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CARLOS VELÁZQUEZ

FRANCISCO HINOJOSA

NOS VAMOS AL MUNDIAL

PARAÍSOS RETRATADOS

NAIEF YEHYA

NUNCA ESTARÁS A SALVO

El Cultural N Ú M . 1 5 2

S Á B A D O

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LA

[ S u p l e m e n t o d e La Razón ]

RUSIA 2018

ALARIDO LA CELEBRACIÓN DE LA TRIBU

MARY CARMEN SÁNCHEZ AMBRIZ

TRES FINALES MUNDIALISTAS ALEJANDRO TOLEDO

LUIS MIGUEL LOS ETERNOS OCHENTAS WENCESLAO BRUCIAGA

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Faltan sólo cinco días para el inicio de la Copa Mundial de Futbol —acaso el mayor espectáculo deportivo del mundo contemporáneo—, a celebrar esta vez en Rusia, y la pasión desaforada, las ilusiones a veces convertidas en desengaños que este deporte suele suscitar, aumentan la expectativa día con día. El Cultural explora en este número algunos momentos donde coinciden la literatura y el futbol. Una primera indagación que anuncia una secuela antes de que finalice el torneo.

Literatura y futbol

L A CELEBR ACIÓN DE L A T R IBU MARY CARMEN SÁNCHEZ AMBRIZ A la memoria de Rodolfo Ambriz, mi abuelo, delantero del Necaxa.

A

guardamos cuatro años para que se escuche el silbatazo con el que da inicio el primer partido de la Copa del Mundo, hurgamos en las páginas de la ficción y la reflexión. Somos testigos de cómo un deporte reúne lo mejor de un clan alrededor de un balón. Nacen los héroes y en la memoria colectiva quedan las hazañas de antología. Como registra Jorge Valdano, “el jugador sale a correr un riesgo, a dar un concierto sin partitura”. Al pensar en la literatura y el futbol resulta pertinente notar que de manera gradual se han tejido entramados, similares a las cuerdas entrelazadas en la portería que vigila el guardameta. Cuentos, poemas, novelas, ensayos y crónicas magistrales se han escrito gambeteando con la pluma, lanzando jugadas ofensivas y buscando la oportunidad de anotar un gol. Eduardo Galeano observa que el juego de pelota “busca la belleza, la gran jugada en que un destino resplandece”. Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que la poesía llenaba estadios y la mayoría de los asistentes eran jóvenes. El Mundial de Rusia 2018 hace recordar que Yevgueni Yevtushenko, en la cima de su fama, leyó sus obras en estadios de futbol y otros foros repletos, incluso ante 200 mil personas —en 1991— que acudieron a escucharlo durante un fallido intento de golpe en Rusia. ¿Yevtushenko

acaso fue una especie de Pelé de la poesía rusa en los años y momentos ríspidos? El poeta español Héctor Negro explora en la génesis del grito: Cuando la G se agolpa en la garganta como miles de GES que se atropellan, para buscar la O, irse con ella y alargarla en el aire que se exalta. Y se sueltan las dos, diseminadas, detrás de otras iguales que estallaron. Y disiparon peñones que rodaron y van por las distancias asombradas. Y la L final, como un tañido. No pocos autores se han dejado seducir por el delirante zigzagueo de la palabra. Los escritores convocados son, como refiere Valdano, “de izquierdas” y comulgan con los diez mandamientos futboleros. Que nadie dude que son expertos en el achique, zona, barrido, presión, rombo, toque, orden, espectáculo, talento y, sobre todo, ambición para soñar. “El futbol —nuestro futbol— pertenece a la clase obrera y posee la amplitud, la nobleza y la generosidad de permitir que todo el mundo disfrute de él como espectáculo”, afirma César Luis Menotti.

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Durante el Mundial de Sudáfrica 2010, un par de delanteros, Juan Villoro y Martín Caparrós, decidieron escribir unas cartas sobre lo que sucedió en esa Copa del Mundo. En dicha correspondencia, Ida y vuelta (Seix Barral, México, 2012) recuerdan una vieja costumbre rusa de intercambiar camisas, como en su momento lo hicieron los escritores Andrei Biely —autor de San Petersburgo, novela que se ha comparado con el Ulises de James Joyce— y Aleksandr Blok. Villoro y Caparrós van más allá del papel de comentaristas deportivos, bajo una mirada retrospectiva, siguen el hilo de una conversación que a ratos parece inagotable, pues logran estupendos pases en una cancha que dominan: el artículo de opinión. Son dos jugadores, un mexicano aficionado al Necaxa y un argentino que le va al Boca. El argentino confiesa que se pasa la vida tratando de reflexionar y de entender el mundo, pero cuando toca el turno de ver futbol es otro asunto. Es como si la vida estuviera en otra parte, “todo mi esfuerzo, todas mis emociones dependen de que ese cuero inflado pase o no una raya pintada en el suelo”. Caparrós invita a que Villoro imagine un mundo sin futbol. Y en ese momento le lanza un pase al jugador mexicano, tras confeccionar un breve repaso de cómo el futbol logró driblar al cricket, rugby, remo, tenis y hockey. Porque el futbol es un deporte colectivo, con la fuerza de la tribu y la energía para proyectar triunfos y derrotas. “Después de muchos años en que el mundo me ha permitido experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”, señala Albert Camus. Caparrós le pregunta a Villoro, al que llama cariñosamente “caro güey”, por el enemigo jurado del Necaxa. La respuesta es triste: el gobernador de Aguascalientes. Como tantos políticos de este país, ofreció recursos del erario para que mi equipo se fuera a esa ciudad. Si Boca Juniors tuviera un dueño mexicano, se mudaría a la Patagonia. Del Boca, la narradora Liliana Heker describe en el relato “La música de los domingos”, el clásico encuentro entre el Boca y el River. Heker explora en la memoria de un abuelo que se enfada cuando escucha una tonadita que reza:

Tenemos un arquero que es una maravilla ataja los penales sentado en una silla si la silla se rompe le damos chocolate arriba Boca Junior abajo River Plate. Una narración de Luisa Valenzuela detalla que viajó a Brasil para asistir al esperado encuentro entre el Boca vs. Cruzeiro por la Copa Libertadores de América. Aunque la escritora se confiesa neófita en menesteres futbolísticos, logra un sustancioso relato con los elementos esenciales del balompié: fuerza, compañerismo y pasión. La mirada escrutadora, ajena a la ficción, le permite reflexionar: He sabido que al argentino más que la realidad lo mueve la expresión de deseo, la ilusión de un triunfo por remoto que parezca. Todos somos campeones, de alguna manera, de alguna contienda, de alguna apuesta, en algún rincón de nuestra almita. Pero en esa ocasión, Boca no corrió con suerte, ganó el equipo carioca. En el aeropuerto los fanáticos argentinos se toparon con los héroes, y lo que estuvo a punto de concluir en una trifulca, derivó en un momento festivo: El goleador —Nelsinho— sonríe al igual que Dios, por unos instantes reina la paz entre los hombres, la hinchada de Boca, disfrazada de Boca, toda oro y azul y sudor y alguna lágrima, es decir, hecha un asco, le arrebata al capitán de Cruzeiro la enorme copa de plata y sale danzando por los pasillos. Es el baile de los resucitados más allá de la derrota. Cuando México pierde frente a Uruguay, en el Mundial de Sudáfrica, y como consecuencia debe enfrentarse con Argentina, Villoro reflexiona: “En el país de Rulfo los muertos juegan mejor”.

EL SABOR DE LA DERROTA Si se trata de hablar de los infortunios, resulta inevitable no mencionar aquel día en que Brasil estaba listo para celebrar un campeonato del mundo que nunca llegó. Fue 1950, cuando Brasil perdió 2-1 frente a Uruguay, el conocido Maracanazo. Desde ese entonces, refiere Ángel Cappa

“SI “ SE TRATA DE HABLAR DE LOS INFORTUNIOS, RESULTA INEVITABLE NO MENCIONAR AQUEL DÍA EN QUE BRASIL ESTABA LISTO PARA CELEBRAR UN CAMPEONATO DEL MUNDO QUE NUNCA LLEGÓ. FUE 1950, CUANDO BRASIL PERDIÓ 2-1 FRENTE A URUGUAY.”

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Fuente > lperu.com/futbol/internacional

ENTRE EL NECAXA Y EL BOCA

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en ¿Y el futbol dónde está? (Ficticia, México, 2004), “los brasileños empezaron a sentir el trauma del carácter de sus jugadores, reconocidos como brillantes futbolistas, pero cuyo valor para afrontar compromisos difíciles se ponía en duda”. En Hijos del futbol, Galder Reguera (Lince, Barcelona, 2017), recupera una anécdota de un novelista español, cuyas mejores páginas se refieren a la infancia y adolescencia de sus personajes:

Derrota de México ante Uruguay por 1-0. Sudáfrica 2008.

Ignacio Martínez de Pisón escribió que de niño se conformaba con ser suplente, porque se sabía mal jugador, pero ansiaba ser uno más en el rito que rodea al juego y a la fiesta de la victoria. “Pero por el bien de mi propio equipo, siempre confiaba en que no faltara ninguno de los que jugaban bien”. El narrador mexicano le lanza un reproche a Caparrós: “A ti te gusta que Brasil se joda”. El traductor de Lichtenberg que debutó en la televisión como cronista deportivo en el Mundial de Alemania 2006, trae a cuentow una palabra de origen alemán, Schadenfreude, que define el deleite que causa la desgracia ajena. Los mexicanos tenemos a Brasil como equipo sustituto. Siguiendo una imaginaria Ley del Mango, pensamos que ser verde es una forma de llegar al amarillo. Nos vemos como un pre-Brasil. Sabemos que no ganaremos (o no mucho) y apostamos en segundo término a la camiseta canaria. En un partido España-Brasil, el célebre Ángel Fernández dijo por televisión: “De un lado está la Madre Patria; del otro, la magia del futbol. ¡Tengo el corazón totalmente dividido! ¡95% a favor de Brasil, 5% a favor de España!” Teniendo en mente la guerra de los aranceles que inició el gobierno de Trump, no son pocos los que coinciden con Villoro: “Nuestro sueño compensatorio es que Estados Unidos pierda. En tal caso, la Schadenfreude equivale a reconquistar Texas por unas horas.” Sin embargo, este año Estados Unidos no irá al Mundial

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alguien le explicara la mentalidad del mexicano. Como Octavio Paz estaba muy ocupado, se contentó con Javier Aguirre, que entonces tenía 33 años y empezaba a perder fuerzas para patear contrarios. El Vasco siempre ha sido el más inteligente del grupo, el que entiende las debilidades psicológicas del vestidor. Fue el intérprete cultural del Flaco hasta que se pelearon.

“EN “ 1978, EL RÉGIMEN MILITAR ARGENTINO DEL GENERAL VIDELA ORGANIZÓ LA COPA DEL MUNDO, COMO SI EN ESOS AÑOS ARGENTINA NO PADECIERA LAS DESAPARICIONES FORZADAS.”

DOS POETAS EN LA CANCHA

de Rusia 2018. ¿Hay otro equipo por el que los aficionados en México podrían experimentar Schadenfreude?

Además de Juan Villoro, otros seguidores del Necaxa son José Woldenberg, Fernando Mejía Barquera y Antonio Deltoro. En días previos al Mundial de 2002 celebrado en Japón y en Corea del Sur tuve la oportunidad de entrevistar a Deltoro y a David Huerta sobre su afición al balompié. He aquí el resultado de ese singular encuentro. Los poetas salieron a la cancha a dar todo por su equipo: mientras uno se colocaba la camiseta necaxista, el otro jugador se puso la del Atlante. Hoy son rivales, aunque en ellos prevalece la camaradería. Para Deltoro, “la amistad no es un club, ni un partido, ni una secta, ni incluso un techo común: es la simpatía más pura y sutil, es más una curiosidad misteriosa y cordial”, anota en Rumiantes y fieras (Era, México, 2017). Por su sentido del humor y porque comparten el gusto por la poesía, ambos se definen como la “dupla perfecta”. Así como cada uno tiene a su equipo favorito, mantienen preferencias distintas relacionadas con la lírica: Huerta opta por Góngora y Quevedo, en tanto que Deltoro prefiere el verso libre al estilo de Borges y Machado. No hay un árbitro. A ellos les habría gustado convocar a Arturo Brizio, Edgardo Codesal, Bonifacio Núñez o, en el terreno de las palabras, otro poeta para que juzgue a los de su estirpe, Rubén Bonifaz Nuño. Pese a la ausencia del silbante, los poetas se dejan seducir por la no menos delirante espiral de la palabra. Comienza el primer tiempo, David Huerta toma la pelota y lo primero que hace es contar su fidelidad a los Potros de Hierro:

TARJETA ROJA Hubo una época en que los intelectuales desdeñaban el futbol, le decían “el opio de los pueblos”, rememora Caparrós. En El rey Lear, Shakespeare lanza una tarjeta roja: “¡Tú, despreciable jugador de futbol!”. Para Umberto Eco lo reprochable no es el futbol sino sus seguidores: “No amo al hincha porque tiene una extraña característica: no entiende por qué tú no lo eres, e insiste en hablar contigo como si tú lo fueras”. Durante el Mundial de Sudáfrica, el 19 de junio de 2010, falleció Carlos Monsiváis. Villoro relata que Monsiváis odiaba el futbol y que es célebre la anécdota cuando un reportero lo aborda para que comente sobre la crisis de los penales. A lo que el cronista reviró: “En los penales hay demasiado hacinamiento y eso provoca motines”. Asegura Villoro que durante un tiempo esa frase circuló en la radio como una especie de aforismo futbolístico que nadie comprendió pero que se consideraba una reflexión profunda.

En 1978, el régimen militar argentino del general Videla, en lo que muchos han denominado el silencio cómplice de la FIFA, organizó la Copa del Mundo, como si en esos años Argentina no padeciera las desapariciones forzadas. Borges dijo de la manipulación del sentimiento nacional: “Déjense de pavadas. La patria no es el futbol, sino la milonga y el dulce de leche”. El futbol sirve también para entender la identidad del mexicano: sus raíces, preferencias, pasiones, mentadas de madre y fobias. Varias de las actitudes que Octavio Paz retrata en El laberinto de la soledad están a la vista en los partidos. Anota Villoro en su intercambio epistolar: Hace años, cuando Menotti llegó a entrenar a la selección, pidió que

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Toca el turno de Antonio Deltoro. Se queda con el esférico y apunta: Soy necaxista desde que era niño. Una ocasión fui al cine y pasaron unos cortos donde el Toluca goleaba al Necaxa. La alevosía del equipo triunfador me molestó mucho y desde entonces se me quedó grabado en la memoria que el Necaxa era y es mejor que el Toluca. Al Necaxa le han sucedido cosas curiosas, desde que le cambiaron de nombre y le llamaron Atlético Español, luego lo compró Televisa y, no obstante, la esencia del equipo sigue intacta. En cuestión de equipos uno debe tener fidelidad, no es posible estar cambiando. Aunque hay ocasiones que no sigo la liga con detenimiento, siempre le voy al Necaxa. El América es un equipo de la burguesía más ramplona y vulgar, es tan sospechoso irle al América como apoyar siempre al ganador o que siempre te guste una mujer guapa muy arquetípica. En cambio, irle al Necaxa es algo misterioso y raro. El Atlante es el equipo del pueblo, pero los Rayos nunca han estado tan definidos como los Potros. El Necaxa ha tenido malas y buenas rachas, también ha pasado por segunda división, y ha contado con partidos memorables como cuando le ganó, en una forma histórica, 4-3 al Santos de Brasil. Ya lo dijo Eduardo Galeano, “en su vida un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo”. Los evocaciones, la risa, la ironía, los versos de Rafael Alberti y Miguel

Fuente > elgrafico.com.ar

A Monsi —añade— le divertía la posibilidad de confundir al enemigo. [...] La influencia de Monsiváis en la cultura mexicana era como la de Cruyff. Estaba en todas partes de la cancha. Aunque lo vieras en un sitio, determinaba los demás lugares. Su última enseñanza fue pinchar la ilusión de que estábamos al margen discutiendo cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler o qué efecto tiene el balón Jabulani en la manos de un portero.

Soy atlantista aun antes de nacer. Mi padre, Efraín Huerta, fue toda su vida un ferviente y leal seguidor del equipo. Me heredó esa afición; no quiero decir que me la impuso: la asumí con gusto y diría que incluso con devoción. Curiosamente me tocó ver en Campeche, en tierra beisbolera, el triunfo de mi equipo, en 1993, que estuvo a las órdenes de Ricardo Antonio Lavolpe. Ese triunfo me llenó de júbilo, pero es una lástima que el equipo haya ido declinando. Sin embargo, yo sigo siendo azulgrana de corazón al igual que mis hermanas.

Mario Kempes, figura del Mundial que Argentina ganó como país anfitrión en 1978.

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¿Quiénes han escrito poesía sobre futbol? Antonio Deltoro aprovecha una distracción del atlantista y arremete: Rafael Alberti, Miguel Hernández y yo aparecemos antologados en una recopilación de textos relacionados con el futbol realizada por Juan José Reyes e Ignacio Trejo Fuentes: Hambre de gol [Cal y arena, 1998]. Pero debe de haber más poemas; lo que sí es cierto, el futbol ha tenido más acercamientos prosísticos que poéticos, pero éstos últimos han sido notables.

Hernández, la generosidad de Alfredo Di Stefano —por aquello de Gracias, vieja— son citados en el césped; en la banca se quedaron la formalidad, los malos comentaristas deportivos de la televisión, el amateur que no sabe distinguir entre una buena jugada y otra, entre un verso afortunado y el que está fuera de lugar. ¿En la poesía también hay versos fuera de lugar? Apunta el necaxista: “Sí, porque cuando no se usan las palabras justas, precisas, se adelantan a la acción como sucede en el juego”.

LA ALINEACIÓN IDEAL En este punto se les pide un ejercicio: ¿cuál sería para ustedes su alineación ideal? Huerta se enfila hacia la portería: “Sería utópica. Yo haría una alineación con jugadores a los que nunca vi en la cancha, sobre los que he oído hablar y he leído: en la portería... Ricardo Zamora”. “La Araña Negra”, interviene Deltoro. Huerta recupera el esférico: No, a La Araña sí lo vi jugar. También estarían El Pirata Fuente, Horacio Casarín. Y bueno, para tomar en cuenta el talento de futbolistas de otros tiempos como Zinadine Zidane, Khan —que fue gran portero de Alemania—, a Rivaldo, Ronaldo, Roberto Carlos. La formación que propone Deltoro está encabezada por Maradona, Garrincha, Pelé, Di Stefano, Puskas, Zinedine Zidane, Ronaldo y Johann Cruyff. Puntualiza: “Valderrama me gustaba mucho, pero como imagen de un jugador que no se mueve y que simplemente roza la pelota, con una delicadeza absoluta”. Se adueña de la bola y da un toque: El futbol me atrae, entre otras cosas, porque no hay jugadores magníficos, porque no dan la imagen de atletas. Garrincha, por ejemplo, era zambo. Lo que distingue al futbol de otros deportes es que la misma distancia que hay entre el pie y el pasto, la hay para un alto que para un bajo, para un gordo que para un flaco. Por eso el futbol es universal, más por la poesía que exista en las jugadas, lo que importa es que se trata de un lenguaje universal: lo mismo lo habla un holandés, senegalés o un chino.

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Arranca el segundo tiempo. David Huerta recuerda una narración de Fernando Marcos: Era muy buen locutor, excelente cronista y, sobre todo, muy apasionado. Cuando México perdía por enésima vez, tengo muy presente lo que decía: “¿Por qué nos tiene que pasar esto?”. Y lo comentaba con un nudo en la garganta. Marcos fue entrenador de la selección y del América. Era muy conmovedor escucharlo.

2 de febrero de 1961. El Necaxa que venció 4-3 al Santos de Brasil con Pelé.

Deltoro, por su parte, rescata el nombre del periodista que bautizó a la selección mexicana como los ratones verdes: “Manuel Seyde lo escribió en Excélsior. Y así se les quedó para los momentos de disgusto en que los vemos perder: espero que no sean muchos en este Mundial. No hay nada que a ningún pueblo le impida hacer buen futbol”. Fue nada menos que Hugo Sánchez, cuando fue director técnico de la selección mexicana, quien dijo que el color verde se confundía con el verde del pasto; luego surgió la idea de que los jugadores contaran con un color de vestimenta alternativo, por eso se les recuerda con uniforme blanco, vino tinto y negro, como el que usaron durante la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010. La pregunta está en el aire: ¿Brasil hace poesía cuando juega? Deltoro toma la delantera: Nunca le he ido a Brasil porque no me gusta irle a los ganadores, aunque sí me agrada el futbol brasileño, me parece que es de lo mejor y precisamente es por el baile, esa cadencia que no se puede medir. Ese talento que, por cierto, Holanda también posee [...] El juego es justamente donde está el ángel, la poesía. No es lo mismo hablar de un versificador que de un poeta. El futbol, como la inspiración, es imprevisible. Ahí también radica su belleza.

“FUE “ HUGO SÁNCHEZ, CUANDO FUE DIRECTOR TÉCNICO DE LA SELECCIÓN MEXICANA, QUIEN DIJO QUE EL COLOR VERDE SE CONFUNDÍA CON EL VERDE DEL PASTO.”

Remata Huerta: “Alberti le escribió una oda al portero de Hungría, Platko, que es un gran elogio al guardameta. Lo nombra ‘oso rubio de Hungría’ y le dice que nadie puede olvidarlo”. Y, en verdad, como dice un título de Peter Handke, ¿se puede hablar de El miedo del portero al penalty? Continua David Huerta: Un amigo portero, llanero, Diego García del Gállego, no está de acuerdo con eso. Dice que el portero no tiene nada que perder, que nadie le va a reclamar si le anotan o no el gol en penalty. Y me parece muy lógico, en todo caso, el miedo lo debe de sentir el delantero, el jugador que puede tirar un penal y fallarlo. Del fantasma que ronda a la selección mexicana en los mundiales, Antonio Deltoro señala: “Es peor tirar un penalty que dar una conferencia de poesía”. En relación al papel del guardameta, observa: En la vida normal lo fundamental son las manos y en el futbol ocurre a la inversa, lo importante son los pies. En este juego los pies ocupan el lugar de la mano, y el caso del portero ya es el colmo de lo inverso: la mano hace el papel de los pies. Escribe Deltoro: Nació la pelota con una piedra o [con la vejiga hinchada de una [presa abatida. No la inventó un anciano, ni una [mujer, ni un niño; la inventó la tribu en la [celebración, en el descanso, [en el claro del bosque. Contra el hacer, contra la dictadura [de la mano, yo canto al pie emancipado por el [balón y el césped, al pie que se despierta de su servil [letargo, a la pierna artesana que vestida de [gala va de fiesta, al corazón del pie, a su cabeza, a su [vuelo aliado de Mercurio, [...] Yo canto a los pies que [fatigados de trabajar las sierras [llegaron al llano e inventaron [el futbol. Con esos versos dedicados a la génesis del balompié logra una espléndida jugada. El poema convertido en gol, el gol hecho poesía. Porque como reconoce Pier Paolo Pasolini, hincha del Bolonia, el goleador es siempre el mejor poeta del año.

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Del futbol callejero a la multitud emocionada de un estadio en la infancia, de la afición primera a la práctica en la portería, del periodismo y la crónica para secciones culturales y deportivas al registro de los héroes, sus hazañas y narradores épicos, este recuento personal incluye tres finales de la Copa del Mundo —México 70, Estados Unidos 94 y Francia 98—, con el potente imán de lo que Ángel Fernández bautizó, de modo inolvidable, como “el juego del hombre”.

T R ES FINA LES M U N DI A L ISTA S ALEJANDRO TOLEDO

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la distancia guardo la impresión de que entonces, en 1970, a mis siete años, el futbol me entusiasmaba, pues hay imágenes lejanas que aun ahora me son entrañables. Recuerdo haber ido una noche, quizá en 1969, al Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria, y sobre todo, como si se tratara de una larga travesía, me veo caminando por uno de los túneles de la mano de un adulto para llegar a contemplar con gran asombro ese cielo verde iluminado que era la cancha. Debió haber sido un Pumas-América, cuando Enrique Borja aún estaba con los universitarios. Mi padre impulsó varios equipos en el centro deportivo de la colonia; los jueves por la tarde nos enviaba a las juntas de la liga en las que entre la bruma de los cigarrillos, que impregnaba nuestra ropa, nos enterábamos de la hora, el campo y el rival del siguiente domingo. Y ese día asistíamos al partido como fanáticos del Informex, la agencia de noticias en la que mi padre trabajaba, o como se llamara su escuadra de entonces. Éramos además las mascotas; vestíamos los uniformes en talla niño y nos tomaban fotos en las que intentábamos controlar esos balones gigantes. Vi con admiración cuando mi hermano Carlos, el mayor, debutó como arquero, como si ello marcara su abandono de la infancia y su ingreso a la vida adulta. Nuestro futbol era de límites estrechos: la calle era la cancha y las coladeras eran las porterías. Y su tiempo era infinito: el final del juego lo marcaban el cansancio o el anochecer, cuando nos llamaban para la cena. Venía el Mundial. Compré, o me regalaron, no lo recuerdo bien, una calcomanía rectangular con las banderas de los países convocados, que fueron dieciséis, según Eduardo Galeano. Tenía yo una cama con la cabecera metálica y quise poner ahí la calcomanía, para tenerla cerca... sin darme cuenta que era para cristales, y al quitar la cartulina, luego de darle algunas buenas aplanadas con la mano para que quedara perfecta, lo único visible fue un espacio blanco, la parte de atrás de la calcomanía, que se quedó pegada ahí muchos años.

Brasil gana la primera final decidida en penales. Estados Unidos, 1994.

“EN “ EL SEMANARIO MACRÓPOLIS ALGUIEN TUVO LA IDEA DE ENVIAR AL MUNDIAL DE ESTADOS UNIDOS EN 1994 A UN ESPECIALISTA DEPORTIVO (PEDRO DÍAZ), MÁS ALGUIEN LEJANO AL DEPORTE, YO, QUE HICIERA CRÓNICAS COLORIDAS.” Recordé esto al ver, en estos días, la película Futbol México 70 (1970), de Alberto Isaac, que abre con un mosaico de banderas. El arranque del filme es inverosímil: trata de un niño güerito (como si ese fuera el perfil del mexicano) de un pueblo de los alrededores de la Ciudad de México que escapa de casa para ver el Mundial. Esa situación absolutamente ficticia (o hasta fantástica) sirve al director para activar su resumen mundialista, con el apoyo en la narración de Claudio Brook. El filme me sitúa en el tiempo aquel y en la final entre Brasil e Italia, a la que nos llevó a mi hermano Carlos y a mí (no sé por qué, nunca salíamos con él) mi abuelo paterno, don Rosendo. Estábamos en lo más alto, en el palomar, quizá en la penúltima fila de la portería sur. ¿Qué pude ver desde ahí de ese histórico 4-1 de la verdeamarelha? Del juego, poco, sólo el espectáculo de una multitud emocionada. Los jugadores eran hormigas que iban de aquí para allá. Gritábamos, claro: —¡Bra-sil, Bra-sil, Bra-sil! De ese día específico (21 de junio de 1970) guardo pocos detalles, me quedan sólo algunas sensaciones. Desde

los asientos más altos del Estadio Azteca pude asomarme al abismo de una final de Copa del Mundo y ser parte, en la confusión y el asombro de la niñez, de lo que Manuel Seyde bautizó, en esa época gloriosa, como “la fiesta del alarido”.

CUATRO PARTIDOS Y UN FUNERAL Esa fue mi primera final. Al ver las repeticiones de ese partido me llaman la atención dos cosas: la lentitud del futbol de entonces y ese espectáculo delirante, cuando todo se definió, de los aficionados que invadieron la cancha y prácticamente desnudaron a los brasileños. Cada prenda era un trofeo. Yo seguí practicando futbol. Mi espacio era la portería... Mas hubo un tiempo en el que la lectura se impuso y al balompié le di la espalda. En esa condición viví el otro Mundial mexicano, el del 86, un verano para mí dedicado enteramente a En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Fui lector, aprendiz de escritor y periodista... Era yo editor de cultura en el

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Fuente > lacapitalmdp.com

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semanario Macrópolis y alguien tuvo la idea de enviar al Mundial de Estados Unidos en 1994 a un especialista deportivo (Pedro Díaz), más alguien lejano al deporte, yo, que hiciera crónicas coloridas. Así viajamos el 16 de junio (Bloomsday para los joyceanos), en un itinerario que al administrador de la revista le pareció adecuado, pero resultó una pérdida de dinero y tiempo, de la Ciudad de México a Tijuana (gracias a un convenio publicitario), cruzamos a pie la frontera para tomar un taxi y llegar al aeropuerto de San Diego, donde, tarjeta de crédito en mano, pedimos en el mostrador dos boletos para Washington D.C., lo que era ir de un extremo al otro del país... Llegamos a nuestro destino a la medianoche. Ya instalados, cuando intentábamos dormir, empezó a sonar una fuerte alarma que Pedro creyó era del despertador, al que golpeaba de modo furibundo. Y no: se estaba incendiando la cocina del hotel. Por lo que nos desalojaron hasta que el incendio fue controlado. Fue un Mundial algo frío, sin mucho ángel. No se vivía en ninguna ciudad de Estados Unidos el ambiente futbolero, la fiebre que suele acompañar esas jornadas. En lo deportivo, la expulsión de Maradona fue un golpe duro. La noticia del asesinato en su país de aquel defensa colombiano que metió un autogol también dañó al espectáculo. Recuerdo haber ido a la Casa Blanca con esta propuesta inverosímil: como periodista mexicano solicité ver un partido de la selección de Estados Unidos con el presidente de esa nación (Bill Clinton)... Obtuve un comunicado en el que el primer mandatario se decía interesado por el desarrollo de la Copa del Mundo y deseaba suerte a los equipos participantes. Asistí a tres de los cuatro encuentros de la selección mexicana (no al de Orlando contra Irlanda); y presencié esa debacle contra Bélgica, cuando en los minutos finales el entrenador Mejía Barón mantuvo a Hugo Sánchez en la raya, sin decidirse a dejarlo entrar, y los belgas le temían... para irse el juego a la

Zidane y Roberto Carlos en la final de Francia 1998.

“FUE “ UNO, FUERON DOS Y FUERON TRES LOS TANTOS QUE PERFORARON LA META BRASILEÑA. FUE UN GRAN JUEGO PARA FRANCIA Y LA CORONACIÓN DE ZINEDINE ZIDANE.”

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pena, ay, de los penales, en donde todo se derrumbó. Me encontré a Vicente Leñero en la zona de los vestidores y le comenté algo que seguro se decía mucho en esos ámbitos: —Jugaron como nunca y perdieron como siempre. Y él se quedó con la idea de que era una frase de mi invención y acostumbraba citarme. (“Como dijo Toledo: jugaron como nunca y perdieron como siempre.”) Un día le aclaré el malentendido. Como no hubo quinto partido, una de las crónicas que envié a Macrópolis hizo la variación del título de una película de estreno reciente: “Cuatro partidos y un funeral”. Nos dijeron desde México: ya que están allá, quédense a la final. Y así fue, ahí estuvimos: Brasil-Italia, de nuevo, veinticuatro años más tarde de aquella gesta en el Estadio Azteca. Fue el 17 de julio en el Rose Bowl de Los Ángeles. Un pasmoso 0-0 que se resolvió en penales, del que recuerdo, en la ceremonia preliminar, un avión caza prácticamente detenido en medio campo, que se alejó con gran estrépito: primero lo vimos y luego le siguió el retumbar de sus potentes motores... Acaso fue lo más poderoso que hubo en esa final.

ET UN, ET DEUX, ET TROIS ZÉRO! Ya en ese carril balompédico, cuando se acabó Macrópolis me alisté en las filas de la crónica deportiva. Acudí, para poder decir o narrar el futbol, a las izquierdas entonces dominantes: César Luis Menotti, Ángel Cappa, Jorge Valdano, Eduardo Galeano y Juan Villoro. En una de mis primeras incursiones me le presenté a Adolfo Ríos, entonces arquero necaxista, y le pedí me contara su carrera, pues nada sabía de él. Me vio como bicho raro. —¿De qué planeta vienes? —Vengo de la literatura —le respondí, apenado. Rápidamente aprendí que los balones también dialogaban con las palabras, se echaban su cascarita, se daban un tú a tú en las páginas de los libros. En una concentración del Monterrey hallé a un defensa que leía a Robert Graves. Y aún estaba activo Félix Fernández, gran arquero lector. Conversé in extenso con Ignacio Trelles y Fernando Marcos, entre otros maestros. Busqué a mi ídolo de la infancia, Enrique Borja... A Roberto El Loco Martínez, primer mexicano en anotar en el Azteca, le pregunté: —Oiga, don Roberto, ¿por qué le dicen El Loco? —Porque el mundo es así —me respondió, recordando aquella canción que interpretaba Javier Solís: “Si me llaman El Loco, / porque el mundo es así /, la verdad sí estoy loco, / pero loco por ti”. Y cuando se acercaba el Mundial de Francia 98 me declaré listo, en cuerpo y alma, para acudir a esa cita. Me había sacudido aquel prejuicio de que los escritores no debían hablar de futbol, circo u opio de los pueblos. Pensaba, con Albert Camus, que era un buen medio para conocer al hombre. Incluso me inscribí en la Alianza Francesa. Y convencí al editor de la sección deportiva de El

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Universal, Ramón Márquez, de que me seleccionara. No Cristiano Ronaldo, ni Ronaldinho. Hay que ir más atrás. Se suponía que ese sería el gran Mundial de Ronaldo Nazario. Mi misión fue seguir al equipo brasileño y me hice asiduo a Ozoir-laFerrière, a una hora en tren desde París, pueblo en donde entrenaban. Vi todos sus juegos. Los escolté hasta el Stade de France. Recuerdo que en Nantes me llamó la atención el gran número de personas que se paseaban con la camiseta del delantero (quizá la más vendida de esa Copa del Mundo) e hice una crónica de los muchos Ronaldos (altos, bajos, güeros o blancos, ellas y ellos, niños, de mediana edad o ancianos) que habían invadido esa ciudad en la víspera del partido contra Marruecos, e iban y venían por las calles, como en un cuadro de Escher. En Ozoir-la-Ferrière, por otro lado, trabé amistad con un periodista de Marsella, Philippe Wallez, quien me relató la vida de la otra figura posible de ese Mundial, Zinedine Yazid Zidane, al que conocía muy bien. —Tiene la reputación de no estar al nivel máximo para los juegos importantes —me dijo Phillipe, luego de contarme su historia—. Ha jugado una final europea y una semifinal del campeonato europeo de naciones, y no brilló. Se dice que no puede trascender en los momentos decisivos. No es un luchador. La moneda, Ronaldo o Zidane (ambos con historias personales complicadas, héroes de la clase trabajadora, diría Lennon), estaba en el aire. Así llegamos al 12 de julio: la gran final (la última de mi tres de tres futbolístico). Recuerdo la tensión que se vivió en la zona de prensa cuando circuló una primera alineación brasileña en la que no estaba Ronaldo Nazario. Antes de iniciar el partido repartieron otra, en la que éste ya aparecía. Después el juego mostró que su presencia era simbólica, algo afantasmada, sin su poderío habitual (mermado físicamente, al parecer por una mal estomacal, se supo luego); y los locales sin duda alguna dominaron. Fue uno, fueron dos y fueron tres los tantos que perforaron la meta brasileña. A cada gol, un periodista carioca gritaba enloquecido, atrás de mí, que todos eran unos hijos de puta... Fue un gran juego para Francia y la coronación, en la historia de los mundiales, de Zinedine Zidane. Esa noche así gritaron, interminablemente, las calles de París. —Et un, et deux, et trois zéro! Et un, et deux, et trois zéro! Los jóvenes golpeaban con palos de madera en los costados de los autobuses. Se veían fogatas en las calles, como de coches incendiados. La euforia desenfrenada quizá terminó con el amanecer. Al mediodía, ya el 13 de julio, hubo un desfile de los campeones por los Campos Elíseos. Casi se mezclaron las celebraciones: el triunfo en el futbol con su largo alarido y el día de la toma de la Bastilla. —Et un, et deux, et trois zéro! Et un, et deux, et trois zéro! El 14 de julio, por cierto, antes de que empezara el desfile patrio, abandoné París y me fui a Dublín, en busca de James Joyce.

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La serie sobre la vida del cantante Luis Miguel que transmite la plataforma digital de Netflix ha convocado una atención extraordinaria de los medios y las redes sociales, como un fenómeno capaz de restituir una carrera en declive durante los años recientes. Ídolo de multitudes, “el cantante latino pop de los ochenta y noventa más exitoso” aparece hoy redimido por el melodrama y una nostalgia singular que desmenuzan estas páginas.

Luis Mi guel: la bioserie

ESOS ET ER NOS OCH EN TA S WENCESLAO BRUCIAGA

I

nevitablemente, la serie arranca sobre el lugar común de las biografías musicales hechas para la televisión: El Sol avanza tras bambalinas, el escenario como destino arropado en la marea de ansiosos aplausos, portando un traje que coincide con la portada de su primer disco de boleros. Después, la historia se despliega en dos tiempos que corren en paralelo: 1981, algo así como el instante cero en la carrera artística de Luis Miguel a los doce años de edad, interpretado con feroz precisión por el niño Izan Llunas (el parecido físico, visual y emocional es de un acierto perturbador); y 1987, en pleno trancazo de “Cuando calienta el sol”, la sonrisa displicente que escondía aquella distemia sexy para no pocos, el acento petulante de altanera ansiedad, despectivo, que sentó las bases de lo que hoy conocemos como mirreynato. 1987 fue un año peculiarmente mitológico para la música occidental en un amplio espectro: el “Livin’ on a Prayer” de Bon Jovi se hacía de los primeros lugares en los tops musicales de casi todo el mundo; Guns and Roses lanzaba Appetite for destruction con el sencillo que de algún modo decretó su naturaleza, “Welcome to the Jungle”; Michael Jackson imponía la tendencia de producciones multimillonarias contratando a Martin Scorsese para dirigir su video Bad; The Joshua Tree arrasaba en las novedades de las tiendas de discos y las frecuencias del dial especializadas en rock posicionaba a U2 como la banda de estadio más épica; Depeche Mode labraba su prestigio de reyes del dark-wave con el Music for the Masses rumbo a su obra maestra Violator, y R.E.M predecía el fin del mundo cantando “It’s the End of the World as We Know It (And I Feel Fine)”, cuando el rock alternativo aún era cosa de inadaptados. Poquísimos de esos hits llegaron a México con la sintonía internacional necesaria como para hablar de éxitos del momento. La mayoría cayó en el drástico desfase, habitual en ese entonces, con el que nos relacionábamos con el mundo. Descubrí “Bizarre Love Triangle” casi con dos años de atraso, en una de las tardeadas sin alcohol de la discoteca La Rosa, entre “Acelerar” de Timbiriche y alguna bailable de Soda Stereo, que en Torreón pegó con peculiar abundancia. En el México de 1987, la resaca del terremoto de 1985 y el Mundial de Futbol

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seguían empolvando el nacionalismo con la misma aflicción que los estragos de la crisis económica de 1982; de hecho, en uno de los siete capítulos hasta ahora transmitidos, podemos ver la secuencia en que Luisito Rey inventa en una junta el seudónimo de El Sol como una esperanza distractora de los turbulentos tiempos que atravesaba el país. Nos acostumbramos al aislamiento involuntario de la vanguardia, cualquier novedad proveniente del exterior se leía con resignación de años luz, “dicen que fue lo que estuvo de moda hace mucho en el gabacho”, solía ser la muletilla para contextualizarnos en el mundo. Ir a los mercados conocidos como La Fayuca era como recorrer el Epcot Center de Disneylandia. A Luis Miguel se le acusaba de pertenecer a la conspiración de telenovelas y noticiarios vendidos al Partido Revolucionario Institucional que nos mantenía atrasados y alienados en una lobotomía supresora de cualquier intento de insurrección. Según las consignas populares contra el régimen, el partido que gobernaba con ese presidencialismo narcisista y pomposo vivió en los años ochenta su asfixiante y cínico esplendor. Luis Miguel es sin la menor duda el cantante latino pop de los ochenta y noventa más exitoso. Sólo podríamos pensar en José José como antecedente. Desde los primeros trabajos, cuando era un niño y luego adolescente bajo la dirección de su polémico padre, ya encontramos éxitos y ventas enormes. La calidad vocal y de la producción han estado presentes hasta hoy en día.

Así lo explica el especialista musical Mario Lafontaine, involucrado en las producciones musicales del pop y rock más emblemáticos de México. No había forma de escapar a sus dorados éxitos, la radio y la radio provinciana sobre todo, los recetaban sin necesidad de payola, como si quisieran lavarte el cerebro con sus covers a Michael Jackson y Eric Carmen. “Ahora te puedes marchar” y “Cuando calienta el sol” fungían de clímax en las pistas de baile y los programas de videos de la televisión abierta que emulaban el formato de MTV, como TNT en el Canal de las Estrellas, a la hora de la comida, barajaban videoclips de Los Prisioneros de Chile con Luis Miguel, conducido por Martha Aguayo y Angélica Rivera cuando ni por su esponjado fleco se vislumbraba que en el futuro sería la primera dama de México. El presente de los años ochenta mexicanos le pertenecieron en buena parte al soundtrack de Luis Miguel. Las niñas de la primaria se juntaban para cantar “La incondicional” a la hora del recreo mientras añoraban tener un novio militar (teorías conspiracionistas aseguran que aquello fue una estrategia subliminal para aumentar los batallones de la Fuerzas Armadas de México, igualito a aquel capítulo de los Simpson donde Bart se integra a una boy band), los almacenes Cimaco (la versión lagunera del Palacio de Hierro) programaban “Un hombre busca una mujer” con la misma lógica repetitiva que la música de elevador. La saturación no daba tiempo para reflexionar si el joven que se decía oriundo de la costa jarocha era buen cantante o tarareábamos sus letras por inercia; incluso seguíamos sus pasos en la moda de forma inconsciente, pantalones de mezclilla deslavada con cloro y camisas pastel. Resultaba fácil odiarlo, como fue mi caso, en buena medida, confieso, influenciado por las fobias capitalistas de mi padre, un soviético perdedor. Hasta los iconoclastas del sistema necesitaban de Luis Miguel para validar su rebeldía y su devoción por Silvio Rodríguez.

LA TENSIÓN PRE-MILENIO Cuesta trabajo imaginar a un Luis Miguel después de 1987. A principios de los noventa causó revuelo con su disco de boleros, pero sólo colocaría dos sencillos inéditos con el mismo

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bombazo que sus momentos de gloria: “Suave” y “Por debajo de la mesa”: Luego vino esa etapa adulta con los boleros y versiones a clásicos del cancionero romántico y vernáculo que lo llevaron a la cumbre en medio planeta, pero el abuso de la fórmula también lo ubicó en los terrenos del lugar común. Los álbumes con material original posteriores no consiguieron el mismo éxito, pero su público fiel le perdonó desde el estancamiento musical hasta su arrogancia y misteriosa vida privada —explica Lafontaine. En los años noventa se habló más de El Sol por los trajes formales que emulaban al dandismo de Frank Sinatra, y su galanura que cautivó a mujeres como Daisy Fuentes, Mariah Carey, Myrka Dellanos y Aracely Arámbula. Los impúdicos chismes sobre su irresponsabilidad paternal al no reconocer a la hija que tuvo con Stephanie Salas, la accidentada relación en la crianza de aquellos que concibió con Arámbula, más historias sobre la desaparición de su madre, mantenían vigente el nombre del artista que dispuso de las instalaciones del Heroico Colegio Militar. Cancelar conciertos o saltar al escenario como queriendo competir con la autodestrucción de Amy Winehouse fue la convulsa rutina de El Sol después del nuevo milenio. Se decía de una potente gira a dúo con El Potrillo Alejandro Fernández que terminó en estrepitosas demandas por incumplimiento de contrato.

LA REDENCIÓN DEL MIRREY La noticia corrió como pólvora y con precavido prejuicio. El odio a su prepotencia parecía intacto, probablemente hubiese aumentado. Fue en el punto más bajo de una tumba sin sellar, como aquella escalofriante escena de un pasón de heroína en Trainspotting, que se gestó el proyecto de la serie sobre la vida de Luis Miguel, basado en las memorias que el cantante relató al periodista Javier León Herrera, publicadas en el libro Luis Mi Rey, pensado para transmitirse en exclusiva sobre la plataforma de Netflix, el gigante del entretenimiento por streaming. Como parte de la campaña publicitaria y previo al lanzamiento del primer capítulo dominical, los de Netflix tuvieron la puntada de hacer un remake del legendario videoclip de “Cuando calienta el sol”, pero con la voz y figura de Diego Boneta editados al más puro estilo retro, con todo y tipografía de VHS casero y rayones de la cinta magnética. El morbo se cristalizó en impaciencia. Después en el éxito del que todos hablan. La minuciosa personificación que Diego Boneta hace de Luis Miguel (actor surgido en la era de los reality shows cazatalentos, cuya primera participación fue cantando precisamente “La chica del bikini azul”) juega con los sentimientos del espectador abusando de la bondad cursi, seguramente manipulada por el propio Luis Miguel, aunque no se hace pendejo con la soberbia que hizo famoso al cantante, deslucida por la

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“SPOTIFY “ REPORTA QUE TRAS EL PRIMER CAPÍTULO, LAS PLAYLISTS DE LUIS MIGUEL SE DISPARARON DESDE 194 HASTA 4 MIL POR CIENTO, ALCANZANDO MÁS DE 4.5 MILLONES DE ESCUCHAS.” supuesta infancia precaria de orígenes italo-argentinos, ni con lo terrorífico de conocer al Negro Durazo a los doce años; sin embargo, los cimientos argumentales de la serie se basan en la tormentosa relación con su padre, el diabólico Luisito Rey (brutal Óscar Jaenada), el único villano capaz de superar el odio que en su momento despertó Catalina Creel, por la forma en que esculpió y explotó a su primogénito hasta convertirlo en ídolo, mediante la alineación parental, chantajes y drogas familiarmente consensuadas. La serie es frontal y franca: sin la tortura piscológica de Luisito Rey, Luis Miguel simplemente nunca hubiera existido. El desenfreno de la burguesía ochentera recuerda por momentos la moral ambigua de la juventud retratada en Menos que cero, la novela de Bret Easton Ellis. Y en la intimidad El Sol permite apreciar su talento vocal sin prejuicios. En el libro Expedientes Pop, Luis de Llano Macedo explica que Luis Miguel perteneció a esa generación de artistas en que hasta el cantante prefabricado requería de talento y carisma, o al menos uno de estos atributos. No existe la decadencia sin que haya habido esplendor y, como bien sabemos, nuestro país siempre ha vivido en el letargo de la nostalgia que hoy en día, bajo su propia supervisión, nos presenta esta bioserie que ha resultado todo un fenómeno. Ha revivido y llegado a nuevas generaciones que colocan de nuevo a Luis Miguel como el máximo intérprete, crooner, galán y el primer Mirrey hoy convertido en mítico cuasi santo súper estrella —concluye Mario Lafontaine. Los jóvenes que nacieron justo en el ocaso de El Sol, cuando engordó, perdió cabello y yates por problemas con los impuestos alrededor de su fortuna, lo acogen con solidaridad emocional cada que desgrana su infancia con los detalles que sólo se cuentan desde el diván del terapeuta, convencidos de que la prepotencia era un disfraz para

sobrevivir a un repertorio de carencias y abusos paternos. Por si fuera poco, sus canciones han vuelto a invadir la radio, de nuevo sin necesidad de payola, y las plataformas digitales de música por streaming: Spotify reporta que tras el primer capítulo, las playlists de Luis Miguel se dispararon desde 194 hasta 4 mil por ciento, alcanzando más de 4.5 millones de escuchas. Por si fuera poco, está a punto de romper su propio récord de presentaciones en el Auditorio Nacional. Luis Miguel ha reconquistado su estatus de gran ídolo. La serie es todo un acontecimiento porque reafirma la educación sentimental de un país como México, adicto a las telenovelas y el alivio que representan las tragedias ajenas. Hay algo en la serie de El Sol que excede el morbo de espiar al ídolo mamón, famoso por su desesperante trastorno obsesivo compulsivo de arreglarse el cabello, resurgido de sus cenizas y las celebridades que tuvo por novias; la historia pone a prueba el sentimentalismo mexicano y su retorcida valoración de la familia, la construcción de los ídolos “de plástico” y sus fanáticos de carne y hueso, el star system nacional firmando contratos con los capos más perversos, toda la enfermiza paternidad detrás de las estrellas infantiles, y confirma la hipótesis de que, México ha convertido a los ochenta en un nostálgico lugar seguro al que siempre vuelve. A pesar de su futurismo sin cortes comerciales, en el que el espectador es quien controla la pantalla, Netflix y su producción original sobre la vida de Luis Miguel ha logrado situarnos en una especie de ucronía melodramática: hace mucho que México no se paralizaba con tal de seguir los pasos de una telenovela, como en los años ochenta cuando las fechorías de Catalina Creel reunían a familias enteras frente al televisor. Hoy la cita es cada domingo a las diez de la noche y no es que México se paralice, pero Luis Miguel y su ambicioso padre monopolizan las redes sociales hasta volverse trending topics en cuestión de segundos.

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10 LA N OTA NEGRA

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Por

FRANCISCO HINOJOSA

PA R A Í S O S R E T R ATA D O S

@panchohinojosah

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e existir el Paraíso, preferiría poner un pie en él sin haberlo conocido antes a través de una pintura. Verlo, por ejemplo, con los ojos de El Bosco sería un prejuicio que quizás me llevaría a la decepción. O también de Peter Wenze, Chagall o Gauguin: hay la posibilidad de que, si existiera un Edén, no estaría a la altura de los lienzos que han intentado reproducirlo. O de las palabras que lo han descrito, de Dante a Milton y Borges: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. La bella Simonetta Vespucci, que fue la modelo de Botticelli para su cuadro El nacimiento de Venus, y que tuvo fama por su hermosura, de vivir en nuestra época quizás no nos impresionaría tanto como al pintor florentino o a sus mecenas, los Médici. Sucede algo similar cuando vemos las fotografías de un hotel: los cuartos o las suites son amplios y con una decoración aceptable, al igual que el baño, las “amenidades”, el espacio de la recepción, las áreas comunes y el restaurante. Al llegar al lugar de marras, oh decepción, nos damos cuenta de que las imágenes que vimos a través de algunas páginas de internet no se corresponden con el original: la habitación es más pequeña, la regadera moderna suelta apenas un chorrito de agua y la señal del wi-fi es inestable o inexistente. No hay reclamo posible: las fotos no mienten, sólo exageran un poco.

La Canción # 6

ESTAMOS ACOSTUMBRADOS A SER ENGAÑADOS Y POR ESO REINCIDIMOS Y COMPRAMOS EL GATO AL QUE LE CREÍMOS VER OREJAS DE LIEBRE.

Los casos de Airbnb pueden igualmente truquear las imágenes: entre el anuncio que ponen en la página y la realidad hay una buena diferencia. Pero aquí también nos podemos guiar por las evaluaciones que han dejado los inquilinos, aunque con sus asegunes. Hace cuatro años rentamos un pequeño departamento en París, a un precio ciertamente por debajo de lo que costaría un hotel, con excelente ubicación y con buenos comentarios por parte de los huéspedes. Sin embargo el lugar resultó más pequeño de lo que las fotos vendían y con una dudosa higiene. Además, no hubo nadie para recibirnos. Gracias a que unos jóvenes nos ayudaron, pudimos comunicarnos con el dueño. Al término de nuestra estancia, le dijimos que no obtendría de nuestra parte buena calificación. Nos amenazó con denunciarnos, ante Airbnb, como inquilinos incómodos e incumplidos. Lo mismo pasa con las cartas de algunos restaurantes que muestran fotografías de sus platillos: cuando recibimos los tacos de arrachera que pedimos, ya servidos en nuestros platos, los encontramos menos presentables que los de suadero que se ofrecen afuera del metro Taxqueña. Recuerdo a una amiga que hizo un comercial para la televisión sobre una cadena que vende hamburguesas. Como suele pasar, hubo que hacer varias tomas hasta que el productor quedara satisfecho. Como había que aparecer en

el anuncio dándole una mordida, cada que terminaba un ensayo le pedían que arrojara el bocado en una cubeta y que no se lo tragara: para hacer más agradable el platillo a la vista, hay que disfrazarlo con barnices y quién sabe qué cosas que lo transforman en un producto que se antoja a simple vista. Estamos acostumbrados a ser engañados y por eso reincidimos y compramos el gato al que le creímos ver orejas de liebre. El mismo truco se utiliza ahora en las campañas políticas. Vemos por todos lados espectaculares con las imágenes de aspirantes a la presidencia, gubernaturas, alcaldías, diputaciones y senadurías. Los personajes que aparecen en ellos se ven confiables, seguros, triunfadores. Tras las fotografías, hay un largo trabajo de estudio, maquillaje, iluminación y vestuario. Salvo excepciones, apenas sabemos qué piensan y qué proponen si el voto los beneficiara. A algunos que posaron como verdaderas estrellas de la televisión cuando estaban en campaña, hoy los vemos con un look más ad hoc a sus verdaderos propósitos al proponerse como candidatos: un chaleco antibalas con las siglas de la DGSP. Habrá que aprender, en vista de las próximas elecciones, que aunque las mona se vista de seda, con frecuencia nos quedamos con su look sedoso antes que verle la cara y saber qué piensa, si es que piensa. C

Por ROGELIO GARZA @rogeliogarzap

Los Flamin’ Groovies en El Vicio EL LEGENDARIO GRUPO sanfranciscano tocó el 23 de mayo en el teatro bar El Vicio ante un centenar de seguidores, por obra y magia de Alfredo Ruiz, Allocated, Ruff Cut y la Cerveza Cosaco. Para esa noche, el maestro cervecero Gustavo Rodríguez surtió la barra con dos barriles de una oscura conmemorativa, “El Flamazo Groovy”. Aunque brotaron en 1966 y fueron residentes del Fillmore East alternando con Jefferson Airplane, los Flamin’ Groovies estuvieron más conectados al garage, al power pop y al punk que a la psicodelia. Grupo “de culto” han producido una discografía de nueve álbumes —el último fue el estupendo Fantastic Plastic (2017) para celebrar sus cincuenta años. Además de diez discos en vivo y diez compilaciones de sus seis EPs y veinte singles. Con todas las subidas y bajadas de ley, cambios de personal, truenes por sustancias, pleitos entre los miembros y un disco clásico del que Mick Jagger dijo: “Los Flamin’ Groovies

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hicieron un mejor trabajo en Teenage Head que los Stones en Sticky Fingers”; con todo eso, lo que escuchamos es la pura tradición musical y oral del rock americano. Los guitarristas Ciryl Jordan y Chris Wilson aterrizaron por acá en muy buena forma con el bajista Chris Von Sneidern y el baterista Tony Sales (hijo/ sobrino de Tony Hunt). Pero antes, el invitado Sean Morales. Impresionantes los pedales de efectos para tocar un blues sin ideas. Abrir un concierto no es cualquier cosa. En 1970 los Flamin’ Groovies abrían para MC5 y los Stooges de Iggy Pop, antes de protagonizar un concierto histórico siendo estelares. Sire Records los envió de gira al Reino Unido con los Ramones como teloneros. Fue un cuatro de julio de 1976 en el Roundhouse de Londres, cuando el punk gabbacho* explotó en la cara de Inglaterra. Subieron con el colmillo y la malicia que los respalda, brillantes y melódicos,

sin efectos a la vista, a pelo sobre los amplis Vox. Emitieron una andanada de ondas flamígeras: “Down Down Down”, “You Tore Me Down”, “Yes I Am”, “I Want You Bad”, “I Can’t Hide”, “Don’t Lie To me” de Chuck Berry y “Hungry”. Ante el típico problema técnico, con su cara de terodáctilo y su célebre guitarra transparente, Jordan detuvo una canción, dio indicaciones a los de la consola y aclaró: “Queremos ser perfeccionistas”. Un hombre comprometido con su oficio. Y siguieron tocando cátedra, medio siglo de rock deslizándose y serpenteando, “Way Down Under”, “What the Hell’s Goin On”, “Teenage Head”, “Shake Some Action” y “Slow Death”. Aquí y allá el rock vuelve lentamente a los foros pequeños, a un intercambio casi personal entre los grupos y sus seguidores. La voz colectiva se alzó en pos del último aro de fuego y nos lanzaron “Jumpin´in the Night”. Una pequeña gran banda. *Gabbacho, del “Gabba gabba hey” de la canción de Ramones. C

LOS FLAMIN’ GROOVIES ESTUVIERON MÁS CONECTADOS AL GARAGE, AL POWER POP Y AL PUNK QUE A LA PSICODELIA.

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EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

N O S VA M O S A L M U N D I A L

11 Por

CARLOS VELÁZQUEZ

@charfornication

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a nota deportiva del año no la dio ESPN, ni TV Azteca, ni el Esto. Fue TV Notas. “La verdadera despedida del TRI.” Ocho seleccionados nacionales se dieron un pasón de carne con treinta nenorras antes de partir a Rusia 2018. Un festín de esos no se lo daba ni el Mofles. Las reacciones no se hicieron esperar. La mejor, un tuit: “para cuándo el álbum panini de las escorts de @miseleccionmx”. Es evidente, por la acumulación de escándalos sexuales que ha protagonizado, que el deporte favorito de la selección mexicana es el sexo. Hetero, gay, transgénero y transgénico, en resumen: surtido rico. La carne es débil, dice el dicho. Pues bien, la carne del futbolista lo es más. La Femexfut no se ha pronunciado ni para decir a cuánto ascendió la cuenta por los servicios de las damas. Lo que sí ha circulado gracias a Forbes son los honorarios de Osorio. Pobre señorito Limantur. Con lo que gana le alcanza para pagarse travestis de Puente de Alvarado toda la vida. Lo que nos da para crearle un lema al tricolor: “Bien cobrado y bien cogido, qué importa que pierda el partido”. El que debe estar añorando el billete es El Piojo. La Federación a güevo quería hacerlo campeón en la final del torneo mexicano pasado. Incluso hicieron una campaña para orquestar el robo. El famoso repunte de las Águilas. En el partido de vuelta se marcó un penal injusto, pero se la pérez prado en un mambo. De haber sido campeón América, habrían colado al Piojo a la selección. Pero Santos les arruinó la fiesta.

Así como se popularizó el grito de “Eeeeeeh, puto”, no falla que en estadio donde se para Giovanni Dos Santos la tribuna le coree su esplendorosa dipsomanía. “Borracho, borracho.” Entonces quién iba a poner el desorden si no el ebrio de Gio. Y el pelo de coño rascado de Paco Memo. Pero ya saben cómo es esto. Hay que alcoholizarse aunque la afición sufra. Afrontémoslo: no existe organismo, Femexfut, poder humano, divino o travesti que enderece a nuestros “muchaches”. No es ningún pecado amar y ser amado (aunque sea pagando), pero recordemos que en dos semanas nuestros ratoncitos debutan en el Mundial nada menos que contra el campeón: AleES EVIDENTE, POR mania. Quizá el conjunto mexicano ya asumió la derrota. Qué más da entonces una LA ACUMULACIÓN canita al aire. Pero el paparazzo no perdona y ese octeto del placer al ser descubierto se DE ESCÁNDALOS puede meter en problemas familiares. MuSEXUALES QUE HA chachos, un consejo: véanse en el espejo de Pablo Montero. Luego no van a complePROTAGONIZADO, tar la pensión. Con la horchatota del octeto del placer, QUE EL DEPORTE la indignación porque Pizarro y Gallito no fueran convocados se recrudece. Todo FAVORITO DE para qué, como dice la canción. Para que LA SELECCIÓN la selección vaya a hacer el ridículo. Nunca como en esta justa la posibilidad de un MEXICANA ES quinto partido se antoja más lejana. Corea del Sur se va a complicar. Suecia eliminó a EL SEXO. Holanda. Con toda seguridad no vamos a pasar a la segunda ronda. Cuánto medicamento pitufo no se habrá consumido en esa reunión publicitada por TV Notas. Treinta damiselas para ocho jugadores es una desventaja numérica que se

El sino del escorpión

sufre más que un once contra diez. Por eso la pregunta del millón. Pa cuándo va Viagra a sponsorear a nuestra Selección. Digo, que nos regresen algo de tanto que le hemos dado. Podólogas más, escorts menos, con la decepción que se nos avecina lo mejor sería que el medicamento para combatir la disfunción eréctil cambiara de color. Que cambiara de su clásico azul cruzazulino por el verde selección. Para que al menos así pudiéramos experimentar que metemos gol. Que ganamos en la cama, aunque en la cancha perdamos siempre. No cabe duda que las ventas del Viagra se dispararían. Imaginen a Chicharito promocionando la pastilla milagrosa: hasta darían ganas de cantar el we are the champions. De acuerdo, Rusia está retirado. Pero tampoco exageremos. Al octeto del placer se le afiguró que nunca más volverían a coger. Pinches rompe catres. Es cierto lo que dice la canción. El amor no tiene horario ni fecha en el calendario. Qué importa que te hayas preparado cuatro años para la competencia por la que además te van a pagar un dineral. Mojar brocha es la prioridad. ¿Representar al país? No gracias, joven, estoy crudo. Ya de una vez cambiemos el slogan. En lugar de “ponte la verde” que sea “ponte el condón”. Estamos dejando ir mucha lana por doblemorales. También Prudence nos debería patrocinar. En resumen: este Mundial haremos un papelón peor que en los pasados. Vamos en nuestro peor momento, futbolístico y disciplinario. Pero nos vamos al Mundial. Como diría mi mamá: puro vicio. Puro vicio. C

Por ALEJANDRO DE LA GARZA @Aladelagarza

Policías, detectives y travestis AL FONDO DE SU NIDO, el escorpión soñó violencias inusitadas, imágenes de un país dominado por el crimen organizado y los cárteles del narcotráfico, las muertes bárbaras y la impunidad sostenida. La mañana fue porosa tras esa noche de asesinatos y balazos. Historia social escrita con sangre y documentada en crónicas de espanto. Y en novelas de policías, detectives y travestis. Quien primero vino a la mente del alacrán fue El Zurdo Mendieta, policía creado por Élmer Mendoza (Culiacán, 1949) y protagonista de sus últimas siete novelas sobre la vida delincuencial en el noroeste del país, donde se debate entre la maldad de los narcos y la de los políticos. Algo le debe este policía al detective por correspondencia Héctor Belascoáran Shayne (quien incluso aparece en alguna de sus novelas), creado por Paco Ignacio Taibo II (Gijón, 1949) y figura central de una decena de novelas desde 1976.

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Pero si de la novela negra como historia social se trata, insiste el arácnido, surgen impactantes los detectives, abogados y criminales del brasileño Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1925). Cuando en el futuro se reconstruya la historia del capitalismo salvaje, los negocios sucios y la criminalidad en Brasil, por fuerza habrá de recurrirse a las novelas y relatos del longevo maestro. El rastrero no puede obviar a otro grande de las sagas policiacas, aunque de latitudes más sobrias y gélidas: el melancólico inspector de policía Kurt Wallander, creación del sueco Henning Mankel (Suecia, 1948-2015). Entre fiordos, nevadas y un envidiable nivel de vida, Wallander se enfrenta en una docena de novelas a criminales tan sofisticados como su sociedad: hay neonazis, fascistas, xenófobos y también homicidas por ambición o celos, venganza o amor. Otro de los predilectos del venenoso es el comisario Kostas Jaritos, crea-

ción del griego Petros Márkaris (1937). Jaritos enfrenta por igual terroristas, criminales comunes, banqueros defraudadores y miembros de la mafia en medio de una Grecia en crisis económica y política. En tanto a la mafia, la camorra y la “Ndrangheta” italianas las persigue el célebre comisario Salvo Montalbano, de la invención de Andrea Camillieri (Sicilia, 1925). Saga de diecisiete títulos novelescos, una teleserie de dos temporadas y varias películas. Un auténtico héroe popular. Por equidad, el escorpión remata con las cuatro novelas del turco Mehmet Murat Somer (Ankara, 1959), quien a partir de 2010 ha tenido sonado éxito europeo con una sui géneris investigadora travesti, inteligente y melómana encargada de un antro nocturno, además de experta en informática y aikido, con quien ha fundado “un nuevo género” (literalmente) de novela detectivesca. C

PERO SI DE LA NOVELA NEGRA COMO HISTORIA SOCIAL SE TRATA, SURGEN IMPACTANTES LOS DETECTIVES, ABOGADOS Y CRIMINALES DEL BRASILEÑO RUBEM FONSECA.

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NUNCA ESTARÁS A SALVO UN CLÁSICO DE LYNNE RAMSAY FILO LUMINOSO

J

oe (Joaquin Phoenix) es un veterano de la guerra y ex agente del FBI con estrés postraumático que ha encontrado un medio para sobrevivir como civil rescatando menores de edad secuestradas y víctimas del tráfico sexual, en la espléndida You Were Never Really Here (Nunca estarás a salvo), de la talentosa y siempre inquietante directora escocesa Lynne Ramsay. Este es un thriller noir altamente estilizado que escapa a las convenciones al insertar la narrativa en la perspectiva cuasi solipsista de Joe, de su marasmo de voces internas y recuerdos hirientes, de la prisión emocional inescapable desde la que se dedica a liberar a otros. La trama evoca el gótico grotesco y trágico de cintas como Bad Lieutenant (Ferrara, 1992) y Seven (Fincher, 1995), aunque la referencia obvia es Taxi Driver (Scorsese, 1976). Este ejercicio de brutalidad en un mundo atroz fue filmado en tomas sesgadas, con enfoques sinuosos, obstaculizados, close ups extremos y a través de dispositivos que ofrecen atisbos y visiones parciales, como cámaras de vigilancia y retrovisores. La cámara llega demasiado tarde a las acciones sangrientas o no se entromete, limitando la visualización de la carnicería, negando el espectáculo de la violencia y obligando al espectador a imaginar el horror. Este es el cuarto largometraje de Ramsey, cuya carrera comenzó con el fabuloso y crudo realismo de Ratcatcher (1999), siguió con la inquietante historia de una joven que tras el suicidio de su novio decide hacer pasar por suya la novela que él escribió antes de morir, en Morvern Callar (El viaje de Morvern, 2002) y después realizó la cinta emblemática de los pavores familiares contemporáneos: We Need to Talk about Kevin (Tenemos que hablar de Kevin, 2011). Nunca estarás a salvo es la primera cinta de Ramsey que podría encajar en un género y es la adaptación de la novela del mismo nombre de Jonathan Ames. La cinta comienza mostrándonos a Joe tras haber asesinado a un pedófilo en un cuarto de hotel. Sin embargo, más que el crimen en sí, lo que define al protagonista es la limpieza sistemática de las evidencias, desde quemar la foto de la víctima, tirar la biblia a la basura (para apagar el fuego pero también en un gesto nihilista), romper el celular, recoger joyas y pertenencias hasta limpiar la sangre de su arma favorita: un martillo.

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Por

NAIEF YEHYA

Joe es una montaña humana, un hombre cubierto de cicatrices externas e internas que vive en Brooklyn y no tiene más vida social que atender a su madre anciana, quien va perdiendo la mente entre recuerdos retorcidos, delirios y breves momentos de lucidez. Al respecto de la vida de madre e hijo Ramsay introduce un par de referencias irónicas a Psicosis (Hitchcock, 1960) como un guiño al cinéfilo que llevamos dentro. Con un mínimo de diálogos vemos a Joe debatirse continuamente entre deseos suicidas y un estupor angustioso. El trabajo de Phoenix ha sido inmensamente elogiado y con razón, ya que cada uno de sus gestos refleja una pesadez amarga, un profundo dolor y confusión que lo lleva pasar el tiempo imaginando de qué manera morir y haciendo cuentas regresivas, como si al llegar a cero su dolor pudiera disiparse. Constantemente se ve a sí mismo como un niño encerrado en un closet tratando de asfixiarse con una bolsa de plástico, mientras escucha los gritos de su madre que es víctima del abuso de su padre, quien también usaba un martillo como arma. Asimismo, tiene flashbacks de la guerra, pero no del combate ni la tensión de las trincheras o las atrocidades de los bombardeos sino de un incidente en el que un soldado, quizás él, le da un chocolate a una niña tan sólo para ver cómo otro niño la asesina para quitárselo. También lo acosa la imagen de un camión de carga repleto de niños muertos, asfixiados inmigrantes ilegales o víctimas del tráfico sexual. El siguiente trabajo de Joe consiste en rescatar a Nina (una formidable Ekaterina Samsonov), la hija de un senador neoyorquino que está en la campaña de reelección del gobernador, por lo que no quiere escándalos. El senador sólo le da una dirección y la orden de lastimar a quienes tienen a su hija. Esto lo lleva a involucrarse con criminales poderosos, políticos perversos, policías corruptos y la joven de trece años que se volverá un motivo para seguir viviendo, no por un deseo erótico o sentimental, sino porque la única manera de justificar su vida es cuidar de alguien. La secuencia

LA CÁMARA NO SE ENTROMETE, LIMITANDO LA VISUALIZACIÓN DE LA CARNICERÍA, NEGANDO EL ESPECTÁCULO DE LA VIOLENCIA Y OBLIGANDO AL ESPECTADOR A IMAGINAR EL HORROR. ”

central del filme, en que Joe va al Playground, la especie de burdel de superlujo con menores de edad para millonarios, va a contracorriente de la moda de los largos planos secuencia hiperviolentos que explotan compulsivamente los filmes de acción y de superhéroes. Ramsay inunda los momentos de violencia extrema en psicóticos collages de sonido, en donde se mezclan la televisión, canciones nostálgicas, ruido ambiental y voces caóticas que forman un furioso mosaico de locura, crueldad y tensión. La pista sonora de Jonny Greenwood, de Radiohead, es una formidable colección de paisajes sonoros espectrales que van de desvencijados acordes de guitarra a composiciones orquestales disonantes, ruido y resonancias ambientales a la Brian Eno, con los que juega en una inquietante tridimensionalidad. Nueva York aparece como una ciudad desdibujada, borrosa, apenas tangible en la mente de un Joe que es incapaz de bloquear el bullicio urbano. En una secuencia perturbadora, una chica asiática le pide que le tome una foto a ella y sus amigas. Para Joe esos rostros de felicidad en la pantalla del celular son un recordatorio del dolor, el abuso y la perversión que rodean su vida, son el eco de la cacofonía que lo agobia y que tan sólo puede silenciar a martillazos. Sin embargo, Joe no es un ángel exterminador sino un matón a sueldo, un mercenario justiciero que desea quitarse la vida y a quien nada peor puede pasarle que encontrar un nuevo motivo para seguir viviendo. Y para extender su condena, una vez que se ha liberado de cuidar a su madre, Nina le dice: “Vámonos, es un día hermoso”. Nunca estarás a salvo es una obra maestra y si bien hoy la juzgamos en función de sus influencias no hay duda de que estamos ante un clásico y una referencia obligatoria.

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El Cultural 152  
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