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Las profesionales, con aún más ahínco. ¿Qué elegir, qué elegir? ¿Cómo enfrentarse a ello con dieciocho años, una edad en la que se necesitan criterios claros y coherentes? En realidad todo consistía en ser Barbies, en poseer un cuerpo perfecto. Con qué se nos vestía, fuera de Barbie mamá o de Barbie ejecutiva, carecía de importancia. Yo veía a mi madre, a la que siempre había adorado, y entendía bien su frustración. Intentaba ocupar el tiempo libre que yo le había dejado en algo, y por las tardes asistía a cursillos de manualidades y cultura general. Se lamentaba, a veces de manera sutil, otras sin ocultar nada, de cómo había desperdiciado su vida. Aunque siempre salvaba el que yo hubiera nacido y le hubiera dado tantas alegrías, afirmaba que desde su juventud no había hecho otra cosa más que cometer errores. No hacía falta mirar demasiado para comprobar cómo se había anulado, cómo no había conservado el menor espacio, ni literal ni figurado, para ella misma. Por mucho que la quisiera, yo no podía tolerar en mí una vida como ésa. Discutíamos menos, aunque los conflictos por la comida no desaparecieron, y poco a poco me convertí en su confidente. Me hablaba de sus problemas, incluidos los de su relación con mi padre, y yo en un principio acogí con alegría ésa confianza. Me permitía convertirme, de alguna manera, en adulta, en su protectora. Como elegí creer a mi madre, tuve que transformar a mi padre en el opresor, en quien no nos permitía cumplir a ninguna de las dos, mujeres sensibles, ninguna de nuestras 98

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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