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Mientras la Santísima Virgen oraba interiormente llena de un ardiente deseo de ver a Jesús, un ángel vino a decirle que fuera a la pequeña puerta de Nicodemo, porque Nuestro Señor estaba cerca. El corazón de María se inundó de gozo; se envolvió en su manto y se fue, dejando allí a las santas mujeres sin decir nada a nadie. La vi encaminarse de prisa hacia la pequeña puerta de la ciudad por donde había entrado con sus compañeras al volver del sepulcro. La Virgen caminaba con pasos apresurados, cuando la vi detenerse de repente en un sitio solitario. Miró a lo alto de la muralla de la ciudad y el alma de Nuestro Señor, resplandeciente, bajó hasta su Madre acompañada de una multitud de almas y patriarcas. Jesús, volviéndose hacia ellos y señalando a la Virgen, dijo: «He aquí a María, he aquí a mi Madre.» Pareció darle un beso y luego desapareció. La Santa Virgen cayó de rodillas y besó el lugar donde así había aparecido. Debían de ser las nueve de la noche. Sus rodillas y sus pies quedaron marcados sobre la piedra. La visión que había tenido la había llenado de un gozo indecible, y regresó confortada junto a las santas mujeres, a quienes halló ocupadas en preparar ungüentos y perfumes. No les dijo lo que había visto, pero sus fuerzas se habían renovado; consoló a las demás y las fortaleció en su fe. La Santa Virgen se unió a la preparación de los bálsamos que las santas mujeres habían empezado a elaborar en su ausencia. La intención de ellas era ir al sepulcro antes del amanecer del siguiente día, y verter esos perfumes sobre el cuerpo de Nuestro Señor.

JOSÉ DE ARIMATEA MILAGROSAMENTE LIBERADO Poco después de la vuelta de la Santísima Virgen junto a las santas mujeres, vi a José de Arimatea rezando en prisión. De pronto, su celda se llenó de luz y oí una voz que lo llamaba por su nombre. El tejado se levantó dejando una abertura, y vi allí una forma luminosa que le echaba una sábana que me recordó mucho la que había servido para amortajar a Jesús. José la cogió con ambas manos y se dejó alzar hasta la abertura, que se cerró detrás de él. Cuando llegó a lo alto de la torre, la aparición desapareció. José siguió la muralla hasta cerca del cenáculo, que estaba en las inmediaciones de la muralla meridional de Sión. Entonces bajó y llamó a la puerta. Los discípulos estaban muy afligidos por la desaparición de José, y creían que habría sido muerto y arrojado a una acequia. Cuando le vieron entrar, su alegría fue inmensa. Contó lo que le había sucedido; ellos dieron gracias a Dios. Después de comer un poco de lo que los discípulos le ofrecieron, se fue de Jerusalén por la noche y se dirigió a Arimatea, su patria. Allí permaneció hasta que supo que ya no corría peligro. 128

La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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