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PRESENTACIÓN DE LA DEFENSA DE JORGE ENRIQUE FIGUEROA MONROY Por Ana Gimeno-Bayón Cobos Doctora en Psicología y licenciada en Derecho Fundadora y Co-directora del Instituto Erich Fromm de Psicología Humanística www.instfromm.org Constituye para mí un auténtico honor prologar el escrito de defensa de Jorge Enrique Figueroa Monroy (“Toto”) realizada por Don Hugo Tovar Marroquín. Cuando topé con el escrito por primera vez, no daba crédito a lo que estaba leyendo: me había encontrado con un auténtico tesoro que me mostraba cómo se podía abordar una causa penal con tan pocas perspectivas de esperanza para el defendido, con apertura de miras, inteligencia y valentía. •

Apertura de miras porque, viniendo yo misma del mundo del Derecho, y habiéndome dedicado posteriormente al de la Psicología y la psicoterapia, nunca me había encontrado con un jurista que tan cabalmente quisiera y pudiera integrar ambas disciplinas sabia y equilibradamente. Desgraciadamente, he podido experimentar demasiadas veces cómo los profesionales de uno u otro de ambos campos se ignoran, cuando no se desprecian. No comprenden al ser humano en forma integral, sujeto íntimamente a unas leyes psicológicas y externamente a unas normas jurídicas que proceden de y recaen sobre el mismo sujeto, al que –si realmente respetan y desean prestar servicio, como debería ser- no pueden pretender partir en dos como al famoso niño del juicio salomónico.

Inteligencia, tanto lógica como intuitiva, porque los impecables razonamientos del texto que me honro en prologar - que no dejan un resquicio a la ambigüedad ni a la confusión, que llevan a la convicción del ajuste a la realidad de su planteamiento por la solidez y rigor de sus asertos - van acompañados de la agudeza en la percepción del estado interno y de las motivaciones de los actores del drama, que dan la clave de la verosimilitud de sus afirmaciones. La palabra “intuición” procede del latín intus-legere, leer adentro, el interior. Eso es lo que ha hecho el brillante penalista que es Tovar Marroquín: observar lo que se pasa fácilmente por alto, si el abogado se contenta con mirar los hechos en forma chata y rutinaria. Por suerte aquí, el autor de la defensa, se convierte en artista: como los grandes novelistas, poetas o dramaturgos escudriña los hilos que mueven las evidencias para descubrir que tales evidencias tienen otra lectura más allá de la comodidad fácil. Y que de hacer esa otra lectura en forma convincente y coherente, dependen la verdad y el futuro de su defendido.

Y ahí es donde se muestra la grandeza de alma de Tovar Marroquín: en su capacidad de implicarse, en un contexto bien difícil, en la defensa de “Toto”, más allá de lo habitualmente esperable. El trasfondo político, con toda la presión que supone, es aquí un elemento clave para entender el por qué se califican los hechos de una determinada manera, por qué las chapuzas en la instrucción, por qué es preciso encontrar un culpable fácil, por qué hay que darse prisa en encontrarlo y también por qué sólo puede ser un valiente quien se arriesga a ponerse del lado de la verdad y no del poder fáctico.

Sumergida en la lectura apasionante de su defensa, en la que sobresalen esas cualidades que he relatado, tuve que darme un descanso para digerir la buena noticia que fue para mí la existencia de un penalista como Tovar. Alguien que se ha tomado en serio la búsqueda de la Justicia - con mayúscula (grandiosa en su metáfora de la


joven severa con balanza y espada)- y el deber de encarnarla en las minúsculas historias humanas, donde tantos vericuetos matizan el comportamiento que es bien fácil confundirse y confundir si no se mira con atención. Después, al releerlo reposadamente por segunda vez, mientras continué asombrándome de la profunda sabiduría de este gran jurista y de su grandeza humana –pues sólo así se entiende su profundo compromiso vocacional con la defensa del débil, el acusado, en unas circunstancias bien difíciles- pasé a ir descubriendo y regocijándome de los múltiples matices que lucen en esta defensa de Jorge Enrique Figueroa Monroy, “Toto”. •

Me dejó boquiabierta la oratoria de la defensa, que debería estar en todos los manuales de aspirantes a juristas como ejemplo literario a seguir. Su intuición para interesar al oyente o lector, su capacidad de seducción para que le acompañe concentradamente en todos los intríngulis de la historia, su poder de convicción con unos argumentos profundamente estudiados, lógicos, detallados, científicos, y sin trampa, son una pura delicia.

Su manejo de un lenguaje brillante, erudito y polifacético denotan a un hombre de vasta cultura, interesado en todo lo humano y amplio conocedor de los diferentes ámbitos en los que se mueve su discurso.

Y, por supuesto, su agudeza para buscar donde haga falta para encontrar bases científicas y creíbles a sus convicciones y saberles dar una forma didáctica para trasladar a los otros sus imágenes mentales y que puedan así compartirlas. Nunca pude imaginar que, a partir de un pequeño capítulo y un ejemplo de un libro mío, se podía obtener tal fruto. Eso no sólo es sabiduría y pedagogía. Eso es Arte, el arte mágico de la vida, que permite que de una pequeña semilla surja un árbol cuando alguien como Hugo Tovar la cultiva con esmero, inteligencia y afecto. Para mí ha sido absolutamente gratificante tal resultado, por lo que, como dije al inicio, es para mí un gran honor prologar este texto.

No nos conformemos con lectura de la defensa como un texto de antología jurídicopenal, porque tal defensa tiene, cuanto menos, cuatro niveles de significado:

Un nivel jurídico, que es el inmediatamente obvio, en el que deslumbra la pericia del abogado y el poder de sus razonamientos que llevan a reconsiderar una previa decisión injusta hacia su defendido.

Un nivel político, que sirve de telón de fondo al escenario donde se realiza la defensa. Sin tal trasfondo no sería comprensible qué ha pasado en las instancias inferiores de la administración de justicia. Qué duda cabe que aquí Hugo Tovar Marroquín aparece como paladín de la dignidad de la gran nación que es Colombia, que no se merece el servilismo de doblar la rodilla ante la injusticia por temor ante un país aparentemente más poderoso.

Un nivel literario, en el que el autor de la defensa muestra su capacidad de generar un texto claro y rico, sumamente culto y erudito, unas metáforas potentes y una argumentación tensada de tan forma que atrapa la atención con ese tipo de talento de la Scherezade de Las mil y una noches, o del mejor Hitchcock, capaz de mantener el suspenso de la narración para que no haya manera de desprenderse de ella hasta llegar el final.

Un nivel psicológico en el que el jurista va más allá del comportamiento observable para penetrar en las motivaciones del mismo, en el que el penalista se muestra profundamente conocedor del ser humano, de sus movimientos y procesos internos de los protagonistas de los hechos narrados.


Pero, más allá del texto de la defensa, si - como decía Alfred Korzybski- “el mapa no es el territorio” y, como sostenemos en Psicología, el mapa refleja ante todo al cartógrafo, si leen la defensa de Jorge Enrique Figueroa Monroy, “Toto”, verán cómo detrás de ella, y por detrás del excelente hombre de leyes que es Hugo Tovar Marroquín, se transparenta un hombre sabio y espabilado, comprometido y valiente, apasionado en la defensa de la Justicia y desapasionado y riguroso en su discurso: un ejemplo modélico para cualquier jurista y una inspiración para cualquier profesional que ame su trabajo. Que disfruten de su lectura. Ana Gimeno-Bayón Cobos Barcelona (España), mayo de 2012


PRÓLOGO A LA DEFENSA DEJORGE ENRIQUE FIGUEROAMONROY “TOTO”