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PROLOGO. “ENTREVISTA A MI ABUELO”, es, en su intimidad, una experiencia de una nieta con su abuelo y de donde podría salir una motivación para los nietos, que amando a sus abuelos, quieren guardar para la posteridad familiar un testimonio de su vida. Sé que mucho de la vida de ellos puede servirnos para formar nuestra propia vida. José Abel Sánchez C.

ENTREVISTA A MI ABUELO. J. Abel Sánchez C. EL COMIENZO. Era el año 1982. El abuelo había pasado ya sus ochenta años. Sin embargo, aquella tarde de mi entrevista, lo veía tan lleno de vida, que nada me hacía suponer que un año después nos diría adiós, para navegar hacia la eternidad. Creo sinceramente que mi abuelo era muy sabio, pero de una sabiduría que va más allá del conocimiento. Por eso creo también que él encontró la ruta del destino, que en su sabiduría había determinado para disfrutar de la vida eterna, pero junto a los seres que le habían antecedido y a quienes amó entrañablemente. Cuando principio esta entrevista a mi abuelo es una tarde del mes de Junio de 1982. El abuelo ha despertado de su siesta y yo me acerco con mi libro hasta su cama. “ ¿Qué libro lees, mija? “No es un libro, abuelo, es un cuaderno con muchas preguntas que quiero pedirte que me respondas. Esta es una entrevista que soñé hace mucho tiempo hacerte”. “Bien, entonces, entrevístame y espero que mi memoria me permita responderte con fidelidad”. “Gracias abuelo. Entonces, principiemos”. “¿Dónde estabas, abuelo, cuando yo nací?” “Vivíamos aquí en Sololá. En esta hermosa casona. La vieja casa familiar que construyó mi padre con sus propias manos y en la que nacimos y crecimos uno a uno de todos sus hijos. Es la casa de nuestros recuerdos infantiles: el lugar de nuestras bromas entre hermanos, nuestros juegos llenos de jocosidad y picardía, las cenas alrededor de un comal donde mamacita nos hacía tortillas grandes con frijoles adentro, el patio donde en soleadas faenas, desgranábamos las


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hermosas mazorcas de maíz que papá cosechaba en el terreno, el largo corredor donde se paseaba mi padre cuando tenía una pena, la salona donde los sábados oíamos cuentos y viejas historias de characoteles. El lugar donde guarecimos nuestra adolescencia llena de alegrías y sinsabores y, de donde cada quien nos fuimos un día para formar el hogar propio. Yo fui el afortunado que pudo reunir dinero para comprarle su parte a cada uno de los herederos de mi padre y quedarme como único propietario de esta hermosa casona, que al igual que como fue en el hogar de mi padre, también fue el hogar de mis hijos: de tu papá, tus tíos y tías y alguno que otro chico adoptado por el tiempo necesario. Aquí vivíamos cuando tú naciste”. “ ¿Sabías que mi madre esperaba un bebé?” “Si, lo sabíamos y estabamos muy felices. Y es que, ¿sabes mija?, diplomarse de abuelo es el más hermoso acontecimiento, se llena uno de tanta vida, pues vuelve a vivir la experiencia de un nuevo vástago, en donde encontramos rasgos nuestros y oportunidades para repetir la vida con mejor intensidad, pues con nuestros hijos hubimos de luchar tanto, que no tuvimos mucho tiempo para disfrutarlos, pero como abuelos, tenemos ya mucho tiempo y mucho mejor amor, por eso nos convertimos fácilmente en buenos alcahuetes.” “Abuelito, ¿fue correcta tu predicción de qué sería?: ¿niño o niña?”. “Con tu abuelita no hablábamos de ninguna predicción, pues nosotros esperábamos felices al nieto o a la nieta”. “ ¿Quién fue la primera persona que te contó de mi nacimiento?”. “ ¡Ay, mija!, ¡Qué día tan especial fue aquel!. Nosotros intentábamos llevar nuestra propia cuenta y según nuestro cálculo, el alumbramiento se daría al día siguiente, así que, desayunamos y comentamos con tu abuelita sobre los cohetes, las campanas y la música que se oyó esa mañana en el parque, y yo le conté que este 24 de Octubre se celebraba el nacimiento del compositor de la música del Himno Nacional, don Rafael Alvarez Ovalle, un insigne varón originario de Comalapa, en Chimaltenango. Tu abuelita, cuando terminé de contarle esto, me dijo: “Pues, un día te van a celebrar a ti tu cumpleaños con cohetes, campanas y música, porque compusiste “Corazón de Obrero”. Yo me reí de su ocurrencia y le dije: “ ¿Quién me lo va a celebrar?”. Y ella muy convencida, dijo: “Pues los obreros”. Sabes mija, ella no se engañó, pues aún cuando se olvidó que nadie es profeta en su pueblo, sin embargo, una fraternidad de obreros artesanos de Totonicapán, celebra desde hace años mi nacimiento, pues ellos adoptaron como su himno a mi vals “Corazón de obrero”. Bueno, lo cierto es que no esperábamos ese día la noticia del alumbramiento y cada quien se dedicó a sus labores. Yo me fui a dar mis clases al Instituto y ella a atender su que hacer cotidiano. Cuando venía de regreso a las doce y media, llegó hasta mi, toda sofocada, Mirsha, mi alumna y amiga, y me dijo: “Profesor, cuando usted ya se había venido llegó el mensajero de telégrafos y le traía este telegrama. Yo me ofrecí a traérselo porque se que usted está esperando noticias de su hijo Mangoré”. Bueno, se lo recibí y me lo guardé en la bolsita de la camisa y traté de serenarme para seguir caminando entre las muchas piedras de la calle. Al llegar a la puerta de la casa grité a tu abuelita y le dije: “Chulitía, vino un telegrama de Guatemala”. Tu abuelita llegó rápido secándose las manos en su delantal y dijo: “Ábrelo pues,


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hay que ver que dice”. Yo lo abrí y en pocas palabras decía: “Queridos papás, hoy temprano nació su nietecita. Besos”, lo firmaba tu papá con su característico: “Mangoré”. “Ay, abuelito, lo has contado tan bonito que hasta he sentido tu alegría, la alegría de ese día”. El abuelo me acercó hacia sí y besó mi mejilla. Creo que yo no podría recordar a mi abuelo sin sentir la calidez de sus besos. Para él su mejor respuesta a un momento de ternura, era un beso muy tierno. Bueno, regresemos a la entrevista. “Abuelo, ¿sugeriste tú un nombre o nombres para mi?” “No, nunca sugerimos el nombre de nuestros nietos. Esta es la más feliz tarea a la que siempre creímos que sólo tienen derecho los padres. Así fuimos nosotros con nuestros hijos y creo que aunque repetimos José y María en combinaciones distintas, todos nuestros hijos están satisfechos con su nombre”. “ ¿Cuándo y dónde fue la primera vez que tu me viste?” “Realmente, cuando tu naciste, tus papás y tu hermanito, estaban viviendo en Guatemala, en casa de tus abuelos maternos. Tus papás habían regresado de los Estados Unidos para que tu nacieras en tu patria, pero entre tanto tu venías, ellos formaron un negocio aquí en Sololá y vivieron con nosotros hasta un mes antes de que tu mamá te diera a luz. Así fue como nosotros nos quedamos al cuidado del negocio, aunque parcialmente, pues había cosas que tus papás hacían que nosotros no podíamos hacer, pero cuidar la tienda eso sí y era una bonita distracción. Así fue como el día en que tú ya podías viajar, te trajeron para venir a vivir aquí, fue un 5 de Diciembre, juntamente tres días antes de celebrar el pueblo la costumbre de enmascararse y que se conoce como “El Tabal”. Tanto que tu madre pensando siempre en el negocito, trajo como cien máscaras muy bonitas que había comprando en el Comisariato del Ejército y que fueron una verdadera sensación en el pueblo. Se vendieron rapidísimo. Bueno, pues ese día te vimos por primera vez. Con tu abuelita queríamos encontrar a quien de nosotros te parecías, pero tuvimos que reconocer que eras la viva imagen bonita de tu mamá y el tiempo nos ha confirmado que no nos equivocamos. Así pues, aquel 5 de Diciembre del 68, te incorporaste a los habitantes del pueblo, que a fuerza de costumbre, disfrutábamos los soleados pero muy fríos días de Diciembre. De la casona te habíamos preparado una habitación después del “tabiquito”, que fue la misma donde de patojos dormimos con mi hermano Lázaro y Aparicio, y ahí viviste tu y tu hermanito Abel, tus primeros meses, hasta el día que tus papás decidieron volver a los Estados Unidos. Realmente nos quedamos muy tristes cuando se fueron, pero aceptamos que ese es el rol de la vida que cada pareja decide según sus aspiraciones”. “Abuelo, ¿dónde naciste tú?” “Nací aquí en Sololá, un 5 de Abril de 1901. No sabría decirte a que hora, aunque, según recuerdo de las narraciones de mi madre, todos sus hijos nacimos en la noche”. “ ¿Cuál fue tu peso, abuelo?”


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“No lo sé mijita, eso era algo que a nadie preocupaba en este pueblo en aquella época, de ahí que tu puedes constatar la buena convivencia que hay entre los habitantes de Sololá, ya sean gorditos o flacos, bajos o altos, blancos o negritos. Este siempre fue un pueblo muy especial”. “¿Fuiste un recién nacido sano?” “Si, era gordito. Nací sano”. “ ¿Tu nombre completo es Abel Vicente Sánchez Sumoza?” “Si, y créeme que siempre me gusto mi nombre”. “¿Sabías que don Miguel de Unamuno escribió una novela muy bonita que se llama Abel Sánchez?” “No mijita, nunca oí de esa novela aunque si leí algo del autor”. “¿Cuál era el nombre de tus padres?” Mi padre se llamaba Anselmo Sánchez Galindo, hijo de Lázaro Sánchez y Serapia Galindo, y mi madre Dolores Sumoza, hija de María Sumoza. El había venido con tres hermanos más de Quetzaltenango, mis tíos Amadeo, Pedro y Abelino Sánchez Galindo. Mi madre era hija de una mujer mejicana que trabajó hasta su muerte como cocinera del convento católico. Ahí conoció mi padre a mi madre, se enamoraron y se casaron. Ella era muy bajita, como de un metro cincuenta pero mi padre medía un metro ochentiun centímetros y por eso los muchachos del pueblo le apodaban “tatadios”. “¿Te contaron si sucedió algo inusual acerca de las circunstancias de tu nacimiento?” “No, y no creo que haya sucedido algo inusual, porque mi madre era muy sana. Con todos sus hijos tuvo la asistencia de una partera. Si mal no recuerdo se llamaba doña Minguita. Sin embargo, decía mi padre, como una gracia suya, que mi madre era tan valiente que podía componerse hasta sola”. “¿Dime, abuelo, tu nombre tiene un significado especial?” “No, que yo recuerde, pero mi madre era muy religiosa y posiblemente ella pensó en Abel, el personaje de la Biblia de quien todos hemos oído, porque no creo que alguien de ellos hubiese leído a don Miguel de Unamano”. El abuelo se sonrió cuando dijo Unamano, como esperando que yo lo corrigiera, pero cuando vio que no decía nada, rectificó. “Ah, no es Unamano sino Unamuno” y se rió divertido. Realmente mi abuelo tenía un buen carácter. Siempre estaba contento y dichoso de encontrar de que reírse, y su reír muchas veces era a carcajadas. Dicen que sus críticos políticos decían cuando el fue Alcalde del pueblo, que “las sonrisitas del Señor Alcalde en su casa, se escuchaban en el parque”, que distaba de la casona, tres cuadras. Pero mi abuelo en lugar de enojarse, más le divertía. Seguramente tenía momentos de soledad, de tristeza y de mucha ternura, pero como él decía: “No hay que jugar con la depresión y la tristeza. Las lágrimas son buenas y necesarias, pero sólo hasta un veinticinco por ciento, ya más, son negativas y hacen daño”. Esto es algo que yo recuerdo mucho y que he aprendido a aplicar en los tiempos difíciles de mi vida.


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UNA BREVE SEMBLANZA DE MI ABUELO. Cuando yo nací el abuelo tenía ya 67 años. Quizá mis primeros recuerdos de él datan de cuando yo tenía ya cinco años. Había en el comedor de la casa de Sololá un grupo de fotografías con las imágenes de mis bisabuelos: don Clemente Castillo y su esposa doña María Rodas; Don Anselmo Sánchez y doña Dolores Sumoza, pero en el centro estaba la fotografía de mi abuelo como de unos veinte años. Su porte era elegante y sus facciones creo que podían entusiasmar a las muchachas. Ya en esa época mi abuelo tocaba la guitarra y cantaba, era “serenatero”, pero además tocaba en la marimba del pueblo, escribía poemas y componía canciones, así que me imagino que de acuerdo a lo propio de ese tiempo, mi abuelo ha de haber sido un buen enamorado. Pero si a esto le sumamos una innata capacidad de hablar bonito y de poseer un buena chispa para escribir, me imagino que el abuelo hizo vibrar muchos corazones femeninos de aquel tiempo. Es justamente por esa edad cuando compuso su famoso vals “Corazón de Obrero”, que ochenta años después sigue siendo parte del respetuoso repertorio musical de Guatemala. De esa época será este capítulo pero dejemos que él nos lo cuente con esa rica comunicación que le ha caracterizado toda su vida. Continuemos. “Abuelo, ¿cuál es la primer casa hogareña de tus padres que tu recuerdas?” “Pues, justamente esta casona que tu conoces. Yo he vivido toda mi vida aquí. Este sitio de unos 30 metros por lado que tenía originalmente sólo dos habitaciones: la salona y la cocina, fue comprado por mi padre a don Juan Linares, padre de la maestra: Demetria Linares, persona muy querida y recordada en Sololá. Don Juan Linares fue un gentil hombre con familia en Chichicastenando. Como te conté al principio, mi padre con sus propias manos construyó muchas habitaciones más y le implementó el hermoso corredor que tu conoces. Como mi padre era agricultor y tenía algunos animales, entonces dividió la casa en la zona residencial con su respectivo patio y la zona para los animales, donde construyó caballerizas y un establo para las vacas. Tuvimos unos cinco o seis perros que caminaban libremente por toda la casa. No recuerdo sus nombres, sólo el de la perra que se llamaba “Fanni” y una vaca que le pusimos “Cara sucia”. Mi padre mas adelante compró un sitio seguido y que él denominó “La Huerta”, y que era donde habían hortalizas y árboles frutales. Casi podría decirte que ese sitio lo compró para enseñarnos a trabajar, pues éramos nosotros, sus hijos, los encargados de que esta huerta produjera y así fue como mi madre siempre tuvo verduras frescas y deliciosas frutas, como naranjas, higos, duraznos priscos y melocotones, guineos majunches y hasta un poquito de café”. “Abuelo, ¿quiénes fueron tus vecinos?. “Tu sabes mija que Sololá es un viejo pueblo indígena. Los escritos sobre él lo remontan a diversas fechas del siglo XVI y oficialmente se estableció como Departamento el 4 de Noviembre de 1825, por decreto de la Asamblea Constituyente. En la época colonial, Sololá era cabeza de treinta pueblos bajo su jurisdicción, Sin embargo, según mi amigo, vecino y Principal


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indígena del pueblo: don José María Chiroy, este pueblo es más viejo que esas fechas, como del siglo XIII o XIV. Su nombre se origina de las voces Tzoloj Ya y no “ja” como se asienta en algunos escritos. Tzoloj, según José María Chiroy, es: “por el sauce”, y “ya” es agua. Conformado diría “por el sauce de agua” así como Panajachel que significa: “por el matasanal”. Lo cierto es que es una lástima que nuestros amigos indígenas no tengan facilidades de todo tipo para comunicar lo que ellos se han ido contando de generación en generación, como sucedió con el pueblo hebreo, porque entonces tendríamos una historia mucho más completa. Así que cuando los “ladinos” vinieron a esta región, ya el pueblo estaba formado con propietarios indígenas, tanto que don Juan Linares había comprado este terreno a un indígena de apellido Baquín, no sé si familiar de los Baquín que han sido nuestros vecinos en el lado poniente. Al oriente ya estaba la cofradía que tu conoces como del “Rey Negro” y cuyo cofrade es José María Chiroy, esposo que fue de doña Silveria Ven, mujer indígena que nos hizo el favor de amamantar a tu papá, pues cuando el nació tu abuelita no tenía leche y aún no existían en Sololá las leches en polvo. En el sur, nuestro vecino era ya don Nolberto de León y al norte, calle de por medio, una propiedad de don Erasmo Letona”. “Abuelito, ¿quién fue tu primer gran amigo?”. “Realmente siempre tuve muchos amigos, pero mis hermanos fueron mis primeros y grandes amigos, por eso pasados los años, cuando ya todos estamos viejos, seguimos siendo muy unidos y es que mamaíta siempre nos decía: “Nunca vas a tener un mejor amigo que tu hermano, porque él te conoce y ha compartido mucha vida contigo, y además te quiere porque es tu hermano”. Creo que la viejita era muy sabia, porque en los momentos de penas que he tenido, los primeros que han estado a mi lado son mis hermanos. Sin embargo, no quisiera ser injusto con aquellos que también me han brindado el favor de su amistad, tales como Valerio Letona, Filiberto Escobar, Cándido Mogollón, Manuel Armas, Guicho Guzmán, Paco Ramirez, Adán Ralón, Tono Ralón, Roque Ramírez, Jacinto Amézquita, Lolo Mogollón, Eladio Cabrera, Chito Wyman, Erasmo Letona, Juanito Letona, Rafael Barrios, Javier Galvez, Moisés Galindo y muchos otros con quienes viví maravillosos recuerdos. De mi estancia en Patzún recuerdo con mucho cariño a Eusebio Trabanino, quien me regaló un marquito con su foto y yo le correspondí igualmente con una foto mía”. “¿Que recuerdas de tu cuarto?” “ Bueno, era un cuarto pequeño; el tercero al sur de la “salona” o sea, el mismo que tu y tu hermanito usaron cuando te trajeron recién nacida, lo único es que para ti se amplió pero era pequeño y lo compartíamos con Lázaro y Aparicio, mis hermanos”. “Abuelito, ¿Tienes alguna cosa favorita tuya que te acompaña desde tu juventud?” “Si, tengo algo que he aprendido a amar mucho con el correr de los años. ¿Sabes cuales son?, mis muletas. Sólo mis muletas, pues ellas me han acompañado desde la edad de 17 años cuando quedé definitivamente paralítico para el resto de la vida. Antes de esa edad, entre los diez y los doce años, recuerdo que se hicieron muy populares los trompos y los capiruchos, pero ambos los hacíamos nosotros a mano. Naturalmente que en la Semana Santa jugábamos a las


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“tipachas”, que como tu sabes, son esas como monedas de cera que se ponen rústicas de abajo con la uña del dedo pulgar y se golpea contra la del contrincante y si uno logra voltearlas, uno gana; pero juguetes como esos tan bonitos que mis hijos y ustedes han tenido, no recuerdo que alguna vez haya tenido. Claro que uno de niño siempre encuentra con que jugar y distraerse, por eso nos distraíamos con una caña que la usábamos como caballito o para jugar a: “ ¿Quién agarra al lobo?”. Este era un juego muy popular, pues tanto el lobo como el coyote eran perseguidos y despreciados por los campesinos, porque se comían sus ovejas, y de ahí salió el juego que consistía en que alguno se montaba en una caña, pero la usaba como cola y todos teníamos que correr tras él para agarrarlo de la cola como si fuera el coyote o el lobo. Por supuesto que este juego se prestaba a las picardías infantiles y algunas veces ensuciaban la punta de la caña con estiércol de caballo o de vaca y cuando uno la agarraba se embarraba todo. Otro juguete para nosotros eran los chivos. Los soltábamos dentro del cercado con grama para que comieran y cada quien tenía que correr y montarse en uno de ellos. Los chivos a la primera salían despavoridos y nosotros tras ellos. No te imaginas que difícil es montarse en un chivo que va corriendo. Era cada somatón como para quebrarse, pero con perseverancia y el perdón de los chivos, llegábamos a aprender a no caernos y a conseguir montarlos”. “Abuelo, ¿Tuviste un escondite secreto? “Pues mira, yo era muy travieso y la casa muy grande, con muchos escondites, pero rara vez jugamos tuero o “escondidas” como tu le llamas, pues a mi madre no le gustaba, especialmente por mis hermanas. No te olvides que eran otros tiempos en que las mamás tenían mucho control sobre lo que hacían sus hijas”. “Abuelito, tú hablaste de tus muletas y yo te doy la razón de que las ames tanto, pero quisiera preguntarte sobre ellas, siempre y cuando tu quieras platicarme de eso”. “Mijita, puedo platicarte de ello sin ninguna pena” “Abuelo ¿qué fue lo que te paso para quedarte paralítico?. “Bueno, eso sigue siendo un tanto incierto. Por algún tiempo yo culpé a una orden que un profesor me dio en la escuela. Resulta que en el gobierno dictatorial de Manuel Estrada Cabrera, lo más importante que se construyó para la educación fueron los Templos de Minerva, donde se celebraban las Fiestas a Minerva o Minervalias. Pero la educación en sí se impartía en escuelas públicas y que eran pequeñas instalaciones que lo llevaban a uno a estudiar cuatro años, lo que hoy es del primero al cuarto año de primaria. Se entraba a los 8 años y se salía a los 14 años, de tal manera que se repetían grados; si se tenía posibilidades se podía entrar a la Escuela Práctica que era un tipo de educación artesanal. Yo no tenía posibilidades, así que sólo estudié de los 8 a los 14 años en la escuela pública. Cuando yo tenía unos 10 años estaba en el segundo año y nos sacaban a recreo a un campito que estaba después del mercado. cerca de donde se estaba haciendo una construcción en la parte de abajo y por eso tenía promontorios de material. Un día el profesor dispuso que saltáramos del paredón a un promontorio de piedrín que había abajo. Yo tenía miedo, pues no era el tipo de actividades que normalmente hacíamos. Sin embargo, tuve que saltar y cuando caí abajo, sobre el promontorio de piedrín, me fui hacia atrás y quedé


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sentado. Sentí un ligero dolor en la colita pero así pasó, sin embargo, tiempo después comencé a sentir dolor en mis piernas. Se pensó al principio que era artritis, muy propia de este clima, y se me estuvo tratando por artritis. Sin embargo, como a los 14 años y medio, ya poco podía caminar y el dolor era muy agudo, hasta que un día ya no me levanté de la cama. Mi padre se puso muy triste y esa tarde cuando regresó del campo traía un sombrero de biquña para mi. Me gustó tanto el sombrero que durante todo el tiempo que estuve en cama lo use ahí. Pasaron los meses y la parálisis fue afectando también mis brazos hasta quedar totalmente rígido. Todos hacían tiempo para estar conmigo y particularmente mi madre que siempre encontraba un espacio en su que hacer para acercarse a mi cama, sentarse a la vera y dedicarme un buen tiempo. Te he contado que mi madre era muy religiosa y por eso, los espacios de tiempo que me dedicaba los usaba siempre para contarme historias de la Biblia, mismas que había leído en sus muchos años de vivir en el Convento, además, no sé como hacía pero me conseguía novelas que yo las leía con avidez, para después contárselas especialmente a mis hermanas. De pronto algo muy interesante sucedió. Por ese entonces se contó en el pueblo, que un “espiritista” mejicano estaba de paso y se decía que curaba muchas enfermedades extrañas. Mis padres se apresuraron a consultarle y a pedirle que llegara a verme. Efectivamente, aquel hombre de aspecto muy especial llegó a verme y después de conversar conmigo, auscultarme, intentar mover mis brazos y piernas, dijo a mi padre que al día siguiente principiaría a tratarme. Aquel hombre durante un largo mes me vio todos los días en sesiones de muchas horas que las dividía entre hablarme, orar, hacerme masaje en todo el cuerpo y advertirme que yo me curaría. Todos los días me pedía que repitiera en todo momento: “Yo voy a volver a caminar” “Yo voy a volver a caminar”. Todos sentíamos mucha esperanza y mi madre decía: “Dios nos mandó a este buen hombre. Hay que hacerle caso y luchar”. Así transcurrió un mes y cuando este se había cumplido, una mañana llegó lleno de euforia y dijo: “Llegó la hora de recuperar el movimiento”. Mi papá con una fisonomía llena de esperanza estaba muy atento. Mi madre con su rosario en la mano, oraba quedito. El “Espiritista” me habló y me fue preparando para que al contar él hasta tres, yo moviera mis brazos y después al contar hasta tres de nuevo, yo moviera mis piernas. Me habló por largo rato hasta que llegó el momento del conteo y entonces se paró frente a mi cama y comenzó a contar y al decir “tres” gritó: “¡Levanta los brazos!” y yo levanté los brazos. Después de un corto momento dijo: “Ahora debes levantar las piernas. Vamos a hacerlo una primera y la otras después”. Se volvió a parar frente a mi cama y comenzó a contar: Uno.....Dos....... ¡Tres! ¡Levanta la pierna derecha!” . Yo levanté la pierna derecha como él ya me había indicado. Después contó de nuevo y ordenó levantar la pierna izquierda y yo la levanté. Se acercó a mi y sentándome a la orilla de la cama me acercó las muletas y dijo: “Es el momento de que te pares”. Aquel día apoyado por mis muletas volví a caminar y poco a poco me fui recuperando. El “espiritista” cobró a mis padres quinientos pesos de la época y se fue. Sin embargo, como a los seis meses, de nuevo las piernas comenzaron a doler y pronto vino de nuevo la parálisis, pero ahora sólo en las piernas, mis brazos los había recuperado. Mi padre me llevó a la Capital de nuevo y me vieron en el Hospital General y confirmaron que en la columna había una


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protuberancia de calcio que estaba obstruyendo el funcionamiento de dos vértebras. Se me diagnosticó parálisis y regresé a Sololá, para nunca más volver a caminar sino sólo con muletas. ¿Fue el salto sobre aquel promontorio de piedrín la razón que provocó la protuberancia de calcio en la columna?, no lo sé, pero desde entonces he usado mis amadas muletas”. Cuando el abuelo terminó de contarme este momento tan difícil de su vida no sabía yo que hacer. El se percató de mi confusión y tomando mi mano, dijo: “Sabes mijita, Dios fue muy bendito conmigo. Es cierto que por las razones que fueran perdí mis piernas, pero El me dio muchas cosas para poderle dar sentido a mi vida. Realmente nunca pensé, ni en los peores momentos, que mi vida había terminado. Claro que tenía planes y hubo que modificarlos, pero gracias a Dios estoy vivo y gracias a El he sido un hombre feliz. Siempre me dio cuanto necesitábamos para vivir, por eso tu papá puede contarte que en los momentos de pena yo siempre decía: “Dios proveerá” y así fue, pude crear a mis hijos, que tu sabes son bastantes y pude ayudarles a ser hombres de bien. ¿Puedo sentirme triste porque fui paralítico?, no mija. Por eso, si aún no te has cansado, debemos continuar la entrevista”. “Creo abuelito que por esta tarde ya no seguiremos, la abuelita llamó ya para la refacción, es hora del cafecito con shecas y choleras”. El abuelo sonrió y halando sus muletas se levantó con cuidado. Caminando tras él iba pensando lo afortunada que fui al tener un abuelo como mi abuelo Abel. El comedorcito que estaba adornado con las fotografías de mis antepasados, nos recibió aquella tarde para tomar café con pan. La abuelita nos acompañó y nos platicó de lo que le apenaba: Su primera pena era que el indito “del ojito”, como ella llamaba a un hombre que le llevaba leña y que tenía un ojo pequeño, quizá perdido por glaucoma, ya tenía días de no aparecerse. “La Fermina”, mujer del Juan también se estaba quedando cieguita y ya pocas veces la venía a visitar (Fermina, fue una indígena guapa, elegante y alta; madre de Manuel y Dominga, que vivían en la montañita después del rastro, río de por medio. Su esposo era un indígena también muy bien dotado, con tantas fuerzas que soportaba en su espalda y con el “mecapal” en la frente, el peso de un toro muerto y ya destazado que trasladaba todos los días, desde el rastro hasta el mercado, ambos separados por unas ocho cuadras u ochocientos metros). Fermina había hecho amistad con mi abuela y casi todos los días la visitaba. Conversaban por mucho rato y no sé cómo hacían, porque mi abuela hablaba muy poquito kaqchikel y Fermina hablaba muy poquito castellano, sin embargo fueron muy amigas hasta el final de sus vidas. Fermina murió de viejecita, completamente ciega pero sobrevivió a mi abuela. Mi dulce viejita murió valientemente soportando los rigores del Parkinsón. La otra pena de mi abuelita aquel día era Alejandra, pues ya le dolían mucho sus canillas para venir desde su terreno al pueblo de Sololá. Aquella tarde Alejandra le había llevado a regalar una mano de hermosas naranjas “Washington” que se le habían quedado de su venta en el mercado. (Alejandra, la otra buena amiga indígena de mi abuelita, según me contó el abuelo, vivía camino de Patanatik, en la montaña que está atrás de Panajachel, sufrió la muerte de su hijo, el único, y después su nuera murió de parto, dejando al recién nacido. Alejandra lo tomó a su cuidado y lo primero que hizo


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fue llevarlo a la Iglesia y a inscribir al registro, y le puso de nombre “Alejandro”). “Fíjate mija, dijo mi abuelita dirigiéndose a mi, que Alejandra hace años venía con su carga y un muchachito. Era el tiempo en que yo también estaba criando a tu tío Fili, así fue como se hicieron amiguitos y después ya el muchachito no se quería ir con la abuelita al mercado, sino se quedaba aquí en la casa jugando con Fili. Me daba no sé qué verlos caminando por el corredor y platicando abrazaditos. Crecieron y Alejandro se hizo muy grande. Fili, siempre que venía a visitarnos siendo ya doctor, nos preguntaba por su amigo Alejandro y más de alguna vez se encontraban y platicaban por largo rato. No sé si alguna vez Fili fue al terreno que hoy es ya de Alejandro, pues él es quien lo trabaja porque la Alejandra ya se puso viejita, igual que yo”. La abuelita sonrió divertida. (Efectivamente yo conocí a Alejandro y es un indígena muy guapo, pues es blanco, de mejillas sonrosadas y un cuerpo bien fornido). También lo que apenaba a mi abuela aquella tarde era que su pato favorito ya no quería meterse en el charquito, se había envejecido. El abuelito la oía siempre con mucha atención y siempre hacía algún comentario para expresarle respeto y comprensión por lo que le apenaba. Hoy cuando han pasado los años y ya no soy una niña, comprendo aquellas penas de mi abuelita, porque las he aprendido a valorar. Hoy sé que en lugar de fijarse en lo que a ella le hacía falta, su amor por los muy pobres era su propia donación. No sé como podría conocerse la esencia de matrimonios como el de mis abuelitos. Ella era tan dulce y él siempre tierno con ella. No se oía nunca una palabra desagradable, cada expresión era una expresión de amor. La abuelita después de los comentarios del abuelo, se levantó pretextando su que hacer en la cocina y nos dejó de nuevo solos. Era admirable su concepto de donación, pues ella sabía que hablar con el abuelo era algo muy delicioso y su regalo a todos nosotros los que formábamos las ramas de ese portentoso tronco, era cedérnoslo por el tiempo que quisiéramos. Las tardes del mes de Junio en Sololá, cuando no llueve, son verdaderamente preciosas, pues el sol se conserva hasta muy tarde. Aquel día fue una de esas hermosas tardes. Después que disfrutamos del café con choleras de don Leoncio García, conversamos de algunas otras cosas aún acompañados de la luz del sol y todo parecía oportuno para continuar un poquito más la entrevista, así que me atreví a decirle al abuelo: “Abuelito, si no estás cansado, aún tendríamos tiempo de unas preguntitas más, ¿qué te parece?”. Mi abuelo sonrió y dijo: “Así era tu papá, nunca se conformaba con poquito. El quería platicar y platicar, lo bello es que eso era lo que yo también quería cuando se acercaban a mi mis hijos. Pero cuando crecieron y se hicieron mayores, había veces que los veía callados y pensativos y yo me decía, ¿qué problema tendrá, por qué no me platica?. Sabes mija, los papás muchas veces sufrimos viendo a nuestros hijos pensativos y preocupados, pero nada podemos hacer, tenemos que aguantarnos que ellos nos busquen y nos consulten. Esa es la gran prueba que sufrimos cuando nuestra premisa educativa y formativa, es enseñarles el respeto con nuestro propio testimonio. Bien, mijita, sigamos entonces con las preguntas que tu desees y déjame decirte, que en lugar de cansado estoy muy feliz con tu entrevista, has refrescado mi vida”.


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“Gracias abuelito” “Abuelito, ya sabemos que tuviste hermanos y hermanas, ¿puedes decirnos sus nombres?” “Ya te conté que todos nacimos en esta casa, ahora asústate de la cantidad que fuimos: Fidelina, Francisco, Cenobia, Lázaro, Aparicio, Rufino, Carmen, Lolita, Honoria, Candelaria, Elías, Flavio y yo, Abel. 13 en total”. “Y cuando tus papás no estaban, ¿quién los cuidaba?. “Mi padre tenía un tácito acuerdo con mi madre, pues aún cuando generalmente quien se ausentaba por pocos días era mi padre, también él nos cuidaba cuando en alguna ocasión mi madre tuvo que salir y no por mucho tiempo. Así que nunca estuvimos solos” “Tu me contaste ya que mi bisabuelo Anselmo vino de Quetzaltenango con tres hermanos más” “Y con unos cuantos primos por el lado de los Galindo” Agregó mi abuelo. “Bueno, por eso mismo si te preguntara por tus primos me imagino que son muchos, de tal manera que sólo quiero preguntarte por tu primo favorito, ¿quién fue?” “Fue mi primo Federico Sánchez. Ambos fuimos barberos en nuestra juventud y juntos nos pasamos muchos tiempos de lucha muy difíciles. Yo lo recuerdo siempre con mucho cariño. El emigró a la Capital siendo muy joven y se instaló con su barbería en la sexta calle y sexta avenida, muy cerca del Palacio Nacional, de ahí que muchos de sus clientes eran altos funcionarios del gobierno del general Ubico. Algunas veces estuve de visita en su barbería y él siempre me invitaba a que fuera a vivir a la Capital y a trabajar con él, pero yo no creo que hubiera podido vivir fuera de Sololá. Mi Sololá es un lugar muy bello en todo sentido, tanto en su naturaleza como en su gente. Imagínate mija, no poder ver todos los días ese lindo lago de Atitlán. Así que nunca pude aceptar la invitación de mi más querido primo”. “ ¿Tuviste un apodo?” “Sí, desde niño me dijeron “Yeyo” y no tenía realmente ningún significado, sino simplemente fue saliendo de Abel. Alguna vez alguien me dijo Abeliyo entre los muchachos y de esta forma se fue formando como un diminutivo hasta llegar a “Yeyo”. “ ¿Te gustaba que te dijeran Yeyo?” “Si, nadie tenía un apodo así, era muy peculiar”. “Abuelito, esta es mi última pregunta por hoy. Si no quieres responderla no te preocupes. ¿Alguna vez por tu impedimento te dijeron “chenco”?.” “Si mijita, pero la vida me enseñó que para que haya daño tiene que haber un dañado. Yo superé aquel tiempo en que culpé al profesor que me ordenó tirarme del paredón al promontorio de piedrín. No supe nunca más de él, pues muy poco tiempo después de aquel día, lo trasladaron a otra parte. Es posible que él nunca haya imaginado o pensado en el daño que pudo haberme hecho. Es posible que él haya sido una persona feliz. Pero mientras yo lo culpé fui infeliz y con eso ni lo castigué, ni evité mi parálisis y sí sufrí. De tal manera que cuando superé aquel tiempo,


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que afortunadamente fue muy corto, yo supe que la felicidad se gestaba en mi interior, en mi espíritu, en mi alma, en mi mente y la llave para hacer funcionar esa milagrosa naturaleza la tenía yo y por eso, no sólo en lo que respeta a mi “chenqura”, sino en muchos otros órdenes de mi vida, fue mi interior el que marcó mi carácter y mi conducta, porque mi propuesta fue siempre comprometerme con la felicidad y nunca con el fracaso o el triunfo, aunque déjame decirte, que ser feliz es el mas hermoso triunfo de la vida. Así mija, que quien me dijo “chenco” para herirme, se hirió el mismo, y el que me lo dijo por amistad y cariño, disfrutó del sentimiento de afecto que en esa palabra él ponía. Por eso, puedo decirte que no tengo enemigos, porque mi prójimo es siempre mi amigo y nunca deseo para él lo que no deseo para mi. Quizá alguien se sienta mi enemigo y yo lo lamento, porque ese sentimiento está ocupando en su corazón, el lugar de un sentimiento edificante. Ten la seguridad que nunca me disgusté porque alguien me dijera “chenco” ”. “Bien abuelito, por hoy hemos terminado nuestra entrevista. Será hasta mañana cuando, con tu permiso, volveré para guardar en mi cuaderno estos recuerdos, que algún día podré compartir con todos los que componemos ese árbol, del que tú eres el tronco, y con aquellas personas que te quieren y se sienten tus amigos”. “Gracias mija”. No sé cuanto agitaba mi mente aquella tarde en que dejé al abuelo descansar viendo sus telenovelas. Yo me fui al parque a hacer lo que mi padre me había contado que se hacía: dar vueltas conversando con alguien. Sin embargo, había gente que sola daba vueltas. Realmente dar muchas vueltas representaba como caminar muchos cientos de metros, pues el parque tenía una manzana de grande. Alrededor de todos los arriates llenos de flores había un corredor cuadrado que lo circunvalaba y ese era el más concurrido, así que en compañía de Matilde, una nieta de Fermina, dimos muchas vueltas disfrutando del concierto de la Banda de Música del pueblo. Cada vez que pasábamos por donde estaba la banda tocando, que me parece le llamaban el Mesón, trataba de imaginarme a mi papá involucrado con el grupo de músicos ya mayores de cincuenta años, en el tiempo en que él formaba parte de esta Banda, tocando el Clarinete Tercero. No entiendo que es eso de Clarinete Tercero. Me imagino que había tres clarinetistas y él era el último. Lo cierto es que en aquel entonces la Banda ya sólo tenía dos clarinetistas y por lo jóvenes me imagino que no habían sido compañeros de mi papá, pues mi papá a estas alturas tenía ya cuarentinueve años y había estado en la banda cuando sólo era un chiquillo de 13 años. Lo cierto es que con la plática de Matilde, la música y el ejercicio de dar muchas vueltas en el parque, más las miradas y sonrisas de algunos jovencitos que no se animaban a hablarme, mi mente fue descansando y olvidando un poco lo mucho y muy emocional relato con que mi abuelo me deleitó esta tarde. Me prometí no importunarlo sino hasta mañana, pero entonces, me preguntaba: ¿De que voy a platicar con él hoy a las diez de la noche cuando el celebra el “ritual del Milo”?. Mi abuelo terminaba de ver telenovelas a las 10 de la noche y entonces nos ofrecía una taza de Milo, o sea una bebida de leche con cocoa que producía la Nestlé. No sabría decir


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por qué era tan rica aquella taza de Milo, si era porque el abuelo la sabía preparar muy bien o porque a esa hora con el friíto de Sololá, era una linda y reconfortante antesala al sueño. Pero lo cierto es que mientras tomábamos el Milo, siempre se adornaba con una plática. Realmente, no importaba si yo no preguntaba ninguna de todas las preguntas ya programadas en mi cuaderno. Si el abuelo quería platicar yo estaría encantada de oírlo, porque era muy delicioso escucharlo. Con eso de dar tantas vueltas al parque, escuchar el concierto de la Banda de Música y comer unos chuchitos recalentados a las brasas que vendía una hija de don Regino Bakiash, cuando sentimos eran las nueve de la noche. Aún cuando había mucha gente dando vueltas todavía en el parque, nosotros con Matilde nos regresamos a la casa. El abuelo estaba sentado en su silla tipo trono y la abuelita medio dormida en la cama para emergencias, que habían instalado en la “salona”. “Buenas noches abuelos, ya comimos en el parque, no se preocupen”. El abuelo sonrió pero siguió atento a su televisor. La abuelita me hizo lugar junto a ella en la cama y me compartió su manto para taparme las piernas. Así que esa noche, casi sin entender nada, resulté siendo un cliente más de una telenovela con Rogelio Guerra y Julissa. Verdaderamente no recuerdo el nombre. El abuelo tenía una especialidad, siempre comentaba en los espacios comerciales algo del desarrollo de la telenovela. Daba la impresión que él estaba viviendo la historia de la telenovela. Seguramente si mi abuelo hubiera estudiado Psicología habría sido un buen psicólogo, pues tenía una gran observación del comportamiento de cada uno de los personajes. Lo cierto es que me disfruté con ellos aquel capítulo de esa telenovela. Cuando terminó eran las 10 de la noche y el momento del Milo había llegado. Sin sentirlo, de pronto pregunté: “Cual fue la primera película que viste?. El abuelo con su mayor naturalidad y sin ningún prejuicio respondió: “María Candelaria” y “Luces de Buenos Aires”. Pero cuando las vi ya era yo un hombre, pues el cine vino tarde a Sololá”. “Entonces, ¿cuáles fueron tus programas favoritos de radio?” “Mira mija, no existían en Sololá aún los radios. Estos aún fueron posteriores al cine y cuando ya aparecieron, por allá por los años 40, entonces compramos uno para ponerlo en los billares y la única estación que se oía era la XEW de México y fue ahí donde escuchamos una radionovela que se llamaba “Chucho el Roto”. “¿Y la televisión cuando entonces la conociste?”. “Hace muy pocos años, cuando tu naciste en 1968 y todo gracias a que tus papás trajeron una muy hermosa televisión blanco y negro de los Estados Unidos. Me recuerdo que hizo tanta sensación que se nos llenaba de visitantes esta salona y entonces tuvimos que comprar unas tablas que las montábamos sobre ladrillos y estas servían de asientos. Venían jovencitas con sus hermanitos pequeños desde por el Templo de Minerva y sus alrededores. Fue un tiempo muy


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especial. Después ya empezaron a venir a precios accesibles y hasta surgieron salas muy bien acondicionadas donde cobraban entre dos y cinco centavos por hora.”. “Abuelito, ¿tienes algún recuerdo muy viejo de tu mamá sobre cómo era?. “Mi madre era muy trabajadora y cariñosa. Era también muy religiosa y a mi me cuidó muy especialmente, pues como tú sabes, ya a los 10 años aparecieron los signos de mi impedimento”. “Y de tu papá ¿qué te recuerdas de cómo era?”. “El era muy serio, responsable y disciplinado. Cuando murió le hicieron honores militares porque en diferentes campañas que guerreó, obtuvo los grados de Mayor de Plaza y de TenienteCoronel”. “Abuelito, y tú ¿que profesión tuviste?. “Mijita, yo fui el “siete oficios catorce necesidades”. Para poder salir adelante, tuve que aprender muchas cosas y fue así como trabajé reparando sombreros, reparando radios, planchas. Fui barbero y fotógrafo. Trabajé como profesor en el Instituto Abrahám Lincoln dando las clases de Ingles, Contabilidad y Música para el ciclo de Básicos. Fui Tenedor de Libros de algunas empresas, tuve un negocio de miscelánea. Escribí unos artículos políticos en el periódico “Revolución”. Fui “guisache” y fungí como representante del Lic. Salomé Rodas en algunos juicios. Fui electo Alcalde de Sololá, candidato a diputado por el departamento y empleado en Guatemala en el Ministerio de Economía, pero quizá lo que he gozado con toda mi satisfacción es ser parte de los compositores y marimbistas guatemalteco, con mi vals “Corazón de Obrero” y tocar ese lindo instrumento que es la marimba”. “Eres una persona muy especial, abuelo, pues tener nada más la oportunidad de cuatro años de primaria y después convertirte en el autodidacta que has sido, con conocimientos muy diversos y con una cultura que te permite hablar de todos los tópicos, eso abuelo, requiere una gran perseverancia y una gran voluntad de superación. Te felicito, abuelo”. Mi abuelo sonrió y se quedó callado. Me imagino lo difícil que es evaluar el esfuerzo de tantos años y sobre todo tener la humildad de mi abuelo, quien al quedarse callado, lo más seguro es que en la profundidad de su espíritu, estaba diciendo: “Gracias Dios mío”. Aquellas preguntas componían el total de mi calendario estimado para ese día. Así que cuando estábamos terminando de tomar nuestro Milo, nos fuimos preparando para ir a la cama, y yo ni bien llegué a la almohada me quedé profundamente dormida y no desperté sino hasta el siguiente días a las siete de la mañana.

LA ETAPA FORMATIVA.


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Realmente para los jóvenes del siglo XXI no nos es fácil imaginar Guatemala hace cien años, en los albores del siglo XX. Ya no digamos, imaginarnos cómo era la vida de un pueblo como Sololá, que era ya la Cabecera Departamental y centro de un distrito para la ejecución de la justicia. Esto significaba que todo problema legal obligaba a los habitantes de los municipios que le pertenecían judicialmente, a venir a la Cabecera Departamental para ventilarlos. Justamente, el 5 de Abril de 1901 nació mi abuelo en Sololá y es de su vida a partir de ese entonces que he querido compartirles lo que él me compartió aquel mes de Junio de 1982, en que lo vi por última vez. No puedo negar que el sólo recuerdo de mi abuelo me enternece y eso es seguramente la razón por la que este libro contiene la vida hermosa de un hombre, al que personalmente no le conocí nada deshonroso o fuera de lo propiamente humano. Afirmar que mi abuelo fue un hombre perfecto sería desmentirlo, pues él fue siempre muy franco para definir su condición limitada e imperfecta, y su lucha permanente, hasta el día de su muerte, por ser cada día mejor. Así que al proseguir este segundo día esta entrevista, quiero ir a lo más íntimo de mi abuelo, en la seguridad de que estoy compartiendo, no la vida de un santo, si no de simplemente un hombre muy interesante, que puede darnos motivos de reflexión para utilizarlos en la construcción de nuestra vida, teniendo a Dios, como mi abuelo siempre lo tuvo, como su máximo Arquitecto. Es este un día martes por la mañana. Lo primero que veo es la cama vacía y ya “tendida” de mi abuelita. La cama que yo quise ocupar esta cerca de la puerta frente a la cama de mi abuelita y en diagonal a la de mi abuelo, desde donde lo veo fácilmente, sin siquiera destapar mis manos. Mi abuelo está casi sentado en su cama sobre un grupo de almohadas. Como todos los días, está a la espera de que mi abuelita venga a vestirlo. Sobre su mesita de noche yace vacía una taza que seguramente contuvo café. Es la costumbre de los jefes de familia en este pueblo: la esposa se levanta primero y les lleva “unos traguitos de café” mientras ellos permanecen en la cama. Esto funciona para los que se levantan muy temprano y para quienes, como mi abuelo, pueden ya levantarse más tardecito. Desde mi cama digo buenos días y el abuelo me sonríe para preguntar cómo dormí. Realmente dormí divinamente. Aquella cama era de madera, como todas las camas en la casa, y el colchón era el clásico “colchón de paja”, sin embargo, fuera de uno que otro piquete de pulga de los que ya está uno enterado en Sololá y que me había despertado y llevado a rascarme, yo había dormido muy bien. Por eso, la “caula” para dormir bien es sacudir las sábanas y chamarras previamente e inspeccionar la pijama por si lleva alguna pulguita. Creo que es algo muy distractivo perseguir una pulga, pues son tan hábiles para saltar que no es fácil capturarlas. Mi abuelo tenía una tabla cuadrada como de cincuenta centímetros por lado y ahí ponía la camisa para dormir, con las dos partes superpuestas, y luego le pasaba con fineza la punta de sus dedos y entonces descubría donde estaba la pulguita escondida; luego, con otro pedacito de madera presionaba en el sitio preciso y la pulguita se moría. Era todo un ritual previo


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a dormir pero que lo pagaba plenamente el placer de no despertarse en toda la noche. Así que, desperezándome aquella mañana, dije: “Abuelito, ¿quieres que te vista?”. “Gracias mija, te lo acepto” Mi abuelo, dentro de su especialidad y que ha sido una gran lección para mi, siempre se dejó querer. Nunca le negaba a nadie el derecho y el deseo de servirle y es que él era una persona siempre dispuesta a servir. Hoy entiendo que el “ama a tu prójimo como a ti mismo”, mi abuelo lo había llevado a la trascendencia más elevada del amor y entonces amaba, se amaba y permitía que se le amara. Así que yo me compuse el “camisón” que la abuelita me había prestado para dormir y poniéndome unas pantuflas salí de mi cama. Casi se me había olvidado el frío penetrante de Sololá y estuve a punto de regresar al calorcito de las “chamarras”. Mi abuelo se dio cuenta y sonrió pero no dijo nada, para él eso era lo más natural. Yo me acerqué a la cama y le dije: “Abuelito, casi se me olvidó ya el proceso para vestirte, ¿quieres recordármelo?” Mi abuelo jaló las chamarras y destapó sus pies. Eran unos pies que en nada denotaban que correspondieran a dos piernas paralíticas. Eran blancos, bien formados, finos y fuertes. “Mija, por aquí principiamos: Alcanza el calzoncillo”. (Era un calzoncillo largo hecho de manta blanca). “Ahora, pone mis pies en las mangas y acordonea sobre mis piernas todo el calzoncillo; súbelo hasta mis rodillas, ahí ya lo puedo yo alcanzar”. Lo hice así y el abuelo lo alcanzó y se lo subió. “Ahora, ponme los calcetines, enrolla la punta del calzoncillo pegado a mi pierna y sube encima los calcetines”,(esto era para que si se le subía alguna pulga no lo molestara, pues no era para él fácil rascarse). “Ahora, haz lo mismo con mi pantalón”. Efectivamente, acordoné las mangas del pantalón en sus piernas, lo subí hasta las rodillas y el abuelo lo tomó y se lo subió. Luego se movió con todo y chamarras hacia la orilla de la cama y bajando las piernas dijo: “Alcánzame la camisa y ponme los zapatos”. Para ponerle los zapatos había que hincarse en el suelo, levantarle la pierna muy poquito, poner el zapato y amarrarlo. Entre tanto uno hacía esto, él se ponía la camisa y se la iba metiendo entre el pantalón. Se cerraba el pantalón y entonces hacía a un lado las chamarras que habían estado cubriendo sus partes genitales. (En aquel entonces el abuelo ya usaba una camisa de franela sobre la otra y encima un buen sueter). “Bien mija, lo último es que me alcances mi gorra que está sobre la “cómoda” de tu abuelita”. Efectivamente, era su famosa “boina” a la Abel Sánchez, pues él la diseñaba y Poncho Zúñiga se la cosía. Me contaba mi papá que en una ocasión le trajo de los Estados Unidos una “boina” muy bonita de mero estilo francés, forrada y de un fieltro negro muy fino, pero el abuelo nunca la usó. Mi papá le preguntó por qué no la usaba y el abuelo contestó tranquilamente, que con esa boina parecía “olla con su respectiva tapadera”. Dije arriba que el abuelo se dejaba querer pero en cuanto a lo que hacía, era justamente lo que él decidía. Tenía una personalidad firme con una capacidad asombrosa de discernimiento. Cuando uno le sugería algo, él decía: “Voy a pensarlo” y ahí terminaba. Así, seguro y respetuoso


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de si mismo, tenía un alto concepto del respeto a los demás, por eso uno se sentía bien con él. No recuerdo que alguien algún día no haya exaltado esta virtud de mi abuelo. Así que, ya vestido el abuelo me vestí yo y fui a la cocina para decirle a la abuelita, que su que hacer de todas las mañanas, ya lo había hecho yo. Creo que los abuelos me daban una lección cada momento, pues los jóvenes de hoy, tenemos un muy pobre sentido de cooperación y participación, y es que comúnmente, somos un poco “azadones”, (ser azadón en buen sololateco es pensar sólo en uno mismo, siempre para adentro. Psíquicamente es una mezcla de egolatría, egoísmo y hedonismo aceptables aunque no convenientes), y de ahí que después de informarle a la abuela que ya había vestido al abuelo, me sorprendió que su respuesta fuera: “Ah, que bueno mija”. Yo esperaba un gracias y alguna lisonja más, pero no fue así. La abuelita tenía puesta ya la mesa, el desayuno estaba cocinado y todo estaba listo para sentarnos en el comedor y desayunar. Así que descubrí que tanto ella como el abuelo, habían partido del supuesto que yo lo vestiría y quizá que también haría mi cama, así como ella había hecho la suya al levantarse. Hoy pienso que habría sido muy bueno vivir más temporadas con los abuelos, para recibir de ellos algo más de su forma especial de vivir. El desayuno transcurrió entre la premura de la abuelita y las obligaciones del abuelito. Ella tenía que irse al mercado este martes por la mañana, porque tanto hoy como el viernes, es día de compras en el mercado por lo ricamente surtido que se encuentra. En cuanto al abuelo tiene unos pocos alumnos de mecanografía y se desocupa a las nueve de la mañana. De ahí a las diez u once él toma su sol sentado en una piedra que hace mucho tiempo la naturaleza le regaló. Realmente tengo muchos deseos de continuar con la entrevista, pues este día está dedicado a la historia de su formación. Cariñosamente se le ha llamado en el pueblo “El gran Shamán” que significa como “sabio autodidacta”. El se define más como el “Siete oficios catorce necesidades”. En todo caso, lo mejor será oír de él mismo cuál es la historia de su formación, pero para esto él nos dirá el momento de principiar. “Mija” La voz del abuelo me sorprende. “¿Te gustaría acompañar a la abuelita al mercado?”. Yo estuve tentada de imitarlo respondiendo: “déjeme pensarlo”, pero habría sido hermoso para él por su imitación, pero desagradable para la abuelita, así que sin titubear, dije: “Si, me gustaría”. La abuelita me vio y sin muchos problemas dijo: “No, este día no, mejor el viernes”. No supe ni como reaccionar, pero vi que el abuelo se quedó tan tranquilo y no insistió, entonces entendí que él no discutía las decisiones de ella, y más aún, en los terrenos que plenamente le pertenecían como era su ir al mercado. Así que, “silbando despacio como quien no quiere la cosa”, según dicho argentino, yo le dije al abuelo: “Este día las preguntas son sobre la historia de tu formación”. “Que en cierta forma viene a ser la historia de mi salvación” dijo el abuelo. “Eso lo he oído en la Iglesia pero en otra forma, abuelo”


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“Seguramente, mija, pero no te olvides que Dios te guía y te da todo lo que necesitas para tu salvación, pero eres tú la que decides hacer uso de todo eso bueno que Dios te da para poder hacer lo que te corresponde hacer, y cuando tu lo usas correctamente, entonces te conviertes en un procreador de tu propia salvación. Realmente, todo cuanto en los momentos difíciles yo hice de positivo, me permitió ayudar a Dios en organizar mi vida hacia el bien, por eso quizá tu has visto el cuadro del Nazareno que tengo en la cabecera de mi cama. Es una pintura sacada de la Biblia y cuyo fundamento es una afirmación de Cristo: “Yo toco a tu puerta y si tú me abres, entraré y cenaré contigo”. Esta pintura provocó algunos comentarios, porque se dijo que el pintor había olvidado ponerle manija a la puerta. Interrogaron al pintor y él explicó que “esa era una puerta que sólo podía ser abierta por dentro, por su habitante”. Yo desde niño supe que era el dueño de mi corazón, pero que si habría su puerta a Dios, él entraría, cambiaría mi vida y la haría próspera. No creo que yo sea todo lo que yo soñé y puedo ser, como también no soy todo lo que Dios soñó y planeó que yo pudiera ser, por eso ese cuadro sigue estando en la cabecera de mi cama, para recordarme que debo mantener abierta mi puerta al llamado de Dios, porque aún tengo tareas que cumplir”. No era fácil entender toda esta filosofía del abuelo y aún hoy que han pasado los años, sigo rumiando sus conceptos para llegar al fondo de ellos. Ahora entiendo por qué sus ex alumnos del Instituto lo iba a visitar y a platicar con él por largas horas. ¡Cuanto lamento no haber sabido aprovechar con mayor intensidad, la gracia de tener un abuelo como mi abuelo!. “Bien, abuelo, yo estaré ayudando a limpiar la casa, así que cuando ya puedas regalarme tu tiempo para continuar la entrevista, te lo agradeceré”. “Ya te avisaré, mijita”. Son las 10 de la mañana y el abuelo me llama. Tomo mi cuaderno de notas, mi lápiz y lo busco en la calle, ahí justamente en su piedra. “Bien, abuelo, estoy lista. ¿Quieres que entremos a la casa o prefieres seguir aquí?” “Sí, vamos a estar aquí una hora más, pues el sol de Sololá entre las 10 y las 11 sigue siendo bueno y por otro lado ya pasaron todos mis amigos indígenas, que en su camino al mercado, les gusta detenerse un momento para echarnos una platicadita”. El abuelo otra de las gracias que tenía era que hablaba fluidamente el kaqchikel, así que me imagino cuanto podía conversar con sus amigos indígenas. Me contaba que cuando principió a hablar Ingles se le mezclaban algunas palabras cuando estaba hablando kaqchikel y sus interlocutores se quedaban descontinuados. El abuelo se daba cuenta y rectificaba. “Bien, abuelo. Ya me contaste que estudiaste en la Escuela Pública cuatro años, que ingresaste cuando tenías ocho años y terminaste cuando tenías catorce. También me contaste que sólo existían esos cuatro años y por lo mismo siempre repetían algún año. Me contaste que funcionaban las Escuelas Prácticas pero que tu papá no tenía recursos para que pudieras estudiar


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los tres años que a ésta correspondían. También sé que era el gobierno dictatorial de Manuel Estrada Cabrera, que se mantuvo en el poder durante 22 años, de 1898 a 1920. Así que vamos a obviar esto y quisiera preguntarte: “ ¿Cómo era el Sololá que tu conociste en tu niñez tomando en cuenta que naciste en 1901?”. “Sololá era un pueblo chico, de unos doce mil habitantes. Propiamente aquí en el pueblo habían unos cuatro mil habitantes, pues le pertenecían algunas villas que era donde estaba el resto. La ciudad estaba dividida en Barrios que rodeaban al casco o centro y si mal no recuerdo, eran el Barrio de San Bartolo, que es a donde hemos pertenecido nosotros, el del Calvario que es a donde ha pertenecido mi hermano Lázaro y el de San Antonio que es a donde pertenece Rufino. Las autoridades las formaban un Jefe Político, el Mayor de Plaza, el Alcalde, el Juez de Paz, el Juez de Primera Instancia y los jefes de la Policía y de la Guardia de Hacienda. Teníamos correo que tardaba una semana, mas o menos, en traernos una carta de la Capital. Teníamos también ya el telégrafo y en este caso la comunicación era un poquito más rápida, como de un día para otro y en cuanto al teléfono pues era sólo para uso oficial y sólo las autoridades tenían. Pasaron muchos años más antes que existiera una oficina a donde uno pudiera llegar para hablar. En cuanto a las carreteras, Sololá estaba comunicado pero sólo por medio de caminos para recorrerlos a caballo o a pie. Para ir a la capital había unas tres rutas. Una era yéndose vía Panajachel, San Lucas Tolimán, a través del lago, en barco o canoa, y bajar a la costa hasta Cocales para tomar el tren que iba vía Escuintla hasta Guatemala. La otra ruta era subiendo a los Encuentros y tomando la ruta de los Altos, que posteriormente se le llamó “La Vasconcelos” y ahora Ruta Interamericana. Y la que yo conocí como a los 12 años cuando me llevaron por primera vez al hospital y que era la ruta más popular entre los indígenas, y le llamaban “Camino por Cordillera”. Para recorrerla se necesitaba un guía muy conocedor, porque esta era la vieja ruta de los Kaqchikeles para venir de Iximché a Chejuyú, Pupujil, Sololá, Panajachel, y Tzununá. Esta ruta a la capital era a través del lomo de las montañas y evitando grandes cuestas y bajadas y procurando la mayor cantidad de plan. Era así, como, vía Mercedes se conectaba Sololá con lo que hoy es territorio de San Andrés Semetabaj pero sin bajar a Panajachel, y de San Andres se movían un poco hacia el norte y siguiendo hacia el oriente pasaban por terrenos de Patzún, Patzicía, Tecpán y se iban internando para pasar entre Comalapa y San Martín Jilotepeque hasta llegar a Mixco y de allí a Guatemala. Esta ruta fue la que siguió mi padre y sus hermanos muchas veces para ir a Esquipulas. El recorrido a pie entre Sololá y Guatemala era normalmente de ocho días, por eso no exportábamos ni flores ni verduras, pues la forma de vender nuestros productos a otros lugares era por medio de cargadores que los llegó a haber muy buenos en Sololá, pero particularmente en San Jorge, donde el peso normal llevado por un hombre era de cinco quintales y, algunos, más. Contaba Mario Monteforte Toledo cuando vivió en Sololá, que en una ocasión venía de Panajachel y cuando llegó a San Jorge vio a un indígena que sentado en un pequeño paredón, a la orilla del camino, detenía la carga con la espalda,


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mientras se secaba el sudor de la frente debajo del “mecapal”. Monteforte se detuvo y le preguntó: “ ¿Pesa tu carga?”. El indígena respondió: “Un poquito”. Monteforte dijo: “ ¿Me dejás ayudarte?”. El indígena dijo: “No aguantás, señor”, entonces Monteforte le ofreció un quetzal por dejarlo cargar una cuadra y el indígena aceptó. Se puso Monteforte en el lugar del indígena y se colocó en la frente el “mecapal”, se paró y pegó el jalón para levantar la carga. Dice que vio estrellitas pero empezó a caminar. A los 10 metros se dio cuenta que era una empresa terrible y quiso desistir pero el indígena le recordó el trato y Monteforte tuvo que seguir hasta llegar a los cien metros de una cuadra. Contaba Monteforte que por días no pudo hacer nada, se había quedado con el cuerpo molido. Sololá contaba con un mercado muy surtido, pues particularmente éramos un pueblo agricultor y entonces se encontraba todo lo que el campo produce, pero además venían los habitantes de la orilla del lago con pescado, gallareta, cangrejos, jutes y algunas comidas muy solicitadas, como el “patín” que venía de Santiago Atitlán o de San Pedro. El pan se producía muy bueno en Sololá, pero también nos venía pan de trigo que se producía en Santa Lucía Utatlán y San José Chacayá. Igualmente se encontraban huevos de patio, frutas y muebles de madera hechos en Argueta y unos maravillosos quesos, crema y mantequilla lavada o de costal, que producían en la Hacienda de Barraneché. Total, éramos un pueblo muy afortunado. Te decía que no circulaba mucho dinero pero no había miseria, claro que no se debía a desarrollo del país, sino a que éramos muy pocos habitantes. Inevitablemente al aumentar la población y no aplicarse una correcta política económica desde el gobierno, la escasez se manifestó y desde entonces fue en aumento la miseria En cuanto a la ropa pues los tejedores producían telas para los ladinos y la tela del corte que usan las mujeres indígenas. El resto mucho se producía por medio de sastres y costureras, más lo que cosían en casa las mujeres ladinas. Respeto a las mujeres indígenas ellas tejían en sus pequeños telares manuales todo lo que necesitaban. Por el problema de falta de carreteras, nuestros productos de venta a otras regiones era muy limitado, sin embargo, enviábamos lana, artículos de barro como comales, ollas, tinajas. También lasos, petates de tul, morrales, sombreros y otras cositas por ese estilo. Nuestros quesos tenían muy buena acogida pues el sabor de nuestra leche era muy diferente a la de otras partes del país y es que los animales tenían muchos campos con buenos zacates. También nuestra miel blanca tenía un buen precio y es que siempre fuimos productores de flores muy variadas y tu las encontrabas en todos lados; no había una casa que no tuviera un jardín hermoso con casi todas las flores que se conocen y entonces las abejas tenían muchos lugares de donde llevar el componente de su miel. Seguramente si hubiera habido buenas carreteras habríamos vendido también bastante ganado mayor, pues teníamos buenas posibilidades, sin embargo, aún así, se lograba sacar un poco de estos. El trigo, que es muy propio de las regiones frías y altas también era muy bien cotizado en el mercado nacional, particularmente nuestro gran comprador era Quetzaltenango. Aquí el trigo se procesó muy pronto y uno de los molinos de principio de Siglo fue el Molino Belén. En conclusión, podría decirte que teníamos los mejores recursos para tener una buena dieta y eso hizo que si bien no circulaba mucho dinero, ni se tuviera buenos edificios y en general la gente no fuera rica, este


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pueblo era muy bendito en salud y comida y aquí nadie pasaba hambre, por eso el sololateco era longevo. Podías ver a mucha gente muy vieja. En lo que respecta al aspecto distractivo, teníamos ya una Banda de Música muy bien formada y que ejecutaba muy buenas obras de compositores nacionales y extranjeros. Esta banda la dirigió de primero don Braulio Berducido y posteriormente don Agustín Ramírez, ambos excelentes músicos y gente muy buena que compartió sus conocimientos a través de muchos alumnos que tuvimos la fortuna de recibir sus clases. También se fomentaba el teatro y teníamos presentaciones de grupos locales, además de grupos nacionales y mejicanos que hacían recorridos por todo el país y así fue como tuvimos la dicha de ver Don Juan Tenorio con Alberto Velásquez. En cuanto a los libros pues no cabe duda que la Iglesia Católica fue un gran aporte aunque muchos intelectuales originarios de Sololá traían colecciones importantes. En cuanto a la educación pues funcionaba la escuela primaria con cuatro grados y la Escuela Práctica con tres años y que básicamente era una escuela para formar artesanos. Sólo existía la Iglesia Católica y aún no se conocían otras denominaciones. Socialmente éramos una comunidad pacífica y con buenas relaciones. Las fiestas no eran elitarias y podían verse ahí de todas las familias disfrutando y bailando con música de marimba. Había gente muy importante como H. Abraham Cabrera, que era abogado y fue Ministro de Educación en el gobierno de Manuel Estrada Cabrera. Así, mija, era el Sololá de principio de Siglo. “Abuelo, tú eres una persona con muchos conocimientos, muy segura de ti mismo y con un corazón de oro. ¿Cómo pudiste obtener esa formación?” “Creo que tu afecto por mi es lo que más existe en ti, pero voy a recibir tus palabras con todo mi agradecimiento y quisiera, más que darte una opinión, contarte como fue el medio en que viví” Mi abuelo meditó un momento y cuando seguramente había encontrado la didáctica en que debía exponer su pensamiento, entonces habló: “No es fácil poner primeros lugares, pero en honor a mi verdad, pienso que la persona más determinante en mi vida fue mi madre. Por eso quiero contarte como era ella: Era una mujer bajita, morenita y sus rasgos denotaban que en sus antepasados había alguien de raza negra. Su pelo era muy negro y murushito. Era hija de una mujer muy sencilla, quizá de origen indio, que había nacido en un pueblito de Soconusco y que la había tenido a ella y a un su hermano, que era el mayor. A través de la Iglesia ella vino a Chichicastenango como cocinera y ahí estuvo algún tiempo hasta que fue enviada a Sololá, también para servir como cocinera al párroco de la Iglesia. Es bueno que recuerdes que tanto Chiapas como Soconusco habían estado comprendidos en la Capitanía de Guatemala en la época colonial y por eso la circulación de personas procedentes de esos lados era normal en el Occidente de Guatemala. Realmente eran considerados como guatemaltecos. El hermano se hizo tejedor, encontró trabajo en Chichicastenango, se instaló y se casó. Mi madre, que prácticamente creció en el convento, se formó con una educación profundamente religiosa. Su nombre era Dolores Sumoza. Era una mujer muy humilde, muy buena, muy tranquila, muy trabajadora y con una educación y cultura


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propia de haber vivido en el convento. Aprendió a escribir y a leer justamente ahí, con la guía y ayuda de los sacerdotes; había leído la vida de los santos y muchas lecturas cristianas y sabía hacer cuentas, así que era una muy valiosa ayuda para mi padre. Tenía 17 años cuando mi padre la conoció, la enamoró y se casó con ella. A lo largo de su vida ella manifestó siempre su profunda fe en Dios y su apego a la doctrina cristiana católica. Por eso, hasta el último día de su vida, ella fue nuestra gran catequista. Cuando ella conoció a mi padre, él era ya un hombre mayor que se había separado de su primer esposa, con quien tuvieron a mi hermana Candelaria. El hermano de mi madre se casó en Chichicastenango y tuvo tres hijos: Eulogia, Antonio y Pedro Sumoza. Ellos eran sus únicos parientes, fuera de los parientes que quedaron allá en el pueblito de Soconusco. Sin lugar a dudas, el aporte educativo y espiritual de mi madre, estuvo presente en la vida de todos sus hijos y verdaderamente pienso que no ha habido uno solo de mis hermanos y hermanas, que haya sido alguna vez señalado de malo o deshonesto. Todos son personas de bien. En cuanto a mi padre era un hombre muy guapo, especialmente alto, muy trabajador, disciplinado, franco, honesto e inmensamente amoroso. Su mayor preocupación fue ser siempre un buen proveedor de la familia y nuestro maestro en trabajar. Para él la idea fundamental era que el hombre debía aprender a trabajar. No era un hombre parrandero aunque tenía amigos con quienes salía de paseo y se tomaban sus tragos. Cada fin de año hacía una reunión de sus mozos en la casa y les servían “tamales” y licor de ciprés hecho en casa. El personalmente alambicaba el licor que consumía. Murió relativamente joven, a los 55 años, por cirrosis, pues durante toda su vida se tomó unos 5 tragos diarios, algo que era costumbre entre las personas de campo; el primero se lo tomaba a las cuatro de la mañana cuando se iba al campo y el último a las ocho de la noche cuando iba a dormir. Tanto para mi padre como para mi madre, su vida fuimos sus hijos. Fueron un hogar feliz, sin disgustos o palabras altisonantes y rudas. El la respetaba mucho e igualmente ella lo respetaba. Realmente se amaron siempre y cuando mi madre murió, él se quedó muy triste: era un volcán apagado. Mi hermano mayor fue mi hermano Lázaro y sin lugar a dudas él tomó el papel de mis padres tanto en vida de ellos como cuando ellos habían muerto. Por eso pienso que Lázaro es parte importante de lo que fue mi vida y mi formación. No puedo negar que hay muchas personas más que me dieron su aporte, pero creo que todo cuanto los Sánchez Sumoza tenemos esencialmente, es fruto del hogar de mis padres: Anselmo y Dolores, tus bisabuelos paternos”. “Sin lugar a dudas en cuanto a tu moral, tu ética, tus valores, tu responsabilidad, tu disciplina, tu vida espiritual y tu vida cristiana, el hogar de tus padres fue la esencia, pero, ¿y tus conocimientos y cultura?”. “Bueno, te he contado ya que a los ocho años inicié mi escuela primaria y estudié cuatro años, sin embargo, todos en mi familia aprendimos a leer y a escribir con mi madre, así que a los ocho años ya habíamos leído algunos libros que mi madre conseguía en la Iglesia, particularmente la vida de los santos e historias cristianas. No así la Biblia, pues esta solo estaba escrita en Latín y vedada a los laicos. Sin embargo, oíamos su lectura en la misa y luego la homilía del sacerdote. Nuestros profesores en la escuela eran gente muy preparada y el libro que


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teníamos de texto era también muy completo, pero como los cuatro años los cursábamos en seis años, entonces aprendíamos la totalidad del texto. Claro, en esto también estuvo la mano de mi madre, pues ella nos preguntaba y o aumentaba la información del texto en lo que ella sabía. Cuando llegué a los catorce años y que mi impedimento me fue limitando, entonces mis hermanas me conseguían novelas que yo leía con el compromiso de luego contárselas, mi madre me conseguía libros en la Iglesia y mi padre inclusive me conseguía libros de hazañas militares, pues mi padre tenía un grado militar y no ejercía en nada de la milicia, pero tenía normalmente una buena relación con el Jefe Político o con el Mayor de Plaza. Después que pasó el tiempo difícil de mi enfermedad y yo usaba con habilidad las muletas, me fui a Patzún, renté un localito en quinientos pesos y puse una barbería. Realmente mucho de mis conocimientos se los debo a mi vida de barbero, pues era un buen barbero y en consecuencia tenía una clientela muy selecta, generalmente profesionales y personas con muchos conocimientos, de quienes obtenía constantemente una maravillosa información cultural. Viví en Patzún tres años y volví a Sololá para instalar mi barbería, un taller para horma de sombreros y una miscelánea mezcla de muchos servicios. Sin embargo, fue la barbería mi maravillosa fuente para aprender. Algunos otros conocimientos vinieron después”. “Abuelo, quisiera regresar a algunos detalles de tu etapa formativa” “Me parece muy bien, pues muchas veces son los pequeños detalles los que hacen la diferencia en la formación. Pregunta mija” “ ¿Tuviste un maestro favorito?” “No mija, la relación con nuestros maestros era casi nula, pues no sólo no lo permitían las pequeñas instalaciones donde funcionaba la escuela, sino además cada profesor tenía muchos alumnos y los maestros eran muy mal pagados, eso los obligaba a trabajar en alguna otra cosa, de tal manera que al terminar su periodo de clases se iban. La escuela funcionaba de 8 a 12 del medio día y ya en la tarde estaba cerrada”. “ ¿Puedes decirme dónde funcionaba la escuela?”. “Si. Tú conoces lo que hoy es la Municipalidad Indígena. Es una esquina de 15 metros por lado. La construcción era de adobe y teja. La repellaban y pintaban todos los 15 de Septiembre, como celebración del día de la Independencia”. “ ¿Cuales fueron tus materias favoritas?” “Me gustaban todos los cursos. Siempre tuve una inclinación por saber y creo que me pasé la vida estudiando y aprendiendo, sin embargo, el único diploma que tengo es el que me dio la National School de Los Angeles, California, como certificación de haber estudiado Ingles por medio de su curso. Este fue el curso que me dio posibilidad de trabajar como catedrático de Ingles en el Instituto y poder escribir un libro que se editó con una buena opinión del Ministerio de Educación, del Instituto Guatemalteco Americano y de la sección cultural de la Embajada de los Estados Unidos, su nombre es: “Sonidos controlados de la lengua inglesa”. “ ¿Fuiste con tu escuela a juegos deportivos nacionales e internacionales o a conciertos de música?”


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“Ay, mijita, quienes íbamos a la escuela éramos en su mayoría hijos de campesinos, con muy pocas relaciones de ese tipo. Las familias que tenían la oportunidad de disfrutar de muchas cosas de la cultura eran personas acomodadas o altos funcionarios, pero para la gran mayoría del pueblo esto estaba vedado”. “ ¿Qué hacías tú después de la escuela?” “Casi teníamos ya muy fijas nuestras tareas en la casa, así que de niños nos tocaba limpiar caballerizas, asear los caballos y las vacas, sacarlos junto a los chivos a comer a los campitos cercanos, procurarles el afrecho en sus comideros. Ya en el establo debíamos observarlos, quitarles las garrapatas y limpiarlos y hasta ordeñar alguna que otra vaca de buena producción. Por tiempos mi madre tenía gallinas y también teníamos que ayudarla. Fuera de eso, como te conté al principio, debíamos desgranar las mazorcas en la época en que el maíz se cosechaba, así mismo “desvainar” el frijol que como tu sabes siempre se cosecha junto al maíz. Debíamos limpiar estos dos granos que estaban en las “trojes” y meter por un rato dos gatos aulladores para que ahuyentaran a los posibles ratones. Atendíamos La Huerta y debíamos hacer cosas para uso del trabajo de mi padre, que era Tejedor. Así que estábamos ocupados “debanando” “hinchendo” etc. Algunos días podíamos jugar un rato pero otros debíamos emplearlos en ir como aprendices a algún taller, así fue que Flavio y Rufino, mis hermanos, aprendieron mecánica, yo aprendí barbería, Aparicio y Lázaro aprendieron a tejedores. Esa fue nuestra vida de niños. Claro, los sábados y domingos íbamos todos a los terrenos de mi padre a trabajar. Yo sé que es muy diferente a como ustedes se criaron; creo que la vida de los niños y jóvenes ha mejorado, pero en aquel entonces era también una bendición tener un hogar tan organizado como el de mis padres. Realmente éramos felices y yo recuerdo aquellos tiempos con mucho cariño”. “¿Quiénes fueron tus mejores amigos en la escuela?” “Verdaderamente todos mis compañeros eran mis amigos. Sabes mija, cuando no se tiene mucho tiempo no es posible tener eso que tu llamas “mejores amigos”, pero eso no quiere decir que no se tenga amigos. Generalmente confundimos la amistad con la compañía. Hay personas que por razón de su trabajo o algún que hacer, están en compañía de una persona por mucho tiempo, pero eso no significa que sean amigos. Hace algún tiempo leía, que la amistad es la que se da entre dos personas que confían, en que lo que una le da a la otra es lo que puede darle y la persona que lo recibe, piensa que aquella le dio todo cuanto podía darle. Por eso la amistad no se puede medir por el tiempo que estés junto a la amiga o amigo, sino por la respetuosa y buena calidad de relación que los une”. “ ¿Cuánto de tarde estabas tu fuera de la casa? “Nosotros no salíamos de noche, pues no había a donde ir ni era placentero salir; cuando algunas veces mi padre nos enviaba a hacer algún mandado, debíamos ir con una antorcha de ocote, pues no había luz eléctrica ni en las casas ni en las calles, de ahí aquel dicho que decía: “Candil de la calle y oscuridad de tu casa”. Por el otro lado, esta hermosa calle empedrada que tu ves, era sólo un pequeño caminito entre el monte, de tal manera que cuando uno iba caminando


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se le atravesaban animalitos como ratones, taltuzas, etc.”. Además, no te olvides que a las ocho de la noche debíamos estar en la capillita para acompañar a mi madre en el rezo del rosario. Ese era un tiempo sagrado e indiscutible”. “ ¿Que recuerdas de tus vacaciones?” “Las vacaciones eran para trabajar más. Los padres de aquel entonces no le daban importancia a muchas cosas. Ellos trabajaban siempre. Mira mija, pobres y ricos siempre hubo y lógicamente los hijos de los ricos paseaban y viajaban. Los hijos de los pobres siempre trabajábamos. Realmente Sololá era un pueblo de gente pobre. Los ricos vivían por poco tiempo aquí y se iban y dejaban sus casas al cuidado de lavanderas y cocineras. A la sombra de estos trabajos crecieron muchos sololatecos y por eso te diría que las personas que actualmente componen la sociedad de este pueblo, son en su mayoría descendientes de cocineras y lavanderas y de eso creo que nace mucho el orgullo de este pueblo, porque cada familia se superó y hoy día, como a ti te consta, nuestras familias están llenas de personas que estudiaron y profesionales. Yo recuerdo el caso de mi primo Máximo Sánchez, procedente de una familia muy humilde, fue de los primeros abogados que originarios de Sololá tuvo este pueblo. Y Así podría citarte muchos ejemplos”. “ ¿Cuanto ganabas tú por tu trabajo extra en vacaciones?”. “Nada, pues mi padre no nos pagaba. El creía que los hijos debían trabajar para la familia y ayudar a su sostenimiento. Por eso, su mayor preocupación era enseñarnos a trabajar”. “ ¿Qué te gustaba más del tiempo de verano?” “Pues recuerdo que en los meses de Marzo y Abril el agua no era muy fría y entonces nos gustaba ir a nadar a alguna que otra piscina o poza que había. Quizá la poza más frecuentada era el “Chorro”, que está camino de Mercedes, en un lugar que le llaman Sacsiguan, por donde tiene su terreno mi hermano Lázaro”. “ ¿Cuál fue tu deporte favorito?” “Fíjate mija que el deporte no se acostumbraba aquí. Eso es relativamente nuevo. Yo creo que nos empezamos a interesar por algunos deportes ya cuando la Municipalidad pudo comprar un radio cuyas bocinas instaló en el parque, pero eso data de nada más 1940. En los primeros años del Siglo no se oía nada de esto y como algo curioso, la mayor información que se recibía en el pueblo era sobre lo que ocurría en México. Por eso te contaba que compré un radio para nuestro negocio de billares, tienda y barbería que funcionaba en la Calle de la Torre, a una cuadra del parque, y ahí disfrutábamos de escuchar radio novelas mexicanas y las maravillosas narraciones de Bob Canell en la temporada de beis ball en los Estados Unidos. No creas que entendíamos mucho de esto pero nos entusiasmábamos con la locución de este hombre que trabajaba para la compañía Gillette. Me recuerdo que siempre principiaba diciendo: “ ¡Esta es la transmisión de la Cabalgata Deportiva Shillette!”. Mas tarde, quizá en 1945, teniendo ya la radio de la Municipalidad, ellos se encargaban de poner la transmisión de “Diario del Aire”, que era un espacio de noticias que pasaban al mediodía por una radio guatemalteca, que si no recuerdo mal, se llamaba: “La Voz de las Américas”. Fue por medio de esta radio que disfrutamos la


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transmisión de los Juegos Panamericanos que se desarrollaron en Guatemala, creo que en 1948 o 49” “¿Que pensabas de los atletas?”. “Ay, mija, ríete, pero para los patojos del pueblo el que tiraba las piedras más lejos, ese era un buen atleta”. “ ¿Qué revista tu leías?” “Yo no sé si tú conociste una revista que se llama Leoplán. Esa fue una de mis revistas favoritas. Era hecha en la Argentina y por eso su contenido estaba lleno de la riqueza cultural de ese país. En el año 1926 apareció una muy buena revista nacional que se llamaba Liberal Progresista y que la dirigía un periodista de apellido Hernández De León y si no recuerdo mal su nombre es Federico”. “ ¿Cuál fue la más popular canción de tu juventud?” “Realmente lo fueron varias. Una fue “La Cucaracha”, que se cantaba y bailaba en todos los lugares. Hasta hubo alguien que le hizo una letra en Kaqchikel. Otra canción muy famosa fue un vals de Valverde que se llama “Noche de Luna entre escombros”, además los tangos de Carlos Gardel y el vals “Sobre las Olas” de Juventino Rosas”. “ ¿Que bailes bailaste tú?” “ ¡Ah, mijita!, creo que lo que más me hizo sentir mi impedimento fue no haber podido bailar. Realmente me habría gustado bailar el Fox Trot”. “ ¿Cuál fue tu ropa favorita?” “A todos los patojos del pueblo nos fascinaba tener un sombrero de biquña, pero en cuanto a la ropa éramos un pueblo uniformado, pues la tela con que nos hacían pantalón, saco y camisa, era hecha en Sololá por los tejedores y se llamaba “Cotí”, que era una tela de lienzo rayado y que posteriormente se usó para cubierta de colchones. Así que para la Semana Santa, todos los patojos del pueblo estrenábamos nuestro traje de “Cotí”. “ ¿Cuál fue la mayor moda en ropa en tu tiempo?” “En este pueblo no se sabía nada de moda. Todas las familias eran muy numerosas y entonces la ropa se la heredaban los hermanos. Así fue en mi casa. El final de una ropa generalmente era para los muñecos de mis hermanas. Sin embargo si recuerdo a las señoritas Cabrera, hermanas de Felicito Cabrera , que vestían muy elegantes y usaban en la época de frío, hermosos sobretodos de pieles muy finas”. “ ¿Manejaste tú propio carro?” “No, los carros estaban reservados para personas con mucho dinero. Quizá ya en 1940, dos de mis amigos se compraron carro, uno fue Valerio Letona y el otro Alfredo García. Con ambos tuve la oportunidad de pasear. Valerio me invitó, junto a Paco Ramírez y Javier Gálvez, a ir en su carro a Guatemala a ver una corrida de toros, con un famoso torero mejicano de nombre Silverio Pérez, él era muy conocido en Sololá, pues la marimba tocaba un paso doble que llevaba su nombre. En cuanto a Alfredo, era el carro de nuestras parrandas. En una ocasión fuimos con Adán Ralón, Jacinto Amézquita y Roque Ramírez a Panajachel y en la casa de Moisés Galindo


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nos tomamos unos tragos. Ya por ahí por las 12 de la noche dispusimos regresar a Sololá. En una de las cuestas tenía ganas de orinar y le dije a Alfredo que parara. Yo venía sentado en el asiento de adelante y atrás venían los otros tres amigos bien dormidos. Nos bajamos del carro con Alfredo y nos pusimos a orinar dándole la espalda al carro. Así terminamos de orinar y nos quedamos fumando y platicando. Cuando ya se nos ocurrió seguir nos dimos vuelta para regresar al carro, y la sorpresa fue que el carro ya no estaba; puedes imaginarte nuestro susto. Alfredo, más asustado que yo, pues era su carro, se imaginó que el carro se había deslizado y se había ido entre el barranco, así que en el medio de la oscuridad, Alfredo caminó hacia la orilla y efectivamente el carro se había ido entre el barranco, pero con tan buena suerte, que se quedó detenido en unos árboles grandes que estaban como a cuatro metros de la orilla. En ese momento pasó una camioneta de las que van a la costa vía Godinez y Alfredo se subió y se fue en busca de ayuda a Panajachel. Al rato regresó con un tractor y jalaron el carro. Cuando ya estaba de nuevo en la carretera todos se apresuraron a ver por los que estaban dentro, y la sorpresa fue que seguían bien dormidos, no se dieron cuenta de lo que había pasado. Así mija, yo no manejé ni tuve nunca un carro. Realmente de patojos lo único que aprendimos a manejar fue una carreta de bueyes y no te creas que es fácil, pues los toros hay veces que tiran cada uno por su lado y cuesta dominarlos, por eso era muy graciosa la justificación que un día dio Aparicio cuando nuestro padre le recriminó haber dejado ir la carreta en una zanja: “Es que mire padre, dijo Aparicio, esos bueyes son muy burros”. “ ¿A donde de lejos fuiste con tu mamá?” “Algunas veces fuimos a Chichicastenango a ver a su hermano y a sus sobrinos; uno de ellos, Tono, fue músico y director de la banda de música de Chichicastenango por muchos años. Pedro se fue a los Estados Unidos y Eulogia se convirtió en la esposa de un músico sololateco de nombre Cándido Mogollón. De ellos la historia de Pedro es bonita, realmente muy bonita. Resulta que él emigró a los Estados Unidos muy joven, después de andar de aprendiz de mecánico mucho tiempo aquí en el pueblo y viviendo con nosotros. Me contaba Pedro que un día regresaba de trabajar en una granja cerca de New York, cuando encontró en el camino a un señor con su carro descompuesto. Pedro se acercó y le preguntó si podía ayudarlo. El americano le explico lo que creía que tenía de malo su carro. Pedro se ofreció a arreglárselo y el americano se hizo a un lado para que Pedro trabajara. Efectivamente, al rato el carro ya estaba funcionando bien. El americano se ofreció a llevarlo a la ciudad y Pedro se subió al carro y se fueron. En el camino el americano le preguntó si le gustaría convertirse en su chofer y darle mantenimiento al carro. Además de un sueldo le ofreció un apartamentito en la misma área donde tenía su casa el americano. Pedro aceptó y ese mismo día pasó recogiendo sus cosas al cuarto que rentaba y se mudó al apartamento que el americano le dio. Resultó que el americano era un pastor evangélico que viajaba mucho y así fue como Pedro siendo chofer del pastor, viajó por muchos países de la América y Europa. En la misma casa trabajaba en la cocina una mujer cubana y se enamoraron con Pedro y se casaron. Entonces siguieron viviendo en el apartamento que el americano le había dado. Así pasaron los años hasta que el americano murió y le dejó a Pedro y a su esposa, la


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cubana, la herencia de un edificio de cinco apartamentos en New York. Este hogar se traslado a vivir ahí y a cuidar los otros cuatro apartamentos. Hace muchos años que no se más de Pedro, pero según me contaba tu papá, cuando con tu mamá, estando Abelito tu hermano muy chiquito, decidieron emigrar a los Estados Unidos, pero dentro de los papeles que necesitaban llenar, les exigían un Afidavit o carta de responsabilidad de un ciudadano americano. En esos días vino Pedro y estando de visita aquí en la casa lo conoció tu papá y le contó que querían emigrar a los Estados Unidos pero que les exigían ese Afidavit. Pedro inmediatamente le dijo que él le daba ese documento y pocos días después fueron al Consulado americano y se hizo ese Afidavit. Poco tiempo después les dieron los documentos de residencia y tu papá le contó a Pedro que todo había salido bien. Entonces Pedro, que no habían tenido hijos con su esposa, le sugirió a tu papá que emigraran a New York y que podrían ir a vivir al mismo apartamento con ellos. Pero tus papás se disculparon pues habían planeado ir a vivir a San Francisco California, donde vivía una tía de tu mamá y así fue como ellos estaban viviendo en San Francisco, cuando tu mamá resultó embarazada de ti y se vinieron para que tu nacieras en tu patria. Años después Pedro y su esposa murieron sin herederos”. “Que bonita historia, abuelo”. “ ¿Con tu padre cuánto de lejos fuiste?” “Cuando enfermé por primera vez, mi padre me llevó “por cordillera” como se decía, a Guatemala. Le pusieron una silla en la espalda a uno de los mozos de mi padre y así me llevaron al hospital. Por supuesto que iban varios cargadores para irse turnando y el recorrido se hizo como en ocho días. Esa fue la primera vez que fui a la Capital. No creo que haya conocido algo, pues recuerdo que recorrimos el viejo camino que de Mixco iba a la capital. Mi padre decidió que hiciéramos el último descanso en Las Majadas, que era un lugar de muchos comedores y donde las caravanas se detenían para prepararse a su ingreso a la Capital. Así que allí almorzamos y en la tarde seguimos el recorrido para llegar como dos horas después al Hospital General. Diez días después volvimos a hacer el mismo recorrido de regreso a Sololá, sin haber encontrado ninguna solución a mis terribles dolores en las piernas”. “Bien abuelo, hemos hecho una larga jornada pero espero que la hayas disfrutado tanto como yo. Así que quizá esta tarde puedas dedicarme otro tiempo para continuar. Gracias abuelo” “Gracias a ti mija y gracias a que siendo hoy martes el almuerzo es más tarde, pero es seguro que de un momento a otro nos llamará tu abuelita”. Casi terminando de hablar estaba el abuelito cuando nos llamaron para almorzar. Guardé mi cuaderno y me apresté a disfrutar los ricos platos improvisados por la abuelita en los días de mercado. Sabía que este sería un almuerzo especial. Ya les contaré esta tarde cuando venga el momento de reiniciar esta entrevista. Tal como les había dicho en la mañana, el almuerzo que la abuelita nos dio era el clásico almuerzo improvisado a su estilo, pero que en si representaba un verdadero banquete sololateco. Déjenme describírselo. Para principiar hoy no hubo caldo, o sea que el martes y el viernes se


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rompe la rutina del caldo, a cambio había un plato único que lo conformó con chorizos, longanizas, costilla adobada, moronga y chicharrones suavecitos. Alrededor había rábanos, nabo, pepino y limón en rodajas. En lugar de tamalitos este día eran tortillas y para completar, un rico chirmol de tomate con cebolla, ajo y hierba buena. De postre teníamos limas, duraznos y cerezas y de beber: limonada. “ ¿Que profesor influenció más tu vida?”. “Mi profesor de música, don Braulio Berducido. Así mismo, el segundo profesor de música que tuve: Don Agustín Ramírez”. “ ¿En tu juventud tuviste a alguna muchacha con quien hubieras querido salir, pero nunca sucedió?” “Sí, con Coco La Fuente. En cierta forma fue el “amor imposible” de mi juventud, pero sólo del muchacho de 17 años, sin embargo, déjame contarte que la primera letra de “Corazón de Obrero”, fue escrita para ella. No puedo negarte que me gustaban las mujeres y que flirteaba bastante. En Patzún conocí a una hermosa mujer que te voy a identificar únicamente como M.O.M. Era verdaderamente muy bella y teníamos en común nuestra sensibilidad por la naturaleza, por la música y por la literatura, pero ella pertenecía a una familia muy acomodada y yo no tenía condiciones para ofrecerle la vida a la que ella estaba acostumbrada. Los tres años de mi estancia en Patzún vivimos un noviazgo secreto y yo me enamoré mucho de ella. Un día yo decidí regresar a Sololá y desde entonces por mucho tiempo nos escribimos. Sinceramente nunca la olvidé y creo que ella tampoco. Sus cartas las guardé por muchos años, hasta el día que tu papá las encontró y me preguntó por ellas y entonces le sugerí que las leyera y después las quemara, y así fue”. “ ¿Qué quisiste tú ser cuando finalizaste tu escuela?”. “Yo siempre tuve muchas ilusiones y muchos planes pero quizá el que más estaba en mi mente era viajar y conocer muchos lugares de los que había leído y entre ellos: México, Los Estados Unidos, La Argentina, España y Tierra Santa. Tenía un primo lejano que siempre me platicaba sobre la idea de viajar. Cuando teníamos 17 años y yo ya no tenía ninguna esperanza de volver a caminar sin muletas, el decidió irse y se que se embarcó en el puerto de Veracruz y se fue. Era un hombre muy bien parecido y grandote. No sé si la historia que de él me contaron un día sea verdadera, pero me dijeron que viajando llegó a España y en Barcelona conoció a una condesa y se enamoraron, pero ella era casada y el conde los descubrió y lo retó a un duelo y mi primo murió. Lo cierto es que no volví a saber nada de él. Es obvio por qué no te menciono su nombre. Así, al final, la vida se encargó de ir moldeando todo. Siempre se presentaron situaciones imponderables que cambiaron el rumbo pensado, pero al final no puedo quejarme de nada, la vida ha sido buena conmigo, me ha dado muchas cosas que me han hecho muy feliz y esto es lo que siempre contó y sigue contando”. “Ya me dijiste que todos tus compañeros fueron tus amigos, pero ¿hay alguien que haya tenido una mayor influencia en ti, quizá no ya de tu escuela?”


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“Creo que sí, hay alguien con quien compartimos muchos planes de patojos. Su nombre es Chito Wyman, hijo de don Ernesto Wyman. Creo que si no se hubiese presentado la parálisis, habríamos corrido juntos muchas aventuras, porque ambos éramos patojos con muchas ideas aventureras. El padre de Chito era amigo de mi padre y por eso lo conocí y nos hicimos amigos. El vivía en Panajachel y nos veíamos seguido porque nuestros padres se visitaban. Por muchos años hablamos con Chito de irnos fuera de Guatemala, nuestra primer escala era México y de allí a seguir para el norte e ir a España y el resto de Europa. El era descendiente de alemanes, así que se imaginaba que al llegar a Alemania tendríamos muchas posibilidades. Pero cuando se presentó la parálisis con todo su rigor, tuve que desistir de mis planes con él. Sin embargo, Chito si realizó mucho de lo planeado. No hace mucho tiempo tuve el placer de su visita y entonces me contó que le había ido muy bien y me preguntó si yo había hecho fortuna. Yo le respondí que sí. El preguntó de nuevo: “ ¿Como cuánto has hecho?” Yo respondí “Noventa mil quetzales”. Chito dijo: “ ¿Y en que los tienes invertidos?”. Yo dije: “Aquí en la casa los tengo y ahora mismo voy a enseñártelos”, Chito dijo: “No, no te preocupes, te creo”, pero yo abrí la puerta y llamé por su nombre a los nueve hijos que en aquel entonces tenía y cuando ya estaban todos formaditos, le dije: “A diez mil quetzales cada uno, aquí tienes noventamil por todos”. Chito se rió y no dijo nada más”. “Ya que has hablado de nueve hijos en esta anécdota, ¿quisieras por favor decirme el nombre de todos tus hijos procreados con mis dos abuelas?”. “Déjame principiar contándote que un día alguien me preguntó por qué tenía tantos hijos y yo respondí: “Mi esposa es tan fértil que ni bien le digo buenas noches, ella ya está esperando un niño”. Este recuerdo es para prepararte a la larga lista de tíos y tías que tu has tenido. Principiemos en orden de nacimiento: “Anselmo Guillermo, que murió de pocos meses. Conchita, que casó con Tito Ramírez. Florita, que murió de 3 años. Abel, tu papá que casó con Albita, tu mamá. Julieta, que casó con Julio. Carlos Enrique, que casó con Eloísa y posteriormente con Lidia. Juan José, que casó con Tere. Anselmo Clemente, que murió de 2 años. Lolita, que casó con Carlos. Tony, que casó con Betulia. Angel, que sigue soltero. Victor, que murió a los 12 años. Fili, que casó con Estelita y que tu sabes, lo asesinó el Ejército en tiempos del criminal Lucas García. 12 en total”. “Ya siendo un joven adulto, ¿recuerdas otro amigo que haya influenciado tu vida?” “Sí, el Abogado y Notario Filiberto Escobar. El dio mucho contenido a mi vida en muchos órdenes. Espiritualmente él era un buen católico y me compartió sus maravillosos conocimientos cristianos. Intelectualmente fue mi gran maestro de leyes y como persona dejó en mi vida esa hermosa serenidad y paz que siempre le acompañó. Tu tío Filiberto Rafael, a quien siempre le dijimos “Fili”, llevaba ese nombre en honor a mi amigo abogado”.


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A SU REGRESO DE PATZÚN. Cuando pienso en la vida de mi abuelo regresando a los 22 años a Sololá, después de ya una jornada de tres años fuera del hogar de sus padres, viviendo de su propio trabajo y organizándose seguramente en la habitación de una casa o una pensión, viendo por su ropa, su comida y su salud, en total, atendiéndose con responsabilidad, creo que los jóvenes de hoy tendríamos que meditar sobre la vida tan especial de nuestros antepasados, porque hoy día nosotros los jóvenes llegamos a los veinticinco o treinta años, aún siendo dependientes de nuestros padres, si no en su totalidad, sí en un porcentaje apreciable. Nuestros antepasados tenían menos oportunidades en todo sentido de las que hoy los jóvenes tenemos y sin embargo, su capacidad de realizarse era encomiable. ¿En dónde estriba la causa de esta situación?, me atrevería a pensar que los jóvenes de hoy hemos recibido mucha cooperación y solidaridad, pero nuestros bisabuelos fueron subsidiarios, supieron hacer uso positivo de los elementos humanos que potencializan a la persona y una de ellas era su afán por enseñar al hijo a trabajar y es que trabajar es luchar y luchar es actualizarse, renovarse e impulsarse. Lo cierto es que nuestros pedagogos tienen ante si la oportunidad de establecer las bases de una educación que ajuste al hombre en su formación, con todos los inmensos recursos de la civilización del siglo XXI. Así fue como en el año 1923 mi abuelo estaba regresando de Patzún y es a partir de ese momento, cuando el joven Abel Vicente Sánchez Sumoza, nos contará de su vida y el entorno social, político y humano que vivía la Guatemala de aquel entonces y particularmente, el Sololá de aquel entonces. Parece que este es un día miércoles del mes de Junio que entra en los dominios de San Isidro Labrador, quien según lo describe el dicho popular en Sololá, es “el santo que pone el agua y quita el sol”. Efectivamente, la mañana ha nacido nublada, fría y húmeda. Es el clásico día que todos quisiéramos quedarnos en la cama, pero no la abuelita ni el abuelo, así que son las siete de la mañana, cuando oigo el tarareo simpático de mi abuelo. El cantaba canciones especialmente de Guti Cárdenas o uno que otro “bambuco” colombiano y si no, sencillamente estaba improvisando con esa capacidad innata de compositor. Sin embargo, aquella mañana más me pareció que tenía fines de reloj despertador su tarareo. Abrí los ojos para chequear si la abuelita estaba en su cama y entonces me di cuenta que la cama estaba ya tendida, así que tomando serenidad y fuerzas de nuevo pregunté al abuelo: “ ¿Te visto, abuelito?”. Su respuesta fue la misma del día anterior y todo se desarrolló también como el día anterior. Así que ya vestido él me vestí yo y fui a la cocina para decir buenos días a la abuelita, pero me cuidé de decirle que ya el abuelito estaba vestido. Ella sabía que esa sería mi tarea por todos los días que estuviera con ellos en Sololá. “Mija, llévale el pichel de agua caliente a tu abuelito y fíjate si está el jabón y la palangana en su lugar”.


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Yo tomé el pichel y me dirigí a una parte del corredor donde estaba un lavamanos de madera. El pichel se ponía en la tabla de abajo y la palangana en la tabla de arriba, el jabón estaba en una esquina y la toalla colgada de un clavo en la pared. Esa era y fue la instalación de limpieza diaria de mis abuelos, hasta el final de sus días. El baño era un rito distinto que en su momento contaré. “Abuelo, grité, ya está listo tu “lavamanos”. Se oyeron las muletas de mi abuelo golpear con vigor el piso de barro caminando hacia el “lavamanos”. Un rato después estaba ya lavándose. Para hacerlo se arremangaba la camisa y el sueter, y dejaba al descubierto dos muy robustos brazos blancos con bastantes bellos. Seguramente mi abuelo tenía mucho del españolismo de su papá, aunque los “colochos” eran una herencia de la bisabuelita Dolores. Yo regresé de nuevo a la cocina y ya la abuelita tenía el desayuno preparado para llevarlo al comedor. Este día íbamos a desayunar huevos estrellados hechos en una muy vieja huevera de principios de siglo. Déjeme contarle que era de peltre azul por fuera y blanco por dentro. Era del estilo de una sartén pero con diez cavidades del tamaño de un huevo. Para cocinar en ella solo se ponía un poquito de “manteca” en cada cavidad y se colocaba encima del comal. Cuando ya estaba hirviendo “la manteca”, entonces se estrellaban con prontitud los huevos y ya solo se esperaba que se cocieran y en la misma huevera se llevaban a la mesa. Para sacarlos era muy fácil, sólo se agarraban usando dos cucharas de sopa y se ponían en el plato; tenían como la forma de un cubilete y se adornaban con “chirmol” de tomate o miltomate y si uno quería agregaba un poquito de crema sobre el “chirmol”. Realmente eran muy peculiares y diferentes a los huevos estrellados que hoy día comemos. Claro que siendo un día ordinario, teníamos tamalitos o rodajas cortadas de un “sacóm”, que es un tamal grande que se rodajea. Además, frijoles parados ya un poco secos, café, leche y pan dulce. El abuelito este día no tiene alumnos de mecanografía y tampoco hay sol para salir a tomarlo frente a la casa, así que nos quedamos en el comedor conversando y yo ni tarda ni perezosa corrí por mi libro para principiar tempranamente la entrevista. Él sonríe, saca un cigarro payaso ( que fue básicamente el que fumó por muchos años de su vida) y dice: “Bien, te veo ya lista, así que cuando quieras principiamos”. “Gracias, abuelo”. “Ayer me contaste de la señorita de quien te enamoraste en Patzún y realmente quisiera preguntarte al respecto”. Mi abuelo bajó la cabeza y se entristeció un poquitín su semblante. No sé que sucede interiormente cuando se regresa después de muchos años a un recuerdo como ese, pero me imagino que se dan muchos sentimientos y pensamientos encontrados. En cierta forma me gustó ver a mi abuelo con una manifestación muy sencilla y muy corriente del ser humano: inclinarse frente al recuerdo. A estas alturas mi abuelo es una persona ya grande y con una conducta acorde a su edad, pero este recuerdo de su juventud lo ha hecho ser de nuevo aquel joven adolescente,


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que frente a un amor que se frustraba por las circunstancias, hubo de sufrir, así como los jóvenes sabemos que se sufre cuando se frustra un amor tempranero. “Abuelo, sé que la amaste y ella te amó. Sé que las circunstancias económicas y sociales hacían difícil aquel amor. Sé que la familia no aceptaba más relación que la de buenos amigos, pero, ¿Por qué te viniste y renunciaste a ella?”. “Mija, yo también muchas veces después me lo pregunté y siempre me respondía que lo había hecho por ella, pero creo que no fue así, lo hice por mi, porque sufría mucho al no poder encontrarle futuro a nuestra relación. Yo la quería para mi y no pensaba si la iba a hacer feliz, sino solo pensaba en lo feliz que ella me haría y me quise jugar un albur que hiciera crisis. El problema es que habían pasado casi tres años de ser novios y el futuro era incierto; eso no era normal en aquel entonces. Claro que por aquellos años, nuestra cultura no avalaba relaciones con diferencias sociales y económicas, pero, no creas que en el fondo yo las aceptaba, no, yo me rebelaba internamente contra esa cultura que me privaba de tener a mi lado a la mujer que amaba, pero lo cierto es que nada podía hacer por cambiarla. Hoy es diferente, aunque no sé cuanto de diferente, pero quizá no tan rígida como en aquel entonces. Por eso pienso que ella no habría sido feliz si hubiésemos violentado nuestra unión, porque el precio de estar conmigo habría sido vivir lejos del afecto de su familia, pues ellos no habrían aceptado su unión conyugal conmigo y para una mujer, en aquel entonces, su familia era su ámbito natural”. “Pero abuelo, ¿si se amaban no era noble pagar el precio que ella tendría que pagar en la relación con su familia?”. “En aquel entonces era un precio muy alto y ambos lo entendíamos. Yo en el fondo de mi corazón lo entendía”. “Pero, ¿no crees que te diste por vencido muy rápido?”. “Posiblemente, pero yo no tenía toda esa claridad que tu tienes o tienen lo jóvenes de hoy, y es que en aquel entonces, todo era tan estático que no pasaba por nuestra mente que algo pudiera cambiar. De ahí que la mente del que había nacido pobre funcionaba con la aceptación de que sería siempre pobre. Había inclusive como mensaje espiritual un llamado a aceptar la pobreza con alegría y conformidad. Yo estaba educado en ese medio. Se nos decía que debíamos aceptar nuestros problemas con alegría y conformidad. El concepto de lucha que nos enseñaban no llegaba al terreno de lo social. Sabes, yo sé que la Revolución de Octubre del 44 cometió muchos errores, pero los cambios que se produjeron en el país cambió también la mentalidad de la gente. Los desposeídos se dieron cuenta que no estaban predestinados a ser desposeídos, sino que la sociedad podía ser diferente y ellos podían aspirar a una vida mejor. Esto fue muy valioso de la Revolución de Octubre y por eso la mentalidad de ustedes los jóvenes de hoy es diferente”. “Bien abuelo, pero ¿cómo trascendió en tu vida aquella frustración?”. “No trascendió, mija, porque a lo largo de mis ochenta años de vida nunca he encontrado a alguien que le guste ser infeliz. Quizá has oído un dicho que dice: “No hay enfermedad que dure cien años, ni enfermo que la aguante”. Ser infeliz es una enfermedad que nadie la soporta


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mucho tiempo. Yo no quise ser infeliz y por eso mismo me abrí a la vida y pude construir mi propia felicidad, porque no es cierto que sólo haya una mujer para un hombre o un hombre para una mujer. El corazón del humano es muy hermoso y eso lo lleva a enamorarse no una vez, sino más de una vez”. “Sin embargo, dices que se escribieron por mucho tiempo”. “Sí, efectivamente, nos escribimos por más años de lo que tu imaginas, pero nuestras cartas fueron convirtiéndose poco a poco en cartas de dos buenos amigos que tenían mucho en común, inclusive el de amarse. La distancia hizo su efecto, pues el amor que nos profesábamos se convirtió en un amor espiritual. Con esto no quiero decirte que fuera un amor platónico. Nada tenía que ver. Sencillamente fue un amor que creció, nos dio la oportunidad de donarnos como amigos pero dejó de requerir el contacto físico para seguir siendo amor. Creo que ambos nos amamos mucho más a partir de ese entonces, pues cuando amas a una persona tienes la llave precisa para llegar a conocerla y cuanto más la conoces más la amas. Esto nos hizo mucho bien a ambos como personas y no dudo en pensar que el amor que ella le dio al padre de su hija, tuvo la misma profundidad y altura que el amor que yo le di a tus dos abuelas”. “Abuelo, es una bella historia de amor, pero me quedo aún con algunas interrogantes”. “Creo que deberías dejar abierto este capítulo para el momento en que puedas hilar los acontecimientos de mi regreso y el momento en que mi corazón volvió a comprometerse”. “Si abuelo, lo haremos así. Vamos entonces a otras preguntas”. “¿Perteneciste o fuiste miembro de algún club?” “En mi infancia no, pero como a los 23 años sí. Antes de formarse en Sololá el Partido Liberal, funcionó un club que se llamaba El Club Liberal y muchos sololatecos pertenecimos a él. Había algunos juegos como damas chinas, francesas, naipe, pero básicamente era un lugar para conversar de política. Esto era nuevo para mi y me interesó. Este club surgió después de la caída de Estrada Cabrera, que propiciaron Los Unionistas y debe reconocerse que fue el gobierno de don Carlos Herrera (1920-1921) quien estableció formas de convivencia democrática que abrieron el camino para el aparecimiento de organizaciones socio-políticas como este club. Hay que tomar en cuenta que a lo largo de los gobiernos personalistas de Manuel Lisandro Barillas, José María Reina Barrios y Manuel Estrada Cabrera, se había producido una degradación de los fundamentos que hicieron posible la Reforma Liberal de 1871. De ahí que con don Carlos Herrera se volvió ideológicamente a la Constitución de 1879 y se rejuveneció el ideal liberal de mayor autonomía municipal y social en la Constitución de 1921. Sin embargo, tanto el movimiento unionista, como los liberales y conservadores, tenían gente que había sido protagonista en todos los gobiernos anteriores, por eso se entiende que hubiera una gran confusión sumada a la pobre cultura política de nuestro pueblo. Esto abrió el camino para un ciclo de gobiernos militares que principió con don José María Orellana en 1921, pero en 1925 falleció, aparentemente por un ataque cardiaco y le sucedió Don Lázaro Chacón, él convocó a elecciones pero fue a la vez candidato postulado por el Partido Liberal y ganó la presidencia


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iniciando su periodo en 1926, mismo que no pudo concluir pues sufrió un derrame cerebral, aunque se dijo también como rumor, que había sido envenenado. Esto llevó circunstancialmente por breve tiempo a don Baudilio Palma a la presidencia como Segundo Designado, sin embargo se produjo un levantamiento comandado por el General Manuel Orellana, que tampoco pudo sostenerse y tuvo que renunciar siendo sustituido por el Lic. José María Reina Andrade en 1931. Tu puedes ver por los apellidos, que eran los mismos familiares de militares que ya había estado en el poder. Este gobierno de Reina Andrade convocó a elecciones y las ganó don Jorge Ubico en 1931, postulado por un partido que entonces se llamaría Partido Liberal Progresista y que era la coalición del Partido Progresista, que lo había postulado en las elecciones de 1925-26 y el viejo Partido Liberal. Ubico se reeligió dos veces y a los 14 años de gobierno dictatorial y tremendamente represivo, de corte Nazi-Fascista, se le pidió la renuncia en un momento de caos y frente a los nuevos aires libertarios que se dieron como consecuencia de la ya vencedora alianza mundial contra el Nazi-Fascismo, Ubico renunció, pero nombró un triunvirato con generales leales a él y del que se auto nombró Jefe de Gobierno el general Federico Ponce Vaides, quien fue derrocado cruentamente en el levantamiento del 20 de Octubre de 1944. Así que prácticamente formando parte del Club Liberal, resulté siendo partidario de los gobiernos liberales, hasta el final del primer periodo de Ubico en 1936. A partir de entonces empecé a tener una mejor conciencia política. Fueron años muy confusos pues no podíamos ver otras alternativas. Mas tarde diría don Clemente Marroquín Rojas, los generales no fueron ni liberales, unionistas o conservadores, ellos fueron militares”. “¿Que comentario te merece ese tiempo?” “Bueno, la caída de Manuel Estrada Cabrera fue algo que celebramos todos, excepto quienes disfrutaron de privilegios en ese gobierno. Pero era un muy mal gobierno y el país estaba profundamente atrasado y empobrecido; por el otro lado no se necesita saber de política para condenar a un régimen que no permitía el ejercicio de la libertad. En el caso mío, yo no podría haber sido alguien no necesitado de ejercer su libertad, es algo que ha venido siempre conmigo. Me gusta la libertad y creo que ese es un bien humano que está implícito en la vida intelectual y emocional de todo hombre. Afortunadamente para mí en ese entonces era un adolescente que no se interesaba en la política, más, si tomamos en cuenta que fue cuando hizo crisis mi enfermedad. Sin embargo, cuando fue destituido Estrada Cabrera tenía yo ya 19 años y prácticamente había llegado a una conclusión en cuanto a mi parálisis. Fue la edad en que me fui a Patzún y allí se diluyeron los acontecimientos que siguieron al derrocamiento de Estrada Cabrera. Fue a mi regreso a Sololá cuando ya siendo miembro del “Club Liberal” tuve la oportunidad de oír a intelectuales comprometidos con una nueva idea política. En cierta forma fueron años en que hubo una gran efervescencia intelectual y la palabra clave era “libertad”. Fue el tiempo en que por primera vez se habló mucho en público de los ideales del Presidente Lincoln y yo me interesé en leer mucho de él y llegue a identificarme con su pensamiento, eso propició que años después propusiera que el Instituto de Sololá llevara su nombre y así sucedió. Así que la caída de Estrada Cabrera nos conmocionó a muchos jóvenes de la época y unos se


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convirtieron en Unionistas y otros nos convertimos en Liberales, sin embargo, no entendíamos nada de política, éramos nada más gente que en cierta forma se estaba rebelando contra el atraso y las injusticias que se cometían. En comparación con el régimen de Estrada Cabrera, los gobiernos militares que le sucedieron fueron más dinámicos, pero, yo personalmente sufrí la gran desilusión de mi vida política. Resulta que yo había apoyado la candidatura de Jorge Ubico y había sido uno de sus propagandistas. Realmente el primer periodo de Ubico fue fértil y para Sololá tuvo especial importancia, por cuanto Ubico liberó a los mozos que trabajaban en la costa de sus deudas hereditarias. Los indígenas liberados pudieron regresar a sus lugares de origen después de muchos años de estar prácticamente secuestrados y esclavizados por los finqueros. Esa acción de Ubico provocó el rechazo de muchos ricos de la capital pero mucha alegría a los habitantes de los pueblos pobres. Sin embargo, el régimen de Ubico al terminar su primer periodo, no solo violó su propia promesa de no reelegirse, sino que ya en el segundo periodo se hizo dictatorial y comenzó a hacer muchas cosas injustas y a perseguir a sus opositores. Así fue como un artesano capturado para hacerlo callar, murió de hambre en la cárcel de aquí. Yo, pensando que Ubico no sabía de todas estas injusticias, logré entrar a la cárcel, tomé una fotografía del estado inhumano en que había muerto aquel preso y se la envié a Ubico, denunciando el caso. No habían pasado dos o tres días cuando con un lujo terrible de fuerza llegaron unos siete “orejas”, así se les llamaba a los policías judiciales y se me capturó, y con toda la desconsideración de mi impedimento, se me llevó a unas bartolinas a la Capital que quedaban en la once avenida y quinta calle de la zona 1 y que se denominaban “Las Cuatrocientas”. Eran de un metro por lado y uno sólo podía estar parado o sentado, nunca acostado. En el caso mío fue más duro por cuanto en muchos días, casi un mes, estuve sólo parado, hasta que un guardia se compadeció de mi y me consiguió una silla para poderme sentar. Así que todos dormíamos sentados. A diario amanecía alguna bartolina vacía, pues al preso se le había aplicado la “ley fuga”, una forma ilegal de fusilamiento que se justificaba con el parte policíaco de que el “preso había intentado fugarse cuando era trasladado y hubo que dispararle". La realidad era que tomaban al preso, lo sacaban por una carretera y lo motivaban a huir y cuando este salía corriendo le disparaban por la espalda. Respecto a las bartolinas, como estas eran individuales no tenían pared sino sólo barrotes de hierro, entonces nos sufríamos el sol y la lluvia. Finalmente, la intervención de algunos amigos permitió que a los cuatro meses me dieran libre y así regresé a Sololá, completamente escarmentado y desilusionado. Por eso, cuando cayó Ubico y posteriormente su seguidor: Federico Ponce Vaides, me salí a la calle y rodeado de mis hijos que eran chiquititos, fuimos a festejar con el pueblo el final de un régimen de oprobio que duró catorce años. Creo que en ese momento el pueblo de Guatemala empezó a tener conciencia de su vida política, aunque la historia posterior ha sido muy dolorosa y difícil”. “¿Que hiciste en lo económico cuando volviste de Patzún?”. “Lo primero que hice fue instalar mi barbería y me renté un localito que estaba en la avenida de salida para Los Encuentros y quedaba como a dos cuadras del parque en lo que después fue casa de Valerio Letona, casi enfrente de Guillermo Noriega. Posteriormente me


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amplié y puse un tipo de restaurante y coloqué un sistema de sonido con audífonos que gustó mucho. Consistía en una sinfonola de donde salían 10 cables tipo tubo que terminaban en un audífono cada uno. Se ponía un disco en la sinfonola y 10 parroquianos podían escuchar simultáneamente la canción y se cobraba un peso a cada uno. El negocio creció y era bueno así que gané un poco de dinero”. “ ¿En tus vivencias artísticas que hiciste?”. “Don Braulio Berducido me había enseñado ya un poco de notas y me dio unas clases de marimba, especialmente sobre como mover y golpear la baqueta contra la tecla. Yo tenía una pequeña marimbita en mi barbería y en todos los ratos desocupados me ponía a practicar. Así fue como llegue a dominar bien esa técnica y pude integrarme a una marimba donde tocaba Adán Ralón, Lolo Mogollón, Jacinto Amézquita, Víctor de León, un señor de apellido Mejicanos cuyo nombre ya no recuerdo y otros más. Fue justamente en esta marimba donde estrené mi vals “Corazón de Obrero”. Por ese tiempo también me interesé por la Flauta y le compré a un mejicano que pasó por aquí, una flauta de madera, negra, con un sonido muy bonito. El mejicano me dejó un método y ahí me puse a estudiar y la llegué a tocar. En cuanto a la guitarra, podría decirte que la guitarra era propia de los barberos. Yo no recuerdo haber conocido a barbero alguno que no tocara la guitarra. Yo la había aprendido a tocar desde los 17 años más o menos, así que a esas alturas, 23 años, ya la había aprendido a tocar con mucho sentimiento”. “ ¿Seguías siendo un buen lector?” “Sí, pero habían habido cambios en mi predilección. Fue una época en que comencé a leer sobre espiritismo y manifestaciones parapsicológicas. Esto me llevó también a leer un poco de Filosofía y de Jesucristo, pero en la concepción de los Rosacruces. Me interesé por la Masonería, que en aquel entonces tenía entres los Unionistas, muchos adeptos y por supuesto novelas de amor. Sin lugar a dudas había principiado en mí, la época de la búsqueda personal. Tenía tantas controversias internas que buscaba el medio de poder conseguir equilibrio. Mi propio problema emocional me había llevado a buscar hacer dinero a la par de querer tener una buena cultura y poder aspirar a relaciones sociales distintas. Sin embargo, me sentía vacío y era, lo que no quería ser. Realmente me gustaba disfrutar de la amistad de mis viejos amigos, de mi relación con las personas que habían tenido relación con mis padres y mi familia, de mi que hacer como obrero y campesino. Fue un tiempo crítico pero productivo: compuse canciones y una de ella se volvió para mi muy importante y es que manifestaba lo que en el fondo de mi alma yo verdaderamente era, se llama “Lamento Campesino” y su letra es un canto de recuerdo cariñoso a aquellos años de disfrutar todas las bondades de la naturaleza. No fue fácil superar aquella crisis pues tenía muchos sentimientos encontrados y en el interludio aprendí a fumar, a beber, a buscar hacer dinero y a jugar billar. Sin embargo, las mismas cartas de mi amiga y algo imponderable que apareció en mi vida, dio oportunidad a la rectificación. Resulta que un día mi padre necesitaba enviarle un mensaje al sobrino de mi madre que vivía en Chichicastenango y me pidió que fuera. Tomé la camioneta que me llevaba a los Encuentros para poder transbordar a la que de los Encuentro iba a Chichicastenango pero, al bajarme en los Encuentros, vi a una


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jovencita hija de un viejo amigo de mi padre y a quien había conocido en Sololá cuando éramos niños. Inmediatamente fui a saludarla y a saber de su vida, resulta que su madre, doña María Rodas había muerto y el padre, don Clemente Castillo se había unido a doña Emilia Cordero con quien procreó un hijo que se llama Clemente. Don Clemente murió y se produjo una pequeña diáspora en la familia. Efraín se fue a Quetzaltenango, Clemencia se fue a Santo Tomás la Unión con una su tía, Clemente estaba interno en San Marcos y doña Emilia y Esperanza, su hijastra, vivían en los Encuentros, donde doña Emilia trabajaba de maestra. Esperanza ese día a pedido mío me llevó a saludar a su madrastra y verdaderamente sentí una gran pena de ver lo humildemente que vivían. Realmente don Clemente, el amigo de mi padre, había sido un alto empleado en el gobierno de Estrada Cabrera y su casa de habitación en Sololá era una casa grande y muy bonita y allí habían crecido sus hijos. Pero a su muerte no les dejó más que la casa de Sololá. Además de los hijos que he citado, tuvo con otras tres respetables señoras a Francisco, a María y a Clarita. Se decía que en Panajachel también había dejado un hijo con una mujer indígena que se llama Juan Castillo. Yo nunca lo conocí. Lo cierto es que estuve aquella mañana un rato con doña Emilia y Esperanza y me fui a cumplir con el mandado de mi padre a Chichicastenango, sin embargo, a partir de entonces comencé a visitar a Esperanza cada fin de semana y poco a poco, fui enamorándome de ella, hasta que un día le confesé mi amor. Ella también había llegado a amarme, así que con el beneplácito de doña Emilia me uní a Esperanza y la llevé a mi casa. Mi madre ya había muerto pero mi padre cuando se enteró de nuestra unión, se alegró y la quiso mucho. Esperanza era una maravillosa persona. Por ese entonces mi negocio estaba muy próspero, pero en mis ansias de ganar dinero había incorporado licor a mis ventas, y se vendía mucho. A ese negocio fue Esperanza a ayudarme y esa fue la quiebra. Resulta que los parroquianos eran todas personas que ella conocía y conocía a sus esposas e hijos, así que cuando en alguna ocasión alguien se tomaba más de unos dos tragos, ella le recriminaba señalándole el daño que se hacía y el dinero que no le daría a su esposa y a sus hijos. Inclusive se ofrecía a guardarle el dinero para que no siguiera bebiendo, y entregárselo al día siguiente a él o a su esposa. Con semejante situación los clientes se fueron ahuyentado y el negocio quebró. Lo cerré y pusimos una pensión que se llamó “Pensión Olimpia”, era el otro nombre de Esperanza y ella lo atendía muy eficientemente y el negocio fue muy bonito. Yo entre tanto seguí atendiendo mi barbería y la horma de sombreros. Por aparte seguía tocando en la marimba y dando serenatas con mi guitarra y mi voz, por las que me pagaban los interesados, pero los traguitos seguían a la orden del día, así que un día, Esperanza reaccionó, me quitó la guitarra y dijo: “Esta guitarra la voy a guardar para cuando tengamos un hijo, pero ya no la podrás sacar de la casa, sino solo la podrás tocar aquí”. Yo acepté, aunque era una muy drástica medida. Consecuentemente nada cambió, pues siempre conseguía quien me prestara una guitarra para seguir serenateando. Al que ama la música no se le puede quitar su instrumento y por eso no dio resultado su decisión y así pasaron los años. A todo esto había llegado 1930 y la campaña política de Ubico principió y yo me incorporé a esa campaña. Nuestra situación económica no era mala y mi desarrollo


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intelectual había mejorado. Emocionalmente había desaparecido mi desequilibrio y las cosas marchaban bastante bien”. “¿Te habías casado o solo unido con mi abuela?. Realmente no te oí contar que te habías casado con ella”. “No, solo nos unimos y nos casamos hasta después de que nació tu padre, en 1934”. “ ¿Y a todo esto que había pasado con la señorita de Patzún?, ¿La habías olvidado?”. “No, seguíamos escribiéndonos pero como dos buenos amigos”. “¿Le contaste a la abuelita, de esta señorita?” “Sí, cuando éramos solamente amigos, y es que fuimos amigos mucho tiempo. Ella fue mi confidente e inclusive mi consejera, y es que tenía una gran nobleza para ver los problemas humanos”. “Pero, ¿que sucedió cuando te uniste a ella?, ¿Seguiste escribiéndole a la señorita de Patzún?. “Sí”. “ ¿Lo sabía mi abuelita?” “No” “ ¿Quiere decir que se lo ocultaste?” “Sí, no había ninguna alternativa en la que yo pudiera desentenderme de la vida de mi amiga. No era sencillo pensar que yo había superado mi problema emocional y que eso era todo. Ella había sufrido igual que yo y había vivido una crisis igual que yo. Mi esperanza era que ella también encontrara el rumbo de su vida, pero entre tanto, no quería ni debía privarla de mi amistad, sobre todo porque ambos estábamos conscientes de que nuestra amistad era una verdadera y desinteresada amistad”. “ ¿Te preguntó alguna vez mi abuelita si aún le escribías?” “No, nunca tuvo ninguna expresión de preocupación al respecto. Ella tenía una ilimitada confianza en mi”. “ En el transcurso del cercano tiempo, ¿siguió ella soltera? “Sí, siguió soltera y aún no amaba a nadie”. “ ¿Le contaste que te habías unido a mi abuela?” “Sí, y me puso una carta muy bella en la que expresaba su alegría y me deseaba que fuera muy feliz”. “ ¿Le creíste, abuelo?”. “Sí, ella y Esperanza se parecían mucho en su nobleza”. “ ¿Por cuánto tiempo más le escribiste?” “Nos escribimos hasta 1934 cuando ella me contó que se iba a casar. Igualmente mi respuesta salida de lo más puro de mi corazón fue para felicitarla y desearle que fuera muy feliz”. “ ¿Te molestó que se casara y por eso le dejaste de escribir?” “No mija, fue porque era lo más prudente. Verdaderamente me alegré que su vida fuera tan íntegra como era ya entonces la mía al lado de Esperanza”.


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“Sin embargo, en 1934 te casaste con mi abuela. ¿Fue antes o después de que ella te contara que se iba a casar?”. “Fue después de que ella me contó, pero porque así lo habíamos programado con Esperanza. Tu papá nació en Noviembre de 1933 y después del nacimiento yo le pedí que nos casáramos y a ella le pareció muy propicio hacerlo el mismo día de mi cumpleaños, el 5 de Abril de 1934” “No sé, pero me gustaría saber por qué no te casaste con mi abuela desde el inicio”. “No sabría decirte. Lo único que sé es que cuando le propuse que nos uniéramos yo la amaba mucho y sabía que sería mi esposa por toda mi vida. Yo nunca habría desunido lo que Dios unió. Porque Dios nos unió, estoy totalmente seguro. Ella fue esa gracia que yo no podía ponderar y llegó a mi vida en el momento justo”. “Abuelo, Dios te la dio y Dios también te la quitó”. “No mija, así nunca lo creí. El me la dio y una enfermedad que no pudimos controlar, me la quitó. Así de sencillo. Pero, ¿quieres saber algo más?: Mi amiga de Patzún también perdió a su esposo en 1939 y le dejó una niña muy linda. Dios se lo dio y el cáncer que no pudieron controlar se lo quitó. Así de sencillo”. “Abuelo, sé que enviudaste en 1937 y ella en 1939. ¿Pensaste en ella cuando enviudaste?”. “No mija, no pensé en ella, al extremo que no se me ocurrió contarle y ella no lo supo”. “ ¿Puedes contarme por qué murió mi abuela Esperanza?” “Murió al dar a luz a nuestro hijo Anselmo Clemente, quien falleció dos años después con una infección intestinal imparable. Sobre esto quisiera contarte algo que le hace honor a tu abuelita. Cuando tenía ya cinco meses de embarazo, ella manifestó graves problemas en su corazón. El médico se preocupó y sugirió un aborto. Tu abuelita no aceptó y siguió firme con su embarazo. Sin embargo, su situación era cada vez más difícil. Había mañanas que para superar sus problemas cardiacos se levantaba y se bañaba a “guacalazos” con el agua fría de la pila. El médico le había dicho que esta era una alternativa para activar su corazón. Pero, a estas alturas ella si presintió que iba a morir y una noche me pidió que si moría, llamara a Clemencia, su hermana, para que cuidara a nuestros hijos. Lo que yo no sabía era que igualmente le había escrito a Clemencia suplicándole que no permitiera que alguien que no fuera ella, cuidara a los chiquitos. Pocos días después dio a luz a nuestro hijo y ella murió. No puedo describirte lo doloroso que es para un hombre que muera su esposa, especialmente en la flor de su vida y dejando a niños chiquitos como los nuestros” “ ¿Qué sucedió luego que ella murió?” “Cuando ella murió vinieron todos sus hermanos. Era la segunda de ellos que moría. Aurora, la mayor, murió muy jovencita. Eso me dio la oportunidad de conversar con Clemencia y le conté lo que Esperanza me había pedido pocos días antes de morir. Clemencia también me contó que a ella le había escrito y en la carta le pedía lo mismo que me había pedido a mi. Sin embargo, no era posible tomar ninguna decisión al respecto y convenimos en mantener una


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buena comunicación. Pasaron los nueve días acostumbrados en que toda la familia estuvo a mi lado, pero después cada uno fue regresando a su lugar de trabajo. Clemencia en ese entonces estaba viviendo en Quetzaltenango en el hogar de su hermano Efraín. Fueron los últimos en irse pero entonces se me vinieron los tiempos difíciles. Recurrí a alguna ayuda de varias buenas personas que se condolían de mi problema, pero la situación era muy dura. Conseguí que la persona que me rentaba el local comercial me rentara un espacio para vivir y entonces ya los pude tener más a la vista. Me los llevaba al negocio por ratos, pero poco podía atenderlos y cuando sentía se me habían dormido sentados en una gradita. A los tres meses los niños estaban enfermos, realmente necesitaba una ayuda urgente y una mañana le pedí a Lolita, mi hermana, que me los cuidara y me fui a Quetzaltenango para hablar con Clemencia. Conversamos junto a su hermano Efraín y ellos estuvieron de acuerdo que ella debía ir a cuidarlos. Aquel mismo día Clemencia se vino conmigo y a partir de entonces mis hijos comenzaron a ser cuidados como los habría cuidado Esperanza. Retomamos la vida y gracias a Dios, las cosas en todo sentido fueron mejores. Así transcurrió un año y cuando fuimos al cementerio para adornar la tumba de Esperanza, ambos le dijimos que habíamos cumplido su deseo. Ahí, sentados, frente a la tumba de Esperanza, yo le pedí a Clemencia que se uniera conmigo; yo me había enamorado de Clemencia y quería que fuera mi esposa. Realmente no me parecía nada fuera de sentido, pues Clemencia y Esperanza eran iguales, sus sentimientos y serenidad eran de una nobleza tal que no tenía nada de extraño, que en mi corazón, hubiera crecido por Clemencia un amor igual al que había sentido por Esperanza. Ambas fueron maravillosas mujeres y madres. Creo que a Clemencia le sucedió lo mismo que a mi, porque frente a la tumba de su hermana, ella me aceptó limpiamente y aceptó ser mi esposa desde aquel día. Un año después comenzamos a enriquecer la familia con más hijos. Clemencia era tan fértil como Esperanza y por eso ves que nuestra familia es numerosa”. El abuelo bajo la cabeza y sacando su pañuelo limpio sus ojos. Me imagino que esta rememoración había sacudido fuertemente su interior. Yo, también había llorado, pues aún cuando no es humanamente posible sentir igual a la persona que vivió un tiempo así, nuestra imaginación y nuestro amor nos hace compartir los sentimientos y sufrimientos. Lo cierto es que desde entonces, cuando leo los apuntes que han dado vida a todo lo narrado, cuando ya mi abuelo se ha reunido en el cielo con sus seres queridos y seguramente es muy feliz, yo me inclino con respeto frente a aquel hombre que habiendo sobrevivido a una parálisis muy dura, supo dejarnos un ejemplo de lucha, de coraje, de rectitud, pero sobre todo de mucho amor. Aquella mañana tan intensa nos invitó al descanso. Almorzamos un rico cosido que la abuelita había hecho para este día frío, nublado y lluvioso y después nos fuimos cada quien a la cama para tomar una saludable siesta. Mis abuelos la acostumbraban y siendo un día tan lluvioso no me costó a mi dormir un buen rato.


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Eran quizá las cuatro de la tarde cuando nos fuimos despertando. Pero era tan propicio tomar café que anticipamos la hora y nos fuimos al comedor. Pan no había este día pero a cambio la abuelita nos calentó un tamalito de maza, tostadito a las brazas y simplemente con sal. Esa fue nuestra refacción pero también el camino para continuar nuestra entrevista. “Abuelo, ¿Hasta que año tuviste el negocio de la pensión “Olimpia”?” “Hasta 1935. Resulta que por ese tiempo la organización de los tribunales cambió y muchas localidades que pertenecían a la jurisdicción legal de Sololá, fueron pasados a otros lugares, tal el caso de Chicacao, Cocales, Patulul y otros fueron puestos en la jurisdicción de Suchitepez y todos esos cambios hicieron que disminuyera el flujo de personas a Sololá y entonces nuestro negocio decreció. Frente a esa situación yo resolví instalarme en un espacio más grande para ampliarme y fue así como renté cuatro piezas de una casa propiedad de don Francisco Guerra, que está en la avenida de la torre, a una cuadra del parque y ahí instalé mi barbería, un almacén y billares: una mesa de carambolas que después completé con una mesa de pool. En la tienda me ayudó por mucho tiempo Pancho Rodas y un tiempo después mi sobrino Marco Tulio Tello. En cuanto a Esperanza se dedicó a cuidar a nuestros hijos y siguieron viviendo aquí, en la vieja casona familiar y entonces rentamos parte de la casa, pues ya solo vivíamos nosotros en ella. Mi padre ya había muerto en 1931 y mi madre le antecedió en 1928, un año antes de que nos uniéramos con Esperanza”. “ ¿Quiere decir que en la avenida de la Torre tenías tu negocio cuando mi abuelita murió?”. “Si, por eso fue que cuando ella murió yo pedí a don Francisco Guerra que me rentara un espacio más para poder ubicar a mis hijos cerca de mi y ahí vivimos hasta Mayo de 1944, fecha en que liquidé el almacén y nos trasladamos de nuevo a nuestra vieja casa familiar”. “Abuelito, la década de 1920 a 1930 podríamos decir que es la década de tus problemas emocionales, el encauzamiento de estos problemas, tu despegue económico y tus nuevas iniciativas culturales. Ahora, ¿Qué representa para ti la década de 1930 a 1940?”. “Sabes mija, es muy interesante tu pregunta, pues cuando crecieron tus tíos y tu papá, yo observé que ellos también estaban viviendo una situación muy similar a la que yo viví en aquellos años. Como que es un patrón que se da en el hombre. De los 20 a los 30 años enfrentamos nuestra crisis emocional que normalmente desemboca en la unión conyugal. Diseñamos los planes en cuanto al medio de vida en que nos gustaría desenvolvernos. En el aspecto cultural si ha sido diferente según las épocas. Actualmente es en esa década cuando el hombre define su profesión. En la época mía la posibilidad profesional no estaba al alcance de bolsillos populares y entonces sólo quedaba el interés por aprender de la vida misma, ya fuera a través de las personas, las revistas, los libros o cualquier actividad cultural. Yo creo que en mi época la década de los 30 a los 40 años era muy importante y definitiva, pues para algunos era la época del afianzamiento económico y para otros, como me sucedió a mí, fue la época de superar mis pobres conocimientos a través del autodidactismo.


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“Platícame de esto, abuelo, por favor”. “En 1925, en ocasión de requerir los servicios de un abogado para un préstamo que mi madre necesitaba hacer a doña Soledad Alonso viuda de Díaz, recurrimos al Lic. Salomé J. Fuentes, originario de Quetzaltenango pero con bufete en Sololá y ese día conversando con él le manifesté mi interés por conocer algo de leyes. No sé que me vería el Lic. Fuentes que me facilitó algunos libros de leyes y Derecho. Pasados los años, cuando yo funcionaba ya como “guisache”, me habló un jovencito para que le asistiera en un juicio de divorcio y yo acepté. Mi sorpresa fue mayor cuando supe que el abogado que asistiría a la señora era nada menos que el Lic. S.J.Fuentes. Pasado el juicio el Lic. recordó el día que me había facilitado libros de Derecho y me nombró su representante en Sololá. Naturalmente que aquellos libros no habían sido todo cuanto yo necesité para aprender el poquito de Derecho que llegué a saber. A finales de 1929 apareció un rótulo en la avenida norte de la Torre con el nombre de un joven abogado, que además era muy amigo de la familia Quintana, su nombre: J. Filiberto Escobar A. originario de San Martín Jilotepeque. El Lic. Escobar, llegó un día a mi barbería y por esas cosas extrañas de la vida, iniciamos una muy estrecha amistad. El conoció de mis inquietudes por el Derecho y con ese corazón tan amplio que siempre lo caracterizó, me abrió de par en par las puertas de su conocimiento y me dio una hermosa pulida. Pasados los años él se sentía muy orgulloso de cuanto yo había aprendido de leyes. Pero no solo de leyes aprendí con el Lic. Escobar. El me habló por primera vez de ética y de las normas morales y de ellas me recuerdo la primera que me enseñó como buen cristiano y católico que era: “Nunca desees para tu prójimo lo que no desees para ti”. En Teología era un hombre muy versado para aquella época y él me esclareció muchos pensamientos que yo había tomado de Dios en la doctrina de los Rosacruces. En general, el Lic. Escobar fue un gran maestro para mi”. “Abuelo, tú diste la cátedra de Ingles, Contabilidad y Música en el Instituto de Básicos, ¿Cómo aprendiste estas disciplinas?” “En cuanto al Ingles, yo principié a estudiar en 1935. Déjame contarte la historia: había en Panajachel una persona con muchos conocimientos sobre los Mayas y particularmente sobre los Kaqchikeles y Tzutuhiles y la Fundación Carnegie de New York se lo llevó a los Estados Unidos, para dictar algunas conferencias sobre estas dos nacionalidades mayas, su nombre es Juan Rosales. Cuando volvió había estudiado Ingles y estaba formando un grupo de personas que supieran “La Lengua” y así me buscó a mi, que hablaba con fluidez el Kaqchikel y conocía un poco sobre la cultura de los indígenas de Sololá y a algunos de sus dirigentes. Así fue como este grupo se enriqueció con personas como Roso Chopén, José María Chiroy y otros. Naturalmente, cada cierto tiempo teníamos la visita de representantes de la Fundación Carnegie y Juan se desenvolvía con mucha sutilidad hablando en Ingles con ellos, eso despertó mi interés y pensé que me gustaría aprender ese idioma. Pocos días después en una revista vi el anuncio de la National School de Los Angeles California y pedí el curso. Me enviaron las primeras lecciones y estas consistían en pequeños folletos escritos con el desarrollo del aprendizaje y discos con la pronunciación. Esto me obligó a comprar una sinfonola para oír los discos y me puse a estudiar.


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Me pasé estudiando tres años y sometiéndome a los exámenes regulares y al final de ese tiempo me enviaron mi diploma. No te imaginas mija con cuanto orgullo y satisfacción puse ese diploma en un cuadrito y lo coloqué en el comedor-sala de la casa. El estudio del Ingles me obligó a estudiar gramática castellana e inglesa y así fue como mejoré mis conocimientos sobre el español. Esto me permitió más adelante hacer un poco de investigación sobre la fonética de los dos idiomas y entonces escribí un libro que se llama: “Sonidos Controlados de la Lengua Inglesa, para estudiantes de habla hispana”. Este libro, más mis conocimientos de gramática, me permitieron dar clases de ingles a personas interesadas en hablar el idioma o que iban becadas a los Estados Unidos y entonces hube de estudiar un poco de pedagogía para tener una estrategia didáctica. Cuando se fundó el Instituto de Básicos por primera vez, me hablaron para que diera el Curso de Ingles y así fue como me convertí en miembro del claustro de catedráticos. En cuanto a Contabilidad, mis primeros conocimientos datan de 1936. Yo tengo un amigo y primo lejano de nombre Rodolfo, que estudiaba Teneduría de Libros en Quetzaltenango. El trabajaba en esa ciudad en una gran empresa pero su familia vivía en Sololá y por eso Rodolfo venía cada ocho o quince días a pasarse el sábado y domingo aquí, así fue como en cada ocasión y feriado que venía me prestaba sus copias y sus libros y aprovechaba yo para estudiarlas y copiarlas. No puedo negarte que muchas cosas se me facilitaron por la amplitud y falta de egoísmo de muchas personas y este es el caso de Rodolfo. Siempre que venía dedicaba tiempo para explicarme lo que yo no entendía y así prácticamente estudié la carrera siendo él mi profesor conforme él iba adquiriendo el conocimiento. Recuerdo que un día le dije: “Rodolfo, ¿cómo podré pagarte lo bueno que has sido conmigo al darme clases de Contabilidad?. Y Rodolfo contestó: “ ¿Cómo podré pagarte yo a vos que me has dado la oportunidad de repasar lo aprendido enseñándote?. No te imaginas mija cuanto marcó Rodolfo mi vida con aquella respuesta. El me enseñó lo hermoso que es compartir un conocimiento y es que su respuesta es una gran verdad: cuando tu compartes un conocimiento, profundizas aquel conocimiento en tu mente. Así fue como me hice Tenedor de Libros pero sin título, aunque con bastante conocimiento de la disciplina, tal es así, que desde entonces comencé a llevar la contabilidad de mi propio negocio y de otros negocios, y hace algunos años obtuve un puesto en el Ministerio de Economía en el departamento de Política Económica y mi trabajo era de contabilidad. Lo mismo que me sucedió con el Ingles me sucedió con Contabilidad: tuve muchos alumnos a quienes les compartí mi conocimiento y esto me llevó también a dar el Curso de Contabilidad en el Instituto. En cuanto al Curso de Música, que también lo impartí en el Instituto, en cierta forma lo que pesó fue ser el compositor de “Corazón de obrero” y tener una larga leyenda de tocar la marimba, la guitarra, la bandurria, la mandolina, la flauta, el piano y el canto. Claro que en esto se involucra el hecho de que tres de mis hijos son músicos profesionales: Mángoré, Quique y Chepe y claro, ellos fueron una maravillosa fuente de conocimientos para el desarrollo y desempeño de mi actividad como profesor de música. Pasados los años y cuando recuerdo todo lo hecho, valúo en toda su intensidad las palabras de mi primo Rodolfo, pues enseñando yo aprendí más”. “Abuelo, también fuiste fotógrafo. ¿Cuándo principiaste con este conocimiento?”.


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“Mira mija, cuando la campaña política de Ubico en 1930, andaban con él un grupo de fotógrafos. Ubico fue el primero que desarrolló una campaña publicitaria ya muy profesional. En la ocasión en que vino a Sololá yo le acompañé a visitar los pueblos de la orilla del Lago de Atitlán y entonces conocí a un fotógrafo que trabajaba para “La Perla”; este era un negocio de joyas pero tenía además venta de cámaras fotográficas y material para desarrollar las fotos. Así que hice amistad con él en la gira alrededor del Lago y me habló de todas las maravillas de la fotografía. Terminé comprándole a él una cámara de cajón que usaba una película grande y él ofreció mandarme literatura sobre como desarrollar las fotos. Efectivamente, al poco tiempo recibí esa información y me puse a estudiarla, tiempo después comencé a hacer mis primeros tanes, tomando y desarrollando las fotos. En estas andaba, cuando un domingo en que me encontraba tomando algunas fotografías en Panajachel, conocí a un extranjero que cargaba como tres cámaras y todas muy especiales. Me acerqué a él y le pregunté si tenía algún estudio profesional de fotografía y me contó que para él la fotografía era su más preciado jobi, pues él se dedicaba a negocios muy grandes y su establecimiento se llamaba “El Cielito” y quedaba en la 18 calle y 7ª. Avenida. Conversé con él largo tiempo y entonces me motivó a comprar una cámara de las que usan “chasis” y que en ese entonces eran las propias para fotografías de estudio. También resultó que él tenía una que ya no la usaba y me la vendió por poco dinero. Con estas dos cámaras y el conocimiento de cómo usarlas y cómo desarrollar las fotos entonces abrí mi estudio de fotografía. Naturalmente ya estaba lleno de ocupaciones y entonces motivé a Augusto Linares a ayudarme en la barbería y ser mi aprendiz de fotografía. Augusto llegó a ser un buen barbero y también un buen fotógrafo. Pasados los años todos mis hijos pasaron por el “cuartito oscuro”, pues todos aprendieron a desarrollar fotos”. “Abuelito, dentro de tus conocimientos estuvo la electrónica. Reparaste radios. ¿Que te movió a estudiar electrónica en un tiempo en que aún no había radios en Sololá?” “Pues, tienes razón con tu pregunta, porque en la actualidad la cultura ha llegado a ser tan amplia que tienes que especializarte en algo, pero, en aquel tiempo, la alternativa frente a lo difícil de la vida, era aprender todo cuanto era posible, porque en esa forma se tenía la oportunidad de ganar un poquito de cada actividad y conseguir así cubrir económicamente tu presupuesto. De ahí el dicho: “siete oficios, catorce necesidades”. Ahora, no quisiera halagarme, pues yo entiendo que para mi la vida fue un poco más difícil y eso me impulsó a visualizar un poco más el futuro. En algunos casos de mi visión, no me equivoqué, en otros sí. En el caso del Ingles mi visión fue buena pues yo pensé que en el futuro muchas personas iban a querer hablar ingles y yo podría ganarme unos centavos si para ese entonces yo ya sabía. En el caso de las leyes, pues esos conocimientos me sirvieron mientras no había suficientes Abogados en Sololá, pues las leyes permitían la existencia de los guisaches. Cuando ya hubo suficientes abogados, los guisaches ya no pudimos funcionar más que sólo para dar un consejo, lo único es que generalmente ya no le pagaban a uno por un consejo. En el caso de la electrónica mi visión fue parcialmente buena, pues este es un conocimiento que está muy vigente en la actualidad, lo único es que evolucionó tanto, que los que estudiamos los circuitos electrónicos en base al uso de los


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tubos o bujías, muy pronto nos encontramos con el mundo de los transistores, los circuitos integrados, los impresos y los chips. Este conocimiento para sostenerlo precisaba de una constante actualización pero tenía un costo alto en libros, partes, herramientas que yo no podía pagar. Así que hube de conformarme con aquellos conocimientos elementales y fundamentales que aprendí y hacer uso de ellos mientras podía entender los circuitos, pero cuando ya no los entendí, pues hube de conformarme con hacerlo pasar a la historia de mis luchas. Sin embargo, fuera de la necesidad que me motivo y el impulso intelectual de adquirir conocimientos, hay algo que ha sido muy importante en cada disciplina que he estudiado, y es que cada una y cada momento de estudio, me dio la oportunidad de vivir intensamente, con una gran satisfacción y felicidad. Por eso, en todo mi tiempo como profesor siempre aconsejé a mis alumnos que estudiaran, que no vieran con animadversión algunos cursos sino que le pusieran interés a todos, porque todos les iban a servir un día. Y es que comúnmente fraccionamos el conocimiento, pero el conocimiento es uno y por eso cuanto mejor estudiamos los cursos, mayor es la interrelación que encontramos en ellos y así nuestro conocimiento crece y aumenta. En el caso de la electrónica, este conocimiento me permitió comprender mejor la música, pues pude ver los sonidos como frecuencias y a la mezcla de las frecuencias como la raíz de los acordes. Lo cierto es que muchos de mis alumnos tomaron mi mensaje y hoy día en su mayoría son personas honradas y prósperas. Ahora, volviendo a la historia de los conocimientos de electrónica, resulta que se ubicó en el año 1938 un grupo de trabajadores de Caminos que iban a trabajar en el proyecto de la “Vasconcelos” como se llamaba la ruta que sale de los Encuentros para Guatemala y entre los trabajadores venía un jovencito que había comprado el curso de electrónica a la National School de Los Angeles California, pero había perdido el interés y ya no lo usaba. El curso estaba casi completo y le pedí que me lo vendiera, él accedió y me lo vendió por muy poco dinero y así fue como estudié ese curso, con la buena suerte que este jovencito se convirtió en cliente de mi barbería y entonces cada vez que llegaba le tenía una lista de dudas que él me aclaraba. Realmente él sabía bastante. Curiosamente este jovencito fue el que años después requirió mis servicios de guisache para ayudarle en su divorcio, con tan buena suerte para ambos, que ganamos el juicio”. “Abuelito, tu sabes que mi papá nos ha dado clases de piano a todos sus hijos y por eso me llama la atención cuando dices que tocas también piano. ¿Cómo lo estudiaste abuelito?. “Bueno, resulta que don Enrique Nájera tenía un piano muy bonito, con madera tallada y un muy buen sonido. Un día estando de visita en su casa le pregunté por la persona que tocaba el piano, y él me contó que lo había comprado para una de sus hijas, pero que a ella sólo le interesó por corto tiempo y lo abandonó, y desde entonces el piano ya sólo estaba de adorno. Esto desató en mi la ilusión de aprender a tocar piano y un día se lo comenté a Esperanza. Naturalmente que a ella le gustó la idea de comprarlo, pues me imagino que pensó que así ya no seguiría con las serenatas y los amigos, y no se equivocó. Así que al día siguiente fui con don Felipe y le ofrecí quinientos pesos de los antiguos. Don Felipe, aún cuando el piano valía más, accedió a vendérmelo y el piano vino a la casa. Lo colocamos en la salona a un lado de la ventana y


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entonces todas las noches me sentaba a estudiar. Don Felipe me había incluido con el piano un libro de Beyer y otros, que fueron con los que estudié. Así pasaron como tres años, pues ya en 1935 tuve que empezar a compartir el estudio con alguno de mis hijos y entonces, para que me dejaran estudiar, les ponía en el atril una revista, los sentaba en un banquito frente a las teclas del lado derecho, las agudas, y ellos se ponían a darle golpecitos a las teclas. No era fácil para mi estudiar así, pero fui progresando y llegué a tocar música de nuestro tiempo, especialmente valses. Cuando nos trasladamos a la avenida de la Torre nos llevamos el piano y para moverlo recurrimos a unos 10 cargadores y cuando en 1944 regresamos a vivir a la vieja casa familiar, hubo que contratar de nuevo diez cargadores para trasladarlo, con tan mala suerte que entonces lo botaron y le quebraron una hermosa pata. Sin embargo, vivió largos años. Todos los años cuando venían tus tíos en las vacaciones el pobrecito recibía una remozada pero trabajaba todo el día, siempre había un cliente para el piano, pero tuvimos la dicha de tener verdaderos conciertos en casa. Sin embargo, poco a poco se fue deteriorando, se llenó de polilla hasta que un día hubo que dárselo a “Cristóbal”, el albañil, que se lo fue llevando por pedazos para calentar el comal donde su mujer hacía las tortillas. Así terminó el viejo piano que vivió como ciento cincuenta años. Tiempo después, Julieta, tu tía, compró un piano y lo llevó a la casa para que estudiara “La Chinita”, su hija, y entonces tuve la oportunidad de darle clases, de tocar y cuando venían de paseo mis hijos, volver a disfrutar de verdaderos conciertos. Hay un tango argentino que todos aprendimos a tocar para agradar a la mamacita Clemencia, su nombre es “La copa del Olvido”, así que si tu la quieres agradar en alguna ocasión, aprende a tocar ese tango, es muy lindo y a ella le gusta mucho. Total que aquel piano comprado a don Felipe Nájera incorporó a la familia un instrumento que seguramente vivirá en la familia por todas las generaciones venideras. En cuanto a “La Chinita”, usando un método de mi ocurrencia logré ayudarla y llegó a tocar casi todas las canciones que yo sabía y me gustaban, además de los boleros mejicanos de su época. Ese es el piano negro que tu puedes ver aún en el cuartito donde duerme “La Chinita” y que lo toca ella cada vez que viene a vernos. En cuanto a mi, siempre que puedo me siento a tocar y he compuesto música en el, como “El Rey de la Risa”, que es una pequeña obra de música coreográfica compuesta para mis alumnos de música en el Instituto y que hemos ya presentado cada año en las actividades culturales. Total, esa es fundamentalmente la historia de mi relación con el piano. Una relación muy cariñosa, muy perseverante, pero que no sirvió para ganar ningún dinero, pero si para ganar satisfacción, unidad familiar, desarrollo espiritual y un cúmulo de recuerdos lindos que siempre vivirán con nosotros hasta el final de la vida”. “Abuelito, ¿quieres recapitular todo lo que para ti representa la década de tus 30 a los 40 años?”. “Bien, fue la década que se hizo posible gracias a todo lo que sucedió en mi vida en la década anterior. Sin lugar a dudas fue la década del deslumbramiento de la cultura en mi vida. Me enamoré de todo lo que podía aprender y viví todo lo que el aprendizaje me podía dar. Fue la década en que aprendí a recibir y también a dar. A ser formado y a formar. Fue una década muy especial que siempre va tener mucho significado en mi vida, particularmente porque fue la


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década que se llevó a Esperanza y me regaló a Clemencia. Fue la década del amor que murió y del amor que resucitó. Fue la década en que me diplomé de papá. Fue una década muy especial”. “Sí, abuelito, fue una década muy especial”. Nos hemos quedado callados dejando que el tiempo produzca su cambio. La luz de un sol que estuvo todo el día luchando por alumbrarnos siquiera un poquito, ha declinado. Son las seis y media pero ya está tan oscuro como si fueran las ocho. Esta noche miraremos el ciclo de telenovelas que mi abuelito ve desde las siete de la noche hasta las diez y cenaremos frente al televisor. Me ha gustado ver las telenovelas con él, porque aprendo mucho de los comentarios que va haciendo conforme se va desarrollando la trama. Me imagino que extrañaré estos espacios cuando haya terminado mi tiempo de visita a ellos y regrese al lado de mi familia, pero pienso que ha sido esta visita y en particular la entrevista, lo más valioso que he hecho en mi vida de relación con mis abuelos. De aquí para adelante mucho de la vida de mi abuelo es una vida pública de servicio a muchas personas, pero particularmente a los jóvenes. La vida de relación con sus alumnos tuvo para él un impacto, trascendencia e importancia muy especial y hasta el último día de esa existencia tan generosa y pródiga, él vivió mucho de la satisfacción que le producía cada logro y realización de sus exalumnos. Por eso lo que continúa es el nosotros que va a sustituir al yo. Es la vida de mi abuelo pero siempre en diálogo positivo con personas. Y aquí es donde quiero recordar pensamientos que se enfocan en su gran filosofía de la vida. Un día le oí decir: “Todas las profesiones son buenas, pero la más importante de todas ellas, es: graduarse de Persona”. En otra ocasión el abuelo dijo: “El médico es médico si tiene pacientes. El profesor es profesor si tiene alumnos”. Y mi abuelo los tuvo para siempre, pues vivía pendiente de cada uno de ellos y muchos de ellos buscaron siempre su consejo honesto, comprensivo y amoroso. Para terminar esta primera parte, quisiera recordar una dedicatoria que el abuelo escribió en un libro de poemas suyos, que al final de esta entrevista me regaló, y dice así: “Preguntaron un día a un poeta, ¿Para quién escribes? Y el poeta contestó: “Escribo para mi, pero para que me leas tú”. “Hasta mañana”. FIN DE LA PRIMERA PARTE.

Entrevista a mi Abuelo  

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