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Hablaba tan pausado que me ponía un poco nerviosa, como si nunca fuera a terminar esa historia. Yo no quería ser descortés, por eso intentaba sostenerle la mirada aprovechando cada una de sus pausas para mirar al final de la calle, rogando que apareciera un colectivo azul. –Y ese mismo, ese que nos une y a veces nos desune a la vida, es el cordón de los sueños, de los deseos, de nuestras ambiciones. Donde se concentra todo lo que realmente queremos, lo que somos, lo que tenemos bien guardado en el alma, todo aquello que nos hace únicos. Si uno tan sólo se parara un rato a mirar a los demás, es realmente asombroso cuán lejos en la vida puede un sueño hacer llegar a uno. Me sonrió y le devolví la sonrisa. La suya era una historia realmente linda, tierna, fantasiosa, como salida de una película de Disney. Un cordón que une a cada persona a sus sueños, y a la vez esos sueños hacen a la persona, lo definen. Ya veía por qué se la habían contado cuando era chico, aunque antes era otra sociedad, otra época. Por alguna razón mientras el hombre hablaba me vino a la mente esa foto de mis abuelos que todavía está en su cuarto arriba de la cómoda, muy jóvenes los dos antes de casarse, a diez centímetros uno del otro, con todo ese amor en los ojos. Yo siempre había tenido esta teoría de que antes la gente era más inocente, que simplemente había algo en las personas que ya no. Una suerte de magia tácita, por llamarlo de alguna manera, una mayor permeabilidad a lo fantástico, a lo ficticio, a lo lírico. En especial en el amor, en los valores, en los lazos, en los códigos. Hoy creer en el otro y ser un soñador es ser un pichi, un boludo, un ingenuo fácil de cagar, o un verdadero genio si es que pudo volcar todo ese mundo fantástico de su mente en un libro, un rollo fílmico o una obra de teatro, y se haya vuelto famoso. Ahí al soñador fantasioso lo aplaudimos todos y hablamos de su brillante mente, de lo generoso que es, y usamos palabras como “talento, único, don, ejemplo, ídolo”. Siempre me pregunté por qué en este siglo nos costará tanto creer en la gente y tan poco en los efectos especiales de las películas. Mi cabeza se sacudió cuando me di cuenta de que el viejo había hablado y hablado y mi mente se había ido lejos. Me habló como reafirmando una idea. –Los sueños. Este cordón. El tercer cordón. Todo lo que nos hace lo que somos, nos indica el camino por el cual andar, aunque a veces elijamos no hacerle caso o no podamos hacerlo por alguna circunstancia de la vida. Cada cual tiene un cordón distinto, algunos bien brillante, como el oro, cargado de deseos, de ansias, de sueños, en general en los más chicos es que se ve este color tan radiante y tan puro. En general a medida que uno va creciendo el color oro se apaga, a veces hasta oscurecerse del todo. Pero eso depende mucho de las personas. Hay quienes lo tienen más opaco porque siempre fue así, por elección, o porque dejaron que la vida misma lo fuera apagando. Algunos cordones van más pegaditos a la tierra, otros directamente anudados al asfalto, porque sus sueños andan ya estancados en la tierra y nunca vuelan, nunca. Como esa gente que arrastra mucho los pies cuando camina. Me reí grande. 21

–Muchas personas ni siquiera pueden verlo y llegan a mi edad sin saber acaso sobre su existencia. Y yo creo que eso es una real pena. Es como pasar por la vida sin saber lo que es el amor, la pasión, la tristeza o el dolor. Es casi como no haber vivido, pero esa es una opinión personal. Saber que tenemos este tercer cordón, es tan importante como ser consciente de cualquier otra parte del cuerpo, como un brazo, o una pierna.

Revista 27 · Conurbano  

· 3 · Diciembre 2015

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