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que se alejara de Él. Vi todo esto a la vez que la compasión de los ángeles, cuando desearon consolar a Jesús, y, en efecto, sintió en ese instante algún alivio. Entonces todo desapareció, y los ángeles abandonaron al Señor, cuya alma iba a sufrir nuevos asaltos. Cuando Nuestro Redentor, en el monte de los Olivos, quiso poner a prueba y dominar la violenta repugnancia de la naturaleza humana hacia el dolor y la muerte, que no es más que una porción de todo el padecimiento, le fue permitido al tentador ponerlo a prueba como lo hace con cualquier hombre que quiera sacrificarse por una causa santa. En la primera parte de la agonía, Satanás le mostró al Señor la enormidad de la deuda que debía satisfacer y llevó su maldad hasta buscar culpas en los actos del propio Salvador. En la segunda parte de la agonía, Jesús vio en toda su amplitud y amargura el padecimiento expiatorio requerido para satisfacer a la Justicia Divina. Esto le fue presentado por los ángeles, pues no corresponde a Satanás enseñar que la expiación es posible; el padre de la mentira y de la desesperación no puede presentar los frutos de la misericordia divina. Habiendo salido victorioso Jesús de todos los asaltos, por su entera y absoluta sumisión a la voluntad del Padre, una nueva sucesión de horribles visiones le fue presentada. La duda y la inquietud que el hombre a punto de hacer un gran sacrificio siempre experimenta, asaltaron el alma del Señor, que se hizo a sí mismo esta terrible pregunta: «¿Qué resultará de este sacrificio?» Y el más espantoso panorama desplegado ante sus ojos vino a llenar de angustia su amante corazón. Cuando Dios creó al primer hombre, le mandó un sueño; abrió su costado y, de una de sus costillas, creó a Eva, su mujer, la madre de todos los vivos. Una vez creada, la condujo ante Adán, que exclamó: «Ésta es la carne de mi carne y el hueso de mis huesos; el hombre abandonará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y serán dos en una sola carne.» Ése fue el matrimonio, del cual se ha escrito: «Éste es un gran sacramento, en Jesucristo y en su Iglesia.» Jesucristo, el nuevo Adán, también quería que sobre él viniera el sueño, el de su muerte en la cruz; y que, de su costado abierto, surgiera la nueva Eva, su Esposa virginal, la Iglesia, madre de todos los vivos. Y quería darle la sangre de su redención, el agua de la purificación y su espíritu, las tres cosas que dan testimonio sobre la tierra; quería darle los Santos Sacramentos, para que fuera una esposa pura, santa y sin tacha; Él quería ser su cabeza, y nosotros seríamos los miembros sometidos a la cabeza, el hueso de sus huesos, la carne de su carne. Al tomar la naturaleza humana, para sufrir la muerte con nosotros, abandonó también a su padre y a su madre, y se unió a su esposa, la Iglesia: y llegó a ser con ella una sola carne, alimentándola con el Adorable Sacramento de la Eucaristía, mediante el cual se une continuamente con nosotros. Quería permanecer en la tierra con su Iglesia hasta reunimos a todos en su seno por medio de Él, y le dejó dicho: «Las puertas del infierno no prevalecerán 29

La Amarga Pasión de Cristo  
La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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