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El Matrimonio es un sacramento Más fuerte que la muerte Hablar del sacramento del Matrimonio nos lleva hablar de la pareja humana y de la sexualidad. Lo primero que nos dice el hecho de la sexualidad humana es que el hombre es un ser llamado a comunicarse con otros hombres, a realizarse en la común-unión con los otros. La sexualidad es el signo más inmediato de esta estructura dialogal del hombre inscrita en su propio ser. En el segundo relato de la creación se ve al varón formado por Dios del barro y del aliento divino que, tras ponerle nombre a todos los animales de la tierra, descubre que estos no lo satisfacen: "para el hombre no encontró una ayuda adecuada" (Gn 2,20c). Es decir, el hombre sigue incompleto, solo. Pero esta ayuda adecuada aparece cuando Dios crea a la mujer, ante lo cual el varón exclama: "¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Será llamada varona porque del varón ha sido tomada" (Gn 2,23). "Esta sí", es decir, los otros seres vivos no. El hombre sólo es hombre en la comunión con su pareja. De ahí que el Génesis agregue: "Por eso deja al hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (Gn 2,24). Este misterio del amor humano se ha expresado siempre en todas las culturas de diferentes maneras y en diversas instituciones. En la Sagrada Escritura vemos que la Ley de Moisés condena el adulterio (Ex 20,14) y hasta la codicia de la mujer del prójimo (Ex 20,17b). Todo el Cantar de los Cantares está dedicado al amor de un amado y una amada que se juntan y se pierden, se buscan y se encuentran. En el libro de Tobías, se celebra el amor matrimonial de Tobit y Sarra. Jesús es fiel a la tradición judía en sus afirmaciones sobre el matrimonio. Cuando recuerda el relato del Génesis agrega: "De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios unió no lo separe el hombre" (Mc 10,89). Al afirmar que el Matrimonio es un sacramento estamos diciendo algo más. Afirmamos la relación entre la institución matrimonial y la gracia salvadora de Cristo. Afirmamos el rol peculiar del amor humano en el plan de Dios, amor humano que es planificado por la Redención obrada en la Pascua.


El pecado ha herido nuestra naturaleza humana. Por eso, no hay obra del hombre que abandonada a sus solas fuerzas pueda alcanzar su cometido. De ahí que la obra salvadora de Jesucristo abarque toda la vida del hombre. ¿Cómo no tocaría, entonces, a la realidad del amor humano? Qué es el amor Pensemos en nuestra propia sociedad. Se nos dice, a veces, que el amor es sólo un sentimiento pasajero, o una cuestión de edad, o la simple atracción sexual. Este amor, en el fondo, es un amor egoísta, que sólo busca la propia satisfacción y rara vez el bien del otro. Y nunca, o casi nunca, busca plenificarse en la transmisión de la vida. Este amor, entonces, no implica compromisos de ningún tipo: ni para uno mismo (la propia entrega), ni para con el otro (la fidelidad), ni para con la sociedad (la apertura a los otros y la fecundidad). De aquí se derivan otras cosas: la mujer es vista como "objeto" y sólo "sirve" para satisfacer los deseos del varón. En base a esto se forman "modelos" o "prototipos" de "mujeres 10" y varones 10". Las cualidades que intervienen en la formación de este modelo poco tienen que ver con lo profundo y lo auténtico del ser humano: sólo se trata de "medidas", "físico", "edad", "color de ojos", "estatus", etc., etcétera. Parafraseando a un triste soberano del siglo XVIII, podríamos decir: "Amor, ¡cuántas barbaridades se cometen en tu nombre!". Y Dios es Amor" (1 Jn 4,8b). Así habla de Dios la primera carta de Juan. Todo amor auténtico procede de Dios y lleva a Dios. En el sacramento del Matrimonio el amor que el hombre y la mujer se prometen es "bendecido" por Dios. "Bendecir", o sea, "decir bien". Dios "dice bien" acerca del amor matrimonial y así lo introduce en su eterno misterio de Amor, porque el mismo es Amor. El sacramento del amor De la peculiaridad del sacramento del Matrimonio nos habla el hecho de que no son el obispo, el sacerdote o el diácono los ministros de este sacramento sino los propios esposos, que expresan en su "consentimiento matrimonial" ante la comunidad


cristiana su compromiso en la entrega mutua y en la transmisión de la vida. El Matrimonio, entonces, no es una expresión de deseos. Es ,como decíamos, un compromiso. Y como tal está ligado a una firme determinación de la voluntad y a una acción humana responsable. No siempre en la vida "se siente" el estar junto a alguien. Y a veces el amor, como la fe, se da en la oscuridad y en la incertidumbre. ¡Qué lejos de la dignidad humana está una imagen del amor que sólo se mueve por lo que circunstancialmente "se siente"! ¡Qué mediocre y cómoda actitud! Es como vivir en la superficie de las cosas, sin comprender la profundidad de lo que significa vivir. No debemos pensar que el sacramento del Matrimonio es una especie de "solución mágica" de los problemas del amor humano. No. Pero es gracia de Dios que crea un espacio de posibilidad para que el amor crezca y se transmita. Es que el amor necesita ser alimentado día a día a través de mil gestos y expresiones. El amor es una tarea nunca acabada, nunca del todo realizada ... De ahí la fecundidad en la vida. Del misterio del amor surge el misterio de la vida. Porque el bien tiende a difundirse. Y es condición del verdadero amor el moverse hacia los otros, no como quien escapa de sí mismo, sino como quien transmite una buena nueva que desborda su corazón. "Grande misterio es éste dice San Pablo hablando del matrimonio; yo lo he referido a Cristo y a la Iglesia" (Ef 5,32). El amor del Matrimonio es comparado al amor entre Cristo y la Iglesia. Y esto nos dice que el amor también está inscrito en el misterio pascual: sabe de muertes y resurrecciones. Pero sólo por la gracia de la Pascua de Cristo el amor puede ser "más fuerte que la muerte" (Ct 8,6b).


El matrimonio es un sacramento