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Ni me agaché. Que sigan así, cordones del orto. Me tienen las pelotas llenas. Pero el viejo se me quedó mirando y más por gentileza hacia él que por otra cosa, apoyé la cartera en el banco y me incliné para atármelos. Para mi sorpresa, esta vez los dos cordones estaban perfectamente atados. Claramente el viejo no veía un carajo. Vi por el rabillo del ojo que se me acercaba un par de metros y puteé para mis adentros. El viejo no estaba en una parada ni en la otra, sólo estaba ahí, parado en el medio de la calle, mirando a la gente y nada más. Espero no tener nunca nada que hacer porque me muero. –Mirá que lo seguís teniendo desatado, pero no es para que te lo ates, para nada, es solamente para que lo sepas. Volví a mirarme, como por inercia. ¿No ve un choto o está loco? Tenía un aspecto de lo más normal. Vestía un pantalón gris clarito, tiro alto, cinturón de cuero marrón, zapatos marrones, camisa blanca de mangas cortas arriba de una de esas camisetas blancas que usaban los tanos en las películas de Rossellini, esas que son de tela como con agujeritos, y una boina como las que usaba mi abuelo para ir a jugar a las bochas. En fin, un señor de barrio de lo más común. Aunque como si todo esto tuviera algo que ver con la locura, ¿no? –No te lo ates, dejalo así que es mejor. Lo miré, le sonreí por cortesía, y volví a mirar para la calle. Me propuse concentrarme en la historia para pasar la incomodidad del momento, pero no podía pensar en nada. Volví a mirar al viejo más por aburrimiento que por otra cosa. Debería haber intuido que lo miraría, porque volteó la cabeza y me sonrió. –No te asustes querida, que no estoy loco ni nada por el estilo. Por la forma de hablar no parece ser un loco, para nada. Y además me está aclarando que no lo está, consciente de que yo pueda pensar que sí. Aunque eso es justamente lo que dicen los locos ¿no? –Tengo una historia que disfruto mucho de contar, en especial a los jóvenes. Una historia sobre las personas y los cordones, si me permitís me encantaría contártela.

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Coooon razón, ahoora entiendo todo. Era como una especie de prólogo a lo siguiente para que entres como un caballo. ¿Y el 53? Bien, gracias. Presiento que va a tardar una eternidad. –Si no es molestia, claro. Yo no supe qué responderle y él no supo interpretarlo, o eligió no hacerlo. Sin moverse un pelo empezó su historia. Los metros que nos separaban me hacían sentir

Lo miré, le sonreí por cortesía, y volví a mirar para la calle. Me propuse concentrarme en la historia para pasar la incomodidad del momento, pero no podía pensar en nada.

Revista 27 · Conurbano  

· 3 · Diciembre 2015

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