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El Zoo del Zoo Rei-fah


El mono del tensor

A los asépticos y escrupulosos, a los fugitivos de la suciedad y los protegidos por algodones: todo es más vivo desde la incertidumbre.

Tengo la costumbre de llegar tarde al sol cuando más titila

sobre las aguas del Ganges. Pocos saben que la estrella y el río, además de eternos amantes, son cómplices por abuso de poder con las humildes conciencias. Baste sólo esa melodía de luz para que los dioses acierten en la fórmula, esa que olvida el goteo del reloj y rechaza el calendario por ridículo fetiche. Aquí en el ashram, hago vida con respetables seres de la meditación y familias locales unidas por el compromiso de vivir en armonía. Dicho sea de golpe, aspirantes al nirvana y siervos de las religiones mientras se termina de encontrar un acuerdo fuera de los muros. Desde la cama, todavía con ojos legañosos, intuyo el misterio del Maestro al ensayar su salmo a la par que vocean recados a niños ociosos libres de escuela. Pues es tradición que los devotos de sabe dios y algunos viajeros de paso por el ashram madruguen al ritual de la puja mucho antes, estando


yo en el séptimo sueño. A este revoltijo de rezos se suman los tempraneros turistas con la óptica del “estuve aquí”, incapaces de perderse lo novedoso del contraste. Pero lo mejor del desperezo son las guerrillas entre monos cuando gruñen como hombres sin verbo, de árbol en árbol, apagando a su paso el son de aves que salpican confeti desde las copas. ¡Mirad ese mirlo guiñándome un ojo! Tendrá razón la niña del ayurveda al jurar que los pájaros son espías enviados por los dioses a riesgo de ser descubiertos por librar su encargo divino. El mirlo, incapaz de rematar su faena, comenta algún chisme en su idioma y se despide con un gracioso vuelo a cámara lenta. Vestido de lino en el sofocante calor de las calles me llegan imágenes de la velada anterior. Sólo el humo del shilum es capaz de barnizar la realidad con las explosivas mezclas que prepara Muktab, el joven ayudante de taller. Mal ejemplo seguir al muchacho en sus ingestas, que con elegante malicia, prueban el valor de viajeros faltos de costumbre en el libre albedrío de la química. Muchos afectados acaban por pedir auxilio al médico ayurveda, molesto en interrumpir su merecido descanso a causa de esos “hippies de pegatina”. Así llama el médico a los extranjeros que caen sin moderación en la trampa de los psicotrópicos. Con dólares a reventar los hay de toda especie, ejemplos de yupis hartos de sentirse dueños del mundo o yonquis desarraigados que tras un timo menudo deciden huir a tierras extensas. En el mismo saco caben los moldeables incautos que se dejan arrastrar por la desidia o aquellos otros inadaptados que bajan la guardia de su prematura lucidez. Pero nada de eso te interesa, ¿verdad, Gabi? Sabes de sobra que cuando salgo a las calles voy directo a por una dosis de caos indio, ésa es mi droga particular.


Pues que pases un buen día... De camino a las fragancias respiro el ambiente bullicioso de los porteadores y sigo las partidas de ajedrez que los viejos jubilados de Rhishikesh organizan en la plaza de acuerdo espontáneo. Ahora presumo de los placeres llanos donde atiendo pronto las urgencias del cuerpo, recargo los pulmones con bocanadas extra, y mientras tanto miro a las águilas desaparecer tras el algodón de la pradera azul. Este mismo combate, el de la libertad celestial, me empuja suavemente hasta un puesto de dulces donde una sonrisa prepara un lhasi de pistacho y una tranquila charla sin dirección. Toda receta es posible en estas calles sin juicios, dice un jubilado contento por ganar dos veces seguidas al niño autista, según cuentan invicto en memorias y cálculos. Por detalles así, el buen ánimo brota de esta tierra respondiendo con el simple respirar, donde la rutina se porta como un niño descubriendo el mundo... su mundo. ¡Qué bien te siento, Gabi! Menuda diferencia con aquel veinteañero que llegaba de las españas cual marcopolo siguiendo la moda espiritual. India sólo es un escaparate y así lo has entendido, aunque hay otras causas mayores que pintar monigotes en los muros. Continuaré paseando, antes de que empiezes con tus sermones. Así se haga, así se cumpla. Por los extremos de la plaza voy bebiendo de un cóctel que se sirve sin batir, con ingredientes tan mágicos que a cada paso modifican la acritud del sorbo. Aquí en Rishikesh, capital mundial del yoga, conviven viajeros internacionales con turistas indios, peregrinos naranjas con curanderos y aceito-


sos masajistas; trabajan duro los encastados mientras disfrutan a riesgo de soborno los fumetas ciudadanos del mundo. En Rhishikesh veneramos a los verdaderos sadus detestando a los impostores que trafican con opio celestial. Frente a un furgón adaptado hacen fila los lacitos escolares que se cruzan con parias de la miseria, y los santones untan de pigmento su sexto chakra con el mismo rigor que un dios decide los destinos. Siguiendo un sendero por la selva, lejos ya de la multitud, adiestro la distancia hasta alcanzar un salto de agua que desemboca en el río sagrado, generoso en conceder un baño en las alturas antes de alimentar las religiones. Un balneario abierto y gratuito tal como demuestran los mejores placeres, de ahí que no busque amasar cantidades ni luche por un hueco en el rezo. ¡Acaso mana el agua de las rocas a voluntad? A espaldas de una acostumbrada escalada y camuflado entre la maleza, decido que hoy es buen día para hacer turistas. Llamo la atención de unos bárbaros del norte improvisando melodías con una flauta, bajo el salto de agua, y me presento a ellos medio desnudo con un encanto adaptado a cada nacionalidad. Con los europeos necesito tirar de referencias culturales para que confíen haciendo alarde de sofisticadas estrategias de disimulo cercanas a la novela negra. Imagino que no debe ser fácil ponerse en manos de un extraño que dice ser español y poner a Monet al mismo nivel que a Buda, ofreciendo los rincones del valle sin pedir algo a cambio. Otros más livianos demuestran su buen viajar con la particular sabiduría de conciliar incienso entre aparatos ultramodernos, pero la mayoría elige un turismo pobre interesado en la alquimia del humo. Así podría seguir, enrabietado como un chiquillo, sólo por defenderme de las culturas cada vez más planas tras el tenderete global.


Mientras suben los turistas por el salto de agua sigo absorbiendo la inmensa magia del valle, su sinceridad descarada, tan necesaria para ver acabados los murales del ashram que dan vida al teatrillo de dioses representados. Conecto con tres israelitas de viaje fin de milicia dispuestos a dejarse llevar por los bazares de venta exclusiva y otros rincones curiosos que muchos lugareños desconocen. El dinero viene con gente de buena voluntad que termina por comprar mis dibujos después de varias jornadas como cicerone. Esto sin duda lo considero un impuesto por hacer de la compañía un arte y, no sólo por lucir rincones transparentes en las guías de viajeros, también por calmar sus ansias de visitar el norte de India en diez jornadas. Sólo les recuerdo que no olviden saludar a las águilas y así, respaldados con este buen sentir, marchan convencidos de nuevas maneras, además de inyectarme el antídoto para tanto hinduismo. De corrido, visito algunas casas de amigos por la ciudad con los tres israelitas y regreso al ashram dejando a éstos en manos de un divertido artesano de la seda. Por cada posible comprador que pongo en sus manos recibo rupias suficientes para las pequeñas deudas acumuladas. Hasta el momento tres lhasis y una torta de pan con queso a un vendedor desaparecido. Por contraste se pagan excursiones a precios desorbitados, sabiendo de antemano que por ese precio se resiste un año sosteniendo la rupia con orgullo. –El dinero está en la calle y debemos afinar el olfato antes de que otro paria se adelante–, dijo muy serio Muktab nada más conocernos en Agra, cuando trataba de enseñarme a sobrevivir. El afgano fuma desde mucho antes de usar razones, siendo precisamente esas buenas artes con las mezclas, además de su ágil intuición sobre el color, lo que me


convenció para tenerlo como segundo de abordo en el taller. Con sólo diecisiete años, Muktab ha demostrado huir de una guerra arrastrando los idiomas del camino y luego negociar en asuntos oscuros para hacerse un hueco en la sociedad india, harta de recoger sin condiciones a los malparados de algún país vecino. Una parte de Rhisikesh logra escapar del caos urbano gracias a dos puentes colgantes que atraviesan el río hacia los centros religiosos, rebosantes de peregrinos naranjas y mochileros sedientos de yoga. Sobre los puentes avanzan cabezas al vaivén de vacas sonámbulas que se ríen por dentro del fanatismo humano sólo con lamer sus turbantes. –Lo de la tristeza de estos rumiantes es una tapadera–, farfulla un mono que hace guardia colgado del tensor e impotente para continuar su lógica con sólidos argumentos. De regreso al ashram, con las calles a mediodía, ya puedes insultar al prójimo sin mirar fijamente a los ojos y olfatear las melenas. Me da que la muchedumbre no piensa tanto pero se la ve resuelta en su trajín. Por allí llega Muktab, saltando vacas con plintos imaginarios en el sorteo de seres acompasados desde el otro lado del puente. Entonces se tropieza merecidamente cayendo de bruces hasta plomar su barbilla en mis sandalias. –¡Achaa...!–, el muchacho toma aliento mientras se sacude las calzas. –Escucha Baba Gabi, el Maestro dice que es urgente, unos señores con cochazo negro esperan, gente importante, ropa cara. –Atiende Muktab, es tu tercer asalto a mitad del puente en este mes. Ya dije a esos señores que deben esperar a que acabe los paños laterales antes de decidirme con los suyos. –¡No Baba, no¡, son otros hombres con mejor coche, uno


con alas de plata en el capó. Juiciosamente, observo cómo Muktab atiende a su derecha con cara de niño bueno. Si no le conociera pensaría que este bribón ignora la palabra interés. –Calma Muktab, ayer tumbaste a ese mejicano con tus mezclas, el ayurveda dijo, con razón, que era la última vez en sacarnos de un apuro. –Pero Baba Gabi, tú mismo mandar hacer mezclas y decir ser las mejores. Nadie prepara chillum como Muktab, eso mismo decir tú a todos los demás. Si ellos fumar lo que sadhus entonces morir por “dobledosis”. –Sobredosis, se dice sobredosis y nadie muere por fumar en chillum, son cosas que matan lentamente y una vez muerto, nadie asegura la causa. Siempre que Muktab quiere salirse con la suya habla torpemente un inglés morse intentando dar lástima, conteniendo dentro toda la razón del río. De vuelta, inesperadamente, le da por hablar un hindi fluido como un muchacho capaz de aparentar un refinado brahman que regresa de sus estudios en Londres o, sin previo aviso, vuelve al pingajo soez que trapichea en las calles y provoca motines contra una barbería porque se mofan de su aire afgano. Si Buda le hubiese conocido tendría en carne y hueso su máxima de estar siempre atento. De este corte surge de él plena disposición ante cualquier incidente, todo sea dicho, más por necesidad sanguínea de provocar conflictos que por poética de observador. Con sus ojos gris miel, protegidos por unas espesas cejas de gaviota, acechan como un arma en permanente disparo. No faltan mujeres que por este porte le auguran buena disposición en las artes amatorias; es joven todavía ese descastado, comentan con saña las ancianas del ashram por miedo a que alguna de sus nietas se encapriche de él y lo quiera como esposo. Sin


ir más lejos, una tarde en pleno monzón de julio, chisme de dominio público, Muktab pasó a mayores con una adolescente ya prometida a un funcionario de trenes. De tanto cántaro y con generosa fuente, los impuros fueron sorprendidos en plena pasión por toda una caravana funeraria a orillas del Ganges. El escándalo fue tan sonado que tuve que salir en su defensa alegando la inconsciencia de un corazón a rebosar de hormonas, pero de alma generosa. Desde entonces Muktab se desvive por mis intereses más que por los suyos propios, incluso le oyeron el juramento de cuidarme hasta que su corazón se detenga. Al atravesar Laksman Jhula, uno de los centros turísticos y religiosos de la ciudad, regreso de la mano con Muktab derecho al ashram donde la plaza de jubilados, ahora con jugadores sin disputa y con verbo, hierve cargada de exasperante bullicio. En el portón espera el Maestro con los brazos cruzados y una sonrisa de recompensa. –Buenos días Gabi, los señores ya se han marchado, no podían esperar porque son gente muy ocupada pero dejaron un recado. –¿Habló usted por mí?–, digo buscando una explicación más concreta. –Venían de paso desde Dheli con el encargo de una villa heredada por un joven de un pariente lejano. Sólo les dije que tendrán que esperar hasta vencer tu compromiso con esta comunidad. Parece que tus pinturas están subiendo peldaños, pronto te vemos en la planta más cercana al cielo. En su voz siento un ligero temor por las habladurías de mi marcha a otro lugar. Desde que el Maestro se enteró de que el pintor español quería probar suerte en otra tierra sus labios tiritan esbozando una súplica. Por mentira que parezca,


nunca me negué del todo a sus enseñanzas sobre la conciencia y la meditación, pero mi parecer es de dominio público: los rezos y los dioses cosa de santones. Sin haber conocido a los admiradores del cochazo negro me encuentro con unos andamios de bambú que los ayudantes han preparado a lo largo de la mañana. Muktab se encarga de limpiar la utillería de albañil y prepara la base del fresco sobre el muro, pues sin él no gozaría de la comodidad del pincel directo sin preparativos. Lo primero es negociar con los colores comprobando si disponen de crédito en la cuenta del Banco Creador. Desde la paleta que presume de televisión hasta las herramientas más rudas se ponen de acuerdo entre ellas, amotinadas cuando las cuido sin el cariño suficiente. Cosas de amantes. Subido al andamio sin dejar de atender unas figuras, hago mi balance general de los cuatro años vividos en la India; el primero de mochilero con veinte mil kilómetros sobre raíles y los tres últimos aquí, en Rhishikesh, como un robinsoncrusoe desterrado a una isla superpoblada. Fue al poco de llegar a esta ciudad, cansado del año mochilero, cuando mostré mis dibujos al Maestro esperando una ocupación en el ashram. Aprecié su sinceridad al juzgarlos desalmados y faltos de compromiso, lo que demostró a mi entender poca flexibilidad para eliminar de la ironía su parte cómica. Desde un criterio algo bloqueado por la espiritualidad los dibujos no lograban la delicadeza de una miniatura ni el color del gusto popular. Simplemente me pareció hermoso descubrir un alma sin amaestrar por el marketing y el sensacionalismo, donde la teoría sangró con el majestuoso hallazgo de lo inetiquetable: la vida misma. Ante aquel primer fracaso con el Maestro fue de recibo


adaptarse al contento local y demostrar entre otras cosas que el gusto se condiciona. Entonces compré unos botes y un puñado de brochas con objeto de iluminar un muro del ashram por cuenta propia. Pinté un Ganesh con la trompa enroscada leyendo el Financial Times aunque poco antes de llegar al detalle se sumaron vagabundos del pincel, participando con derroche de un sano comunismo. Tanto bullicio llamó la atención del Maestro que por un lateral me rescató del gentío impidiendo que el avance de la multitud termine en asfixia. –Esa pared sólo servía de reposo a viejas bicicletas y aún sin lograr mucho, pusiste color donde sólo gobernaban las sombras–. El Maestro volvió con palabras hermosas. –Piensa, muchacho, que un guerrero lucha para conquistar la paz, mientras un soldado es una simple pieza en el engranaje de la guerra. –¿Me está diciendo que soy guerrero o soldado?–. Pregunté sin vacilar esperando un desagradable rapapolvo. –Guerrero frente al muro y soldado cuando te alejas de su influencia. Aquel razonable santo destacaba sobre una vestimenta suelta y colorida que concedía a la cadencia de sus gestos una música particular. Algo limpio en él sacudía deseos de mejorar, sólo animando la energía con tareas nobles. Escuché las palabras del Maestro en aquel luminoso día de hace tres años bajo la mirada de las costureras, contuve el presagio de una nueva vida. –Esta es tu alcoba. Además, ofrecemos sustento y nuestro calor a cambio de tu oficio. Todo apunta a que vivirás con nosotros algún tiempo–. Voceó el Maestro para evitar dar más explicaciones a los curiosos. –Hay muchas paredes estropeadas que requieren el compromiso de alguien con ímpetu. La comunidad sólo vive de la artesanía y los turistas, lo


justo para amar a Shiva dignamente. Unas espontáneas lágrimas nacieron de mis ojos, desde el primer brillito que se infla y resbala por la mejilla hasta la sal de los labios o el precipicio del pómulo. Entonces escondí el pasado en un baúl decidido a descansar de los interminables tumbos por el país, liberándome sin la menor nostalgia de la condición de viajero. El acuerdo con el Maestro, válido hasta el día de hoy, consistió en vivir en el ashram como invitado sin la obligación de acudir a las religiones ni participar en labores domésticas. Al “he decido no regresar” le siguió un inesperado ataque de pánico. Era el miedo a la libertad como reacción del cuerpo ante una mutación del alma; ése es el único dolor que después de superado, abre las puertas de una bonita locura. Tampoco importó perder altura en la pirámide porque en un instante mi casta bajó de nivel y, ligero como un preso absuelto, corrí a mis anchas por la amplitud de la base. Tan completo que me salvé para siempre de la familia y los árboles navideños, de hipotecas ascendentes, de horarios estrechos y tarjetas de crédito; huí de la cultura de masas, de la globalización con intereses y de la espiritualidad en lata. Intuyo que algún día esta actitud estará de moda como en aquel maravilloso intento hippie, o bien crecerá la otra modalidad de hobbies y falsas libertades, entregadas a la adrenalina en los deportes de riesgo... descendencia por animales de compañía. Sí, ¡fuera el compromiso! Yo me apunto al amor por lo sencillo, valgan las grandilocuncias, sin oponer resistencia a los santones cuando ensalzan el ser. La absurda creencia de que hay algo más que el pensamiento ha traído mucha desgracia. No pido perdón al decir que Buda era un obseso del sufrimiento y Cristo un buen relaciones públicas con idiomas, el zen una lobotomía y


Krishnamurti una sutil operación de marketing. La mente un mito y el ego, una condición del cuerpo. Cuidado, esta vez nos está oyendo ese mirlo espía o aquel mono canoso del puente. Ya sabes, hasta el viento tiene oídos para las más íntimas conclusiones.


Sopa de Pelos

Algún día los paisajes serán decorados y nosotros marionetas guiadas por la suerte de un bufón dictador.

La causa del viaje a India fue un repentino doble clic en una

página de ofertas de vuelo. El resto de la poesía llegó más tarde, en la versión oficial, la que presume de sorber una sopa que fuera de las costumbres. Las heridas al tanto siguen almacenadas como anécdotas pasajeras, culpables de las emociones que se conforman con un vendaje rápido. Resuelto el sufrimiento todavía falta saber cuánto queda de aquel viajero buscón de reflejos, o aquel otro que llora con la falta de sensatez universal. Ignoro la cantidad exacta de munición prevista para el blanco móvil que espera aún más respuestas de los pinceles. Por eso, desde lo más parecido al carpe diem, mi origen resulta lejano y su imagen muestra un mundo carente de brillo, pero éstas son sólo suposiciones fragmentarias. La idea de regresar a España entra con aspereza, ya que antes de decidir en firme aparece un águila buscando el calendario o una vela se emociona flotando en el Ganges para detener


el presente y desafiar al progreso en su afán de abarcar las almas, aquí visibles. De occidente me llegan cartas que se ponen contentas cuando las abro a mordiscos, más tranquilas ahora por haber llegado a su destino. Las hay de buenas atenciones a su paso por Rhishikesh y paquetes de comida supervivientes al servicio postal, también invitaciones a fiestas curiosas o dibujos de otros pintores. Un anónimo me envía cada tres meses un cómic de los momentos ibéricos más notables, desde tramas políticas de izquierdos y derechos hasta las historias picantes de prensa rosa. Las serigrafías de laduquesadealba en pelota picá son una invención suya de la que está muy orgulloso y sirven de muestra entre las visitas. Los más nostálgicos envían fotos de mejores amigos con cara de buena persona y retratos protagonistas en repentinas trifulcas habidas en las noches del ashram. Pero agradezco con mayor interés las comandas de jamón serrano, garrafas de oliva virgen o suculentos platos caseros envasados al vacío en la maleta de un tercero. Otros paisanos vienen hasta Rishikesh y me visitan como al oso panda del zoo, prometiendo cambios de vida en la euforia sin llegar a escapar de su cárcel de caramelo. Sin duda les crece la ansiedad del goloso en un desierto de azúcar glasé, asustados al ver la libertad tan cerca. Cuando descansamos de la locomotora descarriada que tenemos por cabeza el cuerpo le sigue dejando al organismo listo para gozar. Sólo el verbo con hambre provoca los encuentros entre compatriotas. –Qué fácil resulta a toro pasado lanzarse al vacío del desapego, de saberlo aceptarías otra vida a pesar de las temidas consecuencias. En ese caso las revisiones sobre el estado del alma serían un buen invento para las dictaduras, tan adictas a manuales de espiritualidad como a los alimentos biológicos o


los cruceros que ofrecen yoga entre su lista de entretenimientos–. Repliqué a un amigo español que vino a Rishikesh infeliz con su vida e incapaz de mejorarla. –Complicado salir del mundo de las pegatinas–. Contestó preso de su miedo. –Pero no te das cuenta de que aquí –le dije cuando todavía me molestaba por las causas perdidas–, he olvidado trabajar duro para abandonar las pertenencias y el engaño de las necesidades. –De qué preocuparse amigo pintor, superhombres de plástico con organismos perfectos envasados al vacío, alimentados por complejos vitamínicos y fórmulas de vida eterna poblarán lo que quede–. Habló nuevamente su ingenioso miedo, como si un profundo masoquismo le impidiese desprenderse del cuero. Para expiar sus culpas el compatriota se tomaba muy en serio las técnicas respiratorias y trascendentales, de ahí su insistencia con la India. Así distinguía a todas las personas que formaban este individuo, que como viene a ser común, se queda a mitad por pretender recorrerlo de una sola tacada. –Cuánto daño creer en la iluminación y en los esfuerzos por esquivar el dolor, cuánta energía malgastada en dibujar metas imposibles; qué timo con la dualidad y qué ironía la búsqueda de lo que suponemos en otro plano, buscar en sí; peor aún con los niveles de conciencia y los coloquios para resolver el mundo–. Terminé a gritos delante de sus compañeros. Con este jarro tibio regresó a occidente muy contento al comprobar dentro de su entender que yo estaba equivocado. ¡Sugestión! Para mí que aquel fue un caso de supervivencia.


Tiemblo al pensar que India me secuestró cuatro años atrás hasta sufrir un maravilloso síndrome de Estocolmo. Soy un preso satisfecho en su cárcel del cuerpo, convencido en abrir el baúl para hacer del pasado una cámara de gas. Agra, Varanasi, Palitana, miles de templos y ruinas, Bundi… Te lo tengo dicho, estás destinado a una causa mayor y cualquier esfuerzo por esquivarla se volverá en contra. Dime entonces por dónde empiezo, desde qué precipicio debo saltar y quién se apuntaría conmigo a luchar contra las fuerzas contrarias. Más vale que te vayas haciendo a la idea, estamos solos. Siempre nos quedará Kerala. ...y la Hampi troglodita. Puede que cuando llegué a Bombay en pleno monzón me tomasen por un leucocito del torrente circulatorio. La gran ciudad de los negocios era una sauna con buscadores de oxígeno, senderos de vapor entre hileras de pieles tostadas. Ahí mismo estaba yo como un pardillo recién llegado de La Mancha, chorreando de sudor. Por más empeño, no lograba digerir lo atrayente del impacto que supone llegar de nuevas a una megaciudad asiática; un aljibe a rebosar hasta colmar la sequía acumulada desde largo. Además la cabeza hacía de las suyas por debajo, como una arpía que conspira para fabricar a tiempo los mecanismos encargados de combatir las impresiones. Cuando creía tener asumido un esperpento danzarín o un detalle, lo que fuese, se interponía otro sin permitirme saborear el primero. Pensaba ingenuamente que los pasos debían ser firmes simulando una estúpida rutina, además de corresponder con diligencia las miradas para no parecer un turista perdido en aquel amasijo de olores y vivos murientes.


Justo al salir a escena, unas horas antes en el aeropuerto, llegó la caricia de una brisa con perfume a especias y tierra húmeda, ¡qué buen renacer por el olfato! –¿Es tu primera vez en India?–. Me preguntó el taxista de turno. –La tercera–. Mentí en un inglés oxidado para evitar caminos más largos y hoteles de conveniencia tal como aconsejaban las guías de viajeros. El hombrecillo comenzó a reír descubriendo la mentira y arrancó el trasto. Enmudecí en un documental de siesta, absorto en la sobremesa de impactos alejados de toda convención. Para un viajero novato esos suburbios reflejaban una intensa amalgama de vida, un riesgo peligroso en una sensibilidad de algodón. Al paso se sucedían contrastes marcados por el barro de las calles y los saris de un color tan intenso que insultaban a cualquier paleta; la bicicleta adelanta al coche, el espontáneo peatón medio desnudo provoca frenadas sin gritos, coches llorando en una melodía caprichosa y descontrolada. Mujeres cargadas con gigantes bolsas ingrávidas de un extremo a otro de la vía donde cerca zarandeaban grupos de turbantes alrededor de un puesto de betel practicando el arte de la espera. Frente a ellos pasaban como fantasmas los taxis negros dibujados en un cómic antes de su fabricación. Era terrible pestañear. Bombay estaba hecho para un coleccionista del desorden. –Intenta no mentir más en India –replicó de golpe el taxista–, también perjudica nuestro karma ser mentidos. Sólo se hace por dos causas: falta de amor o debilidad. –En mi caso han sido ambos–. Me excusé con las mejillas sonrojadas. –Confianza amigo, no hay motivo para suponer, en la India toda estafa está justificada. Puedo darte una vuelta y co-


brarte unas rupias de más pero nunca sabes si con ese giro descubres algún aroma que te inspire un recuerdo hermoso. Desecha ese miedo o serás un turista más que regresa tan vacío como llegó. –Estoy convencido señor, qué lástima no haya más gente como tú llevando naciones en vez de taxis–. –Hablas de diferencias y somos lo mismo, es un error sentirse especial–, esta vez habló en un tono más serio, sin descuidar el desenfreno de la calzada. Detuvo el coche frente a un taller de rickshows y con un gesto brusco hizo levantar a un muchacho del suelo. –La vida está en la vida y si no estás en ella es que no estás, ni siquiera las malas experiencias merecen ser despreciadas–. Dijo como un autómata mientras miraba con cautela por el retrovisor. El muchacho regresó al taxi desde la penumbra con una caja de plástico verde que metió en el maletero sin mediar palabra. Al sumarnos de nuevo al bochorno circulatorio el interior se inundó de un silencio agotador y pleno, cargado por completo de campo visual. –Me sorprende que no te preguntes lo que llevo en esa caja–, dijo el taxista acuchillando el silencio. –¿Y cómo sabes que no pienso en eso? –Por lo mismo que sabía de tu mentira. Intuición, amigo. ¿Cuánto tiempo te quedas en India? –No lo sé, un mes, un año... –Hay muchos jóvenes como tú que vienen con esperanzas de crecer y encontrarse, ya me entiendes, toda esa patraña. –¿Patraña dices?– Contesté mientras me sorprendía la dimensión de la ciudad y la electricidad del mar. –No fuerces la cabeza que tanto pensar nubla la verdad. Verás amigo, no es tan fácil pasar sin dejar huella porque las


cosas tienen muchas caras en la apariencia y una sola en el interior. Aunque siguió con frases cargadas de plomo, me quedé bloqueado en el “sin dejar huella”. Aquel sujeto apareció como un ángel de la guarda con un paquete sospechoso en el maletero cantando a control remoto. Algún dios desde las alturas jugó con nuestras vidas desde su consola, consciente de seguír masticando con las pupilas el gigantesco decorado. –Este es el hotel más barato de Colaba–, repuso el taxista aceptando la propina con ese tic nacional de meneo en señal de conformidad. –Por cierto, te pareces a un actor antiguo muy famoso de Bollywood–, dijo al tiempo que en cero coma apresaba los billetes con las dos manos. Una vez en el interior de lo que con esfuerzo podríamos llamar hotel, cuatro sombras inmóviles participaban de una dictadura laboral. La habitación era de dos metros por uno y medio tabicada con paneles prefabricados y un aparato de aire acondicionado que rompía la pared para abastecer al otro zulo en calidad de archivo compartido. Debe ser un nuevo concepto para ahorrar energía y desahogar el ruido, pues por el hueco se escuchaban pedos de trombón, sugerentes canales porno y algún repentino tocamiento que evité tapándome los oídos. En aquella primera noche pasaron por mi cabeza momentos de filósofo circunstancial que hacía de las ideas un juego sin reglas, inusitado y envolvente. Cada pensamiento insistía en cobrar protagonismo sobre el resto como una marioneta de ocurrencias; ruido, turbación y resonancia en la oscuridad infinita. Me he vendido, deliraba con intimidad, me he vendido a la causa de un Marco Polo perdido en tiempos modernos... Sin dar al sueño la oportunidad de antojarse pesadilla mos-


tré impaciencia por descubrirme en la impronta del viaje. Luego pensé tímidamente en tipos de personas extrañas, como los míticos inmortales físicos o los que levitan apoyados en un palo; también en los que están siempre de mal humor por padecer raras dolencias de uno entre un millón y de aquellos incapaces de pronunciar “no” en las decisiones clave. A qué se dedicará tanta gente por Bombay, me preguntaba tumbado en el zulo al mirar de frente la amplitud del día vivido; ayudantes y recaderos para todo, limpia-orejas estafadores, botones de ascensor desabotonados, espectadores de las aceras, sabios trapicheros… Cuántas horas sin que nada suceda al borde del tráfico hasta que caen rendidos sobre la mercancía, allí mismo, en el escaparate de una vida. Como era de esperar, no tardé mucho en asumir la pillería india desobedeciendo adrede todos los clásicos consejos para el turista. Las guías son calendarios, evitan perderse pero apagan el brillo del viaje, advertía una vez perdido por las chabolas del club náutico. En esas condiciones de insalubridad los golpes iban directos al alma, una vez más la realidad superó la ficción: de tanta realidad el mundo se hacía irreal. A cada poco cambiaba el aspecto cochambroso de los rincones donde la mendicidad me miraba como un letrero luminoso con un dólar estampado en la frente. Reconozco que el deseo de grandes acontecimientos de viajero avistaba gigantes de molino en lo que tan sólo eran aspectos diferentes de una cultura. Sabía de sobra que los mismos intereses acechaban en cualquier lugar con otros rostros, los mismos después de tantos, y que era sólo uno de los límites del hombre nunca quieto en la gran pelota azul. Así llegó una apetencia feroz por conocer mis necesidades en India, cuestionándome con qué intención subiría a los trenes, si


de reposo espiritual o de viajero solitario, quizás como turista de mantel o una razonable mezcla. Después de cuatro años sigo sin hallar consuelo al universo de costumbres que flotan en el aire. La paz espiritual prometida desde occidente fue una guerra comercial de supervivencia tan atrayente como la más bella de las indias. Todos siguen ahí y son de verdad, pensaba mientras recorría las calles, ofrecen su especial alegría de vivir al límite con las severas castas y la explotación de la mujer, con la miseria misma en su relatividad y los animales salvajes de ciudad. Miles de cuervos inocentes de las injustas supersticiones humanas. En Bombay encontré animales como personas y personas con forma animal, bestias con mirada profunda de humano y hombres perdidos de mirar. Los ejemplos no entienden de números y pese a ello me rendí ante las posibilidades, ante lo particular que persigue reglas universales escondidas vete a saber dónde. Todavía desde Rishikesh imagino esas anárquicas calles de Bombay a occidente como un gran dictador del que yo era producto interior bruto. Vigilaba de reojo el dinero con ese sentimiento de superioridad obligado, en un campo de costumbres milenarias con herencia inglesa, impotente ante mi condición de llanero solitario con tarjeta de débito y solo, más solo que la una sin ella misma. Nadie es inocente cuando hay manos y piedras, tú ni siquiera te molestas en cogerlas del suelo. Gracias pero no es momento de psicoanálisis. No te pongas así, de sobra sabes que mi insistencia sólo persigue una intención. Otra vez con ese cuento de la lucha por alguna causa. Cuántas veces tengo que repetirlo, mis causas son cercanas, están justo al alcance de la mano.


No digo que decorar un ashram sea una labor menor, el mundo pide más gente como tú, sólo necesitas un detonador que haga explotar la completa lucidez. Anda y vete por ahí con el despertar de la conciencia a otra parte, simplemente es cuestión de decidir. Tu madre misma decía que estar solo embrutece. No me refiero al amor por alguien, eso viene de improviso, hablo de algunas cosas que quedaron pendientes tales como educar las conciencias a través de la expresión. ¿Ya no te acuerdas manchego? Aquellos días en Bombay contaron con exageradas precauciones traídas de serie que exigían rigor en la limpieza bucal con agua embotellada, secar concienzudamente la piel después de la ducha y ordenar la maleta tres veces al día como un manual de instrucciones que respira y padece. Si bien condené pronto tanta prudencia relajando esa absurda marcha encaminada a traerme más desgracias de las previstas. Pero la guerra siempre estaba fuera, entre la muchedumbre expuesta a la sinfonía de bocinazos aceptados por defecto. Cuando algo molesto se interponía en la marcha de un vehículo éste avivaba el estrés en una disputa por el avance. Los sin motor apenas frotaban sus cuerpos como lámparas maravillosas con algún deseo por consumir agradeciendo el invento de la rueda con toda combinación posible. Carros medievales y bicicletas igual de ruidosas competían con rickshows remendados con piel humana. Las fachadas, enemigas del ángulo recto, enriquecían el escenario incubando exclusivos microclimas en cada mácula. Anclados en los barrizales se erguían postes de madera carcomida por el salitre soportando modestas lonas de plástico en una ostentosa necesidad de volumen. Menos mal que la vista tuvo el encargo de asimilar Bombay a condición de una recompensa entre los suculentos restau-


rantes de diseño o la obligada visita al lujo con vistas a la Isla Elefanta. Era evidente el contraste de las calles deprimidas adheridas al lujo de toda gran ciudad, acaso separadas por señales contundentes e invisibles de ricos sintiéndose más ricos cerca de pobres más pobres. Cerca se suponía un submundo animal entre el gobierno de vacas, cuervos, perros, puercos y un sin fin de seres ciudadanos con los mismos derechos, pero sin deberes. Una mezcla que fundaba un lugar de obligada convivencia, los humanos en constante trajín y los otros marcando territorio con un saber de bestias sin adiestro. Ejemplo del perro mil leches que atiende con astucia desde cada esquina su temperamento de rey, la noble raza del chucho entristecido con vistosas secuelas de castigo. En ellos, la noche despertaba un decorado para ensayar ladridos y arreglar cuentas entre bandas cosmopolitas de colmillos, peligrosos durante la quietud de la noche. A la semana de caer en Bombay encontré un primer aliado viajero que llegó como otro ángel a la taquilla de billetes para extranjeros. Se movía alrededor del mundo con las rentas de un piso alquilado y presumía de dos años en Sudamérica, uno en África, en Etiopía, donde perdido en el barco del arroz, atracó en tierras indias. Era de carácter agradable y pasado de rosca, un corpulento con la cabeza rapada. Juntos tanteamos platos por los puestos de la calle en ademanes de atrevimiento, con zumos de frutas que exprimían al momento y una lista interminable de platos elaborados bajo la sofocante humedad del monzón. Hasta un individuo sin sombra ni ciencia nos brindó ganja con gestos sagaces bajo el umbral de una galería. El ánimo rechazó nuestro miedo y fumamos en la habitación de su hotel comentando la ventaja de los países donde es posible sobornar al policía. Tenía por


compañero a un inglés de descendencia hindú que dedicaba su tiempo al misticismo y la reflexología, anclado en un personaje de extrema candidez sumergido en una vida energética y respiratoria. Para un occidental acostumbrado al exquisito orden de los centros comerciales los mercados asiáticos pueden suponer un avance en la particular escala “sensibilidad”. Ahora, desde la costumbre de Rishkesh, me obligo a saborear la exuberancia de esos días de atención inflamada. De tantos mercados hallamos uno realmente dantesco con moscas intentando aterrizar sobre la pista de los ojos de las cabezas colgantes y hombres recostados en losas de mármol aún salpicadas de vísceras inocentes al celuloide de nuestro safari. En la puerta nos esperaba el clásico cazaturistas que por necesidad nos obligó a despreciarle con malas palabras después de muchos intentos de dialogo. Muy cerca esperaba otro mercado de telas con curiosos puestos que dibujaban un espacioso laberinto donde los tejidos presumían de tintes radiantes y bordados de cachemira; fulares de seda gruesa repujada y pañuelos con miniaturas pintadas por la paciencia de una mano anónima. Aunque lo más hermoso fue vestir mi piel hecha al nylon sintético con kurtas sólo imaginables en noches vírgenes y extravagantes. –¿No te parece que es muy complicado?– Comenté al canario desde dentro de una camisa mientras la probaba. –¿A qué te refieres?, a este momento, a tu vida, a la vida en general– Respondió el canario con la mirada insípida y un largo silencio. –Me refiero a todo este tinglado, al montaje humano. –Por lo que veo, el cannabis está haciendo de lupa. –¿Es posible salir de la cabeza y saborear la realidad por completo?, ¿Hay algo que no sea mero pensamiento?– pre-


gunté sacado del silencio ambiente. –¿Quién te crees que soy? Me temo que te equivocas de persona. Quieres saber más de lo que te corresponde. –La gente se hace preguntas, es lógico responder al origen. –Ni siquiera estoy seguro de estar haciendo lo correcto en este interminable viaje, siempre es el cuerpo el que limita; la mente, el alma, los músculos, el dolor, incluso los dioses de esta gente, todo está aquí dentro–. Confiesa el canario señalando su sesera. –Así que... –Oye amigo, ¿no serás uno de esos intelectuales?–. Me interrumpió con un corte dulce. –Si vienes con ese rollo mejor haberte tumbado en un diván. Estás aquí porque el cuerpo te lo permite, necesitaba moverse y esa es la única explicación. Si lo fuerzas, como haces con tu cabeza la vida, te parecerá complicada y dispersa. Simplemente se trata de comer, respirar, dejar pasar los pensamientos sin resobarlos y marcar tus límites… –Ssshh, escucha un momento–, le pedí silencio sin poder contener la emoción de una postura tan fresca. Fue una sorpresa encontrar una fiesta de barrio escondida tras un sitar e iluminada de multicolores bombillas y galanes de permanente hilaridad. Un grupo de percusión de tabla interpretaba un ritmo, común a todas las culturas, parecido a la música house pero sin la base tecno. Había infancia, mujeres bailando en grupo, hombres disfrutando de ellas con religión y hasta un viejo barbudo a lo Siddharta que repartía dulces excesivamente pastosos. Al salir del recinto docenas de intocables nos acertaron con sus escudillas, con la estrategia de arrastrar piadosos niños para el imposible rechazo. –Esta gente no va a salir nunca de ahí, ni los nietos de sus


nietos; sólo el maravilloso mundo de las creencias les permite reencarnarse lejos en el tiempo–, aseguré con la voz tomada mientras compraba leche en polvo para los más pequeños. Luego me enteré que la revenden al mismo tendero a mitad de precio y así salen todos ganando en el negocio. –Ellos no creen en nada, no salen porque están muy dentro. La pena es pertenecer a una casta inhumana y haber sufrido la desgracia de una sequía en sus pueblos de origen para llegar a este estercolero. Salen de su tierra creyendo que la gran ciudad es un lugar de oportunidades y luego caen en el engaño. –De alguna manera nos pasa lo mismo, ¿no crees?–, dije. –¿Por las ciudades? –Más bien por la mentira o la verdad que cada cual hace de su vida–, aclaré en tono trascendental pero sin intención de serlo. –Ah, ya–. Contestó el canario, ahora con una sonrisa cómplice que animó la explicación. –En fin, que para saber donde estamos hace falta mirar la situación desde lo alto y admirar a las águilas, ellas se pasean a sus anchas por los cielos sabiendo que nunca pueden ser devoradas por ningún otro predador, en la cima de la cadena. –Nosotros sí que estamos en la cima y, ¿para qué? Para destruir lo de abajo–. Dijo a punto de pegarle una patada a un cachorro que le mordía el pantalón. –No es para tanto. La maldad es una enfermedad arraigada en el corazón de los hombres y se cura no haciéndole mucho caso. El bien es todo lo que tiende a desordenarse, el libre albedrío de la materia dentro de su orden; el mal por el contrario es todo aquello que trata de poner orden a la naturaleza–. En cuanto vi que el canario se había perdido dejé de palabrear y esperé una respuesta deshonesta, bien merecida


por el discursito que le acababa de soltar. –Entonces tus palabras son malas porque lo dicho es para tratar de ordenar el bien y el mal, y el orden según tú, va contra el bien–. Y allí mismo se quedó más ancho que un carancho quitándome las ganas de palabrear para los restos. Una dirección de correo me separó de este compatriota de buen corazón al rechazar su oferta de continuar viaje hasta Puri, al otro extremo del país. Jamás volví a verlo. Un ejemplo más de los encuentros entre héroes de cuento con etiqueta de caducidad unidos por palabras de más de tres sílabas y poseídos por el incontrolable deseo de llegar juntos a los márgenes del temperamento. El ambiente de espera sobre Bombay, dado la vuelta en el reflejo de los charcos, invitaba a caer en pensamientos tan densos como el gris perla de las nubes o la bruma de la bahía. Pedí posar a un niño con su hermanito en brazos ante la cámara como si la vida del pequeño le fuese en ello. A partir de entonces declaré la guerra a la seriedad por temor a hacerme rígido y marmóreo. Si un niño en esas condiciones regala sonrisas por qué no iba yo a continuar los guiños de mi cultura. Qué digno explotar el carácter manchego con tiempo de sobra para perderme y buscar entre los recovecos del alma quijotesca. Mucha soledad cantando por las calles de Bombay con temas de cualquier género, sin duda, el punto de mira de los paseantes que sonreían al simpático enfermo mental extranjero, llegando incluso a las patadas flamencas para la atención de los indios. A otros les apuntaba cómicamente con una mueca de payaso sin faltar al respeto mientras los de vuelta de todo me desdeñaban con mala sombra haciéndome callar con absurdas persecuciones. Se pierde mucho del viaje si sólo recibes, dijo el taxista filósofo dentro de su primera


batería de verdades. Entonces creí importante estampar las señas de procedencia allá donde fueres, que aún haciendo lo que vieres, igual valga lo que sientes.


¡Oh! Cultismo

Sería muy torpe culpar a los griegos por inventar la matemática, ¿o fueron los egipcios extraterrestres?

Con mi llegada a Rishikesh, y en pos de la paz, intenté sumergirme en momentos respiratorios con extranjeros felices por pasar una temporada en manos del Maestro. Eso de avivar tus cenizas espirituales observando el ego funciona pero sólo es una pequeña parte del montaje espiritual a modo de conductismo descafeinado. En las sesiones de yoga reina una terapia contra los males de la mente, traducidos en el respirar hasta aprovechar la energía de los elementos. Lástima que mi fobia a etiquetar las causas niegue métodos de tan ridícula seguidilla, ya que parece más refrescante fabricar una vida sin exigir porcentajes a la digestión ni atesorar listas de remedios, a fin de cuentas, reglas útiles para unos y forzadas en otros. No hay mayor certeza que alejarme de fórmulas y doctrinas sin desprecios ni burlas, a favor de una naturaleza donde las cosas caigan por su propio peso. Desde los primeros aciertos con el público las pinturas se


explotan al turismo en postales y visitas guiadas por el propio Maestro, muy orgulloso de su artista importado “from La Mancha, Spain”. El discurso para los visitantes se prepara atendiendo a mensajes de paz entre dioses y hombres; polvoreando mandalas al viento; recreando escenas vivas que llenan de rebote las escudillas de los espabilados mendigos en el portón del ashram. Gente inofensiva exhibiendo sus mutilaciones a rastras y que sin remedio presentan el escaparate más desgarrador de este complicado país. Pero también veo pobreza en el egoísmo del artista moderno por no tener en cuenta que la belleza supera lo humano. Así debe ser. Si algún día pusimos las reglas, debieron de caer en el olvido. Con menos, el artesano antiguo se ennoblecía persiguiendo la aprobación de los dioses por levantar en su honor algo hermoso, entrenando sus virtudes sin caer en soporíferas teorías. Y precisamente esta línea, la de dioses sinceros e incuestionables, es la que parece enorgullecer a todo el vecindario cuando presumen de pertenecer al ashram del pintor español. Para mi sorpresa los murales más recientes de dioses luchando hacen de reclamo a los peregrinos del Char Dham, acogidos en el panorama religioso de Rishikesh como parte del decorado. La famosa ruta recorre el nacimiento de los cuatro ríos más sagrados, situados en auténticos parajes a los pies de la gran cordillera donde estos días las imágenes conquistan el aura en las postales esparcidas por los puestos. –El Ser es uno y sólo existe la verdad de cada cual–, reza el Maestro cuando le da por quitar mérito a las hazañas de los dioses como seres que se manifiestan en mil formas sin dimensión, sobrealimentados por las primeras causas. –En algún lugar fuera de la vista se condensa lo que debe ser bello pero todavía ignoro dónde cae con exactitud–. Le dije a un alemán coleccionista camuflado de excursionista


compró veinte dibujos. –Entiendo por pintar un dialogo entre manías y obsesiones que chocan con escasos momentos de originalidad–. Esta vez, la sinceridad convenció a un pequeño empresario coreano que me propuso un negocio de camisetas estampadas. Compró otros veinte dibujos incluyendo en el pago la explotación de imagen. Meses después supe que el alemán vendía en Europa camisetas (de diseño exclusivo) con mis estampados diez veces más caras. El coreano, en cambio, no llegó a imprimir por la denuncia de una organización a favor de la conservación de los iconos religiosos. C´est la vie. El tópico dice que la obra de arte se abandona, que nunca se termina del todo, pero más bien es el reojo de algún despistado admirador el encargado de cumplir esa función. Lejos de banales suposiciones quisiera saber dónde van a parar las verdades que dejan de serlo. –Una verdad es mantener al mismo nivel los objetos y el cuerpo, cada cual en su pista–, dijo Maihara, el pintor más respetado de Rishikesh, cuando intentaba corregirme uno de los paños laterales del templo. Si bien las circunstancias del ashram exigen motivos con familias de dioses atiborrados de símbolos ohm o iconos religiosos, así preparo encuentros de imágenes bandidas que saltan de una creencia a otra sin la menor vergüenza. Con ese descaro evito los convenios poniendo algo de pimienta a la seriedad mística. La mitología es un juego interno que guarda sus secretos más obscenos contra las religiones que representan. Sólo en la intimidad me atrevo con Baco y Shiva montándose un trío con Rama; o la trompa de Ganesh que da mucho juego para hacerle un estriptis al Trimurti con Leda y su cisne en prácticas zoófilas. Ya desde el panteón de los dioses mediterráneos se mofan de las escrituras védicas pero


,a la contra, el elenco de dioses hindúes planea una ofensiva al más alto nivel. Aquí cabe toda crueldad en la estrategia porque el mundo sólo es un balón que los altísimos podrían mandar de una patada a la otra parte de la galaxia. Aunque últimamente trato de mantener la paz en los reinos celestes para conceder la tregua a las contiendas terrícolas. Con este espíritu los muros se han ido completando prácticamente solos, animados por una fuerza inexplicable a la acción como un alumno hiperactivo expuesto a una amplia gama de posibilidades. Lo llamo física quántica del día a día. Cualquier fragmento de pintura se independiza del creador en cuanto adquiere consistencia, condenando la figura del artista a lo que siempre fue: un artesano con aspiraciones divinas. –Como manda la sangre, soy amigo de la euritmia y me resisto a la cultura del todo vale–. Este u otro sermón parecido es un adelanto para turistas adictos a las explicaciones que conciertan una cita desde su país de origen y pagan generosas sumas con el fin de conocer al artista en persona como un producto exótico. No puedo negar mi presencia en estos casos por respeto al Maestro y, pese a todo, la gente extranjera resulta grata. De ellos se agradecen palabras curtidas y miradas de reconocimiento fraternal, de lo contrario acabamos como tarzanes con la maldita economía del lenguaje. Perdona la sinceridad pero todavía te pesa haber abandonado la lucha sin tocar el límite. Con tanto juicio olvidas que una retirada a tiempo… Sí claro, y ante la duda la fuga. –Alguien sensato debe aplicar las justas proporciones olvidadas por el virus del mínimo esfuerzo–. Alegué esta vez en


mi defensa contra un tribunal de turistas ingleses que despreciaban la armonía y de paso, presumir del esfuerzo por crear el taller de pintura. Dejé muy claro que mi escuela ideal está por hacer, probablemente en Kerala cuando tenga el equipo necesario. De seguido los turistas se interesan por mi historia con una metralleta de preguntas que contesto en versión resumida. Ellos acatan la condición y escuchan mi sueño con curiosidad, como una utopía posible. Les cuento que estoy desarrollando un método para eliminar el miedo a través de la expresión, desde el más insignificante hasta el primer miedo, la muerte. El método se basa en la intuición como conocimiento verdadero y en el equilibrio como condición indispensable para la libre expresión. Deja ya de presumir con cosas que solo están en tu cabeza, puedes pasarte la vida hablando de lo que eres capaz sin llegar a nada. Tienes razón, aunque me gustaría, para variar, que dejes de lanzarme dardos pues de lo contrario te perderé el respeto. Mi trabajo consiste en alisar el camino y si tengo que entrar en guerra lo haré. Te aseguro que no será tan agradable como mis consejos. –Cualquier tiempo pretérito fue más que un pasado–. Dijo un inglés de ridículo tribunal en un juego de palabras que salieron por la presión del opio. –Pero hay un apunte. En esos pretéritos tiempos el pasado era simple y ahora es compuesto–. Contesté por seguirle el juego, impresionado por su reacción. Nadie pudo adelantar el estruendo de carcajadas que el inglés fue capaz de extender a la multitud por contagio directo. Las gentes desde el portón se iban llenando de risa atraídos por el ensordecedor tumulto. En un instante de éxtasis la calle entera cayó en un profundo estado de locura en bruto, poseídos por las órdenes de algún dictador que nos conden-


aba de alegría. Y con la misma vehemencia que asomó, desapareció la locura en cuanto el inglés cayó desplomado. Sólo quedaron unos tímidos gritos sueltos peregrinando en el eco ante un evento tan misteriosamente espontáneo. –Bastante dramón tuvimos los mediterráneos con la invasión de los bárbaros del norte o con el invento de la razón por los isleños del sur, no menos bárbaros–. Esto salió de un profesor napolitano el año pasado en un alcoholizado debate nocturno. El señor defendía las proporciones clásicas en contra de la modernidad, pero aquí, lejos de la cultura y ausente de la dominación mediática, poco hueco queda para los argumentos del ilustre napolitano. No es difícil encontrar viajeros habladores que practican su profesión de cuenta cuentos en las noches de calor sofocante. Tanto presumen de auténticas cruzadas por el continente africano como de curiosas anécdotas de confusiones burocráticas en repúblicas bananeras. Todos aseguran que gracias a estas experiencias, las más significativas y excitantes de su vida, pueden demostrar que la realidad sigue dominando la ficción a ciencia cierta. Aunque de seguir así me temo que no habrá buen acuerdo para tanto paladar en la revoltosa cocina de masas. Siempre lo mismo en los telediarios: catástrofes naturales en los países pobres, y Europa apestando a decadente alcanfor mientras los Bárbaros Unidos siguen en su línea, entre noticias vacías de verano. A medias se cuela el descubrimiento de una vacuna que justifica la mafia farmacéutica o el despegue de otro satélite para afianzar la tontalización. –¡Hasta dónde somos capaces de llegar con tanto miedo en vena!–, termina por contestarme el viejo mono en un refinado acento de Oxford.


Fave Lalala

No hay antídoto para el hombre moderno empeñado en medir el mundo con su compás.

Fue a la semana de llegar a Bombay cuando la aventura dio

su verdadero pistoletazo de salida. En el contexto surgió la conmoción de sentir alivio al ver en el lodo mis preciosas babuchas mientras andaba ante la variedad. Sean un kurta largo y un pijama a juego empapados en sudor, o calzas de pescador con camiseta de algodón o trapos cada vez más descuidados los que limitaban mi silueta, cinco kilos más ligera desde el despegue. Mejor no tener en cuenta que con una panocha apuntaba al espejo para celebrar a pecho descubierto las disparatadas muecas de mi cara, desafiante sobre los juicios de su doble. Locuras de solitario que aún se resisten a volver a la cueva de donde partieron, ajenos a la medicina moderna. Pero lejos de causa moral que lo justifique, mi aspecto acompañaba a la humedad y el clima del monzón. Precisamente bajo aquella sana metamorfosis surgió otra impaciente y descabellada ocurrencia: subir un escalón más en el límite humano. El taxista filósofo asomo su cara de júbilo al verme de


nuevo, ¿casualidad? Cien rupias extra por llevarme a lo que consideraba uno de los peores lugares en donde puede vivir un ser humano. Esta vez el taxista mostró una actitud contenida y misteriosa, sin mediar palabra con el deber que exige la compañía. Después de hora y media atravesando por entero Bombay cruzamos hasta el limes, un lugar donde nadie desearía morir. Hasta el sol, que había encontrado su hueco entre las nubes para iluminar el trayecto, prefirió esconderse a nuestra llegada. Otro sentido me decía que de allí era posible no salir ileso por la rapidez con que el taxista huyó de un acelerón, embarrándome hasta las grietas de la piel. Dos lustrosas muchachas con los pechos al aire lavaban ropa sobre una losa de mármol en lo que parecía una entrada informal del suburbio. Se miraron extrañadas antes de sonreír, sin dejar de frotar fuertemente, hasta que una de ellas, la más guapa y de pechos menos generosos, voceó unas palabras en maratí. Entonces acompañé sus risas y salieron corriendo para adentrarse en el inmundo laberinto de chabolas atestadas al paso de sonámbulos con mirada estéril. Lo que quedaba de tránsito estaba encharcado de montículos de basura, escalada por niños en competiciones para alcanzar una lata de refresco en la cima. Las siluetas se acercaban con curiosidad porque visto desde la planicie descendía el sultán de palacio para animar a su pueblo. Rostros de betún en la penumbra de viviendas mil veces arrasadas por el temporal, contenían la expectación de un niño en su primer día de clase. Olores a especias e incienso competían con esencias de animal y gases de aceites amargos en los olvidados pasos. No faltó tiempo. Después de un corto camino de charcos un grupo formó de seguido un corro alrededor mío. Las dos lavanderas se encontraban también entre el público junto con otras amigas unidas por la potencia del grito, escupiendo además restos de comida en


violentos estallidos. Al fondo destacaba un joven sin piernas llevado a hombros entre varios con la misma gracia que un torero sale por la puerta grande. A pesar de la cantidad de flancos que me amenazaban logré articular unas palabras amistosas en hindi, pero de nada sirvieron. –¡Yurmani Hichi!–, voceó una niña que me tiraba del pantalón con una fuerza inusual por el supuesto actor de Bollywood al que me parecía. Entonces todo el griterío se multiplicó por diez porque la niña dió luz a especulaciones muy diversas de talla popular. Los que sostenían al torero tullido le soltaron de golpe y como un saco de cemento cayó desplomado a un charco. Esos mismos zagales con brazos fuertes y escuálidos bastaron para organizar el trofeo del extranjero en aquel momento de pavor ante tanta violencia confabulada. Uno de ellos apretó fuerte mis muslos y le solté una bofetada sonora con la mano abierta, pero el canalla sonrió sarcásticamente como si la esperase de antemano. Me ví en una olla gigante de tribus caníbales al sur de Eritrea o en un sacrificio que ofrece el alma a los dioses y la carne a las aves carroñeras. Lo tengo merecido por listo, clamaba en voz alta junto al delirio de voces, mejor estaría en una tetería de Colaba o en el barco de la isla Elefanta portándome como un buen turista. La tremenda muchedumbre se detuvo justo cuando dejé de forcejear. Si no te ríes de tu destino es que no has entendido el chiste, recordé la frase de algún escritor oportunista. Por increíble que parezca, todas las manos que no dejaban hueco en mi piel firmaron juntas un tácito acuerdo para posarme delicadamente sobre el suelo. ¡Coreografía televisiva! Lo que tenía delante dudo pueda llamarse hombre a secas, era un gigante inflado de músculos con mirada serena y atenta. Éste guardaba la puerta de una chabola algo más decente cubierta por un surtido generoso de plantas en flor y postes


carcomidos de madera tropical para techar el fieltro. Con un empujón delicado, el simpático gorila me invitó al interior de alfombras árabes donde reinaba un acogedor aroma y una atmósfera clemente. Un hombre de mediana edad recostado sobre un amasijo de cojines, esta vez sí era un hombre, me invitó a la cercanía desde la penumbra. Su inglés barría las alfombras en cada sílaba, torpe pero tremendamente musical y embriagador para la muchedumbre, que agolpada fuera, dejó de gritar siguiendo una orden muda en pleno entendimiento con su líder. –Soy Chatay, responsable de la gente que vive aquí. Estamos poco acostumbrados al merodeo de turistas, sé que desde fuera se sorprenden y venden nuestras miserias–. Hizo un alto para servir té sobre dos pequeños vasos de cristal con los bordes dorados y escrupulosamente brillantes. Aunque pudiera parecerlo sus palabras no eran de amenaza, más bien escondían la intriga de un cazador o la confesión de un hombre esperando de un pozo la respuesta del eco. Incluso parecía que Chatay estaba tan sorprendido como yo del encuentro, sólo así se explica el respeto y la cordialidad una vez desestimada la posibilidad de encarnar al afamado actor. –¿Un poco de té? No temas, nadie va a hacerle daño, ruego perdones a mi gente por la incómoda bienvenida–. Yo seguía sin intención de pronunciar palabra. –El caso es que estás aquí, ¿verdad? Déjame adivinar, eres un curioso que gusta de grandes impresiones, ¿voy por buen camino?–. Asentí con un leve meneo vertical. –Sólo quiero pedirte un favor, un pequeño favor que nos hará felices–. Se produjo un punto de inflexión en aquel instante después de pasar el primer apuro. Por primera vez podría ser más útil que un simple turista devorador de rupias. –El té calmará los nervios. Verá señor...–, dudó tutearme


ansioso por descubrir con el mayor tacto posible su propósito. –Gabi–, dije con la mano en el pecho. –Verá señor Gabi, tengo dos hijas en edad de merecer y quiero casarlas con dos jóvenes que aman desde niñas–. Por un instante, me imaginé casado con una belleza india rodeado de descendencia con las bocas abiertas como polluelos en nido. Luego recordé los pechos de las dos chicas de la entrada y sufrí una imparable erección. El gorila se percató de ello sin darle importancia hasta que el líder continuó con su exposición. –Más té para nuestro invitado–, dijo al gorila que trataba de apaciguar a la multitud cargada de expectación. Chatay continuó hablando en un tono aún más conciliador. –Como le decía, mis dos hijas traerán suerte a estos olvidados suburbios. Ya de niñas se prometieron con dos jóvenes que nacieron en esta misma casa y marcharon a Londres para hacerse hombres de provecho. Se despidieron siendo tan sólo unos chiquillos con los créditos de todos nosotros y ahora, la próxima semana, regresan después de diez años. –¿Qué necesita de mí Señor Chatay?– Arranqué por fin con tímidas palabras de sumo respeto. –He observado cómo cambian sus costumbres aquellos jóvenes que viajan fuera y más cuando se trata de la otra cara del mundo. Todos los años nos envían desde Londres un paquete con regalos y una hermosa carta dedicada a Siume y Mita, mis hijas. En las cartas muestran deseos de volver a nuestro país, pero en la última parecen haber olvidado su compromiso con quienes le deben todo. Pido que orientes a mis hijas en las costumbres europeas. –A mí mismo me resultan más sugerentes las chicas indias, quizás ya sepan lo que van a encontrar–. Dije con intención


de librarme del extraño favor. –De no estar convencido no me hubiese tomado tantas molestias con el taxista para que te escogiera entre los miles de turistas que merodean Colaba. Mi sangre se heló de súbito. Qué extraño ver siempre a ese taxista filósofo insistir en la puerta del hotel donde recibiría el encargo de encontrar un turista que viajase solo como principal requisito. –¿Convencido de qué?–, dije duramente sin poder ocultar el haber sido víctima de un elaborado rapto. –Tranquilízate my friend, sólo estarás con nosotros estos días y aquí cuidaremos de ti–. Se acercó y plantó su mano afectivamente sobre mi hombro. Lejos del laberinto en que se había convertido el viaje y rendido a la suerte de aquel rapto beneficioso me fundí en lo ridículo de las circunstancias. Aquella situación apelaba a un juez absurdo y desconfiado que vivía en mi cabeza y se preguntaba cuánto había de verdad en la historia de Chatay. Consejero de dos muchachas que esperan los frutos de una inversión comunitaria con microcréditos a su amor de la infancia. De dónde habrá sacado el destino semejante comedia, con qué divisa pagué a los dioses para que me reserven un testamento tan disparatado. Cierto que nada malo sucedió, fue como asistir a la universidad alojado en una chabola alfombrada que compartía con tres vagos solterones de los que aprendí más que de muchos presuntuosos catedráticos. En la obligada convivencia se ve de cerca la novedad del paisaje femenino por senderos que exploré hasta la saciedad en compañía de las dos futuras esposas antes de que los deseados muchachos “lonindinenses” hicieran su aparición.


Sin dudarlo ambas eran hermosas y sugerían misterio, uno sumiso, cándido, de belleza repartida entre una gitana y Sofía Loren con fisonomías que iluminan un interior pacífico. Siume era guapa con avaricia pero no lograba hacer sombra a Mita al disimular sus carencias con una extraordinaria vitalidad. En lo sucesivo pasamos largas horas hablando de chicas y costumbres que a mi parecer hacían a las mujeres occidentales más artificiales. Desde el primer momento saqué un as de la manga para hacerlas saber lo importante que es mantener la feminidad, que muchas chicas la habían perdido por tomar en serio un feminismo galopante, despiadado incluso con la objetividad de los sexos. En esas semanas de prisión observaba a señoras ya entradas en años evitando las miradas directas y cómo las más jóvenes se alimentaban del inquilino extranjero con domésticos secretos. Cierto que la mujer india educada en la tradición de la conformidad recrea sus encantos sometida a la sombra del varón. Aunque estos tópicos se cumplen, pero se debe matizar la apariencia, si algo he aprendido de las indias es su vasto poder de puertas para dentro. Son legítimas faquires de un idioma acogedor, tiernas madres que entonan poemas en las sofocantes noches donde el sufrimiento desata una sentencia. Poco costó imaginarlas en el amor rodeado de pieles oscuras, con los meandros de cabello agazapados en el momento de la entrega, un escándalo dulce desde una violación juguetona. Así su carisma de vírgenesmaría con atuendos de sobrenaturales colores daban el morbo de monjas guapas en aras de cometer un pecado. Evocaban, por qué no, el vestuario de las grandes superproducciones cristianas siguiendo a Moisés por el desierto. India en su mayoría es un escaparate de fugacidad femenina para mirar y no tocar, si pruebas tienes que comerte el plato entero con guarnición


extra. De ahí que muchas jornadas tuve que tragarme deseos que hubieran provocado un terremoto en los compromisos maritales de las dos jóvenes. A Chatay lo visitaba de noche en compañía de una hoguera y la televisión, otra gran pista sobre la cultura india; películas nuevas a la antigua, amores plomizos con canciones horteras o divertidos videos musicales que acomodan modernidad y tradición en un ritmo estrepitoso. Por antena se lucen mujeres increíblemente hermosas que repasan los bordes de la pantalla veneradas por un ejército de bailarines sin vergüenza. Al bailar recorren las siete maravillas proyectadas a sus espaldas en un croma. En el mismo plato se degusta una publicidad para oligofrénicos de teléfonos móviles y coches de lujo que provoca en esta gente vetada al consumo maléficos deseos. Si manchego, desde las antenas parabólicas de las chabolas hasta el ansia global por convertirnos en información teledirigida. Me alegra estar de acuerdo. En las mañanas del suburbio muchos enamorados disfrutaban de la paz de un parque asilvestrado conscientes del lujo del amor, de ahí las tentaciones de besos escondidos tras los arbustos. Sin prisa, paseaban familias enteras, adolescentes cogidos de la mano en los límites de la miseria; reojos que tratan de sorberse las almas unos con otros en un encantador juego social. Hay un salto cuando entiendes cómo ama esta gente y aceptas que cada idioma se cree a imagen de una raza. Tenía la impresión de estar oyendo en el timbre de algunos vendedores de samosa un sufrimiento ancestral que ha reconocido su grado, así ocurre con las razas esclavizadas por el hombre blanco donde el orgullo les lleva hacia una insultante conformidad.


Llegó el día esperado. Un evento celestial debió programarse en las alturas por tanto despilfarro en su bóveda: sólo así se justifica el fugaz presupuesto divino reservado a la bienvenida de los dos hermanos desde Londres. Llegaron cada uno con una motocicleta Royal Enfield de fabricación moderna que aparcaron en medio de la placita principal que distribuía las chabolas. Vestían ropa ancha de rapero con emblemas como “be yourself” o “find your way”, sólo que más sofisticados e indescifrables. La presencia de los jóvenes en el suburbio desentonó todavía más que la mía, por no hablar de sus trazas desaliñadas a falta de un buen baño. Los dos zagales, Chantal y Bablo, dejaron muy claro que ahora se hacían llamar Dj.Tantra y Mr. Gethy respectivamente, prototipos de un grupo de música electrónica de éxito en la noche londinense. Por más que oliesen a universidad de pago se respiraba en sus aires un pasado marginal y de necesidades básicas al descubierto sin el encanto de un vino degustado en tierra de cultivo. Por eso el encuentro con las chicas no fue como lo esperado. Para empezar, Mr.Gethy se había puesto gordo como un zote y tenía la cara llena de granos y una piel catódica por las miles de horas de freaky frente al ordenador más otras tantas de trajín nocturno. Según me explicó más tarde Mita, Dj.Tantra había perdido también el encanto del niño bonachón y cordial de antaño, sólo interesado en sacar fotos al suburbio para presumir de hombre de mundo con sus amigotes. En ningún momento dieron ademán de quitarse las estúpidas máscaras que habían adquirido en el mundo de la abundancia. Hasta el líder Chatay quedó decepcionado con el timo del destino remarcando los surcos de la frente ahora más profundos. Después de un ligero almuerzo las dos parejas se marcharon juntas y de mala gana, regresando ellas dos solas, horas


más tarde, en el taxi del filósofo con los saris desgarrados y los rostros hinchados. Las encontré llorando abrazadas a su padre, respirando a ritmo ligero y entrecortado. Ni las suaves palabras del líder pudieron contener el engaño, ahora obligadas a renunciar al sueño de su vida, lejos del abanico que hubiese ayudado al pequeño suburbio a salir de la miseria. Pero no pudo haber mejor dicha, pues hubiera entrado en el suburbio de Chatay otra miseria de peor guisa, la misma que me impide regresar a una civilización consumidora de inconsciencia. Al parecer, los dos granujas cantamañanas llevaron a las inocentes ninfas a una fiesta de alta sociedad y las obligaron a consumir drogas de diseño para luego ridiculizarlas delante de una corte de víboras y estirados. Pretendían aprovecharse de ellas como si fuesen dos putas de reality show ante la expectación de yupis globales conectados en directo por video conferencia. Así los fans podrían participar desde Londres en la performance de estos dos espantajos, que consistía en desvirgar a Siume y Mita online usando sus gemidos para la base musical. Me pregunto a qué clase de malparido podría ocurrírsele cosa igual, con esa falta de decoro y dignidad humana. Sólo una mente enferma y egoísta producto de la esquizofrenia global es capaz de convertir las almas en objetos de culto y cumplir un plan tan vacío de luz sólo por seguir acumulando éxitos. Pero la fama póstuma es olvido, nos advirtió el emperador Marco Aurelio. Con estas palabras, bien entrada la tarde siguiente, acolché la desgracia y el sentimiento de culpa de Mita, que se coló en mi chabola para huir de los chismes. En mi sorpresa me ofreció una sonrisa y un beso en la frente con deseos de llegar más lejos. Hubo un largo momento de silencio donde ni un hacha hubiese podido cortar el espacio que nos separaba.


Ante aquella belleza me lancé tiritando a la carnosidad de sus lóbulos desprovistos de colgantes. Su piel era de sabor especiado, salada de más, pero de un tacto suave que me despertó agradables cosquillas. Imposible negarse a un tímido beso en los labios y a un abrazo de amantes prohibidos con el aditivo de su primera vez. Respiré hondo para sentir lo grande del ser humano y su capacidad para permanecer tan real aún en aquellas condiciones, disfrutando del aroma que desprende la supervivencia.

Cansado de Bombay decidí un cambio de destino el mismo

día que cumplía veintinueve años, recuerdos participantes en una carrera con un número al dorso compitiendo para ver quién es capaz de ir ganando puestos en el ranking. Siempre mentimos, cuando no a nosotros mismos, a los demás, hasta que la mentira termina por ocupar la verdad y fundirse con ella. Eso no es del todo cierto. Hice bien al huír de Chatay a oscuras, antes de que Mita confesase nuestro idilio y viese mi libertad en peligro de extinción. Para mí que fuiste un miedoso...


Shanti Shanti

¿Y vivir?

La comunidad prepara el evento para despedir a su pintor

manchego, se viste de gala con una hilera de focos frente a los murales. Buena idea la de mostrar los cien metros de paños y frisos, anunciados en carteles que el manitas del templo hizo imprimir en la rotativa de Rhishikesh. Queda pendiente una charla de despedida con el Maestro para agradecerme los años dedicados. El hombre lleva inquieto unos días porque hasta el momento no se ha celebrado en el ashram un evento de esta magnitud. Como amuleto recibiré un porcentaje de los posibles beneficios de las pinturas, suficientes para no preocuparme más por las rupias en algún tiempo. Los Hombres-Política piensan que una entrada libre al público puede suponer un atropello de masas y no queda más remedio que tener en cuenta los credos. Al menos, habrá comida y bebida gratis para abastecer la generosa multitud de las calles con bidones de líquido refrigerante. El negocio del alcohol lo lleva un amigo a puerta cerrada, sólo para turis-


tas hechos al sabor del alambique y herejes hindúes cogidos también al gusto. Por mi parte, dejo una reservé dispuesta para fumadores y tranquilos adictos a los enteógenos, noticia que mandé correr entre dos visitantes francesas para encender la mecha y así atraer a un público más picante. Muktab, más nervioso que de costumbre, ha encargado sustancias varias de gran calidad a un médico de origen italiano que, según los entendidos, fabrica el mejor aceite que unos pulmones puedan inhalar. –Baba, sólo dos mil rupias, todo de lo mejor, por favor compra, compra–. Ruega Muktab, emocionado y ebrio por la pequeña dosis que le han dejado probar. –¿De dónde voy a sacar tanto dinero? El ashram está haciendo un esfuerzo terrible para organizar este tinglado–. –No problem Baba, Muktab pedir dinero a turistas ricos–, todos los turistas son ricos para él. –Pero tú lo llevas, bastante tengo con el papel de anfitrión. –No más preocupar, sacaré dinero para nuestro viaje. Había decidido partir con el muchacho mañana al despertar hacia el frío del norte, donde nos vendrá bien pasar una temporada entre la nieve antes del prometido palacio de Dheli. Todavía en la penumbra de la aurora y sin que sirva de precedente, llego temprano al sol para contemplar cómo la obra se independiza del creador. La fiesta puede ser una buena ocasión para lucir el traje de seda que mandé hacer en Varanasi años atrás. –El Maestro le espera en el templo, sir–. Un niño bien vestido me interrumpe en un momento íntimo.


Al viejo lo encuentro sentado en los peldaños del santuario mesándose las barbas, más joven en esta postura donde advierte mi presencia desde largo. –Namasté–, en vez de reclinar la cabeza juntando las palmas opto por la mano en el corazón, que parece más universal. –No es momento para entristecerse, querido Quijote, todo el bien que has dejado seguro te será recompensado. –Gracias a usted, Timurna–. Pongo una nota desenfadada al llamarle por su nombre de pila. –Te admiro porque rechazaste mis enseñanzas desde el primer día, tu único interés gravitaba en pintar y por eso serás laureado esta noche. Agradecemos tu generosidad y la buena suerte que has traído siempre, sobre todo en el taller que sigue adelante y funciona bien. Pronto nacerán de esta escuela nuestros propios artistas. –Soy yo el que debe agradecer vuestra hospitalidad. Antes de llegar creía que mi vida era sencilla pero estaba equivocado, tú me enseñaste a hacer sangrar las palabras. –Todo ha quedado más hermoso a tu paso, ¡mira qué radiantes están ahora los muros! Sólo deseo que el camino se porte dócil y favorable. Tomando mis manos hacia su pecho canta una alegre canción de liturgia, más sentido que de costumbre, e impregna mi frente de pigmento rojo. Sin mediar gesto, como un devoto recién santificado, regreso en silencio a los preparativos de la fiesta, secándome las lágrimas, bajo el mismo sol que sigue titilando otro día más sobre las aguas del Ganges. En la cocina se afanan mujeres y cocineros traídos de los puestos callejeros para la ocasión con espabilados chefs de las calle que demuestran toda clase de delicias a bajo coste. Mientras tanto, los chiquillos adornan de guirnaldas los ar-


cos que apuntan al péndulo central y fuera se concentran puestos ambulantes llegados de la ciudad con un amplio surtido de mercadería e ingeniosos inventos. Los más astutos aprovechan para hacer el agosto con curiosidades de segunda mano cargadas de historia. De no tenerla, se disparan pronto con imaginaciones rápidas y listas al momento. Se abren las puertas del ashram. Suena la música de un grupo de viejos hippies afincados aquí desde los setenta que armonizan tablas, sitares, flautas de bambú y hasta un hombre orquesta con aparejos fuera de nombre. En el interior quieren conocer al pintor. Cuento a ojo trescientas personas en el patio antes de unirme pero la fiesta crece hasta perder los números, llegando pronto al esperado cupo. Una minoría de afortunados cargados con rupias olisquean las pinturas y preguntan por el artista manchego como si me conociesen. Algún interés les mueve al famoso reservé, del que ya se ha encargado Muktab después de cobrar mil rupias a cada invitado. El ticket es un retal de papel sellado con un tampón del ayurveda, que hace de rúbrica para garantizar la autenticidad del documento. –No problem sir, very good sir, lo mejor de lo mejor para disfrutar, el artista les invita personalmente a su reservé–, así convencía Muktab a los turistas por las calles para dar publicidad y cerrar acuerdos previos. Ante tal propuesta pocos viajeros se escapan de la suculenta tentación y ninguno desaprovecha la oportunidad de poder contarlo semanas más tarde en su país de origen. Al mezclarme con admiradores observo a las parejitas prototipo de máscara feliz y resulta de lo más divertido. Con sus vacaciones anuales practican los deportes de riesgo y creen que sólo por estar aquí merecen una medalla olímpica. Sigo observando la fiesta como un mono vagabundo hasta


lanzarme de lleno a la multitud. Contesto a insulsas preguntas y atiendo las tímidas voces que me susurran proposiciones al oído. El grupo de música salpica más agradecimientos defendiendo la celebración, entonces subo al escenario con un discurso flojo y una botella de whisky en la mano adulando entre palabras sencillas. Observo a las mujeres, bebo, río con los chismes de algún turista y abro al fin las puertas del reservé a la exquisita selección de Muktab. No sé cuántos tolas de charas, ganja, opio, incluso gritos de algún algún vicioso quedan aún por soportar. El grupo va creciendo hasta extenderse como una epidemia moderada y discreta, con charlas animadas sobre arte, inspiración, hierba, buena hierba, mala hierba, hierba en general. Bellezas veinteañeras buscando hombres maduros o aventureros; príncipes azul verdosos en proceso de abdicación con guerreros sin antifaz. Cada jaula pide libertad en el zoo por diferentes condiciones, cada piel queda dispuesta al baño de barro para cumplir con los roces en desinteresadas caricias; enciclopedia de besos, de abrazos, muestras de encantos y prototipos de amor efímero. En eso se ha convertido el espacio que durante estos últimos tres años fue un ejemplo perfecto de beatitud. Pero manchego, ya sabes que del amor al odio sólo hay un paso. Y de la pureza al vicio un centímetro escaso. La fiesta sigue ardiendo en el patio con niños llenándose la barriga de salados y reputadas figuras del gobierno de la región haciendo lo mismo con disimulo. Hay terratenientes fabricantes de esclavos, nuevos ricos que aprovechan el momento y, cómo no, toda la corte mística de santones, gurús y saddhus atendidos por el Maestro, como si de un aquelarre se tratase. También hacen acto de presencia personalidades


de la calle que por arte de magia imponen más respeto a la nobleza del pueblo que los poderosos. –Ruego me perdonen señores, pero debo atender otros intereses–, me disculpo perezoso con la política, llegando incluso a rechazar la oferta de un funcionario para legalizarme en el país. La química golpea mi cuerpo con sabiduría e intensidad, de nuevo me hallo en la reservé dejada a cargo de Muktab y dos amigos punjabíes de taller. Dentro disfrutan valientes desnudos jugando a mirarse mientras otros bailan, flirtean y se hunden en la humareda mágica. Con ellos se imantan las parejas entre misteriosas charlas de sisha donde la gravedad anula la presión sobre decenas de cojines. El suelo está confundido. Al final, gano un hueco en el rincón de tres extranjeras, una rubia y dos morenas, vestidas de un delicado sari medio translúcido. Me veo cómodo entre la inteligencia intuitiva y aún mejor con las insinuaciones jocosas. ¡Sorpresa, una bandeja de dulces escondidos en la cocina que rescata Muktab! Con los dulces, el afgano me añade al oído palabras amargas de prudencia a pesar de tener todas las licencias que el Maestro nos concedió. Como buen anfitrión desalojo el cuarto de excesivos y durmientes molestos. Todavía puede presumir Ali Baba de ladrones suficientes como para robar las riquezas de la noche. En ello siguen las naciones, unidas por la pureza de cometer pecados en público entre visionarios resolviendo el mundo al servicio de los budas, o bailarinas de un solo trapo improvisando una coreografía sensual en el éter. Los ayudantes de taller se mezclan por igual con los invitados viajeros demostrando con disciplina sus artes manuales en masajes, preparados vitamínicos, ungüentos mágicos me-


dicinales y hasta una batalla de fuegos artificiales con palillos chinos compitiendo con cercanas explosiones de mondas de naranja: Velas, espejismos, tintineo, tacto acogedor... Fuera, en la calle, se cuece un motín de dudosa procedencia enfriado por la presencia militar. Seguro que es alguna pelea amistosa de peregrinos hindúes por posar con la belleza de vaqueros. Ya subido de tono, abandono la maratón del harén para servir otra ronda presencial por la gala. Explico técnicas olvidadas a señores agradables interesados en la simbología y las artes en general repitiendo cien veces la misma canción como una gramola suicida. ¡Acaso no saben que las palabras dejan de tener sentido al repetirlas muchas veces! Ese es el papel del pintor en una inauguración, pulsar el play situado en el primer chakra y cantar la misma tonadilla de borracho simpaticón. –¿Aquella máscara tibetana es de cosecha propia?– Pregunta una señora con las gafas suspendidas bajo los ojos. –No, aquello es un botijo manchego que encargué a un ceramista de Rhishikesh–, no entienden nada estos suecos y ríen forzados pensando aún en máscaras tibetanas. Es evidente la necesidad de magia que tienen la mayor parte de los turistas, cansados de demostraciones científicas y verdades desalmadas. Por eso viajan hasta aquí, de no hacerlo morirían de pena entre vidas sin causa y sin lucha, como apolilladas conciencias con complejo de culpa. Me abstraigo cuando los invitados esperan que diga algo y sigo en silencio una eternidad. –Las imágenes flotan invisibles en el aire y el creador sólo las coge prestadas, entonces les da forma para arrastrarlas a este mundo visible–. Contesto con la moderada elocuencia


del cannabis. –Bonita metáfora–. Suelta un anónimo –Pero demasiado literario–. Esto viene de una figura lúcida y marmórea que no espera réplica. –Así es my lord, la pintura es un arte superficial, se llama pintura al material impuesto sobre una superficie–. Hago uso de la ironía, ahora que no hay presente ningún indio. De todos es sabido lo poco dados que son los nativos a los juegos dialécticos, muy lejos de la picaresca mediterránea. –¡Qué incrédulos son los modernos!–. Replico con desdén para ir acabando con tanta cháchara. –Disculpa mi licencia–, dice el más espabilado, –nos ha dicho un pajarito que has organizado una reservé e imagino que no habrá problema en... –Por supuesto, acomodaros arriba en mi alcoba que yo subo más tarde–. Risas hasta la disolución del grupo con una despedida corta. Un gesto basta para que Muktab guarde las escaleras y cobre otra vez la entrada a los ya cobrados en la calle. Éstos se sienten estafados hasta que el afgano, astuto entre los zorros, deja paso a sus compinches provistos con dos mil rupias para demostrar el nuevo precio. En consecuencia de este negocio todos están pagando encantados las mil rupias extra con los mismos compinches subiendo y bajando las escaleras en cada remesa. En parte consiento este cobro como una oportunidad de pagar a Muktab el buen corazón que ha demostrado estos años, todavía no sabe que ese dinero es para él. A media noche, la banda de hippies despide la concentración con un último tema dedicado a los principios universales de paz y amor. Ni el mismo Maestro puede disimular el alivio cuando aplauden el último acorde. Con un desalojo


pacífico la magia defiende una atmósfera de guirnaldas gastadas por la humedad y banderines animados con geometrías de flores frescas. En un codo del patio esperan unos cojines grandes para que peregrinos y viajeros de limpia ralea posen sus cuerpos cansados. Suerte que la noche cae cálida con los fantasmas de la fiesta encargados de propagar los ecos. Se dejar las luces encendidas en la quietud de unos ladridos sueltos y otros ronquidos de un barbudo hinchado de licor bajo el farol central. Sólo la reservé sigue vibrando con la llegada de los músicos que ahora sustituyen instrumentos de soplo por tubos de absorción. Unos cincuenta anónimos aguantan el festival levantando un brindis mudo cada vez que decido mirarles. En mi rincón se animan las mujeres inteligentes y por allá se desinhiben unos mejicanos acariciándose sin sexo. Con sucinta elegancia nace una danza de cogidos por la cintura ensayando en círculo sugestiones tribales y el resto flotamos apoyados en las paredes sin dejar de cargar hierba en la locomotora fantástica. Nadie duerme en las miradas libres a los malos juicios porque somos corazones sencillos y sangre transparente. Con otra calada intensa en el chillum el mundo se hace pequeño y necesito salir de él. En el cohete me acompañan tres musas dispuestas a explorar otros planetas para comenzar una nueva vida juntos. Pierdo la noción de noción en la nave interestelar, sin logotipo en la carcasa ni patrocinio ni identidad. Pronto llegamos al planeta Placer con un buen “aplaceraje”, y allí siguen los grandes personajes de la historia rompiendo moldes. ¡Vaya topicazo! Veo a Ghandi comiendo hasta hartarse y a Jesús de Nazaret tragándose un culebrón de la tele, mejor aún, al Ché bailando con maestría un tangazo y a Bob Marley en traje corbata firmando la fusión de dos hold-


ings para exprimir un paisito. Buda me cuenta mientras tanto que detrás de aquella montaña, la que se encara directamente a la ventana, los indios apaches construyen apartamentos en la costa. –Mira Gabi–, me señala una de las musas en una pausa con la boca liberada, –¡Allí, allí, Napoleón dejando que un Hare Chrisnas le afeite la cabeza!– Cada cual con su viaje y todos en el mismo crucero, nada malo a estribor ni a popa tampoco, porque se avecinan aguas calmas pero es preciso equilibrar el timón. Vislumbro una poderosa luz que presenta un templo imitación mármol con frutas de cortesía adornando la entrada y manjares deliciosos de cocina creativa. Resulta un decorado artificial similar a los anuncios de compresas donde la chica pasa por mil situaciones en el mismo día. Dentro del templo saboreo lentamente las ofrendas y el ambiente vira a tonalidades más cálidas. Entonces aparece una figura femenina de extrema belleza y la venero como una divinidad que se va haciendo carnal, tan cercana que podría confundirse con la mentira de un oasis. ¡Me abraza con gracia indescriptible! Además tiene una sensualidad fuera de toda intención llanamente sexual. Pensando en esto sufro un despertar inmediato de mil sentidos dormidos profundamente bajo el tuétano. Su cara me es conocida pero no consigo atrapar su identidad ni alcanzar el límite exacto de la incertidumbre. La cortina de humo se disipa y entro en ella… La reservé ha quedado vacía y las ventanas dejan pasar una intensa luz solar tamizada por el papel de arroz que mis ayudantes debieron ordenar con sigilo entre mis ronquidos. En el centro gobierna una pirámide de flores que enjaula un libro dedicado por el personal del ashram con las familias inclui-


das. Hermosos sentimientos puros que leo detenidamente mientras me visto de un kurta largo sorprendido por unas miniaturas infantiles muy elaboradas de los momentos más valiosos vividos entre los patios de la comunidad. ¡Esto sí es una biblia del viajero! Hincho el pecho con satisfacción resistiendo el llanto fácil. Imposible no dejar huellas, que el taxista filósofo me perdone por haber desobedecido su consejo. El sueño ha cumplido su función aliviadora y lo sé porque quedo preso de la imagen onírica abriendo así una arqueta soterrada con capacidad para muchas toneladas de amor. Al abrir la puerta del cuarto para repirar aire fresco y mi corazón se expande de súbito. Anura me mira dulcemente. Creo ver una aparición antes de frotarme los ojos pero es real. La hija mayor de la familia rajastaní que conocí hace tres años en el palacio de Fahtekpur Sikry, la misma que besé detrás de los pilares a la vista de todos, la que ha sedimentado más noches de deseo durante los últimos años. A lo mejor has tenido un sueño premonitorio. Si el gran Alejandro Magno levantase la cabeza…¡Qué mujer tan hermosa! Anura llora manteniendo firme la mirada con una dicha incapaz de revelar y pronuncia mi nombre en un murmullo débil, convencida del encuentro, con un grito a los cuatro ríos sagrados. Explotamos en un abrazo. Hasta los cuervos del tejado salen espantados pero no significa sorpresa, también me envía sus pensamientos por ondas secretas y absorbe los míos en un trasvase de amor. Sé perfectamente cuánto tiempo va a durar el cortocircuito, lo sé muy bien porque sentiré que he quedado vacío de todo y lleno de ella. Así es. Los besos son autores del atentado donde, ciego en el uni-


verso umbilical de la pintura, no acerté a caer. Bienvenido al despertar de un sentido atrofiado por falta de uso. Acabo de notar el clic. Tendré que escribir una carta de disculpa a los chamanes por no haber tomado en serio sus fórmulas en el poder de los sueños. Esta vez las estrellas y los dioses se han puesto de acuerdo, diría incluso que las figuras representadas en las paredes quieren contarme algo y el sol divertido sobre el Ganges me da permiso para reír, siempre con respeto, de las águilas y los calendarios. Anura explica que reconoció mi cara en una revista de tirada nacional en una caja del mercado de Bikaner y que por suerte, coincidió con el volumen de una naranja. En poco tiempo se las arregló para escapar del destino impuesto por su familia en un relevo de trasportes hasta llegar a Rishikesh justo el mismo día en que marcho con Muktab a las montañas, antes de pintar el palacio de Dheli. De inmediato me empapo en el firme deseo de vivir una historia pasional a lo antiguo. Ya está decidido, nos vamos los dos, Anura y yo, con la despedida resuelta y un par de bultos imprescindibles. En el baúl se quedan las cientos de cartas y demás objetos de peso emocional. Por suerte, la recaudación superó las previsiones y a falta dinero sólo tendríamos que escribir al Maestro poniendo los intereses al día, consciente de que con una mujer el dinero hace distinta mella. Marchamos en silencio por miedo a estropear el momento con palabras vacías y pongo fin a la primera persona del singular y a pintar sin una musa encantadora. Quedan por explorar los laberintos del amor en las artes del Kama-sutra y el tantra, abrir los chakras y cerrar los párpados hasta anular los


sentidos. Todo eso pensaba emocionado al tenerla tan cerca. En sus besos alimento un hermoso sentir dejando a su cargo la gratitud de lo bello y el cruce del orden cósmico perdido hace no sé cuánto. La situación exige un acuerdo sobre el plan a seguir: primero, salir de Rhishikesh hacia el norte, segundo, vivir entre la nieve para comenzar con un nuevo formato de amor y, tercero por mutuo acuerdo, no usar ni una palabra hasta llegar al destino. ¿No te parece eso un poco romanticón? Espero que Muktab sepa encajar el golpe al verse reemplazado por una mujer, confío en que su buen fondo le haga entender la situación, conociéndolo capaz sería de perseguirnos hasta los confines del mundo. Pero antes debo dejar las cosas bien atadas con su porvenir. La decisión ya está tomada, Gabi. No valen los arrepentimientos.


Vodevil

Salimos de una fábrica en vez de una matriz.

La humanidad tardó miles de años en descubrir cosas que no

deben demorar más de un segundo, pensó el adolescente en un ataque de egocentrismo galopante. Muy loable por su parte pretender filosofar y hacer arte como el que guarda la pelusa del ombligo para hacerse un jersey. Ya de niño se apoderó de él la misma fantasía cuando a menudo se creía heredero directo de una supuesta alma quijotesca que se insemina por aire. No hace falta decir quién era el afortunado en poseer tales atributos entre el resto de los mortales, pues los genes astrales del ingenioso hidalgo, si existiesen, flotarían por los aires sin la dimensión del tiempo hasta apoderarse de un neonato. Incluso pasada ya la edad de no tomarse en serio esas cosas, nuestro manchego creía que al cumplir cierta edad podría volar como un cernícalo. Para entrenarse colocaba bidones de plástico que hasta una pulga pudo saltar y desgastaba la bicicleta en peligrosos descensos que le tatuaban de arañazos. Visto el desastroso resultado de las pruebas de super-


héroe se dio a los buenos hábitos de la lectura; empezó con Freud porque le sonaban bien las palabrejas, luego Nietzche por poeta y seguidamente todas las figuras del pensamiento que idolatraba de más. Los temas de lectura se turnaban en curiosidades de la ciencia o en ahondar el inconsciente y sus peripecias protagonizadas por personajes gaseosos con vida propia. La cultura resultaba para el adolescente una batalla de reinos sin gobierno, abundante en máquinas capaces de romper las etiquetas. Hasta el pincel que nunca soltó de la mano comenzó a cobrar protagonismo llegando a ser una extensión de sus extremidades según sus mismas palabras. Cuando le preguntaban por la pintura contestaba que nació con un pincel en la mano, lo de pensar años más tarde que el significado último era encontrar la mancha de ese pincel original rozó con creces el lunatismo, pero nadie lo tuvo en cuenta. La música es el sonido que dejan las cosas por el hecho de ser cosas y sólo a veces se consigue hacer música con ello. Esto o algo parecido susurraba el adolescente al oído de las chicas creyendo seducirlas, llevándose la burla de cuantas le escuchaban. Tan ridículo parecía que no fue capaz de anotar segunda cita con muchacha alguna y sólo con suerte saboreó el cacao de unos labios en un despiste alienígena. Menudo afán por alcanzar la sabiduría a costa de sacrificar horas de calle y deportes varios, cosa que al menos, hubiese dado credibilidad al resto de sus habilidades, mal avenidas por el desdén del entorno al que pertenecía. La realidad se quedaba tan lejos del adolescente que no era extraño verle hablando con personajes imaginarios mientras deambulaba. Como además tenía amigos verdaderos y miraba directamente a lo ojos nadie le tomó por un loco, más bien como un muchacho con un particular ensimisma-


miento. Fueron sus propios amigos los que le llevaron por el mal camino, empujándole a cometer ridículos atropellos con el sexo opuesto. Su inocencia le hacía creer en el amor de media naranja y esto le empujaba a ofrecerse a las niñas bonitas con excesivo empalago. Sus cartas contenían más papel que las facturas de teléfono cargadas de falsas promesas de viajes exóticos y aventuras disparatadas que, más que ilusión, inducían al pavor. Cierto que algunas, sobre todo las de tendencia soñadora, agradecían su corazón bondadoso pero rara vez se entregaban a las tímidas peticiones naturales del adolescente. Más risas para sus amigos cuando supieron que nuestro protagonista iba por ahí desparramando ternura sin apenas recibir compensación, pues las que se dejaban besar ya no querían repetir en cuanto le oían recitar al Lorca surrealista, mal entonado y aprendido de carrerilla. Ni su familia escapó de verse señalada cuando el adolescente demostraba demasiados pájaros en la cabeza, espantados en los periodos donde enmudecía por decisión irrevocable. Se enceraba con un caballete destartalado de fabricación casera y un fardo de óleos y pinceles robados -cogidos prestados- de la escuela pública de artes y oficios. Entonces pintaba durante días, sólo interrumpido por la preocupación del padre que veía en su hijo un futuro incierto, peor aún, un inadaptado con sangre de horchata. Sobre todo, cuando entraba en su cuarto de lunes temprano con el zángano durmiendo y recaía en que lo pintado durante la encerrona era un simple monocromo, la conclusión tras muchos borrones. Esperemos que este chico cambie y se haga una persona sensata, pensaba el padre viéndole dormir. No se sabe mediante qué ondas llegó este mensaje hasta el sueño del adolescente, obligado así a caer en una limpia sensación de soledad.


Estos detalles de incomprensión familiar se reflejaban en el resultado de los cuadros, que por primera vez en la historia de la pintura universal, terminaban siendo totalmente funcionales. Sin permiso del adolescente las obras servían de mesa o de trampilla para impedir que el perro pasase al salón; además, sus cuadros eran un regalo comodín para los amigos de la familia, ejemplo de tantos usos que reventaban la ira del adolescente hasta los límites. A veces el perro rascaba la pintura con las zarpas y creaba un textura aprovechable, otras era mejor tirar la tabla por el mal uso que se estaba haciendo de ella, de ahí que muy pocos respetasen la sensibilidad del adolescente a excepción de otros con semejantes miras. Fue su primer grupo de amigos en los que de algún modo se vio identificado y comprendido. Se hacían llamar “los hijos del pipí” y así mismo eran conocidos por sus acciones de vandalismo callejero. Nunca pasaron de quemar papeleras, pinchar y arañar coches caros, activar las alarmas a pedradas, destrozar cabinas o simular al teléfono premios ganadores de paraísos tropicales. Todo contra el sistema opresor que les impedía ser libres, obligándoles a seguir unas condiciones que ellos no estaban dispuestos a respetar; es decir, lo suyo en un grupo de adolescentes. Demasiado criterio para tratarse de unos críos marginales que todavía no usaban ni cuchilla de afeitar. De todas las etapas por las que fue pasando nuestro adolescente hubo una especialmente particular. Su afán por descubrir fronteras le llevó a devorar revistas de divulgación científica y novelas de navegantes sin rumbo en historias donde sólo se describe el paisaje y otros sucesos sin guión. Aparte, engullía las biografías de aventureros como Pierre Loti, Humbolt, Gauguin o el mismo Ché, pero sobre todo dedicaba especial interés a cómo los ilustres se marchaban de


este mundo. Quijote le parecía un buen ejemplo a seguir por las novelas de caballerías pero preferiblemente con más variedad de temas, a entender, que quede la base obsesiva del hidalgo pero sin el delirio esquizoide. La obsesión del adolescente pasaba por reconquistar las indias orientales para dejarlo todo como antes del progreso, más desencantado conforme avanzaba su madurez por verse impotente de rehacer la sociedad a su antojo. La utopía consistía en vaciar las grandes ciudades y repartir a la población en pequeñas comunidades autosuficientes, así se podría evolucionar (involucionando) hasta un estado donde el hombre recupere su identidad y sólo guarde del progreso los favores naturales y la calidad de vida, la única solución posible para salvar el planeta del huracán humano. Al seguir incomprendido entre lo suyos volvió a la soledad de los montes y a las ridículas utopías de reformador. Nadie sabe cómo llegó a su cabeza la idea de que India era el país ideal para vivir según sus quimeras, quizá por la inocente lucha pacifista, por la prometida quimera espiritual, o puede que por capricho de vivir otra vida de costumbres antípodas sin más. Para el caso, nuestro adolescente se hizo un hombre, estudió una carrera y se dejó llevar por la vida dándose del todo por vencido en la lucha. De todas las ninfas que tenía sembradas en el jardín, ninguna se aproximaba tanto a una parada en boxes (así llamaba al comienzo de una relación de pareja) como aquella provinciana morbosa. Para enamorarse bastó con admirar su aire despectivo, como de vuelta de todo, y parecer dispuesto a derrumbar su seguridad. Se llamaba Luna y tenía novio. Uno de esos chicos buenos aunque falto de la pimienta suficiente


para rematar la pasión que, según el joven pintor, necesitaba ella. Pero fue más bien el hábito lo que al final convenció a Luna para caer en la dependencia. Se presentó con un Ribera del Duero y una cena rica en proteínas, dispersa como una damisela sin normas, más bien atraída por una promiscuidad más cercana a la literatura que a la realidad. El juego consistía en no pronunciar nunca palabras que suenen a promesa ni en dar pistas sobre las verdaderas intenciones. Así compartía fluidos también ricos en proteínas, sólo aproximando la boca con aquella primera donante de bravura. Pero la palabra clave era Facilidad, la misma que una buena amante era capaz de dar a los tocamientos, los momentos especiales o la entrega abierta que todo hombre desea estando prisionero en el compromiso. Facilidad para soportar cargas livianas. Facilidad para penetrar las avenidas y para dejar distancia, decidido a no entrar en portales complicados ni en pomposos arcos de triunfo. Un hombre, cuando se casa pierde mucho como persona, decía un viejo defensor de la llanura manchega. En menos que canta un gallo y sin saber muy bien las causas, “una bajada de guardia” le dijeron, se encontró en una vida sin ser dueño de la misma y con pocas compensaciones. Luna engordó cinco kilos nada más casarse; falta de respeto, decían los poetas del marido pintor; una decepción, decían otros colegas que se inspiraban en ella como buen ejemplo de mujer. En poco tiempo, Luna ya no disponía de los hermosos atributos que a un hombre le son decisivos para descansar de la ajetreada vida de soltero. Para entonces ya se había convertido en un pelele que pasivamente desempeña la misión de mantener buen orden en el hogar a costa de ir rela-


jando con ingenio la tensión conyugal. Ya no tenía tiempo para los amigos ni los enemigos, ni para acostarse tarde con cuatro tragos de más, ni para los espacios de soledad ni para los paseos a las tres de la madrugada al encuentro de otra tez vagabunda. Ya no hay desorden ni pasión por desordenar. Todo es luchar contra la entropía familiar y seguir a pies juntillas las pautas sociales de comportamiento. Nuestro manchego se había equivocado. Pero al principio Luna era diferente porque le forzaba a madrugar de amor para contemplar el amanecer, proponía descabelladas excursiones a parajes lejanos, soñaban con los futuros planes de cambiar el mundo y de crear una escuela en la India, un lugar para eliminar el miedo de los corazones. Luna era divertida y alegre, alocada cuando bailaba sola en medio de la Gran Vía de Madrid sin importarle las miradas juiciosas. Además, daba seguridad para los celos cuando se iba al Caribe con sus amigas. No quedó nada de eso. –A Dios se le fue de las manos–. Dijo el esposo rompiendo el silencio del calor estival. –¿Se fue qué?– A ella las palabras le pillaron por sorpresa mientras pensaba en cómo resolver un rincón. –La Creación, la obra de Dios, se le fue de las manos–. Repitió el esposo. –Te refieres a todo. –No, solo la parte con conciencia–. Al decir esto su mujer le dedica una mirada áspera y resabiada, como si otra vez esperase oír las mismas elucubraciones a las que estaba acostumbrada. –Por qué no las piedras, ellas también son conscientes–. La esposa se esfuerza por acompañar la metafísica de su mari-


do. –Porque la conciencia es el orden más perfecto de la materia, claro que las piedras forman parte del Ser, son, pero carecen de conciencia. –Si acepto eso pensaré que a Dios se le fue de las manos lo de crear al hombre y ahora el invento se ha vuelto en su contra–. Al marido se le iluminó la cara por ser esta la primera vez que su mujer daba una respuesta sugerente, pero la alegría dura poco en casa del pobre. –Con lo profundo que te pones olvidas las tareas que me prometiste. Con esto último borró cualquier síntoma de felicidad que pudiera tener el esposo que, antes de cumplir con su promesa, sólo quería de corazón recuperar las antiguas charlas de soltero. –Nadie como tú para bajarme de golpe a la tierra, con lo bien que está uno flotando para luego aterrizar como un culpable–. Pensó el esposo, dejando al descuido que su mujer escuchase las últimas palabras. –Nadie es culpable de nada cariño, cuando te pones tan fantasioso creo que algún día te volverás loco y marcharás a esa India tuya de fantasía–. Dió comienzo el chantaje emocional. –Esto pasa por leer mis intimidades del diario que nunca debieron salir de ahí. India sólo es un sueño de diario. –¡No me gusta verte soñar!– Le reprocha ella con un timbre rancio, humillándole a ojos de cualquier persona sensata si la hubiera cerca. –Tengo derecho. –Claro, tienes derecho a soñar en sueños pero despierto debes atender tus obligaciones. Madura de una vez para que no piense que estoy casada con un adolescente–. La esposa espera una respuesta de reconciliación que allane la carga.


–Pensaba que esto del matrimonio lo llevaría mejor, ¡no llores mujer! Tú misma reconoces que he perdido chispa. –¡Estás loco! Mira que poner en el diario que lo dejarías todo para marchar en busca de nuevas “desventuras” a las indias orientales...–. –Ya lo sabes, te has casado con alguién que tiene ilusiones y quiere vivir, ¿sabes lo que eso significa? –Escucha –dijo ella–, escúcha por favor, si sigues por ese camino todo esto se va a la mierda. –Las buenas intenciones no impiden que tú y yo sigamos sin la verdadera pimienta. Esta fue la última palabra que pronunció el esposo antes de ella enmudecer dentro de un acuerdo práctico, casi lógico. El esposo arrumó la maleta con lo imprescindible y viajó con un doble clic hacia donde sabían aquellos que respetaban sus sueños.


Manchegando

Las sociedades modernas han convertido al hombre en una masa homogénea en comparación a toda esta gente multiforme y variada.

Bienvenidos a la estación de ninguna parte, figuras tristes y oscuras que bailan la eterna melodía de la miseria. Sucios andenes decorados con vendedores y niños haciéndose adultos a pasos forzados. De repente, un apagón. Todo dejó de existir en unos gritos generales desesperados por atrapar un trozo de realidad que se había ido. Otro ataque de pánico mientras las palomas se dan coscorrones entre las chapas del tejado. Allí mismo quise apagarme con un botón porque lejos de toda referencia estaba sufriendo una rara intensidad entre los patológicos sesos. Luces, cámara y acción aparecieron, acreditando un rezo automático agonizante. Solté la mochila hasta quedar marcado con su textura y comencé a llorar por ver a un niño cansado de buscar aliento en la basura. La espera en la estación se llenó de más niños arañando plásticos y personajes de toda ralea que cobraban vida como los juguetes a


pilas escondidos durante años. En el hall reinaba un trasiego de hospital de guerra, donde las figuras, esparcidas por el suelo, esperaban el uso de su herencia inglesa. Sólo decir que el ferrocarril emplea a dos millones de personas para siete mil trenes diarios, es la línea más extensa del mundo... ¡más extensa que el mundo! Subir en primera hubiese traicionado el humilde masoquismo que a todo viajero de mi condición lo hacía especialmente cutre. Para un viajero experimentado el tren sólo hubiera supuesto una simple molestia necesaria y unas horas mal guisadas en incómodas posturas a cambio de una ventanilla que ofrece escuálidos horizontes de polvo. Ese no era mi caso. Al primer trayecto lo precedían miles de leyendas sin moraleja y consejos de caminantes que de poco valieron enjaulado en el vagón. Por los andenes entorpecidos se hacinaban bolsas hasta hacerse gigantes de molino, esta vez sin el delirio esquizoide. En cuanto vi llegar al tren desde lejos la marabunta se agitó como abejas enjambradas golpeándose sin disculpa entre mozos de traje rojo. Así me condené a viajar en “sleeper class” durante un año, ya que el siguiente peldaño eran vagones demasiado mágicos para el culo de un occidental, algunos amalgamados en la estrechez con los pies hinchados o sentados en el aire sobre cuerdas fijas a los extremos de la ventana. Asombraban las posiciones inverosímiles, suspendidas en un bastón, cerca de los acurrucados, entres bultos acróbatas u otros levitando sobre el camping gas mientras se prepara comida de niños para ancianos. Con el tren relleno de carne salí de Bombay atento a un ligero presentimiento. Por un momento juré que nunca iría hacia atrás, que a partir de entonces las cosas sólo podrían ir a mejor y me acordé de la famosa escena de Scarlet O´Hara.


Y así pasó. Eso Gabi, el mundo es la proyección que haces de él. Al comprar el billete de tren pensaba en una litera espaciosa y tranquila, pero fueron vagones tabicados con compartimentos de dos por dos para ocho personas, con tres literas a cada lado de las ventanillas y otras dos paralelas al pasillo. La litera del medio se plegaba sobre la pared haciendo de respaldo para que otros ocupantes se sienten durante el día. Ahora entiendo la risa de aquellos turbantes sikhs, compañeros de vagón, cuando dije que era mi primer tren en la India. Los vendedores gritaban en exceso espabilando los pasillos con termos de Chai mientras otros mozos ofrecían comida para callar las bombas picantes al paladar mediterráneo. En India el sabor original de la comida lo ocultan las especias, pues el picante quema las bacterias cotidianas e inmuniza el organismo. Los musulmanes en cambio tienen otra dieta por su religión aunque sus platos compartan influencias. India es prácticamente vegetariana siendo la carne de pollo o de cordero un lujo que poca gente puede permitirse y la vaca, sagrada por convenio, es devorada por castas sin ley en los llanos de estiércol siguiendo una lógica supervivencia. El día se fue apagando para despedir un Bombay con interminables decorados de chabolas como la de Chatay. No muy lejos se alzaban edificios a medio construir justificando los andamios de bambú en asombroso contraste con las tonalidades del ocaso, destellos colándose entre esqueletos de hormigón. Estos mosaicos son construidos por el gobierno para especular con el terreno e así limpiar la ciudad de porquería, aunque terminan siendo expoliados para convertirse en nuevas favelas verticales, aún en peores condiciones de salubridad.


Después de cinco horas petrificado en el asiento, la única actividad posible era fijar la atención en el techo para atender un desconchado de pintura o las dobleces del respiradero, suficiente para suponer formas a partir de pequeños arañazos en la chapa, escenarios de batallas con lanzas, goyescos rostros desfigurados, sugerentes cuerpos estilizados o manchas abstractas que alcanzaban sorprendentes fantasmagorías. Tumbado en la litera más alta combatía un eterno lapso, pero el tiempo es algo interno y había que contenerlo en un solo punto. La espera es una asignatura pendiente que el progreso intenta aniquilar de nuestras vidas, por eso nos ceban con aparatos seguros y tecnología ultra veloz evitándonos la espera, de la cual huimos sin valorar su terapia. Cierto que con la espera se multiplica la observación y los pequeños detalles aumentan hasta hacerse elefantes de tremendos pisotones sobre la conciencia. En un tren indio nunca se está dormido ni despierto, todo presenta un mundo dividido en compases musicales que el alma interpreta a su antojo y tú, sin trabas, respondes con cercanía. En el tren advertía con claridad mis sellos de procedencia acentuados con la distancia, porque hasta los paisajes manchegos imitan los áridos cuadros surrealistas. Un decorado aséptico resalta los sucesos oníricos igual que la llanura de la ventanilla. En el paisaje manchego se agrupan familias de pinos aisladas entre los cultivos de vid, donde las tierras se visten de sienas sobre mantos fértiles expuestos a los contrastes entre los pastos y las encinas solitarias. Si eres alguien debes pertenecer a una tierra, de lo contrario nada crece. Recordarás las palabras del Maestro en la víspera de un ayuno. De ese tópico en concreto lo dudo, pero no creas que te voy a dejar desviar el tema hacía la moralina, estaba pensando


en La Mancha por mal que te pese. ¿Pesarme?. Todo lo contrario, soy yo el que de vez en cuando insiste en que mires hacia tu origen. Cuando te diga chucho meneas el rabo. ¡Qué desagradable! Un pequeño pueblo manchego contiene los ingredientes de una obra surrealista, desde los directos comentarios con sus motes hasta las costumbres en el comercio y numerosos vicios medidos por el absurdo afán de entrar en Europa. Observad a los abuelos echando la tarde mientras juegan al dominó en el casino, enérgicos hombres de campo que nunca agotan los refranes en peligro de extinción. Seguro que en el mismo pueblo pelean sin causa las nuevas generaciones manchegas, españolas, globales, internautas de centro comercial. Es necesario recuperar los refranes para que el mundo se universalice con la sabiduría castellana: habla chucho que no te escucho (tapándose los oídos); con palos hasta los burros arrean (sucedáneo de la letra con sangre entra); si la hueles, bajo el culo la tienes (la mierda y la culpa); haz cien y no hagas una, y como si no hubieses hecho ninguna; piensa mal y acertarás; barrer y joder no puede hacerse a la vez... Un largo tren de dichos. Muchos tratados de filosofía podrían reducirse a estos desgarros, tan infantiles tan saludablemente crueles. Al igual que los sueños, los dichos poseen una villanía inocente pero a la vez consciente de la provocación. Es el universal espíritu quijotesco que nos delata como surtidores de ruido. Las nueces son contingentes. En las dos literas paralelas al pasillo del compartimento descansaba una familia joven con un bebe y un niño pequeño. Admirable la paciencia en el trato, con las tiernas miradas que


se dedicaban. No pudo haber mejor compañía como ejemplo de convivencia para agrandar una noche en cualquier lugar entre dos estaciones anónimas. Las horas se sucedían con siluetas protagonizando la penumbra de las estaciones iluminadas con la precariedad de una bombilla colgante. Por los pasillos del vagón se hacinaban cuerpos tirados que sorteaba descalzo de camino a la letrina, yendo y viniendo con el sigilo de un gato sobre un banquete de durmientes. A las treinta horas sin comer se produjo un momento importante mientras seguía tumbado y trastocado por el viaje. Me invadió una sensación de bienestar para darme a entender el sentido del vacío, pues ayunando di paso a una escurridiza dimensión del alma, quedando ésta más ligera de actividades pendientes. Abrigué una paz desconocida donde las partes internas se ordenaron en un puzle que resuelvía sus últimos huecos, sin reparo me recreaba en la quietud de los supuestos sencillos. Era el cuerpo siempre, sabio capaz de convencer a sus defensas para fabricar los más acertados mecanismos. Hacer el bien o amar al prójimo se reconciliaron en sentencias absolutas beneficiosas para la salud, luchando así por salvar un acuerdo dormido en una reconfortante cueva hasta el amanecer. Los ecos de vendedores en otros vagones hacían de gallos para dar la bienvenida a un nuevo día, que en mi caso, fue continuación del anterior. Durante la noche debieron subir otros pasajeros aumentando la población del vagón hasta simular un zoco medieval. Sin piernas arrastraban el cuerpo los intocables, valiéndose de muñones para limpiar el suelo a la vez que extendían la escudilla con la boca. Viajeros ojerosos con la cara hinchada de sueño esperaban también al chico del chai y de reojo descubrían mi mala noche con una generosa sonrisa de prueba superada. El resto parecía haber


dormido en casa y ahora desayunaba por cuenta propia esparciendo hatos de poco ritual. Al poco el tren cambió de perfil, esta vez era una gran boca dispuesta a comérselo todo como un ejemplo de la cadena que condena al indefenso para justificar al poderoso. Ya se sabe, la naturaleza es jerarquía como las castas y las clases sociales, no hay nada que reprochar al hombre por vivir acorde a su naturaleza. Mejor no compadecerse de nadie para aligerar las molestias que saben del responsable original. Volvieron entonces las palabras del taxista filósofo como una huella estampada al nacer: cómo saber la consecuencia última de una acción, cómo resolver los problemas que infectan la cara vista y enferma del planeta. Otra vez, Gabi. De nuevo intentando resolver el mundo con esos revuelos. Voy a serte sincero, no dejo de observar tu fuerte ímpetu por las causas pérdidas. Si me permites recordar: mucho antes de aquel avión de sólo ida, cuando quisiste cambiar las conciencias, propusiste utópicas soluciones que cayeron en saco roto. La causa estaba perdida de antemano, me topé con la política como Sancho con la Iglesia. Para mejorar el pulso de las conciencias se precisa de un cambio general en los hábitos de consumo y en el uso de la tecnología, en los… ¡Que honesta ingenuidad, Gabi!. No necesitas justificar tu derrota conmigo, ya conozco la película. Confiesa que todavía te pesa el haber desistido demasiado pronto y esa es la espina con la que debes vivir. El primer portazo en la cara te desanimó y con el segundo golpe, asestado por tus propios compañeros, tiraste la toalla. Lo sé, baba, lo sé, estabas solo en la causa pero descuida que no voy a secar tus heridas con trapos viejos. El trayecto Bombay-Agra, el primero de una saga por todos los rincones del país, llegó a su fin. Un ejército de rickshows


esperaba atento por servirme como a un príncipe cargado de buenas nuevas; que si era israelí, que si mi cara les recordaba a un actor de cine very beautiful. En las largas avenidas arboladas estos simpáticos chóferes presumían de libros firmados por turistas con emocionadas palabras sobre aproximadamente la vida. Trataban de convencerme para hacer de guía durante mi estancia en la ciudad, interesados en cubrir los próximos días con un trabajo fijo. Bienvenido al mercado del turismo agresivo y feroz. En sólo tres ruedas se desplazan viajeros apiñados con sus mochilas y nativos ergonómicos aplastándose graciosamente unas caras con otras para colorear la comunicación y poetizar la urgencia del movimiento. Ahora creo que el planeta gira por el movimiento de esta gente. Estarás de acuerdo en el binomio necesidad-ingenio, sin él nos quedamos en la superficie. A la vista está. Confiesa Gabi, ¿no es eso lo que más te atrae de vivir aquí? El tranquilo personal en azaroso movimiento, tanta necesidad de espacio y tan poca de tiempo. Podría ser eso, el tiempo aquí pasa a su debido tiempo. Parece que ahora estás más a gusto conmigo, querido Gabi. Incluso, podemos ser amigos. Lo cual no quiere decir que te tome del todo en serio, estás enganchado a mí. Mejor tenerte por una droga que por una obsesión permanente. Creo que sigues sin entender que no hay división… ¿Qué? Después de este primer viaje en tren me rendí durante dieciséis horas a la cama como un campesino abatido, de-


lirando ante el reposo completo donde huesos, músculos y nervios se desgañitaban huyendo a su posición original. Bajé hasta unas imágenes que venían a mi auxilio como teloneros de un macroconcierto onírico. Acababa de conocer a Muktab.


Amor en Tiempos de Coca Cola

Elija modo automático o pulse una tecla: D=despertar; M=masturbar; L=lavar; T=trabajar; C=comer ó cagar; A=aficionarse; E=enamorarse; M=mentir; S=sugestionarse.

La ciudad del Taj Mahal era plana con el río Yamuna como

eje para los grandes monumentos. Detrás de la impresionante tumba de mármol blanco yacían esparcidos por el barro restos de tallas del muro de piedra roja, y frente a la otra orilla bromeaban unos niños en un escenario selvático de bueyes retozando en el barro. Aproveché una barquita de remo para acercarme a los animales mansos y admirar aquella maravilla, volviendo al tópico, producto del amor. Vete tú a saber cuáles fueron los motivos por los que algo así pudiera construirse, tanto la historia como el negocio mediático se interesan en poner amor por todas partes y eso es sospechoso. Tenía enfrente una postal viva, un marco romántico al viejo estilo de aves y chapoteos para aliviar el calor, antesala del infierno en algunas zonas del interior del país. Estaba a la altura del Sahara pero reverdecido, húmedo en la estación de lluvias y


seco el resto del año. El monzón simplemente es una cucharada de jarabe amargo que hace insoportable salvarnos de un desierto. Conocí a Muktab con sólo doce años pero su inteligencia y seguridad le convertían en un personaje inverosímil, como si otra persona hablará por él desde dentro. Lo encontré atendiendo con cordialidad las mesas del hostal donde descansé unos días durante mi estancia en Agra. Muktab se presentaba con mirada espabilada a todo aquel viajero que supiera entrar en el juego. En los escasos momentos de libertad contaba su historia de largo peregrinar como niño solitario. Entre nosotros se ató una amistad de profesor-alumno, uno sacando curiosidades culturales del baúl y el otro de cicerone especializado en rincones no aptos para turistas. Ratos donde componíamos cadáveres exquisitos al espirógrafo, invento de los setenta que consistía en girar un bolígrafo sobre una rueda dentada, y ésta a su vez sobre una plantilla para obtener, diferentes trazos de estrellas o complicadas geometrías. La primera visita fue al Baby Taj, un edificio anterior al Taj Mahal y de inferior tamaño pero tranquilo e inspirador. Antes de llegar el rickshow se atascó en un puente, con camiones, bueyes, motos y coches familiares como en una película del neorrealismo italiano; gritos de mujeres en los balcones. Los hombrecillos de la discordia alcanzaron un acuerdo y en pocos minutos, por arte de magia, se despejó el paso. En la pequeña joya musulmana una paz inundó el aire y me descalcé por el patio entre los suaves canales de agua entre losas de piedra con delicadas proporciones. Sorbí toda la energía que pude de aquella casa de muñecas gigante orlada de inscripciones del Corán. Disfruté de alegres impresiones puras, del juego de dos periquitos que cambian de árbol siguiendo sus propias leyes periquitas y de niños dictadores gobernan-


do las almenas. Pero no fui el único observador, descubrí unas siluetas desde la penumbra abusando de la pereza antes de pasar a la acción de las calles. Sólo dos horas en calma bastaron para anunciar batallas entre lo ajeno y lo propio, llegando ambas a confundirse en un baile de máscaras con matrimonio y divorcio en la misma tarjeta. Marché de allí con planteamientos de cuidarme para que lo bueno sea duradero y lo bello además de grato provoque inquietud. En sus ratos más despejados Muktab me buscaba para seguir con más razonamientos como buena mente sedienta de saber. Tal fue el encandilamiento que rechacé muchos paseos por la ciudad para hacerle compañía en su trajín de sirviente, bajo la mirada del jefe, que sentía en el muchacho falta de dedicación. Su sueldo no superaba tres noches mías de alojamiento a cambio de veinticuatro horas de servicio, afortunado además por tener al menos un cobijo en el laberinto de las despiadadas aceras. Con los días le vacilaba en asuntos de chicas con lógicas que aclaraban su dudas, muchas dudas. Era pronto para hablar de mujeres, me decía, hay momentos para todo si te sabes administrar. Siempre vestía con la misma ropa lavada a mano hasta disponer de una muda que le regalé junto al sueldo de un mes. Incluso llegué a pagar con rupias al jefe del hostal por alquilar a Muktab como cicerone para visitar el Fuerte Rojo. Llegado el día de marchar me entregó un pañuelo prometiendo, en un arrebato de chiquillo, buscarme allí donde estuviera. Le deseé suerte con un efusivo abrazo emocionando a su dueño, sabedor de su tesoro a tiempo completo. Faltaba por ver si la educación y las comodidades de un buen colegio no hubiesen corrompido su naturaleza incandescente o si una vida más cómoda hubiese apagado su envidiable espíritu de lucha.


Días antes de aquella emotiva despedida fui víctima del aburrimiento por unos viajeros que compartían experiencias a lo boy scout. Se fueron presentando un inglés de origen indio, un canadiense pelirrojo patizambo y una joven corpulenta de ciento cincuenta kilos que viajaba desde el país de los tulipanes. Todos parecían un producto de mercado con su código de barras, instrucciones al dorso y vidas encasilladas en etapas; primero crecen hasta descubrirse el bello, después tienen su primer tocamiento, al poco pasan a la marcada primera experiencia sexual y terminan la carrera para satisfacer las expectativas del mercado hasta caer en una crisis de identidad. Entonces ceden a la etapa de aventureros exóticos con tarjeta de crédito y miradas perdidas en el horizonte para sentir por dentro cosas especiales... La idea del viajero como aquel aventurero sediento de camino, dispuesto a exprimir el mundo, corre peligro de extinción. Pocos desafían al destino y se atienen a la vida como un gran árbol que ofrece frutos para comerlos verdes o maduros. Fue triste comprobar que los mochileros hablaban con iguales planteamientos, ladrando enterita la Lonely Planet con anécdotas a doble línea y una sola cara; conejillos de indias dirigidos por control remoto forzando reuniones “espontáneas”. La holandesa necesitaba mostrarse ultrasimpática por su complejo celulítico, era el clásico prototipo de mujer con restos de acné juvenil y palabras cursis de pastor protestante, los otros dos simplemente buscaban compañeros para continuar viaje. –¡¡Holaaaa!! Me llamo Berta y soy de Holanda. Yo soy Bishal, de England. Y yo Charles, de Canadá–. Estas fueron las escuetas presentaciones. –Una vez conocidos los concursantes comencemos con la tanda de preguntas, miren a las cámaras por favor–. Rompí


así el hielo, con risas del inglés que contagió al resto. El chico de ascendencia india era de una familia pudiente afincada en Londres y ahora viajaba para conocer sus raíces. Era Brahman, la casta más noble, y creía en la igualdad entre personas a lo televisivo, esto es, solidario con los necesitados como algo impuesto por la sociedad de consumo. Sí, Gabi, la solidaridad también se ha convertido en un producto empaquetado. El brahman resultó simpático y hablamos de cosas de viajeros en el orden correspondiente. Primero los sitios donde se ha estado y el tiempo de permanencia en cada uno. Después los lugares que tienes pensado visitar para recibir algún consejo y más tarde, sin faltar a la cita, salen a la palestra los países de origen. En Canadá tenemos bosques inmensos, en Inglaterra ponemos moquetas en el aseo y en España las mujeres tienen mucho carácter. Una retahíla de topicazos útiles en todas las acampadas, excursiones organizadas de montañeros sanotes o encuentros de desconocidos que odian el silencio. Universales temas de paso que propuse ejercitar como el espía que se hace pasar por mayordomo. Si la conversación con los mochileros vence al sueño se termina hablando de temas personales o de sexo, tema siempre inagotable por los siglos de los siglos, amén. Si además la charla se relaja un poco se sigue con atrevidos comentarios fuera de guión, como si la confianza se desnudara al paso de chistes mal traducidos. Pero nunca tienen tanta gracia en otro idioma y sólo consigues risas obligadas para compensar el esfuerzo. Es más, a riesgo de parecer un bufón intercalaba asuntos serios con estupideces, dando humor a lo serio y seriedad a lo cómico. Baste decir que acabé regalando al brahmán un ejemplar de las Memorias de Adriano en castellano,


ejemplar que recuperé aquí en Rishikesh el año pasado en el correo de un simpatizante. Por aquellos días en Agra un rickshow afirmaba que lo mejor es dormir, comer y follar. Estábamos de acuerdo. De los dieciocho años que llevaba como esposo no había dejado pasar uno solo sin gozar de lo bueno, así trajo al mundo un buen manojo de crianzas adornando el frontal con una hilera de fotos tamaño carné. –Ahí los tienes, mis siete hijos por orden, el más pequeño de dos y el mayor de catorce. Mi ilusión es conocer a los hijos de mis nietos–. Dijo el conductor con orgullo. –¿Le hace ilusión vivir muchos años? –Soy feliz con poco, ¿no dicen que las mejores cosas de la vida son gratis?– Entonces giró la cabeza para escupir betel. –Eso dicen los que no necesitan el dinero–, contesté. –Ahí fuera todo sigue igual que cuando nací hace cuarenta y tres años, los políticos a llenarse los bolsillos, trabajo y más trabajo, miseria y más miseria. –Usted no parece un miserable. –Vaya si lo soy, apenas piso el suelo subido a este trasto. –¿Es usted un hombre religioso? –, pregunté como un reportero de revista americana. –¡Eso para los santones!, Brahma es lo mismo que hacerse rico, nunca sabes cómo va a acabar la historia. Unos rezan a Shiva y la gran mayoría a Rupia, el dios del los caprichos. Cargado de constante polvo en suspensión rechacé su oferta para visitar tiendas a comisión y los retratos de sus niños me miraron ahora de mal humor. En una ocasión aproveché el enfado de una inglesa con su novio para colmarla de suaves palabras. El truco consistía en


parecer desinteresado frente a ella, mientras escarbas en su dolor a la vez lo alivias. A continuación se desean paces con el novio como muestra de tus nobles intenciones hasta que no encuentras más razones y lo criticas con sutilidad, mejor aún, lo preparas todo en boca de ella. Todos los mancebos en fase de cortejo seguimos las mismas pautas hasta llegar al punto de inflexión, a partir de ahora son tus mañas las principales responsables del éxito. Luego intentas cambiar de tema para que ella vaya suplantando una preocupación por otra y sobre todo nunca parecer un mártir empapado en lágrimas. Mejor hablar de uno con humildad y en tercera persona como si los méritos de uno fuesen independientes, usando la regla básica del serrucho: a escena de calma sigue otra de lucha. La cosa marcha si ella te propone dar un paseo en el decorado del viaje o alimenta deseos por conocer tus rincones favoritos. Para entonces su novio ha pasado a ser un tema tabú. Es importante que la aventura salga de ella para coronar la tarta con guindilla o al menos insinúe que la bandeja va cargadita de pasteles. Joder Gabi, esta vez pareces sacado de una revista para adolescentes, de sobra sabes que no hay reglas en asuntos de amor. En aquel caso el holligan espiaba para cosechar una excusa que le permitiese deshacerse de su acompañante el resto del viaje. La pobre muchacha se quedó conmigo dos semanas en el hotel hasta encontrarse de nuevo con el novio en el aeropuerto de Dheli. Todos contentos. No hace mucho recibí una carta anunciando su boda como ejemplo perfecto del manicomio amoroso. En eso no te quedas corto, amigo pintor, hasta diste más bandazos que un espantajo, de fracaso en fracaso. Reconozco que en más de una ocasión corrí detrás de la carne sin conciencia alguna, pero esos ataques se consumen


tan rápido que impiden plantar buenos árboles frutales. Ya decía tu madre que eras demasiado bueno con las mujeres… Digamos que nunca localicé el botón de encendido. No quisiera importunarte pero todavía quedan pendientes muchos cosas que no has digerido de tu pasado. Agradecería que guardases esos estúpidos intentos de psicoterapia, creí dejar muy claro que mi vida aquí es como volver a nacer y el pasado sólo un libro de consejos para no repetir los errores que hicieron de mí un esclavo. Pido humildemente mil perdones.

El autobús que me llevó desde Agra a la cercana Fatehpur Sikri, un famoso complejo palaciego ahora desalmado y dedicado al turismo, era una carcasa destartalada llena hasta la bandera de bultos con mujeres embadurnadas de niños. El conductor, algo temerario, presumía de ser el más rápido, escupiendo betel por la ventana mientras una guerra de baches daba pie a los niños para hacer de marionetas al son de una radio alegre. La carretera estaba atestada de gente caminando y motores sin catalizador, también de osos que bailaban en el arcén bajo la vara de un domador astuto, explotador de los derechos animales. Enfrente, un camello con mucho ritmo, tiraba del carro con elegante andar imitando a una modelo de pasarela, otros semejantes se espaciaban en la cuneta transportando ladrillo al margen del paisaje; intentos fallidos de verde que reñían con descaro por ganarse a los ocres del polvo. Paré convencido de vivir en las famosas fotos del complejo palaciego y sus ruinas, víctimas de la sequía siglos atrás; era uno de esos lugares de reyes que se han hecho a su explot-


ación turística. Bajo el palacio se extendía una pequeña población que conservaba su vida en una calle mercado donde permanecían estancados todos los gremios. Un barbero me invitó a sus masajes de cabeza y hombros, tan bruscos que se hacían palizas consentidas con tremendas bofetadas y golpes en las articulaciones hasta hacerlas crujir por aturdimiento. Al subir a palacio el séquito de niños pedigüeños se disolvió para dar paso a los “guías autorizados”, yo en defensa propia me presentaba como “turista autorizado”, mofa que les hizo tratarme con más cercanía y sin esperanza de sacarme los cuartos. En el interior del patio de mármol se distribuían islotes de visitantes recreando una escena de época preparada para el “acción” de un director. Entre ellos destacó una familia con seis hijas jóvenes que bailaban al son de un sittar espontáneo. Me acerqué provocando en ellas una sonrisa al pedir una pose frente a la cámara, un momento especial y colorido de niñas guapas con escurridiza inocencia. Dos de ellas taparon su boca avergonzadas al sentir mi brazo por su cintura, detalle que no debió hacer mucha gracia a la madre cuando dispersó el grupo con un grito ahogado. Entonces me lanzó una mirada directa y convincente de “se mira pero no se toca” permitiendo, según la costumbre, el montaje de un escaparate para observar a las bellezas y disfrutar de ellas bajo consentimiento materno. –¿Cuál de mis hijas te gusta por mujer? –, atinó la señora con cierta ironía en un inglés melodioso. –Todas, si pudiera. Decidir una sola es traicionar al corazón.– Sonrojos en la sección femenina. –Esta es Anura, hermosa e inteligente como lo fue su abuela, atrevida y locuela pero de gran corazón–. En el aire quedaron asuntos de madre e hija que no venían a cuento. Con tal descripción era imposible no atender a esa belleza


contenida en tan poco espacio, salvaje y desafiante, de mirada limpia y sensible. Su media estatura repartía una figura estilizada de justas proporciones, pechos generosos, piel limpia y oscura que bajo el sol del patio imprimía un brillo aceitunado. Anura exhibía pendientes como cataratas, anillos de metales brillantes e innombrables abalorios cinchando sus extremidades. Para más exuberancia, mostraba orgullosa los muchos tatuajes de henna que decoraban su cuerpo a la fuga de un catálogo de porcelana fina. Parecía una estrella de cine todavía por descubrir, y visto así, ejemplo de hermosura anónima reservada a la contemplación local. La voz de la señorona madre guardaba orgullo a rebosar en cada nueva hija, como un comerciante mostrando su mercancía. A la contra, seguía atascado en el primer producto sin poder despegar la mirada, embelesado por un encanto sólo comparable con la absoluta transparencia. Anura pudo ser una de las sirenas que encantó a Ulises, pues la pequeña cicatriz que atravesaba su frente la hacía si cabe aún más atractiva. Después de tres años de aquel encuentro todavía veo cómo el mundo desde el palacio de Fatekpur Sikry se convirtió en un amasijo de tópicos amorosos. Incluso los presentes se vieron envueltos por la magia que debió brotar de las dos figuras, servidor de panoli abrumado y la pobre muchacha reinventando unas nuevas mejillas. Hasta los niños vendedores y otros asaltantes quedaron también paralizados en ese instante de puro deseo que, según el cómputo celestial, duró casi cien años. Yo, el eterno soñador solitario, el desconfiado de las distancias cortas, el fugitivo de la familia y los compromisos. Sigo ajeno a las frases lapidarias que protegen los augurios, ahora más creíbles, de que el amor se reconoce sin vacilar cuando llega. Con permiso del padre, que apareció con trazas de llevar


mal puestos los pantalones entre tanta hembra, dimos los dos un paseo por los laterales, incómodos por el descarado seguimiento familiar. Anura me contó que visitaban el palacio por capricho de su madre y que aún les quedaban dos semanas de ferias hasta una pequeña ciudad bengalí donde vivía a un pariente lejano. Durante unos minutos nos movimos entre clásicas preguntas de posicionamiento hasta salir del laberinto convencional. –¿Serías capaz de escaparte conmigo?–, dije con descaro, despertando lo prohibido. –Estás más loco de lo suponía, mi padre no nos quita ojo de encima. –Pienso que la vida comienza a vibrar cuando cometes locuras que la agitan. –A mi madre le has gustado pero pareces un chico extraño–, dice Anura sonriendo mientras saluda a su familia de lejos. –Eres una de las siete maravillas–. Susurré buscando un beso ahora que nos cubría de los mirones una gigantesca columna de mármol. Medio escondidos, detrás de aquella columna que visité tres veces después, caímos en un beso torpe y tierno, de labios derretidos en mantequilla. Nunca he dudado a pesar de su tez avergonzada, de que aquel silencio fue una vitamina para huir juntos a cualquier poblacho del sur. –A muchas nos prometen a un hombre desde jóvenes aunque ese no es mi caso, mi madre todavía no ha encontrado ningún pretendiente que esté a la altura, ella piensa que todas las mujeres merecemos casarnos por amor. –O decidir no tenerlo–. Esto pareció demasiado moderno para Anura.. Nos abrazamos fuerte para besarnos en el cuello pero el


crédito se había acabado. Un golpe rotundo e inoportuno en la cabeza tiró del enchufe donde estaba conectado y me apagué por unos minutos. Cuando recobré el conocimiento las hermanas formaban un círculo alrededor mío y el guardabotas de la entrada me ayudó a incorporarme bruscamente. El señor padre ahora encendido de ira, no podía consentir que un extranjero le robara a su hermosa primogénita. –Nadie conoce a este descarado, podría ser un maleante o un secuestrador–. Exclamaba la multitud durante el breve aturdimiento. –¿Dónde crees que estás extranjero? Mi hija no debe ser tratada de esa manera–. Vociferó el padre con culebras por el cuello en vez de venas. –Me pareció que hablaban de marcharse juntos–. Dijo un anónimo añadiendo leña a la hoguera. –Tan sólo estábamos… –Cállate, no tienes respeto por nada, has deshonrado mi familia–. Gritó el padre con intención de provocar un incidente internacional. El número de opiniones iba en aumento, hombres que me habían visto merodear por los patios traseros con otra mujer fumando opio y otros asegurando que me parecía a un perseguido de la justicia (personaje de una película de Yurmani Hichi). Pero por suerte salió en mi defensa todo el escuadrón femenino con Anura llorando de impotencia, incapaz de hacer valer su voz ante tanta mala sombra machista. –¡Se han vuelto locos! –, terció la madre de Anura indignada, –el chico no puede defenderse, son jóvenes, ¿tan terrible es un beso? Entonces algo me salvó de la criba. La muchedumbre comenzó a reír cuando Anura sorprendió a todos abrazán-


dome por la espalda y la abofeteé creyendo ser atacado. El sonido del golpe fue tan débil y ridículo, tan de poco hombre, que nadie pudo creer entonces en las descabelladas historias de fugitivo que se habían llegado a barajar sobre mí. Más bien fue pena lo que aquella escena de recién enamorados provocó a los curiosos que se dispersaron entre cuchicheos. –Esto no está bien para un primer encuentro–. Se lamentó Anura, todavía con los ojos hinchados. –Con estas mentalidades tan atrasadas estamos siempre en guerra–, intervino en voz baja la madre de Anura, resignada. Para la despedida fabricaron con esmero entre las hermanas una banda de tela arrancada del vestido de la favorita, con dedicatorias amables que me tradujeron al instante del rajastaní. Quedé desconsolado en el papel de joven llamado a filas gritando que el mundo es aburrido sin la pimienta del amor y alabando cuanto menos la alquimia de sus efectos. Me faltó valor en su día para huir con ella en vez de salir con ingeniosas respuestas de artista de café. La balanza para este caso se compensa con la imaginación o la estadística, la misma que enciende la estúpida esperanza de no poder encontrar algo mejor entre millones de indias.


El Helipuerto del Dalai

No pienso, no juz go, no tengo forma. Siento la conciencia fundirse con la densidad justa y me filtro hasta formar parte de una cascada. “Muktab, mi fiel compañero. Debes entender que el amor es egoísta y ahora necesito complacerle. Prometo que nos veremos en un tiempo, mientras tanto aprende el oficio de la pintura. He arreglado todo con Maihaira para que te haga un hueco en su taller, ¿lo recuerdas? Es aquel anciano de la ciudad baja rimbombante y risueño, que subía a los andamios con sorprendente agilidad para recitar versos del Baghabad Ghita y después gritaba que no teníamos sentido de la materia. Demuéstrale que sí lo tienes. Para cuando leas esta carta estaré de camino a las montañas con ganas de perderme. Abandona el ashram y ve a casa del Maihaira, pregunta por él en la barbería. Suerte Muktab, el mundo es para los atentos. Espero que sepas administrar todo el dinero hasta nuestro encuentro. Gabi.”


Despues de varios días de viaje, los dos enamorados llegamos a la tierra donde habitan los dioses, los verdaderos dioses que hacen de esta gente un buen ejemplo de lo que debería ser la humanidad. Pronto descubres paz entre las dulces miradas que se amplían con la claridad del paisaje, tan extenso que carece de horizonte, con tantas formas de confiar en Dios como dioses que no creen en nadie. Sólo la convicción de pertenecer a la casta de los Hombres de Fe puede dar aliento ante la aparente confusión, una que duerme tranquila en los corazones budistas o dibuja los mofletes de estos rostros curtidos por el sol. Este actor de variedades al que sigo llegando tarde, lejos ya de la influencia del Ganges. Durante el trayecto a Tabo una araña colocada con estrategia en el techo del jeep me mira, cómplice de un enamorado que habla en voz alta y ríe solo. La pista presume de ser la más transitada hacia Ladak, atascada en ambas direcciones y de nuevo vuelta a fluir. Primero circulan los turistas, luego los camiones de mercancías y por último la santa cruzada del ejército. Al tanto los obreros sin sueldo luchan por remendar el camino para no quedar aislados, teniendo en cuenta que la carretera vive sólo tres meses al año, lo que hace de esta época un tesoro para acumular víveres y dejar a los turistas merodear por las montañas soltando rupias. Seguro que hay lugares donde el hombre domina la naturaleza y llega a abarcarla con los brazos hasta ahogarla, pero aquí los eternos valles se resisten a la doma y condicionan la vida de espíritus y hombres por igual. Cabe decir que el miedo se tiene más al sol que a las lluvias, pues los deshielos provocan tremendas inundaciones en las vías de tránsito. En cada recodo las ruedas del jeep nadan contra corriente, coincidien-


do con una cascada o un charco gigante rompiendo la pista. Con ella arrastra la pureza agreste de las alturas para bautizar las almas nuevas. Incluso para los miracielos pendientes de la plástica celeste rara vez se puede presenciar tal despilfarro de belleza. Así, el arte se queda en una excusa minúscula que nada puede hacer frente al profundo paisaje de picos nevados y tierras voraces. Pronto adivino que la llanura de los valles guarda un secreto: las montañas están vivas. Cada veinte minutos se descubre una nueva tonalidad en la tierra o la misma cumbre muestra otra cara imprevisible y sugerente. La luz ayuda con los ocres claros a llegar cerca de los sienas que, agotados, dan paso a los verdes de la planicie hasta abrir la extensa paleta de amarillos libres en el lodo. Al borde de los caminos los niños educados en el silencio saludan con bienvenidas acusando el aislamiento que les castiga muchos meses al año. Pero hay vida, mucha más vida de lo que se podría esperar en un paraje tan desolador. Si fuese uno de esos románticos pensaría en lo sublime y todo ese carrete del hombre diminuto ante la naturaleza. Debo suponer que aquí esas habladurías van directas a perderse en el laberinto de los seis miles, o en desiertos amalgamados de luces y oasis en campos de avena; un río que se hace vulnerable en el silencio del traqueteo, la profundidad latente de la noche... Anura descansa con la cabeza apoyada en el cristal amortiguando los golpecitos con una vieja manta de cachemira, observada de cerca por un monje acostumbrado a llevar una permanente sonrisa que cobra protagonismo en un sembrado de estupas; reliquias a cinco mil metros frente a dos glaciares que se dan la mano sellando un contrato libre de impuestos. El monje nos invita con humildad a escribir deseos en las banderillas de colores, colgantes como ropa raída que viste el camino de permanente fiesta.


–Anura, ¡podemos hablar, ya hemos llegado! En Tabo encontraremos una casa donde pasar el invierno. –Es maravilloso oírte, nunca pensé que existiesen lugares como este–. Se sorprende Anura con voz desentrenada ante la invasión de un fugaz momento de felicidad. –Lo merecemos–. Digo cortante y coqueto. –Todo el mundo lo merece. –Hasta eso se aprende, cada uno es responsable de sus desgracias sean intencionadas o no, eso es el karma que tanto justifica la suerte–. Tuve que esquivar un beso para terminar la frase. –Mi madre es una mujer muy fuerte, ha soportado muchas humillaciones hasta formar una familia–. Anura rompe ahora el hechizo del tacto. –Si buscas una vida segura te has equivocado de persona, debes saber que tengo una sangre especial para huir de programas futuros o de caer en la falsa seguridad de la pareja–. Confieso sin parecer demasiado brusco. –¡No seas inmaduro, Gabi! Supe que no regresarías a tu país confiando en que los imanes de la tierra unieran nuestros corazones. –¿Y a qué viene tu madre? –vuelvo a responder sin tacto alguno, buscando incluso la clásica pelea de pareja. Recordé a un ayurveda de Benarés cuando decía que a las mujeres debe uno conocerlas enfadadas. –Estará sufriendo por su condición de madre–, solloza Anura con presagio de lágrimas, –pero como has dicho, es cosa de ella y no puedo engancharme al sufrimiento, ¿soy egoísta por eso? –Que cada uno cuelgue del cuello su propio sufrimiento y sepa aliviarlo. Es ley de vida. Egoísmo es cuando crees que tienes licencia para resolver los problemas ajenos como


si fueses un dios. –Insinúas que no se debe ayudar–, responde Anura esperando una respuesta saludable. –No es eso, creo que sólo debemos actuar en lo cercano. Mi alegría vale tanto como el sufrimiento de otro, sería una catástrofe renunciar a ella para compensar una debilidad. –¿Y quién es débil?– Pregunta Anura buscando los tres pies al gato. –Alguien es débil cuando carece de la fuerza suficiente para salir de un problema que nadie puede resolver por él–. Anura atiende dispuesta a rebatir cualquier argumento. –Pon un ejemplo. –Uhhh...los que cargan sobre los demás problemas de soledad, manías, incomprensión; en pocas palabras, los que piden favores que perjudican más al hacedor de lo que benefician al interesado. –Creo que has pasado demasiado tiempo solo y eso perjudica tu entrega–. Dice Anura convencida de la compasión. –Simplemente ayudo cuando veo el bien apuntando al final del túnel, pero es imposible saber la consecuencia última de una acción–. Ahora salen automáticas las palabras del taxista filósofo. Y con estas chácharas vamos resolviendo lo cotidiano y nos adaptamos el uno al otro. A través del mismo monje que nos acompañó durante el trayecto conseguimos un hogar que es parte de un brazo del monasterio de Tabo, el más antiguo de la India y el segundo del mundo. Hasta el Dalai quiere reposar su alma en la historia de este monumento ya que ahora la reencarnación de Buda llega en helicóptero a una pista H. Con mostrar unas fotos del periódico y algunas epopeyas como pintor bastó para disponer gratis de tres ventanas bor-


deadas de cal rojiza a cambio de un bien para el monasterio. Es un hogar que reúne todas las estancias en una inmensa chimenea y un pequeño sanitario con retrete de taza. Los huecos del puzle se llenan esta vez por la sorpresa de reaccionar ante esta situación extraña y gratificante. En el interior del templo el aire contiene los rezos de mil años con la soberbia de un espacio que presenta respeto y aromas extintos. Un corrillo de jóvenes monjes prepara un mandala triangular sobre un tablero de madera compuesta, donde la paciencia y el buen hacer les ocupa tres días acariciando embudos de metal con pigmentos a pulso. Más impresionantes resultan las pinturas de las paredes del templo, también milenarias, pintadas sin dejar hueco por los musulmanes de Cachemir. Por eso es difícil tocar fondo en las creencias: que todo es la misma cosa, interior y exterior, cuerpo y alma, vida y muerte, bien y mal… No hay Buda ni swami capaz de enseñar, el saber pertenece a la herencia del cuerpo. Eso mismo me trasmiten los trazos de la antigua Cachemira árabe. Cuando el más listillo de la clase encuentra una auténtica verdad no puede atraparla un solo segundo, es válida para un solo uso como el pegamento o el comodín de una jugada. Pero a la gran estatua de Buda, siete siglos más comedida que nadie, parecen no importarle mis palabras, eso sí, mira sonriente y me lanza otro mensaje: no hay verdad, amigo Gabi, sólo acumular conciencia. Ni yo mismo sería capaz de darte esos consejos. Suenan muy bien pero cuando la sabiduría se presenta tan condensada conviene poner tierra de por medio. Hay una gran distancia entre el conocimiento y la palabra, el primero se refiere a las verdades de uno, las otras a las de todos. Estás como una cabra, Gabi. Haces más caso a las estatuas gigantes o los animales de lo que deberías.


Más preocupante todavía es hablar con una voz... Con besos estrenamos el hogar, entre incienso en bruto, velas artesanas de cera de abeja y una cena íntima que Anura había preparado por sorpresa. El menú presume de una sopa de verduras frescas, pan de avena con queso de yak, una hornada de pastelillos árabes de pistacho con jengibre y una bandeja de frutas con nuestros nombres escritos en un corazón naif. El licor amargo y el whisky salieron de una mirilla clandestina a las afueras de Tabo. Durante la cena Anura explica detalles sutiles y habilidades en la cocina asegurando que los occidentales han olvidado la sana costumbre de enredarse en los olores, que comemos más para echar peso al estómago que para saborear. Al principio gané defendiendo el mantel mediterráneo y la gran variedad de la refinada Europa pero el empate llegó con la suculenta gastronomía árabe. –¿Te molesta la palabra occidental?– Dije temiendo una afirmación provinciana. –¡Qué tontería! India tiene mucho de occidental, cada vez más y eso lo sabes bien. –Si el lugar no importa qué hacemos atrapados aquí con tanto a escoger. –Puedes llevarme contigo donde quieras, puedo ayudar a mezclar colores o aprender a...– Dice Anura más desinhibida por el licor. –Con el permiso de su majestad me gustaría concederle este baile–. Interrumpo con un sello de amor a punto de despegar. Antes de participar ella baila envuelta en paños de seda y pulseras metálicas que despiertan un tintineo embriagador.


Su voz acompaña el ritmo del sitar en un viejo tocadiscos mientras y tiende su mano tomando la mía sin dejar de cantar, bandeando con suavidad los brazos al vuelo hasta que los dos cuerpos giran en un sinfín de luz; miradas enfrentadas por algún repentino simulacro del sentir. Tropiezo con un taco de madera, caigo al suelo de bruces y suena otra canción para dos carcajadas en modo mayor. Anura me acompaña en el descenso. Tiene la piel de terciopelo y en su virginidad no hay miedo ni duda. Nos exploramos la piel hasta descubrir tesoros ocultos: un lunar con forma de pájaro en el muslo, otro sin forma en un gemelo. Pongo atención en su dedo meñique, en su muñeca, en la textura de sus senos tras la seda y en la oscuridad de sus pezones apuntando al fuego. Las piezas encajan a la perfección pues ni un solo codo ni la más mínima barrera impide el desliz del engranaje. Resistimos varios días poniendo a prueba la elasticidad de los corazones en esta sinfonía culinaria donde los instrumentos comienzan con un ritmo ancestral. Es la más pura melodía, la auténtica música escondida bajo los imanes que persiguen alivio en otro metal de igual naturaleza. Mantengo la investigación abierta siguiendo con la vista el humo del incienso que aún remarca la huella en nuestros suspiros. Durante las pausas de amor, tan necesarias como el amor mismo, se condensa en la atmósfera lo que sea que lo alimente y allí queda flotando hasta regresar al lugar primitivo. Quien ama no piensa en amor, dice Anura, sencillamente vive en una nube de fantasía que lo aísla. Es la droga más sana, estamos colocados de amor del bueno, grita como una posesa brincando sobre el lecho. Desde niña había sido educada para satisfacer a los hombres en las necesidades domésticas y esto hacía de ella pura dinamita, libre, lejos de la prisión familiar. Romper la tradición no es fácil para una mujer que niega su


pasado, al menos merece una vida extra en el videojuego. Amanece sin despertadores. Anura se resiste a la realidad de los pellizcos y me pega en broma con tal de no vencer al desperezo pese a la recompensa de un suculento desayuno. Lo llamamos “regresar al aire” por el empuje de abrazos y miles de tareas pendientes en la destartalada estancia. Pintamos acuarelas, hacemos retratos, nos amamos sin la piedad del compromiso; asistimos a la luz primeriza de los tejados y al paseo tempranero en el azar budista. Volvemos a prohibir los “te quieros” por miedo a desgastarlos pero a la mínima buscamos un gesto locuaz que los reemplace; magia sin chistera ni conejo almidonado pero con la varita entre el dedo pulgar y corazón. Detrás de la ventana se extiende otro paisaje malditamente rudo y con vastas extensiones de nieve. El viento es capaz de arrancar todo el calor de tu cuerpo y atravesarlo como a un fantasma estéril. –A partir de ahora y hasta nuevo aviso está prohibido decirnos cosas bonitas para que nada se desgaste–. Dice Anura después de repetirme te quiero veinte veces. –De acuerdo, pero además tendremos que mantener la cortesía como si fuésemos completos desconocidos–. Digo para caldear el hogar y el lecho. –Muy bien señor, –reponde Anura con carácter gitano y decidido–, además de hacer el amor dos veces al día como ordena el Tantra. –En ese plan me obligo a prepararte la primera sonrisa del día con un desayuno. –Y de paso poner todo perdido de dulce–. Anura cierra el trato con una rúbrica de besos. Desde fuera resulta empalagoso ver a una pareja ronronear


todo el santo día. Eso deben pensar los monjes cuando observan el teatrillo desde el patio del templo. Al menos los devotos más jóvenes sedientos en su fuero interno de otros textos más mundanos que los del Bardo Thodol, de ahí que nuestra ventana se haya convertido en un belén con un público cada vez más numeroso. Según Kauk, un adolescente aprendiz de monje, a todos les parece excesivo lo que para nosotros es un foco de energía capaz de contagiar verdad entre dos seres. Al ruido se acostumbran pronto las nueces. Con septiembre lo poco que queda de prado desaparece y el frío y la nieve taponan por completo cualquier posible salida hacia la civilización. Abajo en Benarés disfrutan de un verano ardiente y más al sur, en Kerala, de un plácido y húmedo clima tropical. Siempre me da por comparar las condiciones de geografías y me veo desnudo en las playas del nordeste brasileño, o protegido de los cincuenta grados en una jaima bereber al sur de Marruecos. La imaginación se sirve de las intrépidas excursiones de ahí fuera, en lo sublime, convertido en una raza clonada de hombre de las nieves. Al calor vibrante de la hoguera Anura disfruta con las anécdotas más curiosas de mis viajes por una India que ella desconoce, mostrando especial interés por las historias donde interviene la policía o aparece algún trotamundos excéntrico. Con los chismes de su familia basta para recrear las ciudades que conocí en el desierto del Thar cerca de la complicada frontera con Pakistán. Su padre es un conocido mercader de pieles en Bikaner y por mal que me pese, todavía andará buscando a su primogénita. Saben está conmigo por una carta que Anura envió desde Manali antes de subir al aislamiento. En la carta afirmó que era feliz, que había encontrado el amor y que se unía a las mujeres atrevidas buscadoras de una


libertad razonable. Al entregar la carta no paró de mascullar un “espero que lo entiendan” con la preocupación de una hija ejemplar. –Sé que mi madre se alegra en el fondo ya que por sus venas corre el mismo veneno. ¿Sabías que fue la primera mujer en competir en las carreras de camellos de Pushkar? –No hay tinta suficiente para las hazañas de millones de mujeres como tu madre que han inflado la tierra de bravura–. Dije acordándome de mi abuela paterna, la primera manchega que compitió en una carrera de bicicletas. Prisioneros del clima extremo nos dedicamos a clases de idiomas nativos. Por sorpresa, Anura aprende el castellano con una facilidad pasmosa, tanto que las lecciones han tomado un único sentido. En tres semanas habla ya con frases domésticas y a los dos meses, que pasaron a otra velocidad, conversamos como Quijote y Sancho cambiando molinos de viento por estupas sagradas. Sólo seguimos el hindi en palabras sueltas o el inglés para las exclamaciones vacías. La única distracción social se esconde en una pequeña puerta azul abierta al pueblo con un proyector de cine antediluviano y películas tan antiguas como los tanques de la primera guerra mundial. El hechizo resucita lejanos personajes en sombras que se agitan a otro tempo, amantes de hace ocho décadas que lanzan preguntas serias desde el otro lado. Dónde dormirá el amor, es posible que flotando en el vacío hasta que lo ocupe otro cuerpo. Nadie lo sabe. A pesar de la cordialidad que mantengo con mis alumnos, la mayoría monjes, empleamos el tiempo en tallar pequeñas estatuillas de madera junto al fuego del hogar. La idea es introducir en ellas mensajes con pistas para un juego que Anura


inventó de niña, deseosa en aplicarlo a Tabo. En la utopía de su idea original cabía la baza de descubrirlo a nivel nacional, pero ya era demasiado complicado para las cuatrocientas almas del pueblo. El juego consiste en esconder un papel con una pregunta y una respuesta independiente en cada estatuilla. Quien esté jugando debe anunciarlo con un brazalete azul para que el resto pueda hacerle la pregunta que pone en su estatuilla, mientrs espera que la respuesta coincida. En caso afirmativo, ambos deben pasar juntos dos horas expuestos a una charla sana y confiada. Este acierto de quien ha sido elegido al azar supone además quedarse con la estatuilla ajena hasta acumular las diez diferentes, entonces el afortunado ganaría el bote de la venta de todas las estatuillas para emplearlo en un bien comuntario. Parece un poco complicado como evento de masas pero la ilusión de Anura es mayor que cualquier razonamiento y su empeño llega a niveles titánicos de sugestión de los cuales me hace partícipe. En primavera, al comienzo los colores, inauguramos el juego frente al monasterio. Durante dos meses preparamos la publicidad con tarjetas diseñadas a mano escritas por un joven monje conocedor de cuatro idiomas. Hubo además dos reuniones comunitarias para organizar el juego, la primera como presentación para crear expectativas sin entrar en detalles, otra para dudas y aclaraciones, después de repartidas las tarjetas. En ellas aparecían las reglas del juego con acuarelas de las estatuillas por labor de un ridículo pincel y tres pastillas de color supervivientes al viaje. Cuatrocientas estatuillas de rododendro se venden a un precio asequible y hasta los monjes más arrugados las compran temiendo perderse algún oportuno golpe. Muchas lugareñas amigas de Anura fabricaron por sorpresa una corona con las primeras flores silvestres, regadas con un sincero baño de


lágrimas agradeciendo nuestra ayuda en la dureza del gélido aislamiento. Declamaban su nombre a voces exigiendo unas palabras torpes y temblorosas sobre un podio improvisado cubierto con alfombra de yak. Hasta los respetados terratenientes y militares del valle de Spiti, recién llegados de sus asuntos en las tierras bajas, mandaron traer sofás de sky para reposar sus culos mantecosos ante la expectación del evento. Debido al éxito, el número de estatuillas es insuficiente. Es por el calor que hace brotar nuevas vidas del suelo, dice una señora con lozanía. Comienza el juego. Los desafortunados que han perdido su estatuilla dan su salida amistándose con los más dispuestos a cambio de ayuda celestina. Durante el transcurso de los días unos cuantos asoman por el umbral de las cinco estatuillas ganadas por la suerte de coincidir en las respuestas, entre ellos un monje canoso y una mujer de mediana edad. Pero quien gana también puede perder y los eliminados permanecen atentos al sorteo de habladurías por los encuentros. Se dice incluso que pasaron a suaves tactos dos adolescentes en edad de tocarse y que dos hombres enemistados desde la juventud han vuelto a recuperar la palabra. También un campesino alcoholizado se atrevió a decir que las palabras no sirven para llegar a lo alto de las montañas y Anura muy astuta le respondió que al menos te suministran el equipo de escalada. A los veintidós días de iniciado el periplo con los deshielos amenazando los caminos y el sol calentando los corazones de Tabo, se puso fin al juego. La campeona decide gastar ese dinero sellando puertas y ventanas de una casa desocupada para un espacio de ocio dedicado a las mujeres trabajadoras. ¡Hemos creado escuela! Grita Anura dando saltos y contagiando el contento de unas campesinas que se miran felices


y dichosas. Los efectos colaterales de los cara a cara implícitos en el juego se aprecian por las calles en el buen trato y la disposición. Ahora todos viven con menos secretos y visto el éxito, un adinerado terrateniente aspira a exportar la idea entre pueblos vecinos y otras partes del país. Rodhivara es un vividor nato enamorado del valle, ingeniero de la vieja escuela y entusiasta de la energía emprendedora. En los treinta años que lleva subiendo hasta aquí para guardar intereses en las tierras jamás había visto un evento tan bello y humano. Eso decía con la excusa de llevarnos a conocer su casa en el Rann de Khuh, una tierra extraña que conocí durante los primeros meses como mochilero. La propuesta avivó nuestro deseo por seguir conociendo horizontes, así que a finales de agosto, después del festival de máscaras de Tabo y un mes antes de otro aislamiento, decidimos marchar al desierto aprovechando la hospitalidad por abrirnos las puertas de otra nueva posibilidad. Como despedida dejamos una carta de ánimo a todas las mujeres de Tabo en manos de una mejor amiga. Sólo en esa carta Anura invierte los últimos tres días y yo, sin quejas, atiendo sus miles de dudas por cuestiones nimias tales como las infinitas formas de la despedida. Cuando la sombra de las montañas cae sobre el valle de Spiti salimos de vuelta a la civilización con un silencio triste, sólo el motor interrumpe el amanecer. Apreciamos de nuevo el choque de matices de las montañas conforme aparecen los bosques de rododendros. Un aire húmedo destaca la pureza del frescor primaveral y la lejanía apenas sufre la densidad del aire, agradeciendo la frondosidad del verde como una amistad recuperada. Entonces, caigo en la ausencia de insectos


durante estos meses en las alturas por una mosca que revolotea en el cristal de Tehsab, un empleado de Rodhivara que hace de amigo y confidente en sus viajes. Cuando el viejo le pide el relevo al volante éste cede su puesto para escuchar las parrafadas que en un dialecto lejano nos dedica Rodhivara. En otras ocasiones, para sorpresa nuestra, se dirige a los cuatro con discursos breves sobre curiosidades de comercio y macroeconomía. Que si los chinos mueven por debajo los hilos de la economía mundial, que si las grandes multinacionales acaparan los gobiernos. Que las rarezas de una sociedad remota, la occidental, exprime los recursos arrojándonos las sobras a la cara. A veces Rodhivara mismo se sorprende de su elocuencia sacando conclusiones de inventadas cifras de toneladas exportadas sobre pimienta en barcos y de hachís pakistaní en aviones suicidas. Sortea sin pelos en la lengua las causas de matrimonios entre holdings y franquicias con lo del pez más fuerte que se come al débil, justificando las guerras del mundo con petrodólares, todo sin culpar a nadie de la omnipresente locura global. Parece enterado de todas las mañas comerciales entre oriente y occidente con notas picantes de cotilleo rosa entre familias reales, políticos o personajes injustamente idolatrados. Aquí tenemos la materia prima y allí los hilos de la marioneta, farfulla el viejo hasta ponerse rojo, con la carótida hinchada como una manguera. Además, se las apaña para hacer al grupo partícipe en sus embrollos con un locuaz escepticismo. –Ahora empezamos a tomar carrerilla en la lucha, tenemos la energía y este mundo sin energía no funciona. ¿Tú que dices pintor?– Pregunta Rodhivara. –Parece justo que los ricos fuesen los que cultivan la tierra y no esos pingüinos que firman papeles para decidir los poderes. La política no tiene dueño, la tierra sí, quien la tra-


baja. –Si señor, eso es Marxismo sin azúcar. Ahora parece que se invierte en bolsa por el sol, las mareas y el viento –advierte Rodhivara sin ganas de réplica–, algo que siempre ha estado ahí gratis por gracia divina. –Lo más complicado es ponerse de acuerdo, el ser humano es un virus que afecta al sistema inmunológico del planeta–. Afirma Anura cayendo en el tópico con pesimismo. –No es para tanto, hay muchas cosas dignas de alabar en nuestra especie. El mejillón cebra invade las aguas de los océanos y no tiene capacidad para dejar de reproducirse, sin embargo el hombre, por ejemplo, tiene esa posibilidad–. Digo proféticamente. –No estaría tan seguro de la bondad de ese control, de controlar en sí. Aquellas águilas simplemente hacen su papel de animales voladores–. Se incorporó Tehsab a la marcha del coloquio, copiando el mismo ejemplo de las águilas que yo solía poner a los turistas de Rishikesh. –Dices que... –Digo –continua Tehsab–, que nosotros no tenemos la naturaleza definida porque nos adaptamos a cualquier papel. Tan pronto matamos como salvamos vidas e igual provocamos conflictos bélicos como entregamos premios de la paz. –Cierto, por más empeño no hay regla que se atreva a medirnos–. Masculló el viejo Rodhivara en el cansancio del viaje, queriendo poner fin al amplio y puntilloso tema. –La verdad es que prefiero hablar de cosas particulares, esto me recuerda a los años de universitario–. Acerté a decir con la aprobación del resto. Sin darme cuenta voy recobrando la mirada de viajero, la


de permanecer infinitas horas tras un cristal mientras el horizonte insulta y cambia. Se ven motas de gente trabajando la tierra, ajenos a los mirones fortuitos pero atentos al suelo, fieles e inmóviles al cielo y los dioses. Nunca sé cuando es el momento de implicarme porque soy un libro gastado de instrucciones. Me horroriza suponer que el cuerpo esté tantos años seguidos en funcionamiento sin parar. Una máquina sufre fatiga de material y deterioro; una máquina no sabe ni anticipa su decadencia, además puede desconectarse y seguir funcionando. Sólo dispones de la voluntad para bucear en las ilusiones que alivian esa desventaja.


El Ojo Afgano

En el camino más corto no hay destino.

–Muktab querido, háblame de tu maestro Gabi y dime por qué le aprecias tanto–, le exigió cariñosamente Bodharam, un barbero de Rhishikesh único a quien el joven discípulo puede confesar sus intimidades en ausencia del manchego. – Con Mahiara no es como con Baba Gabi que siente a Muktab como a un hijo sin mirarme por encima del hombro. Creo, él aprecia a Muktab de verdad. La gente en Rhishikesh es simpática pero todo resulta más fácil cuando Baba me explica los colores y las mezclas. A veces se quedaba la noche en vela pensando en un color... En el andamio me contó de dónde viene la magia cuando cambia una figura plana por otra voluminosa con sólo cuatro pinceladas. Baba hablaba de pintores vivos y de los grandes maestros de la pintura con anécdotas divertidas, aunque son artistas que no se conocen por esta ciudad, de otra cultura diferente. Luego me reco-


mendaba un libro que por sorpresa aparecía esa misma noche bajo la almohada sin reconocer que había sido él. Peor era tener que leer en inglés cuando ya estaba acostumbrado al hindi. Llegó a enseñarme palabras españolas como “botijo”, “longaniza” y “lebrillo”, pero nunca supe el significado. Hace una pausa bajo la atenta mirada de Bodharam, el barbero, y bebe té de menta que un niño trajo recién. –Odio a los Hombres-Política. Gabi me explicó que no se puede vivir sin la política aunque mejor desconfiar de la gente que promete cosas sin intención de cumplirlas. Capaces son los gobernantes de cambiar la historia por interés personal y dejar a su pueblo hambriento. Eso pasó en mi país por los putos yanquis de mierda, aunque si no fuese por ellos no conocería a Gabi y mi vida hubiese sido distinta. –Por ellos hay guerras en el mundo y tú eres víctima de eso ¿verdad?. –De eso no sé nada. Cuando explotó la bomba frente a mi casa un vecino me preguntó qué hacía solo en la calle y dónde estaba el resto de mi familia. ¡Acaso no sabía que todos murieron! Era muy pequeño para entender lo que más tarde supe por el señor Ammu, el dueño de la casa de huéspedes en Agra: que mi familia había sido víctima del terrorismo, otro invento para chantajear a los gobiernos con vidas humanas. Según el señor Ammu, hasta los gobiernos pueden ser los verdaderos terroristas que, camuflados en locos inmoladores matan por sus ideales. El año pasado leí un libro muy pesado donde explicaba quienes eran los buenos y los malos. –Dime Muktab, mientras se enfría el té, cómo conociste a Gabi–. El barbero está realmente interesado en la historia por escuchar de Muktab más de cinco palabras seguidas, pues hasta este día se había mostrado siempre reservado y misterioso. –Cuando Baba Gabi llegó como huésped a Agra con la


mochila a cuestas yo estaba lavando ropa en el tejado y sirviendo refrescos en las mesas, entonces me guiñó el ojo porque le parecía espabilado. Un día muy triste fue cuando mi padre con el cuerpo hecho trizas, pataleó con los nervios que le quedaron sueltos como el rabo de una lagartija–. Esto hizo reír al barbero. –Con Baba aprendí a vivir sin pena, conforme a la vida que me ha tocado. Él decía que la ilusión cambia la vida, la vida a su vez las consciencias y éstas, el mundo. Mucha gente al otro lado del rio pensó que Baba estaba loco por no hacer lo mismo que los demás. Gastaba dinero en pájaros para soltarlos porque no soportaba ver animales presos y antes de liberarlos les cantaba canciones en español y así, los pájaros esparcían su mensaje por el aire. –Parece lógico, los pájaros recorren miles de kilómetros sin necesidad de presentar documentación, ¿verdad Muktab?– Como un pájaro se vió el joven afgano al pensar que jamás necesitó papeles para cruzar las fronteras. –Baba Gabi es como mi hermano mayor, mejor todavía que un hermano y un padre juntos. Vino a buscarme hasta Kerala con aquel camionero. Si hubiese estudiado tanto como él sabría expresar con mejores palabras el momento de aquel día. Había carteles colgados por Trivamdrum con mi cara de niño y yo pensaba que me buscaba alguien malo. Gracias a que Gabi estaba detrás de aquello, salí de una vida miserable y ahora tengo un oficio. –Tienes razón, Muktab, la mayoría de los hombres que veo por la calle viven sin posibilidad de mejorar, esclavos de sí mismos para el resto de sus días–. Apuntó el barbero para hacer saber su condición de cómplice. –Otra cosa de Gabi por la que muchos reían era fabricar extravagantes sombreros para protegerse del sol en la parte más alta del andamio. No pude evitar troncharme con uno de


sus gorros de plástico diseñado con un depósito de agua, que iba vertiendo a voluntad hasta que le caía por la cabeza. Su invento terminó por provocar a Baba dolores cervicales, todo por no usar el paño húmedo que ya lleva siglos inventado. –Los indios tenemos una religión muy complicada y con demasiados dioses– Dice el barbero intentando acercarse a la religión, –pero también recogemos lo que sembramos. –Sí, lo llamáis karma y sólo vale para la siguiente vida, yo prefiero que me paguen en esta vida por si hay timo con la reencarnación. Aunque desde que sé del karma ya no robo dulces en las teterías ni orino en el interior de los templos. No sé que ha podido pasar, antes era un chico más inquieto. Me pregunto cuándo fue el momento exacto en que cambié. Baba lo notó enseguida y guardó silencio para que lo descubriese sin su ayuda. También dijo que era normal cambiar de aspecto y de mentalidad a mi edad, que uno se va haciendo más maduro, justo lo mismo que dice Mahiara. –Y la madurez consiste en pensar más en los demás–. Dice el barbero con moraleja. –Pero yo nunca pensé en nadie, sólo en lo bueno que es Baba. Ella no sale de mis pensamientos. Me gustaría preguntar a Baba qué hacer con esa chica que conocí el mes pasado en el bazar de Rishikesh. Desde entonces la veo a diario paseando con su madre por la avenida del bus stand pero ella todavía no me conoce. Quisiera preguntar a Baba si puedo invitarla al cine o si primero tengo que pedir permiso a su madre. Ella estudia en la universidad y parece muy lista porque hace sus diminutos vindis con purpurina a pesar de no estar comprometida, además lleva saris caros que le manda un tío desde Madurai. De esto me enteré al acercarme con disimulo a su


madre en una conversación de mujeres presumidas. Creo que se llama Neide y es tan bonita como su nombre, todo en ella lo es, por eso me gustaría que Gabi me dijese lo que tengo que hacer. En las pelis extranjeras se dan besos por todo el cuerpo y me gusta porque parece fácil, sin embargo, las pelis de Bollywood son una mentira para bobos. Tengo pocos amigos porque no me conocen, estoy dispuesto a preguntar cosas a los estudiantes, que cuenten conmigo para bailar en sus fiestas. Esos universitarios que se ríen cuando les pido leer sus libros no saben muchas cosas que se aprenden en la calle. Son presuntuosos al pensar que soy incapaz de entender. Suerte que Alah me sigue mandando fuerza para soportar estas injusticias. Las chicas que estudian me miran también por encima del hombro y regreso al taller de Mahiara triste. Éste me anima como lo hacía Baba Gabi y me alerta de las mentiras de la gente, a él todos le tenían más respeto. Cuando venían otros extranjeros con él hablaban de cosas raras que yo no entendía pero me sentaba con ellos por si caían rupias. Algún día espero ser un artista como él, por mucho que lo niegue sé que es un artista porque los artistas nunca creen serlo. Baba me confesó sus verdaderos sueños, hablaba con palabras parecidas a las oraciones de un profeta. Deseaba crear una escuela de la expresión, que según los sueños, sería un lugar para encontrar la libertad. No sé muy bien a qué se refería con “expresión”, puede ser algo parecido a lo que hace Baba Gabi mientras pinta. Siempre dijo, subido al andamio, que si las personas perdiésemos el miedo no habría guerras ni volverían a explotar más bombas como las que mataron a mi familia. A veces me sorprendía robando del taller del ashram un tubo de pintura pero se hacía el tonto y lo pasaba por alto


al saber que esas pinturas eran para ensayar por mi cuenta. No mostré a Baba Gabi ninguno de mis cuadros hasta el día en que se marchó con Anura. Se fue con ella y me dejó aquí solo. Si al menos hablase con la chica de los saris brillantes para invitarla al cine, mataría los ratos de soledad. Ya no le tengo rencor por dejarme en Rhishikesh sin llevarme con él a pintar ese palacio de Dheli, tal como me prometió. Si Baba Gabi está con el amor y nadie se puede escapar de eso, tendré que perdonarle del todo. Los chicos de la calle tienen las miras muy cortas. Sólo piensan en teléfonos móviles y en fumar. Ninguno sabe que yo preparaba para Baba Gabi el mejor charas y lo vendía a los viajeros exagerando las precauciones para subir su precio. Lo que los chicos de la calle fuman es muy malo, de mala calidad, tienen poca paciencia para amasar bien las hebras de la planta que, además, está mal cultivada en sitios oscuros. Con el sol que necesitan las plantas no me extraña que esos pardillos fumen mierda. Más vale que agradezca al maestro Maihara quitarme del vicio, ahora veo las cosas más claras. Como ya no fumo, los chicos de la calle no quieren saber nada de mí, pero no importa, quiero estar lúcido para invitar al cine a la chica de los saris brillantes. Podría regalarle un dibujo a plumilla que acabé ayer tarde y mostrarle todos los cuadros que nadie ha visto. Sólo lo haría por ella y por nadie más, bueno sí, por Baba si me lo pidiese. Ella es el primer pensamiento de la mañana y el último del día. Seguramente el Maestro Mahiara sabe dónde puedo enviar una carta. Sé que fueron a las montañas y que allí no llegan los carteros en invierno. Necesito cómo hacer para conquistarla porque no me fío de la calle y mucho menos de los estudiantes repeinados. A éstos siempre los veo rodeados de chicas subiendo en sus motos y… No son tan guapas como


la mía. El periodista inglés que vive al final de la calle vende una vieja Enfield a buen precio pero tendría que gastar el dinero de la fiesta. Allí sigue, en el estudio de Maihara en un faco, bajo el azulejo de su mesa, de sobra para comprar la moto. Si alguien pregunta de dónde ha salido diré que es un regalo. La moto me queda demasiado grande y por eso el inglés, que ha terminado por cobrarme la mitad a cambio de un mural en su patio, piensa que conmigo encima parece robada. Es el primer objeto de valor del que puedo presumir. Los chicos de la calle se extrañan y cuchichean con envidia sana, son buena gente, pero los estudiantes cursis miran la Enfield como si tuviese más valor que yo. Voy a presentarme a ella, le diré que esta moto la he comprado para llevarla conmigo tan lejos como sea posible. Hoy a las doce, por ser viernes, suele pasear con sus amigas lejos de su madre hasta Laskman Jhula atravesando el puente. Si me rechaza es porque no conoce mi corazón.

Más corto que perezoso, Muktab se vistió con pantalón de lino y camisa discreta como le recomendó Mahiara, se peinó con aceite perfumado, sin pasarse, y arrancó la moto para realizar la misión más arriesgada de su vida. El corazón duplicó su tamaño en cuanto la vio a lo lejos rodeada de amigas, que ya le señalaban mucho antes de cruzar. –Namasté, soy Muktab y quisiera…–, el afgano se quedó en blanco por los nervios, pues de cerca aún era más hermosa. –¿Perdón?– Ella también debió extrañarse al ver las pobladas cejas de gaviota apuntando con la tensión de un disparo. –Soy Muktab y si lo deseas me gustaría acompañarte–. El


grupo de amigas se llevó la mano a la boca dejando escapar sagaces comentarios. –Yo Neide, y ya sabía tu nombre–. Dice tan seria que aún debió poner más nervioso a Muktab porque le flaquearon las piernas y se dejó caer torpemente al suelo con todo el peso de la moto. Ella le ayuda y nuestro joven lo interpreta como una buena señal mientras ella se aleja avergonzada. Pasan tres días con sus tres noches de insomnio. –Ven aquí Muktab, tengo que decirte algo importante–, dice Mahiara presagiando un infortunio. –Ya sé las señas para localizar a Gabi. –Antes debo pedirte con mucha pena que abandones la casa. –¿Cómo dices? – Muktab queda paralizado. –La madre de esa chica te ha denunciado por acoso, dice que no paras de seguirla a todos lados y que le das miedo. –No es así Maestro, ni siquiera he cruzado dos palabras con ella–. Justo ahora Muktab siente la inyección que inocula a todo hombre del virus universal, preso de la mujer por los siglos de los siglos hasta la eternidad. –Sabes que mi taller es un negocio muy respetado en Rishikesh y no puedo depender de las habladurías porque sería mi ruina. Marcha hacia el sur, allí encontrarás fortuna, con los conocimientos que tienes podrás ganarte bien la vida. –Pero Maestro, nada de esto tiene sentido, lo único que he hecho con esa chica es desear su bien. –No todos los amores son convenientes, Muktab. Debes aprender a refrenar tus instintos y buscar en el amor un rincón práctico, así hacen las mujeres para sentirse seguras. –Es cierto que cuanto más haces por ellas es peor. –Calma, Muktab. Eso no es así, has tenido mala suerte, ya


conocerás a otra chica. –Y con ella qué, como no tengo casta ni familia y no voy a la universidad… Lo que pasa es que usted es un pintor mediocre y teme que en poco tiempo le puedo quitar la clientela, por eso me está echando. –¡No seas presuntuoso muchacho! Todavía eres joven para comprender cosas de adultos. –¿A qué adultos se refiere Maihara? Espero que no sean los mismos vagos que veo holgazanear por la calle o los que han provocado la guerra en mi país, porque entonces hay gran diferencia con los niños. Sois aún peores. –Sólo deseo lo mejor para que puedas ser alguien el día de mañana. De sobra sabes que te he cuidado y enseñado estos meses con dedicación, no merezco ser tratado de esa manera. –Le pido perdón señor Maihara, sólo necesito… –Necesitas encontrar a Gabi, lo sé, ahora está en el invierno del valle de Spiti y hasta primavera seguirá incomunicado. Lo mejor que puedes hacer es viajar unos meses con el dinero que guardas bajo el azulejo de mi mesa y hacerte un hombre, el buen corazón ya lo tienes. Muktab se sorprendió de que el veterano pintor local supiera el escondite del dinero y se pregunta cuántas cosas a lo largo de su vida ha creído saber sólo él o cuántas veces los maestros se habrían reído a escondidas de su arrogancia. ¿Les haría gracia un pobre refugiado afgano apuntando maneras con sensibilidad de artista pero en continua lucha?. No importaba tampoco, la deuda por ignorante se abona justo en el momento en que dejas de serlo y te declaras insolvente, le repetía cien veces el viejo Maihara para frenar los pensamientos menos comedidos. Pero ya fui humilde y no funcionó, susurraba Muktab. “El buen corazón ya lo tienes”, re-


botan las palabras de despedida antes de recoger sus escasas pertenencias envueltas con piel de cabra como un caramelo gigante, antes de guardar con decisión el fajo de billetes en los calzoncillos protegiendo sus genitales y voceando que el dinero no sufre con el sudor. Acaso alguien, a estas alturas, conociendo el carácter de Muktab, podría creer que se dará por vencido yéndose de la ciudad sin insistir con la chica de los saris brillantes. Pero de igual modo que Baba Gabi se había marchado con Anura, costase lo que costase, no se marcharía de Rhisikesh sin antes ablandar el corazón de Neide. Aún recordaba cuando Gabi le habló de chicas nada más conocerlo en Agra y el jovencísimo Muktab decía que ya habría tiempo para esos temas. Ahora echa de menos la casa de huéspedes como esclavo, su primer refugio pacífico desde que emigró de la guerra siendo un chiquillo. ¡Anda y que te jodan, americano zampabollos! Todas sus momias tumbadas en fila sobre la acera cubiertas con mantas dejando al aire rostros desfigurados. Ese momento le marcó una rúbrica incandescente: eterno huérfano, eterno fugitivo, extranjero en un eterno colchón de dolor. Con el español que llevaba puesta una camiseta de “la manchuela” llegó la esperanza. Gabi se pasaba el día dibujando en el porche, hablaba raro el inglés y sonreía por todo. Además fue el único en prestar al joven Muktab una atención desinteresada mientras trabajaba limpiando las habitaciones o sirviendo mesas. Del mismo modo que el muchacho encontró aquella vez la esperanza, seguro que Alah volvería a ser justo con los sinceros y en su nueva lista de tareas añadiría buena dicha para su amor. La chica de los saris brillantes imprimía alrededor de la figura de Muktab una imagen de misterio. Todos lo tenían.


Podría tratarse de un sin estudios pero hablaba con palabras que a los jóvenes de su edad les costaba entender. Además, lo consideraban merecedor de un enigmático respeto al saber de su vida y desgracias. “Hay que huir de los sitios que siembran pena”, al parecer esto no lo dijo ningún maestro, se creó en su cabeza como pretexto de la huida de Rishikesh y sonó como si lo hubiese dicho Baba Gabi, un pensamiento propio hacia la sabiduría si fuese capaz de ganarse el corazón amado... Se refugió en una cueva cerca del salto de agua donde Gabi solía entretener a los viajeros, y allí mismo elaboró el plan para salir de la ciudad con una meta. Muktab se acordó de un trabajo pendiente en Dheli, los del cochazo con alas de plata que Gabi había rechazado por seguir con Anura hacia las montañas. Ese podría ser su primer trabajo con la pintura, además podrá demostrar sus capacidades expresivas y hacer que su mentor se sintiera orgulloso. –Iré allí en nombre de mi maestro Gabi, les diré que soy su discípulo y que me envía como una prolongación de sí mismo–, piensa Muktab solitario sobre el eco de la cueva, agradeciendo en su interior las valiosas lecciones del maestro Maihara y su virtud para adiestrarle en la miniatura. Al tercer día salió de la cueva derecho a casa de la chica de los saris brillantes con una voluminosa caja que le cubría medio cuerpo. Abrió la puerta una señora prototipo. –Buenos días señora, vengo a pedirle la mano de su hija Neide y como muestra de mi buena voluntad le entrego este presente–. Dijo, según una película de Boollywood. –Ya sé quien eres, un aprendiz de pintor al que convendría quitarse a Neide de la cabeza. Mi hija está prometida con Uphal, un muchacho de familia honrada.


–Mi familia también lo era antes de ser aniquilada señora, y ahora lo soy yo. Si de verdad le preocupa la felicidad de su hija deme al menos una oportunidad. Si después de pasar con ella una tarde decide rechazarme, entoces me iré de Rishikesh sin rechistar y no la molestaré. –¿Acaso estás sordo? Vete antes de que llame a la policía. Entonces le quitó bruscamente la caja y cerró la puerta de golpe oyendo en el portazo una nota de esperanza. Neide estaba dentro con la oreja pegada a la puerta esbozando un pequeño arco de inquietud. Ya le auguraban las viejas chismosas del ashram un buen futuro con las mujeres y esto le daba seguridad. Había algo en la presencia de Muktab que atraía incluso a la madre de la pretendida. –Esto es de ese chico afgano que está enfermo contigo–. Juntas, madre e hija, se llevaron la mano a distintas partes de la cara por la osadía del pretendiente y quedaron atónitas al abrir la caja. Dentro se ordenaban complementos que brillaban alrededor de un majestuoso sari de encargo con telas bordadas e hilo de metales preciosos dibujando suntuosas geometrías. –Ni con un año de trabajo se podría pagar algo así, ¿debo aceptarlo?– Preguntó a su madre que todavía no era capaz de pronunciar palabra alguna. La muchacha comenzó a soñar despierta en un decorado de campiña inglesa remando en un barquito sobre un lago decorado con pequeños kioscos de música en la orilla y árboles otoñales que desprendían algodón volátil. Se vió puesto el sari que le hacía brillar con todos sus complementos mientras él esperaba en la orilla bien peinado, resplandeciente hasta que se apagó de un interruptor. –¡Ni se te ocurra mirar a ese ladrón!– Gritó la señora madre cogiéndola por los pelos al intuir en su cara una brizna


de deseo. –Está claro que la vergüenza de ese descastado no conoce límites y ahora se propone quitármela con telas robadas. –¡Se llama Muktab y no es un ladrón!– Vocea Neide mientras su madre la arrastra hasta su cuarto y cierra con llave. –Ahora mismo preparo tu boda con Uphal si su familia está de acuerdo, menos mal que tu padre que en paz descanse no está viendo esto. ¡Qué vergüenza! –Ni a rastras me caso con ese estudiante cursi de Uphal. –Eso ya lo veremos. El tendero aseguró a la violentada madre que un joven pagó el sari al contado con billetes de mil rupias. También le aclaró que el chico es muy cercano al pintor español que había decorado los muros del famoso ashram y eso podría explicar el origen del dinero. Pero cuando la madre de la chica de los saris brillantes regresó a casa para disculparse ya era demasiado tarde. La pareja se había marchado a dos ruedas con lo puesto hacia el sudeste, camino de la capital y en busca del coche negro con alas de plata en el morro.


Japonés Errante

¿Es muy caro salir del moksha?

Las montañas fueron protagonistas en mi última etapa antes

de caer en Rhishikesh en manos del Maestro y los muros del ashram. En aquella última travesía la bestia del viajero que llevaba dentro rugía cambiándose de ropa en el andén con la acostumbrada corte de niños rogando rupias y mujeres disimulando el desnudo extranjero. Por lo demás la misma parafernalia de costumbre habida en las estaciones repletas de policías inflados de poder que buscan la excusa de soborno como zotes de carne cocida. El tren llegó a Bareilly con retraso, cargado además de algunas enfermedades extra en la estrechez de los pasillos que a pesar de las circunstancias, no terminaba de dar cabida a más y más ocupantes. Al fondo sollozaban unas mujeres frente a un muerto que trasportaban de vuelta a su origen por no haber conseguido la quema en el soñado Varanasi además del correspondiente hedor de la descomposición en el vagón. Una vez colocado en el asiento me convertí en suciedad para encajar con la estética, sugiriendo a los viajeros de piel


tostada las inevitables distinciones de un hidalgo caballero provisto de tantas mañas y trucos en el juego social que rara fue la ocasión en que pasara desapercibido el supuesto actor Bollywoodiense. Los trenes son centros de reunión en el continente y en cada trayecto, por corto que sea, un revoltijo de historias impregnan los asientos con notas de humanidad a pie de vía. Usando la balanza que no mide pesos sino emociones, me aventuré en el estado de Uttaranchal, entre las terrazas de que suavizan las laderas en su ascenso. Durante las doce horas hasta Arimtsar descubrí a un personaje invisible que me acompañó desde entonces hasta hoy en mis interminables trenes, valga la locura, poniéndolo a prueba con cuentos espontáneos que la misma voz me hacía protagonizar. Empezó con un cuento que brotó como un champiñón en el traqueteo. “Cuento para solidarios: Se posa un estornino cagón sobre la barandilla reclamando algo, es lo que interpreto por su altiva diligencia. Intuyo un gran poder de convicción en su lenguaje, es posible que estuviera pronunciando un discurso sobre la “nada” en el idioma culto de los pájaros indios, que la nada nadea o algo así. Puede que simplemente sea un animal que necesite hacerse notar en su condición de pájaro frente a la mía de hombre. En cualquier caso adopto un profundo respeto por el universo del ave y de las aves en general. El estornino sube al tejado para construir su nido con ramitas que abundan en el agua. Entonces lo entendí. En su discurso pedía permiso para usar el tejado con la intención de formar una familia. Moraleja: la felicidad es ampliar tu abanico sin prepotencia ante ningún elemento”.


¿Me escuchas, Gabi? Soy un amigo que sabe contar cuentos, ¿te ha gustado este del pájaro? Puedo contarte más si lo deseas. Mientras la voz hablaba yo no podía siquiera pronunciar una palabra, no sólo estaba obligado a oírle sino también a ponerle máxima atención. Sin previo aviso esa voz me sorprendió con otro cuento. “Cuento de la sabiduría intuitiva: Las lagartijas, en la noche, asisten a clase de dibujo a su paso por las esquinas del edificio como profesoras del movimiento por instinto. Remarcan el contorno y los perfiles de puertas y ventanas; arquitectos sonámbulos que tratan de corregir el alzado original. Es un modo fabuloso de proyectar. Uno de los diminutos reptiles sigue su recorrido y en el dibujo aparece un ying-yang en cuadrado, las pobres no pueden disimular su predilección por la línea recta. Soy el primer conquistador de la sabiduría de las lagartijas y me dedican un reojo al unísono para celebrar el reconocimiento a muchos siglos de evolución. Moraleja: más nos vale despreciar la historia que la herencia genética”. En cuanto esa voz me dejó hablar le pregunté quién era y entonces escuché un vacío intenso para de golpe comenzar con otro cuento. Acababa de conocer a un curioso inquilino oligofrénico. “Resumen de la historia universal: Las hojas comen luz y éstas son devoradas por gusanos que los pájaros guardan en el pico para sus crías en una competencia feroz. Las ardillas comen lo que no quieren los árboles y temen a los monos, seres que nadie come por ser medio


hombres. Éstos comen de todo y hacen las guerras necesarias para que los unos se coman a los otros. Al terminar la lucha, el hombre se hace humanitario para regenerarse como lo hace la economía en Navidades y Rebajas. Moraleja: el hombre es un hombre para el hombre, lo del lobo era un piropo”. A pesar de la noche cerrada y silenciosa, los puestos multicolores de la estación de autobuses de Bareilly, ciudad puente hacia las montañas, fingían el estado de feria permanente. “Nainital, Nainital”, grité, buscando la chatarra que presumía, sin complejos, de pretenciosos adornos por toda la carrocería. Había veinte tíos dentro esperando a que reventase la ocupación con un cerdo, tres gallinas e infinitos bultos, en un interior diseñado para quince personas. Quedaba un hueco bajo presión de ciento cincuenta kilos de señor contra una caja de pienso, soportando así el olor que desprendía su camisa que hasta desmayaba a la granja que traía consigo. Al menos, el trasto iba perdiendo peso conforme avanzaba la noche y sólo quedamos la mitad de ocupantes pero con los mismos bultos. Por simpatía ofrecí un cigarro de buena marca al autobús entero, que se hizo fumador compulsivo, logrando crear un fumadero de alquitrán con vistas al reflejo de mi cara. El amanecer en las montañas soportó toneladas de belleza en su ascenso a la ciudad de veraneo de la burguesía india. El comienzo al oeste de la frontera con Nepal quedaba saturado con una tenue neblina, telonera misteriosa de la danza que la naturaleza inventa todos los días desde su creación: de nuevo el sol se asoma tímidamente como un actor veterano que por compromiso nunca pierde el miedo escénico. Aquella vegetación insultaba al sentido común mientras me fui llenando


de energía vital en estado puro al paso de un monumento a la totalidad. Nainital era un lugar hermoso, como todos los que rodean un lago, vivo ejemplo de otros muchos destinos con más fama que lana. La temporada baja atendía un mercado de artesanía industrial con puestos de ropa de diseño moderno y abalorios diversos. Todo esto me incomodó por abandonar la India visceral y religiosa. Allí la civilización parecía estorbarme y nada excepto el paisaje contenía fuerza, ni los hoteles estrellados con trato occidental ni las gracias de otros viajeros que desde bastante evitaba pasando por un indio más. De pronto llovía como asomaba un claro, momentos de relleno que soporté con un botones entregado a generosos lingotazos de Whisky a cambio de recados. Este personaje de cómic de metro cuarenta con un cartón digno para un casting de bombero torero. Cada quince minutos sacaba el morro con disimulo por si caía algún trago para más tarde acabar como una caja de ronquidos en el felpudo de mi puerta. Ni el poder del lago me impidió subir más al norte, hasta Kaussani, pasando por Almora. Compartí el trayecto con un cincuentón que puso su mano extendida sobre mi nalga y que tomé como una costumbre local. Molesto por el camino que estaba tomando su mano hacia las partes más íntimas le aparté con un ademán moderado, ya que al señor le dió por una conversación insistente. Me invitó a su casa para conocer a su mujer y sus hijas en un tono educado sin dejar de posar otra vez su mano sobre mi muslo todavía más cerca de los puntos esenciales. Rechacé la invitación pudiéndose tratar, tal como venía el caso, de un santurrón o si peor cabe, de un asesino en serie. Almora tampoco era como esperaba. Los que mejor se portaron sin duda fueron los campos de arroz y el río que bor-


deamos todo el camino. Un presentimiento veloz me llevó hasta un jeep de línea que iba recogiendo pasajeros por la carretera hasta preñarse de carne como una empanadilla. Por suerte tuve el privilegio de ocupar el asiento delantero con un niño sobre mis rodillas, otro más, y detrás se hacinaban quince personas que sonreían cuando les miraba por el retrovisor. Existe una complicidad muda en los lugares donde se comparte un espacio reducido, situaciones incómodas como coincidir en la frutería con la vecina que alimenta tus fantasías; o cuando te sonríe la novia de un colega en ropa interior después de la ducha; o cuando entras en una casa ajena donde está toda la familia comiendo en silencio y escuchas la desagradable glotonería. Ese sentimiento desaparece en India, nadie molesta a nadie porque parece no existir la intimidad. El mismo niño que sostenía en el asiento delantero no paraba de pegarme taconazos en las espinillas y tirones en el pelo mientras su madre atendía otras tres criaturas que después de un aviso inicial mantuvieron la calma el resto del viaje. Al poco de alcanzar Kaussani un camión se cruzó con la mala suerte de quedar atrapado en el barranco. La rueda trasera fue pasto del barro de la calzada en el único hueco posible donde bajar los ocupantes del siniestro. En su ayuda acudimos los del jeep mientras el camión se iba inclinando estrepitosamente hacia el desastre. En pocos minutos el barro cubrió por completo el chasis en estériles intentos por llevar la carga al cauce de la estrada pero resultó inútil. El conductor tuvo que saltar atléticamente desde la cabina al ceder ante la inminente caída. Toneladas de latas de conserva se despeñaban doscientos metros abajo entre gritos de desesperación por las familias que se despedían del sustento. Con un sabor amargo llegué a Kaussani, un lugar ocupado por completo de siluetas esparcidas por la espesa niebla. La


mayoría de los hoteles y restaurantes estaban cerrados por temporada baja y sólo uno me enfrentaba al Himalaya detrás de la permanente masa de nubes. Con poco el aire envolvía un aroma de tristeza estándar, lo gris, lo lluvioso, la soledad insulsa, todo lo que obliga a deambular sin sustancia y a contar en el colchón los insectos del cuarto. La única ventaja del nuevo escenario se sirvió con música durante la dilatación de las horas, dándome ventaja para improvisar melodías orientales y llamando así la atención de un segundo inquilino. Éste permaneció más de una hora en silencio oyéndome soplar y manteniendo las notas hasta una nueva solución, o bien sucediendo unas con otras pausadamente como relajantes gotas de lluvia. Su aspecto correspondía a un señor de más de cincuenta con un carácter amable y una sonrisa de sabio conocedor del final de las historias. Antes de abandonar mi sesión de flauta el señor regresó a su cubículo dejando caer de la mano dos hojas de ginko. Eso me paralizó: la planta contenía algo dormido en el vestíbulo de los instintos. Se tarda algún tiempo en acostumbrar al cuerpo a vivir sin la violenta necesidad del dinero, pero ya cansado de la condición de mochilero. Y después de un año, sin gente amiga, nada fue ajeno al valor de éste. Un simple incidente empeoró mi situación con el descuido de no disponer de rupias ni de lugar alguno para cambiar divisa. Con ochocientos dólares en la mano era el más pobre de Kaussani porque nadie aceptaba moneda extranjera y nadie se fiaba de billetes gruesos. Entonces me vi encerrado sin oportunidad de pagar la cuenta del hotel, en continuo ascenso, y con las miradas de los cocineros que disimulaban amabilidad, preocupados por atender a un sujeto insolvente. Con descaro me preguntó el dueño del hotel cómo pensaba resolver la situación y yo in-


sistí en pagar una razonable comisión. Incluso llegué a simular una llamada con un móvil de juguete y mentir, diciendo que en unos días llegaban unos amigos al rescate provistos de rupias. Cuando llamé a la habitación del misterioso caballero nipón que días antes me oyó tocar la flauta, la puerta se abrió muy despacio dejando escapar un olor a hierbas curativas. –Intuyo que necesitas ayuda pero no debes preocuparte demasiado. –Cierto, tengo un pequeño problema fácil de resolver pero no encuentro a nadie que me ayude, necesito cambiar dólares. –Lo siento, yo tampoco voy a ayudarte con eso. No deberías darle al asunto más importancia, hay pocas cosas que merezcan una verdadera preocupación–. Habló el japonés en un tono suave y conciliador. –La música es un convenio como lo es el dinero, sólo pido lo justo para pagar e irme a otro lugar donde sepan tratar a las personas como personas y no como rupias andantes. –Eso será dificil en el circuito turístico de India. Pero seguro que hay muchas formas de afrontar tu caso, lo primero es tener la certeza de que se va a resolver–. Acabó la frase con una sonrisa de total convencimiento. –¿Le interesan los dibujos?–, sus diminutos ojillos se agrandaron en la sorpresa. –Me interesa todo lo que no sea complicado. De joven me ganaba la vida pintando paisajes en mi país–. El tono de su voz se iba haciendo más cercano y sociable. –¿Pintó usted el monte Fuji? Esta pregunta le hizo pensar, arqueando sus invisibles cejas y me sentí ridículo por caer en el tópico. –Sólo fui un pintor de oficio en un pueblo al sur de Japón,


ingeniero industrial de formación y pescador de caña, mañana mismo toca ir de pesca. Tomoru llevaba ocho meses viviendo en aquella habitación como un eremita a pesar del fajo de billetes que guardaba celosamente y con extrema prudencia en la mesita. Su enclenque figura, respetada en el pueblo de Kaussani como un enigma, se entendía como la de un ser testarudo pero inofensivo. Con los días me contaba que perdió a su familia por una negligencia médica en un prestigioso hospital de Kyoto. Se volcó con devoción en la salvación del budismo tibetano, colmando así la desgracia con el comodín de la meditación. Desde entonces declaró la guerra a todo progreso y otros derivados de la filosofía consumista, anulando cuentas bancarias, quemando recuerdos y vendiendo toda posesión para ocupar por derecho lo que él llamaba “espacio real en el mundo”. –Da igual el lugar donde medites, India para mí es sólo el pretexto de una huída–. Dijo Tomoru lacónicamente. Ante su sinceridad le mostré mis dibujos como el alumno que espera las correcciones de un respetable paladín y los agradeció tomándose su tiempo en cada imagen con una particular sensibilidad. Cuando Tomoru acabó de escudriñar los dibujos fue directo a mí, con respeto, para contarme una historia que más tarde relacioné con su situación. “Hace cientos de monzones, en una región próspera cercana a la frontera con el desierto, vivía una rica y noble familia en un palacio que vió crecer a cinco generaciones de mercaderes. Era un entorno pacífico y evocador, alejado de las guerras religiosas entre hindúes y musulmanes que diezmaban a otras provincias. La familia poseía riquezas como una condición más heredada del karma, entregada con tesón a los menos favorecidos y las necesidades básicas. Padam, el cabeza de


familia, educaba a sus numerosos hijos con ayuda de su mujer sin escatimar a la hora de contratar los mejores maestros, de los que aprendió moral para los negocios, justicia con sus semenjantes y fidelidad en la naturaleza. En un inesperado día los arroceros vieron llegar a un caballo salpicado de sangre presagiando una invasión desde el norte. La voz de alarma corrió paralela al viento que por más esfuerzos no sirvió para preparar a un pueblo de armas enterradas contra una despiadada estirpe de guerreros. La gran devastación se prolongó durante los tres días siguientes donde aparecieron hombres masacrados y mujeres violadas por el filo de los sables. Sólo Padam, ducho en el arte de la huída, se salvó en los escondites del palacio para días más tarde ver las inertes ruinas de su pueblo. Y viéndose en el desamparo, con toda su familia mutilada, deambuló durante meses resolviendo su dolor con palabras de viejos sabios que premiaban la virtud de la templanza. Padam se detuvo en un lago valorando las arrugas de su rostro que el reflejo del agua le devolvía con sinceridad”. Tomoru dejó de hablar para beber agua entrando según hubiese dicho un ilustre poeta comecocos, en una fase de lúcido ensimismamiento. Su voz sonó entonces a secreto. “Del agua emergió una figura humana que la transmisión oral no ha sabido describir, sólo sabemos de una tela azul que cubría arbitrariamente parte del enjuto semblante. Con mirada atenta pero serena la figura comenzó a danzar con movimientos sinuosos y decididos, esparciendo ceniza a borbotones que nacía de las manos. El desolado mercader creyó ver una ilusión dejándose llevar por la cueva de esa voz grave y profunda. –Pierdes el tiempo nublando tu lucidez con el llanto, en estas aguas encontrarás la respuesta al absurdo sufrimiento–.


Con la mano extendida agarró la cabeza de Padam y la sumergió en contra de unos leves forcejeos agonizantes; el cuerpo se resistía a perder la vida hasta que los pulmones quedaron envueltos en una iluminación dulce y nítida.” Tomoru me miró con ojos lagrimosos en un intento de ilación y cuando los cerró se llevó consigo mi compañía, el puro convencer de que yo estaba dentro de su relato y esto le tranquilizó para continuar. “En ese mismo instante, en cualquier otra parte del reino, una mano palmeó el culito de un recién nacido. La criatura, al contrario que Padam, pasó toda su niñez con humilde calor aunque obligado muy pronto a usar sus manos en beneficio familiar. Pero algo se interpuso en la vida de este pequeño dentro de su lastimosa existencia antes de crecerle el bigote. Fue llamado a filas. Y tan ágil se dio en el arte de la guerra que sus primeros éxitos como arquero llegaron al punto de protagonizar canciones y poemas que el pueblo cantaba en cada victoria. Se casó, para mayor fortuna, con la hija de un Sultán recibiendo de ella las criaturas más hermosas. El laureado guerrero viajaba durante semanas a caballo para servir los mandatos del soberano en su deseo de reconciliar los nuevos pueblos conquistados. Pero un día, de esos que se presenta sin avisar, cansado por la dureza de un viaje, se tumbó bajo la sombra de un mango al borde de un lago y quedó a merced del sueño... Entonces la imponente figura volvió a emerger de las aguas, y aireó con vigor la cabeza de Padam. –¡Dime ahora por qué lloras si has vuelto a nacer! La vida no es una sino única. Padam contempló con alivio cómo la impresionante figura se hundía de nuevo en el lago y con un ánimo inusual regresó a su pueblo antes devastado para comprobar que la hierba


había vuelto a crecer”. La historia me conmovió sobre lo relativo y lo efímero de la vida…Y todo eso. Las hojas de ginko volaron por el acantilado, libres de la dictadura mística a la que fueron sometidas por Tomoru. Después de varias semanas compartiendo el silencio de las tardes de pesca, el gran nipón se disipó en la niebla vespertina con una nota pegada al cristal de su puerta: “Mi querido amigo, regreso a Japón por considerar este momento el oportuno después de este largo revés al abrigo de las montañas. He pagado tu deuda con el hotel a cambio de un dibujo que robé sin permiso, confío en que lo tomes a bien. La premura de mi partida no tiene mayor explicación, un impulso vivo e infantil me animó a despegar de este hermoso lugar. Ánimo, Quijote”. Amontoné unas hojas de ginko para guardarlas junto al resto del equipaje. Esa misma tarde partí hacia Hardwar, una de las ciudades sagradas del hinduismo en la que celebran cada doce años el Kumb Mela, la mayor concentración religiosa del planeta. Según la mitología, los dioses libraron una bestial batalla con los demonios para apoderarse de una urna –kumb– que contenía el néctar de la inmortalidad. La diosa Vishnu se apoderó del recipiente y lo hizo desaparecer, pero durante el vuelo cayeron cuatro gotas sobre cuatro ciudades escogidas para el culto, Hardwar, Allahabad, Nasik y Ujjain. Unos diez millones de peregrinos se reúnen dando fe de una religión que teje historias de parcas como ésta para hacerla más inaccesible al entendimiento. Allí fueron dueñas las multitudes del conjunto de puentes y escalinatas que decoraban el Ganges en la fiesta diaria. A


cualquier hora las cabezas pardas impedían la visión del pavimento embebidas con réplicas de santones que ordenaban la fe por altavoz. Como un polizón, dentro de esta enorme secta, me exigían dinero por caminar entre los creyentes negándome al negocio ante un grupo que me insultaba gratuitamente. La masa de gente llegaba de cualquier provincia para cargar el agua santa como trofeo en garrafas de plástico azul, que vendían con chubasqueros y demás derivados del petróleo. En medio de aquella parafernalia llamada Har-Ki-Pairi se alzaba una torre de reloj estilo inglés y una monumental estatua faraónica de veinte metros en posición hierática. Todo era hinduismo y fanatismo religioso edulcorado, allí mismo se exhibían las garrafas de plástico con agua del Ganges como metáfora del Hombre-Hidrocarburo. Los mutilados y los saddhus fumadores de chillum parecían integrantes de un grupo de rock traicionados por la carga emocional y la locura. Pero mantenía la toalla por el placer de recorrer el desengaño a paso ligero. Era como sacar agua para colmar unas estúpidas ambiciones de viajero romántico. Olvidé pronto el mal trago para caer como una de esas cuatro gotas en las frondosas montañas de Rishikesh, desde entonces, concursante de los muros del ashram con el río y el sol como presentadores.


El Miniaturista

Con esta falsa democracia no hemos creado igualdad sino uniformidad, sustituyendo así la fraternidad que proponen las religiones por una permanente competencia entre individuos.

Con dos días de lenta marcha entramos a buen paso en el

Rajasthán bajo la protección de Rodhivara y el polvo suspendido del desierto, ahora sin la influencia del Ganges. Pasamos por Bikaner con miedo a ser víctimas de las coincidencias por el encuentro con algún simpatizante de la búsqueda de Anura. Todos atentos a su corazón que dicta órdenes de encuentro con alguna hermana para comprobar la salud de los suyos, ocultándose tras un burka y traspasando con absoluta discreción el umbral donde trabaja la más discreta. El gritito de sorpresa se oye desde la puerta seguido de un silencioso abrazo que electriza la calle donde a unos metros reposa un camello esperando su carga. Veinte minutos después sale como un toro embolado con


una mezcla de miedo y tristeza. Asustada y sin mediar palabra se incorpora al jeep con la prisa del que huye tras un atraco. Dejamos que pause su respiración y una vez calmada declara que su padre la busca con unos mercenarios a sueldo por todo el estado. Estupendo, ahora estoy en búsqueda y captura por unos matones desalmados, lo cual no me sorprende sabiendo como las gastan aquí los Hombres-Poder. Oí que otro español yació en brazos de una belleza de origen sikh en el valle de Parvati, hija de otro empresario y tuvo que huir a escondidas por la complicada frontera oeste, y una vez allí apañárselas con una mano delante y otra detrás. Los líos de faldas nunca fueron rentables, dijo Tehsab, añadiendo que esto mismo podría aparecer en la tabla de propiedades de la naturaleza del varón. Sin papeles por una estúpida decisión personal, en búsqueda y captura, sólo queda aclarar la situación dando la cara explicando nuestras nobles intenciones. Lo mejor será seguir una temporada bajo la protección de Rodhivara a la vez que explicamos todo al ofendido padre en una carta, pidiéndole vacaciones a los matones en son de paz. Visto con distancia no eran más que cuatro encapuchados con nuestra foto a la orden de una buena paliza para escarmentar al extranjero y quitarle las ganas de continuar la empresa amorosa. Pero la voz de Anura al teléfono tuvo más repercusión porque al menos oyeron de su hija las firmes convicciones de unirse con uno de la tierra de Quijote, le decía a su madre, que todavía se acordaba de mi cara después de estos años. Sin embargo, el padre no daba el brazo a torcer después de aquel barullo donde echarse atrás supondría pedir muchos perdones y bajar la cabeza de orgullo herido. Esta vez me toca pagar la vanidad de un hombre anclado en la conservación de la sangre. Con el panorama así de turbio los dos enamorados decidi-


mos presentarnos en la boca del lobo directamente. Rodhivara y Tehsab prometieron esperarnos en un hotel de lujo al otro extremo del palacio, un lugar que años atrás había sido residencia de un ministro con sus tres mujeres. Desde la casa centenaria de la familia de Anura el palacio de Bikaner lucía excelentes vistas íntegramente construida de piedra teñida con el tradicional azul claro. Su madre explota en un llanto de alivio cuando las dos inocentes criaturas, con más miedo que alegría, aparecen bajo el umbral de la puerta cogidas de la mano. Madre e hija se funden en un abrazo efusivo mientras el resto de las hermanas no tarda en formar una piña ensamblada con la calle atestada de sorprendidos ante la nueva Anura hecha una mujer. Y para mí, en esta escena ridícula cuanto menos, se reserva el papel de amante pasmado ante la mirada de esta marabunta que exige desde la puerta detalles del romance. Abandonado en el patio y sin encontrar hueco donde pudiera descansar de la estupidez, sigo haciendo de extranjero galán conquistador de bellezas indias. Deben suponer que soy un adinerado caballero porque los jóvenes más apuestos se preguntan “qué tiene ese que no tenga yo” y husmean la situación con desdén e indiferencia. Al poco rato van llegando antiguos amigos y pretendientes de Anura; mira a aquel repeinado, me digo, seguramente quiere ser su prometido. Entonces respiro una molesta tensión frente al grupo de mirones, negado a pronunciar una sola palabra que pueda ser usada en mi contra. Las personas hacen menor daño con la boca cerrada y además resultan más interesantes. El grupo se espanta con la repentina llegada del padre que mira desafiante al ladrón de su hija y pasa de largo golpeándome el hombro con agresividad. Desde el quicio de la puerta devuelve una mirada de insultante desprecio que me hace explotar de impotencia. Con este reojo de dolor aguanta hasta


el abrazo de Anura, que llora sin consuelo ahora con la familia al completo advirtiendo mi fuga sin un adiós. Al salir, forcejeo con la multitud y salto a un rickshow en marcha, libremente, ágil y desprendido como un nuevo viajero libre de nudos. Cargado de dudas deambulo por la ciudad hasta una calle del sur habitada por camellos que, atravesados al sol, desafían con gracilidad la quietud del mediodía. La calle reparte casas de dos plantas sin arquitectura colocadas al antojo de una mano gigante sobre un monopoli. Una fachada colorida me llama la atención por lucir un cartel anunciando el taller de un pintor artesano: “el arte es salud”. Entro con sigilo, atraído por el transparente aroma de un incienso protector. Desde la penunbra aparece un enano con una sonrisa tierna y un té de hierbabuena. Pronto pasamos a otra enorme sala donde cuelgan cientos de cuadros colocados por antigüedad, desde la primera hasta la novena generación. Hadid, así se presenta el enano, me advierte de que sólo cuelgan cuadros de antepasados y que su anciano padre, la décima generación todavía viva, espera con orgullo la muerte para que su obra descanse con el resto de su sangre. El enano muestra un carácter prudente, muy atento en los pequeños detalles de anfitrión y conocedor del arte occidental. Comenta algunas referencias de pintores expresionistas americanos y se sorprende diplomáticamente del arte moderno. Confiesa no entenderlo, incluso no tener intención de hacerlo, además intuye que algo del método falla pero sólo por la relativa amplitud de una anquilosada convicción. Seguimos por un estrecho corredor para dar con una espaciosa nave repleta de miniaturas actualizadas a lo antiguo donde trabajan unos descamisados fabricando papel. Al fon-


do habla un anciano para sí mientras fabrica un diminuto pincel con extrema atención, empapando el escenario con un toque de chifladura. Parece la clásica secuencia del paraíso al que todo protagonista acude cuando la situación es límite, un artificio de guión sacado de la vida para concederle al bueno la última esperanza antes de hacerse malo. Todavái pienso en el golpe de Anura. –Mire este pincel, seguro que no ha visto nada igual–. Dijo el anciano pincelero que encarna la décima generación. –Desde luego, es curioso un pincel sin pelos–. Digo por seguirle la corriente al ver solamente un palito lacado. –¿Cómo que sin pelos? Observa al trasluz. Hay un vello fino, uno solo, y debajo una corona de hilos de seda en arco para almacenar y dosificar el agua mientras se pinta. ¿Lo ves ahora? El viejo acompaña mi sonrisa con una estruendosa carcajada desde lo más profundo del pecho y se da la vuelta para seguir a lo suyo. Una señal del enano anfitrión, medio oculto en una cortina, sugiere otra invitación a una pequeña sala protagonizada por una mesita de suelo apenas iluminada con una lámpara de grasa de búfalo. Este es el espacio del enano pintor de miniaturas que parece no dejar un solo hueco en las concurridas paredes, como onzas de chocolate suspendidas en el aire. Allí se han ido cociendo durante veinte años las obras de Hadid, que además asegura poseer el record Guiness de la pintura más pequeña con el mayor número de elementos reconocibles: noventa y dos, nada menos, en veinte centímetros cuadrados. Lo demuestra sobre un tablero de corcho adornado con tiras de periódicos y una fotocopia de la página del libro de los records. Como muestra de su destreza me pinta una paloma en la uña del dedo corazón detallada con plumas


en las alas y hasta patitas descansando sobre la cutícula. Siguiendo la tarde nos dedicamos a las técnicas y chismes del mundillo del arte y las artes en general, para concluir con que nada tiene sentido. Hadid alardea con diplomacia de sus mejores miniaturas dando saltos repentinos a la mesita para probar exquisitas texturas sobre seda con luminosos colores. Mismamente, su destreza remoja productos naturales como azafrán, polvo de guindilla, pimienta molida, té rojo, raíces afrodisíacas de santero o minerales de hierro y cobalto preparados en el taller. Incluso el orín al sol de los camellos sobre moles de piedra caliza sirve de un amarillo indio tan radiante que a su lado los anuncios de champú quedan faltos de brillo. Pruebas que demuestran muchos siglos de alquimia guardados en generaciones de artistas de variedades y magos, curiosos e inventores de problemas cercanos. ¡Don´t light off the candles, go ahead! Grita el anciano pincelero escondido tras la puerta. Hadid me habla tomando estas locuras como parte del menú. –Es mejor profundizar en la tradición que continuar dividiendo las cosas, lo uno es más fuerte que las partes y en eso consiste el Santísimo. Si rompo la herencia del saber de los antepasados sería como perder un tesoro pues es lo más valioso que tengo, lo único, de ahí mi desconfianza en el progreso gratuito. No hay progreso si con él no avanza parejo el corazón. –Envidio tu lucidez, amigo Hadid, oí que sólo los dudosos de su sangre necesitan probar suerte en otras tierras. Mírame, por qué no puedo mantener el culo quieto en el mismo lugar, por qué seguir buscando si lo tengo todo conmigo. –No hay apenas diferencia entre nosotros. Unos buscan sin apenas moverse y otros, la abundante minoría, necesitan cambiar de decorado. Con la segunda opción envejeces antes


pero los ojos brillan más. –Dime qué harías si no pudieses continuar con tus ancestros–, le pregunto metiendo el dedo en la yaga. –Entonces me dedicaría al arte moderno–, más risas al ver por la puerta al anciano tal como vino al mundo con un flamante pincel en la mano. Al salir del taller me invade una naturaleza que pide seguir viajando pero sigo aturdido con el traspié. Había olvidado lo del brillo en los ojos o aquellos borbotones de energía que se recogen de los encuentros. Debo continuar la única misión que no carga con objetivos ni destinos, la más sencilla de realizar con éxito; sin riesgo alguno, ni metas, ni proyectos a largo plazo.


El Buscón de Kerala

Al atardecer, el cielo se encharca por completo de cometas, mil deseos al azaroso viento del oeste, ¿se puede imaginar mayor felicidad para un niño?

No fue fácil convencer al Maestro para abandonar el ashram

por el capricho de buscar sin tiempo definido a un adolescente llamado Muktab que había conocido cinco meses antes en Agra. Pero antes de partir el Maestro pareció entender de corazón que la presencia de ese muchacho, del cual yo respondería, no era un simple capricho sino algo vital para el taller de pintura. Muktab era de las pocas personas que me habían hecho sentir cómodo a lo largo de mi travesía como viajero y eso merecía pagar una deuda. Por eso dejé a un lado la procedencia de esta necesidad, pues todavía desconozco si mi caridad respondía a un acto humanitario o a un sano egoísmo. Según lo dicho, me presenté en Agra sin suerte de encontrar a Muktab en la hospedería donde trabajaba. Al menos


otro empleado amigo cercano de nuestro afgano colaboró extendiendo la mano por “algo que sólo él sabía”. El sujeto no vaciló en describir con detalle la situación de los días que precedieron a su “fuga”, así lo llamó, y señaló por curiosidad el extraño comportamiento de Muktab los días sucesivos a mi despedida. Toda la inteligencia que antes empleaba para hacer el bien y servir con amabilidad, la dedicó en gastar pesadas bromas anónimas a los clientes que, hartos, abandonaban sus estancias antes de lo previsto. Llegó incluso a sabotear la línea de internet dejando la sala sin conexión por un virus informático que un joven bien vestido le entregó gratis en el mercado. Con poco dejó privados de su medicina a varios turistas compulsivos de la comunicación y obligados, pobrecitos, a salir al sol. Pero llegó lo peor cuando el afgano fue capaz de soltar a unos monos en el interior de tres habitaciones mientras descansaban unos turistas que horas antes comentaban lo asquerosos que resultan esos bichos ladrones. Aún con esas sus compañeros añoraban a Muktab, tal vez porque hizo la revolución que todos hubieran deseado sin levantar sospechas. A día de hoy, me susurró su compañero confidente, los jefes siguen sin saber quién fue el autor de tales atropellos. Pero la información realmente útil para dar con él vino de un viejo ciclo-ricksow que le vio marchar por la carretera del sur subido a un remolque de frutos secos. La investigación siguió con una foto de Muktab tamaño carnet, ampliada en carteles colgados entre puestos de mercaderes así como por maleantes y sabelotodo que bajo juramento aseguraban conocer su paradero exacto. Entonces me topé, para variar, con un ejército de malandrines y traficantes dispuestos al engaño por unas rupias frescas. Hasta un supuesto guía oficial del Taj Mahal llegó a ofrecer sus servicios veinticuatro horas para ayudarme a encontrarlo, tras una pis-


ta falsa que él junto a un compinche ingeniaron con testigos de prepago. Dependiendo de esas fuentes resultó imposible confiar en nadie a falta de una pista fiable, sin esperanzas, después de una búsqueda estéril. Todavía recuerdo con claridad cómo vino a mí el hombre que decía ser el conductor del camión de frutos secos que ayudó a Muktad a salir de Agra. Su ruta llegaba hasta Trivandrum, al sur de Kerala, justo en la otra punta del país, y hasta allí dijo haber llevado a Muktab cuatro meses atrás. La descripción del camionero coincidió con el afgano, aunque fue una locura hacer un viaje tan largo para luego volver a otro posible engaño. Y pensando en acabar lo empezado, me lié la manta a la cabeza, camino del sur, pensando que si algún día dejara de confiar en la gente me habrá vencido el miedo que siempre engaña en sus primeras intenciones. Llegamos a Trivandrum sin descanso, después de tres días atravesando el país por entero, descubriendo aldeas y ciudades hasta el momento desconocidas. En todas nos recibieron con las manos abiertas. Vishal, el afable camionero, señalaba cada palmo del camino recordando una anécdota relacionada con su oficio a la vez que despachando saludos de corazón a sus conocidos con ofrecimientos de víveres para el viaje. Dormimos en casas que se lo sorteaban como si fuese un descendiente directo de Ghandi. Su don de gente superaba con creces lo conocido anteriormente, hombre de escuetas y acertadas palabras, correcto en el trato, sin familia, fumador de betel empedernido. Vishal parecía no dar importancia a los numerosos halagos que continuamente recibía en cada parada de cualquier paseante sin oficio. Me contaba que cuando estuvo en compañía de Muktab el viaje le fue muy grato a pesar de notar en él cierta inquietud. Por entonces, el desaparecido tenía trece años y, para mi tranquilidad, más experiencia


en los caminos que todos los mochileros de la India juntos. Kerala es el estado más densamente poblado de la India con cuarenta millones de personas en una superficie muy inferior a La Mancha. Sólo tenía la esperanza de que no estuviera muy lejos de donde Vishal lo dejara cuatro meses atrás. En Trivamdrum la gente pareció no entender la idea de búsqueda porque cuando mostraba la foto de Muktab pensaban que era una ofrenda de un niño curandero. Durante las primeras horas Vishal se encargó de mover amistades sin obtener indicio alguno de los pasos del muchacho. Así, la despedida con este maravilloso ejemplo de hombre se cerró con el regalo de un retrato suyo disfrazado de Shiva tras el volante del camión. Seguro que ese retrato ha sido más visto que la Mona Lisa del Louvre y eso sin contar con los animales varios, más atentos a los carteles de cine que muchos Hombres-Media. No es extraño ver a un mono frente a una belleza india de Bollywood anunciando chicles sin azúcar o a una jauría de perros tras un escaparate de televisores en franja de máxima audiencia. De nuevo me vi solo en una ciudad tropical, lejos del monzón y convencido a todas luces de que Muktab estaría por ahí, en cualquier lugar. Lo primero fue colocar por el centro de Trivandrum cien carteles “Wanted” con su foto. Sin ánimo de llamar la atención algunos granujas se atrevieron a presentarse diciendo que estaba secuestrado y que pedían por él un lakh (cien mil rupias). Aunque la suerte es muy simple, sin más. Un árabe de mediana edad se presentó con Muktab arrastrado a la fuerza por los pelos como un maleante. El chamaco tuvo que frotarse tres veces los ojos hasta convencerse de mi presencia. El pobre temía que le hubiesen descubierto sus travesuras y ahora llegase la policía de


Agra reclamando los daños. Pero en cuanto me reconoció, se lanzó a mis brazos. Estaba bañado en roña, completamente desaliñado y con la misma ropa que le regalé en nuestra despedida. Además, era cierto, el rostro anterior de absoluta bondad había desaparecido para siempre con la ventaja de haber brotado otro ser, uno todavía más despierto y vivaz. Las hormonas prematuras, aceleradas si cabe, le habían dejado una piel sin lustre y repleta de granos con cantidad de arañazos en las extremidades. Ya no daba pena como niño porque estaba en la edad justa de parecer un adulto descastado sin oficio ni beneficio. Tampoco era fácil que una familia lo admitiera, que entrara en la protección de madres estatales, o, peor aún, que ni los intocables quisieran compartir las sobras de los puestos sin un hueco en las montañas de basura. Por suerte, se ocupó de él un descendiente de afganos a cambio de ayuda en un negocio de moldes de escayola, el mismo tipo interesado que lo arrastraba por quinientas rupias hasta mí. Muktab quedó atónito las siguientes dos horas, mirándome con exagerado interés mientras le hablaba de mis planes para llevarlo conmigo a Rishikesh. Le dije que viviría en un cuarto propio, sencillo y austero, eso sí, ayudando a crear un nuevo taller de pintura para la comunidad. No convencido, me obligó a demostrar mis intenciones comprándole camisetas estampadas de fractales y vaqueros de imitación. Aunque el mayor gasto fueron las tremendas ingestas de comida que Muktab exigía para recuperar los más de diez kilos perdidos en los últimos meses. Sus costillas estiraban a los hombros desde su origen con una cadera tan huesuda que se podía posar en ella un vaso de té con un cigarro. Sólo en pocos días nos dejó ver otro lustre de piel y un mejor humor que descubría a carcajadas frente a la tele con un perro inseparable. Bien parecíamos los tres, el perro, el bueno y el afgano, unos


extraterrestres llamando la atención en los recodos musulmanes. Muktab hablaba árabe y urdu como idioma nativos y yo callaba. Nos tomaban a ambos por padre mudo e hijo parlanchín de viaje espiritual. Eso levantaba en ellos sospechas e insultos, tomándonos por lo que nunca podríamos ser dentro del laberinto de rivalidades religiosas. Hartos quedamos de evitar espeluznantes peleas de jefes de casta sobre algún estúpido y despistado empleado que, a fin de cuentas, es tratado como un esclavo sin mención. Lo que me llevó a una ocasión donde presencié una escena inhumana y despiadada. Un señor teñido con mala sombra y peor ciencia pisoteó en un ataque de ira a un intocable sobre la acera y, allí mismo, lo reventó con los sesos serpenteantes chapoteando en la piedra. La policía pasó sin hacer caso del cadáver, dejando las cuentas particulares entre hombres de largo. Por nuestra parte y lejos de peleas nos cogimos de la mano camino del ashram que nos vería crecer bajo la tutela de los pinceles.


Ante la duda la fuga

No te alimentarás de muerte, ya está contigo. Dejarás escapar la verdad, ya la tienes. Vacíarás tu cabeza, ya no cabe nada. Explicarás un hecho por sí mismo, ya ha pasado. Este mensaje se destruirá, ya no existe.

“Amada Anura, marcho de tu lado. El recuerdo de estos meses perdidos en las alturas ha sido un regalo del amor más grande posible, que ahí sigue pero necesita una reforma. Ha vuelto de nuevo ese germen que busca sin nada que encontrar, incapaz de sembrar apego en la misma tierra. He visto cómo aquellos rostros cercanos te querían con un sentir local, la historia de tu sangre se ha hecho grande de cerca y ni el amor mismo puede vaciarte de todo eso. He visto tus ojos de niña mala regresando después de cometer una travesura. Vuela ahora que eres más libre y lucha sin descanso para serlo siempre. Gabi.”


En el hotel dejo la carta, con Rodhivara y Tehsab, que es-

peran sin prisa para continuar hasta nuestro destino, el Rann de Kutch, al sureste de Gujarat. La despedida les conmueve hasta expresar un débil sollozo interrumpido de golpe al verme llegar. Antes de partir confiesan mi falta de tacto por la brevedad del texto. Esa chica merece más papel, dice Rodhivara con tristeza. Pero la decisión, aunque precipitada en el mejor de los casos apenas trajo consecuencias para el buen humor del viaje, sólo un comentario que Tehsab no pudo evitar con mirada de zombi sobre la carretera. –Aunque veo seguridad en tu talante no puedes ocultar la pena por más que quieras, admito que nunca conocí caso igual. El amor se presenta siempre sincero hasta que engaña con verdades cotidianas pero no hay amor verdadero, sólo uno más obsesivo que el resto. –Fíjate en mí–, dice el viejo Rodhivara al compás de una chispa, –estuve casado tres veces. La primera era tan buena y escasa de carácter que nunca llegué a tomarla en serio porque odiaba su fragilidad. La segunda fue una arpía más interesada en las cuentas que en hacerme feliz, a ella le debo mi primer infarto a los cuarenta. La tercera, una joven tibetana, la única que amé con fervor, fue asesinada por un camión borracho mientras cruzaba la calle para sorprenderme con la noticia del embarazo. Podría decir literalmente que vi esfumarse el “paquete completo”, un culebrón al más puro estilo. La semana próxima hará diez años que la desgajaron los buitres en Sikkim y desde entonces, sin represión alguna, niego el lecho a otra hembra. –No hay mujer madura que se te resista–, dice Teshab para animarle. –Vosotros los jóvenes no disponéis de la distancia suficiente en esta situación, es el cuerpo, más sabio y prudente que uno


mismo, el que desprecia la compañía femenina. Nunca tuve las molestias de una líbido al rojo vivo. –Así que rechazas algo tan básico y animal por órdenes del cuerpo, ¿y cómo sabes que el cuerpo lleva razón?– Pregunto irónicamente mientras Teshab golpea el volante con dedos danzarines. –Acaso sientes algo fuera de ahí dentro, ya no insiste en mí tal necesidad. Cosa muy distinta de los célibes reprimidos que, por la lealtad religiosa, atrofian su tendencia. –Lo tengo claro–, alerta Teshab. –Más que alivio con la desgana de la pasión sabré que he perdido la pimienta de la vida. Siempre admiré a las mujeres por encima de todo y quiero a mis dos por igual, son pocos los esfuerzos por colmarlas de atenciones. –¿Y no te sobrepasa tanto trabajo? –, digo interesado en el caso de poligamia. –Trabajo es lo hecho a disgusto, no hay mayor dicha que atender al placer. El hombre debe ser fiel y dulce en el trato con cada una, presente y atento en la incansable entrega; airear siempre los placeres gastados por la rutina hasta adquirir otros nuevos–. La réplica de Teshab llega a sacar de Rodhivara unas muecas de aceptación, pues no habría nada más ambicioso para éste que ver a su amigo en brazos de alguna joven viuda. –¡Qué sencillo parece!, Ahí se resumen miles de libros y terapias sobre las relaciones personales. La teoría es fácil amigo Thesab–. Digo tratando de alejar su brillantez y alertando posibles fugas emocionales propias. –¡Quién sabe por dónde explotará la olla! Puede que algún día encuentre lo que perdí bajo los ruedas de un tata–. Rodhivara se torna melancólico y esperanzado al caer en que todavía es joven para el roce.


–Me pregunto si no estará todo escrito en las células–, continúa Teshab. –Quebrantar esa ley natural nos trae de cabeza, es un esfuerzo dañino que tira de la cuerda hasta romperla. Por esa razón no practico yoga, ni zen, ni cosas parecidas–. Teshab vuelve a un pasado guerrero muy anterior a las convicciones maduras, cercano a la inocencia. El drama de Rodhivara con su tibetana inundó por unas horas el trayecto. Cara a cara con el implacable desierto caigo en que nunca he sido víctima de ninguna desgracia seria, ¿todavía sigo siendo un espectador? Todas las personas que fui conociendo en India desde el comienzo viven arrastrando una desgracia que las mantiene inquietantes. Muktab es consecuencia de una guerra, el Maestro un mal iluminado debido a su electrizante sensibilidad, Anura una mujer en una sociedad de hombres, el taxista filósofo un eterno buscavidas de las despiadadas calles de Bombay, Chatay un líder nato que pierde las guerras. Todos son consecuencia de un dolor que alimenta sus vidas, pero cuál es mi dolor, dónde se esconde la necesidad del movimiento. Esa inseguridad te viene por haber abandonado a Anura, cobarde, te has acojonado otra vez con las relaciones. Basta imbécil, ¡quién eres para juzgarme! Te ha pasado siempre y no lo corriges, todavía te siguen gustando las mujeres fatales que te hacen daño, con las demás te aburres…las que te gustan son maltratadoras. Aprovecha ahora que has conocido a una mujer de verdad para salir de esa espiral. Rodhivara abre la guantera frente a un control militar para mostrar la documentación metros antes de la frontera con Gujarat. Desde aquí sorprenden los matices que despide este desierto para presentar otro de igual magia e insólito poder. Manadas de khurs (burros salvajes acebrados) se pierden en


la lejanía hasta hacerse puntitos inmóviles, indistinguibles de los árboles yermos y solitarios. La variedad supera con creces a los valles del norte, aún con la escasez de verde en el divertimento visual que hace brillar los cristales rocosos. Sin duda el Rann es como lo describen los viajeros valientes que a pie han sufrido las duras inclemencias del sórdido paraje. Qué diferente sienta el agua con sed extrema… Mis dos compañeros se frotan las manos al reconocer a lo lejos un hito para lugareños, desapareciendo así el mal humor de Rodhivara por la pesadez del viaje. Menuda sorpresa cuando el viejo nos manda fabricar un chillum con una “ganja” índica que guardaba en secreto para la vuelta a casa. –¡Qué sería del hombre sin sus pequeños vicios!–, dice Rodhivara mostrando un júbilo. –A tanto exceso han estado sometidos mis pulmones que por un tiento de nada no creo que vayan a sucumbir, es más, hasta les vendrá bien recordar viejos aromas. –¡Bravo amigo! En el desierto la mente se encuentra dispuesta a la expansión–, apunta Teshab. –Donde llegan esos sadhus del Ganges son sólo las puertas de los chamanes del Rann. –Eso no tiene sentido, eso depende del camino que tomes, no de lo lejos que llegues–, le replica Rodhivara. –Todos apuntan los mismos principios y todos, sin excepción, llegan a un muro que las palabras no pueden traspasar. –Por supuesto, hasta el fiel compañero de nuestro pintor español, ese joven afgano del que siempre nos habla... –Muktab. –Hasta ese joven sabe que las palabras caminan siempre por debajo de la experiencia. En el interior del jeep nace la ansiedad infantil de los últi-


mos kilómetros sumada a la química del chillum, que invita a estrechar lazos de aventura superada entre amigos sinceros, demasiado sinceros para andarse con miramientos. “Nunca te dije que aquel día te portaste mal por esto y por lo de más allá, sin embargo te admiro por aquello de aquella vez, sí, todos somos amigos y somos la ostia juntos”. La sensación es grata. La casa de Rodhivara me sorprende por su refinado gusto de camino a las grandes proporciones. Imita a las kasbas del Sahara con techos planos, y muros de adobe a prueba de bomba, atendiendo más a la comodidad que al lujo gratuito. De la fuente central del patio salen despedidas las diez estancias, preparadas para acoger invitados a falta de provocar ostentaciones a la vista. En todas se escucha el murmullo del agua sobre un silencio engalanado que invita a permanecer en el alivio de los sentidos. Junto a la losa de mármol que rodea la fuente un anciano risueño mira cómo escudriño mi estancia y me saluda calurosamente bajando la cabeza. Debe ser el viejo Arhama, mudo de nacimiento, del que Rodhivara me había estado hablando durante la travesía. Tiene ciento tres años y no se conoce en la región hombre más misterioso, lo cual no impide que imponga un respeto todavía más reservado. Toda su vida anduvo por ahí ganándose la vida con espectáculos, haciendo feliz a sus admiradores. Además, brilla con luz propia y desprende a su edad una gran vitalidad, sin duda respaldada por una cadena de profesiones inventadas por él. Parece ser que Arhama perteneció a una familia pudiente del Punjab pero las calles le conquistaron arrastrándole por las buenas a una vida más excitante. Dentro de sus infinitas profesiones es capaz de hacer algo que nadie puede: sentir con las serpientes. Tantas mordeduras le habían dejado


en el límite de la vida y había quedado inmune al veneno. Como las serpientes lo saben ya no se molestan en morderle. Dispone de una estancia a rebosar de cobras que le traen por una elevada cantidad de dinero. Es así porque las serpientes deben cumplir un requisito: haber matado a alguien. Por tal cantidad había quienes, después de recibir el mordisco, en plena agonía, capturaban al animal sólo por la recompensa y pagar las deudas a cambio de su vida. Cuando el nuevo ejemplar era recibido en un canastillo, Arhama pasaba en compañía de él tres días enteros con sus noches. Para santificar a la cobra o expiar sus culpas ensayaba plegarias hasta que la cobra confesaba los secretos de su víctima protagonizando el papel de héroe. Todos los días llegaban niños con cajas de zapatos llenas de roedores para alimentar las más de sesenta reptantes y nadie se quejaba de las excentricidades del anciano, ni siquiera las tres personas de servicio, a pesar de que muchos de sus actos cotidianos encarnan una lógica impenetrable. Incluso dirige coreografías al son de la flauta, con una hilera de diez cobras siguiendo el ritmo al unísono, y remata el espectáculo haciendo que se besasen de dos en dos. Cuando se encuentra con ánimo prepara unas brasas en el descampado y hace sesiones con otros faquires más jóvenes orientadas a perpetuar sus conocimientos. Da cierta seguridad verle entrar en el cuarto de las serpientes sólo para recoger un ejemplar gigante de cobra imperial. Se ejercita con ella en el adiestro sin llegar a saturar al animal con la flauta ni darle golpes en la cabeza como hacen otros faquires de menor talante. Rodhivara me cuenta que en su época paraban peregrinos de toda India para pedirle consejo como a un oráculo respetado. El anciano nunca se adelanta en los augurios sin antes probar el veneno de las serpientes que, con mucho, le inducen a un chispeante y pasa-


jero estado de trance. A veces ofrece el veneno a los mismos clientes en menor cantidad cuando insisten en los poderes del tóxico, con un médico cerca por si la empresa se le va de las manos. No es que Arhama creyera en supercherías o tenga la intención de vivir del cuento como los falsos curanderos, más bien entra en un hombre conectado al espíritu del desierto. Rodhivara asegura que su mudez le ha beneficiado sólo por el hecho de que callado nunca se pudo equivocar, y que las guerras que este anciano haya podido sortear venían precedidas de golpes de suerte sólo creíbles en la ficción del celuloide. Por eso las historias de las que presume Rodhivara rozan el encantamiento al ser las más decisivas para tenerlo como huésped hasta el final de sus días, algunos creen que el anciano tiene un trato con el diablo. Se comenta que puso a cinco elefantes de acuerdo para defenderle de un ataque por la milicia pakistaní en tiempos de guerra, y que fue solicitado como encantador de serpientes por el marajá de Udaipur y, una de ellas, atacó sin piedad al serrallo de mujeres, provocando un aborto a la favorita, que una semana después, aún sin haberse recuperado del mordisco, encontró al niño bajo la cama ya nacido y sin ombligo. Hay fotos de Arhama posando con un Ghandi enroscado en serpientes y otras con célebres personalidades cautivadas por un don tan fuera de lo común. Sólo falta que las cobras le ayuden a llevarse la comida a la boca o que le froten la espalda en el barreño. A pesar de todo el anciano Arhama no necesita ayuda de nadie para llevar una vida normal, sólo a veces requiere la presencia de uno de los criados para levantar un peso excesivo o para incorporarse después de mucho rato en la misma postura. Su buen estado de salud demuestra que la decisión de haber huido cuando joven de las facilidades que le aseguraban una mejor vida fue la correcta y, aún así, no hubo


manera de demostrar lo contrario. Sólo de vez en cuando Arhama visita mi estancia para ver los apuntes rápidos de pintura con una pequeña cobra enroscada al cuello. Nadie se explica cómo la serpiente pudo dibujar, ella sola, esas figuras de un estilo parecido a los bocetos. Primero deja caer el bicho sobre el papel mojando la lengua en tinta para esbozar rostros desconocidos. Tal es mi sorpresa que quiero convencer a Arhama para que hipnotice al reptil y lo deje conmigo como una herramienta más. La negativa es muy comprensible debido a que, según Rodhivara, hablamos de su ejemplar más mimado y a fin de cuentas qué hago yo con un animal cargado de veneno mortal. Pues ninguna de las cobras ha sido desprovista de su veneno y ahí mismo reside el poder de las mismas. Su teoría se basa en que las serpientes muerden a quienes las temen, ningún método para eliminar el miedo de los hombres puede ser más efectivo. Lo difícil es vencer el primer encuentro con el miedo, después se acerca como un cervatillo asustado hasta que logras alimentarlo con la mano. Es un contrato indefinido entre la naturaleza bien entendida y aquel extraño destino que garantiza un sufrimiento necesario, sin partidas de caza mayor. Así, las mentiras se hacen verdades para beneficio de la salud. Nada más escuchar este supuesto, como si pudiera oír mi conciencia, el anciano Arhama corre de improviso como un chaval de quince años y entra apresurado en el cuarto de las serpientes. A los dos minutos sale cubierto de ellas y se dirige directamente hacia la mesa echándome encima toda la masa de bestias. Las que resbalan al suelo vuelven con el anciano y las empeñadas en enroscarse levantan las aletas en posición


de ataque. Todo sucedió en una décima de segundo. Aterrado miro al anciano compasivamente exigiendo una explicación y aprecio un estallido rotundo como una grapadora industrial sobre mi hombro. Llevo una semana inconsciente batiendo a la muerte entre espasmos, médicos homeópatas y baños de hierbas. Fui mordido por dos cobras reales y con la segunda punzada, ya estaba desplomado en el suelo por efecto de la primera. Muy seguro tuvo que estar el anciano de sus capacidades curativas para cometer un atropello de semejante magnitud. Lo que quisiera saber es... Qué pretendía curar el anciano disparando sus cobras. A pesar del aturdimiento aprecio una sensación de paz que engloba la estancia. Algo que sólo el anciano sabe ha sucedido y no es posible que aquel arrebato fuese gratuito, ni mucho menos que tuviera intención de herirme, Arhama se había encontrado con la verdad y la había dejado escapar. Detrás de una cortina de seda veo aparecer, con aura incluida, a Anura de la mano de Muktab. Demasiadas impresiones para un solo día. No importa conocer los detalles que han traído a las dos personas que más quiero y de las cuales me separé como un asustadizo chiquillo. Sólo sé que me tienen reservado mucho amor y esperan a que reaccione abriendo más los ojos. Para mayor sorpresa me cuentan que Arhama falleció momentos después de provocar el incidente. Su cuerpo yace en estos momentos sobre una losa de mármol del patio, que ahora recibe la despedida de una colorida multitud. De paso los más curiosos se asoman de reojo tras la cortina de seda para conocer en persona al joven extranjero superviviente a dos picaduras de cobra después seis días llegando gente de todos


los rincones de Gujarat y otros estados. Con el beso de Anura terminé de curarme del todo y con el abrazo de Muktab recuperé fuerzas para hacer de antesala al hombre que dió su vida por mí. Rhodivara se basa en la creencia de un traspaso de poderes del difunto. Nada más caer al suelo con la primera mordida, Arhama se dejó atacar sin compasión por las bestias que hasta entonces le habían protegido. Fuera de conjeturas y magias negras los hechos hablan, árbitros del rebate, pues cuando los accidentes llegan tan de golpe más nos vale acatarlos y pensar por encima de las emergencias, me aconseja Rodhivara. Así debo tomarme la inesperada llegada de los más queridos, mi milagrosa recuperación y la muerte del anciano centenario. Por lo visto, Rodhivara se encargó de anunciar mi mal estado en un correo urgente a Anura y Muktab que, aturdido por lo extraño de las circunstancias, no tardó en llegar subido a su Enfield, emocionado además por el nuevo encuentro. Sin duda no puedo esquivar la idea de no separarme jamás de la mirada de Muktab ni de las caricias y la inteligencia de Anura. A Rodhivara, por otra parte, no le queda más remedio que dirigir la orquesta de los nuevos invitados y preparar el multitudinario entierro del encantador de serpientes tomando decisiones por bien de la comunidad. Su casa se había llenado de faquires y convertido en un santuario milagroso. Además de la pérdida del anciano todas las serpientes, sin escapar una sola habían aparecido igual de muertas formando una mandala alrededor de su cuerpo. Los peregrinos de paso levantan así los ánimos del resto, inflando leyendas del viejo Arhama en presencia de la leyenda que parece sonreír desde lo desconocido.


Como gota de lluvia que encuentra paz en el estanque comienzo ganando terreno sobre el dictador interno que interrumpe a buenas mi pensamiento. Ese pacífico alguien me cuenta que ahora baraja la posibilidad de un giro de tuerca, de un último cambio más, e intuyo esta vez que las parcas tejerán redes de tremendas magnitudes. Abrazado a Anura siento el impulso de huir hacia otra forma de vida como un caracol, un canto rodado en el fondo del arroyo o un viejo sadhu recolector de conciencia… O llegar al límite hasta ascender a escala de los corazones inquietos. Estás muy cerca, Gabi. Más de lo que imaginas. ¿Otra vez tú? Te creía desaparecido. Debo advertirte que ya no hay posibilidad de regresar. ¿Acaso eres el capricho de una mente enferma? Sólo sé que sin dolor no hay enfermedad. El mío es no poder permanecer en una tierra para echar raíces. Hablas como un nómada con estudios universitarios. Lo sé, hay personas que sólo conocen el lugar que les vio nacer sin el demonio del movimiento metido en el tuétano. Fíjate en el difunto, su fama ha viajado más que él. Cuántas veces lo tengo que decir, estás destinado a una causa mayor. Otra vez ese bulo, llevas años con el mismo discursito. No es ningún misterio, lo sabes de siempre, Gabi. Pregunta a Rodhivara y verás que después de lo ocurrido piensa lo mismo. Bla, bla, bla…Nunca las grandes palabras llevan a buen puerto. Veamos, logré salir de la espiral del consumismo y del egoísmo universal que azota al alma humana; conseguí alimentar con esperanza muchos corazones de lugares baldíos y olvidados; hice el bien sin mirar a quién; respeté los inciensos y consumí velas para proteger los sueños, ¡qué más quieres!


Que dejes ya de hinchar tu ego. Por la noche, el patio sirve al eco de pájaros chismosos sobre ramas crujientes, un escenario que invita a la reflexión entre iguales de profundo dormir. Pero la excepción hace su aparición estelar. A lo lejos, en el descampado, escucho el resonar de una de hoguera con baile y canto a la que me acerco después de hacer el amor con Anura, que descansa del impacto por lo sucedido estos últimos días. Será fecha de nomadismo y trascendencia, también de rituales vivos y cambios de escala, de viajes sin retorno (todos lo son) y tribus de magia animista. Es el color lo que finalmente me lleva por más explicaciones que la pesada pregunta de por qué sigo aquí. Pues para seguir sorbiendo de aquella sopa festiva, ¿recuerdas? Por hacer de la vida una continua huída de los compromisos cercanos o mantener latente el verbo vivir. ¿Te ha gustado? ¡Te parecerá bonito airear el sarcasmo! “Hay pocas cosas que dependen de ti, las decisiones se toman solas y después las seguimos engañados”. Me propongo descubrirlo aún sin haber asimilado del todo las palabras del Maestro. Lindo engaño. De cerca los timbales pasan de emitir sonidos a traducir colores en la penumbra de la hoguera. En esta ocasión las tonalidades de las ropas salvajes de los nómadas se hacen más vivas y chispeantes. Algunos miran asombrados el rostro que momentos antes pude ver reflejado en un espejo: fue la imagen de un Gabi envejecido. La espesa melena tostada de la que siempre había presumido ahora deja que algunas canas salgan despedidas como bengalas. De no ser por la famosa


mirada de viajero y los surcos de la piel, que sorprenden por su buen lutre, hubiesen hecho mella en la impresión de envejecer. Pero las arrugas están vivas y su arco amplía una huella felizmente sufrida. Entre las dudas se cuela una docena de hombres de la tribu que celebran hasta la madrugada éxitos comerciales en la ciudad de Bhuj. Es un buen momento para un cambio de escala aunque suponga tocar fondo en un pozo que esconde en su eco el enigma de la profundidad. Por acordarme del viajero canario, el primer compatriota conocido en Bombay, cuando decía que de nada sirve los cambios de escala si el cuerpo no responde. Ahora el cuerpo dice que sí al preguntarle por su estado, entusiasmado incluso, y lo hará utilizando un viejo método: ante la duda, la fuga. Así huí de la engañosa comodidad de España, de la insaciable curiosidad del viajero; del pintor de Rishikesh y de los caminos, de cada ciudad; del frío Himalaya y del calor del desierto. Cuando algo se repite tantas veces lo hace para desaparecer del pensamiento, ya no tienen sentido las preguntas. Sí, manchego, un adiós sin palabras es eterno. Fuma con nosotros “amigo”, me invita un joven nómada extendiendome un licor de pistacho. Pega una honda calada antes de poder sentarme a la hoguera con jóvenes entregados al bhang. Los nómadas aplastan los cojines de paja en la completa relajación hasta quedarse dormidos apaciblemente. Al aplanarse el griterío por la química, un anciano se descubre el gorro de fieltro y se acuclilla, me mira, permanece pasivo frente a las llamas e intenta hacer del silencio un elegante punto de partida hasta que la curiosidad habla. –Espero que no seas un Hombre-Recompensa como los que viven en la ciudad–. Advierte el viejo nómada para dejar


clara su postura. –No se apure señor, no soy de ningún lugar. –¡Tohhhh! Hasta nosotros los pastores tenemos un sitio según indica la Gran Madre. –¿La Gran Madre?– Digo con pena de huérfano. –En algún lugar tuvo que oírse tu primer llanto pues sólo nacen las cosas que tienen espíritu–. Por momentos, la preocupación del anciano fue aumentando. –Está lejos y descuidada... ¿Ha oído usted de una tierra llamada La Mancha? –El viejo Umma conoce el Rann y los pueblos del sur donde llevamos sal, queso y artesanía de nuestras mujeres. El Rann es extenso como la lluvia que cae fuera. –¿Hermosas sus mujeres?–, pregunto inundado de Anura, todavía con la cuenta de asimilar su presencia. –¡Tohhhh! Más aún que las del Rajasthán, son dulces en el trato, cariñosas dentro y fuera del lecho–. Afirma el anciano presumiendo puerilmente de su raza. Con Umma llegan las luces tenues del alba y el frío seco de la noche va cediendo tímidamente al abrasador día. Desperdigados por el suelo, arrojados al azar desde el cielo, reposan los cuerpos etílicos de los muchachos que disfrutan de una merecida recompensa al atravesar a pie el Pequeño Rann en quince jornadas. Con tanto ahínco debieron de rezar éstos a los lingam de la fertilidad, que los negocios, sin datos fiables aún, son los mejores de incontables lunas. Vendieron toda la mercadería a un tratante de paso por Bhuj que llevaba miras de continuar negocio al este de Gujarat y Rajasthán. Allí tiene salida la artesanía del desierto desenvuelta en fulares bordados y ajorcas brillantes de metales preciosos, tallas finas de ónice o arbusto, platos de oro repujado o figuras de dioses locales que pierden su credo en el fetiche. Los nóma-


das presumen además de bastas telas brocadas por el buen arte de una rueca ancestral, alhajas graciosas de palosanto o mármoles con vetas de formas casuales imaginadas por un pastor a la sombra de un torok. Mis favoritos son los bajorrelieves de cobre imitando la antigüedad y piedras con poderes que curan tantos males como falsas necesidades. El negocio consiste en cambiar la mercadería por otros bienes de difícil acceso, sean utensilios de fundición para la magia de las hogueras, maderas tropicales de alta resistencia, té de Munnar y, en el mejor de los casos, la suerte de recuperar tesoros que algún antepasado vendió a los ingleses en épocas de extrema sequía. –Todavía presumen los que sin respeto se llevan la baza del sudor ajeno–. Sigue Umma refiriéndose al vergonzoso margen de beneficio que se llevan los intermediarios. –Todos estos, incluso aquel holgazán que todavía duerme, son hijos míos–, comenta mientras el zagal señalado va despertando con el albur de la percusión. En vista de la buena fortuna los mancebos disponen del permiso de Umma y hacen festivo de buena mañana. Antes de pactar el regreso a la aldea los hermanos acuerdan el vibrante ritmo para una música sin normas. La orquesta se improvisa con tres tambores diminutos que golpean con la yema de los dedos en latigazos tentaculares, tres flautas de caña que sostienen sonidos prolongados con chistosos timbres y un tambor gigante que sienta los graves con instrumentos locales de los que no me atrevo a catalogar ya que muchos los hacen sonar con arañazos o mordiscos. A la timba se une un grupo de inquietas adolescentes atraídas por el olor a hombre. Mujercitas con todos los atributos bien puestos, prometidas muchas, disfrutando de la libertad que les queda de los impuestos maridos. El amor llega después, dicen las madres


para consolar a la futura esposa, al ver caer sobre ella el peso de una injusta y arcaica tradición. Estas bellezas son seguidas por niños que tratan de descubrir el sexo a pasos forzados, donde el líder se decide a mendigar el rebote de un licor o el encargo de un recado. Pero la cosa no puede ser más espontánea, hasta la policía detiene su alcance por la evidencia de una escena tan alegremente marcada. Sin haber advertido a Anura, me abraza por la espalda y nos unimos a la fiesta que se fuga de la dictadura del tiempo.


Dhelicatesen

¿Alguien podría indicarme el camino? Puedes perderte. ¡Vaya hombre! Tardo más por caminos inciertos que yendo directo y sin pensar. Por suerte, el trayecto de Rhishikesh a Dheli es una distancia corta para tratarse de un país como India, aunque los dos jóvenes, incautos cuanto menos, confiaron demasiado en la fortuna de una Enfield, que se estropeaba cada cien kilómetros. Esto no pudo mermar la ilusión con que viajaban Muktab y Neide, entusiastas por salir de sus rutinas por la puerta de atrás. Los muchos pormenores que aún les falta por resolver quedan así en manos de Alah, según reza el afgano, que sin ser del todo creyente se encomienda al altísimo más de lo debidamente oportuno. Con todo esto los dos menores -a Muktab le quedan tres meses para la moyaría de edad- se enrolan en lo que ambos suponían el ejército de una complicada y azarosa contienda. Aunque la rebeldía de Neide todavía estaba por verse en larga distancia, no más por esta duda Muktab espera que en cualquier momento, la casi desconocida enamorada, le suelte un brusco “esto ha sido un


error” y quede de nuevo aullando como un lobo estepárido. A sabiendas de lo que queda por aprender de los maestros el afgano está decidido a terminar sus clases con lecciones de la propia vida. Todo empezó desde su desgracia en Afganistán hasta estos días, y así seguiría por no rechazar el método, que aunque duro en la forma parece maleable de fondo. Muktab ya no envidia a los universitarios destinados a trabajar en Bangalore por setenta dólares de mierda, lejos de participar a conciencia en el engranaje del progreso tecnológico. Se lo hizo saber a un viajero en Bangalore que llegaba de vuelta de las granjas de software a razón de perder la vista entre comandos y algoritmos. Mientras se aferra al manillar de la Enfield piensa en estas cosas con el calor de los pechos de Neide apretando su espalda, deseándola con la nobleza de un adolescente. Ella, inquieta, guarda en el sillín observando las muecas del afgano por el retrovisor. Muktab aprendió tantas cosas de la calle que todos los vericuetos del camino le son familiares aún sin haber pasado nunca por allí. Sortea el caos circulatorio con agilidad, desgastando airoso el tanque de adrenalina en los adelantamientos. Tal es la confianza que el buen muchacho ha depositado en Neide que, por consejo de Bodharam, aquel barbero cofidente, le confía a ella el montante de billetes. En una de estas dudas, Muktab para al borde de la estrada frente a un puesto de fritangas frotando sus ojos para comprobar que Neide está ahí de verdad y de paso resolver la urgencia del hambre. Entonces se miran sonrientes y convencidos de que la burbuja emocional pueda ofrecerles la trama de continuar inseparables. –Jamás podré olvidar este día, veinte de diciembre–. Dijo ella mientras pide la comanda para llevar. –Según los Mayas estamos justo en el katum.


–¿Y eso qué es? –Lo leí en un libro de un viajero israelí de paso por Rishikesh. Cuenta que vivimos en un periodo de transición que dura veinte años, eso es el katum. –Y de dónde a dónde nos trasladamos–, pregunta Neide sacudiéndose el sari que había dejado de brillar. –Bueno, eso es más complicado. Los mayas desaparecieron de repente dejando todo sin recoger, como si los hubiese tragado la tierra. Ellos desarrollaron el calendario más exacto de todas las antiguas culturas y conocían mejor que nadie las estrellas. –¿Y qué pasa con el katum? –Pues que este periodo de veinte años es la transición entre la noche galáctica y el día galáctico. –¿Cómo? No serás un friqui de esos que se pasa el día metido en asuntos raros. –¡No, no…! Esto tiene su explicación, verás. Al igual que la luna se mueve alrededor de la tierra y ésta alrededor del sol, el sistema solar entero da un giro de veinticinco mil años alrededor de la nuestra galaxia. El giro está dividido en dos noches y tres días galácticos de cinco mil años más o menos. El periodo de transición entre esos días galácticos dura veinte años y se llama katum. Ella reposa de los conocimientos del afgano acosada por la duda de si a ella le conviene un sabiondo repleto de teorías disparatadas como aquella. Pero al contemplar su mirada se rinde ante un muchacho repleto de bondad y valentía. Había desaparecido ese sentimiento de compasión que Muktab le trasmitió en la primera impresión. Ahora, la chica de los saris no tan brillantes se rinde ante la ternura. –Como ahora veo que estás un poco cansada del viaje terminaré de contar lo del katum en otro momento.– Com-


prendió Muktab al ver que Neide quedada abstraída con la explicación cosmológica. –Sólo pensaba en lo bueno que eres. –¿Y no me prestabas atención? –exclamó Muktab con una queja flexible que no da tregua. –Sigo sin entender que pasa durante los años del katum. –Los mayas aseguraban que durante estos veinte años habría importantes cambios en el planeta. De hecho se están produciendo: cambio climático, más gente loca y menos generosa, quiero decir, que el mundo se está volviendo complicado según Baba Gabi. –Ahora que lo dices tiene sentido, pero dudo que sea por entrar en un nuevo día galáctico–. A Neide le costó ocultar su completo escepticismo. –No es que yo lo crea, solo digo que muchos piensan que el veinte de diciembre del dos mil doce el mundo se acaba y otros que comienza una nueva era para aquellas “conciencias” que estén preparadas para recibir mayor “energía”, la que nos llega del centro de la vía láctea. Esto es ciencia. Yo, por si acaso, aunque siga igual de incrédulo que tú, lo tendré en cuenta. –Sólo espero que para entonces sigamos juntos y si se acaba el mundo, al menos se acabarán también los miserables–. Dice Neide, regresando al estado donde la justicia de clases encuentra un equilibrio. –¡¡¡Achaa!!! Y tanto la palmarán los ricos como los pobres…– Ahora Muktab deja escapar su tendencia política con el consentimiento de la muchacha, emocionada por encontrar en su amado un ápice de responsabilidad. –A lo mejor esos ricachones fabrican bunkers con fardos de billetes y se protegen de las profecías mayas–, exclamó ella con un sarcasmo que cautivó aún más las esperanzas de


Muktab. No hace falta decir que la capital en aquellos meses de extremo calor se hacía realmente insoportable, hasta el sari de Neide perdió definitivamente todo el brillo y ahora parece una muñeca maltratada empapada en sudor. Esto les obliga a comprar ropa y maletas para presentarse en el palacio bien lustrosos. Si algo había aprendido Muktab de los ricos es que no les gusta rodearse de andrajosos ni sentir pena, pues más que lástima la pobreza les provoca repugnancia. El gusto de Neide bastó para hacerse con provisiones de ropa que, siendo barata, aparenta acierto en la elección. El palacio se asienta en Gran Kailash, un barrio residencial al sur de Dheli muy cerca del fuerte de Siri. Lugar tranquilo de exuberante verdor alejado del lumpen y la chusma que azota el norte de la ciudad. Esta es la primera vez que Neide pisa la capital y de no ser por las condiciones que Muktab le prometió al salir de Rishikesk ni el mismo espíritu de aventura hubiera podido con el extremo raudal de pobreza presente. Eso sin contar con el aire malsano de doble efecto sobre unos pulmones, los de ambos, acostumbrados a los vientos limpios y frescos de la gran cordillera. Antes de parar con la Enfield frente al palacio señalado Muktab recae en un detalle importante. Todavía no había besado a la chica de los saris brillantes, cómo iban entonces a parecer una pareja de recién casados. Para tal menester el afgano sorprende a su compañera con un beso inesperado, estático, como de película antigua. Al separarse, ella frunce el ceño escondiendo bajo un enfado deseos de que la operación se intente de nuevo al haberle sabido a poco. Esta vez le agarra de la cintura suavemente para traerla de la nuca hasta sus labios. Ha encajado la pieza que faltaba en el puzle,


se decía Muktab mientras prolongaba uno de los momentos más dulces de su vida. Tanto dura el beso que el silencioso coche negro con alas de plata en el morro pasa ronroneando y se detiene hasta que la puerta enrejada del palacio se abre. Muktab se percata de ello alejando sus labios del paraíso y tomando aliento para presentarse. La oscura ventanilla tintada de sepia se desliza asomando un rostro sonriente de mediana edad. –Perdone señor, permita que me presente–. Al hablar Muktab el señor arqueó las cejas en señal de sorpresa. –Os esperaba para el año próximo. ¿Dónde está el pintor español? A él fue a quién reclamé los servicios. –Yes sir… –No importa, pasad dentro y os atenderé…–. En ese momento el señor saca la cabeza por la ventana y observa a Neide con un sonrisa de bienvenida. Entramos con la Enfield al palacio y un criado nos ordena parar mientras el coche se oculta en un garaje de la parte trasera. Todo mantiene un aspecto de reforma con olor a yeso y pintura, disimulando así el frescor que la tierra despide cuando se inventa un nuevo jardín. Más de diez personas trabajan a media altura colocando flores en el borde de los caminos de paseo y otros artesanos pulen los arcos de piedra que simulan la entrada a los diferentes ambientes del edén. Los enamorados quedan tan absortos que ni siquiera oyen a un señor vestido de frac gris que les invita a pasar dentro. El gran volumen del hall contiene un silencio incómodo, apenas cálido por el frío bermellón del suelo y los muebles estilo dieciochesco, bruñidos a mano con colores celestes en un espacio desenfadado pero sin perder opulencia. Por aquí señores, repite con paciencia el criado burlón hasta señalar


una puerta minimalista que destaca del resto por la extraña inscripción de cristal: “sala de acuerdos”. A Muktab le sobrecoge un estado de distinción que lo separa por momentos del otro mundo a cien metros de allí. –Estilo inglés–, le susurraba a Neide igualmente impresionada. –Siéntense aquí por favor, el señor no tardara en recibirles–. El criado les ofrece dos sillas Rietvelt tan nuevas como las flores del jardín. En la espera se miran con inquietud ante el presagio de una suerte compañera, convencidos en un enlace mudo de que nada a estas alturas puede salirles mal. El ruido del pomo de una puerta invisible que palmea la pared acelera los nervios y por educación éstos se poner en pie. El hombre de mediana edad entra enérgico y diligente esperando hacer uso del nombre de la sala. El sujeto es alto y de andar bailongo pero su procedencia india revela además una mezcla occidental por el color ambar de su piel, a primera vista con huellas de una dura enfemedad infantil. Le acompaña un cachorro de tigre que viene a saludarnos mordiendo juguetonamente los tubos de metal de la silla. –Todavía es pequeño para hacer daño pero me sirve para cerrar tratos con los capataces de obra, si no llegamos a un acuerdo gruñe y viene su madre, os aseguro que de más bravo porte–. Esta nota desenfadada conviene a los nervios de ambos jóvenes. –Así que vuestro maestro español os envía de avanzadilla para ir preparando el trabajo, ¿me equivoco? –No del todo, señor–. Aclara Muktab mientras acaricia el lomo del felino con los nudillos. –Podéis llamarme Gilbert, y espero que ese “no del todo” tenga una grata explicación.


–Verá, señor Gilbert, hace muchos años que trabajo con Baba Gabi y él mismo me manda en su nombre cumplir con este trabajo, sólo es eso–. Como un acto reflejo coge la mano de Neide y aprieta con fuerza sabiendo que de esta respuesta dependía su futuro más cercano. –Entiendo…– Entonces el señor Gilbert hace muecas con la boca y gira la silla para tomarse su tiempo y mirar por el ventanal a otro grupo de obreros que operan en un jardín más extenso. –No se apure, señor–, terció Neide, –Muktab es el mejor discípulo de Baba Gabi y en verdad que puede considerarse una extensión de su mano. –Vaya, vaya, no sé que pensar… –Aquí le traigo unos bocetos del propio Gabi si usted desea verlos, él me los dió como muestra–. Se excusó Muktab, a riesgo de ser descubierto por el anfitrión. –Si usted desea podemos llamar a mi maestro y… –Decidme vuestros nombres–. Ahora vuelve a girar la silla frente a ellos. –Creo que gran parte de lo que decís es cierto, al menos la más importante. Qué sería de nosotros si no confiásemos los unos de los otros, ¿verdad? –Pienso así, como dice el señor–. Interviene Muktab, a falta de hacer una reverencia. –Disculpadme un segundo os lo ruego– Nadie les había tratado tan educadamente y empiezan a plantearse salir con mil disculpas. El señor Gilbert se ausenta de la sala sin el cachorro, que ahora mordisquea otro lujoso mueble lejos de las caricias. Los dos cómplices se miran en silencio esperando de nuevo el sonido metálico del pomo que, tras diez minutos, vuelve a escucharse. –Contadme entonces cuales son vuestras condiciones–,


habla el señor desde la puerta, llenando la estancia con una resonancia que denota el mazazo de un juez. –No sabría decirle a qué se refiere señor. –Hablaremos de eso más tarde. He llamado al ashram de Rishikesh y vuestras referencias son correctas, es más, el Maestro les envía saludos. Pero ahora dejadme ver esos dibujos–. Al escudriñar los bocetos advierte buena mano y llegan a provocarle una pizca de admiración. –Debo advertiros que un trabajo bien hecho, claro está, precisará de paciencia y una larga temporada, quiero asegurarme de que no tenéis prisa. –No, señor Gilbert, tenemos todo el tiempo del mundo–, asegura Neide con los ojos vidriosos y un timbre educado, excitada por haber pasado una primera prueba como los consursos de la tele. –En esta casa hay unas reglas todavía más estrictas que en el ashram–, advierte el señor Gilbert mientras atraviesan la casa y cruzan un claustro de columnas y arcos hasta una ermita cristiana de nueva construcción. Todo el techo del ala central y la cúpula parecen preparados para la mano del pintor pero el ábside sin embargo está revestido de madera esperando la acción de un artesano tallista. –Vuestro nuevo taller y los techos, vuestro futuro horizonte, creo que no necesitaréis más mano de obra. –Espero no defraudarle, señor Gilbert, la capilla Sixtina será un garabato infantil–, se apresuró Muktab entusiasmado, –verá que orgulloso estará Baba Gabi de nosotros… –Confío que así sea, y ahora disculpadme, me ausentaré unas semanas, mi familia vive en Londres y tengo deberes como padre y esposo. Espero al regreso para apreciar vuestro trabajo.


Nada más marcharse se abrieron los portones de la iglesia con una ristra de criados portando muebles e improvisando al momento una modesta habitación bajo el ábside. De esa forma la iglesia sería el motivo de trabajo a la par que un lindo hogar para la reciente pareja. –Achaaa¡¡¡¡ Ni el mismísimo marajá de Udaipur hubiera podido imaginar este despliegue de medios–, exclamo Muktab, paralizado por un trasiego tan organizado. –Cómo se nota que el señor Gilbert no se ha educado en la India, este tinglado hubiese sido motivo de guerra para un indio–, dice Neide, sin parar de dar vueltas por la sala mientras emite sonidos simiescos al comprobar el eco. –Aquí no tendrán calor los señores artistas–, se apresuró a comentar un criado mejor vestido, –el señor me pone a vuestra disposición para cualquier cosa que necesiten. –Se gradece, señor, ahora mismo preparo una lista de materiales para empezar. –No será necesario, en aquellas cajas lo encontrarán. Muktab se aproxima a la torre de cajas para regocijarse en la opulencia. Cada descubrimiento le incita a explorar los senderos de la pintura con mayor entusiasmo, pues jamás se vió rodeado de una base tan fina. Las cajas se ordenan en compartimentos con pigmentos que muchos del renacimiento hubiesen querido disponer; el valioso azul cobalto, sienas de alta calidad traídos de las montañas, tintas chinas de una densidad tal que se necesitaban diez partes de agua para disolver una. Al otro extremo de la sala Neide, complaciente, pide rematar una faena pendiente entre dos enamorados, eternos amantes como la estrella y el río. Entonces, Muktab cierra la puerta de su nueva casa y se dirige a la cama bajo el ábside donde ella le espera vestida y nerviosa pero en grado de aliada.


Y hasta aquí puedo contarles como narrador, que por muy omnisciente que sea, el contrato con el personaje de Muktab me impide por norma hablar más de sus intimidades. ¡Manda cojones! Ni el que todo lo ve tiene ya derecho sobre sus propias creaciones. Al menos miraré por el hueco de la cerradura, no vayan ustedes a pensar mal, sólo por acercarles a ustedes parte del idilio. Desde la puerta se escuchan risas y grititos de pellizcos y tocamientos, también persecuciones de pies descalzos. Os recordaré que Muktab dejó la virginidad en Rishikesh con aquella joven prometida a un funcionario de trenes, pillados por un funeral a orillas del Ganges. Pues bien, Neide parece que sigue vírgen por su manera de actuar aunque no lo veo desde la cerradura, creo que el afgano tendrá que esperar su recompensa. Ahora los miro desnudos tendidos boca arriba confesándose pecados e improvisando las fases previas. Allí dentro le dan ganas a uno de hacerse cristiano y mandar al hinduismo a cagar a lo ancho del cebollino, sólo por el morbo de los pecados en un púlpito. De no estar exento, el espacio que rodea a los amantes bien podría parecer la escena una película de Passolini nunca proyectada.


Varanasi Mon Amour

Eran cuatro elementos y tres colores, ¿no?.

En mi primera visita a la ciudad sagrada de Varanasi, volviendo a la etapa de mochilero años atrás, los Himalaya se habían cansado de llorar dejando al Ganges manso y embarrado. Con el descenso del caudal la ciudad recuperó unos metros para demostrar su implacable poder, dejado a flote nuevos cuerpos inertes de pequeños animales y hombres medio quemados corriente abajo. En Varanasi comenzó hace cuatro años la influencia del río, con aluviones de conciencias sumergidas en la purificación y la locura humana en su lugar de encuentro. Algunos aseguran que fue un desafío a la fe divina, con dioses que se resisten a salir limpios de los inciensos. Aquí debí entender que la locura es una continuación del ser porque después de Varanasi ya nada es locura, indistinguible de la piel que nos cubre. India demostró una vez más su infinitud de costumbres y la lucha diaria por resistirse al


cambio donde la naturaleza convive con el hombre y éste con la rutina. Los pensamientos más básicos se convierten en protagonistas del desfile porque sencillamente era necesario nacer, reproducirse y morir. Descubrí la ciudad más auténtica y agitada que había conocido nunca dentro de la belleza que despiden las cosas en un permanente estado de ebullición. Los entierros se cruzaban con las bodas en su paso por las calles principales y las aledañas eran laberintos estrechos con pintadas a mano en las esquinas. La sencilla agitación de los indios y sus religiones cubrían una hermosa impresión natural en aquellos pasadizos culpables de guiarte sin remedio al encuentro con el Ganga, la corriente de agua más sagrada del mundo. Sin previo aviso, el rio cambió de parecer y llegó a conquistar más de cien metros de orilla, inundando las escalinatas de las multitudes bañistas que lucen los documentales de calado internacional. En estas condiciones los devotos de Shiva o sabe dios se suelen conformar con un remojón rápido tentando a la suerte de ser arrastrados por la voracidad de las aguas. Así flotaban pájaros muertos, frutas maltratadas, ofrendas de flores abarcando una vela, restos de quema de cuerpos lo que más y hasta personas ahogadas a riesgo de purificarse. La vida y la muerte paseaban orgullosas en la tierra prometida para echar raíces y formar una familia. Titulares en los periódicos locales: “Se celebran en nuestra ciudad las bodas de diamante entre la Muerte y la Vida. Están todos invitados”. En Varanasi era fácil plantearse la cotidianidad y los principios básicos que pasan de un estado teórico a otro real. Lo conocido sobre los estados de ánimo era una practica cotidiana y el invento de la historia parecía más que nunca un témpano de hielo donde la sencillez que barajamos a diario acaba por perder la partida igual que las palabras se convierten en


música al repetirlas muchas veces seguidas. Hallé mi remanso de paz en primera línea de río en una casa vieja de techos altos, retrete a la turca y balcones amplios consumidos por el poder del paisaje. Los sonidos naturales desde el balcón me alejaban de los ruidos y contagios urbanos para descansar las heridas de guerra y disfrutar del sol, el aire, las estrellas y las lecciones de la educación primaria que nunca terminamos por aprender. De tal guisa sentía la lejanía del desarrollo occidental como un mal ejemplo para las sanas costumbres, una máquina de producir humanos egoístas y caprichosos. Ya entonces se partían de risa las águilas desde lo alto al presenciar nuestras interminables colas como muñecos a pilas chocándose sin descanso. Sí, en Varanasi se hacía necesario tener un avatar para mantener viva la confusión del progreso y plantearnos la muerte seriamente. Ocurrió que mientras andaba despistado observando las brasas de un cuerpo al fuego se impuso un orden, y ordenar era la maravilla que trata directamente con el empuje del universo. Mientras todo tiende al caos, pensé por lo alto, el fuego lucha a favor de uniformar la energía y restablecer las formas; el fuego fue entonces la estrategia de los dioses para engañarnos en la prisión del pensamiento. Soy fuego porque me creo capaz de ordenar el mundo. Otra vez con tus disertaciones de filósofo alegre, creo que ya va siendo hora de encender tu propio fuego, ¿no crees? Está bien, me rindo. A lo mejor piensas que estás inventando la rueda con la perorata del fuego. ¡Déjate de fuegos y ponte en marcha! He dicho que me rindo, ¿no me has oído? Te haré caso, sólo necesito… Ahora me dirás que lo único que te impedía emprender la acción es


tu propio miedo. ¡Ummhh! Recuerdo que en la casa de huéspedes de Varanasi había una especial cordialidad entre mochileros que evitaban largas conversaciones para no mancillar su protocolo de llaneros solitarios. Los viajeros pertenecíamos a un turismo de aventura étnica tratando de enriquecer nuestra savia desde otro rincón, al menos eso me parecía por la gala de superficialidad reinante. Éramos especiales en hoteles baratos de trato hindú y la guía de viajes siempre a mano, curioseando las formas de vida por encima, como lo hacen los visitantes obligados al museo. Lo mejor es salir del circuito, dijo en su día un compatriota viajero que acabó colgado de opio a unos pasos del ashram. Cuando avanzas unos minutos con intención de perderte se abren infinitas posibilidades y se agitan las estampas en su idioma visual, transparentes en su expresión básica; encantado de perder el norte por los barrios musulmanes o las estrechas arterias que bordean el río hasta los ghats. Cualquier rincón desprendía “lo auténtico” resistiendo con ello a la imparable dirección del mundo globalizado. Con esta fragua mental al rojo vivo y sentado frente al balcón me vino a la cabeza una simbología libre de ataduras en el dibujo, formas de la mitología que serían el origen de la línea representada después en los muros de Rhisikesh. Allí nacía la razón de permanecer en India con un oficio, la semilla que conectó con mi verdad. En cualquier caso las obras me superan y hasta hoy mismo soy esclavo de ellas por creer que lo externo es materia incombustible. ¿Estás ahí?


Dime, querido manchego. ¿Sabes? No entiendo el arte, siempre me ha parecido un estorbo. Un buen día le dije que no quería volver. En la gratitud de lo bello no hay arte ni artistas. ¿Verdad? Éstos se entretienen trasplantando cabezas a las muñecas o disparando al cielo con una pistola de agua. Resulta que el creador vive en un mundo inofensivo e inventa a la fuerza vagas justificaciones. Cualquier excusa vale para mantenerse erguido sobre el pedestal. Ya lo decía Mahiara en cuanto le salía con palabrerías para justificar los malos resultados sobre el muro: “ni hablar de teorías ni de posturas artísticas, eso complica las cosas y además es aburrido”. Nada de caer en la pedantería de salón o en reuniones serias sobre la cultura. Hasta conocer Varanasi vivía en un mundo saturado de información y teoría, de mala ciencia, sin habilidades naturales para sentir la supuesta magia que de por sí desprenden las cosas por ser cosas. La cabeza dibuja más rápido que el lápiz pero éste tiene el privilegio de proyectar algo concreto y tangible, de emprender una acción; cada trazo un impulso que arrastra continuas decisiones por segundo. Si de eso hacen museos y universidades es por esa terrible tendencia del hombre a reducirse a una cultura, temeroso de perderse sin referentes en la historia. Entonces pregúntate si tienes la sensación de que algo falta, sólo así se entienden tus continuas huidas de lo que exige responsabilidad. Dime, si esa es mi naturaleza ¿Por qué me echas en cara que obre en contra? Naturaleza es precisamente lo que cambia. Sólo que las personas con los años nos cristalizamos como el ámbar.


Pensaba que eras más listo, dime dónde se estancó tu ilusión por hacer grandes cosas para mejorar la vida de las personas y sus conciencias, para demostrar la grandeza del ser humano y su enorme capacidad de amar. De dónde viene el motor que mueve la energía para hacer del mundo una proyección directa del pensamiento. Tú mismo estabas convencido de que con la “escuela de expresión” nacería la diminuta luz que se iría expandiendo como una vacuna. Eso es pura imaginación, una maravillosa utopía. Más vale que dejes las eternas preguntas y empieces sin demora. En la hospedería de Varanasi me topé con unos catalanes con prisa por recorrer cinco países en un mes. Aplaudimos la música de un lenguaje amigo y lo celebramos con una botella de whisky que días antes compré en una persiana clandestina. Puestas las cosas sobre la mesa quedamos libres de compromisos y entramos en el mundo de las relajaciones musculares. Como Sidhartas en su etapa mundana, lanzamos nuestras camisetas a dos muchachas francesas que dormían arriba en fase de cortejo a pecho descubierto. Una de ellas era altiva y seductora, la otra se salvó por simpatía. Dediqué un masaje a la primera sin entrar en demasiada conversación, pues el superviviente catalán de la manada bebió demasiado licor para rivalizar y despertó en el suelo, según su franqueza, expulsado del paraíso por sus malas artes en la contienda. La mía resultó deliciosa al tacto y de movimientos ágiles como una gimnasta retirada reviviendo su época célebre. Fueron dos entregas deportivas por fascículos similares al obligatorio estrés con cópula en un matrimonio mal avenido, parecíamos dos perros en celo olisqueándonos el culo ofensivos e indiferentes. Amanecí con toda la cama para mí, admirado por el buen recato de aquellos dioses más preocupados por el


placer ajeno que por la esperanza de que algún día puedan ser adorados ahora por Internet. Ellos crearon al hombre y éste la tecnología, ambos quieren conectarse en hora punta. Con alegría mañanera tomé un rickshow hacia la Universidad, que gozaba de muy buena reputación en el territorio nacional. Extensas avenidas arboladas se repartían las facultades con militares protegiendo los cruces de tránsito sereno, vehículos puntuales y estudiantes ataviados con libros sobre las cestas de sus bicicletas. El museo de arte formaba parte del complejo universitario y dominaba una manzana dentro de un extenso jardín descuidado frente a una entrada estilo colonial con enormes columnas sin orden. En el interior las salas contenían vitrinas de escasa luz con auténticas joyas de miniaturas saboreadas como un vino en tierra de cultivo. Había cuadros de pintores desde el dieciocho hasta el veinte en un virtuosismo imposible de averiguar. Los dibujos presentaban una perspectiva plana con deliciosas escenas de batallitas y soldados posando de perfil. Abundaban además los retratos de marajás bañados en lujo recordando otro tiempo de mayor esclavitud al contraste de otras telas que lucían gráciles elefantes volando sobre una nube infantil, puestos a imaginar, tigres domesticados en fábulas fantásticas al trato de pinceles tan finos en su alarde visual que despertó la obsesión y el deseo de saborear un pastel. Las pinturas entran más por la boca que por los ojos, al contrario que la comida. El ahorro de energía del museo obligaba la compañía de un bedel que encendía y apagaba luces de una sala a otra conforme las iba visitando. Baste decir que el aspecto descuidado del interior se acercaba más a una ruina que las esculturas expuestas en el suelo por orden de tamaño. Lo del museo como cementerio del arte nunca se hizo tan palpable como allí.


En otra sala encontré por sorpresa fotos del siglo pasado que revelaron una Benarés (Varanasi) ostentosa como lo fue en sus tiempos Babilonia o Samarkanda, mejor ducho, una Roma oriental en el clímax de su esplendor. La primera vez que un bárbaro del mediterráneo pisara estas tierras debió vislumbrar el camino hacía la mítica ciudad de Shambala. De ahí que Benarés sea heredera de una grandeza latente y domesticada, si bien la panorámica de los ghats no deja a nadie indiferente. La ciudad milenaria de la seda viste un manto transparente que nos envuelve en una fría incertidumbre. Por aquellos días fui consciente de esa confortable sensación de acogimiento espiritual de la que tanto se habla en la India aunque nunca sabré si fue pura sugestión. Seguía entusiasmado con la idea del auténtico trotamundos, del viajero que no se casa con nadie ni zurce más ataduras que las espontáneas. A nadie sensato se le ocurre construir sobre un puente, dice el Tao chino. La versión moderna más aproximada del aventurero antiguo pudieran ser los reporteros de guerra, los médicos sin fronteras o los marineros solitarios de vela sin olvidar a los jóvenes mochileros ni a los buscavidas de gasolinera; también caben los misioneros y voluntarios para la ayuda al tercer mundo además del amplio personal científico y documental. La aventura implica situaciones con un final enigmático en honor a la sorpresa, cualquier propósito de un viaje presta su juego a ignorar los paraísos fugaces sólo como piezas mecánicas. Cierto que perder la fe es como estar muerto, totalmente cierto, y negar las posibilidades, cosa de cobardes. Más que en cualquier otro lugar en la calle central de Varanasi vibraban los oficios con infinitos colores estampados en bandas de un extremo a otro. Allí los psicólogos se camu-


flan entre vendedores ambulantes, que no dejan espacio para concebir nuevos problemas quedando los pendientes todavía por resolver. En vez de pastillas para los nervios se tañen campanas en los templos para que lo invisible se acerque con buenas intenciones. A los pocos minutos de aforo completo salen de las columnas del patio unos monjes vestidos de cualquier manera para ofrecer una música tan ancestral que se hace postmoderna. Esa demostración de tabla me hizo despertar la afición a manos de un tipo que ponía los ojos en blanco, poseído por los golpes al cuero. Una tarde, sin entrar en detalles, un bajito de dudosa procedencia se acercó apresurado a ofrecerme ganja en el Main Ghat aprovechando mi aturdimiento por haber recibido un masaje en la orilla. Pobre de mí, decidido a recortar distancias con el peligro, alumbrado por Quijote, cuando confié al preguntarle por las flores de la planta. Le seguí un buen rato por los laberintos hasta una puerta de un interior adornado por un mural infantil y cojines raídos tapando el arranque de las paredes. Al poco comencé a arrepentirme de mi osadía por cómo se dirigían entre ellos sin educación, seguramente planeando alguna estrategia para estafarme con un timo de manual. Caí en la cuenta de que uno de ellos me vio cambiar doscientos dólares en la tienda de sedas y se sentó delante mostrando unas bolsitas de plástico con diferentes calidades de ganja a precios disparatados. Señalé una, la más barata, para aligerar la operación por temor a una encerrona, pero ellos insistían con la calidad generando presión. Cansado del juego me incorporé para salir de la casa a riesgo de ser golpeado gritándoles las peores palabras castellanas, cosa que provocó risas entre los maleantes, cada vez más numerosos desde la penumbra. Arrojé unas rupias al suelo agarrando la


bolsita más pequeña con infértiles hojas. Anclada, frente a la puerta, esperaba una conspiración con cuatro militares armados esperando los papeles por confundirme con un traficante a punto de hacer una redada en la casa. Mi cuerpo, tembloroso karaoke, despertó sospechas en aquellos neandertales de caqui marcial. Uno de esos militar señaló la mochila husmeando entre los objetos hasta llegar para mi mala fortuna al plástico sospechoso. El represor mostró la bolsita al resto y acto seguido acompañaron lo que quedaba de mí con brusquedad hacia un callejón que daba directamente al río. Era momento de resolver una situación con la vida a punto de pasar a otras manos. En sólo un segundo todos los momentos se fugaron a un punto del horizonte en una hipermensia de ciento setenta pulsaciones. Unos barrotes de caramelo adelantaban el destino de la miserable cárcel india, oí decir al miedo, hasta pescar alguna enfermedad y morir dentro. Inmediatamente desperté a la realidad en un impulso y expliqué la historia de “para hacer té” mostrándome ignorante y víctima de las circunstancias. Otro de los sujetos me arrebató de golpe el fajín del dinero que llevaba sujeto a la cintura, con dinero suficiente como para pagar a sus hijos un año de educación. Con las constantes vitales en automático se movieron mis piernas dejando atrás el desagradable incidente. Desde entonces la adrenalina ya no figura entre mis sustancias favoritas. Frente al Ganges, ignorando el viaje por unos días, renuncié a juzgar las culturas y las nefastas condiciones de la mujer, desistí a la fuerza que organiza el movimiento e imaginé al ser como una maraña que tiende a desenredarse. Pasaba los días dibujando símbolos en el balcón mientras se daban los fabulosos encuentros: el débil choque del agua con la orilla,


el cielo y las aves, el aire y la piel. Yo mismo formaba parte de esos choques cobrando un protagonismo esencial con ideas claras de esperanza y reconciliación con el medio. Hasta me saludó una garza contenta de encontrar la marisma a rebosar después de haber dañado su pico en la tierra seca de la llanura. Al despiste, una mamá mona con la cría en el vientre se llevó toda mi producción de dibujos, la que luego mostré en Rishikesh, compartida con el resto de monos como un robo de guante blanco. El momento perdió encanto cuando los animales demostraron su verdadera condición de seres insensibles a nuestros vicios y lanzaron los dibujos al Ganges, que salvados por el viento dieron al barro de la orilla. Bajaron al rescate tres niños hechos al agua putrefacta, regresando con una sonrisa de recompensa tan merecida que aparte de las cien rupias por cabeza se sumó un retrato sobre una servilleta de ellos durante el rescate. Me da que los objetos se revelan o quieren huir cuando deciden esconderse de libre retirada en los bolsillos de algún abrigo o en el fondo de un trastero. Prefiero pensar que los dibujos necesitaban peleas de barro para mancharse como los niños del detergente. Así educaría a un hijo, en los juegos de la calle hasta que tropiece a su gusto con un libro, tal como me educó mi abuelo entre los majuelos de la Mancha. Si los alevines son esponjas pues que absorban la sencillez y aprendan de su cuerpo, siempre habrá tiempo para leer el Quijote. De nada sirve construir un cohete si no apreciamos la ingravidez.


Traspaso de Poder

Recuerda que una vez iluminado debes volver a pelar patatas. Resulta dificil sentir el calor de mi familia después de conocer a Gabi. Sólo sé que necesito estar cerca de este español que duerme plácidamente en mi regazo. El pobre se marchó de Bikaner sin intención de abandonarme, lo pude intuir, mi padre lo trató con desprecio. Veo a Gabi aquí tendido como un extraño al que han intentado matar con esas serpientes endemoniadas. Nunca me gustaron los animales asesinos y más cuando ignoro lo sucedido con ese anciano encantador de serpientes, aunqué debió desencantarlas porque le devoraron sin piedad. Está bien, el cuento de Rodhivara es bonito pero demasiado excéntrico. Bastante misterio tenemos con estar vivos, amarnos tanto es sólo cuestión de azar. –¿Anura?– Susurra Gabi medio dormido. –Descansa, todavía es de noche, al alba estará todo preparado para partir, ahora descansa corazón.


Sigo desvelada por el portazo de un coche, oigo a Rodhivara con otros hombres recogiendo el cadáver del anciano después de una semana de funerales. Le llevan tumbado sobre unas tablas junto a las cobras a un lugar del desierto que él mismo eligió para sus restos. Sigo pensando en aquellas serpientes pero ahora tengo demasiadas cosas en la cabeza como para resolver misteriosos enigmas. Gabi continua débil pero pronto mejorará. A veces pienso que necesita más que nadie un empujón, alguien como yo que desee realmente su bien ¡está tan desamparado! No es malo aprovechar la oferta de Rodhivara e irnos donde siempre a querido Gabi, su amada Kerala, al buen clima tropical del sur. Ahora debo ser fuerte y no dejarme llevar por el desdén, pues no hay motivos para pensar que nada saldrá mal. Además tenemos con nosotros a Muktab que ha venido con su Neide, otra sorpresa más, ya sin rencor por haberle separado unos meses de su ídolo. Creo que al afgano le ha venido bien aprender del maestro Maihara, ¿ves Muktab? Ahora estás con Gabi tal y como prometió. Este hombre de La Mancha parece un osito gigante cuando lo abrazo a cucharilla, me gusta secarle el sudor del cuello y poner mi mano sujetando el abdomen como si fuese una excavadora del segundo chakra. Pienso en todos los pretendientes que he dejado atrás y en mis hermanas predestinadas, tambien en mi madre fuerte y sufridora. Fuera de aquello percibo un enorme cambio fraguándose en la India, en todo el mundo, tan sólo mirando al vecino... Hasta cuándo las mujeres tendremos que seguir aguantando esta abismal diferencia. Creo que me ha tocado participar en una causa justa, concreta, una buena causa. Me divierte esa palabra a la vez que me asusta porque una causa es consecuencia de algo, y para que haya una causa primero


ha tenido que salir de la nada una primera acción. ¡Vaya pesadez! Estoy divagando de nuevo, será que no puedo dormir. Salgo al porche, fuera de la piel de Gabi, y compruebo que Muktab duerme como un bebé abrazado a Neide, todos duermen como bebés, hasta mi futuro bebé duerme en su cómodo estado prenatal. El manto de estrellas me devuelve una vasta sensación de lejanía en un intento abarcar la vista moviendo los brazos que se chocan una y otra vez; soy una gran contenedor de vida. Cierro los ojos en la pretenciosa operación de conquistar la vista y empiezo a perder consistencia hasta gravitar en todas partes y en ninguna. Estoy quieta porque soy la esencia del movimiento, un medio estático sujeto al capricho de los cambios. –¿Ya se lo has dicho?– Rodhivara interrumpe la intimidad de Anura cuando regresa del entierro. –No hay prisa, sólo sabe que mañana nos vamos cerca de Allepey, al sur de Kerala. –Es mejor así, el anciano Arhama ha dado su vida por una causa mayor–. Recuerda Rodhivara un poco abstraído, impresionado al depositar una reliquia humana de ciento tres años bajo tierra. –Seré sincera si te digo que no acabo de entender el sacrificio. –Anura querida, nadie sabe de los misterios de un ser más conectado a la pureza que a este mundo de charcos y sangre. El anciano debió sentir su hora y antes de marchar quiso dejar su “poder” en manos de Gabi, así de sencillo. –Me sorprende que un hombre como tú, dado a los negocios sea capaz de apreciar esas cosas. –No hay dos sensibilidades, ni mil diferentes, sensibilidad es simplemente sensibilidad–, dice Rodhivara en un tono


más grave. –Sí, pero hay algo que te gustaría ver proyectado en Gabi, reconócelo, tu labor altruista nunca llevada a cabo, ¿porqué nos ayudas?– Dice Anura sobresaltada. –No es momento para psicoanálisis del barato por el hijo que nunca tuve, sabes mejor que nadie que ese extranjero desprende una luz especial y siempre he confiado en los presentimientos. Quedaron ambos bloqueados en un pensamiento conjunto: había una vez un Gabi sonriendo. –…y la gente se queda mirándole sin saber por qué, como si le conociesen de siempre. –Lo sé, conmigo pasó igual–. A la enamorada le viene el primer destello de Gabi sobre el mármol del palacio de Fatekpur Sikry bajo la mirada del elenco familiar. –Ese chico se lleva el “paquete completo”–. Musita Rodhivara cayendo en otro silencio nocturno de chicharras, probablemente recordando ese amor frustrado que le arrebató de golpe un demonio borracho. Siguiendo el silencio estelar aparece Muktab soñoliento y desvelado, sin apenas emitir un saludo, guardando los mismos pensamientos y consciente de nuestro punto de unión.


Vuelta a la Huerta

Agua pide Tierra para lucir su pureza y volar por la magia de Fuego, hijo adoptivo de Tierra que exige vivir de Aire y quedar plasmado. ¿No serán Aire y Agua cuadernos de Fuego? Parece que la vocecita que interrumpe de vez en cuando mi pensamiento ha dejado de pronunciarse; vete tú a saber, últimamente me encontraba a gusto con sus consejos y puestas a prueba. Por otra parte noto un interior liviano, como si unas bacterias beneficiosas hubiesen limpiado mis adentros. Empezaré a creer en esa teoría de Rodhivara acerca del “poder” del anciano centenario. Durante el trayecto a Kerala, con lo que parece una nueva familia, Muktab se entretiene fabricando figuras de papel para impresionar a su chica. Anura duerme como un bebé colocada en una incómoda postura. En cualquier caso me veo conduciendo un jeep tata que nos ha dispuesto Rodhivara junto con una buena cantidad de dinero, nada menos que cuarenta laks (ochenta mil dólares). Ha justificado esta cantidad de dinero para respaldar mi ilusión. Por extraño que parezca, el ser que me ha empujado a crear un laboratorio de almas en forma de escuela. A estas


alturas reconozco que a un Hombre de Fe no pueden faltarle motivos de creer en los últimos fines por miedo a que las cosas están destinadas a fracasar. Sólo se triunfa viendo el fracaso como un vencedor pasajero, regresan las lejasnas palabras del Maestro. Desde el estado de Maharastra hasta la comarca de Allepey, nuestro destino keralés, el paisaje es gobernado por una exuberancia exquisita que anula la sensación mediática del cambio climático. Qué descanso me dejan aquellas mentalidades, consumidas por la visión infundada del fin de los tiempos como otro recurso más para inocular el miedo. Y así seguiremos, a pesar de unos locos que tratan de hacer el bien y se toman en serio el evitar que este volcán esquizoide siga chamuscando las conciencias. Pienso en esto mientras mis acompañantes se abstraen con el novedoso paisaje teniendo en cuenta la costumbre del desierto. No es la primera vez que me hallo por estas tierras en compañía de Muktab, fácilmente recuerdo aquel viaje con el camionero cuando hace cuatros años, antes de congeniar con el Maestro y con los muros del ashram, buscaba a ciegas un muchacho llamado Muktab. Ahora lo veo recostado en el asiento trasero acariciando a Neide, tan resueltos y calurosamente bien avenidos que, sin quererlo, salpican una inconfundible luz. Muktab sabe que estoy pensando en él y lo demuestra con una inteligencia directa, como aquellas soluciones sencillas que requieren mentes prodigiosas. De ese corte se presenta la frontera que separa al afgano del resto de los mortales. No puede haber mejor ejemplo para demostrar las convicciones de mi abuelo sobre la forma en que se debe educar a un niño. Él estaba convencido de una educación en contacto directo con los principios, lo que puede tocarse con las manos, manche, pique y llegue a herir. Me pregunto


por qué nos maleducan entre algodones evitando la caída del columpio o el dolor de una decepción; por qué nos anestesian cuando todavía ignoramos el peligro. En cada cruce vuelvo a digerir este inconformismo de lejanas quimeras pero Anura me alienta al no albergar en su corazón la posibilidad de perder. Para ella no existen las utopías porque todo es posible, así lo demostró con el juego de las estatuillas en Tabo, durante nuestra encerrona en el frío Himalaya. Aún sigue empecinada en no dejarme marchar y me pregunto si lo hace por pasión o por un reto íntimo que ella misma se ha marcado desde el comienzo. Mis sentimientos se alimentan lejos de los falsos compromisos por esquivar la soledad y el ocio. Aquí no hay vicios gratuitos ni hobbies de relleno, aquí el tiempo más que un enemigo es un riesgo beneficioso para la salud. –Mira eso Baba Gabi, ¿estás ahí?– Interrumpe de repente Muktab al señalar una caravana funeraria con cientos de personas enfiladas entre agudos cantares. –Queda uno inmune a la muerte después de visitar Varanasi–, digo aparentando que ya no me sorprenden las costumbres. –¿Cómo son los entierros en España? –, pregunta Neide con intención de acercarse a mí. Se presentan al archivo cantidad de imágenes con cipreses, nichos, mujeres enlutadas en cabalgatas, lágrimas y lápidas de mármol con el rótulo “tus equis no te olvidan. RIP”. España está tan lejos… –Allí los entierros son tristes porque la gente piensa que después de la muerte no hay nada. – Explico como un autómata. –¿Pero no hay siquiera un cielo o un purgatorio?, –se extraña Muktab, al conocer las creencias cristianas por su experi-


encia en Dheli donde seguramente algún creyente le pondría al tanto. –Se supone, pero al no haber reencarnación se concede más importancia al cuerpo–. Se adelanta Anura al comprobar que no tengo ganas de contestar. –¡Vaya hombre!, Qué creencias tan raras tienen los cristianos, menuda tranquilidad me da pensar que cuando muera comenzaré la vida con otro cuerpo. –Muktab intenta promover un debate para el viaje. –En mi próxima vida seré un árbol, uno que se baste con poca agua y que viva tres mil años, un gingo por ejemplo–. Neide intenta llamar nuestra atención. –¿Y tú, Gabi, qué serás en tu próxima vida? –, me pregunta Anura con intención de continuar el tema. –En mi próxima vida seré un ñu, sin la menor duda–, ahora ríen todos con la boca ancha. –¡Haz el favor de hablar en serio!– Insiste Anura. –El ñu es de los animales más estúpidos que existen, se tropiezan en las estampidas y se dejan cazar fácilmente por las fieras salvajes, sin embargo, su carne es la más sabrosa de todas, el caviar de la sabana–. Una vez animado el trayecto, no hay marcha atrás y continúo con la máscara de payaso. –Lo que seguramente no sabéis, lo digo por si algún día vamos, es lo peligroso que resulta acercarse a las tribus. –¿Y eso por qué? –, preguntan a trío. –En África todos los perdidos por la jungla nunca regresan. Por lo visto, caen en trampas que las tribus ponen para cazar animales salvajes, pero al ser caníbales, lo mismo les da una carne que otra y a veces encuentran premio; no os asustéis, sólo ocurre con turistas o reporteros de la tele–. Y como niños que nunca han escuchado un cuento veo sus caras de asombro.


–¿De verdad hay gente que come carne humana?–, pregunta Neide. –Por supuesto, además la cocinan a fuego lento durante días mientras siguen un riguroso ritual desde mucho antes de los tiempos y, sentados en círculo, se comen el guiso de carne humana por categorías. –Te lo estás inventando–. Dice Muktab decepcionado. –Creedme, se los comen por categorías; el corazón y los glúteos van para el jefe de la tribu por ser lo más sabroso, las suculentas piernas para los cazadores y los ancianos, los brazos y el pecho para que los niños crezcan fuertes y se hagan buenos guerreros, el costillar para que las familias asen chuletas en la lumbre y finalmente las vísceras para hacer encurtidos o fritos. –No te creo amor–, Anura me acaricia la nuca. –Pregúntalo a cualquiera de los trotamundos que aparecen por India, pregúntalo y verás… –¿Pero aquí en la India no hay de eso verdad? – pregunta Neide más inocente que el resto. –Ahí quería llegar, precisamente en Kerala existe el rumor de que en las montañas de Munnar existe un grupo de caníbales muy particular. –Estás asustando a Neide–, dice Muktab. –Escuchad, aunque sólo es un rumor, cada día se oyen más casos de turistas que cuentan verdaderas atrocidades. Cabe señalar que no son caníbales de tribu sino directivos de multinacionales que, cansados de la vida ordenada de la ciudad, se reúnen para devorar a los turistas despistados salvajemente y sentir así al hombre primitivo que llevan dentro. –Podría ser cierto Muktab, no sabes lo caprichosa que puede llegar a ser esa gente rica–. Contesta Neide con ingenuidad


–Yo sólo os advierto por si algún día vais a las montañas de té, aunque prefieren turistas entre quince y treinta con unas buenas tetas. Entre risas se cuela una feliz veracidad. Pero la verdad no es trasmisible por lenguaje alguno, es amor en continua despedida. –Escucha, Anura, a que no sabes una cosa de Muktab–, digo poniendo al afgano en alerta ante una posible intimidad. –Baba, no deberías hablar cosas malas de Muktab–. Ahora el afgano recurre a la voz de pena que tanto ablandaba a los turistas. –Sí, sí, cuéntalo please, please. –Gritan ellas a dúo mientras Muktab se tapa los oídos. –Pues resulta que nuestro entrañable Muktab cuando era niño se comía las cagarrutas de las ovejas–, no recordaba la mirada asesina del afgano desde que destrozó un puesto de fritos en la plaza de Rishikesh por defender sus insultos. Las chicas mientras tanto lloran de risa al descubrir su estúpido enfado. –Muktab debió pensar que las cagarrutas...–, pongo a prueba la dureza del humillado entre acordes generales de burla. –Eres un traidor, Baba. –Debió pensar que eran olivas y las comía hasta enfermar del estómago–. –¡Eso no lo habías contado! Pues sí que nos vas a salir barato con la comida–, bromea Anura. –Pues voy a contar otra de Baba Gabi. –¿No será que está loco?, Eso ya lo sabemos–, hasta Neide se toma confianzas. –Aunque cueste creerlo Baba Gabi se duerme “dando vueltas” boca arriba.


–¡Pero hombre, eso es como decir que sigues comiendo cagarrutas con tu edad! –Gabi daba vueltas con una mano debajo de la almohada y la otra al aire, me dijo que imaginaba ser cualquier persona. ¡Toma eso! Cuando quieras vuelves–. Muktab termina la venganza con éxito. El interior del coche se ha caldeado de tal manera que cualquiera estaba dispuesto a burlarse del resto. –Escucha Muktab, ellas no han hecho más que disfrutar a nuestra costa, deberíamos obligarlas a confesar algo que nadie sepa de cada una. –De eso nada, no podéis obligarnos, nosotras no tenemos la culpa de ser más listas. –Dice Anura guiñando un ojo a su nueva aliada. –Entonces nos obligaréis a… –Ok, ok, lo haremos aunque será difícil superar a dos excéntricos, como si los hombres no fuesen ya de por sí unos desequilibrados–. Manifiesta medio en broma una Anura más suelta que de costumbre. –Empiezo yo–, dice Neide por ganar enteros con el grupo. –Resulta que cada vez que camino no puedo pisar las juntas de las baldosas. –Ahora entiendo por qué soy incapaz de seguir tu paso–, se queja Muktab. –Creo que eso es una enfermedad en occidente pero aquí no tiene importancia–. –Sí, claro, y qué pasa cuando las baldosas son más pequeñas que tus pies–, sigue Anura. –Entonces ando de puntillas… –Y si son menores aún. –¡Eres tonto Muktab! Entonces miraría al cielo supongo, de momento nunca he pisado un suelo como ese.


–Ahora tú, Anura–, animada por Neide que había pasado el mal trago. –Está bien… –Cuidado, el maletero está lleno de crucifijos, por si eres una vampiresa–. Digo tirándole inofesivamente del pelo. Anura se prepara para contestar sonriente y decidida. –Estoy embarazada de ocho semanas. Justo en el “nas” veo en la carretera el cartel que anuncia la entrada a nuestro destino pero no pongo atención a ningún elemento. Me olvido del volante ante la cortina de aleluyas y nos miramos, ella y yo, nos estamos mirando... La cabeza se llena de un líquido nutritivo que hace de antídoto contra el malestar. Para un ayurveda ese líquido sería resolver definitivamente el misterio de la alquimia; Hermes Trimegisto aparece como un premio de tragaperras. Una vez más toman la delantera aquellos sacos de sentimientos que por vanidad creemos tener controlados. Bueno es saber que todavía hay cosas que sobreviven lejos de la razón donde las águilas pierden protagonismo ante otra grandeza. Anura espera una reacción concreta, la de un padre que en este momento está viviendo “el paquete completo”. Es como si escuchase a Rodhivara desde Bhuj velando por su solidaridad en este grupo de jóvenes chiflados. Subo por un momento y nos contemplo a los cuatro desde la pradera azul. Veo a dos chicas valientes del noroeste de India que lo han dejado todo por amor; veo a un hombrecillo víctima de una guerra que va subiendo a lo más alto y también a un quijote rendido a la felicidad patológica. Desde estas alturas se echa en falta aquella vocecita descarada e insistente, aunque desde aquí tengo respuesta para todo porque soy una nueva especie animal, un anodino dios volador. –Gabi, cariño, ¿estás bien?– Anura interrumpe mi vuelo.


–Creo que soy el hombre más feliz del mundo–. No se me ocurre otra cosa que encaje mejor en esta alegría. Nos fundimos en un abrazo, primero los futuros padres y después juntos los cuatro, como una familia saliendo ilesa de una urgencia. Saltando la incómoda dureza de los primeros días nos vamos adaptando a las nuevas condiciones de la vida en Allepey. Con tanto dinero para invertir lo más inteligente sería encontrar un lugar con una edificación resuelta y terreno para con el tiempo ir ampliando según la necesidad de la escuela. Como esas palabras aún quedan grandes para los propósitos cercanos nos limitamos los cuatro a participar en la búsqueda del lugar idóneo, que con muchas vueltas lo encontramos en las condiciones más inesperadas. Vinieron a ser unos niños los que nos llevaron a la casa de Robert, el primer gran aliado de la causa. No me gustaría pensar en cosas tan absurdas como parecer un imán para los agoreros, pero el sino, anclado en lo más profundo del arrecife, se empeñó en endosarme a personajes de este porte. Digo eso por Robert, un pintor holandés anclado en la ciudad desde hace más de treinta años llevando a cuestas dos matrimonios indios y cinco churumbeles a cargo de la última pareja, con la que vive sin esposar. Robert fue hijo rebelde de una familia aristócrata que pilló el jipismo y la revolución sexual. Además, comenta orgulloso ser el único en fugarse de la cárcel de Ibiza hasta ser apresado de nuevo y vuelto a encerrar por dos años en la prisión de Mallorca. Aunque evita los motivos de su estado actual se le intuye un pasado hirviente de una vida que me es familiar, es decir, el auténtico hippie de los sesenta que ha acabado de esa manera. Sin la más mínima intención de juzgar a nadie considero a Robert un caso especial. Según sus presunciones,


ayuda en cuanto puede a las vecinos más necesitados, y lo hace por aportar su granito de arena en la lucha contra lo que llama el “gran complot”. –¿El gran complot? –, pregunto. –Otro que vive sumido en la ignorancia, ¿es que nadie va a tomar cartas en el asunto?–, Robert vocifera incomprendido, –escucha con atención lo que voy a decirte, Gabi, debes de creerme, “ellos” no descansarán hasta que nos tengan totalmente bajo su control. –Dime al menos… –Observa al señor de la moto que está hablando por el móvil, ¿lo ves?–, dice Robert señalando con descaro. –Sí lo veo. –Pues bien, él sin saberlo está siendo sometido a una rigurosa manipulación por la compañía de comunicaciones en colaboración con los gobiernos. –¡Ah bueno! Te refieres al consumismo y todo eso–, quedo un poco decepcionado con su teoría. –Por supuesto que ese señor es presa del consumismo, pero yo me refiero a otro plan mucho más sutil. Las ondas del teléfono que “ellos” manejan por satélite contienen un código-virus desarrollado por las grandes empresas. “Ellos” juegan con nuestros cerebros y nos inducen órdenes de control en forma de ondas–. Cuando Robert cesa por un instante de proclamar la conspiración mundial aprovecho, sin éxito, para pararle los pies, pero es demasiado tarde, ya está del todo sumergido en la odisea. –Pero Robert, creer eso parece un tanto paranoico. –Y no es más que el principio, escucha bien; puedo asegurar que los alimentos que comemos contienen proteínas que alteran nuestro sistema nervioso y nos conducen progresivamente a la locura, es el “gran complot”, ¿es que no lo sabías?


Con esto se debe quedar uno bien ancho, pensé mientras el agorero seguía con las suyas. –¿Si no, porque te explicas el aumento de los casos de locura en el mundo? –Simplemente porque el mundo se vuelve loco por cosas que son suficientes de por sí para explicar la locura. Que el hombre se vuelva loco no es más que la evolución de la especie, lo mismo que una glaciación, la extinción de los dinosaurios o la probable extinción del hombre y la diversidad natural, otro cambio sin más para el conjunto. –Visto así, nada tiene importancia –. Ahora se decepciona el holandés y no vuelve a tocar el asunto por creerme fuera de su lógica, como si alguien inocente te confiesa un asesinato. –No entiendo cómo desde este paraíso en el que vives puedes dar cabida a la obsesión–, esto no le sienta bien pero me mira al frente y sonríe. No pudo hacer otra cosa ante la evidencia de la belleza que le rodeaba. Kerala está considerado como uno de los lugares más desarrollados de India, aquí no hay hambre ni apenas miseria. Su espíritu queda impregnado en mosaicos azules con la hoz y el martillo en los cruces de caminos. Extraño caso de alternancia política: cinco años gobiernan los socialistas y cinco el partido comunista de Kerala sucesivamente. Durante el mandato unos se encargan de deshacer lo que hicieron los otros y aún así, algo tan fundamental como la educación, funciona mejor que en cualquier otro estado. En Kerala no hay jóvenes analfabetos ni intocables tan despreciados y humillados por las otras castas. La amabilidad de sus gentes es el mayor reclamo para visitantes que llegan encantados de encontrar en esta tierra un remanso de paz sin comparación con el noroeste. Su posición privilegiada en el mar arábigo pone a Kerala frente al rico desierto que reclama


mano de obra barata para mantener su despilfarro al otro extremo. Con ello los keraleses emigrantes envían dinero a sus familias que, en pocos años, pasan de golpe a la clase media india por “hacer las arabias”. Esto permite seguir de lleno con la expansión de la mentalidad capitalista y entrar en el “club de los números”, donde me tienen prohibida la entrada. –Aquella hacienda está en venta desde hace unos meses–, me indica Robert, conocedor de nuestro cometido. –A un paso del lago, a otro de la playa... –Digo entusiasmado. –Además, la casa no necesita mucha reforma, si acaso una mano de pintura y decorar el interior, que en este momento estará habitado por una ciudad de bichos tropicales –. Robert insiste en convencerme por la posibilidad de ser vecinos. –No me asustan los bichos si te refieres a eso. –Más bien hablaba de las trabas que te pueden poner al ser Kerala un estado comunista, aquí sólo pueden comprar propiedades los indios–. Advierte Robert, con un dato en parte obsoleto. –No hay problema, la casa sería comprada por nuestro mecenas–. El holandés queda perplejo con mi suerte. –En ese caso tienes las de ganar porque el precio cambia. Entre indios se venden las cosas más baratas, eso mismo ocurre en cualquier lugar. En la Ibiza de hace treinta y cinco años los europeos compraban casas solariegas al doble de su valor–. Robert viaja al instante por el mediterráneo. –Los que íbamos por libre dormíamos en la playa y el despertar te sorprendías en otra arena bien acompañado. Plantábamos nuestra maría en casas de campo deshabitadas hasta que nos echaban y así vivimos felices unos cuantos años.


–¿Y la cárcel?– Me atrevo a preguntar. –Otro injusto cantar… Compramos la casa bajo la supervisión de Tehsab, fiel a la confianza de Rodhivara, que vino a visitarnos en un vuelo rápido para dar el visto bueno a la magnífica compra. Cuatro hectáreas darán para un pequeño huerto, una agradable área de recreo, un estudio de trabajo para Muktab, un jardín de flores a la entrada y todas las posibles ampliaciones que con el tiempo pedirán a gritos estar aquí. Las chicas, al ver su nuevo hogar, corren por los plataneros cerca de estamparse en el flamboyán que preside majestuosamente el patio de entrada. Durante las semanas siguientes trabajamos los cuatro con ayuda de una cuadrilla de jóvenes que cuelgan sus vaqueros y camisetas para encurtir el mono. Ellos se encargan del trabajo duro de albañil, capitaneados por Muktab, que no tarda en regañar a los haraganes y ociosos sin el menor reparo. Aunque en los momentos de mayor complicación, cuando nadie tiene claro las intenciones del plano, yo mismo intervengo en las continuas chapuzas que los nativos disimulan con cemento. Más de diez veces tuve que mandar tirar la misma marquesina por no haber usado el nivel o apreciar en los acabados falta de gusto. Pero me he propuesto no despedir a nadie aunque tarde en reformar la casa un mes más. De momento, vivimos como cuatro quinquis a la espera de que acaben los martillazos, pensando como una gran familia en el inmediato. El acuerdo con Rodhivara se diferencia del resto en que no incluye papel ni firmas, como en su día lo fue con el Maestro en el ashram de Rishikesh y, siendo ésta la fórmula, sigamos confiando en la palabra del Hombre de Fe. Pues sería irónico pensar que el resto de los acuerdos se hiciesen así, con sólo


una voz al otro extremo para cerrar tratos millonarios entre grandes holdings, como entre deudas y préstamos de la calle. Lo que hay es lo que cuenta, me dice Anura porque se le ha metido en la cabeza aprovechar al máximo los escombros de la obra para fabricar muebles. Con detalles así se va fraguando la filosofía de reciclaje para la escuela y nuestras propias vidas, que aunque no estará oficialmente abierta al mundo en unos años parece que el propio terreno nos exige tener el proyecto en cuenta. Tanto mejor para cada una de las partes de este particular mundo en cuatro hectáreas, donde una queda reservada para la naturaleza salvaje y animales varios, como una mangosta que nos protege de las serpientes; otra para la naturaleza controlada incluyendo el huerto, el jardín de flores, las serpenteantes extensiones de césped y arbustos a las que añadiremos un estanque; media hectárea para futuras edificaciones como aulas o talleres; otra media para proyectar una ludoteca al aire libre y la última para la casa ya construida, el estudio de pintura, el jardín de entrada y un patio trasero de mármol recién descubierto bajo el mugriento entarimado. A nuestro favor se expresan las materias primas tropicales para fabricar ollas y vasos, dinteles de madera tropical o suelos de barro abrillantados por las pisadas. Aparte quedan por contar los apaños manuales de los que Neide y Anura presumen desde la reparación de puertas y ventanas hasta pintar las fachadas de un rojo napoles discreto. En los decansos Muktab rocía con molestas virutas de madera a su amada provocando motines y persecuciones que sirven de excusa para adentrarse juntos en la hectárea salvaje. Lo que allí ocurre queda en manos del espionaje de los pájaros o los ocultos mirones imposibles de pillar in fraganti.


El Cultivador

Puedes investigar si quieres, nací como un dulce en evolución.

A las seis de la mañana el nieto se despierta con la voz ras-

gada de su abuelo para echar la mañana. Hoy toca podar los majuelos y sulfatar los almendros deshojados, irreales, que entrando en flor conceden al paisaje manchego un tinte de jardín delicioso. El niño atiende con respeto las explicaciones del abuelo, lector de aire libre y sombra de pino mediterráneo; hombre de secano y cazador de perdices, campeón de sedal para truchas de río y sabedor de tantos idiomas íntimos que hasta las torcazas le saludan como a un hombre noble. Así lo creía el nieto, que además de admirar al abuelo estaba obsesionado por conseguir con los óleos los matices del suelo manchego que, de tanto guarrear, terminaba por sacar de los rojos unos insípidos grises. –Atiende pistolo, –gritó el abuelo desde lejos–, mira el suelo qué rico es, ahí debajo hay un reino de animales sin ojos y embalses de agua para regar las cepas por debajo.


Nada más cierto le hacía saber a su nieto, ya sabedor de que el suelo contenía un gigantesco laboratorio además de un refugio de insectos y simas profundas que lo conectan con un interior que guarda el secreto de la vida. –La pacha mama es celosa, le gusta hacernos sufrir aunque nos recompense de vez en cuando…–, se quejaba el abuelo por el mal de riñones, –la tierra es una prestamista que nos engaña con las cuentas, siempre nos hace pagar más de lo acordado y aún así renovamos el contrato cada año. No le faltó razón al abuelo al asegurar que no todos los suelos son iguales y que no todos los hombres son Hombres, y que cuando uno se aleja del origen se convierte en un vagabundo ignorante. Así se expresaba bajo la admiración del nieto que con curiosidad e insistencia le atiborraba a preguntas prácticas sobre cualquier cosa. A veces el niño dejaba que su tutor se extendiera en largas disertaciones sin preguntar nada, tímido como era, sin entender la mitad de las palabras. Entonces el abuelo sacaba un purillo que encendía a contraviento para fumar exahusto, atento a los muchos disparates sin lógica de su nieto, orgulloso además por la sensación de estar alimentando a un monstruo. En el suelo abundan los sienas, poetizaba el abuelo con un porrón en la mano, compañeros naturales de los verdes en las encinas que, en puntos lejanos, se añaden por descuido a las motas de los amarillos quejicas. Al llegar a casa, el nieto dedicaba largas horas a descifrar la composición de los colores entre la luz y la sombra. Intuía que los colores evolucionaban de un tono a otro igual que crecen los animales o florece el almendro. Además suponía en realidad un solo color que se iba transformando a su antojo hasta teñir las cosas visibles. Para conocer el color era


conveniente descubrir su mutación de igual modo que conocemos la historia. Creía asimismo advertir en los colores algo sólido. Le impresionaban las reacciones de unos colores con otros, que de repente un amarillo sea capaz de alegrar un verde y con un azul concreto lleguen a la misma conclusión. Además conocía la ciencia del color en lo referente a teorías que presumían de colores amigos y enemigos. Todo color tiene un amigo especial con el que fabrica “descanso”, así el ojo encuentra la paz al verlos juntos. Pero lo más increíble para el nieto era que cada color debía buscar a su alrededor a ese amigo, en caso de que no estuviera cerca. Así explicaba su teoría con emoción al abuelo mientras éste hacía surcos de azada regados por goterones de sudor. El nieto imaginaba con demasiado excentricismo estas gotas como pequeños prismas que difractaban la luz en mini arcoiris proyectados en la frente. Sólo la mirada del pintor hace de los colores un patio de recreo, un juego incesante con pretensiones de ganar al menos una partida a la belleza. Para una criatura tan fantasiosa como aquel niño no era fácil esquivar sus deberes de hijo único en exceso requerido por la protección de su madre, falta ésta en el entender de la sensibilidad que había parido. Ella se encargaba de tirar por tierra las ilusiones del alevín cuando le obligaba a salir a jugar con otros niños o escondía la caja de pinturas para evitar, junto con el consentimiento del padre, una enfermiza obsesión. Entonces el niño lloraba a solas hasta quedar dormido, soñando tal vez en un tobogán gris por el que deslizarse hasta un lugar donde los animales están hechos de porcelana china y las piedras de corcho mágico. Fue en una revista de viajes donde el nieto vió por primera vez la imagen del Taj Mahal en la portada: “India, la


exuberancia del color”. El reportaje incluía los lugares más sorprendentes del país entre picos nevados con banderines budistas, desiertos con caravanas de camellos, multitudes policromadas y animales tropicales salvajes (atados a unas palmeras). De pronto este artículo incubó una permanente fantasía. Presumía con los otros niños de haber encontrado un paraíso y todos se encogían de hombros al ignorar el significado. Todos menos él, que no se perdía uno solo de los documentales por si aparecía India entre los lugares que el reportero visitaba. Seguido a esto le vino una compulsiva misión de proyectar un majestuoso complejo ubicado en su India, donde viviría feliz envuelto por la exuberancia tropical. El niño, en su fantasía tendría dos elefantes sagrados decorados tal y como había visto en las fotos, un estudio de pintura con una cúpula de cristal, un vehículo que funcionase con agua, un barco que también fuese con agua y un sinfín de excentricidades más propias de un soñador borracho que de un mocoso provinciano. En el plan incluía también una infalible forma de ganar dinero que consistía en inventar una máquina que transformase lo feo en bonito, loco capricho que provocó la burla de cuántos adultos que le escuchaban, perplejos al mencionarlo con ese gracioso afán, ofreciendo además fórmulas disparatadas sobre cómo podría hacer si se tratase de objetos voluminosos. Si el objeto, por poner un ejemplo, era imposible de transformar, podría deberse a que hay cosas hechas para ser feas, así el niño se quitaba del medio las asperezas. –Dime entonces quién decidiría lo que es bonito o feo–. Le dijo un familiar mientras se partía de risa con la desmedida imaginación. –Eso ya se sabe, lo decidiría la propia máquina que a su vez estaría conectada con otras cosas bonitas–. Contestó el nieto


con la respuesta preparada de antemano. –¿Y que pasaría si el cliente tiene gustos diferentes de la máquina?–, volvió a preguntar. –Entonces…Uhh, bueno, tendrá que gustarle porque la máquina siempre diría la verdad. Por aquella misma época dejó definitivamente de jugar con sus amigos y comenzó a pensar en las cosas dichas por los adultos, en su mayoría escasas de sentido común. Hablaban de dinero y de cómo invertir los ahorros sin dar cabida a ningún tema de los habituales por el abuelo durante las mañanas de labor. El niño imaginaba la boca de su padre llena de dinero, emanando como la espuma de un epiléptico. Debido a esta desagradable imagen pronto sintió al dinero poco atractivo, asociándolo a los males del mundo. Sólo su abuelo le servía de cómplice mientras le ayudaba a podar los majuelos o quitar caballete de las cepas, llegando éste a firmar falsos justificantes para pasar las mañanas con su nieto. Su complicidad llegaba al punto de tener a la familia engañada con la certeza de que un niño en el campo aprende más que en los pupitres. –Si por mí fuera educaría a los niños entre bancales, para las letras y los números ya tendrán tiempo. –¡Pero qué barbaridad está usted diciendo abuelo!– Le contestó la madre, compungida por la traición, –¡que sea la última vez que mi hijo falta al colegio! –El abuelo tiene razón, en el campo… –Tú a callar, mocoso, mañana mismo te llevo de las orejas a pedir perdón a la maestra, –voceó la madre avergonzada por recibir una llamada con las sospechosas ausencias del crío. –Como si le importase mi educación a esa pedorra–, gruñó el niño antes de recibir un bofetón a mano abierta.


Pero al nieto ya no le hacían daño ni los golpes ni los castigos, sólo el aburrido colegio donde repetían mil veces las mismas lecciones. El abuelo recibió esa noche un buen escarmiento por parte de los adultos (los mismos que hablaban siempre de dinero) que el niño oyó desde la cama mientras planificaba las sucesivas fugas, dudando entonces si el abuelo seguiría cómplice. –Atiende, chamaco–, dijo el abuelo, –aquel campo de almendros es mío y la parte de cielo que le cubre también. –Entonces el cielo que hay encima de mí también es mío, ¿verdad, yayo? –Eso es, cuanto más te mueves a más cielo tocas–, respondiendo con sarcasmo a la ingenuidad del nieto. –Ya sé, yayo, quiero pisar por todas las tierras y así ser dueño del cielo. –Más te valdría heredar algún almendro…


Paquete Completo

Entrad amigos, es gratis.

Por cuidar las costumbres sigo llegando tarde al sol, más veterano ahora en las guerras que libra desde su silla de mariscal de campo. Esta vez sin amoríos con el Ganges, el solterón nos ha salido mujeriego a pesar de las contiendas. Dicen las viperinas que el astro va detrás del Arábigo tropical, de los backwaters y del inmenso lago que llega hasta Cochin. Pero fuera de la high society cósmica las mañanas en Allepey hierven a fuego lento durante el desperezo mientras estiro los músculos como un gato de brasero. Anura lleva dos horas despierta para espabilar a los tres críos y Neide, otra vez encinta, prepara los talleres para un grupo de mujeres que viene desde Madurai a “la cura de miedo”. Llega un colibrí derecho al néctar de unas flores que corté del jardín para colgarlas de la cornisa, que no sólo hacen de biberones, sino que sigo el consejo superchero de una bruja


que amenaza con un mal de ojo. Cada mañana en Allepey rechazo las prisas en los primeros bocados e impongo, por mal que pese a mis hijos, un absoluto silencio hasta el mediodía. Sólo se escucha a través de la brisa el frotado de una tarima o las lejanas campanillas de un templo budista; ahora suena la vajilla, zambulléndose en la palangana sobre unas leves pisadas de Muktab yendo al taller de pintura, junto con otras impresiones a salvo de los sentidos. En la Escuela de Expresión se tiene a los árboles como escudos protectores y a los animales sin jaula en el zoo. Con las águilas no hay quien pueda, ellas siguen en la cima de la cadena, empeñadas por llegar a la exploración celeste aprovechando su privilegio. Ahora sé por qué apenas mueven las alas esas presuntuosas de las alturas, a menor gasto mayor economía, dice Muktab en una etapa minimalista. Seguro que las águilas mueren por muerte natural, como lo hizo nuestro Rodhivara el año pasado en el décimo aniversario de la escuela. Su muerte llegó con el nacimiento de nuestro tercer hijo, tocayo póstumo, acompañando con su nacimiento la herencia en bienes y propiedades que el viejo nos legó en su testamento para continuar la expansión. Como el dinero encierra serias complicaciones en mi torpe manera de usarlo, Anura es la encargada de invertirlo en otras empresas de acción. La herencia es aprovechada en otras pequeñas propuestas como la nuestra que están surgiendo por otras partes del estado. A la vez, creamos riqueza con escuelas y talleres agrícolas para dar la bienvenida a una autosuficiencia en nuevas comunidades. Pensando en el logro, somos dioses diminutos, le gusta presumir a Neide de puertas para dentro. La Escuela es un mundo particular en cuatro hectáreas, se enorgullece Anura por estos años de gratificantes esfuerzos tropicales.


Si el Maestro de Rishikesh, aguantando sus noventa y dos otoños, viese con sus propios ojos lo que hizo al dejar su sabiduría bien podría irse a la reencarnación con la conciencia tranquila. A diferencia de antaño, el desayuno lo tengo por un ritual casero después de un largo ayuno nocturno siguiendo un orden concreto; primero un vaso de agua tibia para limpiar las tuberías, después un diente de ajo para que no ataquen los mosquitos y le sigue una ensalada de fruta de temporada; en una pausa de periódico devoro un pan reciente untado en aguacate con aceite de coco, y por último, desatasco el pan con un zumo de remolacha que limpia la sangre. El ritual acaba con un té y un dulce árabe que hornea Neide mucho antes de pasearme al encuentro de las novedades. Comienzo por buscar a mis hijos, que juegan esparcidos por el recinto, para darles los buenos días y leer juntos el final de un cuento de Jack London que quedó a medias. A esta hora ya habrán terminado la clase con Suddhis, un señor de metro cuarenta que se ofrece dos horas tempranas al día para enseñar historia y Malayalam, el idioma de Kerala, a cambio de frutas y verduras de nuestro huerto. Esta semana he propuesto para los niños la tarea de dibujar animales del natural, primero encontrarlos y después conseguir que se queden quietos. No me culpo por tomar a mis hijos como conejillos de indias, es necesario que antes de llevar el ejercicio a la escuela practique primero con los míos, de ese modo los pequeños aprenden la estrategia combatiendo pronto los miedos y otras tendencias. El mayor tiene diez años y se llama Antinoo, con su talante podríamos conquistar de nuevo el imperio de Adriano. Es un bonachón sin más pretensiones que las de un ser conforma-


do. Selene, la más astuta con sólo siete años, es una copia exacta de su madre pero en versión mejorada. El más pequeño sólo tiene un año y como nació dos horas después de morir Rodhivara todos pensamos que es su reencarnación. Como no logro encontrarlos por la hectárea salvaje mando a Zacarías, el perro mil leches que gobierna la casa y se encarga de reunir las ovejas descarriadas. Al poco regresan con el perro y Selene parece magullada, llevando a su hermano en brazos. –Pero hija mía, ¿se puede saber donde te has metido?. –Fue Antinoo, me ha perseguido hasta los espinos porque no le dejo coger a Rodhi en brazos. –El enano llora con ella… –dice Antinoo preocupado. –Selene hija, lleva al pequeño con tu madre y límpiate con agua y jabón, luego reúnete con nosotros en el taller que hoy empezamos un juego nuevo–, se alegran cuando les explico la propuesta para esta mañana. –¿Estarán los demás? Pregunta Antinoo refiriéndose a Muktab y a su hijo Ramnesh, dos años más joven que mi primogénito e inseparable amigo. En la escuela tenemos dos pozos de agua de lluvia, un huerto de verduras y otro de especias, una plantación de árboles frutales entre los que destaco un naranjo sevillano con fruto amargo de mermelada y un madroño plantado en cautividad para licor. Este mundo de cuatro hectáreas nos envuelve en una vida austera pero completa, construida a imagen y semejanza de nuestros corazones. La Escuela de Expresión mantiene una política de apertura al mundo donde aparecen gentes de toda ralea seleccionadas tras una pequeña impresión. Bien pensado, no estaría mal poner a un grupo, ese mismo de mujeres que llega hoy de Madurai, a dibujar


siguiendo el mismo ejercicio que los niños. Como los grupos nunca superan las diez personas y ninguno permanece en la escuela más de dos semanas, no les da tiempo a caer en la desidia. Algunos se marchan dejándose olvidados adrede pequeños enseres para regresar con excusa, pero lo tomamos como una buena señal. Nos llegan solicitudes de ingreso que sobrepasan nuestra capacidad de acogida y por eso el siguiente paso es la expansión moderada de otros centros, que una vez puestos a punto quedan independientes de su nave nodriza. De este altruismo surgió ayer en nuestras reuniones nocturnas una discusión ilusionada y enérgica por crear un apartado dentro de la escuela que oriente a otros emprendedores para producir algo parecido. –Eso es, que se pase la bola hasta que el mundo entero sea un conjunto de comunidades creadas por ricos para los necesitados–. Repitió anoche Anura. –Nosotros hemos tenido suerte, si todos los Rodhivara del mundo hicieran lo mismo surgiría un nueva moda de la bondad…–, digo irónicamente. –¿Es que no lees los periódicos? Ahí fuera, cerca de estas cuatro hectáreas, en Tamil Nadu mismo, la gente sigue cubierta de mierda–. Muktab mostró un realismo aguafiestas como reacción a una utopía que no acaba de creer. –No basta con pintar cuadros, Muktab, el arte sólo completa el círculo cuando ayuda a mejorar las conciencias–, le digo provocando en él una mirada positiva. –Ya sabes Gabi que las revoluciones sin sangre no dejan huella…–volvió entonces la secuela de su pasado. –La buena revolución queda validada con el tiempo, no es fácil echar marcha atrás para corregir los errores en un mundo consumido por el egoísmo. Yo me muestro optimista


porque lo necesito… Somos un eslabón, una cadena de favores, un antivirus para el peor de los males–. Aseguré con el fin de mantener la ilusión. –Por eso estamos aquí–. Fue Neide quien impuso la sentencia para la almohada. En el taller Muktab se prepara con los niños para el juego mientras paseo hasta la zona de invitados. Aquí viven nuestros alumnos de manera independiente a la familia. De ese modo tenemos intimidad para las dos parejas, las cuatro criaturas y el que está por llegar de Neide. La gente viene a la escuela con idea de encontrar un gurú que les resuelva su vida pero nada más llegar, acostumbrados a las terapias de fondo espiritual, se hacen a una familia que ofrece pensamientos sencillos y la mejor arma que poseen, combatir los excesos del hombre sirviendo de ejemplo. En la zona de invitados me espera un grupo de españoles arrumando su equipaje para la despedida. Entre los bultos sobresalen los rollos de pintura que han servido de pantalla para la luz de cada uno. Las palabras que salen de mi boca son de puro agradecimiento en su mayoría, aunque sin poderlo evitar, dejo caer un mensaje pretencioso, les impongo que regresen a sus casas con atenta pasividad, “el mundo es la proyección que hacemos de él”. Pero algún incrédulo que todavía no hizo sangre las palabras se niega a creer que sólo con la conciencia podamos salir del hambre. Entonces, le miro a los ojos abriendo los brazos y entono un “encontrarás la prueba mirando a tu alrededor, ¿no es magia que exista este momento?”. Mis paisanos se marchan dejando el aire lleno de recuerdos lejanos, con las instalaciones limpias y ordenadas como


las encontraron y que mucho antes limpió el grupo anterior. Al ser un espacio altruista no disponemos de criados ni entra en nuestras cabezas pagar a alguien para trabajar servilmente. En la Escuela de Expresión no hay jerarquía ni mando, sólo creemos en unas reglas básicas de convivencia y entendimiento, a estas alturas tan arraigadas que sin quererlo forman parte de nuestra piel. Mi función es dirigir los talleres de la escuela y la de Muktab prepararlos, Anura se encarga de las relaciones públicas y Neide de las instalaciones. Cada semana se encarga uno del huerto, otro de hacer las tareas del hogar, otro de cocinar y el último de atender a los niños que de por sí son bastante independientes. No cabe el desdén, si tenemos en cuenta que en la mayor parte del tiempo cada uno se dedica a su verdadera pasión. Muktab está pintando al óleo unos retablos en miniatura que piensa exponer en una galería de Dubai. Anura escribe poesía, colecciona bonsáis y sigue empeñada en su juego de estatuillas, que piensa lanzar por todo el estado después del éxito local. Gracias a Neide toda la escuela está representada por piedras colgadas con forma de pájaro; las hay en los tejados y sobre las cornisas, en el borde de los caminos y ancladas con cemento sobre los muros. Esa es la primera impresión que los visitantes tienen de nuestra escuela, la de un lugar extraño decorado con los colores de un templo budista repleto de pájaros colgados convertidos en piedras. Además, no están talladas, Neide sólo aprecia que la naturaleza también esculpe para imitarse a sí misma. Este es justamente el arte que ha naufragado hasta nosotros cuando entendemos que las condiciones nos llevan millones de años de ventaja. Pero fuera de las palabras existe otro mundo más directo y sólo extensible a las pupilas para dentro, creyendo tal vez que este particular estado de gracia, al que te arrastra la con-


ciencia es un regalo que debemos abrir despacio respetando el envoltorio. Para ello, en la Escuela de Expresión hacemos ver a los visitantes que una vez manchado el lienzo ya no pueden ocultar el gesto. Queda claro que la pintura no engaña porque es el resultado de todas las acciones que se han emprendido contra ella. Aún tapando los errores, si es que los hay, la pintura permanece allí debajo sepultada entre más y más pintura; cabe razonar que es el arte de ir quitando y no añadiendo materia, y así lo van entendiendo los invitados en nuestro pequeño gobierno. Todavía tengo un paseo hasta la hectárea salvaje donde alimento la vista con un inmenso campo de arroz que me separa del lago. Entre la vastedad de las llanuras verdes se levantan pequeñas colonias de palmeras que acogen la morada de los campesinos esparcidos en el arrozal que, desde lejos, saludan con la mano invitándome a un chapuzón en los canales de agua. Pero es el silencio, este silencio embriagador el que realmente me ata al borde del lago. En él cabe la brisa que trasporta sonidos de muy lejos y fantasmagorías que susurran secretos en otro idioma. El silencio viene cargado de solemnidad, de un hondo que adelanta a la sencillez más plana. Con él regresan de casa las sensaciones más valiosas y sinceras de antaño hasta la inocencia de la niñez; el silencio trae los rebotes depurados y apetecibles junto con los motores de los barquitos que se enlazan a repique de los pájaros carpinteros. Pero no solo el silencio hace mella en el borde del canal, por muy protagonista que se crea, gritan las palmeras y te susurran al oído las ardillas subiendo por los troncos en espiral. La mangosta por contra, más huidiza de las personas por esta zona salvaje, se deja ver en las cercanías del huerto a razón de una nueva ruta que las serpientes han


aprendido de los roedores. De vuelta al taller, comienzo el juego con unas instrucciones básicas además de unas reglas permisivas. Los niños deberán realizar el dibujo sin contar con los animales domésticos y podrán usar en esta ocasión trampas inofensivas para retenerlo un máximo de media hora. Muktab se anima y decide participar mientras yo analizo el efecto de la actividad, lo que resulta divertido por comprobar que en la guerra todo vale. Selene se esconde detrás de un cocotero para espantar la pose de un mono que sirve de modelo a Antinoo. Como la cosa va por caminos poco deportivos tengo que detener el juego para agregar una nueva regla: se debe respetar el modelo del adversario. Al cabo de dos horas Selene regresa llorado porque el mismo mono le ha robado el cuaderno de dibujo.Esto me resulta familiar y decido ir al magnolio donde vive una familia de macacos con el fin de hacerlos entrar en razón. A media copa esperan desafiantes con el cuaderno cual trofeo y gritan una vez más como hombres sin verbo. Entonces decidimos imitarles desde los helechos en los gruñidos, provocando un centro de ruido superior al suyo. ¡Auténticos simios! Oímos a Muktab que curiosea de lejos. Al poco los macacos se dispersan asustados arrojando al suelo el cuaderno de Selene desde una altura suficiente como para caer tan maltratado que la pequeña llora desconsoladamente, esos peludos le han arrebatado el trofeo. El almuerzo es otro momento obligado por la convivencia una vez concluido el taller matinal. Los ocho, más el que está por llegar, nos reunimos en el porche y comemos en el suelo. Ellas acaparan el tema con el nuevo grupo de mujeres que llega de Madurai esta misma noche. Sin duda, gustan más


de los grupos nacionales, ya que los extranjeros, son menos maleables y se resisten a los ejercicios que requieren trabajo físico. Anura está decidida a inaugurar la sección de danza hasta el momento sólo como parte de la plástica. Para ello dispone de un antiguo almacén de frutas que habilitó con la esperanza de que vengan dos de sus hermanas desde Bikaner para hacerse cargo. Como están por llegar, Neide insiste en que sería conveniente esperar antes de dar un paso en falso. Muktab, en cambio, me mira insistente para desdoblar la conversación y enfrentarse a una preocupación oculta. No me extrañaría que quisiera reparar su vieja Enfield, siendo fiel a su naturaleza como en su día lo fui yo. De momento ha sido mi emisario para todos los encargos desde los tiempos de Rhishikesh, pero cuando lleva dos meses fuera necesita volver a al hogar para configurarse de nuevo como un ordenador y regresar a su familia. –Necesito hablarte, Baba–, dice Muktab una vez solos en el taller. –Creo que ya sé lo que me vas a decir al poner la moto a punto–. Contesto. –No Gabi, no me marcho de nuevo, mucho menos ahora que nace nuestro segundo hijo. –Dime entonces lo que te preocupa. –Seré sincero, quiero crear dentro de la escuela una comunidad de artistas de todas las pares del mundo… –¡Qué maravilla! Por fin decides salir de tu caparazón renacentista–. Pasa por mí un viento de biblioteca. –Quería saber si puedo contar contigo para construir la comuna frente al huerto, allí queda media hectárea libre y la zona salvaje quedaría intacta. La idea nos rondaba desde hacía años pero necesitaba el incondicional apoyo de Muktab, hasta el momento más en-


vuelto en su obra. Además ya tenemos una lista de artistas, desde Australia hasta Canadá, interesados en ocupar por unos meses cuatro estudios proyectados para el próximo año. –Ya puestos, podríamos aprovechar las obras y construir un pequeño museo donde ir hacinando los legados de los artistas a su paso–. Digo pelando una naranja a mordiscos. Muktab levanta sus pobladas cejas de gaviota presagiando unas lágrimas de redención. Allí quedaron sus ilusiones toda la tarde mientras ponía fin a un mandala, reservado al viento que trajeran esta noche las invitadas de Madurai. Sumergido en la compañía de Muktab contemplo los lienzos que se apiñan en el perímetro del taller dando cuenta de los aciertos. A pesar de esta grata sensación, las obras se muestran ociosas como si su don consistiese en vivir de otra herencia, dentro de una excusa. Miro la pila de cuadros contra la pared y reconozco su mayoría de edad y hasta su derecho a voto. En estas condiciones es preferible que las miniaturas, hechas con tanta paciencia, asuman su independencia y se marchen a iluminar otras paredes. Por eso las regalo a quien me parece; bien por la luz de unos ojos o por arco de una sonrisa; bien por sus intenciones de mejorar el círculo o por derrochar alegría y fijarla en los corazones que asisten a un radio marcado. Cualquiera diría que te has convertido en un santo. Esa voz… hacía más de diez años. Pues eso, que eres un santurrón. ¡Vaya hombre! Has tenido que volver ahora. Sólo vengo a felicitarte pero ahora debes despertar. No me vengas con eso de que todo es una ilusión y que me voy a iluminar como Buda.


¡Ay, manchego! Qué dura es a veces la vida… Pero ya que lo mencionas no es tan disparatado, eso mismo creen los hindúes, que la existencia es el sueño de un dios. Ya sabes que mis únicos dioses son las águilas. Yo fui quien te dio alas, querido pintor. Observa a Muktab mientras espolvorea el mandala. Llevaba muchos años esperando el dos mil doce y cuando comprobó que el mundo seguía igual de miserable, en el dos mil trece se hundió en el desánimo. Ahora está más ilusionado. Él esperaba que un milagro sucediese, como el que compra lotería. Pero la esperanza no pide pan. No temas Gabi, después todo seguirá igual y todo habrá cambiado. Nuestro manchego salió del taller sin despedirse de su compañero y besó la puerta impulsivamente, después miró con ternura a su mujer mientras daba pecho al pequeño desde la lejanía y escuchó el revoloteo de los niños en la cocina por un pastel que horneaba la chica de los saris brillantes. Contempló todo aquello dulcemente, desde unos ojos que ya no eran los suyos y desde un cuerpo prestado. Se sintió orgulloso de su lucha contra el miedo y la ignorancia, contra la injusticia y la toxicidad; también se reafirmó con rotundidad en sus más fieles creencias como Hombre de Fe y en sus convicciones digeridas al paso. El pintor se acordó de los suelos de La Mancha y de su abuelo señalando en silencio los nidos de las águilas perdiceras. Allí mismo, bajo un sol apagado del trópico, comenzaron a desentrañarse sus raíces sin ser visto. Libre de toda emoción, caminó desnudo por el sendero del lago, entrando en sus dominios sin sentirlos suyos porque nada le pertenecía: ni el huerto, ni la hectárea salvaje, ni los animales que dormitaban en las copas, ni siquiera la huella de sus pisadas hundidas en el fango. Sus pies descalzos no


sangraron con el roce de las espinas ocultas bajo la hojarasca ni su piel protegía del frío el mecanismo animado de sus entrañas. Sólo el poder del agua fue capaz de empujarle hasta el borde del lago, justo donde dan la vuelta sus paseos. Entonces se libró de la tierra para elevarse de los macacos y el espionaje de los pájaros testigos del despegue. Ahora, sobre el lago, se puso al nivel de las águilas y las saludó con simpatía, como un nuevo socio, comentando ya entre dioses el trasiego de las miniaturas que sobrevuelan.

EL ZOO DEL ZOO  

Novela del viaje de un pintor manchego por India.

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