dijo que estaba muy ocupada, que por favor no la moleste, se encerró en el baño y abrió la ducha. Yo me quedé

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a mitad de pasillo, parada y ultrajada, oyendo como caía el agua y sintiendo por primera vez cómo se materializaba el dolor. Un escozor profundo recorrió mi cuerpo, quise pensar qué hacer, cómo huir, a dónde mierda escaparme, pero me distrajo el espeso líquido que corría por mi pierna, era el esperma de Melgarejo. Juré que no iba a volver a tocarme. Durante un par de meses anduve de gira por el barrio, escondiéndome del Diente, pero sobre todo de mi vieja o de eso que había pasado entre nosotras. Paré en lo de una comadre. Le mentí, le dije que me había peleado por una gilada por la vieja pero que necesitaba una distancia para no pudrirla más. Mi comadre me dijo que me bancaba pero que pasados unos días le iba a decir a mi vieja, y aunque me fuera le iba a avisar igual porque decía que yo era muy pichi para andar sola por la calle. Que cualquier gil se podía hacer el vivo conmigo. Mientras me hablaba, yo pensaba que lo peor que me pasó en la vida lo viví adentro de mi casa. Me quedé cinco días y toqué a lo de una amiga y después empecé una gira con unas pibas y pibes que conocí en la plaza. Era un grupito medio tóxico que paraba cada tanto con mi prima. Al principio me costó abrazarme a su cofradía pero después me fui soltando, siempre fui medio de estudiar y tener responsabilidades, aunque la gente del barrio me dijera que era al pedo, porque los pobres siempre íbamos a ser pobres, yo quería salir de ahí. ¿Querés salir del barrio yendo a la escuela, cualquiera va a la escuela hoy en día?, me dijo el Hugo, que tenía un kiosco ahí en la entrada del barrio. Y qué se yo, por ahí tenía la razón. La cosa es que paré con la gente esta y empezamos una gira hermosa. A veces dormíamos en un galpón que un viejo nos abría para que se lo cuidemos, otras yo me quedaba en lo de un guacho del que me empecé a enamorar, que era terrible barrilete pero tenía una ternura niña, una cosa como el pibito que hablaba en la radio y nunca supe el nombre. Cada tanto garchábamos, yo la pasaba como el orto porque me acordaba del hijo de puta del Diente, sentía que lo tenía a él arriba pero me la bancaba porque no había nada más lindo que quedarme abrazada a su cuerpo caliente, mientras me contaba historias de un viaje que hizo a Entre Ríos, yendo de estación en estación de servicio, limpiando zapatos, vendiendo repasadores, hasta cantando con un flaco que sabía tocar la guitarra. Pero no se la podía chupar, eso me daba mucho asco, me llevaba al catre de mi casa. A los huevos sudorosos y mal olientes del Diente. Un par de veces, mientras nos besábamos medio pasión me puse a moquear. Él no entendía un carajo pero no le podía contar, no tenía ganas ni fuerza para explicarle. Así y todo tiramos un tiempo juntos hasta que se enamoró de cualquier cola y se fue a contarle sus historias. Me gustó. Lo extrañe y eso me tiró más para atrás de lo que estaba. Me dejé estar, me puse medio baqueta, empecé a descuidarme, a fumar porro todo el tiro, después metía pasti y cada tanto pegaba un saquecito para sentirme poderosa. Los bajones eran bien pero bien picantes. Un par de veces tomé de día, uno de esos día la vi a mi seño de cuarto grado por ahí por el centro, no me acuerdo bien, si sé que la quise saludar y me patinó fuerte la carreta, ella me miró un toque, le temblaban los ojos que estaban húmedos, me acaricio la cabeza, me dijo “mi chiquita”, me dio un beso en la frente, un beso enorme, un beso bien posta, de amor, y se fue. Eso me mató y me pintó pensar por primera vez en el suicidio. Por esa época conocí al puto Mario. El puto Mario era un ser hermoso, un caníbal de la vida, un pedazo de humanidad, un tipo fuerte, rudo, con cara de asesino y de padre tierno a la vez. ¿Saben? Hay que tener tremendos huevos para crecer puto en el conurbano, hay que levantar la cabeza con dignidad después de que chupaste una pija en alguna esquina oscura o

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te rompieron bien el orto en un renó 12. El puto Mario dignificaba todo eso, le cabía ser puto, lo gozaba, disfrutaba de la incomodidad que podía hacer sentir en otras personas, gustaba de ser poco calificable, gordo, campera de cuero, voz gruesa, peleador altanero y bien pero bien puto. No sé si él se acercó a mí o yo a él pero pronto nos adoptamos y protegimos. El vio mi fragilidad y me subió a su mundo. Me reconoció enseguida, sabía que yo estaba patinando pero que no fue siempre así. Entonces me rescató. Me acomodó las ideas como un artesano de la mente. Me dejaba pensando, no me decía lo que tenía que hacer, me mostraba los caminos que podía elegir. Me protegía, me guiaba, el puto Mario, que era un estallo, les acomodaba la vida a los demás. Un día, quizás uno de los más felices de mi vida, caímos a comer un asado con unos pibes que estaban laburando en una obra ahí sobre la avenida, fue un día increíble, cortaron a las once y media y empezaron un fueguito piola. Tranqui. Estaba fresco pero había sol. Nosotros caíamos con los vinos, un par de botellas pero tetra porque andábamos cortos de guita. Ellos metieron algo de carne. Unos choris, algo de falda y alguna gilada más. Comimos y escabiamos como hasta las cuatro de la tarde. Contamos historias, jugamos un truco, nos cantamos unos chamamés y unas cumbias. Algunos pibes de la obra se pusieron gede conmigo y me querían llevar a siestear con ellos. Yo me los saqué de encima haciéndome respetar, bien. Marcando ahí. El puto Mario me miraba y se reía. Me estaba cuidando y viendo cómo me portaba. Cuando los pibes se estaban yendo, él me dijo “vos vas a dormir la siesta conmigo guacha”, más vale papi, le respondí. Nos fuimos a tirar a un pedazo de cemento, al lado estaban meta mano y magueando pete. Mario se me tiró al lado y me abrazó. –¿No le tenés miedo a nada vos? Preguntó. –No sé– le dije sin pensar. –Dale, ¿a qué le tenés miedo? –No sé, Marito, tengo que pensar. Abrazame que estoy medio mamada y sensible. Nos quedamos hablando un rato, mientras las risas y los gemidos que llegaban se iban apagando. El gordo me contó su historia, que lo rajaron de la casa, que tenía como cuatro hermanos, que no se hablaba con ninguno. Que durmió en autos, plazas, calabozos, que escupió sangre, que lo cagaron a palos mil veces, que se agarró a piñas más veces, que siempre perdió. Me dijo que fue un puto resentido hasta que alguien le cambió la vida. Yo me di vuelta, lo miré a los ojos, tenía unos ojos hermosos, no por el color sino por lo que trasmitían, por lo que abrazaban. Finalmente le conté lo mío. No se lo había contado a nadie. Le di mil vueltas, para no emocionarme y llorar como una pelotuda. Necesitaba contárselo, no a alguien sino a él. El gordo me acariciaba la cabeza mientras yo contaba y, finalmente, lloraba. No me interrumpió nunca y cuando terminé lo único que me dijo fue que era muy fuerte. Que de verdad era muy fuerte. Después de eso me quedé dormida. Soñé con Cami, tenía gestos y voz adulta, me decía una y otra vez que el miedo no era más que pura anticipación, que una vez que algo pasaba ya no había miedo sino acción, vida o muerte, decía Cami mientras se alejaba en una especie de alfombra mágica que flotaba sobre un río: vida o muerte, decía. Me levantó el Mario con un mate, me preguntó cómo me sentía y me dijo “vámonos de

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acá”. Caminamos un largo rato hasta el río, el olor a podrido que emanaban los desagües me hizo bien. No sé por qué. El puto Mario fue a un quisco y trajo una birra que tomamos mientras la noche crecía. Mario sacó una radio portátil y la puso bien bajito mientras hablamos. Fumamos un churro y nos pusimos a bailar. En la radio sonó un tema de Amar y yo que se llamaba “Tu hermana”. Un tema medio de mierda, pero estaba sensible, la letra era real y el mambo del faso me puso nerviosa, corte que me altere. Mario lo notó. –¿Qué pasa negra? –Nada… ya sé a qué le tengo miedo, Marito, a que el hijo de puta del Diente toque a mi hermanita, que le haga lo mismo que a mí, ¿entendé? –Sí. ¿Y qué vas a hacer? –No sé, boludo, tengo que volver a la casa de mi vieja, pero no sé cómo. –Andá y trabajate a tu vieja. Rescatate un poco. Decile que te equivocaste. Eso. Si querés volver, claro. –Me tendría que haber quedado, soy una hija de puta. Mirá si es tarde. –Siempre puede ser más tarde, andá y laburala a tu vieja para volver. Después nos vamos hablando. ¿Tenés celular? –No, ¿qué voy a tener? –Yo te voy a conseguir uno bien feo, negrita. Preparate que en unos días volvés, ahora mirá las estrellas y prendete este faso que va a ser el último. Me preparé un par de días. Me bañé, un amigo del Mario me cortó un toque el pelo. Conseguí una ropa medio rescate y me fui para la escuela. Esperé relojeando desde la esquina, vi cómo mi vieja llegaba a buscar a Cami, miré un rato hasta que se apartaron por la calle, se cortaron solas después de saludar a Claudita, ahí nomás me aparecí de atrás, chité un par de veces, Cami me vio y tiró una sonrisa mágica, se desprendió de la mano de mamá y me dio un abrazo inmenso, fuerte como si las dos fuéramos un solo cuerpo. Como si supiera que estaba dispuesta a poner el mío, mi piel, mis entrañas, hasta mi vida para que ella sea una niña feliz. Como si percibiera que volví para defenderla de un hijo de puta que podía cagar las vidas que quería, pero nunca la de ella. La besé tanto que se me secó la boca. Levanté la mirada y la vi a mi vieja con cara de nada. –Dale, Cami, vamos que tu hermana se tiene que ir– dijo mi vieja. –Bancá, ma, quiero hablar con vos. Chamuyé un rato, le dije que me había mandado una cagada, que había bardeado y que me confundí que, flasheé berretines de pendeja pero que ya estaba, que quería volver y ayudar a Cami, que me había dado cuenta del valor de lo que ella hacía. Mentí. Y aguanté las ganas de no pegarle flor de viaje a mi vieja, que me miraba altanera como si me fuera a escupir el perdón, como si no supiera lo que me hacía el Diente. Me dijo que podía quedarme pero por el momento, que ella no es boluda y que iba a tener que cambiar muchas cosas porque ahí vivían personas mayores y yo ya no era una pendeja. Que iba a tener que respetar al Diente y siguió hablando. Cami me tiró de la manga y me preguntó si la iba a volver a ayudar con sus tareas.

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–Más vale, volví para ayudarte, mi amor– le dije al oído. Me comí tremendo descanso cuando lo vi al Diente, primero no me miró y se hizo el engreído. El dolido. Después largó un discurso como si le diera la moral, diciendo que esa casa no era un hotel, que seguro que me estuve drogando, que acá me trataban bien, que nunca faltó comida y que había que ver si durante mi fuga no estuve con alguno y que me dejó embarazada, que no daba la cosa para mantener una boca más y menos de un guacho cualquiera. Como si ahí, todos no fuéramos cualquiera, pedazo de violín. Me banqué toda esa secuencia solo porque pensaba en Cami y en el puto Mario. Mi amigo. Mi hermano Mario. Durante un par de semanas estuvo todo tranquilo. Mi vieja se hacía la pelotuda pero yo estaba con Cami y el diente venía rescatado. Y cuando caía mamado se iba derecho al sobre. Un día salí a ver al gordo Mario, me tomé el tren y nos encontramos en la plaza cerca de donde él estaba parando. Nos quedamos hablando giladas, el puto se estaba comiendo a un tipo casado del barrio y andaba medio enamorado, haciéndose mierda, según sus palabras. Yo había pegado el celular que él me trajo, tenía cinta adhesiva negra para que no se le salga la batería y la pantalla medio rota en un borde. Pero me servía para estar conectada con él. Estábamos ahí meta mate y chisme hasta que me cae un mensajito. Era el Diente “menos mal que ibas a cuidar a Cami, vos. ¿Sabés que está haciendo ahora? No sabés”. Trulé. La mente se me puso en blanco dos segundos. Me desesperé, salí corriendo, no le dije nada a Mario, no sé por qué. Le dije que me olvidé de algo. Me tomé el tren que no venía más y me gasté las últimas monedas en un bondi de la estación a casa. Bajé y cuando quise abrir la puerta estaba trabada de adentro, empecé a golpear, a pegarle patadas a putear al Diente. Casi tiro la puerta abajo. De repente escucho la llave del otro lado, era el Diente, estaba en cuero y con una botella de Brahma a medio tomar. –¿Qué pasa mami? ¿Qué querés? –Cami, ¿dónde está Cami la concha de tu madre? –Por ahí, ¿qué se yo? ¿Vos no la ibas a cuidar? Busqué en mi pieza, en el comedor, en el baño, la habitación de mi vieja, no estaba. –¿Qué pasa negra? ¿Qué querés en la pieza? ¿Me extrañaste?– me dice el Diente haciéndose el canchero. –Borracho de mierda, ¿dónde está Cami? –Salió con tu mamá, pelotuda. Qué me puteas, gorda. Estás gorda, negra, te pusiste fea, se te cayeron las tetas, tenés el culo enorme y te cojieron esos fisuramas. Qué puta barata te volviste, se ve que te cabió bien esta y volviste a buscar. Pero olvidate que no te garcho más. Negra, gorda y buchona. Sí, bien que te gustaba y salí que quiero estar solo en mi casa, no me quieras calentar pelotuda. Tocá de acá la concha de tu madre, te haces la otra, venís a mi casa de secuencia cobani, pateas la puerta, ¿a quién te comiste? Gorda de mierda. Me empujó, abrió la mano y me sacó a la calle.

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–Cuida a tu hermana mejor pedazo de gila, que se está haciendo mujercita y cualquier hijo de puta se la va a coger en cualquier momento. Esa frase me hizo garcha, me dejó estaqueada, no por lo que dijo de mí, sino porque había entendido que Cami era por lo que había vuelto. En su bienestar radicaba todo el sentido de mi vida y este turro sabía que para joderme tenía que jugar esas cartas, era vivo el sorete del Diente, por algo era puntero. Pero yo tengo que ser mas pilla, tengo que dejar de arrastrarme por la fuerza de los impulsos. Mario me lo dijo, “el que sale a flote saca primero la cabeza”, así que yo me comí los mocos de nuevo y pensé mi jugada. Pasaron un par de meses y el Diente se fue alejando de casa. Un día, como tantos otros, se fue puteando a mi vieja y no volvió a aparecer. Cada tanto, muy cada tanto, pasaba, tiraba unos mangos para tantear, marcar territorio y se iba. Pasamos días fuleros, sin un mango, ratoneando comida y rascando la olla, mi vieja y yo comíamos poco para que Cami no pasara hambre. El gordo Mario me consiguió un laburito, para atender un local de ropa ahí en la estación, servía para tirar un toque, ese trabajo más las changas que hacía mi vieja zurciendo ropa nos sirvió para que no faltara lo indispensable en casa. Las cosas si bien estaban jodidas, mejoraban de a poco, Cami estaba re bien de ánimo, yo pasaba menos tiempo con ella porque se quedaba de una vecina que la cuidaba, una vecina entrerriana bien de pueblo, que la mimaba y quería mucho. Para ese entonces, yo llegaba de laburar y nos poníamos a jugar o a hacer la tarea, la veía a Cami crecer siendo una nena y me sentía orgullosa de poder ayudar a que tenga una infancia, a que pueda disfrutar de una etapa de la vida de la que yo había sido arrancada por un hijo de puta. Por esto y por mantener algo de orden en una familia que era un estallo, traté de aguantar a mi vieja, de no hablar de las violaciones. Algún día iba a retomar ese tema pendiente y le iba a pasar factura, pero no era hora, prefería que todo estuviera más o menos bien para Cami. Mi vieja sabía por lo que yo había pasado y se hacía la boluda, yo sabía que mi vieja había sufrido más de una paliza a mano abierta del Diente, que tomaba y se ponía gede y violento. Pero el Diente ya era un fantasma, un tipo que había sido expulsado de esa casa. A mí me habían aumentado un toque el sueldo y estaba planeando hacer un viaje, onda a Chascomús o San Pedro, un finde para mirar el río, fumar un puchito y acomodar todo en el balero. Con Cami y Marito. –Tiene que ser un viaje de vuelta –me decía el puto Mario–, una nueva partida, negra. Como un resurgir, ¿entendé? –Más vale que te entiendo, Marito, de a poco estamos sacando la cabeza de la mierda. ¿Tenés algo para escuchar música? Quiero que ese viaje este lleno de alegría, Marito. Le voy a hacer una torta a Cami, una de coco y dulce de leche, le re gusta a la pendeja. ¡Además nos va a venir bien para el bajón! ¿Vamos a fumar uno, no? Hace bocha que no tiro humo. –De frente mar, mi negra. El día que mataron a Cami yo no pude volver a casa, no pude volver como por una semana o diez días. Sé, por relatos del Mario, que fui al entierro, que lloré como nunca había llorado en mi vida, que ignoré a mi vieja y a toda la gente que se acercó a despedir a mi hermana. También sé que vomité y que tomé muchas pastillas. Del entierro no me acuerdo más. Después era

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la cara de Cami, era imaginarme la situación, pensar en lo que mi hermanita habría sufrido y luchado. En que resistió lo que pudo hasta que la asfixiaron y la violaron dejándola en el comedor con las piernitas desparramadas, sosteniendo en la boca un grito ahogado. La imaginaba llamándome, exigiendo auxilio. Imaginaba qué estaba haciendo yo, qué conjunto de mierda estaba vendiendo cuando le estaban arrebatando la vida a Cami. Estuve diez días instalada en la piecita de Mario, con fiebre los primeros tres, los otros metiendo pastillas y drogas que me sedaban y me tiraban en la cama. Marito me metía una pasti tras otra, estaba todo el tiempo al lado mío, me ponía unos temas en la radio tratando de que levante, me ponía trapos mojados en la cabeza, me hacía tés medios raros, me ponía un par de almohadas y me metía pastillas, era su forma de cuidarme como un gran chamán, pobre Marito, me decía “todo tiene que pasar negrita. Todo va a pasar”. Y lloraba a mi lado. Cuando me rescaté un toque y pude salir a la calle el mundo me volvió a hacer mierda, todo me parecía extraño, como ajeno y distante, como si yo fuera una cámara que estaba haciendo planos. La vida era algo que les pasaba a los otros. El Cocho, uno de los pibes con los que empecé a parar, me dijo: estás andando sin sentido, eso es peligroso. Yo había perdido a Cami, estaba sin laburo, no tenía una familia que me contenga, no tenía casa, no tenía papá, odiaba a mi vieja. Así que me perdí de nuevo en la calle, en las noches llenas de fantasmas, pastillas, faso, birra, hambre, gente fugaz, chorros, putas, drogones, laburantes pobres, albañiles, cumbieros fracasados, gente que pasaba, estaba un rato y se hundía en algún lugar infinito del que no volvían. Un par de veces vino a rescatarme el puto Mario, pero terminamos a las puteadas, yo no quería estar cerca de nada ni nadie que me haga acordar a Cami, que me remitiera a esas épocas. Así que le corté el rostro un par de veces y lo mandé bien a cagar. ¡Pobre Marito! Yo me estaba haciendo mierda, tratando de encontrar algo que me lastime y él siempre venía a rescatarme… No me acuerdo bien la fecha, sí que hacía un calor puto y que estábamos tomando una birra y comiendo unos maníes en un bar que estaba a un par de cuadras de la estación. Yo estaba con el Cocho, que andaba tratando de dejar algunos malos hábitos, y con un par de amigos de él que cortaban autos, unos pibitos medio tiernos pero ambiciosos, les cabía la guita y el poder que te daba esa profesión, laburaban con algunas conexiones, conocían a un par de punteros y comisarios que los cubrían para salir a laburar. Uno de ellos, ya medio entonado, empezó a hablar de más, a decir que no le cabía laburar con la gente nueva porque eran muy persecuta, que les cabía calcular todo, estar en los detalles y que ellos laburaban más de arrebato, salida fierro y pum, nada de andar viendo calles, seguridad, gente, nada, el fierro y el pecho, decía, eso es un chorro, el fierro y el pecho. Con el Diente se laburaba mejor, él nos dejaba andar, nos cubría con un par de asuntos y hasta a veces nos tiraba unos mangos más por los trabajos bien hechos. Pero el Diente anda refugiado ahora, porque se mandó una grande, dice que todo bien pero que tenía que acobacharse un par de días porque era un tema delicado, que estaba metida la familia. Que tenía todo encaminado y arreglado pero mejor era no levantar sospechas. Con él se laburaba bien porque entendía cómo es: fierro y pecho. No me preocupé mucho por averiguar la verdad, si eso que decía el pibe era cierto o no.

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Desde ese día comencé a convencerme de que había sido el hijo de puta del Diente Melgarejo el que había violado y matado a mi hermana. Me acerqué un toque a la causa sobre el asesinato de mi hermanita, averigüé un par de giladas, supe que la puerta no había sido forzada y que “presuntamente, la víctima conocía a su agresor”. Así decía un expediente. A mí me la sobaba lo que decían los expedientes. El mundo tiene tantos expedientes como injusticias. Así que que se curtan. Lo primero que hice fue juntarme con el puto Mario, pedirle disculpas y contarle lo que sabía y lo que iba a hacer. Le conté lo que pensaba, que no confiaba en la justicia, que los tipos con contactos no van en cana o van un par de años o adentro la pasan bárbaro y yo no quería eso para la memoria de mi hermana. Yo quería que el Diente pague, que sufra, que reciba el merecido que la justicia no le iba a dar. Así que le conté a Marito lo que pensaba hacer, el final que quería darle a esta historia. Solo quería saber si podía contar con él. Nada más. Me preguntó si lo había pensado, si lo había pensado bien. Le dije que sí, entonces él me dijo que cuente con él. Que cuente con él para lo que sea, así dijo. Al principio intenté dar con el Diente, primero medio de queruza, averiguando muy por mi cuenta. Espiando, merodeando los lugares que sabía que frecuentaba. Pero nada. El violín ese se había borrado de verdad. Me empecé a cebar y ya medio que me mandaba sin importarme, le preguntaba a su gente si sabía dónde estaba, que tenía que hablar con él porque mi vieja le tenía que dar unos papeles o qué se yo. Al principio me negaban información medio cortándome el mambo. Con el correr de los días y con mi insistencia empecé a molestar, así que ya me había comido un par de amenazas directas. Que me borrara o iba a terminar como mi hermana. Le conté al Mario y me dijo que era una pelotuda, que no me podía mandar así, que acá hay que moverse con calma, entre sombras, despacio, sin apuros. Me dijo que me había vendido sola, que había mostrado mis cartas y que ahora todo iba a depender más de la suerte que de una decisión mía. Así que me calmé unos días, me fui del barrio pero tranqui, unos cinco días como dando a entender que había respondido a las amenazas. Yo no sé si es instinto o qué, yo sabía que al borracho del Diente Melgarejo la joda lo tentaba y como se venían las fiestas en el barrio tenía que aparecer. Le gustaba ser capanga, bailar murga, ganar con las minas, mostrarse, eso y el poder que tenía le iban a dar la seguridad de que iba a poder volver al barrio. Yo lo esperé como me había dicho Marito. Entonces una noche, entrando a una calle cortada lo vi, estaba con algunos de los pibes de la murga tomando un vino. Me quedé helada, pegué la vuelta manzana y me lo puse a mirar de lejos. No sabía qué hacer, cómo reaccionar, el tipo que había matado a mi hermanita que había abusado de mí, que me quitó todo lo que tenía estaba ahí parado, haciendo su vida y yo lo tenía a tiro. Si tenía un chumbo eran un par de corchazos y mandarlo a soñar, así de simple. Pero estaba tan lejos de eso. Lo llamé a Mario para contarle. Me dijo que estuviera tranquila, que ahora había que averiguar qué onda, si era una casualidad, si iba a venir siempre, había que seguirle los pasos. Entonces eso hice. Fui al otro día a ver si estaba con los pibes de la murga, que cada vez que terminaban de ensayar se juntaban a escabiar por ahí. Estaban los pibes pero él no. Di unas vueltas. No lo vi. Me maldije, lo puteé a Mario, era ese día la concha de la madre. Pero al otro día volvió a aparecer. Y a los tres o cuatro días ya paraba todos los días en el kiosco de la

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estación y después se iba a escabiar a la misma cortada. Le fui a contar a Mario cuáles eran los movimientos del Diente. Estaba toda cagada porque no sabía cómo iba a seguir la cosa. –Ok– me dijo el puto Mario–. Ya estamos. ¿Vos estás segura de lo que querés hacer? Mirá que una vez que diste el paso hay que bancar la parada negrita, eh. No podes ponerte a dudar. –Estoy lista, quiero que ese hijo de puta pague. Pero cuchame una cosa, Marito, estoy toda cagada. Me tenés que dar unas de esas pasti, necesito estar manija. –Ma vale que te voy a dar un bichito, negrita. Pero quiero que estés segura de lo que vas a hacer. Hacerlo no es el problema, el problema es el después, hay que vivir con la carga, negra, y vos no estás hecha para eso. Ahora tenés miedo. Pero el miedo se te va en dos segundos, el cuerpo y la cabeza responden ante el miedo. Medio que somo así… ¿cómo se dice? Biológicamente. Pero con la culpa, con la cara del muerto hay que vivir, ¿estamos? –No me hagas la cabeza. Vamos, lo hacemos y ya está. Dame una pastilla, Marito. –Hoy no. Mañana. Mañana vas a tomar una buena pastilla que te va a tranquilizar. El asunto lo preparamos en un par de días. Un amigo del barrio del gordo, un puto viejo y de la noche arregló una cita con el Diente. La excusa fue una reunión para pedir permiso para hacer unos negocios. Le habíamos dicho que estire la reunión y que le invité un par de vinos al Diente que él ya iba a caer con unas copas encima. Lo queríamos tener medio mamado. La reunión casi se suspende porque ese día hubo sudestada y el barrio era un quilombo de barro y agua. Pero el amigo de Marito insistió y al final se hizo. Yo me había colado dos pastillas que me había dado Mario y otra que había conseguido yo. Eran bien anfetosas porque no paraba de maquinar. Mario también había tomado, una sola. Estaba tranquilo. El amigo de Mario lo sacó del bar cerca de las diez y media. En la calle no había nadie y por la noche corría un viento desprolijo que hacía mover las plantas y los árboles para cualquier lado. Seguimos al Diente un par de cuadras y lo arrebatamos por atrás. Mario le pegó un barretazo en la nuca, un viaje en la jeta, le tapó la boca y le puso un chumbo en la cabeza. Lo arrastramos para la calle de los galpones donde alguna vez supe parar. Lo metimos contra el paredón. Yo estaba excitadísima. Tenía mucho miedo. Marito me dijo que era hora. –Es todo tuyo. Sacate todo– me dijo. Cuando le vi la cara a Melgarejo y la nariz sangrando me cebé. Le pegué un par de patadas que me hicieron doler el pie. Así que agarré la barreta que tenía Mario y le empecé a dar en la cabeza, un par de veces sin convicción. Hasta que la furia salió. Le di en la nariz y escuché como se le partía el tabique. El crujir de esos huesos chiquititos. Le di uno, dos, tres barretazos en la nariz. Me gustaba ver cómo se le hundía la nariz aguileña esa que alguna vez supo meterme en la concha. –Hacete el guapo ahora, borracho hijo de puta. A ver. Saca la pija esa de mierda que tenés. A ver. Y mientras le decía eso le pisaba bien los huevos. Me puse a saltarle encima, le apreté la pija,

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los huevos, la panza y se iba quedando sin aire mientras el gordo Mario le aplastaba las manos. Sentí un par de dedos crujir. Sus gemidos me dieron un poco de impresión, era como si un animal chillara. La lluvia, el viento y el pañuelo que le tapaba la boca hacían que esos gritos sean menos fuertes. Me acordé de Cami, de su voz hermosa y le empecé a dar barretazos en la cabeza. Vi primero cómo se hundía una parte. Cómo la cabeza se le empezaba a deformar. Ya no gritaba. Sentí alivio. Marito me quiso separar pero seguí dándole unos barretazos más, hasta que me caí sobre él y seguí dándole en todo el cuerpo. Vi sus ojos muertos. Su mirada perdida. Y me largué a llorar. Mario se sacó el camperón que llevaba puesto, apoyó el caño del revolver en él y remató al Diente. Me levantó y salimos corriendo mientas los refucilos y la tormenta se comían la noche. Algo salió mal, alguien supo algo. Alguien nos buchoneó. Quizás fue nuestra inexperiencia, pero en nuestro intento de fuga fuimos interceptados. A Marito, a mi amigo del alma lo agarraron los puntas del barrio. Apareció con dos tiros en la cabeza y un palo en el orto. Le habían arrancado cuatro dientes. A mí me encontraron los cobani. Montaron un re operativo para detenerme a mí que estaba regalada después que me enteré de la muerte de Mario. Hace un año y monedas que estoy esperando sentencia. Me declaré culpable y orgullosa de lo que hice. Les pregunté a los del juzgado en qué andaban cuando violaron a mi hermana. Les dije que lo de la justicia era todo chamuyo. Que me den los años que quieran. Que me importaba un carajo porque yo había perdido todo. Así que ahora mis días son todos iguales. Estoy estudiando, leo. Extraño a mi hermana y al puto Mario. Los necesito. Vino un par de veces mi vieja a verme pero la eché. A veces escucho la radio y me acuerdo del programa que escuchaba cuando aún tenía infancia y ganas de enamorarme. Antes de que el Diente me robara todo. Unos días lloro. Y todos, pero todos los días, escribo este diario.

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No me importa lo que digan Ezequiel Scher

Leo Luján

C

uando saltamos el cantero de una casa para escondernos de las balas de goma detrás de unas plantas, me pregunté por segunda vez en tres horas qué hacíamos ahí. El sábado 7 de marzo de 2009, con mi hermano nos tomamos el bondi 44 desde Flores hasta Barrancas de Belgrano, nos subimos el Mitre y bajamos en la estación Victoria. Como teníamos que caminar diez cuadras para llegar del lado donde entraba Racing y el recorrido nos cruzaba con hinchas de Tigre, aunque no teníamos nada que delatara que éramos visitantes, íbamos coleccionando temas pelotudos de conversación para que no saltara la ficha. Nos faltaba una cuadra para llegar a Libertador, cuando de un costado aparecieron cuatro hinchas del equipo contrario, nos quisieron pegar y nos robaron una campera. Llegamos a los cacheos, empezamos a darnos cuenta que pasaba el tiempo, que todo iba muy lento, que perderíamos el comienzo. Apareció la barra y tuvimos que hacernos a un costado para que entraran. Una radio avisó que el partido arrancaba, hubo empujones y la policía empezó a tirar. Al rato, entramos. Subimos casi quince escalones, levantamos la vista y hubo córner para ellos. El técnico de la Academia era Ricardo Caruso Lombardi, de los once titulares seis eran defensores y ya estábamos en Promoción, a un año de haber tenido chance de descender contra Belgrano. Primera pelota. Centro al primer palo, Néstor Ayala que se eleva y gol de ellos. Perdimos 4-1. La vuelta tardó tres horas porque hubo que esperar el 60. Que nunca vino. Pero no lo dudamos: jamás, por perder, íbamos a dejar de ser socios, de pagar la cuota o de ir a alentar a nuestros colores. Racing somos nosotros. Desde que crecimos y vivimos en casa separadas, es saber que nos vamos a ver en algún momento. Es el ejercicio de pensar algo lindo en las feas y recordar lo que somos cuando somos un domingo en el Cilindro. Una sensación hermosa de rutina: es decir, una pertenencia.

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Hace un tiempo, escuché a un entrenador decir que “la gente tiene miedo a perder”. Cuando hablaba de la gente, hablaba de los hinchas y hace años empecé a masticar bronca. Por la cobardía: de todos los actores que participan del fútbol, son los hinchas y los socios los que menos se ven modificados en la derrota. Los hinchas no arman planteles. No echan entrenadores. No atienden los teléfonos a los representantes que operan frente a la derrota del técnico de turno. No son el director técnico actual que aprovechó el derrotero del anterior. No son los dirigentes que juegan al Gran DT y ponen y sacan sin saber. No son el egoísmo de un presidente que, frente al run run, vomita una decisión que le cuida el culo. No son, seguro, presidentes porque, en una sociedad de clases, la democracia requiere de capital y plata tienen las clases altas. No son, siquiera, los creadores de twitter ni de facebook para que eso se volviera una cloaca donde verter opiniones no justificadas. Ni el técnico subcampeón de la Champions League que se siente un fracasado. Ni el actual conductor de Argentina que asegura que está bien pensar que ser segundo es fracasar. Ni la superestructura que obsesivamente replica memes, cargadas y análisis que llevan a Gonzalo Higuaín a negarse a jugar en la Selección para dejar que el tiempo pase y dejar de ser considerado un mal jugador de fútbol que acompañan estadísticas tan malas como 121 goles en Real Madrid, 147 en Napoli (siendo, con 36, el máximo anotador en la historia de la Serie A) y 61 en la Selección argentina (es el sexto goleador en la historia). No me importa que digan que es complejo de hincha perdedor académico. Ni que se diga que se gana metiendo la pelota más veces que el rival: eso es un reglamento y mi vida no es un reglamento. El Kily González, en el Gigante de Arroyito, tiró un centro pasado, lo habíamos empatado en el minuto 45 y nos metió el 3-2 y nos hundimos en la Promoción. En el Cilindro, vi a un defensor nuestro agarrarse la cabeza mientras veía cómo un delantero se enfilaba solo para el gol y, de repente, un dios al que evocamos sin creer, no sé, lo tackleó y se cayó y Racing no descendió. Ahí sí, masticaba miedo y aceptaba que había razones para no intentar ser un equipo de fútbol, pero fueron las últimas: desde ahí, me juré que el fútbol es un juego y un espectáculo y, como a los Rolling Stones, yo quiero verlos sonar bien, con fuegos artificiales y luces. Y, si no, al menos, intentándolo. “La gente te liquida”, repite en off el nuevo entrenador de turno y le dice a los centrales que tiren la pelota a la mierda como si mierda fuera una palabra de azar: y yo me siento un pelotudo pagando una entrada y peleándome contra todos los compromisos que dejo por venir a alentar al equipo que tiene como objetivo lo escatológico. Yo ya tuve miedo cuando era un nene en marzo de 1999 y esperé a que mi papá volviera de su trabajo y, como de pibe el horizonte de soluciones siempre son los padres, le pregunté qué íbamos a hacer si Racing desaparecía. Si era real lo que decía mamá que habían dicho en la tele. De quién íbamos a ser hinchas. En dónde íbamos a poner nuestros sueños. Nuestros sueños siguen ahí: a veces, solo por pertenencia. Los 90 minutos cada vez sirven más para hablar con mis amigos académicos. Odio tener que ver a Barcelona para divertirme porque esos catalanes devenidos en chinos sacafotos en la platea del Camp Nou me representan. Neymar nunca juega contra Independiente. En el fútbol argentino, ni siquiera los rivales

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te hacen sufrir. Tienen miedo. Como yo: porque lo que más miedo me da es que el miedo no impulse valentía. Pero quiero que sepan, para los que responsabilizan a los hinchas, que no conozco un solo racinguista, ni de ningún club del fútbol argentino, que si lo intentan y no sale vayan a dejar de alentarlos. Van a putear al aire, pero no van a llamar al conductor de un programa de televisión para pedirles que hablen de fin de ciclo y de este técnico que está sin trabajo. Los hinchas no: porque sin intentarlo y perdiendo nunca les fallaron. Imaginate si encima tiráramos caños.

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El sentido de pertenencia Ro Cazado

Caro Morando

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e aquí una historia sobre Gustavo Metus, un joven de 26 años, Licenciado en Administración de Empresas de la UBA, a cargo de un importante puesto en un banco con casa matriz en La República Popular China. Hijo de Víctor Metus, un directivo del BID, y Mónica Ajax, Licenciada en Matemática y consultora del mismo banco que el padre. Vivió toda su vida en el barrio de Núñez e hizo tanto primaria como secundaria en un colegio religioso de la zona. De este último es que conserva su grupo de amigos, toda una conjunción de “hijos de…” con particulares y hasta casi satíricas formas de ver la realidad. Gustavo siempre había criticado la forma en la cual se manejaban sus amigos, le molestaba mucho el alcance geográfico de sus planes, no salían de la zona norte de la Capital Federal, incluso de la Provincia de Buenos Aires; el territorio admisible solo eran Olivos, San Isidro y Martínez. Con así superficialidad de los planes, todo encuentro se podía reducir a: un lugar oscuro, música comercial a un volumen irracionalmente alto, alcohol de calidad media (y alto precio) y, ¿cuándo no?, la droga de moda. A decir verdad, él no se divertía, pero no conocía otra cosa, no tenía conciencia de otras opciones. Pero (y afortunadamente para él hay un pero) había algo que tenía un gusto distinto, eran los encuentros que tenia con Celeste D’ Lambert, la hija de un matrimonio amigo y vecino de la familia desde siempre. Ella, una brillante escritora, Licenciada en Letras, muy reconocida en la facultad por haber deslumbrado a profesores y alumnos con sus modos de expresarse a sus jóvenes 28 años. Era hija de dos famosos psicoanalistas y trabajaba como editora en una

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editorial española con base en Buenos Aires. Según palabras de Gustavo, era un águila del pensamiento, con poderosas reflexiones y un dominio del lenguaje que daba garantías de la precisión del uso de sus palabras. Las familias de ambos tenían la costumbre de juntarse a comer todos los sábados y tanto Celeste como Gustavo mantenían la tradición, aún sin vivir ya en la casa de los respectivos padres. Lo cierto es que aprovechaban para juntarse a charlar entre ellos, donde tocaban todo el abanico de temas: amores, aciertos, pérdidas, miedos, sobre todo miedos: C: Odio que cada ensayo o crítica que hago la relacionen con algo que dijo mi viejo, pero lo odio, ¿me entendés? G: Y no debe ser fácil tener de viejo a tu viejo… C: Es como que cada cosa que digo, está puesta a prueba, para ver si estoy o no a la altura de él. G: ¿Te da miedo no estar a la altura de él? C: ¡Y sí! Y eso también lo odio, no tendría que darle importancia. Igual, ¿cómo pasamos a hablar de mí? Estábamos hablando de vos. G: Sí, es verdad, no sé, a mi me pasa que en el Banco está todo bien, pero como que no pasa nada. O sea, mucha planilla de Excel, el informe para tal director, que hay que mantener al equipo que tengo a cargo contento. No sé, ¿es esto la vida? Me lo estoy preguntando mucho últimamente. C: ¿No es eso lo que hace un administrador? ¿Por qué estudiaste esa carrera? G: No sé bien, como que llego el momento de decidir, no tenía idea qué quería y se sentó mi viejo conmigo y me dijo que hay un momento en la vida que hay que tomar una decisión, que hay que sentar cabeza. C: Ah sí, vos te réferis a renunciar a todo sueño, ¿no? (Sí, señores, acá, exactamente acá, comenzó todo) G: ¿Ves que sos una boluda? Te estoy hablando posta yo. C: Yo también. Después de esa conversación Gustavo quedó conmovido. Comenzó a cuestionarse muchas decisiones que había tomado sin saber por qué las había tomado ni cuál era su motivación. Simultáneamente a este delicado momento, recibía invitaciones de sus amigos del estilo… (Atiende el teléfono, numero privado). G: Hola. M: Hola, cabezón, soy Manu, te estoy llamando del teléfono del laburo. G: ¿Qué hacés, gordo, vendiste el auto al final? M: No, no me lo saco más de encima. Che, cabeza, estoy yendo a un after office en Reconquista con el grupito de minas de Bernal del verano, bebotas especiales. Vienen todos, hasta el Negro Juan, ¿venís?

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G: Ni en pedo, Gordo, esas minas no me caen para nada bien y ustedes me caen peor cuando están con ellas. M: No seas maricón, aparte Julieta la tetona dijo que re está con vos… De última un fierrazo lo vale, ¿o no? (¿Se dan cuenta lo que digo?). . G: No gordo, gracias pero estoy en otra. Acá hay algo que debería quedar claro, Gustavo no se sentía parte de su grupo de amigos, pero sin ellos, le parecía un peor escenario. Es decir, no se alejaba porque le daba miedo la soledad, entonces pagaba altos costos por pertenecer. Un horror. Ahora bien, no van a ser dos semanas que habló con Celeste que ocurre algo llamativo, es sábado como siempre, esta vez la reunión se concretó como cena en la casa de los padres de ella. Gustavo llevó el Malbec que ella le pidió; le llamó la atención el pedido, una actitud un poco rara, pero en fin. Estando en la terraza de la casa: G: Che, ¡vi que te nombraron en el diario! C: Sí, ¿viste cómo me presentaron? “La hija del reconocido psicoanalista Ricardo D’ Lambert”, me robó toda la identidad el pelotudo que escribió eso. G: Por lo menos sos noticia por lo que hacés. C: Sí, qué se yo. Hablando de noticia tengo una muy fuerte para contarte… G: A ver... C: Me llegó una propuesta de la Universidad de Friburgo, de Alemania, quieren que sea ensayista de la facultad de filosofía, que también es la de letras. ¡Estoy que exploto de la emoción! (Yo no les puedo explicar la cara que puso Gustavo). G: Boluda, me dejás helado. ¿Por cuánto tiempo te vas? C: La beca es por dos años en un principio. G: Bueno, te felicito, ¡me súper alegro por vos! C: Sí, me doy cuenta… G: No, posta, es que me sorprendiste una banda, te voy a extrañar un montón boluda. C: Si, yo también, es una oportunidad única. ¿Y vos qué onda? Te estabas cuestionando mucho últimamente. (No exageró él cuando dijo “helado”, eh). G: Sí, qué se yo, pienso mucho. Tengo que hacer un balance de lo mejor para mí. C: Tenés que hacer lo que más te guste a vos. G: ¿Podés parar con la agudeza? C: Eso no fue agudo. Vos querés enterarte las cosas, pero no te las bancas.

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G: ¿Vos me entendés cuando yo te hablo? C: Al final tu viejo tenía razón, Gus, hay un momento en la vida que hay que tomar una decisión. Se imaginarán lo cómoda que fue esa cena. Entre preparativos e idas y venidas, solo se volvieron a ver en la despedida de ella al mes siguiente. Habrán de pasar ocho años, sí, ocho años, sin contacto alguno de por medio, hasta volver a cruzar palabra. Gustavo recibió un mail de ella, parece ser que venía a Buenos Aires a recibir el reconocimiento como personalidad destaca de la cultura. Celeste publicó una exitosa novela que fue furor en todo país de habla hispana y Alemania. Coordinaron un encuentro con toda la familia de Gustavo, su mujer, Analía y sus dos hijos, Frida y Amadeo, y Celeste con su esposo, Ulises Lieben, un escritor austríaco, novelista y ensayista como ella. La cena fue ponerse al día, contar anécdotas que ponían en ridículo a algún integrante de la mesa y sorprender a Ulises con la tira de asado a la parrilla. Hasta que pudieron tener un momento de charla solo ellos dos… G: Leí en el diario que te consideran la Simone de Beauvoir argentina. C: Por lo menos ya no meten en el medio a mi viejo, ¿no? G: ¿Superaste tus miedos entonces? C: No, para nada. Ahora le tengo terror a no poder sostener esa distancia. Yo creo que los miedos son puro devenir, nunca hay plenitud. ¿Y vos? ¿Qué se siente ser el presidente de un banco? G: Nada especial, puro estrés y a las corridas todo el tiempo. C: ¿Y con Ana? Se los ve muy bien. G: Sí, qué se yo, creo que es solo una apariencia ya, la verdad es que seguimos juntos por los chicos nada más. Pero es una buena persona y algunas cosas lindas compartimos. C: ¿Seguís viviendo para los demás, Gus? Me sorprendés muchísimo. G: Cele, no nos vemos hace ocho años, ¿podés dejar de lado el espíritu crítico una vez? C: Sí, disculpá. Pero una cosa, de curiosa nomás, si querés saber si ella te ama, ¿se lo preguntás a ella o se lo preguntas a los demás? Ya que lo hacés por ellos… (A Celeste la queremos y mucho, eso está claro). G: Siempre tan dulce vos… Él sabía que ella tenía razón, para su interioridad se prometió que no dejaría que los hijos hagan lo mismo que él, como si esto fuera consuelo alguno. Ella se guardó el último pensamiento, pensó que hubiera sido doloroso pero sin sentido, pero se dio cuenta de algo: de que manera tan distinta fueron, para los dos, determinantes los miedos, en la forma de marcar límites, en las formas de posibilidad, en todo. Será que uno es lo que hace con sus limitaciones, que son en definitiva los propios miedos.

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Directamente proporcional Solange Gunning

Tab Cuzca

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–¿ ué pasa, gordi? Tranquila, todo va a estar bien. –Es que no sé qué me pasa. Hay algo que siento que no está bien, y no te quiero lastimar. –¿Me amás? –Ya no lo sé. Palermo, Serrano, la escalerita de una casa pintoresca que servía de banquito, Seba y yo. Ah, y el terror que me generaba pensar que lo que me unía a Seba ya no existía. Y las lágrimas, por supuesto. Porque luego de disparar esa confesión, el llanto se volvió una de las rutinas constantes de esas semanas. No podía parar de llorar. Corría el 2012, y a mis 23 contaba con 40 materias de Comunicación Social; cinco años de laburo en un lugar en el que sufría; dos ex-novios; y un volver a empezar con mi familia. El podio se lo llevaban mis amigas de la facu, quienes me bancaron hasta el día en el que casi termino mirando crecer desde abajo a los rabanitos. Ustedes se preguntarán si ese, el de la cirugía de abdomen de urgencia, fue el día que más miedo sentí. La respuesta es obvia. Aunque no tanto: unos años después, hubo una noche en la que el miedo llegó por algo tan abstracto como absurdo, con una fuerza envolvente. No conseguía parar de llorar. Hacía un año y medio que me había enamorado plenamente de Seba. Ya era Licenciada en Comunicación y las cosas estaban, a mi parecer, demasiado quietas. Esa quietud que hace que la sangre corra más rápido y el corazón lata más fuerte. Esa

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quietud que no tranquiliza, que acelera y paraliza, que le da galope a la ansiedad. Esa quietud típica que antecede a los grandes vendavales. Sucede que no conseguía laburo de lo que había estado estudiando durante seis años y seguía trabajando en el lugar en el que sufría. Sentía que todo estaba quieto. Me recibí, pero no me sentía periodista todavía. Terminé de estudiar y sin embargo aún seguía sintiéndome una estudiante. Los sueños de toda una vida se dieron de jeta contra la pared de la realidad. Una noche del 2014 llegué a la casa de Seba, me regaló un pullover y, cuando lo vi, sentí culpa. Sentí que ya no lo amaba más. A la semana siguiente, salimos de una master class de canto a la que me acompañó y comenzamos a caminar por Palermo. Sentí que él empezó a dudar sobre el porqué de mi tristeza. Corría el 2012, y uno de los pacientes que había recepcionado en el consultorio en el que trabajaba por las tardes, me agregó al Facebook. Me llamó la atención, dado que a mi parecer no encajaba con el estereotipo de pibe que te iba a chamuyar por Facebook. Pero un tiempo después de que terminó su rehabilitación kinesiológica, me agregó. Y por una de esas cosas de la vida, no lo acepté. Pero los meses pasaron, y a unas semanas de haber comenzado mi tesis de grado, una noche apreté el botón: “Aceptar”. La historia la narré tantas veces en esa época que hoy me da fiaca volver a contarla. Porque en verdad, no es mucho más que muchas de las historias que nacieron luego de que naciera Facebook. Sin embargo, lo que tenía de especial nuestra historia, la que compartíamos con Seba, era lo genuino en nuestros sentimientos. Yo estoy más grande, ha pasado agua debajo del puente –y otras cosas–, y así y todo recuerdo con alegría el amor que nos unió durante ese tiempo. Precisamente, en ese tiempo, no consideraba presente más simple y perfecto que no fuera al lado suyo. En psicoanálisis dicen, muy a grandes rasgos, que uno puede posarse en un tema en particular y regocijarse en el dolor que le genera, con el fin de no enfrentar el verdadero problema. Es un acto inconsciente, claro. Porque es más fácil irte por la tangente de las pelotudeces que caminar derecho hacia lo que te hace sufrir en verdad para solucionarlo. O al menos, intentar eso. La tangente de las pelotudeces en mi caso fue dudar del amor que sentía por Seba. Y me generaba terror dudar. Ya la duda en sí y el miedo y el llanto me daban la respuesta exacta: “Lo amás tanto que te da pánico la idea de no hacerlo más”. Porque obvio, no hay peor saboteador que uno mismo. Tal vez lo más “fácil” para mí en ese momento de mucha quietud e incertidumbre personal, fue embestir mis frustraciones en la persona responsable de mis pocos momentos de alegría por aquellos días. Sí, bien autoboicoteadora.

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Esa noche, en la escalerita de la casa sobre la calle Serrano, Seba me abrazó fuerte. Y solo dijo algo. –Estás en un mal momento, gordi. Yo sé que me amás todavía. Quedate tranquila. Camino al auto, seguía sosteniendo mi mano con la misma ternura que siempre. Yo –sí, adivinaron– no paraba de llorar. Su actitud no fue la de un necio optimista, no. Él simplemente se guió por lo que yo demostraba. En ese momento, daba la sensación de que él me conocía mejor que yo misma. –Voy a poner este tema de los Peppers, yo lo escucho cuando me siento maso. No hablemos más, escuchá la música. Llegamos a mi casa, me dio un beso cálido, y nos despedimos. Si vas a elegir al periodismo como forma y medio de vida, tenés que saber que la dificultad de insertarte en el mercado laboral de la comunicación, es directamente proporcional a la felicidad que te genera poder vivir de eso. Porque, al fin y al cabo, mi miedo, ese que me paralizaba y que me hacía dudar de hasta lo más concreto en mi vida, era en realidad el espejo del pánico que le tenía a no poder desempeñarme como comunicadora, como periodista. El terror a no poder vivir de esto, de no poder cumplir mi sueño. Esa vergüenza que sentí cuando Eduardo Sacheri volvió al consultorio luego de cuatro años y se sorprendió al verme aún ahí. Esa impotencia que brotaba desde adentro cuando me preguntaban “¿y vos qué hacés?”, y tenía que responder que era Licenciada en Comunicación pero que –sin desmerecer, claro– trabajaba en un consultorio. Esas sensaciones eran el motor del miedo, miedo que terminé volcando en Seba. Pasaron algunas semanas. Decidí permanecer con Seba porque no estaba segura de dejarlo. Tampoco de amarlo, pero de dejarlo menos. Me despertaba llorando, él me escuchaba y me abrazaba hasta que me calmaba. Así varias noches. Al día de hoy no logro entender su paciencia, la que evidentemente se agotó en esa época. Un día, una ex-profesora me preguntó si no quería trabajar con ella desgrabando audios. Yo estaba tan boluda que le di poca importancia. Una tarde dominical de mayo, Seba me preguntó por qué no había hecho lo que me pidió Agustina. –Gordi, te prendí la compu. Hacé lo que quieras, pero creo que por algún lado tenés que empezar. Y empecé. Un audio llevó al otro. Llegaron las notas. Luego, los ofrecimientos formales para firmar

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lo que escribía. Por otros motivos, al tiempo con Seba cortamos, y casi inmediatamente el impulso que había tomado a su lado, lo terminé soltando sola: firmé mi primera nota en un diario nacional, y otra ex-profesora me ofreció un trabajo full-time en la agencia en la que actualmente laburo. Así, con otros proyectos paralelos, se fue abriendo el camino que hice hasta el día de hoy. El camino por el que tanto soñé andar. A dos años y pico de esa noche en Serrano, me doy cuenta de que el amor que yo sentía por Seba era directamente proporcional al que sentía –y siento– por mi profesión –que es más bien un oficio, una pasión. Ese amor que te hace sentir viva, que te enaltece, que te pone brillito en los ojos. Aunque el amor por mi profesión es más que amor: siempre la termino eligiendo aunque me resista a hacerlo –y creo que eso no pasa ni con las parejas. Seba lo sabía, lo supo todo el tiempo, y no hizo más que recordármelo. Hoy, a muchas noches de esa noche en Serrano, y a muchos días de nuestro último día, le regalo este texto. A la distancia –física y temporal– las cosas toman su real perspectiva. Y hoy, a pesar de las diferencias irreconciliables y del amor que un día se fue para no volver más, la gratitud sigue siendo grande. Por bancarme en el miedo, gracias. Porque lo cortés no quita lo valiente.

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La forma del miedo María Paz Moltedo

Sofía Martina

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iedo a la inmensidad de esta hoja en blanco. A que me paralice y no me deje transmitir algo interesante. A no ser aceptada con este relato. A que no sea valorado, a que a nadie le importe. Miedo que sale a través de mis dedos y al mismo tiempo me hace avanzar. “Procurá avanzar con miedo”, me dijo una vez una psicóloga que me tuvo en su cama diván, previamente silla dada vuelta tipo testigo encubierto, casi diez años. Casi diez son los que tiene mi sobrinito segundo Nacho, que ayer me contaba que existe una tal “María Sangrienta”, el espíritu de una nena que dicen que se aparece en la ducha, y que no lo deja animarse a bañarse solo. “¡Somos las hermanas Moltedo, sin miedo!”, cantábamos con mis hermanas veinticinco años atrás en el pasillo oscuro que nos llevaba al garaje donde había una máscara negra que para nosotras era igual a la cara de “Isabel”: la mujer con rostro oculto que interpretaba Grecia Colmenares en esa novela de la siesta que veíamos a escondidas de nuestros señores padres, cuando Peti, la señora que trabajaba en casa nos la habilitaba. También me acuerdo de cuánto me asustaba de chica escuchar a oscuras la canción Thunderstruck de AC/DC, que ponía a veces cuando le robaba el CD a mi hermano. Me parecía divertido y a la vez escalofriante escuchar esa música que iba creciendo en intensidad y poder. Es que a veces me gustaba y me gusta desafiar al miedo. Con mis hermanas nos animábamos a invocarlo, cuando jugábamos en el jardín a que éramos parte de una tribu, y le hacíamos una danza a la lluvia que estaba por venir. Cuando el cielo ya se ponía gris y se escuchaban los truenos que estaban por estallar, mirábamos para arriba y gritábamos, con toda la potencia que podían tener nuestras voces a esa edad: “Que comience la tormenta ¡y que cunda el pánico!”. No sabíamos bien qué quería decir cunda, pero nos gustaba mucho cómo resonaba la palabra entre los árboles del jardín.

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Hace unos días me subí a la ola de fanáticos de “Stranger Things”, esa serie que recolecta retazos de películas de los ‘80 y ‘90 como ET, Los Goonies, algo de Freddy Krueger, La Dimensión Desconocida, y un poco de Volver al Futuro. Un pastiche que combinado da forma a una serie que en pocos capítulos me hizo sentir muchas emociones, y una de ellas fue el miedo. El miedo prefabricado, ese que alguien fabrica para nosotros y nosotros esperamos sentir. Lo sentí en el primer capítulo, al punto que me dio cierto temor ir al baño sola. Como a mi sobrinito Nacho. Pienso que como para el amor no hay edad, para el miedo tampoco. Ni edad ni reglas. Porque las razones por las que podemos sentirlo son infinitas. Y altamente subjetivas. En mi caso siento que mis miedos siempre son a cosas que no puedo ver, o que solo puedo ver en una dimensión desconocida, esa que para los guionistas de “Stranger Things” tiene forma de monstruo lleno de babas. Cuando terminé de ver la serie pensé en esa dimensión que habita en la mente de cada uno, o en la mía. Es oscura, o al menos no tiene colores o no se puede ver nítidamente. Está ahí vacía, y de repente se llena con prejuicios, pensamientos, paranoias, mandatos, mitos personales que se han armado o han sido arrastrados a través de sentimientos, vivencias, experiencias acumuladas e impresas en algún lugar del inconsciente. Lo que a mí más me sorprende es que el miedo sea algo que realmente no existe, no tiene entidad física pero sí resultados físicos o palpables. Muchas veces actuamos, hacemos, creamos, destruimos, deshacemos por él. A veces nos lleva a hacer cosas increíbles con su impulso; otras nos cuesta tanto enfrentarlo que preferimos quedarnos adentro de su bolsa. Porque para mí si el miedo fuera algo físico sería una bolsa gigantesca, arrugada, que de repente se te cae encima. Y a veces cuando te quedás atrapado no podés ver más que lo que está ahí adentro: vos mismo y tu universo de miedos. Si lográs atravesar la bolsa te sentís King Kong. La podés pisotear, hacer un bollo, patearla, prenderla fuego. Si lográs ponértela como capa y volar al estilo superhéroe, aprendiste a convivir con ella, a aceptarla y domarla. Creo que lo más mágico que tiene el miedo es esa flexibilidad, esa materia imaginaria y moldeable. El punto en que descubrimos que depende de nosotros la forma que le damos. Hasta dónde lo estiramos. En qué momento decidimos enredarnos en él, izarlo y llevarlo como bandera, hacerle agujeros para respirar mejor, o atravesarlo para ver que hay fuera de sus límites. Y es que así como de chicos nos han dicho, “Papá Noel son los padres”, “Los reyes magos son los padres” el miedo de alguna forma puede tener que ver con los padres, pero afortunadamente, el miedo somos nosotros.

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Un sustito Nicolás Garibaldi

Ja Ant

“Roma, la invencible, cae antes de caer cuando los bárbaros traspasan por primera vez sus murallas, cuando el miedo penetra la subjetividad del triunfador”. León Rozitchner

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iraba compenetrado el león de la taza del auto como si fuera un león real, capturado en el África subsahariana con dardos y encerrado en la taza. Mojaba el cepillo en el balde de agua sucia y espumosa, sus manos eran un limpiaparabrisas perfecto, se movían así, delicadas, limpiando al león con la delicadeza de un padre o una madre con su bebé en la bañera, ¿era acaso un cachorro de león?, ese león de Peugeot orgulloso, el león más limpio del mundo. Ricardo Darwin lo detuvo, “ya está bien, suficiente”, lo separó del león como un árbitro a dos boxeadores que se abrazan. El chico, algo decepcionado, tomó el cepillo y el balde y se compenetró en otra taza, de otro auto. Ricardo Darwin era un emprendedor estrella, múltiples veces premiado por el Banco Internacional para el Desarrollo, ese domingo había salido en el suplemento económico del diario de mayor tirada de todo el país, “Ricardo Darwin, la evolución emprendedora”. Nunca se había imaginado que ese sillón, el control remoto, y un empecinamiento en que todo lo que venía de otro país que no fuera el suyo necesariamente era mejor le darían tantas satisfacciones. Así aprendió que en Estados Unidos empleaban niños autistas en lavaderos de autos, y que incluso hacían el trabajo mejor que las personas normales, y así aprendió que en Barcelona

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no despilfarraban el agua, para limpiar cosas no usaban agua potable, usaban agua gris, él ató cabos y profundizó, ya no eran solo los autistas, también los down, los amputados, todos los que de alguna forma no podían, los demás no podían porque no querían, tal como declaró al suple del diario. Casi no tuvo tiempo de descansar, salió de una cosa y se metió en otra, fue todo vértigo, el retiro de la policía bonaerense, un viaje relámpago con su señora a los Esteros del Iberá (¿ahí también hay leones?), el regreso, la idea perfecta, la inversión mínima y el negocio materializado (material y sado). La señora, maestra de grado, era un amor, muy querida en el ambiente de la docencia, al menos entre pares y directivos, hablaba muy bien en los actos y escribía discursos y en secreto se calentaba con los niños disfrazados de próceres (eso no se lo confesó a nadie). Ricardo le compraba flores en los semáforos, le entregaba el ramo y la besaba fogoso, desde que era un emprendedor tenía más apetito de sexo, más que cuando era policía, de eso charlaba con los amigos, los sesenta son la mejor edad, nunca había tenido tantas ganas. Se habían hecho una escapada a la costa para la semana santa, le habían tocado días lindos y habían comido rabas todos los días como se habían prometido antes de viajar. A pesar de que a Ricardo este tipo de viajes le costaban (dejar solo el negocio, estar pendiente porque nadie hacía las cosas como las hacía él, había detalles, formas de abordar los reclamos de los clientes, de contener a los chicos cuando estaban mal emocionalmente que solo él tenía, hasta llegó a preguntarse si lo suyo antes que ser policía y ser emprendedor no debía haber seguido la carrera de terapeuta), la pasaron bien. Regresaron de noche, esquivando el transito, excepto por algunos bancos de niebla el viaje fue tranquilo. Pensaban que era mejor volver a esa hora, para no sucumbir en la tentación de las parrillas al paso, ella le cebaba mate, él chupaba, “quema, quema como la concha de la lora”, eso lo podía decir porque no estaba con sus chicos del lavadero a los que debía darle el ejemplo, ella le sacaba el tapón, dejaba que el agua se enfriara y volvía a cebar, “ahora sí”. En el estéreo sonaba rock sinfónico, “acá se escucha nada más que rock sinfónico”, decía Ricardo desafiante ante su esposa, como si ella en algún momento fuera a atreverse a sugerir otra cosa, también se preguntaban si habrían vuelto con algún kilo de más, no tenían balanza en la casa para no obsesionarse, se pesarían en la farmacia. Estaban llegando. Desde el celular llamó a la seguridad privada, dio dos vueltas de manzana hasta que llegó ese hombre, dispuesto a disparar al cuerpo por menos de un mínimo vital y móvil, metió el auto en el garaje y entraron a la casa apurados como si un monstruo les estuviera lambeteando los talones, apenas saludando con un gesto al falso policía. Apretó el interruptor y la luz parpadeó como si antes de encenderse hubiera tenido que librar una pequeña batalla con la oscuridad. Era una luz pálida, hospitalaria, mortuoria. Ricardo miró a su señora, extrañado, ¿qué había pasado?, si ellos usaban luces cálidas, ¿por qué los foquitos del hall principal eran de bajo consumo?, recorrió la casa, encendiendo todas las luces con el mismo resultado, estaba agitado, ¿habría alguien más adentro de la casa?, ¿qué clase de broma le estaban jugando? Fue a la habitación, y de la mesita de luz agarró el chumbo, llevaba tanto tiempo sin usarlo, ¿todavía funcionaría?, la temperatura fría del revolver lo transportó a sus épocas como policía, pero ahora estaba solo, mejor dicho, estaba con su señora, ¿pero a quién le podía cubrir las espaldas?, la odiaba, “gorda puta, se la pasó comiendo rabas, no hace otra

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haría con todos esos dólares prometidos?, abriría otras sucursales del lavadero, alguna atendida solo por huérfanos, otra por miembros de los pueblos originarios, para otra realizaría un casting de pobres, los diez más pobres del distrito, el top ten que sería elegido por sociólogos expertos. Entre todas esas fantasías se acostó, en el mismo lado de la King Size que siempre elegía, se movía buscando la posición perfecta para dormir mientras su señora con el velador encendido leía un libro de Javier Auyero sobre la violencia en las escuelas. Ricardo se movía frenético, si por casualidad hubiera habido un observador colgado sobre las aspas del ventilador del techo creería haberse encontrado ante una persona con un ataque de abstinencia por falta de coca. “Gorda, este no es nuestro colchón, es nuestra cama pero no es nuestro colchón, levantate”, la señora le hizo caso, sacó el acolchado y las sábanas y las tiró al piso, “amor, es nuestro colchón, el mismo de siempre”, “no puede ser el mismo, lo siento diferente, alguien lo tuvo que haber dado vuelta”, la señora se preocupó, no porque creyera que alguien podría haber invertido el colchón y hacer la cama tal y como estaba antes, sino por la salud mental de su marido, “vamos a darlo vuelta, ayudame”, suplicó Ricardo, no podía solo con el King Size, era demasiado grande, su señora resopló, colocó el señalador en el libro de Auyero y colaboró. Después de acomodar el colchón y volver a hacer la cama, Ricardo se acostó y se quedó duro, mirando las aspas del ventilador como si alguien lo estuviera observando, se preguntó cómo lo vería esa persona, cubrió todo su cuerpo con sábanas y acolchado excepto la cabeza, los ojos abiertos, sin parpadear, mirando al techo, su señora intentó volver al libro de Auyero pero Ricardo la interrumpía, “no me puedo dormir, prestame un libro, ¿qué me recomendás?, ¿de qué se trata lo que estás leyendo?, ¿te molesta si lo leo con vos?”, no le daba tiempo a responder nada, su señora volvió a colocar el señalador y lo abrazó, todavía conservaba el olor a perfume. Esa noche durmió poco, y como durmió poco soñó, soñó con un hincha de Argentino de Quilmes al que le vació un ojo de un balazo de goma en una corrida con la banda de Colegiales, se acercaba al lavadero de autos, al principio no lo reconocía, era un cliente más, pero después se bajaba del auto, le daba la llave y lo miraba, en el lugar del ojo que le faltaba aparecía una luz roja, de repente el cuerpo estallaba, y del cuerpo salía otro hombre, con un puntero láser chino y un cuchillo, “voy a viajar en el tiempo, le voy a apuntar a Lehmann y dejamos afuera a los alemanes en los penales”. El equipo de audio se encendió con el volumen al taco, en lugar del rock sinfónico salió del artefacto una voz grave, como si un carpintero hubiera lijado sus cuerdas vocales, un par de gritos y un llamado a la destrucción “echemos abajo la estación del tren”, Ricardo corrió hasta el living, tomó el control remoto e intentó apagar, apretaba botones pero no pasaba nada, le dio un par de golpes y volvió a intentar, abrió la tapita, las pilas estaban sulfatadas, un líquido herrumbroso le manchó la mano, “tatatatata-ia-ia”, Víctor Hugo y Bruce Lee juntos dándole un par de bifes, se tiró al piso y desenchufó todo lo que encontró. ¿Quién le podía estar causando todo ese mal?, ¿y si acaso no fuera él el objeto de todas esas minucias y la verdadera perseguida era su señora?, “no pienso vivir asustado sin comerla ni beberla”, se lo dijo a su señora, le pidió que indagara cuál de los chicos a los que le daba clases le podría haber tomado idea. Ella, tras vacilar, le dio un par de nombres, desaprobados reincidentes, bochados en mesas de exámenes sucesivas, obstruidos en el quinto año, los nombres así como le llegaron se los pasó a los amigos de la fuerza, “darles un sustito” era la consigna. Esa misma noche las luces del patrullero se le colaron por la ventana, se proyectaba el azul en las paredes blancas, y después escuchó el timbre. Un poli joven, con la cara llena de gra-

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nos, se presentó como discípulo del Teniente Mac Alister, Ricardo le sonrió solo por haber escuchado el nombre del teniente, aunque no pensaba abrirle la puerta, “¿algún problema?”, preguntó, su señora en piyama gritaba desde la habitación y le pedía que volviera a la cama, “sí, señor, es por el tema del sustito”, Ricardo se abrigó con lo primero que encontró y salió a hablar con el discípulo, su esposa miraba por la ventana y trataba de leer los labios sin éxito, solo pudo ver cómo Ricardo se asomaba al patrullero, miraba el asiento de atrás y se agarraba la cabeza. Luego lo vio volver a la casa, agarrar la llave del lavadero, sintió que los labios de Ricardo entraron en contacto con los suyos pero no podía decir que eso era un beso. Lo vio volver a salir, subirse al asiento del acompañante y después no vio nada más. Entraron al lavadero, abrieron la puerta trasera del patrullero, y entre los dos cargaron el peso muerto de un muerto, tenía la cabeza bañada en sangre, el discípulo quiso explicar, “fue un culatazo, cayó al piso seco, mal, se desnucó en el momento”, le preguntó si lo vio alguien, le preguntó si estaba seguro, el discípulo juraba que sí. Ricardo enchufó la hidrolavadora y le dio detergente para que limpiara el tapizado, “es mucha sangre, no va a salir”, “vos probá, trabajo con buena mercadería, este detergente no falla”. Agarró el celular, apretó la letra P, la letra O, y le predijo el nombre de Poncio Pileta, mientras el pitido sonaba sin que nadie atendiera Ricardo le explicaba al discípulo a quién estaba llamando. Poncio Pileta era un empresario de la zona, tenía un negocio en Avenida Calchaquí, vendía piletas para casas quinta, tenía los precios más bajos del mercado, y él mismo se encargaba de hacer la instalación, siempre su presupuesto era el más barato porque a él la guita le entraba por otro lado, te instalaba la pileta pero en el pozo te dejaba algún fiambre, había desperdigado cadáveres por casi todas las casas quinta de la zona de El Pato, la mayoría de las veces lo hacía para la policía. El discípulo, que ya había limpiado el tapizado del patrullero, entusiasmado con la eficacia de la hidrolavadora continuó con el cadáver. A la media hora Poncio Pileta estaba ahí con una Traffic Blanca, pelo largo, enrulado entre negro y canoso, bombacha de gaucho, alpargatas, polera negra y guantes de látex, “a ver cuándo la traes para pegarle una lavada”, bromeó Ricardo, “a ver cuándo me conseguís una reunión con el Monseñor”, retrucó preciso Poncio, poniéndole una cotización al favor. La madre apareció en la escuela desesperada, hacía días que no veía a su hijo, había intentado denunciar su desaparición en la comisaría pero la habían desalentado, le decían que un chico de su edad con la junta que tenía debía haber huido tras cometer alguna fechoría, que era muy común en chicos con mal comportamiento, pasarse de la raya y escapar ante la inminencia del castigo, volvería en cuestión de días, con la culpa del perro que orinó en el sillón, si ella lo necesitara ellos estarían dispuestos a “darle un sustito”, con esas palabras llegó a decirlo el discípulo del teniente. En la escuela estaban felices de que ese repetidor empedernido, maltratador de niños pequeños, no apareciera, por eso la atendió una preceptora y la despachó. Diez días después se hacía imposible de ocultar y las pegatinas artesanales con fotos fotocopiadas y mensajes desesperados metían presión, un abogado le solicitaba a la policía las cámaras de seguridad, la madre estaba segura de que a su hijo le había pasado algo la tarde en la que se iba a comprar una Cindor y unas surtido y volvía, ¿qué razones tenía para desaparecer?, la policía le decía que casi todas las cámaras de seguridad estaban rotas por falta de mantenimiento. Su señora una noche se lo dijo, “uno de los tres nombres que te di está desaparecido”, “¿y los

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otros dos?”, respondió Ricardo con cinismo, y agregó “que se haga cargo la policía”. Esos días dormía tranquilo, tenía la certeza de que ya no había nada que lo perturbara, el Monseñor ya le había dado las viandas, le recomendó que no las probara. Al principio a los chicos del lavadero no le gustaban, probaban un bocado y escupían, entonces les llevaba nuevas versiones, levemente modificadas, hasta que dio en la tecla, los chicos comían todo y lamían la bandejita de plástico. Ricardo empezó a notar mejoras en el rendimiento de los chicos, lavaban más autos en menos tiempo, se asustó un poco cuando en los cabellos del joven down Willy apareció un mechón blanco, al principio creyó que se lo había pintado con liquid paper, luego se dio cuenta de que Willy había envejecido. La eficacia de los chicos permitió que la cantidad de autos lavados por día se duplicaran, a eso le sumaban los verdolagas que el Monseñor le pagaba al final de cada mes, tenía más plata de la que jamás se había imaginado tener. El Monseñor había empezado a cambiar su nombre cada mes, Monseñor, Monk Santos, el Manosanto, Ricardo lo admiraba, sentía que estaba ante un verdadero camaleón, si hubiera sido el chico desaparecido el que tuviera que trazar una analogía que ilustrara la capacidad del Monseñor en lugar del camaleón hubiera elegido al personaje del videojuego Mortal Kombat, Shang Tsung, pero claro que el chico, metros bajo tierra, había perdido la facultad de trazar analogías. A los dos meses el pelo de Willy se puso completamente blanco y un día mientras le pasaba el lustrador a un Ford Fiesta, empezó a revolear los ojos y a temblar. Ricardo no quiso llamar a la ambulancia, mientras el chico tenía el episodio juntó todas las viandas que tenía en el lavadero y formó una montaña, agarró una manguera, abrió el tapón del tanque de nafta del primer auto que encontró, chupó, escupió, bañó las viandas con el líquido y las prendió fuego. El humo enrojeció los ojos de los chicos que seguían trabajando, excepto uno que miraba el cuerpo de Willy y puchereaba, Ricardo le tomó el pulso, no sentía nada. Llamó a Monk Santos y le preguntó qué hacer, si las viandas tenían algo que pudiera comprometerlo, si debía llamar a la policía o debía llamar a Poncio Pileta. Monk Santos le dijo que a partir de ese día se llamaría Tom Sanon pero que de ahora en más dejaría de usar el teléfono al cual estaba llamando y abandonaría su vivienda, y cortó. La policía llegó y se llevó a Willy, Ricardo dejó que los chicos trabajaran una hora más para sacar trabajo pendiente y declaró duelo por lo que restaba del día, “en la memoria de Willy”, dijo. Los chicos sin la vianda estaban nerviosos, Ricardo quiso tener un gesto y les cocinó milanesas con papas fritas, pero no las querían, la productividad había bajado y cada dos por tres tenía que separarlos porque se agarraban a las piñas y alguno salía lastimado. Los padres de los chicos se le habían retobado, se quejaban por como volvían a la casa, y le pidieron un aumento de sueldo al que Ricardo primero se negó, y luego tuvo que aceptar tras recibir presiones de la ONG que lo auspiciaba y del Banco Internacional para el Desarrollo. Las pesadillas lo invadían, en sueños su señora lo dejaba, cada día, a veces con Tom Sanon y señora en un yate, a veces con alguno de los emprendedores más creativos del momento, en otras, y ese era el sueño más incomprensible, con los chicos del lavadero disfrazados de próceres como en un acto escolar. En el periódico local una nota a doble página con una entrevista al forense que había realizado la autopsia del Willy denunciaba el hallazgo de una sustancia pe-

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ligrosa, el periodista buscaba conexiones entre el caso y el triple crimen de General Rodríguez y el tráfico de efedrina, el forense desmentía esa conexión y presionaba a la policía para que investigara cómo había ingerido esa sustancia que solo se producía en un laboratorio ubicado en una base militar al norte de Canadá. Ricardo Darwin estaba deprimido, pensó en vender el fondo de comercio y dedicarse a otra cosa, olvidar todo lo que había pasado y comenzar con un nuevo emprendimiento, o acaso tomar las armas y volver a hacer lo que mejor había sabido hacer durante largos años de su vida, combatir el delito, esta vez no en las fuerzas de seguridad, sino en la seguridad privada, proteger a algún político poderoso. Un domingo por la mañana, cuando se disponía a salir a comprar unas facturas para tomar con el café con leche, un hombre con un bolso lo interceptó, “¿Ricardo Darwin?”, “sí”, “correspondencia para usted”, le hizo firmar un papel, ¿era un papel del correo?, ¿el correo funcionaba los domingos?, no lo sabía, pero el sobre papel madera estaba en sus manos. No tenía remitente, lo abrió y encontró un pen drive, la panza le hacía ruido del hambre pero la incertidumbre lo carcomía, “¿tan rápido hiciste?”, preguntó su señora, como acusándolo de asesinar esos diez minutos de soledad que le correspondían, él no respondió, encendió la computadora, esperó que terminara de descargar y conectó el pen drive. Primero le pasó el antivirus pero cuando aún estaba por el 12% lo canceló y abrió. Eran varios videos, empezó a abrirlos, eran breves, se veían mal y parecían recortados, eran imágenes de cámaras de seguridad de la zona, en algunas estaba el discípulo del teniente dándole un culatazo al chico, en otro se reconoció a sí mismo mirando el patrullero y tomándose la cabeza, todo se veía en blanco y negro, pixelado, ¿qué podían hacer contra él con toda esa información?, aparecía Tom Sanon entregándole sobres, ¿cómo se llamaría Tom Sanon a esa altura de la vida?, escuchó el grito de su señora increpándolo, “andá a comprar las facturas”, Ricardo respondió con un grito seco, “voy”, tomó la llave del auto y la llave del lavadero. La calle estaba vacía, no se cruzó con ningún auto, el día estaba soleado y casi todos en el barrio habían salido a pie, el estómago le crujía, encendió el estéreo, algo de rock sinfónico pero no podía disfrutarlo. Se metió en el lavadero, fueron diez segundos que miró la nada, hasta que enchufó la hidrolavadora, la encendió, la empuñó como si fuera un rifle y apuntó el agua al vacío, como si estuviera disparando en campo enemigo, haciendo un ruido de metralleta con la boca. Así estuvo un par de minutos, hasta que se concentró en un punto fijo como visualizando a lo lejos una silueta, cerró un ojo y el otro lo uso de mira telescópica, como si estuviera aniquilando al último oponente. Apagó la hidro y se metió adentro, en una sala de estar con un par de sillones, una mesa ratona con revistas, y un dispenser de agua con unos vasitos de plástico, era el lugar perfecto para que los clientes esperaran a que su auto estuviera listo. Empezó a revolver cajas, a tirar papeles, hasta que encontró lo que buscaba, una vianda de las que Tom le había dado y que había decidido conservar el día del incendio, le sacó el papel film y la comió con la mano, era una ración pequeña pero contundente, en un par de minutos se la había terminado. Se chupó los dedos, tiró la bandeja al piso y se sentó en el sillón, ¿la muerte lo estaría esperando como a Willy?, en los primeros cinco minutos no pasó nada.

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Matar una avispa Cristian Maluini

Lua Manguito

L

a avispa da vueltas en mi living comedor, incansable.

O la aniquilo o espero que se vaya por donde entró o espero que me pique. No tengo demasiado tiempo. O no sé cuánto tiempo tengo. Si ataca, será en el corto plazo: las avispas, dicen, no hacen amistades. No existe complejidad mayor, peor escenario que este presente agobiado por la incertidumbre. Asumo el compromiso del enfrentamiento, aunque no sé exactamente cómo voy a matarla, porque es un duelo desigual: la razón –escueta, tal vez insuficiente– frente al instinto de un carozo negro y volador que es una amenaza. Serás lo que debas ser o no serás nada, me grita el inconsciente. Es un arrebato visceral, desesperado, una guía absurda. Sé que tengo que matarla antes del pinchazo, pero no sé cómo. El inconsciente desnuda sus falencias, se regala: no sabe más que yo. Frase hecha, propagandística, irrelevante. Si ese es el mensaje del inconciente, si el recodo al camino esta trazado por tanta inoperancia, mi batalla contra el himenóptero claudica en el corto plazo. Su zumbido destapa tus fragilidades y te hace vulnerable: es la marca registrada de un bicho que conoce su estampa, inspira respeto, te avisa que esta ahí, que en cualquier momento puede bajar a tu hombro a dejarte el aguijón. Por eso abro la puerta del baño y me meto. Apelo, antes que nada, al perfil estratégico. Si

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voy a matarla, tengo que ser más astuto. Asomo la cabeza para seguirle los pasos, porque ahora camina: atraviesa la mesa de punta a punta, desfilando milimétrica y desafiante. Para mí es difícil concebir una fórmula eficaz desde el desconocimiento: nunca antes habíamos convivido una avispa y yo en tan poco espacio. Hay situaciones para las que no estamos preparados. Solo suceden. Y hay que resolver. Una avispa entró por la ventana a marcar, tal vez en la piel, un antes y un después. Necesito pensar en ella desde adentro. Si elijo una táctica refinada tengo que descifrar las aspiraciones del rival, cómo planea vencerme. Meterme en su psiquis, en su raciocinio obsoleto pero intuitivo. Y, a pesar de la distancia, trato de hacerlo. Creo que ese andar despechado sobre la mesa es una postura voluntaria: esperar para sorprender. Desentenderse de la disputa para forzar el error de que abandone la trinchera y, de un momento a otro, toparme con el punto negro omnipotente en dirección a mi frente o mis brazos. Abro la puerta del mueble del baño y, estante por estante, de arriba hacia abajo, busco el antídoto seguramente definitorio: un raid. Papel higiénico, jabones, toallas, protector solar. En los ángulos del baño: lavandina, boludeces. Atrás del espejo, en esos compartimentos oscuros que hay sobre la pileta, pasta dental y desodorantes. Miro la mesada de la cocina. Nada. Cuando vuelve al techo me da una chance de manotear el arma, localizada contra la pared del comedor, apoyada en el piso. Con el Raid en la mano, las dudas cambian, el enigma se modifica: cada instancia aumenta el desafío. Ahora no sé qué tan rápido hace su efecto, pero estamos a mano. Pienso que es probable que no se muera automáticamente y me faltan certezas de que los tóxicos la espanten. Si le quedan resto físico y motor, el vuelo de la revancha cotiza fortunas: esta no es una tarde para empatar uno a uno. Un uno a uno, pensándolo, tan desparejo: una lanza diminuta en un resquicio de mis venas, ella muerta. A veces, empatar no es un mal resultado. Pero no soporto ni su presencia ni sus ademanes de bicho ágil, inteligente y sutil que da vueltas en círculos, entonces me convenzo de que el uno a cero sigue siendo, de todos los triunfos, el que más disfruto.

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Los nudos Cami Camila

El Waibe

M

e miro los pies, con los dedos apuntando a la calle y los talones suspendidos. Los autos chiquitos, la gente como hormigas llevando y trayendo. ¿A dónde irán? ¿A quiénes querrán? ¿Qué estarán pensando? Me quedo en las tejas naranjas, en las cúpulas ostentosas de las iglesias. Hermosas sí, ¿pero no deberían ser las más humildes? Como el techo de la casita de allá. Ver las cosas desde acá arriba hace que las distancias parezcan mucho más cortas, todo parece estar más cerca. Bueno, no todo. Pero si estirara un poco más el brazo ahí está, casi que puedo tocar esa chimenea con la punta del dedo. Me cuelgo mirándome los pies y lo que hay debajo y me voy lejos. Lo único que me separa de vivir y morir es mi pensamiento, este. Se me hace un nudo en la panza. Sería un segundo, deslizarse, y ¡zas! Chau gente, esto fue todo, hasta la próxima. Probablemente ni lo sentiría. Ni tiempo al miedo. ¿Será cierto que la gente que se tira tiene un orgasmo antes de caer? En la mujer es incomprobable. ¿A quién se le habrá ocurrido? Seguro que a ese tipo le fingieron. ¡Jajajajajaja! ¿Todo el mundo se reirá de sus propios chistes? Cuántas cosas de las que uno no habla nunca con nadie. Debe ser algo común, supongo. Tal vez esto de imaginar terremotos, accidentes, tsunamis y todo tipo de catástrofes espectaculares esté donde esté me pasa solo a mí. Y eso que soy la persona más optimista que conozco. Me enloquece pensar que en este momento lo único que me separa de la vida y de la muerte es la cordura. Y que claro, no tengo ningún motivo para hacerlo, pero creo que es parte de la

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cordura también. Me imagino qué sería si no pensara en nada, si dejara la mente en blanco, aflojara los músculos y me dejara caer. ¿Qué sentiría si me tirara de una, como cuando tengo el agua helada del mar hasta los tobillos y quiero, pero no me animo? (A mí el “1, 2, 3” no me sirve, no puedo, en cambio si lo hago de golpe, como sin pensar, sorprendiéndome hasta a mí misma, ahí me es más fácil). Capaz tenga que ver con que así no me doy tiempo al miedo. Y ahora que lo pienso vengo usando la misma técnica en casi todas las situaciones de mi vida. Si algo me da miedo pero sé que está bien no lo pienso, actúo con los sentimientos. Entiendo que pueda no servirle a todo el mundo pero a mí me sirve esto de serme fiel. Estiro un poco la punta de los pies, coqueteando con la posibilidad. Sintiendo el viento que me sopla en la cara y me despeina, dejándome enamorar entre los mechones que bailan alrededor mío por este paisaje hermoso. Pongo la cola más adelante, miro para abajo. Mierda me haría. Olvidate. Sería todo un espectáculo. La gente mirándome desarmada en el piso, como una escena de película (¡Mama mía!). Alguna de los 60, medio angustiosa y confusa a lo Rossellini, con una orquesta desesperante de fondo. La cámara me vería desde arriba. Yo habría quedado mirando al cielo, porque en las películas la tostada nunca cae del lado del dulce, menos en las malas. Todos los que me vieran se agarrarían la cabeza, se taparían los ojos y pensarían por qué. Cuáles habrían sido mis razones, una piba tan joven. “Por un amor”. O tal vez es lo que pensaría yo, siempre tuve este pensamiento tan Shakesperiano de que si das la vida que sea por amor, aunque si la das es porque ya no creés en él, ¿no? “Por la droga, seguro”. ¡Jajajajaja! Las únicas pastillas que como son estas Halls de cherry. Bueno, toda película tiene chivos, capaz Halls me la financia. El plano se va achicando de arriba a abajo, haciendo un travellig cenital desde la pared. ¿Travellig era? Mis clases de cine están oxidadas. La cosa es que el plano se achica y se achica y más y más hasta llegar a la cara. Primerísimo primer plano, luz cálida en los ojos. ¡Camila, NO abras los ojos! No seas obvia, todos están esperando que los abras. Detesto la obviedad en la historias y sin embargo caigo y caigo, y mientras lo hago, veo todos estos techos naranjas. Alrededor se empieza a acumular la gente, porque a la gente le gusta el morbo. Viene la ambulancia, la policía. Y después me llevan, pero esa parte no la muestro. Un hombre cierra rutinariamente la puerta trasera de la camioneta blanca, anota algo en una carpeta y el vehículo arranca. Se cruzan por delante de la cámara algunos de los morbosos. Uno se queda de espaldas y ve a la ambulancia alejarse, los demás se alejan y de a poco se va todo el mundo, llevándose el incidente a sus casas, trasladándolo con el pensamiento, por un día o tal vez dos. Probablemente se lo comenten a sus maridos o esposas pero bajito, que no escuchen los nenes. Y después nada. Y en la calle nada. Como si nunca hubiera pasado, como si nunca hubiera existido. Pero allá lejos sí que pasaría. Mi familia, mi novio, mis amigos. Y todo por un segundo de no pensar. Sin dudas se muere por amor pero también se vive por la misma razón. Lo veo mucho en la gente grande que ya no quiere más, sin embargo hace el esfuerzo de quedarse acá un tiempo por la familia. Se me hace un nudo en la garganta. Che, pero qué pensamiento de mierda, boluda. Qué flash lo que me contó mamá, de esa chica que se murió por sacarse una selfie. Pisó mal y se fue

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a la mierda. Yo siempre dije que quiero vivir hasta los 100 años, quiero la fiesta, mil familiares, hijos, nietos, bisnietos, todo. Y que nadie me llore, que todos me rían. Pero si me muero antes, mínimo que sea una muerte espectacular. Ese es mi mayor miedo. No el de morir, sino morir de manera estúpida. Para tener una muerte estúpida mejor no morirse nunca. Cómo se extraña todo. Todo en serio, hasta al verdulero con ese delantal lleno de moneditas que cuando se mueve le van marcando los pasos, es algo de lo más cómico. No puedo estar lejos de la gente que quiero ni por un mes que ya empiezo a mariconear, comprobado. ¿Cómo harán los que agarran sus valijas y se mandan a mudar a otro país para siempre? Empezar de nuevo. Yo no podría. Yo me siento atada a las personas que amo como esos nudos que se te hacen en las cadenitas cuando las guardás junto con otras y después estás dos horas veinte para desarmarlo. O terminás no haciéndolo. Atada pero bien atada ¿eh?, sin la connotación negativa. Atada porque quiero y porque así soy. Así fui toda la vida. Es tan hermoso respirar el aire y sentir cómo te llena el cuerpo, escuchar la música de la calle que sin querer hacen las voces con los autos, los perros, el viento y las tejas sueltas. Cantar una canción y sentirse feliz en automático, besar a alguien con amor, tener sexo con amor, abrazar a quien extrañaste. Saborear esa comida preferida y disfrutarla como si fuera la última cena y servirte otro poco u otro mucho. Caminar hasta el cansancio y desplomarse en la cama. Pensar en alguien y sonreír, perderse y hacerse parte de una historia con un libro o en el cine, emocionarse, conectar realmente con alguien, tener esas amistades en la que te mirás y entendés todo. Es que es tan inmensa la vida que no le veo horizonte por ningún lado. Esa. Esa es mi película, no la otra. Miro una vez más al paisaje y a la gente deseándoles a todos que hayan podido aprender a ser tan felices como yo. Alguien me dijo una vez (¿quién era?): “Camila, mirá que ser feliz no es tan fácil para todo el mundo”. Creo que con los años me di cuenta que eso es cierto. Tengo que limpiar estas zapas en cuanto vuelva a Buenos Aires.

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La enfermera nocturna Marián Benítez Weisz

Pablo D’Alio

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l accidente no solo me dejó atado a esta cama desde hace veintisiete semanas; también me condenó a permanecer conectado a todo tipo de catéteres, monitores y cables. Un estado de coma profundo me mantuvo fuera del mundo por un tiempo, hasta que por fin desperté. Entonces sobrevino a mi vida la desolación total. Me vi asaltado por todos los miedos, incluso el de tener que convivir con una parálisis perpetua. La ansiedad aún me agobia y me mantiene insomne desde que abrí los ojos, hace seis días. Por momentos me gana la impotencia y pierdo todas las ba-tallas contra la locura. ¡Maldita sea, ni siquiera puedo dormir! ¡Si al menos pudiera soñar que ando en mi moto por la ciu-dad…! Mi cuerpo insiste en permanecer desconectado de todo. Hasta hoy solo se mantienen activas mi ca-beza y mi imaginación, pero independiente una de otra. En cuanto a mis esperanzas… ya murieron. Forzosamente tengo que aceptar este séquito de enfermeras para que me cuiden, aunque una de ellas, la de la noche, se ha vuelto mi mejor compañía. Ella es lo más parecido a un espejismo. Es etérea; macilenta; casi translúcida. Jamás la escucho llegar. Simplemente aparece junto a mí. Es… mágica. Con un par de conceptos me hizo ver la diferencia entre mi cuerpo y yo. Ahora espero

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ansioso su llegada. Noche a noche complace a mi yo, con lecturas breves, que no me ayudan a dormir, pero me apaciguan. He depositado en ella todos mis placeres. Ella es mi vicio, el motor que me anima a seguir... Anoche trajo un libro de aspecto antiguo. Me aseguró que pertenecía a su familia, desde muchas generaciones atrás. Labró una historia extraordinaria sobre él y enseguida se dispuso a la lectura. Con el sol extinguido esta parte del hospital cayó en un sopor indecible, condicionado por un inusual silencio; apenas se escuchaban algunos truenos. Excepto en mi habitación; aquí se zumbaba cons-tante del fuelle de mi propio respirador. Esa atmósfera inusitada me incomodó. Todo se hizo más y más extraño a partir de ese momento. Con las primeras líneas del capítulo inicial emergió una noche tan hostil como la que cerraba nubarrones en mi ventana. De sus páginas se sublimó un fétido olor a viejo; a polvo rancio; a putrescencia. Definitivamente, aquel libro hedía a mal presagio. Hasta mi cama llegaba una penumbra proyectada por una tenue luz que pretendía filtrarse desde el pasillo. Sin embargo, la enfermera nocturna no mostraba dificultades para leer en la oscuridad. Su actitud, esa noche, me hizo estremecer. En la aparente vacuidad de aquel lugar los pasillos se saturaron con el TIC-TAC de un viejo reloj, dado por muerto tiempo atrás. El insistente repicar de aquel mecanismo se confundió con las voces de una tormenta en gestación. Todas las tormentas tienen la capacidad de despertar a las sombras. Enton-ces ellas se reúnen en aquelarre, alborotándose en danzas extrañas, con la intención de mostrarnos la hondura de sus babosas fauces. Afuera, el viento hacía vibrar los cristales. Cerré los ojos un instante, intentando no pensar. En ver-dad temí que lo leído hasta entonces me pusiera de lleno adentro de una pesadilla. No sé si me dormí en algún momento. Sí sé que me quedé solo en la habitación; y en mi letargo pu-de sentir una presencia al acecho. No puedo asegurar que tuviera los ojos bien abiertos; solo sé que vi la proximidad de unas garras, agudas como garfios, que atravesaban la razón de los espejos para llegar sin demora a prenderse de mí. Juro que sentí la acidez del aliento infame exhalado por esa cosa. Hacía mucho frío a mí alrededor. De mi boca se escapaba un vaho inusual. Una baba inmunda, vis-cosa y tibia chorreó por mi hombro izquierdo hasta morir en mi cama. Embargado por el espanto intenté un grito que no salió. Quería pedir ayuda y las palabras no salían. Necesitaba emitir una señal, pero este cuerpo mío que no responde… No han de haber muchas sensaciones más aterradoras que la de saberse dentro de una pesa-

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dilla y no poder salir de ella. O peor aún es no poder distinguir si se está realmente dentro de un mal sueño o si acaso se ha llegado a las puertas mismas del infierno. Lo cabal y lo ilusorio siempre se confunden en la oscuridad de la noche. Las sombras ensayan sus transmutaciones histéricas, convulsionando sin decoro en la oscuridad. Por eso temí que esas pági-nas estuvieran cobrando un sentido indeseado, transformando cada párrafo en realidad. Perturbado por el contexto intenté olvidar esa lectura. La angustia de aceptar mi paraplejia me aho-gaba. No es fácil tener la certeza de haber ganado un boleto a la más infausta eternidad. En mi mente se instaló la pavura. El miedo cobra coraje cuando se está atrapado en un cuerpo inser-vible como el mío; irremediablemente quieto bajo las sábanas. Cerré los ojos para no ver, pero los fantasmas saben cómo colarse por las pupilas. Vi el preciso ins-tante en que esa sombra empezó su acercamiento; lento; amenazante; enloquecedor. Ahora mismo la tengo frente a mí. El fuelle de mi respirador sube y baja indiferente, insuflando aire a mis pulmones. Mientras tanto el monitor dibuja el compás de mis latidos. Sé que la embestida del horror es inminente; lo percibo… Esa cosa oscura no es una alucinación, la estoy viendo. Me está mirando de frente y me escupe en la cara su aliento mordaz. Veo esos ojos huecos, inhumanos y fatalmente vacíos, como una fosa sin fin. Una fuerza superlativa me empuja a caer en sus abismos. Su siniestra mirada se clava incisiva sobre mis ojos, como agujas ponzoñosas. Se me hiela la sangre y me siento morir. ¡Por Dios, que vuelva la enfermera! ¡Si esto es una pesadilla, que me despierten, por favor! El fuelle de mi respirador sigue su ritmo imperturbable. Sin embargo, siento que me falta el aire, que me voy quedando sin aliento. Escucho voces dentro de mí. Todas chillan al unísono. Sé que son los oniros que vinieron a participar de este banquete. Quieren beberse mi alma y devorar cada corpúsculo de mi ser. Son como hálitos sombríos e insaciables que deambulan en un ‘Aleph’ y que, habiendo despertado enajenados, ahora vienen a servirse de mí. En este instante es cuando ruego que esto sea, efectivamente, una pesadilla. De ser así podría des-pertarme y acabar con este infierno. Pero, ¡MALDITA SEA!, sé que esto está pasando. Estos monstruos se están babeando en mi cara ahora mismo. Uno de ellos lame mi mejilla, saboreándome. ¡Por Dios Santo! ¿Acaso estoy delirando? ¡Es la enfermera nocturna! Ya no hay nada que pueda hacer. Sigo irremediablemente inmóvil en mi cama, experimentando el horror de estar siendo engullido por estas bestias. Atrapado en mi propio cuerpo solo puedo esperar que estos monstruos insaciables y oscuros vacíen mi cuerpo de mí.

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Yo tenía razón, la noche se prestaba para una historia fatal. El libro sí olía a mal presagio. Ahora sé que estoy a las puertas del infierno. Y lo sé porque el fuelle de mi respirador se detuvo y el monitor está trazando la línea final.

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Revista 27 · Miedo