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comida, se separaron para acostarse, y muchos se fueron a sus casas. El sábado por la mañana se reunieron otra vez, y estuvieron rezando y leyendo, alternativamente. Si un amigo llegaba, se levantaban y lo saludaban afectuosamente. En la parte de la casa donde estaba la Santísima Virgen, había una gran sala con celdas separadas para los que querían pasar la noche allí. Cuando las piadosas mujeres volvieron del sepulcro, una de ellas encendió una lámpara colgada en el medio de la sala, y se sentaron a su luz, alrededor de la Virgen; rezaron con gran tristeza y recogimiento. Después se separaron para entrar en las celdas y descansar. A medianoche se levantaron y se reunieron de nuevo con la Virgen a la luz de la lámpara para rezar. Cuando la Madre de Jesús y sus compañeras acabaron este rezo nocturno, Juan llamó a la puerta de la sala con algunos discípulos, todos cogieron sus mantos y en seguida les siguieron al Templo. A las tres de la mañana, cuando fue sellado el sepulcro, vi a la Santísima Virgen ir al Templo acompañada de las otras santas mujeres, de Juan y otros discípulos. En esas fiestas, muchos judíos tenían costumbre de ir al Templo antes de amanecer, después de haber comido el cordero pascual. El Templo se abría a medianoche porque los sacrificios empezaban temprano. Pero como esta vez la fiesta se había interrumpido, todo estaba aún abandonado, y me pareció que la Virgen fue sólo a despedirse del Templo donde se había educado. Estaba abierto, según la costumbre de ese día, y el espacio reservado alrededor del Tabernáculo para los sacerdotes, estaba también abierto al pueblo, según se acostumbraba ese día; mas el Templo estaba solo, y no había más que algunos guardias y algunos criados. Todo estaba en desorden. Los hijos de Simeón y los sobrinos de José de Arimatea, muy apenados por la prisión de su tío, recibieron a la Virgen y las santas mujeres y las condujeron por todas partes, pues estaban de guardia en el Templo; todos contemplaban con terror las señales de la ira de Dios. La Virgen fue a todos los sitios que Jesús había consagrado por su presencia; se prosternó para besarlos y los regó con sus lágrimas; sus compañeras la imitaron. La Virgen se fue del Templo, vertiendo amargo llanto; la desolación y la soledad en que estaba, en un día tan santo, aún contrastaban más con su aspecto en una fiesta como la del día de la Pascua, y hacía más terribles los crímenes de su pueblo. María recordó que Jesús había llorado sobre el Templo diciendo: «Destruid este Templo y yo lo reedificaré en tres días.» María pensó que los enemigos de Jesús habían destruido el Templo de su cuerpo, y deseó con ardor ver llegar ese tercer día en que la palabra eterna debía cumplirse. Amanecía cuando María y sus compañeras volvieron al cenáculo; una vez allí, se retiraron a la estancia situada a la derecha. Mientras, Juan y 124

La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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