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arrodillaron y, debajo de esta cubierta, le quitaron el paño con que lo habían tapado al bajarlo de la cruz y el lienzo de la cintura, y con esponjas le lavaron todo el cuerpo, lo untaron con mirra, perfume y espolvorearon las heridas con unos polvos que había comprado Nicodemo, y, finalmente, envolvieron la parte inferior del cuerpo. Entonces llamaron a las santas mujeres, que se habían quedado al pie de la cruz. María se arrodilló cerca de la cabeza de Jesús, puso debajo un lienzo muy fino que le había dado la mujer de Pilatos, y que llevaba ella alrededor de su cuello, bajo su manto; después, con la ayuda de las santas mujeres, lo ungió desde los hombros hasta la cara con perfumes, aromas y polvos aromáticos. Magdalena echó un frasco de bálsamo en la llaga del costado y las piadosas mujeres pusieron también hierbas en las llagas de las manos y de los pies. Después, los hombres envolvieron el resto del cuerpo, cruzaron los brazos de Jesús sobre su pecho y envolvieron su cuerpo en la gran sábana blanca hasta el pecho, ataron una venda alrededor de la cabeza y de todo el pecho. Finalmente, colocaron al Dios Salvador en diagonal sobre la gran sábana de seis varas que había comprado José de Arimatea y lo envolvieron con ella; una punta de la sábana fue doblada desde los píes hasta el pecho y la otra sobre la cabeza y los hombros; las otras dos, envueltas alrededor del cuerpo. Cuando la Santísima Virgen, las santas mujeres, los hombres, todos los que, arrodillados, rodeaban el cuerpo del Señor para despedirse de él, el más conmovedor milagro tuvo lugar ante sus ojos: el sagrado cuerpo de Jesús, con sus heridas, apareció impreso sobre la sábana que lo cubría, como si hubiese querido recompensar su celo y su amor, y dejarles su retrato a través de los velos que lo cubrían. Abrazaron su adorable cuerpo llorando y reverentemente besaron la milagrosa imagen que les había dejado. Su asombro aumentó cuando, alzando la sábana, vieron que todas las vendas que envolvían el cuerpo estaban blancas como antes y que solamente en la sábana superior había quedado fijada la milagrosa imagen. No eran manchas de las heridas sangrantes, pues todo el cuerpo estaba envuelto y embalsamado; era un retrato sobrenatural, un testimonio de la divinidad creadora que residía en el cuerpo de Jesús. Esta sábana quedó, después de la resurrección, en poder de los amigos de Jesús; cayó también dos veces en manos de los judíos y fue venerada más tarde en diferentes lugares. Yo la he visto en Asia, en casa de cristianos no católicos. He olvidado el nombre de la ciudad, que estaba situada en un lugar cercano al país de los tres reyes magos.

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La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

La Amarga Pasión de Cristo  

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