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Tras una pequeña pausa continuó con el relato. —Dicen que a los pocos días, en el cementerio de Villegas, encontraron un cajoncito pequeño con el nombre de ella. Estaba medio enterrado en una tumba reciente. Ahora sí, parecía haber concluido. Quedaba todo claro, excepto una cosa: —¿Y Jorge? —pregunté. El cantinero sonrió. —Volvió con la esposa, resignado. Dice que lo que pasó fue una señal de que su destino es estar con ella. —O sea que a ella el gualicho le dio resultado. —Sí, pero a la moza la eché. Yo acá no quiero quilombos.

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Revista 27 · Conurbano  

· 3 · Diciembre 2015

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