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Las gotas de sudor empiezan a caer como cataratas, pero aún así con mucha tranquilidad Federico saca la billetera del bolsillo del jean y la abre. Está al horno. Tiene tan sólo dos billetes guardados. Los empieza a asomar mientras que El Turco se relame, la salidita al voleo es todo un éxito. El pibe se los entrega mientras traga saliva. Sabe que se mandó una cagada. Sabe que no le van a creer. —¡¿Pero qué es esto pendejo?! El Turco se enfurece, tira uno de los billetes al piso, uno de diez pesos, y el otro se lo muestra a Federico, esperando una rápida explicación, que no tarda en llegar. —Un millón de dólares. La respuesta deja a todos sorprendidos. Pablo queda boquiabierto, ahora los van a matar. Bobby levanta la cabeza, sus ojos están a punto de saltarle. El Chori está en la puerta mirando para todos lados y no llega a escuchar. El Turco no entiende nada, está anonadado. —¡¿Me estás cargando?! El silencio que le sigue a la exclamación es demoledor. Una broma de estas te puede costar la vida. Un tiro de la 45 a quemarropa es mortal. Federico no contesta, no se mueve, no hace gesto alguno, casi no respira. Pero el Turco, estupefacto, le devuelve el billete. Suena la bocina del 405 y el acto delictivo llega a su fin. Le perdonaron la vida. Esto los sobrepasó a todos. Cuando los ladrones se alejan en el auto las tres víctimas salen a la calle. Mientras Pablo llama a la policía usando el teléfono semi-público que concesiona, Bobby ve cómo Federico guarda nuevamente en su bolsillo el billete de color verde con la extensa denominación. No puede evitar preguntarle… —¿Vos sos pelotudo? No le contesta y la anécdota concluye allí. Los tres sintieron lo mismo, casi los matan, no por unos pocos pesos, sino por un millón de dólares. Historiadores aseguran que en los años 30, después de la crisis económica mundial, el gobierno estadounidense había emitido divisas de altos valores numéricos de las que luego no se supo nada más. Hasta esta noche, en la que unos delincuentes perdieron la oportunidad de hacerse millonarios con el robo a un kiosco de la calle Purita, de Lanús.

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Las gotas de sudor empiezan a caer como cataratas, pero aún así con mucha tranquilidad Federico saca la billetera del bolsillo del jean y la abre. Está al horno.

Revista 27 · Conurbano  

· 3 · Diciembre 2015

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