Issuu on Google+

Ramón Elías Pérez

El triángulo de Bermúdez Y otros cuentos


El triángulo de Bermúdez Y otros cuentos

Ramón Elías Pérez


Published by HENRYFB Maracaibo, Venezuela © 2010 Ramón Elías Pérez Todos los derechos reservados Este libro no puede ser reproducido total o parcialmente sin el permiso expreso y por escrito del autor Depósito Legal LF06120108003463 Diseño de portada e interiores Henry Figueroa Brett Fotografía Audio Cepeda


Ramón Elías Pérez,

l954) (Valencia Cronista, narrador y poeta. Radicado en Maracaibo desde 1978. Realizó estudios en las universidades de Carabobo y Zulia, donde obtuvo los títulos de Licenciado en Educación y Magíster Scientíarum en Sociología respectivamente. “Pick Up Sus obras conocidas en narrativa: del Alba”. de Media Noche”, “El Mensajero , “Agua SaloEn poesía: “Farsalia”, “Lucerna” bre”. tas venezoAparece en las antologías “70 Poe , Iraq y Líbalanos en solidaridad con Palestina auspiciados no” y “El Corazón de Venezuela”, por instituciones del Estado. erosos artíEn décadas pasadas publicó num o titiritero, culos en la prensa regional. Ha sid periodista, actor, locutor, fotógrafo, editor, guionista de radio, docente.


El Triángulo de Bermúdez “… Con mucho de poeta, podía conversar igual de literatura de los grandes autores que de las más nimias trivialidades…” (Denzil Romero: Lugar de Crónicas)

B

ermúdez era un hombre feo, horrendo, tenía los ojos saltones, la boca grande y las cejas peludas; además de retaco, cabezón y farfullo. Había sufrido lo indecible desde muy joven por su aspecto, esa condición lo llevó a adoptar comportamientos que rayaban en la ridiculez; buscaba hacerse el gracioso y aprovechaba ciertas destrezas para incitar la risa. Sus carencias las convirtió en armas para protegerse de los ataques despiadados de sus congéneres, campesinos orilleros de un pueblo situado en las riberas de un lago arcaico y verdoso. Era el penúltimo de cinco hermanos, unos más distintos que otros: patojos, narizones, saporretos, bo5


cones, cambetos. Ejercían los más disímiles oficios: cazadores, yerbateros, jugadores de gallo, latoneros, beisbolistas. Nuestro amigo se ocupaba de la telegrafía y el correo, allí encontraba el empleo perfecto para aislarse y saber acerca de la vida de los habitantes del pueblo. No porque leyera la correspondencia, eso jamás, sino por el inventario que llevaba en el libro, un registro minucioso de nombres, direcciones y otros datos de interés particular. El desafío de su imagen ante el espejo y esa estatura que le agobiaba el espíritu no le impidieron cultivar ciertos dones, había nacido con una inteligencia proclive a la comunicación y las relaciones públicas, lo que contribuyó a convertirlo en asistente regular a fiestas y agasajos. Compensaba una cosa con otra, es la ley de la vida. Quienes no le conocían observaban a primera vista a un ser repulsivo, un adefesio que hablaba hasta por los codos; sin embargo, una vez instalados en cualquier silla terminaban soltando la risa por las ocurrencias del histrión. Bermúdez, un hombre común que a pesar de haber nacido sin atributos físicos, en su interior conservaba un cúmulo de aptitudes para alcanzar grandes metas. La belleza va por dentro, decía para echar vainas. Lejos de la humillación y el rechazo de sus paisanos se sentía estimado, esas burlas y chistes que hacían de su persona le resbalaban. En una especie de sutil venganza terminaba riéndose de aquellos y nadie 6


se daba cuenta de la estratagema, de la bermudiana engañifa. La chanza se convertía para quien osara en un cortante filo, una trampa peligrosa. En los días oscuros recordaba su niñez con tristeza, revivía cuando lo molestaban y le tiraban piedras, asistir a la escuela era un dolor de estómago, una fiebre, esa sensación de náuseas todas las mañanas. Aquellas bromas le hacían llorar, porque se afincaban hasta verle el hueso. En esos desagradables momentos se ofuscaba y terminaba peleando, le llamaban el representante y la madre acudía apenada. Se le veía caminando desde la entrada por una vereda asfaltada donde había árboles, matas de cayenas y al final una escalinata. Después venía el recibidor y a un lado la dirección donde se llevaba a cabo la entrevista. Se fue haciendo visitante acostumbrada en la institución hasta tal punto que terminó vendiéndole cosméticos y perfumes a las maestras, sacándole provecho a las trifulcas del muchacho. El tiempo hizo que la infancia –ese período de aprendizajes- pasara y paulatinamente, adolescente, se convirtió en un alumno regular, aplicado. Eso sí, nada le indignaba más que ser rechazado por las muchachas, despreciado por aquellas que se creían hermosas. Era un tarajallo cuando recibió el primer desencanto, fue una vil puñalada en el corazón, en plena pista, rodeado de cientos de ojos fisgones. Aquel acercamiento ocurrió la tarde de un sábado en 7


el Centro Social y Deportivo donde solían bailar los fines de semana. Luchando con la timidez enquistada en el alma, hizo el intento y éste se cortó de manera abrupta. Bermúdez la miró, calculó los pasos desde su mesa hasta el cuerpo agraciado cubierto por un traje azul con lentejuelas; en esa distancia podía apreciar los vellos de sus brazos, los tacones altos, la sonrisa con la frescura de aquellos quince años. Respiró, tomó impulso y decisivo caminó hasta ella. No habló, apenas estiró el brazo y con la mano a la altura de estoque la invitó. ¡No, yo no bailo! –le dijo la ingrata. Apenado, dejó caer el miembro como una ruinosa espada. A los cinco minutos la mancornadora estaba moviendo el esqueleto con un monigote. El optó por sentarse en un taburete cerca del aparato de música y en ese instante, desolado -se escuchaba una balada insigne interpretada por Los Ángeles Negros- le llegó una inspiración. ¡Seré poeta! Una hora después, con la roja herida del desprecio, Bermúdez se alejó hacia el patio escondiéndose detrás de una botella de aguardiente. Estuvo mirando el cielo, las estrellas, se preguntaba con los ojos húmedos por la melancolía, cuál de ellas guiaría su destino. Esa noche, después del fallido intento por embriagarse, se marchó sin voltear hacia atrás. La indolente se quedó bailando hasta quedar exánime. Aquel incidente marcó el inicio de un periplo que culminó cuando enamoró, años después, a la muchacha más linda del pueblo. Se había valido del verbo, 8


de su habilidad para tejer palabras. No fue fácil, al comienzo hubo una barrera, un muro gigantesco que él fue derrumbando de manera lenta pero segura. Le llevaba flores, le regalaba caramelos, le transcribía textos del repertorio poético de Luís Edgardo Ramírez y se los leía en el zaguán de la oreja con su voz engolada de locutor de radio. Pasaban los días, las semanas, los meses y María Gracia se mantenía sólida, de una pieza, inconmovible. Bermúdez allí, cada vez más enamorado, constante como un corazón de tuqueque. Sólo lo difícil satisface, se decía para darse ánimos. Cambiaba de táctica, utilizaba distintas estrategias, orquestaba maniobras como un maestro en las artes de la seducción. En tu propia mente eres lo que piensas, así que desechó la idea de utilizar hechizos y brujerías, su amor era obsesivo, pero limpio. Si ha de quererme que sea sin artificios, se decía en momentos de reflexión. Después de quince meses, tres semanas, dos días, trece horas, un sofá y dos sillas partidas; María enloqueció y le dio el sí mil veces soñado por el bardo declamador. Luego de tomada por ella la trascendental decisión, el emocionado hombre fue hasta la tienda y compró una paca de cohetes. En la noche lanzó los petardos desde la plaza del pueblo y cuando le preguntaron a qué se debía semejante celebración, lo dijo a los cuatro vientos, a todo pulmón, para que no quedara nadie sin enterarse del asunto. Por supuesto, nadie le creyó hasta que lo vieron semanas después paseando de la mano con su 9


amada. ¿Cómo era posible que ese enano informe, esa garrapata chata, haya logrado levantar a esa criatura tan bella? Se preguntaban incrédulos los habituales majaderos que solían sentarse en las aceras y pasar horas averiguando la vida ajena. La envidia y maledicencia los consumía por dentro. El noviazgo apenas comenzaba, las mil y una historias le contaba Bermúdez a su princesa de veinte años, eran conversaciones de todo tipo que María escuchaba con embeleso. Le hablaba de los viajes de Vasco de Gama, Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes y toda esa pléyade de aventureros que habían salido a conquistar otros mundos. Él era un aficionado a las narraciones fabulosas y había encontrado a la persona indicada para montar su cátedra. La travesía de un viejo galeón español por las Aleutianas, un bergantín inglés cargado de tesoros hundido en el mar Caribe, una incursión de corsarios a la población de Borburata, cualquier detalle significaba para él un descubrimiento. Le entusiasmaban los relatos de piratas… él se imaginaba, mientras contaba, protagonista como si estuviera en una película. Así las cosas un día se casaron y comenzaron a tener hijos. Pasaron unas cuantas lunas, los cables del alumbrado y los techos se llenaron de tiña, el bronce de las campanas se volvió oscuro, opaco. Las lluvias cíclicas, las migraciones de las aves, los muertos en el cementerio, la molicie de los días. Ocurrió que estando María Gracia preñada del tercer hijo, el afortunado y cuasi enano Bermúdez tuvo un 10


extraño encuentro que le cambió la vida. Un lunes cuando se dirigía a su trabajo en los Telégrafos y Teléfonos de Venezuela, a plena luz del día, después de un frugal almuerzo, se le presentó como de la nada una mujer pidiéndole un favor. Se llamaba Teresa, tenía un aspecto de anciana venerable, con su cabeza cubierta de canas platinadas y una fuerza mística en la mirada. Había salido a buscar ayuda, su nieta se encontraba muy enferma y no había podido bajarle la fiebre. Estaban solas, así que él sintió que debía hacer algo por ambas, sobre todo por la menor. La bondad y el servicio formaban parte, como en la mayoría de los habitantes del pueblo, de sus cualidades. Se trataba de una familia modesta, tres miembros, de las tantas que llegaron de otras regiones huyendo de la miseria en el campo. ¿Dónde está la gente de aquí? –preguntó el telegrafista al abrirse la puerta y encontrar tanta soledad y silencio. ¡Ay, mijo!, esa es una historia muy triste, otro día le cuento –le respondió la señora Teresa. En las palabras de ella se revelaba el destino que habría de enfrentar, desde ese instante, el pequeño, el feo, el gracioso, el lírico, el cuentero… todos los hombres de Bermúdez. La enfermedad era lechina, una eruptiva que suele ser leve en los niños pero muy peligrosa en los adultos al complicarse con afecciones pulmonares. Cuando nuestro yerbatero entró a la alcoba le llamó la atención la oscuridad y el olor a jaz11


mines. No se atrevió a hacer comentarios ni abrir la ventana. Dónde estará la niña, se preguntó buscando con la vista mientras las pupilas se acostumbraban a la penumbra. La señora, delgada y algo encorvada, encendió la luz amarillenta de una lámpara de mesa. Allí estaba la enferma, envuelta en sábanas, temblando de fiebre. La anciana corrió la frazada que cubría el cuerpo y Bermúdez se quedó atónito, sorprendido. No era tan niña y tampoco entendía muy bien qué era aquello que estaba viendo. ¡Alabado sea Dios y las Tres Divinas Personas! –se dijo. Sus ojos se encontraron con los de una muchacha pálida, huesuda. Tenía las facciones de una criatura angelical, de otro mundo. Vamos a ver de qué tamaño es este mal –dijo él en un tono académico, doctoral. Mientras Bermúdez la “auscultaba” la abuela enderezaba el cuadro de José Gregorio y ordenaba el altar donde reposaban algunos santos de su devoción. La joven, llamada Caridad, había contraído el mal en una fiesta de colaboración en Las Parcelas, un barrio del oeste que luego se hizo muy popular por las migraciones extranjeras. Entre una cosa y otra, en la hornilla a kerosén, nuestro médico hizo un cocimiento con hojas, luego mezcló cenizas con aceite alcanforado y procedió a rezarle y a darle de beber la infusión. Le dejó instrucciones a la abuela para que la bañara con agua de paterratón y le untara la crema, luego se despidió prometiéndole volver en unos días. Esa semana estuvo ensimismado con 12


una lectura sobre los Tacariguas, un libro de toponimias que le había regalado su viejo amigo Idler, y otro que hablaba sobre la mediumnidad, tema que le interesaba desde que supo que se podía entablar conversación con los muertos. Aprovechó para lavar el Opel que usaba sólo los fines de semana y en ocasiones especiales. También anduvo encerrado en su mundo de códigos y signos. El día viernes –no había olvidado la cita- volvió a casa de la señora Teresa. Mantuvieron una larga conversación, él se enteró de las desgracias familiares, del hijo malvado, las penas del corazón. Caridad, bastante mejor, descansaba en el solar al lado de unas matas de guayabas. Después de culminar aquella plática que le conmovió, había demasiado dolor en esa historia, habló con la nieta convaleciente. Eso fue todo, Bermúdez se prendió de sus encantos y nunca más volvió a ser el mismo. En casa, de hablador y disposicionero, se convirtió en un hombre callado, pensativo. El dinero no le alcanzaba y a cada rato salía en el carro a hacer cualquier diligencia. La criatura con rostro de ángel se había instalado en su alma peregrina. Bermúdez, ¿qué te pasa, que te veo tan raro? –María Gracia lo había sorprendido con su pregunta. ¡Nada, mujer, qué me puede pasar! –le respondió hecho el motolito. Luego vino un pequeño interrogatorio que no pasó de algunas reconvenciones sin peso, nada que él no pudiera solventar. Su corazón, era obvio, había reci13


bido las saetas de cupido. Aquella muchacha delgada como una tabla le había llegado hondo; era quince años menor que él, de tez pálida, cabello castaño claro, ojos azules. De las serranías de Nirgua, descendiente de aquellos vasallos que se instalaron en los tiempos de la colonia. Fue que se enamoró como un muchacho, aquello no se podía creer, volvió a recitar poesías, a vestirse de blanco, a realizar cosas que tenía por olvidadas. Una de ellas, la más singular, sentarse en la plaza por las tardes. Caridad había comenzado a trabajar en la Fábrica de Trenzas, situada a media cuadra del centro cívico y religioso del pueblo. Era la oportunidad perfecta para verla después de la jornada y llevarla en el Opel a pasear por Las Quintas. Aquel encuentro había iniciado en él una suerte de renovación espiritual. En la calle, entre la gente, volvió al verbo, a la palabra que dice y que enamora. Entonces Bermúdez se levantaba más temprano, iba a los telégrafos y no perdía oportunidad para escribirle cartas. En corto tiempo y con la mayor discreción de la que era capaz, andaba de coyunda con la catira. Destinaba horas para ella los fines de semana, en los espacios vacíos después del almuerzo, multiplicaba el tiempo. Justificaba su nueva relación argumentando que el hombre era un animal social, gregario y como tal podía tener varias mujeres a su alrededor, de la misma forma que lo hacen los turcos y los árabes. También pensaba, cuando la duda asomaba su cabeza de morena en el mar de sus temores, en los mamíferos superiores. Cultivó con esmero la relación y la amistad con la anciana quien lo adoptó como a 14


su nuevo hijo. El agradecimiento por parte de ella era evidente, Bermúdez no sólo había curado eficazmente a la joven sino que su cuerpo no mostraba las cicatrices de las ronchas. Año y medio después Caridad del Carmen tuvo gemelas; habían decidido no nadar más contra la corriente interrumpiendo las pastillas anticonceptivas a los 164 años de la Independencia y 115 de la Federación. Correría con las consecuencias, ahora tenía razones de sobra para estar orgulloso, las niñas eran idénticas, las llamó María Fernanda y María Eugenia. Nunca sabía cómo identificarlas así que adoptó un método infalible, les colocó un brazalete con colores diferentes y las marcó; no obstante la madre juguetona se los cambiaba y él seguía perdido. Confundiendo el azul con el rojo. Aquello era una diversión, un entretenimiento que los unía cada vez más como pareja. La relación se hizo sólida, comprometida; mientras eso estaba ocurriendo María Gracia permanecía en la cocina, atenta a los quehaceres hogareños; entre muchachos, escobas, gallinas y ropa sucia se le iba el día, no se enteraba de lo que pasaba en el mundo. Pero nunca falta un brollero, un hablachento, un lengua larga y allá le fue con el cuento. Era un amigo de la familia, de apellido Ibarra, Machado, Oliveros, Rodríguez, Sánchez, Piñero, Querales, Pérez… tanto hijo de puta que había en ese pueblo, cualquiera pudo haber sido. María Gracia no se inmutó, guardó silencio. Ese día lo atendió como si nada hubiese ocurrido, le puso la 15


comida y su jugo de lechosa, le obsequió café y entonces le dijo en un tono… ese tono que tú sabes que detrás de la miel viene el veneno. ¡Mi amor, quieres un dulcito, un postre! Pródiga en atenciones, Bermúdez no se enteraba del volcán que estaba a punto de entrar en erupción. Amaestrado por la costumbre, el deber y la sumisión de la mujer, no imaginaba ni por un instante de lo que era capaz aquella fiera herida. Sí mi amor, dame ese dulcito –dijo totalmente desprevenido. Ella incluso le llevó un vaso con agua y un palillo para que se escarbara los dientes. Ni una pizca de amargura dejaba salir la esposa abnegada. Lo bueno estaba por venir y llegó un domingo. Esa mañana, después de asistir a misa, cosa que ella rara vez hacía, se desvió del camino habitual y tomó la calle Coromoto, como quien se dirige a Las Parcelas. Era una casa construida por El Banco Obrero, Malariología, algo así, identificada por un DDT y el número; se acercó a ésta y se asomó por el muro. Allí estaba el Opel amarillo y en la sombra debajo de unos frutales, en una hamaca tejida, yacía Bermúdez leyendo las páginas de La Razón. Cerca jugaban las niñas dentro de un corral moviendo unos sonajeros. Hizo visualmente un registro de las evidencias y se fue, muda, golpeada en lo más profundo de su ser. En la tarde cuando Bermúdez retornó a su morada encon16


tró a una extraña, otra persona. María Gracia estaba convertida en mapanare, le brillaban los ojos y había mudado la piel. Siete mordidas le lanzó en un celaje. La cándida, dulce y complaciente esposa ahora parecía estar poseída por el demonio, dispuesta a castrarlo, cortarle la yugular, arrancarle el pellejo, sacarle los ojos. Algo más de treinta días duró el responso. A ratos lloraba, enmudecía y de pronto arrancaba con la misma retahíla donde se mezclaban improperios, indignaciones, reclamos y todos los insultos posibles. Bermúdez no tenía argumentos, quiso arreglarlo con viles excusas de latonero y mecánico automotriz pero fue inútil. Estaba rodeado, debía entregarse y declararse prisionero. Intentar huir era simplemente una traición a la patria, era necesario pactar. El tiempo, alabado sea, jugó a favor de aquel triángulo. Un buen día se apareció la catira en casa de María Gracia, quien a la postre no había nacido para odiar. Borrado todo rastro de rencor de su noble corazón atendió a su rival y conoció de cerca a las gemelas. Llamó a sus cuatro varones y les presentó a las hermanitas. Cuando Bermúdez llegó del trabajo se encontró con aquel gentío. Entre el bullicio y la algarabía, esa tarde firmaron el armisticio y hubo un tratado de paz que fue sellado con vasos de tizana bien fría. ¿Qué si era feos los muchachos? ¡Ninguno!.

17


El doctor Hardac A Hilda Beatriz Cepeda “Aquí pongo mi cama y me acuesto y me doy un baño de flores…” (Ramón Palomares: Paisano)

N

o lo sé, un día me dijeron que era por la tristeza, pero no lo creí. De verdad no lo he pensado, podría ser. Lo de la infección en la garganta comenzó con el ingreso a la escuela, tal vez antes. Tendría unos seis años cuando me llevaron al dispensario. Me sentía mal, tenía fiebre, dolor en la garganta y de paso me quedaban apretados los zapatos. La enfermera, una vez que llegó mi turno, me dijo: acuéstese allí. Supongo que María la ayudó. Pude percibir desde aquella posición horizontal la ventana por donde entraba la luz de la mañana. El olor aséptico, mezcla de alcohol y antibióticos, me provocó una especie de entumecimiento. Cuando la señora de blanco depositó el agua destilada en el frasco y comenzó el proceso, 18


primero batiendo y luego con la jeringa de vidrio, las nalgas se me volvieron de piedra. ¡Afloje, afloje! –decía con su voz chillona. ¡María, dile que me la ponga con una aguja chiquita! –siempre le decía. Esa escena se repitió tantas veces que me acostumbré a vivir enfermo, con tal de no ir al dispensario. Me embargaba un terror infinito cuando la asistente decía que pasara el otro. El otro siempre era yo que estaba inmóvil, frío, mirando las paredes, el techo, todo cuanto me rodeaba. Creo que antes de entrar a la medicatura rural ya sentía un peso en el estómago y esa miserable sensación de vértigo, como si estuviera a punto de caerme. Recuerdo las sillas metálicas, grises, y los carteles impresos a colores opacos que hablaban del Ascaris Lumbricoides y de aquel gusano aplastado, asqueroso, la temible Taenia Solium. Mi padre era agente y su solitaria, enquistada por más de treinta años en sus intestinos, midió siete metros con doce centímetros. El día que la botó la casa se convirtió en un jolgorio mayúsculo. Desde el comedor hasta el inodoro del patio interior, allí la estiraron. También había un anuncio acerca de un verme amorfo y hermafrodita. Este gusano -decía el afiche- produce la bilharzia, una enfermedad espantosa que ataca al hígado y provoca una coloración amarilla en 19


la piel. Esa cosa y los temores infundados me amargarían por años la existencia. María me tomaba de la mano y me decía: no te asustes. Era inútil, siempre me aterraba. Veía su rostro, sus ojos verdes, un espejo donde se reflejaban todas las emociones. Ella tan joven y ya había parido cinco veces. El niño enfermizo era el penúltimo. Cada cierto tiempo, como esas lluvias cíclicas que suelen caer por las tardes, me enfermaba de las amígdalas y entonces me llevaba, religiosamente, al dispensario. Una vez se me clavó una espina por andar descalzo en el solar, creo que fue la primera vez que visitaba aquella medicatura. El pie se me puso rojo, tenía una ligera inflamación, el dolor me llegaba hasta la ingle. Me inyectaron y sacaron la espinita con la punta de una tijera. ¡Ay, señor!, los gritos llegaban al cielo. Desde ese día cuando escuchaba la palabra dispensario caía en un estado de pánico. Me sentía como un condenado cuando lo conducen al patíbulo, caminaba con pasos lentos y mi cuerpo pesaba una enormidad. Ahora pienso que me enfermaba más la medicina curativa. De nada servía el llanto, inventar una excusa de niño macilento, fingir un espontáneo desmayo, inexorablemente tenía que soportar aquel trágico destino. 20


¡Afloje, afloje que los hombres no lloran! –decía con su voz aguda la enfermera. Un día no lloré, decidí que no debía hacerlo. Había una niña que me miraba con ojos de pena y conmiseración. Esa mañana, de regreso, cuando entramos a la casa me sentí aliviado, una sensación de bienestar se había apoderado de mi cuerpo. Esa mirada tan humana, de apoyo, era un mar sereno que había provocado en mí una nueva y extraña sensación. Aquello duró muy poco, cuando mi padre llegó de su jornada y sacudió el sombrero polvoriento en el pilar del comedor, se enteró que estaba de nuevo con fiebre, le dijo a María en forma tajante: ¡A ese niño hay que sacarle las agallas! Apenas miró y se dirigió a su cuarto a descansar, siempre andaba así, serio. Una operación de amígdalas es cortar la carne con pinzas y luego coser con hilos. De paso inyectar anestesia allá adentro con una aguja larga. ¡Nunca!. Las palabras de mi padre, dichas de esa forma, no me gustaban para nada. Sonaban como una maldición en mi cabeza. Me golpeaban día y noche, así que opté por esconderme, no decir nada. Desde ese día pasé desapercibido. En casa nadie se enteraba de lo que hacía, dónde estaba. Parecía un fantasma, caminaba sin hacer ruido y hablaba solo. Si alguien me requería para realizar alguna tarea me refugiaba en los estudios. Encontré en los libros una razón, no hacer oficios ni mandados, no ser tomado en cuenta. Inventé una filosofía de la vida y de la muerte para cuando fuese necesario. Desnudos venimos y así abandona21


mos este mundo; órganos, apéndices, extremidades fueron creados por un dios sabio. Nada sobra en este mundo, todo encaja en un lugar y parece perfecto. Cinco dedos en cada mano, dos ojos, dos orejas, dos orificios en la nariz…fíjese usted, los panales de las abejas, la forma hexagonal de las celdas. ¿Por qué quitar algo que está allí para cumplir una función? Mi discurso era coherente y lo había preparado para la ocasión. No quería vivir la misma desagradable experiencia que mi prima Celia, le habían quitado las amígdalas y pasó ese carnaval en una cama, gimiendo, sin poder tragar. Hemos evolucionado, -continué desarrollando mi teoría- hasta llegar a ser lo que somos, seres inteligentes que pensamos, hablamos y hacemos cosas... aquí la filosofía comenzó a flaquearme. Reflexioné en lo que realmente éramos, nada normales. Cuando pensé en los enfermos y enfermedades, en los anómalos y anomalías. Me asuste, había visto muchedumbres, millares de personas por años de fiestas patronales y no me quedaba ninguna duda. Dios se había equivocado con los hombres. Abyectos, crapulosos, enanos, miserables, traidores, enclenques, cobardes, ladrones, asesinos, rufianes de todas las edades y religiones. Así que me olvidé de tanta estupidez y me dediqué a pensar en mi salud. Decidí que no me iba a enfermar más. Saldría de ese marasmo donde me encontraba y me aliviaría de una vez por todas. 22


Vivía con fiebre y no decía nada. Apocado, amarillo, triste. Me llamaban “paludismo” por mi apariencia. El sólo pensar en el hospital y los médicos me producía alergia. Celia me contó que la anestesia era local y había escuchado las tijeras cuando cortaban las protuberancias. Luego siguió hablando de las agujas cosiendo pero allí ya no le escuchaba, mi cerebro se había alejado hacia otro espacio, donde nadie podía verme, ni atraparme. A los pocos días, guiado por una natural intuición, comencé a hacer gargarismos. Lo hacía de agua tibia con sal, luego por consejos de mi abuela tomé infusiones de plantas medicinales. Estuve varias semanas haciéndolo y notando la mejoría hasta que la inflamación desapareció y no hubo más dolor, ni fiebre. La agrimonia y la cáscara de granada habían logrado lo que no pudieron los hongos del doctor Fleming. La penicilina me ayudó mucho al comienzo pero transcurrido cierto tiempo el cuerpo hizo resistencia a los antibióticos. Llegué a una conclusión firme: no había nada mejor como lo natural con sus propiedades curativas infinitas y sin esos desagradables efectos secundarios. Así, después de esa experiencia liberadora, me dio por estudiar las yerbas y profundicé tanto en ellas que comencé a recetar a los vecinos. Sin darme cuenta en dos años tenía una clientela y andaba por esos montes buscando cualquier tipo de hoja para bebedizos, lociones y cataplasmas. Venían desde las orillas 23


del lago con sus viandas, atados los zapatos a la cintura para no llenarlos de barro, a curarse cualquier dolencia: eczemas, catarros, reumatismos, cataratas, almorranas y hasta problemas del alma. Lo hacía con flores, raíces, cortezas y preparaba purgantes, expectorantes, diuréticos, estimulantes, vermicidas, laxantes, astringentes y cuando de un mal puesto se trataba, brujería que llaman, acudía a los tabacos y a las solemnes invocaciones de los espíritus. ¿Qué le parece? Fue así como después de tanta yerba me dediqué en serio a la homeopatía. De modo que al ingresar a la Escuela de Medicina ya era un curandero reconocido en la región sur del Lago de Los Tacariguas. Venían, como ya le dije, de todas partes. De La Encantada me trajeron un hombre picado por una mapanare. Con ese no pude hacer nada, le di y le puse cualquier cosa: agua sagrada, emolientes y bálsamos, raíz de túa-túa y al final le resé el padrenuestro en arameo: Abuna di bishemaya, itqaddash shemak… El pobre se murió. Cuando me lo entregaron era muy tarde, no podía respirar y la pierna parecía una mortadela, la hinchazón le llegaba a las verijas. Decepcionado estuve como dos semanas sin atender enfermos. Me sentía culpable por no haber podido salvarle. Como ironía del destino me llegó una muchacha de Güigüe que había atentado contra su vida. Tomó kerosén y la muy idiota le echó azúcar para poder pasarlo, le sabía maluco. ¿Puede usted creer eso? Lo que me provocó fue echarle una cueriza. 24


Así como le dije, comencé con mis estudios. La anatomía me gustaba, ¡hay que ver la cantidad de nombres! Era muy aventajado y creo que me tenían envidia, sabía más que todos ellos. Lo que me pasó fue una mala jugada, esas cosas que ocurren. Estaba en la mitad de la carrera haciendo unas prácticas en el Hospital Central, me asignaron la emergencia y una mañana trajeron a un señor que se estaba asfixiando. El médico de guardia no aparecía, no se encontraba a ningún carajo que autorizara el procedimiento. Viendo que aquel cristiano se estaba muriendo, cogí un bisturí y le abrí el gañote. Se salvó, pero a mí me sancionaron y después vino un paro de actividades en la universidad y luego otra vaina. Yo no le iba a suplicar a nadie y menos a unos matasanos que viven del dolor ajeno. Me salí, no volví más y me dediqué a mi oficio de curandero. Total, lo que tenía que aprender lo aprendí y muchas cosas que necesitaba saber ya las sabía. Yo era bueno alentando, lo malo fue que me dio por usar ese monte prohibido, esa yerba maldita. ¡Bueno, no tanto! Y mire usted, me trajeron a esta casa de locos y aquí estoy. Afuera, en la Colonia Psiquiátrica y Antituberculosa de Bárbula, el clima era fresco, había una temperatura de veinte grados. Ideal para echarse en la grama y ponerse a mirar el cielo, los árboles, las montañas. Al 25


frente, a cierta distancia, teníamos el cerro “El Café” con sus torres de hierro y aquella bandada de zamuros esperando las vísceras de los muertos. ¡Hardac, me tengo que ir! Doctor, no se vaya, que todavía no le he contado lo que me pasó con la bilharzia. ¡Hardac, me voy! Doctor, cuando regrese tráigame algo, cáñamo indio, para la fatiga. ¡Bueno, Hardac, pórtate bien… hasta la próxima! Sí, doctor, lo haré, no olvide cerrar la puerta. ¡Se escapan! ¿Qué vamos hacer después con tanto loco suelto?

26


El cuento del monólogo A Sol Sosa Faneites “… pero se trata de una sala llena y la comedia debe continuar…” (Gustavo Pereira: Oficio de Partir)

E

se día salimos del Teatro Baralt más temprano que de costumbre, estábamos ensayando “EL Médico a Palos” y no había razones para quedarse hasta las nueve de la noche como normalmente lo hacíamos. Afuera pasaban la puta del perro, los carritos de Bella Vista, los últimos vendedores de frutas y verduras. Blanca, que era una de las estudiantes del curso de dramaturgia en el Instituto de Cultura, también pasaba. Nos vimos y nos saludamos de manera normal, sin esa manía de darse besitos en las mejillas que años después se convertiría en una moda universal. ¡Dígame esa vaina! ¿Qué pasó? –Me preguntó al verme con el rostro descompuesto y a esa hora, apenas eran las siete de la noche, todavía estaba claro. 27


¡Nada del otro mundo! -le respondí-. Al maestro le ha dado uno de esos arranques de histeria y suspendió el ensayo. Quedamos en vernos al día siguiente. Le había prometido entregarle un monólogo para que lo leyera y en un futuro cercano, lo montara. Dirigido tal vez por cualquiera de los doctos de la escena: Pulido, Montes, Izaguirre, Perdomo, Fulcado. Había cierta efervescencia por esos días y los actores y gente de teatro de la ciudad estaban divididos. Unos apoyaban a Enrique y la profesionalización llevada a cabo por la universidad, otros estaban contra él porque les había robado un espacio que ellos consideraban de su pertenencia. Así las cosas uno se sentía a veces como cucaracha en baile de gallinas. Allí había de todo: odio, envidia, miseria, pequeñez y muchas muñecas partidas. Opté por mantenerme al margen de aquella diatriba estéril y continuar trabajando en lo que me gustaba, escribir. La poesía era una relación mágica, íntima, un estado de conciencia donde percibía al mundo de una manera distinta; estaba descubriendo en esa interacción a través de la palabra que podía trascender los límites de mi espacio físico y ahondar en los misterios del pensamiento. ¿Cómo podía ocuparme del ser o no ser del teatro universitario, del quítate tú para ponerme yo? Los alumnos que asistían al primer curso de dramaturgia en la Escuela de Teatro comenzaban a ocupar 28


parte de mi tiempo, así como aquellos muchachos del colegio “Bella Vista” a los que atendía como profesor de castellano: Gringos, japoneses, italianos, hindúes, españoles, colombianos, ingleses, canadienses... maracuchos. ¡Good Morning, teacher! –decía una de las chicas. ¡En español, jovencita! –les replicaba. ¡Eh, look at me, socket! Son of a bitch. En esa vaina se me iba la mañana. La vieja Taylor, una especie de supervisora, era una comemierda que no respetaba mi trabajo. Ella pensaba que debía colocarle buena nota a todos por ser hijos del sol, así no supieran una letra. Total, pagaban su mensualidad, que era lo importante. Había una alumna italiana muy hermosa llamada Bettina que ocupaba parte de mis sueños libidinosos. También una profesora inglesa que fumaba marihuana. Otra, cubana, que odiaba a los negros y andaba triste porque habían nacionalizado el petróleo y después el club se iba a llenar de esa chusma. ¡Así decía la miserable! Aquellos carajos hablaban en clase todos a la vez, llegaba aturdido al apartamento de Los Caobos. Sudado, arrecho y acalorado me quitaba la ropa con desespero y me duchaba. Después de un largo descanso, a las seis y media de la tarde, estaba en El Centro rumbo al teatro Baralt. ¡Blanca, nos vemos mañana! –le dije, estrechándole la mano. 29


¡Sí, mi amor! –me respondió en el mejor idioma del mundo. Esa noche del viernes me perdí con Orlando, un compañero de juergas, por “Los Países Bajos” y no pude levantarme temprano. Cuando llegué al instituto Blanca y la mayoría de los muchachos se habían retirado. Lo eché a perder –me dije. Después de unas empanadas y un café me quedé conversando con uno de los alumnos, Gustavo, quien quería ser payaso. ¡Vamos a hacer una cosa! Aquí está este material que le traje a Blanca, quiero que lo leas para saber cómo suena, medir el tiempo -le dije al “comediante”. ¡No hay problemas, profesor! –dijo y abrió la carpeta. ME CANSÉ DE SER CACHIFA. Monólogo. Para ser interpretado por Blanca Núñez, actriz. (Enriqueta, divorciada desde hace dos años, está de cumpleaños. Espera visitas para ese día. Es de mediana edad, cursilona, sin estudios superiores. Llegó a graduarse de bachiller a empujones. Cree en los artículos de revistas para mujeres, esos que aparecen en Vanidades, Cosmopolitan y etcétera. Ha sido formada para atender una casa, un marido y unos hijos... un día se cansó y tiró el gato y el balde por la ventana. Ahora está arrepentida. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. En ese dilema y entre el brollo y la melodía, discurre y transcurre la trama. Ella también es una mujer ilusionada mas no ilusionista) 30


ENRIQUETA. (OBSTINADA) ¡Es que yo no nací para ser cachifa! (se arregla el pelo frente a una peinadora con espejo grande). ¡Qué va, mi amor!... yo se lo dije muy bien. No seré una intelectual, una profesional del Derecho, como quería mi padre, pero tampoco una sirvienta, una mucama... una doméstica. Como dicen ahora en esta república... una ca-chi-fa. (Pausa) ¡ussssffff! (ese usssff debe sonar andino y cachaco) (Ahora se levanta y comienza a limpiar con un plumero. Se detiene y se acerca un poco al público. Sentada o parada, como diga el director) - Yo tenía quince años, todavía estudiaba en el Udón Pérez, cuando me hicieron la fiesta en el Club de la compañía. O sea, me celebraron los quince. (ensoñadora). Aquello fue apoteósico, hermoso, sabroso... todo lo que termine en oso (se oye en el fondo “El Danubio Azul” o “El Lago de los Cisnes”) Tocaron Los Blancos y hubo un mariachi. (Cursi) Fue espectacular, aquí tengo un lunar... maravilloso, extraordinario... me sentí como una reina... yo estaba así... como Rocío Durcal... embriagada (se ríe) ¡me encantan los mariachis!... me encanta Juan Grabiel (así como está escrito: Grabiel)... Juanga. EL ES CHEVERE. (muy cursi) la prensa no dijo nada del vestido, pero era hermoso. (toma la escoba, sube la cortina del vals y da unos pasos, gira dos o tres veces) (pausa, se detiene pensativa) ¡Que pena, en la madrugada, a eso de las cuatro estaban todos ebrios... hechos retroncos, ¡regolilla! Los pocos que quedaban 31


a esa hora, unos tirados en la grama, otros en las mesas... ese día le juré a mi madre dos cosas: primero, que nunca me casaría con un borracho, y segundo, que sería abogada de la República. (camina hacia la peinadora, se mira un rato y toma un vestido que cuelga de un gancho) Era tan lindo el vestido... nunca más tuve uno así. Ni cuando me casé. (triste) Tan buenos pretendientes que tuve... y me vine a casar con ese pichirre... con esa ladilla... con esa mala tarde (se levanta y lo imita) ¡Mirá, Enriqueta (maracucho y por la nariz) a esta camisa le falta un botón!, ¡Mirá, Enriqueta, esta comida está desabrida! (pausita) Pero era sólo por joder... la comida estaba siempre simple o salada... salaíiiisima (imitándolo otra vez) Mirá Enriqueta, por qué no hacéis callos. ¡Callos tenía yo en las manos de tanto trajín!. Enriqueta pa’ lla, Enriqueta pa’ ca, Enriqueta esto, Enriqueta lo otro. (pausa corta). ¡Veeeerrrga! ¡Me cansé!, Venancio, me cansé. (toma el cepillo y se alisa el pelo) (se queda un poco pensativa y golpea la peinadora) ¡Maldita sea Venancio la falta que me hacéis! ¡Ay, Venancio... uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde! Las abuelas son sabias... mi abuela decía: -que Dios la tenga en la gloria del cielo y el infierno- las mujeres cuando botamos a los hombres, los botamos para siempre... ¡vieja bruja! Mentirosa... uno los echa y siempre espera que regresen. ¿Mi amor qué te hace falta? ¿Dónde te pongo? Ellos están ahí, como caimán 32


en boca e caño. Esperando que uno los llame. Ellos queriendo... y uno también... ¿Quién habla primero? (pausa) (se dirige hacia la mesa donde está una torta de cumpleaños). A mí como que me cagó un pájaro agorero (ríe) Ese carajo estaba esperando que yo abriera la boca para largarse. Fue que no me dio tiempo para el arrepentimiento… salió corriendo... ¡partida! y se buscó otra... (pausa y transición a otro estado de ánimo) y precisamente hoy, después de semejante arrechera, hoy, día de mi cumpleaños me llama... me llama para felicitarme y me dice que va a venir... con un regalo... ¡Eso no se le hace a una mujer! (Se oye una canción de Rocío Durcal, de esas que hablan de abandono, mientras ella comienza a vestirse y a prepararse para las visitas) ¡Hoy vendrán las vecinas, todas son iguales, chismosas! Unas más, otras menos... chismosas y brolleras. (se vuelve hacia el espejo, se toca la cintura y se mide: 120 – 90 - 160) Cuando Venancio estaba conmigo aquí se la pasaban (imitando a las chismosas) ¡Señor Venancio, podría hacerme el favor de arreglarme la licuadora! (cambiando la voz, imitando a otra vecina chismosa) ¡Señor Venancio, el aire acondicionado! ¡Señor Venancio, la plancha se dañó!... y Venancio con aquellas ganas de plancharlas... Ahora no viene ninguna, ni siquiera a brollar... y tan sabroso que es el brollo... el brollo… ¡mal agradecidas! (se asoma a la ventana). 33


En este vecindario todas nos conocemos (se asoma a la ventana otra vez). ¡Allí está la catira oxigenada! (la imita). ¡Enriqueta, te voy a dejar a Jhony para que me lo cuidéis! (gesto y boca torcida) y la muy puta llegaba a las tres de la madrugada tocándome el timbre. Eso era precisamente lo que me molestaba, no que llegara a esa hora... no, es que se pegaba en ese maldito timbre.... rrrrriiiiiiiiiiiiinnnnnnnggg, riiiiinnnnnggggg. El timbre me sonaba adentro, en el cerebro.... dejaba de sonar y lo seguía escuchando. A mí en realidad... en realidamente, no me interesaba ni me interesa que haga de su camisa un saco y se meta en él... uf, para nada. ¡Cada quien en su templo se salva!. A veces se venía Mildred, La oxigenada; la culona Luz Divina y la coñoémadre esa que me cae tan mal, ya ni el nombre me acuerdo... cada una con sus coñitos. Eso era todo el día... ¡cuidado!, el florero, el plato, la taza, el vaso... ¡la verga! (pausa). ¡Menos mal que Venancio! -Y Dios tampoco quiso- me dio hijos. Ya estuviera loca. (pausa) Allí está mi hermana Minerva, más loca que una cabra. Está de guevito. No solamente habla sola, sino que se inventó un marido... a todo el mundo le dice que tiene un marido... ¡locarercoño!... que marido ni que ocho cuarto... la doctora Minerva… y se la pasa sacando presos de las prefecturas, matando tigres para no morirse de hambre (imitándola) No, el carro lo tengo en el taller.... el celular se me extravió en una tienda... D`ior, Carolina Herrera, Coco Chanel, Mayami... ¡de mollejón! Marañando aquí, marañando allá, pidiendo medio para completar un real. ¡Y se las da de rica!... que es lo más 34


triste. (pausa para que continúen riéndose, caminando). Yo no me las doy de nada... lo que soy es pendeja, le hice caso a Venancio. (imitando a Venancio) Te voy a dar esto, te voy a dar aquello, que si una casita en lo alto, que si el patatín, que si el patatán... no me dio nada... ni un hijo. ¡Venancio, que pichirre!. Ni un mocoso muchacho, un tripón (toma la foto de Venancio y la lanza pero con suavidad para que no se rompa). Ay, perdón Venancio, yo tampoco hice la diligencia (pausa. Continúa arreglando) A los quince no había pasado de tercer año, me vine graduando de bachiller a los veinte y por parasistema (pausa) mi madre me dijo: Enriqueta... ten cuidado con ese noviecito... mira que el diablo “tienta” (se toca el pubis) y tú tienes que continuar estudiando.... graduarte de abogada de la república... (maracucha) ¡Fijate en tu hermana! (gesto de contradicción y arrechera cada vez que la comparan). ¡Mirate en este espejo! (maracucha) no he hecho otra cosa que servirle a tu padre... y fijate, ni una dormilona, ni una flor el día de las madres, ni un dulce de hicaco el día de mi cumpleaños... ese hombre es un marrajo.... ¡Carajo, qué lengua!. Tenía razón, el diablo.... y (gesto con las manos) fue que me lo decretó. (Mira hacia arriba como queriendo decir: matrimonio y mortaja del cielo baja) Acompañar a un hombre por más de quince años, cocinarle, lavarle, plancharle, servirle como una cachifa... y cuando le dije que se fuera porque me tenía obstinada... el gran carajo se fue, se fue de 35


verdad y no volvió más. Se perdió hasta el día de hoy que me llamó por teléfono. (pausa. Piensa en él) ¡Pobrecito!, cómo estará comiendo. (Se ríe un poco para sí). ¡Cómo le gustaban las caraotas, los patacones, y el cochino frito!. Ay, madre, tú y tu sabiduría, dime qué hacer, si viene Venancio, qué le digo, qué hago... (mira el reloj de pulsera) ¿Quién llegará primero? ¿Y las vecinas?... la abuela decía: matrimonio y mortaja del cielo baja... y así como quien quiere y no quiere un día conocí a Venancio. Al comienzo era espléndido... dónde te pongo... me llevaba a discotecas... a pasear... íbamos al cine, salíamos a comer... me regalaba flores. (pausa) ¡Después!... me halaba la silla para hacerme caer. Un día se apareció con una postal, era una hermosa rosa roja. Me dijo, esta no se marchita. Y nunca más me regaló un pétalo. (se mira el cuerpo otra vez y de nuevo en el espejo, se pasa las manos por la cintura) ¡Claro, antes yo tenía otro cuerpo!. Los hombres son todos iguales (abre los ojos con desmesura) ¡Qué estupideces!... los hombres dejan a las mujeres cuando perdemos la juventud y la lozanía... y uno los bota a ellos por tres razones: por ladillas, por pichirres y por malos polvos. (pausa) Yo dejé a Venancio por las tres, pero sobre todo por ladilla (imitando a la ladilla). Enriqueta, pasame la toalla (en maracucho y por la nariz) Enriqueta los interiores, Enriqueta las medias, Enriqueta un cafecito ahí... ya no me decía el nombre...Enmmmqueta, mmqueta, mmta, eta...mmmta un vasito con agua, mmmta 36


una carnita frita. ¡Cualquier mierdita!... últimamente no quería mover un dedo... claro, yo tuve la culpa... lo sinverguencié... lo convertí en un inútil (PAUSA) ¡Bueno, ya él lo era, sólo lo reforcé! (entusiasmada) él me contaba que cuando era pequeño (hace el gesto de pequeñez con la mano), bueno, cuando niño... su madre le hacía todo... su madre o sea, mi suegra, hacía todos los oficios de la casa mientras ellos, Venancio y su hermana, veían El Chavo, siiiiiiiiii... el Chavo. Eso, eso, eso.... (gesto del Chavo con los dedos)... (suena el teléfono, es la vecina). ¡Vecina!, cómo estás.... ay, aquí, preparándome. No vayas a venir todavía.... la torta, aquí está... dile a Gertrudis, a Mildred y a María Martínez que no vengan todavía... quiero que no estén... después te cuento... sí... sí... sí... Wilhem, ay no te quiere comer. Dale cuaquer... ammmm.....mmmm... también… puede ser lombrices… mmmm dale flores de manzanilla… no te digo pazote porque eso no se consigue… cervezas, si hay... las que tu quieras... también... (se ríe) (hace el gesto con la mano de que la vecina está hablando mucho, hasta cuando).... ¡Bueno! (la corta). (Aquí la actriz puede improvisar con una retahíla de voces imitando a las vecinas chismosas: actitudes, gestos, lo que se le pueda ocurrir sobre las conversaciones que a uno no le interesan y quisiéramos terminar, desconectar) Ay, me fastidia de verdad mi vecina. La oxigenada le digo yo, la mamá de Wilhem y Yeslania... hoy me 37


ha llamado tres veces para preguntarme cualquier cosa.... a veces viene a visitarme y estoy.... planchando, cocinando, limpiando.... me ve y me pregunta... qué estás haciendo. (imitándola) ¡estás cocinando!. No, estoy... estoy... y es que me provoca decirle una grosería, pero eso no es nada... es que me cuenta algo y repite y repite como si yo no la hubiera entendido. Y llega en los momentos más inoportunos... imprudente como ella sola... no tiene medida de las cosas... cómo es posible que haya gente así... la gente siempre es la gente... la gente nunca es nada buena.... Ese Venancio, él no es que sea malo... él es más bien regular (pausa) ni bueno, ni malo... medio bueno y medio malo, es decir... más o menos. (decidida) Regular... Régulo Pachano... ¡Gran Carajo!... (asustada) Estoy hablando de Venancio. ¡Ojo!. (Enriqueta toma el delantal, hace un juego con él) (recordando a Venancio y el gesto del Chavo con los dedos) En esa pendejada se la pasaba... me lo imagino, echando vainas desde pequeño... no lavaba ni un plato... viviendo conmigo si lo hizo tres veces fue mucho... todo lo hacía yo (toma un trapo y sacude aquí y allá) (pausa larga) Cuando me casé con Venancio, creía que ese era mi deber de esposa, que era así por siempre... era la costumbre. Ser cachifa (lanza el trapo) (pausa) ¿Cuándo cambié?... no recuerdo exactamente cuando tomé la determinación, creo que fue cuando leí un artículo en la revista Cosmopolitan... Cuando digo no me siento culpable, algo así, no recuerdo muy bien... decía 38


que nosotras debíamos librarnos del yugo del matrimonio, que aquello era un martirio... que si esto y lo otro. Eso fue por el dos mil... (imitando la voz de marido) ¡Mi amor pasame las chanclas!. Llegaba de su trabajo y yo estaba en lo mío, atareada con el almuerzo, la vecina echando lengua y suena el teléfono. Y Venancio, Enriqueta una toalla, y el coñito de la vecina berreando. Emmmqueta, una toalla. El teléfono, rriiiinnnnn ¡Ya, basta, se acabó!... se acabaron los domingos con suegra, los sancochos, el dominó... me cansé de los estornudos, del salero, del jabón, de las toallas y del pasame cualquier cosa. Me cansé de ser cachifa. (pausa) (hace el sonido con la boca del teléfono y hace como si fuese Venancio quien llama) (cacofónica) Ve, Ve, Ve, Venancio (con el teléfono en la mano se desmaya, se incorpora y se queda sentada, luego se para y como recriminándose) Así me ponía yo cuando llamaba Venancio, como una quinceañera. Y después, haciendo ejercicios para que me viera (tocándose la cintura y las nalgas) para que me viera buenota (comienza a hacer ejercicios frente al espejo, uno, dos, uno, dos.... salta, hace flexiones de manera rápida y desaforada) Y uno y dos y uno y dos....y nada que venía y sonaba la corneta de un carro y salía corriendo a la ventana... tocaban a la puerta y me esnarizaba para abrir y nada que Venancio... y será que este gran carajo no va a venir nunca más... hasta el sol de hoy que me llamó, después de cuatro años. ¿Vendrá? 39


(llaman a la puerta. Tocan tres veces, ella abre y desde el público no se ve nada, sólo se oye una voz. La voz de Venancio) VOZ DE VENANCIO.- ¡Enriqueta, mi amor! (Enriqueta sale corriendo y se lanza cual larga en el sofá, desmayada. Entra un mariachi y comienza a tocar la mejor melodía relacionada con el amor y el querer, al frente el cantante. Venancio vestido elegante, diferente a los mariachis, con un ramo de rosas en la mano. Hace un gesto de halago -ofrenda- al público que comienza a aplaudir). Bueno, ese es el fin... no se me ocurrió otro; espero que a la gente le guste. Gustavo me miró y cerró la carpeta. ¿Y cuándo lo piensas montar? –dijo, sin mayor sorpresa. Cualquier día, antes de fin de año, después que pase este verguero –le respondí con desgano.

40


El huracán del olvido “Venimos desde el sur del horizonte mitad memoria apenas rastro de soledad, simple caballo herido…” (Camilo Balza Donatti: Trópicos)

P

ara llegar a Ocorote hay que pasar por Río Seco, entrando por un caserío que llaman Cabecera. Son pueblos áridos, polvorientos, eternamente abrasados por un sol que pareciera de otro mundo. Desde que uno inicia el camino percibe la sequedad, el paisaje de cardones, yabos y lagartijas que se ocultan en los barrancos tras el ruido del motor. El asfalto, el poco que hay, se ablanda y se hunde bajo el peso de los neumáticos. Produce dolor en los ojos el aire caliente, reverberante; sin embargo, hoy hace un día diferente, se observa el cielo nublado, como si un chubasco se acercara. Atrás ha quedado Urumaco, el poblado más grande de ese territorio que alguna vez fue un delta habitado por caimanes y tortugas gigantes. La exuberancia de fósiles en el lecho arenoso es una prueba de lo que allí existió. 41


Hasta hace poco, antes de la invasión de las máquinas devoradoras de dinero y la venta de triples y terminales(*), la vía era accidentada, hoy nadie la recuerda. El olvido es una enfermedad endémica de esta región. Los cauces de las quebradas uno los ve yermos, agrietados, verdaderos abismos que en los meses de agua devoran a los animales realengos. Tiempo atrás la vida era más difícil, las familias preferían hacer compras en la península, viajando en primitivas embarcaciones de canalete, que emprender la travesía hacia el sur, arriesgando el espinazo en esos vehículos rústicos que de continuo se quedaban sin gasolina. Carlos se llama mi compañero de viaje, es un comerciante de los Puertos de Altagracia, allá en la costa oriental del lago de Maracaibo. Tiene algunos años en el mundo, él dice que no envejece porque consume ostras, pescados y bebe infusiones de yerbas medicinales. Es mi amigo desde hace varias décadas, solemos alejarnos de la ciudad e internarnos en los más apartados pueblos de la provincia. La pesca, la cacería, el ocio creador es la excusa perfecta para alejarnos del bullicio, del ajetreo y el fragor de la ciudad. Por eso andamos como los exploradores, siempre listos, con los anzuelos y las redes en las alforjas. Este paisano de andanzas viaja con una maleta que parece un botiquín de primeros auxilios: pastillas para los dolores, jaleas para untarse en las coyunturas, talco alcanforado para los pies y un arsenal de gotas, parches, píldoras; cualquier cosa para alejar las dolencias del cuerpo y del alma. A nuestras edad 42


tenemos que aprovechar lo que Dios nos da y estar agradecidos, suele decirme con frecuencia. El señor Alfonso, Don Quincho, nos espera en Ocorote, en su casa de bloques levantada en una especie de risco, a trescientos metros de la playa. Las ventanas dan hacia el mar y es un viento constante que arrastra el polvo y lo deposita en todas partes. Antes era distinto, habitaban una construcción de barro y tejas mucho más fresca que ahora. El agua del mar llegaba hasta aquí mismo y no había este tierrero; uno recordaba –dice Quincho- los nombres, los días de fiesta y los de guardar; miraba el cielo y sabía cómo estaban las cosas de Dios. Continúa hablando y yo le miro las manos gruesas y ásperas por el medio siglo de trabajo duro y otros tantos de fablas y remordimientos. Él es un hombre tosco, de pocas palabras, tiene un pésimo sentido del humor; sin embargo posee un gran corazón. Anda medio enfermo y sólo escucha a los yerbateros, es enemigo de estarse recetando con médicos y esa gente en los hospitales. Disfruta de nuestra estadía y del juego, le place estar allí sentado en el corredor, mirando hacia adentro, recordando sus aventuras juveniles y escuchando esos cuentos de los demás. En momentos del dominó uno lo ve tranquilo, relajado, extraño a los trajines de la pesquería; pero no es así, es sólo una fachada. Es el doble cinco y el combustible para motores. El blanco y uno del hielo en las cavas. El cinco tres del portugués que no le quiere recibir la mercancía a tal precio. El doble seis se le confunde 43


con el desastre que producen las malditas lanchas de arrastre. ¡Ah, esa cooperativa de mierda!, no terminan de organizarse y el gobierno repartiendo plata. ¡Que lista es esa! El último tres, la ficha de perder, los animales muertos de sed en los corrales. No se puede jugar con el cerebro puesto en otras ideas. Son tantos los motivos que es una agonía sentarse a jugar con él, cualquiera pierde la concentración y se olvida de la cuenta que hay que llevar. Dando órdenes como un general en campaña nadie lo contradice y mucho menos le discute una tranca, sólo Elvis Acosta, El Perverso, que es un guasón, un mamador de gallo. Era tan malo cuando pequeño que el padrino le puso ese remoquete. A esta hora debe estar atando los anzuelos del palangre, ignorante del huracán que se avecina y amenaza desde El Caribe. A ese muchacho lo vieron crecer en el patio al lado de los chivos, caminar en la playa junto a los perros; llorar el día que se hincó con una púa de bagre. Han pasado unos cuantos años desde que se cortó con aquel cuchillo por estar distraído, ahora exhibe la cicatriz como una marca de guerra. Él es bueno con la mecánica de los motores de dos tiempos y los caballos, de eso no hay dudas. Intuitivo, sagaz, solidario es capaz de ganarse medio millón en una tarde, hacer quebrar a las bancas, y salir triunfante a gastárselo en un mabil de mala muerte, esos que abundan en las carreteras donde camioneros y lugareños contraen las enfermedades del amor pasajero, buscando fantasías detrás de un culo exuberante. Su padre vende galletas y golosinas, también atiende un garito en la orilla de la 44


playa. En ese rincón del mundo, lejos de los vaivenes del mercado y de las voces infamantes de la televisión, nos sumergimos en ácidas botellas y en los relatos de los pescadores. El día que arribamos tenían un alboroto por lo del huracán. Desde la capitanía de puerto habían anunciado una tormenta tropical y se corría el rumor acerca de los efectos devastadores: fuertes vientos podían llegar a la costa de Río Seco, Ocorote, Codore y otros poblados de la zona. No se hablaba de otra cosa, especulaban diciendo que el agua entraría a las casas y barrería debajo de las camas, que la inundación sería de proporciones bíblicas. La mitad de los pobladores había iniciado un éxodo el día anterior y en casa del señor Alfonso parecía que se estaban preparando para el fin del mundo. Encerraron gallinas y cerdos en los corrales y tomaron otras previsiones para el inminente desastre. Era una movilización organizada en la víspera al segundo diluvio universal. Cuando llegamos nos recibieron los hijos del patriarca y los parientes que se aglomeraron alrededor del rústico. Escuchamos la voz del capitán López, un amigo de la familia que viene por temporadas y pasa días en la casita donde guardan las redes y utensilios para la pesquería. Desde una silla de cuero observa, habla y pregunta. ¿Cómo estuvo el viaje? -dijo rumiando un pedazo de conserva, algo dulce. 45


Creí que no íbamos a poder llegar. –le respondí-. Nos atrapó un chaparrón, parecía el diablo bajando desde el cielo. Ese es el huracán que anda cerca, viene por aquí –dijo López señalando con el dedo los siete grados de desviación hacia el Este-. He visto esas tormentas en la mar, no hay nada más terrorífico. Se levantan paredes de agua y uno siente que la embarcación es una botella plástica al capricho de las olas. Apenas habíamos tomado la carretera y unos nubarrones oscuros comenzaron a aglomerarse. Era una formación con apariencia extraña que se levantaba cerca de nuestras cabezas. La brisa fría comenzó a soplar y en pocos minutos unas gotas estaban cayendo como piedras en el parabrisas. De pronto la lluvia se hizo implacable, no me atrevía a detenerme por temor a quedar atrapado de este lado del río, como ya nos había pasado en una oportunidad. Pensaba en la crecida, en el lodazal, en el improvisado puente que es arrastrado casi todos los años. Esta es una lluvia pasajera –le dije a Carlos para que no se preocupara. ¡Mmmmm! –dejó salir un mugido que decía cualquier cosa parecida a un sí incrédulo En media hora, tal vez menos, llegamos –le dije. ¡Si Dios quiere y María Santísima! –exclamó. 46


En pocos minutos cruzábamos una batea con el chocolate a tres cuartas de altura, por los bajíos se veía el agua rompiendo palos y bramando como un animal infernal. Esa corriente llega hasta la playa y le da ese color tan particular al mar en esta zona. ¡Dale rápido, que nos arrastra! –dijo y me miró con los ojos desorbitados. ¡Vergación! –fue lo único que atiné a decir. Aceleré el motor, le di lo más rápido que pude, pasamos por huecos, zanjas y el barro allí, parejo y salpicando. En el horizonte estaba el mar, esperándonos. Después de tres canciones y una parada en la bodega de Jerónimo Lugo, dos palabras con Antonio Quintero, el artesano; llegamos sin problema, con un clima fresco. Apenas unas chispitas habían caído en Ocorote, se sentía la brisa suave y el cielo estaba limpio, de un azul intenso. Aquí llovió ayer, –dijo el capitán- hoy ha estado así, que quiere y no quiere, la gente sólo habla del huracán con nombre de mujer. Después de sacar el último bulto nos sentamos en el corredor de la casa. Había miedo en el pueblo, decenas de familias se habían marchado hacia los pueblos serranos: Pedregal, Urumaco, Dabajuro. Huyendo de la arremetida del mar, ese mar que había estado en ellos como una sombra perenne. Desde el promontorio la península de Paraguaná se pierde en una bru47


ma y la refinería de petróleo apenas se observa. Uno se queda pensando en esas lejanías donde Aruba y Curazao son más que nombres en el mapa. Holanda, Inglaterra, Francia y España luchando por este territorio, se repartieron las islas y allí quedó ese arco iris. Aquí abajo está la taguara, cerca de la hondonada por donde todo el mundo pasa, lugar de concentración de los desperdicios; nunca se había visto tanto papel, tantos envases, tanta mierda junta. Esa misma mañana, luego de una corta conversa, el señor Alfonso se marchó contrariado, le acompañaba su esposa y media docena de nietos, iban hacia Urumaco para la casa de un compadre. Tomó provisiones y envió un mensajero para que lo esperaran en la plaza. Le ayudamos con los peroles y prometió volver para el fin de semana. Luego de su partida decidimos hacer un plan, teníamos que inventar algo para no aburrirnos. No se podía pescar ni hacer ninguna labor. La energía eléctrica que en tiempos normales se corta, en temporada de lluvias y huracanes es una tragedia. Sin radio y televisión decidimos pasar por el garito, las cervezas en las cavas todavía permanecían frías. ¡Brinda la casa! -dijo El Perverso. Mire, compadre, ¿usted sabe qué es arrecho?, estar tres días en el mar, con la lancha volteada, esperando que te vengan a rescatar. Me pasó, tenía las uñas ensangrentadas y con restos de pintura y madera incrustados de tanto arañar. Quien hablaba era un pescador muy joven, moreno, 48


aceitunado. Relataba con vehemencia. Lo imaginaba con los ojos extraviados, en aquellos momentos de angustia, tratando de asirse al lomo de la pequeña embarcación, temblando de frío, esperando la muerte, devorado por los tiburones. El cuento me produjo una fuerte impresión. Comencé a hacerle preguntas y él, entusiasmado, recordando el episodio, me dio detalles de aquella desventura. Al final fue rescatado por un barco peñero que pasaba por allí a veinte millas náuticas de la playa de Río Seco. Debió haber sido duro, a la semana estaba de nuevo tirando redes. Eso no es nada comparado con lo que nos pasó en el lago –dijo otro pescador- nos atracaron los piratas. Lancha, motor, redes, nos quitaron todo. Al verle el gesto y la tranquilidad al hablar del episodio pensé que era una invención para congraciarse con los visitantes. No es raro que suelan contar vivencias de otros, lo que resulta válido a la hora de entretener, es parte de esa gran imaginación. Compadre, eso era para no estar aquí, en este mundo. Nos dijeron: al agua o los matamos. Y nos apuntaban con una escopeta, recortada. Nos tiramos en plena oscuridad, estuvimos como cuatro horas nadando, ayudándonos para no ahogarnos, un rato braceando y otro descansando hasta que dimos con la orilla. La conversación se estaba poniendo más interesante. El Perverso con un radio de baterías se apoyaba, ha49


bía ganado en tres carreras y seguía brindando. Tenía su logística para casos de emergencia. Le metió cincuenta mil al favorito, en la quinta, con Tovar. ¡Esta no se pierde! –gritó Elvis. La verdad es que por estos lugares rara vez pasa algo –dijo Ruperto, otro pescador de Ocorote. En más de diez años que llevaba visitando el caserío nunca había observado nada extraño, excepto la noche que caminábamos hacia las casimbas y vimos lo que ellos mientan “La Bola de Fuego”. Nadie supo explicarnos con palabras precisas la aparición, nos quedó la curiosidad y ciento de preguntas que espero, algún día, tengan respuesta para tranquilidad de nuestras conciencias. Ruperto también es aficionado a los caballos, es una enciclopedia de datos pero apuesta muy poco. Sirvió en el ejército, estaba en la capital cuando bajaron los cerros, el estallido social que después llamaron el Caracazo. De golpe nos levantaron y nos enviaron a la calle a echar plomo. Recuerdo que el pelotón recibió órdenes y disparamos más de veinte veces. Eso fue una mortandad, caían como conejos. Llegó un momento en que me cansé de ver tantos muertos. Me dio náuseas y me quedé tranquilo. Eso era un olor a pólvora por todas partes, hasta que nuestro comandante nos dijo: ¡Paren, esto no sirve así! Había dejado de disparar hacía rato. Aquello fue una monstruosidad y nadie ha pagado por esos muertos 50


No quise preguntar detalles ni hablar más, sólo imaginar los cuerpos amontonados en una zanja improvisada que después llamarían La Peste, me produjo una mudez repentina. Hoy nadie comenta eso, lo han olvidado. No hubo más cuentos, acaso una sugerencia para algún reportaje histórico. Me abstraje un rato con la promesa de unas mujeres que venían de la península hasta que me dio sueño de tanta cerveza y me fui a dormir. Al día siguiente me levanté muy temprano, las personas que se habían quedado en el caserío esperaban la tormenta tropical. Imaginaba el mar arrasando con todo, sin embargo la intuición me decía que nada de eso ocurriría. Bebí café y me senté a presenciar la salida del sol desde lo alto. Extraordinaria sensación de libertad cuando estás en esa posición. En la distancia las lanchas pintadas con diversos colores parecían juguetes, ancladas más allá de la orilla, moviéndose con el oleaje. En menos de una hora el viento comenzó a soplar más fuerte y vino la arena. No se puede hablar porque los dientes y las muelas se llenan de pequeños fragmentos. Hay que cerrar puertas y ventanas, tapar todo orificio, evitar ese fastidioso polvo milenario. Ese es el huracán del olvido, se lo lleva todo –dijo el capitán López desde su silla de cuero. Ya no pensaba en los muertos, sólo en las mujeres, las que venían de Paraguaná. (*) Venta de lotería ilegal

51


La modelo (1) A Hegel Rivero

O

currió que una mañana llegué a Paraguaipoa, vísperas al día de San José, quería ver al amigo Tomás. Él es una persona mayor que me enseña la lengua nativa y tiene a su cargo varios animales y unas matas de coco. Era propietario de un camión y lo perdió, ahora anda con una carretilla haciendo diligencias. Entre una palabra y otra, escuchando y aprendiendo, tápülii, auyaca, me ha dicho que desea que le bautice una niña. Hace dos años me la ofreció para que fuera su padrino, la pequeña está creciendo y aún no ha recibido el sacramento, siempre se interpone un obstáculo, un escollo. ¡Compadre, cuándo hacemos el bautizo! –me pregunta. Pronto Tomás, en cualquier momento –le respondo. Cuando no es la pesca, es una partida de dominó, un frasco con Eguito en la playa, cualquier vaina. En52


tonces me pierdo dos, tres meses y luego regreso a buscar ovejo, pescado, a disfrutar del mar y llevarme algunas imágenes. Eventualmente ando en otra cosa distinta a esos menesteres de la liturgia, cualquiera diría que soy un hereje y lo hago a propósito. Ha habido momentos en que siento pena con Tomás y me escondo para no verlo; él no es nada pendejo y se entera que he estado en el pueblo, mira hacia el suelo y sacude su cabeza de león herido. ¿Y no preguntó por la ahijada? –le dice a los vecinos. No, Tomás. Así como vino, así se fue, no dijo nada –le responde un paisano. Tomás se entristece de ver que su compadre no cumple la promesa. Un día llegué dispuesto, bastaba ponernos de acuerdo con los gastos. Me lo encontré en la plaza, fuimos hasta un cuchitril por allá en unos médanos para tratar el asunto. El Club de Los Tigritos, le dicen. En el sitio vendían licor y había un equipo de sonido con música estridente. No me gustó nada el ambiente, había un hombre tirado en un catre, otro llorando al lado de la música y varios gritando sobre una mesa tratando de comunicarse. En aquel rancho el calor era inclemente y el hedor de los borrachos insoportable. Debo confesar que a veces me atrae lo sórdido, lo que golpea la vista y el espíritu; así que desembolsé la cámara y me preparé para tomar unas fotografías cuando de pronto apareció una bandada de muchachos. Todos querían ser retratados y son53


reían como si de una piñata con caramelos se tratara. Ven tú, le dije a una niña espigada que no disimulaba su alegría. Tenía el pelo largo y cierto brillo en los labios, sombra de color en los párpados y algo de colorete en las mejillas. La blusa, descotada y entallada al cuerpo, era de una tela sintética, estampada con tirantes que dejaban al descubierto los hombros y la espalda. Creo que andaba luciéndole a uno de los presentes, o tal vez le dijeron que se vistiera así para atraer a los clientes. ¿Quién sabe? Me sorprendió ver que debajo de la prenda comenzaban a brotarle unos botoncitos en el pecho, sentí un extraño estremecimiento. ¡Qué horror! -me dije- sólo es una púber, es muy probable que aún no se haya desarrollado. Caminamos buscando la sombra y el verdor de los árboles para tener un fondo natural. No era la primera vez que tomaba imágenes de estos parajes, la península es agreste, seca y arenosa pero tiene su encanto. Los rostros curtidos de las mujeres en el mercado, los hombres con sus atuendos, los animales con sus adornos. Se trataba de ir más allá de lo visible. Tomás dice que soy un centinela, un observador. Ese alijuna curioso que anda detrás de una imagen. Entonces le dije párate por aquí y la coloqué al lado de un uvero de playa. No necesité darle mayores indicaciones, de manera espontánea comenzó a posar y entreabría la boca como las profesionales que buscan el efecto sensual, seductor. Dejaba la mirada perdida, una mano en la cadera y la otra tendida. Cruzaba sus piernas, busca54


ba otras posturas, parecía una chica de las revistas de moda. Fueron varias las fotos, tres en la arena, otras en el muro, las piedras, el tronco seco. Cuando pensé que ya era suficiente con ella y otras niñas pedían también ser fotografiadas, me dijo en forma callada, como en un secreto de confesión, que quería ser modelo. Después soltó una hermosa y tierna sonrisa. Estaba conmocionado, aquella niña de rostro angelical tenía un verdadero potencial. Le dije que llevaría las copias a una agencia de publicidad, a una academia de belleza y estilo, de seguro alguien se interesaría por ella. A los días de aquel episodio leí en la prensa local que Patricia Velásquez, la actriz e imagen de Intercable venía a inaugurar un preescolar a nombre de la fundación Wayúu Taya para ayudar a los niños de la Guajira. Esta es la oportunidad, me dije, le hago una entrevista, hablo de la niña, ambas tienen sangre autóctona, no creo que le niegue a esta muchacha esa posibilidad. Quien sabe si con el tiempo se convierta en esa gran profesional, soñar es parte de esto que llamamos vida. Yo sería por supuesto su descubridor y su representante. El día del encuentro junto a las arenas la madre se me acercó, la noté un tanto nerviosa, me pidió que ayudara a Grace. Me dijo que quería sacarla, el sitio no se prestaba para tener a una niña tan delicada, intuí que corría peligro, era necesario hacer algo. El riesgo estaba latente, pensé en el padrastro, en los hombres 55


crapulosos capaces de arrastrarla una de esas noches hacia el monte y violarla. Este pensamiento me inquietó, me dejó una larva en el corazón. Me retiré con la promesa de volver. Tomas y yo nos fuimos, habíamos aplacado la sed. Esa tarde nos recostamos en unos chinchorros y estuvimos hablando largo rato de cualquier cosa. El clima ya no era el mismo, antes hacía menos calor, ahora sopla por temporadas y los zancudos son cada día más. El agua de coco refresca y si le agregamos alguna bebida espirituosa la sensación es mejor, el compadre lo sabe, por eso guarda fermentaciones para sus amistades. Al poco rato estábamos alegres y cantando, pero no era suficiente, así que anocheciendo nos levantamos y después de acicalarnos nos fuimos hacia “El Toro Sentado”. La naturaleza humana es así, vive del placer, nos gusta la diversión, la fiesta, el jolgorio. Se trataba de dar unas vueltas, entrar a algún sitio, engullir algo y continuar bebiendo. Eguito, el poeta del pueblo, no aparecía por ninguna parte. Cuando pasábamos por la plaza nos conseguimos con una tarima, arreglaban el sonido y había mucha gente por los alrededores. Los días previos al de San José son festivos y organizan eventos, vienen vallenateros de Río Hacha, futbolistas de Maicao, y grupos de danzas folklóricas de la Costa Colombiana. Andábamos en eso, mirando, cuando se nos acercaron las niñas Grace, Yhajaira, Jayariyú y una primita del sector. Todas estudiaban sexto grado en el mismo colegio, eran amigas y com56


pañeras. Me rodearon como si yo fuese un promotor de reinas y en mí estaba el destino de estas principiantes. ¿Qué podía decirles en ese instante a estas niñas? La situación era un tanto incómoda, vestidas como muchachas de quince, con atuendos que mostraban el cuerpo, las piernas, el vientre. No sé qué era lo que corría por mis venas pero sentía una atracción extraña. Los efluvios, los perfumes, la tersura de esas pieles y la forma de hablarme. Algo me estaba pasando y era superior a cualquier consideración de tipo moral. Entonces se me ocurrió mirarla, poner los ojos en ella, en Grace. ¡Ay, diosito! Un remolino de emociones y sensaciones me atrapó, sentí que el miembro, el amado apéndice, se iba abultando lentamente. ¿Puede ser esto posible, en qué lugar de la conciencia habita esta reacción, acaso se trata de una conducta meramente animal? Me hice ciento de preguntas, fue una lucha interna entre las caras de esa moneda tantas veces lanzada, pensaba si era normal lo que me estaba ocurriendo, la mezcla de erotismo y ese lejano pero certero sentimiento de prohibición y culpabilidad. No creo que en ese momento estaba para dar respuestas, los alcoholes y el ambiente me habían desinhibido y todo mi cuerpo, incluyendo mi espíritu desobediente e impúdico, andaba más cerca de la concupiscencia que de la virtud y santidad. El corazón me palpitaba y la sangre fluía como un río embravecido. La niña no apartaba los ojos de mí y seguía hablando. Yo no oía, 57


no coordinaba, estaba aturdido por la música y por todo aquello que estaba emergiendo… se me acercó, yo estaba sentado, miré sus pequeños senos tan cerca, casi podía rozarlos con la boca, tensos, punzando hacia fuera, en aquella blusa descotada. Con una fuerza de voluntad sobrehumana me sacudí y salí de aquel cerco, busqué a Tomás y nos perdimos en el tumulto. Esa noche perdí la conciencia y no supe cuando me quedé dormido. Pasaron tres días de fiesta, barbudo y maltrecho regresé a Maracaibo, a mi oficio en el periódico. Revelé y copié las fotografías, hice una selección de las mejores y las organicé en un álbum, estuve esa semana pensando en Grace. No podía creer la hermosura de la niña, el color de miel en los ojos, su rostro sensual, su cabellera negra. De tan sólo doce años me había llevado a un mundo de energías desconocidas, atávicas, donde duerme el instinto primitivo. Allí no había tiempo, racionalidad, ni edades; aquello era una corriente desbordada arrastrándolo todo a su paso. Me había escrito su nombre en un papelito que guardé en la cartera, lo leí cien veces, era una letra torpe, de trazo irregular, nervioso. Hablo con Patricia Velásquez, le entrego los datos, las fotos, me comunico con la madre, arreglo una cita y cerramos una especie de contrato. Me convierto en su apoderado y cuando sea una mujer adulta, quizas… el ensueño me hacía pensar más allá de toda lógica, en lo imposible. ¿O tal vez no era tan descabellado, por qué no podía ser posible? La llevaría a 58


una academia, allí le enseñarían el arte del modelaje, la harían caminar por pasarelas, la ilustrarían. Cómo sentarse, moverse, reírse y actuar en las multitudes, la formarían como ciudadana del mundo y del espectáculo. Grace, diga conmigo, hace calor en Maracaibo. Diga, rápido corren los carros cargados de mierda. Ella con sus dientes casi de leche y su lengua pequeña, balbucearía al comienzo, luego, segura de la situación hilaría un discurso sobre los pueblos indígenas y se ganaría el corazón del público. Hace calor… rápido corren los carros… bueno ser modelo me gusta. Yo adoro la ropa, la televisión, los viajes –diría ella, tímida, a media voz. Las labores en la prensa, el tráfago y los amigos me absorbieron; pasó la inauguración del jardín de infancia Tepichi Talashi en el municipio Mara y caí en una especie de letargo. Transcurrieron tres meses, un día se me ocurrió volver, ya casi había olvidado el asunto de la niña, aquello había sido una trampa de la imaginación. Cuando el hombre llega a la edad de la andropausia se le expande la inventiva, además de la próstata, comienza a tener sueños libidinosos con ninfas y vestales. Compadre, usted recuerda la muchachita de las fotografías, aquella flaquita que quería ser modelo, la hijastra de Carlos -dijo Tomás. 59


¡Claro, qué pasó con ella! –le respondí. Se fue con un tipo –dijo secamente. Allí comprendí que no era un problema de edad si no de peso. En el fondo del solar, en el rancho donde vendían cervezas, en un colchón derruido la acostó el borracho, le quitó la ropa con brusquedad y comenzó a besarla, luego le abrió las piernas. Apenas emitió un gemido de gata cuando el aberrado la penetró con frenética lujuria. Ella quiso gritar, llorar, pero no pudo. El cuerpo ancho y pesado de aquel hombre sobre su débil humanidad apenas le permitió respirar, después sintió que desfallecía. ¿Hacemos el bautizo, compadre? –me preguntó Tomás. ¡Cuando tú digas, viejo zorro! –le respondí. Hoy es hoy y necesito vivir. Encendí un cigarrillo y dejé volar la imaginación hacia donde llaman Epitsü.

60


El número “…A los tres días volvió a adivinar. Para no dejar, le dio el número al gerente…” (Juan Villoro: La Alcoba Dormida)

492 357 816

C

uando Miguel Reyes me habló de la masonería y el ocultismo, me entusiasmé abriendo como un desesperado “El Libro Negro” de La Ferriere. Hacía muy poco me habían jubilado, necesitaba ocupar el tiempo en algo. Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses. El ensueño, el sueño y el éxtasis son las tres puertas abiertas al más allá, de dónde nos viene la ciencia del alma y el arte de la adivinación. La evolución es la ley de la vida. El número es la ley del universo. La unidad es la ley de Dios. Después me interesé por el Apocalipsis, no sé qué extraña conexión había en todo aquello, sería tal vez el deseo recóndito de hurgar en las miserias humanas: “vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave 61


del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y satanás, y lo ató por mil años. Y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañara más a las naciones, hasta que fueren cumplidos dos mil años; -aquí pensé en el enfermo de la Casa Blanca- y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo”. ¡Lo que viene es verga! Años antes, cuando aún no había empezado a trabajar en el Ministerio, le decía a los amigos: El diablo anda conmigo, soy su hijo. Tengo un pacto y él me facilita mujeres que voy convirtiendo en esclavas dóciles. Sumaba adeptos y aunque no era más que una broma, observé que algunos me miraban con obsesiva envidia y otros con miedo. Después entré en un viaje por tren que tardó veinticinco años, en lo que no hice otra cosa que mirar a través de la ventana. En esa larga ensoñación me sumergí en el océano de las cosas simples, del trabajo a la casa, del baño a la cocina, del espejo a la cama, del cansancio de la semana a la diversión de los sábados. Rara vez rompí aquella rutina que se fue convirtiendo en costumbre. Luego vino la esperada desincorporación en el trabajo y mi vida cambió, no sabía qué hacer con el tiempo. Me levantaba de madrugada, a la misma hora de siempre y salía a la calle. Me quedaba como un estúpido mirando los autos pasar. No se me ocurría, en mi cerebro de empleado, hacer otra cosa. Compraba el periódico y pasaba parte de la mañana leyendo hasta los anuncios clasificados; 62


luego saltaba hacia la televisión y al cabo de un rato me aburría viendo aquellos programas espantosos. Fue por esos días cuando me tropecé con Miguel, un tipo tranquilo. Nos parecemos en algunas cosas. Él colecciona carritos, cajetillas de fósforos, estampillas. Yo en cambio me aficioné a las monedas y a las botellas de cervezas. En estos momentos me ocupo de números, sólo que de una manera distinta a como lo hacía antes. Me fastidié de anotar ingresos y egresos, de llevar en libros el haber y el deber. Deberíamos coleccionar dinero. ¿No te parece? Es una magnífica idea, pero sería más bien acumular en vez de coleccionar –le respondí sin mayor emoción. ¡Es cierto! –no dijo más nada. Miguel se quedó mirando hacia el techo. Algo se había encendido en su cerebro insular que lo había dejado mudo y pensativo. Después de unos minutos, habló en forma expresiva, con un brillo extraño en los ojos. Podemos comenzar dándole un batacazo a la banca. ¿Cuál banca? –le respondí. La de los caballos, ellos manejan semanalmente una millonada –me dijo un tanto emocionado. 63


No seas iluso, tú crees que si eso fuera tan fácil habría esa cantidad de gente pidiendo en las calles. Además, si tuviéramos que estudiar todos los factores de las carreras, en los días de apuestas en Santa Rita, Valencia y Caracas tendríamos que hacerlo de martes a domingo sobre un total aproximado de trescientos ochenta y cinco caballos. No nos alcanzaría el tiempo para revisar todos los datos en el momento de apostar: Jinete, peso, preparador, puesto de partida, carreras anteriores, tiempo, orden de llegada, peso del ejemplar... sin hablar del propietario, edad, padres y abuelos y etcétera. Con todo eso hay que tomar en cuenta algo que escapa a las computadoras y a la ley de probabilidades: la trampa ¡Bueno! -dijo sin inmutarse- entonces nos vamos con los terminales y los triples de las loterías. ¡Que no se hable más del asunto! Fue entonces cuando me acerqué de otra manera a los benditos números. Gracias a Miguel y guiado por ese sentimiento de curiosidad. Seguiría los pasos de los apostadores de oficio que con tanta frecuencia y premura lo hacen al mediodía, en la tarde y hasta en la noche. Empecé a consultar, se trataba de escarbar en el misterio que encerraban las cifras, lejos de lo académico, de la tradición formal. Coloqué en una balanza la paradoja del hombre: el deseo existencial de acercamiento hacia el espíritu, y la necesidad animal por la materia. Como era de esperarse ganó aquello que tenía mayor peso. Me quedó un sabor amargo, a pesar de lo dulce, así son los edulcorantes. 64


Sabía en lo más profundo, en el tallo del encéfalo, donde habita nuestro pasado reptil, que no debía ser de esa forma. Una serpiente es un animal repugnante y sin embargo, por simbología, representa la inteligencia. Nadie puede ser absolutamente espíritu o materia, ambos se necesitan y conjugan. Allí estaban las lecciones orientales, para qué entonces la mónada china, El Tao. Entregado a la dualidad me inicié en el vicio de los números, sabía de sus significados a través de los sueños. El caballo es el doce y representa los signos del zodíaco, los meses del año -por el calendario gregoriano- y los apóstoles; pero entonces descubrí que la menstruación se presenta cada veintiocho días, que es el tiempo que tarda la luna en recorrer su ciclo y que multiplicado por los meses Mayas nos da el número de días del año. Y un año es el lapso que tarda la tierra en darle una vuelta al sol. El calendario era exacto. Comprobé por esta vía la relación de los números con el cosmos, con el universo. Me adentré más y anduve investigando en la maraña de las combinaciones. Leibnis, uno de los mayores genios de la humanidad había descubierto el cálculo diferencial, y por allí me acerqué: variaciones, permutaciones, combinaciones; me enredé la existencia con los naturales, pues al llegar a los complejos sabía que no podría seguir avanzando. Hice un esfuerzo y lo logré, el ser humano tiene la particularidad de ir siempre hacia delante. Estaba convencido de ello, en algún remoto 65


paraje del conocimiento la vida tendría una sorpresa para mí. Aquella escondida idea del tesoro, del cofre guardado, tenía la fuerza necesaria para guiarme en la oscuridad. Advertí que una sutil y delgada luz parecía brillar al final de un túnel. Llegué a las proporciones. Los genios del renacimiento italiano habían hecho de este aspecto matemático un soporte extraordinario para la pintura y la arquitectura. Miguel Ángel, el gran maestro de la Capilla Sixtina, la Piedad y el David las había utilizado en sus elaboraciones. Una de ellas fue para describir la belleza del cuerpo humano y tenía que ver con los pitagóricos. Eran las medidas de los dioses, pensaban los Médicis. Sin embargo, como dijo el predicador, todo es vanidad. Esto ya estaba fuera de mi alcance, me concreté a lo más cercano, el humilde cálculo que estaba haciendo para pegarle a las loterías. Me entendería con el mundo de los triples y terminales de las regionales y con las proporciones de mi mujer. Permutaba por aquí, jugaba con los signos del zodíaco por allá y el resultado siempre era el mismo. Las contradicciones no me dejaban en paz, apostaba de manera compulsiva y no ocurría lo esperado. Al medio día intentaba con los datos de la radio, en la noche con las predicciones del soviético, el Zar de los números, y las caricaturas de la prensa. Jugaba On Line, en los kioscos de Helímenas, Anselmo, Quintero, Popeye y nada. Pura pérdida. Llegué a una infeliz conclusión: no servía para los números. ¡Qué decepción! Me mantuve alejado 66


unos días, pero eso es como dejar el café, muy difícil. Al mes estaba de nuevo buscando datos, sólo que en esta oportunidad lo intentaría con una estrategia distinta, un método sencillo: Anotaría los números y ensayaría por la ley de probabilidades. Apuntaría las cifras por día, semana, mes y año de las siete loterías que existían en el país. De seguro esta actividad me mantendría ocupado y eliminaría de mi vida el vacío producido por la jubilación. En poco tiempo el libro de los números, como le llamé, se convirtió en un tesoro de información. Los vecinos y amigos me buscaban y solícito, diligente como me habían enseñado los maestros de la primaria, los asistía en lo que podía. ¿Cuál cree usted que saldrá para hoy, señor Antonio? –indagaban. El setenta y cuatro está caliente, lo pueden acompañar con el treinta cinco –les respondía con toda la paciencia del mundo. ¡Ah, pero para cuál lotería! –insistían. ¡Ahí está el detalle! –les respondía-. Sí lo supiera no estuviera aquí como un insecto. Creen ustedes que adivinar es así de fácil. No, eso lleva años de estudio y mucha meditación. Sin embargo, parece mentira, ellos ganaban y yo perdía. Guardaba el libro con celo debajo del colchón. A veces cerraba los ojos y tenía visiones: venía una 67


espada, un dado, una estrella; pero se me atravesaba un demonio y perdía el triple. Advertí que el cuarenta y ocho no había salido, por decir algo, en tres semanas. Lo jugaba por tres días seguidos, y ¡pum!, el bendito número salía justo cuando lo soltaba. Esto es bueno, me decía, sin perder el ánimo. Me estoy acercando, no puedo abandonar la esperanza. Pero muy en el fondo sabía que estaba haciendo el papel de pendejo, me había convertido en el hazmerreír de la cuadra. Cuando se acercó mi cumpleaños, Miguel me dijo: juégate tu edad. Y así ocurrió. Llegado el día le metí diez mil al 054, para Zulia a las doce, A y B, me tapé con los terminales de quinientos. Salió tal cual lo había imaginado, ese mismo día, para Táchira. Esa semana se repitió tres veces, incluso para Oriente. Estaba convertido en una fiera, no me podían hablar, me olvidé hasta de cortarme las uñas. Qué es lo que ocurre con el azar, será que es una cuestión de probabilidades, será que de verdad existe la suerte. Me encerré por un tiempo. Seguía leyendo la ciencia de los antiguos, acerca de los griegos y los caldeos. La pura luz astral no aparece más que en el alto éxtasis. En la clarividencia está lo que busco, es un estado que difiere tanto del sueño como de la vigilia. Quien la practica posee una memoria más precisa, una imaginación más viva y una inteligencia más despierta. Es un sentido del alma que se ha desarrollado... el vidente ve en el pensamiento de los que asisten a la experiencia paranor68


mal, a través de las paredes, penetra a centenares de leguas en interiores donde nunca ha estado y en la vida íntima de gente que no conocía. Sus ojos están cerrados y no puede ver nada, pero su espíritu mira más lejos y mejor que sus ojos abiertos, y parece viajar libremente en el espacio. Debo hacer algo, trascender. Allí se presentaba delante de mí esa montaña inexpugnable, luchar con la fuerza interior y con la voluntad que nos fue otorgada era mi destino. Cuando más ascendemos en la serie de los organismos, más se desarrolla en nosotros esa energía polarizada que nos habita, la sensibilidad se convierte en instinto, el instinto en inteligencia. Y a medida que se sube, la antorcha vacilante de la conciencia, esta alma infinita, se vuelve más independiente del cuerpo, capaz de llevar una existencia menos turbia, un tanto más libre. Después de aquel encierro voluntario un día me vino una extraña lucidez, salté de alegría. Para salvarme de la desesperanza, de aquel abismo que me aguardaba, consulté a uno de los maestros del azar, al demiurgo de las cifras y las necesidades. Le envié un e-mail a Hermes Ramírez, el iluminado; hramirez@ la-cadena.com A los tres días no sólo recibí respuesta, sino que mi carta apareció publicada en la sección de la revista dominical de Últimas Noticias. Me dijo que tenía una pava rayada y que debía limpiarme, me recetó unos baños con cariaquito y de paso debía encender unas velas amarillas en un plato con sal marina. De 69


mi parte, recé una oración, un regalo de la señora Eufrasia, quien había trabajado conmigo en las oficinas llevando y trayendo. Salud, dinero y amor, felicidad ansiada por todos; siempre te tengo en mi mente. ¡Oh Don Juan de la Buena Suerte!, te hago esta invocación para que me ayudes. Tú que has protegido al apostador necesitado, que pobre y desamparado siempre de ti se ha confiado. Amén. Había una nota final en el carné que decía: se recomienda usar la piedra del zamuro. Salí a la calle convencido, de seguro iba a ganar en la próxima jugada y le compré un boleto de lotería al Instituto de Beneficencia Pública y Bienestar Social del estado Táchira, que reparte millones. Esperé el domingo con ansiedad, mientras, comencé a planificar lo que haría con el dinero. Para celebrar invité a unos amigos, busqué abundante licor, dos cajas de güisqui de doce años y varias gaveras de cervezas. Le ofrecí un carro último modelo –de paquete- y el apartamento a mi hijo mayor si se casaba con la negrita. A los demás les abriría una cuenta con diez millones a cada uno, para que resolvieran sus vidas. Una casita en Los Andes, una granja en Santa Cruz de Mara, y un negocio de pulilavado para las necesidades mensuales. Lo cierto fue que repartí como quinientos millones y todavía me quedaba el 75% del premio. Había para todos y todas, y así como algo comienza, igual termina. La fiesta culminó en la madrugada, comieron hasta el hartazgo. Al carnicero de la esquina le compré a crédito como cuarenta kilos de carne, entre lomo de 70


aguja, pollo y chorizos. ¡Servilletas! Aquí están. ¡El baño! a la izquierda finalizando el pasillo. ¡Un cigarro! No fumo, chúpense el dedo… Les coloqué la música que me pidieron, no hubo uno que no fue complacido, hasta un horrible “reguetón” me lo hicieron poner cien veces. Pero entre la materia y el espíritu existe un puente: los símbolos. Un número puede ser la señal que nos acerque al cielo o al infierno. Al día siguiente la cruel realidad, pegué trece de quince y –pagaban veinte bolívares- el efecto fue inmediato. Abatimiento. En aquel estado me encontró mi mujer, caminado de un lado a otro, hablándole a las paredes, como un desquiciado. ¿Qué te pasa? –me preguntó asombrada. ¡Nada! –le respondí con desgano-. Debo continuar trabajando con los números, encontrar la clave, la salvación, la tablita, la tablita.

71


El escritor A Victoria Martínez “ … Después de todo, el escritor a menudo hace ronchas, tal como el rascar, y por si ello fuera poco no son raros los escritores que gozan rascándose…” (Renato Rodríguez: Quanos)

A

los treinta años, apreciado profesor, decidí volver, quería ser escritor y para ello me había matriculado en la Universidad. Era un verdadero desafío cambiar el periodismo, que era mi desempeño, por la literatura: un sueño enquistado en el alma años atrás. Vale decir que nunca me gradué de comunicador y comencé a trabajar en medios como reportero gráfico, manejaba lo relacionado con el oficio pero sin título. En ese momento pensaba y estaba seguro de mis capacidades para la realización de empresas. Convertirme en letrado era una de ellas y se elevaba ante mis ojos como esa montaña para ser escalada. Sabía que lo podía lograr gracias a los folletos de crecimiento personal y a los métodos para aprender 72


cualquier cosa que andaban vendiendo por docenas en los semáforos de la ciudad. No hallé contradicción entre una carrera y otra, escritores excepcionales habían pasado por esa experiencia y alcanzaron nombradía. Allí estaban las figuras de aliento, modelos para imitar en la historia contemporánea. Una vez inscrito y estimulado por los consejos de los docentes Arenas y Capiello, adquirí en cómodas cuotas un ordenador. La nueva tecnología había llegado, ya no usaría más la vieja Olivetti, ni malgastaría hojas y correctores de pincel. El diccionario incorporado me ahorraría un tiempo valioso con sólo mover el ratón, los problemas que solía tener con ciertas letras y producen constantes gazapos, sería un asunto menor, sin importancia. Hasta la redacción estaba calculada por la magia de Microsoft, faltaba el talento y de eso me había ocupado al adquirir, a través de un amigo anticuario, el libro de Brun-Ros: CÓMO LLEGAR A SER ESCRITOR, curso práctico en 30 lecciones, corregido por Oscar Iriarte y Samaniego, Académico de la Lengua. ¡Una pelusa! En poco tiempo, con algo de ejercicio, estaría ingresando al mundo de la literatura. Sabía que ese oficio estaba destinado para mí, ningún obstáculo se impondría, de eso no cabía la menor duda. La única fuente efectiva y auténtica que tiene el poder para guiarte y protegerte está en tu propia mente, tú eres el creador de tu camino. Allí estaba yo, abierto al misterio, decidido a lograrlo. Esta motivación comenzó hace unos años atrás cuando un cristiano me dijo que tenía pasta para ser escritor, “deberías cultivarte”. Esas pala73


bras, dichas con sinceridad, se quedaron grabadas en una parte del cerebro y ahora estaban aflorando. Después de la computadora, los textos de auto-ayuda, los consejos de los profesores sólo me quedaba sentarme a escribir y eso fue lo que hice. ¿Y qué escribo? Esa noche estuve sentado frente al monitor y no se me ocurrió nada, algunas ideas estériles, al final me sentí desolado. Después de esa lamentable experiencia reflexioné sobre la importancia de la tecnología, creí conveniente familiarizarme con el teclado y el uso de los programas: EL Office y sus derivados: Excel, Power Point y una larga cadena de herramientas, instrumentos y tablas que me salvarían de la improductividad. Se trataba entonces de manejar el Word y educar la voluntad, trabajar con ahínco y ser perseverante, como decía el mentalista, astrólogo, metafísico y fundador de la Hermandad Cósmica Internacional, José Farías. Por otro lado recordaba el método práctico y las treinta lecciones y me aquietaba, sabía que más temprano que tarde me llegaría la inspiración, algo sencillo. El primer día de clases de literatura venezolana fue un interrogatorio, preguntó el profesor de dónde veníamos, luego debíamos nombrar a los escritores paradigmáticos de nuestros estados. Los de Falcón hablaron de Elías David Curiel, los de Lara de Egidio Montesinos y los del Zulia lo hicieron sobre Udón Pérez, José Ramón Yépez… y así se fue tejiendo una 74


red de próceres literarios, de siluetas ilustres. ¿No hay nadie que represente al centro del país? Todos se miraban las caras, levanté la mano, al instante no sabía qué decir hasta que me vino el nombre de Enrique Bernardo Núñez y por ahí me fui, comencé a nombrar liceos, escuelas, avenidas: Fermín Toro, Pedro Gual, Cecilio Acosta, Martín J. Sanabria. Luego de finalizada aquella clase me reuní en el cafetín con Isabel, una compañera que me hizo algunos comentarios. Perdido, extraviado de información, ella apareció en el justo momento. Lo primero que hicimos fue buscar la antología de costumbristas de Mariano Picón Salas, allí estaban las claves para entender la literatura venezolana desde sus inicios. En la biblioteca nos esperaban los textos y los personajes para estudiar y aprender si queríamos aprobar las otras asignaturas. El Cid Campeador, El Arcipreste de Hita, El Quijote de la Mancha, El Siglo de Oro Español, la Novela Picaresca; afortunadamente el nuevo pensum no contemplaba las lenguas muertas: el latín y el griego. Las modificaciones al plan de estudios, con la renovación académica, las habían convertido en cosa del pasado. En la página cuarenta y ocho de la antología leí lo que es un periódico, y luego los escritores y el vulgo, de Rafael María Baralt. Disfruté la forma arcaica, el estilo prosopopéyico, luego le dije a mi compañera que si este consagrado académico viviera en esta época, tal vez sería un insigne fascista. Ella que era de Las 75


Veritas y defensora de la zulianidad me miró con un aire de desprecio. Lo entendí y no quise alargarme en comentarios, no quería perder su amistad, tendría de ahora en adelante que cuidar las palabras. En la clase siguiente decidí hablar poco y no emitir opiniones que hirieran susceptibilidades. No se debe nombrar la soga en casa del ahorcado, me dije. Los días transcurrían y me iba familiarizando con la computadora, comencé a escribir mis primeros textos. Sin darme cuenta imitaba a los criollistas, a los modernistas, a los positivistas hasta que fui aligerando el trazo, y como dicen los artistas plásticos, tomé posesión de un lenguaje propio. Sería dentro de poco y si ese mismo espíritu de trabajo me acompañaba, el escritor de la parroquia, el príncipe de las letras de San Jacinto. Un día, relajado de tensiones, me pregunté si valía la pena todo cuanto estaba realizando. Por unos instantes dudé y sentí cierto desasosiego pero como el movimiento es constante y las mareas suben y bajan en la tarde me sentí menos aprehensivo. Debía continuar con el proyecto, me dije, y hasta me recriminé por semejante postura, por no ser total y decididamente coherente con el acuerdo establecido conmigo. Reconozco que ese primer semestre fue duro, no obstante logré vencer las dificultades; mi amiga Isabel me daba aliento y colaboraba en todo lo que podía. Habiendo tomado confianza y en posesión del nuevo terreno, fértil, abundante, me sentí seguro. Lo que vino después fue un dejarse llevar por el río de 76


los acontecimientos, un cumplir con las obligaciones y trabajar. Sin darme cuenta, al detenerme a revisar los hechos, andaba por el octavo semestre de la carrera, había escrito en la Compaq Deskpro varios libros de cuentos y poesía, y lo más importante, iniciado la novela que esperaba publicar con la graduación. Sería un tributo a la universidad y al compromiso que había adquirido con Isabel aquella tarde maravillosa cuando leímos a los costumbristas. Recibiría el título y de inmediato publicaría la novela. Así pensaba, sería una gran celebración, matar dos pájaros de un tiro. Por esos días un amigo me convenció para que ingresara a la autopista de la información. La tecnología siempre fue una maravilla, ahora significaba mucho para mí que venía del oscurantismo de los aparatos mecánicos y análogos. ¡Tienes que meterte!, sólo te hace falta un servidor –me dijo. ¿Cómo es eso? –le pregunté pensando que pronto estaría conversando con los salvadores de focas del Canadá, los escaladores chinos del Himalaya, los reductores de cabeza del Amazonas, los comedores de hongos del Páramo de la Culata. Eso es como pelar una mandarina, mueve el mause –me dijo y se echó a reír. Comencé como cibernauta robándome la señal. Algo me decía en mi interior que aquello no podía funcionar tan fácil. La cuenta telefónica la pagaría un 77


pendejo a quien, haciendo nosotros un mal uso del sistema, le estábamos usando la tarjeta de crédito. ¿Cómo lo hacían?, hasta el sol de hoy no he sabido cómo. Ellos eran unos hacker, yo apenas un aprendiz de brujo. Esa mala jugada apenas duró dos meses, no sirvió para nada. Casi siempre estábamos sin señal, la maraña no caminaba. Si quería tener acceso a la Internet tenía que pagar y eso fue lo hice. ¡Craso error! A la semana los muchachos me tenían hastiado con los videojuegos, la música y el bochinche, ahora se la pasaban chateando. Al comienzo era entretenido, lo admito, pero cuando llegó la primera factura, después de la legalización del cable y el servidor, pegué un grito al cielo. Esto hay que controlarlo. Hice un consejo familiar y advertí sobre el mal uso de la tecnología, pero ya el mal estaba hecho. En la Escuela de Letras las cosas estaban aburridas, los paros se sucedían de manera cíclica y los profesores no iban, y cuando asistían no daban clases. Nos estábamos acostumbrando a una abulia generalizada, a un dejarse llevar por esa corriente turbia que apenas aclara los quince y los últimos de cada mes. De todas maneras estaba culminando, así que aceleré la marcha y contra viento y marea me propuse cerrar ese ciclo, terminar la novela. Aquel manual me había servido más de lo imaginado, ahora pensaba en el editor, los derechos de autor; además del lanzamiento, la publicidad y el prospecto. Hice un plan para que la distribución llegase a los municipios foráneos, quería ser reconocido por lo menos en San Cruz de 78


Mara; algo más allá del circuito universitario, donde los libros suelen quedarse en las cajas de la editorial y en las exposiciones de pasillos. Ya no me preocupaba la morfosintaxis, la semiología, la gramática; los malabarismos del lenguaje eran un asunto concluido. Los estetas de la lengua solían tener razón pero yo quería ir hacia otros mundos; hurgar en la antropología de las palabras, en el alma de esa gente que nombraba objetos y cosas para asirse a la vida. Mi novela era distinta, no empezaba: “Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barrancas…” tampoco: “Tres gaviotas giran sobre las cajas rotas, las cáscaras de naranja, los repollos podridos que flotan entre los tablones astillados de la valla. Las olas verdes…” mucho menos ese: “Hoy te vi y te hablé por vez primera. En mi ser experimenté una conmoción sísmica… las losas de mi corazón se abrieron y mi propia naturaleza me pareció ajena…”. Cómo podría yo decir con mis palabras esto: “Hoy ha muerto mamá. O quizá fue ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo…”. En fin, mi novela estaba almacenada en una carpeta con el nombre “Los Hijos del Sol”, comenzaba diciendo: “La luz, a esa hora de la mañana, chocaba con el blanco tiza de las paredes”. Asir es una palabra hermosa, significa tomar, coger, aferrarse a una idea. Lo dice el diccionario y el manual que no se equivoca, todo está allí en treinta lecciones para ser aprendidas. Un día encendí el aparato para darle una revisión final al texto, antes abrí el 79


correo electrónico y encontré un mensaje que decía: I love you. ¡Eso es conmigo! Nada ocurre por azar, las cosas de la vida obedecen a la ley de causa y efecto, también a otras que rigen el universo y de las cuales no podemos escapar. Fue tan simple, aquel amor hizo desaparecer la información de la computadora, se evaporó de manera súbita lo que había en el disco duro. Uno de idiota, creyendo en idilios cibernéticos, lo escruta y se encuentra con semejante atrocidad. Un virus encapsulado en el romántico e-mail destruyó los poemas, los ensayos, los cuentos y la novela que me iba a ser famoso en San Jacinto. Apenas quedó un pulsor latiendo y este desconcierto que me devora el hígado, del latín ficatum, profesor. ¡Qué me voy a estar graduando!

80


El artista “…Todos vendrán por la misma calle orgullosos de su rincón del mundo” (Carlos Alberto Ochoa: Apuntes de la Costa)

E

n el Bartolo había un recorte de periódico con la fotografía de Eva Schömberg pegada en la pared detrás del mostrador. Toda su hermosura estaba allí, intacta. Había sido becada para estudiar en Europa, decía la reseña. A un lado, en el mismo pedazo, el Obispo de la Arquidiócesis. Aquella imagen me hizo volver al pasado. Arbeláez era el primero de la lista y su apariencia de niño no dejaba de ser una ventaja para él. Pequeño, flaco y con una sonrisa constante terminó por convertirse en objeto apreciable de las muchachas que lo asumieron como la mascota del grupo. Fácil a los antojos, ligero de conversación y, sobre todo, inofensivo. Ellas no sospecharían un ápice sobre alguna intención malsana de Abel, que así le decíamos. 81


En los primeros días el maestro Castillo, quien ya era considerado un emblema en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas “Arturo Michelena”, nos colocó en el salón principal del segundo piso, cada uno frente a un caballete, para que dibujáramos al carboncillo naturalezas muertas: frutas y flores de plástico, botellas, jarrones... y aquellas telas con sus arrugas que tanto significaban para él. Nos divertíamos ejercitándonos de esta manera mientras escuchábamos, muy suave, el sonido de un piano que venía desde algún lugar: Chopin, List, Mozart, Beethoven. Sobre pliegos de papel nos dedicábamos a la tarea de dibujar volúmenes, destacar sombras, trazar líneas, buscar la claridad. Sin el valor del blanco, decía el maestro, no es posible alcanzar nada. La luz, hablaba escudriñando en su cabeza despeinada, fue la obsesión de grandes artistas. Ella permite llegar al objeto de una manera real y poder ir mucho más allá. Cuando parecía que nos estábamos durmiendo con su charla, pasando a las pinceladas del aburrimiento, que si Reverón se volvió loco tratando de atraparla, saltaba con una anécdota graciosa y producía la distensión de los maxilares. La academia era silenciosa, estaba ubicada en la parroquia más callada y tranquila de la ciudad, de modo que a eso de las cuatro uno podía percibir el más pequeño ruido, incluso las voces de mando de la instructora de ballet, al otro lado del muro. Entonces, otra vez el piano y las partituras de las más hermosas composiciones de los clásicos. 82


En aquel estado de relajación y sublime fantasía uno se perdía, en minutos navegábamos por los mares más lejanos y extraños de la imaginación. Así estuvimos varias semanas, soltando la mano, hasta que pasamos con el profesor Guevara, mucho más joven que el otro maestro. Nos dio una charla acerca del arte y en una oportunidad, ayudado con un proyector de diapositivas, nos habló de los impresionistas. ¡Qué maravilla! Allí se inició un cambio. Él sembró en nosotros una semilla que en corto tiempo comenzó a germinar. Un día estábamos en el Louvre de París, otro en El Prado de Madrid. Tenía una memoria envidiable y una manera afable y entretenida de hilar las palabras. Nosotros, todos ávidos de conocimiento, le preguntábamos y él se sentía complacido, nos recreaba, se convirtió en un guía. Abel descuidó los ejercicios al carboncillo y se dedicó a revisar y leer revistas, folletos, libros de la biblioteca. Cada día que pasaba el macilento iba aumentando la información acerca del arte, con frecuencia nos decía que los disidentes no eran todos, y nos quedábamos sin entender. Nos contó la historia de un pintor holandés que se había cortado una oreja y que en su vida el desgraciado apenas había vendido un cuadro y terminó suicidándose en una buhardilla. Que si el muralismo mejicano no era más que realismo populista; que si Pascual Navarro fue un dandy fuera de época. Abel terminó fanfarroneando, repitiendo y copiando hasta los gestos del profesor Guevara que a veces se encerraba 83


a pintar, por horas, en su taller cercano a la Escuela. Había viajado y conocía algunos museos, por eso hablaba con tanta seguridad y apoyaba sus entretenidas conversaciones con imágenes. Las paredes de su covacha estaban tapizadas de fotografías y afiches de exposiciones, de espectáculos de cine y teatro. En aquel espacio se respiraba un aire cosmopolita, se sentía la presencia del universalismo que brota de aquellas personas de espíritus libres. Ansiosos, esperábamos el momento de la invitación al sagrado aposento donde sólo podían entrar los alumnos que habían demostrado verdadero interés por el arte. Claro, sabíamos que Abel, convertido en un ratón de biblioteca, sería el primero y eso de alguna manera nos mortificaba. El era un adulador, un despreciable gusano, una lagartija servil, insoportable. Las muchachas le apoyaban y se comportaban peores que él, pero en ellas eso constituía una conducta normal. Desde los primeros años de escolaridad, uno mira y las recuerda, siempre estuvieron al lado de esa persona que se monta en la cátedra, detrás del escritorio. Acariciándole el pelo a la maestra, tocándole la pintura de las uñas; ensimismadas admirándole la indumentaria. Entonces venía lo vergonzoso, ¡mire señorita, aquí le envía mi madre! Le entregaban dulces, empanadas, arepas rellenas, cualquier cosa que fuera deliciosa al paladar. ¡Abel, eres un miserable, te vamos a partir la boca! Le decíamos. Él se hacía el artista plástico y nosotros que ya no éramos los de antes lo mirábamos con desprecio. 84


Pero ocurrió que un día llegó una muchacha alta, delgada y con un rostro muy dulce, no era una cosa exuberante, más bien magra de carnes, algo huesuda pero armoniosamente distribuida. Al poco tiempo se convirtió en modelo. Tendría unos diecisiete años y a pesar de su aparente inocencia se desvestía con una rapidez y una naturalidad increíbles. ¡Prejuiciosos, pueblerinos, vulgares! Nos llamó Abel cuando nos quedamos estupefactos mirándola en toda su desnudez. Tenía razón, para nosotros era un acontecimiento único. Abel tenía cuatro hermanas, estaba cansado de mirar mujeres desnudas en su casa, en revistas y en el estudio del maestro Guevara. Sus formas suaves, el cabello castaño claro, su rostro firme. Era de verdad una muchacha hermosa sin caer en exageraciones. Me enamoré de Eva, igual supongo ocurrió con los demás. Abel fue el único que no mostró mayor interés por ella; pero a los pocos días eran amigos. Ese miserable tenía la inteligencia que ninguno de nosotros poseía. Aquello se estaba convirtiendo en un desafío. Nos dio por seguirla a todos lados y Eva se mostraba siempre igual: fría, hierática, inalcanzable. La vida es una caja de sorpresas. Un día Abel inició una serie de dibujos a partir de unas lecturas que hablaban de demonios. Entre esos aquelarres, aquellos bestiarios y un sin número de figuras infernales; él, que era una especie de ángel, luminoso, puro, sacó su lado oscuro y le dio rienda suelta al espíritu. Aquello fue un verdadero acontecimiento hasta tal punto que 85


logró conquistar algunos adeptos de la otra acera. Nos vimos envueltos de pronto en un frenesí y en pocas semanas éramos una cofradía de adoradores del diablo. Pensábamos en la llegada del anticristo y nos hicimos de una colección de libros infernales donde destacábamos a Rimbaud, Baudelaire y el Conde de Lautremont con sus Cantos de Maldoror. Queríamos ser la generación maldita de la Arturo Michelena y en ese afán comenzamos a realizar acciones para darnos a conocer. El sexo estaba de por medio en aquellos dibujos donde mostrábamos a las vírgenes en las formas más sacrílegas, hasta tal punto que la dirección nos llamó y nos amenazaron con expulsarnos si exponíamos aquellas figuras dantescas, más bien pornográficas. Abel habló por todos, se expresó con gran propiedad, defendió la tesis de la libertad de pensamiento y creación, dijo que Goya había dibujado a los seres más abyectos de la tierra en sus grabados y pinturas, y que por eso no había sido expulsado de ninguna parte. El jefe le argumentó algunas verdades sobre la moral, las buenas costumbres hasta que la conversación entre ambos se convirtió en una tragicomedia que trascendió las paredes de la institución. Hubo el enfrentamiento, la paralización de actividades. Nunca antes había ocurrido un hecho de esta naturaleza en la institución, daba como pena ver la cara de preocupación del director. Hasta decidimos bañar con sangre una réplica de metro y medio de la estatua de la Libertad, que estaba por allí en una de 86


esas plazas, para decirle NO al genocidio en Vietnam. Nos sentíamos victoriosos, aunque muy en el fondo yo sabía que aquello no era más que una pendejada de nuestra parte. Ir contra lo establecido era como nadar contra la corriente, no íbamos a modificar el mundo del arte con nuestra insignificante protesta. Aún así, me interesaba la posición, tal vez porque siempre quise romper las cadenas de la autoridad. ¡Todos tenemos derecho a disentir! Escribíamos en las paredes. Entonces Eva apareció de nuevo con una idea que nos sacudió y nos devolvió a nuestra confortable manera de ver las cosas, ese espacio de vida donde nada pierdes porque nada arriesgas. Fue como una bofetada a esa pacata manera de pensar. Nos pidió que nos desnudáramos todos frente a la institución y exhibiéramos los dibujos. No pudimos, el maldito pudor nos inmovilizó, y quien tomó la decisión fue Abel, que era de verdad un adelantado. Ambos hicieron su performance, se pintaron el cuerpo con acrílicos y la pareja de estudiantes salió en las páginas de la prensa. Fueron becados por la gobernación. Después del ruido se disolvió la sociedad y cada quien tomó su camino, los más acérrimos defensores de la inteligencia continuaron en el arte, unos en la pintura, otros en la escultura. Algunos se convirtieron en actores, titiriteros, escritores y se hundieron en la vorágine de los subsidios culturales. Tiempo después el escritor y periodista Luís Augusto Núñez, quien también fue un contestatario en su 87


época, mucho más moralista y circunspecta que ésta, me confesó en El Bartolo, entre sorbos de anís, mientras miraba la foto del recorte de periódico pegada arriba en la pared detrás del mostrador, que era cierto, que él le había agarrado el culo al obispo.

88


El voyerista Del alba vengo ungido por la gracia de un ángel…” (José Joaquín Burgos: Poemas)

D

e tanto mirar mujeres desnudas Arnulfo se enfermó. Eso fue lo que dijo el comisario Pablo Campos cuando se lo llevó preso aquella tarde de noviembre. Justo en ese momento estábamos jugando fútbol. Vimos pasar la comitiva. En la noche ya se sabía quien le abría huecos a los bajareques para fisgonear y luego entregarse a la solitaria rutina de la masturbación. Tenían un alboroto allá afuera. ¡Por qué tienes que hacer eso, con tantas burras que hay en esos montarales, no te da pena!. Arnulfo bajaba la cabeza y se quedaba mudo con su cara de estúpido. Una especie de sonrisa salía de su boca y esto le despertaba la ira a la abuela. Ella le observaba un rato y luego le nacían, desde el fondo de las vísceras, unos deseos mudos de morderlo, de ahorcarlo con 89


las manos. Pero hasta allí, no era capaz de castigarlo. Sin embargo varias muchachas querían asesinarlo. María Felicia, la última en ser acosada por el vago, deseaba cortarle la cabeza y freírla en aceite. No era para menos, media docena de pantaletas había perdido en menos de un mes, desaparecían de las cuerdas del solar. El infeliz luego de satisfacer sus pasiones se las llevaba ocultas en los bolsillos del pantalón y las exhibía en la plaza como trofeos. Esa extraña fijación, como dijo después un estudiante de medicina de apellido Ortega, le había venido por haberse criado en un burdel y desde chiquito estuvo viendo tetas, nalgas, vientres, chochos. Envuelto en ese vaho de perfumes y sudores ancestrales, su diminuta masa gris no tuvo otro aprendizaje. Ese, el lóbulo izquierdo, el del pensamiento lógico, donde descansan los conocimientos y la racionalidad, se quedó dormido en un sueño libidinoso. Todas las putas lo besaban, lo acariciaban, lo estrujaban. ¿Para quién es eso? Le preguntaban al tiempo que le daban besitos y le hundían la nariz en las verijas. A ellas les gustaba el olor a colonia y a talco que despedía de las mochilitas. ¿Para quién es? Y se lo tocaban, una y otra vez y no dejaban de festejar hasta que la pinguita levantaba la cabeza como un tierno pájaro. ¡Aaaayyy, mira que lindo! Chillaban todas al unísono. Según Ortega, de aquel pueblo de viejas chismosas y sapos de la Seguridad Nacional, repleto de botiquines, galleras y prostíbulos no podía salir nada bueno. Qué se podía esperar de ese ballet rosado donde iban 90


los zagaletones a buscar diversiones. El sacerdote del pueblo en el sermón de un domingo de aquellos habló largo sobre el asunto. La juventud de este pueblo, que antes era tan sano, ahora está perdida. Desde que establecieron ese club social, un antro de perdición, sólo hay malas noticias y hasta hemos salido en la prensa. ¡Es una vergüenza, un escándalo! Siete mariposas, aquí están en la foto del periódico y sus nombres. BROTE DE VENEREA EN FLOR AMARTILLA. A veintiséis puntos, en negritas, ocho columnas, en Bodoni de viejo estilo. Mayúsculas. ¿Qué otro ejemplo tuvo? -culminó Ortega. Mirándome a la cara con sus lentes de médico cirujano recién graduado. Ninguno, pudo haber sido ladrón. –le respondí secamente. ¡O marico! –me dijo y se echó a reír. El inútil buscaba afanosamente satisfacer la curiosidad que le despertaba la desnudez femenina, por eso cuando llegó a la escuela primaria, se hizo famoso por los espejitos en los zapatos. Se los colocaba en el empeine y con disimulo acercaba el pie justo en el centro, a medio metro debajo de la falda y se emocionaba viendo todo lo que podía. Luego vino el frenesí por mirar a las muchachas en los baños. Era adolescente para ese tiempo. Se metía en los escondrijos más difíciles, se aplastaba como un 91


gusano y reptaba para no ser visto. Siempre lograba un agujero y por allí metía su ojo, desabotonaba la bragueta y se tocaba el glande con ostensible lascivia mientras continuaba dibujando en su mente nalgas y vulvas. Su boca se aflojaba y comenzaba a segregar saliva. Lo hacía como un ritual, aquella realidad que estaba frente a él era una emanación de su conciencia, de modo que podía tenerla todas las veces que quisiera. Como un maestro religioso en la más profunda santidad, en aquel viaje interior, buscaba los besos de las más jóvenes, abría los labios, respiraba hondo y un temblor se apoderaba de él. Luego, con el calor de su corazón, negaba todo ruido y recorría como un peregrino, el camino hacía el orgasmo, hacia la elevación. Era un sátiro, su obsesión iba en aumento mientras le crecía el tamaño de la verga. Ya para ese tiempo, cuando fue apresado por la comisión tenía más de quince años, había dejado la escuela y no se le conocía oficio. La abuela lo defendía, decía que se la pasaba atrapando pájaros por los patios, saltando empalizadas, tumbando frutas; pero la verdad era que se iba con una revista pornográfica, de edición extranjera, se acostaba debajo de una mata de mango y allí se le iban las horas, con la mano izquierda, la derecha, hasta con frascos de aceitunas. Se excitaba con las modelos morenas de pelo largo, nalgas redondas y senos pequeños; las blancas de ojos achinados, las rubias, las mulatas, con todas. No tenía una predilec92


ción, era un animal insaciable que bebía del néctar de la devoción. Ese muchacho es un zángano, sentenció Pablo Campos, cuando lo tuvo esa tarde en la comisaría. Decían que se complacía con baba de becerro para que le creciera el miembro; y su mejor actuación era sacárselo en los baños del club y golpear el lavamanos con la cabeza hinchada y dura. ¡Te doy diez bolívares y te lo sacas! Le decían los latoneros, los mecánicos del taller de Eugenio Pérez. En verdad uno lo veía como un muchacho inocente, hasta pendejo que hacía alardes de su naturaleza; una morcilla de jeme y cuatro dedos de largo que solía blandir cuando orinaba, procurando siempre que lo vieran las muchachas sin distingo de edad, color, religión. Más de uno quería imitarlo. Y se colocaban plátanos en el interior. Pensaban que teniendo un tamaño prominente conquistarían a las muchachas. Que las dimensiones considerables era el mejor signo de hombría y masculinidad. Supimos que algunos se iban a las haciendas a masturbarse con conchas de ocumo, a punzarse con aguijones de abejas y untarse aceite caliente para obtener jerarquía. Que se colocaban cualquier cosa cuando bailaban en las fiestas montadas por Alfredo Flores los fines de semana. Contaban, además, que estaba protegido por el clérigo italiano que lo había metido en el templo unas semanas a ejercer de monaguillo. ¿Quién de los dos? Arnulfo, bautizado en la Santa Iglesia Parroquial, era 93


un mirón sin escrúpulos que debía ser castrado, decían sus detractoras. Quienes más lo odiaban y detestaban eran las muchachas de la fábrica de trenzas, sus víctimas. La mayoría de ellas vivía en Las Parcelas. Allí, entre las últimas calles y el monte, pasaba su tiempo el desviado. No hacía nada con animales como solían hacerlo el resto de los muchachos normales. El era distinto, aquel voyerista gozaba viendo revistas prohibidas. Por las noches se asomaba a cualquier ventana o abría boquetes en las paredes de barro. En más de una ocasión, atrapado por una fuerte ansiedad, se introdujo con sigilo en alcobas, haciéndose pasar por un seretón y permaneció inmóvil hasta que le crecieron las uñas. ¿Qué fue lo que hiciste muchacho, que esas mujeres allá afuera te quieren linchar? –le preguntó Pablo, esperando una respuesta tal vez más clara a la imagen turbia de cretino que exhibía cuando le hablaban. Las voces llegaban como piedras al interior de la oficina. Arnulfo explicó, con lujo de detalles, cómo lo hacía. El comisario cerró los ojos, se inclinó sobre la silla y comenzó a ver las imágenes de aquella película libidinosa. A su lado estaba la comitiva sentada en sillas metálicas que escuchaba el relato con una mezcla de risa y estupor. Él miraba, fijaba su atención en los senos, después recorría el cuerpo desnudo y se instalaba en las piernas. Las tocaba con ternura, muy suave, luego pasaba su lengua. En ese instante era libre, podía hacer lo 94


que quisiera. Se imaginaba envolviéndola con aceites olorosos. Con los dedos la acariciaba y percibía como la muchacha dejaba salir por su boca entreabierta y tibia un jadeo de gozo. Para ese momento su pinga comenzaba a expandirse, a hincharse. Se palpaba, apretaba la cabeza y sentía una corriente tensa que se apoderaba de su cuerpo. No necesitaba seguir mirándola, ya la había atrapado, la tenía toda para él en su mente. Se estrujaba una y otra vez y la verga se le iba calentando. Justo allí en el susurro, en el sudor, en la tensión de los músculos cuando no se percibe ningún pensamiento extraño, cercano a esa muerte chiquita, su mano derecha se acoplaba como una vulva húmeda. Allí se entregaba a la masturbación hasta que casi exhausto alcanzaba el éxtasis, el orgasmo y la eyaculación. No sé qué tanto de verdad y qué tanto de ficción había en todo aquello, lo cierto fue que muchos años después me encontré en un congreso con Ortega. Allí coincidimos en una mesa de trabajo y en un aparte me dijo que él había decidido estudiar psiquiatría y especializarse en sexología por la vida conservadora y a la vez depravada del pueblo. ¿Y eso por qué? -le pregunté como quien se hace el desentendido por una respuesta que se conoce de antemano. Tú recuerdas a las muchachas de la fábrica de trenzas y la cantidad de vagos que se reunían en la plaza para verlas pasar y decirles bolserías. No has olvida95


do a la secretaría, aquella rubia de ojos azules, prima de Omar Ibarra. Era la mujer más hermosa que había en aquel pueblo. –sentenció. A Ortega se le iluminaban los ojos mientras la iba describiendo, hablaba de sus vestidos estampados, sensuales, de colores claros, por encima de sus rodillas. Tacones altos, medias entalladas, y esa exquisita manera de caminar. ¡Ah, su cabello suelto y su estela de perfume cuando pasaba! Sí, recuerdo cuando iba desde su casa hasta la fábrica y viceversa en la mañana y en la tarde, como si fuera ayer –dije con cierta nostalgia. No hubo nadie que la enamorara, no conocí a ninguno capaz de acercársele. Era tan agraciada y tan hermosa que los muchachos le teníamos miedo –dijo Ortega. Mi amigo de la infancia, ahora médico. Tan de sanas costumbres, decente y de buen hablar, igual que todos en la familia. Allí estaba frente a mí, evocándola, mirando hacia adentro, la tenía tan cerca, podía darme cuenta que estaba reviviendo ese brillante pasado. La luz roja, el pick up, la música de Los Ángeles Negros. Sí, claro que la recuerdo, le decíamos La Reina, ¿qué pasó con ella? Nada, que el único varón que la tuvo fue Arnulfo. Él 96


me la enseñó, era una pantaleta de encajes, mediana, color crema, de algodón y fibra sintética, con diminutos arabescos en la región del pubis, tenía un olor a caramelo. Al tacto era como estar tocando el cielo. ¡Maldito fetichista! No me cuentes más.

97


La morgue “…La muerte es el traje más antiguo…” (Enrique Arenas: EN CADA DEDO)

D

e pronto me levanté del escritorio y le dije al jefe, allí en la redacción, quiero sucesos. Era martes, un día brumoso, gris. Trabajar en esa sección era algo que siempre había deseado; escribir la crónica y luego leerla muy temprano entre sorbos de café me llenaba de entusiasmo. Quién podría imaginarse que detrás de ese: ACRIBILLADO APOSTADOR DE CABALLOS. Estaría yo, no como asesino, por supuesto, sino como el artista que construye una historia que atrapa, que deleita a un público ávido de emociones. MUJER ENLOQUECIDA ARROJÓ A UNA NIÑA DE NUEVE MESES DESDE UN CUARTO PISO. Este titular no me gustaba, era muy largo; sin embargo, tal cual como estaba redactado constituía una idea completa, envolvente. Nadie, por más frío, cerebral e inconmovible sería capaz de pasar la página sin devorar la noticia. 98


La mañana iba en ascenso y hacía un calor húmedo. Mayo es así, a veces lluvioso. Las moscas suelen revolotear alrededor de las frutas que se pudren en los solares de las casas. Quiero sucesos, recuerdo que le dije en un tono muy bajo para que los compañeros de aquella “caldera del diablo” no se enteraran. Es ya una costumbre miserable encontrar al débil, alguien con algún defecto y encenderlo a bromas. Le ponen remoquetes, esconden sus útiles, colocan tachuelas, meten cucarachas en la comida y cualquier tipo de maldades hasta que el sujeto, a punto de colapsar, un día es sorprendido con una sala de golpes y coñazos. Esto último es una especie de bautizo donde, o se queda y es considerado excusa y motivo para alegrar el día, o se va amargado y triste en forma definitiva hasta la llegada segura del reemplazo. El jefe me miró y no prestó atención. Él es de esas personas que uno nunca sabe lo que piensa, no escucha -en aparienciapero está pendiente de todo cuanto ocurre, hasta en los detalles más insignificantes. ¡Y eso es siempre! La tierra está convulsionada. Hallaron otro cadáver en la “Cañada”. Dile a Feyo lo de la caricatura. Mirale la jeta a la secretaria. Es el calentamiento global. Dónde habrá dormido La Patty. Un cafecito ahí, señora Lucía. Ese fue Buchito, decile. La capa, la capa tiene un hueco inmenso. La verga es que aquí no se debe fumar. El Monje, parece una puta presa. ¡Qué ozono er coño, chico! Al día siguiente se repetían las mismas voces en esa sala que era un mercado de pulgas. Lle99


gaba a la casa aturdido, con las nalgas y la espalda en un estado deplorable. Aquella miserable silla era una tortura, cualquier cambio que hiciera en la dinámica del trabajo era mejor que estar allí levantando columnas, a diez puntos. Cuando los gritos de El Fuga y la bullaranga hacían eclosión en mi cerebro, cerraba el bulbo raquídeo y me dejaba hundir en el sillón hasta que terminaba mis cuartillas. Llegada la hora salía disparado a tragarme cuatro cervezas en una taguara, la más cerca. Me gustaba ir al Estalingrado, cerca de la Plaza Baralt, no porque fuera gran vaina, sino porque allí trabajaban La Flaca y La Piroca. La primera se llamaba Haydee, una colombiana menudita, muy agraciada ella con un lunar postizo en la mejilla derecha. De la segunda nunca supe nada. Era muy reservada, vivía en El Silencio, como quien va hacia la Villa del Rosario, decían que había regalado un hijo y que el marido estaba preso. Ambas me atendían de maravilla y salíamos de rumba. Abandonaba el botiquín un poco relajado por los guarapos, tomaba un carrito y en menos de diez minutos estaba en Valle Frío. ¡Qué mentira tan grande! Ácido y hediondo a cabaret de tercera me duchaba enjabonándome dos veces, primero con jabón azul y luego con uno de olor hasta quedar livianito, sereno. Cenaba y luego me dejaba caer en la cama con el televisor encendido hasta que llegaba La India y lo apagaba. 100


El miércoles, en el umbral del edificio, muy temprano. ¿Por qué quieres sucesos? –me pregunto el editor. Sorprendido, esperaba un saludo, cualquier otra palabra. No supe que decir, le mire nervioso. El jefe, director, gerente… las figuras de autoridad siempre causaron en mí esa sensación de miedo, debió haber sido la crianza, haber tenido un padre tan duro, severo, dictatorial. ¡Eh, yo... este... bueno... me gustan los muertos! Me sentí perturbado, subí las escaleras y me perdí entre los muebles. A quién se le puede ocurrir decir semejante barbaridad. Que a uno le gusten los muertos, hay que estar medio loco. Años atrás, cuando vivía en Santa Cruz, había pensado que la muerte era algo distante, todo el mundo podía morirse menos uno. Un día estuve tan cerca de ella que cambié de idea. Conversaba con un vendedor de mandocas cerca de la Plaza Bolívar y a unos cincuenta metros discutían unos paisanos por asuntos de tragos y mujeres, de pronto uno subió a un 350 y aceleró en forma violenta, el camión se vino hacia donde estábamos nosotros. Pude dar un salto impulsado por la adrenalina; pero mi vecino se quedó inmovilizado, no tuvo reacción y el Ford le pasó por encima. Fue horrible. Vivimos a un paso, sólo se necesita el toque de su azadón. Más allá de esta vida sólo existe 101


un silencio infinito y un abismo insondable. Una forma de estar muertos es cuando dormimos, nos desprendemos de alguna manera del cuerpo. Por eso lo hago poco, me he acostumbrado a estar en el limbo, nunca bajo hacia la penumbra total, ese largo y angosto pozo profundo, temo quedarme. La escena en la entrada del edificio se me repitió toda la mañana, no me dejaba en paz. Hay hechos que surcan la mente tantas veces que dejan una zanja muy honda, en mi naturaleza esas cosas pasan con mucha frecuencia, por eso tiendo a alejarme. La rutina en la redacción transcurrió sin sobresaltos. A medio día sonaba en la radio una musiquita sin gracia cuando se instaló el jefe junto al pasillo. Comenzó a amenazarme con sus ojos de águila. Eres una alimaña, una rata me decía con su mirada de inquisidor. Mañana te vas directo a la morgue, Heberto está de vacaciones. Le dices al Chino que te acompañe. Quiero un buen trabajo con la cámara. Debes estar desquiciado para haber dicho eso. Le dio un vistazo al desordenado escritorio. No le di las gracias, sólo sonreí como un campesino. El ventilador de paleta soplaba desde el techo su aliento de dragón. Desde el baño emergía ese olor de agua aceitosa y desagradable que usan como desinfectante para baños y pocetas. ¿Del Moján es que eres tú? –me preguntó antes de alejarse a su oficina. 102


¡No!, de Santa Cruz de Mara –le respondí. El jueves, bien temprano, llegamos a la morgue del Hospital Universitario. Nos atendió un señor un tanto gordo, cegatón y calvo. Un poco de cada cosa bien distribuida con el nombre y con el viejo. Se llamaba Gilberto, era cortés y servicial. Comenzó a disertar sobre los cadáveres. La muerte es una condición absoluta, única, indivisible... nadie puede estar medio muerto. Ellos no hablan pero dicen mucho, en oportunidades dejan suficiente información para enterarnos de qué o cómo fallecieron. En momentos era el técnico embalsamador y en otros el policía, ambos se confundían en un cuerpo envuelto en un bluyín descolorido y una franela de rayas. Éste, por ejemplo, -se inclinó un poco y haló una bandeja- tiene tres huecos de bala. Sólo una le causó la muerte, vean aquí cómo le perforó el pulmón izquierdo, rompiendo aquí con orificio de salida. El hematoma en el pómulo debió haber sido cuando cayó. Esta mancha dice que le dispararon a quemarropa con un treinta y ocho, le sacamos plomo del fémur, fíjense. Gilberto metió el dedo para que viéramos la tronera. Así debieron ser las clases que recibió de sus maestros, por eso las repite con tanto ahínco. Las imágenes me mantuvieron absorto en la redacción cuando escribía. Una cosa me llamaba la atención de aquellos cadáveres y es que eran muertos tristes. Del primer desgraciado me conmovió la so103


ledad, la palidez, el abandono. Frío, inerte, sin aliento... quién podía imaginarse que veinticuatro horas antes el desdichado vivía con una historia particular, capaz de pensar y pronunciar palabras, de contar chistes, de soñar. Ahora yacía en esa bandeja metálica, desnudo, sin sangre, como res en carnicería. Me hacía preguntas que, a pesar de mi torcida imaginación, no era capaz de responder. Sólo aumentaba mi ansiedad y me colocaba en un punto donde resultaba imposible retroceder. El Chino reveló y copió, seis por ocho. De las que se tomaron ese día la mejor fotografía era de la muchacha de quince. Mira aquí este reflejo y la sombra, fíjate en el pelo, se le ve bien, qué te parece el contraste y la textura. Era un profesional en su oficio. En blanco y negro pocos podían superarlo. Argüello siempre lo ha dicho, como El Chino ninguno. Mientras la miraba en el papel recordaba las palabras de Gilberto en la Morgue, se había envenenado. La madre no la dejó ir a una fiesta y la muchacha decidió darle una lección para toda la vida. Cómo puede una criatura tan bella estar muerta. Esto parecía imposible, pero así era. Todos vamos a morir un día, sin embargo nadie piensa en ello como un proceso natural, algo que puede ocurrirte mañana. Sé por otras voces que la vida es un tránsito y la muerte el paso hacia otra forma de energía. No hemos sido más que eso, un halo de luz que lucha por ascender hasta confundirse con esa 104


llama eterna. El amigo Orlando decía: La muerte en sí es un fracaso, una enorme injusticia. Eso pensaba en ese instante, con la fotografía en la mano. Ahora, si intento averiguar las causas del suicidio, más allá de la simple anécdota y profundizo en las causas, tal vez pueda construir una historia lo suficientemente atractiva y escriba un reportaje siguiendo el interés del morbo colectivo y lo publique en el suplemento del domingo. En mi interior quería emular a Heberto, en eso de la crónica policial. El era un maestro en el género. Volvería sobre la historia de la muchacha, buscaría a los padres, indagaría la existencia de algún enamorado y construiría lo que todos querían escuchar: una trágica historia de amor en la Cañada de Urdaneta, al mejor estilo de las telenovelas. Es muy buena la foto -dije en voz alta. En presencia del patólogo la había observado en todo su esplendor, allí en el frío de la morgue. Era un cuerpo muy bien llevado, eso no tenía una ronchita, una peca mal puesta, una marca de vacuna. Tenía una pelusita que le recorría las mejillas y las extremidades. Gilberto mantenía el bisturí en la mano y a un lado del mesón se disponía a abrirla. ¡Espérate!, -le dije. Llamé al Chino que andaba por otras bandejas. ¡Chino, por favor, tómale unas a esta niña, no quiero que se me olvide! 105


Todavía tenía el color en el cuerpo y los labios rojos de sangre. Provocaba darle un beso, tocarla. Le pedí a Gilberto que no la cortara mientras yo estuviera allí, no quería estar presente en aquel acto de profanación. Para mí era la muerta más hermosa del mundo, una criatura perfecta en esta tierra poblada de bestias y degenerados. Esa tarde cuando llegué a la casa, estaba oscureciendo, le pedí a la india que me comprara media docena de birras en la bodega de la esquina. La señora Ramona, ella nunca cierra, vende por una ventanita. Los borrachos llegan hasta de madrugada a comprarle aguardiente. Claro, a esa hora, ella no sale, el que se levanta es el hijo que es bizcocho. Después de orinar me quedé dormido, tuve un sueño revelador. Hacía el amor en la morgue con la muerta bella, fue tan real que amanecí con los interiores mojados. Fue una cópula espectacular. En la mañana no pude escribir y guardé las fotos en la gaveta. Estuve manguareando y tomando café, llevando y trayendo. Apenas levanté dos cuartillas. Comenzó a caer un palo de agua que no provocaba hacer nada. Me asomé a la ventana y vi los chorrerones. La gente acurrucada debajo de los aleros y alguno que otro parroquiano con su paraguas dando saltos para salvar los zapatos. Por la avenida el río de aguas turbias arrastraba desperdicios de todas las edades. Mayo es así, a veces lluvioso, se levanta una nube de moscas que revolotean por todos lados. 106


¡Mira, pasjuato!, es que tú no piensas trabajar hoy, qué tanto miras por esa ventana –gruñó el jefe. ¡Nada, nada! –le respondí sin mirarlo. Además de la humedad ese fue un día gris, no lo recuerdo mucho. Sólo sé que la muerte es lo más triste y espantoso que le puede pasar a uno.

107


El office boy

C

erró la novela y no pudo seguir leyendo, los pensamientos no le dejaban en paz. Hay que tener palabra, se decía. El se había negado a asistir al acto de graduación de bachilleres en ciencias, lo habían acordado. Sólo él cumplió, los demás se rajaron. A los días parecía un perro con mal de rabia, todos los compañeros dijeron que no acudirían y lo hicieron. El único ausente en la foto era él. Eso le hizo pensar más acerca de la traición. Escruto mentalmente lo que habían hablado, recordó a Vladimir con su arenga sobre El Poder Joven y los contestatarios; la perorata del maracucho sobre el tercermundismo y la teoría de la dependencia; uno a uno los argumentos de quienes hablaron esa mañana en el salón y por supuesto, tenía razones para sentirse como un basilisco. 108


Indochina atravesaba por una guerra que todos conocían por los titulares, y como era de esperarse, la rechazaban. Eso no tenía nada que ver con asistir o dejar de hacerlo a la graduación pero a juicio de ellos era una manera de decirle no a un cúmulo de cosas que para estos adolescentes resultaban injustas y no debían ser. A cada rato mataban un muchacho en una manifestación y ellos, estudiantes, debían decir algo. Estaban contra el sistema, lo establecido. Andaban molestos con el gobierno: los que eran disidentes, de izquierda. Los otros, el bando opuesto, los que apoyaban el Estado, no decían nada. Ellos, decían los ñángaras, son los vende patria, los pequeños burgueses, los sátrapas. De la derecha, estaban seguros, iban a salir los abogados, los empresarios, los ingenieros, los que continuarían dirigiendo los destinos de la patria. Por eso cuando se enteró de lo ocurrido con sus compañeros, los más furibundos defensores de la causa, los que nunca serían capaces de traicionar a un amigo y mucho menos una idea; cayó en un estado de letargo. No lo podía creer, por unos días padeció de una incapacidad para pensar. Una mezcla de frustración, decepción, rabia le impedía colocar las cosas en orden. Habían quedado en no asistir, recibir el diploma después, por secretaría. Sería la manera de protestar contra la política nacional, y contra la intervención del Pentágono y la CIA en los asuntos del mundo. Les parecía que el genocidio contra el pueblo de Vietnam era la inmoralidad más grande llevada a cabo por el imperialismo. 109


¡Flaco, no te arreches! –le dijo Xiomara, su mejor amiga, cuando fue a visitarlo al apartamento. Llevaba tres días encerrado, comiéndose el hígado, sin el más mínimo deseo de ver nadie. No tenía ánimos de leer la novela que por tanto tiempo había soñado tener en sus manos. No soporto la traición, hay que tener palabra -masculló y se puso a llorar. Al día siguiente de la visita y las lágrimas de cocodrilo el mundo era distinto. Había soñado con Clemencia y dado que tenían una semana sin hablarse, por razones estrictamente académicas, fue a buscarla. Ella lo miró con extrañeza. Era lógico, la última vez que pudieron verse, lo hacían dos o tres veces a la semana, escenificaron una agria disputa por un asunto baladí. Siempre terminaban discutiendo cuando trataban temas insignificantes como: el origen del hombre, los límites del universo, la razón de la existencia, la energía del cosmos. Llegó a la placita Andrés Bello y se dejó correr por entre los pasillos hasta el bloque siete. Se veían de manera furtiva, su hermana y tutora era una tipa gorda, de anchos garretes, que no le permitía asomarse a la puerta. Tenían una celestina, llamada Carmen, vivía en el mismo piso y les servía de enlace. Era, además, el paño de lágrimas. Llevaba y traía los mensajes cargados del sentimiento que en esos momentos les embargaba; ella le agregaba un poco de su personal 110


talento, de su maravillosa capacidad para interpretar papeles. Carmen constituía la principal audiencia, seguía paso a paso aquel drama pasional. A través de ella sorteaban todas las dificultades y a escondidas se encontraban. Clemencia, que estudiaba tercer año en el mismo liceo, lograba siempre una excusa para poder encontrarse con él; iba al Centro Comercial Madeirense, la iglesia, la casa de alguna amiga. El cambio que se operaba en él era inmediato: el pálpito, el sudor, la respiración. Una mezcla de alegría y susto que, finalmente, terminaba por atraparlo. Luego recobraba el sosiego, se sentía dichoso, estaba enamorado. Cuando se encontraron esa tarde, detrás de la farmacia, la abrazó con ternura y la besó. ¡Que nos miran! –exclamó ella nerviosa. ¡Que nos miren, que sepan que nos amamos! –dijo y recordó de inmediato la letra de un bolero. Le contó por qué no había salido del apartamento en los últimos días y fue minucioso en detalles. Ella conocía a Xiomara y al resto de sus amigos y cómplices. Le dijo que se iría a pasar las vacaciones con su madre en la capital y entonces le dejó una sonajita, atada a un hilo de cuero, para que se la colocara a manera de collar. Cada vez que te muevas, sonará y me tendrás en tu mente. –sonrió con la dulzura de siempre. El proyecto es éste –le dijo olvidándose del cascabe111


lito. -He tenido varios días para pensar diseñando el porvenir. Planifiqué algunas metas que nos permitirán avanzar- Y comenzó a decirle lo del trabajo. Ella escuchaba con sus ojos de caramelo, aquella mirada que nunca olvidaría. No pudo continuar y terminó abrazándola nuevamente. ¡Mi amor! –dijo ella entre dientes. Un bachiller de la república, graduado por secretaría, sin trabajo. Se decía mentalmente mientras observaba el cielo de su futuro. Esa semana estuvo buscando empleo a través del periódico. Fue a distintas fábricas, a múltiples empresas. No encontraba nada, ninguna cita resultaba efectiva. Se sentía fracasado. Cuando le preguntaban qué sabía hacer, se quedaba como un idiota. El obstáculo más grande era lo de la experiencia, sin embargo no se daba por vencido. Entonces acudió al Ministerio del Trabajo, a la oficina de colocaciones. Era allí donde debió haber ido desde un principio, pudo haberse ahorrado molestias, tiempo y dinero. Hizo una larga y fastidiosa cola. Cuando llegó su turno lo recibió un señor grasiento, de corbata roja y pelo rizado. Tiene que sacar la constancia de antecedentes penales, el certificado de salud, copia de la cédula, dos fotos tipo carné, el título de lo que haya estudiado, y cortarse el pelo. – le dijo el empleado. El pensaba en el INCE, si tan sólo tuviera el certificado de haber aprobado un curso de almacenista. En la 112


Zona Industrial constantemente estaban solicitando mano de obra calificada. A la semana siguiente, después de haber muerto y resucitado en hileras interminables de desocupados, había logrado reunir los papeles. Tenía los requisitos. Fue de nuevo a la oficina, esta vez lo pasaron a otra dependencia. Quien lo recibió pertenecía a la misma familia de empleados, con idéntica sonrisa, con ese gesto de haber llenado un crucigrama y la certeza de regresar temprano a casa y recibir los afectos de un perro. Pruebas de habilidades numéricas, destrezas múltiples: ensarte aquí, acomode allá. ¡Que horror! El tiempo, siempre el tiempo. Al final, le entregaron un sobre, le habían clasificado. Debía presentarse en el hotel equis, a la hora tal y hablar con un señor zeta. Esa tarde llegó al apartamento y conversó con sus amigos. Justo lo que quería, un trabajo de medio tiempo que le permitiera dedicar parte del día al estudio de las trivialidades que ocupaban la mente de cualquier joven: El Capital de Karl Marx, las obras completas de Franz Kafka, Albert Camus, Dostoievski… El Retorno de los Brujos por Louis Pauwles y Jacques Bergier. ¡Voy a trabajar como Office Boy! -le dijo a su madre. Ella se quedó en el aire, no preguntó nada. Luego de un rato de estar haciendo algo en la cocina, le habló. Las ventanas estaban entreabiertas, había una cierta brisa con olor a monte. ¿Qué es lo que vas a hacer? -tratando de no ser preguntona. 113


Entonces le dijo que iba a trabajar en un hotel como amanuense. No tenía idea de lo que haría, sólo que tendría -le mintió- un escritorio y lógicamente, una oficina. Ese fin de semana celebró con sus amigos. El lunes, muy temprano, se levantó. Fue al baño y dedicó treinta minutos al aseo personal. Estaba ansioso, apenas tomó café y ya se encontraba en la parada de autobús. Mientras bajaba las escaleras miró hacia el horizonte, se recogían nubes hacia la parte norte. Subió al transporte junto con otros pasajeros, éste arrancó y él se sumergió en sus sueños. ¿Tendría una oficina, hablaría por teléfono, llenaría formatos, atendería al público? Todo esto lo pensaba mientras el Michelena recorría los sectores de la urbanización. De vez en cuando echaba un vistazo hacia la calle a través de la ventana. Al mes, si hacía las cosas bien, obtendría un ascenso y por supuesto, mayor remuneración por su trabajo. En ese instante se le vino la idea del dinero, por primera vez se le ocurría deshojar esa margarita. ¡Ah, un sobre con plata! Este último pensamiento le hizo sonreír. ¡Un bachiller acaudalado! Una señora que iba a su lado, le miró y frunció el ceño. Se vio a si mismo riéndose. Cuando pasaron por la plaza Andrés Bello lanzó una mirada hacia el apartamento de Clemencia. ¿Qué estará haciendo mi linda novia? Trató de recordar el día cuando se conocieron y no pudo tomar conciencia del momento. Ese pen114


samiento le produjo un sobresalto, tenía una vaga impresión, pero no recordaba el evento, cómo habían ocurrido los hechos. Ni siquiera quién se la había presentado. Poseía los rostros de sus compañeras de clase, las fiestas patronales en el Central Tacarigua, la excursión al Camino de los Españoles, los paseos dominicales; pero del instante exacto, nada. Una niebla le invadía el cerebro, como si una embriaguez descomunal hubiera borrado parte de ese registro volátil que llaman memoria. Salpicado por ese desagradable sentimiento no pensó en otra cosa hasta que estaba a una cuadra de su destino. El Hotel Cuatrocientos, Le París, Excélsior... no recordaba el nombre. Sacó el sobre velozmente y apareció la palabra mágica. Se bajó en el Ateneo, caminó un poco y justo cuando pisaba los escalones en la entrada, le cayó una mezcla de nerviosismo y debilidad. ¡Ay!, esa sensación que le acompañaba desde la infancia cada vez que tropezaba con algo desconocido, extraño. Respiró y trató de controlarse, entró al vestíbulo y preguntó por el señor zeta, un español a quien iba dirigida la misiva. Espérese un momento, ya lo va a atender, ¡siéntese! -habló la recepcionista en el más baboso y chicloso castellano. A partir de allí el mundo se convirtió en una fatigosa espera. De tanto en tanto miraba a la joven que perfeccionaba el brillo de sus uñas. Hay que tener palabra, se decía para sus vísceras. Miraba el techo, 115


el piso, las matas. Hay que tener palabra, una y mil veces. Ya no miraba, estaba angustiado, hasta que se atrevió a preguntar. ¡Señorita!. ¿Cuándo me van a atender? ¡El señor está comiendo! –dijo la recepcionista sin inmutarse. Los minutos se fueron alargando. Comenzó a caer una llovizna. Todo el peso del tiempo parecía acumularse en aquella espera. Se fue apocando en el mueble, apenas era una sombra perceptible. Por su mente pasaron las horas perdidas en todas las oficinas públicas, los porteros, los guardianes que cumplen con rigidez órdenes de no dejar entrar a nadie. Cuando la sensación de angustia estaba dando paso a la náusea, se incorporó Dígale que hasta luego –apenas pudo a balbucear. Se sentía traicionado. ¡Hay que tener palabra! Salió del vestíbulo del hotel como un loco, la vista la sentía nublada. Caminó bajo la lluvia sin darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Después de varias cuadras, lejos de aquel lugar infame, recuperó un poco la cordura. ¿Cómo es posible que le hagan esto a un Bachiller de la República? –refunfuñó. Cuando llegó al apartamento se desató a hablar como una fiera herida. Maldijo al mundo, a los españoles, 116


a los imbéciles que dejan esperando a los demás, a las estúpidas secretarias que comen chicle y se pintan las uñas en la recepción de los hoteles. Luego de esa descarga, todavía con la ropa húmeda opto por olvidarse del asunto y entregarse a lo que estaba allí, esperándolo, su novela: Crimen y Castigo. Ese pequeño e insignificante escollo no le iba a amargar la vida. Total, yo no quería ser Office Boy –se dijo y abrió el libro que estaba en la mesita de noche-. Mañana hablo con Clemencia.

117


El gordo

A Douglas Gutiérrez Ludovic y a su poética del beisbol.

L

a madera de los treinta y seis bancos de caoba crujió cuando los feligreses voltearon, al unísono, para mirar aquella pelota de grasa que caminaba por la nave principal. Estábamos en la Santa Iglesia Parroquial de Flor Amarilla, ubicada al frente de la plaza, cuando entró Fidias, El Gordo. Se disponía a comulgar, recibir la ostia con su boca insaciable. El cuerpo de cristo, diría el cura al momento y depositaría la ruedita blanca en su lengua larga y rosada. Siete días antes había hecho la Primera Comunión y se acostumbraba, por un lapso de varias semanas, recibir de nuevo la consagración; era como una reafirmación de la fe y la cristiandad. Lo están matando, dijo la señorita Tovar, una anciana que había dedicado su vida a la veneración de los santos cuando lo vio entrar ese domingo. Parecía un animal de granja, se desplazaba con dificultad y al menor esfuerzo sudaba. Desde las verijas le brotaba un olor a mantequilla, 118


a tocino con levaduras. Le teníamos asco porque era un ser obeso, gelatinoso y sin gracia; no hacía otra cosa que tragar, devorar todo lo que le colocaban en la mesa. La madre le salcochaba una docena de huevos y se los dejaba como entretenimiento, el rollizo se sentaba frente al televisor y mientras veía Las Fantasías Animadas y Los Tres Chiflados, se los engullía sin el menor esfuerzo. Siempre se reía. Empezaba por golpearlos con una cuchara por el extremo puntiagudo, luego le iba dando toquecitos hasta que toda la cáscara se hacía añicos, después procedía con el dedo pulgar como quien pela una mandarina. Una vez desconchados le espolvoreaba sal y en dos mordiscos los huevos desaparecían en sus fauces. Doce huevos de gallina roja en una sentada. ¿Qué quiere comer mi niño? -le preguntaba la madre alcahueta. Recuerdo que Fidias a los cinco años todavía tomaba tetero. Cuando eran las diez de la mañana y se acercaba el momento de preparar el almuerzo, nosotros andábamos por allí con el trompo o las metras, inventando cualquier cosa. Nos dejábamos caer por los lados del solar y lo mirábamos. ¡Quiero tete! -decía el cerdo. Rogelio, Omar, Eduardo, Saturno y yo nos retorcíamos de rabia y celos. La muy consentidora lo sentaba en sus piernas y si no tenía el biberón listo se sacaba una teta y le metía el pezón en la boca. El muchacho volteaba los ojos, 119


resoplaba y se acomodaba como un animalito en su regazo. Le cantaba duérmete mi niño que tengo que hacer… luego lo dejaba en una hamaca, le espantaba las moscas y lo cubría para volver a sus quehaceres. Ella pensaba igual a todos en el pueblo, que la gordura era símbolo de salud y buena alimentación. Todavía cuentan cómo lo exhibía en la plaza, en aquel cochecito azul, cuando tenía seis meses de nacido y parecía un marrano. Se le hacían unos rollitos y se le partía la carne, allí quedaba el talco y el sudor escondido. Aquello era un acto despreciable, sacarlo y mostrarlo en la plaza como una criatura de circo y más cuando se sabía que por esos montes había tantos famélicos y desnutridos. En esa familia todos eran grandes, pesados y parecía que sólo vivían para comer. Conocidos por la desproporción al momento de alimentarse, hacían almuerzo para diez personas y apenas eran tres, después fue que vino Carmencita. Desde el fogón de aquella casa comenzaba a salir en la mañana una emanación mágica, una mezcla de olores que inundaban la cuadra: guisos, sopas, carnes que condimentaban con yerbas, aceites y especies. Al cabo de un rato despertaba y se iba a jugar con nosotros. Casi siempre salíamos peleando y él, como de costumbre, lloraba. Se iba donde la madre y nos acusaba, tenía razón en delatarnos, éramos perversos, le hacíamos maldades; no había un momento en el cual no hubiésemos querido triturarle la cabeza, colgarlo de una rama, tasajearlo con una hoja de car120


nicero. Lo complacían en todo y eso era lo que nos molestaba. Para ese momento de la comunión era un ser repulsivo, grasiento y maloliente que resollaba en vez de respirar. La madre lo sobreprotegía porque era el único, lo atosigaba de regalos y mantenía en su cuarto cestas de carritos y juguetes. A la escuela llegaba con los bolsillos llenos de caramelos y dinero para la merienda. El se reía de cualquier cosa y las maestras, para desgracia nuestra, lo consentían y lo cuidaban de los otros párvulos. A cambio la madre enviaba suculentas arepas que dejaban ver la grasa a través del papel. En la vida pasan muchas cosas y lo ocurrido con El Gordo fue una de esas vivencias que se quedan grabadas en el alma, sucesos de la infancia difíciles de olvidar. En el terreno donde jugábamos pelota se formó una calichera. Él era el dueño de los implementos y a pesar de eso le asignaron el “center”, posición que nadie quería, lejos de los jugadores, los curiosos y los vendedores de chicha y guarapos. Éramos dos equipos hechos al azar, no había ninguna diferencia entre ambos excepto aquel que tomara al gordo, de seguro ése tenía las de perder. Cerdo, mapleto, pelota de mierda... cualquier epíteto descalificador e hiriente se escuchaba de la boca de aquellos zagaletones, crueles y desalmados que por las tardes se reunían a jugar con una pelota de fútbol, béisbol, voleibol. La diferencia siempre era la misma, un puñado de rocheleros, burlones y vagos que no tenían nada; y un gordo tragón, torpe y hediondo que lo tenía todo. 121


La familia de Fidias vivía para comer y le habían reforzado desde muy pequeño la gula cuando le metían un tazón con cereales, una compota, una sopa de res con vegetales. Al año de vida le proporcionaron comida de adulto. Lo enseñaron a comer en abundancia. Le daban carnes de toda índole en sus diferentes formas de cocción y lo enseñaron a comer pastas como si fuese un italiano. Era un glotón, si le colocaban doble ración las devoraba; pero lo más desagradable de su insana costumbre era que parecía no estar nunca satisfecho. Siempre esperaba por más y si alguien dejaba algo en la mesa, alargaba su brazo de cerdo y se lo engullía sin masticar. El padre lo quería, pero la madre lo adoraba. Se esmeraba en eso de prepararle lo que más le gustaba: los espaguetis. El día de la caimanera El Gordo Fidias comió como un berraco, le habían servido en su recipiente preferido: una batea de madera, hecha a mano, buena para amasar. Allí tenía carne con papas, arroz, frijoles y arepas; de epílogo un refresco familiar. Su masa corporal le impedía hacer ejercicios por eso caminaba con lentitud moviéndose hacia los lados como los osos. El estar de pie se había convertido en una dolorosa experiencia, las gruesas piernas eran unos embutidos en las mangas del pantalón que parecían romperse por la presión de la grasa. Lo veíamos desde la cueva, a más de cien metros, perdido en el campo, fastidiado. Una nueva entrada y nada que le llegaba una pelota. A veces se sentaba, miraba hacia los árboles, bostezaba. Le tocó el turno en el bateo y como cosa rara abanicó tres veces, ¡fuera, fuera! Lo pitaron, 122


le dijeron hasta del mal que se iba a morir. Ser gordo era más que suficiente para convertirse en objeto de burla de tantos faramalleros. Allí no se salvaba nadie y por la mínima acción, débil o errada eras víctima por largo tiempo de un chiste, una broma, una burla. Cierta vez le golpearon la pierna, era un roletazo por el centro del diamante, la pelota venía echando candela. Él hacía las veces de lanzador y le estaba tirando bombita al más fornido de todos, le decíamos Pachecote. Intentó con el guante pero no le dio tiempo, ¡blooomm!, sintió cómo todas las terminaciones nerviosas y los vasos sanguíneos se le acumularon en una inmensa roseta en la parte interna y alta del muslo izquierdo. Me Juró que no había llorado por el dolor. Se me aguaron los ojos por la gritería y la mamadera de gallo desde las gradas, era inaguantable tanta chanza. –Me confesó. Después vino lo del flai al centro, era una bola que se elevaba y yo corrí para atraparla, hacía esfuerzos para llegarle. Lo hice más allá del límite y cuando casi la tenía tropecé con una estaca de cují y rodé por una barranquita. Caí arriba de unos cardones. Fue lo último, me asusté de verme tantas espinas en el cuerpo. Me raspé la cara y me fracturé el brazo derecho. Aquellos hijos de putas en vez de ayudarme se reían, no dejaban de mofarse. No volví, llegué a la casa llorando y lleno de sangre. Maltrecho y con el cúbito partido, me sentía por el 123


suelo. Ese día me enyesaron. Nunca más volví a pisar el terreno. –me dijo. ¿Fidias, no volviste a jugar? –le pregunté mientras le miraba los Ray-Ban de piloto. Alguna que otra vez en el liceo, después me dediqué al ajedrez, allí no tenía que demostrar nada físico, sólo pensar. –me dijo. Nos burlamos tanto que él se ocultó. Se sumergió en su mundo y no quiso salir, desarrolló un hábito por la lectura, la música y los juegos íntimos. Pasaba días leyendo las novelitas vaqueras, cualquier basura que cayera en sus manos. Al poco tiempo, después de un letargo que parecía interminable, nació su hermana, entonces no se sentía tan miserable. Al principio la odiaba, la detestaba. En más de una oportunidad la abnegada y complaciente madre tuvo pesadillas, era una visión repugnante donde su pequeño mastodonte, convertido en un sátiro danzante, estrangulaba a la niña. El compadre le dijo que lo llevara a la iglesia para que hiciera la Primera Comunión y que no se preocupara, él era grandecito y a esa edad ya razonan. Si fuese más pequeño sí sería peligroso dejarlo con la niña, usted sabe: los celos, la pérdida de los privilegios por ser hijo único; pero en este momento no debe usted sentir temor, le argumentó. Nunca ocurrió nada, el muchachón fue creciendo y se convirtió en su protector. Iban juntos para todas partes, ella vestida con muselina y él con su traje de casimir para asistir a los oficios religiosos, fiestas, ceremonias. 124


Luego vino el bachillerato y el cambio de ambiente. La ciudad fue metiéndose en su interior como una enfermedad, hábitos y costumbres desconocidas fueron transformando su naturaleza, entonces se operó en él una evolución, un cambio drástico en su manera de ser. A los quince años y con otros amigos comenzó a ir a fiestas y a compartir con las muchachas. Se alejó de los aburridos domingos provincianos, de los pulidos bancos de la Santa Iglesia Parroquial para adentrarse en las psicodélicas y divertidas pistas de baile. La ansiedad por la comida, por devorar lo que estaba en la mesa, en forma progresiva fue desapareciendo. Sintió el llamado de la especie. Con la influencia de las hormonas llegó el desarrollo, ahora se preocupaba por su cuerpo. El saco de tocino comenzó a alargarse y la grasa fue desapareciendo; le dio por levantar pesas, practicar la tensión dinámica para parecerse a Charles Atlas, aquel alfeñique que tanto ocupó la mente de tantos mozalbetes. Se dice que Fidias anduvo en malos pasos con una banda de motorizados fumando marihuana por esos barrios, atracando y estafando a medio mundo. También dicen que se regeneró, porque el espíritu vuelve a redimirse cuando trata de escapar de su curso normal, como esos ríos iracundos después del desbordamiento. Resulta increíble, después de treinta años ha regresado, no para tomar venganza, como haría cualquier resentido, sino para ver a sus camaradas de la in125


fancia. Saludar, estar con ellos, compartir. En estos momentos patrocina equipos deportivos, organiza fiestas patronales y sin proponérselo nos dice que estábamos equivocados. Éramos unas ratas miserables y envidiosas, capaces de hacer sufrir a un niño hasta lo indecible. Hoy Fidias de gordo tiene muy poco, pesa lo mismo que un hombre de contextura normal con algunos kilos demás. Camina, asiste a un gimnasio para mantenerse en forma, se alimenta en forma discreta. Para deleite de los pequeños, posee un corazón del tamaño de una carpa. Trae piñatas, títeres y hasta me dijo que estaba pensando fundar un preescolar para enseñar a través del juego, de la música, una de las aficiones que adquirió cuando se encerró en su mundo. ¿Y hoy qué piensas hacer? -le pregunté cuando finalizaba la entrevista para la prensa local. Por ahí me invitaron para una parrillada y unas cervezas en Las Parcelas –me dijo. ¿Vas a ir? –le acerqué una botellita plástica con agua mineral. No lo sé, todo depende de la hermenéutica –respondió al momento que dejaba escapar su mejor sonrisa.

126


EL PSICÓLOGO “… y como ave cruzo los azules del tiempo siguiendo la estela de luz que deja la vida cuando pasa” (Gabriel Saldivia: Brasa de Sol)

C

aminaba distraído en dirección a la biblioteca cuando me golpeé la espinilla con la parte metálica de un pedazo de pupitre atravesado en el patio. Lancé un “coño” con dientes apretados y me llevé la mano, como si fuese un milagroso trozo de hielo, al hueso lastimado. ¡Profesor!. Dijo una maestra que escuchó el vocablo. No atiné a responder, el golpe seco me había provocado una mudez repentina. ¿Quién se puede disculpar con semejante golpe? Un sofocón se me había subido a las orejas y una inmediata sensación de náuseas me llegó hasta el alma. Sólo la miré, nada más. Aquel profesor dicho con ojos desmesurados era una infame reprobación, una queja desproporcionada ante una palabra que a mi juicio no signi127


ficaba nada. Sin embargo aquella maestra espantosa con cara de lagartija no pensaba igual. Para ella el recién llegado era un mal educado, un patán. Vino a mi mente un recuerdo desagradable de la infancia: Wilhem, que era como mi hermano mayor, había dicho un coño parecido al mío y su madre, formada en el más estricto orden moral y pusilánime; lo tomó por un brazo y para asustarlo le acercó a la boca un cartón de leche encendido. La cara de terror de aquel niño me persiguió por mucho tiempo hasta que un día, hastiado de esa falsa moral, me dediqué a desnudar el alma de artificios. Sería insolente, vulgar. Pensé, para mi beneficio y la necesidad de quitarme el peso de la censura, en un artículo del profesor Alexis Márquez Rodríguez, donde hace alusión a ese tipo de palabras que las personas de buenas costumbres consideran groserías; pero que en buena medida son de uso común y además constituyen vocablos de gran riqueza expresiva, cuya obscenidad, por lo demás, es muy relativa. Apacigüé las bestias. Aquella maestra pertenecía a esa especie donde también estaba la madre de Wilhem. Si bien no podía quemarme la boca, su mirada era la de aquel Torquemada, padre de la “Santa Inquisición”, dispuesto a chamuscarme en la hoguera. Minutos después su sorpresa sería mayúscula cuando sentados en confortables sillas de plástico la directora del colegio me presentaría a la audiencia como el nuevo psicólogo de la institución. 128


El sol, recuerdo, chocaba en las ventanas y el viento era apenas un murmullo en las frondas de los árboles de mango. Había un olor a café que venía desde el cuarto de los bedeles. La jefa del plantel dijo mi nombre y luego hizo un resumen de esta vida por las calles de la enseñanza. La primera actividad como docente especial comenzaría ahora, ese mismo día, hablaría acerca del estrés. Me palpé la canilla y sentí ardor al rozar la tela con la piel lacerada. En ese momento no había otra cosa en mi mente: dolor y una pequeña cólera. Miré sin mirar a la audiencia, tomé aire y comencé a hilar un discurso que ya había repetido muchas veces. Después de un año leyendo y estudiando la guía práctica para superar el estrés del Círculo de Lectores, manejaba tanto el tema que le dictaba talleres, como invitado, a los profesionales de varias escuelas y liceos de la ciudad. El término estrés, comencé diciendo, proviene de la física, se refiere a la conducta de un metal ante una fuerza. Cuando dije esto pensé en el pupitre y en el golpe contra mi espinilla. Puede doblarse y recuperar su estado original o bien romperse. En términos médicos significa el máximo de tensión que un individuo puede soportar sin sufrir un colapso. Es un punto -todos me miraban- donde la sensación de opresión parece asfixiar a quien la padece. Respiré profundo, me sentía tranquilo. Ya había dado el primer paso que es siempre el más difícil. 129


Miré hacia el fondo, en los estantes de la biblioteca, observé los libros en su descanso eterno, cubiertos de polvo y olvido. El estrés, por otro lado, no es una enfermedad. No existe ninguna con ese nombre. Es una cadena de síntomas que se producen porque no peleamos, ni salimos corriendo. En ese momento sorprendí a la bruja lagartija que bostezaba sin percatarse que este vulgar le miraba los dientes, la plancha, la campanilla y las malas intenciones. Aunque no lo crean, es así, ante una situación de peligro los receptores envían un mensaje a la glándula, esa que parece un grano de frijol y se encuentra en la base del cráneo. Descartes, aquel que dijo “cogito ergo sum”, el padre del racionalismo, el de la duda metódica, escribió que allí estaba el punto de unión del cuerpo con el alma. Ella envía un mensaje a otras glándulas que producen adrenalina, una hormona que prepara los músculos y todo el cuerpo para dos reacciones de supervivencia: La lucha o la huida, el enfrentamiento o la carrera. Si no descargamos el cuerpo nos vamos llenando de secreciones que a la larga se convierten en toxinas para el cuerpo. Cuando acumulamos todas estas tensiones, cuando pasamos continuamente por situaciones donde el cuerpo produce adrenalina y no hacemos nada, nos enfermamos. ¿Cómo nos enfermamos? Aparece el lumbago, diarreas, desórdenes estomacales, cefaleas. Esto es tan complicado que los niveles de azúcar en 130


la sangre suben por el mencionado estrés. Un cuerpo sometido a una tensión por mucho tiempo puede terminar con un infarto fulminante a su corazón. Disculpen si en un momento dado me desvío del tema. No es fácil mantener la mente en un solo sitio cuando nos piensan. Como veo que algunos de ustedes están bostezando, les voy a contar un cuento para animarlos Hace años me regalaron un hongo, me dijeron que era milagroso porque curaba todo tipo de enfermedades, además de fortalecer y mejorar las más diversas funciones del organismo. Tanta fue mi emoción que no me importo su aspecto desagradable y su olor nauseabundo. Dentro de aquel frasco grande de boca ancha parecía un feto gelatinoso, un animal amorfo que respiraba sumergido en un líquido viscoso. Al comienzo pensé que se trataba de una broma de mi tía Ofelia, pero cuando me entregó una copia del papiro elaborado por los monjes de Kargasok, lugar donde apareció la cosa, comprendí por qué centenares de personas difundían a los cuatro vientos las bondades de aquella levadura gigantesca, la versatilidad de sus enzimas. El escrito, reproducción de algún documento en otro tiempo secreto, decía que un hombre de ochenta años había contraído matrimonio con una fémina de cincuenta y “fueron capaces de procrear hijos”. ¡Imposible!, me dije, elevando un grito de asombro, ¡eso no puede ser! A lo que mi tía argumentó, ¡y eso no es nada, oye para lo que sirve! Procedió a leerme 131


aquel catecismo: cura el pie de atleta, las cataratas y el insomnio, la artritis, el estreñimiento, el dolor de articulaciones, la úlcera gástrica, la varicela, la tiña; previene el cáncer, evita las arrugas de la piel y la menopausia, mejora la vista, fortalece los músculos de las piernas, los riñones; mejora el apetito, reduce la gordura y detiene la diarrea, cura los desórdenes del hígado y los cálculos vesiculares, mantiene la piel joven; y por supuesto ayuda a levantar la naturaleza masculina, terminó diciéndome la tía Ofelia con aquella risita pícara que siempre le acompañaba. Desde ese día me convertí en un acólito de su majestad el hongo de Kargasok; no había día, hora, minuto que no pensara en él. Expandí la idea entre mis amigos, en la oficina de trabajo, se lo recomendé a los macilentos de la familia y hasta elaboré mi propio recetario con pócimas y sinapismos de la medicina cacera tradicional. Para ello me apoyé en la ancestral sabiduría de mi tía abuela Julia, proveniente de las islas del Caribe, conocida en Aruba como yerbatera, fumadora de tabaco con la candela hacia adentro, santera. Había una sola forma de consumir las enzimas curativas de aquella babosa levadura y era echándole azúcar, agua y algunas hojas de té, flores de manzanilla, concha de canela, para darle sabor y una consistencia menos horrenda. Aprendí a deshidratarlo y a usar el polvo resultante como cualquier vitamina o mineral reconstituyente. Recordé los días del aceite de hígado, los guarapos para las lombrices, la sal de 132


higuera, la náusea en los peores momentos de la niñez; pero no olvidé, entre tanto recuerdo relacionado con los malos sabores, que mi futuro estaba en aquel hongo milagroso que mi tía Ofelia me había traído en un frasco de boca ancha como el mejor regalo del cielo. Hice una lista de clientes, reuní cientos de recipientes y corté la levadura en muchos pedacitos. El hongo me permitiría dado su crecimiento a expensas del azúcar, el agua y a su reproducción por esporas; tener dentro de poquísimos años una de las empresas más próspera de la región. De todas partes del país vendrían enclenques, paralíticos, oligofrénicos, enfermos de cáncer, tuberculosos, diarreicos, eritematosos, diabéticos, impotentes, cirróticos, artríticos, sifilíticos, psicóticos... Cuando comprendí que había tantas enfermedades y tanto los enfermos, comencé a pensar en grande. Debo buscarme un socio capitalista y realizar un estudio de mercado, me dije. Diseñar la publicidad, estudiar los costos, averiguar acerca de la oferta y la demanda, la situación del dólar, las posibilidades de exportación. Obtendría ingresos en libras esterlinas, marcos, florines, liras, piastras, pesetas... pensaba. Ello me hacía sentir un triunfador, era feliz con la sola idea de multiplicar los panes de mi tía, extender la producción del Kargasok, la panacea de comienzos del siglo XXI Estuve una semana diseñando la estrategia, echando números, haciendo cálculos. No dormía, las imágenes me daban vueltas en la cabeza. Miraba hacia el 133


techo y en vez de observar las manchas de las filtraciones de agua que se dibujaban en las vigas y en las cañas podridas por el tiempo; miraba el Arco de Triunfo, La Torre Eiffel, La Plaza de San Pedro, los Campos Elíseos, la Catedral de Winchester... El insomnio me hacía levantar a cualquier hora de la noche, me aterraba la idea de no encontrar a Kargasok, de quedarme sin nada, de perder mi fortuna. Un día cuando ya todos mis proyectos estaban a punto de iniciarse, cuando la botella de champaña iba a ser partida en la quilla del barco que zarparía por los mares del éxito y el poder, sucedió lo inevitable. La mascota de mi hijo, un gato de Ankara, persiguiendo no sé qué carajo, derribó el frasco de boca ancha del estante donde lo guardaba, y el desdichado hongo, la miserable levadura, el mustio Kargasok se escapó, se filtró, se fue por el sumidero de la cocina. Bueno, después de esta pequeña anécdota, no más bostezos. Estamos en el siglo de las siglas, los Estados Unidos quieren adueñarse del planeta. Vamos a realizar un ejercicio para precisar lo que ocurre cuando una persona sufre de tensiones nerviosas. Necesito dos voluntarios, a ver, quienes se ofrecen. Alargué la vista hacia el auditorio y pude apreciar al docente de matemáticas, mal afeitado, la camisa sucia y arrugada. Este personaje vive solo, me dije. La mujer que tenía seguramente lo dejó por fastidioso. Sus dientes amarillos me indican que no se ocupa de sí mismo. Es un hombre triste que no tiene aficiones, cuando se emborracha es una piedra en el zapato. A su derecha, 134


cerca de la ventana, está la docente de sexto grado, es un poema. ¡Qué personaje! Usa tacones altos, fuera de moda y se pone unos zarcillos ajenos al concepto de lucir bien. La blusa transparente nos permite observar un sostén oscuro. Labios rojos, uñas despintadas, rostro grasiento y ese pelo. ¡Por Dios! Parece una botiquinera caída en desgracia, no habrá una amiga que le haga el favor de decirle que no se vista así, como una loca. Al fondo, escondiendo su condición de homosexual, está el docente de chaqueta, su gordura nos dice que come por ansiedad, deseos insatisfechos. Tiene su marico por dentro amarrado con alambres de púas, como dice una colega. Él no tiene la culpa de ser y sentir de esa manera. Cuando pequeño su padre lo castigaba y lo descalificaba con frases humillantes. Era severo y autoritario hasta tal punto que siendo un niño nunca se identificó con él, prefirió el modelo femenino de su madre que lo protegía y alcahueteaba. ¡Mírame aquel espécimen, el de la corbatica! Los libros de crtecimiento personal dicen que uno no debe criticar a nadie. Menos mal que no lo hago, sólo estoy pensando, imaginando, apenas es un ejercicio mental. Me distraje un rato con el mundo de los demás, un espacio difícil, complejo. Encontré personas de todo tipo: maniáticos, perversos, chismosos, mentecatos, celestiales, opositores, oficialistas. Aquí, a pocos metros, delante de mí, deteniéndome un poco, observando con atención los párpados, los labios, las arrugas de las manos, la posición de los hombros... la mirada. 135


Comprendí la desolación de la docente que minutos antes me había increpado. Uno nunca debe sentir lástima por una persona; pero ella me produjo una gran pena cuando fui más allá de lo aparente. Tuvimos la oportunidad de conocernos y hablar. ¡Bendita la palabra! No alcanza el orgasmo, estuvo casada, ahora no tiene marido. Iniciamos una relación de ayuda y cambio de conducta. Terminado el ejercicio, llegué al epílogo de la charla. Algunos habían llorado, se sentían confundidos, otros habían ingresado al mundo irreverente de la escatología terapéutica. El estrés, se me olvidaba, varía de una persona a otra y no siempre es negativo. Hay una tensión necesaria, sin esa excitación la vida sería insulsa y tediosa. Cuando es moderado nos prepara para enfrentarnos a esta selva de asfalto y concreto. Mientras hablaba pensaba en las tristes vidas de aquellas mujeres viejas, gordas, cansadas; esperando las doce para salir corriendo y llegar a preparar el almuerzo, atender a los hijos y ver la telenovela. ¿Quién tuviera un pomito de árnica? ¡Ah, una palabra final, no hay que arrecharse, hace daño a la salud! Muchas gracias.

136


EL CASTAÑO A Ruperto Hurtado “El caballo tiene la estatura de las bestias hermosas…” (Gelindo Casasola: Pasturas)

L

eía ese hermoso y terrible relato de Baica Dávalos, llamado Gambito de Cadáver publicado hace ya treinta años, cuando recordé mi propia historia. Toqué mis pulgares como un practicante de yoga y comencé a evocar, para mi nunca fue difícil recurrir a ese útil recurso para esconderme en un mundo íntimo, solitario. Era de tardecita, me había quedado un buen rato observando los caballos, una especie de ejercicio que me producía una inmensa calma: verlos pastar, caminar con la cabeza gacha y arrancar la hierba con esos labios gruesos. Son animales mágicos, Pegaso, el caballo mitológico, galopa por los aires en su lucha contra los demonios de la tempestad. Ahora recorro el pueblo en un vuelo sobre los techos de las casas, derribo los fantasmas que perturban los sue137


ños nocturnos, me detengo en la cornisa de la iglesia y vigilo. Allí en ese refugio desde lo alto contemplo el mundo. Había un zaino de buen tamaño, esbelto y con las patas blancas, tenía además una mancha en la frente. El color marrón rojizo era más intenso en la cola y la crin que en el resto del cuerpo. Me imaginaba sobre su lomo, al galope rompiendo el viento y sintiendo el sol en el rostro. Qué clase de bestia maravillosa atrapaba mi atención y me hacía soñar despierto. A un lado estaba El Bayo de Carlos Bremen, muy cerca El Pinto de Francisco Mieres y más allá El Castaño que mi padre me había regalado por haber salido bien en los estudios. A los quince años es el mejor obsequio del mundo para un muchacho que vive en un pueblo donde la gente todavía anda sobre recuas. Cuando pasábamos por las calles de tierra, casi siempre cabalgamos los tres y un agregado, había un pendejo que gritaba, detrás de la polvareda: ¡Ya la guerra terminó! Se referían a las últimas montoneras del Mocho Hernández, a la gesta de independencia. ¡Vaya usted a saber! Descubrí ese mismo día que el zaino era el nuevo animal de Boris, el ruso. De ocho cuartas de alzada, desde la cruz hasta las puntas, debajo de las cuartillas. Con una cabalgadura así, parecía media sangre, no habría toro difícil. Cada mes de mayo se celebraban en el pueblo las fiestas patronales y esa era la oportunidad para meterse en la manga de coleo a limpiar rabo. Derribas el toro y las muchachas llenan 138


tus hombros y pecho con cintas de colores, luego te besan, te abrazan. Francisco, mi compañero y vecino, me enseñó a montar y a saber, tal vez sin proponérselo, lo que se debía conocer acerca de los caballos. Él, a su vez, aprendió del primo Carlos que era coleador y de más edad. Queríamos imitarlo, porque verlo cabalgar con El Bayo era el anhelo de todo aquel que tenía una montura y nosotros éramos seguidores de sus hazañas. Salirse de la silla y tumbar toros, con ambas manos, a puerta de corral y luego volver sobre las últimas vértebras de los astados en la misma carrera. En la mañana del siguiente día nos paramos temprano y fuimos a buscarlos al monte, llevaban más de una semana comiendo pasto verde y tenían las ancas redonditas. Medio ariscos tuvimos que corretearlos y luego enlazarlos, poco después les colocábamos unos bozales y nos íbamos en pelo desde el pajonal hasta el pueblo. Entonces los bañábamos, le recortábamos las crines y los dejábamos listos para salir a pasear en la tarde. Boris hacía lo mismo pero en su casa, a varias cuadras, por los lados del terreno donde jugábamos al fútbol. El nos acompañaba en aquellos recorridos. Éramos los tres valientes, decía Francisco recordando las películas rancheras, aunque algunas veces había un cuarto jinete, entonces éramos los forajidos del viejo oeste. Lo más interesante de aquello era que las muchachas nos pedían que las montáramos y les diéramos un paseo. Así descubrí el amor a temprana edad. Ella pegada a mi espalda y al final 139


del camino, debajo de unos árboles frondosos, nosotros dándonos besos y tratando lo imposible. No, Migdalia, no se puede, vamos a dejarlo para después. –le dije. Sabía en el fondo que ese día no volvería jamás. Montar era una diversión fantástica, difícil de explicar con palabras, significaba poder vivir la sensación de la fuerza. El caballo se convertía en la prolongación de un sueño recóndito de invencibilidad, de trascendencia hacia una existencia distinta. Cuando íbamos a los potreros y nos dábamos cuenta de lo capaces que eran saltando sobre las zanjas, rehendiendo el monte, uno sentía la respiración debajo de las piernas y escuchaba el sonido de las pisadas en la carrera, aquellas herraduras de hierro hollando el suelo con un ritmo frenético. Allí estaba enhorquetado sobre él, agarrado de las riendas, sin silla y apartando las hojas del pasto alto para evitar los cortes y los rasguños. Luego de aquellas experiencias regresaba a casa exhausto y cubierto de cadillos, con los pantalones húmedos de ese sudor fuerte, ácido que expelen esas bestias, caminando con las piernas abiertas y con dolores en la rabadilla. Por la noche esas puntadas se hacían intensas pero yo estaba feliz de haber recorrido el pueblo y montado a Migdalia en las ancas y saboreado su boca roja. El Castaño permanecía en el solar de la casa que era un espacio grande con naranjos, guayabos, tamarin140


dos y mucho monte. Cuando no había esa paja dulce que se expande como la verdolaga lo llevaba hacia el potrero de Las Quintas donde pastaban los otros animales. Allí había alimento en abundancia para los becerros, vacas y toretes de los vecinos, dueños de ganado que no poseían tierra, como el carnicero Julio Monsalve. Los chivos y las ovejas estaban en los terrenos baldíos del norte donde años después construirían un aeropuerto. Apenas regresaba del liceo, salía a buscarlo. Aquello fue mucho mejor a partir de la llegada de los aperos de montar. Me vino una fiebre adolescente, quería estar ensillándolo a cada rato. El caballo tenía buen paso y era muy manso, con bastante edad según comprobamos por los dientes y comillos. Poseía algunas mañas y esto lo convertía en un animal peligroso, no porque mordiera o pateara, sino por esa maldita costumbre de cruzar hacia el lado izquierdo cuando le daba la gana. Esta conducta impredecible la pude apreciar el primer día al bajarlo desde la montaña hasta el valle. Era una distancia de unos veinte kilómetros y cuando iba por la mitad el animal se zumbó hacia una trocha, casi me hace caer. Eso no fue lo malo, lo malo fue que se metió en el corredor de una casa con techo de zinc y por poco quedo sin cabeza. Pasado el susto conté lo ocurrido para que se tomaran las previsiones y se supiera, en cualquier momento lo volvería a hacer. La historia cuenta que por múltiples razones hubo hombres capaces de matar a su cabalgadura. Yo no lo haría, sin embargo obligado por las circunstancias 141


podría hacerlo. Matar a uno de estos hermosos ejemplares, por la razón que fuese, me parece un exabrupto, allí está el disparo: “…El impacto ha sido preciso. Alcanzado por la bala, el caballo da un brusco salto, parándose en sus patas traseras para desmoronarse luego y rodar ovillado arrastrando tras su caída por el talud de la montaña piedras y polvo. …” Magnífico ese cuento, del autor se habla poco, fue un escritor que algún día será recomendado por las escuelas de letras de las universidades cuando salgan de sus cubiles. Han transcurrido tres décadas desde la publicación de este relato, casi la edad de mi hija mayor. Ella no está para escuchar las historias que ahora vienen a mi memoria. El Castaño amarrado en el patio de la casa mueve la cabeza, ahora me subo sobre la silla que tiene arabescos en el faldoncillo y ha sido colocada en su espalda. Salimos por la calle principal que recorre al pueblo de punta a punta. Francisco me acompaña, buscamos a Boris y al Zaino, se nos une un cuarto jinete de sombrero con ala grande. Nos dirigimos hacia El Roble, a orillas del lago de Los Tacariguas. Es un paseo, una travesía corta por una carretera de tierra bordeada por sembradíos. Al llegar al pueblo nos bajamos en la única bodega, grande y pintada de blanco. Pensamos que es una cantina y nosotros un grupo de forajidos huyendo de la justicia, del implacable comisario que nos busca. Hay un letrero que dice buscados, aparecen nuestras fotos y los nombres, nos tomamos unos refrescos. Tragos servidos por un cantinero calvo que ahora piensa en la recompensa que ha de ganarse si logra atraparnos. 142


Se forma una trifulca y sacamos a relucir las pistolas, se parten sillas y botellas. Las chicas, desde lo alto observan la pelea que se hace cada vez más divertida. Vaqueros desdentados y barbudos lanzan golpes. Con el piano no se metan, dejen la música tranquila. Alguien grita: ¡Ya se acabó la guerra! ¿Quién fue el pendejo que dijo eso? Aquel cascorvo que está allá mirándonos, vamos a colgarlo. Cuando nos disponíamos con la cuerda, una soga curtida por el trabajo y el tiempo, se desprende un aguacero. ¡Esa vaina es una tempestad! Pegaso, el caballo alado, el animal mitológico. ¡Huyamos!. En los pueblos que bordean el lago las lluvias son torrenciales, muchas veces van acompañadas con rayos y truenos. Con el quinto centelleo Francisco dio la partida y la carrera se hizo pareja. A los cuatrocientos metros, El Zaino iba de primero a tres cuerpos de ventaja del grupo que se iba desintegrando. La lluvia me golpea la cara y el pecho, El Castaño corre veloz, vuela detrás de El Pinto, El Palomo va de último con su estatura de circo. La tierra ahora está cubierta por el agua, los pozos están a todo lo largo, vamos por donde llaman Paso Real y en ese brusco movimiento hacia la izquierda me voy saliendo lentamente. La caída es inminente, me agarro pero la inercia me lleva por el cuello del animal, me aferro a las bridas y a la silla. La cincha se rompe y el animal se va de bruces con jinete. Caemos en un charco. Allí estoy en el suelo, mojado, golpeado y lleno de barro. El caballo se ha puesto de pie y no se mueve de mi lado, parece un perro fiel. Francisco Mieres se devuelve y no 143


para de reír, es una risa mordaz, gruesa, estentórea. Boris ha seguido directo hasta su establo y el hombre misterioso, el cuarto jinete, el de caballito blanco ha desaparecido. No soy capaz de hacerle daño, mucho menos matarlo, pero me provoca tener un bate treinta y seis y partírselo en la cabeza. ¡Al caballo no, a este gran carajo para que cierre la jeta!

144


JOGGIN EN LA PÍCCOLA A José del Carmen Perozo “… Qué deidad dentro de mí me impulsa a ser demonio devorado…” (Luis Ernesto Gómez: El Otro Lado de la Página)

A

las cinco te levantas, todavía oscuro y haces café. La hora está iluminada en el radio reloj que has programado para que suene más tarde y puedas incorporarte con música. Casi siempre lo haces antes y no le das oportunidad al artefacto para que produzca, junto con Calendario, ese ruido infernal odiado por tu mujer. Sin encender la luz buscas a tientas las chancletas y sales del cuarto cuidadosamente para no molestar. A cierta edad las parejas se dicen las cosas sin reservas, después de treinta años de convivencia, para qué las atenciones, las delicadeces. Ella no pierde la oportunidad de llamarle viejo y él no deja de enfurruñarse cada vez que escucha esa palabreja que tanto le molesta. 145


¡No me llames viejo, que soy menor que tú! Luego te saco tu edad en público y te enfadas. –decía Adelfo. En ese tono pausado, producto de años de paciencia y reflexiones para poder sobrellevar aquel matrimonio que, a la larga, era un buen matrimonio. Nada espectacular pero mejor que muchos que aparentaban dicha y felicidad. Está bien, Brad Pitt, derrochador de juventud. –ripostó ella. Buscando esas discusiones mañaneras que nunca terminan en nada bueno pero que condimentan esas relaciones ya cansadas. Leticia luce aburrida, hastiada de Adelfo y sus chistes de mal gusto. Han pasado los años y siguen discutiendo por las mismas cosas: la toalla en la cama, el talco en el piso, las medias en el rincón. El viejo repite las anécdotas, los cuentos, las bolserías… pareciera que lo hiciera a propósito. Me dirás que ya no levanto, mírame. Adelfo saca el pecho y se observa de medio lado en el espejo del cuarto. ¡Qué talco! Ella soltó una risotada. Ese fue un despertar algo distinto. Lo normal era que Adelfo hiciera su café en silencio y se sentara en la mesa del comedor a leer un poco sorbiendo la infusión con canela y clavo dulce. Hacía un mes que le había llegado la jubilación y se146


guía levantándose igual de temprano, en vez de quedarse un rato más en la cama, dando vueltas como un gusano. No te muevas tanto y déjame dormir. –le decía Leticia somnolienta. La compañera y madre de cuatro hijos. Todos mayores de edad, casados y con críos, los varones. La hembra no ha querido saber nada de pareja hasta no culminar la carrera. ¡Voy a hacer café! –se decía Adelfo. Salía sin encender la luz, el reloj marcaba las cinco y sólo se escuchaba el suave rugido de los aires acondicionados y los ventiladores. Quiero caminar, hace tiempo no lo hago. Estuvo pensando cualquier cosa insignificante hasta que se vistió de entrenador deportivo. Bajó las escaleras y fue hasta la calle con las primeras luces, eran las seis y un poco más. Desde el apartamento en Las Vistas hasta La Píccola, allí daría unas vueltas y regresaría luego de una hora de ejercicios. Hace bien para el organismo, los fluidos, la carne, la materia. Ahora reflexionaba un poco sobre los beneficios del oxigeno y la importancia de la respiración. Hay que llegar a cierta edad para entender, cuando sé es joven maltratamos el cuerpo y pensando que somos eternos, que la salud es como el mármol, imperecedero. Al llegar los primeros signos del deterioro comenzamos a pensar, que si aquello, que si lo otro. Y el dolor instalado en la espalda, como una maldición egipcia, haciendo estragos. Hasta 147


ponerse las medias se convierte en una tragedia de dimensiones estelares. Entonces te dices, tengo que dejar de comer carne roja, debo ingerir frutas, vegetales, dejar la bendita cerveza. Lo haces las primeras semanas, te sientes bien y a los días se te olvida el esfuerzo. El afrecho, el pan integral, la ensaladita… lo echas todo a la basura y vuelves a llenarte de grasa, en ese oleaje te mueves una y otra vez. Sin embargo los años no perdonan, el tiempo es inexorable y sus tentáculos te han atrapado. Sabes que ya no eres el mismo, tu mujer te lo echa en cara en todo momento. Los amigos andan en lo mismo, pero ellos no tienen vergüenza en reconocerlo y viven comprando píldoras, cualquier cosa que inflame, que irrite. Se vuelven una rochela y ríen cada vez que hablan de la tumefacción, hasta que el viejo Carlos, el más vagabundo, te convence. ¿Y esto para qué? -le preguntó Adelfo de una forma tan estúpida que su amigo fue sarcástico. No te hagas el monaguillo, tú tienes más de cincuenta. –le replicó Carlos. Guardó las pastillas y se quedó pensando mentiras. Recordó el día de la vergüenza, veinte años atrás, cuando regresaba del trabajo y conducía por la ciudad. En eso observó a una muchacha en la distancia pidiendo cola. Tiene buen lejos -se dijo- me detengo, le doy el aventón y la invito a un refresco… por allí se puede iniciar una historia de pasión y romance. 148


¿Señor, para dónde va usted? –preguntó la joven. Adelfo la miró, la midió desde la cabeza a los pies. Sesenta y kilos, excelente estatura, cuerpo de sirena, bonita carátula, veinticinco años. Voy para el infierno, no te gustaría acompañarme. –dijo el fanfarrón, queriendo hacerse el gracioso. Al lado de ella apareció su compañera, una descomunal hembra, matahombres, de cabellera espectacular que le dijo sin tapujos. ¡Perfecto, nos metemos los tres en un hotel y hacemos una ensalada! –sonrió moviendo la pelambre hacia atrás. Adelfo se cagó, intentó arrancar pero ya las chicas estaban abriendo las puertas. El rememoró a los franceses que tienen una expresión para esos bochinches. Menú para tres, algo así. Se excusó, dijo que no tenía tiempo, que iba a almorzar. Bueno, entonces nos llevas a comer pescado a Cabeza de Toro –sentenció la diabla quien se había arrellanado en el medio, pegando la pierna al desconcertado conductor. Adelfo, pasmado, recordó que tenía trescientos bolos, un dineral para ese entonces, en el bolsillo de la camisa; como pudo los sacó y guardó debajo de la alfombra. Si me atracan salvo la plata, se dijo. En ese 149


instante pensó en los asaltos, los secuestros, el hampa común… se le vino el mundo encima. Lo atraparon los nervios y no era para menos, un tercio tan pacato como él que no había variado la posición en treinta años, apenas había tenido contadas escaramuzas que terminaron en más pólvora que plomo. Estaba echando bromas, ustedes son muy lindas, pero mi esposa me está esperando. –balbuceó avergonzado. Se sintió humillado por no haber podido responder en el instante, como diría Carlos, ser asertivo. Se vio sentado en la mesa del comedor, seguro en las cuatro paredes de su apartamento, con la amargura de la derrota almorzando con su vieja un plato insípido, una sopa sin condimentos, pero seguro de los peligros de la calle. La escena le estalló en el cerebro toda la noche y aún hoy recuerda lo acontecido y se pregunta de qué tamaño debería ser el riesgo, el atrevimiento para apreciar que rompemos ese miserable cascaron de moralidad y de culpa. Las voy a guardar, pero no necesito de eso –le dijo Adelfo al sibarita. Son muy buenas, desde que las probé no he podido dejar de usarlas. ¡Ah viejito mañoso! –sentenció Carlos. Le dio una vuelta a la urbanización y regresó al punto de origen, pensaba darle tres. Con una hora de ca150


minata es suficiente, se dijo. Años atrás se iba hasta el Paseo del Lago y trotaba. En ese pasado reciente las cosas eran distintas, no usaba lentes para leer, su cabello era abundante y negro, no sufría de achaques y su frecuencia amatoria, como dice su otro amigo sexólogo, era más que normal. Ahora las cosas han cambiado, a veces se le olvida hasta la existencia. ¡Epa! –saluda Adelfo a un parroquiano. ¡Eh!, -le responde el hombre. El extraño camina por la orilla del macadán, a un lado de las jardineras de las casas, lo hace en sentido contrario con el palo de escoba en la mano derecha. Apenas son las siete de la mañana, el tráfico de los autos comienza a despertar y el monóxido de carbono penetra como un aire maligno en los pulmones. Adelfo apura el paso y recuerda que la jubilación le llegó muy rápido, aunque pensó en ella con vehemencia ahora se siente extraño. No sabe qué hacer con el tiempo, observa los tordos -parecen mirlos- unas de las tantas especies que revolotean y cantan entre los arbolitos sembrados a lo largo de la avenida que recorre La Píccola hasta llegar a Canaima, El Rosal Sur, Monte Blanco. Luego de un rato mira la hora en su celular, un Motorola digital de los baratos, decide regresar. Mañana es muy probable que vuelva a salir con su mono azul metalizado, los zapatos Spalding, la gorra importada y el aparatico con audífonos para escuchar música. Es la 151


imagen del propio palurdo que no quiere aceptarse, haciendo joggin para sentirse renovado. Esa moda de caminar no le pertenece ni un poquito, menos la de usar esa indumentaria ridícula. Los métodos para bajar de peso y sentirse bien con la vida a pesar de las miserias, son algo relativamente nuevo, forman parte del arsenal individualista de autoayuda que trajeron los anglosajones. ¡A buena hora!, argumenta Adelfo. Sus compinches retirados, tacaños y hablachentos lo secundan, suelen reunirse en El Apache y La Tovareña para hablar de aventuras amorosas, casi todas inventadas para animar las tertulias. Hay un ruido de latas, de botellas vacías que gravita en su cerebro. ¡Mira, Adelfo, tienes que hacer algo, te vas a tullir! Se dice cada vez que el nervio ciático se le retuerce como un látigo a lo largo de la pierna. Al siguiente día se vistió con la misma pinta, apenas se cambió la ropa interior. Ahora el señor con el palo de escoba va delante de él, a media cuadra. Para no alcanzarlo y evitar el gesto decide disminuir el paso y cruzar a la izquierda. Así está bien, una vez lo saludó con deferencia y éste le contestó sin ganas, hizo una mueca y soltó un monosílabo entre dientes, más por obligación que por cortesía. Así que ya no quiere ni verlo, ni tropezarlo para no tener que decirle nada. Adelfo es medio maniático, la mujer a cada rato se lo recuerda. Hoy se levantó otra vez temprano, la misma rutina del café, las abluciones, el retrete. ¡Viejo!, ¿vas a desayunar? –le preguntó Leticia al regreso de la caminata. 152


¡Sí! –le respondió Adelfo, inmutable, esplendido. Se había encontrado con una deportista que no sólo le contestó con amabilidad el saludo sino que fue más allá del hola qué tal. Parece que la suerte logró sonreírle esa mañana. No estuvo mal cruzar hacia esa dirección, de donde uno menos se lo imagina salta la liebre. Se le habían grabado en las pupilas ese par de piernas bien proporcionadas, caderas, pechugas y aquellos ojos tan hermosos. Comió en silencio, mojó el pan en la salsa, bebió y luego se limpió con un paño de cocina. Respiró profundo, eso pareció una especie de suspiro. Leticia lo miró y no le quedó más que mascullar un improperio. Adelfo cree que se las trae, no sabe mentir. A veces es tan torpe que ella lo deja tranquilo para no hundirlo más en ese fango triste de la compasión y la autocensura. Fisgón y baboso ahora anda comprando franelas, interiores tipo bikini, cremas para las arrugas y loción capilar. ¡Que no se te vaya ocurrir colorearte el pelo, viejo impertinente! –le dijo en seco al terminar el desayuno. ¿De qué estás hablando? –pregunto haciéndose el montuno. Dígame esa vaina, ahora tu padre se metió a viejo verde. Le decía Leticia a los muchachos. Ellos se reían y le respondían a la madre que lo dejara tranquilo. A esa edad suele ocurrir, es una especie de climaterio. 153


Por allí lo llaman andropausia, le argumentaba uno de los varones. La hembra ni pendiente, lo de ella eran los libros y la música. Así fue como Leticia se olvidó de la crisis de Adelfo, que correteara a las mujeres de la urbanización, total ella sabía que aquel monigote era un buchipluma. ¡Todo se le va en suspiros! El hombre estaba desconcertado, esa mamadera de gallo le molestaba. Ahora no sólo era Carlos y la cuerda de amarretes, sino la mujer y los hijos, con la excepción de la niña, estudiosa ella. ¡Viejo degenerado! –fue lo último que le dijo la esposa. No me llames viejo, te lo he dicho, no me gusta. ¡El día menos pensado les voy a echar un vainón! –repetía Adelfo. Una de las tantas mañanas calurosas de aquel mayo miserable, hizo lo que la costumbre y el hábito le indicaban. Preparó el café, llenó el crucigrama, leyó un poco sentado en la poceta, se lavó el culo y se vistió con el espantoso ropaje de caminar. Estando en La Píccola tomó una de las veredas internas y se detuvo frente a la casa de la deportista. Ella le estaba esperando, era la tercera vez que se encontraban, ahora salen a caminar juntos. Ocurre que Adelfo ha perdido la iniciativa y lejos de atacar como el perro de presa que dice ser, se le vuelve el rabo entre las piernas. No sabe cómo ac154


tuar, la emoción lo ha dejado perplejo, rechazando la invitación al sándwich que ella gentilmente le está ofreciendo. Todavía no hemos salido a caminar, dice el muy pendejo. Eso que importa, insiste ella. Ven cómete algo, algo siempre es mejor que nada. En ese momento le vienen ideas confusas, se siente turbado, no está seguro de las palabras. Se le está enredando el volantín, le viene a la mente la tragedia de su primo Francisco que estuvo meses detrás de una mujer y el día que ella decidió acostarse con él no le funcionó la pinga. Por allí comenzó su amistad con el sexólogo, quien le hizo terapia y parece que al final logró su cometido. Pero de todos modos eso es como para echarse a morir. Imagínate, uno a esta edad y que se le presente un chance y cuando estás allí, delante de la fémina. ¡Nada!, disfunción eréctil, como me contó el médico. Y fíjate que yo le dije, ten cuidado con la ansiedad, relájate, siempre es bueno tomarse unos tragos, luego viene ese juego de tocarse, sin apuros, no pienses en penetración. Practica el tantrismo, es más un arte que una técnica, lo inventaron en la India, la tierra del milenario Kama Sutra y el Ananga Rama. ¿De qué verga estás hablando? –preguntó Francisco con asombro en esa oportunidad. Fue cuando entendí la tragedia del primo. Su ignorancia en el tema del amor era proverbial. En el tercer intento no había podido culminar la faena y definitivamente, eso desconcierta a cualquiera. Me ocupé 155


del asunto, ese es un problema de salud pública y de seguridad social. Es más, le presté el carro y el muy idiota dejó en el asiento todas las evidencias. Lo que vino después fue una telenovela, ¡Qué te puedo decir! Adelfo termina el sándwich, bebe el café con leche hasta el final y se limpia la boca con la servilleta. No tenías que contarle a la deportista nada de eso. -Se dice para sí. ¡Eres un lerdo! Ahora va a creer que lo del primo es un cuento autobiográfico, una realidad encubierta por la ficción. ¿Y el primo, en qué paró todo, no lo has vuelto a ver? –la deportista preguntó sin alarma. Yo creo que si el hubiera conocido esas pastillas la historia fuese diferente. No lo volví a ver, se molestó conmigo cuando la esposa lo descubrió. Nadie en esa familia me habla. Me convertí en el malo de la película. ¿Qué te parece? ¿Y tú, no necesitas ayuda? Todavía eres joven –la deportista le sonrió con picardía. Adelfo se sintió magnífico, por fin alguien no le llamaba viejo. Se vio allí en una casa bonita, entrando por la puerta grande, seducido por las piernas, las caderas, las tetas de una deportista. ¡Dios, y aquellos ojos! Recobró con lentitud la compostura, recordó sus mejores momentos cuando comenzó a trabajar en la compañía petrolera. Eran otros tiempos, uno se iba 156


hasta El Rapallo, La Hoyada, El Chicote y allí pasaba la tarde del sábado, bebiendo cervezas de lo lindo, degustando las tapas, apostando a los caballos. Fíjate que no las uso, aunque me gustaría probarlas un día a ver que ocurre –dijo Adelfo insinuante. ¡Síííí! –se le escapó la emoción. La deportista es una mujer diseñada para ser amante. Divorciada y reincidente, independiente, segura y algo dominante. Del primer marido le ha quedado un negocio que ella administra con eficiencia. Del segundo una niña que vive con su abuela. Se ve muy bien, tendrá unos treinta y ocho, cuarenta años a lo sumo. Los ejercicios diarios y la dieta balanceada, natural, la mantienen en forma. No hay un trazo de celulitis, estría, arruga en su piel mediterránea. Sutilmente desvía la conversación hacia la cuestión erótica, le interesa saber si Adelfo no la va dejar a mitad de camino. Vestida y alborotada. No piensa repetir experiencias tristes, malas tardes, frustraciones que producen dolor en los ovarios. Adelfo regresó a su casa como a las ocho y media, se le había ido el tiempo conversando, trompeando la cerca del chiquero como le diría su padre. ¿Por qué tardaste tanto? –preguntó Leticia. Me quedé leyendo el periódico en la panadería –respondió secamente. 157


Receloso, trajo la prensa, un par de canillas y el jugo de naranja. Volvió a desayunar. Pasó esa semana haciendo planes, la emoción lo había desbordado. En eso Adelfo era muy crédulo, desde muchacho se hacía ilusiones con las mujeres, recordó al pequeño Bermúdez y unas palabras de éste cuando eran adolescentes. Adelfo, las mujeres son hijas del demonio, no creas todo lo que te dicen y menos si lloran –sentenció el enano aquella tarde del sesenta y siete, un mes antes del terremoto. Precavido, habló con su amigo. No dijo nombre, lugar, fecha que lo pudiera comprometer. Carlos, mucho más corrido, veterano de mil batallas, lo reconvino por ser tan zopenco, enamorándote solo a estas alturas, no parecen cosas tuyas. Adelfo no se inmutó, pero recibió el zarpazo. No muy lejos de ese día decidió poner en práctica su programa personal. Pensó en Leticia, iba a probar las virtudes de la famosa pastilla antes de intentar la aventura amorosa con la deportista. Habló mucho ese día, fue amable, lavó los platos. Me tomo la píldora una hora antes, de modo que al ir a la cama el efecto debe estar allí, en el miembro, en la naturaleza masculina haciendo su labor. Ocurrió que Leticia, cansada de limpiar y bregar con los nietos, estuvo viendo la telenovela y cuando le dio sueño se volteó, acomodándose en su lecho. El inflamado Adelfo la tanteó, la zarandeó, la procuró y nada. 158


Viejo, duérmete, deja el fastidio. –le dijo con cierta rabia. Esa noche el corazón de Adelfo se le iba a salir por la boca. Se quedó con el madero en el hombro. Ni siquiera pensó en la autocomplacencia, le daba vergüenza esa desventurada situación. Se levantó temprano, más de lo acostumbrado, con la amargura en la lengua, enardecido, parecía un basilisco. ¡Qué desperdicio! –se decía una y otra vez. Al poco rato, ya calmado, pensó con entusiasmo en la deportista, el carruaje de la buena ventura se acercaba, a los tres días dirigía sus pasos otra vez hasta La Píccola, probaría suerte con la nueva amiga que a la postre estaba esperando que el pusilánime se decidiera. Con el mayor sigilo, nadie se enteraría, fue hasta el coliseo. Ese era su preciado tesoro, el secreto de su alma aventurera. ¿Quieres probar mi resistencia? –le pregunto Adelfo con una sonrisa amable. ¡Sí, mi rey! –le respondió la atlética mujer. Si lo logras soy tuya, hoy, mañana y siempre por los siglos de los siglos. ¡Amén!. –respondió Adelfo quien no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. ¡Ven mi rey! –y se lanzó a caminar, luego a trotar y después aquello parecía una gacela. 159


A los doscientos metros el viejo Adelfo cayó, sin aliento, desmayado, apenas consciente. Tuvieron que llamar a Urgencias Médicas. ¡Oxígeno, oxígeno! Ahora, cada vez que pasa por la Píccola, -no ha dejado de caminar- intenta cruzar hacia la izquierda con recato. Lo ocurrido, ha dicho, se lo llevará hasta la tumba.

160


UN NIGROMANTE EN QUIBAYO “….. sólo el conocimiento de nosotros mismos, ese descenso a los infiernos, nos abre el camino de la adivinación” (Albert Béguin: El Alma Romántica y el Sueño)

“Y desde entonces supe que había cosas que no eran del dominio de la condición humana” (Antonio Eduardo Dagnino: Entrevista en la revista Solar)

L

a locura no es una enfermedad producida por un virus, una bacteria; se presenta cuando los circuitos eléctricos dejan de funcionar correctamente por una alteración de los químicos cerebrales. Los signos observables son el desvarío, desconexión con la realidad, evasión. Existe una característica común en los orates y es que hablan poco, en ese mutismo mantienen un eterno soliloquio que les permite ir a todas partes, convertirse en ese personaje de los sueños. Por eso se parecen tanto a los niños, tienen una muy 161


débil conciencia y una gran imaginación. Esta definición no era del todo equivocada, la había inventado a la luz de una serie de informaciones provenientes de la televisión por cable y otros medios informativos. Me resultaba incómodo utilizar el vocabulario científico para expresarme ante los presentes, así que opté por este lenguaje sencillo. De tal suerte que fui pasando a otros temas relacionados con la demencia y cuando por fin toqué el de la mediumnidad, recordé los días en los que consultaba a los oráculos para salir a la calle. Allí pude comprender la cantidad de hechos que me vinculaban a los muertos y la fallida intención de hacerme nigromante. Mi amiga Elsa me preguntó por el personaje y le respondí: es un sujeto medio desquiciado, se vale de la capacidad para desdoblarse y tiene visiones; utiliza el espíritu de los desencarnados para predecir y anunciar el futuro de la misma forma que un astrólogo. Es difícil aceptarlo, ese taumaturgo no es más que una persona neurótica, esquizoide. Al decir esto se prendió la discusión, exaltados, bulliciosos, querían relatar experiencias, dar sus puntos de vista. Una mujer pecosa de ojos amarillos, enigmática, delataba soledad y viejos sufrimientos. Un estudiante de cabello largo, decepcionado de la vida, tenía pensamientos suicidas porque su progenitor era un tirano que lo había despojado de fuerza y voluntad. Estaba también un abogado caído en desgracia por una de esas ninfas que deslumbran por su belleza, capaces de absorberle la última gota de sangre 162


a cualquier insensato inocente. Había para todos los gustos y preferencias… al tanto de los hechos dejé que hablaran. Desde la distancia llegaba un olor a jazmines y azahares. En aquella sesión -dijo una enfermera de mediana edad- encendieron velas y luego se sentaron alrededor de una fogata. Yo estaba expectante para saber qué iba a suceder. La materia, el intermediario, comenzó a pronunciar palabras ininteligibles y de golpe se quedó callado, se me acercó y estuvo tocándome. Pero no es lo que están pensando, lo hacía para quitarme el dolor de ciertas coyunturas. Después se montó una adolescente en la espalda, no sé con qué propósito. Pasaba la mano por la tierra y dibujaba extraños símbolos, hacía muecas, producía ruidos extraños como si tratara entablar comunicación con los duendes del monte. A los pocos años supe que la muchacha se había perdido y que la habían visto con un motorizado en Adicora, fumando marihuana. De seguro aquel médium se había conectado con el espíritu de un curandero. Es común que las personas se hacen auscultar por un benefactor y éste seguramente era uno de los tantos que bajan en estas ceremonias, suele ocurrir con frecuencia. Piden tabaco y algo de beber, por lo general caña clara, lavagallo. En una oportunidad observé cómo uno de estos “chamanes” se tragó en menos de treinta minutos un frasco de aguardiente y cuando finalizó el trance la materia quedó tranquila, como si nada. Ahora la enfermera de edad mediana mira a sus compañeros y argumen163


ta con más fuerza su relato. Al cabo de un rato se fue perdiendo el orden, tenía que gritar para que la escucharan. Le sugerí que cerrara la boca, claro con otras palabras. No es bueno ser indiscreto. Así que se calló, luego terminaron reuniéndose en pequeños grupos. Es impresionante las cosas que cuentan. De todas partes del país hacen viajes a Sorte, la montaña sagrada. Suelen ir para que les digan la buenaventura, muchos necesitan saber por qué ocurren ciertos eventos, casi siempre trágicos, dolorosos; aprovechan la ocasión de curarse de algunos maleficios y brujear. Unos más crédulos que otros le tienen fe a aquellos rituales donde se mezcla la superchería con algunos conocimientos de la ciencia espírita. Miles de personas se aglomeran en carpas a la orilla del río, cerca de las grutas, bajo la sombra de los árboles. En esencia es un lugar mítico donde se observa un perfecto sincretismo mágico y religioso, mezcla de creencias ancestrales indígenas, africanas y europeas. Esto se comprueba por los íconos, aquellos que forman la gran corte: El Negro Felipe, El Indio Guaicaipuro y La Reina María Lionza; “Las Tres Potencias”. Luego de un paseo por los numerosos altares podemos darnos cuenta de la multitud de “deidades”. Entre los más venerables y buscados encontramos a la India Rosa, El Divino Niño, Santa Bárbara, San Benito, San Ramón Nonato, la Virgen de Chiquinquirá, El Hermano Domingo Antonio Sánchez, -protector de los choferes- el profesor Lino Valles, -apóstol de la Diosa de la Montaña- el Ánima de la Yaguara, de 164


Taguapire, de Pica-Pica; Don Juan de la Suerte, del Dinero, del Desespero, de los Cuatro Vientos, de la Verga… y la santería yoruba, ahora de moda: Obatala, Ochogún, Changó… interminable la lista. La señora de mediana edad se había retirado no sabemos hacia dónde y de golpe apareció con una bolsa de empanadas. ¡Albricias!, dijeron al unísono, claro no fue así exactamente, nadie usa esa palabra por estas latitudes; interpretamos, nada más. Diomedes, el de las chiriguas, así le llamamos; armó su pequeño teatro, su circo de seguidores y contó lo suyo. Esta vez los escuchantes eran menos, el grupo se iba decantando, apenas quedaban, como era de suponerse los interesados en asuntos de ultratumba, esoterismo y ciencias ocultas. La mayoría había ido por la diversión y el bochinche. Esa noche –comenzó- fuimos a un barrio en las afueras de la ciudad, me había llevado un radio grabador para dejar registro y una botella de aguardiente, requisito para ingresar a la sesión organizada por una enfermera gorda. No bien llegamos nos quitamos los calzados y las camisas. Sólo los hombres, explicó uno de los bancos, que así le decían a los ayudantes. Estando en una especie de cripta, apareció el sospechoso personaje, el nigromante principal con una cinta roja amarrada a la cintura, luego prendieron tabacos. Cuando se le incorporó el espíritu y estaba en ese estado “hipnótico” introdujo un alambre en los cachetes y se atravesó la lengua con una aguja. Allí empezaron con un ritual extraño, nos hicieron salir y luego los amanuenses, con libreta en manos, 165


nos permitieron uno por uno, entrar al recinto. Yo me había quedado de último, aquello me parecía ridículo. ¿Cómo va a estar un muerto hablando? Aquellas invocaciones las realizaban personas que decían tener facultades, y cuando caían en ese trance dejaban de ser ellos. El que ahora nos atendía era El Vikingo. ¿Y cómo es que este señor, que se supone debe ser escandinavo, noruego, habla español? Entonces me increpó… no debía ser incrédulo, habló del grabador y dijo que la cartera, extraviada en las vísperas, me la había robado mi mejor amigo. Eso me dejó mudo, fue impresionante, creo que leyó con claridad mi pensamiento. Semanas atrás había consultado el I Ching, el libro predilecto de los mandarines, precisamente para descartar y salir de dudas. El hexagrama que apareció junto con las mutaciones me hicieron reflexionar sobre la lealtad, el crecimiento espiritual y el conocimiento sobre uno mismo. Los amigos puedes contarlos con los dedos de una mano y te sobrarán apéndices. La envidia es la más corrosiva deformación de la sustancia humana. ¡Un momento! -le dije a Diomedes quien estaba relatando los últimos hechos traumáticos en su vida- déjame hacer un poco de café y darle a los amigos. Ya somos dos los incrédulos. Luego de disfrutar la amarga infusión habló acerca del pictograma treinta y cinco. La idea, la imagen de la evolución nos la da el sol que va elevándose sobre la tierra. Es un progreso rápido y fácil, que a la vez implica una claridad de alcance cada vez mayor. El 166


camino a seguir en el ascenso, la elevación espiritual, no consiste en conquistar metas, ni en subir altas montañas, sencillamente consiste en limpiar nuestra naturaleza interior de todas las impurezas y errores que hemos ido acumulando en nuestro vivir diario. Cuando esto ocurre experimentamos el cambio, somos nosotros mismos, hemos aprendido a vivir en armonía con lo circundante. Estamos ante la presencia del hombre sabio, y quien es sabio es feliz. Estaba particularmente interesado en las palabras de Diomedes, recordé las lecciones de los espiritistas Allan Kardec, David Grossvater y Joaquín Trincado, acerca de la evolución. Entonces la teoría de Darwin no sólo era cierta sino que ahora podía ser demostrada con el ADN, teníamos genes que provenían de los primeros gusanos, de aquellas larvas que eclosionaron en el charco de los orígenes. ¿Quién iba a pensarlo? Todo lo hace el tiempo y la energía infinita superior. Habló e insistió en la sabiduría de los pueblos indígenas, los seres de esta tierra somos parte del uno… hay que transmutar los elementos. Ustedes recuerdan la publicación de los ecologistas después del Mayo Francés, aquel mensaje que dirigió el jefe indio Seattle al presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, por allá por 1854. Se refería a los animales como sus hermanos: el venado, el águila, el caballo… formando parte de esa unidad. Por eso el respeto que ellos profesan hacia la naturaleza: las plantas, los ríos, las montañas… cómo ha podido el hombre divorciarse de esa idea. 167


Es muy parecido a los principios del kybalión, esas verdades encontradas en un “libro” en la tumba de Thoth, el vigilante. ¡Mmmmmm! parece que ese olor se confunde con los aromas del monte. ¡Permiso! -dije y me retiré un momento del grupo. Hay circunstancias que requieren de intimidad, uno y el universo, esa necesidad de hacer de nuestro cuerpo una maquina perfecta capaz de regularse. He pensado muchas veces en la teoría de sistemas, en la sabia utilización de la energía. Vale decir la alimentación y el proceso químico que se lleva a cabo, la absorción y la extraordinaria capacidad para expeler los residuos. De verdad hablar de muertos y adivinación -continuó Diomedes- siempre despierta la curiosidad. Uno no se imagina los miles de millones de personas que consultan el futuro a través de los diversos sistemas. Yo empecé con las manos; la línea de la vida, la del amor, el monte de Venus. Los anatomistas lo llamaban la eminencia thenar, en él están contenidas todas las cualidades sentimentales de las personas, desde la pasión hasta el amor más sublime y de aquí depende el equilibrio emocional. Hay que darse masajes allí cuando uno siente que está perdiendo la cabeza. Después pasé a los astros; el horóscopo es la expresión común y vulgar de esta mancia atrayente y complicada. Estudiarla es sumamente placentero, sobre todo cuando uno hace el papel de mago. El zodíaco con sus doce signos. Los planetas… uno de 168


ellos, Neptuno, representa el principio de disolución y contemplación. Es Psíquico, maleable y receptivo. También perceptivo, sacrificado, místico, religioso, subjetivo, compasivo y piadoso. Confuso, evasivo, distorsiona la realidad, engañoso e impreciso, muy abarcante… las constelaciones llamaron la atención de las civilizaciones antiguas, ellas fueron asociadas a ciertos animales y símbolos que dividieron la bóveda celeste en segmentos de 30 grados hasta completar los 360 de la circunferencia. Esto me llevó a pensar en los Mayas, tenían una concepción diferente, los trece meses del año siguiendo el ciclo lunar, igual al período menstrual en la mujer. Complicado con las casas planetarias, el ascendente y el tiempo sideral, me dediqué a las cartas. El Tarot me condujo a otros emblemas, los veintidós arcanos mayores. Aquellas “barajas” egipcias que ahora consultábamos sin el más mínimo apego a lo sagrado, contenidas en el libro del señor de la magia, es el método más antiguo para pronosticar. Y diré más, argumentó emocionado por la atención que despertaba entre los presentes, la Tabla de Esmeralda posee las leyes que resumen el conocimiento y la sabiduría del pensamiento alquímico sobre el origen de la vida. Este sistema antiguo está presente en muchas obras y ha trascendido a través de los siglos. No es casualidad que el Apocalipsis esté integrado por veintidós capítulos, así como los preceptos que explican la ley de Dios entregada a Moisés. En la Biblia, a pesar de las páginas que fueron borradas y mutiladas, hay cosas ocultas que pueden remitirnos 169


a grandes enseñanzas. Y si me preguntan por los extraterrestres, diré con el profeta Elías, el precursor, preparaos porque los siete sellos os son dados a conocer y las puertas del misterio os son abiertas para que podáis contemplar el camino de vuestra salvación. De verdad, Diomedes, tú le has dedicado tiempo al ocultismo, pero no me has dicho nada nuevo. –Le dije para ver si soltaba información, seguramente ahora nos vendría con la cábala, un tratado de rabdomancia o algo parecido. A las runas -dijo Diomedes- no le ocupé mayor tiempo y no me gustaron, mi compañera para entonces estaba perdiendo el juicio, a tal punto que la internaron. Yo le leía para entretenerla textos espiritistas, aquello de las madres, las viudas, las novias; los huérfanos tienden sus manos y sus pensamientos hacia el cielo en la angustiosa espera de noticias de sus muertos, ávidos de recoger pruebas de su presencia, testimonios de su supervivencia… casi todos poseen facultades latentes e ignoradas que podrían permitirles entablar relaciones con sus difuntos. Por todas partes existen posibilidades de establecer un lazo entre estas dos esferas… me detuve, no seguí leyendo. ¿Qué es lo que estoy haciendo? De esta manera le refuerzo más la idea, así nunca va salir de ese túnel, pero cómo le digo, cómo le explico que aunque estoy metido en esto no soy un creyente a ciegas. El alma humana aprenderá a conocer las sombras y los esplendores del más allá y, en este conocimiento, ha170


llará una tregua para sus dolores y un manantial de energía en la desgracia y frente a la muerte. Le hice señas para que tomara una pausa y diera oportunidad a los demás antes de irnos a dormir; la de pecas y ojos amarillos pidió la palabra y contó su historia, parecía triste, sombría. El desamor abre surcos en el cuero más duro. A mi me llevaron a Santa Cruz porque estaba siendo atacada por un espíritu maligno. En ese pueblo había una mujer llamada América que hacía trabajos y quitaba maleficios. Ella fue a verme, era de noche, esos trabajos nunca los hacen a la luz del día. Encendió unas velas, hizo un círculo con pólvora donde me metieron. Comenzó su ritual con una oración y al cabo de unos minutos perdí la conciencia, no supe más de mí. Me dijeron que torcí los ojos y gruñía como un bicho, unas sobrinas se asomaron por arriba de un muro y afirmaron que los dientes me habían crecido. Estaba poseída por el espíritu de una mujer diabólica. Para la hechicera y que le costó sacármela. Cuando desperté, después de varias horas, no me querían decir nada. Al día siguiente me contaron y me dieron detalles. Desde esa vez guardo agua bendita y tengo una oración protectora que me entregó la señora América allá en Santa Cruz. ¿Cómo supieron que era el Ánima Sola y no un problema psíquico? –le pregunté. Ella me miró y se dio cuenta, además de incrédulo podía ser irreverente. Me respondió de una forma 171


dura, estaba molesta. A nadie le puede gustar que no le crean, sobre todo si la idea era contar una experiencia, no para que te tomasen en cuenta o llamar la atención. ¿Quién demonios era yo? Me quedé pensando en ese rencor dañino que a veces se almacena en el corazón. Traté de darle una explicación a su relato, sólo para mí. Estas manifestaciones son alteraciones de la conducta, conocidos como ataques de histeria. Desde tiempos remotos se habló del útero que pedía engendrar hijos y era como un animal rabioso, moviéndose de un lado a otro, recorriendo el cuerpo desde la cabeza hasta los pies. Cantidad de rasgos esquizoides se manifiestan en los seres humanos, los confunden con estados de iluminación, supuestas capacidades para curar por intervención divina, hablar a los muertos, desdoblarse, tener visiones. Muchas veces son desórdenes químicos en las neuronas, fijaciones maniáticas, secuelas de sustancias alucinógenas. No le dije nada para no herir susceptibilidades, ella estaba pagando y yo era el organizador de la excursión. Debía se cortés y amable con los clientes. Pensé en el epílogo y en la Biblia. Dichosos los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida y poder entrar por las puertas de la ciudad. Afuera se quedarán los pervertidos, los amantes de la brujería, los que cometen inmoralidades sexuales, asesinos… y los que desean y practican el engaño. Cada quien tiene derecho a tener su pensamiento 172


mágico, pero sin dañar a los demás y sin perjudicar el libre fluir de los acontecimientos. Por hoy está bien, mañana será mejor –les dije- podemos bañarnos en el río, cocinar entre las piedras, lo que ustedes digan, estamos en Quibayo… rodeados de este maravilloso olor a jazmines y azahares.

173


ECLIPSE DE SOL “… sólo la magia defenderá nuestra memoria…” (Manuel Díaz Martínez: Vivir es Eso)

M

e gusta leer, a veces lo hago sin disciplina y en forma indiscriminada. Hoy puedo hacerlo sobre psicología, mañana sobre literatura. Vivo perdido entre los libros, no tengo remedio. Cuando me hablaron de Los Templarios me sumergí en el tema y terminé devorando un texto llamado “El Secreto Masónico”. Al intentar escribir una novela sobre los nigromantes me extravié en una investigación sobre el espiritismo laico hasta que culminé con la “Historia Criminal del Cristianismo”. Se me revolvieron las vísceras de tanta muerte, el fanatismo y la intolerancia habían acabado con ciento de miles de personas en distintas épocas. Cada historia, una más terrible que otra, me fue convenciendo de algo que, sin duda alguna, habrá de revertirse algún día y los pueblos terminarán haciendo justicia. 174


Informado del eclipse comencé a pensar en algo distinto, no quería perdérmelo por nada del mundo, desde meses atrás había sido anunciado y la gobernación del estado, tomando las previsiones del caso, desplegó propaganda e hizo publicidad como si se tratara de la visita del Papa. En vallas, afiches y pancartas se relataba el evento y la prensa hacía lo suyo para ilustrar a la población de la región. En escuelas, las maestras junto con sus niños, hacían concursos de carteleras sobre el fenómeno por ocurrir, el lugar donde se observaría la sombra, el día y la hora exacta del suceso; las previsiones para no quedar ciegos, y algunos detalles menores. Era un acontecimiento que sólo se presentaba, en esa franja de tierra, cada sesenta años. Se justificaba el ruido y así lo entendíamos todos, hasta los espíritus amargados que sólo perciben el olor podrido de las frutas en verano. Andaba contento, había recuperado el auto y la cordura después de semanas de estar sumergido en la desesperanza. Mi hijo mayor atenazado por las presiones de la adolescencia, el abrupto influjo de las testosteronas, se descuidó en el rose de labios con su novia, en el toque nada disimulado, quién sabe… se comió el pare y el trancazo fue es espectacular. Ese accidente me dejó tres meses a pie, llegué a pensar que era lo mejor que me podía pasar, lejos del estrés que produce el manejo, disfrutando del paisaje, caminando, observando árboles y carros y carros… hasta que la buena fortuna regresó. En las horas inclementes, la brisa con olor a salitre 175


que llegaba desde el norte era reconfortante, a veces me quedaba mirando el horizonte y soñaba con viajar en un barco, atravesar el mar Caribe y perderme varios años por las capitales del mundo. Errante como un planetoide perdido en la inmensidad del océano cósmico. Pero no hay como la tierra, aquí están todas las almas, las que se fueron y las que vendrán. Nada es permanente y eso es lo más interesante, quién podría vivir encerrado en una cápsula por siglos donde las cosas son inmóviles, perennes, imperecederas. Se mueve el cielo con su grafismo de elipsis y curvas, líneas que trascienden la imaginación y nos conducen por senderos de luz y sombras. La tierra gira sobre su eje imaginario como una zaranda y esta simplicidad, vista ahora, le costó la vida a unos cuantos sabios de finales de la Edad Media por la obstinación que tuvieron los teólogos de la iglesia cristiana. Ellos no cambian ni se mueven ni mutan, son católicos y protestantes. Algo que sabían los chinos, sumerios, caldeos, fenicios, mayas, aztecas, egipcios, griegos y quién sabe cuanta gente más. La tierra gira sobre su eje y alrededor del sol, nos parece algo tan simple que resulta incomprensible que Galileo fuese condenado a prisión, y otros tantos, como Giordano Bruno, quemado por la tozudez de los cardenales y obispos. Aquellos ignorantes resolvían los misterios con el maniqueísmo simple y brutal de los dogmáticos. Si no es de Dios –el cristiano- le pertenece a Satanás, y la discusión filosófica, científica, quedaba reducida a este axioma ominoso que ofuscó a los renacentistas: poetas, físi176


cos, matemáticos, astrónomos. Fueron los tribunales de la Santa Inquisición y aquellos temibles emisarios los encargados de hacer cumplir la ley y llenar centenares de páginas con procesos absurdos, acusaciones ridículas; sentencias que hoy llenan de vergüenza al género humano. Ahora, qué podíamos decir del sol, el dios de las civilizaciones antiguas, sería dentro de poco atrapado por la luna. El cielo se oscurece, con el umbral se recogen las gallinas y los pájaros, el relato de las abuelas regresa desde lejos con mayor fuerza. Hay que rezar para irnos protegidos, sin manchas de este mundo. Todo era malo, el castigo formaba parte de la pedagogía de entonces, se vivía atado a creencias ancestrales. El pecado y la culpa iban por los lugares más apartados dejando su rastro de resentimiento; engendrando hombres prevaricadores, taimados, violentos. Los responsables: la iglesia, los jerarcas y sus creencias. El dogma de las tres divinas personas, la inmaculada concepción… toda esa pacatería medieval incapaz de darle una explicación a una vulgar manifestación cósmica Me imaginaba conduciendo por la carretera, manglares a ambos lado, aves de distintas especies en las ciénagas y una formación de pelícanos en vuelo, el último será el primero, ellos hacen una formación en ángulo y se van turnando para descansar. ¡Qué maravilla, el desarrollo sustentable, la energía renovable, la limpieza de las aguas y la atmósfera! Unos basurales me arrancaron de la sublime belleza y me 177


introdujeron en la asquerosa realidad -pensar que la ciudad de Nueva York produce 25 mil toneladas de basura por día- para llegar finalmente, pasando por San Rafael del Mohán, donde sería la línea del recorrido, los salares previos a Sinamaica, esa parte de la península bañada por la brisa del golfo. Por esos días me llegó el libro de un estudioso de la astronomía llamado Víctor Rodríguez, quien había hecho carrera en el planetario Simón Bolívar, el observatorio que está en el sector de Las Peonías. Era un compendio de artículos escritos a lo largo de varios años de trabajo y transmitían información científica sobre astrofísica y temas afines. Las crónicas me atrajeron y alimentó ese gusto recóndito por las ciencias, en sus páginas había mucho de ellas, descripciones de aparatos tecnológicos como el famoso telescopio espacial Hubble. No hablaba del eclipse que estaba por venir, el texto había sido publicado cuatro años antes de este fenómeno. Tuvimos una plática por teléfono y el día que lo fui a entrevistar en un programa de radio llamado “Del Tiempo y la Gracia”, se presentó un percance. No tenía celular, muy poca gente ostentaba un ladrillo de aquellos. Hoy en día lo hubiese llamado diciéndole: Víctor, hermano, tuve un problema, voy a llegar un poco tarde, espérame en tal sitio, en fin. Pero no, no tenía el modo para comunicarme, nada que me permitiera en el instante avisarle, llegué pasada la hora y el hombre se había ido. Nunca supe de él hasta el sol de hoy, gracias a las diligencias de un anticuario colombiano quien me ayudó a volver sobre las “Crónicas de Astronomía”. 178


Leer otra vez el libro me produjo gran placer además de sueño, es porque me gusta hacerlo en la cama como la gran mayoría de los mortales. Ese conjunto de textos dedicados a cualquier cosa relacionada con la bóveda celeste: el cometa Halley, Agujeros Negros, Quasar, el Lado Oculto de la Luna, La Vía Láctea, Nebulosas, Estrellas, Galaxias… recordé los días de la niñez y la biblioteca familiar donde pasaba horas leyendo sin más interés que el placer por el conocimiento. Thales de Mileto, el más famosos de los siete sabios de Grecia, quien predijo el primer eclipse sol. Los Mayas andaban en eso de medir todo cuanto se moviera en el cielo. Ptolomeo y su sistema geocéntrico dominó por catorce siglos hasta que llegó Copérnico con lo heliocéntrico. Magíster Dixit Divinum, se decía para alertar que lo expresado por Platón y Aristóteles no tenía porqué dudarse, y mucho menos cuestionarse. El mundo “civilizado” no conocía el nuevo continente y se especulaba sobre la redondez de la tierra, sin embargo culturas avanzadas de este lado habían construido calendarios y fijado fechas para los eventos por ocurrir, entre ellos los eclipses y los grandes cataclismos. Quienes llegaron no sabían dónde lo habían hecho, los adelantados pensaban que estaban en la India. Cristóbal Colón, guiado por las historias de Marco Polo, murió convencido de haber desembarcado en la China e incluso en el Paraíso Terrenal; pues aquella gente desnuda, inocente, en extremo bonda179


dosa, sin ningún tipo de malicia le hizo pensar de esta forma. Más allá de las costas, visitadas en aquel tercer viaje, habitaban los Caribes, defensores de su territorio, estigmatizados como caníbales para exterminarlos. Los Tainos de la Española eran distintos, ellos vendían a sus mujeres por espejitos y sonajeros, lo de la sífilis… ni se diga. ¿Cómo admitir que ellos -los ibéricos- fueron autores y responsables del más grande genocidio cometido contra el género humano? La historia la cuenta el dominador a su manera. Hay versiones, leyendas. ¡Qué decir de las cabezas gigantes, negroides, de los Olmecas! Entonces los africanos occidentales pudieron haber llegado primero, por qué no. Lo cierto fue que el siglo XVI amaneció con un nuevo continente para los europeos. Galileo Galilei, el gran astrónomo quien años después fue condenado por la inquisición, logró tener información de sus antecesores y se dedicó a investigar. Tienes que leer el “Sideruis Nuncius” si quieres entender lo que ocurre en el universo, les decía a sus amigos. Me desperté pensando en cometas y en la Rosa Ursina, sólo que la palabrita en latín no me dejaba en paz, busqué el significado y quedé igual. Los anuncios del cielo, un libro y no un telescopio era lo que necesitaba para investigar. Al hacerlo descubrí que la iglesia para esa época estaba al tanto de los hechos: la redondez y el movimiento de la tierra. Ella tenía el dominio casi absoluto del conocimiento y la información. Si quieres controlar el poder debes manejar la ignorancia. Qué idea e instrumento mejor, la religión y su brazo demoledor: la inquisición. Para 180


la fecha en que Galileo escribió su celebre tratado ya habían quemado a Miguel Servet por afirmar, habiéndolo demostrado como anatomista, que la sangre circulaba por las venas y algunas otras consideraciones religiosas. Los “santos” pensaban que eso era demoníaco, cómo era posible decir algo tan herético; que existía un sistema y éste irrigaba a todo el organismo, y el corazón era el “motor” sagrado impulsando la energía vital, además del centro de las emociones. Si habían quemado al médico y teólogo por demostrar que el espíritu de Dios estaba en nuestra sangre y en el organismo, qué no podían hacer con el matemático, inventor y astrónomo, hablando de cuerpos -astros- celestes en lugar de ángeles. Llamado por la Gestapo del Vaticano, la siniestra inquisición, Galileo tuvo que retractarse para no morir en la hoguera, le dieron prisión perpetua que luego fue conmutada, ya anciano y decrépito, por arresto domiciliario. En 1616 la iglesia católica colocó el trabajo de Copérnico en su lista de libros prohibidos, habían pasado 124 años del primer viaje del genovés y 45 de la decapitación de Tupac Amarú, el último gran jefe inca, por los depredadores y asesinos españoles. Llegado el día hice una pequeña compra para el viaje y guardé lo necesario en la maleta del carro. Mi compañera preparó unas arepas y nos fuimos con los niños menores, el mayor se había ido con los Boy Scout para la isla de Zapara donde el fenómeno sería sensualmente de otra magnitud. El paseo fue una fiesta en puestos y alcabalas móviles de la Defensa Civil, 181


la Guardia Nacional y la Policía Regional; parecía un carnaval aquel despliegue de colores donde repartían folletos, bolsitas plásticas y lentes desechables. Hacían hincapié en cuidar los ojos, proteger la vista de los rayos que podían quemar las pupilas. El tránsito fue normal desde el inicio, cuando atravesamos el puente sobre el río Limón aquello era un alboroto, personas de todas partes del país y del extranjero con sus atuendos: sombreros, blusas, túnicas, sandalias; cámaras especiales, telescopios adaptados, instrumentos de medición y un sin fin de artilugios mostraban los viajeros. Al entrar al territorio nos dieron la bienvenida: antushi jia wopu´müin. A un lado del camino hacia la izquierda, buscando el golfo, atravesamos la tierra arenosa. Cada grupo se acomodó para la ocasión cerca de los dispersos matorrales. Había que esperar al “Perro del Cielo”, como me dijo mi amiga Wong siguiendo la tradición oriental, a propósito del Taoísmo. Fue una de las más hermosas tardes para recordar en la vida. El clima cambió, comenzó a llegar una brisa fría. Los animales realengos empezaron a recogerse. En el salar, rodeado de infinidad de turistas, compartí el espectáculo de la humanidad, seres de todas las edades, lenguas y credos, vinculados por el eclipse. Lo más importante no era el sol opacándose por la luna, estar en el cono de umbra, el día convirtiéndose en noche, nada de eso. Fue aquella sensación de paz y libertad –como si leyéramos un libro- que experimentamos tal vez guiados por el espíritu de los renacentistas. Lo demás quedó en las fotografías. 182


INDICE 1.- El Triángulo De Bermúdez 2.- el doctor hardac 3.- el cuento del monólogo 5.- el huracán del olvido 6.- la modelo 7.- el escritor 8.- el artista 9.- el voyerista 10.- la morgue 11.- el office boy 12.- el gordo 13.- el psicólogo 14.- el castaño 15.- joggin en la píccola 16.- un nigromante en quibayo 17.- eclipse de sol

183


Septiembre 2010 Dise帽o e Impresi贸n Digital HENRYFB

184


El Triángulo de Bermúdez y otros cuentos