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ni lo suficientemente gordo ni ha sido lo suficientemente pobre». Entendía esas dos frases. Las entendía perfectamente. Hubieran podido convertirse en mi lema. Sin previo aviso, sin que yo al menos pudiera detectar nada en el aire o en la conducta, la moda varió. Se hablaba de crisis, y de un cambio acorde con los tiempos. Fue nuevamente una revista la que evidenció ese cambio ante mis ojos: un artículo hablaba de las nuevas modelos, del final del reinado de las bellas, y enunciaba los nombres que destacarían en las nuevas temporadas. Entre ellas, Shalom, Patricia Hartman, Amber Valetta, Debbie Dietring, Cecilia Lancellor y la figura, destacando ya entre ellas, de Kate Moss. Pocas veces he tenido la impresión tan clara de que me encontraba ante un cambio profundo social y personal. De un plumazo, todo lo que hasta entonces se había dado por válido, por digno de adoración, caía. La belleza de las top models de medidas perfectas y rostros regulares se despreciaba («aburridas», decían ahora de ellas, «demasiada sofisticación», «caprichosas», «exuberantes»). El peso de las modelos, que nunca había sido similar al normal, decreció diez kilos. La propia Claudia Schiffer se tambaleó, para reaparecer en las pasarelas con siete kilos menos, dócil a las exigencias de la nueva temporada. Todos los medios de comunicación presentaban a estas chicas, algunos con ciertas dudas, y las revistas femeninas acogieron el cambio con alegría: daban por hecho que al alejarse de la perfección estándar

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