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los discípulos llegaban a la sala, donde los hombres, en número de veinte, rezaban alternativamente debajo de la lámpara. Los que de vez en cuando iban llegando se dirigían compungidos al grupo de oración y se añadían a ellos llorando amargamente. Todos mostraban a Juan un gran respeto mezclado de confusión, porque había asistido a la muerte de Nuestro Señor. Juan era afectuoso para con todos, y para todos tenía una palabra de compasión. Los vi comer una vez durante ese día. El mayor silencio reinaba en la casa, y las puertas estaban cerradas, aunque no tenían nada que temer, pues la casa era propiedad de Nicodemo. Las santas mujeres permanecieron en sus aposentos hasta que se hizo oscuro, y allí siguieron aun después, con las puertas cerradas y ventanas tapadas, a la luz de la lámpara, rezando o expresando su dolor de muchas maneras. Cuando mi pensamiento se unía al de la Virgen, que siempre estaba fijo en su Hijo, yo veía el sepulcro y los guardias sentados a la entrada. Casio estaba cercano a la puerta, sumido en la meditación. La entrada al sepulcro seguía sellada y la piedra la cubría. Sin embargo, vi el cuerpo de Nuestro Señor rodeado de luz y de esplendor y los ángeles lo adoraban. Pero mientras mis pensamientos estaban fijos en el alma del Redentor, me fue mostrado un cuadro tan extenso y complicado del descendimiento a los infiernos, que sólo he podido acordarme de una pequeña parte que voy a contar como mejor pueda.

JESÚS BAJA A LOS INFIERNOS Cuando Jesús, dando un grito, expiró, yo vi su alma celestial como una forma luminosa penetrar en la tierra, al pie de la cruz; muchos ángeles, en los cuales estaba Gabriel, la acompañaban. Vi su divinidad unida con su alma pero también con su cuerpo suspendido en la cruz. No puedo expresar cómo era eso aunque lo vi claramente en mi espíritu. El sitio adonde el alma de Jesús se había dirigido, estaba dividido en tres partes. Eran como tres mundos y sentí que tenían forma redonda, cada uno de ellos separado del otro por un hemisferio. Delante del limbo había un lugar más claro y hermoso; en él vi entrar las almas libres del purgatorio antes de ser conducidas al cielo. La parte del limbo donde estaban los que esperaban la redención, estaba rodeado de una esfera parda y nebulosa, y dividido en muchos círculos. Nuestro Señor, rodeado por un resplandeciente halo de luz, era llevado por los ángeles por en medio de dos círculos: en el de la izquierda estaban los patriarcas anteriores a Abraham; en el de la derecha, las almas de los que habían vivido desde Abraham hasta san Juan Bautista. Al pasar Jesús entre ellos no lo reconocieron, pero todo se llenó de gozo y esperanzas y fue como si 125

La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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