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EL SEPULCRO Los hombres colocaron el sagrado cuerpo sobre unas angarillas de piel, recubiertas de una tela oscura. Eso me recordaba el Arca de la Alianza. Nicodemo y José llevaban en sus hombros los palos de delante, Abenadar y Juan los de atrás, los seguían la Virgen, María de Helí, Magdalena y María de Cleofás. Después las mujeres que habían estado al pie de la cruz: Verónica, Juana Cusa, María, madre de Marcos, Salomé, mujer de Zebedeo, María Salomé, Salomé de Jerusalén, Susana y Ana, sobrina de san José. Casio y los soldados cerraban la marcha; las otras mujeres estaban en Betania con Marta y Lázaro. Dos soldados con antorchas iban delante para alumbrar la gruta del sepulcro. Anduvieron así cerca de siete minutos, cantando salmos con voces dulces y melancólicas. Vi sobre una altura del otro lado del valle a Santiago el Mayor, hermano de Juan, que los vio pasar y se fue a contar a los demás discípulos lo que había visto. Se detuvieron a la entrada del jardín de José, lo abrieron y arrancaron de él algunas estacas que luego les servirían de palancas para hacer rodar hasta la entrada de la gruta, la piedra que debía tapar el sepulcro. Al llegar, trasladaron el sagrado cuerpo a una tabla cubierta con una sábana. La gruta que había sido excavada recientemente, había sido barrida por los criados de Nicodemo; el interior estaba limpio y resultaba agradable a la vista. Las santas mujeres se sentaron delante de la entrada. Los cuatro hombres entraron el cuerpo de Nuestro Señor, llenaron de aromas una parte del sepulcro y extendieron una sábana, sobre la cual pusieron el cuerpo; le testimoniaron una última vez su amor con sus lágrimas y salieron de la gruta. Entonces entró la Virgen, se sentó junto a la cabeza y se echó llorando sobre el cuerpo de su Hijo. Cuando salió de la gruta, Magdalena se precipitó en ella; había cogido en el jardín flores y ramos que echó sobre Jesús; cruzó las manos y besó, llorando, los pies de Jesús; habiéndole dicho los hombres que iban a cerrar el sepulcro, se volvió con las otras mujeres. Doblaron las puntas de la sábana sobre el pecho de Jesús y pusieron encima de todo una tela oscura, y salieron. La gruesa piedra destinada a cerrar el sepulcro, que estaba a un lado de la puerta de la gruta, era muy pesada y sólo con palancas pudieron los hombres hacerla rodar hasta la entrada del sepulcro. La entrada de la gruta dentro de la cual estaba el sepulcro era de ramas entretejidas. Todo lo que se hizo dentro de la gruta tuvo que hacerse con antorchas, porque la luz del día nunca penetraba en ella.

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La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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