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ambiciones. Acumulé una gran cantidad de resentimiento secreto contra él. Cuando yo llegaba de la universidad, mi madre no estaba en casa. Eso me encantaba, me daba cierta sensación de autonomía. Comía lo que me había dejado preparado, y, por lo general, picaba algo de la nevera o del congelador. Otras veces tiraba la comida. Me encontraba en un día de ayuno, y no quería engordar. En esas ocasiones, irremediablemente, por la noche necesitaba atracarme. Mi vida, que estaba tan vacía que necesitaba completarla con comida, llenar los huecos con atracones, calmó un poco su hambre con la lectura de informes y ensayos sobre la mujer y sobre enfermedades alimenticias. En la universidad era posible acceder a estudios sobre la anorexia, y casi todos dedicaban una pequeña sección a la bulimia. Se la trataba por encima, y la impresión, tanto por la insistencia en ella como por los síntomas, era que la anorexia resultaba mucho más grave. La mayor parte de los estudiosos (los libros eran antiguos, algunos de ellos meras descripciones de los síntomas y comportamientos) no ocultaban un cierto desprecio por las bulímicas. En comparación con la increíble fuerza de voluntad de las anoréxicas, las bulímicas parecían perezosas, pasivas, irreflexivas, incorregibles. Se insistía en las porquerías con las que se alimentaban, y en su falta de control, el pecado que yo consideraba más grave. Se describían sus hábitos como vergonzosos, y en consecuencia me sentía abochornada, aunque yo no cumpliera los requisitos más

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Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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