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Diario de un desahuciado

Marco Antonio Meza-Flores


Diario de un desahuciado.

© D. R. 2015. Marco Antonio Meza-Flores. Todos los derechos de edición a Canah “un lugar de esperanza”. Madero, 1025, Col. Centro, C.P. 88500, Reynosa, México.

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Diseño de portada: Job González Morejón

ISBN 13: 978-1519640659 ISBN 10:151964065X

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, sin permiso previo de la editorial.


A los Ericks y las Rebecas que me han dejado contar sus historias. Gracias por el viaje .


PRÓLOGO (El diario en la botella) Imagine que encuentra en la orilla del mar una botella con un mensaje adentro. Pero un momento, deténgase a pensar en los detalles de su vida, en los detalles de cómo usted ha idealizado su entorno para protegerse de la verdad. No me refiero a una verdad amplia e indefinible, me refiero a su verdad; esa que lo persigue, como una sombra oculta entre las marañas de las ficciones a las que se aferra para no perder la cordura, aunque tal vez su cordura ya esté perdida entre las ficciones y encerrada junto a su verdad para aparentar cordura desde los delirios de una locura que también es negación. ¿Le parece complicado? Se llama cotidianidad. Usted sostiene la botella en su mano, puede contemplar las páginas dentro de ella, cambie las hojas degastadas y posiblemente húmedas por la filtración leve pero amenazante del mar; no son páginas degastadas, es un libro dentro de la botella. Usted está en esa orilla porque ha decidido tomar unas vacaciones. La vista es hermosa, el agua es color esmeralda, a lo lejos puede divisar un horizonte interminable, completamente azul, con un sol radiante que no deja de brillar y exponer sus bondades, las nubes azules van tornándose naranja a medida que se acerca el anochecer y el sol se oculta levemente, siente la brisa pasear y acariciar su piel, algún delfín salta y se deja observar no muy lejos de usted. ¿Lo nota? Es su entorno, es todo lo que le rodea, pero... ¿Y usted? ¿Dónde realmente está usted? ¿En qué estación de la vida? Olvide el punto geográfico, pero no suelte la botella. Olvide de dónde la ha recogido, ¿cuándo fue la última vez en la


que realmente se ubicó en la vida? ¿Posee algún mapa que le permita ubicarse dentro de la geografía emocional? Por alguna razón el ser humano se empeña en localizar todo a su alrededor, en contemplar lo externo y asirse de ello para sentir la seguridad de no estar perdido, pensamos que si logramos estar en un buen lugar entonces estamos bien. Así nos lanzamos a la competencia de una profesión que nos garantice un lugar seguro y confortable, a la búsqueda de una pareja que nos permita construir un entorno placentero, nos enfocamos en construir una pared inmensa a base de amistades y relaciones que nos protejan de la verdad, de la cordura que en nuestras condiciones tan perfectas es la locura. Y así vamos por la vida, sin vivir, sin andar, siempre en un mismo punto, siempre en una zona de confort que no podemos percibir cómo es realmente. La botella en su mano, no la suelte. El libro dentro de ella, no lo pierda. Ya va anocheciendo y usted sigue frente al mar, algo tal vez le dice que no debe romper la botella, que debe tirarla al mar nuevamente y dejarla andar entre las olas para que otro afortunado o desafortunado la encuentre. Porque el instinto muchas veces engaña, mucho más cuando se ha sometido al condicionamiento de la sociedad. Sí, la sociedad advierte que no rompas una botella con un mensaje adentro, que no leas un libro que pueda amenazar tu tranquilidad, es mejor dejar todo tranquilo, es mejor no exponerse al peligro. Y usted, allí frente al mar, cree que ha superado todo peligro, sin notar que está parado sobre el fuego, que un tsunami se ha gestado frente a usted y se lo lleva todo, se lleva sus años, se lleva su verdad, se lleva la posibilidad de haber vivido realmente; dentro de tal vez no mucho tiempo su cadáver será arrumado junto a millones de cadáveres que pertenecen a hombres y mujeres que se creyeron cuerdos, que pensaron que estaban en una isla


hermosa frente al mar, viendo el sol brillar y el horizonte postrado. “Diario de un Desahuciado”, de mi amigo Marco Antonio Meza Flores, es un libro que ha sido escrito por hombres y mujeres que rompieron la botella y leyeron el mensaje en su interior, que desafiaron desde adentro las voces de una sociedad que se empeña en las apariencias y olvida la salud verdadera, la vida real, las emociones, los sentimientos, la necesidad de una satisfacción que va más allá de lo material, de lo socialmente material. Es un libro que incluso desafía el concepto material de la espiritualidad y del alma. Un libro escrito por un autor que es en sí mismo una diversidad enorme de autores que ha asimilado durante su profesión y su acción de vivir sin cordura, sin esa cordura insana que nos aprisiona a una isla de apariencias y perfecciones que se desvanecen tan pronto se oculta el sol. He roto muchas botellas en mi vida, me he obsesionado con ir contra la corriente, con abandonar islas, con emigrar de ciudades; me he internado en desiertos, en campos rurales que acusan la muerte, he recibido mensaje de moribundos que en último momento emiten sus memorias para advertir sobre los peligros de una vida mal vivida, desaprovechada. Pero “Diario de un Desahuciado” ha sido un mensaje que no recibí antes, uno que me obligó a escribir mientras leía. Sí, a escribir dentro de mí, durante cuarenta días, en un diario interno, donde las preguntas saltaron y me mostraron aspectos que quise obviar, que mantuve atados detrás de una pared blanca de dimensiones exageradas, creyendo que así me resguardaba. En términos de narrativa es una novela escrita en primera persona, que surge de un juego de roles, con un tono melancólico pero potente, con un ritmo impresionante; elementos que se ajustan de forma ideal para crear armonía


entre fondo y forma, con una estructura limpia, resultando en el diario de un hombre que se enrumba al descubrimiento de sí mismo. Con un poder descriptivo capaz de sumergir al lector en un universo inédito, donde algunos puntos geográficos y escenas cotidianas le darán idea de la localidad. Posee un lenguaje nada técnico a pesar de la profesión del autor. Marco ha logrado un equilibrio en el lenguaje, su novela realmente es un arte, una narración atractiva y sugerente. Lo olvidaba, rompa la botella. Anímese. No tenga miedo. No va a encontrar en su interior el mensaje de un náufrago pidiendo su ayuda, no tendrá que debatirse entre cuestiones éticas de ir o no ir al encuentro de un moribundo. Pero le advierto, encontrará un diario que muy bien pudo ser escrito por usted, tal vez encuentre el reflejo de su condición, de situaciones que usted ha olvidado, de emociones perdidas en la construcción de su fidelidad a la felicidad aparente. Sí, puede que usted lea su propio aviso, su propia llamada de auxilio. En todo caso le aseguro que después de leer el mensaje dentro de la botella, podrá ver con claridad, y notar que en su interior es donde hay un sol esperando para brillar, un mar esmeralda dispuesto a arrastrar con su fuerza las aguas hasta una orilla donde podrá descansar.

Gusmar Carleix Sosa Crespo. Escritor venezolano.

DIARIO DE UN DESAHUCIADO

25 DE DICIEMBRE 2015


En realidad, no pude resistirme, pensé que era más fuerte, pero no, por eso fui a buscar ayuda terapéutica. Mi primer día, la famosa entrevista, el terapeuta con el que había hablado por teléfono me dijo que lo primero que tenía que hacer era una entrevista, y no mentiré, estaba ansioso, nervioso, o no sé qué me pasaba, pero algo pasaba en mí; mientras esperaba en la recepción del lugar al que había asistido, viendo salir y entrar gente y escuchando música en una bocina gris que se encontraba arriba de mi cabeza. La dirección de la cita era: "Calle Madero 1025, aquí en la Zona Centro de mi ciudad". En la recepción podía ver un sinfín de trípticos sobre diplomados, cursos, libros y otras cosas que el "Centro de Formación Integral" tenía en sus instalaciones. A un lado del sillón negro donde me senté había revistas de ciencia popular, sin embargo, preferí no leer y ponerme a pensar en algo, mientras esperaba el tiempo de mi consulta. En ese momento, cuando estaba exhorto en mis pensamientos se escuchó una voz que me preguntó “¿Erick?” Yo respondí —Sí— me dijo: “Soy Marco Antonio, pasa, en seguida te atiendo”, mientras se despedía de una paciente que salía por la puerta principal. Estaba sentado en el consultorio de mi nuevo “sicólogo”, y es que en realidad jamás había ido a un sicólogo, era la primera vez, pero esto que sentía cada noche no podía dejarlo pasar, me agotaba, me ponía lleno de dolor, me hacía llorar en las noches, no dormía, no comía, no pensaba, no podía leer, me decían mis amigos y familia que estaba siempre amargado, en otro lugar, en otro momento, que no estaba aquí. El consultorio estaba lleno de cuadros y de repente, se escuchó una puerta que se cerraba.


Hola, Erick, ¡qué bueno que viniste! Vamos a comenzar con la entrevista, ¿te parece? Decía el sicólogo que me atendía. Era un tipo raro, tal y como me lo había descrito Juan y Oscar, no era gordo, pero tampoco era “una varita de nardo”, siempre con una sonrisa en la boca. Vestía jeans negros y una camisa amarilla con el logotipo del lugar al que había ido y sus títulos estaban bordados en su camisa del lado derecho, también tenía a un costado de él una pequeña bolsa café de piel muy interesante y curiosa, ¿qué tendrá en ella? ¡Bueno, no importa! Lo cierto es que él, era Marco. Eso era lo bueno; pero ellos también me dijeron, es ácido, irónico y ególatra, sin embargo, es el mejor de la ciudad (me dijeron ambos); así que no me queda nada más que ver sí me gusta o no, porque no estoy obligado a quedarme, pero ya había hecho la cita, ya había depositado en el banco sus honorarios de entrevista, entonces el tiempo era mío y lo ocuparía de la mejor manera. La entrevista duró más de hora y media. En realidad, me entretuvo más de lo que había creído, sin embargo, algunas veces me sentí incómodo, él me orillaba, me desnudaba con sus preguntas, y lo peor es que “me adivinaba si mentía”. Sonreía y después me decía: “recuerda que es tu dinero, si me mientes, te mientes a ti, no a mí, gástalo de la mejor manera”. Los temas se fueron desarrollando sin ningún problema, las primeras preguntas fueron personales, que cómo me llamaba, mi edad, fecha de nacimiento, mi religión, etc., el problema mayúsculo se dio cuando llegamos a ti; ¡oh! No pude aguantar las lágrimas y lloré; éstas, rodaban por mis mejillas, lloré y lloré, aunque quise resistirme, él me decía “llora, que si te privas te hará daño”, me pasó una caja de pañuelos que estaba a un lado de una lámpara de madera color café, que se encontraba sobre


una pequeña mesa a un lado de uno de sus sillones negros de piel. Y entonces me recomendó —compra un diario y desintoxícate. ¿Desintoxicarme? ¿De qué? —Pregunté con curiosidad. —De ella—, me dijo con voz firme, pero dulce. Cuando escuché esto me quedé frío, quería resistir lo que había escuchado y tontamente pregunté ¿desintoxicarme de ella? —Sí claro— respondió el sicólogo. No quería escuchar que tenía que dejar de verte, al menos no ahora, ¡No! ¡Él estaba loco de remate! ¡Él necesita la ayuda! Posiblemente es un tipo sin pareja y amargado, mira que decirme que dejara de verte ¡válgame! Me dijo: "Sé que posiblemente pienses que estoy equivocado, que soy amargado y no tengo pareja", ¡pero no Erick! Yo soy un tipo feliz, pero tú no sabes amar. Me explicó que debíamos saber hasta qué grado estaba realmente amando o estaba enamorado, me dijo algo de químicos en la cabeza que dominaban mis momentos y que posiblemente no era más que un caso de enamoramiento y por eso debía desintoxicarme de ti y me recomendó “cuarenta días sin ti”. Han pasado tres días después de la entrevista y heme aquí. Compré mi diario y me dispongo a escribir. La idea es desahogarme, llorar, gritar, decir lo que pasa dentro de mí cada uno de esos días, el objetivo es “desintoxicarme”, pero yo quiero entregarte el diario al final de la tarea (cosa que Marco no sabe ni debe saber) como si fueran el diario de un desahuciado, o los restos de un cuerpo, tú decidirás si debes enterrarlo o resucitarlo. Sin embargo, creo que cualquiera puede resucitar con tu aroma; tu olor resucitaría todo el infierno y daría paz a todo el


cielo. Lo mejor o lo peor (depende de cómo lo veas) es que iría hasta el mismo infierno sólo para olerte, o creería en ese Dios inexistente sólo para poder gozar de tu aroma. Cuando Marco me explicó lo de la “cuarentena”, volví a llorar, había leído en alguna parte que eso se hacía sólo cuando uno estaba enamorado, pero estoy seguro que te amo, no estoy simplemente enamorado y ya, yo te amo y sé que el amor debe buscar opciones, ver alternativas, se busca al otro, se encuentra a tu pareja de por vida, ¡pero bueno!, si el “especialista” recomienda que debo hacerlo, lo haré, se supone que él sabe más sobre esto. Sin embargo, él mismo me advirtió: —“Si tú la amas, los cuarenta días no servirán de mucho”, el amor es una decisión, y no se rompe con cuarenta días de abstinencia Erick. Entonces tengo que escribir para sacarte de mi mente, de mi sangre, de mi ser, y creo que eso me irá matando lentamente. No puedes correr de algo sólo porque no quieres que se dé; no te gusta; o te da miedo; mucho menos puedes taparte los ojos sólo para no ver la realidad que tienes frente a ti. Entiendo que el amor jamás será un error (como me dijo el sicólogo), pero duele (como también me lo dijo), además que es inexplicable, sacrificado, lleno de aventura, pero doloroso al fin. Comencemos…

Diario de un desahuciado  

Novela terapéutica

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