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parábola que Jesús había contado a las santas mujeres en Betania, poco antes de su Pasión. No resplandecía sino que era simplemente como un hombre vestido de blanco visto a la luz del crepúsculo. El hombre le hizo una nueva pregunta: «Por qué lloras?» Y entonces ella, en medio de sus lágrimas respondió: «Porque han llevado a mi Señor y no sé adónde. Si lo has visto, dime dónde está y yo iré por él.» Y volvió a dirigir la vista frenéticamente a su alrededor. Entonces Jesús le dijo con su voz de siempre: «¡Magdalena!» Y ella, reconociendo su voz y olvidando crucifixión, muerte y sepultura, como si siguiera vivo, dijo volviéndose de golpe hacia Él: «¡Rabí!», y se postró de rodillas ante Él, extendiendo sus brazos hacia los pies de Jesús. Mas El, deteniéndola, le dijo: «No me toques, pues aún no he subido hasta mi Padre. Ve a decirles a mis hermanos que subo hacia mi Padre y Vuestro Padre, hacia mi Dios y el Vuestro.» Y desapareció. Jesús le dijo «no me toques» a causa de la impetuosidad de ella, que pensaba que Él vivía la misma vida de antes. En cuanto a las palabras «Aún no he subido a mi Padre» quería expresar que aún no había dado las gracias por la obra de la Redención a su Padre, a quien pertenecen las primicias de la alegría. En cambio ella, en el ímpetu de su amor, ni siquiera se daba cuenta de las cosas grandes que habían pasado, y lo único que quería era poderle besar, como antes, los pies. Después de un momento de perturbación, Magdalena se levantó y corrió otra vez al sepulcro. Allí vio de nuevo a los ángeles, que le repitieron las palabras que habían dicho a las otras mujeres. Entonces, segura del milagro, se fue a buscar las santas mujeres, y las encontró en el camino que conduce al Gólgota. Toda esta escena no duró más de dos o tres minutos. Eran las dos y media cuando Nuestro Señor se había aparecido a Magdalena, y Juan y Pedro llegaban al jardín justo cuando ella acababa de irse. Juan entró el primero, y se detuvo a la entrada del sepulcro, miró por la piedra apartada y vio el sepulcro vacío. Después llegó Pedro y entró en la gruta, donde vio los lienzos doblados. Juan le siguió e inmediatamente creyó que había resucitado, y ambos comprendieron claramente todas las palabras que les había dicho. Pedro escondió los lienzos bajo su manto y volvieron corriendo. Los dos ángeles seguían allí pero me parece que Pedro no los vio. Juan dijo más tarde a los discípulos de Emaús que había visto desde fuera a un ángel. En ese momento, los guardias revivieron, se levantaron y recogieron sus picas y faroles. Estaban aterrorizados. Los vi correr hasta llegar a las puertas de la ciudad. Mientras tanto, Magdalena contó a las santas mujeres que había visto a Nuestro Señor, y lo que los ángeles le habían dicho. Magdalena se volvió entonces a Jerusalén y las mujeres se dirigieron al jardín pensando encontrar allí a los dos apóstoles. Cuando ya estaban cerca, Jesús se les 133

La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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