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Morocha, jovencita, bonita, cara de ‘todo me da paja en la vida’, seguro se sienta en los de adelante de todo, porque total está medio vacío. Bingo. Señora, gorda, pelo corto. Atrás de la morocha, porque está más cerca de la escalera para bajarse después. Bingo. Hombre, cuarenta, olor a vino. Faaa, se huele desde acá hermano, son las tres de la tarde. Este se queda parado, si se sienta no se levanta más. Bingo otra vez. Pelado, lentes. Me hace acordar a Walter, el de Breaking Bad en la etapa de la quimio, una especie de Flanders del conurbano. Me reí fuerte, el tipo era igual en serio. Vos te sentás... mmm... te sentás... te sentás... ¿al lado mío? –Nena El culo se me despegó literal del asiento del susto. –Sí –le dije. –Tenés el cordón desatado. –Uh, sí, gracias. Flanders me había asustado fiero. Su gesto serio se convirtió en una amplia y rara sonrisa, como salida de un personaje de película de gángsters o algo así. Capaz porque fue estirándose lenta y tenía la boca finita y larga. No supe qué exactamente, pero había algo en esa sonrisa de villano y la forma en la que se me quedó mirando después por unos segundos que me incomodó. Porque fue con esa soberbia con la que muchos miran, esa que dice sin palabras “yo sé algo que vos no”. Me latía el corazón fuerte. Qué pelotudez, ¿no? Antes de bajarme en Perón al 700 giré para ver si Flanders y su sonrisa arrogante seguían ahí, pero al parecer ya se había bajado casi todo el colectivo sin que me diera cuenta. Mi prima había vivido por ahí antes de mudarse a su casa de Bella Vista y me acordaba de un bar en frente con ventanas vidriadas, justo al lado del boliche al que había ido a ver tocar a La Fragante una vez. Era un buen lugar para ver gente pasar y escribir. Me senté en una de las mesas que daba a la ventana y desenfundé mi cuaderno, mis lapiceras –¿por qué traje tantas?– el celular y esperé. Mirando a la calle, mirando a la gente, buscando una historia allá afuera que contar sobre el conurbano. Segundos antes de encontrarme la cara en el fondo del tazón de café con leche me di cuenta que estaba en el horno, y el exceso de lapiceras se hizo aún más ridículo dado que no había podido bajar a la hoja ni una puta palabra. –Querida. ¡Connncha de la lora!

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Revista 27 · Conurbano  

· 3 · Diciembre 2015

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