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entonces los apóstoles se levantaron presto, lo sujetaron por los brazos y lo sostuvieron con amor. Nuestro Señor les dijo con apenado acento que al día siguiente lo matarían, que iban a prenderlo dentro de una hora y que lo llevarían ante un Tribunal, donde sería maltratado, azotado y condenado a la muerte más cruel. Les rogó que consolasen a su Madre y también a Magdalena. Ellos no replicaron, pues no sabían qué decir; tan grandemente los había asustado su presencia y sus palabras; por otra parte, aún creían que estaba delirando. Cuando quiso volver a la gruta no tuvo fuerzas para andar. Juan y Santiago tuvieron que llevarlo. Eran alrededor de las once y cuarto cuando lo dejaron allí y volvieron con Pedro. Durante esta agonía de Jesús, vi a la Santísima Virgen destrozada por el dolor y la angustia de su alma en casa de María, la madre de Marcos. Estaba con Magdalena y María en el jardín de la casa casi postrada por la pena, con todo el cuerpo apoyado en sus rodillas. Varias veces perdió el conocimiento, pues vio espiritualmente muchas escenas de la agonía de Jesús. Había enviado un mensajero a buscar noticias de Él, pero, no pudiendo esperar su regreso, se fue con Magdalena y Salomé hasta el valle de Josafat. Iba cubierta con un velo y con frecuencia extendía sus brazos hacia el monte de los Olivos, pues veía en espíritu a Jesús, bañado en sudor de sangre, y parecía que con sus manos extendidas quisiera limpiar la cara de su Hijo. Vi estos movimientos interiores de su alma dirigiéndose hacia Jesús, quien pensó en ella y volvió sus ojos en su dirección, como para pedir su ayuda. Vi esta comunicación espiritual entre ambos, bajo la forma de rayos que iban del uno al otro. El Señor se acordó también de Magdalena y tuvo piedad de su dolor, y por eso recomendó a sus discípulos que la consolasen, pues sabía que su amor era el más grande después del de su Santa Madre, y había visto lo mucho que sufría por Él y sabía que nunca volvería a ofenderlo. En aquel momento los ocho apóstoles fueron a la cabaña de ramas de Getsemaní, conversaron entre sí y acabaron por dormirse. Se sentían indecisos, desanimados y atormentados por la tentación. Todos ellos habían buscado un lugar en donde refugiarse en caso de peligro, y se preguntaban con inquietud: «¿Qué haremos nosotros cuando lo hayan matado? Hemos dejado todo por seguirlo; somos pobres y rechazados por todos; nos hemos dedicado totalmente a su servicio, y ahora Él mismo está tan abatido y abandonado que no podemos encontrar en Él ningún consuelo.» El resto de los discípulos, habían estado yendo de un lado a otro, y, habiendo oído algo de las espantosas profecías de Jesús, la mayoría de ellos se había retirado a Betfagé. Vi a Jesús orando todavía en la gruta, luchando contra la repugnancia a sufrir que sentía de su naturaleza humana, y abandonándose totalmente a la voluntad de su Padre. En ese momento, el abismo se abrió ante él y los primeros estadios del limbo se presentaron ante sus ojos. Vio a Adán y Eva, 33

La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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