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INTRODUCCIÓN Caminar hacia la luz es nuestro destino; permanecer en ella, nuestra misión. Sin embargo, para atrapar sus destellos y hacerlos nuestros necesitamos aprender a fluir con un ritmo pausado, consciente, libre. Sólo así podremos remover los obstáculos que nos restan comprensión y sensibilidad, ya que acerca de los seres y de las cosas tenemos opiniones que nos impiden apreciarlos en su justa dimensión. Con frecuencia nos sentimos dispersos, fuera de foco, con una visión demasiado simple que nos dificulta ver el conjunto armónico de todo lo que nos rodea. Y de ahí proviene el desencanto, la oscuridad.

“Peregrinaje de luz” recopila cincuenta y dos breves estampas en las que el alma encuentra un ojo de agua que le permite adentrarse en el universo íntimo de las criaturas que la rodean y vislumbrar aquellos rasgos de honda esencia que hasta ese instante habían permanecido en el fondo. Y en virtud de este descubrimiento, ella comprende que hay resquicios de luz capaces de armonizar las piezas anímicas de nuestra existencia, ajustándolas al vaivén emocional con delicada mesura. Entonces, poco a poco, asume la redención como su más noble y apremiante tarea. A raíz de su esfuerzo, recobra una serena reconciliación consigo misma y con los demás. Y su peregrinaje adquiere un sentido más real, más pleno.


Porque sus huellas son fuente de luz: a M贸nica y a Eric. Siempre.


CÚPULAS La maqueta de la catedral lucía completa. Tenía tres cúpulas de un material dorado que le otorgaba a las bóvedas una sensación de crepúsculo infinito. Una de ellas, la más pequeña, poseía un revestimiento de cristal que la hacía lucir más etérea, más cercana al cielo, pero a la vez, más delicada. Toda la aldea estaba esperando la construcción del templo que ocuparía un sitio importante. Hasta ahí había llegado el joven peregrino en busca de un humilde hospedaje que lo abrigara de las inclemencias del invierno. Al observar detenidamente el proyecto, su mirada se enfrascó en el halo que emanaba de los domos. Y la distancia entre la maqueta y su alma comenzó a disminuir; sintió que él era esa cúpula de cristal, sobre todo por su fragilidad, y que su misión era la de captar la luz de lo alto, brindarle una calidez propia y prodigarla a todo aquel que anhelase una relación de transparente armonía.


PLENITUD Necesitaba descubrir la palabra que le diese un sentido pleno a su vida. Y por eso leía. Desde hacía meses llevaba sus libros favoritos a todos lados, subrayaba los pensamientos que estimaba más claros, los leía una y otra vez tratando de obtener un indicio al vocablo que necesitaba. Sin embargo, todo era en balde. Una tarde, al declinar el sol, su mirada absorbió el tenue perfil del horizonte. Rodeado de un paisaje que incitaba a la serenidad, el peregrino sintió los destellos de su voz interior, ésa que él ya no sabía escuchar debido a tanto sonido carente de valor al que le daba importancia. Y comprendió que mientras no se despojase de todo rumor, jamás encontraría el verbo que lo vinculase a su más preciado anhelo. De ahí en adelante, aprendió a desprenderse de todo lo que no podía aferrar a su corazón, de todo lo ajeno a su esencia. Cesó de buscar y de leer, y comenzó por reconocer el abecedario de su alma. Sólo entonces supo que se aproximaba al umbral de la plenitud.


ECO ETERNO Había comenzado a escribir su testamento. Sentía el impulso de terminarlo de una vez, pero una vaga inquietud se lo impedía. Y con una serie de interrogantes el peregrino se dirigió a la aldea. Buscó un sitio apartado para reanudar su labor. Así lo encontró un anciano que no quiso interrumpirlo. Cuando decidió abordarlo, su voz denotaba la hondura de su sentir. -¿Por qué te preocupas por terminar lo que estás escribiendo? -Porque es mi última voluntad. -Y, ¿ya has pensado a quién heredarás tus estrellas? -¿Mis estrellas? -Sí, y tus soles, tus pájaros, tus ríos. -Es que ellos no me pertenecen. -¿Y qué es lo que puedes llamar realmente tuyo? -Todo aquello que he aferrado a mi corazón. -¿Entonces? -Los añadiré. -Y, ¿ya sabes quién será tu heredero? -Aquel que ha compartido mis luces y mis sombras. -Pero él no precisa de papeles; necesita de tu calidez, de tu amor. Guíalo a través del sendero de la hermandad y así podrá hacer suyo tu legado. Y compartirlo contigo, en vida. En ese instante, el peregrino dejó de escribir y enmarcó su mirada en el corazón. Ahí reconoció el gesto que no espera ser escrito porque su eco es eterno.


ÍNTIMO SEÑORÍO Huía de la luz. Le molestaba verse en medio de una naturaleza quieta y exuberante cuando él se sentía desposeído de la armonía, de la paz. ¿Cómo podía hacer suya tanta belleza? No estaba preparado para ser dueño de nada ni de nadie. Por eso la sombra, por eso el vacío. Y sufría y se acongojaba; temía perderse. En actitud pensativa, su mirada erró en medio de un brumoso crepúsculo. A lo lejos distinguió un último destello que no quería dar paso a la noche. En esa tenacidad presintió la fuerza de lo sublime: cierto, la luz estaba languideciendo pero no por sí misma. ¿Y él? Todo su empeño lo había dirigido hacia la comarca de la infelicidad. Debía retomar aliento, encauzar su brújula anímica hacia la tierra mágica de la esperanza en donde es posible el señorío del alma, y caminar de cara al ideal que lo haría dueño de sí en lo finito y en lo eterno.


ASCENSIÓN En su alma había encontrado un cálido refugio. Afuera predominaban la indiferencia y la oscuridad. En cambio, muy dentro, aún había un anhelo por ascender hacia lo inmaterial y luminoso. Durante un largo rato había estado calcando dibujos de cielos y de estrellas para darle una celeste fluidez a su emoción. Sin embargo, el acceso al firmamento no podía gestarse de esa manera. El joven pintor tenía que apoyarse en los bordes de la penumbra para visualizar, en todo su esplendor, la luz que los destacaba. Entre lo más íntimo y lo más externo había un velo impalpable, una sombra fugitiva que -como inequívoca percepción del claroscuro- tenía que aprender a reconocer para apropiársela. Entonces, y sólo entonces, su esfuerzo alcanzaría la meta hacia las alturas.


ENSUEÑO No se atrevía a ir más allá de la cerca. En el campo de amapolas los linderos estaban muy bien trazados. Y el joven peregrino comenzó a envidiar a las sutiles mariposas que con gran agilidad revoloteaban libremente en el campo. Para ellas la tapia no constituía obstáculo alguno; era parte de paisaje. Así se adaptaban sin esfuerzo al ritmo del viento, al fluir de la primavera. Y él reconoció que su visión había sido una imagen sin aurora, sin cielo. Tenía que despejar las sombras para liberarse del peso que lo arraigaba a lo terrenal y le impedía volar hacia la ilusión. Se había decidido a soltar las amarras y abrirse camino entre zanjas y, ya liviano, volar con la libertad del que tiene por brújula un ensueño.


UMBRALES Desprenderse de las ataduras del rencor le había otorgado una serena fortaleza. Y la sensación de bienestar lo invadía de tal manera que hubiera querido compartirla con todo aquel que anhelase mirar fijamente, sin esconder los sentimientos. Su cambio había iniciado cuando, una tarde, al querer dibujar un cielo transparente y azul, el color y la textura se negaron a obedecer su mano. ¿A qué se debería este fenómeno? ¿Qué podría hacer para vencerlo? No tuvo más opción que enfrentarse al espejo de su alma: ahí reinaba lo sombrío, lo decadente. Se reconoció perdido en un océano de interminables dudas y angustias. ¿Y así quería pintar lo luminoso? Concluyó que debía abandonarse en el manantial del perdón para resurgir libre de los lazos que lo sumergían en el desamor. Al retomar el pincel reconoció que su transformación era genuina: ahora comenzaban a nacer arco iris en su lienzo y ensueños en sus más íntimos umbrales.


NIDOS En su mochila guardaba un pequeño nido. Lo había recogido en el bosque y lo acariciaba con frecuencia como paliativo a su soledad. El joven peregrino se encaminaba, más abismado que nunca, a una aldea donde anhelaba reposar unos días. Cansado de buscar una solución a su inquietud, se dejó vencer por el sueño. En su paisaje interno vio cómo el nido adquiría una gran luminosidad al contacto con las ramas. Su misión, en lo alto, era la de proteger a las aves de la inclemencia humana. Dentro de un espacio cerrado, perdía toda razón de ser. Y así el hombre cuando aprisiona su sentir, cuando no lo comparte, no desarrolla su verdadera esencia. Al despertar, dirigió su mirada a la rama más accesible y, con genuina devoción, acomodó el nido en el único sitio donde pertenecía. Y a partir de ese momento, una sensación de profundo bienestar comenzó a envolverlo.


ANCLAS Se había desentendido de su ruta inicial, vagando sin timonel, sin brújula. Perseguía los acordes de su intuición que le indicaban la sutil armonía de las corrientes, y el joven peregrino se abandonaba a ellas en total quietud. El mar había sido siempre un aliado en cuyo lecho nacían sus más grandes ilusiones, sus más amplias perspectivas. Ante la inmensidad, sentía que debía reforzar su confianza ya que él no era más que un minúsculo punto en el horizonte infinito. Una tarde guió su barca al puerto que surgía entre una bruma lánguida e irreal. Ahí lo enfrentó un marinero sobreviviente de innumerables naufragios. -¿De dónde vienes? -De lejos. -¿Y hacía dónde te diriges? -Al confín más remoto. -Para ello no necesitas surcar los mares. -¿Cómo así? -Después de tanto navegar y de luchar contra el oleaje, contra el hambre y el agotamiento, puedo asegurarte que ningún trayecto, ningún encuentro es tan intenso y gratificador como el que da inicio en el alma. Es ahí donde deberás enfrentar las más fuertes tormentas. Y es ahí, igualmente, en donde te englobará el más hermoso estallido de luz. Ánclate en ti mismo y dispone tu espíritu para el viaje por excelencia. El joven peregrino meditó varios días en sus palabras. Comprendió que debía tomar como brújula el azul celestial y procurarse anclas de un metal de altura.


CORAZÓN ANHELANTE

A través de su sentir anhelaba absorber las voces y los latidos del universo. Se quedaba callado y el silencio se volvía más denso; gritaba, y las ondas que transportaban su voz se escuchaban en la lejanía. Entonces se sentía uno con la naturaleza y con los seres. Y pensaba que su misión era multiplicar el gozo, la armonía. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo, las desilusiones opacaron sus espacios de ensueño y ya no sabía cómo sostenerse en su esfuerzo. Quería ser el custodio de las almas que había amado desde siempre y, sin embargo, una densa neblina se había comenzado a alzar entre ellos. Un día, al pasar cerca del santuario que con frecuencia visitaba, notó que la luz crepuscular iluminaba con un tono dorado toda la estancia. Atraído por los destellos, no vaciló en entrar. Su mirada quedó presa en los ojos de la Virgen, y fue en ese instante cuando dejó de sufrir. Presintió que al abandonarse en su regazo su manto abarcaría a todos los que ahora estaban distantes, y que había que ceder a su amor los otros amores. Ella sabría cómo protegerlos y restituirlos a su corazón anhelante.


CANTERAS Aguardaba ante la cantera. Quería compenetrarse del bloque milenario de donde extraería un trozo de piedra para su escultura. Sin embargo, primero debía ahondar en su forma, en su unidad; sólo así podría elegir una parte de ella. Los primeros rayos del sol descubrieron la hermosa estructura cortada, disímil, enorme. Su mirada erraba de un lado a otro en busca de un indicio en donde comenzar a romper. Pero todo era en vano. Entre sus dedos el mazo le brindaba una sensación dual: anhelo por desprender la piedra así como respeto ante la reciedumbre de la cantera. Y comprendía muy bien cuánto la necesitaba y que bastaría un golpe certero para que ella comenzara a ceder a su afán. De pronto supo que necesitaba pulir sus adentros, acompasar la superficie de su alma con la de la piedra para encontrar el resquicio adecuado que diera inicio a su ilusión. Al retirarse en actitud pensativa se prometió volver, pues ante él se había revelado una certeza: sólo podemos poseer aquello que vibra en total armonía con nuestra alma.


JARDINES DEL AYER Venía de muy lejos e iba sin rumbo fijo. En su mirada refulgían imágenes que lo habían conmovido intensamente. Era la vida misma la que se reflejaba en su cauce interno, y el joven peregrino sentía unas inexplicables ansias de borrar el ayer de un solo brochazo. Ante un crepúsculo de tonos dorados, su pensamiento fue encontrando consuelo. Recordó que en ese pasado había sido niño, había aprendido a recibir y a dar caricias, a compartir juegos e ilusiones. ¿Cómo borrar esos días del balance general? Tendría que retenerlo todo si quería conservar vívidas las sonrisas infantiles y batallar contra el olvido que lo amenazaba con su aridez. Su esfuerzo salvaría las etapas que lo habían impulsado a captar la presencia del claroscuro tan necesario para acercarse a la plenitud. Se propuso dar un giro a su ruta anímica para acoger todas las vivencias pasadas en el hogar de su intimidad. Y los jardines del ayer, al descartar el olvido, iluminaron su memoria.


MATICES Las notas habían comenzado a borrarse. Con dificultad se esforzaba en leer el pentagrama hasta que la escala musical desapareció junto a los silencios. Y ahora, ¿qué haría? Había repasado el primer movimiento, una y otra vez, con entusiasmo y fantasía, pero no bastaba. El joven pianista reflexionó en sus ausencias hasta comprender que había llegado el momento de hacer música más allá de un trozo de papel, más allá de una escritura melódica, más allá -inclusive- de un teclado. Con su propia cadencia podría adentrarse en todos los movimientos, ejercitarse a fondo en los paisajes infinitos de rítmica vibración. Y ya no le importó que el blanco velo hubiese disipado la ruta más segura hacia el arte musical, pues él se labraría otra hasta llegar a suplir todos los matices ansiados.


CENTINELA La luz sobre el trigal le otorgaba a las espigas un reflejo acariciante. El campo se mostraba sereno, inmerso en un aura cálida, acogedora. Y el joven peregrino, que observaba este lienzo inigualable, hubiese querido colocarle un marco dorado para eternizarlo. La naturaleza y su alma latían al unísono, y sentía que ya rasgaba el borde del cielo. A lo largo de su vida había aprendido a encender la llama de la esperanza desde el centro de su ser, esforzándose por encontrar aquellos rasgos que unifican e iluminan a todos los seres, a todas las cosas. Así, en las espigas ondulantes él intuía la melodía de las esferas celestes. Y ante el espectáculo sugerente, prometió convertirse en un centinela de la armonía. ¿Qué tendría que hacer? Apropiarse del colorido del trigal para estimular sus pensamientos y sus anhelos.


ESPECTADOR Ante sus ojos estaba naciendo una galaxia. El astrónomo se encontraba estupefacto, perdido entre los miles de destellos que chocaban entre sí formando brillantes astros. Nadie más que él estaba en el observatorio situado en una zona árida y solitaria. La enorme silueta blanca contrastaba con la intensidad del azul de ese cielo ausente de nubes y de gaviotas. Él siempre había deseado ver cómo se formaban las estrellas, pero jamás imaginó que una noche sería testigo de tanta energía, de tanto fulgor. Y supo que no estaba preparado para un acontecimiento de tal magnitud, ya que su fe era pequeña. De cara al bellísimo fenómeno, se prometió suplir sus carencias y nacer hacia la luz; sólo así podría ser un digno espectador de los universos celestiales.


ÁNGELES Y CAMPANAS Al pie de cada cuadro pintaba una campana pequeña y silente; nunca se había animado a dibujarla con el badajo. La quería así, en actitud sumisa. En una feria de la aldea, el joven pintor expuso varios cuadros. Y al caer la tarde del último día festivo, una niña lo enfrentó. -¿Por qué pintas una campanita en todos tus cuadros? -Porque me gusta su melodía. -Pero las tuyas están en silencio. -Sí, pero me basta su presencia para intuir lo que quieren decirme. -¿Y por qué no pintas mejor unos ángeles? Yo los coloreo para verlos. -Porque los prefiero en el cielo; desde ahí me cuidan y me protegen. -Pero si estuvieran más cerca de ti, ellos te pudieran cuidar mejor. -Bueno; quizás lo haga. Su conversación se vio interrumpida por la amenaza de tormenta que obligó al artista a guardar sus óleos apresuradamente. Ya en su estudio, pensó en armonizar las ideas: ¿Y si pintara campanas con alas, no estaría confundiendo la esencia de cada uno? La respuesta no se hacía clara y, poco a poco, el sueño lo venció. De pronto se vio rodeado de un coro de ángeles que lo animaba a cantar al compás de una pequeña campana que cada uno agitaba con su mano derecha. Esta imagen le hizo comprender que la intención es el mejor estímulo y que en el universo todo se puede integrar si su fin es una melodía de hermandad honda y fértil.


ETERNIDAD Sus reflexiones eran capaces de posarse sobre la llanura. Absorto frente a la meseta que se distendía sin tropiezos, el joven peregrino recorría mentalmente cada ángulo del paisaje que se esbozaba en su alma. Y pensaba acerca de la finalidad de su vida, de sus actos. Comprendía que no estaba solo, que todo su ser era sostenido por una fuerza que provenía de lo alto. Sin embargo, en sus adentros brotaba la necesidad de encontrar un centro desde donde ubicarse. La llanura le pertenecía mientras la observaba, mientras se extasiaba en su verdor, en sus líneas suaves y melodiosas. No obstante, él sabía que al abandonar ese lugar ya no le correspondía. Entonces, ¿qué podría llamar suyo?, ¿cuál perspectiva lo impulsaría a lograr sus metas? Tendría que aprender a fundirse con su entorno; a ser piedra con la piedra, árbol con el árbol, lobo con el lobo. Sólo así, compartiendo la esencia de los demás, alcanzaría su ideal: palpitar al unísono en su ruta hacia la eternidad.


ASTRO Cuando la última estrella fugaz rozó el cielo, el oleaje se apaciguó. A lo lejos se escuchaba un rumor imperioso, sugerente. El pescador no dejaba de compenetrarse del infinito; quería poner todo el universo que lo rodeaba dentro de su horizonte más furtivo, y sentía la impotencia de no poder hacerlo. De repente, recordó una frase que decía: “Sólo se apropia del cosmos quien es dueño de sí mismo”. En ese instante cesaron sus interrogantes; comprendió que debía conocer su paisaje íntimo para lograr su sueño. Al cerrar los ojos hacia sus adentros, se sorprendió al ver una estrella fugaz que latía libremente. Sí, el recorrido había iniciado. Ahora sólo faltaba enfocar la mirada en el sitio adecuado. ¿Por cuánto tiempo? Por todo el que necesita un astro para formarse.


PIEDRA Y MARIPOSA Se había tatuado una mariposa sobre el corazón. Le había pedido al artista que la diseñara menuda, con las alas desplegadas, de color azul. Cuando la vio terminada sintió un gozo difícil de expresar; sólo le bastaría colocar ahí su mano para saber que su ideal jamás naufragaría. Y partió. Sentía acrecentar el ansia de conocer el desierto, el océano, la montaña; seguir las rutas de Ulises, Alejandro, Marco Polo. No dejaba nada pendiente, y frente al joven peregrino, todo el universo comenzaba a crearle expectativas que alentaban su ilusión. Una noche, junto al fuego, compartió sus vivencias con otro caminante. Y al contarle del tatuaje, una leve sonrisa se perfiló en el rostro de su interlocutor. Al día siguiente, al despedirse con un apretón de manos, se sorprendió al sentir algo muy duro en su palma: era una piedra pequeña y redonda. Extrañado buscó la mirada de su compañero, y por todo comentario escuchó una frase que desde ese instante quedó grabada en su alma: “Nunca olvides que todo anhelo debe proceder de una realidad tangible, y que la sabiduría consiste en otorgarle a la realidad el peso de la mariposa, y a la mariposa el volumen de la piedra”.


HORIZONTES A pesar de estar rodeado por un muro, él sentía que vivía al descubierto. Le era muy difícil ocultar en su mirada todas las sensaciones que transitaban por su alma, haciéndolo vulnerable. Una mañana, al acercarse al lago que lo transportaría a su aldea natal, el joven peregrino fue interceptado por un niño que le ofreció un fruto en flor. Su gesto era de una inocencia tal que no pudo menos que aceptarlo con una sonrisa. Mientras la embarcación se alejaba del muelle, la mirada de su fugaz amigo lo envolvió por completo. En esos ojos tan expresivos había descubierto un manantial de ternura y de entrega inigualable. Algo en su brillo le hizo recordar su propia infancia, esa época de alegría y de compañerismo que había sido un aliciente de serenidad, de esperanza. No, no debía renegar de su candor ya que, al estar a flor de iris, otros captarían los horizontes sin límites que permiten compartir luceros de emoción.


FUSIÓN Restauraba vitrales en una iglesia y buscaba una solución a sus incógnitas. Lejos de su tierra natal, el artista trabajaba con una vehemencia singular. Al encontrase con otro peregrino le expuso sus vacíos: -Aquí estoy instalando cristales de colores, cuando por dentro siento agotados todos los matices. -¿Y de dónde crees que te llega la inspiración? -De la técnica que aprendí de niño. -Sabes, no hay técnica que subsista sin el apoyo mágico del alma. Busca en la tuya. -La mía está resquebrajada. -Los vitrales, esos que tú colocas con tanto esmero, son simples trozos de cristal que sólo adquieren un sentido pleno al unirse a otros. Funde todos tus dolores en uno solo y entonces podrás despejar las sombras que te rodean y hacer tuya la luz que traspasa los ventanales.


MÁS ALLÁ Le había otorgado la libertad. Ahora sólo veía la jaula, la puerta abierta y sentía un vacío profundo. Recordaba su delicado trino, su alegre aleteo y añoraba su pequeña compañía. Tocaba los finos barrotes y creía verlo en su gorjeo matutino. La decisión de dejarlo ir la había tomado luego de varias semanas de reflexión. ¿Era posible la felicidad detrás de las rejas? Una mañana, al posarlo en la rama de un ciprés, el jilguero cantó como nunca antes. Parecía no estar sujeto a nada ni a nadie. La diminuta figura había ido cobrando una mayor presencia a medida que lanzaba sus notas al cielo, al alma. Fue entonces cuando sintió la distancia entre ellos y comprendió que la nobleza del pájaro le había hecho creer que era feliz a su lado, que no aspiraba a más. Sin embargo, desde su más recóndito sentir provenía un anhelo imposible de acallar. Y escuchando la otra melodía, la que se oculta entre notas, supo que debía devolverlo a su aire, a su luz, ya que había aprendido una lección que nunca encontraría en manuales de conducta: más allá de la palabra, más allá de la melodía yace otro lenguaje que es necesario descubrir para aproximarnos a la verdadera esencia de los seres y de las cosas.


PÁLPITO Su afán era encontrar un signo en el universo que lo uniera a su íntima esencia. Por eso se detenía ante un manantial y escudriñaba la superficie cristalina, seguía el tenue vuelo de una mariposa, se perdía entre el denso ramaje del bosque. El joven peregrino quería sentirse uno con su entorno, ser conducido a la calma que proviene cuando se hace la paz con el universo imperante. A medida que recorría senderos, que escalaba montañas, que surcaba mares, fue sintiendo cómo cada ser en la naturaleza emanaba una música sugestiva, un ritmo que llegaba hasta su corazón con un estímulo acariciador. Con este hallazgo se sintió transparente, capaz de absorber y de ser absorbido por los seres y por las cosas. Y dejó de buscar. En la pluralidad de signos estaba la respuesta; bastaba acercarse con un ánimo comprensivo para sentir un solo pálpito, una sola nota.


PEREGRINACIÓN En su alma flotaban islas de ausencia, de pesadumbre. Sabía que tendría que llegar a tierra firme para cobrar el impulso que lo afincase a una vida nueva. Deseaba hacerlo con un ardor genuino; sin embargo, el joven pastor no sabía cómo dar inicio a esa travesía. Una noche, mientras leía un libro de citas, una atrajo su atención: “Luchar significa armonizar todos nuestros vacíos para que ocupen un sitio en nuestra alma, se orienten hacia el faro de la esperanza y cobren esencia propia”. Vacíos unidos, vacíos encaminados hacia un faro: ahí estaba la clave. Ahora sólo faltaba tender puentes de fe entre sus islas, asumir su nuevo estado y abandonarse a una peregrinación salvadora.


RECUENTO DE LUCES Sumaba las heridas y le hacía falta una. Repasaba los momentos de intenso dolor y sentía que el recuento estaba incompleto. ¿Era posible olvidar el desencanto? Absorto, el peregrino se dirigió a la montaña. La escarpada le pareció más difícil que otras veces. Sin embargo, anhelaba llegar a la cima lo antes posible; quizás ahí resolvería su enigma. Cuando empezó a caer la noche, sus pensamientos se aquietaron; la compañía titilante de las estrellas lo remontó a momentos de solaz y de luz. Poco a poco entró en un sueño reparador. A la mañana siguiente, la limpidez de la atmósfera borró sus sombras. Los picos semejaban suaves conos de algodón, sin peso ni materia. Observó que todos poseían profundos cortes, abismales hendiduras; no obstante, ellos seguían erguidos, dueños absolutos del perfil del horizonte e intuyó que su fuerza provenía de sus quiebres. ¿Acaso se preocupaban por registrar sus rajaduras? Comprendió que no era posible contabilizar el dolor; lo importante era ir más allá de la sombra que él esparce y habitar en el recinto donde es posible acariciar el sol y acercarse a la cima donde prevalece el recuento de luces.


HISTORIA PLENA Carecía de estructuras de apoyo. En un afán por trascender sus propios límites se había desprendido de los lazos familiares que lo habían sostenido con amor. Y aunque ahora podía volar en total libertad, el cielo frente a sus ojos permanecía velado. ¿Cómo hacer para estampar un aliento conciliador en su alma? ¿En qué radicaba la paz interior? Los interrogantes se sucedían, uno tras otro, y se acongojaba al pensar que nunca encontraría la solución anhelada. Una tarde, mientras se dirigía con paso lento a la falda de un monte, observó el rítmico vuelo de una piscucha. Ante su cadencioso ondular, imágenes del ayer acudieron a su mente y se percató de que no podía rehuir de las personas que conformaban su andamio anímico. Al liberarse de ellas había debilitado la base que le daba un sentido a su vida. De tal manera, se prometió regresar a su entorno hogareño y reconstruir el hilo de su historia, de su historia más sensible, más real, más plena.


CIELO Al pasar por la ribera del río, divisó una pequeña y grácil figura. Era una niña que se estaba peinando con una rama; su actitud tan formal atrapó el interés del pastor que se acercó a ella, abordándola con gran ternura. -¿Cómo te llamas? -Cielo. -¿Y qué haces aquí sola? -No estoy sola. -¿Dónde está tu familia? -Allá. -¿Dónde es allá? Por toda respuesta, la niña dirigió su mano al lienzo azul y a la aldea que se percibía a través de una densa arboleda. Y, con un gesto risueño, se encaminó hacia la espesura. El pastor la siguió con una dulce mirada que anhelaba compenetrarse de Cielo, de su inocencia, de su total abandono al destino que la ubicaba en un retablo apenas visible pero que él presentía de un colorido pleno.


ESPACIOS AZULES Una ráfaga de esperanza y de sosiego comenzaba a envolver su horizonte. Atrás quedaban las dudas y las nostalgias que lo habían ceñido por largo tiempo. Sin embargo, el joven peregrino sentía temor por su renovado espíritu de lucha. ¿No estaría escalando muy alto? ¿Y si se equivocaba en su apreciación de la realidad que lo rodeaba? Le estaba costando desprenderse de la carga que le había restado color a su vida. Después de un largo período de introspección, concluyó que el vacío que deja el sufrimiento hay que suplirlo con la luz que proviene del arraigo, sincero y vehemente, a todos los altibajos de nuestra existencia. Y que él debía aprender a dibujar su paisaje anímico con pinceles de amor, de fe. Sólo así alejaría los temores y vencería a la oscuridad que había opacado sus espacios azules.


BOSQUEJOS Lo rodeaba una gran incertidumbre. Ya cuando el candil estaba por consumirse, el joven peregrino acogió la penumbra con ánimo sosegado, pues necesitaba meditar acerca de su estadía en las montañas. Frente a los picos nevados, su imaginación lo había impulsado a recorrer con ardor sobre docenas de papeles que inmortalizarían el azul zafiro del cielo y el blanco virgen de los montes. Y se veía en actitud de intensa creatividad, sometido totalmente a la límpida y solitaria belleza que lo rodeaba. Expuesto a un perenne diálogo con la luz, con las estrellas y con el viento, sus anhelos se habían ido colmando, uno a uno. Al prevalecer la oscuridad, sintió que despertar a la belleza lo había colocado ante los umbrales más sensibles de su alma y que él debía enseñar a otros el sendero de la armonía. Lentamente las dudas se disiparon y, al rayar el sol, el joven peregrino inició su ruta de descenso, es decir, de ascenso hacia la entrega de sus bosquejos que iban a ser un claro testimonio del peregrinaje recién iniciado.


PALABRAS El papel en blanco lo impulsaba a la meditación. Había tanto que verter en él y, sin embargo, no se atrevía. Pensaba en las consecuencias de su franqueza, y dudaba. Nunca antes había deseado abrirse como un surco, y ahora que experimentaba esa sensación estaba dando marcha atrás. Su vagón anímico se encontraba extraviado, sin rieles que lo sostuvieran ante el reto que intuía cercano. ¿Podría desahogarse a plenitud? ¿Alcanzaría la expresión verdadera? Ante los interrogantes que se acumulaban en su alma, se prometió hacer acopio de los celajes que habían iluminado el lienzo de su pasado y que se veían más luminosos y recios con el prisma del tiempo. Debía imitar a las gaviotas que despliegan sus alas sin medir el oleaje ni el viento. Y así, lentamente, la primera palabra apareció en el papel; luego, la segunda, la tercera…


ROMPEOLAS Su corazón se había convertido en un rompeolas. Ahí llegaban a estrellarse las fuerzas de los océanos anímicos que golpeaban con un estallido de dolor y de furia. Una y otra vez, el oleaje dejaba su huella sobre la superficie que –tras uno y otro embatehabía ido adquiriendo una textura más suave, más lisa. La marea se dirigía hacia sus entrañas desbordando profundos desencantos y evidentes egoísmos. ¿Por qué lo golpeaba? ¿Qué buscaba en su expresión? No lo sabía. Sin embargo, intuía que, al descargar en él su desencanto, los otros corazones se sentían más próximos al manantial de la quietud. Y así, luego del encuentro, ellos recobrarían el ánimo para serenar sus corrientes y equilibrarlas en una marea baja. ¿Hasta cuándo sería un rompeolas? Hasta que su propia superficie se tornase en blancos estallidos de espuma.


PRESENCIA El faro había sido su punto de referencia. En noches de fuertes tormentas, la diminuta luz lo había guiado hacia la costa. A su incesante palpitar le debía su vida, ya que en más de una ocasión ella lo había animado a luchar contra los elementos naturales. Una tarde, rodeado de una densa neblina, el joven marinero se sintió desvanecer al no encontrarla. Su ávida mirada recorría el horizonte en vano. Ante sus ojos, la oscuridad; ante su alma, la esperanza de no claudicar. Y al recordar el latido luminoso, sintió la fuerza de su estela aún viva en sus adentros, incitándolo a trascender su presencia física e intuir la espiritual.


RUTA ESTELAR Había enmarcado su mirada en las estrellas. Anhelaba pintar su fuerza armoniosa, su música azul. Un buen día, un anciano se le acercó con la intención de esclarecer el misterio que rodeaba al joven pintor, ya que no hacía más que mirar en dirección del infinito. -¿Qué buscas en las alturas? -La simetría que me impulse a dibujar tanta belleza. -¿Y has contemplado más allá de las estrellas? -¿Más allá? ¿Es que hay objetos aún más lejanos? -Sí, si los hay. -¿Cuáles son? -Tus adentros. Ellos son observatorios celestiales. Si tú lograras encuadrar ahí tu anhelante mirada, verías todas las constelaciones, todas las galaxias. Y en noches oscuras, tus estrellas jamás perderían su brillo. A partir de ese momento, el joven pintor se esforzó por cambiar el rumbo de su visión hasta lograr una ruta estelar tan luminosa como su anhelo.


MANTO Bastaba un gesto o una palabra para ubicarlo en el sendero de la tristeza y de la sombra. Le había otorgado demasiada importancia al mundo externo y de continuo se balanceaba en la cuerda de la inseguridad. Lejos veía los días en que el hálito de la fe lo protegía de la incomprensión, del desamor. Entonces sólo precisaba entrar en su nicho espiritual para sentirse al margen de lo mundano y de lo cruel. ¿Qué había sido de esa etapa de su vida? La esperanza del joven peregrino estaba orientada hacia un territorio frágil e impredecible. No, no podía continuar siendo hijo de las circunstancias; tenía que afincarse en la región donde no hay más ráfaga que la del amor incondicional y extender sus brazos en actitud humilde, renovadora. Y, de lo alto, descendería el manto que le otorga un sentido al dolor y que ansiaba ceñirlo en un abrazo lleno de esperanza, lleno de ilusión.


FUENTE En las afueras de la aldea, el peregrino indagaba acerca del sitio en donde la mansedumbre de las aguas poseía el don de mitigar la congoja. Y por única respuesta obtenía una mirada inquisitiva y lejana. Sin embargo, su afán era tal que continuaba insistiendo a pesar de la apatía de los aldeanos. En un sueño había visto esa comarca apartada de la civilización, mas con una luminosidad que la destacaba en el mapa universal. Él poseía una lista de quimeras inconclusas que presentía sólo las haría realidad con el hallazgo del arroyo milagroso que disminuiría sus espacios deshabitados e infundiría nuevos bríos a su vida. Al cabo de dos semanas, no tuvo más opción que abandonar la búsqueda; su deseo de quietud debía brotar de su corriente interior. Y se propuso hacer las paces con los demás a través de una serena reconciliación consigo mismo; ése era el manantial que buscaba, ésa era la verdadera fuente de su armonía.


MIGRACIÓN La paz se había convertido en su anhelo más tenaz. Por eso buscaba la quietud que le permitiera escudriñar en sus rincones furtivos. Sin embargo, en los últimos días, el bullicio parecía imperar a su alrededor. Una tarde, camino a casa, el joven pastor divisó a lo lejos un nido que colgaba en un equilibrio majestuoso, abandonado al cuidado del viento y del cielo. No precisaba más que de una rama para existir y de unas hebras de zacate para albergar a sus diminutos habitantes que dormían serenos, arropados en sus frágiles plumas. Y comprendió que él también podía aislarse, crear una esfera intangible a los demás, inmune a los ruidos y al desorden. Sólo así lograría una íntima transformación que le permitiese emigrar al centro de su ser.


CELAJES Anhelaba penetrar en la mirada de su amigo para comunicarle la esencia de su sentir y de su pensar. Sin embargo, no sabía cómo dar inicio a su más ferviente deseo. Ignoraba si el clamor de su vivencia le sería de utilidad y si podría romper el fino velo que le impedía abordarlo con franqueza. Hondamente conmovido por su inseguridad, decidió esperar. Mientras tanto formulaba ideas, creaba ejemplos; una y otra vez repasaba las palabras que tenían impresa una fuerte carga anímica. Y así, lleno de interrogantes, se encaminó a la ermita. Próximo al templo se encontró a su amigo, y ya se animaba a dar inicio a su discurso cuando éste se le acercó y lo abrazó largamente, en silencio, en recogimiento. En esos momentos comprendió que no había necesidad de frases hechas ni de historias ejemplares para abandonarse en el alma del ser querido e intercambiar el universo interior. La cercanía silente era la puerta que, al abrirse de par en par, lo colocaría en un sendero iluminado por celajes.


PLURALIDAD Vivía en singular. Le había faltado al amor, rechazando toda cercanía. Y no era capaz de trascender el abandono en el cual se encontraba sumergido. Su palabra ya no ofrecía el aliento que lleva a la hermanada, a la entrega; por eso nadie comprendía su lenguaje que se había convertido en un cúmulo de palabras carente de sentido. Una mañana, ante el espejo, casi no se reconoció. Un silencio enorme cubría su rostro, un manto sombrío envolvía su voz. Había llegado el momento de reconstruir su senda y, lentamente, orientar su vida hacia una pluralidad cálida y estimulante. ¿Cómo lo lograría? Integrándose al universo que lo rodeaba y adoptando la esencia del roble, de la espiga, de la estrella.


LUZ Buscaba un universo de luz que fuera autónomo. Por eso se había alejado de la civilización, recluyéndose en un monasterio solitario ubicado al pie de un monte apacible. Con el transcurrir de los días, el peregrino había logrado percibir que la claridad posee una fuerza excepcional ya que son los tenues rayos del alba los que terminan venciendo la oscuridad. Y así, observando los colores de las piedras, de los arbustos y de las flores silvestres, su mente se abrumó de interrogantes. ¿Habría una luz totalmente pura, una luz que pudiera subsistir más allá del objeto que ilumina? Después de mucho cavilar comprendió que ella es una realidad compuesta tanto de lo material como de lo inmaterial, y que su autonomía reside únicamente en Aquel que la creó.


REDENCIÓN Sentía el silencio y el vacío a su alrededor, y sufría. Hubiese querido no ser tan sensible para voltear su mirada hacia otro espacio, pero no podía. La fuerza del entorno lo cubría con una tupida neblina. Y ahí se debatía. Quería ver el cielo y la actitud de mala fe le sugería el pavimento; quería aferrar las nubes y lo que tocaba era el borde de la tempestad humana. Y aunque sabía que la verdadera misericordia es soledad, añoraba una realidad ausente de ingratitudes. Una tarde mientras contemplaba el crucifijo situado en el cruce de dos caminos, su mirada se encontró con la de Cristo. No pudo más y lloró al percibir su dulzura, su compasión. Él lo invitaba a compartir su cruz, a convertirse en un discípulo que resucita porque ha comprendido el sentido más noble de su existencia: redimir. Entonces supo que debía asumir el silencio y el vacío como estaciones en el peregrinaje que, aunque escarpado, conduce a resucitar en el amor. Ese era el recinto donde la borrasca humana se disiparía en virtud de su capacidad de comprensión y de entrega.


MAPAS Su carta de navegación estaba incompleta. Sin embargo, sentía una especial atracción por los rumbos imprecisos, ausentes, misteriosos. En el pequeño bazar del puerto, el peregrino indagó acerca del marinero más calificado en recrear rutas marítimas y terrestres. Y cual no fue su asombro al estrechar la mano de un hombre totalmente ciego. -¿Qué quiere de mí? -Que me indique cómo debo interpretar el mapa inconcluso de esta región. -A todos los mapas del universo les falta algún dato: un río, una cordillera, un brazo de mar, una estrella. Y más aún. -Entonces, ¿cómo hacen los viajeros para no perderse? -Descifrar las rutas anheladas como puentes para llegar a su íntima esencia. El peregrino lo observó largo, largo rato, y al despedirse en silencio, depositó en las manos del ciego su carta de navegación.


TENUES MELODÍAS Dialogaba con los ángeles. Su mundo parecía estar a kilómetros de distancia; su mirada, posada en una nueva galaxia. Sin embargo, esos momentos de ausencia no eran sino una excusa para nutrirse de cielo: lo necesitaba. Afuera reinaba el desamor, el egoísmo. Y el joven peregrino había aprendido a sustraerse del entorno negativo para iluminar su mirada de azul. A medida que cruzaba valles y montañas, se acostumbró a esa rutina de altura. Así, cuando encontraba a un pastor o a un niño, su diálogo angelical apenas si sufría cambios. ¿Por cuánto tiempo se mantendría en contacto con ellos? Por todo el que precisaba para revertir las notas sombrías en tenues melodías.


SOBERANÍA Atrapaba luciérnagas en un bote de cristal. Una a una las iba colocando con esmero pues, lejos de dañarlas, anhelaba ver su luz intermitente a través del envase que ya comenzaba a emitir calor. Ir tras ellas le procuraba una sensación de inmensa felicidad, ya que siempre había sentido una especial atracción por todo aquello que emanaba destellos. Cuando la oscuridad se impuso en el campo, el joven peregrino se tranquilizó. Puso el bote sobre un muro y se dispuso a gozar del espectáculo añorado. Sin embargo, a medida que pasaban los minutos, su reflexión fue perdiendo la perspectiva inicial. Toda esa profusión rutilante, privada de libertad, ¿era realmente hermosa? El parpadeo entrecortado, ¿no sería más un símbolo de clamor que de una expresión de entrega? Poco a poco la sensación de gozo lo fue abandonando y se sintió atrapado en su panorama anímico. No, no podía permitir que esas llamas votivas se ofrendasen en cautiverio; destapó el bote y las dejó volar hacia los prados radiantes, pues había aprendido que la verdadera soberanía radica en la íntima libertad.


LAZOS CELESTIALES Se había cosido tantas veces el alma que no le quedaba ya un espacio sin remiendo. ¿Qué haría la próxima vez que tuviera que emplear el hilo de la esperanza? ¿Dónde lo pondría? Abismado en sus pensamientos, el joven pastor fue quedándose dormido. Inmerso en un profundo sueño, vio innumerables hebras doradas que descendía del cielo y penetraban suavemente en su alma, hilvanando nidos de fe. Y en ese momento intuyó que siempre habría un espacio para seguir tejiendo los jirones de su ideal -golpeado por la incomprensión y el desencanto- hasta unirlo con los lazos celestiales.


RENOVACIÓN En medio de los escombros de un viejo templo, el peregrino encontró un sitio cómodo para reposar y replantearse el recorrido a seguir. Había perdido del rumbo desde hacía varias semanas y sus fuerzas comenzaban a disminuir. De repente, su mirada se detuvo en un trozo de mármol que tenía cincelada la siguiente frase: “Cada instante vivido a plenitud es un eslabón divino”. Después de leerla varias veces comprendió que su ruta espiritual se encontraba totalmente desdibujada ya que en su diario peregrinar había irrumpido la apatía. Se prometió encaminar sus pasos hacia la entrega genuina que no conoce de egoísmos ni de pausas. Y se quedó dormido, abrazado a la esperanza de alcanzar una serena renovación.


PERMANENCIA Ante el fuego que se reavivaba solo, el peregrino detuvo su andar. Al principio creyó que la brisa lo estaba activando; sin embargo, al estar a pocos pasos de la hoguera, vio que se encendía desde sus cenizas. No había el menor indicio de vida o de viento, todo alrededor del bosque era estático, como suspendido en la eternidad. ¿Qué estaba pasando? La llama rehusaba extinguirse. ¿No debería ser así el anhelo por vivir? Más que dejarse atizar, atizarse con la vehemencia del que desea radicarse en la permanencia de la luz.


ESTACIONES El tren se detuvo ante la muralla de nieve que lucía imponente contra el cielo plomizo. Al descender, el joven peregrino sintió que el frío mecía sus pensamientos haciéndolos vagar en armonía con la atmósfera límpida y quieta. Respiró hondo mientras caminaba en actitud silenciosa; la vida le resultaba incoherente, descarrilada. Anhelaba poner orden en su hogar interior, pero la sucesión de desencantos había confundido sus prioridades. ¿En cuál estación olvidaría el pesar? ¿Cómo haría para reconstruir sus rieles anímicos? A lo lejos divisó la cúpula de una pequeña iglesia que surgía entre la bruma, y hacia ella dirigió sus pasos. Empujó la puerta con cautela y se instaló en una banca. Se sorprendió al ver la luminosidad que emanaba del vitral principal; afuera prevalecía la neblina y, sin embargo, adentro había luz. ¿Cómo era posible? Sus cavilaciones se vieron interrumpidas por el silbato del tren que llamaba a los viajeros dispersos. Y en esos instantes sintió que una honda serenidad invadía su alma. Intuyó que la mejor manera de vencer el dolor era ubicarlo muy cerca al corazón para apropiárselo y moverse, ya sin esa carga, hacia la próxima estación.


DESTINO ALADO El colorido primaveral invitaba a una cálida reflexión. Sin embargo, el joven peregrino se encontraba sumido en una interioridad totalmente gris. Su lienzo anímico se había roto por la nostalgia de todo lo que nunca lograría, de lo que jamás haría suyo. Y sufría. Hubiera querido detener el tiempo en aquella época en que los sueños parecían abrigados por un manto de suave textura. ¿Quién había desdibujado su mástil personal? Ya estaba cansado de ir contracorriente, afrontando tormentas de dudas e inquietudes. Un día, al pasar cerca de una fuente acallada, se reconoció en su silencio. Y entonces supo que había permanecido demasiado tiempo viendo llover gotas de tristeza; no, no podía seguir así. Tenía que esforzarse por remontar su curso, por confiar en Aquel que diseña cielos para que gestemos auroras y nos ubiquemos en un horizonte pleno. Refugiado en esta creencia empezó a concentrarse más en lo que podría hacer y no en todo lo que jamás escribiría en su diario personal. Al retomar el camino, presintió que en ese instante iniciaba un destino alado. Alado y fértil.


MEMORIAS El regreso a su país natal era inminente. A lo largo de tres años, el joven peregrino había acumulado experiencias que ensancharían para siempre su horizonte y lo alentarían a descifrar su destino. Papiros, escarabajos y mariposas se encontraban entre las escasas pertenencias que estimaba de valor. La noche antes de su partida se instaló en el acogedor jardín del hostal con la intención de captar el primer destello de la aurora. Absorto en sus pensamientos no advirtió la presencia de un anciano que lo abordó con una voz melodiosa y pausada. -¿Qué haces fuera de tu lecho? -Esperar el alba. -¿Y luego qué harás? -Empacar los recuerdos más preciados de mis viajes. -Me parece que le das un gran significado a tus cosas. -Bueno, es que las considero parte importante de mis vivencias. -Entonces, si por un azar se extravían, ¿se opacarían tus recuerdos? -No, creo que no. -Debes comprender que el destino del hombre se escribe en el alma, nuestro verdadero hogar. Ahí se guardan los tesoros que luego alcanzan su plenitud. Empaca mejor tus memorias; ellas no deberán luchar ni contra las fuerzas del viento ni del océano. Quizás sólo contra el olvido, sutil lienzo suspendido en el vacío que se agita para borrar nuestras huellas. Después de meditar en las palabras del anciano, el joven peregrino abandonó los objetos en su recámara e inició el regreso a casa liviano de equipaje.


LUZ PERENNE Presentía que en el curso de la caminata encontraría un motivo más de esperanza. En medio de los destellos crepusculares el joven peregrino anhelaba reconocer la luz que lo guiaría con mayor acierto. Y aguardaba con toda la fuerza de su ilusión, de su fe. De repente, una nube oscura envolvió la tarde, forzándolo a detener su andar. ¿Qué haría ahora? ¿Dónde iría a nutrirse? Cansado de deliberar retomó su sendero. La claridad no quiso volver pero, muy dentro, él llegó a percibir que toda la luminosidad que necesitaba ya la tenía grabada en su alma. Bastaba abrir de par en par los ojos de la esperanza y ella se le mostraría en todo su esplendor, dorada, brillante. Y por siempre.


MOLINO EN VUELO Entre sus manos crujían los papeles. Cada uno encerraba tenues bosquejos de vivencias que incitaban a un recorrido íntimo. El joven pastor había recopilado los mensajes después de varias caminatas a la tierra yerma donde se encontraba un molino abandonado. La primera vez que se percató de que en una de sus aspas desvencijadas ondeaba un objeto blanco, todo su ser vibró con una emoción contenida; intuía que estaba destinado a él. Y así, con sumo cuidado, lo desprendió. Al desdoblar la página se encontró con un breve relato que añoraba despejar nubarrones. Esta revelación lo incitó a regresar día tras día, pues la incógnita de cada uno de los personajes era también suya. Lentamente comenzó a sentir una grata liberación de sus ataduras terrenas y a ubicarse en una región poblada de esperanzas y de ensueños. Una tarde, mientras sus ojos recorrían las aspas en vano, presintió que había llegado el momento de traspasar el umbral de la entrega y ahondar en aquellos que anhelaban una sincera reconciliación. Gracias a un lenguaje de profundo sentir su misión de pastor estaba dando inicio. Ahora debía soltar los papeles y hacer vibrar cada palabra como si el viento aún la agitase en el molino del alma.


ESLABONES Soñaba con pintar su hogar interior. Frente al lienzo, el joven artista buscaba estilizar la luz de las estrellas hasta lograr un aura de gran armonía y belleza. Este ejercicio lo estimulaba en una forma única. Sin embargo, cada vez que se disponía a guardar los pinceles, un astro diminuto aparecía en la tela. Y al repasar las pinceladas, no registraba en su memoria el momento de su creación. Así fueron transcurriendo varias sesiones de arduo trabajo hasta que una severa duda llegó a abrumarlo. ¿Qué significaría esa aparición? A medida que pasaban los días fue pintando menos y preocupándose más. Una noche, con la mirada vuelta hacia la bóveda azul, reconoció al pequeño astro titilando en las alturas. Un brochazo en su alma desdibujó el enigma: el pequeño lucero en el lienzo simbolizaba el centro mismo de su ser, brillando no por su esfuerzo sino por el de Aquel que era la luz; y el del cielo, un recordatorio del eslabón de Su presencia en la tierra.


ÍNDICE: CÚPULAS PLENITUD ECO ETERNO ÍNTIMO SEÑORÍO ASCENSIÓN ENSUEÑO UMBRALES NIDOS ANCLAS CORAZÓN ANHELANTE CANTERAS JARDINES DEL AYER MATICES CENTINELA ESPECTADOR ÁNGELES Y CAMPANAS ETERNIDAD ASTRO PIEDRA Y MARIPOSA HORIZONTES FUSIÓN MÁS ALLÁ PÁLPITO PEREGRINACIÓN RECUENTO DE LUCES HISTORIA PLENA CIELO ESPACIOS AZULES BOSQUEJOS PALABRAS ROMPEOLAS PRESENCIA RUTA ESTELAR MANTO FUENTE MIGRACIÓN CELAJES PLURALIDAD LUZ REDENCIÓN MAPAS TENUES MELODÍAS SOBERANÍA LAZOS CELESTIALES RENOVACIÓN


PERMANENCIA ESTACIONES DESTINO ALADO MEMORIAS LUZ PERENNE MOLINO EN VUELO ESLABONES


IMPRESO EN EL SALVADOR, C.A. POR IMPRENTA Y OFFSET RICALDONE Edici贸n 500 Ejemplares Noviembre 2001


Peregrinaje de luz