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«que cada cual coja su bolsa y sus sandalias y, quien nada tenga, que venda su túnica para comprar una espada, pues en verdad os digo que todo lo que fue escrito se va a cumplir: ha sido reconocido como inicuo. Todo lo relacionado conmigo ha llegado a su fin.» Los apóstoles entendieron todo esto de un modo literal y Pedro le mostró dos espadas cortas y anchas como dagas. Jesús dijo: «Basta, vayámonos de aquí.» A continuación, entonaron un himno de acción de gracias, colocaron la mesa a un lado y se fueron hacia el atrio. Allí encontró Jesús a su Madre, a María, hija de Cleofás, y a Magdalena, que le suplicaron con ansia que no fuera al monte de los Olivos, porque corría el rumor de que querían cogerle. Pero Jesús las consoló con pocas palabras, y se alejó rápidamente de ellas. Debían de ser cerca de las nueve. Bajaron por el camino que Pedro y Juan habían seguido para llegar al cenáculo, y se dirigieron al monte de los Olivos. Yo he visto la Pascua y la institución de la Sagrada Eucaristía como lo he relatado. Aunque mi emoción en esos momentos era tan grande que no pude prestar mucha atención a los detalles, pero ahora lo he visto con más claridad. No hay palabras que puedan expresar la fatiga y la pena, su visión del interior de los corazones, el amor y la fidelidad de Nuestro Salvador. Su conocimiento de todo lo que iba a suceder. ¡Cómo quedarse sólo en lo externo! Nuestro corazón se inflama de admiración, gratitud y amor —la ceguera de los hombres es incomprensible—, y nuestra alma se ve sobrepasada por la conciencia de la ingratitud del mundo entero y por sus propios pecados. La ceremonia de la Pascua fue celebrada por Jesús de total conformidad con la ley. Los fariseos tenían por costumbre añadir algunos minutos y ceremonias suplementarias.

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La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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