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casa de esa mujer estaba situada en una calle ancha, cerca de la callejuela donde Nuestro Señor fue tan cruelmente ultrajado al principio del camino de la cruz, y ella vendía hierbas aromáticas; Nicodemo le había comprado todos los ungüentos y perfumes necesarios para embalsamar el cuerpo de Jesús. José fue a su vez a comprar una fina rica sábana; sus criados cogieron en un portal, cerca de la casa de Nicodemo, escaleras, martillos y clavos, jarros llenos de agua, esponjas, y pusieron los más pequeños de estos objetos sobre unas angarillas semejantes a aquellas en que los discípulos de Juan el Bautista trasladaron su cuerpo cuando lo sacaron de la fortaleza de Macherunt.

CLAVAN UNA LANZA EN EL COSTADO DE JESÚS. ROMPEN LAS PIERNAS DE LOS LADRONES

Mientras tanto, el silencio y el duelo reinaban sobre el Gólgota. El pueblo, atemorizado, se había dispersado; María, Juan, Magdalena, María, hija de Cleofás y Salomé rodeaban, de pie o sentados, la cruz, con la cabeza cubierta y llorando. Algunos soldados estaban recostados sobre el terraplén que rodeaba la llanura; Casio, a caballo, iba de un lado al otro. El cielo estaba oscuro y la Naturaleza parecía enlutada. Pronto llegaron allí seis esbirros con escalas, azadas, cuerdas y barras de hierro para romper las piernas a los crucificados. Cuando se acercaron a la cruz, los amigos de Jesús se apartaron un poco, y la Santísima Virgen temió que fuesen a ultrajar aún más el cuerpo de su Hijo. No iba desencaminada, pues, mientras apoyaban las escalas en la cruz, comentaban que Jesús sólo se fingía muerto. Habiendo visto, sin embargo, que el cuerpo estaba frío y tieso, lo dejaron y subieron a las cruces de los ladrones. Les rompieron los brazos por debajo y por encima de los codos con sus martillos, mientras otro les rompía las piernas por encima y por debajo de las rodillas. Gesmas daba gritos tan horribles, que le pegaron aún tres golpes más sobre el pecho, para acabarlo de matar. Dimas dio un gemido y expiró. Fue el primero de los mortales que volvió a ver a su Redentor. Desataron las cuerdas que sujetaban a los dos ladrones, dejaron caer los cuerpos al suelo, los arrastraron a la hondonada que había entre el Calvario y las murallas de la ciudad y los cubrieron con tierra. Los verdugos parecían dudar todavía de la muerte de Jesús, y el modo horrible en que habían quebrantado los miembros de los ladrones hacía temblar a las santas mujeres temiendo por el cuerpo del Salvador. Pero Casio, el oficial subalterno, un hombre de unos veinticinco años, cuyos ojos bizcos y sus nerviosas maneras habían provocado muchas veces la mofa de sus compañeros, fue súbitamente iluminado por la gracia y, a la vista de la ferocidad bárbara de los verdugos y la profunda pena de las 113

La Amarga Pasión de Cristo  

Revelaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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