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Escrituras Aneconómicas. Revista de Pensamiento Contemporáneo Año II, N° 4, Santiago, 2013. Escrituras Alrededor del Golpe. ISSN: 0719-2487 http://escriturasaneconomicas.cl/

HISTORIOGRAFIA Y DESAPARICION Conversación con Miguel Valderrama por Felipe Larrea y Néstor Sepúlveda

Miguel Valderrama es historiador, académico de la Universidad Arcis, Ha trabajado desde una lectura deconstructiva los marcos que componen los discursos historiográficos, en textos como Heródoto y lo insepulto y Posthistoria. Historiografía y comunidad. A partir del libro Modernismos historiográficos, y una trilogía que lleva por nombre “Fragmentos de una historia del secreto” (que está compuesta por La aparición paulatina de la desaparición en el arte (Dittborn), Heterocriptas (Marchant), y aún en curso un estudio sobre Raúl Zurita) Miguel se ha dedicado a trabajar las relaciones entre catástrofe, desaparición, obra y crítica, a partir del golpe de Estado de 1973. Es a través de estos tópicos que esta entrevista se dedica a explorar las relaciones entre su obra y la escena que configura los 40 años del golpe.

Felipe Larrea: Nos gustaría abrir la conversación con una cuestión más de corte disciplinario, pero que tiene una relación con la discusión en torno al golpe de Estado (a propósito de los 40 años). De qué manera crees tú que el campo historiográfico podría tener una complicidad – tanto manifiesta como estructural - con el trabajo desarrollado por la sociología chilena en los años 80. Qué vínculo podría existir entre lo que se llamó la historia social, que también emerge en años de dictadura, con la rearticulación política que promueven algunos (para no decir todos) sociólogos, y que fue fundamental para el concepto de transición a la democracia, y con ello para la gubernamentalidad de la concertación. ¿Existiría una posible relación entre la discusión por el pasado reciente del país (los 40 años de neoliberalismo) y tu desplazamiento desde el campo historiográfico hacia la discusión de cierto campo (o escena) relacionado con las artes visuales?


Miguel Valderrama

Miguel Valderrama: Pensando únicamente en el cierre de la pregunta, referido a mi trabajo y trayectoria intelectual, diría que inicialmente la sensación de encierro en la disciplina me llevó a preocuparme por problemas planteados en un primer momento fuera de las fronteras de la historia. Por paradójico que parezca, esas mismas preocupaciones terminaron por volcar mis intereses nuevamente sobre la disciplina, sobre sus presupuestos epistemológicos, sus efectos de escritura, sus condiciones de posibilidad. Una de mis primeras publicaciones es, justamente, un examen de las condiciones de emergencia de la nueva historia social, es decir, del conjunto de condiciones a partir de las cuales se constituye una práctica historiográfica. Este retorno a la historia, como todo retorno, me puso inevitablemente en contacto con aquello que sofocaba o reprimía la denegación historiográfica del golpe de Estado. De algún modo, mi lectura de la nueva historia, y de la tradición hermenéutica y fenomenológica dominante en la disciplina, me conducían, y me conducen, a cuestionar el régimen de historicidad que organizaba la lógica de la representación histórica. En otras palabras, buscando aprehender aquello que sustrayéndose se enseña en el golpe de Estado, he intentado mostrar precisamente que acontecimientos como la desaparición forzada de personas suponen una interrupción de la lógica de la operación historiográfica. Si desde el punto de vista de las operaciones de conocimiento de la disciplina es posible afirmar que, en lo esencial, ella está orientada a restituir el vínculo roto con las generaciones pasadas, entonces habría que advertir en el tiempo de la desaparición un tiempo que llama a interrumpir la lógica de la comunidad que la escritura de la historia impone. A propósito de esta especie de copertenencia entre historia y comunidad, nunca será suficiente insistir que solo en la escena del arte nacional de los años setenta y ochenta esa copertenencia comenzó a ser seriamente cuestionada, interrogada, deconstruida. Y con ello no me refiero únicamente a un modo de interrogación artística obsesionada por la representación de la historia de un arte nacional, por su posibilidad o imposibilidad (por ejemplo, en las historias de la pintura chilena de Eugenio Dittborn o Carlos Altamirano), sino, y más fundamentalmente, por lo que se jugaba tras ese tipo de interrogación de la representación, y que no era otra cosa que la pregunta por la propia inscripción de las obras. La centralidad que la escena de avanzada tiene en los actuales debates sobre la representación histórica encuentra en

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ese trabajo de deconstrucción de las relaciones entre historia y comunidad uno de sus puntos de arranque principales. En este sentido, podría decirse que solo la crítica y la escena de las artes visuales leyeron el golpe de Estado como catástrofe de la representación. La sociología y la historia —demasiado implicadas en esa copertenencia entre historia y comunidad— fueron incapaces de aprehender el golpe como golpe. Néstor Sepúlveda: Resulta interesante comprobar, a la luz de tu trabajo, las huellas de una cierta complicidad estructural entre la historia social en sus comienzos y la sociología de la transición. Si tomamos como ejemplo Ser niño huacho en la historia de Chile (Lom, 2007) de Gabriel Salazar, principalmente en relación a lo que has denominado “catástrofe de la representación”, lo que el texto del historiador hace comparecer es precisamente una especie de búsqueda de un nuevo sujeto histórico en medio del descampado producido por el golpe de Estado y la rearticulación neoliberal, que tiene como efecto inmediato la producción de una clausura de las escenas de la catástrofe. En este sentido funciona a la par con la sociología de los noventa en la medida en que ambas formas operan como producción de sentido en la consumación del duelo. Nos parece entonces que la lectura de la desaparición y del duelo que pones en circulación iría más bien a contrapelo de estas formas, en la medida en que el concepto de supervivencia evita cualquier mecanismo de contención gubernamental. Miguel Valderrama: Consideradas desde el punto de vista del trabajo de duelo, efectivamente, la historia y la sociología pueden ser presentadas como escrituras normalizadoras. Formas cumplidas de olvido, si puede hablarse así. La noción de supervivencia, que uno puede encontrar en el trabajo de las imágenes de DidiHuberman, y que se remonta filialmente a pensadores como Walter Benjamin o Aby Warburg, sin duda alguna es una noción que nos advierte de la dificultad de encerrar el tiempo y la historia en representaciones temporales propias a una tradición historiográfica de raíz hermenéutica y fenomenológica. Advirtiendo la importancia que estas perspectivas tienen en el análisis crítico historiográfico, mi punto de vista, sin embargo, se articula a partir de una posición muy próxima y muy distante de todo aquello que se enseña en esos debates. Más que la supervivencia de imágenes y formas de vida, lo que me preocupa es la suspensión o interrupción de las categorías de

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pensamiento histórico que nombran acontecimientos como el golpe de Estado y la desaparición forzada de personas por parte del Estado. Esta interrupción es tanto la interrupción del paso de la supervivencia, de la dialéctica que se afirma cada vez en el mero hecho de sobrevivir en la lengua y la historia, como la interrupción o suspensión de un trabajo de duelo asociado al imperativo de toda forma de vida. Advierto, por tanto, en vocablos propios del castellano latinoamericano como “sobrevivencia” o “desaparición” la lágrima o la ceniza de esta suspensión de la vida, el trazo anagramático de un punctum figural que viene a suspender la dialéctica histórica de la supervivencia. En este sentido, la catástrofe de la representación antes que anunciar el fin de una época, el paso o la transición de una historia a otra, expone al pensamiento historiográfico al vértigo de su perversión, a una experiencia que cabría calificar de sublime. La reciente rehabilitación de un pensamiento de lo sublime en historia, de lo que con Frank Ankersmit cabría denominar una “experiencia histórica sublime”, puede ser considerada como síntoma y caída en esta catástrofe de la representación. Ahora, si consideramos que esta caída es el tiempo mismo, si nos representamos el tiempo como caída, no podemos dejar de pensar que aquello que está en el centro de las discusiones en torno a lo sublime histórico no es lo elevado, ni lo colosal, ni lo monstruoso, sino la suspensión misma, el trabajo ininterrumpido sobre el límite de la representación. Desde esta perspectiva, la cuestión del marco historiográfico, la gráfica anagramática que se vela y devela en cada contexto histórico, termina por exponerse como una cuestión fundamental, como aquella problemática esencial sobre la que trabaja toda representación historiadora. FL: Es interesante puntualizar en cómo este pensamiento del tiempo histórico como caída desplaza las lecturas –apresuradas me parece- que leyeron ‘el golpe como acontecimiento’ o ‘el golpe a la lengua’ simplemente en el sentido de un corte en la historia o enmarcadas en una retórica del fin de la historia. En este sentido compartiría la apreciación de Federico Galende, en la conversación que sostiene contigo en Filtraciones III (Cuarto Propio-Arcis, 2011) de ver en parte de tu trabajo una concepción estrictamente barroca del decurso histórico. Sin embargo, uno podría intuir que el golpe de estado sigue marcado por un tono, por decirlo así, fundacional; si pensamos lo fundacional en términos anclados al paradigma de la soberanía. (Habría que señalar, y profundizar en otro lugar, que esta lógica del paradigma soberano,

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solventó un campo de discusión teórico-filosófico en la década pasada, donde el nombre de Schmitt sirvió para tematizar, a contrapelo de su tradición política, debates donde no sólo el golpe comparecía, sino que también la discusión sobre arte y política en Chile.) Lo que me interesa problematizar es que el golpe sigue siendo el acontecimiento que por ejemplo define las lecturas de obras que haces en La aparición paulatina de la desaparición en el arte (Palinodia, 2009) o en Heterocriptas (Palinodia, 2010) donde lo post-golpe o lo post-dictatorial se convierten en una decisión de lectura, que supone un corte histórico determinado. Por ejemplo en Modernismos historiográficos (Palinodia, 2008) la caída de la representación, que ahí se reviste principalmente en torno al problema del ‘marco cesante’, supone un paralelo (vía Danto, vía Oyarzún) de la caída tanto de la representación política como artística. En ambos casos, como decía, en relación con un acontecimiento histórico totalmente datado, que sería el del 11 de septiembre del 73. Por lo mismo, ¿por qué la insistencia en la data, si la data ya está encriptada, ya está caída? Miguel Valderrama: Si el acontecimiento no puede ser caracterizado sin pensar en cierta caída, en lo que de improviso cae desde lo alto, habría entonces que advertir que el acontecimiento se define a partir de una precipitación común a la caída. De ahí que el acontecimiento sea inapropiable a un tipo de conocimiento historiográfico que describe la experiencia histórica apoyándose en categorías tales como las de punto de vista, perspectiva histórica, horizonte de expectativas o representación histórica. Fundada en una epistemología que encuentra en el horizonte y el punto de vista sus referencias principales, la ciencia histórica es ciega a lo que en la verticalidad del acontecimiento se muestra como caída y precipitación. La lógica del acontecimiento encadena el “acaecer” del acontecimiento a un lugar y un momento determinado. De modo que si bien, por definición, es propio del acontecimiento cierta imposibilidad de previsión común a la caída, su modo de presentación es del orden de lo ya dado, de lo acaecido. Asociado en su precipitación con la lágrima (con aquello que cae junto), y con el síntoma (con aquello que cae encima), asociado al traumatismo de un golpe, pertenece a la lógica de exposición del acontecimiento una puesta en escena que encuentra en la representación y el espectáculo sus modos de exhibición principales. Ya se tiemble por otro, como en la piedad, o se tiemble por uno mismo, como en el espanto, la física que modela la representación del acontecimiento es la física de

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una mirada que conjuga fascinación y repugnancia, atracción y repulsión. El cadáver es aquí, sin duda, el cuerpo caído que viene a recordar que la muerte del otro es ya de algún modo la muerte propia. El espectáculo de su exhibición está gobernado por la necesidad de provocar una emoción trágica en el espectador o la espectadora. El público que concurre al espacio en donde se ponen a la vista el drama de la vida y la muerte humanas es un público atraído por la caída, por aquello que en ella nombra secretamente el golpe y la desaparición, el caso y su representación. No es ajena a esta física del acontecimiento cierta artificialidad, cierta ficcionalización asociada a la representación de la caída. Es necesario poner en relación el acontecimiento, reinscribirlo en el régimen de visibilidad que lo da a ver. En tanto acaecido el acontecimiento siempre está inscrito en una historia, en una ficción técnica, y por ello es siempre ya un hecho. La distinción canónica que la moderna epistemología de la historiografía establece entre “acontecimientos” y “hechos” da cuenta, precisamente, de la imposibilidad de pensar el acontecimiento fuera del trabajo de su inscripción. Un acontecimiento no forma parte de la historia si no es establecido como un hecho, es decir, si no es declarado bajo una descripción. Un hecho es un acontecimiento figurado según la gramática de una descripción —donde descripción debe entenderse en cada caso según las reglas de producción de un sistema de evidencias. En otras palabras, no hay acontecimiento sin representación. Y no obstante, multiplicando vertiginosamente las definiciones, no habría que dejar de advertir al mismo tiempo que este sistema de evidencias asocia inevitablemente el acontecimiento a la caída, al traumatismo, al pequeño agujero. El acontecimiento es siempre puntual, pertenece al orden del punctus, del punctum. En tanto tal, puede ser presentado como aquella desviación singular que interrumpe y prologa en un punto el devenir lineal de la historia (otro modo de decir que el acontecimiento se enlaza con el clinamen). En todo acontecimiento hay una desviación, una catástrofe, un fin de mundo. La física de esta declinación es la de un tiempo irreversible, es la del tiempo de la muerte. La historia fluye alrededor de esta física. Y sin embargo, como si necesariamente se debiera recordar que un punto desaparece en la línea recta, y que la línea recta no es más que la prolongación de una suma de puntos, el punctum del acontecimiento es continuamente suprimido en la línea recta que re-inscribiéndolo busca manifestarlo en la representación histórica.

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La topología del acontecimiento así ensayada termina por advertir que reducida la caída de un cuerpo a un punto, al casus de su representación, ésta deviene hecho, acontecimiento localizado en una línea de tiempo de visibilidad y exhibición. El valor exhibitivo del acontecimiento, su carácter espectacular, si se quiere, encuentra en la misma oposición establecida entre punto y línea su zona de representación capital. Exterior e interior a la línea que lo captura y describe, el acontecimiento es refigurado en la prótesis rememorante de un después. La imagen de la caída concierne a la mirada que busca al caído no en la evidencia del cuerpo sino en el documento que lo exhibe, ha advertido recientemente en Derechos de mirada Cristián Gómez-Moya (Palinodia, 2011). Cuerpo y mirada caen juntos solo para ser reapropiados en el instante de un después del acontecimiento. Este instante, siempre puntual, siempre espectacular, es el instante absoluto de una mirada sin parpadeo, anterior y posterior a toda caída, a toda precipitación, a toda herida. Pensada fuera de todo corte e interrupción, pensada como línea y perspectiva, esta mirada es la mirada de la cronología, de la línea que piensa el tiempo como serie, linealidad. En efecto, en tanto secuencia de hechos organizados en el orden temporal de su incidencia original, la cronología no reclama sólo de la historia un saber de la evidencia —ya se entienda por este saber la capacidad de hacer visible lo invisible, o se lo conciba como un saber de la huella, de la marca, del testimonio. Reclama por sobre todo que aquello que pertenece al orden puntual del acontecimiento sea pensado en su cumplimiento y horizontalidad. Enemiga de lo vertical, de lo que cae desde lo alto, la cronología aviva un pensamiento historiográfico fundado en las nociones extensivas de diacronía y continuidad. De ahí que, como bien afirmas, expuesta como síntoma o cadáver la cifra del acontecimiento se sustrae a la significación de la datación histórica. No hay fundación posible en esta otra lectura del acontecimiento, pues este no solo es caída, es ruina o mortificación de la representación. Las referencias a Danto y Oyarzún en Modernismos historiográficos buscan precisamente remarcar la posibilidad de esta otra lectura. La posibilidad de una lectura anestética del readymade, y más aún, la posibilidad de una lectura anestética del readymade duchampiano en historiografía, es también la posibilidad de una lectura historiográfica del golpe de Estado del 73. En otras palabras, la centralidad que las lecturas retóricas del golpe reclaman hoy en el trabajo

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historiográfico pasa por abandonar las lecturas gramaticales (centradas en el referente) de la historia y del acontecimiento. Estas lecturas, en tanto están dominadas por la obsesión del referente, por el principio de realidad, si quieres, necesariamente son lecturas fundacionales. FL: Tomando como referencia algunas relaciones conceptuales que han articulado el debate crítico local en torno al golpe de estado, como por ejemplo, acontecimiento e inscripción o marco y representación, entre otras. Me gustaría preguntarte sobre cierta recepción que tuvo tu libro Modernismos Historiográficos, específicamente en la lectura casi inmediata que realizó Willy Thayer, y luego Sergio Villalobos-Ruminott, que interrogaba el papel que juega Márgenes e instituciones (Metales Pesados, 2007) en tu libro. Ahí se señalaba que Márgenes… pareciera simplemente quedar enmarcado en ese conjunto de obras y firmas que se denominó “Escena de avanzada”, que tú desplazas bajo la tópica de un modernismo luctuoso. ¿Cómo pensar Márgenes e Instituciones?, ¿es un texto judicativo?, ¿un texto fundacional y que funciona como la constitución política del arte en Chile?, ¿o es un texto que se pliega como obra, con un tono luctuoso de otros textos/cifras, como Lumpérica, Sobre árboles y madres, o textos de Richard, como La cita amorosa? Miguel Valderrama: La intervención de Willy Thayer despliega varios movimientos, pero, en efecto, en un primer momento puede reconducirse a una oposición fundamental entre obra e inscripción. Que las obras testifiquen una traza melancólica ausente en Márgenes e instituciones, que en su despunte se vislumbre un momento de sublimidad ajeno a todo tránsito narrativo, es aquello que Thayer discute en la presentación de Modernismos historiográficos. La querella, por tanto, no es una querella que uno pueda describir como propia a la crítica o la historia del arte. Lejos de aquellos cuestionamientos sostenidos desde la historiografía, que advierten que la noción de “escena de avanzada” elaborada por Nelly Richard es injusta respecto al quehacer de un conjunto de artistas y obras del periodo, la posición que Thayer expone en textos como “El golpe como consumación de la vanguardia” (Revista Extremoccidente, 2003), o “Posibilidad, tensión irresuelta, resistencia infinita” (Revista Papel Máquina, 2009), se caracteriza por sostener y sostenerse en un doble movimiento de lectura. Por un lado, acuerda en afirmar que toda escena de

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representación es por definición parcial, fragmentada. De modo tal que la representación es siempre la parte que queda de un todo, las sobras o los restos de un banquete, aquello que designa la conclusión o el fin de un trayecto y que hace posible, por ejemplo, que a la vida la llamemos vida. Por otro lado, advierte, que siempre hay un resto que se resta a la representación, que se sustrae de la escena que parcialmente nombra. Esta doble lectura permite plantear una diferencia de ritmo, o si quieres, organizar la discusión en torno a la avanzada como una cuestión de estilo. No deberíamos pasar por alto la resonancia marchantiana de esta diferencia. Pues, en lo esencial, ella nos reenvía a la lógica de la sutura que despunta en la escritura de la avanzada, a la política significante de textos y obras. Podría decirse, incluso, que por momentos todo parece jugarse al interior de esta lógica y de las prácticas que moviliza. El mismo título Márgenes e instituciones puede leerse como una especie de criptónimo del trabajo de sutura significante. Herida, cicatriz, división, línea, costura, puntada, hilván, texto, centón… toda una serie de significantes y significaciones se dan cita en el juego de esta política de escritura, que es siempre una política de inscripción. Se trata de una cuestión de estilo, insisto, de una cuestión que ocupa al tímpano y al tamborileo. En palabras de Thayer lo que está en juego es la caída nietzscheana, la desestabilización como efecto o resultado de un insistente “tamborear”. Ahora bien, ¿qué es aquello que fastidia al oído de la crítica?, ¿cuál es el ruido que en su cadencia o inclinación maltrata la escucha de las obras? Atendiendo a las propias tomas de posición de Richard sobre Márgenes e instituciones, tomas de posición que habría que considerar por cierto en todo lo que valen, Thayer denuncia o advierte un tono celebratorio de raíz fundacional en la escritura de conjunto de Márgenes e instituciones. Y esto es lo central. La operación crítica que se despliega en un texto como “Posibilidad, tensión irresuelta, resistencia infinita” descansa precisamente en la “posibilidad” de distinguir “obras” y “textos críticos”, “operaciones de conjunto” y “operaciones sectoriales”. Y todavía más, la misma tesis de la complicidad estructural no solo parece reposar en última instancia en esta arquitectónica crítica de niveles infra y superestructurales, sino que además pareciera ser ciega a las propias transformaciones del tardo capitalismo que, por otra parte, dice atender. Aquí, cabría citar un argumento formulado por Lyotard en los mismos años de cristalización de la avanzada: “no es solo la fotografía la que hizo imposible el oficio

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de la pintura. La imposibilidad proviene del mundo tecnocientífico del capitalismo industrial y postindustrial”. De igual modo, podría decirse, en el mundo postcontemporáneo de la globalización capitalista la distinción entre obras y textos se ha vuelto imposible. En consecuencia, ¿cómo defender una traza melancólica en las obras totalmente ausente en los textos de la crítica del periodo?, ¿cómo definir el ritmo, la cadencia, la caída si no es a través de un examen de las operaciones de enmarcamiento y reenmarcamientos que la dan a ver, ya sea como panorama, representación o perspectiva? La intervención en el debate de Sergio Villalobos-Ruminott (Revista De/rotar, 2009; Revista Archivos, 2012) tiene el mérito de reconducir la discusión al “contexto neoliberal de circulación ampliada”. Su punto de partida es materialista, pues busca atender a las condiciones de producción de textos y obras. Según esta perspectiva, el arte debe ser aprehendido en el mismo plano de consistencia que organiza la historia del diseño o la fabricación de lavadoras. Y en principio, me parece que esta inflexión o remarca es fundamental precisamente para examinar la propia obsolescencia tecnológica que habilita la distinción entre obra y crítica. Si está distinción es retórica, si obedece a una determinada tecnología crítica, habría que advertir que la producción de valor a que ella da lugar ha sido desplazada en la producción de valor del tardocapitalismo. De ahí que podría advertirse, contra algunos posicionamientos avanzados por el propio Villalobos-Ruminott, que no es posible afirmar un horizonte de complicidad estructural entre arte, crítica y mercancía en un presente que parece desajustar precisamente todas estas viejas categorías. La misma noción de “desistencia”

adelantada

por

Villalobos-Ruminott

—de

raíz

heideggereano-

derrideana— apunta a la interrupción de estas categorías y se inscribe en un movimiento general de denuncia y suspensión de todo marco. NS: Uno de los aspectos altamente violentos que circularon alrededor del 11 de septiembre fue la sobrepoblación de imágenes con que los medios de comunicación eclipsaron el golpe de estado. Era evidentemente necesario para la Concertación y la derecha produjesen un fuerte aparato conmemorativo que pudiera lograr mantener obturadas las huellas de su complicidad con el fenómeno neoliberal, y por lo tanto con la dictadura, como durante todo el período llamado de “transición” por la sociología-política o “postdictadura” por la teoría crítica. Ahora

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bien, tengo la impresión de que justamente esta borradura, que estalla como instante de legibilidad en el cuerpo social durante las movilizaciones, vuelve necesaria su tematización político-teórica no sólo en cuanto demanda macropolítica gubernamental, sino también como catástrofe de la representación tanto social como de los diversos campos intelectuales que han tenido lugar desde la conmemoración de los 30 años del golpe, y más atrás probablemente. Lo que me interesa instalar en la conversación es básicamente como lees la relación entre movilizaciones sociales, el campo intelectual y esta escena de los 40 años del golpe en donde confluyen múltiples vectores en crisis. Miguel Valderrama: A propósito del cruce de proposiciones a que la pregunta invita, quizá haya que arriesgar una tentativa de respuesta que busque demorarse en aquello que precisamente se expone de modo más visible en la pregunta. Diría más, aquel encadenamiento a que invita la pregunta, un encadenamiento de frases que busca eslabonar movimientos sociales, enunciación intelectual y escenarios políticos, es precisamente el modo o régimen de encadenamiento discursivo que deberíamos examinar con mayor detención. Las razones para llevar adelante tal examen son múltiples, y no están únicamente referidas al momento de peligro que amenaza íntimamente toda estructura, llámese a ésta época, pensamiento, historia. La misma topología que ensaya el encadenamiento de frases, el panorama o paisaje histórico que pone en perspectiva es justamente lo que hay que interrogar. La condición postsoberana de la crítica contemporánea, condición que recientemente ha sido destacada con inusual fuerza por Oscar Ariel Cabezas en su libro Postsoberanía (La Cebra, 2013) obliga a elaborar un trabajo de deconstrucción de toda la infraestructura conceptual del pensamiento moderno. Este trabajo de deconstrucción debe mostrarse particularmente atento al juego de emplazamientos y desplazamientos a que invitan las distintas metáforas arquitectónicas en escena. Pues, es justamente ahí donde pierde pie la crítica contemporánea. Es, como bien dices, en el borramiento o en el retrazo de ese espacio donde se plantean hoy las preguntas principales. Cualquier referencia al Estado, a la sociedad civil, a los movimientos sociales, a las formas de organización e imaginación políticas que no advierta, que no tome en consideración la crisis topológica que afecta al conjunto de las categorías políticas modernas, seguirá eslabonando proposiciones, encadenando frases, en una zona de confines en ruinas.

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Que la traza de esta limitación sea del orden de lo exorbitante, que se la describa bajo la hybris de la ilimitación, de la ilimitación capitalista según la feliz expresión de Willy Thayer, no viene a señalar otra cosa que una necesidad imposible de traducción, de movimiento, de transición. Por otro lado, y puesto en el apuro de comentar siguiendo el orden de una economía ya establecida, diría que las movilizaciones sociales en curso se organizan y jerarquizan según el ideal arquitectónico de un republicanismo redivivo. Esto, al menos, en las posiciones intelectuales y políticas más destacadas de la llamada izquierda social. Me refiero a posiciones y discursos como los compartidos por historiadores como Gabriel Salazar y Sergio Grez, o filósofos como Renato Cristi y Carlos Ruiz Schneider. En fin, se trata de posiciones que ante todo buscan darle o devolverle legitimidad a las instituciones políticas. Su horizonte es del orden de la refundación, de la comunidad, de la copertenencia. El problema con estas posiciones es que son ciegas al marco que organiza el trabajo de la representación, o, si quieres, son ciegas frente a la vacancia o cesantía de todo marco. De ahí el olvido involuntario, la represión de la que dan testimonio sus no lecturas del golpe de Estado. De la otra izquierda, la que se asocia habitualmente a los partidos políticos tradicionales, no cabe decir y esperar mucho, cuanto más que en sus momentos de mayor radicalismo puedan, sin duda, plegarse al imaginario republicano propuesto en algunos de los discursos y posiciones de la izquierda social. Por otro lado, que la línea de división dominante en la izquierda pase todavía hoy por lo social y lo político dice mucho del estado de la situación en la que estamos. FL: En tu trabajo se lee una elaboración de un pensamiento que se podría denominar de izquierda, pero que plantea una “singular militancia” (creo que en algún momento lo apuntas de esa manera) al afirmar las figuras de la derrota, la catástrofe y lo luctuoso. Podríamos señalar, en específico, que la noción de derrota tiene una raigambre de izquierda, en tanto ésta puede ser vinculada con lo que Benjamin alguna vez denominó la tradición de los oprimidos. Me parece que libros como Posthistoria (Palinodia, 2005), Modernismos historiográficos y La aparición paulatina de la desaparición en el arte, se leen como una escritura que formula deconstructivamente un pensamiento de izquierda, a contrapelo, por cierto, de esa otra izquierda representacional, articuladora y fundacional, de la cual te desmarcas en la anterior

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respuesta, por ejemplo. Por lo mismo sería interesante puntualizar el por qué señalas que los movimientos sociales estarían supeditados a reivindicar una mera dimensión republicana, y no podrían ser pensadas como el “eco de voces muertas” que sobreviven a la catástrofe como norma histórica. En otras palabras, que podrías señalar a propósito de las relaciones entre derrota y redención, pero desde un asalto, una irrupción, que en el mayor de los casos no puede sino ser pensado desde un colectivo o una multitud… Miguel Valderrama: Antes de abordar la cita histórica que como cifra se exhibe en la figura de los movimientos sociales, no quisiera pasar por alto ese otro vínculo de complicidad que muchas veces se establece entre la época y ciertas posiciones que se identifican demasiado rápidamente con la izquierda radical. Digo esto porque la pregunta tematiza de algún modo una crítica que desde la izquierda se hace a ciertos posicionamientos o líneas de pensamiento que parecieran por momentos interrumpir todo movimiento u organización, toda afirmación militante de un futuro o un porvenir. Al decir esto soy consciente de que con tal emplazamiento nos deslizamos casi inadvertidamente a la escena de un teatro de izquierdas, y que por lo mismo las disputas en ese teatro pueden tener el dramatismo de una tragedia griega. Se sabe, por cierto, que entre los griegos la peor guerra es la guerra civil, la guerra que se libra entre hermanos, entre miembros de una misma familia. Pues bien, a riesgo de esquematizar en exceso expongamos el vínculo o complicidad estructural que se suele establecer entre el aire dominante de los tiempos y el aire de una determinada crítica, al menos de algunas de sus nubes —como habría observado Lyotard. Nuestra época, se nos dice, es la época del testimonio, de la testificación. Época de catástrofes, de una oscura finitud, en la cual el militante cede su lugar al testigo y éste a la víctima. De modo que todos somos testigos y, en cierto sentido, todos reclamamos al menos potencialmente el papel de víctimas. El humanitarismo, las políticas patrimoniales, las conmemoraciones, la reducción de la política a derechos humanos son solo algunos de los emblemas políticos que enseña esta era (la “era del testigo”, la llama Annette Wieviorka). Ahora bien, atendiendo a estos signos de historia se advierte con cierta insistencia que formas de pensamiento comunes a la melancolía, el duelo, la catástrofe o la sobrevivencia, parecieran adscribir sin reservas las figuraciones de un tiempo que se presenta a sí mismo como el tiempo del fin de los

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tiempos. Ustedes mismos, al organizar un número de escrituras aneconómicas en torno a los 40 años del golpe militar estarían cediendo a la ideología dominante del capitalismo postnacional. Es más, no lejos de este reproche se escucha otro que nos advierte severamente de los peligros de convertir el golpe de Estado del 73 en “nuestro pequeño Auschwitz”. Tras estas recriminaciones se esconde, sin duda, un natural deseo de supervivencia, de superación, de normalidad. Este movimiento de interiorización idealizante, de tránsito o superación, es justamente lo que Freud denominó “duelo normal”. El problema con estas posiciones supuestamente afirmativas de la vida y del porvenir es que no advierten que ellas están totalmente implicadas en el estado de situación que pretenden denunciar. Es decir, en su conjunto expresan el deseo de superación propio de un tiempo de duelo llamado normal. Contra estas posiciones habría que insistir en la necesidad de la remarca, en lo que Patricio Marchant denominó el comentario de la catástrofe como catástrofe nacional. La misma centralidad que un autor como Walter Benjamin tiene en Chile puede explicarse por la lógica del comentario de la catástrofe. Tarea ineludible, la llamó Marchant, condición negativa de todo trabajo de escritura. Por otro lado, si hemos de considerar que aquello que llamamos historia no es posible más que si se dota a sus representaciones de un dispositivo capaz de asegurar que la relación con el pasado se constituya a la vez como custodia y como pérdida, entonces cabría sostener que la historia y el proceso de duelo son co-originarios y se condicionan mutuamente. Catherine Malabou, comentando la noción de historia en Hegel, ha llamado justamente la atención sobre el hecho de que la idealización (es decir, la dialéctica supresión y conservación) es siempre el resultado de la Aufhebung. Hoy, sin embargo, el problema mayor que se nos plantea es saber si las formas de duelo llamadas normales dan cuenta de la experiencia de la historia presente. Para ir más allá, es posible afirmar que la absoluta presencia de un presente sin imagen rectora de futuro, de un presente que según la expresión de François Hartog podemos llamar “presentista”, es la de un tiempo de un fin del duelo que cabría interrogar desde la perspectiva de un duelo imposible. A partir de este rodeo, pienso que se puede explicar mejor mis reservas con la política llevada adelante por los nuevos movimientos sociales. Mis reparos apuntan justamente a cuestionar aquella lectura que observa en los movimientos sociales el

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“eco de voces muertas” que sobreviven a la norma de la catástrofe histórica. A riesgo de simplificar, diría que desde el punto de vista de la historia no contamos con un modelo de análisis historiográfico capaz de interrumpir la lógica de la representación historiadora que subyace a toda narración del pasado. Hay que recordar, en este punto, que al elaborar su concepto de historia Benjamin tenía como referencias críticas de distanciamiento el trabajo de historiadores como Fustel de Coulanges o Eduard Meyer. Pues bien, una discusión de las tesis benjaminianas en torno a la narración historiadora debería hoy tomar en cuenta al menos las posiciones críticas elaboradas sobre la historia por historiadores y filósofos como Ranajit Guha, Dipesh Chakrabarty, Gayatri Spivak o Hayden White. No hacerlo, no complicarse y demorarse infinitamente en estas y otras cuestiones, nos llevaría a confundir una historia de los de abajo con una historia de la catástrofe. En esta dirección, el trabajo de Federico Galende sobre la categoría benjaminiana de destrucción es una referencia ineludible a esta y otras discusiones. Por otro lado, desde el punto de vista político no observo en el discurso asambleísta constitucional de los nuevos movimientos sociales desplazamientos esenciales frente a problemas que deberían cruzar toda política por venir. Me explico, y disculpa que señale líneas de reflexión cercanas como las de Alejandra Castillo y Nelly Richard, pero creo ver en ese tipo de trabajos una necesidad de avanzar en el análisis deconstructivo de los múltiples inconscientes de la política moderna: inconscientes geopolíticos, sexuales, cárnicos, ópticos, etcétera. Al menos, eso es lo que se desprende de la lectura de diálogos como los desarrollados en Crítica y política (Palinodia, 2013) a propósito del estatuto de la crítica, el feminismo, el arte o la política actual. Escuchando el clamor de la calle quizás objetarás que la orden del día es una nueva constitución, una democracia de los pueblos, una asamblea constituyente. Te diría que sin duda esas son las tareas precisas y limitadas del día, pero que esas tareas se desarrollan dentro de un programa general que ellas no crean ni controlan. Interrogar ese programa es nuestra tarea, diría Marchant. La tarea de un “intelectual negativo” que hace imposible una “totalidad positiva”. NS: No sería más bien eso que mencionas una especie de zona liminar del discurso melancólico. Es decir, concuerdo en que toda “actualidad” es artefactual, como señala Derrida, un artificio, una modulación gubernamental podríamos decir; Pero el riesgo de pensar una

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infinita melancolía o infinita diseminación es que termina perdiendo todo rendimiento político y crítico, es decir, que parece muy problemático confundir la deconstrucción simplemente con un mecanismo que no toma posiciones. En ese sentido más que reclamarte una dialéctica materialista, me pregunto si el pathos melancólico puede permitir pensar un materialismo nodialéctico. Efectivamente porque de lo contrario pareciera que la discusión crítica queda reservada a una relación entre dispositivos de saber universitarios, y las instituciones de gestión correspondientes. Al parecer el reciente trabajo de Federico Galende sobre Ranciere estaría justamente impulsado, a partir de las movilizaciones sociales, a intentar abordar estas aporías. Lo que me pregunto entonces es porque no ver eso que pareces buscar en Dittborn, Marchant y Zurita, también en la catástrofe de la representación que en un sentido son las movilizaciones. Creo que es precisamente ahí donde vuelve a insistir el problema que Bolaño tiene con la neovanguardia, en donde el pathos melancólico que la inunda pierde sus fronteras con el “espíritu de refundación de la dictadura”. Tu pareces tener a la vista muy nítidamente este conflicto, junto con el reclamo de una cierta teoría marxista militante hacia lo que denomina marxismo especulativo a partir de Badiou, y la constelación de pensadores contemporáneos que siguen una matriz similar. Es en este sentido que como aneconómicas asumimos el riesgo de armar un número en torno a los 40 años del golpe, que entra dentro de la batalla por el nombre propio, es decir, bajo pena de quedar atrapada en la serie de aparatos conmemorativos decide establecer una relación deconstructiva de las relaciones de poder. Los partidos políticos que batallan por la hegemonía tienen que ahogar su complicidad estructural con la dictadura para hacer emerger sus discursos. En este sentido la cifra “40 años del golpe” no tiene un carácter celebratorio o de consumación del duelo, sino que permite abrir una relación política con la serie de conflictos de eso que se llama contemporaneidad. Miguel Valderrama: Hay varios frentes críticos presentes en tu pregunta. El reclamo de rendimiento, de intervención, de afirmación parece, sin embargo, sobredeterminar por momentos el conjunto del pathos de la interrogación, de aquello que podríamos denominar su urgencia, su anhelo de respuesta al llamado de los tiempos. Intentaré responder solo algunas de las cuestiones planteadas, advirtiendo con ello que iniciamos o nos aprontamos a un largo trabajo de elaboración de estas y otras cuestiones. En primer lugar, debo confesar que desconfío de la oposición simple que

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muchas veces se establece entre teoría y práctica, contemplación y acción, pasividad y actividad. Como bien sabes, esta oposición ha dominado los debates de la izquierda desde al menos el último tercio del siglo pasado. Ya sea que nuestras referencias sean las

tesis

sobre

Feuerbach

de

Marx,

ya

sea

que

nos

remitamos

más

contemporáneamente a las elaboraciones de Hannah Arendt sobre la vita activa, lo cierto es que siempre terminamos por toparnos con una retórica, con una tecnología, que organiza de entrada el lugar de la crítica como un lugar asociado a la pasividad del pensamiento. La misma Hannah Arendt ha llegado a afirmar que desconocer esta pasividad del pensar es un acto de deshonestidad intelectual. Una cosa es pensar y otra muy distinta es actuar, se nos dice. Ahora bien, como ha advertido Willy Thayer, le es común a esta oposición entre teoría y práctica una tecnología crítica que no solo organiza la distancia sobre la cual se estructura la actividad del pensar, sino que también concibe a esta misma actividad como una actividad judicativa, como una instancia de juicio rectora de la acción. La misma discusión que en nuestro medio han entablado Willy Thayer y Nelly Richard sobre la posibilidad crítica tiene por trasfondo estos problemas. Por otro lado, y pensando en los desplazamientos que reconoces en el trabajo de Galende, habría que advertir que la violenta ruptura de Rancière con Althusser a fines de la década de los sesenta expresa menos el triunfo de la calle sobre el discurso universitario, que una cierta radicalización crítica del propio discurso althusseriano, radicalización que apunta precisamente a deconstruir la distinción que autoriza al discurso universitario, y que no es otra que la de teoría y práctica. En otras palabras, desactivar la distinción entre teoría y práctica no es un acto de deshonestidad intelectual. Es más, se podría afirmar que en cada toma de palabra política esa distinción está ya desactivada, en trabajo de deconstrucción. Pues esa toma de palabra no expresa un malentendido que nos reenviaría cada vez al discurso de un amo, a una comprensión de la democracia como demopedia. No, esa toma de palabra expresa un desacuerdo, una diferencia que debe ser tratada en el espacio de la comunidad política. El problema es que en el espacio de la reflexión contemporánea, ese desacuerdo, esa diferencia, se expone cada vez como emblema de un trauma de la comunidad. De ahí que yo no estaría tan seguro de afirmar tránsito alguno entre Benjamin y Rancière, y menos aún un tránsito de orden postraumático. Las cosas siempre son más complicadas. Contra una lectura populista de Rancière, habría que

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recordar que en libros como El desacuerdo (Nueva Visión, 1996) el sujeto político nunca es la expresión de una identidad social, antes bien él es el resultado de un proceso de desidentificación y subjetivación que tiene su origen en un daño. El pequeño agujero, la herida, el trauma secreta un sujeto. A propósito de esta afirmación, no es vano advertir como las traducciones castellanas traducen la palabra francesa “tort” utilizada por el filósofo argelino para describir el proceso político de subjetivación. Traducida en el contexto del término de la dictadura argentina y chilena por la palabra “daño”, la palabra “tort” parecía remitir a un campo semántico donde las nociones de dolor y sufrimiento eran sus balizas principales. En las traducciones más recientes, digamos las que nos han llegado desde España en los últimos dos años, se ha optado por traducir la palabra original por “agravio”, lo que inscribe al sujeto rancièreano en el campo de las teorías del reconocimiento y del agravio moral, aquellas centradas en la ofensa y el perjuicio de derechos. Esta pequeña historia de traducciones y contextos de traducción sirve para advertirnos no solo de la politicidad propia de los contextos de lectura y escritura, sino también para reconocer que aquella oposición tenaz que enfrenta a Rancière con Lyotard es también de algún modo la nuestra. Que un diferendo pueda ser traducido en desacuerdo no es solo un problema de traducción, es fundamentalmente un problema de duelo de la comunidad política, del paso de un estado de melancolía a otro llamado de duelo normal. Advierto nuevamente que no deberíamos apresurarnos en leer a Lyotard del lado de la melancolía y a Rancière del lado del duelo normal. Hay también en Rancière, al igual que en el Galende de Walter Benjamin y la destrucción (Metales Pesados, 2009), un pensamiento de la melancolía que no habría que descuidar o ignorar. Por otro lado, la centralidad que exhibe lo performativo en la escena actual, la fascinación crítica con personajes literarios como Bartleby, al cual dedicamos un dossier en la última Papel Máquina, la importancia de escrituras como las de Diamela Eltit o Raúl Zurita, deben descifrarse como empeños por llevar adelante una particular ética de lo real. A propósito de Alain Badiou, Bruno Bosteels ha llamado la atención recientemente sobre la necesidad ético política de no ceder en el propio deseo. Que esa necesidad sea leída por Bosteels como un recomienzo, como la necesidad de siempre recomenzar, que ella sea leída como una insistencia en el trauma, como una especie de política inmemorial del testimonio, como en Alberto Moreiras, es menos importante

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que la afirmación antigonal que esa necesidad reclama de una interrupción de las categorías principales del pensamiento moderno. En este sentido, nociones como hegemonía, soberanía, diferencia sexual y, sin duda, historia, requieren ser revisadas y discutidas a la luz de los problemas actuales. No hacerlo por temor a llegar tarde al recomienzo de la historia sería ceder finalmente a las leyes de la ciudad, sería seguir el dictado de la publicidad, de lo que ordena la actualidad.

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