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El pueblo

La libertad

libre

Por Cintya A ziz

A cincuenta y tres años de la revolución cubana, compañeros que visitaron la isla en los últimos años, cuentan historias de los habitantes de un país único. Las nuevas desigualdades dentro de un país socialista y el amor por Fidel y por el Che. Fotos: Claudio Herdener

***** Libertad responsable Por Pablo Bruetman

La libertad está en la cola. Al llegar a la parada de la guagua –autobús–, a la heladería o a algún otro lugar, se debe gritar “¿último?”, y la persona aludida debe confesar su retrasado y vergonzante puesto, y decir “yo”. (El comunismo no es un viva la pepa. Viene con muchas responsabilidades. Tal vez con más de las que la miseria humana puede cumplir.) Acto seguido, ya está todo hecho. El nuevo último, especie de hombre nuevo nietzcheano ha conseguido la libertad. Puede sentarse a la sombra o dar una vuelta manzana. Su única

responsabilidad consiste en recordar detrás de quién deberá subir a la guagua o ingresar a un establecimiento. El sistema es como todos: a veces funciona, a veces no. Algunos últimos son tan libres e irresponsables que regresan cuando ya han pasado sus turnos. Otros olvidan a su último o crean a uno inexistente. Y siempre hay un turista; un inadaptado al sistema. Uno de esos que les muestra a los cubanos todo lo que no pueden conseguir. Ahí está, adaptándose a un sistema que admira, pero del que no padece ni forma parte.

Libertad monetaria

Hay dos Cubas distintas. Las dos caras de la moneda. O mejor dicho: dos monedas. Sucede desde 1994, cuando Fidel Castro debió resolver los problemas económicos que había generado la dependencia de la Unión Soviética (tal cual había previsto el ministro de Economía Ernesto Guevara), y creó el CUC, una nueva moneda, exclusiva para los burgueses que viajaban a la isla a observar un régimen distinto, o a disfrutar de sus playas. El CUC vale casi lo mismo que el euro. A su vez, el CUC vale aproximadamente veinticuatro pesos cubanos. Y también es conocido como el peso convertible o la divisa. Pero la forma más correcta de llamarla, a pesar de que a Fontanarrosa no le gustara la palabra, es mielda. El turismo y el CUC son las mierdas que generan desigualdad.

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Por PB

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de los juguetes

Libertad del extranjero

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Por PB

Los trabajadores cubanos ganan cerca de quinientos pesos cubanos, lo que representa un buen salario si se tiene en cuenta que el estado además les garantiza salud, educación, una casa y una ración de comida. Sin embargo, siempre se quiere lo que no se tiene, lo que no se puede alcanzar. Y mucho más cuando todos los días se ven pasear a turistas deseosos de gastar dinero. Nunca nadie usufructuó tanto esa debilidad humana como el capitalismo liberal. Y la Cuba socialista no es la excepción. Los extranjeros pagan en CUC y quienes trabajan con turistas obtienen CUC. Impensado, pero algunos cubanos alcanzaron lo inalcanzable. En los últimos quince años, en Cuba comenzaron a verse las clases sociales del socialismo. Por eso el CUC es conocido como la mielda.

Rudy trabaja de cobrador de la luz. En Cuba no llega la factura ni hay que ir a pagarla. Mucho menos existen medios de pago rápido masivos. Rudy recorre casa por casa diciéndole a cada ciudadano cuánto dinero le debe al Estado por brindarle capacidad lumínica. Y pasa todo el día recolectando el dinero. Si alguien no tiene plata, Rudy vuelve al día siguiente. Últimamente realiza muy seguido el mismo camino. Los ciclones hicieron daño y escasea la fruta. Pero hasta los vagabundos lo admiten: no hay hambre. Rudy, como todos los cubanos, se interesa por las comidas, las bebidas y las tecnologías que no llegan a su país. Como por ejemplo el mate. “Una cosa verde con gusto a vómito”, lo define asqueado y propone compartir un ron mirando, desde la rambla, las aguas que navegó Ernest Hemingway. Al principio desconfié de Rudy pero tras varios días en tierras cubanas comprendí

que los nativos ven a los extranjeros como su refugio, su salvación, su puente hacia un mundo que, imaginan, puede ser mejor. Pocos se dan cuenta que son precisamente ellos y su puta divisa los que están aniquilando sus ideales. Rudy sólo quiere conocer. Sueña con ser un hombre de mundo. Quiere saber qué hay afuera de la isla. Lo demuestra cuando se termina un ron y no me deja pagar el siguiente. Rudy tiene una banda de amigos heterogénea. Todos chicos de entre veinte y treinta años, que -como el noventa y nueve por ciento de los cubanosaman a Fidel y a la revolución. Y ni hablar del Che. O de Camilo Cienfuegos. A quienes la muerte temprana y heroica no les dejó llegar a equivocarse. Pero uno de sus amigos alguna vez quiso escapar en un gomón hacia la libertad de Florida, Estados Unidos. La marea no lo dejó. Tal vez algún día lo vuelva a intentar.

Recién llegábamos a Cuba y fuimos directo a la casa de familia donde íbamos a hospedarnos. Conocimos a Carlos e inmediatamente después de las presentaciones, lo acompañamos a buscar a Carlitos (alias Charly) al jardín. En el camino, intentábamos incorporar la ciudad. Tocábamos las paredes, abríamos los ojos y empezábamos a hacernos preguntas. Mi sensación en particular era de necesitar tener a Cuba ya adentro, y los sentidos no me alcanzaban para eso. De haber podido, me hubiese comido a La Habana. Llevábamos apenas unas horas en el país. Todavía nos sorprendían las peculiaridades más superficiales y evidentes de la isla, y no habíamos pensado siquiera en el impacto que cada característica del lugar tenía en la subjetividad de la gente. En las cuadras que caminamos para ir al “círculo infantil”, por ejemplo, conocimos negocios donde se compran cosas que sólo se venden en CUC y a las que la mayoría de los cubanos no puede acceder. No nos cruzamos ni con jugueterías ni con librerías de útiles en todo el camino al Jardín. Cuando volvimos a la casa, con Charly, presenciamos un momento que nos ayudó a seguir pensando, criticando y valorando la forma en que se vive en Cuba: habían llegado regalos de familiares del exterior. Carlitos abrió el paquete que le mandó su tía Greisy desde Argentina, y su cara de alegría y sorpresa valía mucho más que la pizarra con la que se encontró al abrirlo. Su papá, Carlos, le explicó: – Tienes que tener mucho cuidado con la punta, Carlos. No usarlo fuerte. ¿Sabes cuánto te va a durar esto a ti? Todo lo que lo puedas cuidar. Ahora, juega. Es tuyo. Se lo dijo con mucha seriedad y el mensaje tenía la fuerza de la verdad. El papá no lo estaba amenazando, ni pretendía aleccionarlo en el cuidado de los objetos como un deber ser al que hay que apuntar. Simplemente le estaba transmitiendo a su hijo una parte de su realidad. Si rompía el marcador, no iba a tener otro.

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El pueblo libre

Guadalupe Carril

Libertad

interior P CA or

(En el malecón, La Habana) – ¿Ustedes viven en un país libre? (la pregunta me la hizo un chico cubano de veintiún años) – ¿Libre cómo? (esa fui yo) – ¿No entiendes lo que es eso? – (Digo que no, con la cabeza) – Un país libre es un país democrático. En un lugar donde uno no puede decir lo que piensa, no se es libre, ¿me entiendes? Te queda, eso sí, la libertad interior. Eso nunca se pierde.

Guadalupe Carril

Por CA

La libertad del * * * * * jubilado Por PB

Paco y Ana tienen unos cuántos años más que todos los que hacen la cola al sol. Pero no llegaron primeros y entonces no piensan en subir primeros. Esperarán un ómnibus más vacío. Eso sí, aguardan bajo una sombra alejada de la cola. Total recuerdan quién es su último. Ellos son mi último. Como en todas partes del mundo, a los ancianos les gusta hablar con la juventud. En eso ocupan su tiempo libre. “Ahora el Estado me paga por no trabajar”,

me cuenta Paco, feliz. Cree que ha brindado un servicio a la comunidad y ahora debe disfrutar. Como Fidel. Porque Fidel, además de un político, de un revolucionario, de un guerrero, de un presidente, también es un cubano. “A Fidel ya déjalo descansar. Ha hecho bastante. Se lo ha ganado”, eso explica Paco. Ana no habla. Asiente. Mira, sueña, se pregunta si tanta lucha ha servido, si la juventud sabrá aprovecharla. Ana calla.

En Cuba, para ir de un lugar a otro, la gente se para en la vereda y detiene a los autos para ver si van al mismo lado. Si hay coincidencia, suben, y comparten el viaje. Además, muchos edificios y casas no se molestan en asegurar sus cerraduras, y la gente camina por calles oscuras de noche con la misma tranquilidad con la que lo hace durante el día. Muy diferente al encierro de las rejas, los piquitos bien bajos y las ventanillas bien subidas, los portones, las cerraduras y tantas otras formas en las que tratamos de mantener alejados a los otros. En Cuba no hay “otros”. A pesar de los turistas. El socialismo tiene la intención de conseguir que no haya “otros”. Sino que todos sean de la misma clase social. Y por lo tanto, que no exista la inseguridad.

Libertad Yankee Por PB

Libertad deforme

Por CA

En Cuba no hay carteles publicitarios. No está el bombardeo que sufrimos nosotros y que nos exige todo el tiempo llegar a tal ideal o entrar en determinado talle. Quizás por eso en Cuba no existe la anorexia o la bulimia. Como dijo una cubana de quien no recuerdo el nombre: “Acá todos salen con su deformidad, a mostrarla”.

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Libertad segura

Francisco Benítez masculla. Se lamenta con la boca porque Estados Unidos no lo deja entrar a ver a su familia. Benítez es un héroe de la revolución. Estados Unidos es su enemigo. Y el de todo el pueblo cubano. De eso no duda nadie. Pero todos sus nietos están allá. No entiende cómo es posible. Cómo sucedió. Cómo sus hijos se fueron de un país por el que él tanto luchó. Francisco está viejo y vive con su hijo, quien les alquila la casa a los turistas. Apenas puede cambiarse solo, pero tiene conciencia de que el dinero lo arruina todo. Hasta a la revolución.

Libertades eternas

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La Cuba revolucionaria de hoy en día no es la misma que la de medio siglo atrás. Las raciones de comida no son las mismas. A raíz de la crisis, por la caída del bloque comunista, Cuba, tuvo que ajustarse para continuar con el socialismo. Fidel impulsó el turismo extranjero y así el cubano tuvo acceso a la moneda extranjera. Los isleños se relacionaron con el capital y el materialismo. Las casas de familia comenzaron a recibir viajeros y a cobrar en divisas. Los turistas no querían pesos cubanos más que para llevarse de souvenir un billete con la cara del Che. El hombre viejo, el turista capitalista, llevó el capital e insertó la lógica occidental en la isla.

Aunque la cercanía de lo occidental tiente más a los algunos cubanos de robar un jet sky de un hotel y cruzan el mar para concretar el American Dream, la mayoría de las cosas no ha cambiado. Los médicos siguen viajando en bicicleta a los hospitales para dar tratamientos gratuitos en Cuba, pero carisimos en el resto del mundo. Las calles de La Habana siguen careciendo de publicidad comercial. Los niños siguen jurando que quieren ser como el Che. Y miles de personas en todo el mundo seguimos deseando que el turismo ayude pero no ataque la filosofía social y cubana de considerar al ser humano por encima del capital.

Por Guadalupe Carril

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El pueblo libre  

A cincuenta años de la revolución cubana, quienes viajaron a la isla nos traen sus experiencias y las historias de las y los habitantes del...

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