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extremos de la enfermedad: nunca me había cortado, ni había robado comida en un supermercado, ni en casas ajenas. Nunca había comido restos de la basura, o productos para animales, o mi propio vómito. Más adelante llegué a conocer a personas que habían hecho esas cosas, y no encontré nada despreciable en ellas. Habían perdido el límite. Habían llegado a considerar la señal normal de hambre como un fracaso, y se despreciaban mucho más de lo que cualquier investigador pudiera haber hecho. Por primera vez sentí deseos de ser anoréxica. Al menos, ellas controlaban su vida, quizás hasta extremos peligrosos, pero ¿no era peligroso mi descontrol? Al menos, los psiquiatras les concedían que eran inteligentes y disciplinadas. Algunos apuntaban que la recuperación de la anorexia era también más sencilla, porque las enfermas, tan metódicas, sólo necesitaban cambiar de idea y luego aplicar esa constancia al tratamiento. Y además, estaban delgadas... Leí con todo cuidado las descripciones de los comportamientos anoréxicos, e intenté imitarlos: los ayunos con agua y limón, la restricción extrema... Por suerte, me faltaban los rasgos de carácter y las circunstancias que pueden llevar a la anorexia. De otro modo, posiblemente me hubiera quedado enganchada en la terrible rueda de las dos enfermedades, con unos sufrimientos atroces, y un tratamiento mucho más largo y difícil. La vergüenza de ser bulímica no se reemplazó por el orgullo de ser anoréxica. 100

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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