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En el siglo XIX temprano, mientras Cartagena se independizaba La Habana plantaba Alberto Abello Vives1

I. Introducción

Durante la última década, en el norte de Colombia ha surgido un proceso acentuado de identificación cultural con el Caribe, entendido éste como esa amplia región supranacional, diferente y diferenciada, entre el norte y el sur de América, a la que pertenece por su geografía, a la que se encuentra unida por la historia desde los primeros poblamientos antes del mundo hispano y con la que conserva rasgos culturales similares. Esa identificación ha conducido a la propuesta de un cambio de nombre. Costa Atlántica ayer, Caribe colombiano hoy. En ese proceso han jugado papel singular los aportes de investigadores e intelectuales que le dan soporte científico. Se ha salido al encuentro del Caribe y en ese andar ha predominado, como resulta obvio en tan corto tiempo, la búsqueda de acercamientos y similitudes con los caribes continentales e insulares de América. Una corriente de pensamiento llega incluso a sugerir la posibilidad de concebir al Caribe como una gran región culturalmente homogénea, cuando aun es indefinible como unidad y lo predominante es precisamente la gran diversidad en materia cultural.

El Caribe está lejos de ser un conjunto de territorios, bañados o no por el mar Caribe, uniformes en el campo de la cultura. Luego del énfasis en la búsqueda de lugares comunes, de puntos de encuentro, es hora de otorgar, especialmente, desde el campo de los estudios, herramientas que permitan tener sobre aquél una mayor y mejor comprensión de ese mundo complejo que es esta región. La Independencia y descolonización, tema que adquiere notoriedad a raíz de los bicentenarios de las independencias de la América continental, están invitando a entender, precisamente, al Caribe como una región de múltiples caminos. La diferencia entre las independencias ocurridas en el Caribe hispano insular al finalizar el siglo XIX (Cuba y Puerto Rico) y las ocurridas en los países latinoamericanos con costas sobre el mar Caribe durante la primera mitad de esa centuria (Colombia, por ejemplo, comenzando en 1810), los procesos de descolonización británica de algunas de las Antillas bien entrado el siglo XX, o aun la incorporación de algunas Antillas menores como territorios de ultramar de naciones europeas, constituyen uno de esos rasgos 1

Este artículo fue leído como ponencia, resultante de los trabajos de investigación del autor en compañía con el historiador Ernesto Bassi Arévalo, en el Diplomado El Caribe, epicentro de la América Bicentenaria, realizado en la Escuela de Verano de la Universidad Tecnológica de Bolívar en Cartagena de Indias, en junio de 2010.


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diferenciadores que se dan en la región. El Cuadro 1 muestra la cronología de los dos siglos de independencias que van entre la revolución haitiana y el nuevo estatus político de las Antillas Holandesas en 2009. Esta situación, el gran período sin finalizar de la descolonización, es uno de los factores que afecta los procesos de integración regional y condiciona patrones políticos, comerciales y culturales que distancian los territorios caribeños entre sí. Los procesos han sido disímiles y, como tales, contribuyen a definir muchas de las particularidades de las nuevas naciones independientes. La conmemoración del bicentenario de la independencia de Cartagena de Indias (el 11 de noviembre de 1811 se firmó su Acta de Independencia) es una ocasión singular para ampliar, desde el estudio de las resistencias, emancipaciones, independencias, aboliciones y búsqueda de libertades, que marcaron al Caribe desde la Conquista misma, esa comprensión de un mundo Caribe no homogéneo. Un mundo de raíces múltiples; más rizomático, a la manera de Edouard Glissant. El largo y diverso camino de las independencias, las profundas asimetrías en el tamaño de las naciones, su población y sus economías; los diferentes modelos económicos de explotación agrícola durante el período colonial (algunos fueron islas de plantaciones y otros territorios dedicados a las haciendas); la diversidad cultural (lenguas, religiones, relaciones con las metrópolis) y ambiental hacen del Caribe una región poco homogénea que difícilmente puede ser vista como una unidad. Esa visión de un Caribe menos homogéneo – una visión seguramente menos romántica – ayudará no sólo a una mejor comprensión de la realidad sino seguramente a entender los obstáculos a la imaginada integración pan caribeña. En 1994, en Cartagena de Indias, nació la Asociación de Estados del Caribe, pretendida como la más avanzada y abarcadora forma de integración regional. Sin embargo, esa compleja situación política derivada de la coexistencia de múltiples estatus políticos (naciones independientes, muchas de ellas independizadas en la segunda mitad del siglo XX; territorios aun británicos; departamentos franceses de ultramar; estados asociados a Estados Unidos) no le ha permitido posicionarse como uno de los organismos de integración más importantes de América. Este ensayo, escrito como preámbulo a la conmemoración del bicentenario de la independencia de Cartagena de Indias, indaga cómo una serie de factores que han sido planteados por los historiadores como posibles causas que motivaron la independencia de la Nueva Granada de la Corona española tuvieron repercusiones distintas – y en vía contraria a la independencia - en otros territorios del Imperio Español. Al estudiar los orígenes de la Independencia, los analistas argumentan a favor de factores externos e internos – políticos, ideológicos y económicos – que sirven como detonantes de las guerras que dieron al traste con la posesión española sobre los territorios americanos. La independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa


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y la llegada de las ideas de la Ilustración a América; las reformas borbónicas, la pérdida del “consenso español” y su impacto en el Nuevo Mundo; la invasión francesa de España en 1801 con la toma del trono español por Napoleón y el consecuente vacío de poder al otro lado del Atlántico; así como los conflictos de intereses entre criollos y peninsulares hacen parte de ese conjunto de factores externos con alta incidencia interna, cuyas consecuencias fueron precisamente las guerras por la expulsión de los españoles. Sin embargo, lo que acontece en Cartagena de Indias y en La Habana, planteadas como ciudades “hermanas”, “cercanas” o al menos “parecidas” por ensayistas que salen al reencuentro de la “caribeñidad”, nos muestra cómo se abren dos caminos a partir de las repercusiones diferentes de los mismos factores arriba mencionados. Como lo sugiere el título de este ensayo, mientras Cartagena se independizaba, La Habana plantaba, es decir, desarrollaba las plantaciones azucareras esclavistas y exportadoras, y convertía a Cuba, a partir de ellas, en la gran productora de azúcar del Caribe. II. La Habana y Cartagena de Indias

Estas dos ciudades, además de tener ciertas similitudes en su ingeniería y arquitectura, de haber estado conectadas en la ruta de las embarcaciones que llevaban a España los metales preciosos provenientes del Perú y México, y de vivir del situado fiscal, se habían impuesto ante otras ciudades por su importancia estratégica para la Corona. Cartagena eclipsó a Santa Marta al norte y La Habana hizo lo mismo con Santiago al oriente. Pero, además, así como la provincia de Cartagena mostró al despuntar el XIX una superioridad demográfica y económica en el conjunto de provincias del Caribe neogranadino, en La Habana y su entorno regional se concentraba también la actividad económica frente a las otras regiones de la isla. Mientras Cartagena asumía el camino de la independencia, declaraba la guerra a Santa Marta por realista y sufría los rigores de la Reconquista hasta ver la salida de las últimas tropas españolas en 1821, en Cuba se daba la expansión de las plantaciones azucareras a partir de la ocupación británica de La Habana y de la Revolución Haitiana a finales del siglo XVIII. En el XIX, mientras Cartagena vivió la decadencia luego de su independencia, La Habana vivió su esplendor. Esplendor arquitectónico y urbanístico, riqueza para sus élites esclavistas y negreras a partir de la producción y comercialización de azúcar.

III.

La Plantación

Al hacer referencia a la plantación impulsada desde La Habana, se hace desde la visión de un modelo agroexportador particular que se logra en la isla inglesa de Barbados, en la primera mitad del siglo XVII, y se convierte, precisamente, en un modelo de


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explotación agrario que transforma las técnicas de producción y la productividad anteriores y marca lo que luego en materia de caña de azúcar se hace en el Caribe y Brasil. Se trata de la plantación surgida de la denominada sugar revolution (revolución azucarera), como se ha llamado desde el mundo angloparlante a las transformaciones técnicas, productivas, sociales, comerciales y políticas que ocurren luego de la asistencia que expertos holandeses expulsados del norte brasilero brindaron a propietarios ingleses que ocupaban la isla. Los cambios poblacionales debidos a la importación masiva de esclavizados africanos, y el crecimiento gigantesco de la producción y del comercio fueron algunas de sus características. Y ese “modelo”, alcanzado inicialmente en Barbados, se irrigó posteriormente a las Antillas británicas y francesas. En general, la plantación es una unidad socioeconómica conformada por una gran extensión de tierra dedicada al monocultivo y exportación de azúcar, que utiliza mano de obra esclava en grandes cantidades, intensiva y confinada, cuyo trabajo es supervisado por hombres blancos para propietarios ausentistas. Su funcionamiento exigía un sistema legal favorable e involucraba la actividad portuaria y el sistema de navegación; todo ello al amparo de las coronas. La plantación, donde se introdujo, generó cambios en la oferta natural de los recursos, al tumbar los bosques originales – para utilizar las tierras para el cultivo, para usar la madera en las construcciones y como combustible. Con facilidad esta forma de producir caña remplazaba otros cultivos por su alta rentabilidad, muy superior a la de otros productos agrícolas. Si se observa el Esquema No 1, la ruta de los cultivos de caña, que a partir de la revolución azucarera podemos denominar como plantaciones, encontramos que éstas tuvieron un desarrollo tardío en el Caribe español. En algunas regiones, como la provincia de Cartagena, en el Caribe colombiano, nunca se desarrolló este sistema de explotación agrícola. Son varias las razones que explican la no introducción del sistema de plantaciones en el Caribe hispano. Una de ellas, tal vez la más importante, está asociada a la explotación y tráfico de los metales preciosos, objetivo central de la conquista y colonización españolas. Recordemos que desde la visión mercantilista de la época en España predominaron aquellas vertientes metalistas que privilegiaron la búsqueda del oro y la plata. Por ello abandonaron islas que luego fueron ocupadas por naciones enemigas y adentraron en el continente; saquearon inmensos territorios y poblaciones; incorporaron la esclavitud y crearon el sistema de flotas para el transporte de la riqueza extraída de las minas continentales. Cuando el sistema de transporte contaba con pocas embarcaciones o éstas eran poco frecuentes, el espacio de las embarcaciones se reservaba a aquellos bienes de mayor valor/peso. Predominó la búsqueda de una mayor rentabilidad de los sistemas, lo que descartaba la posibilidad de transportar cualquier otro producto (especialmente agrícola) y desestimulaba su explotación o cultivo. Así, el oro fue el principal renglón transportado en el siglo XVI, para luego ser la plata en los dos siglos siguientes.


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Muy a pesar de las reformas borbónicas y del interés de estimular nuevas exportaciones desde sus colonias, los metales siguieron siendo el principal renglón transportado entre las colonias y la península. Muy poco fue lo logrado en materia de diversificación de producción y transporte y aunque la política borbónica fue poco exitosa, fue en La Habana donde encontró mayor eco y mayor capacidad de negociación por parte de los hacendados interesados en el negocio de las plantaciones azucareras a partir de los últimos años del siglo XVIII. Mientras que peticiones orientadas a buscar apoyo para promover un nuevo desarrollo agrícola y diversificar la producción realizadas desde las provincias de Cartagena y Santa Marta en el hoy Caribe colombiano fueron desatendidas por la Corona, la élite cubana logró consolidar un grupo de presión importante que obtuvo poco a poco logros en sus reivindicaciones, siendo ellas muy importantes en las primeras décadas del siglo XIX.. En el mundo, la guerra entre Gran Bretaña y España y, en la Nueva Granada, el levantamiento de los Comuneros en los Andes Orientales, según Helg fueron sucesos que “dirigieron la atención de las autoridades coloniales hacia asuntos más urgentes” (Helg, 2005). Y fue precisamente la toma de La Habana por los ingleses desde Jamaica en 1762 el principal detonante del interés de los hacendados de romper las barreras impuestas por la Corona y transformar las viejas haciendas en verdaderas plantaciones de alta productividad utilizando mano de obra esclava.

IV.

La Independencia de Cartagena

Bassi (2007) argumenta que varias razones explican el aumento del deseo de las élites cartageneras, integradas por comerciantes y hacendados, de obtener mayor autonomía de España. Un factor fueron las medidas para la importación de licores. También influyó la promulgación del Reglamento de Libre Comercio (1778), que impidió a los puertos del imperio negociar sin tener que usar a Cartagena y Cádiz, lo que favorecía a Santa Marta. Y, finalmente, obraron la persistencia de la negativa española de comerciar con naciones neutrales en tiempos de paz y el establecimiento del Consulado del Comercio en 1795, que amplió el poder y la influencia de los comerciantes y se convirtió en un foco de las ideas liberales. Recordemos, entonces, que el 22 de mayo de 1810 fue el punto de partida de la ruta de la independencia de Cartagena, cuando se expulsa al gobernador español y se nombra una Junta de Gobierno, precisamente por esa reivindicación de mayor autonomía y el vacío de poder producido por la invasión francesa de la Península Ibérica. El acta de Independencia, cuando Cartagena declaró su independencia absoluta, se firmó al año siguiente, el 11 de noviembre de 1811, bajo el grito “¡Que viva la libertad. Que muera la Tiranía!, el año siguiente, el 11 de noviembre de 1811. La radicalización a favor de la independencia estuvo a cargo de esa élite local, vinculada al comercio legal e ilegal, portadora, como se ha dicho, de ideas liberales y democráticas, y de artesanos, mulatos y negros libres. Pedro Romero, artesano oriundo de Matanzas, Cuba, lideró la


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movilización popular de los Lanceros de Getsemaní, denominada así por el barrio colonial desde donde se inició la marcha, frente al convento de San Francisco, hasta el Palacio de Gobierno, frente a la Catedral. En 1815, Cartagena fue sitiada por la reconquista española al mando de Morillo y sólo hasta el 10 de octubre de 1821 se hicieron finalmente a la mar las embarcaciones con los derrotados españoles.

V. El camino de La Habana

Tres podrían ser las causas que hicieran que La Habana tomara un rumbo diferente a fines del siglo XVIII y principios del XIX: La ocupación inglesa en 1762, que estimuló la introducción del sistema de plantaciones y la importación de esclavos, como arriba se anotó; la independencia, en 1776, de Estados Unidos, que al no poder comerciar con las colonias británicas generó una demanda insatisfecha que los habaneros se propusieron cubrir; y la revolución haitiana, con la declaratoria de independencia en 1804, que al transformar totalmente el sistema de plantaciones, cambiar la propiedad de la tierra y la forma de trabajarla, y como resultado de todo afectar el mercado mundial de azúcar, se aceleró el impulso de la economía azucarera y del sistema de plantaciones en Cuba (García, 2004). En efecto, aunque no hay coincidencia en la historiografía sobre los orígenes de la plantación esclavista azucarera en Cuba, bajo la tecnología de la sugar revolution. La literatura historiográfica coincide en que se inició durante la segunda mitad del siglo XVIII, pero es ya el siglo XIX el que permite observar su consolidación. Esta manifestación tardía de la revolución azucarera tuvo lugar simultáneamente en Puerto Rico, Trinidad y la Guayana británica (Knight, 1977).

Para comprender la introducción del sistema de plantaciones en Cuba es preciso repasar algunos acontecimientos de su siglo XVIII. En 1739, se había creado la Real Compañía de Comercio y establecido el monopolio azucarero. Sin embargo, por esa época la producción de azúcar era muy pequeña: en 1740 sólo llegaba a escasas 2000 toneladas. El alza de los precios internacionales desde 1755 estimuló el aumento de la producción en la isla, a tal punto de superar ya en 1758 la poca capacidad de transporte de las flotas, lo que ocasionó un enfrentamiento entre el Gobernador y los azucareros con la Real Compañía. Poco más tarde, en 1762, durante los 11 meses de la invasión inglesa, se introducen a La Habana 4000 esclavos. Estos entraron a la isla, en buena medida, para el negocio del azúcar. Asi, la idea de organizar en la isla hispana una sociedad de plantación esclavista logra echar raíces, a la manera de lo ocurrido en la Jamaica a partir de la caída de ésta en manos británicas en 1655.


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Entre 1760 y 1792, Cuba era el único territorio colonial hispánico que exportaba azúcar. Luego, a partir de 1792, La Habana vive su primer auge azucarero “que envejece repentinamente todas las formas administrativas y jurídicas de la colonia” (Moreno Fraginals, 2001, p. 81). Entran en conflicto las necesidades de la producción con el régimen jurídico colonial: la política imperial había construido las barreras para una fácil expansión del negocio, que chocaban con el estímulo a la producción local y el avance del sistema de plantaciones a raíz de las circunstancias internacionales. La Habana tenía las condiciones para el desarrollo de la plantación: “a. Tierras fértiles, de fácil explotación, situadas cerca a la costa, con fácil acceso a los puertos de embarque; b. bosques que proporcionaban maderas de gran calidad para la construcción de trapiches, carretas e implementos, y para levantar el conjunto de edificios requeridos, aparte de suministrar combustible – leña – durante toda la zafra; c. ganado abundante para alimentar esclavos y tirar del trapiche y las carretas; Instrumentos de trabajo” (Moreno Fraginals, 2001, p.41) . Sin embargo, existían serias limitaciones establecidas por la política imperial para la expansión. Entre ellas se contaban: el monopolio del comercio que frenaba las actividades mercantiles con comerciantes de otra nacionalidad; la prohibición del comercio directo de esclavos; el uso restringido a las tierras (mercedes, bosques, baldíos, mayorazgos); la restricción al uso de los bosques destinados por la Corona para servir de materia prima para la reparación de la Marina Real en el astillero del puerto, abierto en 1748; y el pago de impuestos y diezmos. España, además de producir azúcar, no poseía un amplio mercado interno del azúcar, ni una amplia red de comercialización internacional; no contaba con una gran marina mercante, y restringía la existente, como ya se ha anotado, para las necesidades de la Corona. Buena parte de sus capitales se orientaban a la minería, haciéndolos escasos para otras actividades comerciales, especialmente para la financiación del negocio azucarero y el desarrollo de la técnica y la infraestructura. Había un desbalance entre el “impetuoso desarrollo productor de la colonia y la capacidad consumidora y re exportadora metropolitana, que obligó a la sacarocracia – nombre acuñado por Moreno Fraginals – a buscar otros cauces del comercio internacional” (Moreno Fraginals, 2001, p. 377). Del conflicto entre productores y la Corona surgen a finales del siglo XVIII el Real Consulado (en 1795, con una junta de fomento incorporada), como en Cartagena, y la Sociedad Patriótica, que “se tomaron atribuciones que nunca se dieron en sus congéneres americanos” (Moreno Fraginals, 2001, p.89). Hacían parte de estos los hacendados y comerciantes de las provincias de Cartagena y Santa Marta. Los productores propusieron la utilización de los diezmos para el arreglo de caminos y de la infraestructura, y muchos se negaron a pagarlos. Ya en 1804, la Corona aprueba el no pago de este tributo por parte de los nuevos ingenios que se organizaran desde esa fecha y da un trato nuevo a los viejos ingenios: les congela el monto del pago a una


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cantidad fija sobre la base de la producción del año de expedición de la medida (Moreno Fraginals, 2001, p.106). Entre 1789 y 1804 se libera el negocio de esclavos negros y se otorgan permisos para comprar y también para participar en el negocio. Los productores criollos obtuvieron poco a poco importantes conquistas para el negocio azucarero y el desarrollo de las plantaciones. En Cuba el negocio azucarero no fue producto de una política deliberada de la Corona, como ocurría en las colonias de las metrópolis inglesa, francesa y holandesa. “La vida azucarera ha sido edificada – según Moreno Fraginals – por sus propias manos, no la ha importado de España, es un fenómeno insular, autóctono”. De ahí el papel de la elite habanera con la Corona y la relación con otras naciones en el impulso a las plantaciones azucareras; “los azucareros – según el mismo autor – son gentes atraídas por un centro que tiene su base en Inglaterra y Francia” (Moreno Fraginals, 2001, p. 109). Ya en 1820 se armonizaron los intereses de la Iglesia con los de los hacendados. La Iglesia justificó la esclavitud mientras las élites habaneras, de hacendados y comerciantes, vinculadas al negocio del azúcar, adquirieron riqueza y poder. En este caso cualquier intento de restricciones al comercio hubiese hecho estallar la independencia de la isla. Los azucareros fueron ganando espacio; obtuvieron “leyes que aseguraron el disfrute pleno de la propiedad inmobiliaria liquidando los antiguos conceptos de tierras mercedadas”, “borraron los obstáculos a la devastación de montes, y por último consiguieron la expulsión de los vegueros que quedaban en las tierras realengas” (Moreno Fraginals, 2011, pp, 84, 107, 112). Los azucareros primero consiguieron libertad para la expansión de los cultivos en un radio de 30 leguas desde La Habana (1800) y luego conquistaron definitivamente la propiedad no sólo del suelo sino de los bosques existentes en ellos, cuya propiedad estaba en manos de la Corona (Funes, 2005). Es en 1815 cuando se expide la Real Cédula que levanta los obstáculos legales para el desmonte y el uso del bosque para el negocio azucarero y concede “a los particulares el derecho perpetuo a abatir con entera libertad sus árboles” (Moreno Fraginals, 2001, p. 209). De igual forma, el auge del negocio azucarero había traído consigo, no sólo mayor demanda de madera, sino una expansión de la demanda de tierras para la agricultura (para la ampliación de los cultivos de caña en las haciendas, para los nuevos cañaduzales y para el reemplazo de aquellas tierras de baja productividad). La poca claridad sobre la posesión de las vegas de tabaco, las haciendas comuneras, los realengos y los terrenos comunales fue también una severa restricción a las inversiones requeridas por las plantaciones y la importación de esclavos. Es la Real Orden del 16 de julio de 1819, la que da claridad y tranquilidad sobre la propiedad y dominio particular de las haciendas en la isla de Cuba (Sanz Rozalén, 2005, p. 257). Cuando en la Nueva Granada se libraba la Batalla de Boyacá, en la isla se avanzaba en las conquistas que la sacarocracia arrebataba, poco a poco, a la Corona.


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Y eso se ve reflejado en el crecimiento de la población esclava a partir de la década de los veinte del siglo XIX. Basándose en los censos de población y vivienda, Modesto González establece el tamaño de esta población en 194,145 en 1817, 286,942 en 1827 y 436,495 en 1841. En 1860 Cuba contaba con cerca de 2000 plantaciones, de las cuales se calcula que la mitad poseía ya máquinas a vapor.

VI.

La complejidad del Caribe

Así las cosas, cuando Cartagena de Indias, como parte de la América continental, tomó el camino de la independencia, quienes asumieron liderazgo en Cuba desde La Habana mantuvieron la isla (hasta 1898) “en el seno del imperio sin – como lo asegura Piqueras – haber llegado a ser nunca parte real de la nación española y sin haber disfrutado de un autogobierno efectivo, aunque efímeramente se proclamó lo uno y se le otorgó lo otro”. Según este autor, en 1825, “impotente ante la pasividad de los habaneros frente a las ideas emancipadoras, Félix Varela, precursor del pensamiento independentista, escribió que en Cuba no había amor a ninguna patria, “más que a las cajas de azúcar y a los sacos de café”, ni existía “otra opinión que la mercantil”. Pues ante el dilema de escoger entre la plantación esclavista y la nación, considerándolas con realismo incompatibles, la élite insular colonial y la mayoría de la población optó por los fabulosos beneficios que proporcionaba la primera en la era dorada de los altos precios del dulce, demanda mundial en expansión y mano de obra asegurada aun sirviéndose de medios ilícitos para obtenerla” (Piqueras, 2005). La élite habanera de plantadores, negreros y comerciantes renunció a seguir la tendencia independentista de la América Hispana y prefirió acercarse a la Corona y a las clases poderosas españolas. Esto le permitió a España mantener su posición estratégica en el Caribe luego de la pérdida de las posiciones continentales a cambio de protección a sus negocios, ascenso y reconocimiento social, presencia temporal de criollos en la administración insular y complicidad en la trata clandestina de esclavos. La trata de esclavos fue abolida por los británicos en 1807, al despuntar los tiempos de la revolución industrial. Durante mucho tiempo presionaron para que las otras potencias europeas cesaran la introducción de esclavos de contrabando en las Antillas. En 1815, con Francia, y en 1817, con España y Portugal, firmaron tratados prohibiendo la trata. Pero la demanda de Cuba continuó creciendo (Moya Pons, 2008). El caso de Francisco Arango y Parreño ilustra el “matrimonio” entre la “sacarocracia” criolla y la Corona española. Esclavista y promotor de expediciones a África, Arango y Parreño fue uno de los voceros más destacados de los hacendados. Siendo una de las cabezas más visibles de esta élite, fue nombrado por Fernando VII ministro del Consejo de Indias en 1815 y ministro del Consejo de Estado en 1819. Mientras Cartagena padecía la reconquista (entre 1815 y 1821), La Habana entre 1814 y 1820 “selló una


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suerte de alianza con la metrópoli y el reformismo absolutista”. Mientras Cartagena vio con sus propios ojos el triunfo de una revolución política y militar que sellaba definitivamente la independencia de la Nueva Granada, La Habana presenció una profunda reforma económica que selló a Cuba como la “siempre fiel isla”. (Piqueras, 2005) Pero la historia siguió haciendo sus esfuerzos por juntar a las dos ciudades, que habían estado unidas por las rutas del comercio de los metales. Sus residencias y fortificaciones, más no su economía, las hacían semejantes, al ser construidas bajo las mismas tendencias de ingeniería y arquitectura de la época colonial. Pero es la participación de Pedro Romero y de José Fernández de Madrid en los sucesos de su época la que las une a pesar de los caminos distintos recorridos. Acaso, ¿no resulta curioso que, por un lado, un artesano de Matanzas, Pedro Romero, residente del barrio cartagenero de artesanos de Getsemaní, fuera líder destacado de la independencia de Cartagena, y, por el otro, que el joven cartagenero José Fernández de Madrid, fundador del Argos Americano, firmante del Acta de Independencia de Cartagena y quien fuera miembro, como representante de esta ciudad, del Congreso de la Unión y miembro del triunvirato que gobernó a la Nueva Granada desde 1814, fuera desterrado por Pablo Morillo y su destierro terminara en La Habana donde – según el historiador Eduardo Lemaitre – se le puso en libertad condicional, pudo publicar el Argos Americano y terminara viviendo allí cerca de 10 años? …¿Estuvieron Cartagena y La Habana unidas por estos dos protagonistas de la Historia a pesar de haber tomado rumbos diferentes?

VII.

La comprensión del Gran Caribe

El estudio comparativo de los casos de Cartagena de Indias y La Habana en las primeras décadas del siglo XIX, mientras una se independizaba de la Corona Española y sufría luego con dureza la Reconquista y el subsiguiente período de despoblamiento y crisis hasta finales del siglo, y la otra arrebataba paulatinamente medidas a la Corona a favor de las élites de hacendados promotores del sistema de plantación esclavista y azucarera que llevó a la isla a ser gran exportadora de azúcar en el mismo siglo, hace aun más complejo el entendimiento del Gran Caribe. Si bien los procesos de independencia se han surtido a lo largo de dos siglos, con características distintas entre las colonias de las distintas metrópolis, en el caso estudiado, dos ciudades del mismo Caribe Hispano, se encuentran resultados distintos frente a las mismas circunstancias internacionales (reformas borbónicas, independencia de Estados Unidos, Revolución Haitiana). La una toma el camino de la independencia, la otra el camino de las plantaciones que se había abierto con la revolución azucarera de Barbados. Mientras en el hoy Caribe colombiano no hubo plantaciones de este corte, a


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partir de La Habana, Cuba se convirtió en una poderosa isla de plantaciones, llegando a ser el primer territorio hispano en incorporar masivamente el sistema. Cuando, para muchos expertos en el Caribe provenientes de las ciencias sociales, el Caribe es el área geográfica de las grandes plantaciones azucareras y éstas definen su cultura y su sociedad, la situación que salta a la vista en el caso expuesto en este escrito es que el Caribe es un área cultural aun más compleja de lo que se piensa y el Caribe colombiano es un territorio que contribuye a entenderlo más diverso y complejo.


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ANEXOS Mapa 1. El Gran Caribe

Fuente: Klak (1998)


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Tabla No 1. Fecha independencias en el Gran Caribe Países Antigua & Barbuda Antillas Holandesas Aruba Bahamas Barbados Belice Colombia Costa Rica Cuba Dominica El Salvador Granada Guatemala Guyana Haití Honduras Jamaica México Nicaragua Panamá República Dominicana St. Kitts & Nevis St. Lucia St. Vincent & Grenadines Surinam Trinidad y Tobago Venezuela

Año 1981 1863 1986 1973 1966 1981 1810 1821 1902 1978 1821 1974 1821 1966 1804 1821 1962 1836 1821 1903 1865 1983 1979 1979 1975 1962 1810


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Esquema 1 – Cronología del azúcar Fuente: Abello y Bassi (2006), p 20

Mediterráneo (Chipre, Creta y Sicilia) Finales de la edad media

Pre-„sugar revolution‟

Península Ibérica (Valencia y Granada)

Post-„sugar revolution‟

Siglo XV

Islas Madeira y São Tomé

Islas Canarias 1530s

1492

1500-1510

La Española

Brasil

1790s 1640s

Guadalupe y Martinica

1520s

1640s

Barbados

1511

Cuba

1519

Jamaica 1660s

1660s 1700-10

Haití

1820s

St. Kitts, Antigua, Montserrat y Nevis

Perú

1790s

Nueva España

1515

Puerto Rico

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