Page 97

Cuando abordaban el tema de los atracones, encontraba por fin causas para ellos. Los científicos desvelaban lo que para mí había sido el mayor de los misterios. ¿Por qué había comenzado a atracarme, por qué a vomitar? Ellos hablaban de los atracones como reacción tras un periodo a dieta, cosa que tenía sentido para mí. Por aprendizaje, o por haberse dado en el entorno. Como anestésico, o como búsqueda inmediata de placer en una existencia triste y decepcionante. Y, sobre todo, por hambre afectiva, para sustituir otros afectos. Esta última razón era la que más me satisfacía. Me permitía encontrar culpables (¿por qué los otros no me querían?) y pensar que cuando me sintiera querida mi problema desaparecería. En mi interior acusé a mis padres de frialdad y desapego. Ciertamente, mirando hacia atrás, toda mi vida había sido una infructuosa búsqueda de cariño, me decía, y olvidaba las demostraciones de afecto, explícitas o implícitas, de quienes habían vivido a mi alrededor. Seguían sin explicarme por qué vomitaba, pero eso aún no me parecía importante. Sólo una práctica desagradable y necesaria. No encontraba otra manera de no engordar. Averigüé que la anorexia no era una enfermedad nueva, aunque en los últimos años estaba aumentando: anoréxicas habían sido, o eso parecía, Elisabeth de Austria, Sissí, obsesionada con el ejercicio y la juventud, que se alimentaba con el jugo de la carne cruda y yemas de huevo; también Emily Bronté, con su ansia de fusión con el universo,

101

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia