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"La luz no existía hasta el día de hoy. Hu'Nal'ye organizo las estrellas y escribió en ellas todo lo que hizo, de modo que en el futuro, el hombre podría leerlo y nunca lo olvidaría." Mitología Maya

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Existen momentos en los que la única explicación es lo inexplicable, una fuerza superior, un suceso mágico; este libro así surgió y llegó a ti para culminar ese evento… RBC

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redenand se encontraba recostado sobre el tapete azul que usaba tres veces a la semana para realizar diversas series de abdominales, aunque también le servía en momentos de reflexión como aquellos; solía sacar un viejo discman donde reproducía discos de cantantes de los 90´s. Apenas tenía 17 años y en su interior sentía que llevaba un alma vieja o quizás era que se tomaba las cosas más enserio que los jóvenes de su edad. Aún no le cabía en la cabeza que sus padres le mantuvieran siempre aislado de la familia, sin primos, sin abuelos, sin tíos, con quienes compartir muchas cosas. Sus únicas relaciones en el mundo eran Matías y Regina, amigos que siempre lo habían mantenido a flote en su reprimida vida. El motivo que lo llevó al “tiempo de reflexión” fue que Regina había pedido un break en su relación, petición que quizás le llevaría a

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perder no sólo un amor si no también una amistad de años. El séptimo track acabó, pulsó stop, para buscar entre las carátulas el próximo disco donde encontrara una canción acorde al momento – una balada que a cualquier otro lo llevaría al borde de un edificio –, cuando el timbre lo interrumpió; dio un largo suspiro, detuvo su búsqueda, pegó su frente al piso atento de lo que sucedía en la planta de abajo. Como era de esperarse el timbre seguía sonando y sus padres no atendían. Con toda la parsimonia del mundo se dirigió a la puerta y atravesó el rellano, bajó las escaleras y se topó con un piso intacto y silencioso, como si nadie más viviese ahí. Al llegar a la puerta se encontró con otro sobre sellado con cera rojo, << la casa editorial sí que tiene mucho dinero, como para gastar en diseños elaborados en una simple carta >> Fredenand pensó. Lo tomó y por pura curiosidad se asomó por el resquicio de la puerta; no había nadie, en las dos ocasiones anteriores tampoco pudo ver al repartidor, ni escuchó el sonido de una moto o autobús de reparto alejarse de casa, se encogió de hombros aburrido. Cómo si le importase, buscó algún tipo de información extra en el empaque, pero nada, solo estaba un sello grabado sobre la cera, imaginó que era el logo de la casa editorial. Sin otra cosa más que hacer, caminó a la última habitación que daba al reverdecido patio. En una lap top de grandes dimensiones su padre tecleaba a full, el olor a café recién hecho minaba su

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habitación, en un par de ocasiones anteriores el señor Tobies lo regañó por interrumpir su inspiración, así que se sentó en el suelo, esperando que su papá dejará quieto los dedos un rato para aprovechar a hablarlo. Mientras tanto veía los montones de libros que reposaban por todas partes, apilados de diez a veinte tomos, dependiendo del grosor de estos, premios desde estatuillas, hasta de marcos dorados y ornamentados que sostenían un papel impreso con honores; en el alfeizar un gato amarillo dormía. Su padre entre más naturaleza estuviese en contacto con él, más se inspiraba, más fluían sus ideas. En ese instante las teclas dejaron de sonar. — ¿Qué pasó Fred? — preguntó mientras buscaba una palabra en el diccionario. Al parecer sus padres se adentraban tanto en sus mundos de ficción que no veían más allá de sus narices, ¿acaso no esperaban una de esas cartas que con tanto discreción trataban? ¿no imaginaban que llegaría quizás más trabajo para ellos? ¡El timbre había sonado más de tres veces! y ¿ni eso los apartaba de su mundo imaginario? << creo que puedo gritar “me voy de casa” con maletas en mano sin que mis padres por lo menos pestañeen >> imaginó Fred divertido. — Llegó esto — caminó al escritorio y lo dejó a un lado. Su padre se quedó sin aliento, sin gesto alguno, solo observaba el sobre aún con el diccionario entre las manos. Levantó la mirada al joven quién después de

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tantos años pudo contemplar una vez más los ojos de su padre atentos en él o al menos así lo sintió. Tenía unas ojeras enormes y ojos rojos. La incómoda mirada duró un par de segundos más. — Llama a tu madre por favor — se puso en pie para ir por la jarra de café, se quitó las gafas protectoras y comenzó a abrir el sobre. A pesar de que siempre trataban esos recados con mucho misterio, le sorprendió la reacción de su padre, debía ser algo completamente alarmante. Pero luego pensó que quizás era solo la fecha de entrega de su último libro que ya estaba caducando. Atravesó un pasillo que dividía las escaleras de la hilera de habitaciones donde se encontraba su papá, para llegar a un aislado cuarto, donde cualquiera podría perder la noción del tiempo, eran las once de la mañana y ahí parecía las once de la noche, una fuerte luz amarilla salió a raudales de la puerta al momento que Fred la abrió, su madre escribía sobre un enorme libro con lomo de cuero. El joven tuvo que esperar otro momento, una vez que cesó el rasgueo de la pluma de tinta negra sobre las gruesas hojas, el chico habló. — El señor Tobies Taylor la espera en su sagrado aposento — dijo con voz cansada, a su madre le molestaba mucho que hiciera ese tipo de bromas. Cuando levantó la mirada Fred ya se había ido de ahí.

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Estando en el cuarto más elevado con las ventanas abiertas, el sol iluminaba directamente más de la mitad de la habitación de Fredenand. Cuando la brisa se colaba, el joven inhalaba optimismo. Con la música a todo volumen, el sudor escurriendo por todo su cuerpo, pensaba una y otra vez en la correspondencia seguida de la imagen del rostro inexpresivo de su padre, eso le hacía agradecer que aún no tuviera que alarmarse por otra cosa más que por cumplir con algunas tareas. La batería del discman se acabó, abajo había mucho ruido, movían muebles y se escuchaba el murmullo de sus padres. El sol estaba extinguiéndose, aunque el calor aún no amainaba. Con los ojos entrecerrados salió al rellano, dio un vistazo a la planta baja y; ¿acaso era un sueño?, bajó de prisa, sus padres se callaron al percatarse de la presencia de Fred que anonadado veía como un grupo de personas uniformadas de camisas polo verde, gorras rojas y unos pantalones caqui saqueaban su casa. — ¿Qué está pasando? — preguntó Fred con los ojos hinchados e incrédulo. — Nos mudamos — dijo su padre como si estuviese dándole las buenas tardes. Un silencio se prolongó por tiempo indefinido, la señora Taylor fue quién quebró la quietud. — Cuestiones de trabajo, nos mudamos por un tiempo, no tienes que preocuparte por tus cosas, este gran equipo de mudanzas te ayudarán en lo que necesites, solo tienes que indicarlo — su madre señaló

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con sus manos y una mirada que subiese e hiciera lo que le ordenó. Por un momento Fred tuvo la sensación que explotaría y realmente se iría de casa, aunque se convirtiera en un indigente, pero recordó que Regina había terminado con él y quizás alejarse le resultaría benéfico. — Si nos mudamos por un tiempo ¿por qué se están llevando todo? — Fred observó. — Hemos rentado la casa, necesitamos que alguien cuide de ella en nuestra ausencia — el señor Tobies hizo una pausa — además nos mudamos por un tiempo indefinido. El rostro de Fred fue de hastío o quizás de resignación, pero sus padres parecieron desmoronarse por un momento, haciendo a un lado su fortaleza y dejando al descubierto a unos frágiles Taylor. Pero solo fue una fracción de segundos que al final Fred creyó haberlo imaginado. Sin decir una palabra más, subió a su habitación seguido de cuatro jóvenes uniformados. Mientras pedía de favor en qué requería de apoyo, aprovechaba a deshacerse de algunas cosas, Fredenand se encontró con unos dibujos, unos discos compilatorios y otra serie de recuerdos que lo vinculaban directamente con sus “amigos”. Fue a la caja en la que tenía papelería, sacó dos sobres y los rellenó con algunos de esos objetos alusivos, escribió una nota en cada uno, los cerró y en

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el primero garabateó con plumón rojo: Matías y en el otro más grande: Regina. Al tener todo listo, los camiones de mudanza salieron en dirección a la desconocida ubicación. En casa habían dejado sólo una colchoneta y un cubrecama la cual pelearon los tres durante toda la noche, pues la temperatura en la madrugada solía descender. El despertador sonó y ninguno había pegado los ojos; eran conscientes de ello, pero nadie se atrevió a decir algo. La mañana era helada pero despejada, las nubes se teñían con los primeros rayos del sol y Fredenand veía con tristeza como abandonaba lo que fue su hogar en sus primeros 17 años de existencia en el mundo. — Papá, ¿te puedo pedir un favor? — Fred encontró la mirada con el señor Tobies por medio del retrovisor. — ¿Quieres que te lleve a casa de Matías? — dijo con cara de satisfacción, los tres emitieron una muy tenue, casi imperceptible sonrisa. Fred asintió y su padre se adentró un poco en la ciudad hasta llegar a casa de su amigo, dejó los dos sobres en el buzón y contempló por unos instantes la ventana donde se encontraba la habitación de Matías, imaginó que debería estar durmiendo con su oso de peluche, detalle íntimo que solo él sabía. Los Taylor eran una familia que se mantenía casi herméticamente encerrada, el trabajo que le habían atribuido innumerables premios, no necesitaba de salir de casa, su contacto con el exterior se limitaba a

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correos postales; ellos aseguraban que el internet no era nada seguro y sus manuscritos los trataban como secreto de estado, como los números de cuentas bancarias de personas millonarias, a Fred le parecía excesivo, pero trataba de no inmiscuirse mucho en la aburrida vida de escritores que sus padres llevaban, le parecía tan irrelevante que a pesar de que los títulos publicados de sus progenitores eran best sellers a nivel internacional, jamás había visto entrevistas, ni leído el periódico donde hacían mención a sus logros, mucho menos había siquiera leído la sinopsis de alguno de ellos. Él aseguraba que cuando pudiese solventarse solo y sus padres por fin no le dieran trato de un fugitivo de la justicia, se volvería un trotamundos o al menos integrante de algún tipo de trabajo que lo obligase a recorrer aventuras en diferentes ciudades. Se colocó un suéter azul cielo y sus audífonos, bajó la ventana del coche, cruzó los brazos y sobre ellos recostó su rostro, dejando así que el viento llevase su cabello a cualquier dirección, imaginando que una ráfaga se apiadaba y se lo llevaba a él también.

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Criaturas por RBC 1er. Capítulo  

Los Taylor son una familia misteriosa, no sólo para el mundo si no también para Fredenand, el hijo de los afamados escritores que ha vivido...

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