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No se trata de pintar la piel, que solo es la apariencia, el envoltorio. Es preciso entender cómo se originó la montaña, qué sucedió dentro, comprender la raíz, lo medular que integra el núcleo. Pintar la temperatura, la humedad que desprende la nube, aquello que da forma a la epidermis hasta conseguir “la atmósfera” precisa y que la luz surja del interior del cuadro. J.P.



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