Page 1

1

Enero 2013

retiro mensual

El bautismo: El p贸rtico de la vida en el Esp铆ritu


El bautismo: El pórtico de la vida en el Espíritu Esperanza García Paredes, HCSA Madrid Introducción Estamos viviendo un “tiempo de gracia”. Son muchos los acontecimientos que estamos recordando, reflexionando y celebrando en la Iglesia: el Año de la Fe, que comenzamos el 11 de octubre de 2012, el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica y la celebración del Sínodo de los Obispos sobre La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana. En la carta apostólica “Porta Fidei”, con la que nos convocó el papa Benedicto XVI a este Año especial, se nos marca el objetivo y las directrices para vivirlo. Un Año de la fe, ¿para qué?: - para redescubrir el camino de la fe y señalar la “puerta de la fe” a tantos que están buscando la verdad; - para vivir la fe como don que tenemos que descubrir, cultivar y testimoniar; - para avivar la alegría y el entusiasmo de nuestro encuentro con Jesucristo resucitado y ofrecer al mundo nuestro testimonio gozoso y convincente; - para vivir en una continua y renovada conversión al Señor Jesús; - para redescubrir la belleza y la alegría de creer. La puerta de la fe «La puerta de la fe» (Hch 14, 27) -nos dice el Papa Benedicto XVI- está siempre abierta 22 / (22)

para nosotros. Cuando el corazón se deja plasmar por la Palabra se cruza el umbral. Atravesar esta puerta supone emprender un camino que dura toda la vida; un camino que empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), y concluye con el paso de la muerte a la vida eterna. Así entramos en la Iglesia e iniciamos una vida de comunión con Dios (cf. PF, 1) . El Bautismo es el sacramento de la fe (cf. Mc 16, 16; CIC 1253). Nos abre la puerta que nos introduce en la experiencia del Misterio de Dios, en la comunidad de los creyentes -que es la Iglesia- y en la vivencia comunitaria de la fe. El Bautismo es el pórtico de la vida en el Espíritu (“vitae spiritualis ianua”) y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos, como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica. Al entrar por esta puerta, no podemos olvidar que Jesús también atravesó esta puerta cuando fue bautizado; y se le abrió un nuevo camino en su vida que culminó en la cruz. Después del tiempo de Navidad, que nos ha bañado en ternura, alegría y esperanza cerramos el ciclo de Epifanía con la celebración del Bautismo de Jesús. El Bautismo de Jesús fue para Él y para nosotros una espléndida epifanía y teofanía. Esta nueva manifestación de Dios no aconteció ni en la tierra ni en el cielo, sino en el agua. En ella no hablaron ángeles ni estrellas, sino Dios mismo, en su dimensión trinitaria. El Padre nos presentó a su Hijo amado e hizo descender su Espíritu Santo, como


paloma que ungiría a Jesús con su fuerza y su alegría. En la base de nuestro camino de fe está el bautismo, el sacramento que nos dona el Espíritu Santo, convirtiéndonos en hijos de Dios en Jesús el Hijo, y marca la entrada en la comunidad de fe, en la Iglesia. Aprovechemos la festividad del domingo del Bautismo del Señor, y este retiro, para centrarnos en nuestra espiritualidad bautismal. A través de varias lecturas -meditadas y saboreadas- irán emergiendo los rasgos que perfilan esta espiritualidad. Ellas nos hablan de una triple vivencia: la filiación divina, la unción del Espíritu y la misión filial. Vivir en filiación divina Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el dereho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.» (Isaías 42, 1-4.6-7). El Abbá tiene un Hijo único, a quien llama “el Amado” y es el objeto privilegiado de su amor. Tres veces, durante la existencia

terrena del Hijo, el Padre hace oír su voz para testimoniar su amor por el Hijo: - En el momento del bautismo como vocación y misión (Mt 3,17). - En el Tabor, en el momento de la Transfiguración (Mt 17, 5). - Antes de la Pasión como consentimiento a su sufrimiento redentor (Jn 12, 28). Pero este Dios también nos ama a nosotras, a nosotros, aunque seamos pecadores. Nos ha enviado a su Hijo en persona para que sea entre nosotros testigo de su amor incondicionado. Él nos llama para que lo acojamos en la comunión de la fe. El Bautismo de Jesús es la culminación de un largo proceso. Acontece ya pasada la infancia, la adolescencia y la juventud. El Jesús que se hace bautizar es adulto. Tenía 30 años cuando se fue al desierto. Allí se encontró a sí mismo. Y en su bautismo se sintió llamado. Se descubrió como el Siervo de Dios, su preferido, su Hijo amado. En Él se cumplió lo que dijo el profeta Isaías 42,14.6-7: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles”. Jesús se sentía Cordero cargado con los pecados del mundo, y así lo vio Juan. Entrar en el agua suponía para él anticipar un bautismo último: subir a la cruz y morir. Jesús entró en el agua para ser bautizado al inicio de su profecía pero también al final -su muerte interpretada como bautismo-. Así se cumpliría toda justicia (Mt 3, 15). Toda la

El bautismo nos invita a vivir la espiritualidad del siervo

(23) / 23


...ha traspasado su cielo para entrar en la tierra de los hombres como hombre vida de Jesús fue una manifestación de ese paradójico proyecto del Abbá. ¿Qué podemos deducir de esta contemplación? l El bautismo nos invita a vivir la espiritualidad del siervo, del servidor. La espiritualidad del que se sabe sostenido por el amor del Abbá y fortalecido por la unción del Espíritu para cumplir la voluntad del Padre. La espiritualidad de la filiación divina, sabiéndonos hijos en el Hijo, y cuyo fundamento es el amor incondicional del Abbá. l En este Año de la fe, reforzamos la alegría de la fe, comprendiendo que ésta no es algo ajeno, separado de la vida concreta, sino que es su alma y fundamento. La fe en un Dios que es amor, y que se ha hecho cercano a nosotros, encarnándose y entregándose Él mismo en la cruz para salvarnos, indica de manera luminosa que sólo en el amor consiste la plenitud del hombre. (Cf Benedicto XVI. Audiencia 24.10.12) Como Jesús, también nosotros somos “hijos muy amados de Dios” (Ef 5,2). Vivir como ungidos Pedro tomó la palabra y dijo: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch10, 34-38). 24 / (24)

Este texto reproduce uno de los cinco discursos misioneros de los Hechos de los Apóstoles, en los cuales Lucas refleja el kerigma primitivo de la Iglesia. En él encontramos dos temas principales: la acogida universal de Dios a todo ser humano, y la función salvífica de Jesús. Dios no sólo se ha revelado en la historia de un pueblo, no sólo ha hablado por medio de los profetas, sino que ha traspasado su cielo para entrar en la tierra de los hombres como hombre, a fin de que pudiéramos encontrarle y escucharle. Y el anuncio del Evangelio de la salvación se difundió desde Jerusalén hasta los confines de la tierra. La Iglesia, nacida del costado de Jesús crucificado, se ha hecho portadora de una nueva y sólida esperanza: aquella que proviene de Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado, salvador del mundo, que está sentado a la derecha del Padre y es el juez de vivos y muertos. Este es el kerigma, el anuncio central y rompedor de la fe. Respecto a la función de Jesús, Pedro nos presenta a Jesús, una vez bautizado en el Jordán. Fue ungido por el Espíritu Santo, y lleno de energía curativa y liberadora pasó haciendo el bien. Y es que Dios estaba con Él. El Espíritu consagra a Jesús. Le hace ser Hijo enviado. Lo constituye hacia dentro y hacia fuera. El Espíritu lo hacía Hijo hacia dentro; era la voz que lo hacía clamar ¡Abbá! antes de su muerte y así “en un Espíritu eterno se hizo oblación sin mancha ofrecida a Dios” (Heb 9,14). El Espíritu también lo hacía misionero del Abbá hacia fuera. Jesús lo expresó al decir: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me


ha enviado a anunciar la buena noticia a los pobres (Lc 4). En su bautismo Jesús aparece como el consagrado por el Espíritu para la misión. Nosotros también somos consagradosungidos por el Espíritu que nos hace hijos de Dios. Pero esta consagración acontece en dos dimensiones: hacia dentro y hacia fuera. - El Espíritu nos consagra-unge hacia dentro: construye nuestra interioridad filial y nos hace entrar en estrecha unión corporal con Cristo, nos hace Iglesia, nos habilita para acoger y vivenciar la vida de Dios en nosotros. La consagración contemplada hacia dentro es santificación. - Somos también consagrados-ungidos hacia fuera: el Espíritu que nos hace hijos, también nos hace enviados, nos habilita para la misión, o mejor, para colaborar en su misión. Toda nuestra existencia se convierte así en un acontecimiento de consagración. Cuando Dios Padre dio inicio, por el Espíritu, a nuestra vida en el seno de nuestra madre, creándonos a imagen de su Hijo, ya entonces se inició el acontecimiento de nuestra consagración: “Desde el seno materno te consagré” (cf. Sal 22,1; Is 49,1). Toda experiencia de Dios es acontecimiento de consagración. La unción del Espíritu acontece discretamente a lo largo de la vida de quien ha sido llamado. l El Bautismo nos invita a vivir la espiritualidad de “la interioridad”, la del “dulce Huésped del alma”, del Espíritu que grita en nosotros “Abbá, Padre” (Rom, 8,15). La espiritualidad misionera, que rompe fronteras y sigue el mandato del Señor Resuci-

tado: “Id por todo el mundo… bautizad en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu”. l En este Año de la fe dejemos que el amor de Cristo llene nuestros corazones y nos impulse a evangelizar. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): Hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Al comenzar este año renovemos nuestro compromiso eclesial a favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. Vivamos en la urgencia de hacer presente, visible la caridad de Cristo. Vivamos la fe como experiencia de un amor que recibimos y la comuniquemos como experiencia de gracia y gozo. Pidamos al Espíritu, verdadero protagonista de la evangelización que abra el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos (cf. PF 7). Vivir en misión filial En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.» En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.» (Lc 3,15-16. 21-22).

En su bautismo Jesús es consagrado para la Misión (25) / 25


Dios consagra y el ser humano se consagra Lucas enmarcó histórica y geográficamente el bautismo de Jesús. Presenta primero a Juan el Bautista, que con sus predicaciones y sus ritos originó una conmoción espiritual y levantó la esperanza del pueblo. Muchos pensaban si no sería él el propio Mesías. El bautismo al que invita Juan no es repetible y debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a una llamada a una nueva forma de pensar y actuar y al anuncio de Alguien más grande que ha de venir después de Juan. Él sabe que ha sido enviado para preparar el camino a ese misterioso Otro y que toda su misión está orientada a Él. A Él hay que abrirle la puerta, prepararle el camino. (Cf. BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, cap. 1) Fue entonces, en un bautismo general, cuando se bautizó Jesús y cuando, rompiéndose el cielo, el Espíritu bajó sobre Él, y el Padre lo proclamó su Hijo amado, el predilecto. Hay varios signos epifánicos: el abrirse el cielo, cerrado para la humanidad por su pecado, el posarse sobre Jesús el Espíritu en un gesto que recuerda la primera creación, ungiéndole como Mesías, y la voz del Padre manifestando que aquel hombre, aparentemente pecador, es su Hijo predilecto. El Bautismo de Jesús es la revelación solemne, la epifanía esplendorosa del Hijo amado del Padre. «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). 26 / (26)

El bautismo pide de nosotros vivir una nueva vida. Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17), (PF 6). El Bautismo nos convierte en consagrados en Cristo y ungidos por el Espíritu (LG 34). En la unción consecratoria del bautismo, el Padre revela que Jesús es aquel a quien él ha consagrado por el Espíritu y concede participar en ella a los fieles enviándoles el Espíritu. El creyente acoge este doble don de Dios dejando que el Espíritu le penetre. No es una consagración que separa del mundo, sino consagración de santificación, de invasión del ser humano por la santidad de Dios. La consagración es al mismo tiempo iniciativa de Dios que envía el Espíritu Santo a una persona y acogida voluntaria (por gracia) del Espíritu por esta persona. Dios consagra y el ser humano se consagra. Por la consagración hacemos de nuestra vida una ofrenda agradable, un culto espiritual, nos ofrecemos al Señor en amor total, sin división y nos presentamos ante Él en obediencia filial. En la actual configuración de la sacramentalidad de la Iglesia hay dos momentos en los que se simboliza unitariamente el compromiso gratuito de Dios por consagrarnos como hijos y enviados. Estos dos momentos sacramentales lo constituyen el bautismo y la confirmación. Es importante descubrir la unidad sacramental de bautismo y confirmación como el gran sacramento de


la filiación divina y de la misión filial, como el gran sacramento de la consagración: profetas, sacerdotes y reyes. - El Bautismo nos invita a vivir la espiritualidad del camino. El camino de la fe lo recorremos como Jesús, siendo llevados por el Espíritu. Confiemos en la acción del Espíritu en nosotros. Abrámosle todas las puertas de nuestro corazón, de nuestras comunidades, de nuestras congregaciones. Que sea Él el verdadero protagonista de la misión. - El Bautismo nos invita a vivir la espiritualidad de “los ojos abiertos” para mantener la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2), para mantener fija la mirada en los hombres de nuestro tiempo, sobre todo en los pobres y en cuantos sufren las consecuencias de esta crisis económica que azota a los más desfavorecidos. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón (GS 1). En Él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para

transformarla con el poder de su resurrección (PF 13). - En este Año de la fe recorramos la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar, en cada uno, un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos. - En este Año de la fe recorramos también la historia de nuestra fe personal, comunitaria, congregacional. Contemplemos las vidas creyentes de nuestros Fundadores y de tantos hermanos y hermanas de congregación que nos han dejado un testimonio de fe y entrega. También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia. Nosotros no solamente tenemos una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir. Pongamos los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu nos impulsa para seguir haciendo con nosotros grandes cosas (cf.VC 110).

Tenemos una historia gloriosa para recordar y también para construir (27) / 27


Para celebrar y compartir: Motivación Hoy recordamos y renovamos nuestra gracia bautismal. Fuimos bautizados en el Espíritu de Jesús. Somos así templos del Espíritu Santo. La vida de Jesús fue injertada en la nuestra. Empezamos a vivir en Cristo y como Cristo. También nosotros somos hijos de Dios, el Padre nos está engendrando en cada instante. Ora con la oración de Charles de Foucauld Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí, y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo. Y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque Tú eres mi Padre. Proclamación de la Palabra de Dios Lc 3,15-16.21-22 Saborear y compartir la Palabra Acción de gracias Agradece tu bautismo y renueva tu compromiso bautismal. Eres hijo de Dios, estás ungido por el Espíritu de Dios, participas de la vida de Jesús, Hijo de Dios. Padrenuestro

28 / (28)

Oración final: Señor Jesús, que al ser bautizado en el Jordán fuiste presentado como Señor y Mesías, Salvador de los hombres. Puesto en la fila de los pecadores, para recibir el bautismo de Juan, nos enseñas que tu mesianismo es de una humildad solidaria con todos los que nos vemos abrumados por nuestros pecados. Que tu bautismo en el Espíritu y el fuego nos purifique y nos ilumine, para ser como Tú, testigos de la salvación que nos viene de Dios. Amén Canto final ( Os propongo el Himno Oficial del Año de la Fe , en la versión española. Os facilito el enlace de youtube, para que, los que no lo conozcáis, podáis aprenderlo: http://www.youtube.com/watch?v=iS6ep3ehM cQ Partituras en: www.corosanclemente.com.a La canción tiene distintas estrofas agrupadas según el tiempo litúrgico. Como nosotros comenzamos ya el Tiempo Ordinario, cantaremos las dos últimas. “Credo, Domine. Adauge nobis fidem” (Creo, Señor. Aumenta nuestra fe) Tiempo Per Annum Caminamos cada día que nos donas, junto a nuestros hermanos. Tú nos guías por las sendas de la tierra, eres Tú la esperanza de la meta. ¡Credo, Domine, credo! Con el mundo, donde el Reino se ha implantado Señor, humildes pedimos: ¡Aumenta, aumenta nuestra Fe! ¡Credo, Domine! ¡Adauge nobis fidem!n

Retiromensual012013  

El Bautismo: el pórtico de la vida en el Espíritu

Advertisement