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a los patriarcas y profetas, a los justos, a los padres de su madre y a Juan el Bautista, esperando su llegada al mundo inferior con tal intensidad que esta visión fortaleció y reanimó su coraje. Su muerte abriría el Cielo a estos cautivos, su muerte los libraría de la prisión en la que languidecían esperando. Cuando Jesús miró con tan profunda emoción a estos santos del mundo antiguo, los ángeles le presentaron todas las legiones de los bienaventurados de las edades futuras que, juntando sus esfuerzos a los méritos de su Pasión, debían reunirse por medio de él con el Padre Celestial. Era ésta una visión bella y consoladora. La recíproca influencia ejercida mutuamente por todos estos santos, el modo con que participaban de la única fuente, del Santísimo Sacramento y de la Pasión del Señor, ofrecían un espectáculo emocionante y maravilloso. Nada en ellos parecía casual: sus obras, su martirio, sus victorias, su apariencia y sus vestidos, todo, aunque bien adverso, se fundía en una armonía y unidad infinitas, y esta unidad en la diversidad era producto de los rayos de un sol único, la Pasión del Señor, de quien dependía la vida, Él era la luz de los hombres que brilla en las tinieblas y que las tinieblas no pueden engullir. Pero estas visiones consoladoras desaparecieron y los ángeles desplegaron ante Él las escenas de su cercana Pasión terrenal. Vi, con Él, cada imagen claramente definida, desde el beso de Judas hasta sus últimas palabras sobre la cruz; vi allí en una sola visión, todo lo que veo en las meditaciones de la Pasión. Y Jesús vio la traición de Judas, la huida de los discípulos, los insultos ante Anás y Caifás, la negación de Pedro, el tribunal de Pilatos, los insultos de Herodes, los azotes, la corona de espinas, la condena a muerte, el acarreo de la cruz, el paño de lino de Verónica, la crucifixión, los insultos de los fariseos, el dolor de María, de Magdalena, de Juan, la lanza en Su costado, y Su muerte. En pocas palabras, cada escena de la Pasión le fue mostrada en cada minucioso detalle. Él lo aceptó todo voluntariamente ofreciéndolo todo por amor a los hombres. Él también vio y sintió cada momento de sufrimiento de su Madre, cuya unión interior con la agonía de su hijo era tan completa, que ella se desmayó en brazos de sus amigas. Cuando las visiones sobre su Pasión hubieron acabado, Jesús cayó sobre su cara como un moribundo; los ángeles desaparecieron, el sudor de sangre corrió más abundante y empapó sus vestiduras, la más profunda oscuridad reinaba en la caverna. Vi a un ángel bajar hacia Jesús. Era más alto, y distinto, más parecido a un hombre que los que había visto antes. Iba ataviado como un sacerdote y llevaba consigo, en sus manos, un pequeño cáliz semejante al de la Cena. Sobre este cáliz parecía flotar una forma redonda del tamaño de una judía, e irradiaba una luz rojiza. El ángel, sin llegar a tocar el suelo con los pies, extendió la mano derecha hacia Jesús,

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La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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