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terribles predicciones de Jesús en el cenáculo, habían ido a informarse a casa de los fariseos conocidos suyos, y no habían oído que se preparase nada contra Nuestro Señor. Desconocedores de la traición de Judas, le dijeron a María que el peligro no era muy grande, que no atacarían a Jesús tan cerca de la fiesta. María les habló de cuán inquieto y alterado había estado Judas en los últimos días, de qué manera tan abrupta se había ido del cenáculo. Ella no dudaba de que había ido a denunciar a Jesús; cuántas veces no había advertido a su hijo de que Judas sería su perdición. Las santas mujeres se volvieron a casa de María, madre de Marcos. Cuando Jesús volvió a la gruta, sin el menor alivio para su sufrimiento, se prosternó con el rostro contra la tierra, los brazos extendidos, y rogó al Padre Eterno; su alma sostuvo una nueva lucha que duró tres cuartos de hora. Los ángeles bajaron para mostrarle, en una serie de visiones, todos los padecimientos que había de padecer para expiar el pecado. Presentaron ante sus ojos la belleza del hombre a imagen de Dios, antes de su caída, y cuánto lo había desfigurado y alterado ésta. Vio el origen de todos los pecados en aquel de Adán, la significación y la esencia de la concupiscencia, sus terribles efectos sobre la fuerza del alma humana y también la esencia y la significación de todas las penas para castigar la concupiscencia. Le mostraron cuál debía ser el pago que diera a la Divina Justicia, y hasta qué punto padecerían su cuerpo y su alma para cumplir todas las penas, toda la concupiscencia de la humanidad: la deuda del género humano debía ser satisfecha por la naturaleza humana exenta de pecado del Hijo de Dios. Los ángeles le enseñaron todas estas cosas bajo diversas formas, y yo entendía todo lo que decían, aunque no oía su voz. Ningún lenguaje puede expresar el dolor y el espanto que inundaron el alma de Jesús a la vista de esta terrible expiación; su sufrimiento fue tan grande que un sudor de sangre brotó de todos los poros de su cuerpo. Mientras la adorable humanidad de Cristo estaba sumergida en esta inmensidad de padecimientos, los ángeles parecieron tener un momento de compasión; hubo una pausa y yo noté que deseaban ardientemente consolar a Jesús, por lo que oraron ante el trono de Dios. Hubo un instante de lucha entre la misericordia y la justicia de Dios, y el amor que se sacrificaba a sí mismo. Se me permitió ver una imagen de Dios, pero no como tantas veces, sentado en un trono, sino en una forma luminosa; yo vi la naturaleza divina del Hijo en la persona del Padre, y como si hubiera sido apartada de su seno. El Espíritu Santo, que procedía del Padre y del Hijo, estaba, por así decir, entre ellos y, sin embargo, los tres no eran más que un solo Dios; pero todas estas cosas son imposibles de explicar. Fue más bien una percepción interna que una visión con formas distintas. Me pareció que la Divina Voluntad de Nuestro Señor se retiraba del Padre para que fuera su sola humanidad la que cargara con todos sus padecimientos, como si la voluntad humana de Jesús le pidiera a su Padre 28

La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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